CONCLUSIÓN
Adentrarse un poco en el pensamiento de Pascal ha sido una riqueza
extraordinaria. Pascal ha sido un pensador que logró afrontar y articular muy bien,
los distintos momentos y movimientos filosóficos que desafiaba en su tiempo la
humanidad. Estamos hablando sin duda, de aquel periodo donde culminaba el
tiempo del renacimiento e iniciaba el florecimiento del racionalismo puro, (edad
moderna) bajo su gran exponente Rene Descartes. Un traslado de la exaltación
del Dios creador, del Dios personal a un periodo de la exaltación de la razón y del
hombre, como inicio, centro y culmen de todo conocimiento.
Pascal es un hombre que elabora su pensamiento articulando y discerniendo muy
bien los diversos aspectos que componen la realidad. Su incesante búsqueda por
la verdad lo convierte en un ser humano, que dotado de una gran inteligencia, que
siendo científico, matemático y demás, no prescinde de lo más íntimo y más
profundo de cada hombre. “Es aquel que vivifica la mente con el corazón e ilumina
el corazón con la mente, da a la mente las palpitaciones del corazón y al corazón
el ritmo riguroso de la razón”1.
Pascal nos ayuda a comprender que existen verdades de la razón es decir,
aquellas que se pueden explicar, que son demostrables, como por ejemplo, las
matemáticas, que hay un solo Dios etc. Y también las verdades del corazón a las
cuales la razón se ve incapacitada por explicar, es decir, aquellas que solo el
corazón intuye, siente y conoce, como por ejemplo los principios en los que se
funda el conocimiento, y estos son los mismos en los que proporciona el
conocimiento geométrico.
1
SCIACCA F., Pascal, Barcelona 1955, p. 150
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De ahí que hiciera la distinción entre el espíritu de finesa y el espíritu de
geometría, el espíritu del sentimiento y de la vida con el espíritu del intelecto,
como los dos modos del conocimiento de la verdad, pero que entre estos dos el
corazón es quien capta al Ser Absoluto que nos trasciende y que no puede ser
alcanzado por las meras fuerzas de la razón. No con esto queriendo decir que
Pascal estuviera rechazando la facultad del razonamiento del hombre.
Las verdades del corazón se hallan como lo decíamos en el desarrollo del tema,
en las verdades sobrenaturales, verdadero conocimiento que se haya más allá (no
en contra) de los sentidos y de la razón. El corazón nos ayuda aprehender la
realidad con todas sus riquezas, mientras que el espíritu geométrico solo puede
procurar un conocimiento abstracto. “El ‘amor’ – pues la noción del corazón
implica su presencia -, lejos de enceguecer el espíritu, Lo torna más lúcido y
penetrante”2.
Por otro lado, logramos ver como Pascal sitúa al hombre en medio de dos infinitos
inabarcables por la mente del hombre, pues su condición humana le impide por
naturaleza conocer estos misterios que lo encierran. Nosotros somos algo, pero no
lo somos todo, pero como nosotros sobre pasamos las cosas pequeñas, podemos
caer en el error de creernos superiores y capaces de todo. El hombre es una caña
pensante, diría Pascal, pero el pensamiento no sirve de nada si no reconocemos
nuestra fragilidad ante estos dos infinitos.
Agustín de Hipona y Tomás de Aquino, dos pensadores pertenecientes cada uno
a un tiempo distinto, situados ambos bajo la misma época de la historia de la
filosofía - época medieval -, y Pascal, en un tiempo totalmente desigual – pero
deudor sin duda alguna de la doctrina desarrollada por estos dos grandes
pensadores – son el complemento y la síntesis, por decirlo de algún modo, cuando
de razón, fe y corazón se quiere tratar.
En efecto, Pascal desarrolló temas que sin duda alguna, son muy existenciales
pero que a su vez, implican una disponibilidad y una buena voluntad de apertura
para poder así llegar a la verdad. El camino precisamente para llegar a dicha
contemplación es para Pascal el de la religión, como aquella catapulta que nos
lanza hasta el infinito permitiendo así contemplar la inmensidad y grandeza de
Dios. Así mismo, Pascal hace referencia que: “aquellos a quienes Dios ha dado la
religión por sentimiento del corazón son bien dichosos y bien legítimamente
persuadidos. Pero a los que no la tienen nosotros no podemos dársela más que
2
LEEP I., Filosofía cristiana de la existencia, Bueno Aires 1963, p. 70.
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por razonamiento, esperando que Dios se la dé por sentimiento de corazón, sin lo
cual la fe no es más que humana e inútil para la salvación”3.
Finalmente quiero citar un párrafo que nos presenta Sciacca 4 que encierra el
pensamiento de Pascal y su obra; que sin duda alguna parece que encaja
perfectamente:
Pascal, prescindiendo de su aceptabilidad o no, ha dado al
cristianismo y a la filosofía un método suyo: el método “pascalino”, el
método del corazón, que parte de la vida para buscar las condiciones
reales de una vida cada vez más plena y más rica. Por eso se debe
también a Pascal una nueva concepción “totalmente pascalina” de la
naturaleza humana. Despojado de los elementos jansenísticos, que
no le son intrínsecos, y de algunas intemperancias polémicas
contingentes, Pascal es un maestro del pensamiento católico, una de
las grandes almas, que sólo la verdad cristiana sabe dar al mundo. Su
obra llega en un momento decisivo del pensamiento humano, cuando
la exigencia de las ideas claras y distintas intenta romper la armonía
con la fe, colocarse por encima de ella, y darle las espaldas a la
tradición. Pascal es el primer pensador cristiano que, consciente de
las exigencias del pensamiento moderno, se empeña en dar una
nueva síntesis de razón y de tradición, de fe y de ciencia. Por eso
creemos que los Pensées, la apología incompleta y fragmentaria, son,
del siglo XVII en adelante, la más eficaz de las apologías del
cristianismo.
En efecto, Pascal es un gran representante del pensamiento cristiano que
supo articular muy bien las diferentes dimensiones del ser humano
apuntando siempre a la verdad objetiva, sin prescindir de las diferentes
posturas de su tiempo, un tiempo donde el hombre estaba opacando su
capacidad de trascender a las verdades divinas.
3
Pascal B., Pensamientos, Biblioteca de iniciación filosófica, Argentina 1967, P. 68.
4
SCIACCA F., Pascal, Barcelona 1955, P. 253-254.
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