Taxi a París Ruth Gogoll
Un encuentro mágico, una atracción singular en un bar de
Berlín cambiará el rumbo de dos mujeres. La protagonista,
un prostituta lesbiana (que tiene por clientas a las mujeres
más exquisitas de la burguesía alemana) se ve obligada a
replantearse sus relaciones cuando conoce a una ejecutiva
sensual y apasionada. Este encuentro casual será el inicio
de una intensa historia de amor cuyo núcleo argumental se
centra en las relaciones sexuales fuera de la pareja. Una his-
toria que explora los límites del amor y del deseo, los reco-
vecos de la pasión y del compromiso. A partir de una inteli-
gente estructura, Ruth Gogoll explora en estas páginas la
sexualidad entre mujeres con una mirada distinta y profun-
da.
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Taxi a París Ruth Gogoll
Capítulo 1
—¡Me gusta que las chicas se defiendan! —En su mirada
apareció un destello del placer que adivinaba en la batalla,
en la conquista, en el sitio. No quería entregar me a ella y,
sin embargo, mi cuerpo entero se moría por acariciarla y
por recibir sus caricias—. ¡Vamos, dime otra vez que no
quieres, que me odias! —Se echó a reír. Su risa era cínica y
provocativa.
—¡Te odio! —grité.
Era la verdad, pero eso no impedía que me consumiera
de deseo. Y me odiaba a mí misma por obedecer su volun-
tad. Lo que menos deseaba era complacerla. Su deseo era
cada vez más y más intenso. Cuando se acercó a mí, sus
ojos centellearon. Separó los labios y vi el brillo de sus
dientes. Sacudí la cabeza de un lado a otro, con la inten-
ción de zafar me de ella, pero la mujer me empujó contra la
pared y me sujetó las muñecas con fuerza.
—¡No, no quiero, así no!
No me soltó, pero inclinó la cabeza hacia atrás y se
echó a reír.
—Eso es, defiéndete. Me encanta. —En su voz ronca se
adivinaba la excitación.
Tensé el cuerpo y ella, rápida como el rayo, aprovechó
la ocasión para plantar me un beso en los labios e intentar
abrirse camino con la lengua entre mis dientes apretados.
Me empujaba contra la pared con todo el cuerpo. No me
quedó más remedio que abrir la boca para coger aire y fue
entonces cuando ella me penetró con la lengua, cuando se
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apoderó de mí. La pasión y el placer casi me hicieron per-
der el conocimiento, aunque también noté las náuseas que
me subían desde el estómago hasta la garganta.
Le di un mordisco y ella apartó rápidamente la cabeza,
pero no me soltó las muñecas. Sus manos me apretaban
con la misma fuerza que unas esposas. Tuve la sensación de
que no era la primera vez que hacía aquello, de que ya es-
taba acostumbrada. Me observó con una mirada feroz,
mientras se limpiaba con la lengua una gota de sangre del
labio. Me resultaba imposible librar me de aquella mirada.
—Eres una gatita muy mala… A ver si al final va a resul-
tar que me he equivocado contigo. Pensaba que eras una
burguesita aburrida, de esas que lo único que hacen es
tumbarse y abrirse de pier nas…
Vi un destello de esperanza.
—¡Sí, sí, eso es lo que soy, un burguesita aburrida! —A
lo mejor así conseguía que me dejara en paz, pensé.
—No, no, no. —Se echó a reír de nuevo, con la voz ron-
ca por el deseo—. Ahora ya es demasiado tarde. Te he ca-
lado. Lo estás deseando. Quieres sentir miedo y dolor por-
que eso te excita.
¡Admítelo! —Seguía sujetándome las muñecas con fuer-
za. Me estaba haciendo daño y grité—. ¡Eso es, grita! ¡Grita
todo lo que quieras! —Su voz era un jadeo ronco y apasio-
nado.
Tuve miedo. El dolor no me había despejado, como yo
esperaba, sino todo lo contrario: lo noté entre las pier nas,
exactamente como ella había dicho. Me pregunté si real-
mente era aquello lo que yo buscaba. Ella se dio cuenta de
mi indecisión y me besó de nuevo, pero esta vez no traté
de escapar: me metió la lengua casi hasta la garganta con
una fuerza brutal. Pensé que iba a vomitar pero justo antes
de llegar a ese extremo, ella retiró la lengua. Desde luego,
era toda una experta. «¿Con cuántas mujeres lo habrá he-
cho?», me pregunté. Tal vez había más mujeres aficionadas
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a estos juegos de lo que yo creía. «¿Y yo? —me pregunté
—. ¿Yo también soy así? ¿A mí también me gusta?».
Ella atacó de nuevo. Sentí que me vencía la necesidad
de contraatacar, de participar, de no mantener una actitud
pasiva y per mitir que me utilizara. Pero no, nunca, eso era
justamente lo que ella quería, y yo debía defender me. Eso
era lo que me decía mi cabeza, aunque el traidor de mi
cuerpo opinara otra cosa. Ya casi no podía soportar el de-
seo, que cada vez era más fuerte. Me temblaban las rodi-
llas; ella se dio cuenta y aflojó un poco la presión en mis
muñecas.
Busqué su lengua con la mía. Ella se apartó durante
apenas un segundo y me contempló sorprendida. Después
metió la lengua otra vez en mi boca, tan a fondo y con tan-
ta fuerza que casi me ahogó.
De repente, me soltó las muñecas y apoyó las manos en
mi cintura.
Tensé el cuerpo, a la espera de que volviera a hacer me
daño. Me sacó la camisa de los pantalones y casi de inme-
diato empezó a acariciar me la espalda. Sentí un cosquilleo
por todo el cuerpo.
Ahora que ya no había ningún obstáculo, me clavó las
uñas en los hombros y yo gemí de dolor. Muy despacio, de-
jó resbalar las uñas por mi espalda hasta llegar a la cintura.
Me sentí como si me estuvieran arrancando la piel a tiras,
aunque el dolor no era tan intenso como para no poder so-
portarlo. Gemí de nuevo, un poco más alto esta vez, aun-
que no sé si de dolor o de placer.
—Vamos, dímelo, dime que te gusta —mur muró junto a
mis labios.
Me empujó con las caderas hacia la pared y me inmovi-
lizó.
Intenté arquear el cuerpo para rozar sus caderas, para
restregar me contra su cuerpo, pero… «¡No!», me dije. «¡Es-
ta no soy yo, es mi pelvis, que se ha independizado de mí!
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¡Traidora!», gritó una voz en mi interior. El deseo era cada
vez más intenso.
—Te gusta… ¡dilo! —insistió. Noté su aliento cálido jun-
to a mi boca.
—¡No! —Giré la cabeza hacia un lado y traté de soltar-
me.
Ella me empujó de nuevo, se inclinó un poco hacia atrás
y me arrancó la camisa. Me hervía la sangre. ¡No, aquello
era intolerable! Dejó caer la camisa al suelo, a mi lado, y se
inclinó sobre mí una vez más. Pensé que se proponía besar-
me otra vez (¿besar me?, ¿se podía llamar beso a aquella
especie de estrangulamiento brutal?) y aparté la cabeza a
un lado. Ella no siguió mi movimiento, sino que apoyó la
cabeza en mi hombro y, de inmediato, noté un dolor muy
agudo. Volví a gritar, aunque tenía los labios apretados y
me había propuesto no hacerlo.
—Oh, sí, grita, vamos, grita —insistió, con voz ronca. In-
clinó de nuevo la cabeza hacia mi hombro.
—No… por favor —le supliqué. Ella volvió a morder me
y noté un dolor mucho más agudo que la primera vez. Las
rodillas ya no me aguantaban, pero ella me sujetó con fuer-
za y me empujó hacia la pared como antes. Me acarició un
pecho con la mano y me frotó el pezón, que estaba duro
como una piedra, con la palma. Se me escapó otro gemi-
do, pero esta vez de deseo.
—Es muy sensible —dijo, con una sonrisa más que ob-
via.
Me invadió de nuevo el pánico.
—Por favor, no hagas eso —susurré, temblando de mie-
do.
Levanté las manos en actitud defensiva y traté de apar-
tarla de mí, pero ella me las sujetó de nuevo con fuerza y
las condenó a la inactividad. Se echó a reír, excitada, y for-
cejeó medio en broma conmigo. Poco a poco, bajó la ca-
beza hacia mi pecho y se pasó la lengua por los labios. Ten-
sé el cuerpo una vez más, aunque estaba temblando de
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pies a cabeza. Mi cuerpo entero era como un arco tensado
que se preparaba para el dolor. Apoyé la cabeza en la pa-
red y cerré los ojos. Tenía los pezones tan sensibles que sa-
bía que no podría resistir me a sus caricias.
Me chupó el pecho y me acarició el pezón con la len-
gua, una y otra vez. Ni el miedo que tenía en ese momento
impidió que sus caricias me excitaran. De nuevo quise em-
pujarla con las caderas, pero un sudor frío me cubrió la piel.
Ella me miró y sonrió.
—Tienes miedo —dijo, satisfecha.
—Sí —respondí. De todas for mas, no tenía mucho senti-
do negarlo—. Me vas a hacer daño. —Traté de que mi voz
sonara lo más tranquila posible.
Y cuando menos me lo esperaba, me soltó. Sin dejar de
mirar me, dio un pequeño paso hacia atrás, me agarró por
la cinturilla del pantalón y me desabrochó el botón. Acto
seguido, y con un gesto rápido, me bajó la cremallera. Me
apoyé contra la pared, como si estuviera paralizada, y ella
se dio cuenta de que ya no tenía intenciones de defender-
me. En su rostro apareció un gesto de decepción.
—Oh, venga, no me estropees la diversión.
—¿Diversión? —Monté en cólera—. ¡Pues será para ti!
¡Mierda, aquello era exactamente lo contrario a la ver-
dad! En sus ojos apareció de nuevo una mirada de deseo
contenido.
—Así está mucho mejor. —Se acercó y colocó una mano
a cada lado de mi cabeza, pero sin llegar a tocar me—. Eres
una gatita muy mala —me susurró al oído. Después me
mordisqueó el lóbulo de la oreja y yo volví a tensar el cuer-
po, a la espera de que me mordiera con fuerza en cualquier
momento. Dejó resbalar los labios por mi cuello y yo expe-
rimenté sucesivas oleadas de placer, miedo y deseo que
me recorrieron todo el cuerpo. Ella se rio en voz baja, satis-
fecha. Noté su aliento cálido sobre mi piel—. Sí, así está
mucho mejor. Tienes miedo, pero te gusta.
La rabia me hizo cometer un error.
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—Sí, me gusta. —Recobré las fuerzas y la aparté de un
empujón. Ella saltó ágilmente hacia atrás y yo le lancé una
mirada furibunda—. Pero no quiero que me lo hagas a la
fuerza. No quiero dolor: quiero deseo, ter nura, pasión, ex-
citación y todo eso, pero nada de fuerza brutal, porque
es…
—Busqué una palabra que transmitiera lo que sentía.
Ella arqueó las cejas, con un gesto burlón.
—¿Perverso? —dijo.
—Sí… ¡Sí, perverso! —le grité, furiosa con ella y conmi-
go misma y con aquella palabra que nunca antes había em-
pleado. Siempre me había dado rabia que los petulantes
burgueses utilizaran esa palabra para afir mar su propia
«nor malidad» y desacreditar a los demás. Todo aquel que
fuese distinto a ellos (daba lo mismo el motivo: homose-
xuales, comunistas, lo que fuera) era difamado indiscrimina-
damente. Mi rabia, sin embargo, solo duró unos instantes,
pues dio paso de inmediato a otra sensación: la de que to-
do aquello no tenía sentido. Crucé los brazos a la espalda y
me apoyé en la pared—. Y ahora, por lo que a mí respecta,
ya puedes ir a buscar tu látigo o lo que sea y pegar me —di-
je.
Dejó resbalar su mirada por mi rostro.
—Estás preciosa cuando te enfadas —me dijo, con voz
muy suave.
Quise protestar por aquel tópico, que parecía sacado
de una pésima peli porno de los setenta, pero no me dio
tiempo porque su boca ya había sellado la mía. Esperé la
penetración violenta de su lengua, pero se limitó a acariciar
con ella mis labios cerrados. El cosquilleo era ya insoporta-
ble. Cuando abrí la boca, jugueteó dulcemente con mi len-
gua y me acarició la punta hasta que el deseo casi me hizo
gritar. La boca era la única parte de su cuerpo que me toca-
ba y tuve la sensación de que el aire que había entre noso-
tras crepitaba.
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Levanté las manos. No, no quería tocarla. Mientras ella
seguía besándome, me empezaron a temblar los brazos,
hasta que finalmente suspiré, dejé caer las manos sobre sus
hombros y la atraje hacia mí. Noté en mi piel el frío de los
botones de su blusa.
Ella suspiró de placer entre mis labios y me rodeó con
los brazos.
Sus gestos eran suaves y delicados y me pregunté qué
había motivado aquella repentina transfor mación. Me em-
pujó de nuevo hacia la pared y colocó una pier na entre las
mías. A pesar de la ropa, aquel roce me hizo enloquecer.
Gemí y empecé a frotar me contra ella, pero al instante me
reprimí. Habíamos llegado de nuevo al punto en que ella
me haría daño, es decir, me había sometido de nuevo a su
voluntad. Me quedé muy quieta. Ella se dio cuenta, dejó de
besar me y se apartó un poco para mirar me.
—Estás confundida. —Lo afir mó sin entonación alguna,
pero no le respondí. Me pregunté qué pensaba hacer a
continuación. Levantó una mano y me acarició la cara. Yo
no me moví y ella dejó caer la mano, que resbaló por mi
brazo y por mi costado hasta la cintura. La mano se quedó
allí, mientras ella me devoraba con la mirada. De nuevo me
observó con su poder hipnótico—. No te voy a hacer daño
—afir mó, categóricamente. Metió la mano por debajo de
mi ropa y yo noté un escalofrío por todo el cuerpo—. Te
deseo —dijo—, te deseo tal y como eres. —Siguió acari-
ciándome, cada vez más abajo, con una lentitud insoporta-
ble. Mi cuerpo entero ardía de deseo—. Quiero oír tus ge-
midos y tus gritos, pero no de dolor. —Rozó con los dedos
el inicio de mi vello púbico y siguió bajando, torturándome
con sus caricias, sin dejar de mirar me. Tensé los músculos
de los hombros y me apoyé en la pared. Ella me rodeó con
el otro brazo y me sujetó con fuerza. Su mano per maneció
inmóvil entre mis pier nas y yo, gimiendo de placer, traté de
frotar mi cuerpo contra esa mano. El interior de mi cuerpo
era como un volcán en erupción y notaba mi propia hume-
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dad acumulándose entre sus dedos. Estaba tan excitada
que balanceaba mi cuerpo hacia delante y hacia atrás.
Ella retiró la mano y yo expulsé de golpe el aire que ha-
bía en mis pulmones.
—No —gemí—, has prometido que no me ibas a tortu-
rar… Por favor…
Ella soltó una alegre carcajada.
—He prometido que no te haría daño. Y no te voy a ha-
cer daño.
Pero esto es completamente distinto.
Acarició mi entrepier na por encima de la ropa y yo gemí
de nuevo, sin poder ocultar mi impaciencia, mientras ar-
queaba el cuerpo. Apoyó las manos en mis caderas y me
empezó a bajar el pantalón, muy despacio. La verdad es
que se tomó su tiempo.
Durante lo que me pareció una eter nidad, me acarició
con las manos, primero hacia arriba y luego hacia abajo.
Cuando por fin me hubo desnudado, se inclinó sobre mí y
me acarició el pecho con los labios. Allí donde me tocaba,
mi piel era puro fuego. Finalmente se acercó al pezón y yo
tensé el cuerpo una vez más. Ella reaccionó de inmediato.
—Te lo he prometido —mur muró, antes de mirar me—.
No haré nada que tú no quieras.
—Sin embargo, yo no podía aterciopelar me, pues el
miedo estaba demasiado arraigado en mí. Ella volvió a aca-
riciar me el pecho con los labios y después, con una ter nura
infinita, lo lamió con la lengua.
La sensación que me produjo acabó con todas mis reti-
cencias.
—Oh, sí —suspiré.
Alter nó las manos y la lengua para acariciar me los pezo-
nes, duros y erectos. Al llegar a ese punto yo ya no podía
contener mi deseo y, desde luego, no habría sido capaz de
impedir que me hiciera cualquier cosa, fuese lo que fuese.
De repente, su cara estaba delante de la mía: recorrió mis
labios sin prisas, casi sin tocar me. Yo quise retenerla, pero
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ella sonrió y se apartó. Dejó resbalar la mano por mi pecho
y por mi estómago y por último la introdujo entre mis pier-
nas. Con dos dedos, me acarició suavemente la parte inte-
rior de los muslos: los movió desde atrás hacia delante, de
un lado a otro, hasta que tocaron el centro. Me agarré a su
brazo y ella empezó a frotar me con más fuerza, mientras
buscaba con movimientos circulares el punto más sensible.
Me sentía a punto de explotar. Ella apretaba cada vez con
más fuerza, hasta que encontró el orificio.
—¡No! —Aparté mis labios de los suyos. Se detuvo de
inmediato y volvió a rodear me con sus brazos.
—¿Qué te ocurre?
—No me… no me gusta. —Tragué saliva con dificultad
—. Prometiste que…
Se echó a reír con ganas.
—No lo he olvidado. No hace falta que me lo recuerdes
todo el rato.
—Lo siento, tengo mucha sensibilidad… en esa zona.
—Sí, la verdad es que tienes mucha sensibilidad, ya me
he dado cuenta. —Tuve la sensación de que no me hacía
caso, pero de repente noté preocupación en su tono de
voz—. ¿Te duele?
No me quedó más remedio que responder.
—En realidad… no, no mucho. Yo… bueno, la verdad es
que no lo sé.
—¿Que no lo sabes?
Fijé la vista en el suelo, tras ella.
—No —afir mé, con actitud desafiante.
Se echó hacia atrás y me contempló desde cierta distan-
cia. Por la for ma en que me ardía la cara, supongo que es-
taba roja como un tomate. Me puso un dedo bajo la barbi-
lla y me obligó a levantar la cabeza.
—Pero yo no soy la primera mujer con la que te acues-
tas, ¿verdad?
—No… —Me observó con atención. Obviamente, espe-
raba que aquel gesto fuera más eficaz a la hora de hacer me
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hablar que las preguntas directas—. Quiero decir… he es-
tado con muchísimas mujeres, pero así no. ¡Es que no pue-
do! —enfaticé, en un tono desafiante. Me di la vuelta y me
quedé de cara a la pared.
—¿Y ese es el único motivo?
La pared me protegía, al menos de su mirada directa,
pero aun así tuve la sensación de que me estaba perforan-
do la espalda con los ojos.
—¿No te parece motivo suficiente?
—¿No has estado nunca con un hombre…?
Apenas la dejé ter minar.
—¡Pues no! —dije. Me di la vuelta para mirarla—. ¿De-
bo estar avergonzada?
Seguía observándome atentamente.
—No, claro que no. ¿Qué es lo que estás pensando?
Quería decir en contra de tu… —Se interrumpió.
—¿En contra de mi…? Ah. —Entonces lo entendí—. No,
no me han violado. —Suspiró, aliviada, pero yo estaba más
enfadada que nunca. ¿Por qué de repente se mostraba tan
preocupada?—. Y hasta esta noche, nadie lo había intenta-
do —dije entre dientes, furiosa.
Se volvió y cogió aire. Después me miró de nuevo. En
su rostro impenetrable no se movía ni un solo músculo.
—Pues entonces, no hay ningún problema.
Yo estaba que echaba chispas. O sea, que ahora pensa-
ba que no había ningún problema. Ella volvió a suspirar.
—Lo de antes ha sido un… —hizo una pausa para refle-
xionar— un malentendido. —Y como si con eso se arreglara
todo, se acercó lentamente hacia mí, con una sonrisa en los
labios. Según ella, el intento de violación era un malenten-
dido. Quise creer que no me consideraba tan estúpida y,
desde luego, ella tampoco lo era. Había seguido con mu-
cha atención las expresiones de mi cara. Suspiró de nuevo,
pero esta vez pareció resignada—. Sí, ya sé lo que estás
pensando, pero a muchas mujeres —prosiguió— les gusta
así. Y por eso me eligen a mí. —Me observó con una mira-
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da triste—. Evidentemente, tú no lo sabías y yo he pensado
que… —Se echó a reír, pero su risa era amarga—. Como he
dicho antes, un malentendido.
Para entonces, yo estaba más que confundida.
—¿Qué es lo que no sabía? —En alguna parte de aquel
caos tenía que haber una pista que me ayudara a desentra-
ñar el misterio.
Me observó abiertamente, con una mano apoyada en la
cadera.
—¡Soy una puta, cielo! —Me quedé perpleja. Obvia-
mente, ese era uno de los efectos que ella buscaba. El otro
era hacer me sentir asco, pero no le salió bien.
Se alejó unos cuantos pasos de mí y se dedicó a con-
templar por la ventana el parpadeo de un rótulo de neón.
—Ahora puedes irte si quieres, no te retendré. —Habló
en mitad de la oscuridad. Tenía la espalda recta como una
tabla.
Me acerqué hacia donde estaba mi ropa, pero luego me
detuve.
No quería ir me, eso lo tenía muy claro, pero… ¿qué otra
cosa podía obtener allí? Aquella mujer era una prostituta, y
esperaba que yo le pagara por un «servicio» que yo ni si-
quiera sabía que estaba recibiendo. Se ajustó a mis deseos
cuando se dio cuenta de que yo quería algo diferente: para
prestar un buen servicio, hay que adaptarse a los gustos del
cliente. ¿El cliente? De repente, me vi a mí misma con muy
malos ojos.
Se volvió y me observó con frialdad.
—¿Quieres que me vaya? —Su tono de voz era glacial.
De repente, me di cuenta de que estaba desnuda. Cogí la
blusa y me la puse a toda prisa.
—No, eso sería absurdo.
—Muchas mujeres quieren quedarse solas después —
dijo, encogiéndose de hombros—. A mí me da lo mismo.
—Su voz era glacial y dulcificante al mismo tiempo, lo cual
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es una contradicción en sí misma. Sin embargo, esa es la
impresión que tuve.
Me abroché la camisa sin dejar de mirarla. Estaba allí
plantada, con los brazos cruzados, las pier nas separadas y
el aspecto de una fortaleza imponente. Me acerqué a ella.
Siguió mi avance con la mirada, pero no se movió. Me que-
dé parada delante de ella y alcé los ojos hacia su rostro.
Madre mía, pensé, por lo menos mide metro ochenta y cin-
co. —No quiero quedar me sola y tampoco quiero ir me—.
La observé sin inmutar me.
Arrugó los labios en un gesto burlón y me miró.
—¡Ah, la señorita le está cogiendo el gusto a esto! —Se
echó a reír, pero su risa me sonó muy sentimental. Se incli-
nó un poco—. Hasta hace un momento no lo sabías y esta-
bas enfadada. Ahora lo sabes y ya… —chasqueó los dedos
— te excita. Hasta hace un momento, no era más que una
aventura exótica, algo fuera de lo habitual. ¿Me equivoco?
Pero ahora… ¡qué oportunidad! ¿Cómo será acostarse con
una mujer que lo hace por dinero? Te gustaría saberlo,
¿verdad? ¿Por qué no probarlo, ya que estamos aquí? —
Me dio la espalda y se desabrochó los puños de la camisa
—. Espero que te hayas traído el talonario —añadió, por
encima del hombro—, porque soy muy cara.
Se quitó la camisa con un gesto rápido y la dejó caer so-
bre una silla. Me fijé en su espalda tersa y oí el chirrido de
la cremallera. Se quitó las botas de una sacudida y, un ins-
tante después, los pantalones fueron a parar al mismo sitio
que la camisa. Estaba completamente desnuda. Con un
movimiento enérgico, se dio la vuelta y mantuvo los brazos
alzados durante unos segundos.
—Aquí me tienes —dijo—, a tu disposición.
Finalmente tenía la oportunidad de volver a mirarla y
confir mar una vez más lo que ya había advertido a primera
vista: que era increíblemente her mosa. Me acerqué y la to-
qué. Su piel irradiaba frío, como si fuera una estatua de
már mol.
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—No —negué con la cabeza—, no, no pienso hacerlo.
No te voy a tratar como a una puta solo para que puedas li-
brarte más fácilmente de mí —dije, mientras retrocedía.
—Pero cielo. —Arqueó las cejas, como si quisiera expre-
sar perplejidad por el hecho de que, obviamente, yo des-
conocía las reglas—. Tú me pagas y yo soy una puta. Ven
aquí. —Sonrió con mucha profesionalidad y se acercó a mí.
Alargó la mano hasta mi oreja y me acarició con el pulgar
una zona muy sensible, justo debajo del lóbulo. Cerré los
ojos—. Eso está mucho mejor —ronroneó. Quise olvidar,
dejar me llevar por la placentera sensación que me produ-
cían sus caricias, pero no pude. Abrí los ojos y me di cuenta
de que ella seguía sonriendo con mucha profesionalidad—.
¿Qué te gustaría hacer? Dímelo, aunque no sea muy habi-
tual. Haré realidad todos tus deseos. Déjate de inhibicio-
nes.
Interpretaba su papel como si fueran los créditos inicia-
les de una película. De repente, sonrió con aires de compli-
cidad. Dejó de acariciar me tras la oreja y deslizó las manos
por mi cuerpo hasta llegar a las nalgas. Se arrodilló y enton-
ces comprendí lo que le rondaba por la cabeza: hasta en-
tonces no me había dado cuenta porque había estado de-
masiado pendiente de su interpretación y de mis sensacio-
nes. Le aparté la cabeza.
—¡No hagas eso!
Se le borró la sonrisa del rostro. Se puso de pie con una
expresión de indiferencia y me observó con frialdad.
—Como quieras. Es tu dinero. Si lo prefieres, puedes
pegar me por el mismo precio.
En toda mi vida, nunca había estado en una situación ín-
tima con una mujer capaz de desconectar con tanta rapi-
dez. Me ponía nerviosa. Quería saber qué sentía en reali-
dad, pero me daba rabia que me dominara de aquella ma-
nera. Y jamás se me ha dado muy bien ocultar la rabia… Le
lancé una mirada cargada de indignación.
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