El error (Rosa Montero)
El sensor pitó y las puertas transparentes se cerraron delante de ella con un siseo
neumático. Alma se las quedó mirando con esa expresión estúpida que el estupor provoca.
Estiró el brazo y volvió a arrimar su ordenador de muñeca al ojo rojizo del sensor, pero no
pasó nada. No puede ser, se dijo. No me puede estar sucediendo esto a mí.
-Perdone, pero está bloqueando la entrada dijo una voz de hombre a sus espaldas.
Alma se volvió. Era el típico ejecutivo. Traje elegante, buenos periféricos. No muy distinto a
ella.
Es un error -explicó con una sonrisa nerviosa, mientras seguía intentando que el aparato la
identificara.
Si carece de autorización, deje pasar insistió el tipo.
¡No carezco de autorización! ¡Le estoy diciendo que es un error! chilló Alma.
¿Y si todo estuviera preparado? ¿Y si se tratara de una conspiración contra ella? ¿Y si
alguien estuviera intentando cerrarle la boca?
Inmediatamente supo que se había excedido. El hombre y la pequeña cola de personas que
había detrás de él la miraban en un silencio reprobador. Se hizo a un lado, avergonzada.
Está bien, adelante. Pero que conste que es una equivocación…
A nadie pareció importarle lo que decía, de la misma manera que a ella nunca le importaron
demasiado las personas que no podían acceder al Sector Uno. De hecho, cada vez que las
puertas se habían cerrado para alguien mientras ella entraba sin problemas, había
experimentado, junto con un vago sentimiento de compasión, la satisfacción inconfesable
de pertenecer a los elegidos.
Y ahora era ella la rechazada.
Pulsó en su ordenador el código de incidencias que estaba escrito sobre la puerta. El
programa se abrió enseguida y Alma fue contestando las preguntas en voz alta: sí, me han
negado el acceso; sí, resido en el Sector Uno; sí, poseo una autorización permanente y
vigente. El aparato zumbó y una neutra voz cibernética dijo: "Identificación negativa,
autorización inexistente, acceso denegado. Muchas gracias y buen día". Boquiabierta, Alma
se quedó contemplando fijamente la pequeña pantalla, aunque el programa ya se había
cerrado. Los viajeros seguían pasando con fluidez junto a ella. El procedimiento era muy
sencillo: había que bajarse del tren bala, atravesar a pie alguna de las numerosas puertas
de cristal y volver a subirse al tren al otro lado. Era un trayecto de dos minutos que ella
había hecho cientos de veces. Más humillada que preocupada, Alma sintió que la ira
anegaba su pecho y ascendía por su garganta como un ácido abrasador. Desanduvo a
grandes zancadas el corto pasillo transparente, a contradirección de los demás pasajeros y
profundamente mortificada por sus miradas de curiosidad. Fuera ya de la zona de puertas
volvió a encararse con el ordenador. Lo colocó en modo holográfico y pidió una entrevista
personal. La cabeza y el torso de un hombre joven se materializaron en el aire delante de
ella.
Archivos Generales. ¿En qué puedo ayudarle?
En realidad no debía de ser tan joven. Tenía hecha una cirugía plástica estándar que hacía
que su rostro fuera más o menos igual que el de unos cuantos cientos de miles de personas.
Alma le detestó nada más verlo, pero intentó contener su frustración y explicó su caso lo
más calmadamente posible. Su profesión de ingeniera energética, dijo, le obligaba a viajar
muy a menudo a los sectores más contaminados del país. Ahora mismo, por ejemplo,
regresaba de un Sector Cuatro. Su trabajo estaba catalogado de Interés Especial y de Riesgo
Máximo para la Salud, explicó con orgullo; y calló que, como compensación, cobraba un
sueldo tan alto que podía pagar con toda facilidad el aire limpio del Sector Uno. Muchos
ciudadanos, quizá incluso ese mismo pánfilo empleado de cara de plástico, tenían que vivir
en zonas más polucionadas por no poderse costear los recibos del aire; pero ella hubiera
podido abonar el triple sin notarlo. El empleado atendió sus explicaciones con aburrida
impavidez; o puede que la barata cirugía estética hubiera vaciado de expresión su rostro
banal. Luego se puso a manipular algo invisible, porque sus brazos se difuminaban en el
vacío.
Alma cerró los párpados y se apretó suavemente los ojos con las yemas de los dedos. El
dolor de cabeza volvía a estar ahí. Un latido de fuego que nacía detrás del puente de la nariz,
en el centro mismo de su cráneo. Las molestias habían empezado una semana atrás y no
habían hecho más que incrementarse. Pidió hora en el médico y hacía tres días que hubiera
debido ir a la consulta, pero al final su trabajo en el Sector Cuatro se complicó y decidió
alargar el viaje y anular la cita. Ahora se arrepentía: la brutal contaminación no había hecho
sino empeorar su estado. Los dolores eran cada vez más fuertes y además comenzaba a
tener alteraciones visuales, un síntoma típico de las migrañas. Ahora mismo, mientras
hablaba con el empleado, la realidad se le redujo a una especie de pantalla rectangular,
como si estuviera mirando por un visor.
Perdone por la espera -dijo el hombre, alzando el inexpresivo rostro.
Alma sintió un pellizco de inquietud. Se enderezó, olvidando por un momento la jaqueca.
Su identificación es negativa y sus datos no constan. No posee ninguna autorización porque
su identidad no existe.
¿Cómo?
Con los datos que me ha dado, usted no existe.
Pero… ¡no puede ser, es una confusión!
Imposible. He hecho las comprobaciones cruzadas.
Años atrás, para evitar el caos que podía generar hasta la más pequeña equivocación en un
mundo totalmente informatizado, se había creado una compleja estructura de seguridad
que almacenaba los datos en tres circuitos independientes. Se suponía que era un sistema
libre de fallos. Alma sintió que una mano helada le apretaba la nuca.
¡Pe… pero… ¿cómo es posible, qué pasa, qué hago ahora?!
Puede pedir una última verificación en el Archivo Central del Estado. Pero le dirán lo mismo.
Hasta ahora el sistema no se ha equivocado nunca. Es usted quien nos debe de estar dando
unos datos erróneos. Tal vez con ánimo de engaño. Le advierto que, siguiendo el protocolo
previsto en estos casos, he avisado al servicio de seguridad. Gracias y buen día.
La holografía se vaporizó en un instante. Ahora los latidos de dolor retumbaban dentro de
la cabeza de Alma y apretaban sus ojos por detrás, enviando a la retina oleadas de sangre
que parecían teñir intermitentemente su visión con un matiz rojizo. Se sentía enferma, se
sentía fatal, peor que nunca en toda su vida; ya era mala suerte que su creciente
indisposición coincidiera con esa situación absurda y asfixiante.
Tenía que pedir ayuda, tenía que hablar con alguien conocido. Una cuchillada de pena pura
atravesó su pecho: cinco años atrás habría tenido muy claro a quién recurrir. Cinco años
atrás aún vivía Jarque, su pareja. Él habría sabido qué hacer, él habría venido a rescatarla.
Él se habría alarmado si ella no llegaba. Ahora, en cambio, nadie la esperaba. No tenía
hermanos y sus padres habían muerto. Trabajaba como autónoma y los clientes cambiaban
a menudo. Y, en cuanto a los amigos, tampoco eran muy íntimos. De nuevo la pena de la
muerte de Jarque volvió a dolerle tanto que casi agradeció poder concentrarse en el latigazo
de la jaqueca.
Decidió llamar a Martín: no era el amigo más antiguo, pero seguramente era el más
generoso. Acababa de establecer la comunicación cuando el ordenador se quedó en blanco:
la holografía le había chupado toda la batería. Alma corrió aterrada hasta el poste de
recarga más próximo, sintiendo reverberar sus pasos en la dolorida base del cerebro. Pero,
como se temía, el poste no la reconoció. No tenía crédito. No tenía dinero. No podía cargar
el ordenador. No podía hacer nada. Pensó: esto es una pesadilla. Pensó: ¿estaré durmiendo,
estaré delirando, será todo una alucinación? La boca le sabía a metal caliente. Se recostó
en el muro porque las piernas no le sostenían y sujetó su torturada cabeza entre las manos.
Tenía que encontrar una solución, pero su cerebro parecía estarse derritiendo. Doscientos
metros más allá, la larga línea de puertas soportaba un tránsito constante y los trenes
llegaban y se iban con regularidad. El material cristalino del control hacía que todo pareciera
engañosamente fácil, pero era un muro inexpugnable. Piensa, se dijo Alma con
desesperación. ¡Piensa en una manera de salir de aquí! De pronto, una idea se abrió paso
como un gusano venenoso por su embotada mente: ¿Y si todo estuviera preparado? ¿Y si
se tratara de una conspiración contra ella? Alma iba a dar un informe bastante negativo de
la planta química que acababa de visitar en el Sector Cuatro. ¿Y si alguien estuviera
intentando cerrarle la boca? Gimió, asustada y exhausta. Piensa, Alma, piensa. Sabía que
había contrabandistas que ayudaban a los ilegales a pasar las puertas, pero, ¿dónde
encontrarlos?
La jaqueca estaba partiéndole las sienes. Vomitó y todavía se sintió peor. Aturdida y
tambaleante, echó a andar hacia los lavabos para asearse, pero de pronto aparecieron dos
energúmenos del servicio de seguridad y la agarraron del brazo.
Tiene que venir con nosotros.
¿Qué?
Carece de autorización. No puede estar junto a las puertas.
De nuevo la incredulidad, la humillación, la ira. Alma forcejeó intentando soltarse, pero los
hombres la inmovilizaron con brutal facilidad. Le estaban haciendo daño, cosa que no
parecía importarles en absoluto. He descendido un escalón, comprendió la mujer con
acobardada sorpresa: soy un ser sin identidad y pueden maltratarme. Y en ese justo instante
entró una llamada en su ordenador; por fortuna, era posible seguir recibiendo
comunicaciones incluso con muy poca batería.
¿Alma? Soy la doctora Roderer. Le llamo por la cita que anuló. ¿Cuándo puedo verla?
Convendría que viniera cuanto antes.
¡Era su médico! Alguien que la conocía, alguien que sabía de su identidad. Alma se echó a
llorar.
¿Lo veis? ¡Existo! balbució triunfante a los gorilas.
La doctora lo arregló todo con asombrosa eficiencia. Media hora más tarde, y tras un corto
trayecto en helijet, Alma estaba entrando en su hospital habitual del Sector Uno. Los dos
guardias de seguridad, ahora serviciales y amansados, la ayudaron a caminar, porque
apenas podía mantenerse en pie. Rítmicos latidos de dolor martirizaban su cerebro, como
si en su cabeza se alojara un corazón cubierto de cuchillas. La sentaron en una silla y rodó
por los largos corredores de la clínica; con extrañeza y cierta inquietud, observó que no se
dirigían a la zona normal de consultas externas, sino que descendían a un lugar subterráneo
y remoto. Su inquietud aumentó al cruzar unas puertas que decían: Unidad de Androides.
Y el pánico se disparó al verse dentro de un alarmante cubículo, una extraña mezcla de
quirófano y taller mecánico, todo acero pulido y luces destellantes.
No, no, no es aquí, esto es un error, ¿dónde está la doctora Roderer? Yo no soy un androide…
gimió con angustia mientras los gorilas la alzaban de la silla y la ataban a una mesa de metal
con veloz eficiencia.
El rostro conocido de la doctora se inclinó sobre ella nimbado por el cegador foco del techo.
Tranquila, Alma. Todo va a ser muy rápido.
Clavaron agujas en sus venas, conectaron tubos. Perdió el habla y su visión empezó a virar
al rojo y luego al azul. No soy un androide, pensó Alma con espanto. Le zumbaban los oídos
y en su cabeza seguía retumbando un pálpito de sangre, aunque el dolor casi había
desaparecido. No soy un androide, se repitió, aletargada; y recordó aquella noche junto a
Jarque, cuando su pareja ya se encontraba muy enfermo y el fin estaba cerca. Él dormido
en la cama, ella tumbada a su lado, leyendo. Llovía y el ruido del agua se mezclaba con la
respiración de Jarque, un poco acezante. Cuánto le quiso entonces, con qué intensidad
sintió la vida en ese instante de calma, en esa isla en mitad del sufrimiento. No, ella no podía
ser una criatura artificial si era capaz de experimentar unas emociones tan humanas. Ah,
Jarque, suspiró Alma, el rumor de las gotas de aquella lluvia acompasándose ahora a los
latidos de su corazón. Entonces su visión se deshizo en una tormenta de píxeles y todo se
apagó súbitamente.
vvvv
No soporto estas cosas rezongó la doctora Roderer mientras retiraba los electrodos de
desactivación.
Sí, es desagradable… convino Mike, el cirujano del equipo-. Menos mal que pasa pocas
veces. Si hubiera venido a su cita, como todos, no habría sufrido el colapso biológico. La
hubiéramos dormido y no se habría enterado de nada.
Pues no sabes lo peor: al llegar su fecha de caducidad, el Archivo Central simplemente la
borró, aunque todavía no estaba desactivada.
¿De verdad? Y luego dicen que el sistema es infalible. A mí eso me parece un error bastante
grande.
Las hábiles manos de Mike estaban midiendo el grado de degeneración de los tejidos
siliconados de la criatura, para determinar lo que podía ser reciclado. La doctora contempló
el cuerpo exangüe, hermoso y aparentemente tan humano.
Digan lo que digan, me parece una crueldad que los pobres no sepan que son androides -
gruñó la doctora, conmovida a su pesar.
Pues por lo visto todos los estudios demuestran lo contrario. No saberlo hace que sean más
felices y trabajen mejor.
Durante cuatro años, pensó ella. Sólo vivían cuatro míseros años.
¿Tú crees que de verdad ignoran que son artificiales? musitó la mujer.
Eso parece.
No sé. Me extraña que no se den cuenta de que su pasado es falso.
Mike alzó el rostro:
Bueno, ya sabes. Ahora hacen unos implantes de memoria buenísimos.
Durante unos segundos, los dos médicos se miraron en silencio a los ojos. Entonces quizá
tú, entonces quizá yo, se dijo la doctora, estremecida. Pero luego le vino a la cabeza el
recuerdo de una noche lejana, lluviosa y melancólica. Una reminiscencia tan hermosa e
intensa que era imposible que fuera artificial.
Pobre Alma -suspiró Roderer.
Y se dispusieron a trocearla.