BASE DEFINITIVA DEL CUENTO
Tema real
El mundo no es justo.
El vacío emocional no se llena con obediencia.
El amor implica sacrificio.
Protagonista
Chica criada en una familia religiosa estricta.
Quiere entender por qué se siente vacía y encontrar algo verdadero.
Descubre una sociedad secreta de maravillas mágicas.
Conflicto central
Persona vs destino (la vida que le impusieron).
Persona vs sociedad (la religión y el pueblo).
Persona vs lo desconocido (la magia y su costo).
ARCO DEL PERSONAJE
Cambio
Pasa de aceptar un orden moral rígido y vacío
a elegir una vida donde la maravilla existe, pero tiene precio.
De blanco/negro → a ambigüedad.
De obediencia → a elección consciente.
Lo que entiende al final
La justicia absoluta no existe.
La magia no arregla el mundo.
El vacío no desaparece con poder, sino con responsabilidad y elección.
La fe no se destruye: se transforma en ética propia.
Lo que pierde
La inocencia doctrinal.
La confianza plena de alguien cercano.
Un objeto simbólico (reliquia familiar).
Lo que sacrifica
Un recuerdo importante o parte de su memoria.
Su anonimato (queda expuesta).
La posibilidad de una vida normal.
Lo que descubre
Una sociedad oculta que protege maravillas mágicas.
La magia tiene costo real (memoria, voz, recuerdos, sangre, etc.).
Su familia sabía algo y lo ocultó.
El vacío es también cultural: la doctrina lo produce para mantener
control.
REGLAS DEL MUNDO
La magia solo se revela tras una prueba emocional.
Cada uso tiene un costo irreversible.
No puede corregir grandes injusticias, solo pequeños actos.
Existe un juramento de secreto con consecuencias reales.
La magia no es buena ni mala: depende del uso.
Algunos rituales imitan símbolos religiosos pero no pertenecen a la
institución.
ESTRUCTURA BÁSICA
Inicio: mostrar su vacío en un entorno religioso.
Incitante: descubre la sociedad mágica.
Exploración: fascinación y alivio.
Tensión: descubre el costo y la implicación de su familia.
Escalada: la comunidad sospecha; debe elegir bando.
Clímax: sacrificio real (recuerdo, vínculo o reliquia).
Final: no salva el mundo, pero encuentra propósito. Final agridulce.
VOZ
Primera persona íntima.
Confesional.
Fragmentada cuando pierde recuerdos.
Sensitiva en escenas mágicas.
Frases cortas en tensión.
Motivos recurrentes:
“No recuerdo…”
Velas que se apagan.
Olor a lluvia o tinta como señal de magia.
ESCENAS CLAVE
Descubrimiento (puerta oculta / objeto extraño).
Prueba (debe entregar un recuerdo).
Decisión (elige salvar a alguien sacrificando algo propio).
ESENCIA DEL CUENTO EN UNA FRASE
Una adolescente criada para obedecer descubre una magia que exige
sacrificios reales y debe elegir entre la seguridad de la fe o la
responsabilidad de lo extraordinario.
Títulos (opciones)
Las cosas que salvan
Moneda de lluvia
El juramento de las velas
Logline (una línea)
Una joven criada en una familia religiosa estricta descubre una sociedad
secreta de maravillas mágicas cuyos actos tienen un costo real; para
salvar lo que ama debe elegir entre la seguridad de la fe y la
responsabilidad peligrosa de lo extraordinario.
Sinopsis corta (párrafo)
Criada para obedecer, una adolescente siente un vacío que la doctrina
no puede llenar. Al seguir una pista oculta, entra en una comunidad
clandestina que protege objetos y ritos maravillosos: la magia existe,
pero consume memoria, voz o recuerdos a cambio de sus favores. Al
descubrir que su propia familia guardó el secreto, debe decidir si
sacrifica parte de sí misma para proteger a quienes ama. La elección la
transforma: pierde certezas, gana una ética personal y acepta que la
justicia absoluta no existe.
Sinopsis extendida (2–3 párrafos)
La protagonista vive en un pueblo donde la religión marca horarios,
gestos y silencios. Desde niña fue entrenada para callar y obedecer; su
interior se vació de voz y deseo. Una noche encuentra, escondida bajo el
mantel de su mesita, una carta que la empuja a seguir señales que la
llevan a una puerta oculta: una sociedad que convive con maravillas
antiguas —libros que florecen, objetos que restauran heridas menores,
luces que devuelven memorias—, pero que no regala nada. Cada
milagro exige una contrapartida real: olvidar una canción, perder un
nombre, silenciar la palabra propia por semanas.
Cuando descubre que su familia sabía del lugar —y decidió ocultarlo
para mantener el orden— la protagonista enfrenta tres frentes: la fe que
la moldeó, la sociedad secreta que le ofrece poder y el pueblo que vive
en la justicia fingida. Un incendio (o crisis parecida) pone a su hermana
en peligro y la sociedad propone salvarla a cambio de una reliquia
familiar o de un recuerdo crucial. Ella elige sacrificar algo íntimo; la
acción la libera de la certeza religiosa pero la deja marcada: pierde la
inocencia, la confianza plena de su madre y la posibilidad de una vida
anónima. El mundo no mejora en bloque, pero ella gana voz, propósito y
la responsabilidad concreta de usar —o negar— la maravilla sabiamente.
Final (tono)
Agridulce: no hay redención universal. La protagonista termina con una
ética propia y con pérdidas reales. La maravilla permanece ambivalente:
útil y peligrosa. El cuento cierra con una nota íntima que mezcla
recuerdo y ausencia.
Voz, tono y recursos
Primera persona, confesional y fragmentaria.
Ritmo: frases cortas en tensión; largas y sensoriales en la maravilla.
Leitmotifs: velas que se apagan, “no recuerdo…”, olor a lluvia/tinta,
manos que esconden.
El coste de la magia se manifiesta como pérdida sensorial o de memoria
— usarlo como motivo repetido.
Estructura (beats clave — ideal para un cuento)
Apertura íntima que muestra el vacío y la disciplina religiosa.
Incitante: pista oculta / carta / luciérnaga → puerta.
Exploración: maravilla y alivio sensorial.
Revelación: la magia tiene costo; la familia implicada.
Conflicto: presión del pueblo / sospecha religiosa / oferta de la sociedad.
Clímax: sacrificio concreto (recuerdo, reliquia o voz) para salvar a un ser
querido.
Resolución íntima: ella cambia; el mundo no se salva, ella sí encuentra
propósito.
Extensión sugerida
Cuento corto: entre 2.000 y 6.000 palabras. Mantener foco en un arco
central y en 2–3 escenas potentes.
Frase de apertura sugerida
«No recuerdo la primera vez que fui premiada por quedarme callada…»
(O usar la versión que prefieras: “Tenía catorce años cuando alguien
dejó, debajo del mantel, una carta que olía a lluvia.”)
Las cosas que salvan
(Capítulo único / Apertura del cuento)
No recuerdo la primera vez que fui premiada por quedarme callada.
En mi casa el silencio era una virtud, como el orden de los manteles o la
forma correcta de doblar las rodillas frente al altar. Aprendí pronto que
hacer preguntas era una forma de soberbia. Que dudar era un pecado
silencioso. Que sentir demasiado era desobedecer.
A veces pienso que el vacío empezó ahí: en la costumbre de no decir lo
que me dolía.
La noche en que encontré la carta, estaba limpiando cera seca del suelo
después del servicio. Mi madre cantaba en la cocina con una voz
pequeña, como si alguien pudiera escucharla a través de las paredes. Mi
hermano dormía abrazada a su muñeca de trapo. Todo estaba en su
lugar. Todo era correcto.
Yo no.
La carta estaba doblada debajo del mantel de mi mesa de noche. No
tenía nombre. No tenía sello. Solo una frase escrita con tinta azul que
olía a lluvia.
Las cosas que salvan se pagan con lo que más te importa.
La leí tres veces.
No recuerdo si sentí miedo primero o alivio.
Durante días fingí normalidad. Recé más fuerte. Sonreí más. Pero cada
vez que cerraba los ojos veía la frase escrita detrás de los párpados.
Hasta que la luz apareció.
No fue un rayo ni una aparición divina. Fue algo más pequeño. Una
luciérnaga entrando por la rendija de la ventana de la iglesia. La vi
mientras ayudaba a apagar las velas. Se movía lenta, como si me
esperara.
La seguí.
Sé que suena absurdo. Pero cuando una vida entera ha sido obediencia,
cualquier desvío se siente como una revelación.
La luciérnaga descendió hasta el suelo del altar y desapareció bajo una
baldosa agrietada. Me arrodillé, más por costumbre que por decisión, y
empujé.
La piedra cedió.
Debajo no había oscuridad. Había olor a papel húmedo y algo más…
algo vivo.
Una escalera angosta bajaba hacia un murmullo de voces suaves. Dudé.
Pensé en mi madre. En mi padre diciendo que el mundo era peligroso
para quien no supiera obedecer. Pensé en el vacío.
Bajé igual.
La sala era más grande de lo que la iglesia permitía imaginar. Estantes
curvos como costillas sostenían libros que respiraban. No es una
metáfora: las páginas se movían con una cadencia leve, como si
inhalaran. En el centro había una mesa redonda y alrededor, personas
que no parecían sorprendidas de verme.
—Llegaste —dijo una mujer con manos manchadas de tinta—. Pensé que
no lo harías.
—¿Qué es este lugar? —pregunté.
—Un lugar que no arregla el mundo —respondió ella—. Solo lo inclina un
poco.
Me explicaron las reglas sin solemnidad.
La maravilla existe.
Pero cobra.
No en dinero. No en sangre derramada en altares.
Cobra memoria. Cobra voz. Cobra recuerdos que sostienen lo que
somos.
—No podemos devolver una vida —dijo la mujer—. Solo pequeñas cosas.
Un hueso mal soldado. Un incendio que aún no empezó. Una palabra que
alguien necesitaba oír.
—¿Y el precio?
—Siempre es algo que te importe.
Pensé en mi hermana. En mi madre. En la melodía que mi abuela
cantaba cuando yo tenía miedo.
No recuerdo en qué momento acepté la prueba.
Me pidieron el recuerdo más feliz de mi infancia.
No para verlo.
Para entregarlo.
Cerré los ojos. Vi el patio después de la lluvia. Mi padre riendo. Mi
hermana tropezando con barro en los pies. Yo sin miedo.
Cuando abrí los ojos, la melodía de mi abuela ya no estaba en mi
cabeza.
Sabía que había perdido algo.
No sabía exactamente qué.
Subí las escaleras temblando. Encajé la baldosa. Volví a mi habitación.
Mi madre estaba despierta.
No dijo nada, pero me miró como si supiera.
Esa fue la primera vez que entendí que el mundo no es justo.
No porque existiera la magia.
Sino porque alguien había decidido que era mejor ocultarla.
A la mañana siguiente, el pueblo amaneció con humo.
Un incendio en la casa de los vecinos. Las llamas todavía pequeñas, pero
creciendo. Mi hermano jugaba en el patio cuando una chispa cayó sobre
el techo.
Corrí.
Pensé en las reglas. En el precio. En la frase que olía a lluvia.
Las cosas que salvan se pagan con lo que más te importa.
Bajé otra vez a la sala secreta. No pedí permiso.
—Salven mi casa —dije—. Salven a mi hermano.
La mujer me sostuvo la mirada.
—¿Qué entregas?
Pensé en la reliquia del altar familiar. La cruz que había pasado por
generaciones. El símbolo de obediencia, de orden, de seguridad.
Pensé en mi madre.
Pensé en el vacío.
—Esto no puede arreglar el mundo —dijo ella—. Solo esto.
—Lo sé.
No recuerdo el momento exacto en que acepté perderlo.
Solo recuerdo que, cuando regresé a la superficie, el fuego se había
apagado como si alguien hubiera soplado una vela.
Y mi madre me miraba como si hubiera dejado de reconocerme.
Esa noche entendí algo más:
La justicia no iba a venir a salvarnos.
Ni la fe.
Ni la maravilla.
Pero yo podía elegir.
Y elegir siempre tiene un precio.
PARTE I — LA NOCHE QUE ME SALIÓ DEL CUERPO
No recuerdo la primera vez que me premiaron por quedarme callada.
Sé la hora, el olor: cera vieja, ropa planchada, la tinta del misal que
nunca leí. Sé que me premiaron con una mirada breve y una galleta
después de la misa, y que aprendí a medir el mundo en aprobaciones
pequeñas. Pero la primera vez exacta se me escapa —como si alguien
hubiera borrado el registro— y eso siempre me ha parecido una sombra
en el pecho.
En casa había reglas como muebles: no se tocaban, se cumplían. Mi
madre las vigilaba. Era estricta en la forma en que una persona puede
ser exacta: doblaba toallas en rectángulos iguales, apagaba las velas
con los labios, corregía el cómo me sentaba en la mesa. Hacía que la
casa pareciera funcionar con un ritual continuo. Mi padre, en cambio,
tenía la fe puesta como un manto sobre las cosas: rezos antes de comer,
palabras que repetía hasta que las letras se le pegaban a la lengua. Él
no sabía de los pliegues ocultos de la casa porque no podía; no era de
esa sangre. Él decía que lo divino era estrictamente una cosa de la
iglesia. Decía: “Hay milagros que son de Dios y milagros que son de
cuentos.” Lo decía como quien marca un límite en el mapa.
No tengo hermana. Tengo a Tomás, mi hermano menor: diez años,
piernas llenas de barro, una risa que atraviesa la casa como un latido
desordenado. A veces lo miro y pienso que si alguien pudiera medir
cuánta honestidad cabe en un tronco de niño, la mía se desbordaría. Lo
protejo por instinto y por costumbre; mi silencio había aprendido a ser
un escudo, y él, la única hendidura por donde se me filtraba la urgencia
de decir algo.
La casa era un recinto y también un secreto. Más tarde supe que mi
madre había sido otra cosa antes de la instalación de los manteles y las
oraciones: no digo que ella sea bruja en la forma que cuentan en las
cartas de los pueblos; digo que sus manos recordaban gestos que nadie
le había enseñado, que sus dedos buscaban letras sobre la madera
como si pudieran leer lo que no está escrito. Ella cerró esa parte como
una puerta. La cerró con cuidado. No la nombró nunca. Mi padre lo
llamaba “pecado de juventud” o “vergüenza antigua” y miraba para otro
lado. Así fue que el hogar aprendió a respirar en dos tonos: el de la fe
pública, el del silencio íntimo.
Yo crecí en esa respiración doble, con hambre de algo que no tenía
nombre. La doctrina ofrecía respuestas; la vida exigía preguntas. A
veces, lavando las candelas después de la misa, sentía una punzada —
vacío, exacto, como una pieza que falta— y me preguntaba si había
otros huecos adonde pudiera asomarme.
La carta apareció la noche que el pueblo olía a lluvia. No tenía remitente.
Estaba doblada en un rectángulo pequeño y olía a tinta fresca y tierra
mojada. La encontré mientras secaba el borde de la mesa; cayó de
debajo del mantel como si la casa misma la hubiera decidido. No
recuerdo si la abrí con miedo o con alivio. Me juré que no la leería en voz
alta; la llevé al cuarto y la guardé en la mano como a un tesoro.
La frase en la carta era simple y terrible: Las cosas que salvan se pagan
con lo que más te importa.
La repetí hasta que la frase se hizo un peso y luego un mapa. Me habló
de otra parte del mundo que no cabía en las bancas ni en los sermones,
una parte que corregía pequeñas cosas y no hacía promesas grandes.
Me habló de riesgo.
No actué de inmediato. Hice más rezos, doblé más manteles, fingí. Pero
la noche en que vi la luciérnaga no pude fingir más.
Era pequeña, sola, entrando por la rendija de la ventana de la iglesia
mientras yo ayudaba a apagar las velas. Se movía con lentitud
deliberada, como si no tuviera prisa por huir del mundo. La seguí, casi
sin pensar. Me llevó al altar; descendió hasta una baldosa suelta y
desapareció. Empujé.
La piedra cedió con un sonido que no pertenece a la casa: un suspiro
largo. Debajo, una escalera angosta se hundía en olor a papel húmedo y
a tinta. Dudé. Pensé en mi madre. Pensé en mi padre. Pensé en Tomás,
dormido en la otra habitación. Y después pensé en el vacío, en que ya no
era suficiente vivir en forma correcta.
Bajé.
La sala a la que llegué no pertenecía a la iglesia ni a la casa. Era una
sala fuera del mapa, construida con estanterías en curva que se mecía
con una respiración propia; los libros —y no exagero— se movían como
si inhalaran. En el centro, una mesa redonda y personas que
conversaban en voz baja, como si el aire tuviera memoria. No hubo
sorpresa por mi llegada, solo una aceptación tranquila.
—Llegaste —dijo el que habló primero; su voz era un filo suave—. Pensé
que lo harías, tarde o temprano.
Me miró de frente. Tenía la edad que yo imaginaba para los fugitivos: no
adulto, pero no niño. Su pelo estaba desordenado, como si fuera un
trazo hecho con prisa, y una cicatriz fina le cruzaba la ceja. Tenía algo de
extraño: una mezcla de ironía y dolor, de quien ha visto maravillas y
también qué cuestan. Se llamaba Elías cuando me lo dijo, y su sonrisa
no era cómoda pero no era hostil.
—No deberías estar aquí —murmuré.
—¿Quién te dijo dónde no estar? —respondió—. Además, tú no pareces
de las que obedecen por completo.
No pude decir que obedecía porque siempre obedecía. No pude decir
que no. La verdad es que mi obediencia tenía fisuras y una luciérnaga la
había señalado.
Elías me explicó lo suficiente en frases salteadas. Me contó que allí,
abajo, no arreglaban el mundo entero. «Eso se lo dejamos a las novelas
y a los santos», dijo con la boca torcida. Pero sí inclinaban las cosas:
cerraban una herida, devolvían un nombre olvidado, apagaban un fuego
aquí y allá. Los precios eran reales: memoria, voz, nombre, canción. Lo
dijo como quien enumera ingredientes en una receta, y yo comprendí
que no era un juego.
—Hay reglas —me dijo una mujer con manchas de tinta en las manos—.
Se prueba la sangre del deseo, no la de la vanidad. Y si ofreces algo, te
lo toman del alma, no de la muñeca. No hay devoluciones.
Me pidieron que participara en una prueba. No fue una prueba de fuerza
ni de fe; fue una prueba emocional, como me habían advertido en los
murmullos del pueblo años atrás. Tendría que elegir algo que me
importara mucho y entregar su idioma al lugar. Lo repetiré: algo que te
importe mucho. No me dijeron qué sería. No me dijeron cuánto dolería.
Acepté porque ya sabía que no había otra opción: mi vida en la
superficie se me volvía diminuta y me asfixiaba. Además, había algo en
mí que resonaba con la sala, una afinidad que no supe nombrar. Alguien
dijo, casi sin mirar, que mis manos eran de cierto tipo de madera. No
entendí hasta después.
La prueba fue sencilla y terrible. Me pidieron que recordara mi recuerdo
más claro: el día en que mi padre me enseñó a atarme los cordones y se
rio (esa risa se me ha quedado pegada a la garganta). Cerré los ojos y lo
agarré con las manos, como si pudiera envolver el momento. Lo
entregué en voz baja. Sentí que una parte de mí se soltaba y se iba, no
hacia la luz, sino hacia una rendija interna que ya no supe explorar.
Al abrir los ojos, noté una ausencia: la melodía que mi abuela cantaba
cuando tenía miedo ya no me venía al oído. Era un hueco nítido y frío.
Supe en ese instante que había pagado algo.
Subí a la superficie temblando. Encajé la baldosa. Mi madre me miró con
una calma extraña, como si me conociera y también me viera por
primera vez. No dijo nada. A la mañana, el pueblo olía a humo: un
incendio había comenzado en la casa de los vecinos. Corrí. Pensé en las
reglas. Pensé en la carta.
Regresé a la sala sin permisos. Elías me esperaba con una bolsa, como si
supiera que volvería. No preguntó por qué. Me dio un gesto que no era
compasión ni juicio, sino una oferta.
—Te están llamando —me dijo—. No aquí. Allí. Hay un lugar donde te
enseñan a vivir con esto —me señaló con la barbilla hacia un plano que
yo no alcanzaba a ver—. Es un campamento, si quieres llamarlo así. No
es escuela de niños, ni una iglesia. Es un lugar donde la maravilla se
cultiva y se mide. Verás cosas bellas y peligrosas. Aprenderás a pagar y
a negarte a hacerlo. Aprenderás a decidir.
Me dijo el nombre como si fuera una contraseña: La Casa de las
Luciérnagas. Sonó a cuento y a advertencia. Me explicó que no todos
llegaban; que algunos nacían con la llave y otros, como yo, la heredaban
sin querer. Me dijo eso con la mirada suspendida en mi nuca: “Hay algo
en tus manos que la Casa reconoce. No lo hagas público.”
No supe por qué me dijo que las señales venían de mi madre, pero
añadió que no podía hablar del asunto. Le creí. Quizá porque mentía
bien. Quizá porque preferí la sorpresa a la traición.
Elías me ofreció algo más inmediato: una invitación para ir con él. Dijo
que el campamento abría un puerto para quienes podían sentir. Dijo que
habría otros como yo: chicos con cicatrices, mujeres con voces
quebradas, ancianos que cuidaban libros que olían a lluvia. Dijo que
enseñaban a sostener la maravilla sin dejar que te devorara.
Acepté. No pensé en Tomás. No pensé en el mantel doblado. No pensé
en lo que mi madre podría haber sido. Solo supe que dentro de mí algo
dejó de ser sólo obediencia y empezó a preguntarse.
La noche antes de irme, mi madre me tocó la muñeca con un gesto que
no había hecho en años. Fue un roce rápido, un reconocimiento. No dijo
nada. Yo tampoco. Guardé en la mochila la carta, la galleta de la mesa y
una cruz pequeña, reliquia del altar. No recuerdo haberla mirado una
última vez.
Elías me llevó a la estación donde los carruajes no llevaban a turistas.
Caminamos hasta una verja que nadie veía de día. Al cruzarla sentí que
dejaba la forma habitual de la vida: el aire olía distinto, como si se
hubiera cargado de insectos lumínicos. Me contaron que allí no se
aprende a hacer milagros para presumir, sino a usarlos con precisión. Me
dieron una manta y una litera bajo un techo que olía a tinta y lluvia. Esa
noche, mientras las velas se apagaban una por una —una costumbre—
pensé en la frase de la carta. Las cosas que salvan se pagan con lo que
más te importa.
No sabía aún cuánto tendría que pagar. Ni a quién salvaría.
Pero por primera vez, no fui obediencia pura. Fui elección.
—Bienvenida —susurró Elías en la penumbra—. Aquí aprenderás a que te
duela menos decidir. Aquí conocerás el nombre de lo que perdiste y lo
que te pueden arrebatar. Y si eres de las que guardan secretos, quizá
entiendas uno que te pertenece: tu madre no se fue. Guardó algo. Lo
supo. Y eso te conecta.
No dijo más. La oscuridad acabó por tragarse la frase. Dormí con la
sensación de que algo en mi casa —en mi madre— sabía y callaba.
Dormí también con el rumor de voces que no pertencían a sermones
sino a otros órdenes. Dormí con la certeza tonta y feroz de que si algo
iba a llenar el vacío tendría que ser por elección propia, aunque la
elección dejara una marca.
Recuerdo como empezó todo…
Mi vida, se podría decir. Comenzó aquella noche.
El día parecia uno como cualquier otro, pero no.
Desperté con el grito de mi madre para que la ayudará con lo
quehaceres, de forma instintiva casi ritual acomode mi cama mi cuarto y
me cambié para empezar mi día.
Mi hermano revoloteando por la casa con la energía de una decena de
niños cruzo lleno de barro hasta las rodillas, algo que seguía sin
comprender es el actuar de mi madre respecto a su comportamiento.
Desde que tengo memoria conmigo fue bastante estricta no podía hacer
nada, salir a jugar con los demás niños del pueblo, asistir a la pequeña
escuela con los demás y no ser educada en casa con mi madre, ir a las
ceremonias del pueblo. Solo podía asistir a las religiosas y era porque mi
papa era el pastor. Ni hablar de corretear en la casa o jugar tan siquiera
afuera con barro.
En cambio con mi hermano parecia mucho mas relajada, inclusive me
dejaba acompañar a mi hermano cuando quería jugar afuera, eso si
primero debía de terminar todos mis quehaceres y tareas de estudio.
Solo me dejaba leer libros ya seleccionados y catalogados como buenos,
desconocía la existencia de esas novelas con mundos tan hermosos, con
relatos de aventura, amor, desgracias y fantasía.
Ese día como muchos otros salimos a pasear con mi pequeño hermano,
rondamos los alrededores del prado sin entrar al bosque como de
costumbre. Mi madre nos cocinaría vivos si ingresamos en el es su regla
mas estricta, esa y la de no ir al pueblo. Tan solo la quebrante una vez,
en aquella ocasión me crucé con una joven del pueblo cerca del prado
de la capilla con la que conversamos mientras caminábamos, cuestiono
el que no asista a su clase teniendo su misma edad. Aunque me
apenaba hablar sobre lo estricta de mi madre, fue ahí donde descubrí la
literatura que no conocía todas estas historias que me contaban me
parecían increíbles y sin darnos cuenta llegamos al pueblo, frente a su
casa nos detuvimos me dijo que aguardara entro y tras un breve
instante salió con un libro en sus manos, puedes quedártelo no es mi
favorito me dijo con una sonrisa gentil.
Al regresar a casa con el libro escondido bajo el vestido, mi madre
parecía alterada antes de que entrara como si ya supiese que quebrante
su regla. Tal cual, al pisar dentro ella se dirigió a mi dándome la bofetada
mas fuerte que he recibido.
No dijo nada mas solo señalo mi habitación y dijo que luego pensaría en
el castigo, no fue un castigo ligero solo eso queda decir.
Ese día como cualquier otro rondando el prado con mi hermano.
Aviste algo a lo lejos en el bosque como un arco formado por dos árboles
me pareció una peculiar forma pero no le preste mucha mas atención,
hasta que comencé a oír uno silbidos del bosque, camine brevemente
hacia el mismo casi como en trance y desde atrás mi hermano parecía
incrédulo y me advertía que no oía nada, por varios minutos
permanecimos ahí debatiendo sobre eso hasta que a lo lejos vi un ser
pequeño quizá un animal pensé y creyendo que podía ser peligroso
tome a mi hermano y seguimos avanzando hacia la casa.
Esa tarde llegue mas exhausta de la caminata que de costumbre no
podía quitarme el silbido que había oído, intente leer a escondidas en la
gabeta de nuestro cuarto quizá por onceava o doceava vez el libro que
me regalo esa niña. Cuando ya casi al anochecer entro mi madre
enfurecida como nunca la había visto alertada por mi hermano que le
había contado lo que escuche en la caminata y que nos adentramos
brevemente en el bosque.
No parecia haber forma de calmarla era un frenesí de locura casi como si
nos hubiésemos colgado de algún peñasco, estaba petrificada ella vio mi
libro y tras un instante lo tomo se dirigió a abajo yo la seguí a paso
precavido y vi como lo incineraba en la hoguera, mi en ese entonces
posesión mas preciada fue reducida a cenizas.
Me harte y intente contestar pero lo único que recibí fue nuevamente así
como de niña una fuerte bofetada, mi padre impoluto no hacía mínimo
acto de presencia el tan siquiera prestaba atención solo bebía su vino al
ser el único pastor en el pueblo era algo que jamás le faltaba.
Por un instante mi sangre hirvió no tolere mas todo esto todas las reglas
sin ninguna explicación toda estructura de esta familia porque era todo
distinto todo al revés.
El fuego de la hoguera se apago luego las velas la puerta se abrió con un
fuerte viento dejando mi cara al rojo vivo frente a la de mi madre
iluminadas por el atardecer o anochecer casi inminente, tras eso mi
madre se puso pálida casi como si hubiera visto un mismísimo fantasma.
Intente seguir exponiendo injusticias hasta que al dar un paso fuerte las
velas se encendieron la hoguera tras ellas mi madre tomo mi mano esta
vez con una cara de preocupación mas que de enojo y al apartarla ella
también acompañó la dirección de mi mano como si de una orden se
tratara y se estampo con la viga junto al mesón.
Asustada salí corriendo por la puerta y corrí y corrí.
Rodeando por el prado estaba entre arrepentida, aterrada y enojada. Al
llegar al fondo del claro ahí donde el bosque frente a mi era mas denso y
donde habíamos visto esos arboles entrelazados. Pero esta vez no había
dichos arboles en su lugar había dos árboles comunes los cuales yacían
erguidos.
Sin saber a donde ir camine por los alrededores con miedo de regresar,
mi madre a lo lejos escuchaba que me llamaba, cerca a la capilla y
caminando en dirección al pueblo con una lámpara de aceite iluminado
su camino, en cambio yo sentada aún lagrimeando en un árbol caído
junto a la arboleda solo iluminada por las luna y acompañada por la
danza de las luciérnagas y el tintinar de los insectos.
Tras unos instantes comencé a escuchar unos silbidos nuevamente, gire
de forma brusca y alcancé a observar como en el fondo dos arboles
parecían fusionarse nuevamente en un arco similar al de la tarde. Un
resplandor acompaño el finalizar de este entrelazamiento y de ese arco
emergieron dos figuras los cuales hablaban aunque el mismo idioma con
un acento extraña y anticuado. Parecieron no percatarse pesé a que me
encontraba relativamente cerca uno era bastante alto y corpulento, el
otro un poco mas alto que yo y delgado. Ambos parecían jóvenes
aunque poco podía ver en esa situación, me adentre de forma sigilosa
asombrada y asustada por lo que había visto, decidí que los iba a seguir
uno de ellos parecían generar luz desde la palma de su mano algo que
aunque me inquieto también debo admitir que me intrigo en gran
medida.
Tras un breve lapso en el que parecían ignorarme o quizás estaba
haciendo un buen trabajo ocultándome llegamos al claro junto a la
laguna, una zona en la que solo es parte de mi memoria el día que nos
mudamos a este pueblo, verlo a lo lejos cuando cruzamos la tranquera
del campo vecino. Poco mas podía recordar de ese sitió.
En el claro los jóvenes continuaban incautos de mi presencia aunque el
mantener esa distancia hacia casi imposible escuchar bien su
conversación, apenas podía distinguir frases o palabras, recuerdo
escuchar: Nos encomendaron llevarla al nacer el sol.
Algo como palabras antiguas o de otra lengua fueron pronunciadas y el
agua se elevo casi tomando una forma humana o similar aunque mas
pequeños como niños.
Me quede pasmada jamás había visto o escuchado de algo similar.
Tras eso ordeno ir tras ella y como si de la orden mas especifica y clara
hubiese sido dicha la forma empezó a correr de forma apresurada en mi
dirección, casi me desmayo del susto quise gritar y mi voz no salió, la
figura se deslizo por la robusta composición de arbustos que me
rodeaban sin parecer percatarse de mi presencia y continuando en
dirección al prado.
Suspire de alivio por un segundo hasta que escuche casi en mi oído.
-¿Quién eres? ¿Porque nos estas espiando?
Gire y vi al joven delgado mirándome fijamente con unos ojos rasgados
que denotaban curiosidad y una intensidad poco pertinente.
Grite exaltada a lo que el procedió a taparme la boca advirtiendo que no
habían pues un velo de silencio aún y que no debía llamar la atención de
los * inserte nombre de como se les dice a los seres humanos no
mágicos aquí *
Por lo que aún sin entender que decía o que sucedía ahí retire la mano
golpeé mi cabeza fuertemente con la suya levantándome y huyendo
rápidamente, el golpe pareció aturdirlo al menos brevemente en lo que
Salí al prado, parecían no seguirme.
Recuerdo cómo empezó todo.
Mi vida, se podría decir, comenzó aquella noche.
El día parecía uno como cualquier otro. Pero no lo era.
Desperté con el grito de mi madre llamándome para ayudar con
los quehaceres. De forma instintiva, casi ritual, acomodé mi
cama, ordené mi cuarto y me cambié para empezar el día.
Mi hermano revoloteaba por la casa con la energía de una
decena de niños, cruzando de un lado a otro con barro hasta las
rodillas. Algo que nunca logré comprender fue el
comportamiento de mi madre respecto a él.
Desde que tengo memoria, conmigo fue estricta. No podía salir a
jugar con los niños del pueblo, ni asistir a la pequeña escuela.
Mi educación era en casa, bajo su supervisión. Tampoco podía ir
a las ceremonias del pueblo, solo a las religiosas, y únicamente
porque mi padre era el pastor. Ni hablar de correr dentro de la
casa o ensuciarme jugando afuera.
Con mi hermano era distinto. Mucho más relajada. Incluso me
permitía acompañarlo cuando salía a jugar, siempre y cuando yo
hubiera terminado antes todos mis quehaceres y tareas de
estudio. Solo podía leer libros previamente seleccionados y
catalogados como “adecuados”. Desconocía por completo la
existencia de novelas con mundos fantásticos, relatos de
aventura, amor o desgracia.
Hasta aquella vez.
Ese día, como muchos otros, salimos a pasear por el prado sin
entrar al bosque, como de costumbre. Mi madre nos cocinaría
vivos si cruzábamos esa línea invisible. Esa era su regla más
estricta: no al bosque. La otra era no ir al pueblo.
La quebranté una sola vez cuando era niña.
En esa ocasión me crucé con una joven del pueblo cerca del
prado de la capilla. Caminamos conversando. Me preguntó por
qué no asistía a clases, teniendo su misma edad. Me
avergonzaba explicar lo estricta que era mi madre, pero fue en
esa conversación donde descubrí algo nuevo: la literatura que
yo no conocía. Me habló de historias increíbles, de aventuras y
mundos distintos al nuestro. Sin darnos cuenta llegamos al
pueblo.
Frente a su casa nos detuvimos. Me pidió que aguardara. Entró y
regresó al poco tiempo con un libro entre las manos.
—Puedes quedártelo. No es mi favorito —dijo con una sonrisa
gentil.
Regresé a casa con el libro escondido bajo el vestido.
Mi madre parecía alterada incluso antes de que cruzara el
umbral, como si supiera que había quebrantado su regla.
Apenas pisé dentro, se dirigió a mí y me dio la bofetada más
fuerte que he recibido.
No dijo nada más. Señaló mi habitación y aseguró que luego
pensaría el castigo.
No fue ligero. Eso es lo único que puedo decir.
Retomando, esa tarde con mi hermano, mientras rondábamos el
prado con mi hermano, vi algo a lo lejos en el bosque: un arco
formado por dos árboles entrelazados. Me pareció una forma
peculiar, pero no le presté mayor atención.
Hasta que escuché los silbidos.
Venían del bosque.
Caminé hacia allí casi en trance. Mi hermano, desde atrás,
insistía en que no oía nada. Permanecimos varios minutos
discutiendo sobre aquello, hasta que a lo lejos creí ver un ser
pequeño. Tal vez un animal, pensé. Y, creyendo que podría ser
peligroso, tomé a mi hermano y regresamos a casa.
Esa tarde llegué más exhausta que de costumbre. El silbido no
salía de mi cabeza. Intenté leer a escondidas, en la gaveta de
nuestro cuarto, el libro que me había regalado la niña. Quizá por
undécima o duodécima vez.
Casi al anochecer, mi madre entró enfurecida como nunca la
había visto. Mi hermano le había contado lo que escuché y que
nos habíamos acercado brevemente al bosque.
No parecía haber forma de calmarla. Era un frenesí desmedido,
como si hubiéramos estado al borde de un precipicio. Estaba
petrificada.
Vio el libro.
Lo tomó sin decir palabra y bajó. La seguí con cautela. Observé
cómo lo arrojaba a la hoguera. Mi posesión más preciada fue
reducida a cenizas en cuestión de segundos.
Me harté. Intenté contestar. Lo único que recibí fue otra
bofetada.
Mi padre permanecía impoluto, sin intervenir. Apenas prestaba
atención. Bebía su vino; al ser el único pastor del pueblo, era
algo que jamás le faltaba.
Por un instante mi sangre hirvió. No toleré más reglas sin
explicación. No toleré más esa estructura incomprensible de
nuestra familia, donde todo parecía estar al revés.
Entonces ocurrió.
El fuego de la hoguera se apagó.
Luego las velas.
La puerta se abrió con un golpe de viento, dejando mi rostro
rojo frente al de mi madre, ambas iluminadas por el atardecer
casi extinguido.
Mi madre se puso pálida. Como si hubiera visto un fantasma.
Intenté seguir reclamando, pero al dar un paso firme hacia ella,
las velas se encendieron de golpe. La hoguera volvió a arder.
Mi madre tomó mi mano, esta vez con expresión de
preocupación, no de enojo. Al apartarla, ella siguió el
movimiento como si obedeciera una orden invisible y se estrelló
contra la viga junto al mesón.
Me quedé helada.
Asustada, salí corriendo.
Corrí y corrí.
Atravesé el prado entre arrepentida, aterrada y furiosa. Llegué
al fondo del claro, donde el bosque se volvía más denso, el
mismo lugar donde antes había visto los árboles entrelazados.
Pero ya no estaban así.
Eran dos árboles comunes, erguidos y separados.
No sabía a dónde ir. Caminé sin rumbo, temiendo regresar. A lo
lejos escuchaba a mi madre llamándome. La vi cerca de la
capilla, avanzando hacia el pueblo con una lámpara de aceite
iluminando su camino.
Yo me quedé sentada en un tronco caído, junto a la arboleda,
iluminada solo por la luna, acompañada por las luciérnagas y el
tintinear de los insectos.
Entonces volví a oír los silbidos.
Giré bruscamente.
A lo lejos, los dos árboles comenzaron a fusionarse nuevamente,
formando el mismo arco de la tarde. Un resplandor acompañó el
cierre del entrelazamiento.
De ese arco emergieron dos figuras.
Hablaban el mismo idioma, pero con un acento extraño, antiguo.
Parecían no percatarse de mi presencia, pese a que me
encontraba relativamente cerca.
Uno era alto y corpulento. El otro, un poco más alto que yo y
delgado. Ambos parecían jóvenes, aunque la penumbra no me
permitía ver con claridad.
Me adentré con sigilo, asombrada y asustada. Decidí seguirlos.
Uno de ellos generaba luz desde la palma de su mano. Aquello
me inquietó… pero también me intrigó.
Tras unos minutos en los que parecían ignorarme —o quizá
estaba haciendo un buen trabajo ocultándome— llegamos al
claro junto a la laguna. Solo lo recordaba vagamente: lo vi el día
que nos mudamos al pueblo, al cruzar la tranquera del campo
vecino.
En el claro continuaban hablando. La distancia hacía casi
imposible escuchar con claridad. Apenas distinguí fragmentos:
—Nos encomendaron llevarla al nacer el sol…
Luego pronunciaron palabras en una lengua que no reconocí.
El agua de la laguna se elevó, tomando una forma casi humana,
aunque más pequeña, como niños hechos de agua.
Me quedé paralizada.
Jamás había visto algo semejante.
Uno de ellos ordenó que fueran tras ella. Y como si la orden
hubiera sido clarísima, la figura acuática corrió en mi dirección.
Casi me desmayo del susto. Intenté gritar. Mi voz no salió.
La figura atravesó los arbustos sin parecer notar mi presencia y
continuó hacia el prado.
Suspiré aliviada.
Entonces escuché, casi en mi oído:
—¿Quién eres? ¿Por qué nos estás espiando?
Giré.
El joven delgado me miraba fijamente. Sus ojos rasgados
reflejaban curiosidad… e intensidad.
Grité.
Él me tapó la boca de inmediato.
—Aún hay un velo de silencio. No debes llamar la atención de los
profanos.
No entendí lo que decía. No entendía nada.
Retiré su mano de un golpe y, en el impulso, choqué mi cabeza
contra la suya. El impacto pareció aturdirlo.
Me levanté y corrí hacia el prado.
No parecían seguirme.
Recuerdo cómo empezó todo.
Mi vida, se podría decir, comenzó aquella noche.
El día parecía uno como cualquier otro. Pero no lo era.
Desperté con el grito de mi madre llamándome para ayudar con
los quehaceres. De forma instintiva, casi ritual, acomodé mi
cama, ordené mi cuarto y me cambié para empezar el día.
Mi hermano revoloteaba por la casa con la energía de una
decena de niños, cruzando de un lado a otro con barro hasta las
rodillas. Algo que nunca logré comprender fue el
comportamiento de mi madre respecto a él.
Desde que tengo memoria, conmigo fue estricta. No podía salir a
jugar con los niños del pueblo ni asistir a la pequeña escuela. Mi
educación era en casa, bajo su supervisión. Tampoco podía ir a
las ceremonias del pueblo, salvo a las religiosas, y únicamente
porque mi padre era el pastor. Ni hablar de correr dentro de la
casa o ensuciarme jugando afuera.
Con mi hermano era distinto. Mucho más relajada. Incluso me
permitía acompañarlo cuando salía a jugar, siempre y cuando yo
hubiera terminado antes todos mis quehaceres y tareas de
estudio. Solo podía leer libros previamente seleccionados y
catalogados como “adecuados”. Desconocía por completo la
existencia de novelas con mundos fantásticos, relatos de
aventura, amor o desgracia.
Hasta aquella vez.
Ese día, como muchos otros, salimos a pasear por el prado sin
entrar al bosque, como de costumbre. Mi madre nos cocinaría
vivos si cruzábamos esa línea invisible. Esa era su regla más
estricta: no al bosque. La otra era no ir al pueblo.
La quebranté una sola vez cuando era niña.
En esa ocasión me crucé con una joven cerca del prado de la
capilla. Caminamos conversando. Me preguntó por qué no
asistía a clases, teniendo su misma edad. Me avergonzaba
explicar lo estricta que era mi madre, pero fue en esa
conversación donde descubrí algo nuevo: la literatura que yo no
conocía. Me habló de historias increíbles, de aventuras y
mundos distintos al nuestro.
Sin darnos cuenta llegamos al pueblo.
Frente a su casa nos detuvimos. Me pidió que aguardara. Entró y
regresó al poco tiempo con un libro entre las manos.
—Puedes quedártelo. No es mi favorito —dijo con una sonrisa
gentil.
Regresé a casa con el libro escondido bajo el vestido.
Mi madre parecía alterada incluso antes de que cruzara el
umbral, como si supiera que había quebrantado su regla.
Apenas pisé dentro, se dirigió a mí y me dio la bofetada más
fuerte que he recibido.
No dijo nada más. Señaló mi habitación y aseguró que luego
pensaría el castigo.
No fue ligero. Eso es lo único que puedo decir.
Retomando, esa tarde con mi hermano, mientras rondábamos el
prado, vi algo a lo lejos en el bosque: un arco formado por dos
árboles entrelazados. Me pareció una forma peculiar, pero no le
presté mayor atención.
Hasta que escuché los silbidos.
Venían del bosque.
Caminé hacia allí casi en trance. Mi hermano, desde atrás,
insistía en que no oía nada. Permanecimos varios minutos
discutiendo, hasta que a lo lejos creí ver un ser pequeño. Tal vez
un animal, pensé. Y creyendo que podría ser peligroso, tomé a
mi hermano y regresamos a casa.
Esa tarde llegué más exhausta que de costumbre. El silbido no
salía de mi cabeza. Intenté leer a escondidas, en la gaveta de
nuestro cuarto, el libro que me había regalado la joven. Quizá
por undécima o duodécima vez.
Casi al anochecer, mi madre entró enfurecida como nunca la
había visto. Mi hermano le había contado lo que escuché y que
nos habíamos acercado al bosque.
No parecía haber forma de calmarla. Era un frenesí desmedido,
como si hubiéramos estado al borde de un precipicio. Estaba
petrificada.
Vio el libro.
Lo tomó sin decir palabra y bajó. La seguí con cautela. Observé
cómo lo arrojaba a la hoguera. Mi posesión más preciada fue
reducida a cenizas en cuestión de segundos.
Me harté. Intenté contestar. Lo único que recibí fue otra
bofetada.
Mi padre permanecía impoluto, sin intervenir. Apenas prestaba
atención. Bebía su vino, abstraído, como si aquello no le
incumbiera.
Por un instante mi sangre hirvió. No toleré más reglas sin
explicación. No toleré más esa estructura incomprensible de
nuestra familia, donde todo parecía invertido.
Y entonces ocurrió.
El fuego de la hoguera se apagó.
Luego las velas.
La puerta se abrió con un golpe de viento, dejando mi rostro
rojo frente al de mi madre, ambas iluminadas por el atardecer
casi extinguido.
Mi madre se puso pálida.
No de enojo.
De reconocimiento.
Intenté seguir reclamando, pero al dar un paso firme hacia ella,
las velas se encendieron de golpe. La hoguera volvió a arder con
más intensidad.
Mi madre tomó mi mano. Esta vez no con furia, sino con miedo.
Al apartarla, ella siguió el movimiento como si obedeciera una
fuerza invisible y se estrelló contra la viga junto al mesón.
Me quedé helada.
Yo no había querido eso.
Asustada, salí corriendo.
Corrí atravesando el prado, entre arrepentida, aterrada y
furiosa. Llegué al fondo del claro, donde el bosque se volvía más
denso, el mismo lugar donde antes había visto los árboles
entrelazados.
Pero ya no estaban así.
Eran dos árboles comunes, erguidos y separados.
No sabía a dónde ir. Caminé sin rumbo, temiendo regresar. A lo
lejos escuchaba a mi madre llamándome. La vi cerca de la
capilla, avanzando hacia el pueblo con una lámpara de aceite
iluminando su camino.
Yo me quedé sentada en un tronco caído, junto a la arboleda,
iluminada solo por la luna y las luciérnagas.
Entonces volví a oír los silbidos.
Giré bruscamente.
Los dos árboles comenzaron a fusionarse nuevamente,
formando el mismo arco. Un resplandor acompañó el cierre del
entrelazamiento.
De ese arco emergieron dos figuras.
Hablaban el mismo idioma, pero con un acento extraño, antiguo.
Parecían no percatarse de mi presencia.
Uno era alto y corpulento. El otro, delgado, apenas unos años
mayor que yo. En su mano flotaba una luz tenue, controlada.
Me adentré con sigilo.
Escuché fragmentos.
—Nos encomendaron llevarla al nacer el sol…
Luego palabras en una lengua que no reconocí.
El agua de la laguna se elevó, tomando una forma casi humana,
pequeña, como un niño hecho de agua.
Me quedé paralizada.
Uno de ellos ordenó que fueran tras ella.
La figura acuática corrió en mi dirección.
Intenté gritar.
No salió ningún sonido.
La forma atravesó los arbustos sin notar mi presencia y continuó
hacia el prado.
Suspiré.
Entonces una voz susurró junto a mi oído:
—¿Quién eres? ¿Por qué nos estás siguiendo?
Giré.
El joven delgado me observaba con intensidad, demasiado
cerca. Sus ojos rasgados no eran amenazantes. Eran…
evaluadores.
Grité.
Me tapó la boca de inmediato.
—Silencio —susurró—. Aún hay un velo activo. No debemos
alertar a los profanos.
No entendía nada.
Lo aparté con brusquedad y, en el impulso, choqué mi frente
contra la suya. El golpe lo aturdió lo suficiente.
Me levanté y corrí hacia el prado.
Esta vez sí sentí que alguien me observaba.
Pero no me siguieron.