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George Berkeley

George Berkeley fue un filósofo influyente que desarrolló el idealismo subjetivo, argumentando que la existencia del mundo depende de la percepción. Sus obras más importantes, publicadas entre 1709 y 1713, desafiaron las nociones de materia y conocimiento, provocando críticas y controversias. A pesar de sus fracasos personales y la percepción de sus ideas como absurdas, su legado perdura, incluyendo su contribución a la teoría de la visión y su influencia en la psicología.

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George Berkeley

George Berkeley fue un filósofo influyente que desarrolló el idealismo subjetivo, argumentando que la existencia del mundo depende de la percepción. Sus obras más importantes, publicadas entre 1709 y 1713, desafiaron las nociones de materia y conocimiento, provocando críticas y controversias. A pesar de sus fracasos personales y la percepción de sus ideas como absurdas, su legado perdura, incluyendo su contribución a la teoría de la visión y su influencia en la psicología.

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GEORGE BERKELEY (1685-1753)

George Berkeley fue un niño brillante y precoz que en 1700, a los 15 años de edad,
ingresó al Trinity College, en Dublin, y escribió un tratado sobre matemáticas
euclidianas antes de los 20. Anque Locke influyó profundamente en Berkeley, el
desarrollo intelectual de éste siguió un curso diferente. Locke escribió su obra más
importante, el Ensayo sobre el entendimiento humano, a los 57 años de edad;
Berkeley realizó sus aportaciones más trascendentes y creativas a los veintitantos. Era
muy consciente de esta diferencia y especuló con sobrada arrogancia sobre cómo
había sido posible que Locke escribiera una obra tan importante a la avanzada edad de
57 años.

Berkeley fue un escritor formidable y contundente. Publicó sus tres obras más
importantes en un lapso de cuatro años: An Essay Towards a New Theory of Vision en
1709, Tratado sobre los principios del conocimiento humano en 1710 y Three
Dialogues between Hylas and Philonous en 1713. Presentó una ampliación radical de
la filosofía de Locke que llegó a denominarse idealismo subjetivo o inmaterialismo.
Berkeley coincidió con Locke en que todo conocimiento del mundo externo proviene
de una sola fuente: la experiencia. Pero luego dió un paso adelante y afirmó que la
existencia misma del mundo externo depende de la percepción. La materia, según
Berkeley, no existe en y por sí sola; existe porque es percibida. Su aseveración se
resume en la fórmula latina Esse est percipi (Ser es ser percibido). Para entender la
postura de Berkeley, sigamos sus argumentos utilizando un objeto familiar: una
manzana. Tanto Locke como Berkeley sostenían que todo lo que sabemos de la
manzana proviene originalmente de nuestras sensaciones: lo que vemos, olemos,
probamos, sentimos y experimentamos ante la manzana. Sin embargo, Berkeley llegó
a afirmar que la existencia misma de la manzana depende de que sea sentida o
percibida, y además que la existencia del mundo entero depende de la misma premisa.
El “poderoso marco” del mundo no existiría sin una mente que lo percibiera (Berkeley,
1709/1820, p.1). Bertrand Russell captó la esencia de la aseveración de Berkeley en
este intercambio entre un observador escéptico y un idealista subjetivo.

Usted mira por la ventana y observa tres casas. Se vuelve hacia la habitación y dice:
“Desde la ventana son visibles tres casas”. El escéptico le diría: “Querrá decir que tres
casas eran visibles”. A lo que usted contestaría: “Pero si no pueden haber
desaparecido en este preciso instante”. Usted miraría de nuevo y diría: “En efecto,
aún están ahí”. El escéptico le respondería: “Reconozco que, cuando usted volvió a
mirar, había de nuevo tres casas, pero ¿Qué lo hace pensar que hayan estado ahí en el
intervalo? Usted sólo podría decir: “Porque las veo cada vez que observo”, El
escéptico diría: “Entonces usted debería inferir que las generó su vista”, Nunca
logrará obtener ninguna evidencia en contra de este planteamiento, porque no puede
saber cómo se ven las casas cuando nadie las está viendo.

La aseveración de que la materia no existe sin una mente es audaz y


obviamente importante para la psicología, disciplina que se definió de manera
inicial como la ciencia de la mente. Sin embargo, las afirmaciones de Berkeley
se prestan al ridículo y a una interpretación errónea porque parecen contradecir
el “sentido común”. Berkeley era consciente de que su obra provocaría una
reacción así, por lo que omitió de modo deliberado toda mención a la
inexistencia de la materia desde la portada, la dedicatoria, el prefacio y la
introducción de su Tratado. Al lector le pide que “suspenda su juicio” hasta que
haya leído todo el libro. Confiaba en que la noción “sorprendiera
inadvertidamente al lector”, quien tal vez nunca hubiera leído el libro si supiera
que contenía tales paradojas. Pero, ¡Oh sorpresa!, no fue así. Cuando se
publicó el Tratado en Dublin (1709) y en Londres (1711), a Berkeley lo
acusaron de insensatez, de solipsismo (idea filosófica según la cual sólo puede
demostrarse la existencia del yo) y de haber perpetrado una reducción al
absurdo. Leibniz, a quien encontraremos más delante de este capítulo, lo
acusó de buscar notoriedad con sus paradojas; el filósofo Samuel Johnson
refutó la aseveración de Berkeley en el sentido de que la materia no existe,
pateando para ello una piedra y dando a entender que una experiencia similar
aclararía la cabeza de Berkeley de ideas ten confusas.

En diversas cartas, Johnson también cuestionó la aseveración de Berkeley de


que las cosas existen sólo cuando se perciben, recurriendo al ejemplo de una
chimenea. Cuando encendemos una chimenea y luego salimos de la
habitación, no hay mente creada que la perciba durante cierto tiempo; sin
embargo, cuando regresamos, se ha consumido una gran cantidad de
combustible. Nuestra conclusión sin duda es que la chimenea siguió
encendida, es decir, que existió durante nuestra ausencia. O bien, considere el
árbol del jardín; ¡acaso el árbol no sigue existiendo cuando el jardín está
desierto? A los pájaros que anidan en el árbol los sorprendería sin duda una
afirmación en sentido contrario. Berkeley respondió a tan ingeniosa crítica
señalando que la chimenea sigue encendida y que el árbol sigue existiendo
cuando no hay nadie que los perciba, porque los sigue percibiendo la infinita
mente de Dios. Berkeley percibía la permanencia misma del mundo material
como una prueba definitva de la existencia de Dios, prueba que, según
confiaba, contrarrestaría el escepticismo como una gigantesca máquina
automática y nada más. En el siglo XX, esta fase de su razonamiento quedó
captada nítidamente en el siguiente poema humorístico del teólogo Ronald
Knox sobre un árbol en uno de los patios interiores del Balliol College, en
Oxford.
Un joven dijo una vez: Dios,

¿No te parece extraño?

Que este gran castaño

Deje de existir

Cuando no hay nadie en el patio?

Para el cual la respuesta adquiere la forma de una carta:

Estimado señor,

No me parece en absoluto extraño.

Yo siempre estoy en el patio

Y nunca dejó de estar el gran castaño

En la mente de, suyo siempre,

Dios.

Casi ninguna de los contemporáneos de Berkeley fue ni ingenioso ni


comprensivo. Sus planteamientos se percibían como absurdos, como un
ejercicio en la futilidad filosófica.

Si bien su Tratado está abierto a la crítica, en general existe el consenso de


que la teoría de Berkeley delineada en An Essay Towards a New Theory of
Vision constituye un argumento excepcional en el debate clásico entre
nativismo y empirismo. También podría considerarse que el libre fue la primera
obra de óptica fisiológica, disciplina definida por Hermann von Helmholtz, un
siglo y medio después. El interés de Berkeley en su ensayo era la percepción
visual, sobre todo el problema de explicar la percepción de la profundidad. En
sus Diálogos, Berkeley planteó este problema:

Existe el consenso, me parece, de que no puede verse la distancia en sí misma


y de manera inmediata, ya que al ser una línea dirigida longitudinalmente al ojo,
proyecta sólo un punto en el fondo (la retina) del ojo—punto que de modo
invariable se mantiene igual, ya sea más larga o más corta la distancia.

Sin embargo, la percepción de la distancia es una habilidad que podemos


utilizar, a menudo en forma notable. Considere, por ejemplo, cuando oprime el
freno en un auto para detenerse con suavidad en un semáforo o cuando sigue
a un vehículo más lento? La respuesta de Berkeley es que aprendemos a
utilizar ciertas señales: la interposición—juzgamos que los objetos de ocultan
parcial o completamente a otros objetos están mucho más cerca--, el tamaño
relativo—percibimos que los objetos más grandes están más próximos--, el
claroscuro—las grabaciones de luz y sobre que los artistas suelen utilizar para
sugerir profundidad en sus pinturas--, y, para finalizar, el movimiento de los
ojos cuando los objetos se mueven hacia nosotros o se alejan. La descripción
que hiciera Berkeley de esta última señal es especialmente explicita. Al
respecto, escribió lo siguiente:

Es sin duda por la experiencia que, cuando miramos un objeto con ambos ojos,
según se acerque o aleje de nosotros, alteramos la disposición de nuestros
ojos, reduciendo o ampliando el intervalo entre las pupilas. Esta disposición o
movimiento de los ojos se logra con una sensación, que a mi parecer es la que,
en este caso, da la idea de una mayor o menor distancia en la mente.

Si Berkeley hubiera realizado pruebas experimentales de su teoría de la visión,


como lo hacen los psicólogos contemporáneos, habría encontrado sustento
empírico a su teoría y también habría sido el primer psicólogo experimental. En
cambio, desalentado por las críticas a menudo hostiles a su obra, Berkeley s
concentró en otros menesteres. En 1720, se entregó a la fundación de una
universidad en el Nuevo Mundo, alejada de lo que consideraba que era la
degeneración del Viejo Mundo. Su objetivo era “convertir a los salvajes
americanos al cristianismo mediante una universidad que se erigiría en las islas
Summer, conocidas también como Islas Bermudas”. Se valió de su encanto e
influencia para conseguir una cédula real para la universidad, aportada por el
primer ministro de Inglaterra, y la promesa de una beca parlamentaria de varios
miles de libras. Berkeley abandonó Inglaterra con grandes esperanzas,
conformándose con lo que, según esperaba, sería un breve período provisional
en Newport, Rhode Island. Pero, ¡oh sorpresa!, en ese caso, “ojos que no ven,
corazón que no siente”, y su apoyo se esfumó. El Parlamento incumplió su
promesa, lo mismo que muchos de sus partidarios. Su proyecto visionario
fracasó, lo que representó otro fuerte desengaño paa Berkeley.

Irónicamente, la obra más exitosa de Berkeley fue un libro publicad en 1744


sobre las propiedades curativas del aguan corriente y varios temas filosóficos
que incluían pruebas sobre la existencia de Dios. Siris, como se tituló el libro,
describía cómo la exudación resinosa de pinos y abetos podía curar diversos
malestares corporales. Luego de utilizarla para tratar sus propias dolencias,
Berkeley quedó convencido de que era benéfica. A diferencia de muchas de
sus otras publicaciones, este libro se leyó mucho y llegó hasta la sexta edición.

Berkeley vivió en América sólo dos años y medio, pero siempre mantuvo su
admiración por el Nuevo Mundo. En su testamento, legó su biblioteca a la
Universidad de Yale e hizo un generoso legado al Colegio Superior de Harvard.
En California, hay una ciudad que lleva el nombre de Berkeley en su honor.
Murió en Oxford en 1753, e incluso muerto hizo que muchos movieran la
cabeza tachándolo de excéntrico, si no es que peor. Berkeley consideraba que
la putrefacción es el único signo infalible de muerte, por lo que dejó
instrucciones específicas en su testamento para que, después de su muerte, su
cuerpo permaneciera sin lavarse, sin moverse y cubierto por las mismas ropas
de cama hasta que resultara insoportable. A muchas personas tales
instrucciones les resultaron extrañas, pero en la actualidad, acosados como
estamos por la grave dificultad de definir la muerte en casos en que los
sistemas de sustentación de vida permiten prolongar la vida biológica por
largos períodos, la postura de Berkeley parece más razonable. Después de
todo, Berkeley fue en sí una paradoja. Sin duda poseía una mente poderosa y
original, pero muy a menudo se la tachó de excéntrico y poco digno de fiar.

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