Capítul
o1
-Elizabeth
Metanoia.
Una palabra extraña, casi olvidada. Del griego: meta, cambio. Noia, mente.
Metanoia es el instante en que algo dentro de ti se rompe… o se transforma. Es cuando la forma
en que ves el mundo deja de ser la misma. No por elección, sino porque ya no puedes seguir
igual. No es un final. Es el crudo nacimiento de algo nuevo. Un antes y un después que no
puedes controlar. Y, aun así, tienes que coexistir con ambas versiones de ti.
¿Y cómo llegué hasta aquí?
La alarma sonó a las 6:30 a.m., como todos los días.
Ese tono robótico que mi teléfono insiste en repetir me sacó lentamente de un sueño que ya ni
recuerdo.
Abrí los ojos con lentitud. La habitación estaba aún en penumbra, apenas iluminada por el azul
grisáceo que se filtraba por la ventana. El cielo alemán rara vez es dorado por la mañana, pero
hoy parecía más apagado de lo normal. Tal vez era un presagio… o tal vez solo era lunes.
Me quedé unos minutos más en la cama, observando el techo. A veces lo hacía sin pensar, pero
hoy... hoy pensaba demasiado.
Segundo año de preparatoria.
Nuevo ciclo. Nuevas materias. Nuevas miradas. Y la misma sensación de tener que sostenerme
firme aunque dentro estuviera temblando.
Me senté al borde de la cama y pasé los dedos por mi rostro. Mis mejillas aún estaban tibias por
el calor de las cobijas. Me levanté con pereza y caminé hasta el baño. El espejo me devolvió una
imagen que conozco de memoria: piel clara, pecas suaves sobre la nariz, labios ligeramente
rosados, y ese cabello largo, algo ondulado, que a veces se enreda solo por capricho.
Soy consciente de cómo me miran. Siempre lo he sido.
Desde pequeña, la gente me observaba con esa mezcla de admiración y juicio.
Algunos me veían como un lienzo bonito, otros como una amenaza.
Y yo... aprendí a caminar entre esas miradas como si no doliera.
Después de una ducha rápida, me vestí con el uniforme: falda negra plisada, medias oscuras,
camisa blanca, y una chaqueta gris que me queda justo. Nada espectacular, pero en mí, todo
parecía destacar. No por vanidad, sino porque era inevitable. Ya estaba acostumbrada a las
miradas de otras chicas que se giraban cuando entraba, o de los chicos que tartamudeaban al
hablarme.
Pero ninguna mirada me importaba como la suya.
John.
Mientras me ponía los zapatos, mi teléfono vibró.
“No llegues tarde, princesa del drama. Te estaré esperando.”
Sonreí. Siempre tan bromista, siempre tan puntual.
John era mi mejor amigo desde que tengo memoria. Y también el más terco: fingía que solo me
veía como su amiga, cuando sus ojos decían otra cosa cada vez que creía que yo no lo notaba.
Tomé mi mochila, un abrigo ligero y salí.
El departamento estaba en silencio. Mamá ya se había ido al hospital. Como siempre.
Pasé por el pasillo hasta la habitación de Andrew. La puerta seguía cerrada, igual que todos
estos años.
Pero mañana… mañana volvería a abrirse.
Caminé por las calles de Hamburgo con paso firme.
El clima estaba fresco, con ese aroma a otoño que aún no llegaba, pero que ya se insinuaba. Las
hojas no habían caído, pero el viento tenía esa textura áspera que anuncia el cambio.
Puse música. Algo suave. No necesitaba ruido, solo algo que acompañara mis pensamientos.
Al llegar al colegio, ahí estaba él.
Apoyado en la reja metálica, con su cabello despeinado y esa expresión relajada que parece
decir “nada me afecta”.
John.
Su chaqueta desabrochada, mochila colgada de un hombro, y las manos en los bolsillos.
Y su sonrisa… esa sonrisa que no usa con nadie más.
—Llegas justo a tiempo para evitar que me congele —dijo, alzando una ceja.
—Podrías traer una bufanda, ya sabes —le respondí mientras me acercaba.
—O podrías dejarme usar la tuya. —Se inclinó un poco, como esperando que se la pusiera yo
misma.
Rodé los ojos.
—Tú congelado tampoco te ves tan mal.
Caminamos juntos por el pasillo que daba a los edificios principales. Las clases estaban por
empezar, pero a nosotros nunca nos había importado correr.
Él me hablaba de una chica nueva que ya le había pedido su número y de cómo el maestro de
historia seguramente sería un exmilitar retirado con traumas de guerra. Yo reía. Me burlaba. Le
empujaba el hombro como si todo fuera normal.
Pero dentro de mí, algo se agitaba.
Mañana vuelve Andrew.
Han pasado seis años desde que se fue.
Dejó su cama hecha, sus libros, su olor en las sábanas.
Se fue a Canadá siendo un niño.
Y ahora regresa… ¿como quién?
Las clases pasaron entre bostezos, conversaciones susurradas y algunos saludos forzados.
Aún no recordaba los nombres de todos los profesores. Algunas chicas nuevas me observaron
con ese brillo incómodo en los ojos. Una mezcla de admiración… y desdén.
Ya estaba acostumbrada.
En la última clase, John me pasó una nota:
“¿Qué pasará cuando vuelva?”
No lo había dicho en voz alta, pero él también lo sabía.
Andrew.
Mi hermano.
Mi reflejo incompleto.
Mi otra mitad.
Salí del colegio cuando el sol apenas asomaba entre las nubes.
John se fue al gimnasio. Me abrazó como siempre, sin hablar de más.
Yo caminé sola.
Cada paso hacia casa me pesaba más.
Cuando llegué, abrí la puerta con lentitud. Todo seguía igual. El silencio era más pesado que en
la mañana.
Fui a su habitación. Abrí la puerta.
El cuarto olía a cerrado, a ausencia.
Pero lo abrí de par en par.
Dejé que el aire entrara.
Mañana, esa habitación volverá a tener dueño.
Y yo… no estoy segura de estar lista para eso.