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Resumen:
En el campo militar hemos pasado a considerar el espacio como un dominio más, a añadir a los
tradicionales (tierra, mar y aire, y, si acaso, el ciberespacio). Esto da cuenta de una novedad,
que nos obliga a analizar en qué punto nos encontramos, tanto a nivel tecnológico, como en su
impacto en la competición entre grandes potencias, que ha regresado al primer plano, pese a las
buenas intenciones del derecho internacional. Este artículo muestra que, lejos de esas buenas
intenciones, y de la letra de algunos tratados que, como el OST, aspiraban al establecimiento
de un régimen cooperativo, estamos inmersos en una lógica de corte realista, que, en buena
medida, traslada al espacio las tensiones existentes en los demás dominios.
Palabras Clave: Espacio, satélites, geopolítica, tratado sobre el espacio ultraterrestre, ABM,
ASAT,
1
Josep Baqués Quesada es Profesor del Departamento de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona.
E-mail: <jbaquesq@[Link]>
DOI: [Link]
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las órbitas geoestacionarias, ubicadas a 100 veces esa altura, es decir, a unos 35.000 kms de la
Tierra2.
Para continuar… Por más que aquí nos centremos en el espacio, es preciso no olvidar
algunos extremos que, por obvios (si se piensa fríamente) suelen descuidarse. Por un lado, en
términos de empleo del espacio, ya sea en clave civil o militar, eso es indisociable de lo que
suceda en tierra firme. Porque son precisas instalaciones de lanzamiento de satélites; centros de
seguimiento y control, provistos de potentes radares; instalaciones para la fabricación de
vehículos espaciales y lanzadores, más el apoyo logístico a todo lo anterior, incluyendo
mantenimiento, cuando eso sea necesario. A su vez, el espacio proyecta su razón de ser, de
vuelta, en tierra firme. No en vano, una parte fundamental de su utilidad remite a la observación
de lo que sucede, digamos, “aquí abajo”, entre la atmósfera y tierra firme: desde la meteorología
más básica a la obtención de información para la elaboración de inteligencia militar.
Para que esto se entienda mejor, recogeré unas palabras del entonces general al mando
del US Space Command, pronunciadas a finales de los años 90 del siglo XX: “space is the
ultimate high ground”3 (es decir, el espacio es el terreno elevado por excelencia), donde están
las mejores posiciones, a defender, para tener la visión más completa de todo el campo de
batalla. Entonces, el espacio sería como una gran montaña imaginaria, a modo de privilegiada
atalaya, que remite a lo que sucede en tierra. Pensemos, de hecho, en la misma línea, en los
satélites útiles para el posicionamiento (sin ir más lejos, el GPS, el GLONASS ruso, o el
COMPASS chino) así como para garantizar las comunicaciones, aquí, en la tierra. En
definitiva, y, en resumen, constituye un espejismo (y un error, por ende) la adopción de una
imagen excesivamente autorreferencial de lo que acontece en el espacio. Sería más correcto,
comenzar a hablar de sistemas, integrados, tierra-espacio, o viceversa. En este sentido, la guerra
de Irak, de 1991 ya fue una guerra, parcialmente, espacial. No hubo combates en el espacio,
ciertamente. Pero sí que se dio un uso significativo de sistemas de armas guiadas por GPS. De
eso se trata. Por el momento, lo dejamos apuntado, pero esta primera reflexión será muy útil
para entender otros epígrafes de este mismo análisis.
Por otra parte, si hablamos de fijación en las grandes potencias y otros actores no
estatales caso de empresas en el espacio, debemos remitirnos a los orígenes y preguntarnos el
¿cuándo, ¿dónde y por qué? Hay bastante consenso al respecto4, pero conviene exponerlo: ese
interés aparece en el contexto de la segunda guerra mundial (o, si se prefiere, del final de esa
guerra); inicialmente, de la mano de las dos principales potencias occidentales, EE. UU y Reino
Unido; y aparece estimulado por una serie de avances científicos que les hacen comprender que
la conquista del espacio ya no está tan lejana, ni es tan inverosímil. Concretamente,
innovaciones como el radar (en sus albores, más británica que estadounidense, por cierto), como
los misiles balísticos5 (innovación más alemana que otra cosa, si bien sabemos que algunos de
los mejores científicos del III Reich, con Von Braun a la cabeza, pronto fueron cooptados por
EE. UU., y terminaron jugando un papel muy relevante en la NASA), como las computadoras
(estas sí, genuinamente norteamericanas, con la ENIAC, tempranamente operativa, desde al
menos 1946); e incluso el aluvión tecnológico derivado del programa nuclear y sus derivados
(también liderado, sobre todo, desde Washington, ya que la URSS iba con retraso en esos
inicios).
2
Klein, John (2006). Space Warfare: Strategy, Priciples, and Policy, London, Routledge, p. 8.
3
Grossman, Karl y Long, Judith: “Waging War in Space”, The Nation, 27 December 1999, en
[Link]
4
Véase, por ejemplo, la importancia dada al tema en McDougall, Walter A. (1985). The Heaven and the Earth. A
Political History of the Space Age, New York, Basic Books, p. 6.
5
Hay que tener en cuenta que esos misiles se terminaron empleando como vehículos para el lanzamiento de
satélites al especio.
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De lo acontecido desde esos albores hasta hoy, daremos cuenta en el resto del artículo. Pero,
antes de avanzar en ese sentido, cabe incorporar, en esta introducción, una tercera
consideración. A saber, que, aunque ese impulso data de mediados de los años 40 del siglo XX,
habrá que esperar una década -hasta los años 50 del siglo XX- antes de apreciar resultados
tangibles en lo referente a la exploración espacial y el lanzamiento de satélites. A lo que hay
que añadir que, para entonces, la URSS ya se había sumado decididamente a la carrera, mientras
languidecía el impulso inicial británico, como consecuencia del mal estado general de ese país
(crisis económica y recortes presupuestarios, también en defensa; gradual, pero irreversible,
decadencia de su imperio). De modo que la lógica bipolar propia de la Guerra Fría se extendió
pronto a la competición por (y hacia) el espacio. Es más, su elevado valor simbólico, convirtió
la carrera espacial en uno de los hitos más señalados de esa etapa histórica. Aunque en este
artículo no reiteraré la importancia de esa dimensión simbólica, no está de más que se tenga
presente en todo momento. Sin embargo, a su vez, habrá que esperar otra década, hasta
mediados de los años 60 del siglo XX, hasta comprobar que surge una regulación jurídica
internacional para el espacio. Lo cual tendrá lugar a través de un Tratado, todavía vigente,
conocido como Outer-Space Treaty (OST)6, que data de 1967.
En lo que sigue, una vez expuesto este epígrafe introductorio, dividiremos el artículo en
otros cuatro epígrafes, esto es, en el siguiente (epígrafe 2) trabajaremos esa normativa aplicable.
Normativa que, por los motivos que señalaremos, presenta dificultades de interpretación y
lagunas, que están impulsando un proceso de revisión. Nuestro objetivo será conocer el punto
de partida, su razón de ser y los flecos más importantes, motivadores de ese descontento. Así
que, lejos de desarrollar una labor puramente descriptiva de la misma, lo haremos
analíticamente. Porque el tema, como pronto lo percibirá el lector, lo merece. En el epígrafe 3
tomaremos en consideración la cada vez más relevante cuestión de la explotación económica
del espacio. Será un buen momento procesal para hacerlo, habida cuenta de sus conexiones con
el Tratado OST. Más adelante, en el epígrafe 4, analizaremos, en sendos subapartados, tanto la
(epígrafe 4.1) competición entre grandes potencias, como la proliferación espacial a un nivel
más general, que incluirá alguna reflexión acerca del papel de las potencias medias en el tablero
geopolítico mundial (epígrafe 4.2). De este modo, afrontaremos la cuestión geopolítica, como
culminación del resto del trabajo desarrollado. Finalmente, habrá un último epígrafe (epígrafe
5) destinado a la elaboración de unas conclusiones, que recojan los aspectos más relevantes del
artículo y que también aporten una valoración final del estado de la cuestión.
2. El Tratado OST de 1967
En sí mismo, se trata de un tema apasionante, desde un punto de vista académico. Porque
estamos, como mínimo, ante un Tratado atípico. Lo cual contiene una doble invitación, siquiera
sea implícita, a abordar la cuestión de su contenido, así como a abordar la cuestión (quizá la
más relevante) de su peculiar naturaleza y de su razón de ser. Lo haremos en sendos
subapartados.
2.1 Normativa aplicable al espacio: líneas maestras del OST.
Había un camino fácil para establecer la regulación normativa del espacio: prolongar el derecho
del aire (o del cielo, como se prefiera). Porque eso ya estaba bien establecido para esas fechas.
Y porque gozaba de un consenso generalizado. Concretamente, lo estaba desde el Tratado de
París, de 1919. A su vez, este Tratado tiene su origen en el derecho romano. Como tantas otras
normas de derecho privado (muchas) y público (algunas) que rigen en nuestras sociedades.
6
Si bien, su nombre oficial y completo es mucho más ampuloso: Treaty on Principles Governing the Activities of
States in the Exploration and Use of Outer Space, including the Moon and other Celestial Bodies. Dicho lo cual,
nos referiremos al mismo por su acrónimo, como, por otra parte, es usual entre los expertos.
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Según ese modo de entender el derecho, que nos es tan familiar, la regla de oro sería: est solum,
ejus est tusque ad coelum. Eso es lo que venimos aplicando al aire/cielo, de modo
incontrovertido, por doquier: “a quien pertenece la tierra, pertenece también todo lo que está
por encima de ella, hasta el cielo”. Ese principio apuntaba a una suerte de soberanía vertical
ilimitada. Hasta que topó con el OST. En efecto, desde entonces, esa soberanía lo es “hasta el
cielo”, desde luego, pero ya no hasta el espacio. Por consiguiente, desaparece la idea basal
relativa a la soberanía vertical ilimitada. No fue ése el consenso alcanzado en 1967.
Recapitulando: la soberanía del espacio aéreo (descontado el espacio) se proyecta en línea
vertical ascendente desde la frontera de cada Estado, que incluye, como sabemos, las 12 millas
de aguas territoriales (pero no la ZEE que, en puridad de conceptos, y pese a ciertos equívocos
recurrentes, incluso en sede académica, no son aguas soberanas de nadie). La soberanía del
espacio se discutió, en los años 60, pero para llegar a una conclusión diferente. Atípica, como
ya hemos anunciado. No inédita, en todo caso. Podemos simplificarlo diciendo que la soberanía
del espacio se discutió… para terminar negándola. No sería exagerado, pero es preferible
marcar los pasos.
En realidad, los legisladores de 1967 se inspiraron en un Tratado internacional
prexistente y vigente: el Tratado Antártico, por entonces, muy novedoso (redactado en 1959,
entró en vigor en 1961).
El cambio de orientación es sustancial. Porque, siguiendo esa estela, el Tratado OST
indica, en su artículo 2, que “el espacio exterior, incluyendo la Luna y otros cuerpos celestiales,
no están sujetos ni a apropiación nacional, ni a reclamación alguna de soberanía, por el medio
que sea, ya sea ocupación, o mero uso”. Nada menos. El artículo 1, preparando el terreno para
esa conclusión, coherentemente con el espíritu de la norma, ya había indicado que “la
exploración y el uso del espacio exterior incluyendo la Luna y otros cuerpos celestes, deberá
ser desarrollada para beneficio y el interés de todos los países”, ya que, apuntala ese mismo
artículo, el espacio constituye “una provincia de toda la humanidad”. Y, por si no quedara claro,
esta lógica se extiende al rol, y, digámoslo así, a la bandera, de los astronautas. De este modo,
se añade, a modo de colofón, en su artículo 5, que dichos astronautas tendrán la consideración
de “enviados” o “embajadores” de la Humanidad toda. Podríamos entrar en más detalles, pero
lo traído a colación refleja a la perfección el espíritu de la norma, de una forma sencilla, clara
y didáctica.
Ni qué decir tiene que esto no cierra, sino que abre, un debate académico controvertido,
más técnico Es decir… ¿este Tratado convierte la Luna y, por extensión, a los demás “cuerpos
celestes”, en res nullius, o bien en res communis? No es un tema baladí, sino que puede ser
importante en el caso de desear y poder explotarlos económicamente. Como veremos, pronto
se dará el caso. En la Luna, sin ir más lejos, se halla hidrógeno (H), oxígeno (O), silicio (Si),
hierro (Fe), magnesio (Mg), calcio (Ca), aluminio (Al), manganeso (Mn) y titanio (Ti). Así
como Helio-3, del que se calcula que puede haber un millón de toneladas, mientras que en la
Tierra apenas hay un 0,001% de esa cantidad. Pero este isótopo podría ser muy útil para
producir energía eléctrica, a partir de la fusión nuclear. De ahí su relevancia, en un momento
en el que en la Tierra la energía es objeto de tanto debate como escasez. Como quiera que, en
este aspecto, los expertos no se ponen de acuerdo, es adecuado señalar fuentes de ambas
opiniones. Inicialmente, parecía imponerse la teoría del res communis7. Pero, en tiempos más
recientes, ha emergido con fuerza la versión del res nullius8. Por mi parte, entiendo que Dolman
está más cerca de la realidad. No en vano, el OST no habla de ningún derecho del primer
7
Dolman, Everett (2002): Astropolitik. Clasical Geopolitics in the Space Age, London (OR), Frank Cass, p. 138.
8
Duvall, Raymond y Havercroft, Jonathan (2009): “Critical Astropolitics: The Geopolitics of the Space Control
and the Transformation of the State Sovereignty”, en Borman, Natalie y Sheehan, Michael (eds). Securing Outer
Space, London, Routledge, p. 48.
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ocupante, sino que, más bien, huye de la mera noción de ocupación y siempre remite, como
hemos visto, a una especie de dominio de todos.
La cuestión de hasta qué punto se pueden ubicar armas -o no- en el espacio, también es
objeto de controversia. Habrá otros trabajos que puedan profundizar en la importancia militar
del espacio. Aquí podemos recordar algunos de los usos recurrentes: mando y control,
comunicaciones, ISTAR (vigilancia, reconocimiento -radárico u optrónico- e identificación de
objetivos), meteorología, posicionamiento global -pensemos en los misiles basados en tierra,
con guía GPS- e inteligencia de señales. Asimismo, hay que tener en cuenta que, en su
trayectoria, los misiles balísticos intercontinentales (ICBMs y SLBMs) pasan por el espacio; el
empleo de tecnologías antisatélite (ASAT), kinéticas o no9. Y llegado el caso, la ubicación de
armas en el propio espacio, ora sea para atacar satélites enemigos, otrora sea para operar contra
la Tierra. Sin embargo, lo que ahora hay que ver es la postura adoptada por el derecho
internacional vigente al respecto.
Porque, dada su filosofía, este Tratado podía haber optado por una negativa clara que,
en ese contexto, no hubiera causado extrañeza. Pero, en vez de eso, sus redactores optaron por
una cadena de matices. Así, por un lado, sí se deja muy claro que no se permitirán las armas
nucleares, ni otras de destrucción masiva (concepto que, como sabemos, remite también a las
químicas y bacteriológicas, como mínimo, y últimamente, también a las radiológicas). Eso, por
lo demás, es adecuado y casa a la perfección con otras normas, aprobadas poco tiempo antes,
como el Tratado Limited Test Band Treaty (LTBT), de 1963. Efectivamente, el LTBT forma
parte de la arquitectura jurídica básica de limitación de armas nucleares, de manera que prohíbe,
en esa línea, las pruebas nucleares (“detonaciones”, es la palabra empleada en el texto del
LTBT) en el espacio. Para algunos expertos, es importante reconocer la influencia de esa norma
en el OST10. Desde luego, es un argumento plausible. De acuerdo con lo prescrito por el artículo
4 del OST, ninguna de esas armas tiene cabida en el espacio, por cuanto se impide no solo que
sean instaladas en la Luna u otros cuerpos celestes, sino también, incluso, que algún sistema de
armas de ese tipo sea puesto en órbita.
Lo cual daría a entender que, finalmente, sí estarían permitidas, a sensu contrario, las
armas convencionales. La interpretación jurídica a sensu contrario es plausible. Sin embargo,
esto es más complejo, ya que, al final de ese mismo artículo 4º se apostilla que la Luna y los
demás cuerpos celestes solamente pueden ser empleados con “fines pacíficos”, como si sus
redactores quisieran hacer un guiño final a la exclusión de todo tipo de armas. Ni qué decir tiene
que ese Tratado no es un prodigio de técnica legislativa. Ahora bien, no tenemos que pensar
que eso es debido a una mala labor de los legisladores. No necesariamente, al menos. Porque el
derecho internacional nos tiene acostumbrados a estos niveles de ambigüedad, que muchas
veces son los que permiten, por paradójico que pueda parecer a ojos del profano en la materia,
que esos mismos Tratados vean la luz. ¿Mala técnica legislativa, o (pesada) servidumbre, en
forma de peaje? No descartemos la segunda explicación.
Aparentemente, pues, una victoria de lógicas, como poco, institucionalistas, social
constructivistas y, llevadas a su extremo, incluso comunistas (empleo esta palabra en términos
rigurosamente académicos). ¿Se compadece esa primera percepción con la realidad de lo
sucedido? No, no lo hace. Pero, para argumentar ese extremo, es más conveniente hacerlo en
un epígrafe específicamente destinado a tal fin.
9
Un buen resumen puede hallarse en Jordán, Javier (2023). “Competición entre grandes potencias y militarización
del espacio exterior”. Revista Araucaria, nº 53, especialmente, pp. 171-172. Para un análisis de las diversas
escuelas del poder espacial, el texto de referencia es el de Lupton, David E. (1998): On Space Warfare. A Space
Power Doctrine. Alabama Air University.
10
Dolman, op. cit, p. 134.
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11
Moltz, James C. (2019): The Politics of Space Security, Stanford University Press, p. 175.
12
Stares, Paul (1985): The Militarization of Space: USS Policy, 1945-1984, New York, Cornell University Press,
p. 124.
13
Dolman, op. cit, p. 8.
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EE. UU. se apresuraron a recordar, a través de su ministerio de defensa (DoD) que en EE. UU.
“protegerían el derecho americano a usar el espacio para propósitos militares y a derogarlo, si
los intereses nacionales así lo exigen” 14 . No es preciso rasgarse las vestiduras. Pero sí es
necesario tomar buena nota de ello.
Las disputas entre la URSS y EE. UU, relativas al uso del espacio, en plena Guerra Fría,
se mantuvieron vivas, lejos del supuesto espíritu cooperativo que, según las interpretaciones
más bonancibles, subyacían el OST. Pondremos un par de ejemplos adicionales.
El primero, es un poco anterior al inicio de los trabajos que darían pie al OST. Se refiere
a una oferta de Eisenhower a los rusos: limitar el empleo de ICBMs, (recordemos que suelen
llevar una cabeza nuclear) alegando que (es verdad) durante una parte de su trayectoria, solían
pasar por encima del aire/cielo, y llegar al espacio (concretamente, discurren por la termosfera,
también conocida, en el mundo anglosajón, como Near-Earth Space 15 ), antes de iniciar la
trayectoria descendiente hacia sus objetivos, en suelo enemigo. Como puede apreciarse, eso no
tiene nada que ver con el debate acerca de la soberanía: simplemente, tiene conexión con creerse
de verdad que en ninguna parte del espacio pueden emplearse armas nucleares. Sin embargo,
lo que sucedió a renglón seguido nos muestra hasta qué punto todo es pura retórica.
Para entender lo sucedido entre el lanzamiento del Sputnik y el debate subsiguiente, al
que ahora hacemos referencia, hay que tener en cuenta que el programa Sputnik, más allá de su
indudable efecto simbólico y propagandístico, traía consigo una amenaza real contra EE. UU.:
la URSS demostraba que estaba desarrollando la tecnología adecuada para atacar el territorio
metropolitano de EE. UU., que había salido bien librado de las dos guerras mundiales
anteriores. Pero que por vez primera en la historia podía ser atacado por armas de un gran
potencial destructivo, desde muy largas distancias. De hecho, la URSS, a pesar de llegar tarde
a la carrera nuclear, logró ponerse a la altura de EE. UU. e incluso a superarlo, en la producción
de los entonces novedosos ICBMs (misiles balísticos intercontinentales, que en algunos casos
superaban los 10.000 kms de alcance). Había, pues, una conciencia real de graves riesgos y
amenazas militares. Como consecuencia de ello, se aprobó la Defense Reorganization Act, en
1958 (primera desde 1947), con mayores poderes para las tareas de coordinación del Secretario
de Defensa, por ejemplo.
Vistas así las cosas, aunque pudiéramos pensar que la postura de Eisenhower al impulsar
los límites al empleo de ICBMs era bonancible, nada de eso se compadece con la realidad. Los
rusos dijeron que ni hablar de ello. No había lugar a debatirlo seriamente. ¿Por qué? En clave
militar, es fácil de entender. Veamos: en esa época, tanto la URSS como EE. UU, disponían de
ICBMs. Aunque, según hemos visto, la URSS acumulaba un mayor potencial respecto a
[Link]. Por lo demás, ese es apenas uno de los vectores de la famosa tríada nuclear. Aunque
pongamos en el mismo saco los SLBMs (es decir, los misiles similares -también balísticos-
lanzados desde submarinos), todavía queda la tercera pata de la tríada: los bombarderos
estratégicos. Entonces, al anzuelo lanzado por Eisenhower consistía en negarse (ambas
potencias) el empleo de misiles balísticos intercontinentales (ICBMs ó SLBMs). Buena noticia,
¿no? Sí, lo hubiera sido, pero sobre todo para EE. UU, no tanto para la URSS. ¿Por qué motivo?
Porque, en esos momentos, EE. UU. tenía mucho más desarrollado su músculo aéreo de lo que
lo tenía la URSS. En efecto, la confianza de EE. UU, en su SAC (Comando Aéreo Estratégico),
dotado de bombarderos de largo alcance, capaces de alcanzar el territorio soviético, era
superlativa, mientras que la confianza de Rusia en sus aviones homólogos era residual, si no
nula16. Por consiguiente, los mandatarios rusos no picaron el anzuelo. La añagaza del hábil
14
Moltz, op. cit, p. 149.
15
Dawson, Linda (2018): War in Space. Chichester (UK), Springer, p. 25; Dolman, op. cit, pp. 69-70.
16
Dolman, op. cit, p. 124.
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Eisenhower hubiera roto el equilibrio de poder, al anular la parte de la disuasión nuclear que sí
podían mantener los soviéticos, manteniendo dentro de la legalidad internacional solo el pilar
de la tríada nuclear en el que EE. UU, disponía de una superioridad manifiesta. Obviamente, a
nivel jurídico siempre hay solución: poner en tela de juicio que, cuando los Tratados aluden al
Near-Earth Spac, se estén refiriendo al Outer-Space17. Y de este modo hemos llegado a la
situación actual: si así conviene, la Termosfera es “cielo” y no espacio. Sirva esto, en todo caso,
para reforzar la idea que subyace a este análisis: pese a las florituras del OST, y las
interpretaciones optimistas referentes a una especie de época dorada del institucionalismo o
hasta del social constructivismo, lo que envuelve lo acontecido en esa época, también en lo
referente al espacio… es realismo puro.
Todo lo cual muestra que a finales de los años 50 del siglo XX ya se había iniciado la
competición entre, al menos, las dos grandes potencias del mundo bipolar en el ámbito espacial.
A lo cual se podría sumar, para entender el contexto, que Reino Unido y Francia mantenían
interés en, al menos, disponer de un arsenal nuclear. Cuestión consumada en la década
siguiente18, coetáneamente al debate y firma de dicho Tratado. De modo que ello condiciona,
como no podía ser de otro modo, el redactado de tratados basales como el OST, cuya
elaboración se inicia coincidiendo con esas fechas. De ahí que, pese a las apariencias, estemos
ante un tratado guiado por los principios del realismo.
El segundo ejemplo, roza el surrealismo. Pero no importa, porque es un caso real, que
amerita ser comentado. En el primer epígrafe de este artículo, dedicado a aclarar conceptos
básicos, ya hemos indicado que no es adecuado aludir al espacio de modo autorreferencial, ya
que todo surge de la tierra y regresa a ella, cuando aludimos a operaciones en el espacio. Pues
bien, asumiendo eso, así como el espíritu, presuntamente cooperativo, del OST (incluyendo su
énfasis en compartirlo todo, más allá de banderas y conflictos) los rusos llegaron a pedir a los
estadounidenses que accedieran al empleo conjunto de algunas de sus infraestructuras de apoyo
a los satélites, ubicadas en tierra. Concretamente, puestos a pedir, desde Moscú pidieron tener
un “igual acceso” que EE. UU. a las instalaciones ubicadas en Kenia y en Australia 19 .
Obviamente, de modo infructuoso. Los rusos trataron de hacer valer el presunto espíritu
cooperativo subyacente al OST, y los norteamericanos les dejaron claro (lógicamente) que, con
o sin ese Tratado, seguían inmersos en un complejo entramado de equilibrios de poder
interestatales. Como siempre…
3. Espacio y economía… o los orígenes de la geopolítica (también) espacial.
Una mirada, incluso superficial, a los clásicos de la geopolítica, muestra su preocupación por
la economía, como punto de partida y epicentro del resto de sus reflexiones. De hecho, la parte
de su obra que Mahan, Mackinder o Spykman dedican a los aspectos militares de la geopolítica,
es absolutamente residual, incluso pese a que uno de los tres (solo uno de los tres maestros, por
cierto) era militar de carrera. Esta intuición la he desarrollado, con creces, en uno de mis últimos
libros 20 , por lo que ahora expongo lo más sustancial del mensaje, pero no insistiré en los
detalles, pues eso desbordaría con creces los objetivos del presente artículo. El lector deberá
hacerme confianza. El caso es que, en el espacio, esto no es distinto. Se pueden llevar a cabo (y
17
Moltz, op. cit, p. 151.
18
Aunque sus programas nucleares posibilitaron la entrada en servicio de SLBMs a partir de la segunda mitad de
los años 60, es interesante recordar el programa de los ICBMs Blue Streak, de Gran Bretaña, desarrollado en los
años 50 y finiquitado en 1960.
19
Ibid, p. 149.
20
Baqués, Josep (2023): Cómo funciona el mundo. Una perspectiva desde la geopolítica, Valencia, Tirant lo
Blanch, pp. 254-344.
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lo haremos) algunos desarrollos de índole militar, adaptados al espacio. Pero eso no es óbice
para comenzar por el principio. Esto es, por la economía.
Todo un reto, ya que la lógica del OST consiste, aparentemente, al menos, en que ni la
Luna ni los demás cuerpos celestes sean explotados crematísticamente. Algo así como la propia
Antártida (cuyo Tratado fue, recordémoslo, fuente de inspiración para el OST): un espacio para
desarrollar, a lo sumo, investigación científica. Y, en su caso, de darse esa explotación, que no
haya apropiación por parte de ningún Estado en particular, de modo que los beneficios redunden
en la Humanidad toda. Bien. Las cartas quedaron marcadas de ese modo. Por lo tanto, podemos
partir de esa base. La pregunta es, entonces… en términos empíricos… ¿Se están cumpliendo
esas expectativas?
Es pronto todavía, pero ya disponemos de indicios, algunos de ellos muy significativos,
acerca de la dirección que está tomando este asunto. Por lo pronto, un equipo de investigación
británico, vinculado a la Scottish University of Strathclyde, in Glasgow, y dirigido por
Massimiliano Vasile, a la sazón, director del Aerospece Centre of Excellence, ha demostrado
que hay, como poco, una docena de asteroides dotados de recursos explotables (comenzando
por agua potable y siguiendo por tierras raras, así como oro, platino y diamantes21), con el
añadido de que, dadas las distancias y el estado actual de la tecnología, esa labor ya se podría
llevar a cabo22. La propia Luna está en esa lista. El proyecto pasaría por extraer oxígeno de la
propia Luna, necesario para seguir operando en ese satélite natural, para, en segundo término,
hacer lo propio con el agua ubicada en el llamado “Polo Sur” de la Luna23. Sin perjuicio de que
también se exploten el silicio, el titanio, o el mineral de hierro ahí presentes. Representantes de
una empresa privada estadounidense autorizada a explotar los recursos lunares, llamada Moon
Express, no descartan que, en un primer momento, la extracción de recursos la lleven a cabo,
exclusivamente, robots. Para, posteriormente, establecer una colonia humana24. En beneficio,
claro, de toda la Humanidad, pero, sobre todo, en beneficio de Moon Express. Lo recalco,
porque este es el argumento esgrimido desde EE. UU. para sortear el OST: si es cosa de
empresas privadas, no hay apropiación soberana y, por ende, desaparece el problema planteado.
La prueba de que esta circunstancia no ha pasado desapercibida, así como de que la
música del OST va a ser reinterpretada, mediante otra letra, está en la postura de EE. UU, que,
ya en 2015 (etapa Obama, dicho sea de paso), aprobó una ley, conocida como US Commercial
Space Launch Competitiveness Act, de acuerdo con la cual, las empresas estadounidenses están
autorizadas a explotar los recursos del espacio. La misma ley les garantiza, en caso de conflictos
con terceros, la protección de los tribunales de EE. UU. Ante la sospecha de una eventual
vulneración del OST, acompañada por la certeza de la superioridad del derecho internacional
sobre el derecho interno, cabe alegar el argumento esgrimido al final del párrafo anterior o
recordar que, al fin y al cabo, un Tratado como el OST siempre puede ser reinterpretado.
Más allá de ello, la explotación económica del espacio exterior también tiene otras
vertientes (potenciales) no afectadas por el debate planteado en los párrafos anteriores, como
los viajes turísticos. Posibilidad que ya está siendo explorada por magnates como Ellon Musk.
Más adelante, hablaremos también de la implicación de sus proyectos en su dimensión militar.
Paralelamente, la NASA viene trabajando en el proyecto Artemis (de regreso a la Luna,
para empezar) en colaboración con agencias espaciales de sus aliados de mayor confianza
21
Jasmasmie, Cecilia: “Asteroids miners go after most precious resource: wáter”, Canadian Mining Journal, 21
November 2013
22
Dawson, op. cit, p. 99.
23
Hugo, Adam (2019): “Why the Lunar South Pole?”, The Space Resource, p. 1.
24
Blinder, Daniel: “Geopolítica y recursos naturales espaciales”, Revista de Tecnología y Sociedad, Vol.8, n.15
(2018), p. 2.
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(Israel, Australia, Canadá y Japón). Los plazos pueden fluctuar, y fluctúan, en función de los
avances o las dificultades del programa. Pero, para hacernos una idea, la primera previsión era
que había que volver a la Luna en 2024. Obviamente, ya van con retraso. Pero el proyecto sigue
en marcha. Es más, la idea final es utilizar la Luna como base avanzada para luego llegar hasta
Marte. El problema es que Rusia y China intentan hacer lo mismo, por los mismos motivos, y
de la misma manera 25 . China, tras ser excluida de toda colaboración con la NASA, se ha
centrado en sus proyectos Tiangong-1 y Tiangong-2, a modo de estaciones espaciales
experimentales, con capacidad para entre 3 y 6 cosmonautas. Todo ello con la mirada puesta
no solo en la Luna, sino también en Marte y, a más largo plazo, incluso en Júpiter. Pero también
es muy interesante el proyecto de la International Lunar Research Station (ILRS), liderado por
la rusa Roscosmos y la china CNSA, que se va a extender hasta los años 30 del siglo XXI y que
integra a varios Estados, entre ellos Sudáfrica, Egipto (BRICS), Pakistán, Kazajstán,
Tayikistán, Kirguistán (OCS, pleno derecho), Bielorrusia (BRICS, como asociado y OCS,
observador), Tailandia (asociado a BRICS), Senegal, Nicaragua y Venezuela (candidatos a
BRICS), así como Serbia.
Y así nos acercamos al desenlace. Porque si, como se ha dicho, la geopolítica comienza
en la economía, indefectiblemente termina en lo militar, con o sin guerra de por medio. La razón
es simple: aunque el interés primordial sea económico (o precisamente por ello) pronto las
potencias implicadas en la competición estratégica se aprestarán a proteger esos intereses, manu
militari. Lo que nos conduce al siguiente epígrafe de nuestro análisis.
4. La competición estratégica en el espacio.
Ya hemos comentado que el espacio no es ni un hecho aislado, ni un fin en sí mismo. Por el
contrario, es más bien la consecuencia de la previa competición por los recursos, expuesta en
el apartado anterior26.
4.1 La competición entre grandes potencias y el creciente interés de potencias medias y
otros Estados en la exploración espacial
Numéricamente, las grandes potencias han situado en órbita algo de más de 1.000
satélites, de todos los tamaños. Más del 50% son de EE. UU, cerca de 200 son chinos y cerca
de 150, rusos. El resto, es una miríada de satélites pertenecientes, en escaso número, a otras
tantas potencias medias. En todo caso, se trata de datos interesantes de conocer. Si bien, por sí
mismos, dicen poco. Por ello, analizaremos lo que se viene planteando a nivel doctrinal, que
nos ofrece el marco más adecuado para valorar los esfuerzos que esas potencias vienen
desarrollando.
Antes de seguir avanzando, conviene tener en mente quién en quién en el espacio
exterior.
La lista de países con programas espaciales y agencias espaciales es muy dilatada:
Alemania, Argelia, Argentina, Austria, Australia, Azerbayán, Balngladesh, Bélgica,
Bielorrusia, Brasil, Bulgaria, Canadá; Chile, Colombia, Corea del Norte, Corea del Sur, Costa
Rica, Croacia, Dinamarca, Ecuador, Egipto, El Salvador, España, EAU, EE. UU., Francia,
Grecia, Hungría, India, Indonesia, Irán, Israel, Italia, Japón, Kazajstán, Lituania, Luxemburgo,
Malasia, México, Nigeria, Noruega, Nueva Zelanda, Holanda, Pakistán, Paraguay, Perú,
Polonia, Portugal, Reino Unido; Chequia, Rumanía, Rusia, Singapur, Serbia, Suiza, Suecia,
25
Dawson, op. cit, p. 19 y 23; Moltz, op. cit, p. 277.
26
Klinger, Julie (2021): “La geopolítica del espacio exterior”, Barcelona, Anuario Internacional CIDOB, p. 141.
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Siria, Tailandia, Taiwán, Turquía, Turkmenistán, Ucrania y Venezuela. Hay que añadir, claro,
la Agencia Espacial Europea (ESA)27.
No es un criterio útil para clasificar los Estados según su poder, potencia o potencial,
como lo demuestra la presencia de Luxemburgo en la lista.
De estos, ya sea a través de proyectos nacionales, o internacionales, como Artemis, los
siguientes han emprendido programas tripulados: Argentina, Australia, Canadá, EE. UU, Japón,
Israel, ESA, Rusia, China, y tienen proyectos al respecto Irán, Malasia, Turquía, India y Corea
del Norte.
En cuanto a viajes interplanetarios, que quizá constituye un dato más significativo,
Podemos señalar lo siguiente:
En los años 70, la NASA envió los Pioneer 10 y 11, a Júpiter y Saturno, así como el
Voyager 1 (1977) y 2 (1979) a investigar la heliosfera; el Ulysses (fruto de la colaboración
entre ESA & NASA, y con participación de la Agencia Espacial de Canadá, se dedicó al estudio
de los efectos del Sol en la Tierra y otros planetas, a partir de 1990; el programa Galileo (NASA,
con la colaboración de la Alemana MBB, la órbita de Júpiter, llegando en 1995; otro ejemplo
de cooperación en este ámbito han sido el Cassini-Huygens (NASA & ESA & Agencia Espacial
Italiana), en la órbita de Saturno, que llegó a aterrizar en el satélite más grande de Saturno
(Titán) y estuvo en órbita de 2004 a 2017, y es también destacable el New Horizons (NASA),
que llegó a orbitar lo suficientemente cerca de Plutón, como para recoger datos. Lanzado en
2006, llegó a su destino en 2017.
En los últimos años, destaca el Juno (NASA) en la órbita de Júpiter, donde entró en
2016; Lucy (también NASA), lanzado en 2021, para exploración flyby de diversos asteroides,
con especial énfasis en los “troyanos” de Júpiter; el Jupiter Icy Moons Explorer (ESA), lanzado
en 2023, en la órbita de Júpiter, con énfasis en exploración de sus satélites cubiertos de hielo, o
el Europa Clipper (NASA, 2025-…). Su nombre remite a que pretende explorar los 4 satélites
más grandes de Júpiter (prácticamente planetas, por su tamaño), entre ellos el “Europa”.
Si nos centráramos específicamente en Marte, que hasta cierto punto es el objeto de
deseo de las grandes potencias, podemos añadir la siguiente información:
EE. UU. consiguió las primeras fotos de la superficie de Marte, en 1965, gracias a la
sonda Mariner 4. Posteriormente, la Mariner 9, fue la primera sonda en entrar en órbita de
Marte. Luego, llegaron las sondas Viking 1 y 2 (1976-1982). Mientras tanto, la URSS, mediante
las Mars 2 y 3, en 1971-72, 2 logró enviar datos a la Tierra, tras un aterrizaje suave en Marte,
pero no pudieron perseverar al desatarse una tormenta en ese planeta.
En 2001 EE. UU. envió a Marte la Mars Odyssey, que descubre grandes cantidades de
hielo. Refuerzan esa información Spirit y el robot rover Opportunity (que llegó en 2003). En
2005, se lanzó la Mars Reconnaissance Orbiter, que vendrá a detallar eso, e incluso a explorar
zonas potenciales de aterrizaje, pensando en misiones futuras más ambiciosas.
No todo han sido buenas noticias. Japón lo intentó, sin tanto éxito. La sonda Nozomi,
lanzada en 1998, fue una misión parcialmente fracasada, si bien todavía pudo recopilar algunos
datos sobre la atmósfera de Marte, en su aproximación al planeta.
Algo después, en fin (2003), ESA & UK lanzaron las Mars Express y Beagle 2.
Como resultado de estos esfuerzos, en este siglo XXI han operado en Marte los robots
Spirit (astromóvil) y Opportunity (astromóvil), el Phoenix (aterrizador) que aterrizó en el Polo
27
Véase por ejemplo “Space Programs”, The World Fact Book, en [Link]
factbook/references/space-programs/
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Norte. Y tres sondas orbitales: el Mars Odyssey (orbitador) y el Mars Reconnaissance Orbiter
(orbitador) de los Estados Unidos y la sonda orbital de la Agencia Espacial Europea, el Mars
Express (orbitador).
En 2011 se lanzó la sonda rusa Phobos-Grunt con destino al satélite de Marte llamado
Fobos, pero luego de orbitar la Tierra algunos días, sus sistemas electrónicos fallaron al intentar
ponerlo en camino a su destino.
A su vez, es importante no perder de vista la carrera por la Luna, siquiera sea como
primer eslabón de algo más ambicioso. Tal como indica el programa Artemis, de la NASA, en
sus documentos oficiales, ya no valen las medias tintas: no se trata de poner una bandera y
regresar. Más bien, se deja claro que ahora se trata de asegurar la presencia permanente en ese
astro [Setting Humanity on a Sustainable Course to the Moon]28, si bien se está pensando en un
equipo mixto de seres humanos y de robots. La primera base humana (o parcialmente humana)
permanente, se ubicará en el “Polo Sur Lunar”, pero el proyecto Artemis es meridianamente
claro al afirmar que eso será, asimismo, una lanzadera hacia Marte. En sus propias palabras:
“to ensure that humanity’s return to the Moon is sustainable and extensible to the first human
mission to Mars. One such example is an extensible and scalable lunar communications and
navigation architecture, known as LunaNet” 29. En todo caso, EE. UU. no está solo en esta
aventura. China tiene, asimismo, planes avanzados que pasan por la Luna, si bien con un
calendario algo más dilatado, ya que el Chinese Lunar Exploration Program (CLEP) espera
llegar a la Luna en 2030, en lo que a trasladar humanos se refiere. Si bien se espera que, antes
de esa fecha, China ya trabaje con robots en nuestro satélite natural. De hecho, ya ha empleado
robots, incluyendo rovers, con los que ha escaneado la superficie lunar. Finalmente, el objetivo
de este proyecto, iniciado en 2004, es que China disponga de una estación de investigación
permanente, ubicada en el Polo Sur lunar. La colaboración con Rusia y otros Estados, a través
del ILRS, del que ya hemos hablado, confiere una importancia geopolítica añadida a este
proyecto.
Así las cosas, el retraso que, de facto, viene acumulando el proyecto Artemis
(inicialmente previsto, como sabemos, para el 2024) sugiere que ambos programas podrían
llegar a solaparse, lo cual haría más visible, si cabe, esa competición entre grandes potencias.
Sobre todo, teniendo en cuenta que, en busca de recursos, la expedición china también plantea
establecerse en el “Polo Sur lunar” que, a tenor de tales y tamaños pretendientes, tiene visos de
convertirse en el nuevo El Dorado. La pregunta, casi obligada, a estas alturas es… ¿Y qué hay
de Rusia? Pues bien, según la agencia Tass, Rusia cabalga a lomos del programa chino que, de
este modo, va a convertirse en un programa multinacional, si bien liderado desde Pekín. No se
trata de meras especulaciones, sino que los primeros pasos ya se han dado: “Russia’s State
Space Corporation Roscosmos and the China National Space Administration (CNSA) signed a
memorandum of mutual understanding on behalf of their governments on working together to
create the International Lunar Research Station (ILRS)”30.
Así que a EE. UU. le ha surgido una competencia considerable, y quizá más creíble que
la que hubo de soportar en plena Guerra Fría, si bien, como hemos reseñado hay pocos Estados
que estén ya comprometidos en viajes y exploración interplanetaria, más allá de la órbita
terrestre y la exploración lunar. Pero, a tenor de todo lo que estamos viendo, en la Tierra, y en
28
Bridenstine, Jim & NASA (2020): Artemis Plan. NASA’s Lunar Exploration Program Overview, Washington
DC, NASA, p. 11.
29
Ibid., p. 26.
30
“Putin hints at 'very interesting' plans for joint Moon exploration with China”, Tass, 17 May 2024, en
[Link]
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el espacio, simplemente, quizá estemos caminando hacia otra Guerra Fría, con sus periódicos
episodios “calientes”, como también los hubo en la anterior.
Tal nivel de ambición por parte de esas grandes potencias no tendría sentido con un
enfoque meramente tecnológico. Por ello, también se está haciendo un esfuerzo desde el punto
de vista doctrinal. En esa línea, Everett Dolman, una de las principales referencias mundiales
en la materia, establece una conexión muy interesante entre la teoría mahaniana de la
geopolítica marítima y la incipiente geopolítica espacial. Es evidente que desarrolla una
explicación en buena medida metafórica. Pero muy útil. Por eso la rescato. A su entender, la
imagen propuesta es factible, en tanto en cuanto, el espacio, aparentemente plano, integra el
equivalente a las SLOCs (Sea Lines of Comunications). Esto es de este modo, porque existen
órbitas más o menos eficientes a la hora de facilitar el traslado de satélites. Tanto es así, que
incluso se estaría en disposición de conocer y provechar los Gravitational Wells (pozos
gravitacionales) y los “vientos” espaciales, a modo de rutas que permitirían a los satélites
navegar por el espacio con un gasto de combustible despreciable 31. Son lo que algunos ya
nombran, literalmente, como las “autopistas del espacio”32. Incluso se habla de la existencia de
una red de transporte interplanetario, formado por rutas determinadas gravitacionalmente.
Finalmente, las órbitas de transferencia de Hohmann, que permiten transitar de una órbita a
otra, operarían a modo de choke points.
Sabiendo eso, igual que Mahan propuso establecer bases navales y fuerzas para proteger
esas SLOCs, así como para el control de los correspondientes choke points, Dolman hace lo
propio, pero trasladado a la actualidad y al espacio. Lo que se plantea es crear grandes satélites
artificiales que operen como bases móviles para defender los intereses propios y, llegado el
caso, si fuere necesario, atacar a los demás.
Entonces, todo vuelve a bascular alrededor de la interpretación más adecuada del OST.
Recordemos el debate que está sobre la mesa… ¿Solamente quedan prohibidas las armas de
destrucción masiva, o la prohibición alcanza a todas las armas, sin excepción? Volvamos por
un instante al artículo 4º del OST: decía que el empleo del espacio debía ser “pacífico”, como
queriendo enfatizar que la prohibición del empleo de armas afecta también a las convencionales.
Muy bien… ¿Cuál ha ido la respuesta de las grandes potencias? Reinterpretarlo, claro, para dar,
de ese modo, otra vuelta de tuerca al presunto espíritu inicial del OST. ¿Cómo? Simplemente,
aduciendo que uso “pacífico” se refiere a un uso “no agresivo”33. ¿Cuál es el matiz? Que eso
permitiría el empleo de armas defensivas. Doctrina que, dicho sea de paso, también ha hecho
suya nuestro país34, lo que es un indicio de que se está generalizando, no solo entre las grandes
potencias.
La causa y, a la vez, consecuencia de ello, es la proliferación de tecnologías antisatélite,
conocidas como ASAT, en el argot militar. Digo que es la causa, porque esas tecnologías
iniciaron su andadura antes de que se extendiera esa reinterpretación del Tratado OST. Y, al
mismo tiempo, digo consecuencia, porque no cabe duda de que esa misma reinterpretación va
a dar un espaldarazo a esos programas y otros nuevos, en la misma dirección.
El problema que se plantea es filosófico, a fuer de militar. No en vano, el debate acerca
de si podemos distinguir, o no, las armas defensivas de las ofensivas, está lejos de resolverse.
31
Ross, Shane D. (2006): “The Interplanetary Transport Network. Some mathematical sophistication allows
spacecraft to be maneuvered over large distances using Little or no fuel”. American Scientist, Vol. 94, nº 3, pp.
233-234.
32
Lo, Martin (2002): “The Interplanetary Superhighway and the Origins Program”. Proceedings, IEEE Aerospace
Conference, Vol. 7, nº 7, p. 2.
33
Moltz, op. cit, p. 261.
34
Aznar Montesinos, Federico: “El espacio exterior, una nueva dimensión de la seguridad”, Madrid, Boletín del
Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE), nº 21, 3 marzo 2021, p. 180.
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Quien probablemente sea el principal experto mundial en este debate es lacónico, al respecto:
“la frontera entre armas ofensivas y defensivas es difícil de establecer [hard to define]”. Y añade
que una apuesta por ceñirse a los escasos sistemas de armas que puedan encajar ahí tampoco
garantiza nada, ni a nivel defensivo, ya que complica una de las facetas de la disuasión” 35. Por
ejemplo, cuando había, en aviación, cazas y bombarderos puros, eso tenía cierta lógica. Pero
hoy disponemos, básicamente, de cazabombarderos. ¿Y qué decir de una fragata o de un carro
de combate? No quiero extenderme más, pues entiendo que estos ejemplos, elementales, bastan
para comprender el dilema planteado.
Con las armas ASAT sucede lo mismo. Aparentemente, son defensivas. Sí, pero… ¿Qué
haría yo, si tuviera que lanzar una ofensiva (digo bien) contra una potencia dotada de satélites
de comunicaciones, de satélites de inteligencia, así como de satélites para el targeting, es decir,
de satélites que abarquen toda la panoplia que se esconde tras el acrónimo C4ISTAR (Mando,
Control, Comunicaciones, Computadoras, Inteligencia, Vigilancia y Adquisición de Objetivos)
vinculada a la RMA36? Evidentemente, el primer paso de mi ofensiva sería “cegar” las defensas
del adversario. No estoy dibujando un escenario tan extravagante. Si la guerra de Ucrania escala
a una confrontación directa entre EE. UU. y Rusia, podríamos asistir a algo así. Porque, si todos
los misiles y bombas dotados de guía GPS pierden dicha guía, se convierten, ipso facto, en lo
que en el argot castrense se denominan “bombas lisas” o, directamente, “bombas tontas”,
nombre que reciben debido a su pérdida de precisión y, por ende, de efectividad. No quiero ser
agorero, pero disponemos de declaraciones de muy altos mandos de EE. UU. que operan en
este sentido. Así, el general Ashy, a la sazón, comandante en jefe del US Space Command,
apuntaba, ya en 1997, que la dependencia tan grande que las FFAA estadounidenses tienen de
sus satélites los convierte en un blanco especialmente tentador para sus enemigos37.
En materia ASAT, según algunas fuentes, ya habría una treintena de Estados dotados
con dicha capacidad. En todo caso, en este campo también se nota la diferencia con las grandes
potencias, que ya llevan bastante tiempo experimentando con este tipo de armas. Durante años,
la URSS llevó la delantera, con varios programas ASAT en marcha ya en los años 60 y 70 del
siglo XX. Pero, en su etapa final, una decadente URSS no pudo aguantar el ritmo de la
competición marcado por la SDI38 orquestada por Washington. De modo que, a finales de los
años 80, oficialmente, la URSS abandonó esa línea de I+D. EE. UU., por la misma coyuntura
indicada, en cambio, parecía recuperar la iniciativa, ya que, en 1985, un avión F-15, dotado con
un misil ASAT ASM- 135 (más de 500 kms de alcance) logró destruir un satélite propio,
reservado para dicha prueba. Sin embargo, aparte de tener en cuenta que Putin ha recuperado
su interés por los programas ASAT, que está dirigido a la construcción, no de misiles ASAT,
sino de pequeños satélites ASAT39, también hay que tomar nota de que China ha entrado de
lleno en la partida, adelantándose, en algunos aspectos, a EE. UU. y Rusia. Merece la pena
comentarlo, siquiera sea de un modo sumario.
De esta forma, en 2007 ya realizó, con éxito, un test ASAT, mediante el cual destruyó
un viejo satélite meteorológico, ubicado a unos 850 kms de altura, mediante un misil balístico
DF-19. Pero eso no es nada, si lo comparamos con el test desarrollado en 2013, en cuyo marco
destruyó un satélite ubicado a… ¡30.000 kms de altura! Esta vez mediante un misil derivado
35
Buzan, Barry (1987): An Introduction to Strategic Studies, London, Palgrave, p. 284.
36
Revolution in Military Affairs.
37
Recogido en Grossman, Karl y Long, Judith (1999), op. cit.
38
Iniciativa de Defensa Estratégica, en cuyo marco se desarrollaron los programas de la llamada “Guerra de las
Galaxias”.
39
La inteligencia de EE. UU, cree que el satélite ruso Cosmos 2576, lanzado en 2024 es, en realidad, un arma
ASAT. De todos modos, la tecnología ASAT es tan variopinta, que ya se han desarrollado sistemas ASAT que
operan mediante jamming.
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del más capaz DF-31. Pero el programa especial chino es mucho más que eso. Actualmente hay
más de 160 empresas chinas haciendo I+D en este ámbito, tanto en su vertiente civil, como en
la militar o, lo que es más frecuente, aunando ambas cosas, en la medida en que muchas de las
tecnologías espaciales son, de hecho, de doble uso. Entre los más expertos en el programa
espacial chino, Kevin Pollpeter, apunta que el verdadero problema para EE. UU, no es solo que
China iguale su potencial tecnológico (cosa que da por descontada) sino que lo logre a mejor
precio40. Lo cual complicaría mucho la carrera del espacio a los estadounidenses.
A mayores, lo que más preocupa en la Casa Blanca, por motivos comprensibles, es que
en este campo también arrecie la cooperación chino-rusa. Sin olvidarse de India, que en marzo
de 2019 llevó a cabo un test con el misil ASAT Prithvi Defence Vehicle. Para compensar este
tipo de iniciativas, los estadounidenses han iniciado, recientemente, un programa que tiene por
norte, llegado el caso, “privar a otras potencias de la posibilidad de uso del espacio41. Es fácil
decirlo. Como puede apreciarse, la carrera de armamentos está servida, también en el espacio.
Y la guerra de las Galaxias, cada vez más cerca.
En cuanto al problema planeado por Pollpeter, puedo comentar un debate, al que me
arrastaron mis investigaciones sobre la materia, entre Dolman y un discípulo suyo, un tanto
especial, el general Ruhm, en esos momentos jefe del US Space Command. Corría el año 2003.
Dolman había aceptado dirigir a Ruhm su trabajo final de grado. Ocurre que, en ese texto, se
notan fuertes discrepancias entre ambos. Dolman venía postulando que la mejor solución para
el espacio era que el resto de los países aceptaran el control del Near-Earth Space por EE. UU,
y que participaran de una explotación conjunta de sus recursos naturales, bajo criterios de libre
mercado, bajo la premisa de que la hegemonía de Washington sería “benigna”, es más, que
sería, de acuerdo con sus palabras, “la más benigna hegemonía que jamás se haya concebido en
el mundo” (sic)42. El trabajo del general Ruhm desmonta por completo la percepción de su
tutor. No solo apunta que los demás Estados no tienen por qué fiarse; que, de hecho, no lo van
a hacer; y que EE. UU. no tiene capacidad política ni militar para adoptar tal postura, sino que,
como puntilla, interesante a nuestros efectos, recoge el testigo de Paul Kennedy y su clásico
(Auge y caída de las grandes potencias) para lanzar una advertencia de mucho calado: la carrera
del espacio puede ser el final de EE. UU., si no mide bien sus fuerzas:
“that is to say, decision-makers in Washington must face the awkward and enduring fact
that the sum total of the United States’ global interests and obligations is nowadays far
larger than the country’s power to defend them all simultaneously”43.
Es una seria advertencia. EE. UU. no puede observar la carrera del espacio del siglo XXI como
lo hacía en los años 60 del siglo XX. No en vano, aunque Ruhm no nos lo recuerde, es muy
probable que tenga en mente que, en esa época, pretérita, cerca del 50 % del PIB mundial estaba
en manos de EE. UU. Actualmente, es menos del 25 %... y bajando. Mientras a China le ocurre
justo lo contrario. Quizá por ello, en EE. UU. se confía en empresas privadas como Space X y
su programa Starlink, cuyo horizonte también está en Marte. No es lo mismo, como lo
demuestran los devaneos de Musk en la guerra de Ucrania, y porque las empresas privadas se
pueden hundir, financieramente hablando, si los cálculos económicos son erróneos, antes que
40
Pollpeter, Kevin (2021): China’s Role in Making Outer Space More Congested, Contested, and Competitive.
Maxwell, air Force Base (AL): China Aerospece Studies Institute, p. 4.
41
Pérez Gil, Javier: “La militarización del espacio: el desarrollo de satélites inspectores por EE. UU. y Rusia”, en
Global Affairs Journal, nº 2 (marzo 2020), p. 24.
42
Dolman, op. cit, p. 157, para la referencia a la economía y p. 158, para la cuestión de la benignidad.
43
Ruhm, Brian (2003): Finding the Middle Ground: The US Air Force, Space Weaponization, and Arms Control,
Maxwell air Force Base (AL), University of the Air, p. 55.
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los Estados. Ahora bien, viendo la situación global, quizá sea una buena opción para EE. UU,
o quizá sea la única.
En términos militares, esto también significa que otras potencias tendrán más incentivos
para atreverse a discutir el poder remanente de EE. UU. ¿Cuáles son, entonces, los principales
factores de riesgo?
A nivel operacional, el mayor riesgo inherente a un ataque ASAT consiste en que, el
atacado, al interpretar (lo cual sería plausible) que tratan de “cegarlo”, preparando una
inminente ofensiva en la Tierra, opte, a su vez, por un ataque preventivo, antes de que sea
demasiado tarde. Dicho con otras palabras, y recuperando dilemas previamente apuntados, la
tecnología ASAT no puede verse como meramente defensiva.
Sea como fuere, la prohibición del empleo de armas nucleares desde el espacio sí es un
aspecto bastante incontrovertido del OST (quizá el único, pero no por ello menos importante)
y es relevante, a nuestros efectos. Porque, en efecto, un hipotético ataque nuclear desde el
espacio acortaría mucho (demasiado) los tiempos de reacción, que se calculan en unos 35
minutos, en caso de ataque con ICBMs, y algo (proporcionalmente) menos, si ese ataque se
produce con IRBMs44, o mediante SLBMs lanzados desde submarinos que, para la ocasión,
hayan logrado acercarse a la costa del Estado atacado, y lanzar antes de ser detectados. En
cambio, un hipotético ataque nuclear con armas ubicadas en el espacio sería prácticamente
imparable y tan sorpresivo, que habría demasiados incentivos para llevarlo a cabo, sin temor a
represalias. Esa posibilidad sí queda eliminada por el OTS.
Igualmente, la lectura e interpretación del Tratado OST está siendo estricta alrededor de
otro aspecto relacionado con la energía nuclear… ¿Qué ocurre si no hablamos de armas
nucleares, sino de propulsión nuclear? Porque existen satélites con esas características. En ese
aspecto, se extiende la prohibición planteada para las armas. Hubo un incidente relacionado con
esto, cuando, en 1978, un satélite ruso dotado de propulsión nuclear, el Cosmos 954, cayó en
Canadá, esparciendo restos radioactivos por la zona. Pero, desde entonces, hay consenso en no
permitir tales satélites. Y, para certificarlo, se ha añadido un Protocolo al Tratado OST,
elaborado por el Committee on the Peaceful Use of Outer Space (COPUOUS). No es un tema
menor, porque los rusos ya disponen (y nadie más que ellos, por el momento) del primer misil
de crucero de propulsión nuclear, conocido como SSC-X-9 Skyfall (en terminología OTAN) si
bien los rusos también lo denominan 9M730 Burevestnik. Se trata del último vástago -por el
momento- de un I+D que había durado décadas45 y que también ha dado pie al más conocido
híbrido (entre torpedo y UUV 46 ) Poseidón, especialmente pensado para atacar y devastar
ciudades como Nueva york, desde distancias de 10.000 kms, a velocidades de entre 50 nudos y
70 nudos, cuando los submarinos más rápidos dan la mitad). Este misil, armable con una cabeza
indistintamente, convencional o nuclear, tiene, por ende, un alcance…. ¡potencialmente
ilimitado!47
Con estos mimbres, no es raro que sigan surgiendo voces que claman por un espacio
completamente desmilitarizado, hasta convertirlo en una suerte de “santuario”. Sin embargo,
admiten que, llegados al punto en el que nos encontramos, el espacio ya no es un espacio
inmaculado. Esto es, los esfuerzos serían dobles, porque no estamos en trance de no militarizar,
44
Misiles de alcance intermedio, es decir, con menos tiempo de vuelo hasta alcanzar un objetivo. Pero su empleo
no siempre es posible, pues depende del lugar de despliegue y la distancia que haya entre agresor y agredido (véase,
en cualquier mapa, la distancia a recorrer entre EE. UU, y Rusia o China).
45
Trakimavičius, Lukas (2021): The Future Role of Nuclear Propulsion in the Military, Vilnius, NATO Energy
Security Center of Excellence, pp. 7-9.
46
Vehículo submarino no tripulado.
47
Obviamente, ese combustible también se agotaría, en algún momento. Pero estamos hablando de un alcance
medible en años de vuelo. En todo caso, cientos de miles de kilómetros.
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sino de desmilitarizar. Y eso es así desde hace varias décadas, tanto como las voces que predican
en el desierto48. Lo que choca frontalmente con las inversiones, las estrategias y las expectativas
de todas las grandes potencias. Por ese motivo, esos autores, más que apostar por una retirada
de las armas, optan por pergeñar un compromiso de no-uso de las mismas49.
4.2 Auge y caída del Tratado ABM.
Por su incidencia en la guerra nuclear y por sus referencias al espacio exterior como parte del
entramado disuasorio del mundo bipolar, el Tratado ABM (Anti-Ballistic Missile Treaty), de
1972, merece un espacio propio en este artículo. Tras un adecuado cálculo geopolítico, basado
en premisas realistas (una vez más), se llegó a un Tratado que, aparentemente, lo es de reducción
de las posibilidades de empleo del espacio exterior con fines ofensivos. El tratado prohibió el
desarrollo, ensayo o despliegue de sistemas ABM marítimos, aéreos o espaciales. La defensa
antibalística se planeó esencialmente para ser terrestre. Pero la complejidad del tema requiere
de ulteriores comentarios.
El ABM fue la clave de bóveda de la solución alcanzada, por cálculo racional, para
evitar una guerra nuclear a gran escala entre las dos superpotencias del momento, a la sazón,
únicas firmantes del mismo: esa solución fue la MAD (Mutual Assured Destruction). La lógica
era aplastante: cada una de las dos potencias antagónicas aceptaba ser vulnerable frente a los
ataques de la otra. Y no solamente lo aceptaba, sino que aseguraba dicha vulnerabilidad. El
modo de hacerlo fue sencillo: en su versión inicial, el ABM sólo permitía defender con sistemas
antimisil la propia capital y una única instalación militar vinculada a la defensa antimisil. Con
ello quedaba expuesto el resto del territorio de cada parte firmante, con especial énfasis en el
resto de las ciudades. Pero, al mismo tiempo, se ponían a salvo, por parte del agredido, medios
adecuados, de mando y de segundo golpe, para de ese modo asegurar que la respuesta al primer
ataque era factible. Con lo cual, el agresor no quedaría impune, al no poder evitar la respuesta,
ni defender sus propias ciudades. Un protocolo posterior, añadido en 1974, obligó a ambos
Estados a elegir una de esas ubicaciones, optando la URSS por la defensa de su capital, y EE.
UU. por la de una base de misiles ICBM. Defensa retirada, de todos modos, poco después,
debido a la combinación de su alto coste y baja eficacia. Por añadidura, el Tratado ABM
prohibía las pruebas, así como el despliegue, de nuevos sistemas antimisil, ya estuvieren
ubicados en tierra, mar, aire, o en el propio espacio exterior. En síntesis: el cálculo racional
efectuado en 1972 y potenciado en 1974, radica en conseguir que la guerra nuclear devenga
irracional.
Este Tratado terminó siendo denunciado, en 2001, por EE. UU. Lo que, siguiendo la
estela del argumento anterior, podría conducir a un lugar un tanto peligroso: que la guerra
nuclear vuelva a ser racional, al no garantizarse la MAD.
Sin embargo, la crónica de lo sucedido en el ínterin es más dilatada, y conviene tenerla
en cuenta: desde los años 80 del siglo XX, programas como la SDI (Strategic Defense Initiative)
daban a entender que EE. UU. estaba alcanzando cierta superioridad tecnológica en el espacio,
apoyada por una economía en auge, de la que a esas alturas ya carecía una URSS en franco
declive.
Este hecho, en sí mismo relevante, no fue el único desencadenante del cambio, sino que
correlaciona con un giro en la percepción de la amenaza, cada vez más enfocada, desde el punto
de vista de Washington, a los rogue states con posibilidades de hacerse con el arma nuclear
48
Frye, Alton: “Our Gamble in Space: The Military Danger”. The Atlantic Monthly, Vol. 212, nº 2 (1963), pp. 48-
49.
49
Zeigler, David (1999): “Safe Havens: Military Strategy and Space Sanctuary”, en DeBlois, M. (ed). Beyond the
Paths of Heaven: The Emergence of Space Power Thought. Maxwell Air Force Base (AL), Air University Press,
p. 191.
90
Revista UNISCI / UNISCI Journal, Nº 68 (May/Mayo 2025)
(Irán y Corea del Norte, sobre todo, aunque en esos años también se ponían los ojos en Irak, e
incluso en Libia)50. Este es un dato importante, que desarrollaré seguidamente, en este mismo
artículo. No en vano, para justificar su retirada del Tratado ABM, desde Washington se indicó
que, a esas alturas, se daba “la existencia de circunstancias extraordinarias que amenazaban
intereses esenciales del Estado”. Ese carácter “extraordinario” hacía referencia a que, más allá
de aquello con lo que sí se contaba (las armas nucleares y la carrera espacial de la URSS) habían
surgido otros actores, con ambas pretensiones (algunas ya en marcha) correlacionadas.
Aunque durante los años 90 del siglo XX, se continuó abrazando la lógica inherente al
Tratado ABM (cuando menos, retóricamente) el programa nacional de defensa antimisiles de
EE. UU. promovido tanto por Clinton como por G. W. Bush y denominado por la
administración Bush como MD (Missile Defense), precisamente para defenderse de hipotéticos
ataques desarrollados por rogue states, anticipó el final del mismo. En la misma línea el
programa “Phased Adaptive Approach”, auspiciado por Obama, planteando una defensa
adelantada en Europa. El argumento empleado, en el marco OTAN, fue la defensa de los aliados
europeos contra misiles balísticos, de alcance medio, lanzados desde Irán.
Es sencillo: solo se podía sacar todo el provecho al potencial de la MD denunciando el
Tratado ABM, habida cuenta de que su desarrollo contradecía las prescripciones del
[Link] ahí que, pese a las presiones y el enfado rusos, el ABM fuera denunciado a finales
de 2001. En el razonamiento de EE. UU. estaba el final de la Guerra Fría, la mejora de las
relaciones con Rusia (que ya no URSS) -a pesar de lo dicho por Brzezinski, en 1997, acerca de
la continuidad del problema con Rusia, más allá de la URSS- no menos que la aparición de
nuevas amenazas, más dispersas -también geográficamente hablando- pero más plurales y
volátiles (esto es, menos predecibles).
Ahora bien, la mala recepción de esa decisión unilateral en Moscú viene a ser suficiente
prueba en contra de dicho argumento. Las iniciativas de despliegue de sistemas ABM en
antiguos Estados miembros del Pacto de Varsovia (Chequia, Rumanía y hasta Polonia), ahora
miembros de la OTAN, no pueden más que reafirmar dicha sensación, llámese o no “Guerra
Fría” a la renovada competición estratégica internacional, con resiliente protagonismo ruso
(ahora potencia revisionista), y con nuevos bríos chinos, en ambos casos frente a EE. UU.
(principal potencia defensora del status quo).
Ya hemos hecho algunas menciones de los avances chinos, en materia ASAT (materia
en la cual acaso sea el país más avanzado hasta la fecha), así como de sus intenciones para con
la Luna, e incluso, más allá, hacia Marte. En lo que se refiere a sus programas de armas dotadas
con cabezas nucleares, cabe decir que a principios de este siglo algunos expertos suponían a
China en poder de 410 cabezas nucleares52. Mientras que uno de sus más recientes balances
militares el Instituto de Estudios Estratégicos de Londres indica que, siendo eso cierto, China
pretende alcanzar las 1.500 cabezas en 2035 53 . Eso es una aproximación que, dada su
procedencia, podemos, al menos, tomar en consideración. Lo que sí sabemos, a ciencia cierta,
50
Cervell, María José: “La denuncia del Tratado ABM (diciembre de 2001) por Estados Unidos”, en Revista
Española de Derecho Internacional, Vol. 54, nº 1 (2002), pp. 509-514 (510). Dejo de lado, que Brzezinski también
calificó como Estado “bárbaro” a Rusia (que ya no URSS) en su obra El gran tablero mundial, de 1997.
51
Si bien, el ABM permitía que se mantuvieran en servicio algunas instalaciones de misiles antimisil ya existentes
en la fecha de su entrada en vigor, es evidente que el salto tecnológico dado entre 1972 y los años 90 del siglo XX,
lo dejaba obsoleto en este aspecto. Comparativamente, La MD iba a constar de los siguientes subsistemas: mando;
sensores, incluidos satélites; y las siguientes secciones: La Sección de Impulso con naves espaciales e Interceptores
de Energía Cinética y Láseres Aerotransportados; la Sección de Curso Medio con una Defensa de Curso Medio
basada en tierra y un Aegis BMD marítimo; y la Sección de Defensa Terminal con misiles móviles de defensa
aérea.
52
Ídem, p. 513.
53
VVAA (2023): “Chapter Six: Asia” en The Military Balance, p. 223.
91
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es que China ya posee cabezas desplegadas haciendo uso de la famosa tríada nuclear, esto es,
submarinos (SLBMs a bordo de SSBNs), bombarderos y sistemas de lanzamiento basados en
tierra firme (ICBMs). Eso es importante porque, llegado el caso, los misiles nucleares chinos
podrían alcanzar el territorio de EE. UU. Mientras que, al menos los desplegados en
submarinos, serían muy difíciles de detectar antes del lanzamiento.
Sin embargo, esa situación no es reproducible en el caso de otros Estados dotados de
armas nucleares, más allá de sus presuntas intenciones. Así, los Ghauri II pakistaníes podrían
alcanzar algo más de 2.000 kms. Distancia similar a la de los Agni indios, en lo que parece ser
una clara dinámica de disuasión mutua. Además, hay que tener en cuenta el escaso número de
cabezas nucleares que poseen ambos Estados (probablemente, por debajo de las 50). Todo ello
dota de verosimilitud a la defensa NMD estadounidense, incluso -por cierto- a la ya existente
antes de la denuncia del ABM: pocas cabezas nucleares en manos de terceros y, sobre todo,
demasiado alejadas de EE. UU. En resumen: China (y, por supuesto, Rusia, a partir de sus
propios SSBN) es un peligro; los demás, no, por el momento al menos. Sin embargo, en otro
epígrafe de este mismo artículo, veremos que esto es discutible, dada la proliferación de
programas espaciales con impacto (demostrado o plausible) en el campo armamentístico.
Probablemente por ello, Trump apuesta por generar un escudo que proteja a EE. UU., siguiendo
el ejemplo, en cuanto a filosofía, del Iron Dome ya en servicio en Israel.
4.3 Potencias nucleares y programas espaciales
Para entender en su verdadero alcance algunas de las dinámicas que describiremos en los
próximos párrafos, es preciso tener en cuenta algunos elementos tecnológicos, así como
vinculados al I+D tanto espacial, como misilístico, que exponemos a continuación:
En nuestros días, una readaptación de viejas tecnologías llama la atención como el driver
más importante de la proliferación nuclear en el marco de la confluencia entre carrera espacial
y nuclear. Lo planteamos, pues, antes de entrar en detalles sobre programas espaciales y
programas nucleares de otros países.
De lo que se trata es de aprovechar una tecnología civil o, cuando menos, de doble uso,
para desarrollar nuevas armas nucleares o mejorar las prestaciones (sobre todo, en lo referente
al alcance) de las ya existentes. Eso es especialmente claro en el caso de los Space Launcher
Vehicles (Vehículos de Lanzamiento Espacial, SLVs, en adelante). Como ya sucediera en la
alborada de la carrera espacial, por cuestiones de aprovechamiento del I+D, los cuerpos y
motores propulsores de los misiles balísticos intercontinentales (ICBMs), lógicamente
desprovistos de sus cabezas nucleares, constituían los vehículos más adecuados para lanzar al
espacio exterior satélites de todo tipo. Por consiguiente, un programa de SLVs, aparentemente
inocuo, puede (y suele) esconder otro de mejora de los ICBMs ya en servicio. O incluso el
diseño de otros nuevos.
Y en este punto tenemos que detenernos, pues hemos comprobado una primera
proliferación (que algunos prefieren denominar diseminación, por aquello de que no estamos
hablando, o no directamente, de armas), que es la de SLVs. Ciertamente, por sí mismos, no son
armas. Pero, de acuerdo con lo indicado hasta ahora, pueden ser parte de un sistema de armas
(en este caso, de destrucción masiva). Habiendo aclarado esto, ya estamos en condiciones de
abordar el análisis de diversos programas espaciales concretos, dotados de una proyección
armamentística.
4.3.1. Estados implicados.
Podemos constatar, de momento, es la existencia de programas espaciales importantes, en los
Estados que, asimismo, poseen armas nucleares. Eso sucede, de momento, tanto en Pakistán
como en India. El primero de ellos optó por integrarse, a finales de 2023, en la Estación
92
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Internacional de Investigación Lunar China. Lo que no fue ninguna sorpresa, teniendo en cuenta
que alguno de sus satélites más emblemáticos, como el Remote Sensing Satellite-1 (PRSS-1) ya
había sido producido en colaboración con China y, de hecho, lanzado desde ese país, en 2018.
Todo lo cual es, por lo demás, muy coherente con la actual posición de Pakistán en la geopolítica
mundial. Pues de ser un aliado más o menos fiel de Occidente en la Guerra Fría (primero
británico, luego, sin solución de continuidad, estadounidense) ha pasado a ser aliado del
régimen de Pekín, integrándose Pakistán, además, en la OCS.
India, por su parte, es una auténtica potencia en el apartado espacial, a través de su
empresa ISRO (Indian Space Research Organisation) que ha diseñado y producido los
poderosos SLV LVM3, capaces de lanzar satélites a la órbita geoestacionaria. Así como los
varios modelos del tipo PSLV54. La comunión indo iraní en esta materia es relevante por sí
misma. Seguidamente, abordaremos el programa espacial iraní. Pero, cuando así obremos,
conviene tener presente la buena sintonía entre Teherán y Nueva Delhi. Efectivamente, las
conexiones entre estos dos países son muy parecidas a las que mantienen entre sí China y
Pakistán. Y eso afecta, indudablemente, a la geopolítica de nuestros días, a escala planetaria.
Tanto es así que es pertinente tratar, a renglón seguido, el caso de Irán. Irán ha
desarrollado (y tiene en servicio) el SLV Qaem-100, de tres etapas y combustible sólido, de
fabricación nacional. La primera de esas etapas es la que corresponde al motor propulsor y la
carcasa de un misil de grandes dimensiones (desprovisto, según hemos dicho, de su cabeza de
guerra, que sería el proyectil propiamente dicho). Con este equipo, Irán ya ha puesto en órbita
varios satélites de investigación, como el Mahda y el Chamran-1. Lo cierto es que Irán puede
poner en órbita satélites de uso militar, de entre los permitidos por el OST: vigilancia y
reconocimiento, adquisición de objetivos, comunicaciones, e incluso guerra electrónica,
habiéndose dado casos en que los iraníes han logrado interferir en las comunicaciones ajenas
en espacios tan críticos como el estrecho de Ormuz. No obstante, Irán no ha establecido una
distinción entre sus programas de vehículos de lanzamiento espacial SLV y misiles balísticos,
utilizando a menudo el desarrollo de SLV como pretexto para avanzar en sus capacidades de
misiles balísticos55.
A su vez, su programa espacial, que es de largo recorrido, también ha posibilitado la
puesta en servicio de otros SLVs como los Simorgh, los Safir, que datan de la primera década
del siglo XXI, y los Qased y Qaem-100 de época posterior. Lo que han logrado, con el paso de
los años, culminando con el Qaem-100, es incrementar el alcance de sus dispositivos, lo que
podría tener su lógica réplica en los correspondientes ICBMs. Esta dinámica preocupa
especialmente en el modelo Zoljanah, mientras que el hecho de que haya sido fabricado bajo
palio de una empresa privada - Aerospace Industries Organization-, que es algo poco usual en
dicho país, no hace sino que se incrementen las sospechas de que Irán trata de esconder algo56.
54
Katoch Dhruv C: “India’s Space Programme: Developments and Strategic Concerns”, 4 January 2024, India
Foundation, en [Link]
strategic-concerns/
55
Sheldon John B.: “Ballistic-missile Proliferation and the Rise of Middle Eastern Space Programmes”, IISS,
December 2024, en
[Link]
middle-east/iiss_mdi-middle-east-space-activity_122024__.pdf. Swope Clayton et alia: “Space Threat
Assessment”, CSIS, April 2024, en
[Link]
04/240417_Swope_Space_Threat_0.pdf?VersionId=DDeJ0EkYnF5W7POfMJHVGjkxEVeTx3o0 y “Space
Threat Assessment”, CSIS, April 2025, en[Link]
04/250425_Swope_Space_Threat.pdf?VersionId=orhySgjISemJLjhdQKKes2OVb35jwkU5
56
Sheldon John B., [Link]. p. 11-13 y 17-18. “Iran’s Space Program: A Strategic Cloak for ICBM Ambitions?”,
Defense Security Asia, 2 April 2025, en [Link]
93
Revista UNISCI / UNISCI Journal, Nº 68 (May/Mayo 2025)
No en vano, en EE. UU. ya han mostrado su preocupación acerca de que el programa de SLVs
iraní sea la tapadera de un salto adelante significativo en la fabricación de ICBMs, que mejoren
sustancialmente el alcance de los Shahab-3 que ya están en servicio. En efecto, el programa
espacial iraní, ya maduro, podría convertir estos misiles de crucero, cuya meta era dejar Israel
dentro de su alcance (unos 2.000 kms) en auténticos ICBMs, cuya meta ya sería hacer lo propio
con EE. UU. En lo esencial, habría que incorporar la primera etapa del SLV, que está basada
en el propulsor y el cuerpo de un ICBM, a una cabeza de guerra. Lo que, aunado a un programa
nuclear, cambiaría por completo las reglas del juego, a escala planetaria, a fuer de regional.
Porque ya no serían solamente Rusia o China, e incluso Corea del Norte, los Estados capaces
de golpear, con armas nucleares, el territorio estadounidense.
Irán cuenta, además, con la ventaja añadida de que dispone de una estación de
lanzamiento privilegiada, por el hecho de estar ubicada más cerca del Ecuador geográfico,
incluso, de lo que lo están las instalaciones de Cabo Cañaveral (siendo el Ecuador el punto -o
la yuxtaposición de puntos- más favorable a este tipo de lanzamientos espaciales). Se trata de
la base espacial de Chabahar57, localidad en la que también hay un gran puerto comercial, un
aeropuerto, y una terminal ferroviaria, infraestructuras que han sido muy potenciadas en los
últimos años, especialmente gracias a las inversiones y el asesoramiento de India. Pero poco se
ha dicho acerca de las magníficas relaciones entre Irán e India, e incluso entre ambos y Rusia.
4.3.2. Zona MENA (Middle East and North Africa)
Hay otros Estados con capacidad para fabricar SLVs capaces de poner en órbita satélites de uso
militar, a corto plazo, así como de estimular la tecnología de los ICBMs a medio plazo. El caso
de Israel sí merece un comentario aparte más detallado, ya sea debido a su complicada posición
geográfica, agravada por su vecindario, ya sea por las implicaciones potencialmente globales
de los conflictos de la zona. Lo cierto es que, como también sucede con Irán y Corea del Norte,
los programas espaciales y nucleares israelíes están estrechamente relacionados. Así, el SLV
Shavit, antes citado, pende de la tecnología de los misiles de crucero Jerichó. De modo que las
mejoras del Shavit pueden ser implementadas para convertir el Jerichó en un misil de mayor
alcance. Aunque, en este caso, quizá tenga menos sentido transicionar hacia un auténtico ICBM,
pues, en principio, no entra en los planes de Israel disuadir o atacar a tamaña distancia. En
cambio, por razones fácilmente comprensibles, Israel sí está interesado en desarrollar
tecnologías ASAT, a partir del SAM Arrow-3, integrado en el Iron Dome. De manera que
pueda, llegado el caso, “cegar” a los satélites iraníes, e incluso destruirlos físicamente, mientras
desarrolla sus propios sistemas satelitales de reconocimiento y adquisición de objetivos -cosa
que viene haciendo con éxito, mediante el programa Ofeq, que cuenta con diversas variantes ya
en órbita-58.
Estos son, pues, los actores más relevantes, en una panorámica de la proliferación de lo
que bien podríamos definir como el complejo espacial-nuclear, tomados a escala planetaria.
Si nos ceñimos a zonas especialmente calientes, sin embargo, es pertinente acercar
todavía más el zoom de nuestra fotografía a Oriente Medio. No es un tema novedoso, pero
cloak-for-icbm-ambitions/. Hinz Fabian: “The IRGC’s space programme and a move towards longer-range
missiles”, IISS, 13 December 2023, en [Link]
space-programme-and-a-move-towards-longer-range-missiles/.
“Iran's Missile Program: Past and Present”, Iran Watch, 29 June 2020, en [Link]
publications/weapon-program-background-report/history-irans-ballistic-missile-
program#Current%20Ballistic%20Missile%20Capabilities. “Iran’s Ballistic Missile and Space Launch
Programs”, CRS, 9 January 2020, en [Link]
57
Chabahar: The Gateway to Iran’s Space Future? Iran Watch, 23 August 2024, en [Link]
publications/articles-reports/chabahar-gateway-irans-space-future
58
Sheldon John B., [Link]. p.13-14.
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Revista UNISCI / UNISCI Journal, Nº 68 (May/Mayo 2025)
requiere actualizaciones. Lo primero (la falta de novedad) queda claro con solo recordar el
bombardeo de las instalaciones de Osirak, en 1981. Su reactor nuclear fue destruido por un
escuadrón israelí, integrado por una combinación de F-15C y F-16A. Menos conocido es que
ya había sido atacado, con menos éxito, por dos F-4E iranís, poco antes, en 1980.
La primera reflexión, necesaria, para comprender cuanto está sucediendo, en clave de
proliferación, es que, paradójicamente, hacerse con algunas armas nucleares suele ser una
solución más barata, para Estados que apenas asumen el rol de potencias medias. Más baratas,
decimos, que dotarse con cientos de cazabombarderos, o con miles de vehículos blindados. Y
no digamos si la apuesta lo es por dotarse de portaaviones. Cuando, además, la disuasión
ofrecida por un número limitado de cabezas nucleares es muy superior a la ofrecida por varias
divisiones acorazadas y/o mecanizadas, acompañadas de sendos escuadrones de aviones de
combate, ora sea basados en tierra firme, otrora, si se puede, en el mar.
En Oriente Medio, además de la rivalidad, enquistada, entre Israel e Irán, son varios los
actores, que vienen apostando por avanzar en el campo espacial. Lo hacen en el momento en el
que, además, la entrada en el mercado de empresas privadas abarata costes y aporta una mayor
flexibilidad a la hora de desarrollar nuevos programas, habilitar lanzadores (SLVs) y desarrollar
pruebas. Space X ha sido, en buena medida, el catalizador. Pero, aunque ha eclipsado otros
esfuerzos (quizá inopinadamente) no está solo en esto. Rocket Lab, por ejemplo, es una empresa
estadounidense, con participación neozelandesa, que ya ha realizado varios lanzamientos de
satélites con éxito. Algo similar ocurre con la británica Skyrora así como con la estadounidense
Firefly Aerospace, que, tras algunos problemas legales, ya superados, se está sumando a esa
competencia.
Partiendo del conjunto de las premisas ya indicadas y de los estímulos que ofrecen, la
noticia es la capacitación de varios Estados sunitas de la región. En parte, debido a la progresiva
reducción de costes; en parte, también, a causa de las presiones derivadas de la ambición
espacial de la potencia chiita por antonomasia y, por momentos, gracias a la apertura de miras
respecto a Israel, ya sea debida a una sintonía real o a la enemistad común con Irán (cosas del
equilibrio de poder de Waltz, o de amenazas de Walt).
Así, EAU ya ha llevado a cabo una misión científica en la órbita de Marte, con
lanzamiento del satélite desde Japón. El dato de que sea desde Japón es relevante, porque inserta
a EAU en una lógica totalmente occidental. Estas misiones tendrán continuidad, de la mano de
la principal industria de defensa emiratí, EDGE Group, también conocida en la industria de los
drones militares. Lo cual sugiere, una vez más, el carácter de doble uso de estas tecnologías o,
lo que es lo mismo, la potencial traslación de sus éxitos científicos al campo militar.
Qatar dispone, asimismo, de una agencia espacial propia, y ha lanzado satélites, como
EAU, desde Japón, si bien esta vez mediante un SLV de Space X. Lo que también sugiere que
su programa espacial está más cerca del bloque occidental. En realidad, los Estados pequeños
de la península arábiga, incluyendo a Omán, que también tiene un programa espacial en marcha
y que planea construir una gran base de lanzamiento de satélites en Etlaq, cerca de Duqm, no
necesitan de ICBMs para lanzar sus satélites, ya que pueden y suelen contar con los servicios
de empresas como Space X o Rocket Lab. Y, si fuera necesario, con toda probabilidad de Ariane,
habida cuenta de que el sector aeronáutico de todos ellos está habituado a trabajar con
ingenieros, empresas y material francés, especialmente a través de Dassault, pero también
Airbus y Thales. Esto puede ser leído también al revés, de un modo interesante para los cálculos
geopolíticos: la implicación de estas empresas privadas, al cubrir las necesidades de estos
países, inhibe la tentación de desarrollar sus propios SLVs a partir de ICBMs llegados de
potencias revisionistas.
95
Revista UNISCI / UNISCI Journal, Nº 68 (May/Mayo 2025)
Arabia Saudita ha llegado, curiosamente, algo más tarde que alguno de sus hermanos menores.
Pero ya dispone, como ellos, de su propio programa espacial. La diferencia -que llama la
atención, en clave geopolítica- es que la gran potencia con la que tiene más relación, a estos
efectos, es China. De nuevo, la adquisición, por parte de Arabia, de misiles chinos de largo
alcance fue el anticipo de esta situación. En efecto, Arabia ha adquirido, en los últimos lustros,
misiles chinos del tipo DF-3 y DF-21. Estamos hablando de misiles de entre 1.700 y 3.000 kms
de alcance, armables con cabezas nucleares, llegado el caso. Pero lo que preocupa es que, como
ya hemos visto en otros supuestos, Arabia pueda llegar a desarrollar sus propios programas a
partir de estos ingenios. Lo que, unido a la ambigüedad árabe en sus relaciones internacionales,
no siempre alineada con los intereses de Washington, a veces tan cerca de Rusia y, por supuesto,
casi siempre de China, plantea grandes interrogantes geopolíticos59.
Otros Estados sunitas, del área MENA (Middle East and North Africa) desarrollan
inquietudes y programas similares, en función de sus respectivos intereses nacionales.
Turquía, por ejemplo, es un caso aparte, como en casi todo. Viene apostando por
tecnologías propias. El actor principal es la empresa Roketsan, fabricante de misiles, que está
diseñando un SLV, que esperan operar desde Somalia. De ese modo, Turquía también entra en
el club de los Estados capaces de conjugar la tecnología SLV con la de misiles de largo alcance,
potenciando de ese modo su capacidad ofensiva60.
Egipto, en fin, es otro país importante en el área MENA, y sus programas espaciales
datan de varias décadas atrás, pudiéndonos retrotraer, como poco, a los años 70 del siglo XX.
Su Agencia Espacial data de fechas más recientes (2018) pero ya ha lanzado varios satélites de
observación y meteorológicos61 y colabora estrechamente con China62. También es relevante
que la Unión Africana (UA) haya establecido la sede de la Agencia Espacial Africana (AfSA)
en suelo egipcio (en El Cairo). La AfSA puede beneficiarse del trabajo ya realizado por diversas
agencias espaciales nacionales, como las existentes en Sudáfrica (también miembro de los
BRICS), Nigeria (candidato a entrar en los BRICS) o Kenia. Sin ir más lejos, Kenia y hasta
Ruanda posicionaron sendos satélites en el espacio en 2018-201963.
4.3.3 La península de Corea
Por su parte, Corea del Norte ha lanzado con éxito (en noviembre de 2023) el SLV Chollima-
1, de la empresa NATA (National Aerospace Technology Administration) cuya primera fase
está basada en el ICBM Hwasong-17 de… ¡15.000 kms de alcance! A modo de SLV, este
cohete de grandes dimensiones está siendo empleado, de momento, para situar en órbita
satélites militares de reconocimiento o, lo que es lo mismo, satélites “espías”, cuyo objetivo es,
59
Ibid, p. 15-23.
60
“An Overview of the Ongoing Space Platform and System Projects in Turkey”, Defense Turkey nº 92 (July
2019), en [Link]
projects-in-turkey-3538. Kızılaslan Merve Ayşe: “Türkiye ascends to space: A new global player emerges”, Daily
Sabah, 28 January 2025, en [Link]
player-emerges
61
En realidad, los programas espaciales egipcios, suelen tener aplicaciones militares, de acuerdo con los
objetivos de su gobierno… Shaul Shay: “Egypt and the Space Race”, Tel Aviv. Institute for Policy and Strategy,
en [Link]
62
Sheldon John B., op. cit. p.15-16. Nyangi Samuel: “2024 in Review: Solidifying Egypt’s Increasing Role as a
Space Industry Leader”, Space in Africa, 8 January 2025, en [Link]
review-solidifying-egypts-increasing-role-as-a-space-industry-leader/. Sherif Sedky: “Collaboration with China
expands Egypt's space exploration capabilities”, CGTN, 26 April 2025, en [Link]
26/Collaboration-with-China-boosts-Egypt-s-space-exploration-capabilities-1CTnS1wGuJi/[Link]
63
“African Space Policy”, African Union Commission (AUC), Department of Human Resources, Science and
Technology (HRST). “African Space Agency”, en [Link]
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Revista UNISCI / UNISCI Journal, Nº 68 (May/Mayo 2025)
ante todo, la vigilancia militar de Corea del Sur.64 La prueba de la relevancia geopolítica de este
hecho es la batalla legal emprendida en el ámbito de la ONU entre EE. UU., deseoso de frenar
el programa norcoreano, por un lado, y China y Rusia, que lo avalan, vetando las resoluciones
más contundentes contra Pyongyang, por otro lado. Además, es notable (y de largo recorrido)
la cooperación, en este ámbito, entre Corea del Norte e Irán, especialmente perceptible en el
programa iraní Simorgh, como derivado del coreano. Sirva lo anterior para mostrar el palmario
alineamiento de Corea del Norte con el bloque alternativo a EE. UU. A su vez, Corea del Sur
ha respondido ubicando en órbita sus propios satélites “espía”, esta vez mediante un SLV de
Space X. Todo ello mientras EE. UU. y Corea del Norte cruzan amenazas de interceptación, en
su caso no kinética, de sus respectivos satélites militares.
4.3.4 Iniciativas en la periferia del sistema político mundial: resto de África y América Latina.
Los últimos años han conocido una gran proliferación de Estados dotado de programas
espaciales. No menos de 80 países, de todos los continentes, tienen capacidad para construir
satélites, si bien apenas una docena de ellos podrían llegar a lanzarlos por sus propios medios.
La tónica dominante es la de Estados que aceptan a regañadientes las normas impuestas
por las grandes potencias, sin perjuicio de que sean más o menos afines a alguna de ellas en
otros momentos. Como botón de muestra, la Declaración de Bogotá, de 1977. En esencia, los
firmantes, que eran ocho Estados, ponían en entredicho el OST. Pero en esta ocasión no
hablamos de reinterpretar nada: discutían su misma esencia. Su interés radicaba en aplicar de
nuevo los criterios del derecho romano (Tratado de París de 1919, si se prefiere). Brasil lideraba
el grupo, del que también formaban parte Colombia, Ecuador, Congo, Zaire, Uganda, Kenia e
Indonesia. Una buena representación de lo que hoy denominaríamos “Sur global”, en definitiva.
El carácter eminentemente ecuatorial de todos los implicados nos ayuda a comprender lo
sucedido. Ocurre que los Estados ubicados en las proximidades del Ecuador son los mejor
posicionados para que los satélites que se lanzan desde ahí alcancen la órbita geoestacionaria
(a 35.000 kms de altura) a muy bajo coste. Es por ese mismo motivo que las estaciones de
lanzamiento más importantes estén ubicadas cerca de esa línea imaginaria (desde la Guyana
francesa, que maximiza esa condición, a Cabo Cañaveral, que máxima las opciones
estadounidenses, a falta de mejores opciones). Por lo tanto, desean ostentar su soberanía hasta
ahí, sin cortapisas. Lo llamativo es que estos países, no solo no están de acuerdo con el
aparentemente cooperativo OST sino que, por añadidura, no se conforman con forzar una
reforma del mismo: su apuesta pasa por su derogación. Lo cual constituye una prueba, a
mayores, de la escasa receptividad a la lógica cooperativa, de corte institucionalista, que
subyacía, según el discurso oficial, al OST. Por diversos motivos, que siempre pivotan sobre el
interés nacional, se trata de un Tratado que, en diversos momentos, ha sido denostado por todo
tipo de países.
Los avances en el continente africano son, pues, notables. A los referenciados, del área
MENA, podemos añadir algunos más, desarrollados en países ya han ingresado, formalmente,
en los BRICS, o bien están prestos a hacerlo, en su sala de espera.
Etiopía, un país mayoritariamente cristiano ortodoxo (que no occidental), con minorías
sunitas, tiene un programa espacial, muy reciente, que pende de China (… y sus aliados). Así,
el 20 de diciembre, el cohete chino Long March 4B, lanzó un satélite CBERS 4A, producto de
la cooperación entre China y Brasil, de manera que el satélite ETRSS-1 de Etiopía se encontraba
como carga secundaria. Eso sí, Etiopía, país con fuertes inversiones chinas e indias, opta por
un perfil bajo: su satélite es meteorológico, con capacidades para monitorear los cambios
64
Swope Clayton et alia, 2024, op. cit. p.26-27, y Swope Clayton et alia, 2025, op. cit. p.16.
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medioambientales, estando orientado a la mejora de la producción agrícola del país65. Por algo
se empieza…
Argelia, un país musulmán, sí, pero fuertemente secularizado, creó su propia agencia
espacial (ASAL) en 2002. En diciembre de 2024 salta la noticia de que la Duma rusa ha
ratificado el acuerdo para apoyar el programa de satélites argelino (aunque el acuerdo había
sido alcanzado en el marco de la visita del presidente Tebboune a Moscú, un año antes. Por
parte rusa, Roscosmos asume el programa, en contacto con ASAL. De manera que los
lanzamientos se llevarán a cabo desde cosmódromos rusos. De acuerdo con lo que hemos ido
argumentando, eso apunta a conexión con programas de ICBMs y aproximaciones militares66.
Todo lo cual debería incentivar, en lógica neorrealista, que Marruecos se ponga al día
en este tema. Podría hacerlo a partir de programas ya existentes, como los satélites Mohamed
VI-A y VI-B, fabricados por Airbus en Francia y lanzados en noviembre de 2017 y 2018,
respectivamente, más los comprados en 2024 a Israel Aerospace Industries. De ahí surgirá el
sistema Ofek-13, operativo en 2029, con radares de apertura sintética (SAR)67.
De este modo, Argelia apuesta por Rusia, pese a mantener unas magníficas relaciones -
también- con China, que en los últimos años ha sido la impulsora de la mejora de algunas de
sus principales infraestructuras de transportes (construcción del puerto de Cherchel,
modernización y ampliación del aeropuerto de Argel). Mientras Marruecos quedaría como
bastión del bloque occidental, en la intersección entre EE. UU, Israel y la UE.
De entre los demás Estados con programas espaciales en curso, si vamos hasta América
Latina, llama la atención el caso de Brasil. No en vano, su programa data de los años 60 del
siglo XX. Se llegaron a construir dos bases de lanzamiento de satélites, en Alcántara y Natal.
Si bien, reiterados problemas y algún accidente con SLVs locales, animó a sus autoridades a
complementar esos esfuerzos con apoyos internacionales. Entonces, en un primer momento el
NPE - Instituto Nacional de Pesquisas Espaciais- colocó satélites empleando para ello SLVs
estadounidenses. Sin embargo, Brasil pronto giró hacia China, con la que mantiene fuertes
colaboraciones tecnológicas, en varios campos. Así, en 1988 ya se conoció el primer programa
espacial conjunto chino-brasileño.
A partir de entonces, Brasil ha lanzado satélites propios desde bases ubicadas en China,
alternadas con algún lanzamiento desde SLVs de Ariane, e incluso desde SLVs ubicados en
Dahwan (India). Pero bastante distanciado, en todos los casos, de EE. UU. Tengamos en cuenta
que, paralelamente, Brasil tiene un programa de fabricación de submarinos de propulsión
nuclear, dispone de una potente industria de armamentos nativa, que históricamente ha tenido
programas para la fabricación de misiles, y que ratificó tardíamente el TNP. Sin embargo, no
disponemos de indicadores que permitan sospechar que su ambición espacial, hoy en día,
contenga visos de convertirla en un riesgo para la seguridad internacional, ya sea a nivel
regional o global. De hecho, hasta 1994 el programa espacial brasileño estuvo bajo control
militar, mientras que desde entonces hasta la actualidad pasó a control civil68.
65
African Space Agency op. cit. Etiopia
66
African Space Agency, op. cit. Algeria.
67
Es uno de los frutos del MoU de 2021, entre ambos Estados. En realidad, la cooperación entre ambos también
se extiende a la compra de armas (en particular drones) por parte de Marruecos. De hecho, la empresa israelí
BlueBird Aero Systems (participada al 50% por IAI) va a abrir una fábrica de drones kamikaze en el país vecino.
68
Day Dwayne A.: “Brazil in space”, The Space Review, 26 March 2012, en
[Link] “Brazilian Space Program”, The Geopolitical Economist, 30 January
2024, en [Link]
“China-Brazil space collaboration blazing ahead”, CGTN, 26 April 2025, en [Link]
04-26/China-Brazil-space-collaboration-blazing-ahead-1CSHBJgw6s0/[Link]
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La proliferación de Estados con acceso al espacio exterior ha dado un salto importante en estos
primeros años del siglo XXI. La contención de los costes, al que viene contribuyendo la entrada
en escena de varias empresas privadas, capaces de facilitar los servicios de SLVs de varios usos,
contiene parte de la explicación. Cuando no es así -caso de Irán y Corea del Norte, pero también
de Israel- la confluencia de la tecnología empleable para el I+D en el campo de los ICBMs y
en el de los SLVs mantiene ciertos incentivos para desarrollar programas con tecnologías de
doble uso que, de hecho, pueden contribuir a mejorar los propios misiles balísticos de largo
alcance.
La competición estratégica entre potencias hace el resto. A nivel global, los
revisionismos ruso y chino llegan acompañados de un énfasis creciente en sus respectivos
programas espaciales, en diversas dimensiones: a) aprovechamiento futuro de recursos,
económicamente relevantes, de la Luna, Marte y otros cuerpos celestes; b) satélites para apoyar
operaciones militares en la Tierra: observación, adquisición de objetivos; comunicaciones,
guerra electrónica; c) tecnologías ASAT, cinéticas o no, para desvirtuar o minimizar los avances
rivales en el punto b); y d) prestigio internacional (soft power), unido a la capacidad para tejer
redes de alianzas, algunas de ellas basadas -no solo, pero también- en esos mismos programas
espaciales.
Por debajo de dicha competición, hallamos diversas combinaciones, a escala regional:
tenemos Estados rivales que se han lanzado a una carrera espacial para balancearse entre sí, en
el marco de una relación arquetípica de equilibrio de poder (India y Pakistán). Así como
conflictos enquistados, complejos, como el que protagoniza Irán, líder del mundo chiita, con
Israel (anclado a Occidente), en el que ambos actores vienen desarrollando programas
espaciales con claras connotaciones militares y, en particular, potencialmente, nucleares. No es
fácil plantear quién empieza y quién disuade, ya que el programa nuclear israelí es bastante más
antiguo que el iraní. Lo cierto es que ambos tienen ambiciosos programas en marcha, con
fuertes sinergias entre las aplicaciones civiles y las militares.
Lo más interesante, además de recordar eso, es tomar nota del modo en que varios
Estados de la órbita sunita están haciendo lo propio. El estímulo puede llegar del propio ímpetu
iraní. Qatar, UEA y Omán, lo hacen aprovechando SLVs de empresas privadas occidentales, y
con Japón -que tiene sus propios programas- como socio preferente para los lanzamientos. De
modo que parecen ubicarse en la órbita geopolítica occidental. Turquía y Egipto son, en cambio,
versos sueltos. Porque tienen agendas más idiosincráticas, nada cómodas de conjugar con la de
las grandes potencias. Turquía, por ejemplo, se apoya en Somalia, mientras rescata el
otomanismo, quizá acreedor de llevar un prefijo. De ahí que no sea fiel a la OTAN, pero
tampoco a Rusia, sino solamente a sí misma. Por su parte, Egipto, acuciado por su rechazo a
los Hermanos musulmanes, que Turquía ampara (y quizá Occidente, visto lo visto en Libia, así
como la narrativa sobre lo acontecido en Siria) también tiene su propia agenda. Por lo pronto,
en materia nuclear, está contrastada la presencia de Rusia, a través de ROSATOM, en principio,
para desarrollar reactores de uso civil y colabora también con China.
Esto es importante, porque nos invita a pensar que los programas espaciales no tienen
vida propia, sino que tan solo estamos ante una expresión más de la política exterior de cada
Estado.
Arabia Saudita, líder del sunismo wahabita, es otro ejemplo de Estado con criterio
propio. Una atenta mirada a su programa espacial, ligado -claro- al misilístico, denota sus
buenas relaciones con China, a quien EE. UU. y la OTAN han señalado como principal rival
geopolítico a futuro, más allá de Rusia.
Aparentemente, pues, tras la competencia planetaria protagonizada por EE. UU., China,
Rusia y también la ESA con sus programas planetarios y en cooperación con Estados Unidos,
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aparecen una serie de Estados, con programas espaciales en marcha, cuya existencia se
justificaría, simplemente, a partir de sendas combinaciones de equilibrios de poder. Sin
embargo, una mirada más atenta es, también, menos alentadora.
Occidente, una vez perdido el apoyo pakistaní, cuenta con tres incógnitas geopolíticas,
todas ellas dotadas de programas espaciales: India, Arabia Saudita y Turquía. Las demás piezas
del puzle encajan bien, aunque sea para disgusto de Occidente. Egipto, Etiopía, Argelia (todos
ellos BRICS o a punto de ingresar) disponen de sendos programas espaciales, con palmarias
derivadas militares, de la mano de Rusia o de China. Incluso Sudáfrica, que comenzó lanzando
sus satélites desde California (Vanderberg) en 1999, ha lanzado otros ingenios, posteriormente,
desde el cosmódromo kazajo de Baikonur, operado por Rusia (en 2009). Mientras tanto, Corea
del Norte viene suministrando tecnología a los demás aliados de circunstancias (notoriamente,
a Irán), con la particularidad de que en su programa las tecnologías ICBM y las de VLSs están
especialmente conectadas.
En cuanto a los marcos teóricos aplicados al espacio, el hecho de que ya constatemos el
interés por adaptar las teorías geopolíticas más prominentes al espacio constituye un síntoma
evidente de que la competición estratégica ya se ha trasladado a ese ámbito. De hecho, el
Tratado OST no ha logrado desmilitarizar el espacio. Es más, proliferan por doquier las armas
ASAT, tanto kinéticas como no kinéticas. La tentación de emplear el espacio a modo de flanco
de una guerra en la Tierra es creciente. El sentido de esta aseveración estriba en la posibilidad
de anular (destruyendo o “cegando” los satélites rivales dedicados a las comunicaciones, la
obtención de inteligencia militar o la adquisición de blancos) las capacidades militares del
enemigo, en una guerra librada en la Tierra pues, como hemos visto, el correcto análisis del
impacto del espacio, a modo de nuevo dominio, requiere huir de miradas autorreferenciales,
para centrase en la integración con lo que acontece en la Tierra.
En todo caso, lo más importante, a efectos analíticos, es constatar que el Tratado OST
es ya, a estas alturas, un experimento fallido, salvo en lo que concierne a la prohibición del uso
de armas nucleares desde el espacio, que es un aspecto en el que hay que reconocer, y así lo
hacemos, el éxito de esa iniciativa, extensible, como hemos visto, a sistemas propulsados por
energía atómica, aunque carezcan de cabezas nucleares.
En suma, puede que todavía no aflore el consenso en relación con el modo idóneo de
rectificarlo, reformarlo o incluso (lo que se antoja más probable) redactar otro nuevo. Sin
embargo, lo que sí aflora es una sensación de obsolescencia y descontento generalizados al
respecto. En su día, se trató de un experimento supuestamente basado en reglas muy
cooperativas. Pero en este trabajo se ha demostrado que ni siquiera eso fue cierto, ya en un
primer momento (o incluso durante su gestación). Posteriormente, se ha ido imponiendo un
realismo que, pese a las apariencias, siempre estuvo detrás del Tratado OST, solo para constatar
que estamos muy lejos de poder cumplir las previsiones del Tratado, tanto en lo que concierne
a la explotación económica de la Luna y otros cuerpos celestes, como en lo que respecta a su
uso militar.
En definitiva, la actual competición estratégica entre grandes potencias se ha trasladado
al espacio, en todas sus dimensiones: diplomática, política, económica, y militar. Se atisba un
bloque, liderado por China y Rusia, al que se pueden incorporar, si no lo están ya, potencias
medias como Brasil, y otro, liderado por EE. UU, acompañado por algunos socios de confianza
en determinados programas, sobre todo, pertenecientes al mundo anglosajón y también la ESA,
y donde habría que poner a Israel y, quizá, también, a Japón, a todos los niveles, pero, sin duda,
en lo que concierne al espacio.
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