0% encontró este documento útil (0 votos)
14 vistas17 páginas

Capítulo III: Las Aventuras de Sherlock Holmes

En este capítulo, Sherlock Holmes y el rey de Bohemia discuten sobre Irene Adler, quien se ha casado y ha huido con documentos importantes. Holmes descubre que Adler ha dejado una carta explicando su fuga y su amor por su esposo, lo que deja al rey aliviado pero también admirado por la astucia de Adler. Finalmente, Holmes se queda con una fotografía de Adler, mientras el rey reconoce su ingenio y lamenta no haberla tenido como reina.

Cargado por

Choco Gallego
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
14 vistas17 páginas

Capítulo III: Las Aventuras de Sherlock Holmes

En este capítulo, Sherlock Holmes y el rey de Bohemia discuten sobre Irene Adler, quien se ha casado y ha huido con documentos importantes. Holmes descubre que Adler ha dejado una carta explicando su fuga y su amor por su esposo, lo que deja al rey aliviado pero también admirado por la astucia de Adler. Finalmente, Holmes se queda con una fotografía de Adler, mientras el rey reconoce su ingenio y lamenta no haberla tenido como reina.

Cargado por

Choco Gallego
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Capítulo III

Dormí esa noche en Baker Street, y nos hallábamos desayunando nuestro café con tostada cuando
el rey de Bohemia entró con gran prisa en la habitación
-¿De verdad que se apoderó usted de ella? -exclamó agarrando a Sherlock Holmes por los dos
hombros, y clavándole en la cara una ansiosa mirada.
-Todavía no.
-Pero ¿confía en hacerlo?
-Confío.
-Vamos entonces. Ya estoy impaciente por ponerme en camino.
-Necesitamos un carruaje.
-No, tengo esperando mi brougham
-Eso simplifica las cosas.
Bajamos a la calle, y nos pusimos una vez más en marcha hacia Briony Lodge.
Las Aventuras de Sherlock Holmes
EDITOR IAL DIGITA L - IMPRENTA NACIONA L
costa r ica
26
-Irene Adler se ha casado -hizo notar Holmes.
-¡Que se ha casado! ¿Cuándo?
-Ayer.
-¿Y con quién?
-Con un abogado inglés apellidado Norton.
-Pero no es posible que esté enamorada de él.
-Yo tengo ciertas esperanzas de que lo esté.
-Y ¿por qué ha de esperarlo usted?
-Porque ello le ahorraría a su majestad todo temor de futuras molestias. Si esa dama está enamorada
de su marido, será que no lo está de su majestad. Si no ama a su majestad, no habrá motivo de que
se entremeta en vuestros proyectos.
-Eso es cierto. Sin embargo... ¡Pues bien: ojalá que ella hubiese sido una mujer de mi misma
posición social! ¡Qué gran reina habría sabido ser!
El rey volvió a caer en un silencio ceñudo, que nadie rompió hasta que nuestro coche se detuvo en
la Serpentine Avenue.
La puerta de Briony Lodge estaba abierta y vimos a una mujer anciana en lo alto de la escalinata.
Nos miró con ojos burlones cuando nos apeamos del coche del rey, y nos dijo:
-El señor Sherlock Holmes, ¿verdad?
-Yo soy el señor Holmes -contestó mi compañero alzando la vista hacia ella con mirada de
interrogación y de no pequeña sorpresa.
-Me lo imaginé. Mi señora me dijo que usted vendría probablemente a visitarla. Se marchó esta
mañana con su esposo en el tren que sale de Charing Cross a las cinco horas quince minutos con
destino al continente.
-¡Cómo! -exclamó Sherlock Holmes retrocediendo como si hubiese recibido un golpe, y pálido de
pesar y de sorpresa-. ¿Quiere usted decirme con ello que su señora abandonó ya Inglaterra?
-Para nunca más volver.
-¿Y esos documentos? -preguntó con voz ronca el rey-. Todo está perdido.
-Eso vamos a verlo.
Sherlock Holmes apartó con el brazo a la criada, y se precipitó al interior del cuarto de estar,
seguido
por el rey y por mí. Los muebles se hallaban desparramados en todas direcciones; los estantes,
desmantelados; los cajones, abiertos, como si aquella dama lo hubiese registrado y saqueado todo
Las Aventuras de Sherlock Holmes
EDITOR IAL DIGITA L - IMPRENTA NACIONA L
costa r ica
27
antes de su fuga. Holmes se precipitó hacia el cordón de la campanilla, corrió un pequeño panel, y,
metiendo la mano dentro del hueco, extrajo una fotografía y una carta. La fotografía era la de Irene
Adler en traje de noche, y la carta llevaba el siguiente sobrescrito:
Para el señor Sherlock Holmes.
La retirará él en persona.
Mi amigo rasgó el sobre, y nosotros tres la leímos al mismo tiempo. Estaba fechada a medianoche
del día anterior, y decía así:
Mi querido señor Sherlock Holmes:
La verdad es que lo hizo usted muy bien. Me la pegó usted por completo. Hasta después de la
alarma del fuego no sospeché nada. Pero entonces, al darme cuenta de que yo había traicionado
mi secreto, me puse a pensar. Desde hace meses me habían puesto en guardia contra usted,
asegurándome que si el rey empleaba a un agente, ése sería usted, sin duda alguna.
Me dieron también su dirección. Y sin embargo, logró usted que yo le revelase lo que deseaba
conocer. Incluso cuando se despertaron mis recelos, me resultaba duro el pensar mal de un anciano
clérigo, tan bondadoso y simpático. Pero, como usted sabrá, también yo he tenido que practicar
el oficio de actriz. La ropa varonil no resulta una novedad para mí, y con frecuencia aprovecho la
libertad de movimientos que ello proporciona. Envié a John, el cochero, a que lo vigilase a usted,
eché a correr escaleras arriba, me puse la ropa de paseo, como yo la llamo, y bajé cuando usted
se marchaba.
Pues bien: yo le seguí hasta su misma puerta comprobando así que me había convertido en objeto
de interés para el célebre señor Sherlock Holmes. Entonces, y con bastante imprudencia, le di las
buenas noches, y marché al Temple en busca de mi marido.
Nos pareció a los dos que lo mejor que podríamos hacer, al vernos perseguidos por tan formidable
adversario, era huir; por eso encontrará usted el nido vacío cuando vaya mañana a visitarme. Por
lo que hace a la fotografía, puede tranquilizarse su cliente. Amo y soy amada por un hombre que
vale más que él. Puede el rey obrar como bien le plazca, sin que se lo impida la persona a quien
él lastimó tan cruelmente. La conservo tan sólo a título de salvaguardia mía, como arma para
defenderme de cualquier paso que él pudiera dar en el futuro. Dejo una fotografía, que quizá le
agrade conservar en su poder, y soy de usted, querido señor Sherlock Holmes, muy atentamente,
Irene Norton, nacida Adler.
Las Aventuras de Sherlock Holmes
EDITOR IAL DIGITA L - IMPRENTA NACIONA L
costa r ica
28
-¡Qué mujer; oh, qué mujer! -exclamó el rey de Bohemia una vez que leímos los tres la carta-. No
le dije lo rápida y resuelta que era ¿No es cierto que habría sido una reina admirable? ¿No es una
lástima que no esté a mi mismo nivel?
-A juzgar por lo que de esa dama he podido conocer, parece que, en efecto, ella y su majestad están
a un nivel muy distinto -dijo con frialdad Holmes-. Lamento no haber podido llevar a un término
más feliz el negocio de su majestad.
-Todo lo contrario, mi querido señor -exclamó el rey-. No ha podido tener un término más feliz.
Me consta que su palabra es sagrada. La fotografía es ahora tan inofensiva como si hubiese ardido
en el fuego.
-Me felicito de oírle decir eso a su majestad.
-Tengo contraída una deuda inmensa con usted. Dígame, por favor, de qué manera puedo
recompensarle. Este anillo...
Se sacó del dedo un anillo de esmeralda en forma de serpiente, y se lo presentó en la palma de la
mano.
-Su majestad está en posesión de algo que yo valoro en mucho más -dijo Sherlock Holmes.
-No tiene usted más que nombrármelo.
-Esta fotografía.
El rey se le quedó mirando con asombro, y exclamó:
-¡La fotografía de Irene! Suya es, desde luego, si así lo desea.
-Doy las gracias a su majestad. De modo, pues, que ya no queda nada por tratar de este asunto.
Tengo el honor de dar los buenos días a su majestad.
Holmes se inclinó, se volvió sin darse por enterado de la mano que el rey le alargaba, y echó a
andar, acompañado por mí, hacia sus habitaciones.
Y así fue como se cernió, amenazador, sobre el reino de Bohemia un gran escándalo, y cómo el
ingenio de una mujer desbarató los planes mejor trazados de Sherlock Holmes. En otro tiempo,
acostumbraba este bromear a propósito de la inteligencia de las mujeres; pero ya no le he vuelto a
oír expresarse de ese modo en los últimos tiempos. Y siempre que habla de Irene Adler, o cuando
hace referencia a su fotografía, le da el honroso título de la mujer.
Las Aventuras de Sherlock Holmes
EDITOR IAL DIGITA L - IMPRENTA NACIONA L
costa r ica
29
La Lig a de los Pelirrojos
Capítulo I
Había ido yo a visitar a mi amigo el señor Sherlock Holmes cierto día de otoño del año pasado,
y me lo encontré muy enzarzado en conversación con un caballero anciano muy voluminoso,
de cara rubicunda y cabellera de un subido color rojo. Iba yo a retirarme, disculpándome por mi
entremetimiento, pero Holmes me hizo entrar bruscamente de un tirón, y cerró la puerta a mis
espaldas.
-Mi querido Watson, no podía usted venir en mejor momento -me dijo con expresión cordial.
-Creí que estaba usted ocupado.
-Lo estoy, y muchísimo.
-Entonces puedo esperar en la habitación de al lado.
-De ninguna manera. Señor Wilson, este caballero ha sido compañero y colaborador mío en muchos
de los casos que mayor éxito tuvieron, y no me cabe la menor duda de que también en el de usted
me será de la mayor utilidad.
El voluminoso caballero hizo mención de ponerse en pie y me saludó con una inclinación de
cabeza, que acompañó de una rápida mirada interrogadora de sus ojillos, medio hundidos en
círculos de grasa.
Las Aventuras de Sherlock Holmes
EDITOR IAL DIGITA L - IMPRENTA NACIONA L
costa r ica
30
-Tome asiento en el canapé -dijo Holmes, dejándose caer otra vez en su sillón, y juntando las
yemas de los dedos, como era costumbre suya cuando se hallaba de humor reflexivo-. De sobra
sé, mi querido Watson, que usted participa de mi afición a todo lo que es raro y se sale de los
convencionalismos y de la monótona rutina de la vida cotidiana. Usted ha demostrado el deleite
que eso le produce, como el entusiasmo que le ha impulsado a escribir la crónica de tantas de mis
aventurillas, procurando embellecerlas hasta cierto punto, si usted me permite la frase.
-Desde luego, los casos suyos despertaron en mí el más vivo interés -le contesté.
-Recordará usted que hace unos días, antes que nos lanzásemos a abordar el sencillo problema que
nos presentaba la señorita Mary Sutherland, le hice la observación de que los efectos raros y las
combinaciones extraordinarias debíamos buscarlas en la vida misma, que resulta siempre de una
osadía infinitamente mayor que cualquier esfuerzo de la imaginación.
-Sí, y yo me permití ponerlo en duda.
-En efecto, doctor, pero tendrá usted que venir a coincidir con mi punto de vista, porque, en caso
contrario, iré amontonando y amontonando hechos sobre usted hasta que su razón se quiebre bajo
su peso y reconozca usted que estoy en lo cierto. Pues bien: el señor Jabez Wilson, aquí presente,
ha tenido la amabilidad de venir a visitarme esta mañana, dando comienzo a un relato que promete
ser uno de los más extraordinarios que he escuchado desde hace algún tiempo. Me habrá usted
oído decir que las cosas más raras y singulares no se presentan con mucha frecuencia unidas a los
crímenes grandes, sino a los pequeños, y también, de cuando en cuando, en ocasiones en las que
puede existir duda de si, en efecto, se ha cometido algún hecho delictivo. Por lo que he podido
escuchar hasta ahora, me es imposible afirmar si en el caso actual estamos o no ante un crimen;
pero el desarrollo de los hechos es, desde luego, uno de los más sorprendentes de que he tenido
jamás ocasión de enterarme. Quizá, señor Wilson, tenga usted la extremada bondad de empezar
de nuevo el relato. No se lo pido únicamente porque mi amigo, el doctor Watson, no ha escuchado
la parte inicial, sino también porque la índole especial de la historia despierta en mí el vivo deseo
de oír de labios de usted todos los detalles posibles. Por regla general, me suele bastar una ligera
indicación acerca del desarrollo de los hechos para guiarme por los millares de casos similares
que se me vienen a la memoria. Me veo obligado a confesar que en el caso actual, y según yo creo
firmemente, los hechos son únicos.
El voluminoso cliente enarcó el pecho, como si aquello le enorgulleciera un poco, y sacó del
bolsillo interior de su gabán un periódico sucio y arrugado. Mientras él repasaba la columna de
anuncios, adelantando la cabeza, después de alisar el periódico sobre sus rodillas, yo lo estudié a
él detenidamente, esforzándome, a la manera de mi compañero, por descubrir las indicaciones que
sus ropas y su apariencia exterior pudieran proporcionarme.
No saqué, sin embargo, mucho de aquel examen.
A juzgar por todas las señales, nuestro visitante era un comerciante inglés de tipo corriente, obeso,
solemne y de lenta comprensión. Vestía unos pantalones abolsados, de tela de pastor, a cuadros
grises; una levita negra y no demasiado limpia, desabrochada delante; chaleco gris amarillento,
Las Aventuras de Sherlock Holmes
EDITOR IAL DIGITA L - IMPRENTA NACIONA L
costa r ica
31
con albertina de pesado metal, de la que colgaba para adorno un trozo, también de metal, cuadrado
y agujereado. A su lado, sobre una silla, había un raído sombrero de copa y un gabán marrón
descolorido, con el arrugado cuello de terciopelo. En resumidas cuentas, y por mucho que yo lo
mirase, nada de notable distinguí en aquel hombre, fuera de su pelo rojo vivísimo y la expresión
de disgusto y de pesar extremados que se leía en sus facciones.
La mirada despierta de Sherlock Holmes me sorprendió en mi tarea, y mi amigo movió la cabeza,
sonriéndome, en respuesta a las miradas mías interrogadoras:
-Fuera de los hechos evidentes de que en tiempos estuvo dedicado a trabajos manuales, de que
toma rapé, de que es masón, de que estuvo en China y de que en estos últimos tiempos ha estado
muy atareado en escribir no puedo sacar nada más en limpio.
El señor Jabez Wilson se irguió en su asiento, puesto el dedo índice sobre el periódico, pero con
los ojos en mi compañero.
-Pero, por vida mía, ¿cómo ha podido usted saber todo eso, señor Holmes? ¿Cómo averiguó,
por ejemplo, que yo he realizado trabajos manuales? Todo lo que ha dicho es tan verdad como el
Evangelio, y empecé mi carrera como carpintero de un barco.
-Por sus manos, señor. La derecha es un número mayor de medida que su mano izquierda. Usted
trabajó con ella, y los músculos de la misma están más desarrollados.
-Bien, pero ¿y lo del rapé y la masonería?
-No quiero hacer una ofensa a su inteligencia explicándole de qué manera he descubierto eso,
especialmente porque, contrariando bastante las reglas de vuestra orden, usa usted un alfiler de
corbata que representa un arco y un compás.
-¡Ah! Se me había pasado eso por alto. Pero ¿y lo de la escritura?
-Y ¿qué otra cosa puede significar el que el puño derecho de su manga esté tan lustroso en una
anchura de cinco pulgadas, mientras que el izquierdo muestra una superficie lisa cerca del codo,
indicando el punto en que lo apoya sobré el pupitre?
-Bien, ¿y lo de China?
-El pez que lleva usted tatuado más arriba de la muñeca sólo ha podido ser dibujado en China. Yo
llevo realizado un pequeño estudio acerca de los tatuajes, y he contribuido incluso a la literatura
que trata de ese tema. El detalle de colorear las escamas del pez con un leve color sonrosado es
completamente característico de China. Si, además de eso, veo colgar de la cadena de su reloj una
moneda china, el problema se simplifica aun más.
El señor Jabez Wilson se rió con risa torpona, y dijo:
-¡No lo hubiera creído! Al principio me pareció que lo que había hecho usted era una cosa por
demás inteligente; pero ahora me doy cuenta de que, después de todo, no tiene ningún mérito.
Las Aventuras de Sherlock Holmes
EDITOR IAL DIGITA L - IMPRENTA NACIONA L
costa r ica
32
-Comienzo a creer, Watson -dijo Holmes-, que es un error de parte mía el dar explicaciones. Omne
ignotum pro magnifico, como no ignora usted, y si yo sigo siendo tan ingenuo, mi pobre celebridad,
mucha o poca, va a naufragar. ¿Puede enseñarme usted ese anuncio, señor Wilson?
-Sí, ya lo encontré -contestó él, con su dedo grueso y colorado fijo hacia la mitad de la columna-.
Aquí está. De aquí empezó todo. Léalo usted mismo, señor.
Le quité el periódico, y leí lo que sigue:
«A la liga de los pelirrojos. Con cargo al legado del difunto Ezekiah Hopkins, Penn., EE. UU.,
se ha producido otra vacante que da derecho a un miembro de la Liga a un salario de cuatro
libras semanales a cambio de servicios de carácter puramente nominal. Todos los pelirrojos
sanos de cuerpo y de inteligencia, y de edad superior a los veintiún años, pueden optar al puesto.
Presentarse personalmente el lunes, a las once, a Duncan Ross, en las oficinas de la Liga, Pope’s
Court. núm. 7. Fleet Street.»
-¿Qué diablos puede significar esto? -exclamé después de leer dos veces el extraordinario anuncio.
Holmes se rió por lo bajo, y se retorció en su sillón, como solía hacer cuando estaba de buen humor.
-¿Verdad que esto se sale un poco del camino trillado? -dijo-. Y ahora, señor Wilson, arranque
desde la línea de salida, y no deje nada por contar acerca de usted, de su familia y del efecto que el
anuncio ejerció en la situación de usted. Pero antes, doctor, apunte el periódico y la fecha.
-Es el Morning Chronicle del veintisiete de abril de mil ochocientos noventa. Exactamente, de
hace dos meses.
-Muy bien. Veamos, señor Wilson.
-Pues bien: señor Holmes, como le contaba a usted -dijo Jabez Wilson secándose el sudor de la
frente-, yo poseo una pequeña casa de préstamos en Coburg Square, cerca de la City1. El negocio
no tiene mucha importancia, y durante los últimos años no me ha producido sino para ir tirando.
En otros tiempos podía permitirme tener dos empleados, pero en la actualidad sólo conservo uno;
y aun a éste me resultaría difícil poder pagarle, de no ser porque se conforma con la mitad de la
paga, con el propósito de aprender el oficio.
-¿Cómo se llama este joven de tan buen conformar? -preguntó Sherlock Holmes.
-Se llama Vicent Spaulding, pero no es precisamente un mozalbete. Resultaría difícil calcular los
años que tiene. Yo me conformaría con que un empleado mío fuese lo inteligente que es él; sé
perfectamente que él podría ganar el doble de lo que yo puedo pagarle, y mejorar de situación.
Pero, después de todo, si él está satisfecho, ¿por qué voy a revolverle yo el magín?
1 Ciudad de Londres.
Las Aventuras de Sherlock Holmes
EDITOR IAL DIGITA L - IMPRENTA NACIONA L
costa r ica
33
-Naturalmente, ¿por qué va usted a hacerlo? Es para usted una verdadera fortuna el poder disponer
de un empleado que quiere trabajar por un salario inferior al del mercado. En una época como la
que atravesamos no son muchos los patronos que están en la situación de usted. Me está pareciendo
que su empleado es tan extraordinario como su anuncio.
-Bien, pero también tiene sus defectos ese hombre -dijo el señor Wilson-. Por ejemplo, el de
largarse
por ahí con el aparato fotográfico en las horas en que debería estar cultivando su inteligencia,
para luego venir y meterse en la bodega, lo mismo que un conejo en la madriguera, a revelar sus
fotografías. Ese es el mayor de sus defectos; pero, en conjunto, es muy trabajador. Y carece de
vicios.
-Supongo que seguirá trabajando con usted.
-Sí, señor. Yo soy viudo, nunca tuve hijos, y en la actualidad componen mi casa él y una chica
de catorce años, que sabe cocinar algunos platos sencillos y hacer la limpieza. Los tres llevamos
una vida tranquila, señor; y gracias a eso estamos bajo techado, pagamos nuestras deudas, y no
pasamos de ahí. Fue el anuncio lo que primero nos sacó de quicio. Spaulding se presentó en la
oficina, hoy hace exactamente ocho semanas, con este mismo periódico en la mano, y me dijo: «
¡Ojalá Dios que yo fuese pelirrojo, señor Wilson! » Yo le pregunté: « ¿De qué se trata? » Y él me
contestó: «Pues que se ha producido otra vacante en la Liga de los Pelirrojos. Para quien lo sea
equivale a una pequeña fortuna, y, según tengo entendido, son más las vacantes que los pelirrojos,
de modo que los albaceas testamentarios andan locos no sabiendo qué hacer con el dinero. Si mi
pelo cambiase de color, ahí tenía yo un huequecito a pedir de boca donde meterme.» «Pero bueno,
¿de qué se trata?», le pregunté. Mire, señor Holmes, yo soy un hombre muy de su casa. Como
el negocio vino a mí, en vez de ir yo en busca del negocio, se pasan semanas enteras sin que yo
ponga el pie fuera del felpudo de la puerta del local. Por esa razón vivía sin enterarme mucho de las
cosas de fuera, y recibía con gusto cualquier noticia. « ¿Nunca oyó usted hablar de la Liga de los
Pelirrojos? », me preguntó con asombro. «Nunca.» «Sí que es extraño, siendo como es usted uno
de los candidatos elegibles para ocupar las vacantes.» «Y ¿qué supone en dinero?», le pregunté.
«Una minucia. Nada más que un par de centenares de libras al año, pero casi sin trabajo, y sin que
le impidan gran cosa dedicarse a sus propias ocupaciones.» Se imaginará usted fácilmente que eso
me hizo afinar el oído, ya que mi negocio no marchaba demasiado bien desde hacía algunos años,
y un par de centenares de libras más me habrían venido de perlas. «Explíqueme bien ese asunto»,
le dije. «Pues bien -me contestó mostrándome el anuncio-: usted puede ver por sí mismo que la
Liga tiene una vacante, y en el mismo anuncio viene la dirección en que puede pedir todos los
detalles. Según a mí se me alcanza, la Liga fue fundada por un millonario norteamericano, Ezekiah
Hopkins, hombre raro en sus cosas. Era pelirrojo, y sentía mucha simpatía por los pelirrojos; por
eso, cuando él falleció, se vino a saber que había dejado su enorme fortuna encomendada a los
albaceas, con las instrucciones pertinentes a fin de proveer de empleos cómodos a cuantos hombres
tuviesen el pelo de ese mismo color. Por lo qué he oído decir, el sueldo es espléndido, y el trabajo,
escaso.» Yo le contesté: «Pero serán millones los pelirrojos que los soliciten.» «No tantos como
usted se imagina -me contestó-. Fíjese en que el ofrecimiento está limitado a los londinenses, y a
hombres mayores de edad. El norteamericano en cuestión marchó de Londres en su juventud, y
quiso favorecer a su vieja y querida ciudad. Me han dicho, además, que es inútil solicitar la vacante
Las Aventuras de Sherlock Holmes
EDITOR IAL DIGITA L - IMPRENTA NACIONA L
costa r ica
34
cuando se tiene el pelo de un rojo claro o de un rojo oscuro; el único que vale es el color rojo
auténtico, vivo, llameante, rabioso. Si le interesase solicitar la plaza, señor Wilson, no tiene sino
presentarse; aunque quizá no valga la pena para usted el molestarse por unos pocos centenares de
libras.» La verdad es, caballeros, como ustedes mismos pueden verlo, que mi pelo es de un rojo
vivo
y brillante, por lo que me pareció que, si se celebraba un concurso, yo tenía tantas probabilidades
de ganarlo como el que más de cuantos pelirrojos había encontrado en mi vida. Vicente Spaulding
parecía tan enterado del asunto, que pensé que podría serme de utilidad; de modo, pues, que le
di la orden de echar los postigos por aquel día y de acompañarme inmediatamente. Le cayó muy
bien lo de tener un día de fiesta, de modo, pues, que cerramos el negocio, y marchamos hacia la
dirección que figuraba en el anuncio. Yo no creo que vuelva a contemplar un espectáculo como
aquél en mi vida, señor Holmes. Procedentes del Norte, del Sur, del Este y del Oeste, todos cuantos
hombres tenían un algo de rubicundo en los cabellos se habían largado a la City respondiendo
al anuncio. Fleet Street estaba obstruida de pelirrojos, y Pope’s Court producía la impresión del
carrito de un vendedor de naranjas. Jamás pensé que pudieran ser tantos en el país como los que se
congregaron por un solo anuncio. Los había allí de todos los matices: rojo pajizo, limón, naranja,
ladrillo, cerro setter, irlandés, hígado, arcilla. Pero, según hizo notar Spaulding, no eran muchos los
de un auténtico rojo, vivo y llameante. Viendo que eran tantos los que esperaban, estuve a punto
de renunciar, de puro desánimo; pero Spaulding no quiso ni oír hablar de semejante cosa. Yo no sé
cómo se las arregló, pero el caso es que, a fuerza de empujar a éste, apartar al otro y chocar con el
de más allá, me hizo cruzar por entre aquella multitud, llevándome hasta la escalera que conducía
a las oficinas.
-Fue la suya una experiencia divertidísima -comentó Holmes, mientras su cliente se callaba y
refrescaba su memoria con un pellizco de rapé-. Prosiga, por favor, el interesante relato.
-En la oficina no había sino un par de sillas de madera y una mesa de tabla, a la que estaba
sentado un hombre pequeño, y cuyo pelo era aún más rojo que el mío. Conforme se presentaban
los candidatos les decía algunas palabras, pero siempre se las arreglaba para descalificarlos por
algún defectillo. Después de todo, no parecía cosa tan sencilla el ocupar una vacante. Pero cuando
nos llegó la vez a nosotros, el hombrecito se mostró más inclinado hacia mí que hacia todos los
demás, y cerró la puerta cuando estuvimos dentro, a fin de poder conversar reservadamente con
nosotros. «Este señor se llama Jabez Wilson -le dijo mi empleado-, y desearía ocupar la vacante
que hay en la Liga.» «Por cierto que se ajusta a maravilla para el puesto -contestó el otro-. Reúne
todos los requisitos. No recuerdo desde cuándo no he visto pelo tan hermoso.» Dio un paso atrás,
torció a un lado la cabeza, y me estuvo contemplando el pelo hasta que me sentí invadido de rubor.
Y de pronto, se abalanzó hacia mí, me dio un fuerte apretón de manos y me felicitó calurosamente
por mi éxito. «El titubear constituiría una injusticia -dijo-. Pero estoy seguro de que sabrá disculpar
el que yo tome una precaución elemental.» Y acto continuo me agarró del pelo con ambas manos,
y tiró hasta hacerme gritar de dolor. Al soltarme, me dijo: «Tiene usted lágrimas en los ojos, de
lo cual deduzco que no hay trampa. Es preciso que tengamos sumo cuidado, porque ya hemos
sido engañados en dos ocasiones, una de ellas con peluca postiza, y la otra, con el tinte. Podría
contarle a usted anécdotas del empleo de cera de zapatero remendón, como para que se asquease
de la condición humana.» Dicho esto se acercó a la ventana, y anunció a voz en grito a los que
Las Aventuras de Sherlock Holmes
EDITOR IAL DIGITA L - IMPRENTA NACIONA L
costa r ica
35
estaban debajo que había sido ocupada la vacante. Se alzó un gemido de desilusión entre los que
esperaban, y la gente se desbandó, no quedando más pelirrojos a la vista que mi gerente y yo. «Me
llamo Duncan Ross -dijo éste-, y soy uno de los que cobran pensión procedente del legado de
nuestro noble bienhechor. ¿Es usted casado, señor Wilson? ¿Tiene usted familia?» Contesté que no
la tenía. La cara de aquel hombre se nubló en el acto, y me dijo con mucha gravedad: « ¡Vaya por
Dios, qué inconveniente más grande! ¡Cuánto lamento oírle decir eso! Como es natural, la finalidad
del legado es la de que aumenten y se propaguen los pelirrojos, y no sólo su conservación. Es una
gran desgracia que usted sea un hombre sin familia. » También mi cara se nubló al oír aquello,
señor Holmes, viendo que, después de todo, se me escapaba, la vacante; pero, después de pensarlo
por espacio de algunos minutos, sentenció que eso no importaba. «Tratándose de otro -dijo-, esa
objeción podría ser fatal; pero estiraremos la cosa en favor de una persona de un pelo como el suyo.
¿Cuándo podrá usted hacerse cargo de sus nuevas obligaciones?» «Hay un pequeño inconveniente,
puesto que yo tengo un negocio mío», contesté. « ¡Oh! No se preocupe por eso, señor Wilson -dijo
Vicent Spaulding-. Yo me cuidaré de su negocio.» « ¿Cuál será el horario? », pregunté. «De diez
a dos.» Pues bien: el negocio de préstamos se hace principalmente a eso del anochecido, señor
Holmes, especialmente los jueves y los viernes, es decir, los días anteriores al de paga; me venía,
pues, perfectamente el ganarme algún dinerito por las mañanas. Además, yo sabía que mi empleado
es una buena persona y que atendería a todo lo que se le presentase. «Ese horario me convendría
perfectamente -le dije-. ¿Y el sueldo?» «Cuatro libras a la semana.» « ¿En qué consistirá el trabajo?
» «El trabajo es puramente nominal.» «¿Qué entiende usted por puramente nominal?» «Pues que
durante esas horas tendrá usted que hacer acto de presencia en esta oficina, o, por lo menos, en
este edificio. Si usted se ausenta del mismo, pierde para siempre su empleo. Sobre este punto es
terminante el testamento. Si usted se ausenta de la oficina en estas horas, falta a su compromiso.»
«Son nada más que cuatro horas al día, y no se me ocurrirá ausentarme», le contesté. «Si lo hiciese,
no le valdrían excusas -me dijo el señor Duncan Ross-. Ni por enfermedad, negocios, ni nada.
Usted tiene que permanecer aquí, so pena de perder la colocación.» «¿Y el trabajo?» «Consiste en
copiar la Enciclopedia Británica. En este estante tiene usted el primer volumen. Usted tiene que
procurarse tinta, plumas y papel secante; pero nosotros le suministramos esta mesa y esta silla.
¿Puede usted empezar mañana?» «Desde luego que sí», le contesté. «Entonces, señor Jabez Wilson,
adiós, y permítame felicitarle una vez más por el importante empleo que ha tenido usted la buena
suerte de conseguir.» Se despidió de mí con una reverencia, indicándome que podía retirarme, y
yo me volví a casa con mi empleado, sin saber casi qué decir ni qué hacer, de tan satisfecho como
estaba con mi buena suerte. Pues bien: me pasé el día dando vueltas en mi cabeza al asunto, y
para cuando llegó la noche, volví a sentirme abatido, porque estaba completamente convencido
de que todo aquello no era sino una broma o una superchería, aunque no acertaba a imaginarme
qué finalidad podían proponerse. Parecía completamente imposible que hubiese nadie capaz de
hacer un testamento semejante, y de pagar un sueldo como aquél por un trabajo tan sencillo como
el de copiar la Enciclopedia Británica. Vicent Spaulding hizo todo cuanto le fue posible por darme
ánimos, pero a la hora de acostarme había yo acabado por desechar del todo la idea. Sin embargo,
cuando llegó la mañana resolví ver en qué quedaba aquello, compré un frasco de tinta de a penique,
me proveí de una pluma de escribir y de siete pliegos de papel de oficio, y me puse en camino para
Pope’s Court. Con gran sorpresa y satisfacción mía, encontré las cosas todo lo bien que podían
Las Aventuras de Sherlock Holmes
EDITOR IAL DIGITA L - IMPRENTA NACIONA L
costa r ica
36
estar. La mesa estaba a punto, y el señor Duncan Ross, presente para cerciorarse de que yo me
ponía a trabajar. Me señaló para empezar la letra A, y luego se retiró; pero de cuando en cuando
aparecía por allí para comprobar que yo seguía en mi sitio. A las dos me despidió, me felicitó por
la cantidad de trabajo que había hecho, y cerró la puerta del despacho después de salir yo. Un día
tras otro, las cosas siguieron de la misma forma, y el gerente se presentó el sábado, poniéndome
encima de la mesa cuatro soberanos de oro, en pago del trabajo que yo había realizado durante
la semana. Lo mismo ocurrió la semana siguiente, y la otra. Me presenté todas las mañanas a las
diez, y me ausenté a las dos. Poco a poco, el señor Duncan Ross se limitó a venir una vez durante
la mañana, y al cabo de un tiempo dejó de venir del todo. Como es natural, yo no me atreví, a pesar
de eso, a ausentarme de la oficina un sólo momento, porque no tenía la seguridad de que él no iba
a presentarse, y el empleo era tan bueno, y me venía tan bien, que no me arriesgaba a perderlo.
Transcurrieron de idéntica manera ocho semanas, durante las cuales yo escribí lo referente a los
Abades, Arqueros, Armaduras, Arquitectura y Ática, esperanzado de llegar, a fuerza de diligencia,
muy pronto a la b. Me gasté algún dinero en papel de oficio, y ya tenía casi lleno un estante con
mis escritos. Y de pronto se acaba todo el asunto.
-¿Que se acabó?
-Sí, señor. Y eso ha ocurrido esta mañana. Me presenté, como de costumbre, al trabajo a las diez;
pero la puerta estaba cerrada con llave, y en mitad de la hoja de la misma, clavado con una tachuela,
había un trocito de cartulina. Aquí lo tiene, puede leerlo usted mismo.
Nos mostró un trozo de cartulina blanca, más o menos del tamaño de un papel de cartas, que decía
lo siguiente:
Ha Quedado Disuelta
La Liga De Los Pelirrojos
9 Octubre 1890
Sherlock Holmes y yo examinamos aquel breve anuncio y la cara afligida que había detrás del
mismo, hasta que el lado cómico del asunto se sobrepuso de tal manera a toda otra consideración,
que ambos rompimos en una carcajada estruendosa.
-Yo no veo que la cosa tenga nada de divertida -exclamó nuestro cliente sonrojándose hasta la raíz
de sus rojos cabellos-. Si no pueden ustedes hacer en favor mío otra cosa que reírse, me dirigiré a
otra parte.
-No, no -le contestó Holmes empujándolo hacia el sillón del que había empezado a levantarse-.
Por nada del mundo me perdería yo este asunto suyo. Se sale tanto de la rutina, que resulta un
descanso. Pero no se me ofenda si le digo que hay en el mismo algo de divertido. Vamos a ver, ¿qué
pasos dio usted al encontrarse con ese letrero en la puerta?
Las Aventuras de Sherlock Holmes
EDITOR IAL DIGITA L - IMPRENTA NACIONA L
costa r ica
37
-Me dejó de una pieza, señor. No sabía qué hacer. Entré en las oficinas de al lado, pero nadie
sabía nada. Por último, me dirigí al dueño de la casa, que es contador y vive en la planta baja,
y le pregunté si podía darme alguna noticia sobre lo ocurrido a la Liga de los Pelirrojos. Me
contestó que jamás había oído hablar de semejante sociedad. Entonces le pregunté por el señor
Duncan Ross, y me contestó que era la vez primera que oía ese nombre. «Me refiero, señor, al
caballero de la oficina número cuatro», le dije. « ¿Cómo? ¿El caballero pelirrojo? » «Ese mismo.»
«Su verdadero nombre es William Morris. Se trata de un procurador, y me alquiló la habitación
temporalmente, mientras quedaban listas sus propias oficinas. Ayer se trasladó a ellas.» «Y ¿dónde
podría encontrarlo?» «En sus nuevas oficinas. Me dió su dirección. Eso es, King Edward Street,
número diecisiete, junto a Saint Paul.» Marché hacia allí, señor Holmes, pero cuando llegué a esa
dirección me encontré con que se trataba de una fábrica de rodilleras artificiales, y nadie había oído
hablar allí del señor William Morris, ni del señor Duncan Ross.
-Y ¿qué hizo usted entonces? -le preguntó Holmes.
-Me dirigí a mi casa de Saxe-Coburg Square, y consulté con mi empleado. No supo darme ninguna
solución, salvo la de decirme que esperase, porque con seguridad que recibiría noticias por carta.
Pero esto no me bastaba, señor Holmes. Yo no quería perder una colocación como aquélla así
como así; por eso, como había oído decir que usted llevaba su bondad hasta aconsejar a la pobre
gente que lo necesita, me vine derecho a usted.
-Y obró usted con gran acierto -dijo Holmes.
El caso de usted resulta extraordinario, y lo estudiaré con sumo gusto. De lo que usted me ha
informado, deduzco que aquí están en juego cosas mucho más graves de lo que a primera vista
parece.
-¡Que si se juegan cosas graves! -dijo el señor Jabez Wilson-. Yo, por mi parte, pierdo nada menos
que cuatro libras semanales.
-Por lo que a usted respecta -le hizo notar Holmes-, no veo que usted tenga queja alguna contra
esta extraordinaria Liga. Todo lo contrario; por lo que le he oído decir, usted se ha embolsado
unas treinta libras, dejando fuera de consideración los minuciosos conocimientos que ha adquirido
sobre cuantos temas caen bajo la letra A. A usted no le han causado ningún perjuicio.
-No, señor. Pero quiero saber de esa gente, enterarme de quiénes son, y qué se propusieron
haciéndome esta jugarreta, porque se trata de una jugarreta. La broma les salió cara, ya que les ha
costado treinta y dos libras.
-Procuraremos ponerle en claro esos extremos. Empecemos por un par de preguntas, señor Wilson.
Ese empleado suyo, que fue quien primero le llamó la atención acerca del anuncio, ¿qué tiempo
llevaba con usted?
-Cosa de un mes.
-¿Cómo fue el venir a pedirle empleo?
Las Aventuras de Sherlock Holmes
EDITOR IAL DIGITA L - IMPRENTA NACIONA L
costa r ica
38
-Porque puse un anuncio.
-¿No se presentaron más aspirantes que él?
-Se presentaron en número de una docena.
-¿Por qué se decidió usted por él?
-Porque era listo y se ofrecía barato.
-A mitad de salario, ¿verdad?
-Sí.
-¿Cómo es ese Vicent Spaulding?
-Pequeño, grueso, muy activo, imberbe, aunque no bajará de los treinta años. Tiene en la frente una
mancha blanca, de salpicadura de algún ácido.
Holmes se irguió en su asiento, muy excitado, y dijo:
-Me lo imaginaba. ¿Nunca se fijó usted en si tiene las orejas agujereadas como para llevar
pendientes?
-Sí, señor. Me contó que se las había agujereado una gitana cuando era todavía muchacho.
-¡Ejem! -dijo Holmes recostándose de nuevo en su asiento-. Y ¿sigue todavía en casa de usted?
- Sí, señor; no hace sino un instante que lo dejé.
-¿Y estuvo bien atendido el negocio de usted durante su ausencia?
-No tengo queja alguna, señor. De todos modos, poco es el negocio que se hace por las mañanas.
-Con esto me basta, señor Wilson. Tendré mucho gusto en exponerle mi opinión acerca de este
asunto dentro de un par de días. Hoy es sábado; espero haber llegado a una conclusión allá para el
lunes.
Las Aventuras de Sherlock Holmes
EDITOR IAL DIGITA L - IMPRENTA NACIONA L
costa r ica
39
Capítulo II
-Veamos, Watson -me dijo Holmes una vez que se hubo marchado nuestro visitante-. ¿Qué saca
usted en limpio de todo esto?
-Yo no saco nada -le contesté con franqueza-. Es un asunto por demás misterioso.
-Por regla general -me dijo Holmes-, cuanto más estrambótica es una cosa, menos misteriosa suele
resultar. Los verdaderamente desconcertantes son esos crímenes vulgares y adocenados, de igual
manera que un rostro corriente es el más difícil de identificar. Pero en este asunto de ahora tendré
que actuar con rapidez.
-Y ¿qué va usted a hacer? -le pregunté.
-Fumar -me respondió-. Es un asunto que me llevará sus tres buenas pipas, y yo le pido a usted que
no me dirija la palabra durante cincuenta minutos.
Sherlock Holmes se hizo un ovillo en su sillón, levantando las rodillas hasta tocar su nariz aguileña,
y de ese modo permaneció con los ojos cerrados y la negra pipa de arcilla apuntando fuera, igual
que el pico de algún extraordinario pajarraco. Yo había llegado a la conclusión de que se había
dormido, y yo mismo estaba cabeceando; pero Holmes saltó de pronto de su asiento con el gesto
de un hombre que ha tomado una resolución, y dejó la pipa encima de la repisa de la chimenea,
diciendo:
-Esta tarde toca Sarasate2 en St. James Hall. ¿Qué opina usted, Watson? ¿Pueden sus enfermos
prescindir de usted durante algunas horas?
-Hoy no tengo nada que hacer. Mi clientela no me acapara nunca mucho.
-En ese caso, póngase el sombrero y acompáñeme. Pasaré primero por la City, y por el camino
podemos almorzar alguna cosa. Me he fijado en que el programa incluye mucha música alemana,
que resulta más de mi gusto que la italiana y la francesa. Es música introspectiva, y yo quiero hacer
un examen de conciencia. Vamos.
Hasta Aldersgate hicimos el viaje en el ferrocarril subterráneo; un corto paseo nos llevó hasta
Saxe-Coburg Square, escenario del extraño relato que habíamos escuchado por la mañana. Era ésta
una placita ahogada, pequeña, de quiero y no puedo, en la que cuatro hileras de desaseadas casas
de ladrillo de dos pisos miraban a un pequeño cercado, de verjas, dentro del cual una raquítica
cespedera y unas pocas matas de ajado laurel luchaban valerosamente contra una atmósfera cargada
2 Pablo Martín Melitón de Sarasate y Navascués (1844 - 1908) fue un violinista y compositor español de la
época romántica.
Las Aventuras de Sherlock Holmes
EDITOR IAL DIGITA L - IMPRENTA NACIONA L
costa r ica
40
de humo y adversa. Tres bolas doradas y un rótulo marrón con el nombre «Jabez Wilson», en letras
blancas, en una casa que hacía esquina, servían de anuncio al local en que nuestro pelirrojo cliente
realizaba sus transacciones. Sherlock Holmes se detuvo delante del mismo, ladeó la cabeza y lo
examinó detenidamente con ojos que brillaban entre sus encogidos párpados. Después caminó
despacio calle arriba, y luego calle abajo hasta la esquina, siempre con la vista clavada en los
edificios. Regresó, por último, hasta la casa del prestamista, y, después de golpear con fuerza dos
o tres veces en el suelo con el bastón, se acercó a la puerta y llamó. Abrió en el acto un joven de
aspecto despierto, bien afeitado, y le invitó a entrar.
-No, gracias; quería sólo preguntar por dónde se va a Strand -dijo Holmes.
-Tres a la derecha, y luego cuatro a la izquierda contestó el empleado, apresurándose a cerrar.
-He ahí un individuo listo -comentó Holmes cuando nos alejábamos-. En mi opinión, es el cuarto
en listeza de Londres, y en cuanto a audacia, quizá pueda aspirar a ocupar el tercer lugar. He tenido
antes de ahora ocasión de intervenir en asuntos relacionados con él.
-Es evidente -dije yo- que el empleado del señor Wilson entre por mucho en este misterio de la
Liga de los Pelirrojos. Estoy seguro de que usted le preguntó el camino únicamente para tener
ocasión de echarle la vista encima.
-No a él.
-¿A quién, entonces?
-A las rodilleras de sus pantalones.
-¿Y qué vio usted en ellas?
-Lo que esperaba ver.
-¿Y por qué golpeó usted el suelo de la acera?
-Mi querido doctor, éstos son momentos de observar, no de hablar. Somos espías en campo
enemigo. Ya sabemos algo de Saxe-Coburg Square. Exploremos ahora las travesías que tiene en
su parte posterior.
La carretera por la que nos metimos al doblar la esquina de la apartada plaza de Saxe-Coburg
presentaba con ésta el mismo contraste que la cara de un cuadro con su reverso. Estábamos ahora
en una de las arterias principales por donde discurre el tráfico de la City hacia el Norte y hacia el
Oeste. La calzada se hallaba bloqueada por el inmenso río del tráfico comercial que fluía en una
doble marea hacia dentro y hacia fuera, en tanto que los andenes hormigueaban de gentes que
caminaban presurosas. Contemplando la hilera de tiendas elegantes y de magníficos locales de
negocio, resultaba difícil hacerse a la idea de que, en efecto, desembocasen por el otro lado en la
plaza descolorida y muerta que acabábamos de dejar.
Las Aventuras de Sherlock Holmes
EDITOR IAL DIGITA L - IMPRENTA NACIONA L
costa r ica
41
-Veamos -dijo Holmes, en pie en la esquina y dirigiendo su vista por la hilera de edificios adelante-.
Me gustaría poder recordar el orden en que están aquí las casas. Una de mis aficiones es la de
conocer Londres al dedillo. Tenemos el Mortimer’s, el despacho de tabacos, la tiendecita de
periódicos, la sucursal Coburg del City y Suburban Bank, el restaurante vegetariano y el depósito
de las carrocerías McFarlane. Y con esto pasamos a la otra manzana, Y ahora, doctor, ya hemos
hecho nuestra trabajo, y es tiempo de que tengamos alguna distracción. Un bocadillo, una taza
de café, y acto seguido a los dominios del violín, donde todo es dulzura, delicadeza y armonía, y
donde no existen clientes pelirrojos que nos molesten con sus rompecabezas.
Era mi amigo un músico entusiasta que no se limitaba a su gran destreza de ejecutante, sino
que escribía composiciones de verdadero mérito. Permaneció toda la tarde sentado en su butaca
sumido en la felicidad más completa; de cuando en cuando marcaba gentilmente con el dedo el
compás de la música, mientras que su rostro de dulce sonrisa y sus ojos ensoñadores se parecían
tan poco a los de Holmes el sabueso, a los de Holmes el perseguidor implacable, agudo, ágil, de
criminales, como es posible concebir. Los dos aspectos de su singular temperamento se afirmaban
alternativamente, y su extremada exactitud y astucia representaban, según yo pensé muchas veces,
la reacción contra el humor poético y contemplativo que, en ocasiones, se sobreponía dentro de él.
Ese vaivén de su temperamento lo hacía pasar desde la más extrema languidez a una devoradora
energía; y, según yo tuve oportunidad de saberlo bien, no se mostraba nunca tan verdaderamente
formidable como cuando se había pasado días enteros descansando ociosamente en su sillón,
entregado a sus improvisaciones y a sus libros de letra gótica. Era entonces cuando le acometía de
súbito el anhelo vehemente de la caza, y cuando su brillante facultad de razonar se elevaba hasta el
nivel de la intuición, llegando al punto de que quienes no estaban familiarizados con sus métodos
le mirasen de soslayo, como a persona cuyo saber no era el mismo de los demás mortales. Cuando
aquella tarde lo vi tan arrebujado en la música de St. James Hall, tuve la sensación de que quizá se
les venían encima malos momentos a aquellos en cuya persecución se había lanzado.
-Seguramente que querrá usted ir a su casa, doctor -me dijo cuando salíamos.
-Sí, no estaría de más.
-Y yo tengo ciertos asuntos que me llevarán varias horas. Este de Coburg Square es cosa grave.
-¿Cosa grave? ¿Por qué?
-Está preparándose un gran crimen. Tengo toda clase de razones para creer que llegaremos a tiempo
de evitarlo. Pero el ser hoy sábado complica bastante las cosas. Esta noche lo necesitaré a usted.
-¿A qué hora?
-Con que venga a las diez será suficiente.
-Estaré a las diez en Baker Street.
-Perfectamente. ¡Oiga, doctor! Échese el revólver al bolsillo, porque quizá la cosa sea peligrosilla.
Las Aventuras de Sherlock Holmes
EDITOR IAL DIGITA L - IMPRENTA NACIONA L
costa r ica
42
Me saludó con un vaivén de la mano, giró sobre sus tacones, y desapareció instantáneamente entre
la multitud.
Yo no me tengo por más torpe que mis convecinos, pero siempre que tenía que tratar con Sherlock
Holmes me sentía como atenazado por mi propia estupidez. En este caso de ahora, yo había oído
todo lo que él había oído, había visto lo que él había visto, y, sin embargo, era evidente, a juzgar
por sus palabras, que él veía con claridad no solamente lo que había ocurrido, sino también lo
que estaba a punto de ocurrir, mientras que a mí se me presentaba todavía todo el asunto como
grotesco y confuso. Mientras iba en coche hasta mi casa de Kensington, medité sobre todo lo
ocurrido, desde el extraordinario relato del pelirrojo copista de la Enciclopedia, hasta la visita
a Saxe-Coburg Square, y las frases ominosas con que Holmes se había despedido de mí. ¿Qué
expedición nocturna era aquélla, y por qué razón tenía yo que ir armado? ¿Adonde iríamos, y qué
era lo que teníamos que hacer? Holmes me había insinuado que el empleado barbilampiño del
prestamista era un hombre temible, un hombre que quizá estaba desarrollando un juego de gran
alcance. Intenté desenredar el enigma, pero renuncié a ello con desesperanza, dejando de lado el
asunto hasta que la noche me trajese una explicación.
Eran las nueve y cuarto cuando salí de mi casa y me encaminé, cruzando el parque y siguiendo por
Oxford Street, hasta Baker Street. Había parados delante de la puerta dos coches hanso, y al entrar
en el vestíbulo oí ruido de voces en el piso superior. Al entrar en la habitación de Holmes, encontré
a éste en animada conversación con dos hombres, en uno de los cuales reconocí al agente oficial
de policía Peter Jones; el otro era un hombre alto, delgado, caritristón, de sombrero muy lustroso
y levita abrumadoramente respetable.
-¡Aja! Ya está completa nuestra expedición -dijo Holmes, abrochándose la zamarra de marinero
y cogiendo del perchero su pesado látigo de caza-. Creo que usted, Watson, conoce ya al señor
Jones, de Scotland Yard. Permítame que le presente al señor Merryweather, que será esta noche
compañero nuestro de aventuras.
-Otra vez salimos de caza por parejas, como usted ve, doctor -me dijo Jones con su prosopopeya
habitual-. Este amigo nuestro es asombroso para levantar la pieza. Lo que él necesita es un perro
viejo que le ayude a cazarla.
-Espero que, al final de nuestra caza, no resulte que hemos estado persiguiendo fantasmas
-comentó,
lúgubre, el señor Merryweather.
-Caballero, puede usted depositar una buena dosis de confianza en el señor Holmes -dijo con
engreimiento el agente de policía-. Él tiene pequeños métodos propios, y éstos son, si él no se
ofende porque yo se lo diga, demasiado teóricos y fantásticos, pero lleva dentro de sí mismo a un
detective hecho y derecho. No digo nada de más afirmando que en una o dos ocasiones, tales como
el asunto del asesinato de Sholto y del tesoro de Agra, ha andado más cerca de la verdad que la
organización policíaca.
Las Aventuras de Sherlock Holmes
EDITOR IAL DIGITA L - IMPRENTA NACIONA L
costa r ica
43
-Me basta con que diga usted eso, señor Jones -respondió con deferencia el desconocido-. Pero
reconozco que echo de menos mi partida de cartas. Por vez primera en veintisiete años, dejo de
jugar mi partida de cartas un sábado por la noche.
-Creo -le hizo notar Sherlock Holmes- que esta noche se juega usted algo de mucha mayor
importancia que todo lo que se ha jugado hasta ahora, y que la partida le resultará más emocionante.
Usted, señor Merryweather, se juega unas treinta mil libras esterlinas, y usted, Jones, la oportunidad
de echarle el guante al individuo a quien anda buscando.
-A John Clay, asesino, ladrón, quebrado fraudulento y falsificador. Se trata de un individuo joven,
señor Merryweather, pero marcha a la cabeza de su profesión, y preferiría esposarlo a él mejor que
a ningún otro de los criminales de Londres. Este John Clay es hombre extraordinario. Su abuelo
era duque de sangre real, y el nieto cursó estudios en Eton y en Oxford. Su cerebro funciona con
tanta destreza como sus manos, y aunque encontramos rastros suyos a la vuelta de cada esquina,
jamás sabemos dónde dar con él. Esta semana violenta una casa en Escocia, y a la siguiente va
y viene por Cornwall recogiendo fondos para construir un orfanato. Llevo persiguiéndolo varios
años, y nunca pude ponerle los ojos encima.
-Espero tener el gusto de presentárselo esta noche. También yo he tenido mis más y mis menos con
el señor John Clay, y estoy de acuerdo con usted en que va a la cabeza de su profesión. Pero son
ya las diez bien pasadas, y es hora de que nos pongamos en camino. Si ustedes suben en el primer
coche, Watson y yo los seguiremos en el segundo.
Sherlock Holmes no se mostró muy comunicativo durante nuestro largo trayecto en coche, y se
arrellanó en su asiento tarareando melodías que había oído aquella tarde. Avanzamos traqueteando
por un laberinto inacabable de calles alumbradas con gas, y desembocamos, por fin, en Farringdon
Street.
-Ya estamos llegando -comentó mi amigo-. Este Merryweather es director de un banco, y el asunto
le interesa de una manera personal. Me pareció asimismo bien el que nos acompañase Jones. No
es mala persona, aunque en su profesión resulte un imbécil perfecto. Posee una positiva buena
cualidad. Es valiente como un bulldog, y tan tenaz como una langosta cuando cierra sus garras
sobre alguien. Ya hemos llegado, y nos esperan.
Estábamos en la misma concurrida arteria que habíamos visitado por la mañana. Despedimos
a nuestros coches y, guiados por el señor Merryweather, nos metimos por un estrecho pasaje, y
cruzamos una puerta lateral que se abrió al llegar nosotros. Al otro lado había un corto pasillo,
que terminaba en una pesadísima puerta de hierro. También ésta se abrió, dejándonos pasar a una
escalera de piedra y en curva, que terminaba en otra formidable puerta. El señor Merryweather se
detuvo para encender una linterna, y luego nos condujo por un corredor oscuro y que olía a tierra;
luego, después de abrir una tercera puerta, desembocamos en una inmensa bóveda o bodega en que
había amontonadas por todo su alrededor jaulas de embalaje con cajas macizas dentro.
-Desde arriba no resulta usted muy vulnerable -hizo notar Holmes, manteniendo en alto la linterna
y revisándolo todo con la mirada.
Las Aventuras de Sherlock Holmes
EDITOR IAL DIGITA L - IMPRENTA NACIONA L
costa r ica
44
-Ni desde abajo -dijo el señor Merryweather golpeando con su bastón en las losas con que estaba
empedrado el suelo-. ¡Por vida mía, esto suena a hueco! -exclamó, alzando sorprendido la vista.
-Me veo obligado a pedir a usted que permanezca un poco más tranquilo -le dijo con severidad
Holmes-. Acaba usted de poner en peligro todo el éxito de la expedición. ¿Puedo pedirle que tenga
la bondad de sentarse encima de una de estas cajas, sin intervenir en nada?
El solemne señor Merryweather se encaramó a una de las jaulas de embalaje mostrando gran
disgusto en su cara, mientras Holmes se arrodillaba en el suelo y, sirviéndose de la linterna y de
una lente de aumento, comenzó a escudriñar minuciosamente las rendijas entre losa y losa. Le
bastaron pocos segundos para llegar al convencimiento, porque se puso ágilmente en pie y se
guardó su lente en el bolsillo.
-Tenemos por delante lo menos una hora -dijo a modo de comentario-, porque nada pueden
hacer mientras el prestamista no se haya metido en la cama. Pero cuando esto ocurra, pondrán
inmediatamente manos a la obra, pues cuanto antes le den fin, más tiempo les quedará para la fuga.
Doctor, en este momento nos encontramos, según usted habrá ya adivinado, en los sótanos de la
sucursal que tiene en la City uno de los principales bancos londinenses. El señor Merryweather es
el presidente del consejo de dirección, y él explicará a usted por qué razones puede esta bodega
despertar ahora mismo vivo interés en los criminales más audaces de Londres.
-Se trata del oro francés que aquí tenemos-cuchicheó el director-. Hemos recibido ya varias
advertencias de que quizá se llevase a cabo una tentativa para robárnoslo.
-¿El oro francés?
-Sí. Hace algunos meses se nos presentó la conveniencia de reforzar nuestros recursos, y para ello
tomamos en préstamo treinta mil napoleones oro al Banco de Francia. Ha corrido la noticia de que
no habíamos tenido necesidad de desempaquetar el dinero, y que éste se encuentra aún en nuestra
bodega. Esta jaula sobre la que estoy sentado encierra dos mil napoleones empaquetados entre
capas superpuestas de plomo. En este momento, nuestras reservas en oro son mucho más elevadas
de lo que es corriente guardar en una sucursal, y el consejo de dirección tenía sus recelos por este
motivo.
-Recelos que estaban muy justificados -hizo notar Holmes-. Es hora ya de que pongamos en
marcha nuestros pequeños planes. Calculo que de aquí a una hora las cosas habrán hecho crisis.
Para empezar, señor Merryweather, es preciso que corra la pantalla de esta linterna sorda.
-¿Y vamos a permanecer en la oscuridad?
-Eso me temo. Traje conmigo un juego de cartas, pensando que, en fin de cuentas, siendo como
somos una partie carree, quizá no se quedara usted sin echar su partidita habitual. Pero, según he
observado, los preparativos del enemigo se hallan tan avanzados, que no podemos correr el riesgo
de tener luz encendida. Y. antes que nada, tenemos que tomar posiciones. Esta gente es temeraria
y, aunque los situaremos en desventaja, podrían causarnos daño si no andamos con cuidado. Yo
Las Aventuras de Sherlock Holmes
EDITOR IAL DIGITA L - IMPRENTA NACIONA L
costa r ica
45
me situaré detrás de esta jaula, y ustedes escóndanse detrás de aquéllas. Cuando yo los enfoque
con una luz, ustedes los cercan rápidamente. Si ellos hacen fuego, no sienta remordimientos de
tumbarlos a tiros, Watson.
Coloqué mi revólver, con el gatillo levantado, sobre la caja de madera detrás de la cual estaba
yo parapetado. Holmes corrió la cortina delantera de su linterna, y nos dejó; sumidos en negra
oscuridad, en la oscuridad más absoluta en que yo me encontré hasta entonces. El olor del metal
caliente seguía atestiguándonos que la luz estaba encendida, pronta a brillar instantáneamente.
Aquellas súbitas tinieblas, y el aire frío y húmedo de la bodega, ejercieron una impresión
deprimente
y amortiguadora sobre mis nervios, tensos por la más viva expectación.
-Sólo les queda un camino para la retirada -cuchicheó Holmes-; el de volver a la casa y salir a
Saxe-Coburg Square. Habrá usted hecho ya lo que le pedí, ¿verdad?
-Un inspector y dos funcionarios esperan en la puerta delantera.
-Entonces, les hemos tapado todos los agujeros. Silencio, pues, y a esperar.
¡Qué larguísimo resultó aquello! Comparando notas más tarde, resulta que la espera fue de una
hora y cuarto, pero yo tuve la sensación de que había transcurrido la noche y que debía de estar
alboreando por encima de nuestras cabezas. Tenía los miembros entumecidos y cansados, porque
no me atrevía a cambiar de postura, pero mis nervios habían alcanzado el más alto punto de tensión,
y mi oído se había agudizado hasta el punto de que no sólo escuchaba la suave respiración de mis
compañeros, sino que distinguía por su mayor volumen la inspiración del voluminoso Jones, de la
nota suspirante del director del banco. Desde donde yo estaba, podía mirar por encima del cajón
hacia el piso de la bodega. Mis ojos percibieron de pronto el brillo de una luz.
Empezó por ser nada más que una leve chispa en las losas del empedrado, y luego se alargó hasta
convertirse en una línea amarilla; de pronto, sin ninguna advertencia ni ruido, pareció abrirse un
desgarrón, y apareció una mano blanca, femenina casi, que tanteó por el centro de la pequeña
superficie de luz. Por espacio de un minuto o más, sobresalió la mano del suelo, con sus inquietos
dedos. Se retiró luego tan súbitamente como había aparecido, y todo volvió a quedar sumido en la
oscuridad, menos una chispita cárdena, reveladora de una grieta entre las losas.
Pero esa desaparición fue momentánea. Una de las losas, blancas y anchas, giró sobre uno de sus
lados, produciendo un ruido chirriante, de desgarramiento, dejando abierto un hueco cuadrado,
por el que se proyectó hacia fuera la luz de una linterna. Asomó por encima de los bordes una cara
barbilampiña, infantil, que miró con gran atención a su alrededor y luego, haciendo palanca con las
manos a un lado y otro de la abertura, se lanzó hasta sacar primero los hombros, luego la cintura,
y apoyó por fin una rodilla encima del borde. Un instante después se irguió en pie a un costado del
agujero, ayudando a subir a un compañero, delgado y pequeño como él, de cara pálida y una mata
de pelo de un rojo vivo.
-No hay nadie -cuchicheó-. ¿Tienes el formón y las bolsas?... ¡Válgame Dios! ¡Salta, Archie, salta;
yo le haré frente!
Las Aventuras de Sherlock Holmes
EDITOR IAL DIGITA L - IMPRENTA NACIONA L
costa r ica
46
Sherlock Holrnes había saltado de su escondite, agarrando al intruso por el cuello de la ropa. El
otro se zambulló en el agujero, y yo pude oír el desgarrón de sus faldones en los que Jones había
hecho presa. Centelleó la luz en el cañón de un revólver, pero el látigo de caza de Holmes cayó
sobre la muñeca del individuo, y el arma fue a parar al suelo, produciendo un ruido metálico sobre
las losas.
-Es inútil, John Clay -le dijo Holmes, sin alterarse-; no tiene usted la menor probabilidad a su favor.
-Ya lo veo -contestó el otro con la mayor sangre fría-. Supongo que mi compañero está a salvo,
aunque, por lo que veo, se han quedado ustedes con las colas de su chaqueta.
-Le esperan tres hombres a la puerta -le dijo Holmes.
-¿Ah, sí? Por lo visto no se le ha escapado a usted detalle. Le felicito.
-Y yo a usted -le contestó Holmes-. Su idea de los pelirrojos tuvo gran novedad y eficacia.
-En seguida va usted a encontrarse con su compinche -dijo Jones-. Es más ágil que yo
descolgándose
por los agujeros. Alargue las manos mientras le coloco las pulseras.
-Haga el favor de no tocarme con sus manos sucias -comentó el preso, en el momento en que se
oyó el clic de las esposas al cerrarse-. Quizá ignore que corre por mis venas sangre real. Tenga
también la amabilidad de darme el tratamiento de señor y de pedirme las cosas por favor.
-Perfectamente -dijo Jones, abriendo los ojos y con una risita-. ¿Se digna, señor, caminar escaleras
arriba, para que podamos llamar a un coche y conducir a su alteza hasta la comisaría?
-Así está mejor -contestó John Clay serenamente. Nos saludó a los tres con una gran inclinación
cortesana, y salió de allí tranquilo, custodiado por el detective.
-Señor Holmes -dijo el señor Merryweather, mientras íbamos tras ellos, después de salir de la
bodega-, yo no sé cómo podrá el Banco agradecérselo y recompensárselo. No cabe duda de que
usted ha sabido descubrir y desbaratar del modo más completo una de las tentativas más audaces
de robo de bancos que yo he conocido.
-Tenía mis pequeñas cuentas que saldar con el señor John Clay -contestó Holmes-. El asunto me
ha ocasionado algunos pequeños desembolsos que espero que el banco me reembolsará. Fuera de
eso, estoy ampliamente recompensado con esta experiencia, que es en muchos aspectos única, y
con haberme podido enterar del extraordinario relato de la Liga de los Pelirrojos.
Ya de mañana, sentado frente a sendos vasos de whisky con soda en Baker Street, me explicó
Holmes:
-Comprenda usted, Watson; resultaba evidente desde el principio que la única finalidad posible de
ese fantástico negocio del anuncio de la Liga y del copiar la Enciclopedia, tenía que ser el alejar
durante un número determinado de horas todos los días a este prestamista, que tiene muy poco
dé listo. El medio fue muy raro, pero la verdad es que habría sido difícil inventar otro mejor. Con
Las Aventuras de Sherlock Holmes
EDITOR IAL DIGITA L - IMPRENTA NACIONA L
costa r ica
47
seguridad que fue el color del pelo de su cómplice lo que sugirió la idea al cerebro ingenioso de
Clay. Las cuatro libras semanales eran un señuelo que forzosamente tenía que atraerlo, ¿y qué
suponía eso para ellos, que se jugaban en el asunto muchos millares? Insertan el anuncio; uno de
los granujas alquila temporalmente la oficina, y el otro incita al prestamista a que se presente a
solicitar el empleo, y entre los dos se las arreglan para conseguir que esté ausente todos los días
laborables. Desde que me enteré de que el empleado trabajaba a mitad de sueldo, vi con claridad
que tenía algún motivo importante para ocupar aquel empleo.
-¿Y cómo llegó usted a adivinar este motivo?
-Si en la casa hubiese habido mujeres, habría sospechado que se trataba de un vulgar enredo
amoroso. Pero no había que pensar en ello. El negocio que el prestamista hacía era pequeño, y no
había nada dentro de la casa que pudiera explicar una preparación tan complicada y un desembolso
como el que estaban haciendo. Por consiguiente, era por fuerza algo que estaba fuera de la casa.
¿Qué podía ser? Me dio en qué pensar la afición del empleado a la fotografía, y el truco suyo
de desaparecer en la bodega... ¡La bodega! En ella estaba uno de los extremos de la complicada
madeja. Pregunté detalles acerca del misterioso empleado, y me encontré con que tenía que
habérmelas con uno de los criminales más calculadores y audaces de Londres. Este hombre estaba
realizando en la bodega algún trabajo que le exigía varias horas todos los días, y esto por espacio
de meses. ¿Qué puede ser?, volví a preguntarme. No me quedaba sino pensar que estaba abriendo
un túnel que desembocaría en algún otro edificio. A ese punto había llegado cuando fui a visitar el
lugar de la acción. Lo sorprendí a usted cuando golpeé el suelo con mi bastón. Lo que yo buscaba
era descubrir si la bodega se extendía hacia la parte delantera o hacia la parte posterior. No daba
a la parte delantera. Tiré entonces de la campanilla, y acudió, como yo esperaba, el empleado. El
y yo hemos librado algunas escaramuzas, pero nunca nos habíamos visto. Apenas si me fijé en su
cara. Lo que yo deseaba ver eran sus rodillas. Usted mismo debió de fijarse en lo desgastadas y
llenas de arrugas y de manchas que estaban. Pregonaban las horas que se había pasado socavando
el agujero. Ya sólo quedaba por determinar hacia dónde lo abrían. Doblé la esquina, me fijé en que
el City y Suburban Bank daba al local de nuestro amigo, y tuve la sensación de haber resuelto el
problema. Mientras usted, después del concierto, marchó en coche a su casa, yo me fui de visita a
Scotland Yard, y a casa del presidente del directorio del banco, con el resultado que usted ha visto.
-¿Y cómo pudo usted afirmar que realizarían esta noche su tentativa? -le pregunté.
-Pues bien: al cerrar las oficinas de la Liga daban con ello a entender que ya les tenía sin cuidado
la presencia del señor Jabez Wilson; en otras palabras: que habían terminado su túnel. Pero
resultaba fundamental que lo aprovechasen pronto, ante la posibilidad de que fuese descubierto,
o el oro trasladado a otro sitio. Les convenía el sábado, mejor que otro día cualquiera, porque les
proporcionaba dos días para huir. Por todas esas razones yo creí que vendrían esta noche.
-Hizo usted sus deducciones magníficamente -exclamé con admiración sincera-. La cadena es
larga, pero, sin embargo, todos sus eslabones suenan a cosa cierta.
Las Aventuras de Sherlock Holmes
EDITOR IAL DIGITA L - IMPRENTA NACIONA L
costa r ica
48
-Me libró de mi fastidio -contestó Holmes, bostezando-. Por desgracia, ya estoy sintiendo que otra
vez se apodera de mí. Mi vida se desarrolla en un largo esfuerzo para huir de las vulgaridades de
la existencia. Estos pequeños problemas me ayudan a conseguirlo.
-Y es usted un benefactor de la raza humana -le dije yo.
Holmes se encogió de hombros, y contestó a modo de comentario:
-Pues bien: a fin de cuentas, quizá tengan alguna pequeña utilidad. L’homme c’est rien, l’oeuvre
c’est tout, según escribió Gustavo Flaubert a George Sand.
Las Aventuras de Sherlock Holmes
EDITOR IAL DIGITA L - IMPRENTA NACIONA L
costa r ica
49
Un Caso de Identidad
Mi querido compañero -dijo Sherlock Holmes estando él y yo sentados a uno y otro lado de la
chimenea, en sus habitaciones de Baker Street-, la vida es infinitamente más extraña que todo
cuanto
la mente del hombre podría inventar. No osaríamos concebir ciertas cosas que resultan verdaderos
lugares comunes de la existencia. Si nos fuera posible salir volando por esa ventana agarrados de
la mano, revolotear por encima de esta gran ciudad, levantar suavemente los techos, y asomarnos
a ver las cosas raras que ocurren, las coincidencias extrañas, los proyectos, los contraproyectos,
los asombrosos encadenamientos de circunstancias que laboran a través de las generaciones y
desembocando en los resultados más outré, nos resultarían por demás trasnochadas e infructíferas
todas las obras de ficción, con sus convencionalismos y con sus conclusiones previstas de
antemano.
-Pues yo no estoy convencido de ello -le contesté-. Los casos que salen a la luz en los periódicos
son, por regla general, bastante sosos y bastante vulgares. En nuestros informes policíacos nos
encontramos con el realismo llevado a sus últimos límites, pero, a pesar de ello, el resultado, preciso
es confesarlo, no es ni fascinador ni artístico.
-Se requiere cierta dosis de selección y de discreción al exhibir un efecto realista -comentó
Holmes-.
Esto se echa de menos en los informes de la policía, en los que es más probable ver subrayadas las
vulgaridades del magistrado que los detalles que encierran para un observador la esencia vital de
todo
el asunto. Créame, no hay nada tan antinatural como lo vulgar.
Me sonreí, moviendo negativamente la cabeza, y dije:
-Comprendo perfectamente que usted piense de esa manera. Sin duda que, dada su posición de
consejero extraoficial, que presta ayuda a todo aquél que se encuentra totalmente desconcertado, en
toda la superficie de tres continentes, entra usted en contacto con todos los hechos extraordinarios
y sorprendentes que ocurren. Pero aquí -y al decirlo recogí del suelo el periódico de la mañana-...
Hagamos una experiencia práctica. Aquí tenemos el primer encabezamiento con que yo tropiezo:
«Crueldad de un marido con su mujer.» En total, media columna de letra impresa, que yo sé, sin

También podría gustarte