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La conversión autoritaria en Perú bajo Fujimori se caracterizó por la disolución del Congreso y la concentración del poder en el Ejecutivo, debilitando los controles institucionales y legalizando un régimen casi absoluto. Fujimori utilizó un discurso populista y políticas sociales para ganar apoyo popular, mientras que el Ejército y los medios de comunicación fueron instrumentalizados para mantener su control. A pesar de su éxito inicial, su gobierno erosionó la democracia representativa y generó un clima de miedo, culminando en una resistencia ciudadana que eventualmente puso fin a su régimen autoritario.

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La conversión autoritaria en Perú bajo Fujimori se caracterizó por la disolución del Congreso y la concentración del poder en el Ejecutivo, debilitando los controles institucionales y legalizando un régimen casi absoluto. Fujimori utilizó un discurso populista y políticas sociales para ganar apoyo popular, mientras que el Ejército y los medios de comunicación fueron instrumentalizados para mantener su control. A pesar de su éxito inicial, su gobierno erosionó la democracia representativa y generó un clima de miedo, culminando en una resistencia ciudadana que eventualmente puso fin a su régimen autoritario.

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Conversión autoritaria

Enfoque histórico-político: La conversión autoritaria implica que un régimen


elegido democráticamente se vuelve autoritario al debilitar los controles
institucionales. En abril de 1992 Fujimori disolvió inasistantemente el Congreso
(autogolpe) y cesó a jueces y otros funcionarios. Intervino el Poder Judicial, la
Contraloría y hasta los medios de comunicación a través de operativos militares. Con
estas acciones dejó de existir el sistema de “pesos y contrapesos” constitucionales
vigente. Luego convocó a un Congreso Constituyente, aprobó en 1993 una nueva
Constitución y así legalizó su poder casi absoluto. Esta Constitución reforzó el Poder
Ejecutivo: se amplió la posibilidad de reelección presidencial y se redujeron controles
legales al gobierno. El Congreso resultante quedó dominado por Fujimori y rara vez
objetó sus decretos.

Enfoque político-institucional: Políticamente, Fujimori concentró todo el poder en su


persona. Su gabinete fue un mero instrumento de aprobación: sus ministros debían
lealtad total y pocas decisiones se tomaban por consenso. Gobernó con decretos de
urgencia y controló el presupuesto. Los militares apoyaron el autogolpe y fueron
recompensados con aumentos salariales y poder en el Estado (formaban parte del
llamado “Plan Verde” militar)[Link]. El Ejército se convirtió en brazo
represivo contra insurgentes y en garante del régimen. Al mismo tiempo, Fujimori
debilitó o clausuró partidos políticos (el APRA, FREDEMO, etc.) e impuso su propio
movimiento, Cambio 90. Este autoritarismo fue calificado como “democracia
delegativa” o “democradura”: formalmente había elecciones, pero el juego político
estaba amañado. Según analistas, Fujimori implantó un régimen personalista y
paternalista, «legítimo en lo electoral pero autoritario en el ejercicio del poder».

Enfoque sociológico: Socialmente, la conversión autoritaria se explica por la


desafección ciudadana con los partidos y el miedo al caos. Ante la violencia terrorista
y el colapso económico, buena parte de la población avaló medidas duras como el
cierre del Congreso. Fujimori lo aprovechó apoyándose directamente en el «pueblo»
(principalmente clases populares) y atacando a las élites políticas («partidocracia»).
Así logró altos niveles de aprobación pública tras la derrota de la inflación y de
Sendero Luminoso. Sin embargo, estos apoyos eran individuales al líder, no a las
instituciones democráticas. En general, los derechos civiles y las libertades políticas se
erosionaron: las instituciones democráticas quedaron debilitadas o «sometidas a uso
arbitrario del poder». De este modo, la democracia representativa se transformó en un
sistema de poder personal altamente centralizado y controlado.

Neopopulismo

Definición general: El neopopulismo es una forma moderna de populismo


caracterizada por líderes carismáticos que rompen con los partidos tradicionales,
prometen representar directamente al “pueblo” y emplean el Estado para ganarse
apoyos. A diferencia del populismo clásico (que suele ser económicamente
intervencionista), los neopopulistas pueden aplicar políticas neoliberales mientras
mantienen un discurso paternalista. En América Latina, ejemplos contemporáneos
aparte de Fujimori son Carlos Menem en Argentina o Fernando Collor en Brasil.

Enfoque político: En la práctica, Fujimori mostró rasgos claros de neopopulismo.


Personalizó al máximo la política: se comparaba con un gerente que manda en todo,
pidió lealtad absoluta a su «cadena jerárquica» de ministros y mantuvo que él era el
único capaz de arreglar la crisis. Gobernó «desde arriba» con un Poder Ejecutivo
prácticamente omnímodo. Paralelamente, cultivó un discurso populista: atacó a los
partidos («partidocracia»), decía que ningún partido lo representaba y proclamaba:
«En el Perú no existen partidos... El poder soy yo. Pero es un poder que me fue dado
por el pueblo. Yo lo represento.». Con estas frases reforzaba la idea de que solo él
encarnaba la voluntad popular, sin mediación de otras instituciones.

También utilizó amplios programas sociales para ganar favores populares. Entre 1993
y 1995 destinó casi el 40% del presupuesto a gastos sociales y viajó constantemente
por el interior repartiendo obras y ayudas directas a sectores pobres. Este uso del
Estado y sus recursos reforzó su base de apoyo personal, característica típica del
neopopulismo. En el Congreso estaba la mayoría para aprobar su agenda, pero su
verdadera fuerza provenía de mantener satisfecho al electorado mediante gasto
focalizado y clientelismo político.

Enfoque histórico: En contraste con el líder aprista Alan García (quien representó la
última ola del populismo tradicional de izquierda), Fujimori llegó al poder con un
discurso más difuso. Su campaña inicial no fue abiertamente populista: prometía
«Honradez» y cambios contra la corrupción, pero sin programa ideológico claro. Sin
embargo, una vez en el gobierno mantuvo algunas viejas recetas populistas: apeló al
nacionalismo (contra la banca internacional) y se presentó como anti-élite. Al mismo
tiempo, emprendió reformas de libre mercado (privatizaciones, apertura) muy distintas
a la tradición estatista de García. En lo institucional, heredó de esa tradición
presidencialista peruana un estilo muy personalista. Investigadores señalan que aunque
economicamente Fujimori fue “la antítesis del populismo” (por ser más neoliberal), en
el sentido político “heredó varias características viejas” del populismo peruano,
canalizándolas hacia fines distintos.

Enfoque sociológico: Socialmente, el neopopulismo de Fujimori se apoyó en una


relación directa entre el líder y las masas. Al prometer ser el «campeón del pueblo»
contra la corrupción y el terrorismo, conectó con ciudadanos decepcionados de los
partidos tradicionales. Su mensaje “anti-partidos” y “a favor del pueblo común” caló
especialmente entre los sectores urbanos de bajos recursos, indígenas y rurales, que
veían en él a un líder paternal. Sin embargo, este vínculo fue muy personal: su partido
político, Cambio 90/95, no desarrolló una fuerte base partidaria. Como observan los
expertos, su popularidad fue siempre más hacia él mismo que a sus aliados políticos.
En sociología política esto se traduce en que la “sociedad civil” organizada se mantuvo
débil frente a él.
Relación con el Congreso

Hasta el autogolpe de 1992, Fujimori tenía un Congreso dominado por la oposición


(APRA y FREDEMO). Su relación fue tensa: el Congreso obstaculizaba varios de sus
decretos y hasta debatía su [Link]. Cuando se dio el autogolpe del 5
de abril de 1992, Fujimori disolvió ambas cámaras legislativas inconstitucionalmente.
En adelante, convocó a elecciones para un «Congreso Constituyente Democrático», el
cual redactó y aprobó en 1993 la nueva Constitución. Bajo esta nueva Carta, Fujimori
contó con mayoría parlamentaria propia, reforzó el Ejecutivo y el Congreso se volvió
un órgano pasivo, raramente cuestionando sus leyes. En resumen, Fujimori pasó de
gobernar en crisis con un Congreso opositor a gobernar con un Congreso dócil tras
restructurar el sistema político.

Rol del Ejército

Las Fuerzas Armadas jugaron un papel central en el fujimorato. Históricamente en


Perú el Ejército había sido influenciado por planes como el “Plan Verde” (1989) –un
proyecto militar que buscaba tomar el poder con un líder civil de fachada– y al triunfo
de Fujimori los mandos castrenses apoyaron su autogolpe. Después del 5 de abril de
1992, el Ejército se encargó de mantener el orden interno: combatió intensamente a
Sendero Luminoso y MRTA, pero también participó en abusos de derechos humanos
(grupos paramilitares como Colina cometieron desapariciones). Políticamente, los
oficiales fueron recompensados (aumentos salariales, ascensos) y el generalato se
mantuvo leal a Fujimori. Sin embargo, con el tiempo el asesor Vladimiro Montesinos
–ex-oficial de inteligencia– concentró el poder militar a través del SIN, reduciendo la
influencia oficial de los mandos del Plan [Link]. En síntesis, el
Ejército fue aliado clave en su estrategia de “mano dura”, justificando el autoritarismo
como medida anticrisis, pero luego cedió parte de su rol autónomo al control civil del
presidente.

Rol de los medios de comunicación

Fujimori subyugó gran parte de los medios en el fujimorismo. Desde 1992 en adelante,
la prensa oficialista apoyó entusiastamente sus medidas, mientras que críticos y
opositores fueron hostigados. Un caso emblemático fue la “prensa chicha”: tabloides
sensacionalistas financiados con fondos del Estado (a través del SIN de Montesinos)
para difamar y desacreditar a periodistas y políticos contrarios al
[Link]. Un informe estadounidense de 1998 describe «sobornos,
amenazas de muerte y acusaciones de traición» usados por estos tabloides contra
periodistas de investigación. Además, canales de televisión y emisoras de radio afines
fueron influenciados con favores o presiones. El resultado fue un panorama mediático
donde la crítica verdadera fue reducida: la “libertad de prensa” existía formalmente,
pero con riesgos de censura tácita. En resumen, los medios masivos fueron controlados
para reforzar su discurso populista, mientras que las voces independientes debían
cuidarse de informar temas «poco favorables» al ré[Link].
Discurso populista

El discurso de Fujimori fue claramente populista: él mismo se presentó como el único


interlocutor legítimo del pueblo, vetando a los partidos tradicionales. Despreciaba la
«partidocracia» y decía representar directamente a la ciudadanía. Culturalmente,
construyó la imagen de «padrino» o «mesías» nacional que había salvado al país de la
violencia y la inflación. En sus mensajes públicos destacó sus logros económicos y en
seguridad como prueba de su cercanía con las necesidades populares. Por ejemplo,
después de derrotar la hiperinflación y desarticular Sendero Luminoso, mantenía
índices de popularidad muy altos. Este tipo de liderazgo paternalista (el presidente
como «padre de la patria») es típico del neopopulismo.

Impacto en la democracia y la sociedad civil

En conjunto, las transformaciones de Fujimori debilitaron gravemente la democracia


representativa. Como señalan académicos, el fujimorismo llevó a cabo una
«demolición institucional»: poderes del Estado quedaron subordinados al Ejecutivo y
se usó el aparato estatal para fines partidistas. A nivel legal, se aprobaron leyes (por
ejemplo, decretos antisubversivos o leyes de amnistía) que restringieron derechos
civiles y la labor de la justicia. Los controles legales y constitucionales se
relativizaron.

En la sociedad civil esto generó miedo y censura: grupos de derechos humanos,


periodistas y opositores fueron perseguidos o vigilados. Sin embargo, en los últimos
años del régimen surgió también resistencia ciudadana. Movimientos culturales y
colectivos de jóvenes organizaron manifestaciones creativas (velas, lazos negros,
performance) denunciando la «farsa electoral». La protesta más emblemática fue la
Marcha de los Cuatro Suyos (27 de julio de 2000): alrededor de 250.000 personas
marcharon en Lima contra el tercer mandato de Fujimori, considerada la manifestación
más grande en la historia republicana. Estos actos de protesta civil y el escándalo
político posterior (la huida de Fujimori) muestran que al final la sociedad civil logró
debilitar y poner fin al autoritarismo fujimorista. En síntesis, el fujimorismo dejó una
democracia herida: recuperada en 2001, pero con lecciones sobre la fragilidad de las
instituciones cuando un líder centraliza demasiado el poder.

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