CATA
CUENTO EXTRAÍDO DE LA OBRA, «MIS CUENTOS Y POEMAS
DESCALZOS»
Registrado ante Dirección Nacional de derechos de autor Ministerio del
Interior de Colombia.
Libro 10, Tomo 1280, Partida 8 de 22 de enero de 2025
CATA
Cata contemplaba boca arriba el rebaño de nubes algodonosas con orillas brillantes
y todas de pezuñas inmaculadas sobre un fondo de danza azul que presagiaban la
navidad. Unas galanderas1 revolotearon en estrepitosa bandada hacia las espigas de
millo que se mecían al otro lado del barranco, despabilando los sueños de
enamorado del fornido mozalbete y espantando las ovejas decembrinas que
pastaban en el cielo. _ «¡Ahora sí que se acabó el año!» _ dijo hacia sus adentros,
suspirando y desemperezándose y colocándose de pie sobre el sembradío de caña
de azúcar de su papá Catalino.
Un olor suave a miel pura de abejas invadía el ambiente. Inmediatamente se puso
a aparejar su burro cho2 con una especie de ritual que más parecía un protocolo
ortodoxo para vestir princesas medievales de castillos encantados, que un
procedimiento de rutina campestre para ensillar jumentos. Primero, le crinó la
espesa crin pasando sus dedos, se diría que acariciándola, luego le daba palmadas
amistosas en la quijada, el animal comprendió que pronto emprenderían el regreso,
luego le colocó un sillón muy bien elaborado con madera de calabazo, le aseguró
la grupera y revisó las amarras. El feliz animal de hermosos ojos negros, como
bolas de billar número ocho, permanecía inmóvil amarrado al horcón imaginario
de todas las tardes a la hora de la partida. Dos sacos de millo fueron atados
simétricamente a cada lado, dándole a la bestia, el equilibrio exacto para que
caminara por caminos estrechos, empinados y difíciles de transitar como las
cuerdas flojas de los circos. Coloco sobre la cruz del sillón, una mochila de majagua
con una bangaña vacía que contenía chicha de yuca fermentada de una de las tinajas
de cerámica que su hermana Delfina había elaborado como producto de sus
habilidades exquisitas para darle formas a la arcilla, oficio heredado de sus
ancestros mokanás con una fidelidad tal, que parecían artefactos traídos desde
antes que los españoles destriparan las últimas vasijas buscando oro por las
1
Pájaro que vive en bandadas de color blanco con el cuello rojo.
2
Burro de porte robusto y fuerte que según las creencias se enamora de las yeguas
cercanías de Malambo, pero, que tenían las cualidades de permanecer nuevas en el
tiempo.
Ya se disponía para el regreso, cuando se acordó del encargo de su madre – «Cata,
que no se te vaya a olvidar de traerme unas hojas de camajorú,3 porque voy a hacer
pasteles el veinticuatro» –, así que, sin desesperarse, hizo un ademán tan claro, que
3
Árbol típico del bosque seco tropical en el Caribe Colombiano que crece cerca de los cauces de los arroyos,
sus hojas son grandes y usadas para envolver alimentos o tamales de arroz llamados pasteles.
el burro lo tradujo como una orden de espera por lo que se puso de inmediato a
mordisquear unos pedacitos de yuca secos por el sol que habían quedado
esparcidos cerca de los tres bindes todavía cálidos por el último almuerzo.
Sacó un costal de tela de algodón que tenía impresas en azul unas frases en inglés,
se lo había regalado un forastero que acostumbraba a hospedarse en todas las
vacaciones de diciembre en «La Cristina», una casa de bahareque bien construida
sobre horcones de coralibe4 y corazones de trupillos y con un alto techo de palma
amarga amarrado con bejucos de cadena y malibú, por maestros caseros
malamberos5 y de Guaimaral y que sus abuelos piojoneros6 contrataron cuando se
establecieron para siempre frente a un torcido árbol de trébol, para no volver jamás
a la Serranía de Piojó y dársela más tarde a su padre Catalino, como regalo de
compromiso cuando se arrejuntó con Cristina, su madre. Sus abuelos y parientes
eran unos rústicos labriegos, colorados y amonados, que se habían dedicado
siempre al cultivo de la caña de azúcar y que en una época de sequía vinieron a
parar cerca de un árbol de trébol encontrando un lugar propicio para sus
cañaduzales por la cercanía de manantiales transparentes y de aguas plácidas. Por
lo que lo hacía ascendiente directo de los fundadores de El Pital.
Antes de abandonar sus tierras de origen sus ancestros, comercializaban a lomo de
burros, melaza para fabricar panela en Cartagena. Abrieron caminos, fundaron
trochas y todas se volvían a cerrar en pocos días, por lo que siempre regresaban
por un sendero distinto a aquel que por donde se habían ido.
4
Árbol del bosque seco tropical de madera durísima.
5
Gentilicio de Malambo
6
Gentilicio de Piojó pueblo del Atlántico.
En sus largas travesías desafiaron una hechicera legendaria que habitaba en las
montañas, le prometían traerle peinetas del puerto de Cartagena y jamás
cumplieron esas promesas y eso que la hechicera era tan temida que terminaba
extraviando a los incumplidos e incautos viajeros entre lianas y bejucos encantados
y espinosos, que se enmarañaban de tal forma que el sol podía aparecer en cualquier
parte menos en el sitio exacto, así que terminaban embotados y despistados sin
acordarse donde estaba el pueblo y cuando lo encontraban estaban tan perdidos
que ni ellos mismos se encontraban, por lo que era lo mismo devolverse y seguir
por caminos sin huellas, comiendo lobos polleros, ardillas y raíces extrañas. –«Un
día de estos, alguno de ustedes va a terminar embrujado, irrespetuosos» –, decía
una anciana que miraba con desaprobación a los intrépidos mercaderes. Ellos
nunca le contestaron, ni le hicieron caso, es más se iban borrachos jueves santo,
para aparecer lunes de pascuita con ganas de seguir bebiendo guarapo fermentado
de los trapiches artesanales en forma de palanca y los que ellos le pusieron el
nombre de «vieja» para burlarse de la bruja de la serranía.
Cata bajó hasta el cauce del arroyo, el sol todavía dejaba ver su luz agonizante entre
las ramas más bajas de los altos árboles de carito y caracolí, apresuró el paso
consciente de que la búsqueda tenía que ser rápida porque la noche caería de un
momento a otro sin dar espera. Caminó unos pasos por entre las aguas cristalinas
que formaban especie de pequeño estuario de diminutos ríos que se juntaban una
y otra vez para desaparecer y aparecer otra por entre los miles de agujeros labrados
en las piedras sedimentarias de los fondos y que formaban especie de mesitas por
donde el agua se despeñaba en forma de cascadas burbujeantes y borbotones de
espumas transparentes y esferas multicolores, donde jugaban pececitos grisáceos y
vivían camarones gigantes que custodiaban armados de tenazas descomunales las
entradas de las piedras, pero que preferían esconderse al paso del novel campesino.
Atisbó un árbol muy joven de camajorú de hojas suculentas y propicias para el
encargo, que parecían enormes manos verdes con sus nervaduras bien marcadas,
que bien podrían ser leídas por una quiromántica adivina con el fin de leer el futuro
de las siembras. Escogió las mejores y más sanas y con sumo cuidado las fue
colocando una encima de la otra como hojaldres delicados en el saco de tela de
algodón que tenía impresas en azul las frases en inglés y que le había regalado el
forastero.
No faltarían algunas, cuando, vio en el recodo del arroyo, una encantadora y
hermosa mujer de cabellos largos, negros y de brillo fascinante, que se acicalaba su
cabellera con sinuosos y sensuales movimientos que enervaban los sentidos. Su
ropa volátil y transparente dibujaba su cuerpo más allá de sus entrañas y los
pliegues se confundían con las suaves ondas del agua como si formara parte del
mismo vestido convirtiendo el arroyo en un traje de nupcias que llegaba hasta los
pies del buscador de hojas. Estaba sentada en una roca que nunca había estado allí
a la manera de las sirenas griegas dándole la espalda.
Sin saber que aire respirar, si el de ese diciembre encantador o el del hálito de
embrujo de la Venus pueblerina, caminó por entre las aguas, subió piedras
resbaladizas patinadas de verdín sin perder el equilibrio, trazó huellas sobre las
hojas secas y doradas que flotaban en la superficie y así permanecieron bien
dibujadas hasta que caminó sumergido hasta el cuello y volvió a emerger frente a
la más hermosas de las mujeres que hubiera visto jamás, quedando paralizado con
un aire de Neptuno idiotizado. Sus ojos por un instante se acordaron de su novia
para más nunca acordarse de ella, sus labios temblaban como alas de colibrí y
deseaba que la fantástica hembra le diera un beso así fuera mortal y le ahogase en
el fondo del estanque.
No sabe cuánto tiempo pasó allí frente a la sensual afrodita y cuando recordó
estaba en la otra orilla totalmente seco como si nunca se hubiera chapaleado entre
las aguas, ni caminado por las piedras resbaladizas, ni caminado con el agua hasta
el cuello en la poza. El costal de tela de algodón estaba en sus manos con las
mismas hojas de camajorú apiladas como hojaldres, frescas y sin ningún rasguño.
El burro lo estaba esperando medio asustado con sus orejas paradas y sus ojos de
bolas de billar número ocho donde se dibujaba su amo, uno en cada pupila, uno
antes del encuentro y otro después del encuentro. De un brinco saltó sobre su
montura y sin decir nada y con la sensación de haber hecho el amor mil veces, no
maniobró siquiera las riendas, el cuadrúpedo equilibrado por los sacos de millo, lo
llevó al pueblo por los senderos estrechos y pendientes, pasó por entre bejucos y
palizadas, a lo lejos un guacabó se burlaba con su canto, cruzó por el marco del
playón del pueblo muy cerca de un árbol legendario de trébol que se erguía torcido
al lado de una capillita de barro y paja de enea, atravesó el portón de su casa y llegó
al establo justo en el momento en que comenzaban a salir las primeras estrellas.
Descendió del animal como todas las tardes, pero esa vez de noche, bajó todos los
pertrechos y las hojas de camajorú con el mismo protocolo con que los había
subido. Cristina su madre lo observaba y lo dejó terminar para reprenderlo por la
tardanza cuando su hijo cayó desmayado y ardiendo en fiebre.
Las luces de unas linternas de gasolina Cóleman7 iluminaban el cuarto donde lo
acostaron en un catre impecablemente limpio, una cobija de retazos multicolores
7
Marca de lámpara de gasolina que gozaba de prestigio.
como un tablero de ajedrez de carnaval lo arropó hasta el día siguiente entre delirios
entrañables y balbuceos de amor.
El único médico que había llegó hasta el día siguiente, se quedó con él a solas, le
abrió los ojos, le tomo el pulso, la temperatura, le examinó la lengua, para aparecer
una hora después en el umbral de la puerta de la alcoba diciendo: _ «Tiene un
resfriado de los mil demonios» _ entregó una receta garabateada en jeroglífico de
médico y se marchó. La fiebre no le bajó en cinco días y cuando lo dejó, despertó
del otro lado del mundo sin reconocer a su novia, con unas ganas espantosas de
comer raspado de melaza y soñando con los caminos que llevaban al arroyo.
Cata siguió su vida de enamorado sideral, con su alma puesta en el monte y su
cuerpo en el pueblo, gastaba su tiempo haciendo juegos con estacas y puntales de
madera de carito, que a manera de trapiche emborrachaban a los niños y jóvenes
de la plaza en medio de los chirridos de los carbones de la ingeniosa máquina en
forma de te y el vómito de los osados jugadores que pagaban un centavo para
marearse dando vueltas y ver la capilla del pueblo en todas direcciones. Cuando se
acordaba de la bañista encantada le daban ataques y terminaba cansado, sonriendo
y acostado de nuevo en el catre con la sábana de cuadros de colores. Todos en el
poblado aseguraban que una fiebre mala lo había trastornado, _ «le ha dado el
trapiche, fue en milagro que se salvara» _ decían otros.
Lo único que nunca se le olvidó fue el arte de nadar y bucear en las cacimbas del
arroyo y lo hacía con tanta maestría que el más cuerdo de los pitaleros. En sus
zambullidas sacaba del fondo de los estanques piedras en forma de corazoncitos,
que sólo él podía encontrarlos en los intrincados agujeros secretos de los cantiles,
ninguno otro pudo sacar alguno parecido. Él los volvía a tirar para encontrarlos
nuevamente en el lugar menos inimaginable; en sus idílicas búsquedas subacuáticas
que duraban más de lo normal, se sumergía en la Guaya y aparecía en el Chorro de
la Laura y nunca nadie descifró los pasadizos subacuáticos, lacustres y secretos,
tanto que la gente también pensaba que de tanto nadar se le había metido agua en
el «coco» y se había enloquecido.
Un día cualquiera lo encontraron bien temprano tumbado boca abajo y sin respirar,
en el agua menos profunda, más cristalina y apacible del arroyo, cerca del Pozo del
Diablo. Nadie creyó que se hubiera ahogado. Lo enterraron a tres metros de
profundidad y se llevó una cara de felicidad y con la parte del pecho cerca del
corazón caliente como los días de la fiebre.
Jamás supieron que su fiebre no fue por un resfriado producto de bañarse
sofocado, sino por un amor embrujado y que la única persona que sabía la verdad,
era una viejita que le predijo a sus abuelos – «Un día de estos, alguno de ustedes va
a terminar embrujado, irrespetuosos» – y que ya había fallecido hacía más de
cuarenta años al otro lado de la serranía; ni tampoco descifraron que su muerte se
debió a una convulsión de amor en la arena en un nuevo, último y definitivo
encuentro con su adorada Mojana, cuya misión era llevarse a uno de los Villanueva,
así fuera un descendiente aunque terminara enamorada de él.
Luis José Barrios De la Hoz