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KK 2

Elías Salvat, un relojero en una ciudad lluviosa, dedica su vida a reparar relojes y a la construcción de un dispositivo llamado El Regulador, con el deseo de manipular el tiempo y evitar la muerte de su esposa Clara en un accidente. Tras años de trabajo, logra viajar al pasado, pero se enfrenta a la paradoja de que cambiar ese evento podría destruir su propia existencia. Al final, Elías elige no alterar el pasado, comprendiendo que el tiempo no se detiene ni vuelve, y cierra su tienda, dejando un eco de su trabajo en el silencio de la noche.

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KK 2

Elías Salvat, un relojero en una ciudad lluviosa, dedica su vida a reparar relojes y a la construcción de un dispositivo llamado El Regulador, con el deseo de manipular el tiempo y evitar la muerte de su esposa Clara en un accidente. Tras años de trabajo, logra viajar al pasado, pero se enfrenta a la paradoja de que cambiar ese evento podría destruir su propia existencia. Al final, Elías elige no alterar el pasado, comprendiendo que el tiempo no se detiene ni vuelve, y cierra su tienda, dejando un eco de su trabajo en el silencio de la noche.

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Texto 2 — El relojero que intentó detener el tiempo

En una calle estrecha de una ciudad donde casi siempre llovía existía
una tienda tan pequeña que la mayoría de la gente pasaba frente a
ella sin verla. El escaparate estaba cubierto por un cristal antiguo,
ligeramente deformado por los años, y detrás de él descansaban
decenas de relojes de todas las épocas posibles. Había relojes de
bolsillo con grabados dorados, relojes de pared gigantescos, péndulos
que parecían sacados de un castillo y mecanismos tan diminutos que
apenas podían distinguirse desde fuera.

Sobre la puerta colgaba un cartel de hierro oxidado que decía:

“Relojería Salvat — Reparaciones Especiales”

Nadie recordaba exactamente cuándo había abierto.

Algunas personas aseguraban que llevaba allí cuarenta años.

Otras juraban que ya existía cuando sus abuelos eran niños.

Lo extraño era que el dueño parecía no envejecer demasiado.

Se llamaba Elías Salvat.

Era un hombre alto, extremadamente delgado, de barba corta y


cabello gris cuidadosamente peinado hacia atrás. Vestía casi siempre
igual: camisa blanca, chaleco oscuro, pantalones impecables y un
reloj de bolsillo sujeto con una fina cadena plateada.

Nunca sonreía demasiado.

Pero tampoco parecía antipático.

Simplemente era una persona tranquila.

Como alguien que llevaba demasiados años observando el mundo.

Cada mañana abría la tienda exactamente a las ocho.

Ni un minuto antes.

Ni un minuto después.

Quitaba el pestillo.

Limpiaba cuidadosamente el cristal del escaparate.

Preparaba una taza de té negro.

Y comenzaba a trabajar.

El sonido del lugar era hipnótico.


Clic.

Tac.

Tic.

Clic.

Centenares de pequeños mecanismos funcionando al mismo tiempo.

Un visitante podría haber pensado que aquello resultaría insoportable.

Pero curiosamente sucedía lo contrario.

El ruido producía calma.

Como si todos aquellos relojes respiraran juntos.

La mayoría de clientes acudían para reparar relojes familiares.

Recuerdos heredados.

Regalos antiguos.

Objetos sentimentales.

Elías rara vez hablaba demasiado.

Escuchaba.

Asentía.

Tomaba el reloj entre sus manos.

Y casi siempre decía la misma frase:

—Volverá a funcionar.

No importaba lo roto que pareciera.

Siempre lo arreglaba.

Una mujer llevó un reloj sumergido durante meses en agua salada.

Un hombre apareció con un mecanismo aplastado por un accidente


de coche.

Incluso un anciano entregó un reloj quemado tras un incendio.

Todos volvieron a funcionar.

Nadie entendía cómo.

Pero había algo todavía más extraño.

Algunas personas salían de la tienda con la sensación de haber


perdido la noción del tiempo.
Literalmente.

Creían haber estado dentro diez minutos.

Y resultaban ser tres horas.

O lo contrario.

Una vez un repartidor juró haber entrado a dejar un paquete durante


dos minutos.

Al salir era de noche.

Pensó que alguien le estaba gastando una broma.

Nunca regresó.

Pero nadie hablaba demasiado del tema.

Porque las cosas raras tienen una forma curiosa de integrarse en la


normalidad.

Y la ciudad estaba acostumbrada a rarezas pequeñas.

Lo que casi nadie sabía era que Elías tenía un taller oculto bajo la
tienda.

Se accedía mediante una trampilla situada detrás de un armario.

Una escalera estrecha descendía hasta una sala enorme imposible de


explicar por el tamaño del edificio.

El espacio parecía extenderse más allá de toda lógica arquitectónica.

Allí había miles de piezas.

Engranajes.

Herramientas antiguas.

Esferas suspendidas.

Relojes abiertos sobre mesas gigantes.

Y, en el centro exacto de la sala, una estructura metálica descomunal.

Un reloj imposible.

Tan grande como una habitación.

Nadie más lo había visto.

Porque nadie más conocía su existencia.

Elías lo llamaba:
El Regulador.

Llevaba cuarenta y tres años construyéndolo.

Cada noche trabajaba en él durante horas.

Ajustando engranajes.

Modificando tensiones.

Recalculando secuencias.

Nunca parecía satisfecho.

Siempre faltaba algo.

Siempre había un pequeño error.

Un desfase mínimo.

Pero suficiente para empezar de nuevo.

Sobre la pared principal había fotografías antiguas.

Muchas.

Demasiadas.

Todas mostraban a la misma mujer.

Clara.

Cabello oscuro.

Ojos grandes.

Una sonrisa tranquila.

En algunas imágenes aparecía junto a Elías.

Jóvenes.

Felices.

En estaciones de tren.

Parques.

Cafeterías.

Viajes.

Momentos ordinarios.

Momentos irrepetibles.

Elías observaba aquellas fotografías cada noche.


Siempre igual.

Sin llorar.

Sin decir nada.

Solo mirando.

Después volvía al Regulador.

Porque el reloj no era una obsesión científica.

Ni un experimento.

Era algo mucho más simple.

Y mucho más triste.

Clara había muerto hacía cuarenta y siete años.

Un accidente.

Un coche.

Lluvia intensa.

Un conductor distraído.

Treinta y dos años.

Eso era todo.

Treinta y dos años.

Una vida interrumpida en veinte segundos.

Elías tenía entonces treinta y cuatro.

Y desde aquel día nunca volvió a sentirse completamente dentro del


mundo.

No dejó de trabajar.

No dejó de comer.

No dejó de existir.

Pero empezó a vivir como alguien suspendido.

Como si parte de él hubiese quedado atrapada en aquel instante.

El funeral pasó.

La gente siguió adelante.

Los amigos desaparecieron lentamente.


El tiempo hizo lo que siempre hace.

Continuar.

Excepto para él.

Porque había una idea que no conseguía abandonar.

Una pregunta.

Una sola.

¿Y si el tiempo no era tan inamovible como todos creían?

Había estudiado relojería desde niño.

Física por su cuenta.

Matemáticas.

Libros extraños.

Teorías olvidadas.

Relatividad.

Percepción temporal.

Campos gravitatorios.

Todo.

Y cuanto más investigaba, más convencido estaba de algo:

El tiempo no era una línea.

Era una estructura.

Compleja.

Maleable.

Quizá imperfecta.

Y si era una estructura…

Tal vez podía manipularse.

Los primeros intentos fueron absurdos.

Experimentos caseros.

Pequeños fallos eléctricos.

Relojes alterados.

Nada real.
Pero una noche ocurrió algo.

Estaba reparando un viejo cronómetro ferroviario.

Hubo un corte eléctrico.

Una descarga.

Un sonido metálico extraño.

Y durante exactamente seis segundos…

Todo se detuvo.

Literalmente.

El vapor del té quedó suspendido.

La lluvia inmóvil.

Una mosca congelada en el aire.

Silencio absoluto.

Después el mundo continuó.

Como si nada hubiera pasado.

Elías permaneció quieto durante horas.

Sabía lo que había visto.

No estaba loco.

Algo había ocurrido.

Y desde entonces dedicó toda su vida a reproducirlo.

Décadas enteras.

Solo.

Trabajando.

Perdiendo amistades.

Renunciando a vacaciones.

Renunciando a prácticamente todo.

Hasta que finalmente construyó el Regulador.

O al menos una versión suficientemente estable.

La primera prueba importante ocurrió un martes de noviembre.

A las 02:14 de la madrugada.


Elías activó el sistema.

Los engranajes empezaron a moverse.

Una vibración atravesó el taller.

Las agujas giraron.

El aire pareció comprimirse.

Y entonces…

Silencio.

Todo se detuvo.

Otra vez.

Pero esta vez no fueron seis segundos.

Fueron veinte minutos.

Elías caminó lentamente por la ciudad inmóvil.

La lluvia suspendida.

Las personas congeladas.

Los coches detenidos.

El sonido ausente.

Era hermoso.

Y aterrador.

El tiempo no había desaparecido del todo.

Solo se había ralentizado hasta casi detenerse.

Él seguía moviéndose gracias al campo generado por el Regulador.

La primera emoción fue euforia.

La segunda culpa.

Porque aquello no era natural.

Sin embargo, siguió investigando.

Pequeñas pruebas.

Más tiempo detenido.

Más control.

Hasta que llegó la idea inevitable.


La verdadera razón de todo.

No quería detener el tiempo.

Quería volver atrás.

Solo una vez.

Solo unos minutos.

Solo el tiempo suficiente para evitar el accidente.

Nada más.

Eso se repetía constantemente.

“Nada más.”

Pero las obsesiones siempre empiezan con frases pequeñas.

El cálculo tardó años.

Necesitaba precisión absoluta.

Cambiar demasiado podía destruir cualquier estabilidad.

Modificar el pasado era impredecible.

Aun así lo intentó.

La noche elegida coincidía exactamente con el aniversario número


cuarenta y ocho del accidente.

Elías tenía ochenta y dos años.

Las manos ya temblaban un poco.

El cuerpo pesaba más.

La espalda dolía.

Pero seguía trabajando.

Aquella noche escribió una nota.

Breve.

“Si algo sale mal, espero que al menos haya valido la pena
intentarlo.”

Activó el Regulador.

Las luces vibraron.

Los engranajes rugieron.

El taller entero comenzó a resonar.


El aire se volvió denso.

Demasiado denso.

Los relojes de toda la tienda empezaron a girar hacia atrás.

Uno.

Dos.

Diez.

Cien.

Miles.

El ruido era insoportable.

Elías apenas podía mantenerse en pie.

Y entonces…

Oscuridad.

Cuando abrió los ojos estaba en una cafetería.

Lluvia golpeando las ventanas.

El olor a café recién hecho.

Un periódico sobre la mesa.

La fecha.

14 de octubre.

1978.

Su respiración se aceleró.

Las manos.

Jóvenes.

La piel.

Sin arrugas.

Se miró en el reflejo de una ventana.

Treinta y cuatro años.

Lo había conseguido.

Se levantó de golpe.

Conocía aquel día.


Conocía cada detalle.

El accidente ocurriría a las 19:26.

Tenía horas.

Solo necesitaba encontrar a Clara.

Solo eso.

Nada más.

La encontró saliendo del trabajo.

El mismo abrigo rojo.

La misma sonrisa.

Y el tiempo pareció romperse dentro de él.

Ella lo miró confundida.

—¿Elías?

Porque técnicamente ya existía un Elías en ese tiempo.

Pero aquello era demasiado complicado de explicar.

Él improvisó.

Dijo que necesitaba verla.

Urgentemente.

Ella aceptó.

Hablaron durante horas.

Él quería decirle todo.

Pero no podía.

¿Cómo explicas algo así?

Finalmente, cerca de la hora del accidente, tomó una decisión.

—No conduzcas hoy.

Ella lo miró extrañada.

—¿Qué?

—Por favor.

—¿Por qué?

—Solo confía en mí.


Clara rió suavemente.

—Estás raro.

—Por favor.

Ella lo observó.

Algo en su expresión cambió.

Quizás preocupación.

Quizás amor.

Finalmente asintió.

—Vale.

No conduciré.

Elías sintió un alivio tan intenso que casi lloró.

Lo había logrado.

Todo estaba arreglado.

Pensó.

Hasta que ocurrió algo.

Un sonido.

Un pitido agudo.

Como una alarma.

El mundo empezó a vibrar.

La cafetería tembló.

Las luces fallaron.

La gente se congeló.

Literalmente.

Como estatuas.

Clara también.

El aire parecía romperse.

Una grieta atravesó el espacio frente a él.

Y una voz mecánica resonó:

“Paradoja temporal crítica.”


Elías retrocedió horrorizado.

No entendía nada.

Las calles comenzaron a deformarse.

Los edificios parpadeaban.

Personas desaparecían.

Volvían.

El cielo parecía deshacerse.

Entonces lo comprendió.

Cambiar aquel momento no solo alteraba un accidente.

Alteraba toda su vida.

Y toda su vida había conducido al Regulador.

Si Clara no moría…

Él nunca construiría la máquina.

Si nunca construía la máquina…

Nunca podría viajar atrás.

La paradoja estaba destruyendo todo.

El mundo empezó a fragmentarse.

Clara volvió a moverse unos segundos.

Lo miró confundida.

—¿Qué está pasando?

Elías no respondió enseguida.

Solo la observó.

Por primera vez en casi cincuenta años.

De verdad.

No una foto.

No un recuerdo.

Ella.

Real.

Respirando.
Entonces entendió algo terrible.

Y profundamente humano.

No podía quedarse.

Porque quedarse significaba destruirlo todo.

Se acercó lentamente.

Le tocó la mano.

—Lo siento —dijo.

Ella frunció el ceño.

—¿Por qué?

Él sonrió apenas.

Una sonrisa cansada.

—Porque te he echado muchísimo de menos.

Clara parecía no entender.

Pero algo en sus ojos cambió.

Como si reconociera una tristeza imposible de explicar.

Elías se apartó.

Volvió hacia el punto de fractura.

El mundo ya casi no existía.

Edificios desapareciendo.

Sonidos distorsionados.

Tiempo roto.

Antes de entrar miró atrás una última vez.

Y dijo algo tan bajo que casi no se oyó.

—Gracias por haber existido.

Después cruzó.

Despertó en el taller.

El Regulador destruido.

Silencio.

Humo.
Oscuridad parcial.

Sus manos otra vez viejas.

El reloj de bolsillo roto.

No sabía si había funcionado realmente.

Quizás fue una alucinación.

Un sueño.

Hasta que vio algo.

En la pared.

Entre las fotografías antiguas.

Había una nueva imagen.

Una que jamás había estado allí.

Él y Clara sentados en una cafetería.

Lluvia en la ventana.

Ella sonriendo.

Él también.

La fecha escrita detrás:

14 de octubre de 1978.

No recordaba haber tomado aquella foto.

Nunca existió.

O tal vez sí.

Elías se sentó lentamente.

Observó la imagen durante horas.

Y por primera vez en décadas no bajó al taller.

No reparó relojes.

No hizo cálculos.

No intentó arreglar el Regulador.

Solo se quedó sentado.

En silencio.

Entendiendo algo simple.


El tiempo no se detiene.

No vuelve.

No espera.

Y quizá precisamente por eso las cosas importan tanto.

Porque terminan.

Meses después cerró la tienda.

Sin explicaciones.

Un cartel pequeño apareció en la puerta:

“Hora de descansar.”

Nadie volvió a verlo.

Algunos dijeron que se mudó al campo.

Otros que murió.

Otros que simplemente desapareció.

Pero décadas después, quienes pasaban por aquella calle lluviosa


aseguraban escuchar algo extraño por las noches.

Un sonido suave.

Casi imperceptible.

Tic.

Tac.

Tic.

Como si algún reloj muy antiguo siguiera funcionando en algún lugar


imposible.

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