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Título: Gratuidad procesal para el consumidor y argumentos en espejo. Del plenario "Hambo" al plenario "Olivera"
Autores: Castelli, Leandro M. - Gascón, Alejo M.
Publicado en: LA LEY 30/06/2025, 1
Cita: TR LALEY AR/DOC/1576/2025
Sumario: I. Una interpretación amplia que ya no sorprende, pero aún interpela. — II. Lo que dijo "Olivera" (y lo que no
dijo). — III. ¿Gratuidad sin evidencia? El valor de una mirada empírica sobre el acceso a la justicia. — IV. ¿Interpretar o
elegir? La decisión judicial como opción entre estados de cosas. — V. ¿Quién paga lo gratuito? Debilidades y consecuencias
económicas del incidente de solvencia. — VI. Justicia gratuita, consumidor difuso: repensar el concepto antes que los
efectos. — VII. La igualdad como medida de razonabilidad: ¿por qué no compararse con el derecho laboral? — VIII.
Epílogo: el debate que no se clausura.
(*)
(**)
I. Una interpretación amplia que ya no sorprende, pero aún interpela (***)
El reciente fallo plenario "Olivera" de la Cámara Nacional en lo Civil (1), que recepta una interpretación amplia del beneficio
de justicia gratuita previsto en el art. 53 de la ley 24.240 de Defensa del Consumidor (LDC), replica la lógica adoptada en el fallo
plenario "Hambo" dictado por la Cámara Nacional en lo Comercial (2). En ambos casos, se afirma que el consumidor (o
asociaciones de consumidores) que accionan judicialmente en el marco de la Ley de Defensa del Consumidor no deberán afrontar
las costas del proceso, si su demanda fracasa, salvo que se acredite su solvencia mediante el incidente previsto en la propia norma.
Esta coincidencia jurisprudencial parece cerrar una discusión que, sin embargo, está lejos de haber concluido. No solo porque el
texto legal permanece igual de ambiguo que antes, sino porque varios de los argumentos relevantes —que cuestionan esta visión
"amplia" de la gratuidad— pueden tener un análisis aún más profundo. La doctrina que se consolida en estos precedentes se
construye sobre una comprensión del rol judicial en materia de consumo, que privilegia una lectura que pretende ser intensamente
protectoria: la del consumidor como sujeto cuya capacidad de reclamar depende de estar completamente eximido de las cargas
económicas del proceso.
Por lo pronto, resta ver —a partir del fallo "Levinas" (3)— cuál será la postura del Tribunal Superior de Justicia de CABA en
relación con la gratuidad procesal en materia de consumo. Esa definición puede ser una nueva oportunidad para repensar los
términos del beneficio de gratuidad con una mirada estructural.
II. Lo que dijo "Olivera" (y lo que no dijo)
II.1. Lo que dijo: argumentos tomados de "Hambo"
El voto mayoritario en "Olivera" se alinea con la mayoría en "Hambo" (4), replicando y reafirmando los pilares argumentales
que ya hemos analizado críticamente al comentar dicho plenario (5). La coincidencia no es solo temática: ambos fallos comparten
una línea argumental similar, basada en afirmaciones enfáticas y no en una deliberación analítica. Los ejes de razonamiento se
estructuran en torno a siete pilares:
- Interpretación literal y sistemática del texto legal. Se sostiene que la expresión "beneficio de justicia gratuita" no presenta
ambigüedad. En efecto, interpretada según el sentido común de las palabras (art. 2, Cód. Civ. y Com.), incluiría la exención de todo
gasto vinculado al proceso, costas incluidas. Esta afirmación reedita el argumento central de "Hambo", con idéntico respaldo en el
principio de interpretación pro-consumidor (art. 3, LDC). Se repite aquí, casi calcada, la justificación según la cual el legislador no
habría utilizado la expresión "litigar sin gastos", más bien por respeto al federalismo tributario (6), y no por intención de restringir
el alcance del beneficio. Sin embargo, este tipo de razonamiento elude una cuestión clave: si la diferencia terminológica obedece a
una razón de competencia, ¿por qué la norma nacional se expide sobre otras cargas procesales —como las costas— que tampoco
son de carácter exclusivamente nacional?
- Función tuitiva del derecho del consumidor. El plenario insiste con que el art. 53, LDC, debe leerse en clave de protección al
consumidor como política pública constitucional (art. 42, CN). Esta es, sin duda, una afirmación correcta desde el punto de vista
del sistema de fuentes, pero que en el fallo se utiliza con un automatismo que confunde el nivel normativo con el grado de
intervención. El razonamiento parte de una premisa —la gratuidad absoluta— y luego reordena los principios del derecho del
consumo para confirmar esa presunción, sin explorar escenarios intermedios o variables de protección más matizadas.
- Principio pro-consumidor del art. 3, LDC (y 1094, Cód. Civ. y Com.). La mayoría invoca el principio pro-consumidor del art.
3, LDC, para resolver cualquier ambigüedad normativa a favor del consumidor. Esta invocación refleja una lectura lineal del texto
legal, pero no agota la cuestión interpretativa. Este principio no puede operar como un atajo destinado a suplir la falta de precisión
legislativa: si toda norma ambigua se resuelve de forma automática a favor del consumidor, se anula el juicio interpretativo en su
dimensión crítica y argumentativa. El principio orienta la decisión, pero de ninguna manera la reemplaza.
Además, el análisis sobre qué interpretación resulta "más favorable al consumidor" no puede limitarse a la situación individual
del actor en el caso concreto, menos al momento de resolver un recurso de inaplicabilidad de ley. El juez, incluso cuando se
encuentra frente a una parte vulnerable, debe evitar el reduccionismo de resolver en función exclusiva de un interés micro. Una
aplicación responsable del principio requiere una mirada sistémica: la protección al consumidor no se agota en lo inmediato, sino
que debe ponderar los efectos institucionales y los incentivos que pueda producir la interpretación elegida.
En este sentido, la interpretación más favorable debe serlo también en términos estructurales. El juez debe representarse los
impactos que su decisión tendrá en la conducta de los proveedores, en la litigiosidad del sistema y, eventualmente, en los propios
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consumidores como colectivo. Así entendida, la regla pro-consumidor no impone una obligación ciega de favorecer a quien dice
ser consumidor en cada pleito, sino una exigencia de ponderación orientada por el objetivo estructural de tutela. Es, en definitiva,
una guía que exige responsabilidad interpretativa, pero no puede transformarse en una fórmula de resolución automática.
- Referencia al contexto legislativo. El fallo acude, nuevamente, a los debates parlamentarios que precedieron la sanción de la
ley 26.361 para fundar su tesis. Reitera que el legislador optó conscientemente por un mecanismo amplio con control posterior a
través del incidente de solvencia. Este enfoque fue analizado en "Hambo" y allí destacamos que los antecedentes parlamentarios
resultaban, en realidad, contradictorios y poco concluyentes. Algunos senadores consideraron equivalentes ambos beneficios; otros
los distinguieron expresamente (7). Pretender derivar una voluntad unívoca de ese debate es, como mínimo, forzar la exégesis
legislativa.
- Función del incidente de solvencia. Se reafirma que el incidente de solvencia funciona como contrapeso del beneficio
automático: permite al demandado demostrar la capacidad económica del consumidor para hacer cesar el beneficio. La mayoría
convierte este mecanismo en el eje de su argumento de equilibrio, pero omite ponderar los costos que dicho incidente genera para
la parte demandada (retrasos, incertidumbre, costo probatorio, entre otros). En "Hambo" advertimos que esta "válvula de escape"
no impide el efecto automático del beneficio, sino que simplemente lo difiere —con costos—, trasladando el esfuerzo probatorio al
proveedor. Volveremos sobre este punto en el punto V.
- Fundamento en derechos humanos. La fundamentación convencional vuelve a articularse sobre los arts. 8 y 25 de la Corte
Interamericana de Derechos Humanos y el precedente "Cantos vs. Argentina" (8), con un uso funcionalista que ya desarrollamos en
"Hambo". El fallo afirma que la interpretación amplia del beneficio es exigida por el derecho humano al efectivo acceso a la
justicia. Como destacamos en su momento, esta extrapolación incurre en un exceso argumentativo: la jurisprudencia de la Corte
Interamericana protege el acceso, pero no exige necesariamente gratuidad integral del proceso, ni menos aún impide regímenes de
costas razonables. Más aún, el propio "Cantos" versaba sobre la confiscatoriedad de la tasa de justicia, no sobre honorarios
profesionales o costas.
- Impacto del precedente del máximo tribunal. La sentencia retoma los fundamentos del fallo "ADDUC y otros c. AySA SA y
otro s/ proceso de conocimiento" (9) de la Corte y los proyecta al caso. Ese fallo tuvo un rol decisivo en el desenlace tanto del
plenario "Hambo" como del caso "Olivera". En ambos precedentes la invocación de esa doctrina fue clave para inclinar la balanza
a favor de una interpretación amplia del beneficio de justicia gratuita. No es casual que —al igual que sucedió con los Dres.
Monclá y Sala en "Hambo"— la sentencia de la Corte resultara determinante para que la Dra. Guisado y el Dr. Rodríguez
modificaran el criterio que hasta entonces sostenían como vocales de la Sala I. Lo mismo ocurrió con el Dr. Carranza Casares (Sala
G) y la Dra. Benavente (Sala M), quienes también revisaron su posición anterior a la luz del fallo del alto tribunal.
Este giro interpretativo da cuenta de la fuerza gravitacional que puede tener un precedente del tribunal superior. Pero también
pone de manifiesto la necesidad de que su aplicación se funde en una labor argumentativa genuina. La autoridad institucional de la
Corte Suprema no exime a los jueces de grado del deber de analizar la pertinencia del precedente en función de las particularidades
del caso que tienen ante sí. De lo contrario, se corre el riesgo de convertir la doctrina judicial en una fuente normativa sin matices,
desdibujando el rol deliberativo de los tribunales inferiores y debilitando el control crítico de las decisiones.
- La gratuidad como instrumento de política judicial. Finalmente se recupera el argumento de política pública: los montos de
los litigios de consumo son generalmente bajos, de modo que exigir costas desincentivaría los reclamos, perpetuando la
desigualdad estructural. Este razonamiento, que parte de una intuición empírica razonable, vuelve a tropezar con su propia falta de
evidencia: como en "Hambo", no se presentan trabajos que midan el efecto disuasivo de las costas en la litigiosidad. La mayoría
convierte una hipótesis plausible en una premisa normativa. La falta de datos concretos impide, sin embargo, saber si se trata de
una política eficaz o simplemente voluntarista. Profundizaremos esta crítica en el punto IV.
II.2. Lo que no dijo: cuestiones no abordadas con la profundidad que podría esperarse
Hay al menos dos aspectos relevantes que nos interesa abordar, que el plenario "Olivera" no trató —o lo hizo con suma ligereza
— y que permanecen como zonas grises en la interpretación del art. 53, LDC:
- La confusión conceptual entre gratuidad y condena en costas. Uno de los puntos críticos en la discusión doctrinaria sobre el
acceso a la justicia y el régimen de costas procesales es la frecuente confusión entre el derecho a litigar sin gastos —en cuanto
manifestación del principio constitucional de tutela judicial efectiva— y la condena en costas como consecuencia jurídica derivada
del resultado del proceso. Esta confusión conduce a una extensión indebida del alcance de la gratuidad procesal.
El derecho a litigar sin gastos constituye una garantía de acceso a la Justicia, destinada a remover los obstáculos económicos
que puedan impedir que una persona, por su falta de recursos, promueva o se defienda en un juicio. Se trata, en esencia, de una
medida de tutela inicial, que actúa ex ante para asegurar la apertura del proceso. La condena en costas, en cambio, es una
consecuencia jurídica que opera ex post, vinculada al principio objetivo de la derrota: quien pierde el litigio, en principio, debe
soportar las costas, salvo que el juez —fundadamente— disponga lo contrario.
Debe destacarse la diferencia conceptual —y funcional— existente entre la tasa de justicia y las costas. Mientras que la tasa de
justicia comprende un impuesto recaudado por el Estado a quienes se presentan ante los tribunales, las costas del proceso son de
carácter alimentario, siendo que comprenden los honorarios profesionales de quienes intervinieron en el proceso (10).
Al desdibujarse esta diferencia se corre el riesgo de interpretar, como ocurrió en los plenarios, que el beneficio de gratuidad
implica automáticamente una exención de la condena en costas, con independencia del resultado del juicio. Esta lectura distorsiona
el principio de la derrota (art. 68, Cód. Proc. Civ. y Com.), que no solo cumple una función reparatoria frente a quien se vio
obligado a litigar, sino que también tiene un efecto disuasorio frente a litigios temerarios o innecesarios (11).
Cuando la gratuidad procesal se convierte en una exención generalizada de costas, el sistema pierde su equilibrio interno. Ello
genera incentivos inadecuados y puede incluso redundar en un uso abusivo del proceso judicial. Sería razonable esperar que
algunos consumidores (o asociaciones de consumidores) inicien procesos judiciales con escaso basamento, ante la mera
especulación de resultar vencedores y obtener un provecho de estos, ya que no habría consecuencias económicas negativas de una
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eventual derrota. Es decir que, en términos económicos, fomenta "aventuras" judiciales en las que los consumidores no tendrían
nada que perder y todo por ganar.
En suma, la falta de precisión conceptual entre gratuidad y costas no es una mera cuestión terminológica, sino que tiene
consecuencias prácticas y normativas relevantes: vacía de contenido instituciones procesales disímiles (12) y tensiona el equilibrio
entre acceso a la justicia y responsabilidad procesal.
- La gratuidad como herramienta de presión procesal. Uno de los aspectos más problemáticos —y, sin embargo, habitualmente
soslayado— del sistema procesal es el potencial uso estratégico del beneficio de gratuidad. La jurisprudencia muchas veces trata
este instituto como un principio de justicia material incuestionable, sin reparar en sus efectos prácticos sobre la dinámica del litigio.
En particular, llama la atención que la Cámara en pleno, en el caso que aquí se analiza, haya ignorado por completo la posibilidad
de que la gratuidad sea utilizada por ciertos litigantes como una herramienta de presión procesal.
En efecto, cuando se permite que una parte acceda a la justicia sin asumir costo alguno —ni tasas judiciales, ni gastos de
prueba, ni eventuales costas—, se genera un desbalance que no siempre responde a una necesidad real de tutela. Bajo estas
condiciones, el proceso judicial deja de ser un instrumento de resolución de conflictos para convertirse, potencialmente, en un
mecanismo de coerción. La contraparte, aun cuando tenga razones fundadas para resistir la pretensión, se ve enfrentada al dilema
de afrontar costos crecientes para defenderse —honorarios, pericias, recursos— frente a un actor que no arriesga nada. Esto puede
traducirse en decisiones no del todo libres: arreglos forzados, desistimientos estratégicos o simplemente una resignación a litigar en
desventaja estructural.
Esta omisión no es menor. Prescindir de una evaluación crítica del sistema desde una perspectiva de incentivos impide entender
los efectos que la gratuidad irrestricta puede generar sobre el comportamiento de los litigantes. Lejos de ser neutra, la gratuidad
puede —en teoría— distorsionar la conducta procesal y alentar el inicio de reclamos de dudosa seriedad, al eliminar cualquier
barrera económica que funcione como filtro inicial. El resultado no solo afecta a las partes involucradas, sino que también
repercute en el funcionamiento del Poder Judicial: incremento de causas, congestión de tribunales y una eventual dilución de
recursos públicos que deberían destinarse a quienes realmente enfrentan barreras para acceder a la justicia.
Por supuesto, esto no implica negar la importancia del principio de gratuidad en ciertos ámbitos —como en la tutela de
derechos fundamentales o en el acceso de grupos vulnerables— y supuestos concretos, pero sí exige una mirada más sofisticada. La
gratuidad no puede ser entendida como un dogma, sino como un instrumento y, como toda herramienta, puede ser utilizada de
manera virtuosa o abusiva. La clave está en establecer mecanismos de control que eviten su uso distorsionado, sin desnaturalizar su
función protectora.
III. ¿Gratuidad sin evidencia? El valor de una mirada empírica sobre el acceso a la justicia
En el comentario al plenario "Hambo"o advertimos que, ante una norma ambigua, la falta de evidencia empírica sobre los
efectos reales del beneficio de gratuidad debía ser un factor de prudencia. No vamos a reiterar aquí todo lo ya comentado, pero sí
cabe agregar que en "Olivera" se refuerza el argumento de que la interpretación amplia no ha generado un incremento de la
litigiosidad, lo cual —según el voto de la mayoría— sería constatable en la práctica. Este último punto introduce una afirmación
empírica que, sin embargo, no se apoya en datos concretos ni en estudios verificables y, por lo tanto, permanece en el terreno de la
retórica.
Por ejemplo, en el plenario analizado se vuelve a afirmar —sin matices ni respaldo empírico— que la amenaza de una eventual
condena en costas disuade a los consumidores de iniciar acciones judiciales. Sin embargo, ni se considera la posibilidad inversa:
que la eximición total de costas pueda incentivar reclamos sin sustento, utilizando la gratuidad como una herramienta estratégica.
Aun así, el criterio de los plenarios se presenta como si esa información estuviera disponible y resolviera el tema en un sentido
claro.
El problema no es solo metodológico, sino también institucional: una política judicial construida sobre suposiciones corre el
riesgo de sustituir al legislador. Que "Olivera" retome sin mayor revisión los lineamientos de "Hambo" podría interpretarse como
una reafirmación del criterio, pero también como una oportunidad desaprovechada para enriquecer el debate con una mirada más
contextualizada, crítica y balanceada.
En definitiva, si la eximición de costas se presenta como una exigencia constitucional, entonces sería deseable que el propio
sistema prevea los recursos necesarios para sostener ese modelo. De lo contrario, lo que se construye es una gratuidad que se
financia a costa de otros: abogados, peritos y, eventualmente, los demandados.
Un camino posible para remediar esta laguna probatoria sería alentar relevamientos sistemáticos por parte de la Oficina de
Estadísticas del Poder Judicial de la Nación (13). Por ejemplo, una encuesta sobre la percepción del riesgo económico al litigar o
un estudio sobre los motivos de no instar reclamos luego de superada la instancia de mediación. Si la gratuidad efectiva es un factor
determinante para acceder a justicia, debería poder medirse su impacto real. Lo mismo cabe decir del eventual aumento (o no) de
litigiosidad. De lo contrario, la política judicial se construye más sobre intuiciones que sobre hechos.
IV. ¿Interpretar o elegir? La decisión judicial como opción entre estados de cosas
Más allá de la discusión textual o sistemática, lo que los plenarios "Hambo" y "Olivera" terminan haciendo es optar por un
estado de cosas institucional. No interpretan solo un término jurídico ambiguo ("justicia gratuita"), sino que, en la práctica, eligen
un modelo de litigio: en el que el consumidor siempre estará exento de pagar las costas del proceso, salvo en casos excepcionales.
Y esa elección no está, como dijimos, acompañada de una evaluación empírica que permita comparar los efectos de uno u otro
escenario. En otras palabras, lo que se afirma como interpretación legal es, en rigor, una opción normativa por una determinada
configuración de incentivos procesales, sin que se hayan identificado (ni medido) los efectos esperados de ese diseño.
Desde una perspectiva de análisis económico del derecho, la pregunta central no debería ser solo quién debe pagar las costas,
sino cómo impacta ese régimen en el comportamiento de los potenciales litigantes. Como es sabido, el sistema argentino adhiere,
en principio, a la regla de que "la parte vencida paga las costas" (losing party pays the costs) (14). Esa regla cumple dos funciones:
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reparatoria y disuasoria. Desalienta el inicio de reclamos infundados, pero no debería —en teoría— disuadir a quienes tienen
pretensiones razonables o fundadas, ya que estos últimos tienen una expectativa positiva de éxito que justifica el riesgo (15).
La doctrina de la gratuidad irrestricta rompe parcialmente con ese equilibrio. Si el consumidor no tiene que asumir ningún costo
—incluso si pierde—, entonces su decisión de litigar deja de estar condicionada por el análisis del "costo esperado" (expected cost)
del proceso (16). Bajo esa lógica, el incentivo económico para filtrar litigios sin mérito desaparece. No estamos afirmando que eso
implique automáticamente un abuso del proceso, pero sí que el sistema deja de tener un mecanismo económico de autorregulación.
Como ha señalado Richard Posner, el derecho procesal no solo distribuye cargas jurídicas, sino que también estructura incentivos
económicos (17).
Esto puede modelarse, incluso, en términos de teoría de juegos (18). El proceso judicial puede representarse como un juego
secuencial de información imperfecta entre dos jugadores: el consumidor y el proveedor. En un sistema con gratuidad irrestricta,
uno de los jugadores (el consumidor) puede accionar sin asumir riesgo económico alguno: no paga tasas, no adelanta gastos de
prueba, y —en caso de perder— no debe abonar costas. En cambio, el proveedor enfrenta costos inmediatos y ciertos (honorarios
de defensa, peritajes, tiempos de gestión), aun si resulta vencedor. Esta asimetría en la estructura de pagos genera lo que en teoría
de juegos se denomina un equilibrio desplazado o subóptimo: las estrategias racionales no se basan en el mérito del reclamo, sino
en la distribución desigual de los costos de jugar.
El resultado es doble. Por un lado, el incentivo marginal para iniciar reclamos con baja probabilidad de éxito se incrementa:
cuando el costo esperado del litigio es cero, incluso una mínima expectativa de obtener algún beneficio justifica iniciar la acción.
Por otro lado, el proveedor tiene un incentivo racional a transar anticipadamente, incluso frente a demandas infundadas, para evitar
el costo hundido de litigar. Esto no se debe a mala fe procesal, sino a una estrategia dominante dentro del juego: minimizar
pérdidas esperadas frente a un oponente que no arriesga nada.
En estos términos, el proceso deja de cumplir exclusivamente su función resolutiva para transformarse —potencialmente— en
un instrumento de presión estratégica. La lógica del juego que se hace presente es la siguiente: un jugador impone una amenaza
costosa para el otro, sabiendo que solo uno de ellos tiene algo que perder. Si el proveedor no transa, pierde dinero y tiempo; si lo
hace, reduce el costo esperado, pero igual pierde.
La política judicial que elimina totalmente el costo de litigar para una de las partes modifica las condiciones del juego. En lugar
de promover equilibrios basados en el mérito del derecho, desplaza la dinámica hacia un juego de resistencia económica, donde la
parte con menor exposición al riesgo puede actuar de manera agresiva, aun sin tener razón. No es necesario que esto ocurra siempre
—ni que sea la intención del litigante—, pero el incentivo está estructuralmente presente. Por eso, desde esta perspectiva, la
gratuidad judicial irrestricta debería analizarse no solo como una garantía de acceso a la justicia, sino también como un diseño
institucional con efectos estratégicos sobre el comportamiento procesal.
La elección de un régimen de gratuidad plena es, en este contexto, una decisión judicial con efectos distributivos concretos:
modifica el riesgo procesal, altera el costo esperado de litigar y traslada los costos del proceso a terceros (abogados, peritos,
proveedores e indirectamente otros consumidores). Como toda decisión de política pública, debería justificarse con evidencia, no
con intuiciones.
V. ¿Quién paga lo gratuito? Debilidades y consecuencias económicas del incidente de solvencia
Más allá de su dimensión procesal, el incidente de solvencia también exhibe consecuencias estructurales relevantes para el
sistema de consumo. Si el temor del proveedor ante una gratuidad generalizada es razonable —en atención al potencial costo de
reclamos temerarios—, el incidente de solvencia se presenta como la herramienta prevista para canalizar ese reparo. Sin embargo,
su sola existencia no debería bastar para legitimar una extensión amplia y automática del beneficio de justicia gratuita. La práctica
judicial sugiere que este incidente se encuentra lejos de cumplir una función efectiva como filtro. Tal como advierten los Dres.
Calvo Costa y Picasso en la ampliación de fundamentos en disidencia, no se trata meramente de una inversión de la carga de la
prueba, sino de la imposición al proveedor de una carga probatoria que, en la enorme mayoría de los casos, resulta materialmente
imposible de satisfacer: probar la solvencia de un tercero con quien no tiene ningún vínculo ni acceso razonable a información
patrimonial. Esa exigencia, que en contextos mucho más estrechos —como el de los procesos de alimentos— ya plantea grandes
dificultades, se convierte aquí en una verdadera "prueba diabólica" (o, al menos, una carga probatoria extremadamente difícil de
satisfacer). Así, el incidente de solvencia no solo fracasa como herramienta de control, sino que termina operando como un
refuerzo del desequilibrio procesal. Así, la regla general de gratuidad —pensada para compensar una disparidad— termina
consolidando una nueva asimetría, esta vez en perjuicio del proveedor, quien queda sin herramientas efectivas para resistir
reclamos sin fundamento.
Pero en la práctica, veremos que los consumidores son los verdaderos perjudicados. Aunque en apariencia sea el proveedor
quien deba cargar con los costos del proceso, en el corto o mediano plazo esos costos se redistribuirán. Esto ocurre, porque ningún
proveedor —ni siquiera aquellos que prestan servicios públicos con tarifas reguladas— está en condiciones de absorber
indefinidamente los efectos económicos derivados de una litigiosidad creciente.
Nada es gratis (y mucho menos litigar). La lógica económica es clara: los costos no desaparecen, se trasladan. Y ese traslado
suele concretarse a través del precio. Ahora bien, el precio no refleja mecánicamente el costo de producción de un bien o servicio,
sino que expresa lo que el consumidor está dispuesto a pagar. Sin embargo, frente a un aumento sostenido de los costos —como el
que implica un sistema de justicia gratuita irrestricta—, el proveedor buscará reconfigurar su estructura de ingresos. Puede hacerlo
aumentando precios donde la regulación lo permita, reduciendo calidad o inversión, o incluso ajustando márgenes en otras líneas
de productos o servicios.
En este punto se vuelve relevante introducir el concepto de subsidio cruzado: en los mercados de consumo masivo, cuando
ciertos usuarios generan costos extraordinarios (como litigios sin riesgo económico), esos costos suelen cubrirse con ingresos
provenientes del resto de los usuarios. Es decir, los consumidores que no litigan —la inmensa mayoría— terminarían financiando,
vía precio, los costos derivados del uso gratuito del sistema judicial por parte de otros.
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Este mecanismo de subsidio cruzado, aunque implícito, tiene consecuencias concretas: erosiona la equidad del sistema, ya que
impone un costo indirecto a consumidores que no participan del proceso, y desincentiva la eficiencia en la resolución de conflictos.
Lejos de ser neutra, la gratuidad irrestricta genera así una transferencia económica oculta dentro del mercado que afecta, en última
instancia, a toda la masa de consumidores.
VI. Justicia gratuita, consumidor difuso: repensar el concepto antes que los efectos
El voto en disidencia de los Dres. Calvo Costa y Picasso propone una reorientación del enfoque tradicional: invita a considerar
los efectos del beneficio de justicia gratuita desde la realidad concreta de los litigios y no desde una concepción abstracta de la
norma. Esta aproximación tiene el mérito de advertir las tensiones prácticas que genera una interpretación amplia del beneficio, en
especial cuando se aplica de forma automática y sin matices que reparen en el caso concreto.
Sin embargo, su punto de partida es problemático: asume como un dato fijo e inmodificable la ampliación del concepto legal de
"consumidor" —incluso cuando este alcanza a sujetos que, en los hechos, no exhiben una posición de debilidad estructural frente al
proveedor—. El riesgo de esa premisa es que invierte el orden lógico del análisis normativo: si el fundamento de la gratuidad
procesal radica en la protección de un sujeto vulnerable, entonces el problema no debería resolverse ajustando los efectos de la
norma a una categoría ampliada, sino revisando críticamente el alcance de esa categoría.
En otras palabras, si el concepto de consumidor ha sido estirado más allá de sus justificaciones funcionales (19) —abarcando
también a sujetos con capacidad económica o informacional suficiente—, la respuesta adecuada no es restringir ad hoc los efectos
del régimen protector, sino repensar la definición misma del sujeto protegido. Reconfigurar las consecuencias jurídicas al interior
de una categoría que se presume homogénea, pero que en realidad encierra situaciones muy diversas, puede generar consecuencias
indeseadas: fragmenta la coherencia del sistema, debilita la previsibilidad normativa, desdibuja la función de herramientas o
institutos específicos y deja en manos del juzgador la delicada tarea de definir, caso por caso, quien merece "realmente" el
beneficio legal.
El disenso, en ese sentido, refleja con lucidez el malestar que suscita una interpretación automática de la gratuidad, pero
canaliza ese malestar hacia una solución que puede resultar igual de riesgosa que el problema que intenta resolver. Un sistema en el
que los jueces deben modular los efectos de una norma en función de las particularidades del actor, sin una base normativa clara
para hacerlo, erosiona la seguridad jurídica y amplía el margen de discrecionalidad en detrimento de la igualdad ante la ley.
La inquietud que recogen los jueces disidentes es atendible, pero la respuesta tal vez deba buscarse en otro plano, repensando
los contornos del sujeto protegido —y no reinterpretando, caso por caso, el alcance de un régimen que, al menos formalmente, se
presenta como universal.
VII. La igualdad como medida de razonabilidad: ¿por qué no compararse con el derecho laboral?
Una de las críticas menos discutidas, tanto en "Hambo" como en "Olivera", es la que se apoya en el principio de igualdad. En el
comentario original a "Hambo" propusimos preguntarnos por qué un consumidor debería gozar de mayor protección procesal que
un trabajador. Ambos son sujetos constitucionalmente protegidos. Ambos enfrentan una parte más fuerte. Sin embargo, el
trabajador puede ser condenado en costas. ¿Entonces por qué al consumidor se le construye un blindaje mayor?
La mayoría de los votos en "Olivera" elude esta cuestión alegando que los microsistemas son distintos. Pero esa afirmación, sin
más, no alcanza para superar el test de razonabilidad que impone el art. 16, CN. La apelación a la "autonomía del microsistema"
funciona aquí más como un recurso de cierre que como un argumento de apertura. La autonomía normativa no implica inmunidad
frente a principios constitucionales como el de igualdad ante la ley. Decir que "el sistema de consumo es distinto" no contesta la
objeción de por qué los trabajadores —también protegidos por normas de jerarquía constitucional— no gozan del mismo nivel de
gratuidad procesal. El microsistema no está exento del test de razonabilidad.
La ampliación de fundamentos en disidencia de los jueces Calvo Costa y Picasso efectivamente aborda este punto: destacan que
no sería equitativo brindar mayor tutela al consumidor que al trabajador, dado que el principio de igualdad impone otorgar igual
trato en identidad de situaciones y que, a diferencia del consumidor, el trabajador litiga mayormente por créditos alimentarios y,
aun así, puede ser condenado en costas.
VIII. Epílogo: el debate que no se clausura
El plenario "Olivera", al igual que "Hambo", institucionaliza una interpretación expansiva de la gratuidad procesal en materia
de consumo. Lo hace bajo una retórica protectoria consolidada, pero sin someter sus presupuestos a una revisión crítica rigurosa ni
contrastarlos con datos verificables. El resultado es una doctrina judicial que se sostiene más por reiteración de fundamentos que
por revisión empírica o deliberación normativa renovada.
A lo largo de este artículo señalamos varios puntos críticos de esa interpretación: su ambigüedad conceptual entre gratuidad y
costas; la ineficacia práctica del incidente de solvencia; el uso estratégico del beneficio como herramienta de presión procesal; la
falta de evidencia que sustente las decisiones de política judicial; el impacto económico que termina trasladándose al conjunto de
consumidores; y, finalmente, el problema de razonabilidad constitucional que emerge al comparar con otros regímenes procesales
como el laboral.
Además, advertimos que los plenarios no se limitan a interpretar una ambigüedad normativa, en cambio optan por delinear un
modelo institucional: uno que modifica los incentivos del sistema sin medir técnica y justificadamente sus consecuencias. Esa
elección, aunque legítima desde el rol judicial, debería basarse en una ponderación más comprensiva de sus efectos. No toda
interpretación extensiva garantiza mejor tutela, ni toda gratuidad conduce necesariamente a un acceso más justo.
El debate sobre la gratuidad no es, ni debe ser, una discusión de trincheras. Reconocer la importancia del principio no implica
aceptar cualquier consecuencia en su nombre. La gratuidad no es un fin en sí mismo, sino un instrumento orientado a remover
barreras. Si en ese camino se pierde el equilibrio, el sistema se vuelve a desbalancear, se deslegitima y deja de cumplir su promesa
original.
La mirada comparada demuestra, además, que el modelo argentino se aparta de las tendencias predominantes en otras
jurisdicciones, donde la gratuidad se concede tras una evaluación de necesidad y no como un automatismo, lo que refuerza la
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necesidad de revisar críticamente nuestros propios presupuestos.
(A) Abogado (UBA). Socio Marval O'Farrell en el área de Defensa del Consumidor, Litigios y Arbitrajes. Presidente de la
Comisión de Defensa del Consumidor del Colegio de Abogados de la Ciudad de Buenos Aires. Autor del libro "Product Liability"
(capítulo de la Argentina), primera edición, 2014, de la European Lawyer Reference.
(AA) Abogado (UBA). Asociado en el área de Defensa del Consumidor, Litigios y Arbitrajes de Marval O'Farrell Mairal.
Programa Regulation of Consumer Markets (University of Chicago). Maestría en Derecho y Economía (Univ. Di Tella). Autor del
libro "Product Liability" (capítulo de la Argentina), primera edición, 2014, de la European Lawyer Reference.
(AAA) Los autores agradecen particularmente a Joaquín Emens, Román Kamiensky y María Agustina Canullo por su
asistencia en la investigación para el desarrollo de este artículo.
(1) CNCiv., en pleno, 28/03/2025, "Olivera, Fernanda Raquel y Otros c. Ciudad de la Pizza SRL s/Daños y Perjuicios" (Expte.
26.017/2023), TR LALEY AR/JUR/34289/2025.
(2) CNCom., en pleno, 21/12/2021, "Hambo, Débora Raquel c. CMR Falabella SA s/ sumarísimo" (Expte. 757/2018), TR
LALEY AR/JUR/199174/2021.
(3) CS, CSJ 325/2021/CS1, 27/12/2024, "Ferrari, María Alicia c. Levinas, Gabriel Isaías s/ incidente de incompetencia".
(4) El resultado de la votación fue 15 a 9 a favor de la tesis amplia. Votaron por la tesis amplia: Roberto Parrilli, Omar L. Díaz
Solimine, Lorena F. Maggio, Juan Manuel Converset, Pablo Trípoli, Carlos A. Carranza Casares (con ampliación de fundamentos),
José Benito Fajre, Liliana E. Abreut de Begher, Claudio M. Kiper, Paola M. Guisado y Juan Pablo Rodríguez (con ampliación de
fundamentos conjunta), Silvia Patricia Bermejo, Marcela Pérez Pardo, Gabriela A. Iturbide (con ampliación de fundamentos) y
María Isabel Benavente (con ampliación de fundamentos). Por la tesis restrictiva votaron: Carlos A. Calvo Costa y Sebastián
Picasso (con ampliación de fundamentos conjunta), Claudio Ramos Feijóo, Gabriel G. Rolleri, Marisa Sorini, Gastón M. Polo
Olivera, Beatriz A. Verón, Gabriela M. Scolarici y Luis Maximiliano Caia.
(5) CASTELLI, Leandro M. - GASCÓN, Alejo M., "A propósito del fallo plenario 'Hambo' sobre el beneficio de gratuidad",
RCCyC Nº 2 (abril), Thomson Reuters, Argentina, 2022.
(6) Ver al respecto el comentario al fallo del TSJ de Córdoba, Sala Civ. y Com., 18/02/2013, "First Trust of New York National
Association c. Rojas del Giorgio de Alfei, Norma Mabel s/ ejecución hipotecaria - recurso directo", en VIEL TEMPERLEY,
Facundo, "El reducido alcance del 'Beneficio de Justicia Gratuita' en la Justicia Ordinaria de la Provincia de Córdoba", LLC 2013
(mayo), 373, TR LALEY AR/DOC/1648/2013.
(7) Sobre este punto ver los votos en el fallo "Hambo", por un lado, de los doctores Matilde Ballerini, María L. Gómez A. de
Díaz Cordero, Julia M. Villanueva y Alejandra N. Tevez, ps. 6/8 y, por el otro, de los doctores Héctor O. Chomer, Alfredo A.
Kölliker Frers y María Elsa Uzal, p. 125. De hecho, la Comisión de Defensa del Consumidor de la Cámara de Diputados de la
Nación sostuvo que uno de los objetivos del beneficio de gratuidad era obligar a los jueces a "ponderar la proporcionalidad entre
monto y costos del juicio y situación patrimonial de las partes, al imponer costas" lo cual se vincula estrechamente con el beneficio
de litigar sin gastos (Diario de Sesiones, Cámara de Diputados de la Nación, 25º Reunión, 18º Sesión Ordinaria, 9/08/2006, Período
124º). Resultaría, en ese entendimiento, incoherente que el juez interviniente deba hacer una evaluación entre la situación
económica del consumidor y el monto del juicio si el beneficio de justicia gratuita estuviera destinado a eximir a todos los
consumidores del pago de las costas. Justamente, los fundamentos de la Comisión hacen alusión a la evaluación pormenorizada, tal
como ocurre en el beneficio de litigar sin gastos, que cada magistrado debe tener entre el monto que determina en concepto de
costas y la realidad de cada uno de los actores intervinientes para que no resulte en un monto imposible de costear por estos.
(8) CIDH, 28/11/2002, "Cantos vs. Argentina".
(9) Fallos 344:2835.
(10) HSU, Liliana, Revista de Graduados de Derecho de la Universidad Austral, Nº 1, agosto 2016, 10/8/2016; CNCom., Sala
A, 28/06/2012, "Agüero, Blanca Azcuena c. Intercréditos Cooperativa de Vivienda Cred. s/ Beneficio de Litigar sin Gastos".
(11) WAJNTRAUB, Javier H., "Justicia del Consumidor", Rubinzal-Culzoni Editores, 2014, 1ª ed., p. 139 y ss.
(12) RODRÍGUEZ JUNYENT, Santiago, "Beneficio de gratuidad: hay que imponer costas y regular honorarios", Comisión 2:
Reforma a las estructuras procesales - Justicia de Consumo, disponible a la fecha de publicación en: [Link]
content/uploads/2022/06/Rodr%C3%[Link].
(13) Creada por Resolución CS 451/1991.
(14) Así lo establece el art. 68, Cód. Proc. Civ. y Com.
(15) SHAVELL, Steven, "Foundations of economic analysis of law", Harvard University Press, 2004, Part IV - Litigation and
the Legal Process.
(16) POLINSKY, A. Mitchell, "An Introduction to Law and Economics", Aspen Publishers, 2011, chapt. 4 - Litigation and
Legal Rules.
(17) POSNER, Richard A., "Economic Analysis of Law", Wolters Kluwer, Aspen Casebook Series, 2014, 9th ed., chapt. 21 -
Civil and Criminal Procedure, ISBN 978-4548-3388-8.
(18) En un artículo que sirve para una primera aproximación al tema el Prof. Picker define a la teoría de juegos como "un
conjunto de herramientas y un lenguaje para describir y predecir el comportamiento estratégico". Traducción libre de "game theory
is a set of tools and a language for describing and predicting strategic behavior", Randal, Picker C., "An Introduction to Game
Theory and the Law", Coase-Sandor Institute for Law & Economics, Working Paper nro. 22, 1994; ACCIARRI, Hugo - TOLOSA,
Pamela, "La Ley de Defensa del Consumidor y el Análisis Económico del Derecho", en Picasso, Sebastián - Vázquez Ferreyra,
Roberto. A. (directores), Ley de Defensa del Consumidor comentada y anotada, La Ley, Buenos Aires, 2009, 1ª ed., t. 2, ps. 1-65;
STORDEUR, Eduardo, "Análisis Económico del Derecho", Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 2011, p. 414.
(19) Ya alertábamos sobre este problema en un comentario anterior CASTELLI, Leandro M. - GASCÓN, Alejo M. -
KISSNER, Ariana, "Contratos de Consumo" (arts. 1092-1122), Código Civil y Comercial de la Nación comentado, Julio César
Rivera y Graciela Medina (directores), 2023, 2ª edición.
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