Los partidos políticos
No obstante la clara voluntad actual de alejarse de los partidos, los políticos saben que,
finalmente, no pueden operar en el vacío. Tienen que crear o formar parte de alguna
estructura. Es inevitable. No hay democracia sin contraste de pareceres, sin opiniones
divergentes, sin pluralismo. En una democracia es básico que todos los individuos que lo
deseen puedan participar. Pero para participar de una manera coherente, sin que se
produzca una caótica Torre de Babel, hay que contar con cauces que organicen esas
opiniones de manera que puedan convertirse en efectivos cursos de acción. Esos cauces son
(o debieran ser) los partidos políticos. Constituyen algo así como la armazón sobre la que
descansa el proceso democrático y es urgente restaurarles el prestigio perdido porque en
ello puede que nos vaya la convivencia civilizada. Cuando y donde no hay diversos
partidos políticos se producen formas autoritarias de gobierno. Mandan ciertos grupos
privilegiados, como sucedía en la URSS, o mandan los hombres fuertes, los autócratas,
convencidos de que sólo ellos son capaces de encarnar y representar la voluntad del pueblo.
Napoleón lo tenía perfectamente claro: «Gobernar a través de un partido es colocarse tarde
o temprano bajo su dependencia. Jamás caeré en ese error.»
La segunda premisa tiene un fuerte vínculo con la anterior. Sin democracia es difícil crear
sociedades en las que esté presente el desarrollo intensivo. Es decir, en las que de manera
creciente, aunque pudieran surgir altibajos, la inmensa mayoría de la población vea mejoras
sucesivas en su forma de vida y en la cantidad de bienes y servicios a su disposición. No en
balde —y es bueno reiterarlo machaconamente— las veinte sociedades más prósperas del
planeta son democracias. Son prósperas porque son democracias y —admitámoslo—
también son democracias porque son prósperas. Es más fácil ser demócrata con el estómago
lleno. Estas democracias se legitiman porque saben superar las crisis económicas, porque
brindan con eficiencia ciertos servicios mínimos y porque, aun cuando existen enormes
desigualdades, la franja más pobre de la población es objeto de un trato solidario por parte
de los más afortunados.
Nadie nace demócrata o autoritario. Es la experiencia lo que inclina a las personas en una u
otra dirección. Cuando esto sucede, cuando la ciudadanía observa que el sistema
democrático opera en su provecho, y cuando comprueba que los partidos, realmente,
recogen las diversas voluntades de la sociedad, hay satisfacción y respaldo tanto para el
modelo democrático como para los partidos. Pero cuando no resulta claro que la
democracia y los partidos son instrumentos para la mejora de los individuos, entonces se
produce el rechazo global al sistema o una letal indiferencia. Esto se vio en Alemania, Italia
y España en los años veinte, treinta, y —lamentablemente— es el pan nuestro de cada día
en América Latina. No es que los latinoamericanos sean, por naturaleza, autoritarios o estén
genéticamente predispuestos a rechazar el sistema plural de partidos. Es que no ven una
mínima coherencia entre el bello discurso oficial y los resultados tangibles que se obtienen.
El fascismo y el comunismo —las dos caras de la misma moneda— se nutren de los fallos
prolongados del sistema democrático.
¿Cómo sorprenderse de que los venezolanos aplaudieran al teniente coronel Chávez tras su
intentona golpista de 1992 si tres décadas de democracia adeca y copeyana, empapadas en
una enorme corrupción, no habían conseguido erradicar la miseria de grandes masas de la
población y ni siquiera organizar un servicio de correo que sirviera para algo? La empresa
Datos de Caracas dio a conocer en octubre de 1995 una encuesta sobre el «Pulso Nacional»
que reflejaba el rechazo de los venezolanos al sistema. Sólo un 3 por ciento pensaba que
Venezuela gozaba de un sistema eficaz y moderno de organizar la convivencia. El 71 por
ciento, en cambio, lo calificaba de «obsoleto» y «caduco». La inmensa mayoría veía el
futuro con un enorme pesimismo. ¿Por qué extrañarnos de la reacción peruana de apoyo al
autogolpe dado por Fujimori en Perú en ese mismo año, cuando todavía estaban vivos en la
memoria colectiva los desmanes del gobierno de Alan García y la fatal desorientación de
todas las fuerzas políticas del país? Los peruanos no eran «fujimoristas». Estaban hastiados
de partidos políticos corruptos e inoperantes. Naturalmente, esos espasmos autoritarios de
nuestros pueblos, inducidos por los fallos de nuestro sistema político y por la incapacidad
de nuestros partidos para organizar eficientemente la vida pública, tiene un altísimo costo,
pero éste es de casi imposible ponderación. Con grandes dificultades podemos calcular lo
que nos cuestan la guerrilla, el militarismo o la corrupción, pero resulta casi imposible
hacer lo mismo con el mal manejo de nuestros partidos políticos, más es posible asegurar
que aquí radica uno de los problemas clave de nuestra sociedad. En todo caso, es factible
hacer un inventario, aunque resulte somero, de los principales defectos que aquejan a
nuestros partidos, y de ahí podremos extraer las conclusiones pertinentes. Comencemos por
un fenómeno que aunque no acaece solamente en Iberoamérica, es aquí donde tal vez ha
alcanzado su mayor arraigo: el caudillismo.
El caudillismo
El origen de la palabra es latino —el diminutivo de caput, cabeza—, pero entre nosotros
eso quiere decir alguien que ejerce un liderazgo especial por sus condiciones personales.
Generalmente el caudillo surge cuando la sociedad deja de tener confianza en las
instituciones. Es ese político concreto, con una cara y una voz, que aparece cuando «falla»
el sistema. Es alguien al que le atribuimos un liderazgo que lo pone por encima de nuestras
instituciones y leyes porque la esencia del caudillismo es precisamente ésa: no son iguales
ante las normas. Pueden saltarse los reglamentos a la torera porque ésa es la demostración
de su singularidad. Por otra parte, los caudillos pesan mucho más que sus propios partidos.
Pesan tanto, que a veces los aplastan. Y ni siquiera tienen que ser dictadores feroces, como
el paraguayo Rodríguez de Francia o el mexicano Santa Anna. América Latina conoce
varios tipos de caudillos, y algunos de ellos tuvieron una vida política razonablemente
democrática. Un caso notable de caudillismo democrático fue el del argentino Hipólito
Yrigoyen, la figura dominante en la Unión Cívica Radical durante el primer tercio del siglo
XX.
Electo en 1916 en unas elecciones impecables en las que por primera vez se estableció el
voto universal y secreto —aunque sólo para varones adultos como era la costumbre en esa
fecha— mantuvo un férreo control de su partido, donde se le tenía como una especie de
hombre providencial. En 1928, tras la presidencia de Marcelo T. Alvear, se hizo reelegir.
Tenía 75 años y estaba decrépito. Gozaba, justamente, de la fama de hombre honrado, pero
no así su gabinete. George Pendle, que ha estudiado a fondo este período, lo describe así:
«El presidente, que no había sido nunca una persona de claro juicio, se encontraba ahora
senil; sus rapaces subordinados, sin que él lo supiese, saqueaban todos los departamentos
de la administración, y él mismo fue incapaz de cumplir con la rutina corriente de su
despacho (…) Los documentos permanecían sin firmar, los salarios no se pagaban y se
olvidaba la cita que tenía con sus ministros.»
La consecuencia de este desastre no se hizo esperar. En 1930, tras la debacle financiera de
1929, el general José F. Uriburu dio un golpe militar y puso fin al largo período de la
restauración de la democracia, comenzada tras la derrota de Rosas en 1853, era gloriosa que
contara con estadistas como Mitre, Sarmiento, Avellaneda o Carlos Pellegrini. Período de
casi ocho décadas en el que Argentina se había convertido en una de las seis naciones más
ricas del planeta, mientras realizaba la proeza de absorber millones de industriosos
inmigrantes europeos, predominantemente de origen italiano.
Es cierto que la década de los treinta fue en todo el mundo la época de la expansión del
fascismo y de la preponderancia de los militares, pero es razonable pensar que si el
radicalismo no hubiera estado —como estaba— en el puño de Yrigoyen, un presidente más
joven y vigoroso, con la cabeza fresca, tal vez hubiera podido salvar la democracia en
Argentina, ahorrándole la triste historia que luego sobrevino. Ese medio siglo de atropellos,
sobresaltos y empobrecimiento paulatino que permite asegurar que Argentina es casi el
único país del mundo que ha pasado por un proceso de subdesarrollo progresivo. Sin
abandonar la cabeza de América Latina —todo hay que decirlo— dejó de ser uno de los
países punteros del mundo para sumergirse en una innecesaria mediocridad. En todo caso,
en 1933, cuando Yrigoyen murió, es probable que muchos argentinos ya comprendieran el
peligro en que incurre una sociedad en el momento en que desaparece la ley. El entierro de
Yrigoyen fue un espectáculo de masas como no vería Argentina hasta el surgimiento de
Perón.
En 1946, en efecto, apareció en Argentina otra modalidad de caudillo: en ese año el coronel
Juan Domingo Perón alcanzó la presidencia con un amplio respaldo popular, del que gozó
toda su vida. En las elecciones de 1951 obtuvo el 63 por ciento de los sufragios, y en 1973,
tras un largo período de exilio, recibió nada menos que el 61 por ciento de los votos. Y a
diferencia de Yrigoyen, que fue un caudillo dentro de su partido, pero respetó las libertades,
Perón siempre fue un dictador electo democráticamente. Es decir, una figura autoritaria a la
que los argentinos, con cierta dosis de irresponsabilidad, le entregaron el Estado a
sabiendas de que no respetaría la Constitución vigente ni tendría en cuenta los derechos de
las minorías. Incluso, es probable que para eso mismo le dieran sus votos, para que
gobernara a su antojo, pues ésa es la función de los caudillos: tomar personalmente y de
manera inconsulta las decisiones que afectan al conjunto de la sociedad; sustituir la
voluntad popular por la de una persona a la que se le atribuyen todas las virtudes y talentos,
y en cuyo beneficio la mayoría o una sustancial cantidad de ciudadanos abdica de sus
facultades de pensar por cuenta propia.
¿Por qué los caudillos —y específicamente Perón— son «fabricantes de miseria»? En
primer término, porque al no tener frenos constitucionales, inevitablemente confunden los
bienes públicos con los propios y disponen de ellos con absoluta impunidad. Todavía es
frecuente escuchar en Argentina, generalmente en un tono de cierta nostalgia, las anécdotas
de cuando Perón «regalaba» casas o motocicletas, olvidando que la procedencia de esos
bienes era siempre la misma: los impuestos trabajosamente pagados por el pueblo.
Todos los caudillos olvidando que la procedencia de esos bienes era siempre la misma: los
impuestos trabajosamente pagados por el pueblo.
Todos los caudillos latinoamericanos, en mayor o menor medida, han actuado de forma
similar, dilapidando insensiblemente los recursos del Estado al carecer de cualquier clase de
control. Así «operaban» Torrijos y su discípulo Noriega, propiciando el enriquecimiento de
sus amigos o partidarios y la ruina de sus adversarios. Así actuaban Somoza y Trujillo,
aunque estos últimos estaban más cerca del dictador intimidante que de los caudillos
propiamente dichos. Sin embargo, acaso el más «caro» —el que más le ha costado a su
pueblo— de todos los caudillos latinoamericanos ha sido Fidel Castro, siempre con sus
faraónicos proyectos en el bolsillo de la chaqueta verde oliva, sin importarle el costo o la
factibilidad real de sus fantasías. Nada menos que cien mil millones de dólares le entregó la
URSS en forma de subsidios a lo largo de treinta años —una suma ocho veces mayor que el
Plan Marshall con que Estados Unidos reconstruyó Europa tras la Segunda Guerra
Mundial—, y con ese dinero Moscú y Castro sólo lograron que Cuba se convirtiera en uno
de los países más pobres del continente.
Otros males
Si algo hay de vinculación tribal y atávica en el culto por los caudillos en Iberoamérica,
otro rasgo antiguo y antidemocrático de nuestros lazos políticos hay que rastrearlo en la
militancia genética. Esto es, en el partidarismo que se trasmite y recibe como una forma
ciega e inevitable de relación hereditaria. ¿Cuántas personas hay en Colombia, Honduras o
Nicaragua que se califican de liberales o conservadores porque sus padres, sus abuelos y
sus bisabuelos así se denominaban? ¿Cuántos «blancos» y «colorados» hay en Uruguay que
son lo que son por razones de estirpe familiar? ¿Cuántos paraguayos son «colorados» como
consecuencia de la tradición y no de una convicción íntima y profunda? Los partidos
políticos son, en realidad, un fenómeno relativamente moderno, surgido en el siglo XIX tras
el desmoronamiento de las monarquías absolutistas. Y no constituiría un mal augurio que
algunos de los partidos democráticos más viejos del mundo sean latinoamericanos, a no ser
por la dosis de irracionalidad con que muchas de las personas militan en ellos. Esta
afiliación hereditaria, a la que no concurre la ponderación de las ideas sino la tradición
familiar, contribuye a la ingobernabilidad de nuestros Estados y a la falta de esa mínima
coherencia que debe existir entre los partidos y los programas de gobierno.
No menos dañina es la falta de democracia interna que exhiben nuestras agrupaciones
políticas. Es lo que los puertorriqueños llaman, en son de broma, la «democracia digital».
Es decir, la selección de las personas en virtud del mágico dedo índice de los caudillos y no
por la voluntad soberana de los afiliados. Lo que no deja de ser un contrasentido, porque si
los partidos, una vez instalados en el gobierno, pretenden administrar la democracia, más
les valiera comenzar por practicar en casa las reglas del juego recurriendo, por ejemplo, a
elecciones primarias para seleccionar a los candidatos, en lugar de delegar esa tarea en el
líder supremo del partido.
A Borges le gustaba decir que «la democracia era un abuso de la estadística». Broma aparte
—a la que tan aficionado era— tal vez el autor de El Aleph no entendía el sentido último de
la ceremonia electoral: legitimar racional e inapelablemente la autoridad de ciertas personas
para poder mandar. Nadie en sus cabales piensa que la democracia garantiza la selección de
los mejores. Ese es un buen objetivo, pero no el más importante. Lo vital es dotar de
autoridad a los elegidos por un procedimiento basado en la razón objetiva, algo que sólo
puede derivarse de la aritmética: nunca se podrá asegurar que A es más inteligente y
honrado o estúpido que B, pero no hay la menor duda de que diez es más que ocho. Esa es
la única certeza que nos es dable alcanzar.
¿Cómo afecta la falta de democracia interna al bolsillo de la población? ¿Por qué incluimos
esta práctica nefasta como un elemento «fabricante de miseria»? Muy sencillo: es probable
que un político que debe su cargo al escrutinio democrático y no a la designación arbitraria
del líder del partido, pueda responder mejor al bien común. En Estados Unidos, por
ejemplo, donde los políticos tienen una vinculación directa con quienes los eligen, no están
obligados a la obediencia partidista, y mucho menos a la sujeción a la autoridad de los
dirigentes máximos de su bancada. Votan —o deben votar— de acuerdo con su conciencia,
y tratando siempre de interpretar la voluntad de la mayoría de sus electores, pues de eso se
trata la «democracia representativa».
Naturalmente, este proceso de consultas periódicas suele ser caro, y ahí radica uno de los
aspectos más débiles y discutibles de la democracia: ¿cómo financiar a los partidos y a los
candidatos para que puedan participar en la contienda política? Y no se trata de un vago
asunto técnico, sino de un tema fundamental en la utilización de los escasos recursos de la
sociedad.
Elegir a un presidente en El Salvador —el más pequeño de los países de América Latina y
uno de los menos poblados— cuesta veinte millones de dólares. Diez —por lo menos— a
cada uno de los dos grandes partidos del país. Esto quiere decir, si tenemos en cuenta la
población y el PIB, que a los salvadoreños les cuesta seleccionar a un presidente
muchísimo más que a los estadounidenses, y es probable que no exista una forma humana
de rebajar sustancialmente el monto de esa factura, pues los costos de los medios de
comunicación son cada vez más altos. El problema, pues, no consiste en reducir la
propaganda y la información que se les brinda a los ciudadanos para que tomen sus
decisiones, sino en determinar de dónde van a salir los fondos de campaña para que la
sociedad no resulte perjudicada.
En esencia, hay tres formas de financiar las actividades electorales de los partidos. O se
pagan con fondos públicos, o se recurre a donaciones privadas, o se utiliza una
combinación de ambas fórmulas. Quienes defienden el financiamiento público suelen
alegar que es la manera de evitar que los políticos contraigan obligaciones onerosas con
grupos poderosos que luego exigirán contrapartidas y favores especiales frecuentemente
impropios o ilegales. Quienes defienden el financiamiento privado opinan que dar dinero es
una forma de participación democrática y que no deben prohibirse estas dádivas a las
personas que desean contribuir con una particular causa política. Por último, los que
propugnan la fórmula mixta aceptan las dos hipótesis, pero exigen total transparencia y
limitan la segunda a cantidades pequeñas que no comprometen la integridad de quienes la
reciben.
Probablemente, la primera sea la menos imperfecta de las fórmulas de financiamiento de
los partidos, y la que, al menos teóricamente, mejor protege a la sociedad y a los políticos
de la presión de los poderosos y de los grupos de interés. No hay duda de que para los
países esto resulta costoso, pero tal vez ese gasto sea mucho menor que el que se deriva de
luego devolver favores en forma de industrias subsidiadas, absurdas tarifas arancelarias o
compras amañadas en las que la sociedad abona un altísimo sobreprecio para compensar el
aporte del empresario que pagó la campaña de político triunfador. ¿Y por qué no la fórmula
mixta? Porque la experiencia demuestra que cuando se establecen los límites a las
contribuciones individuales, el modo de violar esa regla es relativamente simple: el gran
donante, generalmente de acuerdo con el político necesitado de dinero, busca una serie de
personas que aparentan ser ellos quienes aportan los recursos. Al fraude, pues, se le añade
el envilecimiento masivo del proceso democrático.
En todo caso, hay síntomas claros de que en Iberoamérica, como en el resto del mundo, el
peso de la televisión y de los medios de comunicación —entre los que ya hay que incluir
Internet— va cambiando la fisonomía de los partidos. Si a mediados de siglo Duverger
advirtió la dicotomía entre partidos de cuadros y partidos de masas, diera la impresión de
que poco a poco la balanza se inclina hacia las agrupaciones o partidos de cuadros.
Tradicionalmente, los partidos ha reducido a siete sus objetivos principales: influir sobre la
opinión pública; profundizar la formación política de sus militantes y de la sociedad;
fomentar la participación de los ciudadanos en la vida política; capacitar ciudadanos para
asumir responsabilidades públicas; seleccionar candidatos a participar en elecciones; influir
sobre los gobiernos y parlamentos en la dirección elegida por el partido; y aumentar una
relación fluida entre pueblo y gobierno en beneficio del bien común. Y lo cierto es que para
llevar a cabo adecuadamente esas tareas acaso no sea necesario contar con organizaciones
de masas ni con legiones de militantes aguerridos, sino tal vez baste con la existencia de
«cuadros» capaces, tener claras las ideas, saber comunicarlas con eficacia, adoptar una
conducta coherente con los valores que se defienden y asumir la lógica humilde del
servidor público. Por ese camino, probablemente los políticos tal vez un día dejarán de ser
payasos y de recibir bofetadas.