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Los Ríos Profundos

Los ríos profundos es una novela de José María Arguedas que explora la identidad andina a través de la historia de Ernesto, un adolescente que enfrenta las injusticias del mundo adulto en el Perú de la década de 1920. La obra, considerada una obra maestra y pionera del neoindigenismo, narra el conflicto existencial de Ernesto entre su herencia andina y las presiones del mundo criollo. A través de su experiencia en un internado, Ernesto toma conciencia de su identidad y elige identificarse con la cultura andina, marcando su proceso de maduración.
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Los Ríos Profundos

Los ríos profundos es una novela de José María Arguedas que explora la identidad andina a través de la historia de Ernesto, un adolescente que enfrenta las injusticias del mundo adulto en el Perú de la década de 1920. La obra, considerada una obra maestra y pionera del neoindigenismo, narra el conflicto existencial de Ernesto entre su herencia andina y las presiones del mundo criollo. A través de su experiencia en un internado, Ernesto toma conciencia de su identidad y elige identificarse con la cultura andina, marcando su proceso de maduración.
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LOS RÍOS PROFUNDOS

Los ríos profundos es la tercera novela del escritor peruano José María
Arguedas. El título de la obra (en quechua Uku Mayu) alude a la profundidad de
los ríos andinos, que nacen en la cima de la cordillera de los Andes, pero a la
vez se refiere a las sólidas y ancestrales raíces de la cultura andina, la que,
según Arguedas, es la verdadera identidad nacional del Perú.
Publicada por la Editorial Losada en Buenos Aires en 1958, recibió en el Perú
el Premio Nacional de Fomento a la Cultura Ricardo Palma (1959) y fue
finalista en Estados Unidos del premio William Faulkner (1963). Desde
entonces creció el interés de la crítica por la obra de Arguedas y en las
décadas siguientes el libro se tradujo a varios idiomas.[1]

Según la crítica especializada, esta novela marcó el comienzo de la


corriente neoindigenista, pues presenta por primera vez una lectura del
problema del indio desde una perspectiva más cercana a él, mérito que
comparte con la obra del escritor mexicano Juan Rulfo. La mayoría de los
críticos coinciden en que esta novela es la obra maestra de Arguedas.

Contexto
A finales de la década de 1950, Arguedas se mostró muy prolífico en cuanto a
producción literaria. El libro apareció cuando el Indigenismo se hallaba en pleno
auge. Por entonces era ministro de Educación el antropólogo e historiador Luis
E. Valcárcel, quien organizó el Museo de la Cultura, institución que impulsó los
estudios indigenistas. De otro lado, con la aparición de Los ríos profundos se
inició un proceso de valoración de la obra de Arguedas en el Perú y que
también se ha ido dando a nivel internacional.

Composición
La génesis de la novela sería el cuento Warma kuyay (que forma parte del libro
de cuentos Agua, publicado en 1935), uno de cuyos personajes es el niño
Ernesto, inconfundiblemente el mismo Ernesto de Los ríos profundos. Un texto
de Arguedas que apareció publicado en 1948 bajo la forma de relato
autobiográfico,[4] conformaría después el segundo capítulo de la novela bajo el
título de Los viajes. En 1950 Arguedas anunció en el ensayo «La novela y el
problema de la expresión literaria en el Perú» la existencia del proyecto de la
novela.[5] El impulso para completar su composición surgió años después, por
el año 1956, cuando realizaba un trabajo etnográfico de campo en el valle
del Mantaro. No paró entonces hasta verlo concluido. Algunos textos de estudio
etnográfico fueron adheridos al relato, como la explicación etimológica
del zumbayllu o trompo mágico.

Escenarios
El 70 % de la acción de la novela transcurre en la ciudad de Abancay, en
quechua Awancay. Otros escenarios mencionados en los dos primeros
capítulos de la novela son el Cuzco y diversas ciudades costeñas y serranas
del sur y centro del Perú, lugares que Ernesto, el protagonista, recorre
acompañando a su padre antes de instalarse en Abancay.
Abancay es un pueblo con pequeños barrios separados por huertas
de moreras, y con campos de cañaverales que se extienden hasta el río
Pachachaca. Lo rodea la hacienda Patibamba, cuyo patrón no la vendía y por
ello la ciudad no podía expandirse. Un árbol característico de Abancay es el
nativo pisonay, que en primavera se llena de flores grandes y rojas.

Lugares importantes de Abancay donde se desarrolla la novela son el Colegio


religioso o internado, con su enorme patio polvoriento; el barrio de Huanupata,
tugurio maloliente poblado de chicherías, donde también se podían encontrar
mujeres fáciles; la Plaza de Armas; la Avenida Condebamba, que es una
amplia alameda sembrada de moreras. Ya en las afueras se alza el puente del
Pachachaca, símbolo de la conquista española, sostenido por bases de cal y
canto y que pese a sus siglos de vida aún se mantiene firme y aguanta las
embestidas del río que pasa bajo su arco, el Pachachaca.

El río es precisamente un elemento vital en el mundo mágico-religioso de la


cultura andina y por eso es el que da el nombre a la obra, pero con el agregado
de «profundo», constituyendo así en una metáfora de la cosmovisión andina
que no se queda en el aspecto exterior, sino que se adentra más en su interior,
a su esencia más profunda.[6]

Época
Teniendo en cuenta que se trata de una novela de corte autobiográfico, la
época en que está ambientada la narración es la década de 1920, bajo
el oncenio de Augusto B. Leguía. Para ser más exactos, fue el año de 1924 en
que Arguedas estudió el quinto de primaria en el colegio de Abancay, dirigido
por los padres mercedarios.[7]

Resumen
La novela narra el proceso de maduración de Ernesto, un muchacho de 14
años que debe enfrentar las injusticias del mundo adulto del que empieza a
formar parte y en el que debe elegir un camino. El relato empieza en el Cusco,
ciudad a la que arriba Ernesto junto con su padre, Gabriel, (que es un abogado
itinerante), en busca de un pariente rico denominado «El Viejo», con el
propósito de solicitarle trabajo y amparo. Pero no tienen éxito. Entonces
reemprenden sus andanzas a lo largo de muchas ciudades y pueblos del sur
peruano. En Abancay, Ernesto es matriculado como interno en un colegio
religioso mientras su padre continúa sus viajes en busca de trabajo. Ernesto
tendrá entonces que convivir con los alumnos del internado, que es como un
muestrario de la sociedad peruana y donde priman normas crueles y violentas.
Más adelante, ya fuera de los límites del colegio, el amotinamiento de un grupo
de chicheras exigiendo el reparto de la sal, y la entrada en masa de los colonos
o campesinos indios a la ciudad pidiendo una misa para las víctimas de una
epidemia de tifus, originará en Ernesto una profunda toma de conciencia:
elegirá los valores de la liberación en vez de la seguridad económica. Con ello
culmina una fase de su proceso de aprendizaje. La novela finaliza cuando
Ernesto abandona Abancay y se dirige a una hacienda de propiedad de «El
Viejo», situada en el valle del Apurímac, donde esperará el retorno de su padre.

Tema
El tema principal es el conflicto existencial en el que se debate un adolescente,
de elegir el mundo andino en el que ha nacido y pasado su infancia o el mundo
criollo u occidental al cual las necesidades de la vida le empujan. Él optará por
identificarse con el mundo andino. Otros temas que se presentan en la novela
son la violencia racial, social y sexual, el sistema opresivo de la educación y el
vínculo del hombre andino con la naturaleza.

Los dos narradores


En la obra se distinguen dos narradores. El primero es el narrador principal, un
hombre adulto que evoca su niñez, es decir, una versión adulta de Ernesto. El
segundo es una especie de narrador cognoscitivo cuya intervención es
esporádica, se encarga de completar y mejorar la comprensión del lector
respecto a los sucesos de la novela, aportando datos no conocidos por los
lectores, sobre todo en temas de etnología.

Personajes
En la obra hay una multitud de personajes tanto individuales como colectivos.
El personaje central y narrador es el adolescente Ernesto, alter ego del
escritor. Personajes recurrentes en la obra son los compañeros de colegio de
Ernesto: Ántero, Lleras, Añuco, Peluca, Palacitos, Chauca, Rondinel, el Chipro,
Romero, Valle, Gerardo. También es de destacar El Viejo (hacendado), el
padre de Ernesto (que es abogado), el padre Linares (director del Colegio) y
doña Felipa (la líder de las chicheras).

Merecen resaltarse también los personajes marginales de la obra como el


pongo (sirviente), la opa Marcelina (demente) y los colonos de la hacienda
Patibamba.

Personaje principal

Ernesto, el protagonista-narrador, es un muchacho de 14 años que



vive escindido entre dos mundos, el de los hacendados explotadores
y el de los indios maltratados. Ello le permite un proceso de
aprendizaje acelerado y una manera de ver el mundo con una mayor
perspectiva. Irá interpretando una realidad a la que se ve enfrentado
y su proceso de aprendizaje tendrá que ver con la elección ética de
ubicarse del lado del poderoso o del desposeído. Para combatir la
imposibilidad de pertenecer enteramente a cualquiera de estos dos
mundos, decide soportar su condición a través de la ensoñación y la
comunicación con la naturaleza. A menudo, se identificará más con
los indios.
Personajes secundarios

 El Viejo, de nombre don Manuel Jesús, es el tío de Ernesto.


Terrateniente poderoso, dueño de cuatro haciendas en el valle
del Apurímac, prepotente y avaro, representa el mundo hostil, ese
sistema socioeconómico explotador al que por primera vez se ve
enfrentado Ernesto. Tiene un servidor indio o pongo muy servicial,
quien, por oposición, representa a las víctimas de dicho sistema. El
Viejo aparece al principio de la novela, alojado en una casona del
Cuzco; al final de la novela vuelve a ser mencionado, pues a una de
sus haciendas es enviado Ernesto tras la irrupción de la peste
en Abancay.
 Los alumnos del colegio.- En el colegio religioso
de Abancay existían dos tipos de alumnos: los externos y los
internos. Ernesto es uno de estos últimos; en dicho ambiente entra
en contacto con adolescentes y jóvenes que repiten los mismos
esquemas de los poderosos y que cometen las mismas injusticias
sociales. En la obra se mencionan a los siguientes alumnos:
 Añuco, interno, era hijo de un hacendado caído en la
ruina. A los nueve años había sido recogido por los padres
del Colegio, poco antes de que falleciera su padre. Amigo
y cómplice de Lleras en continuas mataperradas tanto
dentro como fuera del colegio, su rabia era una manera de
expresar su tristeza. Al final, luego de la huida de Lleras,
se amista con sus compañeros, y los padres lo trasladan
al Cuzco, para que siguiera la carrera religiosa.[15]
 Lleras, interno, era huérfano como Añuco, y a la vez el
más altanero y abusivo de todos los alumnos,
aprovechando la ventaja que le daba tener más edad y
fuerza que el resto. Muy flojo en los estudios, sin embargo,
esa carencia lo compensaba con su habilidad en los
deportes, siendo infaltable su presencia en el equipo del
colegio, a la cabeza del cual destacaba en las
competencias locales de fútbol y atletismo. Amigo y
protector de Añuco, formaban ambos una dupla temible,
no solo en el colegio sino en todo el pueblo. Su poder
radicaba en infundir el miedo y el dolor a los más chicos o
desvalidos. Al final, arremete físicamente a uno de los
religiosos, por lo que es castigado severamente. Logra sin
embargo huir del colegio, para luego abandonar la ciudad,
junto con una mestiza del barrio de Huanupata. No se
supo más de él. Los rumores decían que había fallecido
en su huida y que su cuerpo había sido arrojado al río.[2][15]
 Ántero Samanez, externo, apodado el Markask’a o el
«marcado», por sus lunares en el rostro, era un chico de
cabellos rubios muy encendidos, por lo que también le
apodaron el «Candela». Era hijo de un hacendado del
valle del Apurímac. Aparte de su aspecto físico, no
destacaba en nada. Al principio se hizo amigo de Ernesto,
cuando llevó al colegio un juguete nuevo, el zumbayllu o
trompo, al cual, conforme a la mentalidad andina, atribuía
propiedades mágicas. Ambos, Ántero y Ernesto, son
opuestos a Lleras y Añuco, y por lo tanto, a la violencia.
Sin embargo, conforme avanza la novela, las diferencias
entre ellos se tornan evidentes y esto origina un
alejamiento. En el motín de las chicheras Ernesto participa
al lado de estas, y Ántero da su respaldo a los
hacendados. Pero lo que lleva a la ruptura total es cuando
Ántero se hace amigo de Gerardo, costeño e hijo del
comandante de la Guardia Civil destacado en Abancay.[2]
[17]

 El Peluca, interno, un joven de 20 años, muy corpulento,


aunque cobarde y de mirada lacrimosa. Le dieron ese
apodo porque era hijo de un peluquero. Se destacaba por
su obsesión enfermiza hacia una mujer demente, la opa
Marcelina, a quien asaltaba en los excusados y la obligaba
a tener relaciones sexuales. Esta conducta anómala era
motivo de las burlas soeces de sus compañeros, quienes
sin embargo no lo enfrentaban pues temían su fuerza
física. Al fallecer Marcelina, enloqueció, profiriendo
aullidos, y sus familiares tuvieron que sacarlo del colegio
atado de pies y manos.[16]
 Palacitos, apodado también como el «indio Palacios», era
el interno menor y humilde, y el único proveniente de una
comunidad indígena. Al principio le costó mucho
adaptarse; leía penosamente y no entendía bien el
castellano. Todo ello motivó que fuera maltratado física y
psicológicamente por el Lleras y otros alumnos mayores,
al punto que suplicaba con lágrimas a su padre (que iba a
visitarle cada mes) a que lo trasladara a una escuela
fiscal. Sin embargo, con el paso del tiempo fue
amoldándose; los alumnos mayores dejaron de molestarle,
se hizo amigo de Ernesto y empezó a rendir en los
estudios, al extremo de recibir una felicitación de parte de
uno de los profesores. Su padre, feliz, le alentó a que
siguiera progresando para que llegara a ser ingeniero.[16]
 Chauca, rubicundo y delgado, es otro de los que tenían
una obsesión enfermiza por la opa Marcelina, aunque, a
diferencia del Peluca, siente remordimientos y trata de
domeñar sus deseos. Una vez le descubren azotándose.[16]
 Rondinel o el Flaco, alumno que se hacía notar por su
extrema delgadez. Reta a una pelea a Ernesto pero
enseguida se amistan.[16]
 Valle, alumno de quinto año, muy lector y elegante. En los
días de fiesta y en las salidas lucía una vistosa corbata
atada de manera original, que bautiza con el nombre
de k’ompo. En su conversación se esforzaba en hacer
citas literarias y otros ejercicios pedantescos. En la calle
andaba siempre rodeado de señoritas y presumía de sus
conquistas amorosas. Se jactaba incluso de haber
seducido a la esposa del médico de Abancay.[16]
 Romero, aindiado, alto y delgado, el atleta del grupo,
campeón imbatible en salto y otras disciplinas deportivas.
También era hábil tocador del rondín (armónica) y cantor
de huaynos. Defiende a los más débiles de los abusos del
Lleras y el Añuco.[16]
 Ismodes, apodado el Chipro, natural de Andahuaylas,
hijo de mestizo. Su apodo en quechua significa el «picado
por la viruela», por las marcas inconfundibles de dicha
enfermedad que tenía en el rostro. Se pelea
constantemente con Valle.[16]
 Simeón, llamado el Pampachirino, por ser oriundo del
pueblo de Pampachiri.
 Gerardo, hijo del comandante de la guardia civil
destacado en Abancay. Es costeño, natural de Piura. Se
hace amigo de Ántero y lo matriculan en el colegio.
Destaca por su habilidad en los deportes, y por su facilidad
natural en ganarse amigos y conquistar a las chicas. Le
acompaña su hermano Pablo.
 Los Padres del Colegio. Son los religiosos que dirigen la institución
educativa:[16]
 Augusto Linares, o simplemente el Padre Linares,
director del Colegio, ya anciano, de cabellos blancos, que
tenía fama de santidad en todo Abancay.
 El padre Cárpena, alto y fornido, aficionado a los
deportes.
 El hermano Miguel, afroperuano, era oriundo de Mala, en
la costa central peruana. Los alumnos irrespetuosos le
llaman despectivamente «negro».
 La opa Marcelina, una joven mujer con discapacidad mental,
blanca, baja y gorda, que había sido recogida por uno de los Padres
y colocada como ayudante en la cocina. Opa es un vocablo quechua
que designa a lo que ahora denominamos una persona con
capacidades diferentes. Marcelina se convierte en una especie de
símbolo del pecado, pues los internos mayores suelen buscarla por
las noches para forzarla a tener relaciones sexuales. Fallece víctima
de la epidemia de tifo.[2][16][14]
 Doña Felipa, es cabecilla de las chicheras que se amotinan
reclamando el reparto de la sal al pueblo. Es una mujer robusta, de
voluminosos senos y anchas caderas, con el rostro picado de viruela.
Ernesto la admira por su coraje, fuerza y sentido de justicia. Luego
del motín, Felipa huye llevándose consigo un fusil y logra burlar la
persecución de las fuerzas del orden. Gracias a ella, Ernesto
comprueba que la reivindicación social es posible.[2][18]
 Salvinia, chica de 12 años, delgada, de piel morena y de ojos
rasgados y negros. Es la enamorada de Ántero. Vivía en la avenida
Condebamba, una alameda o amplia calle abanquina sembrada
de moreras. Ernesto nota que sus ojos son del color del zumbayllu
(trompo mágico) al momento de girar.
 Alcira, amiga de Salvinia, de su misma edad. Vivía camino de la
Plaza de Armas a la planta eléctrica. Cuando Ernesto la ve por
primera vez, le encuentra un gran parecido con Clorinda, una
jovencita del pueblo de Saisa, de quien en su niñez se había
enamorado y de la que nunca más volvió a saber.
Personajes colectivos y eventuales

 Los colonos, trabajadores indios contratados en la hacienda


Patibamba, circundante a la ciudad de Abancay, entre quienes se
extiende la epidemia de tifo. Invaden la ciudad exigiendo una misa
para los difuntos.[14]
 Las chicheras, mujeres del pueblo, encabezadas por Felipa, que se
rebelan para exigir el reparto de sal al pueblo.[19]
 Los guardias civiles, cuerpo de policía de la ciudad de Abancay.
Son llamados jocosamente «guayruros» (frijoles de colores) por el
color de sus uniformes (negro y rojo). Se les ridiculiza por no poder
controlar el motín de las chicheras.
 Los oficiales y soldados del Ejército, quienes ocupan la ciudad
tras producirse el motín de las chicheras.
 La cocinera del internado, protectora del Palacitos y quien fallece
víctima del tifo.
 Abraham, portero del internado, quien también cae víctima de la
peste y regresa a Quishuara, su pueblo natal, para morir.
 Prudencio, joven indio, del pueblo de Kakepa, soldado y músico de
la banda militar, paisano y amigo de Palacitos.
 El papacha Oblitas, mestizo, maestro músico, experto tocador de
arpa.
 El Kimichu, un indio peregrino recaudador de limosnas para la
Virgen de Cocharcas. Lleva una urna con la imagen de la Virgen,
encima de la cual iba un lorito.
 Jesús Warank’a Gabriel, cantor, acompañante del Kimichu.
 Don Joaquín, forastero challhuanquino, que contrata los servicios
del abogado Gabriel, el padre de Ernesto, sobre un litigio de tierras.
 Pedro Kokchi y Demetrio Pumaylly, indios, amigos de la infancia
de Ernesto, que los menciona al rememorar dicha etapa de su vida.
 Alcilla, notario de Abancay, amigo del padre de Ernesto, hombre
envejecido y enfermo, con esposa e hijos.
Estructura
La obra está dividida en 11 capítulos, numerados con dígitos romanos y con
título propio, siendo muy variable la extensión de cada uno de ellos. El más
extenso es el último capítulo, el titulado «Los colonos». El más corto es el
capítulo IV, titulado «La hacienda».[20]

Breve esquema de la novela:

I. El viejo.- La llegada de Ernesto y su padre al Cuzco, donde se encuentran


con El Viejo, un agrio y avaro hacendado, que se niega a ayudarlos, pese a ser
pariente de ellos.[9]

II. Los viajes.- Los recorridos de Ernesto y su padre (abogado itinerante) por
diversas ciudades de la sierra y de la costa central y sur del Perú.[21]

III. La despedida.- La llegada de Ernesto y su padre a Abancay. Ernesto es


internado en un colegio religioso y su padre continúa sus viajes en busca de
trabajo.[22]
IV. La hacienda.- Ernesto visita la hacienda colindante de Abancay,
Patibamba, cuyos colonos o peones indios eran muy reservados. El Padre o
cura del pueblo da sermones a los indios en los que elogia a los hacendados.[22]

V. Puente sobre el mundo.- Ernesto visita el barrio de Huanupata, el barrio


alegre de Abancay. A las afueras está el puente sobre el Pachachaca,
construido en el siglo XVI por los españoles. Se describe el colegio religioso,
los padres directores, los hermanos profesores y los alumnos. Una sirvienta
que sufre de retardo mental, Marcelina, es el objeto sexual de los alumnos
mayores.[22]

VI. Zumbayllu.- Uno de los alumnos internos, el Ántero o Markask’a trae al


colegio un zumbayllu o trompo, de significado mágico. Ernesto hace amistad
con Ántero. Se describen las peleas entre los alumnos y los abusos de los
mayores sobre los menores, como el Lleras sobre el Palacitos.[23]

VII. El motín.- Las chicheras del pueblo, encabezadas por Felipa, se rebelan
para exigir el reparto de sal al pueblo. Ernesto les acompaña en el tumulto. Las
chicheras reparten la sal a los indios de Patibamba, pero luego irrumpen los
guardias civiles y recuperan la sal.[24]

VIII. Quebrada honda.- Ernesto es castigado por los padres, por seguir a las
chicheras. Luego regresa a Patibamba acompañando al Padre Director, quien
sermonea a los indios explicándoles que era un pecado robar la sal, aunque
fuera para los pobres. Ernesto regresa al colegio y se encuentra con Ántero,
quien le enseña un winku o trompo brujo, superior al zumbayllu. En otra
escena, el Lleras empuja a uno de los religiosos, el hermano Miguel, el cual
responde dándole un puñetazo. El Lleras es recluido en una habitación pero en
la noche se fuga del colegio.[24]

IX. Cal y canto.- Los militares llegan a Abancay para contener la rebelión de
las chicheras y capturar a Felipa. Ántero y Ernesto conversan en el colegio
sobre la situación. Ambos visitan en el pueblo a Salvinia (enamorada de
Ántero) y a Alcira, la amiga de esta.[25]

X. Yawar Mayu. Un domingo Ernesto y los otros alumnos van a la plaza del
pueblo donde dan retreta o exhibición de la banda militar. Ernesto conoce a
Gerardo, el hijo del comandante destacado en Abancay, quien se hace amigo
de Ántero. Asimismo, visita el barrio de Huanupata, donde se deleita
escuchando a los músicos y cantores.[26]

XI. Los colonos.- Los militares se retiran de Abancay, sin haber capturado a
Felipa. Gerardo ingresa al colegio religioso y se le ve siempre junto a Ántero.
Cuando ambos se jactan de sus conquistas amorosas, Ernesto se pelea con
ellos y no les vuelve a hablar. Luego irrumpe la peste de tifo en el pueblo.
Marcelina fallece víctima del mal. Ernesto es puesto en cuarentena por temor a
un contagio. Cientos de colonos o peones indios de las haciendas colindantes
se acercan a Abancay para exigir al Padre que dé una misa por los difuntos. El
Padre acepta y da la misa a medianoche. Con el permiso del Padre, Ernesto
abandona Abancay y se va a una de las haciendas de El Viejo, donde esperará
el retorno de su progenitor.[26]
Resumen por capítulos
1.- El viejo

El relato empieza cuando el narrador (Ernesto) cuenta su llegada al Cusco,


acompañando a su padre Gabriel, quien era abogado y viajaba continuamente
buscando dónde ejercer su profesión. En la antigua capital de los incas visitan
a un pariente rico al que conocen como El Viejo, para solicitarle alojamiento y
trabajo, pero este resulta ser un tipo avaro, tosco y con fama de explotador, por
lo que deciden abandonar la ciudad y buscar otros rumbos. Pero antes pasean
por la ciudad. Ernesto se deslumbra ante los majestuosos muros de los
palacios de los incas, cuyas piedras finamente talladas y perfectamente
encajadas le parece que se mueven y hablan. Luego pasan frente a la Iglesia
de la Compañía y visitan la Catedral, donde oran frente a la imagen del Señor
de los Temblores. Allí se encuentran nuevamente con el Viejo, quien estaba
acompañado de su sirviente indio o pongo, símbolo de la raza explotada.
Ernesto no puede contener el desagrado que le produce el Viejo y lo saluda
secamente.[9][27][28]

2.- Los viajes


En este capítulo el narrador relata los viajes de su padre como abogado
itinerante por diversos pueblos y ciudades de la sierra y de la costa, viajes en
los que le acompaña desde muy niño. Cuenta anécdotas curiosas que les toca
vivir en algunos pueblos. Llegan por ejemplo a un pueblo cuyos niños salían al
campo a cazar aves para que no causaran estragos en los trigales. En ese
mismo pueblo, había una cruz grande en la cima de un cerro, que durante una
festividad religiosa era bajada por los indios en hombros. En otra ocasión llegan
a Huancayo, donde casi se mueren de hambre pues sus habitantes, que
odiaban a los forasteros, impidieron que los litigantes (clientes) fueran a verles.
En otro pueblo las personas les miran con rabia, a excepción de una joven alta
y de ojos azules, que parecía más amigable. Ernesto se venga en esa ocasión
cantando huaynos a todo pulmón en las esquinas. En Huancapi, cerca
de Yauyos, contempla cómo unos loros que posaban en los árboles son
muertos a balazos por unos tiradores, siendo lo extraño que dichas aves no se
animaran a alzar vuelo y cayeran así mansamente, una tras otra. De allí pasan
a Cangallo y siguen hacia Huamanga, por la pampa de los morochucos,
célebres jinetes andinos.[21][29]

3.- La despedida
Cuenta el narrador cómo su padre le promete que sus continuos viajes
acabarían en Abancay, pues allí vivía un notario, viejo amigo suyo, quien sin
duda le recomendaría muchos clientes. También le promete que le matricularía
en un colegio. Llegan pues a Abancay y se dirigen a la casa del notario, pero
este resultó ser hombre enfermo y ya inútil para el trabajo, y para colmo, con
una mujer e hijos pequeños. Descorazonado, el padre prefiere alojarse en una
posada, donde coloca su placa de abogado. Pero los clientes no llegan y
entonces decide reemprender sus viajes. Pero esta vez ya no le podrá
acompañar Ernesto, pues ya estaba matriculado de interno en un colegio de
religiosos de la ciudad, cuyo director era el Padre Linares. Su decisión se
apresura cuando un tal Joaquín, un hacendado de Chalhuanca, llega a
Abancay a solicitarle sus servicios profesionales. Ernesto se despide entonces
de su padre y se queda en el internado.[22][29]

4.- La hacienda
En este capítulo el narrador cuenta la vida de los indios en la hacienda
colindante a Abancay, Patibamba, a donde solía ir los domingos tras salir del
internado, pero a diferencia de los indios con quienes había vivido su niñez,
estos parecían muy huraños y vivían encerrados. Relata también las misas
oficiadas por el Padre, y cómo este predicaba el odio hacia los chilenos y el
desquite de los peruanos por la guerra de 1879 (recordemos que eran los años
de 1920, en plena tensión peruano-chilena por motivo del litigio
por Tacna y Arica) y elogiaba a la vez a los hacendados, a quienes calificaba
como el fundamento de la patria, pues eran, según su juicio, los pilares que
sostenían la riqueza nacional y los que mantenían el orden.[22][30]

5.- Puente sobre el mundo


El título de este capítulo alude al significado del nombre quechua de
Pachachaca, el río cercano a Abancay, sobre el cual los conquistadores
españoles construyeron un puente de piedra y cal que hasta hoy sobrevive.
Con la esperanza de poder encontrar a algún indio colono de la hacienda,
Ernesto aprovecha los domingos para visitar Huanupata, el barrio alegre de
Abancay, poblado de chicherías, arrabal pestilente donde también se podían
encontrar mujeres fáciles. Para su sorpresa no encuentra a ninguno de los
colonos, y solo ve a muchos forasteros y parroquianos. De todos modos
continua frecuentando dicho barrio, pues los fines de semana iban allí músicos
y cantantes a tocar arpa y violín y cantar huaynos, lo que le recordaba mucho a
su tierra. Luego pasa a describir la vida en el internado; en primer lugar cuenta
como el Padre incentivaba el espíritu patriótico entre los alumnos, teatralizando
entre ellos peleas entre peruanos y chilenos. Luego menciona a los alumnos,
refiriendo sobre sus orígenes y características: el Lleras y el Añuco, que eran
los más abusivos y rebeldes de los alumnos; el Palacitos, el de menor edad, y
a la vez el más tímido y débil de todos; el Romero, el Peluca y otros más.
También se menciona a una joven demente, la opa Marcelina, que era
ayudante en la cocina y que solía ser desnudada y abusada sexualmente por
los alumnos mayores, sobre todo por Lleras y Peluca. Lleras incluso trata de
obligar al Palacitos para que tenga relaciones sexuales con Marcelina, mientras
esta era sujetada en el suelo con el vestido levantado hasta el cuello. El
Palacitos se resiste, llorando y gritando. El Romero, hastiado de los abusos de
Lleras, le reta a pelear, pero el encuentro no se produce.[22][30]

6.- Zumbayllu
Esta vez Ernesto relata como uno de los alumnos, el Ántero o Markask’a,
rompe la monotonía de la escuela al traer un trompo muy peculiar al cual
llaman zumbayllu, lo que se convierte en la sensación de la clase. Para los
mayores solo se trata de un juguete infantil, pero los más chicos ven en ello un
objeto mágico, que hace posible que todas las discusiones queden de lado y
surja la unión. Ántero le regala su zumbayllu a Ernesto y se vuelven desde
entonces muy amigos. Ya con la confianza ganada, Ántero le pide a Ernesto
que le escriba una carta de amor para Salvinia, una chica de su edad. Luego,
ya en el comedor, Ernesto discute con Rondinel, un alumno flaco y
desgarbado, quien le reta a una pelea para el fin de semana. Lleras se ofrece
para entrenar a Rondinel mientras que Valle alienta a Ernesto. En la noche, los
alumnos mayores van al patio interior; allí el Peluca tumba a Marcelina y yace
con ella. De lejos, Ernesto ve que Lleras y Añuco colocan sigilosamente en la
espalda del Peluca unas tarántulas o apasankas; algunos se asustan al verlas,
pero el Peluca las arroja y las aplasta sin temor.[23][30]

7.- El motín
A la mañana siguiente, Ernesto le entrega a Ántero la carta que escribió para
Salvinia; Ántero la guarda sin leerla. Luego le cuenta a su amigo su desafío con
Rondinel. Ántero se ofrece para amistarlos y lo logra, haciendo que los dos
rivales se den la mano. Luego todos se van a jugar con los zumbayllus. Al
mediodía escuchan una gritería en las calles y divisan a un tumulto conformado
por las chicheras del pueblo. Algunos internos salen por curiosidad, entre ellos
Ántero y Ernesto, que llegan hasta a la plaza, la que estaba copada por
mujeres indígenas que exigían que se repartiera la sal, pues a pesar de que se
había informado que dicho producto estaba escaso, se enteraron de que los
ricos de las haciendas las adquirían para sus vacas. Encabezaba el grupo de
protesta una mujer robusta llamada doña Felipa, quien conduce a la turba hacia
el almacén, donde encuentran 40 sacos de sal cargados en mulas. Se
apoderan de la mercancía y lo reparten entre la gente. Felipa ordena separar
tres costales para los indios de la hacienda de Patibamba. Ernesto la
acompaña durante todo el camino hacia dicha hacienda, coreando los huaynos
que cantaban las mujeres. Reparten la sal a los indios, y agotado por el viaje,
Ernesto se queda dormido. Despierta en el regazo de una señora blanca y de
ojos azules, quien le pregunta extrañada quién era y qué hacía allí. Ernesto le
responde que había llegado junto con las chicheras a repartir la sal. Ella por su
parte le dice que es cusqueña y que se hallaba de visita en la hacienda de su
patrona; le cuenta además cómo los soldados habían irrumpido y arrebatado a
latigazos la sal a los indios. Ernesto se despide cariñosamente de la señora y
luego se dirige hacia el barrio de Huanupata, donde ingresa a una chichería
para escuchar a los músicos. Al anochecer le encuentra allí Ántero, quien le
cuenta que el Padre Linares estaba furioso por su ausencia. Ambos van a la
alameda a visitar a Salvinia y a su amiga Alcira; esta última estaba interesada
en conocer a Ernesto, según Ántero. Pero al llegar solo encuentran a Salvinia,
quien se despide al poco rato pues ya era tarde. Ántero y Ernesto vuelven al
colegio.[24][19][31]

8.- Quebrada honda


Ya en el colegio, Ernesto es azotado por el Padre, quien luego le interroga
sobre lo que había hecho en la ciudad. Ernesto le responde que solo había
acompañado a las mujeres para repartir la sal a los pobres. El Padre le replica
diciéndole que aunque fuese para los pobres se trataba de un robo. Finalmente
castiga a Ernesto prohibiéndole sus salidas del domingo. Al día siguiente
Ernesto acompaña al Padre al pueblo de los indios de la hacienda. El Padre se
sube a un estrado y empieza a sermonear a los indios en quechua. Les dice
que todo el mundo padece, unos más que otros, pero que nada justifica el robo,
que el que roba o recibe lo robado es igual condenado. Pero se alegraba de
que ellos hubieran devuelto la mercancía y que ahora la recibirían en mayor
cantidad. Ante esta prédica ardiente las mujeres rompen en llanto y todos se
arrodillan. Terminada su prédica, el Padre ordena a Ernesto volver al colegio,
mientras que él se quedaría a dar la misa. Ernesto aprovecha para averiguar
sobre la señora de ojos azules. El mayordomo de la hacienda le informa que
ella se iría con su patrona al día siguiente, por temor al arribo del ejército, que
venía a imponer el orden. Ernesto regresa al colegio y le recibe el hermano
Miguel, quien le da el desayuno y le cuenta que esa mañana dedicaría a los
alumnos a jugar vóley en el patio. Luego irrumpe Ántero trayendo un Winku, un
trompo o Zumbayllu especial, al cual calificaba de layka o «brujo» por tener,
según su creencia, propiedades mágicas, como enviar mensajes a personas
lejanas. Convencido, Ernesto hace bailar el winku mandándole un mensaje a
su padre, diciéndole que estaba soportando bien la vida en el internado.
Entretenidos estaban así cuando de pronto oyen gritos en el patio. Se acercan
y ven al hermano Miguel ordenando caminar de rodillas a Lleras, de cuya nariz
manaba sangre. Se enteran de que Lleras había primero empujado al hermano
insultándole soezmente, solo porque le había marcado un foul en el juego; en
respuesta el hermano le había dado un puñetazo. En medio del tumulto llega el
Padre director, al cual Miguel cuenta lo sucedido, explicándole que reaccionó
violentamente al ver mancillado en su persona el hábito de Dios. El Padre
ordena a Lleras a ir a la capilla; los demás internos se quedan en el patio y
discuten entre ellos; Palacitos teme que ocurra una desgracia en el pueblo por
la ofensa hecha a un religioso. Al día siguiente se esparce la noticia de que el
ejército entraría en Abancay para imponer orden. El Padre ordena que todos
los alumnos se reconcilien con el hermano Miguel, quien les pide perdón y
abraza a cada uno de ellos, pero cuando se acerca a Lleras, este le hace un
gesto de repulsión y se corre a esconderse. Es la última vez que los alumnos
ven a Lleras; después se enteraron de que esa misma noche había huido del
colegio. Añuco también se alista para irse del colegio, aunque reconciliado con
todos. Palacitos se alegra pues cree que con la reconciliación ya no ocurrirán
más desgracias en el pueblo.[24][31]

9.- Cal y canto


A la ciudad llega un regimiento de soldados para reprimir a las indias
revoltosas. Los soldados ocupan las calles y plazas. Instalan el cuartel en un
edificio abandonado. Ernesto pide al Padre que lo deje regresar donde su
papá, pero el Padre se niega, dándole permiso en cambio para salir el sábado
a la ciudad, con Ántero. Ernesto le pide al Romerito que por medio del canto de
su rondín envíe un mensaje a su padre. Los alumnos comentan los chismes de
la ciudad: las chicheras capturadas son azotadas en el trasero desnudo, y al
responder a los militares con su lenguaje soez, estos les meten excremento en
la boca. Cuentan también que doña Felipa y otras chicheras habían huido
cruzando el puente del Pachachaca, donde dejaron a una mula degollada, con
cuyas tripas cerraron el paso atándola a los postes. La cabecilla dejó su rebozo
en lo alto de una cruz de piedra, a manera de provocación. Al acercarse los
soldados, estos reciben disparos de lejos y no se atreven a seguirlas, pues las
chicheras ya iban con ventaja. Llegado el sábado, Ernesto y Ántero conversan
en el patio del colegio. Ántero cuenta que el Lleras había huido del pueblo. En
cuanto al Añuco, comentan que los Padres planeaban hacerle fraile. También
mencionan el temor de la gente de que Felipa retornase con los chunchos
(selváticos) a atacar las haciendas y revolver a los colonos; ante esa situación,
Ántero dice que estaría de parte de los hacendados. Ambos van a la alameda,
a visitar a Salvinia y a su amiga Alcira. Al ver a esta última, Ernesto se recuerda
de una joven de la que se había enamorado en uno de los tantos pueblos que
había visitado. Pero nota que Alcira tiene las pantorrillas muy anchas y eso le
desagrada. Al poco rato Ernesto se despide, y corriendo llega al barrio de
Huanupata, e ingresa a una chichería, que estaba llena de soldados. Uno de
estos afirma que Felipa estaba muerta. Luego, Ernesto se va corriendo hacía el
puente del Pachachaca, para ver los restos de la mula muerta y el rebozo de
Felipa que flameaba en la cruz. Al llegar, divisa al padre Augusto que bajaba
cuesta abajo, camino a dar una misa a la hacienda Ninabamba. Detrás del
padre iba sigilosamente Marcelina, quien al pasar cerca de la cruz coge el
rebozo y se lo pone. Ernesto retorna a la ciudad y ya al atardecer regresa al
colegio donde se entera de que al día siguiente partiría Añuco hacia el Cuzco.
[25][32]

10.- Yawar Mayu


Los alumnos se enteran de que la banda del regimiento dará retreta en la plaza
de la ciudad después de la misa del día siguiente, domingo. El Chipro reta al
Valle a pelear ese día. Ya muy de noche vienen a recoger al Añuco, y todos lo
despiden; el Añuco regala sus «daños» o canicas rojas al Palacitos. Todos se
sienten conmovidos. Al día siguiente se levantan muy temprano y deciden que
no haya ya pelea entre el Chipro y Valle. Van todos a ver la retreta en la plaza.
La banda militar la conforman reclutados que tocan instrumentos musicales de
metal; el Palacitos estalla de alegría al reconocer en el grupo al joven
Prudencio, de su pueblo natal. Ernesto se retira para buscar a Ántero y a
Salvinia y Alcira. Encuentra a las dos chicas pero ve que un joven, que se
identifica como hijo del comandante de la Guardia, invita a Salvinia a caminar,
tomándola del brazo. Tras ellos va otro muchacho. De pronto aparece Ántero
furioso, quien increpa a los dos jóvenes. Les dice que la chica es su
enamorada. Se produce una gresca. Ernesto deja a Ántero con su lío y se
dirige al barrio de Huanupata. Entra a una chichería donde se estaba
un arpista, a quien todos admiran y llaman el papacha Oblitas. Al local ingresa
luego un cantor, que había llegado a la ciudad acompañando a un kimichu
(indio recaudador de limosnas para la Virgen); Ernesto recuerda haberlo visto,
años atrás, en el pueblo de Aucará, durante una fiesta religiosa. Conversan
ambos. El cantor dice llamarse Jesús Waranka Gabriel y relata su vida errante.
Ernesto le invita un picante. Una moza empieza a cantar una canción en la que
ridiculiza a los guardias, apodados «guayruros» (frijoles) por el color de su
uniforme (rojo y negro). El arpista le sigue el ritmo. Un guardia civil que pasaba
cerca escucha e ingresa al local, haciendo callar a todos. Se produce un
tumulto y los guardias se llevan preso al arpista. Los demás se retiran. Ernesto
se despide del cantor Jesús y regresa a la plaza. Ve al Palacitos, alegre y
orgulloso, que no dejaba al Prudencio. También encuentra a Ántero, quien se
había amistado con el joven con quien peleara poco antes. Se lo presenta: se
llamaba Gerardo y era natural de Piura. El otro joven que le acompañaba era
su hermano Pablo. Ernesto les estrecha las manos. Luego se despide y decide
volver al colegio, pero antes se dirige a la cárcel para visitar al papacha Oblitas.
El guardia no lo deja ingresar; solo le informa que el arpista sería liberado
pronto. Ernesto retorna entonces al colegio y se topa con Peluca, a quien
encuentra muy angustiado pues ya no encontraba a Marcelina. La cocinera le
cuenta a Ernesto que Marcelina se había subido a la torre que dominaba la
plaza. Ernesto va a buscarla, y efectivamente, encuentra a Marcelina echada
en lo alto de la torre, mirando sonriente y feliz a la gente de abajo. No
queriendo turbar su breve rato de alegría, Ernesto la deja y retorna al colegio. [26]
[32]

11.- Los colonos


Los guardias que fueron en persecución de Felipa no logran capturarla. Poco
después, los militares se retiran de la ciudad y la Guardia Civil ocupa el cuartel.
En el colegio, Gerardo, el hijo del comandante, se convierte en una especie de
héroe. Supera a todos en diversas disciplinas deportivas, y tiene habilidad para
hacer amigos y conquistar a las chicas. El Ántero se convierte en su amigo
inseparable. Ernesto se enoja cuando ambos, Gerardo y Ántero, empiezan a
hablar de las chicas como si fueran trofeos de conquista, jactándose que cada
uno tenía ya dos enamoradas al mismo tiempo. Ernesto se molesta con ellos y
les dice que ambos son unos perros iguales al Lleras y al Peluca. Se alteran y
en el calor de la discusión, Ernesto insulta y patea a Gerardo, pero no llega a
más pues Ántero lo contiene. Aparece el Padre Augusto y ante él, Ernesto trata
de devolver a Ántero su zumbayllu, pero Ántero no lo acepta pues se trataba de
un regalo. El Padre les pide que resuelvan entre ellos su problema. Desde
entonces, Ernesto no volvió a hablar con Ántero y Gerardo. Entierra el
zumbayllu en el patio interior del colegio, sintiendo profundamente el cambio de
Ántero, a quien compara con una bestia repugnante. Otro día, Ernesto se
encuentra con el Peluca, quien estaba preocupado porque Marcelina ya no
aparecía. Decían que ella estaba enferma, con fiebre alta. Los alumnos
comentan el rumor de que la peste de tifus estaba causando estragos en
Ninabamba, la hacienda más pobre cercana a Abancay, y que podía llegar a la
ciudad. A la mañana siguiente, Ernesto se levanta con un presentimiento y va
corriendo a la habitación de Marcelina: la encuentra ya agonizante y llena de
piojos. El Padre Augusto ingresa de pronto y ordena severamente a Ernesto
que se retire. El cuerpo de Marcelina es cubierto con una manta y sacado del
colegio. A Ernesto lo encierran en una habitación, temiendo que se hubiera
contaminado con los piojos y le lavan la cabeza con creso. El Padre le va a ver
y le comunica que suspendería las clases por un mes y que lo dejaría volver
donde su papá, pero debía permanecer todavía un día encerrado. Todos los
alumnos se retiran, sin poder despedirse de Ernesto, a excepción del Palacitos,
quien se acerca a su habitación y por debajo de la puerta le deja una nota de
despedida y dos monedas de oro «para su viaje o para su entierro». Ernesto
comprende a Palacitos, que por ser indígena, se preocupara por el ceremonial
fúnebre. El portero Abraham y la cocinera también presentan síntomas de la
enfermedad. Abraham regresa para morir a su pueblo, y la cocinera fallece en
el hospital. El Padre al fin decide soltar a Ernesto, al tener ya el permiso de su
papá de enviarlo donde su tío Manuel Jesús, «el Viejo». Ernesto le desagrada
al principio la idea pero al saber que en las haciendas del Viejo, situadas en la
parte alta del Apurímac, laboraban cientos de colonos indios, decide partir
cuanto antes. Libre al fin y ya en la calle, Ernesto decide ir primero a la
hacienda Patibamba, la más cercana a Abancay, para ver a los colonos. Al
cruzar la ciudad, la encuentra solitaria y con todos los negocios cerrados. Se
entera de que pronto la ciudad sería invadida por miles de colonos (peones
indios de las haciendas) contagiados de la peste, los cuales venían a exigir que
el Padre les oficiara una misa grande para que las almas de los muertos no
penaran. Ernesto llega al puente sobre el Pachachaca y lo encuentra cerrado y
vigilado por los guardias. Sale entonces de la ciudad por los cañaverales y
llega hasta las chozas de los colonos de Patibamba, pero ninguno de ellos lo
quiere recibir. A escondidas observa a una chica de doce años extrayendo
nidos de piques o pulgas de las partes íntimas de otra niña más pequeña, sin
duda su hermanita. Conmovido por tal escena, Ernesto se retira corriendo, y
termina tropezándose con una tropa de guardias encabezada por un sargento.
Este, al enterarse de que Ernesto era el amigo del hijo del comandante, le toma
bajo su protección y lo envía con un mensaje para el Padre, avisándole que los
guardias dejarían pasar a los colonos y que estos estarían llegando a la ciudad
a medianoche. Ernesto vuelve entonces al colegio, dando el mensaje al Padre.
Este dice que ya tiene preparada la misa y que daría tres campanadas a
medianoche para reunir a los indios. Ernesto se queda a dormir en el colegio;
escucha las campanadas y nota que la misa es corta. Al día siguiente se
levanta temprano y abandona la ciudad, esta vez ya definitivamente. Se da
tiempo de dejar una nota de despedida en la puerta de la casa de Salvinia,
junto con un lirio. Cruza el puente del Pachachaca y contempla las aguas del
río, que imagina que tienen un poder purificador al llevarse los cadáveres a
la selva, el país de los muertos, tal como debieron arrastrar el cuerpo de Lleras.
Así concluye el relato.[26][33

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