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Bertex

El documento detalla la colonización de África por potencias europeas, destacando la penetración administrativa francesa en Senegal y la mínima administración británica en la Costa de Oro. La Conferencia de Berlín de 1884-1885 marcó un cambio significativo en la presencia europea, estableciendo reglas para la colonización que llevaron a un reparto sistemático del continente. Asimismo, se analiza el papel de figuras como Cecil Rhodes en la explotación de recursos minerales y la expansión británica en el sur de África.

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El documento detalla la colonización de África por potencias europeas, destacando la penetración administrativa francesa en Senegal y la mínima administración británica en la Costa de Oro. La Conferencia de Berlín de 1884-1885 marcó un cambio significativo en la presencia europea, estableciendo reglas para la colonización que llevaron a un reparto sistemático del continente. Asimismo, se analiza el papel de figuras como Cecil Rhodes en la explotación de recursos minerales y la expansión británica en el sur de África.

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Bertaux – El reparto de África:

En África occidental los franceses habían iniciado una penetración administrativa desde 1817.
Este era el único lugar (Senegal), junto con la Costa de Oro, donde una administración colonial
europea gestionaba el destino de un número significativo de africanos. Los británicos en la
Costa de Oro aplicaban mínima administración directa, delegando a jefes locales. Desde 1863,
la colonia francesa del Senegal estaba bien organizada y serviría como modelo para la
colonización futura.

Un inventario de la presencia europea y árabe en África hacia 1875:

Hacia el último cuarto del siglo XIX, específicamente entre los años 1875 y 1880, la presencia
de elementos étnicos no autóctonos en el continente africano era sorprendentemente
limitada y se hallaba diluida en comparación con la vastedad del territorio. En términos
generales, la población de origen europeo al sur del desierto del Sahara no superaba unos
pocos cientos de miles de personas, quienes se desempeñaban principalmente como
comerciantes, misioneros, algunos agricultores y, de manera excepcional, administradores
coloniales. La mayoría de estos asentamientos no eran más que factorías ligadas al comercio
marítimo situadas en puntos estratégicos del litoral, donde se intercambiaba quincalla,
cristalería, paños y armas de fuego por productos locales como pieles, gomas y marfil.

En el análisis detallado de la África occidental, destaca que los franceses habían logrado desde
1817 la penetración administrativa más profunda al remontar el río Senegal. Para 1863, la
colonia del Senegal estaba ya muy organizada y se convertiría en el modelo administrativo
para la futura expansión francesa en el continente. Por el contrario, los británicos en la Costa
de Oro (Gold Coast) practicaban un modelo de administración directa mínima, prefiriendo
delegar el mantenimiento del orden público y la libertad comercial en los jefes tradicionales
locales. Otros puntos de presencia europea en esta región incluían enclaves británicos muy
reducidos en Gambia, Sierra Leona y Lagos, así como puntos de desembarco franceses en Gran
Bassam y Porto Novo. La presencia de Portugal en Guinea se limitaba a un número
considerable de mestizos, mientras que España mantenía una influencia insignificante en la isla
de Fernando Poo.

En el África meridional, la situación presentaba matices únicos debido a la presencia de los


bóers. Este grupo de origen europeo había roto sus vínculos con Europa desde hacía tiempo y
se encontraba en un proceso de "africanización" tan profundo que carecían de una patria
alternativa. Los británicos, por su parte, controlaban la Colonia del Cabo y Natal, y habían
comenzado a enfrentar problemas territoriales complejos tras el descubrimiento de
diamantes en 1867. Este hallazgo minero impulsó la creación de la "ruta de los misioneros", un
eje de penetración que se dirigía hacia el norte, pasando por Bechuanalandia y el país
matabelé, donde misioneros británicos como Robert Moffat y su yerno David Livingstone
desempeñaban un papel que mezclaba lo religioso con lo político.

Un aspecto crucial de este inventario es la desmitificación de las posesiones portuguesas.


Aunque Portugal afirmaba que sus territorios de Angola y Mozambique se extendían de forma
continua desde el Atlántico hasta el Índico, las exploraciones de David Livingstone
demostraron que esto era una pretensión teórica. Livingstone denunció la existencia de un
tráfico interno de esclavos y marfil organizado por mestizos portugueses conocidos como
pombeiros, revelando que la influencia efectiva de la metrópoli no llegaba realmente al interior
del continente. Esta revelación fue fundamental para que el gobierno portugués admitiera que
su soberanía no se extendía por el corazón de África, rompiendo así el obstáculo que impedía
la expansión británica hacia el norte.
En la costa del Océano Índico, la influencia europea era casi inexistente en 1875, habiendo
sido superada por una nueva implantación árabe centrada en el Sultanato de Zanzíbar. Bajo el
reinado de Seyyid Said, quien trasladó su capital de Mascata a Zanzíbar en 1840, la isla se
transformó en una potencia comercial basada en el monopolio mundial del clavo y en el tráfico
de marfil y seres humanos. Zanzíbar se convirtió en el depósito de esclavos más grande del
mundo, y desde allí los mercaderes árabes proyectaron su influencia hacia el interior del
continente, estableciendo bases comerciales en lugares como Udjidji, en el lago Tanganica. A
pesar de los tratados firmados con Gran Bretaña en 1822, 1845 y 1873 para limitar la trata
marítima, la esclavitud continuó practicándose intensamente en el interior africano como una
tradición local.

Esta penetración árabe en el interior se apoyaba en alianzas con pueblos africanos como los
nyamwezis, quienes eran expertos en el transporte y las caravanas de larga distancia. En este
contexto, surgieron figuras de gran poder como el mestizo árabe Tippú Tip, un gran
organizador de circuitos comerciales que llegó a intentar forjar un imperio árabe en la región
del Congo. Asimismo, líderes africanos como Msiri fundaron imperios guerreros en zonas como
Katanga, basados en el control de las rutas comerciales de marfil impulsadas por los árabes.

Finalmente, el inventario registra una segunda forma de penetración árabe que procedía del
norte, desde Egipto. Bajo el mando de los khedives, las expediciones egipcias remontaron el
Nilo para dominar el Sudán y establecerse en Jartum. A diferencia de los árabes de Zanzíbar
que se enfocaban en el comercio, los grupos procedentes de Jartum practicaban
principalmente el saqueo metódico, capturando hombres en las cuencas del Nilo para
incorporarlos a su ejército. Las enormes distancias y las dificultades de transporte hacían que
el comercio convencional fuera poco rentable, por lo que estas incursiones tenían un carácter
más militar y extractivo. En conclusión, hacia 1875, los extranjeros en África eran pocos,
estaban geográficamente diseminados y su influencia efectiva se limitaba a las costas o a rutas
comerciales específicas, sin alterar todavía la soberanía de la mayor parte del continente.

Conferencia de Berlín de 1884-1885

La Conferencia de Berlín, celebrada entre noviembre de 1884 y febrero de 1885, representa el


punto de inflexión fundamental que transformó la presencia europea en África de una serie de
enclaves costeros dispersos a un reparto sistemático de casi todo el continente. Este evento
reunió a representantes de doce naciones europeas, a las que se sumaron los Estados Unidos y
Turquía, bajo la convocatoria del canciller alemán Otto von Bismarck. Según las fuentes,
Bismarck no solo buscaba resaltar el papel del nuevo Reich alemán en la política mundial, sino
que también deseaba fomentar las ambiciones coloniales francesas como una forma de
compensar la pérdida de Alsacia y Lorena, esperando así atenuar el espíritu de revancha de
Francia. Al mismo tiempo, el canciller alemán pretendía actuar como árbitro en las crecientes
rivalidades entre Francia e Inglaterra, buscando perjudicar de forma disimulada al Imperio
británico, al que consideraba su principal adversario.

El pretexto inmediato para la conferencia fue la compleja situación creada en la cuenca del
Congo por las actividades de Leopoldo II, rey de los belgas. Mucho antes de su ascenso al
trono, Leopoldo II ya mostraba un interés exclusivo por África y, bajo la cobertura de un
organismo internacional denominado la African International Association, comenzó a
establecer puestos comerciales desde el Atlántico hasta Zanzíbar con objetivos oficialmente
científicos o filantrópicos. En 1879, el monarca contrató al explorador Henry Morton Stanley
para organizar una ruta practicable a lo largo del río Congo, remontando 1,700 kilómetros
desde su estuario. De manera sumamente hábil, Leopoldo II no actuó como soberano belga,
sino a título personal, jugando con las potencias europeas al convencerlas de que era
preferible apoyarlo en la creación de un dominio privado de libre cambio antes que permitir
que una potencia rival se apoderara de la región. Esta estrategia culminó en la Conferencia de
Berlín con el reconocimiento del Estado independiente del Congo, un vasto territorio de 2.5
millones de kilómetros cuadrados que quedó bajo su control personal mediante una sociedad
mediadora.

Mientras se preparaba la conferencia, Bismarck procedió con rapidez para asegurar que
Alemania no llegara a la mesa de negociaciones con las manos vacías. En un periodo de apenas
dieciocho meses, Alemania se anexionó territorios explorados por sus mercaderes y
misioneros en el sudoeste africano, Togo, Camerún y el África oriental. Estas acciones se
realizaron mediante tratados con soberanos locales que, inicialmente, eran simples
formalidades de toma de posición destinadas a prevenir el futuro. Un ejemplo notable
mencionado en las fuentes es la misión del explorador Nachtigal, quien en julio de 1884 se
adelantó por apenas cinco días al cónsul británico para declarar el protectorado sobre el
Camerún, obligando a la misión británica a retirarse.

Los resultados de la conferencia se plasmaron en el Acta General, la cual estableció las reglas
del juego para la colonización futura. En lugar de un mapa definitivo de fronteras, el Acta
determinó que la soberanía sobre el interior del continente debía basarse en la penetración
efectiva. Se admitió que la potencia colonial que ocupara un litoral tendría "derechos
especiales" sobre el terreno interior correspondiente, pero con la obligación de concretar esa
posesión mediante una administración real y la firma de convenios con los indígenas y otras
potencias cuando las zonas de influencia entraran en contacto. Este principio de ocupación
efectiva aceleró la carrera por el continente, ya que las potencias se vieron obligadas a enviar
administradores y militares para validar sus reclamaciones territoriales.

En este contexto de competencia, Gran Bretaña, bajo la dirección de Lord Salisbury, enfocó su
política en asegurar posiciones estratégicas en el este del continente para proteger la ruta
hacia la India tras la apertura del canal de Suez y asegurar la retaguardia de su posición en
Egipto. Mediante negociaciones, Salisbury logró que Alemania reconociera la influencia
británica en Kenia y Uganda a cambio de la cesión de la isla de Heligolandia en el Mar del
Norte. Asimismo, los británicos impusieron a Portugal la renuncia a su proyecto de unir Angola
y Mozambique, rompiendo la continuidad territorial que los portugueses pretendían mantener
en el Zambeze.

Hacia el final del proceso, el panorama africano había cambiado de forma drástica. Si en 1875
la presencia extranjera era mínima y diluida, para 1891 casi todo el continente al sur del
Sahara, con la única excepción de Etiopía y Liberia, se encontraba bajo el control nominal o
efectivo de las potencias europeas. Las fuentes indican que este reparto se realizó a menudo
de forma arbitraria, siguiendo las circunstancias o el azar, y sin tener en cuenta las realidades
étnicas o raciales de las poblaciones locales, a quienes los europeos consideraban entonces
como habitantes de una tierra vacante. El periodo colonial iniciado en Berlín, aunque
relativamente breve en términos históricos (cerrándose alrededor de 1960), remodeló
definitivamente el mapa político de África y destruyó las estructuras tradicionales de sus
civilizaciones al imponer nociones europeas de soberanía territorial y propiedad privada.

África del sur y del sudoeste. Cecil Rhode:

El desarrollo histórico de la región del África del Sur y del Sudoeste durante el último tercio
del siglo XIX estuvo marcado por una transformación radical que convirtió un territorio de
fronteras difusas y economías pastoriles en el epicentro de una lucha global por recursos
minerales y hegemonía política. Según las fuentes, el punto de partida de esta mutación fue el
descubrimiento de diamantes en 1867 cerca de Hopetown, en el territorio grikua. Hasta ese
momento, la región era considerada pobre y de delimitación dudosa, al punto que Gran
Bretaña había renunciado formalmente en 1854 a cualquier reivindicación territorial al norte
del río Orange mediante la Convención de Bloemfontein. Sin embargo, la aparición de una
riqueza diamantífera que se preveía fabulosa alteró la política británica, que decidió intervenir
para asegurar el control de los yacimientos más ricos del mundo y, sobre todo, para proteger
la denominada «ruta del Norte». Esta ruta era el eje estratégico que permitía el acceso desde
El Cabo hacia el interior del continente, alcanzando regiones como Katanga y los grandes lagos,
en un trayecto donde los misioneros británicos ya habían abierto camino.

En este escenario de fiebre minera emergió la figura de Cecil Rhodes, un joven inglés de buena
familia que llegó a la zona en 1871 por motivos de salud y que rápidamente demostró una
capacidad excepcional para los negocios. Rhodes comenzó vendiendo alimentos y material de
explotación a los mineros en el país grikua, reinvirtiendo sus beneficios en la compra de
concesiones diamantíferas. Para 1880, Rhodes ya había monopolizado la mayor parte de las
concesiones y fundó, junto a otros especuladores, la Compañía De Beers, logrando pocos años
después el control absoluto de la industria diamantífera a través de la De Beers Consolidated
Mines Ltd.. Su ambición, sin embargo, trascendía lo económico; Rhodes se integró en la
política de la colonia de El Cabo, obteniendo el apoyo del Partido Afrikaander y convirtiéndose
en su Jefe de Gobierno en 1890. Su estrategia política imitaba la de la Standard Oil en Estados
Unidos: no buscaba solo el monopolio del recurso, sino el de los transportes y la
infraestructura, utilizando su ferrocarril como una vía de acceso obligatoria que enriquecería a
la colonia y consolidaría su poder personal.

La visión grandiosa de Rhodes contemplaba la creación de un imperio británico que se


extendiera por todo el continente. Con este objetivo, fundó la British South Africa Company
(BSAC), que en 1890 obtuvo del gobierno británico derechos exclusivos por veinticinco años
para explotar minas, construir vías férreas y ejercer funciones de policía sobre un inmenso
territorio al norte del río Limpopo. Para legitimar esta expansión hacia el norte, Rhodes utilizó
la Concesión Rudd de 1888, un acuerdo negociado por su socio Charles Rudd con el soberano
Lobenguela, jefe de los matabelés. A cambio de una pensión mensual, armas y un barco de
vapor, Lobenguela cedió el monopolio de los recursos mineros de su país, aunque
posteriormente el monarca africano intentó retractarse alegando que no había comprendido
los términos del documento. A pesar de las protestas de Lobenguela, Rhodes envió una
columna de pioneros y fuerzas policiales que fundaron la ciudad de Salisbury en 1890. Poco
después, aprovechando un conflicto entre tribus, el administrador de la compañía, el doctor
Jameson, lanzó un ataque definitivo contra los matabelés utilizando ametralladoras, lo que
provocó la huida y muerte de Lobenguela y la anexión total del territorio, que en 1895 recibió
formalmente el nombre de Rhodesia.

Mientras Rhodes expandía su imperio hacia el norte, la situación en la República del Transvaal
se volvía crítica para los intereses británicos. En 1886, el descubrimiento de oro en las colinas
de Witwatersrand provocó una afluencia masiva de buscadores extranjeros, conocidos como
uitlanders, y llevó a la fundación de Johannesburgo. El Transvaal, bajo la presidencia del
veterano bóer Paul Krüger, se transformó rápidamente de una república pastoril en
bancarrota en una potencia económica. Krüger, temeroso de que los bóers perdieran su
identidad y soberanía ante la marea de inmigrantes británicos, les negó derechos políticos y
endureció las condiciones para obtener la ciudadanía. Rhodes, cuya carrera política estaba en
su apogeo, intentó forzar la caída de Krüger mediante el «asalto de Jameson» en octubre de
1895. El plan consistía en una incursión armada desde Rhodesia combinada con un
levantamiento de los uitlanders en Johannesburgo para proclamar una unión aduanera con El
Cabo. El complot fue un fracaso absoluto; Jameson fue capturado por un comando de bóers y
Rhodes se vio obligado a dimitir de todos sus cargos, viendo su carrera política terminada.

El fracaso del asalto de Jameson no detuvo la presión británica, ahora liderada por el alto
comisario Sir Alfred Milner, quien tenía la misión de eliminar el obstáculo que representaba
Krüger para la hegemonía británica en la región. En 1899, la tensión desembocó en la Guerra
de los Bóers, un conflicto que las fuentes describen como el episodio militar más rudo de la
colonización en África. En las etapas iniciales, los bóers, que peleaban en su propio terreno y
eran excelentes tiradores, obtuvieron victorias significativas atacando puntos clave como
Mafeking y Kimberley. Sin embargo, la llegada de refuerzos masivos desde todas partes del
Imperio británico permitió a las tropas de la corona ocupar las capitales de las repúblicas bóers
en 1900. A pesar de la caída de Johannesburgo y Pretoria, el pueblo bóer no aceptó la anexión
e inició una ruda fase de guerrilla que se extendió por dos años, afectando no solo a las
repúblicas sino también a las colonias de El Cabo y Natal.

Para sofocar la resistencia, el general británico Lord Kitchener recurrió a tácticas de guerra
total de una brutalidad inédita en la región. El mando británico procedió a limpiar el país zona
por zona, quemando granjas, destruyendo cosechas y liquidando rebaños para privar a los
guerrilleros de suministros. Además, se implementó el agrupamiento masivo de la población
civil en campos de concentración, donde mujeres, niños y sirvientes negros fueron encerrados
en condiciones precarias. Según las fuentes, cerca de 250.000 personas fueron internadas en
estos campos, lo que obligó a Gran Bretaña a importar enormes cantidades de víveres para
alimentar a una población que ella misma había arruinado. Finalmente, en mayo de 1902 se
restableció la paz mediante la firma de acuerdos donde las repúblicas bóers se convertían en
colonias de la corona, aunque con la promesa de una futura autonomía.

El proceso de consolidación política culminó el 31 de mayo de 1910 con la proclamación de la


Unión Sudafricana, un nuevo dominio británico que intentaba reconciliar a los dos clanes
blancos enfrentados. La constitución de esta unión fue el resultado de complejos
compromisos, estableciendo una capital administrativa en Pretoria, una legislativa en Ciudad
del Cabo y una judicial en Bloemfontein. El primer ministro fue el general Botha, quien bajo
una política de reconciliación buscó unir a los elementos menos extremistas de ambos bandos
en el Partido Nacional Sudafricano. No obstante, esta nueva entidad política se construyó
sobre una base de profunda exclusión racial; a pesar de que la población no blanca era
mayoritaria, los bóers y británicos mantuvieron el control absoluto del poder, excluyendo a la
población negra de la ciudadanía y los derechos políticos. Así, la era de Cecil Rhodes y la guerra
de los bóers dejaron como legado un mapa político unificado pero fracturado socialmente,
donde la explotación minera y la soberanía blanca definieron el destino de la región durante
décadas.

LA GUERRA DE LOS BOERS

En 1897, el gobierno británico, inquieto por la compra de armas por parte de Kruger a
Alemania, designa a sir Alfred Milner como nuevo alto comisario en Capetown, con la misión
de eliminar al líder bóer. En 1899 se despliegan 10,000 soldados británicos provenientes del
Medio Oriente con destino a África del Sur. Ante este clima de tensión, las Repúblicas bóer
solicitan mediación a Estados Unidos, pedido que Londres rechaza, reafirmando su soberanía.
Los bóers, ya levantados en armas, organizan sus fuerzas en las fronteras. La guerra comienza
oficialmente el 12 de octubre de 1899, con los bóers inicialmente en ventaja debido a su
conocimiento del terreno y su experiencia en combate, atacando plazas como Mafeking y
Kimberley.
Gran Bretaña moviliza casi todo su ejército de las Indias y recibe refuerzos de voluntarios de
Canadá y Australia. Con estas tropas, las británicas recuperan posiciones y entran en ciudades
clave como Johannesburgo y Pretoria, lo que obliga a los gobiernos bóeres a solicitar la paz. Sin
embargo, continúan exigiendo su independencia y el arbitraje de una tercera potencia, lo cual
Londres sigue evitando. Los bóers son finalmente forzados a replegarse y dependen de la
intervención de Portugal, depositando sus armas en agosto de 1900, mientras Kruger se exilia
en Holanda. Gran Bretaña proclama la anexión del Transvaal y envía a lord Kitchener para
restablecer el orden, aunque la población bóer rechaza esta anexión.

Durante dos años, los bóers luchan con una intensa guerrilla. No solo los bóers del Transvaal y
del Estado Libre de Orange participan, sino que la resistencia se expande hacia toda África del
Sur, incluyendo la colonia del Cabo y Natal. Los británicos se atrincheran y defienden las rutas
de transporte, pero son los comandos bóers quienes mantienen la iniciativa. Las tácticas de la
guerra moderna, como la guerrilla, el uso de alambre de espino y los campos de
concentración, se implementan durante este conflicto. Kitchener dirige una guerra total,
destruyendo recursos, quemando granjas y exiliando hombres, mientras que mujeres y niños
son concentrados en campos, lo que causa escasez y hambre en la población.

A pesar de su obstinada resistencia, los líderes bóers como Botha, Smuts y De Wet nunca
movilizan más de 80,000 hombres, enfrentándose a una fuerza británica de alrededor de
450,000. La llegada de nuevos buscadores de oro al Transvaal sigue incluso en medio de la
guerra. El conflicto culmina con la firma de la paz el 31 de mayo de 1902, cuando las
Repúblicas bóer se convierten en colonias de la corona británica a cambio de una promesa de
autonomía futura. Sin embargo, hay que reparar las devastaciones de la guerra, reinstaurar a
los bóers y reconstruir las infraestructuras agrícolas, lo que no resuelve el tema de la mano de
obra bantú en minas y tierras agrícolas.

El proyecto británico de una Federación Sudafricana se concreta solo en septiembre de 1909


tras difíciles negociaciones, abarcando territorios diversos como la colonia del Cabo, el
Transvaal, el Estado Libre de Orange y Natal, además de las Rhodesias y las reservas bantúes.
Las Rhodesias, que se mantuvieron leales a la corona y durante la guerra se desolidarizaron de
África del Sur, enfrentan el desafío de competitividad minera y la llamada a atraer colonos. A
diferencia de África del Sur, el interés por estas tierras es distinto, lo que lleva a abandonar el
proyecto de gran federación.

Las reservas bantúes están excluidas de ser parte de la Federación, pues la corona británica
asume la defensa de los intereses de los pobladores negros, complicando aún más la
integración de estos territorios. Desde una perspectiva racial, hay divisiones entre bóers y
colonos británicos, diferencias lingüísticas y conflictos de intereses. La coexistencia de varias
etnias laborando en la agricultura y minas complica aún más la situación. Con una población
predominantemente blanca, los intereses británicos no siempre coinciden con las aspiraciones
de los bóers, quienes cierran el paso a cualquier forma de ciudadanía a la población negra.

El 31 de mayo de 1910 se declara la Unión Sudafricana, un hito que coincide con el octavo
aniversario del fin de la guerra bóer. La nueva constitución se basa en compromisos entre
diversas facciones, sin capital única y con centros en distintos puntos. La Unión Sudafricana,
donde el primer ministro es el general Botha, busca integrar a las partes blancas y crear una
plataforma viable para la nueva entidad política. Se forman partidos como el Partido Nacional
Sudafricano, buscando una reconciliación entre los clanes blancos mientras persisten las
divisiones.

ETIOPIA EN EL SIGLO XIX:


La trayectoria histórica de Etiopía durante el siglo XIX representa un caso excepcional y único
dentro del panorama del reparto de África, pues constituye el relato de un Estado africano
que, mediante la unificación interna y la modernización militar, logró salvaguardar su
independencia frente a las ambiciones coloniales europeas. Según los documentos analizados,
la relación de Etiopía con el exterior había sido mínima desde que, en 1632, los jesuitas fueran
expulsados del territorio tras un breve periodo de influencia portuguesa que había comenzado
a principios del siglo XVI. Durante casi dos siglos, el imperio permaneció relativamente aislado,
hasta que en el siglo XVIII y principios del XIX, el misterio de las fuentes del Nilo comenzó a
atraer nuevamente la curiosidad de exploradores europeos. Personajes como el francés G.
Poncet, que partió de El Cairo y atravesó el Nilo Azul, o los exploradores Theodor Krump y
James Bruce, realizaron viajes de reconocimiento que, aunque no lograron identificar con
precisión las fuentes del río, sí volvieron a situar a la antigua Abisinia en el mapa de los
intereses europeos.

A nivel interno, el siglo XIX comenzó para Etiopía en una situación de debilidad del poder
central, lo que permitió que pueblos como los gallas (oromos) invadieran regularmente los
mercados del sur y el sudoeste desde el siglo XVI. Esta fragmentación empezó a revertirse con
la aparición de un príncipe del noroeste, el Ras Kassa, quien tras una serie de rivalidades
internas logró hacerse coronar en Axum en 1855 bajo el nombre de Teodoro II. Teodoro II fue
un monarca visionario que comprendió la necesidad de modernizar el ejército y logró unificar
las provincias del norte, incluyendo Tigré y Amhara, además de someter a la región de Choa al
sur. Sin embargo, su carácter impulsivo y su trato hacia los enviados británicos sirvieron de
pretexto para que Gran Bretaña enviara una expedición punitiva en 1867 liderada por sir
Robert Napier. Cercado en la fortaleza de Magdala y abandonado por gran parte de sus
seguidores, el emperador Teodoro prefirió suicidarse antes que caer prisionero de los
europeos.

Tras la muerte de Teodoro, la corona pasó a manos de un jefe tigré que había colaborado con
los británicos, quien fue nombrado emperador con el nombre de Juan IV. Sin embargo, el
verdadero artífice de la grandeza etíope contemporánea sería su vasallo y futuro sucesor, el
joven y ambicioso rey de Choa, Menelik II. Las fuentes señalan que Menelik pasó veinte años
organizando su futuro imperio, reuniendo territorios, sometiendo a las poblaciones vecinas y,
de manera crucial, dotando a su ejército de un equipo militar moderno. En 1883, fundó una
nueva capital en Addis-Abeba, estableciendo un centro de poder administrativo sólido.
Cuando Juan IV murió en 1889 durante un combate contra los mahdistas del Sudán, Menelik II
ascendió al trono imperial, iniciando un reinado histórico que marcaría el destino de la nación.

Paralelamente al ascenso de Menelik, Italia, una potencia europea cuya unificación era
reciente, buscaba expandir su influencia en África para no quedar rezagada frente a Francia y
Gran Bretaña. Tras fracasar en su intento de establecer un protectorado en Túnez debido a la
intervención francesa, los italianos pusieron sus ojos en la costa del Mar Rojo, estableciéndose
en Massaua en 1882. Desde allí, intentaron avanzar hacia el interior del Tigré, pero se
encontraron con una resistencia feroz de las poblaciones locales. Al asumir Menelik el poder
en 1889, los italianos creyeron haber asegurado su dominio mediante la firma de un tratado
con el nuevo emperador, a quien previamente habían suministrado armas. No obstante, este
acuerdo se convirtió en el origen de un grave conflicto diplomático debido a que las dos partes
no estaban de acuerdo sobre su contenido. Mientras que los italianos interpretaban el tratado
como el reconocimiento de un protectorado sobre Abisinia, Menelik rechazaba tajantemente
esta concepción, defendiendo la soberanía plena de su imperio.
Las ambiciones italianas no se limitaban a Etiopía; su proyecto consistía en reunir bajo su
tutela toda la punta oriental del continente, incluyendo Eritrea y Somalia. Menelik II,
consciente del peligro, confió en la potencia del ejército que había constituido y equipado,
contando en gran medida con el apoyo de Francia, que veía en Etiopía un aliado estratégico.
En 1895, Italia emprendió una campaña militar para imponer su autoridad por la fuerza, pero
la empresa terminó en un desastre histórico para la potencia europea. El 1 de marzo de 1896,
en la batalla de Adua, las fuerzas de Menelik infligieron una derrota aplastante a los invasores:
de diez mil italianos, cuatro mil quinientos murieron y mil trescientos fueron hechos
prisioneros. La paz definitiva se firmó en Addis-Abeba el 26 de octubre de 1896, un tratado que
no solo consagró la independencia de Etiopía, sino que también fijó los límites fronterizos con
las posesiones italianas de Eritrea y Somalia.

El triunfo de Etiopía tuvo repercusiones internacionales inmediatas y duraderas. En 1906,


Inglaterra, Francia e Italia se vieron obligadas a garantizar solemnemente la independencia del
imperio y a reconocer sus fronteras, las cuales se habían agrandado considerablemente gracias
a las campañas de expansión de Menelik. Además, como signo de modernización y apertura
comercial, se confió a Francia la construcción de un ferrocarril que uniría la costa de Djibuti
con la capital, Addis-Abeba. Este éxito militar y diplomático convirtió a Etiopía, junto con
Liberia, en una de las dos únicas naciones africanas que lograron mantenerse fuera del control
colonial europeo durante el gran reparto del continente que se consolidó a finales del siglo XIX.

Las fuentes concluyen que el caso de Etiopía desafió la lógica imperante en la Conferencia de
Berlín de 1885, donde los europeos consideraban a África como una "tierra vacante" poblada
por tribus cuyos intereses no debían tenerse en cuenta frente a la supuesta marcha del
progreso europeo. Mientras que en el resto del continente las potencias coloniales trazaban
fronteras arbitrarias basadas en el azar o en acuerdos de "penetración efectiva" sin consultar a
los habitantes, el Estado etíope demostró que una estructura política autóctona podía utilizar
las mismas herramientas de la modernidad —como el armamento avanzado y la diplomacia
internacional— para defender su territorio. De esta forma, Etiopía terminó el siglo XIX no como
un trozo de mapa repartido entre extraños, sino como un Estado soberano reconocido, cuya
victoria en Adua quedó grabada como un símbolo de resistencia para todo el continente
africano y como el origen del moderno Estado etíope independiente.

Caracteres y erectos generales la colonización:

El período colonial de la historia africana, si se prescinde de las tentativas portuguesas, de la


implantación en África del Sur y de la penetración francesa en el Senegal, ha sido
relativamente breve en la escala del tiempo histórico. Este ciclo se abrió formalmente
alrededor de 1885 y se cerró cerca de 1960, durando por tanto unos tres cuartos de siglo, lo
que equivale aproximadamente a la vida de un hombre. Sin embargo, a pesar de su brevedad,
este periodo cambió definitivamente la faz de África y remodeló el mapa político del
continente de una manera profunda. Es preciso señalar que el hecho colonial no es algo
específico de África ni exclusivo de los colonos europeos, ya que la colonización es un
fenómeno común en la historia de todos los pueblos del mundo. En todos los tiempos y
lugares, ha sido la manera más universalmente practicada para llevar a cabo la iniciación de un
pueblo a un nivel más desarrollado de civilización, como se observa en la epopeya de
Alejandro, la historia de Roma o las sucesivas colonizaciones que formaron a Francia, Gran
Bretaña, Alemania, Persia y China.

No obstante, se ha tomado la costumbre de reservar el vocablo colonial para las relaciones


institucionalizadas bajo la forma administrativa de colonias dependientes de una metrópoli
europea que se establecieron en el siglo XIX entre los Estados europeos y los pueblos de
ultramar de otras razas. En estos casos, el componente racial, e incluso racista, es muy sensible
tanto por parte de los colonizadores como de los colonizados. Al examinar este hecho colonial
ya superado dentro de la historia de los pueblos africanos, se pueden deducir algunos
caracteres fundamentales agrupados en tres grandes rubros: el contacto de las civilizaciones
negro-africanas con las de Europa occidental; la redistribución geográfica de la población en
función de nuevas actividades económicas y administrativas que dieron origen a los Estados
actuales; y el hecho de que, salvo excepciones como Sudáfrica o Kenia, no fue una colonización
de población blanca, sino que produjo un impulso demográfico considerable para la población
negra.

El contacto de las antiguas civilizaciones africanas con la civilización europea resultó fatal para
las primeras, pues rompió sus formas tradicionales. No es que los europeos atentaran
deliberadamente contra todo el patrimonio tradicional, salvo en aspectos específicos como los
sacrificios humanos, la antropofagia o la esclavitud, sino que en una primera fase simplemente
ignoraron las civilizaciones africanas al considerar que solo existía la suya. Existía la absoluta
convicción de que, al ser la religión cristiana la única verdadera, cristianizar al infiel era darle la
salvación, por lo que los africanos eran vistos como salvajes a los que convenía civilizar y, ante
todo, cristianizar. En este marco, la vieja colonización portuguesa aceptó fácilmente la mezcla
de razas ignorando el racismo, bajo la idea de que el bautismo otorgaba igualdad, permitiendo
que el mestizaje no hiciera perder la pertenencia a la nación portuguesa. Por su parte, la
colonización británica, de base mercantil, era generalmente respetuosa con las costumbres
locales siempre que no turbasen la paz pública, mientras que la francesa, más intervencionista,
tenía el ideal de hacer del colonizado un ciudadano francés, como ocurrió con los senegaleses
que fueron ciudadanos mucho antes que los habitantes de Saboya o Niza. La colonización
alemana, aunque breve, se propuso hacer de los africanos administrados disciplinados y
económicamente rentables.

Si se considera el motor principal de la colonización, este fue el comercio, y los primeros


establecimientos fueron depósitos mercantiles donde se instalaron compañías privilegiadas
como pioneras. Detrás de los mercaderes llegaron misioneros, militares y administradores; los
primeros buscando cristianos, los segundos soldados y los terceros buenos subordinados. Es
notable que la plantación tropical, base de la colonización en las Antillas, desempeñó un papel
débil en África al sur del Sahara, salvo en el África oriental británica. Entre los colonos
europeos existía una parte importante de romanticismo, ya que la colonización de África rara
vez enriquecía a su protagonista, exceptuando las explotaciones mineras de oro, diamantes,
cobre o uranio. El hecho es que las civilizaciones africanas tradicionales se desintegraron al
contacto con las europeas sin haber sido reemplazadas hasta hoy por nada definitivo. Cayeron
no por maldad de los colonos, sino por el simple hecho de la confrontación; incluso el contacto
más generoso resultaba deletéreo, pues los médicos al combatir enfermedades y reducir la
mortalidad infantil rompían los equilibrios demográficos tradicionales, y los profesores al
enseñar que los niños eran personas individuales derrumbaban el edificio de las tradiciones
tribales.

Incluso la acción de los etnógrafos, aunque útil para conservar el recuerdo de las tradiciones,
resulta destructora al fijar por escrito lo que era palabra viva, actuando como una inyección de
formol que el naturalista pone a un ejemplar para su colección. Las consecuencias de la
presencia europea son tan complejas que cualquier intento de simplificación resulta falso, con
efectos contradictorios según el periodo y si se miran las consecuencias directas o remotas. En
la fase precolonial, la intervención europea fomentó la esclavitud tradicional y desvió las rutas
comerciales hacia la costa, haciendo decaer a los grandes imperios sudaneses. Sin embargo, al
inicio del periodo colonial, las potencias europeas se hicieron antiesclavistas, especialmente
los británicos, cuya implantación se inspiró en el deseo de poner fin a estas prácticas. Esto
provocó el declive de las economías basadas en la trata y obligó a buscar nuevos productos
como el aceite de palma o el marfil. La supresión de la esclavitud puso en cuestión todas las
estructuras comerciales y sociales africanas, especialmente en sociedades que reposaban
sobre un reparto de funciones donde los cautivos realizaban el trabajo.

El reparto del continente se hizo tomando como referencia la banda costera, desde donde se
organizó una administración que extendió su influencia hacia el interior. Las ciudades costeras,
antes asfixiadas por el fin de la trata, encontraron una nueva razón de existir como sedes
administrativas y luego como capitales de los Estados independientes. Estos mismos Estados
son impensables sin el intermedio colonial, ya que antes no había en África Estados nacionales
según la concepción europea que implica unidad, homogeneidad y delimitación territorial.
Existían imperios, hegemonías y dinastías, pero no naciones africanas que coincidieran con un
territorio definido; las tribus y grupos vivían en vecindad sometidos a diferentes autoridades
de manera compleja. En el occidente europeo, la noción de Estado nacional se fundó en la
trasposición política de la propiedad territorial, donde el soberano se considera propietario de
su reino. En cambio, en África hasta la llegada de los europeos, la noción de propiedad
territorial no existía; el habitante del suelo era solo su ocupante y reconocía que otros podían
tener títulos diferentes.

Cuando los enviados de las potencias europeas concluían contratos de protectorado, los
potentados locales más escrupulosos se resistían a firmar porque no se reconocían a sí mismos
el derecho de disponer de un territorio del que solo eran ocupantes. Otros aceptaban sin
comprender totalmente o negaban después el valor del compromiso si era contrario a la
tradición local. No obstante, las nociones de propiedad privada territorial y de Estado nacional
se abrieron camino; los colonos empezaron a considerarse propietarios de lo que habían
valorizado y las potencias veían los territorios como sus posesiones. Al cabo de un tiempo, la
consecuencia de esta nueva mentalidad fue la aspiración de estos Estados a la independencia.
Esta evolución está ligada a la extrema movilidad tradicional de los africanos, quienes siempre
habían estado dispuestos a trasladarse, fenómeno similar al de las tribus germánicas en la era
protohistórica. La inestabilidad correspondía a una débil densidad demográfica donde el suelo
pertenecía al que lo ocupaba mientras lo ocupaba, a diferencia de la noción romana de
propiedad que corresponde a una densidad más fuerte que exige la cesión de propiedad por
conquista o sumisión.

La colonización sobreimpuso una compartimentación europea que limitó los intercambios a


larga distancia y las migraciones masivas permanentes, tendiendo a estabilizar el continente.
En este contexto ocurrieron dos fenómenos esenciales: uno lingüístico y otro demográfico. En
cuanto al lingüístico, sobre la infinita diversidad de lenguas vernáculas se sobrepusieron tres
lenguas vehiculares: el inglés, el francés y el suahelí. Antes, el árabe había cumplido este papel
en las rutas de caravanas y puertos del Índico, donde también se formó el suahelí como una
lengua común fundamentalmente bantú con influencia árabe. El esplendor de la colonización y
la difusión de la enseñanza hicieron del inglés y el francés instrumentos de comunicación
indispensables para África con el resto del mundo. El fenómeno demográfico fue aún más
complejo, intensificado por la creación de nuevos polos de atracción como puertos, minas y
grandes ciudades coloniales. Bamako pasó de 22,000 habitantes en 1939 a 85,000 en 1951;
Dakar de 30,000 en 1930 a 273,000 en 1955; y Leopoldville de 40,000 en 1939 a 360,000 en
1955.

La construcción de vías férreas transformó la demografía regional, introduciendo la economía


monetaria y sustituyendo cultivos tradicionales por productos de beneficio exportable como la
mandioca, el maíz, el cacahuete o el algodón. Grandes obras públicas como el ferrocarril
Congo-Océano provocaron primero la despoblación de regiones debido a la alta mortalidad en
el tajo, pero luego generaron zonas evolutivas rápidamente proliferantes. Las explotaciones
mineras también crearon densas aglomeraciones donde antes no había más que maleza. En
Gabón, las explotaciones forestales multiplicadas desde 1920 atrajeron a la mitad de la
población masculina adulta, dejando el interior despoblado en una primera fase. Asimismo, la
introducción de nuevos cultivos como el cacao en la Gold Coast o el cacahuete en Senegal
atrajo mano de obra temporera desde centenares de kilómetros.

Finalmente, aunque las estadísticas son a veces inexistentes, se considera que la supresión de
la esclavitud y la paz colonial, al terminar con guerras locales mortíferas, dieron a la población
negra un impulso considerable. El periodo colonial es el único de la historia africana no
ilustrado por masacres y saqueos entre africanos, y en su fase más reciente, la lucha contra
enfermedades endémicas y la reducción de la mortalidad infantil jugaron a favor del
crecimiento. La mortalidad infantil, que normalmente era del 40 por 100, disminuyó al 20 por
100 en el malezal y al 15 por 100 en las ciudades. Al término del periodo colonial, el 42 por 100
de la población de Nigeria tenía menos de catorce años y en Kenia el crecimiento era superior
al 1,5 por 100 anual. Pese a esto, África continuó estando muy poco poblada, con una densidad
media de ocho habitantes por kilómetro cuadrado, y para el momento de la independencia,
menos del 5 por 100 del territorio tenía más de 40 habitantes por kilómetro cuadrado. Esta
baja densidad poblacional parece haber sido la condición que impidió, hasta tiempos recientes,
el paso de las civilizaciones africanas al estadio industrial de desarrollo.

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