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Martín Rivas

El joven Martín Rivas llega a Santiago en busca de apoyo tras la muerte de su padre, quien le había solicitado a don Dámaso Encina que lo hospede mientras completa sus estudios de abogado. Don Dámaso, quien ha ascendido socialmente gracias a su fortuna, accede a ayudar a Martín, recordando la bondad de su difunto padre. La historia se desarrolla en un contexto de contrastes sociales y económicos en la sociedad chilena del siglo XIX.

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Martín Rivas

El joven Martín Rivas llega a Santiago en busca de apoyo tras la muerte de su padre, quien le había solicitado a don Dámaso Encina que lo hospede mientras completa sus estudios de abogado. Don Dámaso, quien ha ascendido socialmente gracias a su fortuna, accede a ayudar a Martín, recordando la bondad de su difunto padre. La historia se desarrolla en un contexto de contrastes sociales y económicos en la sociedad chilena del siglo XIX.

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Martín Rivas

Alberto Blest Gana

________________________________________

A principios del mes de julio de 1850 atravesaba la puerta de calle de una hermosa
casa de Santiago un joven de veintidós a veintitrés años.

Su traje y sus maneras estaban muy distantes de asemejarse a las maneras y al traje de
nuestros elegantes de la capital. Todo en aquel joven revelaba al provinciano que viene
por primera vez a Santiago. Sus pantalones negros, embotinados por medio de anchas
trabillas de becerro, a la usanza de los años de 1842 y 43; su levita de mangas cortas y
angostas; su chaleco de raso negro con largos picos abiertos, formando un ángulo
agudo, cuya bisectriz era la línea que marca la tapa del pantalón; su sombrero de
extraña forma y sus botines abrochados sobre los tobillos por medio de cordones
negros componían un traje que recordaba antiguas modas, que sólo los provincianos
hacen ver de tiempo en tiempo, por las calles de la capital.

El modo como aquel joven se acercó a un criado que se balanceaba, mirándole,


apoyado en el umbral de una puerta que daba al primer patio, manifestaba también la
timidez del que penetra en un lugar desconocido y recela de la acogida que le espera.

Cuando el provinciano se halló bastante cerca del criado, que continuaba


observándole, se detuvo e hizo un saludo, al que el otro contestó con aire protector,
inspirado tal vez por la triste catadura del joven.

—¿Será ésta la casa del señor don Dámaso Encina? —preguntó éste con voz en la que
parecía reprimirse apenas el disgusto que aquel saludo insolente pareció causarle.

—Aquí es —contestó el criado.

—¿Podría usted decirle que un caballero desea hablar con él?

A la palabra caballero, el criado pareció rechazar una sonrisa burlona que se dibujaba
en sus labios.
—¿Y cómo se llama usted? —preguntó con voz seca.

—Martín Rivas —contestó el provinciano, tratando de dominar su impaciencia, que no


dejó por esto de reflejarse en sus ojos.

—Espérese, pues —díjole el criado; y entró con paso lento a las habitaciones del
interior.

Daban en ese instante las doce del día.

Nosotros aprovechamos la ausencia del criado para dar a conocer más ampliamente al
que acababa de decir llamarse Martín Rivas.

Era un joven de regular estatura y bien proporcionadas formas. Sus ojos negros, sin ser
grandes, llamaban la atención por el aire de melancolía que comunicaban a su rostro.
Eran dos ojos de mirar apagado y pensativo, sombreados por grandes ojeras que
guardaban armonía con la palidez de las mejillas. Un pequeño bigote negro, que cubría
el labio superior y la línea un poco saliente del inferior, le daba el aspecto de la
resolución, aspecto que contribuía a aumentar lo erguido de la cabeza, cubierta por
una abundante cabellera color castaño, a juzgar por lo que se dejaba ver bajo el ala del
sombrero. El conjunto de su persona tenía cierto aire de distinción que contrastaba con
la pobreza del traje y hacía ver que aquel joven, estando vestido con elegancia, podía
pasar por un buen mozo a los ojos de los que no hacen consistir únicamente la belleza
física en lo rosado de la tez y regularidad perfecta de las facciones.

Martín se había quedado en el mismo lugar en que se detuvo para hablar con el criado,
y dejó pasar dos minutos sin moverse, contemplando las paredes del patio pintadas al
óleo y las ventanas que ostentaban sus molduras doradas a través de las vidrieras. Mas
luego, pareció impacientarse con la tardanza del que esperaba, y sus ojos vagaron de
un lugar a otro sin fijarse en nada.

Por fin, se abrió una puerta y apareció el mismo criado con quien Martín acababa de
hablar.

—Que pase para adentro —dijo al joven.

Martín siguió al criado hasta una puerta, en la que éste se detuvo.

—Aquí está el patrón —dijo, señalándole la puerta.

El joven pasó el umbral y se encontró con un hombre que, por su aspecto, parecía
hallarse, según la significativa expresión francesa, entre dos edades. Es decir, que
rayaba en la vejez sin haber entrado aún en ella. Su traje negro, su cuello bien
almidonado, el lustre de sus botas de becerro, indicaban al hombre metódico, que
somete su persona, como su vida, a reglas invariables. Su semblante nada revelaba: no
había en él ninguno de esos rasgos característicos, tan prominentes en ciertas
fisonomías, por los cuales un observador adivina en gran parte el carácter de algunos
individuos. Perfectamente afeitado y peinado, el rostro y el pelo de aquel hombre
manifestaban que el aseo era una de sus reglas de conducta.

Al ver a Martín, se quitó una gorra con que se hallaba cubierto y se adelantó con una
de esas miradas que equivalen a una pregunta. El joven la interpretó así, e hizo un
ligero saludo, diciendo:

—¿El señor don Dámaso Encina?

—Yo, señor, un servidor de usted —contestó el preguntado.

Martín sacó del bolsillo de la levita una carta que puso en manos de don Dámaso, con
estas palabras:

—Tenga usted la bondad de leer esta carta.

—Ah, es usted Martín exclamó el señor Encina, al leer la firma, después de haber roto
el sello, sin apresurarse—. Y su padre de usted, ¿cómo está?

—Ha muerto contestó Martín, con tristeza.

—¡Muerto! —repitió, con asombro, el caballero.

Luego, como preocupado de una idea repentina, añadió:

—Siéntese, Martín; dispénseme que no le haya ofrecido asiento; ¿y esta carta?...

—Tenga usted la bondad de leerla contestó Martín.

Don Dámaso se acercó a una mesa de escritorio, puso sobre ella la carta, tomó unos
anteojos que limpió cuidadosamente con su pañuelo y colocó sobre sus narices. Al
sentarse dirigió la vista sobre el joven.

—No puedo leer sin anteojos —le dijo a manera de satisfacción por el tiempo que
había empleado en prepararse.

Luego principió la lectura de la carta, que decía lo siguiente:

Mi estimado y respetado señor:

Me siento gravemente enfermo y deseo, antes que Dios me llame a su divino tribunal,
recomendarle a mi hijo, que en breve será el único apoyo de mi desgraciada familia.
Tengo muy cortos recursos, y he hecho mis últimas disposiciones para que después de
mi muerte puedan mi mujer y mis hijos aprovecharlas lo mejor posible. Con los
intereses de mi pequeño caudal tendrá mi familia que subsistir pobremente para poder
dar a Martín lo necesario hasta que concluya en Santiago sus estudios de abogado.
Según mis cálculos, sólo podrá recibir veinte pesos al mes, y como le sería imposible
con tan módica suma satisfacer sus estrictas necesidades, me he acordado de usted y
atrevido a pedirle el servicio de que le hospede en su casa hasta que pueda por sí solo
ganar su subsistencia.

Este muchacho es mi única esperanza, y si usted le hace la gracia que para él


humildemente solicito, tendrá usted las bendiciones de su santa madre en la tierra y las
mías en el cielo, si Dios me concede su eterna gloria después de mi muerte.

Mande a su seguro servidor, que sus plantas besa.

JOSE RIVAS

Don Dámaso se quitó los anteojos con el mismo cuidado que había empleado para
ponérselos y los colocó en el mismo lugar que antes ocupaban.

—¿Usted sabe lo que su padre me pide en esta carta? —preguntó, levantándose de su


asiento.

—Sí, señor contestó Martín.

—¿Y cómo se ha venido usted de Copiapó?

—Sobre la cubierta del vapor —contestó el joven, como con orgullo.

—Amigo dijo el señor Encina—, su padre era un buen hombre y le debo algunos
servicios que me alegraré de pagarle en su hijo. Tengo en los altos dos piezas
desocupadas y están a la disposición de usted. ¿Trae usted equipaje?

—Sí, señor.

—¿Dónde está?

—En la posada de Santo Domingo.

—El criado irá a traerlo; usted le dará las señas.

Martín se levantó de su asiento y don Dámaso llamó al criado.

—Anda con este caballero y traerás lo que él te dé —le dijo.

—Señor —dijo Martín—, no hallo cómo dar a usted las gracias por su bondad.

—Bueno, Martín, bueno —contestó don Dámaso; está usted en su casa. Traiga usted su
equipaje y arréglese allá arriba. Yo como a las cinco: véngase un poquito antes para
presentarle a la señora.

Martín dijo algunas palabras de agradecimiento y se retiró.

—Juana, Juana —gritó don Dámaso, tratando de hacer pasar su voz a una pieza
vecina—; que me traigan los periódicos.
Martín Rivas

________________________________________

La casa en donde hemos visto presentarse a Martín Rivas estaba habitada por una
familia compuesta de don Dámaso Encina, su mujer una hija de diecinueve años, un
hijo de veintitrés y tres hijos menores, que por entonces recibían su educación en el
colegio de los padres franceses.

Don Dámaso se había casado a los veinticuatro años con doña Engracia Núñez, más
bien por especulación que por amor. Doña Engracia, en ese tiempo, carecía de belleza,
pero poseía una herencia de treinta mil pesos, que inflamó la pasión del joven Encina
hasta el punto de hacerle solicitar su mano. Don Dámaso era dependiente de una casa
de comercio en Valparaíso y no tenía más bienes de fortuna que su escaso sueldo. Al
día siguiente de su matrimonio podía girar con treinta mil pesos. Su ambición desde
este momento no tuvo límites. Enviado por asuntos de la casa en que servía, don
Dámaso llegó a Copiapó un mes después de casarse. Su buena suerte quiso que, al
cobrar un documento de muy poco valor que su patrón le había endosado, Encina se
encontrase con un hombre de bien que le dijo lo siguiente:

—Usted puede ejecutarme: no tengo con qué pagar. Mas, si en lugar de cobrarme
quiere usted arriesgar algunos medios, le firmaré a usted un documento por valor
doble que el de esa letra y cederé a usted la mitad de una mina que poseo y que estoy
seguro hará un gran alcance en un mes de trabajo.

Don Dámaso era hombre de reposo y se volvió a su casa sin haber dado ninguna
respuesta en pro ni en contra. Consultóse con varias personas, y todas ellas le dijeron
que don José Rivas, su deudor, era un loco que había perdido toda su fortuna
persiguiendo una veta imaginaria.

Encina pesó los informes y las palabras de Rivas, cuya buena fe había dejado en su
ánimo una impresión favorable.

—Veremos la mina —le dijo al día siguiente.

Pusiéronse en marcha y llegaron al lugar a donde se dirigían conversando de minas.


Don Dámaso Encina veía flotar ante sus ojos, durante aquella conversación, las vetas,
los mantos, los farellones, los panizos, como otros tantos depósitos de inagotable
riqueza, sin comprender la diferencia que existe en el significado de aquellas voces.
Don José Rivas tenía toda la elocuencia del minero a quien acompaña la fe después de
haber perdido su caudal, y a su voz veía Encina brillar la plata hasta en las piedras del
camino.
Mas, a pesar de esta preocupación, tuvo don Dámaso suficiente tiempo de arreglar en
su imaginación la propuesta que debía hacer a Rivas en caso de que la mina le
agradase. Después de examinarla, y dejándose llevar de su inspiración, Encina comenzó
su ataque:

—Yo no entiendo nada de esto dijo—; pero no me desagradan las minas en general.
Cédame usted doce barras y obtengo de mi patrón nuevos plazos para su deuda y quita
de algunos intereses. Trabajaremos la mina a medias y haremos un contratito en el cual
usted se obligue a pagarme el uno y medio por los capitales que yo invierta en la
explotación y a preferirme por el tanto cuando usted quiera vender su parte o algunas
barras.

Don José se hallaba amenazado de ir a la cárcel, dejando en el más completo abandono


a su mujer y a su hijo Martín, de un año de edad.

Antes de aceptar aquella propuesta, hizo, sin embargo, algunas objeciones inútiles,
porque Encina se mantuvo en los términos de su proposición y fue preciso firmar el
contrato bajo las bases que éste había propuesto.

Desde entonces don Dámaso se estableció en Copiapó como agente de la casa de


comercio de Valparaíso, en la que había servido y administró por su cuenta algunos
otros negocios que aumentaron su capital. Durante un año la mina costeó sus gastos y
don Dámaso compró poco a poco a Rivas toda su parte, quedando éste en calidad de
administrador. Seis meses después de comprada la última barra. sobrevino un gran
alcance, y pocos años más tarde don Dámaso Encina compraba un valioso fundo de
campo cerca de Santiago y la casa en que le hemos visto recibir al hijo del hombre a
quien debía su riqueza.

Gracias a ésta, la familia de don Dámaso era considerada como una de las más
aristocráticas de Santiago. Entre nosotros el dinero ha hecho desaparecer más
preocupaciones de familia que en las viejas sociedades europeas. En éstas hay lo que
llaman aristocracia de dinero, que jamás alcanza con su poder y su fausto a hacer
olvidar enteramente la oscuridad de la cuna: al paso que en Chile vemos que todo va
cediendo su puesto a la riqueza, la que ha hecho palidecer con su brillo el orgulloso
desdén con que antes eran tratados los advenedizos sociales. Dudamos mucho de que
éste sea un paso dado hacia la democracia, porque los que cifran su vanidad en los
favores ciegos de la fortuna afectan ordinariamente una insolencia, con la que creen
ocultar su nulidad, que les hace mirar con menosprecio a los que no pueden, como
ellos, comprar la consideración con el lujo o con la fama de sus caudales.

La familia de don Dámaso Encina era noble en Santiago por derecho pecuniario y, como
tal, gozaba de los miramientos sociales por la causa que acabarnos de apuntar. Se
distinguía por el gusto hacia el lujo, que por entonces principiaba a apoderarse de
nuestra sociedad, y aumentaba su prestigio con la solidez del crédito de don Dámaso,
que tenía por principal negocio el de la usura en grande escala, tan común entre los
capitalistas chilenos.

Magnífico cuadro formaba aquel lujo a la belleza de Leonor, la hija predilecta de don
Dámaso y de doña Engracia. Cualquiera que hubiese visto a aquella niña de diecinueve
años en una pobre habitación habría acusado de caprichosa a la suerte por no haber
dado a tanta hermosura un marco correspondiente. Así es que al verla reclinada sobre
un magnífico sofá forrado en brocatel celeste, al mirar reproducida su imagen en un
lindo espejo al estilo de la Edad Media, y al observar su pie, de una pequeñez
admirable, rozarse descuidado sobre una alfombra finísima, el mismo observador
habría admirado la prodigidad de la naturaleza en tan feliz acuerdo con los favores del
destino. Leonor resplandecía rodeada de ese lujo como un brillante entre el oro y
pedrenas de un rico aderezo. El color un poco moreno de su cutis y la fuerza de
expresión de sus grandes ojos verdes, guarnecidos de largas pestañas; los labios
húmedos y rosados, la frente pequeña, limitada por abundantes y bien plantados
cabellos negros; las arqueadas cejas, y los dientes, para los cuales parecía hecha a
propósito la comparación tan usada con las perlas; todas sus facciones, en fin, con el
óvalo delicado del rostro, formaban en su conjunto una belleza ideal, de las que hacen
bullir la imaginación de los jóvenes y revivir el cuadro de pasadas dichas en la de los
viejos.

Don Dámaso y doña Engracia tenían por Leonor la predilección de casi todos los padres
por el más hermoso de sus hijos. Y ella, mimada desde temprano, se había
acostumbrado a mirar sus perfecciones como un arma de absoluto dominio entre los
que la rodeaban, llevando su orgullo hasta oponer sus caprichos al carácter y autoridad
de su madre.

Doña Engracia, en efecto, nacida voluntariosa y dominante, enorgullecida en su


matrimonio por los treinta mil pesos, origen de la riqueza de que ahora disfrutaba la
familia, se había visto poco a poco caer bajo el ascendiente de su hija, hasta el punto
de mirar con indiferencia al resto de su familia y no salvar incólume, de aquella
silenciosa y prolongada lucha doméstica, más que su amor a los perritos falderos y su
aversión hacia todo abrigo, hija de su temperamento sanguíneo.

En la época en que principia esta historia, la familia Encina acababa de celebrar con un
magnífico baile la llegada de Europa del joven Agustín, que había traído del Viejo
Mundo gran acopio de ropa y alhajas, en cambio de los conocimientos que no se había
cuidado de adquirir en su viaje. Su pelo rizado, la gracia de su persona y su perfecta
elegancia hacían olvidar lo vacío de su cabeza y los treinta mil pesos invertidos en
hacer pasear la persona del joven Agustín por los enlosados de las principales ciudades
europeas.

Además de este joven y de Leonor, don Dámaso tenía otros hijos, de cuya descripción
nos abstendremos por su poca importancia en esta historia.
La llegada de Agustín y algunos buenos negocios habían predispuesto el ánimo de don
Dámaso hacia la benevolencia con que le hemos visto acoger a Martín Rivas y
hospedarle en su casa. Estas circunstancias le habían hecho también olvidar su
constante preocupación de la higiene, con la que pretendía conservar su salud y
entregarse con entera libertad de espíritu a las ideas de política que, bajo la forma de
un vehemente deseo de ocupar un lugar en el Senado, inflamaban al patriotismo de
este capitalista.

Por esta razón había pedido los periódicos después de la benévola acogida que
acababa de hacer al joven provinciano.

Martín Rivas

________________________________________

Martín Rivas había abandonado la casa de sus padres en momentos de dolor y de luto
para él y su familia. Con la muerte de su padre no le quedaban en la tierra más
personas queridas que doña Catalina Salazar, su madre, y Matilde, su única hermana. El
y estas dos mujeres había velado durante quince días a la cabecera de don José,
moribundo. En aquellos supremos instantes, en que el dolor parece estrechar los lazos
que unen a las personas de una misma familia, los tres habían tenido igual valor y
sostenídose mutuamente por una energía fingida, con la que cada cual disfrazaba su
angustia a los otros dos.

Un día don José conoció que su fin se acercaba y llamó a su mujer y a sus dos hijos.

—Este es mi testamento —les dijo, mostrándoles el que había hecho extender el día
anterior—, y aquí hay una carta que Martín llevará en persona a don Dámaso Encina,
que vive en Santiago.

Luego, tomando una mano a su hijo:

—De ti va a depender en adelante —le dijo la suerte de tu madre y de tu hermana: ve a


Santiago y estudia con empeño. Dios premiará tu constancia y tu trabajo.

Ocho días después de la muerte de don José, la separación de Martín renovó el dolor
de la familia, en la que el llanto resignado había sucedido a la desesperación. Martín
tomó pasaje en la cubierta del vapor y llegó a Valparaíso, animado del deseo del
estudio. Nada de lo que vio en aquel puerto ni en la capital llamó su atención. Sólo
pensaba en su madre y en su hermana, y le parecía oír en el aire las últimas y sencillas
palabras de su padre. De altivo carácter y concentrada imaginación, Martín había
vivido, hasta entonces, aislado por su pobreza y separado de su familia, en casa de un
viejo tío que residía en Coquimbo, donde el joven había hecho sus estudios mediante
la protección de aquel pariente. Los únicos días de felicidad eran los que las vacaciones
le permitían pasar al lado de su familia. En ese aislamiento, todos sus afectos se habían
concentrado en ésta, y al llegar a Santiago juró regresar de abogado a Copiapó y
cambiar la suerte de los que cifraban en él sus esperanzas.

—Dios premiará mi constancia y mi trabajo decía, repitiéndose las palabras llenas de fe


con que su padre se había despedido.

Con tales ideas arreglaba Martín su modesto equipaje en las piezas de los altos de la
hermosa casa de don Dámaso Encina.

A las cuatro de la tarde de ese mismo día, el primogénito de don Dámaso golpeaba a
una puerta de las piezas de Leonor. El joven iba vestido con una levita azul abrochada
sobre un pantalón c

laro que caía sobre un par de botas de charol, en cuyos tacones se veían dos espuelitas
doradas. En su mano izquierda tenía una huasca con puño de marfil y en la derecha, un
enorme cigarro habano, consumido a medias.

Golpeó, como dijimos, a la puerta, y oyó la voz de su hermana que preguntaba:

—¿Quién es?

—¿Puedo entrar? —preguntó Agustín, entreabriendo la puerta.

No esperó la contestación y entró en la pieza con aire de elegancia suma.

Leonor se peinaba delante de un espejo, y volvió su rostro con una sonrisa hacia su
hermano.

—¡Ah! exclamo— ¡ya vienes con tu cigarro!

—No me obligues a botarlo, hermanita dijo el elegante—, es un imperial de a


doscientos pesos el mil.

—Podías haberlo concluido antes de venir a verme.

—Así lo quise hacer, y me fui a conversar con mamá; pero ésta me despidió, so
pretexto de que el humo la sofocaba.

—¿Has andado a caballo? —preguntó Leonor.


—Sí, y en pago de tu complacencia para dejarme mi cigarro, te contaré algo que te
agradará.

—¿Qué cosa?

—Anduve con Clemente Valencia.

—¿Y qué más?

—Me habló de ti con entusiasmo.

Leonor hizo con los labios una ligera señal de desprecio.

—Vamos —exclamó Agustín—, no seas hipócrita. Clemente no te desagrada.

—Como muchos otros.

—Tal vez; pero hay pocos como él.

—¿Por qué?

—Porque tiene trescientos mil pesos.

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