ORACIÓN
ORACIÓN
«Nadie conoce al Padre, sino el Hijo» (Mt 11,27); «yo y el Padre somos una sola cosa» (Jn 10,30). Ora al Padre
con la absoluta certeza de ser escuchado: «Yo sé que siempre me escuchas» (11,42). Y es en la oración donde la
conciencia filial de Jesús alcanza su plenitud: «Es preciso que me ocupe en las cosas de mi Padre» (Lc 2,49); «yo
no estoy solo, sino yo y el Padre, que me ha enviado» (Jn 8,16). La mediación sacerdotal de Cristo, en la que se
realizó nuestra salvación, se cumplió en la función reveladora por la predicación del evangelio, en la función
sacrificial obrada en la cruz, y en la función orante, según la cual Cristo glorificó al Padre e intercedió sin cesar
por los hombres presentando «oraciones y súplicas con poderosos clamores y lágrimas» (Heb 5,7; +Jn
17,4.15.17). Y ahora, en el cielo, Cristo continúa alabando al Padre e intercediendo ante él siempre por nosotros,
como sacerdote perfecto (Heb 7,24-25; 9,24; 1 Jn 2,1). Los hombres, pues, somos salvados por la predicación, el
sacrificio y la oración de Jesucristo.
Conocemos bien los rasgos fundamentales de la oración de Cristo, que unas veces era en el gozo y la alabanza
(Lc 10,31), otras en petición y súplica, con angustia, tristeza y sudor de sangre (22,41-44), y siempre entregando
su voluntad amorosamente al Padre: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (22,42). Jesús de Nazaret era un
hombre orante, que «se retiraba a lugares solitarios y se daba a la oración» (5,16), poniendo en práctica su
doctrina: «Es preciso orar en todo tiempo y no desfallecer» (18,1). Oraba a solas, pues aún sus discípulos no
habían recibido el Espíritu de filiación divina (Jn 7,39; Rm 8,15). Y se entregaba especialmente a la oración en
los momentos más importantes de su vida y de su ministerio: bautismo (3,21), elección de los Doce (6,12),
confesión de Pedro (9,18), enseñanza del Padre nuestro (11,1; +22,32; Mc 6,46). Merece la pena señalar que su
transfiguración en el monte se produjo «mientras oraba» (Lc 9,29). Acción y contemplación se alternaban y unían
armoniosamente en la vida de Jesús. «Enseñaba durante el día en el templo, y por la noche salía para pasarla en
el monte llamado de los Olivos» (21,37). Durante la actividad intercalaba breves oraciones, algunas de las cuales
recogen los evangelios (10,21; Jn 11,41-42; 12,27-28). La distribución de sus horas la hacía Jesús con perfecto
dominio y flexibilidad, sin dejarse llevar ni por los íntimos deseos ni por las circunstancias exteriores. Unas veces,
renunciaba a un retiro proyectado para estar con la gente que le buscaba (Mc 6,31-34); otras veces, ponía límite
a su actividad exterior, para entregarse a la oración: «Después de haberlos despedido, se fue a un monte a orar»
(6,46). Al final de su vida pública, la acción disminuye hasta cesar y la contemplación aumenta de forma absoluta:
«Ya no andaba en público entre los judíos» (Jn 11,54). Jesús está ya siempre orando, en la Cena, en Getsemaní,
en la Cruz. Cristo oraba con los salmos (Sal 39,8-9: Heb 10,5-7; Mt 26,30; Sal 40,10: Jn 13,18; Sal 21,2; 30,6), y
era consciente de que daba cumplimiento a cuanto los salmos habían dicho de él (Lc 24,44). Y, según la costumbre
de su pueblo, adoptaba ciertas actitudes exteriores al orar, elevando las manos, mirando a lo alto, de rodillas,
rostro en tierra (Mt 26,39; Lc 22, 41; Jn 11,41; 17,1).
La oración de los cristianos La oración cristiana es una participación en la oración de Cristo. «Yo os he dado el
ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho» (Jn 13,15). Pero nuestra oración es oración de
Cristo no sólo porque la hacemos siguiendo su ejemplo, sino porque él nos comunica su Espíritu, que ora en
nosotros (Rm 8,14- 15. 26). Cristo ora en nosotros, los cristianos, o como dice San Agustín, precisando más: «El
ora por nosotros como sacerdote nuestro, El ora en nosotros como cabeza nuestra, El es orado por nosotros como
Dios nuestro. Reconozcamos, pues, en El nuestras voces, y reconozcamos su voz en las nuestras» (ML 37,1081).
El pueblo cristiano, en su condición sacerdotal, está destinado a la oración, a alabar a Dios y a interceder por los
hombres. Los primeros cristianos entendieron bien esto, y «todos perseveraban unánimes en la oración» (Hch
1,14), de modo que la Iglesia primitiva da la fisonomía inequívoca de una comunidad orante (2,42). En este
sentido decía Pablo VI: «¿Qué hace la Iglesia? ¿Para qué sirve la Iglesia? ¿Cuál es su momento esencial? ¿Cuál
es su manifestación característica?... La oración. La Iglesia es una sociedad de oración. La Iglesia es la humanidad
que ha encontrado, por medio de Cristo único y sumo Sacerdote, el modo auténtico de orar. La Iglesia es la familia
de los adoradores del Padre “en Espíritu y en verdad” (Jn 4,23)» (22-IV-1970; +3-II-1978). ((La espiritualidad
que no valora y fomenta la oración no es cristiana, es falsa. No es evangélica la espiritualidad que mira con recelo
la oración –como si ella normalmente fuera una forma de evadirse de la realidad–; que considera la oración como
algo que conviene sólo a ciertas personas o grupos; que en la unión entre contemplación y acción asigna siempre
a la oración una importancia secundaria. En esta concepción voluntarista y ética de la vida cristiana hay un enorme
error de fondo. Si los cristianos hubiéramos sido llamados al Reino en la exclusiva calidad de siervos empleados,
funcionarios o soldados, no sería esencial en nuestra vida la oración, es decir, la intimidad amistosa con el Señor:
bastaría con que cumpliésemos las ordenanzas del Reino. Pero sucede que los cristianos lo somos en cuanto hemos
sido llamados a ser «hijos de Dios» (1 Jn 3,1), «familiares de Dios» (Ef 2,19), «amigos» de Cristo (Jn 15,15); y
no puede haber relación familiar ni amistosa sin trato íntimo y frecuente. Por eso sin oración, no hay vida cristiana.
Y por eso la familia, la escuela, la parroquia, el movimiento que no suscitan la oración en sus miembros, no están
dando propiamente una formación cristiana, ni están capacitando para el apostolado.)) Una actividad es cristiana
cuando procede de la contemplación y conduce a ella. La actividad que no tiene su origen en la fe contemplativa
y que incapacita para la oración, no es acción propiamente cristiana. El concilio Vaticano II –el más atento a las
realidades temporales de todos los concilios– quiere que «lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo
visible a lo invisible, la acción a la contemplación, y lo presente a la ciudad futura que buscamos» (SC 2). Y Pablo
VI, en la homilía de la misa conclusiva del concilio, declara: «El esfuerzo de clavar en El la mirada y el corazón,
eso que llamamos contemplación, viene a ser el acto más alto y pleno de espíritu, el acto que también hoy puede
y debe jerarquizar la inmensa pirámide de la actividad humana» (7-XII1965). La oración cristiana La oración
cristiana es una relación personal, filial e inmediata del cristiano con Dios, a la luz de la fe, en amor de caridad.
Ya comamos, ya bebamos, ya hagamos cualquier otra cosa, siempre debemos hacerlo todo para Dios, con una
ordenación de amor hacia su gloria (1 Cor 10,31; Col 3,17; 1 Pe 4,11), y así, mediatamente, todo en nuestra vida
debe unirnos a Dios. Pero lo propio y peculiar de la oración es que ella nos une a Dios inmediatamente,
focalizando en él, en el mismo Dios, todo cuanto hay en nosotros, mente, corazón, memoria, afectividad y cuerpo.
San Juan Clímaco entiende la oración como «conversación familiar y unión con Dios» (MG 88,1129). Evagrio
Póntico como «elevación de la mente a Dios» (Pseudo-Nilo: 79,1173; +San Juan Damasceno: 94,1089). San
Agustín la ve como «conversación del corazón» con Dios (ML 34,1275). San Ignacio de Loyola, como un
«coloquio», es decir, como un diálogo (Ejercicios 53-54). Santa Teresa de Jesús entiende que orar es «tratar de
amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama» (Vida 8,5). Y Santa Teresa del
Niño Jesús dice: «Para mí la oración es un impulso del corazón, una simple mirada dirigida al cielo, un grito de
gratitud y de amor, tanto en medio de la tribulación como en medio de la alegría. En fin, es algo grande, algo
sobrenatural que me dilata el alma y me une con Jesús» (Manus. autobiog. X,17). La oración cristiana tiene
estructura trinitaria. –Oramos al Padre: «Cuando oréis, decid: Padre» (Lc 11,2). Eso es lo que dice en nuestro
interior el Espíritu Santo que nos hace hijos: «¡Abba, Padre!» (Rm 8,15). En efecto, Cristo «nos enseñó a dirigir
la oración a la persona del Padre» (Santo Tomás, In IV Sent. dist.15,q.4, a.5,q.3, ad lm). Y esa es la práctica
constante de la Iglesia en su liturgia. –Oramos en Cristo, con él, por él: «El está presente cuando la Iglesia suplica
y canta salmos» (SC 7a). –Oramos por el Espíritu Santo, que viene en ayuda de nuestra flaqueza y ora en nosotros
de modo inefable (Rm 8,26). Por otra parte, que ésta sea la condición de la oración cristiana, no impide, por
supuesto, que se dirija también a Jesús, al Espíritu Santo, a la Virgen, a los santos y a los ángeles; pero siempre,
finalmente, la oración deberá remitirse al Origen sin principio, al Padre celeste que está en lo escondido y ve en
lo secreto (Mt 6,6), al Padre de las luces, de quien procede todo bien (Sant 1,17).
La oración es primariamente obra del Espíritu Santo en la mente y el corazón del hombre. No es, pues, la oración
una acción espiritual que comienza en el hombre y termina en Dios, sino una acción que comienza en Dios, actúa
la mente y el corazón del hombre, y termina en Dios. O dicho con otras palabras: la oración es un misterio de
gracia. La oración –como todos las obras de la vida cristiana, y más si cabe– es gracia. Y la gracia la da Dios. Por
eso todo cristiano puede tener oración, pues Dios quiere dársela, quiere entrar en amistad íntima con él, su hijo,
su amigo; y todo cristiano debe aprender a ejercitarse en aquella oración concreta que Dios le vaya dando, y no
en otra. ((Quienes ven la oración ante todo como una actividad del hombre, aunque sea hecha con el auxilio de la
gracia divina, fácilmente la dejan cuando se ven cansados o distraídos, valoran en exceso la eficacia de los
métodos, y hacen vanas evaluaciones de la misma: «Hoy me ha salido bien», «Hoy ha sido un desastre»... Esta
actitud implica varios errores, y lleva a otros, como entender que la más genuina oración es aquélla que es más
espontánea, ignorando así que la oración del cristiano es genuina ante todo en la medida en que recibe su impulso
del Espíritu Santo. Ya San Juan de la Cruz decía que «hay muchas almas que piensan no tienen oración y tienen
muy mucha, y otras que creen tienen mucha y es poco más que nada» (prólogo Subida 6).)) Ejercicio de virtudes
y oración «Los limpios de corazón verán a Dios» (Mt 5,8). Jesucristo, y también los maestros espirituales
cristianos, al tratar de la oración, no centran el tema en la cuestión de los métodos oracionales, sino que insisten
sobre todo en el ejercicio de las virtudes cristianas, que hacen posible levantar el vuelo de la oración. Como un
globo que, cortadas sus amarras, se eleva poderosamente hacia la altura, así el cristiano, que tiene en sí al Espíritu
Santo, con su inmensa fuerza ascensional, se eleva con toda sencillez hacia las mayores alturas místicas, en cuanto
por el ejercicio firme de virtudes y dones se han ido cortando las amarras de sus apegos desordenados. Se eleva
necesariamente, porque el Espíritu se lo da, y ya nada lo impide. Trata amistosamente con el Señor con íntima
facilidad de amigo, de hijo. Sin mayor necesidad de métodos, que, sin embargo, sobre todo a los comienzos, han
podido serle de alguna utilidad –y esto no tanto por los modos que ofrecen, sino porque a través de ellos ha podido
conocer la naturaleza verdadera de la oración.– Oración y vida de virtudes crecen juntas, simultáneamente. La
vida de la oración no puede ir adelante sin una progresiva liberación de pecados y apegos; y si ésta se produce, el
alma queda necesariamente mejorada en la oración. Por eso, para ir adelante en el camino de la oración lo principal
es, sin duda, 1.–no pecar: «La primera piedra –dice Santa Teresa– ha de ser buena conciencia y librarse con todas
sus fuerzas de pecados veniales, y seguir lo más perfecto» (Camino Perf. 8,3; +STh II-II,24,9); y con ello, 2.–
crecer en virtudes: «No todo el que dice “¡Señor, Señor!” entrará en el reino de los cielos [ni llegará a la
contemplación], sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos» (Mt 7,21). Lo mismo, en palabras
de Santa Teresa: «No pongáis vuestro fundamento sólo en rezar y contemplar, porque si no procuráis virtudes y
ejercicio de ellas, siempre os quedaréis enanas» (7 Moradas 4,10). Y en las virtudes crecer especialmente en 3.–
el amor al prójimo: Dios rechaza la ofrenda de nuestra oración si no estamos en caridad con nuestro hermano (Mt
5,23-24). No es conciliable amor a Dios en la oración y desamor al prójimo en la vida ordinaria, pues no puede
salir de una misma fuente agua dulce y agua amarga (Sant 3,9-11; +5 Moradas 3,10-12). Gráficamente lo dice
San Agustín: «En vano me honras, te dice la Cabeza desde el cielo. Como si alguien pretendiera besarte la cabeza
pisándote los pies. Me honras por arriba y me pisas por abajo. Y es mayor el dolor por lo que pisas que la alegría
por lo que honras» (ML 35,2060). ((Algunos buscan la unión con Dios en la oración, sin hacer mucho caso del
ejercicio de virtudes. Gnósticos, Hermanos del libre espíritu, alumbrados, quietistas y no pocos grupos del pasado
o del presente incurren, con unos u otros matices, en este error. Pero, como dice San Juan de la Cruz, «para hallar
a Dios de veras no basta sólo orar con el corazón y la lengua, sino que también, con eso, es menester obrar de su
parte lo que en sí es. Muchos no querrían que les costase Dios más que hablar, y aun eso mal, y por El no quieren
hacer casi nada que les cueste algo» (Cántico 3,2).)) Todas las virtudes son necesarias para la oración, pero algunas
lo son especialmente, y en la oración, por otra parte, se desarrollan con particular ventaja. Penitencia. –Los judíos
creían que no era posible ver a Dios sin morir, y tenían razón (Gén 32,31; Ex 19,12. 21; 33,20; Is 6,5). El cristiano
carnal, como un drogadicto privado de su droga, se siente morir cuando en la oración se ve privado de imágenes,
sensaciones, ideas y palabras, que son su alimento; y pronto se ve privado de todo eso, si persevera en la oración:
en cuanto sale de Egipto, ha de atravesar el Desierto, si quiere llegar a la Tierra prometida. Él está cebado a las
cosas del mundo visible, pero en la oración ha de volver sus ojos a lo invisible (2 Cor 4,8; Col 3,2). Él es carnal,
pero «Dios es espíritu, y los que le adoran han de adorarle en espíritu y en verdad» (Jn 4,24). Y por todo eso la
oración es para el cristiano carnal la más terrible penitencia, y en ella agoniza y muere, eso sí, acompañado de
Jesús, el cual «entrado en agonía, oraba con más fervor, y su sudor vino a ser como gotas de sangre que caían
sobre la tierra» (Lc 22,44). En cualquier actividad, por noble y cristiana que sea, el yo carnal se las arregla para
hallar alguna manera de compensación –trabajando, predicando, cuidando enfermos–. Pero le resulta mucho más
difícil hacer esas trampas en la oración por la suprema espiritualidad de su naturaleza. Santa Teresa de Jesús,
hablando de cierta fase de su vida, decía: «No sé qué penitencia grave se me pusiera delante que no acometiera
de mejor gana que recogerme a tener oración» (Vida 8,7). Los trabajos que hay que pasar a veces en la oración
son «grandísimos, y me parece es menester más ánimo que para otros muchos trabajos del mundo» (11,11).
((Algunos huyen de la oración para refugiarse en la acción, y ésta es la debilidad de la carne, aunque el espíritu
esté pronto (Mt 26,41). Otros hay que consideran la oración como una cómoda evasión de la realidad, y esto ya
es peor, porque es caer en la mentira. Ellos son los que andan evadidos de Dios, que es la Realidad fontal, y
perdidos en acciones irreales, que no tienen a Dios por principio y fin, haciéndose así ellos mismos cada vez más
irreales. A éstos les dice Santa Teresa: «¿Es mucho que, quitando los ojos del alma de las cosas exteriores, le
miréis algunas veces a El?» (Camino Perf. 42,3). Y es que temen a la oración como a la muerte, y la huyen,
racionalizando y haciendo teología posterior de su huida (+Vida 8,6).)) El verdadero orante es necesariamente un
hombre penitente, abnegado de sí mismo, y a la hora de morir lo hará con facilidad, pues habiendo perseverado
durante su vida en la oración, ya ha adquirido largamente la costumbre de morir. Fe y caridad. –En la oración, a
la hora de elevar el corazón a Dios, sólamente la fe y la caridad son las alas sobrenaturales capaces de levantar
ese vuelo inmenso, y de poco valen allí otras fuerzas y trucos. Y esas alas, sobre todo a los comienzos, han de
batirse con poderosa intensidad, si es que el vuelo ha de ser durable y alto. Así se hacen ágiles y fuertes. En efecto,
nada acrecienta tanto la fe y la caridad como el ejercicio perseverante de la oración. El verdadero orante es hombre
lúcido en la fe, que sabe ver en la oscuridad, y ardiente en la caridad, pues sabe amar aun cuando nada siente.
Humildad. –Es en la oración, normalmente, donde el cristiano tiene más honda experiencia de su indigencia
radical, pues mientras que en las obras exteriores siente quizá que algo puede, en la oración pronto comprende
que nada puede sin el auxilio del Espíritu Santo. Nada requiere y nada produce tanta humildad como la oración.
Cualquier altivez y autosuficiencia, cualquier autoafirmación vana, o muere en la oración, y el hombre respira en
Dios y vive, o se niega a morir, y entonces inhibe la oración y la hace imposible. Por el contrario, el verdadero
orante es humilde, pues sólo es posible orar con «el vientre pegado al suelo», «como agua derramada» ante el
Señor (Sal 43,26; 21,15; 129,1), en la actitud del publicano, golpeándose el pecho al fondo de la iglesia, sin
atreverse a levantar la mirada hacia el altar (Lc 18,13). En la oración se encuentra al Señor cuando en ella,
humildemente, sólo se le busca a él, y no se le exige nada, ni ideas, ni sentimientos, ni luces, ni consolaciones, ni
palabras confortadoras, que no son más que eventuales añadiduras, únicamente interesantes si Dios las da (Mt
6,33). Tampoco hemos de orar «para ser vistos» por los otros (6, 5), ni siquiera para ser vistos por nosotros
mismos. La oración, en fin, sólo es posible en la humildad. Paciencia perseverante. –Jesucristo insiste en esta
actitud como fundamento necesario de la oración: «Es preciso orar en todo tiempo y no desfallecer» (Lc 18,1;
+21,34-36; Mt 26,41). En la oración hay que estar como las vírgenes prudentes, esperando al Esposo (25,1-13),
como la viuda que reclamaba su derecho (Lc 18,1-8), como aquél que de noche importunaba a su amigo (11,5-
13). En la oración hay que tener con Dios tanta paciencia como la que él tiene con nosotros. La oración de petición
J. Caba, La oración de petición, Analecta biblica 62, Roma 1974; A. González [Link]. 107-118,167-179; arts. de
D. Z. Philips, F. X. Durrwell, N. Haman, P. Hitz, «Lumen Vitæ» 22 (1967) 225-244; 23 (1968) 221-319. Petición,
alabanza y acción de gracias son las formas fundamentales de la oración bíblica, que no se contraponen, sino que
se complementan. La petición prepara y anticipa la acción de gracias, y en sí misma es ya una alabanza, pues
confiesa que Dios es bueno y fuente de todo bien. Y la acción de gracias brota del corazón creyente, que pide a
Dios y que recibe todo bien como don de Dios. Por eso los tres géneros de oración se entrecruzan y exigen
mutuamente (por ejemplo, Sal 21,23-32; 32,22; 128,5-8). No menospreciemos, pues, la oración de súplica, como
si fuera un género inferior de oración, que, después de todo, el Padre nuestro, la oración que nos enseñó Jesús, se
compone de siete peticiones. Pero eso si, pidamos bien. Pidamos en el nombre de Jesús (Jn 14,13; 15,16; 16,23-
26; Ef 5,20; Col 3,17). Esto significa dos cosas: 1, orar al Padre en la misma actitud filial de Jesús, participando
de su Espíritu (Gál 4,6; Rm 8,15; Ef 5,18-19), y 2, pedir por Jesús (Rm 1,8;1,25; 2 Cor 1,20; Heb 13,15; Hch
4,30), esto es, tomándole como mediador y abogado (1 Tim 2,5; Heb 8,6; 9,15; 12,24). «Nosotros no sabemos
pedir lo que nos conviene» (Rm 8,26), y pedimos mal (Sant 4,3), pero Jesús nos comunica su Espíritu para que
pidamos así en su nombre: «Cuanto pidiéreis al Padre os lo dará en mi nombre. Hasta ahora no habéis pedido
nada en mi nombre; pedid y recibiréis, para que sea cumplido vuestro gozo» (Jn 16,23-24). Pedimos en el nombre
de Jesús cuando queremos que se haga en nosotros la voluntad del Padre, no la nuestra (Lc 22,42); cuando pedimos
con sencillez, como él nos enseñó a hacerlo: «Orando, no seáis habladores como los gentiles, que piensan que
serán escuchados por su mucho hablar; no os asemejéis, pues, a ellos, porque vuestro Padre conoce las cosas de
que tenéis necesidad antes de que se las pidáis» (Mt 6,7-8; +32). ((A veces se hace mal la oración de petición, se
hace con exigencias, como queriendo doblegar la voluntad de Dios a la nuestra, con amenazas incluso. Así,
pervertida, la oración de petición es muy dañosa: apega más a las criaturas, obstina en la propia voluntad, no
consigue nada, genera dudas de fe, produce hastío y frustración, y conduce fácilmente al abandono de la misma
oración.)) Pidiendo a Dios, abrimos en la humildad nuestro corazón a los dones que él quiere darnos. El soberbio
se autolimita en su precaria autosuficiencia, no pide, a no ser como último recurso, cuando todo intento ha
fracasado y la necesidad apremia; y entonces pide mal, con exigencia, marcando plazos y modos. En cambio el
humilde pide, pide siempre, pide todo, en todo intento lleva en vanguardia la oración de súplica. Y es que se hace
como niño para entrar en el Reino, y los niños, cuando algo necesitan, lo primero que hacen es pedirlo. San Pablo
nos da ejemplo: él pedía «sin cesar», «noche y día» (Col 1,9; 1 Tes 3,10). San Agustín, frente a los autosuficientes
pelagianos, clarificó bien esta cuestión: «El hecho de que [el Señor] nos haya enseñado a orar, si pensamos que
lo que Dios pretende con ello es llegar a conocer nuestra voluntad, puede sorprendernos. Pero no es eso lo que
pretende, ya que él la conoce muy bien. Lo que quiere es que, mediante la oración [de petición], avivemos nuestro
deseo, a fin de que estemos lo suficientemente abiertos para poder recibir lo que ha de darnos» (ML 33,499-500).
«En la oración, pues, se realiza la conversión del corazón del hombre hacia Aquél que siempre está preparado
para dar, si estuviéramos nosotros preparados a recibir lo que El nos daría» (34,1275). «Dios quiere dar, pero no
da sino al que le pide, no sea que dé al que no recibe» (37,1324). Dios da sus dones cuando ve que los recibiremos
como dones suyos, con humildad, y que no nos enorgulleceremos con ellos, alejándonos así de él. Es la humildad,
expresada y actualizada en la petición, la que nos dispone a recibir los dones que Dios quiere darnos. Por eso los
humildes piden, y crecen rápidamente en la gracia, con gran sencillez y seguridad. Y es que «Dios resiste a los
soberbios y a los humildes da su gracia. Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que a su tiempo
os ensalce. Echad sobre El todos vuestros cuidados, puesto que tiene providencia de vosotros» (1 Pe 5,5-7). La
oración de petición tiene una infalible eficacia. Es, sin duda, el medio principal para crecer en Cristo, pues la
petición orante va mucho más allá de nuestros méritos, se apoya inmediatamente en la gratuita bondad de Dios
misericordioso. De ahí viene nuestra segura esperanza: «Pedid y recibiréis» (Jn 16,24; +Mt 21,22; Is 65,24; Sal
144,19; Lc 11,9-13; 1 Jn 5,14). Dios responde siempre a nuestras peticiones, aunque no siempre según el tiempo
y manera que deseábamos. Cristo oró «con poderosos clamores y lágrimas al que era poderoso para salvarle de
la muerte, y fue escuchado» (Heb 5,7). No fue escuchado por la supresión de la cruz redentora –«aleja de mí este
cáliz» (Mc 14,36)–; fue escuchado de un modo mucho más sublime –«pero Dios, rotas las ataduras de la muerte,
le resucitó» (Hch 2,24)–.
((Algunos piensan que la oración de petición es vana, pues nada influye en la Providencia divina, que es infalible
e inmutable. Ahora bien, si consideran superflua la petición, puesto que la Providencia es inmutable, ¿para qué
trabajan, si lo que ha de suceder vendrá infaliblemente, como ya determinado por la Providencia? Déjenlo todo
en manos de Dios, no oren, y no laboren. Por el contrario, a los cristianos nos ha sido dada la doble norma del
trabajo y de la petición, y sabemos que con uno y otra estamos colaborando con la Providencia divina, sin que
por eso pretendamos cambiarla o sustituirla.)) Pidamos a Dios todo género de bienes, materiales o espirituales, el
pan de cada día, el perdón de los pecados, el alivio en la enfermedad (Sant 5,13-16), el acrecentamiento de nuestra
fe (Mc 9,24). Pidamos por los amigos, por las autoridades civiles y religiosas (1 Tim 2,2; Heb 13,17-18), por los
pecadores (1 Jn 5,16), por los enemigos y los que nos persiguen (Mt 5,44), en fin, «por todos los hombres» (1
Tim 2,1). Pidamos al Señor que envíe obreros a su mies (Mt 9,38), y que nuestras peticiones ayuden siempre el
trabajo misionero de los apóstoles (Rm 15,30s; 2 Cor 1,11; Ef 6,19; Col 4,3; 1 Tes 5,25; 2 Tes 3,1-2). Nuestras
peticiones, con el crecimiento espiritual, se irán simplificando y universalizando. Y acabaremos pidiendo sólo lo
que Dios quiere que le pidamos, en perfecta docilidad al Espíritu –«y así, las obras y ruegos de estas almas siempre
tienen efecto» (3 Subida 2,9-10)–. En fin, pidamos el Don primero, del cual derivan todos los dones: pidamos el
Espíritu Santo (Lc 11, 13 ). Pidamos unos por otros, haciendo oficio de intercesores, pues eso es propio de la
condición sacerdotal cristiana (1 Tim 2,1-2). Así oró Cristo tantas veces por nosotros (Jn 17,6-26), también en la
cruz (Lc 23,34; +Hch 7,60). Así oraban los primeros cristianos en favor de Pedro encarcelado (12,5), o por Pablo
y Bernabé, enviados a predicar (13,3; +14,23). Pidamos a otros que rueguen por nosotros, que nos encomienden
ante el Señor. Así estimulamos en nuestros hermanos la oración de intercesión, que «es una forma de oración de
las más atestiguadas en el Nuevo Testamento, particularmente en las cartas de San Pablo» (A. González 171). De
este modo, no sólo recibimos la ayuda espiritual de nuestros hermanos, sino que los asociamos también a nuestra
vida y a nuestras obras. Acción de gracias y alabanza Glorificar a Dios es la misión de Cristo en el mundo, como
él mismo lo declara (Jn 17,4), y ésa misma es la misión de la Iglesia. Los cristianos –nos dice San Pedro– somos
«linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para pregonar el poder del que os llamó de las
tinieblas a su luz admirable» (1 Pe 2,9). El pueblo de Dios es en medio de los pueblos un pueblo sacerdotal, que
reunido en Cristo, debe alzar al Padre con la fuerza del Espíritu salmos, himnos y cánticos espirituales,
agradeciendo todo a Dios (Ef 5,18-20). La glorificación de Dios es el alma de la oración bíblica. Antiguo
Testamento. –La acción de gracias suele tener forma de himno y también de eulogía: «Bendito seas Señor, que
hiciste»... Brota de la contemplación de Dios en la creación o en sus intervenciones históricas de salvación. En
los salmos, o en cánticos equiparables a ellos –de Isaías, Jeremías, etc. – se hallan formidables muestras de gratitud
religiosa. Las oraciones de acción de gracias no tiene forma muy definida, pero suelen comenzar por una
invitación a celebrar los beneficios obrados por Dios, pasando luego a la descripción de los mismos, que ha de
motivar al orante
–La alabanza, por otra parte, es la cumbre de la oración judía. Muchas alabanzas se inician como eulogía
(102;103), y así terminan los cuatro primeros libros del salterio (40,14; 71,18-19; 88,53; 105,48). En los himnos
de alabanza suele darse una forma clara: una invitación entusiasta inicia el canto –«Alabad al Señor» (146)–, una
invitación que puede llenar el canto entero (150); en seguida, el cuerpo del salmo, con los motivos para la
alabanza, que fundamentalmente son creación, providencia y redención; y una conclusión, que a veces vuelve al
tema inicial del invitatorio. Nuevo Testamento. –La acción de gracias es la forma predominante de la oración
cristiana (A. González 179). Es el agradecimiento a causa de Cristo, que se expresa con el verbo eucharisteo. Casi
siempre San Pablo inicia sus cartas con una gran acción de gracias (Rm 1,8; 1 Cor 1, 4s; etc.). Los cristianos
estamos llamados a «vivir en acción de gracias», como en una actitud permanente, que ha de expresarse en todo
lo que hagamos (1 Cor 15,57; 2 Cor 4,15; Ef 1,16; 5,20; Col 3,15-17; 1 Tes 5,18; 2 Tes 2,13). Esta es la actitud
orante de los bienaventurados celestes (Ap 11,17). Y entre tanto desagradecimiento hacia Dios («¿No han sido
diez los curados? Y los nueve ¿dónde están?», Lc 17,17), la Iglesia es en este mundo una permanente eucaristía:
«En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre
Santo, Dios todopoderoso y eterno». –La alabanza cristiana, junto a la acción de gracias, nace de un conocimiento
nuevo de la bondad de Dios en Cristo, y se expresa en un canto nuevo (Ap 5,9;14,3), aunque adopta las formas
de la tradición judía. Himnos, como el Magnificat, el Benedictus, el Nunc dimittis, se parecen mucho a los
antiguos himnos (Lc 1,46-55. 68- 79; 2,29-32). Jesús con los suyos rezó los salmos hallel prescritos para el rito
pascual (Mc 14,26). Pero pronto surgen nuevos himnos, puramente evangélicos (Jn 1,1-18; Ap 5,12-14; Flp 2,5-
11; Col 1,13-20; 1 Tim 3,16; 2 Tim 2,11-13), eulogías maravillosas, dirigidas al Padre por su Hijo (Rm 1,25; 2
Cor 1,3s; 11,31; Ef 1,3s; +Mc 14,61; Lc 1,42; 2,34), y también doxologías, que cantan por Cristo la gloria (doxa)
del Padre celeste (Rm 11,36; 16,27; Gál 1,5; Heb 13,20-21; Ap 5,13). Con el paso del tiempo, la doxología fue
haciéndose explícitamente trinitaria, como en la forma litúrgica tradicional: «Dios (Padre) eterno y
misericordioso... por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos. Amén». Los hombres, creados para alabar al Creador, están tristes porque «no le
glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias» (Rm 1,21; +1,22-32). Y, por el contrario, se llenan de alegría
cuando sus voces y sus vidas alaban a Dios: «Dichoso el pueblo que sabe aclamarte: caminará, oh Señor, a la luz
de tu rostro» (Sal 88,16; +12,6; 104,1-3). La oración continua B. Bro, La rueda de molino y la cítara. Orar un
instante, orar siempre, Salamanca, Sígueme 1985; P. Y. Emery,La prière au coeur de la vie, París, Seuil 1982; J.
Lafrance, Perseverantes en la oración, Madrid, Narcea 1984; El Rosario. Un camino hacia la oración incesante,
ib. 1988. Israel vive en oración continua, y con verdad puede decir en sus salmos: «Bendigo al Señor en todo
momento, su alabanza está siempre en mi boca» (33,1); «a Ti te estoy llamando todo el día» (85,3), «siete veces
al día te alabo» (118,164), «tengo siempre presente al Señor» (15,8; +24,5; 33,2; 34,28; 43,9; 67,20; 87,2; 95,2;
etc.). Las tres horas prescritas de oración (54,18; Dan 6,10) ayudan a Israel a vivir en oración continua, esto es, a
aminar en la presencia del Señor» (Sal 114,9). La Iglesia vive también en oración continua, fiel al ejemplo y a las
enseñanzas de Jesús y de los Apóstoles. En efecto, Cristo nos mandó «orar siempre», en todo tiempo (Lc 18,1;
21,36; 24,53). Lo mismo enseñaron los Apóstoles: hay que orar siempre, sin cesar (Hch 1,14; 2,42; 6,4; 10,2;
12,5; Rm 1,9s; 12,12; 1 Cor 1,4; Ef 1,16; 5,20; 6,18; Flp 1,3s; 4,6; Col 4,2; 1 Tes 1,2s; 2,13; 5,17; 2 Tes 1,11;
2,13; Flm 4; Heb 13,15), noche y día (Lc 2,37; l8,7; Hch 26,7; 1 Tes 3,10; 1 Tim 5,5; 2 Tim 1,3).
La Iglesia primera vivió el ideal de la oración continua. En Roma, hacia el 215, la Traditio Apostolica de San
Hipólito, tras disponer las Horas diarias de la oración, concluye: «Así vosotros, todos los fieles, haciendo esto,
no podréis ser tentados ni os perderéis, ya que siempre guardáis memoria de Cristo» (n.41). Y en Alejandría, por
los mismos años, San Clemente describe así la vida de los cristianos espirituales (aún no había monjes; escribe
para el común de los fieles): El cristiano guarda de Dios «memoria continua: ora en todo lugar, en el paseo, en la
conversación, en el descanso, en la lectura, en toda obra razonable, ora en todo» (MG 9,469). Y en Antioquía,
otro de los grandes centros del cristianismo primero, San Juan Crisóstomo propone el mismo ideal: «Conviene
que elevemos la mente a Dios no sólo cuando meditamos en el tiempo de la oración, sino también que juntemos
el anhelo y el recuerdo de Dios con la atención a las otras ocupaciones» (64,461-464). Los santos han vivido la
oración continua, también aquellos de vida activa y ajetreada. Santa Catalina de Siena, viviendo con su familia,
en una casa llena de parientes y amigos, atendiendo muchas relaciones, ocupándose en misiones importantes y
delicadas, vivía la oración continua: nunca abandonaba su «celda interior» (Diálogo introd.; III,4,3; V,7,2). San
Ignacio de Loyola nos confiesa de sí mismo que «siempre y a cualquier hora que quería encontrar a Dios, lo
encontraba» (Autobiografía 99). Y de él nos cuenta el padre Nadal: «Sabemos que el P. Ignacio había recibido de
Dios la singular gracia de ejercitarse siempre que quería y de descansar en la contemplación de la Santísima
Trinidad; pero, además, también la de sentir en todas las cosas, en todas las acciones y conversaciones, la divina
presencia y la amorosidad de las cosas espirituales y la de contemplarlas, siendo al mismo tiempo contemplativo
en la acción (lo que él solía explicar diciendo que a Dios se le había de hallar en todo)» (MHSI, Nadal IV, Madrid
1905, 651). La oración continua nos hace vivir en amistosa relación con el Señor. Ciertamente, entre dos amigos,
la amistad pide largas y frecuentes conversaciones; pero también es cierto que a veces, si lo anterior no es posible,
la amistad se mantiene y crece con frecuentes relaciones personales breves. Pues bien, es posible que Dios no le
dé a un cristiano la gracia de tener largos ratos de oración, pero es indudable que quiere dar a todos sus hijos, sea
cual fuere su vocación y forma de vida, esa oración continua que nos hace vivir siempre en amistad filial con él.
Siempre es posible la oración de todas las horas, esto es, vivir en la presencia de Dios. El orden de necesidad de
los diversos tipos de oración puede ser sujeto a diversas apreciaciones. Si reducimos estos tipos a tres: a) oración
de todas las horas, b) Horas litúrgicas, c) oración de una hora (o del tiempo que sea), unos, al menos en el orden
de la pedagogía espiritual, proponen el orden c-a-b, y con buenas razones; otros prefieren fomentar en la vida
espiritual del común de los fieles el orden b-c-a; otros, c-b-a... y en todos hay razones válidas. Nosotros preferimos
a-b-c, al menos, se entiende, cuando esto sea posible: Primero de todo, la oración continua, sin la que no se puede
vivir. En seguida, las Horas litúrgicas, la oración de la Iglesia, aunque sólo sea alguna, para ir formando en ella
la oración personal. Y la oración de una hora, sin la cual, sobre todo a los comienzos de la vida espiritual, es casi
imposible la oración continua; y sin la cual, igualmente, suele resultar imposible o inútil el rezo de las Horas
litúrgicas. Hay muchas prácticas que estimulan la oración continua. La liturgia de las Horas, desde su origen, está
dispuesta «de tal manera que la alabanza de Dios consagra el curso entero del día y de la noche» (SC 84); por ella
la Iglesia y cada cristiano «alaba sin cesar al Señor e intercede por la salvación de todo el mundo» (83b). La
bendición de las comidas, el rezo del Angelus, el ofrecimiento de obras, las jaculatorias y breves oraciones al
inicio o fin de una actividad, los diarios exámenes de conciencia, el Rosario, las tres Ave Marías, etc., son prácticas
tradicionales que ciertamente ayudan a guardar memoria continua del Señor. San Ignacio de Loyola propone: «Se
pueden ejercitar en buscar la presencia de nuestro Señor en todas las cosas, como en el conversar con alguno,
andar, ver, gustar, oír, entender, y en todo lo que hiciéremos. Esta manera de meditar, hallando a nuestro Señor
Dios en todas las cosas, es más fácil que no a levantarnos a las cosas divinas más abstractas, haciéndonos con
trabajo presentes a ellas, y causará este buen ejercicio, disponiéndonos, grandes visitaciones del Señor, aunque
sean en una breve oración» ([Link] P. Brandao I-VI-1551). Las jaculatorias Anónimo, El peregrino ruso, Madrid,
Espiritualidad 1976; San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, cp.13, BAC 109 (1953) 101-105;
Manuel González, Obispo, Mi jaculatoria de hoy, Madrid, EGDA 1983, 7ª ed; A. Rayez, jaculatoires, DSp VIII
(1972) 66-67. Las jaculatorias tienen una arraigada tradición en la Iglesia –y también se hallan formas
equivalentes de orar en otras religiones–. Jesús, ya lo vimos, intercalaba a veces breves oraciones estando en
acción. Y los antiguos monjes de Egipto, como señala San Agustín con elogio, practicaban estas frecuentes y
breves invocaciones a Dios como una de sus formas preferidas de oración (CSEL 44,6 ). Las jaculatorias son
como flechazos (iaculum = flecha) que el orante lanza a Dios. Es la manera de oración más fácil, más asequible
a todos. Para San Francisco de Sales este modo de orar «no es difícil, y puede alternarse con todos nuestros
quehaceres y ocupaciones sin quebrantarlos. [El rezo de jaculatorias] puede suplir la falta de todas las demás
oraciones, pero la falta de éstas no puede ser reemplazada con ningún otro medio» (Intr. vida devota 13). El
Espíritu Santo ora siempre en el corazón del cristiano, y su voz es tan suave y constante –«bendito seas, Señor»,
«hágase tu voluntad», «ven en mi ayuda»...– que muchas veces no se da cuenta la persona de que está orando.
Pues bien, las jaculatorias, voluntariamente fomentadas al comienzo de la vida espiritual, abren el corazón a esa
oración incesante del Espíritu, y hacen de la vida cristiana una ofrenda permanente, un continuo clamor de
esperanza enamorada. Los grados de la oración [Link]., Santa Teresa, maestra di orazione, Roma, Teresianum
1963; [Link]., Introducción a la lectura de Santa Teresa, Madrid, Espiritualidad 1978; Ermanno del Smo.
Sacramento, I gradi della preghiera mistica teresiana, en AA. VV., De contemplatione mistica teresiana, Roma,
Teresianum 1963,497–517 (=«Ephemerides Carmeliticæ» 13, 1962, 497-517); Daniel de Pablo Maroto, Dinámica
de la oración cristiana, Madrid, Espiritualidad 1973; San Francisco de Sales, Tratado del amor de Dios, [Link]; J.
González Arintero, Los grados de oración, en Cuestiones místicas, Madrid, BAC 154 (1956) 539-649; Tomás de
la Cruz, La oración, camino a Dios; el pensamiento de Santa Teresa, «Eph. Carm.» 21 (1971) 115-168.
Seguiremos a Santa Teresa en este tema, citando con siglas sus obras, la Vida (=V.), Camino de Perfección, según
códice del Escorial (=CE) o el de Valladolid (=CV), así como las Moradas del Castillo interior (=M). La oración
va desarrollándose según el crecimiento en las edades espirituales. El Espíritu Santo ilumina y mueve de modos
diversos a principiantes, adelantados y perfectos. Santa Teresa de Jesús (1515-1582) logró, por don de Dios,
conocer y expresar maravillosamente esta doctrina espiritual, que ya era enseñada por la tradición anterior, aunque
no tan claramente. Ella expuso el camino de la oración por primera vez en su Vida (11-21), en 1562; más
ampliamente, aunque sin mucho orden, en el Camino de Perfección, en 1562-1564; y del modo más perfecto en
su obra de madurez, en 1577, las Moradas del Castillo interior. Santa Teresa no tenía en modo alguno tendencia
a clasificar y encasillar la vida espiritual, y era enemiga en estos temas de «libros muy concertados» (CE 35,4;
+1 M 2,8). Advierte en ocasiones que ciertos aspectos de la oración quizá se den de diverso modo en otras
personas. Ella, ante todo, da cuenta de su experiencia personal. Pero, por otro lado, es muy consciente de que
Dios le ha dado gracias especiales para conocer y enseñar los caminos de la oración: «Parece que ha querido el
Señor [a través de mí] declarar estos estados en que se ve el alma, a mi parecer, lo más que acá se puede dar a
entender» (V.17,9; +16,2). Estimamos, pues, que los grandes principios de la doctrina teresiana de la oración
tienen una validez objetiva y universal. Y, de hecho, han sido ampliamente reconocidos. Estas son las líneas
principales en la dinámica de la oración: 1. –La oración va pasando de formas activasdiscursivas (vida ascética
de los principiantes) a modalidades pasivas-simples (vida mística de los perfectos). 2. –La oración pasiva-mística
es don gratuito de Dios, pero nosotros podemos disponernos mucho, colaborando con la gracia de Dios en la
oración activa, para recibirla (5 M 2,1; +1,3; V.39,10; CV 18,3). Desde luego no podemos adquirirla, ha de darla
Dios. 3. –La voluntad es la primera facultad que en la oración logra fijarse establemente en Dios por el amor.
Sólo en las más altas formas de oración mística todas las potencias se unen fijas en Dios durablemente. 4. –La
conciencia de la presencia de Dios es muy pobre en la oración activa, y viene a hacerse más tarde la substancia
misma de la oración mística. 5. –La perfecta oración continua, la fusión entre contemplación y acción, sólo se
alcanza cuando se llega a la oración mística. 6. –Es normalmente simultáneo el crecimiento de la vida cristiana
en general y de la oración. Santa Teresa, y en general la Teología Espiritual, estudia la dinámica de la oración en
el crecimiento de la persona, según las fases características de su desarrollo espiritual; pero la doctrina puede
aplicarse también, en cierto modo, al crecimiento en la oración de la comunidad. Cristianos sin oración El cristiano
sin oración es como un niño muy pequeño, que todavía no sabe hablar con el Padre celestial. El caso es alarmante.
Cuando unos padres ven que su niño, ya crecido, no aprende a hablar, se preocupan y le llevan al médico, pues
piensan que el lenguaje pertenece a la integridad de la condición humana. No es un accesorio optativo o de lujo,
y por eso su carencia es una deficiencia grave. Así, de modo semejante, el cristiano sin oración es un enfermo
grave: no sabe hablar con Dios, su Padre. Le falta para ello luz de fe o amor de caridad. Aunque está bautizado,
y Jesús le abrió el oído y le soltó la lengua, sigue ante Dios como un sordo mudo: ni oye, ni habla (Mc 7,34-35).
«Son las almas que no tienen oración como un cuerpo con parálisis o tullido, que aunque tiene pies y manos, no
los puede mandar» (1 M 1,6). Estas almas «aunque están muy metidas en el mundo, tienen buenos deseos y alguna
vez –aunque de tarde en tarde– se encomiendan a nuestro Señor y consideran quiénes son, aunque no muy
despacio» (1,8). Pues bien, hay que «poquito a poquito ir acostumbrando el alma [a la oración] con halagos y
artificio para no amedrentarla. Haced cuenta que hace muchos años que se ha ido huida de su Esposo y que, hasta
que quiera volver a su casa, es menester saberlo negociar mucho, que así somos los pecadores: tenemos tan
acostumbrada nuestra alma y pensamiento a andar tan a su placer –o a su pesar, por mejor decir–, que la triste
alma no se entiende, que para que vuelva a tomar amor con su marido [que es Dios] y a acostumbrarse a estar en
su casa [que es oración] es menester mucho artificio y que sea con amor y poco a poco» (CE 43,3).
Las oraciones activas El cristiano principiante, durante su vida ascética, caracterizada por el ejercicio
predominante de las virtudes, que le hacen participar de la vida sobrenatural al modo humano, practica su oración,
con la asistencia del Espíritu Santo, en formas activas, discursivas, con imágenes, conceptos y palabras,
laboriosamente. Estas oraciones, como otras actividades y trabajos, producen cansancio, y no pueden prolongarse
más allá de ciertos límites, que son muy variables según las personas. En estas oraciones, el huerto del alma va
siendo regado «con sacar el agua de un pozo, que es a nuestro gran trabajo» (V.11,7). Las principales formas de
oración activa son la oración espontánea de muchas palabras, la oración vocal, la meditación y la oración de
simplicidad. Oración espontánea de muchas palabras Es ésta una forma de orar básica, universal, necesaria al
corazón cristiano, y que no requiere particular aprendizaje: «Señor, voy a estar un rato contigo. Ya ves cómo
estoy. Tengo que hablar con mi hermano, y no sé cómo hacerlo. Dame tu luz y tu gracia, para que»... Se trata,
como se ve, de una oración activa, discursiva, con sucesividad de temas, conceptos, palabras, voliciones, al modo
psicológico humano; espontánea, no asistida por método alguno, ni por ninguna fórmula oracional, sino que brota
a impulsos circunstanciales del corazón, con la ayuda del Espíritu; de muchas palabras, como es propio en los
principiantes, pues si aquéllas terminan, cesa la oración. Todos los cristianos, en mayor o menor medida, han de
ejercitarse en la oración espontánea de muchas palabras, pero no conviene sobrevalorar su modalidad –como lo
hace el subjetivismo individualista de nuestra época, considerándola la más valiosa oración–. Sobre todo no
conviene practicarla en los comienzos de forma exclusiva, sin ejercitarse también en las otras modalidades de
oración activa. En efecto, a los comienzos el alma del cristiano principiante funciona más como humana que como
cristiana. Todavía el Espíritu le resulta un principio extrínseco, cuyo influjo no puede recibir si no es haciéndose
una cierta violencia. En otras palabras: Cuando el principiante se mueve espontáneamente, no suele moverse por
el Espíritu Santo, sino por su alma adámica, y por eso sus acciones y oraciones tienen poca calidad cristiana, son
escasamente movidas por el Espíritu Santo. Por eso al cristiano que comienza la oración le conviene ejercitarse
no sólo en ésta, sino también en las otras formas de oración activa, si de veras quiere abrirse a la ayuda del Espíritu
Santo y crecer en la oración. Oración vocal J. Carmignac, Recherches sur le «Notre Père», París, Letouzey et Ané
1969; A. M. Carré, El Padre nuestro rezado y vivido, Bilbao, Mensajero 1968; R. Guardini, Oraciones teológicas,
Madrid, Guadarrama 1966; I. Hausherr, Hésychasme et prière, Orientalia Christiana 176, Roma 1966; T.
Maertens, Livre de la prière, París, Centurion-Cerf 1969; M. Maglione, La più belle preghiere del mondo, Milán,
De Vecchi 1969; A. Pardo, Oracional, Madrid, BAC 1977; S. Sabugal, El Padrenuestro en la interpretación
catequética antigua y moderna, Salamanca, Sígueme 1982; Abbá... La oración del Señor (historia y exégesis
teológica), BAC 467 (1985). El texto de los salmos, con valiosos complementos, puede hallarse en Salmos y
cánticos, trad. L. Alonso Schökel-J. Mateos, Madrid, Cristiandad 1982,6ª ed.; A. Pardo, Orar con los salmos,
Barcelona, Regina 1985. La oración vocal consiste en la recitación de fórmulas oracionales ya compuestas, como
salmos, Padre nuestro, Ave María, Credo, Horas litúrgicas, etc. (CE 37,3; 40,1; CV 25,3). Es el modo de orar más
humilde, más fácil de enseñar y de aprender, más universalmente practicado en la historia de la Iglesia, y más
válido en todas las edades espirituales, pues, a diferencia de las otras oraciones activas, ésta extiende su vigencia
hasta el umbral mismo de la oración mística contemplativa. El cristiano, rezando las oraciones vocales de la
Iglesia, procedentes de la Biblia, de la liturgia o de la tradición piadosa, abre su corazón al influjo del Espíritu
Santo, que le configura así a Cristo orante. Se hace como niño, y se deja enseñar a orar. En efecto, Cristo y su
Iglesia hallan en las oraciones vocales no sólo la mejor escuela de oración, pues por ellas va asimilando el orante
los pensamientos, deseos y actitudes más gratos al Padre, sino también la más eficaz catequesis, pues «lex orandi,
lex credendi» (se cree según se ora, y se ora según se cree: Indiculus 431: Dz 246; +3792, 3828). Toda la fe y la
espiritualidad de la Iglesia, en toda su amplitud y perfecta armonía –adoración, ofrenda, alabanza, súplica,
agradecimiento, Trinidad, María, ángeles, conversión, trabajos, apostolado, cruz, gracia, vida eterna– van siendo
inculcadas diariamente, en eficacísima catequesis implícita, en quienes hacen suyas esas oraciones vocales. ((Es
significativo que pseudomísticos entusiastas, erasmistas, alumbrados, quietistas y todo género de espirituales
desviados menosprecian la oración vocal, y la relegan a niños, beatas e ignorantes. Mientras que los santos y los
grandes maestros espirituales la recomiendan con toda su alma. Así Santa Teresa: «No penséis que se saca poca
ganancia de rezar vocalmente con perfección. Os digo que es muy posible que estando rezando el Paternóster os
ponga el Señor en contemplación perfecta, o rezando otra oración vocal» (CV 25,1; +27,3; 30,7). La oración vocal
se hace mal con frecuencia, y así se desprestigia. Se hace muchas veces de prisa, sin atención, sin entender apenas
lo que se dice, desconociendo los textos. «Este pueblo me honra con los labios dice el Señor, pero su corazón está
lejos de mí» (Is 29,13; Mc 7,6). El que «no advierte con quién habla y lo que pide y quién es quien pide y a quién,
a eso no lo llamo yo oración, aunque mucho menee los labios» (1 M 1,7; +CE 37,1).)) He aquí algunas normas
para hacer bien la oración vocal: 1. –Atención a Quién se habla, que es al mismo tiempo Quien ora en nosotros.
Esto es lo esencial, para que haya encuentro personal, inmediato, amistoso entre Dios y el hombre (+CE 37,1. 4;
40,4). Captar la presencia amorosa de Dios. 2. –Atención a lo que se dice. Hay campesinos que nunca observan
la belleza del paisaje donde hacen su trabajo: no ponen atención, no se fijan en él, quizá porque lo tienen siempre
delante. De modo se mejante, hay sacerdotes, por ejemplo, que no se dan cuenta de la belleza de los textos que
diariamente rezan en la eucaristía y en las Horas: apenas han estudiado los textos, no ponen suficiente atención,
van demasiado deprisa. Y así quizá se aburren con sus rezos. Por el contrario, es preciso tomar en serio la norma
tradicional: «Que la mente concuerde con la voz» (SC 90; +STh II-II,83,13; CV 25,3). A esas dos normas
fundamentales se puede añadir algunos sencillos consejos: –Orar despacio, frenar toda prisa, que hay personas
«amigas de hablar y decir muchas oraciones vocales muy aprisa para acabar su tarea, que tienen ya por sí de
decirlas cada día» (CE 53,8). –Elegir bien las oraciones. La Biblia y la liturgia ofrecen el mejor alimento para la
oración cristiana (SC 24; DV 25). El Padre nuestro es la más preciosa de todas las oraciones posibles, la más grata
a Dios. Por eso ya en la Dídaque (VIII,3), del siglo I, se establecía: «Así oraréis tres veces al día». Y la Iglesia
conserva hoy esta costumbre, rezando el Padre nuestro en la eucaristía, laudes y vísperas. San Agustín, como
otros Padres, piensa que las demás oraciones «no dicen otra cosa que lo que ya se contiene en la oración
dominical» (CSEL 44,63-66; +CV 37,1; CE 43-47). La liturgia de las Horas sobre todo, pero también los
oracionales, nos ofrecen las mejores oraciones cristianas. –Conocer bien los textos. No es fácil rezar con unas
fórmulas que no se entienden bien o que captan en sí mismas demasiado la atención del orante. Conviene haber
estudiado y meditado aquellas fórmulas que van a sustentar nuestra oración vocal. Concretamente, el concilio
Vaticano II recomienza a los que rezan las Horas que «adquieran una instrucción litúrgica y bíblica más rica,
principalmente acerca de los salmos» (SC 90). –Brevedad en las palabras, según la advertencia de Jesús (Mt 6,7).
San Juan Clímaco dice: «No ores con muchas palabras, no sea que buscando cuáles decir, se distraiga tu mente.
El publicano con una palabra aplacó a Dios. El ladrón en la cruz fue salvado por una palabra llena de fe. La
abundancia de palabras en la oración llena con frecuencia la mente de imágenes, y la disipa. Una sola palabra
(monología, una sola frase) muchas veces suele recoger la mente distraída. Cuando en las oraciones llegas a
alguna palabra que te conmueve, quédate en ella: es que el ángel custodio ora contigo» (MG 88, 1131). También
San Ignacio propone orar palabra por palabra (Ejercicios 252-257). –Repetición cadenciada. Cristo en Getsemaní
oraba con una sola frase, a la que volvía una y otra vez (Mc 14,36-39). En la oración de Jesús, «aspirando el aire,
dirigía mi vista espiritual al corazón y decía «Señor mío Jesucristo»; espirando decía «ten misericordia de mí»»,
y así a lo largo de todo el día (+El peregrino ruso). San Ignacio sugiere orar por compás, «de manera que una sola
palabra se diga entre un anhélito y otro», lentamente, recorriendo una oración (Ejercicios 258). También el
Rosario es monológico. En fin, de estas oraciones simples y reiteradas hay experiencia universal en las religiones
–hesicastas cristianos, indúes (mantras, yoga), musulmanes (zikr), budistas (nembutsu).– Meditación [Link].,
La meditación como experiencia religiosa, Barcelona, Herder 1976; R. Bohigues, Escuela de oración; cincuenta
formas sencillas de orar, Madrid, PPC 1978; P. Fernández, Contemplación y liturgia, «Ciencia Tomista» 95
(1968) 483-505. Hay muchos buenos «libros de meditación»: los de J. Esquerda, en Barcelona, Balmes, y en
Salamanca, Sígueme; C. Foucauld, Contemplación, ib.1969; Gabriel de Santa Mª Magdalena, Intimidad divina,
Burgos, Monte Carmelo 1965; Manuel González, Obispo, Oremos..., Madrid, EGDA 1985, 6ª ed.; Qué hace y
qué dice el Corazón de Jesús en el sagrario, ib. 1986, 12ª ed.; J. M. Granero, Oración evangélica, Madrid, Razón
y Fe 1972; R. Guardini, Meditaciones teológicas, Madrid, Cristiandad 1974; T. de Kempis, Imitación de Cristo,
BAC 1975; I. Larrañaga, Muéstrame tu rostro; hacia la intimidad con Dios, Madrid, Paulinas 1980; N. Quesson,
Palabra de Dios para cada día, I-V, Barcelona, Claret 1981s. El orante, al meditar, trata amistosamente con Dios,
y piensa con amor en él, en sus palabras y en sus obras. Es, pues, una oración activa y discursiva sumamente
valiosa para entrar en intimidad con el Señor y para asimilar personalmente los grandes misterios de la fe. De
poco vale, por ejemplo, creer que Dios es Creador, si se ve el mundo con ojos paganos: es preciso meditar en el
Creador y su creación, «discurriendo en lo que es el mundo, y en lo que debe a Dios» (V.4,9). La Providencia
divina, la cruz, la caridad, la eucaristía, todo debe ser objeto de una meditación orante, en la que imitamos a la
Virgen María que «guardaba todo esto y lo meditaba en su corazón» (Lc 2,19; +2,51). Hay, evidentemente, en la
meditación una parte discursiva, intelectual y reflexiva, de gran valor, sobre todo para quienes no acostumbran
leer o estudiar –ni discurrir–; pero en la oración meditativa es aún más importante el elemento amoroso, volitivo,
de encuentro personal e inmediato «con Quien sabemos que nos ama» (V.8,5). En este sentido la meditación es
oración en la medida en que se produce en ella ese encuentro personal y amistoso. Por eso «a los que discurren
les digo que no se les vaya todo el tiempo en esto» (13,11); que «no está la cosa en pensar mucho, sino en amar
mucho» (4 M 1,7). Uno puede meditar, por ejemplo, la parábola del buen samaritano en tres niveles: 1. –
Meditación pagana: «Es admirable la conducta del samaritano. Yo procuraré hacer lo mismo». Eso no es oración,
sino reflexión ética que no sale del propio yo, ni produce encuentro con Dios. 2. –Meditación cristiana: «El
samaritano simboliza a Cristo, que se inclina sobre la humanidad enferma. Yo también debo ser compasivo». Esto
sigue sin ser oración, aunque es una meditación cristiana valiosa, hecha en fe, como cuando se estudia teología.
3. –Oración meditativa o meditación realmente orante: «Cristo bendito, que, como el buen samaritano te
compadeces de nosotros, inclínate a mí, que estoy herido, e inclínate en mí hacia mis hermanos necesitados».
Esto es verdadera oración, pues produce encuentro personal con el Señor. Y también causa conversión, pues,
según el tema considerado, conviene «hacer muchos actos para determinarse a hacer mucho por Dios y despertar
el amor, y otros para ayudar a crecer las virtudes» (V.12,2). Los métodos de oración meditativa no deben ser
sobrevalorados, como si tuviesen eficacia infalible para levantar la oración. La oración se levanta, con la fuerza
del Espíritu, mediante las alas de la fe y la caridad, y es posible y fácil en la medida en que la persona esté libre
de las amarras de los apegos, pues si no lo estuviere, ningún método –individual o colectivo, intelectual o
entusiasta, psíquico, somático, respiratorio, occidental u oriental– podrá servirle de nada. Los grandes maestros
de la oración cristiana han tenido como nota común una suma sencillez en los modos que han propuesto. Y a
quienes complican y sobrevaloran los métodos de orar, San Juan de la Cruz les advierte que ofenden así a Dios y
le agravian, «poniendo más confianza en aquellos modos y maneras que en lo vivo de la oración» (3 S 43,2).
«Sepan éstos que cuanta más fiducia hacen de estas cosas y ceremonias, tanta menos confianza tienen en Dios, y
no alcanzarán de Dios lo que desean» (44,1). Pero tampoco los métodos de orar –es decir, los métodos de
meditación, pues las otras formas activas de orar apenas tienen método– deben ser menospreciados e ignorados.
En el principiante la gracia del Espíritu actúa todavía al modo humano, y por eso una pauta para el ejercicio
meditativo de su mente suele ser una ayuda que evita la divagación previsible de una mente que vagabundea sin
camino. Son muy numerosos los métodos de meditar, y apenas podemos entrar aquí describirlos (+Royo Marín
500; Bohigues): –Meditar oraciones vocales, palabra por palabra, rumiar –como los monjes primeros– frases de
la Escritura. –Lectio divina: ponerse en la presencia de Dios, leer, meditar lo leído, hablar con el Señor sobre ello;
es método muy clásico, con muchas variantes (+Hugo de San Víctor: ML 176, 993; Luis de Granada, Libro de la
oración y meditación I,2). –Orar leyendo un libro: «Es gran remedio tomar un buen libro, aun para recogeros para
rezar vocalmente, y poquito a poquito ir acostumbrando el alma» a tratar con Dios (CE 43,3). «Yo estuve catorce
años que nunca podía tener meditación sino junto con lectura» (27,3). –Orar escribiendo: es cosa que ayuda a
algunos a recoger la mente en Dios. –Ejercitar fe, esperanza y caridad, por orden, sobre un tema, ante el Señor. –
Considerar un tema 1º, contemplándolo en Dios; 2º, viéndolo en uno mismo, en los propios criterios, actitudes y
costumbres; 3º, meditándolo en relación al mundo de los hombres, en lo que piensan y hacen al respecto. El objeto
de la meditación cristiana puede ser muy variado, por supuesto, y «cada uno vea dónde aprovecha bien» (V.13,14).
En todo caso, conviene que sea cristológico: El orante «puede representarse delante de Cristo y acostumbrarse a
enamorarse mucho de su sagrada Humanidad y traerla siempre consigo y hablar con El, pedirle para sus
necesidades, quejársele de sus trabajos, alegrarse con El en sus contentos, y no olvidarle por ellos, sin procurar
oraciones compuestas, sino palabras conforme a sus deseos y necesidad» (12,2; +CE 42,1). Conviene subir a la
contemplación de la Trinidad por la meditación de los misterios de Cristo, considerando todos los pasos del
evangelio, y «no dejando [de lado] muchas veces la Pasión y la vida de Cristo, que es de donde nos ha venido y
viene todo bien» (13,13; +8,6-7). Y también conviene que la oración meditativa sea litúrgica, contemplando a
Cristo tal como la Iglesia lo contempla día a día, y tal como ella nos invita a considerar y celebrar sus misterios.
El Misal y las Horas litúrgicas ofrecen al orante el mejor alimento para su meditación, y no sólo por la calidad
intrínseca de sus elementos –preciosos textos de la Escritura, antífonas, oraciones de la Iglesia–, sino porque en
la fiesta del día, en el momento del Año litúrgico, quiere el Señor manifestarnos y comunicarnos gracias
peculiares, a las que nos abrimos por la meditación de la liturgia. El nexo meditación-liturgia debe ser preferente,
pero, por supuesto, no necesario y exclusivo. Una desvinculación habitual entre el curso de la liturgia de la Iglesia
y el curso de la meditación privada indicaría un subjetivismo poco atento a las luces y gracias que el Espíritu
Santo quiere manifestarnos y comunicarnos por la vida litúrgica de la Iglesia. San Ignacio manda en los Ejercicios
que el que los hace se centre en solo un misterio, sin pasar a otro hasta que corresponda, para que así «la
consideración de un misterio no estorbe a la consideración del otro» (127). Esta norma, de lógica psicológica
evidente, debe tenerla en cuenta el cristiano en su diaria meditación, para centrarse habitualmente en la
consideración de Jesucristo tal como la Iglesia lo presenta y asimila en el hoy lleno de gracia de su liturgia.
Oración de simplicidad La más sencilla de las oraciones activas es, para Bossuet, la oración de simplicidad, que
otros vienen a llamar oración de simple mirada, de presencia de Dios, de atención amorosa, o bien oración
afectiva. Es en Santa Teresa un recogimiento activo –que ella distingue del pasivo, como veremos–: «Esto no es
cosa sobrenatural, sino que podemos nosotros hacerlo, con el favor de Dios, se entiende» (CE 49,3). Esta oración
sencilla viene a ser un ensimismamiento del orante, que con simple mirada capta en sí mismo la presencia amorosa
de Dios. Ensimismamiento: Es oración de recogimiento «porque recoge el alma todas las potencias y se entra
dentro de sí con su Dios» (CV 28,4). El discurso es escaso, las palabras, pocas. Aunque todavía «esto no es
silencio de las potencias, es encerramiento de ellas en el alma misma» (29,4). Simple mirada, con atención
amorosa: «No os pido que penséis en El, ni saquéis muchos conceptos, ni que hagáis grandes y delicadas
consideraciones en vuestro entendimiento; no quiero más sino que le miréis» (CE 42,3). Puesta en la presencia
del Señor, el alma «mire que le mira» (V.13,22). Presencia de Dios: En la oración de simplicidad y recogimiento
el orante se representa al Señor en su interior (4,8), y en las mismas ocupaciones se va acostumbrando a retirarse
de vez en cuando en sí mismo, donde encuentra al Señor: «Aunque sea por un momento sólo, aquel recuerdo de
que tengo compañía dentro de mí, es gran provecho» (CV 29,5). La oración de simplicidad no se da sin que se
haya producido una purificación activa del sentido y del espíritu bastante avanzada. A veces puede ser dolorosa,
sobre todo cuando los orantes no la entienden, y «les parece perdido el tiempo, y tengo yo por muy ganada esta
pérdida» (V.13,11). Otras veces es gozosa: «De mí os confieso que nunca supe qué cosa era rezar con satisfacción
hasta que el Señor me enseñó este modo» (CV 29,7). Y siempre es sumamente provechosa: perseverando en ella,
«yo sé que en un año, y quizá en medio, saldréis con ello, con el favor de Dios» (29,9). Las oraciones semipasivas
Si las oraciones activas eran propias de los principiantes, las semipasivas suelen ser el modo de orar que
corresponde a cristianos ya adelantados, que están en la fase iluminativa o progresiva. Ahora, en la oración, el
riego del campo del alma se hace más quieta y suavemente, «con noria y arcaduces, que es a menos trabajo y
sácase más agua; o de un río o arroyo, esto se riega muy mejor, que queda más harta la tierra de agua y no se ha
menester regar tan a menudo, y es a menos trabajo mucho del hortelano» (V.11,7). Estas oraciones semipasivas,
casi místicas, pues, tienen lógicamente una descripción mucho más difícil que las activas, pues van siendo al
modo divino (5 M 1,1; 2 Noche 17,2-5). Santa Teresa distingue en esta fase de la vida de oración tres formas: el
recogimiento, la quietud y el sueño de las potencias. –El recogimiento (pasivo) es psicológicamente semejante al
recogimiento activo (simplicidad), ya descrito, pero el orante se da cuenta de que es un modo de oración infundido
por Dios, no adquirido. Suele darse en los adelantados que van pasando la purificación pasiva del sentido (1
Noche 9), y es la transición de las oraciones activas más simplificadas a la oración de quietud, en la que está el
verdadero umbral de la contemplación mística. «La primera oración que sentía a mi parecer sobrenatural (que
llamo yo lo que con mi industria ni diligencia no se puede adquirir, aunque mucho se procure, aunque disponerse
para ello sí, y debe de hacer mucho al caso), es un recogimiento interior que se siente en el alma, que le da gana
de cerrar los ojos y no oír ni ver ni entender sino aquello en que el alma entonces se ocupa, que es poder tratar
con Dios a solas. Aquí no se pierde ningún sentido ni potencia, que todo está entero, pero lo está para emplearse
en Dios» (Cuenta de conciencia 54,3; +4 M 3,3). –La quietud es la más caracterizada forma de oración semipasiva,
y es ya principio de la «pura contemplación» (CV 30,7). Es un gran gozo, porque da al alma una inmensa certeza
de la presencia de Dios, tal que «de ninguna manera se podrá convencer de que no estuvo Dios con ella» (V.15,14).
Pero puede darse a veces con gran sufrimiento, con sentimiento de vacío desconcertante, pues de pronto ve el
orante que ya no puede meditar como solía, y que «se ha vuelto todo al revés» (1 Noche 8,3). La oración de
quietud «es ya cosa sobrenatural y que no la podemos procurar nosotros por diligencias que hagamos, porque es
un ponerle el alma en paz o ponerla el Señor en su presencia, por mejor decir, porque todas las potencias se
sosiegan... Es como un amortecimiento interior y exteriormente, que no querría el hombre exterior (digo el
cuerpo), que no se querría bullir... Siéntese grandísimo deleite en el cuerpo y grande satisfacción en el alma... Las
potencias sosegadas, que no querrían bullirse –todo parece le estorba para amar–, aunque no tan perdidas, porque
pueden pensar junto a quién están, que las dos [entendimiento y memoria] quedan libres. La voluntad es aquí la
cautiva... El cuerpo no querría se menease, porque le parece han de perder aquella paz; en decir Padre nuestro una
vez se les pasará una hora» (CV 31,2-3). «Dura rato y aun ratos» (Cuenta conc. 54,4). «Es con grandísimo
consuelo y con tan poco trabajo que no cansa la oración, aunque dure mucho rato» (V.14,4). –El sueño de las
potencias, más pasivo que la quietud, fue experimentado por Santa Teresa en la oración durante cinco o seis años.
«Quiere el Señor aquí ayudar al hortelano de manera que casi él es el hortelano y el que lo hace todo. Es como un
sueño de potencias que ni del todo se pierden, ni entienden cómo obra. El gusto y suavidad es mayor sin
comparación que lo pasado. Es un morir casi del todo a todas las cosas del mundo y estar gozando de Dios»
(V.16,1-2). Los efectos espirituales de las oraciones semipasivas son muy notables. Todas las virtudes se
acrecientan (4 M 3,9), y al cristiano aquí «se le comienza un amor con Dios muy desinteresado» (V.15,14). Las
señales de la genuina oración semi-pasiva son claras, y San Juan de la Cruz las reduce a tres, que han de darse
juntas para ser significativas: 1, cesa la fascinación por las cosas del mundo; 2, se intensifica la búsqueda de la
perfección, y 3, las consideraciones discursivas que antes ayudaban a la oración, ahora estorban y se hacen
imposibles (2 Subida 13-14; 1 Noche 9; Dichos 118). En cuanto a qué hacer en la oración semipasiva, Santa
Teresa enseña: «Es esta oración una centellica que comienza el Señor a encender en el alma del verdadero amor
suyo. Esta quietud y recogimiento y centellica es la que comienza a encender el gran fuego que echa llamas de
sí... Pues bien, lo que ha de hacer el alma en los tiempos de esta quietud será con suavidad y sin ruido, y llamo
ruido a andar con el entendimiento buscando muchas palabras y consideraciones. La voluntad entienda que éstos
son unos leños grandes puestos sin discreción para ahogar esta centella. Haga algunos actos amorosos,sin admitir
ruido del entendimiento buscando grandes cosas. Más hace aquí al caso unas pajitas puestas con humildad, que
no mucha leña junta de razones muy doctas. Así que en estos tiempos de quietud dejar descansar el alma con su
descanso, y quédense a un lado las letras. En fin, aquí no se ha de dejar del todo la oración mental, ni algunas
palabras vocales –si quisieren alguna vez o pudieren, porque si la quietud es grande, mal se puede hablar si no es
con mucha pena–» (V.15,4-9). Adviértase que todavía aquí sólo la voluntad está cautiva en Dios por el amor,
mientras que las otras facultades –entendimiento, memoria, imaginación– a veces se fugan. Quede, entonces, la
voluntad en su quietud orante, «porque si las quiere recoger, ella y ellas se perderán» (V.14,2-3). La santa aconseja
«que no se haga caso de la imaginación más que de un loco, sino dejarla con su tema» (17,7). Y lo mismo con el
entendimiento, que «es un moledor» y que fácilmente anda «muy desbaratado» (15,6): «No haga más caso del
entendimiento que de un loco, porque si quiere traerle consigo, necesariamente se ha de ocupar e inquietar algo
en ello. Y todo será trabajar y no ganar más, sino perder [oración] que le da el Señor sin ningún trabajo suyo»
(CV 31,8). «Vale más que le deje que no que vaya ella tras de él; estése la voluntad gozando aquella gracia y
recogida» (V.15,6). ¿Son muchos los cristianos orantes que llegan a esta oración semipasiva? «Conozco muchas
almas [se entiende, entre las personas orantes] que llegan aquí; y que pasen de aquí, como han de pasar, tan pocas
que me da vergüenza decirlo» (V. 15,5; +1 Noche 8,1; 11,4). Las oraciones pasivas Para conocer de verdad qué
es una rosa hay que verla plenamente florecida, y no basta ver un botón apenas apuntado. En este mismo sentido
ha de decirse que las oraciones activas y semipasivas «no acaban de ser» la genuina oración en el Espíritu. La
verdadera oración cristiana es la oración mística pasiva, que es la que corresponde a los cristianos perfectos. Y a
ella estamos todos llamados, pues todos estamos llamados a la perfección. En efecto, el Espíritu Santo, que habita
en nosotros, obra primero en nosotros, tanto en la oración como en la vida ordinaria, al modo humano, pero tiende
con fuerza a obrar en nosotros al modo divino, que desborda nuestros límites humanos psicológicos, tanto en la
oración como en la vida ordinaria. Es entonces cuando tanto en la oración como en la vida corriente la pasividad
viene a ser la nota dominante: «Sin ningún [trabajo] nuestro obra el Señor aquí»; «no hago nada casi de mi parte,
sino que entien-do claramente que el Señor es el que obra» (V.21,9.13). Aquí ya el riego del campo del alma es
«con llover mucho, que lo riega el Señor sin trabajo ninguno nuestro, y es muy sin comparación mejor que todo
lo que queda dicho» (11,7). No es fácil describir la oración mística, «no se ha de saber decir ni el entendimiento
lo sabe entender ni las comparaciones pueden servir para declararlo, pues son muy bajas las cosas de la tierra para
este fin» (5 M 1,1). San Juan de la Cruz dice que la unión mística del hombre con Dios es una «sabiduría secreta,
que se comunica e infunde en el alma por el amor; lo cual acaece secretamente a oscuras de la obra del
entendimiento y de las demás potencias» (2 Noche 17,2). Por eso los místicos, para expresar la obra sobrenatural
que el Espíritu Santo realiza en ellos al modo divino, se ven en la necesidad de recurrir a las analogías e imágenes
poéticas. Dios es el fuego que incendia al hombre, el madero, y lo hace llama. La unión mística es comparable al
vino y el agua que se mezclan en forma inseparable. Es como el amor mutuo de una perfecta e íntima amistad.
Más aún, la amistad conyugal del matrimonio es la más perfecta imagen para expresar la total unión de Dios y el
hombre. Por eso la Biblia, en el Cantar de los Cantares y en muchos otros lugares, elegirá con preferencia esta
imagen del matrimonio para expresar, siquiera sea en símbolo, la más alta forma de vida mística. Por lo demás es
significativo que ésa misma sea la imagen preferida de muchos místicos no cristianos –lo que hace pensar en la
veracidad de sus experiencias–. En la filosofía mística del gran Plotino, el alma «se inflama de amor» por el Uno
y lo recibe en sí misma «a solas». Entonces «el alma le ve aparecer súbitamente en sí misma, ya que nada hay
entre los dos, y ya no son dos, sino uno. La unión de los amantes terrestres, que desean fundir sus seres en uno,
no es más que una imagen» (Enéadas VI,7, 34-35). Es el mismo lenguaje de San Juan de la Cruz: «El Amado
vive en el amante y el amante en el Amado. Y tal manera de semejanza hace el amor en la transformación de los
amados, que se puede decir que cada uno es el otro y que entrambos son uno» (Cántico 12,7). Pues bien, ésta es
la gran imagen que emplea Santa Teresa de Jesús para describir, en tres fases, la indescriptible oración
pasivamística: un noviazgo que produce unión simple, unos desposorios que dan unión extática, y un matrimonio
espiritual que lleva a la unión transformante. La unión simple (noviazgo). –La oración mística de simple unión
«aún no llega a desposorio espiritual, sino como cuando se han de desposar dos, se trata [antes] si son conformes
y que el uno y el otro se quieran y aun se vean, así acá» (5 M 4,4). «Estando el alma buscando a Dios, siente con
un deleite grandísimo y suave casi desfallecer toda con una manera de desmayo, que le va faltando el aliento y
todas las fuerzas corporales, de manera que si no es con mucha pena, no puede ni menear las manos; los ojos se
le cierran sin querer, o si los tiene abiertos no ve casi nada. Oye, mas no entiende lo que oye. Hablar es por demás,
que no atina a formar palabra, ni hay fuerza, si atinase, para poderla pronunciar» (V.18,10). Aunque «ocúpanse
todos los sentidos en este gozo» y «es unión de todas las potencias, que aunque quiera alguna distraerse de Dios,
no puede, y si puede, ya no es unión» (V.18,1), todavía aquí «la voluntad es la que mantiene la tela, mas las otras
dos potencias [entendimiento y memoria] pronto vuelven a importunar. Como la voluntad está quieta, las vuelve
a suspender, y están otro poco, y tornan a vivir. En esto se puede pasar algunas horas de oración» (18,13). En su
forma plena, toda el alma absorta en Dios, no dura tanto: «media hora es mucho; yo nunca, a mi parecer, estuve
tanto» (18,12; +5 M 1,9; 4,4). «Esta oración no hace daño por larga que sea», sino que relaja y fortalece al orante
(18,11). La presencia divina es captada en el alma misma del orante en forma indubitable (5 M 1,9), y también la
omnipresencia maravillosa de Dios en las criaturas (V.18,15). San Juan de la Cruz lo expresa bien: Es aquí cuando
«todas las criaturas descubren las bellezas de su ser, virtud y hermosura y gracias, y la raíz de su duración y vida.
Y éste es el deleite grande: conocer por Dios las criaturas, y no por las criaturas a Dios; que es conocer los efectos
por su causa, y no la causa por los efectos, que es conocimiento trasero, y el otro esencial» (Llama 4,5). La unión
extática (desposorios). –En vísperas ya del matrimonio espiritual, el orante se une con Dios en forma extática y
con duración breve: «Veréis lo que hace Su Majestad para concluir este desposorio. Roba Dios toda el alma para
sí [arrobamiento], como a cosa suya propia y ya esposa suya, y no quiere estorbo de nadie, ni de potencias ni de
sentidos... de manera que no parece tiene alma. Esto dura poco espacio, porque quitándose esta gran suspensión
un poco, parece que el cuerpo torna algo en sí y alienta para tornarse a morir, y dar mayor vida al alma; y con
todo, no dura mucho este gran éxtasis» (6 M 4,2. 9. 13). Los arrobamientos pueden tener formas internas
diferentes, locuciones, visiones intelectuales o imaginarias (6 M 3-5,8-9), pero estos fenómenos no son de la
substancia misma de la contemplación mística, y no deben ser buscados (9,15s). A veces el desfallecimiento no
es místico, «sino alguna flaqueza natural, que puede ser en personas de flaca complexión» (4,9). Pero los mismos
éxtasis genuinos implican aún una mínima indisposición del hombre para la perfecta unión con Dios: «Nuestro
natural es muy tímido y bajo para tan gran cosa» (4,2); por eso en la unión extática todavía el cuerpo desfallece.
Y «la causa es –explica San Juan de la Cruz– porque semejantes mercedes no se pueden recibir muy en carne,
porque el espíritu es levantado a comunicarse con el Espíritu divino que viene al alma, y así por fuerza ha de
desamparar en alguna manera a la carne» (Cántico 13,4). Hay en esta oración inmenso gozo, «grandísima
suavidad y deleite. Aquí no hay remedio de resistir» (V.20,3). Pero puede haber también un terrible sufrimiento,
unas penas que parecen «ser de esta manera las que padecen en el purgatorio» (6 M 11,3). Estamos en la última
Noche, en las últimas purificaciones pasivas del espíritu. «Siente el alma una soledad extraña, porque criatura de
toda la tierra no le hace compañía, antes todo la atormenta más; se ve como una persona colgada, que no asienta
en cosa de la tierra, ni al cielo puede subir, abrasada con esta sed, y no puede llegar al agua» (6 M 11,5). «En este
rigor es poco lo que le dura; será, cuando más, tres o cuatro horas –a mi parecer–, porque si mucho durase, como
no fuese por milagro, sería imposible sufrirlo la flaqueza natural» (11,8). «Quizá no serán todas las almas llevadas
por este camino, aunque dudo mucho que vivan libres de trabajos de la tierra, de una manera u otra, las almas que
a veces gozan tan de veras de las cosas del cielo» (1,3). Podrán ser penas interiores, calumnias, persecuciones,
enfermedades, dudas angustiosas, sentimientos de reprobación y de ausencia de Dios (1,4. 7-9), trastornos
psicológicos o lo que Dios permita. En todo caso, «ningún remedio hay en esta tempestad, sino aguardar a la
misericordia de Dios, que a deshora, con una palabra sola suya o una ocasión que acaso sucedió, lo quita todo tan
de pronto que parece no hubo nublado en aquella alma, según queda llena de sol y de mucho más consuelo»
(1,10). San Ignacio de Loyola igualmente cuenta de sí que de la más honda desolación pasaba, por gracia de Dios,
a la más dulce consolación «tan súbitamente, que parecía habérsele quitado la tristeza y desolación, como quien
quita una capa de los hombros de uno» (Autobiografía 21). También la humanidad de Cristo es aquí camino para
llegar a estas alturas místicas, y el orante «no quiera otro camino, aunque esté en la cumbre de la contemplación;
por aquí va seguro» (V.22,7). Esta es, como lo explicó K. Rahner, la Eterna significación de la humanidad de
Jesús para nuestra relación con Dios (Escritos de Teología III, Madrid, Taurus 1961, 47-59; +J. Alfaro, Cristo
glorioso, Revelador del Padre, «Gregorianum» 39, 1958, 222-270). La unión transformante (matrimonio). –Esta
es la cumbre y plenitud de la oración cristiana, donde se consuma el matrimonio espiritual entre Dios y el hombre.
Jesucristo, su humanidad sagrada, ha sido el camino para llegar a la sublime contemplación de la Trinidad divina.
Esta contemplación perfecta, que produce una plena transformación del hombre en Dios, ya no ocasiona el
desfallecimiento corporal del éxtasis. Y no se trata ya tampoco de una contemplación breve y transitoria, sino que
es una oración mística permanente, en la cual el orante, en la oración o el trabajo, queda como templo consagrado,
siempre consciente de la presencia de Dios. Por Cristo. «La primera vez que Dios hace esta gracia, quiere Su
Majestad mostrarse al alma por visión imaginaria de su sacratísima Humanidad, para que lo entienda bien y no
esté ignorante de que recibe tan soberano don» (7 M 2,1). A la Trinidad. En esta séptima Morada, «por visión
intelectual, por cierta manera de representación de la verdad, se le muestra la Santísima Trinidad, todas tres
Personas, y por una noticia admirable que se da al alma, entiende con grandísima verdad ser todas tres Personas
una sustancia y un poder y un saber y un solo Dios; de manera que lo que tenemos por fe, allí lo entiende el alma
por vista, aunque no es vista con los ojos del cuerpo ni del alma, porque no es visión imaginaria. Aquí se le
comunican todas tres Personas y le hablan, y le dan a entender aquellas palabras que dice el Evangelio que dijo
el Señor que vendría El y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que le ama y guarda sus mandamientos.
¡Oh, válgame Dios, qué diferente cosa es oír estas palabras y creerlas, a entender por esta manera qué verdaderas
son!» (1,7-8). Sin éxtasis. Ya «se les quita esta gran flaqueza, que les era harto trabajo, y antes no se quitó. Quizá
es que la ha fortalecido el Señor y ensanchado y habilitado; o pudo ser que [antes] quería dar a entender en público
lo que hacía con estas almas en secreto» (7 M 3,12). Presencia continua. «Cada día se asombra más esta alma,
porque nunca más le parece [que las Personas divinas] se fueron de con ella, sino que notoriamente ve –de la
manera que he dicho– que están en lo interior de su alma, en lo muy interior, en una cosa muy honda –que no se
sabe decir cómo es, porque no tiene letras– siente en sí esta divina compañía» (1,8). Unión transformante. El
matrimonio espiritual, dice San Juan de la Cruz, «es mucho más sin comparación que el desposorio espiritual,
porque es una transformación total en el Amado, en que se entregan ambas partes por total posesión de la una a
la otra, con cierta consumación de unión de amor, en que está el alma hecha divina y Dios por participación cuanto
se puede en esta vida» (Cántico 22,3). Los efectos de la oración mística pasiva son, ciertamente, muy notables.
Crece inmensamente en el hombre la lucidez espiritual para ver a Dios, al mundo, para conocerse a sí mismo, y
el tiempo pasado le aparece vivido como en oscuridad y engaño: «Los sentidos y potencias en ninguna manera
podían entender en mil años lo que aquí entienden en brevísimo tiempo» (5 M 4,4; +6 M 5,10). Nace en el corazón
una gran ternura de amor al Señor, y aquella centellica que se encendió en la oración de quietud, se hace ahora
un fuego abrasador (V.15,4-9; 19,1). El Señor le concede al cristiano un ánimo heroico y eficaz para toda obra
buena (19,2; 20,23; 21,5; 6 M 4,15) y una potencia apostólica de sorprendentes efectos (V.21,13; +18,4). Y al
mismo tiempo que Dios muestra su santo rostro al hombre, le muestra sus pecados, no sólo «las telarañas del alma
y las faltas grandes, sino un polvito que haya» (20,28), y le conforta en una determinación firmísima de no pecar,
«ni hacer una imperfección, si pudiese» (6 M 6,3). En todo lo cual vemos que si la contemplación de Dios exige
santidad («los limpios de corazón verán a Dios», Mt 5,8), también es verdad que la contemplación mística produce
una gran santidad («contempladlo y quedaréis radiantes», Sal 33,6). A estas alturas, el alma queda en una gran
paz (7 M 2,13), «y así de todo lo que pueda suceder no tiene cuidado, sino un extraño olvido», aunque por
supuesto, puede «hacer todo lo que está obligado conforme a su estado» (3,1). Siente la persona «un desasimiento
grande de todo y un deseo de estar siempre o a solas [con Dios] u ocupados en cosa que sea provecho de algún
alma. No sequedades ni trabajos interiores, sino con una memoria y ternura con nuestro Señor, que nunca querría
estar sino dándole alabanzas» (3,7-8). «No les falta cruz, salvo que no les inquieta ni hace perder la paz» (3,15).
El mundo entero le parece al místico una farsa de locos, pues él lo ve todo como «al revés» de como lo ven los
mundanos o lo veía él antes. Y así se duele de pensar en su vida antigua, «ve que es grandísima mentira, y que
todos andamos en ella» (V.20,26); «ríese de sí, del tiempo en que tenía en algo los dineros y la codicia de ellos»
(20,27), y «no hay ya quien viva, viendo por vista de ojos el gran engaño en que andamos y la ceguedad que
traemos» (21,4). «¡Oh, qué es un alma que se ve aquí haber de tornar a tratar con todos, a mirar y ver esta farsa
de esta vida tan mal concertada!» (21,6). Humildad: cada uno en su grado La humildad es el camino verdadero
de la oración, y no nos perderemos si perseveramos siempre en ella. Sin humildad, imposible adelantar en la
oración. «La pobre alma, aunque quiera, no puede lo que querría, ni puede nada sin que se lo den. Sólo la humildad
es la que puede algo» (CV 32,13). Por otra parte, en la oración y en lo que sea ¿qué más nos da una cosa que otra,
con tal de que sea lo que le agrada al Señor, es decir, con tal de que sea lo que él nos quiere dar? (17,6). En la
oración, como en todo, el que anda en la humildad, aceptando su modo y grado, anda en la verdad (6 M 10,8).
Concretamente, en la oración es preciso evitar dos extremos falsos: –Un error: irse a grados pasivos de oración
antes de tiempo. Recordemos lo del Bautista: «No debe el hombre tomarse nada, si no le fuere dado del cielo»
(Jn 3,27). Y la norma de Jesús, de permanecer en lo más modesto hasta que Dios nos diga: «Amigo, sube más
arriba» (Lc 14,10-11). En este sentido dice Santa Teresa: «No se suban sin que les suba» (V.12,5). Es evidente la
tentación de escaparse con demasiada prisa de las oraciones activas, ya que «en estos principios está todo el mayor
trabajo, porque son ellos los que trabajan, dando el Señor el caudal; que en los otros grados de oración lo más es
gozar» (11,5). Por eso «quien quisiere pasar de aquí y levantar el espíritu a sentir gustos que no se le dan, es
perder lo uno y lo otro; y perdido el entendimiento, se queda el alma desierta y con mucha sequedad. En la mística
teología [en la oración pasiva mística] pierde de obrar el entendimiento, porque le suspende Dios. Presumir ni
pensar siquiera de suspenderle nosotros eso es lo que digo que no se haga, ni se deje de obrar con él, porque nos
quedaremos bobos y fríos, y no haremos lo uno ni lo otro» (12,4-5). Aquietando el entendimiento antes de tiempo
–en una oración semejante al zen–, «quedarse han secos como un palo» (22,18). –Otro error: persistir en oraciones
activas cuando ya Dios las da semipasivas o pasivas. Llegando por el Espíritu Santo al recogimiento y quietud,
hay que «dejar descansar el alma con su descanso» (V.15,8). Es cierto que si cesa la quietud pasiva en la oración,
hay que estar dispuestos a volver en seguida a las oraciones discursivas, más laboriosas, «que no hay estado de
oración tan subido que muchas veces no sea necesario volver al princi-pio» (13,15; +18,9). Pero el no querer
abandonarse en el Espíritu a la oración pasiva puede, sin duda, ser tentación del demonio, que aducirá
piadosamente razones de humildad (7,11; 8,5; 19,5), o grave error de directores espirituales ineptos: Estos, «a los
que vuelan como águilas con las gracias que les hace Dios, quieren hacerles andar como pollo trabado» (39,12).
Estos, dice San Juan de la Cruz, «piensan que [estas almas] están ociosas, y les estorban e impiden la paz de la
contemplación sosegada y quieta, que de suyo les estaba Dios dando, haciéndoles ir por el camino de meditación
y discurso imaginario y que hagan actos interiores» (Llama 3,53). Sin embargo, en la vida mística es ya la hora
de la oración pasiva. «Como quiera que naturalmente todas las operaciones que puede de suyo hacer el alma no
sean sino por el sentido, de aquí es que ya Dios en este estado [místico] es el agente [el activo] y el alma es la
paciente [la pasiva]; porque ella sólo está como el que recibe y como en quien se hace, y Dios como el que da y
como el que en ella hace, dándole la contemplación, esto es, noticia amorosa, sin que el alma use de sus actos y
discursos naturales. Si el alma entonces no dejase su modo activo natural, no recibiría aquel bien [que es al modo
divino] sino a modo natural, y así no lo recibiría. Si el alma quiere entonces obrar de suyo, habiéndose de otra
manera más que con la advertencia amorosa pasiva, muy pasiva y tranquilamente, sin hacer acto natural sino es
como cuando Dios la uniese en algún acto, pondría impedimento a los bienes que sobrenaturalmente le está
comunicando Dios en noticia amorosa. Ha de estar esta alma muy aniquilada en sus operaciones naturales,
desembarazada, ociosa, quieta y pacífica y serena al modo de Dios» (Llama 3,32-34). Oración y trabajo El
cristiano debe vivir con armonía el «ora et labora». A los comienzos, el principiante, en la oración activa, apenas
capta la presencia de Dios, y se olvida de él en buena medida durante el trabajo, de modo que cuando del trabajo
vuelve a la oración, siente como si regresara de tierra pagana. Creciendo en la vida espiritual, el adelantado
sobrenaturaliza más sus actividades, y vive más la oración continua. Por fin, el cristiano perfecto une en su vida
totalmente contemplación y acción, de modo que ya no son dos esferas distintas, sino plenamente concéntricas.
A los comienzos, dice Santa Teresa, pasada la oración, «queda el alma sin aquella compañía, digo de manera que
se dé cuenta. En esta otra gracia del Señor [la oración mística] no, que siempre queda el alma con su Dios en
aquel centro» (7 M 2,5). Por eso los santos más activos son grandes contemplativos. Y por eso la proporción entre
oración y trabajo debe ser prudentemente dosificada atendiendo a las premisas expuestas: Los principiantes, en
la fase purificativa, con muchos apegos todavía, deberán ejercitarse en oraciones activas, que son fatigosas, y que
por lo mismo no pueden prolongarse mucho. Unos tiempos excesivamente largos de oración pueden ser para ellos
pérdida de tiempo y experiencia negativa de la oración. Más les vale ejercitarse en obras y trabajos, para que por
el ejercicio de las virtudes, se les ordene y pacifique el corazón, haciéndose así capaces de más oración. Varios
ratos breves de oración intensa y activa les suele, pues, convenir más que un tiempo largo. En este sentido dice
Santo Tomás que «la vida activa es anterior a la contemplativa, porque dispone a la contemplación» (STh II-
II,182,4; +182,3). Los adelantados, en la fase iluminativa o progresiva, ya se inician en la oración semipasiva, y
por eso deben reducir la acción y aumentar la oración. En efecto, el orante tiene ya capacidad espiritual para una
oración prolongada, que le hará mucho bien, pero no tiene todavía capacidad para dedicarse seriamente a la
oración si se ve abrumado de actividades exteriores. San Ignacio de Loyola, siendo un adelantado sumamente
precoz, cuando estaba en Manresa, «perseveraba en sus siete horas de oración de rodillas» (Autobiografía 23). Su
gran actividad apostólica vendría después, y entonces no tendría ni necesidad ni tiempo para entregarse tan
largamente a la oración. Los perfectos, efectivamente, ya en la fase unitiva, tienen una máxima capacidad tanto
de oración como de acción. Y que dediquen más o menos tiempo a lo uno o a lo otro dependerá ya sólamente de
la vocación, de la caridad o de la obediencia. ((Hay quienes piensan que «el trabajo es oración», y prescinden así
de la oración en sus vidas. Estos se quedan sin oración y sin trabajo cristiano. El trabajo puede y debe llegar a ser
una oración continua, pero sin muchas horas de oración perseverante no es posible llegar a ello. Otros estiman
que «lo que santifica es la oración», y ven el trabajo como tiempo perdido, al menos para la vida espiritual. Estos
apenas conocen la espiritualidad y el valor del trabajo cristiano. Para Ruysbroeck, en cambio, «buscar a Dios en
intención es tener a Dios en espíritu; así el hombre debe volver siempre a Dios amorosamente su inclinación, en
todas sus obras, si es que le ama y le busca sobre todas las cosas. Eso es encontrar a Dios por la intención y el
amor» (Adorno de las bodas espirituales IV,A).)) Lugar, tiempo y actitudes corporales El principiante, en su vida
ascética, todavía ejercita la vida sobrenatural en modos humanos naturales, y por eso en sus oraciones, que son
activas y laboriosas, aún se ve afectado por su personal situación psíquica y somática, y por los condicionamientos
ambientales: frío o calor, ruido o silencio, fealdad o belleza religiosa del lugar. Por el contrario, en la vida mística
la importancia de todo esto es mínima, hasta desaparecer. Pero hasta que se llega a ella conviene no menospreciar
estos factores. Ni tampoco valorarlos en exceso, como ya dijimos al tratar de los métodos oracionales. Lugar. –
Los cristianos sabemos que somos templos de Dios y que todo lugar es bueno para adorarle en espíritu y verdad
(Jn 4,21), también en el secreto de nuestra habitación (Mt 6,6). Pero no por eso debemos ignorar el valor de las
iglesias, lugares privilegiados por la bendición de los ritos litúrgicos, para el encuentro oracional con Dios. Por
eso, en igualdad de condiciones, debemos tender a orar en el templo, y más si en éste arde el fuego sagrado de la
presencia eucarística de Jesucristo. Tiempo. –Debemos dedicar al Señor, dentro de lo posible, la hora mejor de
nuestro día, aquélla en la que estamos más lúcidos y atentos. En cuanto a la duración de la oración, como ya
dijimos, habrá de ser muy diversa según las edades espirituales y la gracia de cada persona. En todo caso, éste es
un tema de gran importancia, que convendrá consultar en dirección espiritual, y en ocasiones sujetarlo a
obediencia. Santo Tomás enseña que hay que orar continuamente, «pero la oración, considerada en sí misma, no
puede ser continua, pues otras obligaciones nos reclaman. Este es el principio: la medida de las cosas se determina
por su fin –como el tomar más o menos medicina se determina por su fin, que es la salud–; así la oración debe
durar lo que convenga para excitar el fervor del deseo interior. Por eso escribe San Agustín: «Los hermanos de
Egipto se ejercitan en oraciones frecuentes, pero muy breves, y lanzadas como dardos al cielo [jaculatorias], para
que la atención, tan necesaria en la oración, se mantenga vigilante y alerta, y no desfallezca y se embote por una
perduración excesiva. Así nos enseñan que la atención no se ha de forzar cuando no puede sostenerse, pero
tampoco se ha de retirar si puede continuar» (ML 33,502)» (STh II-II,83,14). San Benito dice que «la oración
debe ser breve y pura, a menos que tal vez se prolongue por un afecto de la inspiración de la gracia divina» (Regla
20,4). Santa Teresa escribe: «No veo, Creador mío, por qué todo el mundo no se procure llegar a Vos por esta
particular amistad [de la oración]; los malos, que no son de vuestra condición, para que los hagáis buenos con que
os sufran estéis con ellos, siquiera dos horas cada día, aunque ellos no estén con Vos sino con mil revueltas de
cuidados y pensamientos de mundo, como yo hacía... Sí, que no matáis a nadie, Vida de todas las vidas, de los
que se fían de Vos y de los que os quieren por amigo, sino sustentáis la vida del cuerpo con más salud y la dais al
alma» (V.8,6). En fin, si en algo conviene pasarse, es decir, si en algo hemos de perder el tiempo –nosotros, que
lo perdemos de tantos modos–, que sea en la oración. En la oración, no son raras las personas que para entrar de
verdad en Dios necesitan un tiempo prolongado. Pero si únicamente practican oraciones breves, si nunca se
conceden más de media hora o un cuarto, jamás llegan a tocar fondo, y siempre salen de la oración con una
relativa conciencia de frustración. Por eso recomendamos, en cuanto ello sea posible, tiempos largos de oración,
al menos semanalmente, por ejemplo, en el día del Señor. Actitudes corporales. –La acción del Espíritu Santo en
el orante no ignora que en la naturaleza de éste hay profundos vínculos entre lo psíquico y lo corporal. Jesucristo,
como ya vimos, adoptaba al orar las posturas de la tradición judía, muy semejantes, por lo demás, a las de otras
religiones. Y la tradición cristiana ha usado –eso sí, con flexibilidad, y sin darles demasiada importancia– ciertas
actitudes físicas de oración. «Impongámonos en el exterior –decía San Juan Clímaco– la actitud de la oración,
pues en los imperfectos con frecuencia el espíritu se conforma al cuerpo» (MG 88,1134). Y San Ignacio de Loyola
proponía que el orante se colocara «de rodillas o sentado, según la mayor disposición en que se halla y más
devoción le acompañe, teniendo los ojos cerrados o fijos en un lugar, sin andar con ellos variando» (Ejercicios
252). En el Nuevo Testamento las posturas orantes más frecuentes son orar de pie (Mc 11,25; Lc 18,11) o de
rodillas (Mc 29,36; Hch 7,60; 9,40; 20,36; 21,5; Ef 3,14; Flp 2,10), alzando las manos (1 Tim 2,8: alzar las manos
es en el Antiguo Testamento sinónimo de orar: Sal 27,2; 76,3; 133,2; 140,2; 142,6) o sentados en asamblea
litúrgica (Hch 20,9; 1 Cor 14,30). También es costumbre golpear el pecho (Lc 18,13), velar la cabeza femenina
(1 Cor 11,4-5), los ojos al cielo (Mt 14,19; Mc 7,34; Lc 9,16; Jn 11,41; 17,1), los ojos bajos (Lc 18,13), hacia el
oriente (Lc 1,78; 2 Pe 1,19). Signar la cruz sobre cabeza y pecho es uno de los gestos oracionales más antiguos
(Tertuliano: ML 2,30). Los monjes sirios, como San Simeón Estilita, oraban con continuas y profundas
inclinaciones, vigentes hoy también en la liturgia. Los Apotegmas nos cuentan que el monje Arsenio, «al atardecer
del sábado, próximo ya el resplandor del domingo, volvía la espalda al sol y alzaba sus manos hacia el cielo,
orando hasta que de nuevo el sol iluminaba su cara. Entonces se sentaba» (MG 65,97). Santo Domingo adoptaba
a solas, de noche, ciertas actitudes orantes (M. H. Vicaire, Saint Dominique de Caleruega, París, Cerf 1955, 261-
271). Hoy los cristianos de Asia y Africa usan con frecuencia posturas de oración. En Occidente oscilan entre dos
tendencias: unos menosprecian las actitudes corporales de oración, incluso en la liturgia –por anomía, por
secularismo, por valoración de lo espontáneo y rechazo de lo formal, por ignorar la realidad natural del vínculo
psico-somático; otros han redescubierto las actitudes orantes – por acercamiento a la Biblia y a la tradición, por
aprecio del yoga, zen y sabidurías orientales, por conocimientos de psicología moderna–. En todo caso, aun
reconociendo este valor, parece inconveniente que el orante se empeñe en adoptar ciertas posturas si, por ser
extrañas quizá a la costumbre, le crean una cierta tensión o resultan chocantes a la comunidad. Consejos en la
oración dolorosa La oración es la causa primera de la alegría cristiana, pues, acercando a Dios, da luz y fuerza,
confianza y paz. Sin embargo, puede ser dolorosa. ¿Qué hacer entonces? No nos extrañe que la oración duela,
cuando esto suceda. «De los que comienzan a tener oración, podemos decir que son los que sacan agua del pozo,
que es muy a su trabajo, que han de cansarse en recoger los sentidos, que, como están acostumbrados a andar
dispersos, es harto trabajo. Han menester irse acostumbrando a que no se les dé nada de ver ni de oír. Han de
procurar tratar de la vida de Cristo, y se cansa el entendimiento en esto. Su precio tienen estos trabajos, ya sé que
son grandísimos, y me parece que es menester más ánimo que para otros muchos trabajos del mundo. Son de tan
gran dignidad las gracias de después, que quiere [Dios que] por experiencia veamos antes nuestra miseria»
(V.11,9. 11- 12). Y, por otras razones, también para el místico es a veces la oración como una lanza de luz que le
atraviesa dolorosamente el corazón (2 Subida 1,1; 2 Noche 5,5; 12,1). Busquemos sólamente a Dios en la oración,
y todo lo demás, ideas, soluciones, gustos sensibles, tengámoslo como añadiduras, que sólo interesan si Dios nos
las da; y si no nos las concede en la oración, no deseemos encontrarlas en ella. No es cosa en la oración de
«contentarse a sí, sino a El» (V.11,11). Estamos aún llenos de mil trampas y pecados, «¿y no tenemos vergüenza
de querer gustos en la oración y quejarnos de sequedades?» (2 M 7). Suframos al Señor en la oración, pues él nos
sufre (V.8,6). «No hacer mucho caso, ni consolarse ni desconsolarse mucho, porque falten estos gustos y ternura...
Importa mucho que de sequedades, ni de inquietudes y distraimiento en los pensamientos, nadie se apriete ni
aflija. Ya se ve que si el pozo no mana, nosotros no podemos poner el agua» (11,14. 18). Entreguemos a Dios
nuestro tiempo de oración con fidelidad perseverante, vayamos adelante por ese camino sagrado sin que nada nos
detenga, por muchas trampas e impedimentos que ponga el Demonio, sin que nada nos quite llegar a beber de esa
fuente de agua viva. La verdad es ésta: para llegar a esta fuente sagrada y vivificante es necesaria «una grande y
muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere,
trabaje lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiere llegue yo allá, siquiera me muera en el camino o
no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo» (CE 35,2). «Este poco de tiempo
que nos determinamos a darle a El, ya que aquel rato le queremos dar libre el pensamiento y desocuparle de otras
cosas, que sea dado con toda determinación de nunca jamás tornárselo a tomar, por trabajos que por ellos nos
vengan, ni por contradicciones y sequedades; sin que ya, como cosa no mía, tenga aquel tiempo y piense me lo
pueden pedir por justicia cuando del todo no se lo quisiere dar» (39,2). Un voto privado de oración puede ser una
gran ayuda en esto, sobre todo a los comienzos (+Iraburu, Caminos laicales de perfección, Fundación GRATIS
DATE, Pamplona 1996, 44-59). Tengamos paciencia cuando la oración nos es imposible, que a veces lo será –
por indisposición psicológica, corporal, circunstancial–. «Entiendan que son enfermos; múdese la hora de la
oración; pasen como pudieren este destierro... Con discreción, porque alguna vez el demonio lo hará; y así es
bueno, ni siempre dejar la oración cuando hay gran distraimiento y turbación en el entendimiento, ni siempre
atormentar el alma a lo que no puede. Otras cosas hay exteriores de obras de caridad y de lectura, aunque a veces
no estará ni para esto» (V.11,16-Esperemos que la pobreza de la oración activa nos lleve a la riqueza de la oración
pasiva. La oración que hacemos «por medianería del entendimiento» (CV 19,6), esto es, la oración activa, es tan
pobre que podemos caer en la tentación de despreciarla y abandonarla. Pero no la dejemos por nada del mundo,
pues vale mucho. Es como la luz de una vela en la oscuridad de la noche, que nos permite esperar y recibir el
amanecer. Dificultades en la oración La vida de oración, sobre todo en los cristianos laicos, está con frecuencia
llena de dificultades y problemas que hay que analizar y responder con cuidado. –Dificultades procedentes del
mundo actual. Sin duda hoy podemos hacer nuestra aquella queja de Santa Teresa: «Están, por nuestros pecados,
tan caídas en el mundo las cosas de oración y perfección»... (Fundaciones 4,3). La historia de la Iglesia parece
asegurarnos que la práctica de la oración fue antiguamente entre los cristianos mucho mayor que ahora. La Iglesia,
desde el principio (Hch 2,42), como Israel, como el Islam, fue sociológicamente un pueblo orante. Sin embargo,
hoy, al menos en los países ricos descristianizados, la misma idea del cristiano como hombre orante se ha perdido
en la gran mayoría de los bautizados. Parece increíble, pero así es. Los rasgos peculiares del mundo moderno –
ávido consumismo de objetos, noticias, televisión, viajes, diversiones; inmenso desconcierto espiritual en medio
de una aceleración histórica sin precedentes conocidos; velocidad, inestabilidad, violencia, prisa, culto a la
eficacia inmediata– hacen que los cristianos mundanizados queden casi completamente incapaces de
contemplación sapiencial, de gozosa adoración, de súplica perseverante. Pues bien, los cristianos, con el poder de
Cristo, pueden perfectamente vencer al mundo, e iluminarlo con la luz preciosa y necesaria de la oración, y deben
ofrecer a así a los hombres el testimonio de un estilo de vida diferente, nuevo y mejor. –Dificultades aparentes.
Las personas que tienen oración, al hablar de ella, frecuentemente lamentan que para orar hallan no pocas
dificultades en las distracciones y en las obligaciones y trabajos inevitables. Pero esto no es del todo exacto. Las
distracciones angustian sobre todo a quienes ignoran «en qué está la sustancia de la perfecta oración. Algunos he
encontrado yo que les parece está todo el negocio de la oración en el pensamiento, y si éste pueden tener mucho
en Dios, aunque sea haciéndose gran fuerza, luego les parece que son espirituales; y si se distraen, no pudiendo
más, aunque sea para cosas buenas, luego les viene gran desconsuelo». Ignoran que «no todas las imaginaciones
son hábiles de su natural para esto, mas todas las almas lo son para amar. Y el aprovechamiento del alma no está
en pensar mucho, sino en amar mucho» (Fundaciones 5,2). Ignoran que en la oración, en medio de «esta baraúnda
del pensamiento», la voluntad puede estarse recogida amando, haciendo verdadera y preciosa la oración (4 M 1,8-
14). No se olvide que «puede muy bien amar la voluntad sin entender el entendimiento» (2 Noche 12,7). Por eso,
aunque es evidente que las distracciones voluntariassuspenden la oración y ofenden a Dios, es preciso recordar
que las involuntarias no ofenden a Dios ni cortan la oración, si la voluntad permanece amando. En fin, «no penséis
que está la cosa en no pensar otra cosa, y que si os distraéis un poco, va todo perdido» (4 M 1,7).
Las obligaciones personales son entendidas también a veces como impedimentos para la oración difícilmente
superables. Pero también esto requiere una clarificación. Las obligaciones honestas, las únicas reales, no tienen
por qué ser impedimento para la vida de oración; quizá no permitan largos ratos de oración, pero no podrán
impedir los ratos breves ni la oración continua, ni, por tanto, lo esencial de la oración. En cuanto a las deshonestas,
son obligaciones falsas, yugos más o menos culpablemente formados, que deben ser echados fuera. No es posible
que una obligación verdadera, procedente de Dios, sea un impedimento para orar. Es la obligación falsa, la
procedente del hombre, de uno mismo o de los otros, lo que puede impedir. Las obligaciones verdaderassólamente
pueden impedir a veces las oraciones largas, pero éstas, con ser tan deseables, no son esenciales para el
crecimiento en la oración si la caridad o la obediencia no las permiten, al menos de modo habitual. Esto Santa
Teresa sólo alcanzó a comprenderlo, según parece, en su madurez espiritual, cuando escribió las Fundaciones, al
final de su vida. Al principio pensaba, temiendo por sí misma y por los otros, «que no era posible que entre tanta
baraúnda creciera el espíritu», pero la experiencia propia y ajena le hizo ver la verdad. «Así estaba una persona
que la obediencia le había traído cerca de quince años tan trabajado en oficios y gobierno que en todos esos años
no se acordaba de haber tenido un día para sí, aunque él procuraba lo mejor que podía algunos ratos de oración al
día y de traer limpia la conciencia. A éste le ha pagado el Señor tan bien que, sin saber cómo, se halló con aquella
libertad de espíritu tan apreciada y deseada, que tienen los perfectos. Y no es sola esta persona, que otras he
conocido de la misma suerte. No haya, pues, desconsuelo; cuando la obediencia [o la caridad] os trajera empleadas
en cosas exteriores, entended que, si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor, ayudándoos en lo interior
y en lo exterior» (Fundaciones 5,6-8). «El verdadero amante en todas partes ama y siempre se acuerda del amado.
¡Recia cosa sería que sólo en los rincones se pudiese tener oración! Ya sé yo que a veces no puede haber muchas
horas de oración; pero, oh Señor mío, qué fuerza tiene ante Vos un suspiro salido de las entrañas, de pena por ver
que podríamos estar a solas gozando de Vos» (5,16). «Créanme, no es el largo tiempo en la oración el que
aprovecha al alma, que si ésta le emplea tan bien en las obras, gran ayuda será esto para que en muy poco tiempo
tenga mejor disposición para encender el amor, que no en muchas horas de consideración» orante (5,17;
+V.7,12;8,6; Cta.77-IA 16). En resumen: Procure el cristiano, en principio, tener habitualmente largos ratos de
oración, y no crea demasiado fácilmente que el Señor, que tanto le ama como amigo, no quiere dárselos. Al leer
los anteriores textos de Santa Teresa, adviértase que están escritos a religiosas, quizá más inclinadas a la oración
que a las obras, lo que explica el acento de su enseñanza; pero hoy son muchos más los cristianos que tienden
más a la acción que a la oración. Procúrese, pues, oración larga, «pero, entiéndase bien, siempre que no haya de
por medio cosas que toquen a la obediencia y al aprovechamaiento de los prójimos. Cualquiera de estas dos cosas
que se ofrezcan, exigen tiempo para dejar el que nosotros tanto desearíamos dar a Dios» (Fundaciones 5,3). Y,
eso sí, busque siempre el cristiano la oración continua, pues «aun en las mismas ocupaciones debemos retirarnos
a nosotros mismos; aunque sólo sea por un momento, aquel recuerdo de que tengo compañía dentro de mí es de
gran provecho» (CV 29,5). Es el mismo consejo que da San Juan de la Cruz: «Procure ser continuo en la oración,
y en medio de los ejercicios corporales no la deje. Ahora coma, ahora beba, o hable o trate con seglares, o haga
cualquiera otra cosa, siempre ande deseando a Dios y aficionando a él su corazón. Se requiere no dejar que el
alma pare en ningún pensamiento que no sea enderezado a Dios» (Cuatro avisos para alcanzar la perfección 9). –
Dificultades reales. Las dificultades verdaderas para la oración no están tanto en el mundo y el ambiente, ni en
las obligaciones particulares, sino en la propia persona: en su mente y en su corazón. El cristiano espiritual, libre
de todo apego, se adhiere con amor al Señor, haciéndose con facilidad un solo espíritu con él (1 Cor6,17). El
todavía carnal, atado aún por mil lazos, lleno de apegos, vanos temores y esperanzas, inquieto y constantemente
perturbado por ruidos y tensiones interiores, se une al Señor difícilmente, laboriosamente, tanto en la oración
como en la vida ordinaria. «Al desasido no le molestan cuidados ni en la oración ni fuera de ella, y así, sin perder
tiempo, con facilidad, hace mucha hacienda espiritual; pero para ese otro [que está asido] todo se le suele ir [al
orar y al trabajar] en dar vueltas y revueltas sobre el lazo a que está asido y apropiado su corazón, y con diligencia
aun apenas se puede libertar por poco tiempo de este lazo del pensamiento y gozo de lo que está asido el corazón»
(3 Subida 20,3). Si piensa el principiante que sus dificultades en la oración van a ser superadas cuando cambien
las circunstancias exteriores, cuando mejore su salud o disminuyan las ocupaciones, o gracias al aprendizaje de
ciertas técnicas oracionales –antiguas o modernas, occidentales u orientales, individuales o comunitarias–, está
muy equivocado. Ya dijimos al principio que para ir adelante en la oración lo que se necesita ante todo es
perseverancia en ella, conciencia limpia y buen ejercitarse en las virtudes, todo lo cual es siempre posible, con la
ayuda del Señor. «Toda la pretensión de quien comienza oración –y no se os olvide esto, que importa mucho– ha
de ser trabajar y determinarse y disponerse en cuantas diligencias pueda a hacer que su voluntad se conforme con
la de Dios; en esto consiste toda la mayor perfección que se puede alcanzar en el camino espiritual» (2 M 8). Pero
no espere el principiante, por supuesto, a tener virtudes para ir a la oración, pues la oración, precisamente, es
«principio para alcanzar todas las virtudes», y hay que ir a ella «aunque no se tengan» (CE 24,3). Entre tanto,
haga en la oración «lo posible», que ya Dios se encargará de ir llevándole a «lo imposible» (Mt 19,26), a la
perfecta paz de la contemplación. Oración y apostolado Todos los cristianos deben orar, pero especialmente los
llamados por Dios a la vida apostólica. En efecto, aquéllos que han de vivir como compañeros y colaboradores
de Jesús –así lo enseña San Pedro– deben dedicarse «a la oración y al ministerio de la predicación» (Hch 6,4). –
El apostolado requiere contemplación, pues no consiste sólo en a transmisión de una doctrina, sino sobre todo en
el testimonio de una persona, Jesucristo. Este testimonio pueden darlo quienes por la oración, principalmente, son
«testigos oculares de su majestad» (2 Pe 1,16), quienes han «contemplado y tocado al Verbo de la vida» (1 Jn
1,1), quienes poseen «la ciencia de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo» (2 Cor 4,6). Estos no sólo
pueden, sino que necesitan absolutamente predicar a Jesucristo (1 Cor 9,16-17): «Nosotros no podemos dejar de
decir lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20; +22,15; Jer 20,9; Ez 13,3). Ahí radica Santo Tomás la excelencia de
la vida apostólica: «Es más transmitir a los otros lo contemplado que sólo contemplar» (STh II-II,188,6). Crónicas
antiguas sobre el gran apóstol Santo Domingo de Guzmán nos dicen que él siempre estaba hablando «con Dios o
de Dios» (Libro de las costumbres 31: BAC 22, 1966, 785). Y es que ¿cómo podrá hablar de Dios aquél que no
habla con Dios? –El apostolado requiere oración de petición, pues sólo la gracia interior del Espíritu puede abrir
el corazón de los hombres a la gracia externa de la predicación. Por eso el Apóstol pedía insistentemente y
exhortaba a los fieles a que ayudaran su actividad apostólica con oraciones y súplicas (Rm 15,30-31; 2 Cor 1,11;
Ef 6,19; 1 Tes 5,25; 2 Tes 3,1-2). El mundo está cerrado a la verdad de Cristo, y con incesantes súplicas hemos
de orar «para que Dios nos abra puerta para la palabra, para anunciar el misterio de Cristo» (Col 4,2-3). ((Sin
embargo, algunos que no tienen oración, pretender hacer apostolado. Y se extrañan luego –incluso se
escandalizan– de la mínima eficacia que el Señor da a sus actividades. Y el error no es sólo de ahora. San Juan
de Avila decía: «Esta obligación que el sacerdote tiene de orar está tan olvidada, incluso no conocida, como si no
fuese» (Trat. del sacerdocio I,211-214). «Si uno no es sacerdote, que no tome el oficio de abogar, si no sabe
hablar. Y diría yo que no sé con qué conciencia puede tomar este oficio quien no tiene don de oración, pues de la
doctrina de los santos y de la Escritura divina aparece que el sacerdote tiene por oficio orar por el pueblo» (Plát.
a sacerdotes 2,223-225). El sacerdote que no alaba a Dios ni intercede por el pueblo no «cumple su ministerio»
(2 Tim 4,5). «Y porque hay falta de esta oración en la Iglesia, y señaladamente en el sacerdocio, por eso ha
derramado el Señor sobre nosotros su ira, que no se quitará hasta que esta oración torne, pues su ausencia ha sido
causa de muchos trabajos, y quiera Dios no vengan mayores» (Trat. sacerd. II,434-439). A este propósito, decía
San Juan de la Cruz: «Adviertan aquí los que son muy activos, que piensan ceñir el mundo con sus predicaciones
y obras exteriores, que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios –dejando aparte
el buen ejemplo que de sí darían– si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración.
Ciertamente, entonces harían más y con menos trabajo con una obra que con mil, mereciéndolo su oración y
habiendo obtenido fuerzas espirituales en ella; porque, de otra manera, todo es martillar, y hacer poco más que
nada, y a veces nada, y aun a veces daño» (Cántico 29,3). Así podemos comprobarlo en muchas ocasiones: tanta
actividad y tan mínimo fruto. Tan mínimo que no pocos abandonan la actividad apostólica defraudados.)) –El
vigor apostólico se hace máximo en la vida mística. Mientras el principiante, con la ayuda de Dios, va formando
sus virtudes y se ejercita en la oración discursiva, tiene escasa capacidad para el apostolado. Pero cuando, ya
limpio su corazón, alcanza a ver a Dios en la oración semipasiva y en la contemplación mística, su fuerza
apostólica se hace poderosa. «Llegada un alma aquí no es sólo deseos lo que tiene por Dios; su Majestad le da
fuerzas para ponerlos por obra» (V.21,5). «Acaecióme a mí –y por eso lo entiendo– cuando procuraba que otras
tuviesen oración, que como por una parte me veían hablar grandes cosas del gran bien que era tener oración, y
por otra parte me veían con gran pobreza de virtudes, no sabían cómo se podía compadecer lo uno con lo otro. Y
así en muchos años, sólo tres se aprovecharon de lo que les decía; y después que ya el Señor me había dado más
fuerza en la virtud, se aprovecharon en dos o tres años muchas» (V.13,8-9). Y es que al llegar a la mística, el
cristiano «comienza a aprovechar a los prójimos, casi sin entenderlo ni hacer nada de sí» (19,3). Orad, hermanos
La vida sin oración es solitaria y extraviada, que no es otra cosa «perder el camino sino dejar la oración»
(V.19,12). Por el contrario, como dice el salmista, «dichoso el pueblo que sabe aclamarte; caminará, Señor, a la
luz de tu rostro; tu Nombre es su gozo cada día» (88,16- 17; +83,5). O en palabras de Kempis: «Bienaventurada
el alma que oye al Señor que habla en ella» (Imitación de Cristo III,1). Entremos en el templo de nuestra alma,
donde Dios nos llama suavemente. La tristeza principal del hombre es no tener oración, aunque él piense otra
cosa... «¡Oh almas que habéis comenzado a tener oración! ¿qué bienes podéis buscar aún en esta vida que sea
como el menor de éstos?» (V.27,11).