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Problemática 21 - 05 - 2026

El documento aborda la problemática de la desigualdad territorial en los sectores informales de Bogotá, vinculándola a condiciones estructurales del capitalismo periférico latinoamericano. Se argumenta que la exclusión del mercado formal de vivienda y la debilidad del Estado perpetúan esta desigualdad, resultando en asentamientos informales con déficit de infraestructura y servicios. Se concluye que las intervenciones urbanísticas deben abordar las condiciones estructurales que generan esta desigualdad, en lugar de limitarse a soluciones puntuales.
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Problemática 21 - 05 - 2026

El documento aborda la problemática de la desigualdad territorial en los sectores informales de Bogotá, vinculándola a condiciones estructurales del capitalismo periférico latinoamericano. Se argumenta que la exclusión del mercado formal de vivienda y la debilidad del Estado perpetúan esta desigualdad, resultando en asentamientos informales con déficit de infraestructura y servicios. Se concluye que las intervenciones urbanísticas deben abordar las condiciones estructurales que generan esta desigualdad, en lugar de limitarse a soluciones puntuales.
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Seminario Trabajo De Grado

Presentado por:

Karol Tatiana Marin Cepeda

Constanza Ordoñez Torres

Pontificia Universidad Javeriana

Facultad de Arquitectura y Diseño

Abril 2026
Tabla Contenido

Imagen Referencia..........................................................................................................................3

Problemática..................................................................................................................................4

Problema........................................................................................................................................4

Descripción.....................................................................................................................................4

Pregunta articuladora...................................................................................................................16

Justificación..................................................................................................................................17

Objetivo General...........................................................................................................................17

Objetivos Específicos....................................................................................................................17

Marco Teórico..............................................................................................................................18

Bibliografía Conceptual.................................................................................................................28

Bibliografía del lugar.....................................................................................................................29


1. Imagen Referencia
2. Problemática

El déficit cualitativo y cuantitativo de la vivienda

3. Problema

La desigualdad territorial de sectores informales en Bogotá

4. Descripción

La desigualdad territorial en los sectores informales de Bogotá no constituye un fenómeno

aislado ni una anomalía del sistema urbano, sino la expresión espacial de condiciones estructurales

profundas vinculadas al capitalismo periférico latinoamericano. Como señala Jaramillo González (2008),

"la estructura social de las ciudades latinoamericanas presenta ciertas peculiaridades —originadas en

determinantes generales como son las modalidades de acumulación, su lugar en el sistema global de

división del trabajo— y el mercado del suelo las traduce como una manifestación en el espacio" (p. 13).

Desde esta perspectiva, la segregación socioespacial que caracteriza a Bogotá no responde a un mal

funcionamiento del mercado, sino precisamente a su operación en un contexto de acumulación

desigual: los resultados físicos y territoriales que se observan en los asentamientos informales son el

producto directo de esta lógica estructural.

Uno de los factores determinantes en la producción de esta desigualdad territorial es la

exclusión estructural de amplios sectores de la población del mercado formal de vivienda. Jaramillo

González (2008) explica que "una porción amplia de la población tiene niveles absolutos de ingreso muy

bajos, lo cual los excluye de la demanda solvente de muchos bienes y servicios producidos de manera

capitalista" (p. 15), entre ellos la vivienda. Esta exclusión no es circunstancial: está sostenida por un

régimen de salarios bajos que ha sido históricamente utilizado como estrategia de competitividad en las

economías periféricas latinoamericanas, y que se traduce, en el territorio, en la imposibilidad de acceder


a suelo urbanizado con condiciones adecuadas de infraestructura, espacio público y conectividad. El

resultado es la consolidación de vastas áreas de la ciudad donde, como describe el mismo autor en su

obra posterior, "los niveles de equipamiento son muy dispares" y los barrios populares "a menudo

carecen de la infraestructura más básica", en contraste con los vecindarios de grupos privilegiados,

"comparables con su contraparte en los países más ricos" (Jaramillo González, 2021, p. 13).

A esta precariedad de origen se suma la ausencia prolongada de infraestructura urbana.

Jaramillo González (2008) advierte que la urbanización informal conduce a "decisiones con respecto a la

provisión de infraestructura y de configuración espacial urbana muy indeseables: privación durante

períodos a veces muy largos de valores de uso indispensables, exposición a riesgos de accidentes de los

ocupantes, localizaciones que hacen muy costoso el equipamiento, y la provisión a posteriori de estos

valores de uso, que normalmente resulta muchísimo más costosa que si se hiciera de manera previa y

planificada" (p. 33). Este punto es fundamental desde una perspectiva arquitectónica y urbanística: la

desigualdad del territorio informal no se expresa únicamente en la precariedad de las viviendas

individuales, sino en la ausencia o déficit estructural de los sistemas colectivos como las vías, redes de

servicios, espacio público, equipamientos que hacen posible la vida urbana. La corrección de estas

carencias implica intervenciones mucho más costosas y técnicamente complejas que si hubieran sido

planificadas desde el inicio, lo que perpetúa la brecha entre estos territorios y el resto de la ciudad.

Un agente clave en la reproducción de esta desigualdad es el urbanizador pirata, que Jaramillo

González (2008) caracteriza como "un agente capitalista, en el sentido de que opera fundamentalmente

para acumular dinero" (p. 39), cuya fuente de ganancias es la captura de los incrementos en el precio del

suelo periférico. Este agente vende terrenos sin infraestructura adecuada a precios que, aunque

moderados en términos absolutos, resultan elevados para los compradores pobres. Más aún, cuando

existe la expectativa consolidada de que el Estado legalizará posteriormente el asentamiento, el


urbanizador pirata "anticipa estas sumas en el precio de venta", cobrando al poblador "por anticipado el

derecho a percibir el subsidio que se sabe que el Estado le va a otorgar" (p. 45). De esta manera, una

parte significativa de los recursos públicos destinados a mejorar las condiciones de los más pobres

termina transfiriéndose a estos agentes capitalistas informales, sin que las condiciones físicas del

territorio mejoren sustancialmente.

Esta dinámica se ve agravada por la debilidad histórica del Estado para intervenir en el mercado

de suelo y vivienda en favor de los sectores de menores ingresos. Jaramillo González (2008) señala que

los programas estatales de vivienda social, aunque tuvieron un impacto notable en las grandes ciudades

latinoamericanas, "favorecieron de manera preferencial a sectores populares, pero que en primer lugar

no eran los más pobres, y en segundo lugar que tenían articulaciones laborales formales" (p. 26),

dejando por fuera a los grupos más vulnerables. La limitación de los recursos fiscales, característica del

capitalismo periférico, impidió que el Estado pudiera responder a la magnitud de la demanda

habitacional generada por la acelerada urbanización de la segunda mitad del siglo XX, abriendo el

espacio para la consolidación masiva de la informalidad como modo de producción del hábitat popular.

Finalmente, Jaramillo González (2021) propone entender todo este conjunto de fenómenos bajo

el concepto de heterogeneidad estructural: la coexistencia, en las ciudades latinoamericanas, de formas

de producción capitalistas y no capitalistas que no están simplemente superpuestas, sino "entrelazadas

de tal manera que forman parte de una estructura" (p. 16). La informalidad urbana, con toda su

expresión territorial como asentamientos precarios, déficits de infraestructura, segregación

socioespacial, ausencia de espacio público, no es un residuo del pasado ni un fallo del mercado: es una

forma de producción que el sistema genera de manera estructural y sistemática. Comprender la

desigualdad territorial de los sectores informales de Bogotá desde esta perspectiva implica reconocer

que las intervenciones arquitectónicas y urbanísticas sobre estos territorios no pueden limitarse a
acciones puntuales sobre la vivienda individual, sino que deben abordar las condiciones estructurales

físicas, espaciales y de infraestructura que reproducen y profundizan esa desigualdad en el territorio.

Inicialmente, se enmarca un proceso más amplio de urbanización acelerada en Colombia, donde

las grandes ciudades han alcanzado niveles superiores al 90% de población urbana, consolidando una

fuerte concentración poblacional en áreas urbanas (DANE, 2021). Asimismo, entre los periodos

intercensales recientes, el número de viviendas en zonas urbanas aumentó en más de 100.000 unidades,

mientras que en zonas rurales el incremento fue inferior a 30.000, evidenciando una presión significativa

sobre el suelo urbano, solo en Bogotá existió un aumento de la vivienda de 2.395.045 de 1973 a 2018

mientras que en el suelo rural en el mismo periodo fue de 9.897 (DANE, 2021), una diferencia que

justifica aún más los procesos de urbanización informal, en Bogotá.

Por otra parte, como señala Sulma Marcela Cuervo Ramírez, Alisson Flávio Barbieri, José

Irineu Rangel Rigotti en su artículo la migración interna en Colombia, desde mediados del siglo XX,

factores estructurales económicos y políticos intensificaron el desplazamiento forzado y las migraciones

masivas de población campesina, procesos que difícilmente pueden entenderse como decisiones

voluntarias por lo que las áreas metropolitanas, como Bogotá, actúan como principales polos de

recepción, concentrando población proveniente de territorios rurales y municipios intermedios, lo que

incrementa la presión sobre el suelo urbano y favorece la ocupación de zonas periféricas de manera

informal.
La desigualdad territorial en los sectores informales de Bogotá encuentra una explicación

complementaria en el análisis que Pedro Abramo (2012) desarrolla sobre la producción de la estructura

urbana en las grandes metrópolis latinoamericanas. Abramo parte de identificar que en estas ciudades

no opera una sola lógica de coordinación social del espacio, sino tres simultáneas: "la del mercado y la

del Estado; pero también de una tercera: la lógica de la necesidad. Esta última movió (y continúa

haciéndolo) un conjunto de acciones individuales y colectivas que promovieron la producción de las

'ciudades populares', con su habitual ciclo ocupación/autoconstrucción/auto urbanización y, finalmente,

consolidación de los asentamientos populares informales" (p. 36). Esta lógica de la necesidad es

precisamente la que explica, desde una perspectiva urbanística, por qué los sectores populares

producen territorio bajo condiciones de precariedad estructural: no es una elección cultural, sino la

única respuesta posible ante la exclusión del mercado formal y la insuficiencia del Estado.

En el caso específico de Bogotá, Abramo (2012) señala que la ciudad entendido como un todo es

un ejemplo único en América Latina, donde "prácticamente toda la ciudad popular tiene su origen en la

venta informal de suelo urbano ('urbanización pirata')", de modo que "el acceso de los sectores

populares a un lote urbano es operado por el mecanismo del mercado informal de suelo" (p. 39). Esta

particularidad tiene consecuencias directas sobre la forma urbana y las condiciones físicas del territorio:

los asentamientos que emergen de este proceso carecen desde su origen de los estándares urbanísticos

mínimos, pues el mercado informal opera precisamente al margen del "derecho urbanístico, del derecho

económico y comercial, del derecho de propiedad y de los otros derechos civiles que regulan el uso y la

propiedad del suelo urbano" (p. 41). El resultado es un territorio marcado por irregularidades

simultáneas: urbanística, constructiva y de propiedad, lo que impide la provisión adecuada de

infraestructura, espacio público y equipamientos colectivos. Revisar con la profe – centro escritura
El concepto central que Abramo (2012) propone para comprender esta realidad es el de la

ciudad "com-fusa": una estructura urbana particular de las grandes metrópolis latinoamericanas que

"produce simultáneamente una estructura urbana compacta y difusa" (p. 37), resultado del

funcionamiento paralelo del mercado formal e informal del suelo. En la dimensión informal, esta

estructura com-fusa se expresa en la coexistencia de asentamientos densamente compactados en áreas

consolidadas —donde la especulación del suelo informal genera una densificación progresiva— y de

nuevas ocupaciones dispersas en la periferia, que siguen reproduciendo el ciclo de precariedad. Esta

dinámica, lejos de corregirse espontáneamente, genera lo que el autor denomina "un círculo perverso,

donde la compactación alimenta la difusión y esta fomenta la compactación" (p. 37), produciendo una

forma urbana que "dificulta la elaboración de políticas urbanas más equitativas en términos

socioespaciales" (p. 37).

La existencia del mercado informal de suelo, explica Abramo (2012), responde a una "legislación

urbanística modernista que dialoga con los estratos de renta elevada de las ciudades latinoamericanas",

la cual "produjo una verdadera barrera institucional a la provisión de vivienda para los sectores

populares e indujo a la acción irregular y/o clandestina de loteadores y a procesos de ocupación popular

de parcelas urbanas y periurbanas" (p. 39). En otras palabras, la normativa urbana diseñada para la

ciudad formal excluye estructuralmente a los sectores de menores ingresos, empujándolos hacia la

informalidad como única vía de acceso al suelo. Esta exclusión normativa, combinada con la insuficiencia

del Estado de bienestar fordista que "atendía particularmente a una porción limitada de la población de

las ciudades" (p. 38) configuró el patrón de desigualdad territorial que hoy caracteriza a Bogotá y a las

grandes ciudades latinoamericanas.

Lo que hace especialmente valioso el aporte de Abramo para una lectura arquitectónica y

urbanística del problema es su énfasis en que esta desigualdad no es solo socioeconómica, sino
fundamentalmente espacial y morfológica. La ciudad com-fusa produce "demandas de equipamientos y

servicios con señalizaciones espaciales diversas" (p. 37) que son difíciles de atender con políticas

urbanas convencionales, precisamente porque la forma del territorio informal no responde a ninguno de

los modelos urbanos sobre los que se diseñan dichas políticas. Intervenir arquitectónica y

urbanísticamente sobre estos territorios exige, por tanto, reconocer su lógica propia de producción del

espacio y las condiciones estructurales que la generan.

Si Jaramillo González explica por qué se produce estructuralmente la desigualdad territorial y

Abramo describe cómo el mercado informal configura una forma urbana particular, Jordi Borja aporta la

dimensión que conecta directamente con la justificación arquitectónica del problema: la desigualdad

territorial es, ante todo, una crisis del espacio público y de la ciudadanía. Para Borja (2003), "la

responsabilidad principal del urbanismo es producir espacio público, espacio funcional polivalente que

relacione todo con todo, que ordene las relaciones entre los elementos construidos y las múltiples

formas de movilidad y de permanencia de las personas. Espacio público cualificado culturalmente para

proporcionar continuidades y referencias, hitos urbanos y entornos protectores, cuya fuerza significante

trascienda sus funciones aparentes" (p. 29). Desde esta perspectiva, la ausencia o precariedad del

espacio público en los territorios informales de Bogotá no es un déficit secundario o estético: es la

expresión más directa del fracaso urbanístico y de la negación de ciudadanía a sus habitantes.

Borja (2003) identifica con precisión el proceso que produce esta situación: "el proceso de

metropolización difusa fragmenta la ciudad en zonas in y zonas out, se acentúa la zonificación funcional

y la segregación social. La ciudad se disuelve y pierde su capacidad integradora y la ciudad como sistema

de espacios públicos se debilita, tiende a privatizarse. Los centros comerciales sustituyen a las calles y a

las plazas. Las áreas residenciales socialmente homogéneas se convierten en cotos cerrados, los sectores

medios y altos se protegen mediante policías privados. Los flujos predominan sobre los lugares. Y los
servicios privados, sobre los públicos" (p. 205). Este diagnóstico es perfectamente aplicable a la realidad

de Bogotá, donde la expansión periférica informal ha producido territorios que quedan

sistemáticamente fuera de los circuitos de inversión pública en espacio público y equipamientos,

consolidando una ciudad fragmentada donde la calidad del entorno urbano varía radicalmente según el

estrato socioeconómico del territorio.

La consecuencia más grave de esta fragmentación, para Borja, no es solo física sino política y

social: es la producción de lo que denomina "territorios de exclusión", que define como "aquellos que

expresan el fracaso de la ciudad, la no ciudad" (p. 221). Los asentamientos informales periféricos de

Bogotá encajan exactamente en esta categoría: son territorios donde la precariedad del espacio público,

la ausencia de equipamientos y los déficits de infraestructura no solo expresan desigualdad material,

sino que niegan a sus habitantes las condiciones mínimas para ejercer la ciudadanía. Como señala el

autor, "ser ciudadano es sentirse integrado física y simbólicamente en la ciudad como ente material y

como sistema relacional, no sólo en lo funcional y en lo económico, no sólo legalmente. Se es ciudadano

si los otros te ven y te reconocen como ciudadano" (p. 28). En los territorios informales, donde el

espacio público es precario o inexistente, esta integración simbólica y física es imposible: la forma del

territorio produce, por sí misma, exclusión.

Borja (2003) introduce además un concepto fundamental para comprender por qué la

intervención arquitectónica sobre estos territorios es urgente e irrenunciable: la "agorafobia urbana",

que define como "el resultado de la imposición de un modelo económico y social que se traduce en una

forma esterilizada de hacer la ciudad visible donde sea rentable e ignorando u olvidando al resto" (p.

212). Esta agorafobia, señala el autor, "es una enfermedad de clase, ya que sólo se pueden refugiar en el

espacio privado las clases altas. A los que viven la ciudad como una oportunidad de supervivencia no les

queda opción. Los pobres muchas veces son las principales víctimas de la violencia urbana, pero no
pueden permitirse prescindir del espacio público. Aunque se refugien en sus propios guetos, necesitan

salir de él para sobrevivir. Deben vivir también en el espacio público y hasta cierto punto de él, pero la

pobreza del espacio público los hace aún más pobres. Por el contrario, la calidad de este espacio

contribuye a la justicia urbana" (p. 212). Mejorar las condiciones físicas del espacio público en los

territorios informales no es un lujo urbanístico, sino una condición necesaria para la justicia urbana y

para romper el círculo que reproduce la desigualdad.

Finalmente, Borja (2003) establece con claridad la relación entre la forma física del territorio y

las condiciones sociales de sus habitantes, señalando que la ciudad emergente, "de bajas densidades y

altas segregaciones, territorialmente despilfarradora, poco sostenible, y social y culturalmente

dominada por tendencias perversas de guetización y dualización o exclusión", produce un "territorio que

no se organiza en redes sustentadas por centralidades urbanas potentes e integradoras, sino que se

fragmenta por funciones especializadas y por jerarquías sociales" (p. 30). En los asentamientos

informales de Bogotá, esta ausencia de centralidades, de redes y de jerarquías urbanas integradoras es

precisamente lo que define su condición de desigualdad: son territorios sin estructura urbana

reconocible, donde la forma física del entorno refuerza y perpetúa las brechas sociales existentes.

Intervenir arquitectónicamente sobre esta condición implica, en términos de Borja, "hacer ciudad"

donde hoy solo existe periferia.

Por otro lado, Turner (1977) sostiene que el déficit habitacional —tanto cuantitativo como

cualitativo— no es un fenómeno natural ni el simple resultado de la escasez de recursos, sino una

consecuencia directa del modelo mediante el cual se produce y administra la vivienda. Su argumento

central es que los sistemas centralizados de provisión habitacional generan estructuralmente tres

consecuencias simultáneas que explican la persistencia y profundización del déficit: la destrucción de


recursos locales, la producción de desajustes entre oferta y demanda real, y la generación de

deseconomías que hacen inviable el sostenimiento de lo construido (pp. 53-65).

El primer mecanismo opera sobre los recursos. Turner demuestra que la mayor parte de los

recursos disponibles para la producción de vivienda como la imaginación, iniciativa, trabajo, ahorro,

conocimiento del territorio son de naturaleza local y personal, y solo pueden ser movilizados

eficazmente por los propios habitantes. Cuando el Estado asume directamente la producción de

vivienda mediante grandes organizaciones, estos recursos no desaparecen, pero quedan inhibidos o son

sistemáticamente ignorados. En su lugar, el sistema centralizado recurre a recursos no renovables —

capital, combustible fósil, tecnología importada— cuyo costo es proporcionalmente mucho más alto y

cuya disponibilidad es limitada. El resultado es que se produce menos vivienda de lo que sería posible, y

a un costo que la mayoría de los destinatarios no puede sostener (pp. 65-67, 97-99).

El segundo mecanismo es el desajuste estructural entre la vivienda producida

institucionalmente y las necesidades reales de los usuarios. Turner señala que las organizaciones

centrales, para operar económicamente, están obligadas a normalizar tanto sus procedimientos como

sus productos, generando vivienda en serie que responde a una demanda estadísticamente supuesta

pero no a las prioridades concretas y variables de cada familia (pp. 55-57). Las previsiones sobre

demanda futura de vivienda fallan sistemáticamente porque parten del supuesto erróneo de que todos

los hogares destinarán una proporción fija de sus ingresos al alojamiento, ignorando que las prioridades

de las familias (especialmente las de menores ingresos varían enormemente según su situación

específica: acceso al trabajo, composición familiar, perspectivas de movilidad, seguridad de tenencia

(pp. 55-56). Este desajuste no es corregible dentro del sistema centralizado, pues su corrección

requeriría precisamente el nivel de diversidad y flexibilidad que las grandes organizaciones son

estructuralmente incapaces de ofrecer (pp. 57-60).


El tercer mecanismo es el de las deseconomías materiales y disfunciones sociales que los

propios sistemas centralizados producen. Turner documenta cómo los grandes conjuntos de vivienda

pública —tanto en países ricos como en países en desarrollo— generan costos de administración y

mantenimiento que superan la capacidad de pago de sus ocupantes, aceleran el deterioro físico de lo

construido y producen condiciones de alienación que destruyen la disposición de los habitantes a cuidar

y mejorar su entorno (pp. 61-64). Esto significa que el déficit cualitativo no preexiste a la intervención

estatal, sino que en muchos casos es producido por ella: la vivienda construida institucionalmente

envejece y se deteriora más rápido que la producida y administrada localmente, precisamente porque

carece del cuidado continuo que solo el control directo del usuario puede garantizar (pp. 63-64).

La conclusión de Turner es que el déficit habitacional en ciudades con urbanización acelerada no

se explica por la ausencia de intervención estatal, sino por el tipo de intervención que predomina.

Mientras los sistemas centralizados consumen los recursos de capital disponibles produciendo vivienda

inadecuada a costos insostenibles, los sectores populares que construyen por sus propios medios

demuestran que con recursos renovables —trabajo, ingenio, organización local— es posible producir

más vivienda, más adecuada y más durable. La desigualdad en el acceso a la vivienda se profundiza,

entonces, porque el modelo institucional vigente no solo no resuelve el déficit sino que activamente

destruye los mecanismos que podrían reducirlo (pp. 97-102).

Si Jaramillo González explica la génesis estructural de la desigualdad, Abramo describe la forma

urbana que produce el mercado informal, y Borja evidencia cómo esa desigualdad niega ciudadanía a

través del espacio público, Turner cierra el argumento desde la escala de la vivienda misma: el déficit

cualitativo no se genera únicamente por la ausencia del Estado o por las lógicas del mercado, sino

también por los modelos de producción habitacional que, al centralizar las decisiones y negar el control
de los habitantes sobre su propio hábitat, destruyen los recursos locales que hacen posible una vivienda

verdaderamente adecuada.

Las causas estructurales que Jaramillo González, Abramo, Borja, Santos y Turner identifican en la

producción de la desigualdad territorial no son abstracciones teóricas: en Bogotá tienen una expresión

concreta, medible y acumulada a lo largo de décadas. Comprender por qué la ciudad presenta hoy los

niveles de precariedad habitacional e inequidad territorial que presenta exige rastrear el

encadenamiento entre los procesos que la generaron y las condiciones físicas y económicas que

produjeron.

El punto de partida es demográfico. Desde mediados del siglo XX, Bogotá actuó como principal

polo de recepción de una migración masiva que no respondió a decisiones voluntarias de movilidad, sino

a factores estructurales económicos y políticos que intensificaron el desplazamiento forzado y las

migraciones de población campesina desde territorios rurales y municipios intermedios (Cuervo

Ramírez, Barbieri y Rangel Rigotti, 2018). Esta presión poblacional sostenida sobre una ciudad que no

contaba con suelo urbanizado accesible para los sectores de menores ingresos es precisamente el

mecanismo que Jaramillo González (2008) describe: la exclusión del mercado formal de vivienda empuja

a amplios sectores hacia la ocupación periférica como única vía de acceso al territorio urbano. El

resultado territorial de este proceso es verificable: entre 1989 y 2010 el área urbanizada de Bogotá

creció en más de 7.000 hectáreas, pasando de 32.123 a 39.723 hectáreas, mientras la población lo hacía

a tasas superiores al 2% anual (Atlas of Urban Expansion, 2010).


Figura 2. Extensión Urbana de 1989

Tabla 3. Extensión Urbana de 2001


Tabla 4.

Extensión Urbana de 2010

Esta expansión no fue planificada ni dotada de infraestructura desde el inicio, sino producida en

gran medida por los mecanismos que Abramo (2012) describe: la lógica de la necesidad, el mercado

informal de suelo y el ciclo ocupación-autoconstrucción-auto urbanización. Como consecuencia directa

de ese patrón de crecimiento, entre 1985 y 2014 se perdió aproximadamente el 58% de las superficies

forestales del territorio, resultado de una urbanización que avanzó sobre áreas ambientalmente frágiles

— laderas, rondas hídricas, bordes de protección — precisamente porque eran los únicos suelos

disponibles para quienes no podían acceder al mercado formal (Atlas of Urban Expansion, 2010).

Esta expansión produjo un tejido urbano cuya complejidad no puede explicarse únicamente por

decisiones macroeconómicas o grandes inversiones de capital: responde también a la interacción

constante entre políticas públicas, capital privado y prácticas cotidianas de ocupación del territorio,

donde acciones individuales a pequeña escala fueron modificando el espacio de manera acumulada,

complejizando la producción urbana y profundizando las desigualdades territoriales (Sabatini y Brain,

2008).
Las condiciones que ese proceso de urbanización generó se expresan hoy en dos dimensiones

que se refuerzan mutuamente: el déficit habitacional y el déficit de espacio urbano colectivo. Respecto

al primero, el Censo Nacional de Población y Vivienda de 2018 registró en Bogotá 256.633 hogares en

situación de déficit cualitativo de vivienda, correspondientes al 10,21% del total de hogares, y 96.947

hogares en déficit cuantitativo, que representan el 3,86% (Secretaría Distrital del Hábitat, 2024).
Tabla 1. Número de viviendas censadas según área geográfica (cabecera / centros poblados y rural disperso) en capitales del país. 1973 – 2018

Dentro del déficit cualitativo, la carencia más extendida es el hacinamiento mitigable, que afecta

a 201.677 hogares urbanos, seguido por el déficit en acceso a alcantarillado con 55.709 hogares, el

espacio inadecuado para cocina con 17.155 hogares y la falta de acceso a recolección de basuras con

13.692 hogares (Secretaría Distrital del Hábitat, 2024). Estos datos confirman empíricamente lo que

Turner (1977) plantea: el déficit no se expresa solo como ausencia de unidades habitacionales, sino

como una condición de precariedad cualitativa profunda que afecta la vida cotidiana de los habitantes y

que no puede resolverse con la simple producción masiva de vivienda nueva.

Respecto al déficit de espacio urbano colectivo, los datos son igualmente contundentes. El

Decreto Distrital 215 de 2005, que adoptó el Plan Maestro de Espacio Público, estableció como meta 6

m²/habitante de espacio público efectivo para Bogotá. Sin embargo, para 2021 la ciudad contaba apenas

con 4,6 m²/habitante, dejando un déficit de 1,4 m² frente a esa meta y de casi 10 m² frente al estándar

internacional recomendado (Secretaría Distrital del Hábitat, 2024). De las 19 localidades urbanas,

catorce registran un indicador de espacio público efectivo inferior al estándar del Plan Maestro, con

casos como Los Mártires, que no alcanza ni siquiera un tercio del mínimo decretado (Secretaría Distrital

del Hábitat, 2024). De manera especialmente significativa, al relacionar por localidades el espacio

público efectivo y el porcentaje de área urbana de origen informal, la Secretaría Distrital del Hábitat

(2024) identifica una relación decreciente clara: a mayor área urbana de origen informal, menor es el

indicador de espacio público efectivo. Este dato es la prueba empírica más directa de lo que Borja (2003)

plantea teóricamente: la desigualdad en el espacio público no es un accidente, sino el resultado

estructural de cómo se produjo el territorio, y en los barrios donde la gente más lo necesita es

precisamente donde menos existe.

A esto se suma que las mayores inequidades en accesibilidad a equipamientos sociales se

concentran en las periferias de la ciudad, particularmente en los bordes sur y occidente, según lo
evidencia el Índice Integrado de Priorización por Manzanas (IIPM), que evalúa la accesibilidad a

equipamientos a escala de manzana (Secretaría Distrital del Hábitat, 2024). Adicionalmente, el

diagnóstico de la ciudad a escala vecinal muestra que la mayor parte del territorio urbano cuenta con

menos de 3 m² de parques disponibles en el entorno inmediato de las viviendas, condición que se

presenta como crítica en los bordes sur y occidente, donde se concentra la población con mayores

condiciones de vulnerabilidad (Secretaría Distrital del Hábitat, 2024). Y más allá de la cantidad, la calidad

también es deficiente: según la Encuesta Bienal de Culturas de 2019, casi la mitad de los bogotanos

afirma que en el parque cercano se presentan riñas o que los espacios públicos no son seguros, y solo el

33% considera que los parques y espacios públicos cercanos están bien equipados (Alcaldía Mayor de

Bogotá, 2019, citada en Secretaría Distrital del Hábitat, 2024). Esta percepción generalizada de

inseguridad y deterioro es, en términos de Borja (2003), la expresión más cotidiana de la agorafobia

urbana: la condición en que el espacio público deja de ser un recurso colectivo y se convierte en un

factor adicional de exclusión para quienes no tienen otra opción que habitarlo.

En cuanto a la dimensión económica de la desigualdad territorial, en 2024 el 76,7% de los

micronegocios en Bogotá operaban en condiciones de informalidad, de los cuales el 46,4% corresponde

a economías de subsistencia donde el 37,7% no alcanza a generar un salario mínimo mensual y cuya

principal motivación declarada es la falta de alternativas laborales formales (Secretaría Distrital de

Desarrollo Económico, 2024). Estos datos son la expresión empírica exacta del circuito inferior de la

economía urbana que Santos (1979) describe: no una anomalía ni una falla puntual del sistema, sino el

mecanismo estructural mediante el cual amplios sectores de la población garantizan su reproducción

cotidiana ante la exclusión del circuito formal. La informalidad habitacional y la informalidad económica

no son fenómenos paralelos: se producen en el mismo territorio, responden a las mismas causas

estructurales y se refuerzan mutuamente, consolidando un ciclo que reproduce la desigualdad de

manera intergeneracional.
Tabla 5. Concentración de trabajadores no es proporcional respecto a las zonas de residencia. La republica.

En conjunto, estos datos no describen realidades separadas sino dimensiones articuladas de un

mismo proceso: la migración masiva generó presión sobre el suelo, esa presión se resolvió mediante la

informalidad porque el mercado formal y el Estado no respondieron a su escala, y esa informalidad

produjo un territorio con déficit habitacional cualitativo y cuantitativo, sin espacio público adecuado, sin

equipamientos suficientes y sin integración efectiva a las redes económicas formales. Como señala

Turner (1977), cuando los habitantes no tienen control sobre las decisiones fundamentales de su hábitat

y los sistemas de provisión centralizada no responden a sus necesidades reales, los recursos locales que

podrían sostener una producción habitacional adecuada quedan inhibidos y el déficit se profundiza en

lugar de resolverse (pp. 65-67). La desigualdad territorial en los sectores informales de Bogotá no es, por

tanto, una condición heredada ni un accidente histórico: es el producto verificable de los mecanismos

estructurales que la teoría describe, y su persistencia confirma que ninguna intervención puntual sobre

la vivienda individual será suficiente si no aborda simultáneamente las condiciones colectivas del

entorno que la reproducen.


Tabla 3. Extensión Urbana de 2001
Tabla 4. Extensión Urbana de 2010

5. Pregunta articuladora

¿Cómo puede una intervención arquitectónica de vivienda informal en Bogotá, contribuir a

mejorar las condiciones de habitabilidad y reducir la desigualdad territorial?

6. Justificación

La elección de la desigualdad territorial en sectores informales en Bogotá como tema de

investigación surge no solo de un interés académico, sino de una experiencia personal, ya que gran

parte de mi vida he habitado barrios populares y de origen informal, lo que me ha permitido reconocer

de manera directa las condiciones de desigualdad, precariedad y limitaciones en el acceso a una

vivienda digna y a oportunidades urbanas. Desde esta vivencia, y en coherencia con el compromiso con

la justicia social, la formación integral y la transformación de la realidad que promueve la Pontificia

Universidad Javeriana, este trabajo asume la arquitectura como una herramienta crítica capaz de incidir

en la construcción de territorios más equitativos, entendiendo que intervenir en estos contextos no es


solo un ejercicio proyectual, sino una responsabilidad ética frente a las realidades que configuran la

ciudad.

7. Objetivo General

Evaluar de qué manera un Sistema de Vivienda Modular Progresiva en Ladera puede contribuir a

mejorar las condiciones de habitabilidad y reducir la desigualdad territorial en sectores informales

periféricos de Bogotá, proyectando su impacto en un horizonte de 60 años.

8. Objetivos Específicos

 Caracterizar las condiciones de desigualdad territorial y habitabilidad en los sectores

informales periféricos de Bogotá, identificando los principales déficits físicos, espaciales y de

acceso a servicios urbanos que determinan la producción informal del hábitat.

 Identificar referentes teóricos y proyectuales de intervención arquitectónica en vivienda

informal en América Latina que hayan demostrado mejoras en las condiciones de

habitabilidad y reducción de la desigualdad territorial en contextos similares al de

intervención.

 Formular un Sistema de Vivienda Modular Progresiva en Ladera que responda a las

condiciones de habitabilidad identificadas, sea adaptable al crecimiento progresivo de las

familias y aporte a la reducción de la desigualdad territorial en el sector de intervención a lo

largo del tiempo.


Marco Teórico

Definición de conceptos

 Desigualdad territorial

 Vivienda Informal

 Habitabilidad

Desde la perspectiva de David Harvey, el espacio urbano no constituye un escenario neutro ni

un simple soporte físico para el desarrollo de la vida social, sino una producción histórica vinculada a

dinámicas económicas y relaciones de poder plantea que la urbanización opera como un mecanismo de

absorción de excedentes de capital, lo que significa que el crecimiento de las ciudades responde, en

gran medida, a las necesidades de acumulación del sistema económico donde el suelo urbano adquiere

un valor estratégico y se convierte en una mercancía cuya distribución depende de la capacidad de

inversión y de las lógicas del mercado.

Este planteamiento permite abstraer la desigualdad territorial y expresarla en, fenómenos

como la expansión periférica, la precariedad habitacional o la informalidad urbana que no deben

interpretarse únicamente como déficits técnicos o fallas de planificación, sino como expresiones

espaciales de un modelo urbano que distribuye de manera desigual los recursos, las infraestructuras y

las oportunidades, de esta manera el concepto de desigualdad territorial puede entenderse como una

consecuencia estructural de la producción capitalista del espacio, donde ciertos sectores de la ciudad

concentran inversión y calidad urbana, mientras otros permanecen históricamente relegados.

En el caso de Bogotá, esta perspectiva permite interpretar los sectores informales como

territorios producidos bajo condiciones de exclusión del mercado formal de vivienda y de acceso

desigual al suelo urbanizado, además la autoconstrucción y la ocupación periférica dejan de entenderse

como procesos aislados o espontáneos y pasan a analizarse como estrategias de adaptación frente a una
estructura urbana que limita el acceso equitativo a la ciudad. Así, el observable empírico como la

existencia de vivienda informal y condiciones precarias de habitabilidad se transforma teóricamente en

evidencia de una producción desigual del espacio urbano.

Sin embargo, Harvey introduce el concepto de “derecho a la ciudad”, entendido como la

posibilidad colectiva de transformar los procesos de urbanización y reapropiarse del espacio urbano de

acuerdo con las necesidades sociales. Esta idea resulta fundamental para la presente investigación, ya

que permite pensar la vivienda no solo como una solución física o funcional, sino como una herramienta

capaz de incidir en la redistribución territorial de oportunidades y en la construcción de condiciones más

equitativas de habitabilidad por lo que pensar una intervención arquitectónica en vivienda informal

puede comprenderse como una estrategia de transformación territorial que busca reducir las brechas

espaciales producidas históricamente por el desarrollo urbano desigual.

Desde la perspectiva de Milton Santos, la ciudad en los países subdesarrollados se organiza a

partir de la coexistencia de dos circuitos económicos: un circuito superior, asociado a actividades

modernas, capitalizadas y formalizadas, y un circuito inferior, compuesto por actividades informales,

economías de subsistencia y formas precarias de producción del espacio, entiendo que ambos no

funcionan de manera aislada, sino articulada y dependiente entre sí. Este planteamiento permite

comprender que la informalidad urbana no constituye un fenómeno marginal o accidental, sino una

condición estructural derivada de la manera desigual en que se distribuyen los recursos, las tecnologías

y las oportunidades dentro de la ciudad.

A partir de esta lectura, la informalidad deja de entenderse únicamente como ausencia de

regulación o carencia de planificación y pasa a interpretarse como una estrategia de adaptación

desarrollada por amplios sectores de la población excluidos del circuito formal. En este sentido,

fenómenos observables como la autoconstrucción, el comercio informal, la ocupación periférica y las


economías populares pueden abstraerse teóricamente como expresiones espaciales del circuito inferior

de la economía urbana. La vivienda informal, por ejemplo, no aparece solamente como una solución

improvisada frente al déficit habitacional, sino como un mecanismo mediante el cual la población logra

producir hábitat y garantizar su permanencia en la ciudad ante la imposibilidad de acceder a las

dinámicas formales del suelo y la vivienda.

En Bogotá, esta perspectiva permite interpretar los sectores informales no solo desde sus

condiciones físicas de precariedad, sino desde las relaciones económicas y sociales que los sostienen un

ejemplo es la alta presencia de micronegocios informales, las dinámicas de autogestión y la

consolidación progresiva de barrios periféricos que evidencian cómo amplios sectores urbanos

funcionan a partir de economías de subsistencia (articuladas al circuito inferior descrito por Santos). Así,

la informalidad habitacional, es decir la vivienda informal presente en sectores periféricos se transforma

teóricamente en evidencia de una estructura urbana dual, donde ciertos grupos acceden de manera

desigual a infraestructura, servicios y condiciones de habitabilidad.

Sin embargo, el aporte de Santos no se limita a identificar las condiciones de exclusión urbana,

sino que también permite replantear la manera en que se conciben las posibles intervenciones sobre

estos territorios por lo que propone reconocer las capacidades organizativas, productivas y sociales

existentes en estos sectores lo que nos permite pensar a la vivienda informal no como un elemento

aislado o deficiente, sino como parte de un sistema social y económico complejo que debe ser

comprendido antes de intervenirse. De esta manera, una intervención arquitectónica en vivienda puede

entenderse no solo como una respuesta física al déficit habitacional, sino como una estrategia capaz de

fortalecer condiciones de habitabilidad, consolidar dinámicas comunitarias y contribuir a una integración

más equitativa dentro de la estructura urbana cuando se trabaja en otras escalas.


Desde la perspectiva de Francisco Sabatini, la segregación residencial no puede entenderse

como una consecuencia natural o inevitable de las diferencias sociales, sino como el resultado de

dinámicas urbanas, económicas y políticas que condicionan la distribución de la población en el

territorio, se plantea que los mercados del suelo y las políticas habitacionales desempeñan un papel

determinante en la producción de la segregación, señalando que “los mercados urbanos producen

niveles de segregación residencial más altos que los que resultarían de las preferencias de las personas”

(Sabatini & Brain, 2008). Esta postura cuestiona las lecturas naturalistas de la ciudad y permite

comprender que la desigualdad territorial es producida mediante decisiones estructurales relacionadas

con el acceso al suelo, la localización de la vivienda y la distribución de infraestructuras urbanas, uno de

estos podría ser el POT en donde se determinan en donde se concentra la construcción de VIS o VIP cosa

que es importante pues aunque actualmente se concentre en zonas con mejor infraestructura, debido al

POT del 2025, en los anteriores se puede observar su crecimiento en zonas periféricas.

A partir de este enfoque, la segregación residencial deja de entenderse únicamente como una

separación física entre grupos sociales y pasa a interpretarse como un mecanismo que condiciona el

acceso diferencial a oportunidades urbanas. La localización periférica de vivienda para población de

bajos ingresos, la concentración de pobreza en determinados sectores y la desconexión respecto a

centralidades de empleo, educación y servicios pueden abstraerse teóricamente como expresiones

espaciales de una estructura urbana desigual. De esta manera, el territorio no solo refleja diferencias

económicas preexistentes, sino que contribuye activamente a reproducirlas mediante condiciones

desiguales de movilidad, accesibilidad y calidad urbana.

En el caso de Bogotá, esta perspectiva permite interpretar el crecimiento de sectores periféricos

y la expansión de proyectos de vivienda de interés social en bordes urbanos como parte de una lógica de

segregación asociada al mercado del suelo. Aunque la producción de vivienda VIS ha aumentado
significativamente en las últimas décadas, gran parte de esta oferta continúa localizándose en áreas

periféricas donde el suelo es más económico, pero donde también existen menores condiciones de

conectividad, acceso a equipamientos y oportunidades urbanas. Así, la concentración de población de

bajos ingresos en periferias urbanas se transforma en la evidencia de procesos de segregación

residencial que limitan el derecho equitativo a la ciudad.

Sin embargo, el aporte de Sabatini no se limita únicamente a la crítica de estas dinámicas, sino

que introduce la posibilidad de transformar la segregación mediante intervenciones urbanas y

habitacionales más integradoras. El autor plantea que la segregación puede disminuirse a través de

políticas que promuevan una mayor integración territorial, mejores localizaciones para la vivienda social

y una distribución más equilibrada de servicios y oportunidades urbanas. En este sentido, su enfoque

resulta especialmente relevante para la presente investigación, ya que permite pensar la vivienda no

solo como una respuesta cuantitativa al déficit habitacional, sino como una herramienta capaz de incidir

en la estructura territorial de la ciudad y trabajar de la mano con herramientas urbanísticas de otras

escalas lo que permite que una intervención arquitectónica en vivienda informal puede contribuir a

mejorar las condiciones de habitabilidad y, al mismo tiempo, reducir dinámicas de segregación mediante

estrategias que fortalezcan la integración urbana y el acceso equitativo a la ciudad.

Por otro lado, Alicia Ziccardi es investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la

Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y una de las académicas latinoamericanas con

mayor trayectoria en el estudio de las condiciones habitacionales y la política de vivienda, en su obra

Habitabilidad y política de vivienda en México (2015), coordinada junto con Arsenio González, constituye

una referencia fundamental para comprender la habitabilidad como categoría de análisis en contextos

urbanos latinoamericanos.
Desde esta perspectiva, la habitabilidad no puede reducirse a las condiciones físicas de la

vivienda entendida como objeto construido, sino que debe comprenderse desde dos dimensiones

articuladas: el acceso a la vivienda condicionado por los ingresos familiares, las políticas del Estado y el

mercado habitacional (acá tenemos en cuenta todo lo que hemos hablado de los otros 3 autores

anteriores que son más económicos, y político-sociales) y las condiciones de habitabilidad propiamente

dichas, entendidas como el conjunto de características constructivas, ambientales y de localización que

determinan la calidad de vida de sus habitantes, entiendo que para la autora, estas condiciones abarcan

aspectos como la calidad de los materiales, el diseño, el acceso a infraestructuras y servicios básicos

(agua, drenaje, transporte, espacios públicos, equipamientos educativos y de salud) así como la relación

entre la vivienda y su entorno urbano (Ziccardi, 2015, pp. 33-34).

Esta lectura permite abstraer la habitabilidad no como un atributo fijo de la vivienda, sino como

una condición dinámica que se transforma en el tiempo y varía según el contexto socioeconómico,

territorial y cultural en el que se inscribe. De esta manera, el déficit habitacional deja de medirse

únicamente en términos cuantitativos (número de viviendas) y pasa a evaluarse desde dimensiones más

complejas que incluyen la calidad del entorno, la localización respecto a centralidades urbanas y el

acceso efectivo a oportunidades.

En el caso de los sectores informales de Bogotá, esta perspectiva permite interpretar las

condiciones de precariedad no solo como ausencia de materiales adecuados o servicios básicos, sino

como expresión de un déficit habitacional multidimensional: viviendas autoconstruidas en zonas de

difícil acceso, con conexiones irregulares a servicios esenciales, alejadas de equipamientos y con

limitada accesibilidad urbana. Así, lo que en el lenguaje cotidiano se describe como "barrio deteriorado"

se transforma teóricamente en evidencia de condiciones de habitabilidad deficientes que reproducen

estructuralmente la desigualdad territorial.


Sin embargo, el aporte de Ziccardi no se agota en el diagnóstico: al vincular la habitabilidad con

las decisiones de política pública, introduce la posibilidad de su transformación mediante intervenciones

que mejoren simultáneamente las condiciones físicas de la vivienda y su integración al tejido urbano. En

este sentido, una intervención arquitectónica en vivienda informal puede entenderse como una

estrategia capaz de incidir en múltiples dimensiones de la habitabilidad, articulando la escala del objeto

construido con la del entorno y la ciudad.

Siguiendo con esta línea aparece, John F.C. Turner (1927-2023) fue arquitecto y teórico británico

formado en la Architectural Association de Londres, conocido por su trabajo directo con asentamientos

informales en Perú entre 1957 y 1965. Su obra Housing by People: Towards Autonomy in Building

Environments (1976) es considerada una de las referencias más influyentes del siglo XX sobre vivienda

informal y producción autogestionada del hábitat, y orientó políticas del Banco Mundial y ONU-Hábitat

sobre vivienda en países en desarrollo.

Aunque con más antigüedad, el planteamiento central de Turner es que la vivienda no debe

entenderse como un objeto (un producto terminado entregado por el Estado o el mercado) sino como

un proceso vinculado a la autonomía de las personas y las comunidades en la toma de decisiones sobre

su hábitat, el sintetiza en su tesis que lo que importa de la vivienda no es lo que es, sino lo que hace en

la vida de las personas (Turner, 1976). Así, cuando los habitantes tienen control sobre las decisiones

fundamentales del proceso habitacional (diseño, construcción, gestión) el entorno producido estimula el

bienestar individual y colectivo; cuando ese control les es negado, la vivienda puede convertirse en un

obstáculo para el desarrollo personal y una carga para la economía (Turner, 1976, cap. 6).

Este planteamiento permite abstraer la habitabilidad desde una dimensión que va más allá de

los parámetros físicos: se trata de la capacidad de los habitantes de producir y gestionar su propio

hábitat de acuerdo con sus necesidades reales y cambiantes. La vivienda informal, lejos de interpretarse
únicamente como un déficit técnico o constructivo, puede leerse como una expresión de autonomía

habitacional: las comunidades que autoconstruyen responden activamente a sus necesidades ante la

imposibilidad de acceder al mercado formal.

En Bogotá, esta perspectiva transforma la lectura de los sectores informales: la

autoconstrucción en periferias no es simplemente precariedad, sino una estrategia de producción del

hábitat desarrollada por comunidades excluidas del circuito formal de vivienda; como por ejemplo

viviendas construidas progresivamente, con materiales heterogéneos, adaptadas a las condiciones del

terreno, lo que se convierte teóricamente en la evidencia de un proceso habitacional autogestionado

que responde a lógicas propias de necesidad, economía y prioridad familiar.

El aporte de Turner resulta especialmente relevante para esta investigación porque orienta el

tipo de intervención arquitectónica posible: no una solución impuesta desde afuera, sino un

acompañamiento que fortalezca las capacidades existentes de los habitantes, mejore las condiciones

físicas del hábitat y amplíe su autonomía en el proceso de producción del espacio doméstico. Así,

intervenir arquitectónicamente en vivienda informal puede entenderse como una acción que potencia el

proceso habitacional en lugar de reemplazarlo.

El Programa de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos, ONU-Hábitat, constituye

el organismo internacional de referencia en materia de vivienda y desarrollo urbano sostenible. Su

marco conceptual sobre vivienda adecuada, desarrollado a lo largo de décadas en documentos

normativos y técnicos como el Folleto Informativo sobre el Derecho a una Vivienda Adecuada (ACNUDH

y ONU-Hábitat, 2010) y su iniciativa Vivienda en el Centro, ofrece una definición operativa de la

habitabilidad que trasciende las condiciones físicas del objeto construido para articularse con el ejercicio

de derechos humanos fundamentales.


Desde este enfoque, la habitabilidad se entiende como el conjunto de condiciones que debe

cumplir una vivienda para ser considerada adecuada, las cuales incluyen: la seguridad jurídica de la

tenencia, la disponibilidad de servicios, materiales e infraestructura, la asequibilidad, la habitabilidad

física (entendida como las condiciones que garantizan la seguridad física de los habitantes, protección

climática y espacio suficiente), la accesibilidad, la adecuación al lugar y la adaptación cultural (ONU-

Hábitat, 2020). Este conjunto de criterios permite comprender la habitabilidad no como un atributo

aislado del espacio construido, sino como una condición integral que vincula el objeto arquitectónico

con su entorno urbano, social y político.

Lo que este planteamiento permite abstraer teóricamente es que la habitabilidad opera como

un umbral normativo: por debajo de él, la vivienda no cumple su función social y deja de ser un soporte

para el desarrollo humano, convirtiéndose en un factor de reproducción de la desigualdad. En este

sentido, la habitabilidad inadecuada no es simplemente un déficit técnico, sino una violación del

derecho a vivir con seguridad, paz y dignidad, tal como lo ha señalado el Alto Comisionado de las

Naciones Unidas para los Derechos Humanos al afirmar que las condiciones de habitabilidad de una

vivienda determinan, en gran medida, la calidad de vida de quienes residen en ella (ACNUDH, citado en

ONU-Hábitat, 2021).

En el contexto de los asentamientos informales de Bogotá, este marco permite interpretar las

condiciones de precariedad habitacional (autoconstrucción en zonas de riesgo, conexiones irregulares a

servicios, inseguridad en la tenencia, hacinamiento y desconexión del entorno urbano) como

expresiones de un déficit multidimensional de habitabilidad que compromete simultáneamente el

bienestar físico, la seguridad jurídica y el acceso a oportunidades de sus habitantes. Lo que

cotidianamente se describe como "barrio informal" se transforma, a la luz de este marco, en un

territorio donde el derecho a una vivienda adecuada permanece sistemáticamente incumplido.


El aporte de ONU-Hábitat resulta estratégicamente relevante para esta investigación porque

introduce una dimensión normativa y propositiva: su iniciativa Vivienda en el Centro plantea que la

vivienda debe posicionarse no solo como objeto de política habitacional, sino como instrumento de

urbanización incluyente, capaz de articularse con las agendas de desarrollo sostenible y de reducción de

desigualdades urbanas (ONU-Hábitat, 2018). Desde esta perspectiva, una intervención arquitectónica en

vivienda informal no es únicamente una respuesta a un déficit físico, sino una acción orientada a

restituir condiciones de habitabilidad digna y a fortalecer el derecho a la ciudad de poblaciones

históricamente excluidas.

Mapa Articulador

AUTOR CONCEPTO CLAVE PROPUESTA DE SOLUCIÓN A


LA PROBLEMÁTICA

David Harvey Desarrollo geográfico desigual: Reposicionar la vivienda social en


The Urbanization of sectores de la ciudad con
Capital (1985); (Segregación)
Rebel Cities (2012) mejores condiciones
El espacio urbano es producido dotacionales: equipamientos,
por lógicas de acumulación de servicios, transporte y empleo. Si
capital. El suelo se convierte en la desigualdad territorial es
mercancía, generando territorios producida por la concentración
concentrados de inversión y del capital en ciertas áreas, la
sectores periféricos intervención arquitectónica debe
históricamente relegados. La contrarrestar esa lógica
desigualdad territorial es localizando la vivienda donde
estructural, no accidental. históricamente no ha llegado la
inversión pública y privada,
Derecho a la ciudad: acercando a la población de
La posibilidad colectiva de bajos ingresos a las centralidades
reapropiarse del espacio urbano urbanas y reduciendo así la
según necesidades sociales. brecha territorial.

Milton Santos Dos circuitos de la economía Diseñar una vivienda modular


O espaço dividido urbana: progresiva que reconozca y
(1979)
potencie las lógicas del circuito
(Dualidad)
inferior: permitir la incorporación
El circuito superior (formal y de usos mixtos (vivienda +
capitalizado) y el circuito inferior trabajo informal), favorecer la
AUTOR CONCEPTO CLAVE PROPUESTA DE SOLUCIÓN A
LA PROBLEMÁTICA

(informal, de subsistencia). La autogestión y la construcción por


informalidad no es una anomalía, etapas, integrando las economías
sino una condición estructural de subsistencia como parte del
que permite la reproducción de programa habitacional.
amplios sectores urbanos
excluidos del mercado formal.

Francisco Segregación residencial Proponer una intervención de


Sabatini & Isabel producida: vivienda que rompa la lógica
Brain (Exclusión) periférica de segregación: ubicar
Revista EURE, Los mercados del suelo y las
34(103) (2008) el proyecto en zonas de borde
políticas habitacionales generan pero articuladas a centralidades
niveles de segregación más altos existentes, mejorando la
que los que resultarían de las conectividad, el acceso a
preferencias individuales. La servicios y la integración urbana
localización periférica de la VIS como estrategia de reducción de
consolida patrones de exclusión la desigualdad territorial.
territorial.

Alicia Ziccardi Habitabilidad multidimensional: Diseñar la intervención


Habitabilidad y considerando simultáneamente
política de vivienda
La habitabilidad no es un atributo las dimensiones físicas (calidad
en México (2015)
fijo del objeto construido, sino una material, espacio suficiente,
condición dinámica que incluye ventilación), ambientales (gestión
calidad material, acceso a del riesgo en ladera), de acceso a
servicios, localización urbana y servicios y de integración al
relación con el entorno. El déficit entorno urbano, entendiendo la
habitacional debe evaluarse en habitabilidad como una condición
todas estas dimensiones. integral que incide directamente
en la calidad de vida.

John F.C. Turner Vivienda como proceso Diseñar una vivienda modular
Housing by People autogestionado: progresiva que no reemplace el
(1976)
proceso habitacional existente
(Autonomía)
sino que lo acompañe: un
La vivienda no es un objeto sistema abierto que los
terminado sino un proceso. Lo habitantes puedan ampliar,
que importa no es lo que la adaptar y personalizar en el
vivienda es, sino lo que hace en tiempo según sus necesidades y
la vida de las personas. La recursos, fortaleciendo su
autoconstrucción es una autonomía en la construcción del
expresión de autonomía hábitat.
habitacional frente a la exclusión
AUTOR CONCEPTO CLAVE PROPUESTA DE SOLUCIÓN A
LA PROBLEMÁTICA

del mercado formal.

ONU-Hábitat Vivienda adecuada como Orientar la intervención hacia el


Derecho a una derecho: cumplimiento integral de los
Vivienda Adecuada
(2010); Plan criterios de vivienda adecuada:
(Dignidad)
Estratégico (2020) garantizar la seguridad en la
La habitabilidad adecuada implica tenencia, incorporar acceso a
seguridad jurídica de la tenencia, servicios básicos, asegurar
disponibilidad de servicios e condiciones físicas de seguridad
infraestructura, asequibilidad, estructural en ladera y articular el
seguridad física, accesibilidad y proyecto con equipamientos y
adecuación cultural. Por debajo espacio público, posicionando la
de este umbral, la vivienda se vivienda como instrumento de
convierte en factor de urbanización incluyente.
reproducción de la desigualdad.

Marco Referencia

Referente 1: Colegio Bicentenario / Campuzano Arquitectos — Pereira, Colombia, 2012

Criterio de selección: Relación con la topografía y la pendiente. Fuente: Revista ARQ, N.° 90,

PUCV, Santiago de Chile, 2015.

El proyecto se emplaza sobre una pendiente pronunciada en Pereira, respondiendo a la

topografía como elemento ordenador del diseño. En lugar de terraplenar el terreno, el edificio se

articula mediante plataformas escalonadas que siguen la inclinación natural del suelo, generando una

continuidad entre el espacio construido y el paisaje. Esta estrategia permite que la sección transversal

del proyecto dialogue con la ladera, reduciendo el impacto sobre el terreno y generando accesos

diferenciados en distintos niveles. Su pertinencia como referente no radica en su función educativa, sino

en la manera en que resuelve arquitectónicamente un problema topográfico análogo al de los


asentamientos informales en ladera: la necesidad de habitar y construir en condiciones de pendiente sin

ignorar ni combatir la geografía, sino integrándola como recurso proyectual.


Referente 2: Gimnasio Vertical (Vertical Gym) / Urban-Think Tank (Alfredo Brillembourg &

Hubert Klumpner) — Chacao, Caracas, Venezuela, 2004

Criterios de selección: Flexibilidad programática y adaptabilidad a las necesidades cambiantes

de la comunidad + sistema modular en contexto de asentamiento informal. Fuente: Brillembourg, A. &

Klumpner, H. (2005). Informal City: Caracas Case. Prestel Verlag; reseñado en Domus, N.° 880, Milán,

2005.

El Gimnasio Vertical nace en el barrio La Cruz de Chacao, uno de los sectores de mayor densidad

informal de Caracas, donde la escasez de suelo disponible en un tejido completamente ocupado por

vivienda autoconstruida impedía cualquier expansión horizontal de la infraestructura pública. Ante esta

restricción, Urban-Think Tank desarrolló un sistema constructivo prefabricado en acero que apila

verticalmente una serie de programas deportivos, comunitarios y comerciales sobre la huella mínima de
una cancha existente en desuso. Lo que hace de este proyecto un referente pertinente para esta

investigación no es su función deportiva, sino dos cualidades proyectuales que conectan directamente

con la propuesta de vivienda modular progresiva en ladera.

En primer lugar, su flexibilidad programática: el edificio fue concebido no como un objeto fijo

sino como una plataforma adaptable, capaz de incorporar o modificar sus usos según las necesidades

cambiantes de la comunidad. Cada iteración del Gimnasio Vertical en distintos barrios de Caracas ha

asumido un programa diferente —deportivo, cultural, comercial, municipal— respondiendo a las

demandas específicas de cada contexto. Esta capacidad de adaptación programática es análoga a la que

se busca en la vivienda modular progresiva: un sistema que no impone una solución única sino que se

transforma con quienes lo habitan, siguiendo la lógica de Turner sobre la vivienda como proceso y no

como objeto terminado.

En segundo lugar, su condición de sistema modular replicable en contextos de asentamiento

informal: el Gimnasio Vertical fue diseñado como un kit de partes prefabricadas ensamblables en

aproximadamente tres meses, adaptable a distintas topografías, climas y programas. Urban-Think Tank

identificó más de cien sitios en los barrios de Caracas donde el sistema podría replicarse, demostrando

que la modulación no es solo una decisión técnica sino una estrategia de escala territorial para

intervenir en la ciudad informal. Este principio de replicabilidad modular, aplicado a la vivienda, permite

pensar una intervención que pueda crecer, multiplicarse y adaptarse a las condiciones particulares de

diferentes sectores informales de Bogotá, sin perder coherencia sistémica ni imponer una imagen

arquitectónica estandarizada.
(Modularidad)

Propuesta de Solución

Sistema de Vivienda Modular Progresiva en Ladera (SVMP-L)

A partir del mapa conceptual articulador que articula los planteamientos de Harvey, Santos,

Sabatini, Ziccardi, Turner y ONU-Hábitat, la propuesta de solución a la problemática de la desigualdad

territorial en sectores informales de Bogotá se estructura como un Sistema de Vivienda Modular

Progresiva en Ladera (SVMP-L): una estrategia de intervención arquitectónica que reconoce la

autoconstrucción existente como punto de partida, no como problema a erradicar, y propone un


sistema abierto, adaptable y replicable que mejora las condiciones de habitabilidad desde múltiples

dimensiones simultáneamente.

Principio 1 — Módulo base + crecimiento por etapas (Turner / ONU-Hábitat)

El sistema parte de una unidad habitacional mínima que garantiza las condiciones básicas de

habitabilidad definidas por ONU-Hábitat: estructura segura, acceso a servicios, ventilación e iluminación

adecuadas y espacio suficiente. Este módulo base está diseñado para crecer progresivamente mediante

la adición de nuevas piezas prefabricadas o de bajo costo, siguiendo la lógica de construcción por etapas

que los propios habitantes ya practican en la autoconstrucción. El sistema no reemplaza el proceso

habitacional existente: lo acompaña y lo formaliza, respetando la autonomía de las familias en la toma

de decisiones sobre su propio hábitat (Turner, 1976).

Principio 2 — Adaptación a la topografía de ladera (Referente: Colegio Bicentenario /

Campuzano Arquitectos)

El sistema incorpora la pendiente como elemento estructurante del diseño. Las unidades

habitacionales se articulan mediante plataformas escalonadas que siguen la inclinación natural del

terreno, evitando movimientos de tierra excesivos y reduciendo el riesgo asociado a la inestabilidad de

laderas. Las terrazas resultantes entre módulos generan espacios de transición semi-públicos que actúan

como extensiones del espacio doméstico y como lugares de encuentro comunitario, reconociendo la

escalera y el umbral como los espacios colectivos por excelencia de los asentamientos informales en

ladera.

Principio 3 — Usos mixtos e integración de la economía informal (Santos)

Reconociendo que el 76,7% de los micronegocios en Bogotá opera en condiciones de

informalidad (Secretaría Distrital de Desarrollo Económico, 2024), el módulo base incorpora en su planta
baja un espacio flexible destinado a actividades productivas: taller, tienda, servicio o comercio de barrio.

Esta decisión proyectual responde directamente al planteamiento de Santos sobre el circuito inferior de

la economía urbana: la vivienda no es solo un espacio de habitación, sino un soporte de reproducción

económica para las familias del sector.

Principio 4 — Sistema modular replicable y espacio comunitario adaptable (Santos /

Referente: Gimnasio Vertical, Urban-Think Tank)

Siguiendo la lección del Gimnasio Vertical de Urban-Think Tank —donde la replicabilidad

modular y la flexibilidad programática permiten que una misma estructura responda a necesidades

distintas en diferentes barrios informales de Caracas—, el sistema de vivienda modular progresiva

incorpora estos dos principios como estrategia de escala territorial. En primer lugar, la flexibilidad

programática: la planta baja de cada unidad habitacional se configura como un espacio adaptable que

puede funcionar como taller, local comercial, espacio comunitario o área de servicios, según las

necesidades económicas de cada familia, respondiendo a la lógica del circuito inferior descrita por

Santos. En segundo lugar, la replicabilidad modular: el sistema está diseñado como un conjunto de

piezas prefabricadas que puede reproducirse en distintos sectores informales de la ciudad, adaptándose

a diferentes topografías, tamaños de lote y composiciones familiares sin perder coherencia estructural

ni formal.

Principio 5 — Habitabilidad multidimensional como estándar mínimo (Ziccardi / Harvey)

Toda decisión de diseño se evalúa frente a las dimensiones de habitabilidad definidas por

Ziccardi: calidad material, condiciones ambientales, acceso a servicios, localización y relación con el

entorno. El sistema propone materiales de bajo costo pero alta durabilidad y resistencia estructural para

condiciones de ladera, incorpora estrategias pasivas de ventilación e iluminación, y se articula con las

redes de servicios existentes. En términos de localización, la intervención se sitúa en sectores con acceso
a rutas de transporte existentes o proyectadas, como estrategia para reducir los tiempos de

desplazamiento que actualmente superan los 60 minutos en sectores periféricos de Bogotá (Secretaría

Distrital de Movilidad, 2023), abordando así la desigualdad territorial no solo desde la vivienda, sino

desde su relación con la ciudad.

En conjunto, el Sistema de Vivienda Modular Progresiva en Ladera constituye una respuesta

arquitectónica integral a la problemática de la desigualdad territorial: una propuesta que no impone un

modelo externo sobre la realidad informal, sino que construye desde ella, potenciando sus capacidades,

corrigiendo sus déficits y articulando la escala del objeto habitacional con la del territorio urbano.

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