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Elías, un relojero que ha heredado el negocio familiar, descubre un misterioso reloj de bolsillo que, al abrirlo, lo transporta a un momento del pasado donde se encuentra con su madre fallecida. A medida que las agujas retroceden en el tiempo, Elías experimenta una mezcla de nostalgia y miedo al darse cuenta de que podría quedar atrapado en esos recuerdos. Finalmente, cierra el reloj, regresando a su realidad, pero decide no deshacerse de él, comprendiendo su poder.

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Elías, un relojero que ha heredado el negocio familiar, descubre un misterioso reloj de bolsillo que, al abrirlo, lo transporta a un momento del pasado donde se encuentra con su madre fallecida. A medida que las agujas retroceden en el tiempo, Elías experimenta una mezcla de nostalgia y miedo al darse cuenta de que podría quedar atrapado en esos recuerdos. Finalmente, cierra el reloj, regresando a su realidad, pero decide no deshacerse de él, comprendiendo su poder.

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La lluvia comenzó a caer sobre la ciudad a las seis y doce de la tarde,

exactamente tres minutos después de que Elías cerrara la persiana


metálica de la relojería. No fue una lluvia dramática ni
cinematográfica; no había truenos ni relámpagos atravesando el cielo.
Era una lluvia persistente, fina y gris, de esas que convierten las
calles en espejos deformes y obligan a la gente a caminar con los
hombros encogidos, como si el clima pudiera escuchar sus
pensamientos.

Elías llevaba treinta años reparando relojes en un local estrecho


situado entre una papelería y una tienda de lámparas antiguas. El
negocio había pertenecido antes a su padre y, mucho antes, a un tío
abuelo del que apenas quedaban fotografías. El escaparate seguía
igual que en los años noventa: terciopelo azul descolorido, pequeños
relojes alineados en filas imperfectas y un viejo cartel que prometía
“Precisión y Confianza”, aunque las letras doradas ya casi habían
desaparecido.

Aquella tarde, mientras se preparaba para irse, descubrió un reloj que


no recordaba haber visto antes. Estaba sobre el mostrador principal,
justo al lado de la lupa y las herramientas de precisión. Era un reloj de
bolsillo plateado, pesado, decorado con grabados diminutos que
parecían ramas entrelazadas. No tenía marca visible ni inscripción
alguna.

Lo abrió.

Las agujas estaban inmóviles a las nueve y diecisiete.

Intentó darle cuerda, pero el mecanismo no respondió. Aun así, algo


en el objeto le produjo una sensación extraña, una mezcla de
familiaridad y desconfianza. Revisó mentalmente los encargos de la
semana. Ningún cliente había dejado aquel reloj.

Lo guardó en el bolsillo del abrigo y salió a la calle.

El trayecto hasta su apartamento era corto. Caminaba siempre por la


avenida central, cruzaba una plaza con árboles enfermos y subía por
una calle estrecha donde una panadería seguía abierta hasta tarde.
Compró una barra de pan, evitó conversar con la dependienta y
continuó bajo la lluvia.

Al llegar a casa encendió únicamente la lámpara del salón. Vivía solo


desde hacía años. El apartamento estaba impecablemente ordenado,
pero tenía el tipo de silencio que no transmite paz sino costumbre.
Dejó las llaves en el mismo plato de cerámica de siempre, colgó el
abrigo y volvió a sacar el reloj.
Entonces ocurrió algo imposible.

Las agujas comenzaron a moverse.

No avanzaban hacia adelante. Retrocedían.

Primero lentamente. Después con mayor


rapidez.
Elías sintió un escalofrío. Pensó que se trataba
de algún mecanismo extraño, quizá una pieza
experimental antigua. Pero cuando las agujas
alcanzaron las ocho y cincuenta y cuatro, la
luz del salón parpadeó y el aire adquirió un
olor familiar: café recién hecho y humo de
tabaco.
Reconoció aquel olor de inmediato.
Era el olor de la casa de sus padres.
Miró alrededor. El apartamento seguía siendo
el suyo, pero algunos objetos habían
cambiado de lugar. Sobre la mesa había un
cenicero verde que no veía desde hacía veinte
años. En la radio sonaba una canción antigua.
Y en la cocina escuchó una voz.
—¿Elías?
Se quedó inmóvil.
La voz pertenecía a su madre, muerta desde
2008.
El corazón comenzó a golpearle con violencia.
Caminó lentamente hasta la cocina y la vio de
espaldas, preparando café como si nada
extraordinario estuviera ocurriendo. Llevaba el
mismo vestido gris que usaba los domingos.
Elías no habló.
Temía que cualquier palabra destruyera
aquella escena.
Su madre se giró y sonrió con naturalidad.
—Has llegado temprano hoy.
Él intentó responder, pero la garganta se le
cerró. Comprendió entonces que el reloj no
estaba roto. El reloj alteraba algo más
profundo que el tiempo mecánico. Abría
grietas.
Durante varios minutos permaneció allí
observando cada detalle: las pequeñas
arrugas alrededor de los ojos de su madre, el
sonido de la cuchara golpeando la taza,
incluso la forma exacta en que la lluvia
resbalaba por la ventana. Todo era real.
O parecía serlo.
Entonces recordó algo inquietante: las agujas
seguían moviéndose.
Miró el reloj.
Ocho y treinta y uno.
La escena empezó a deformarse casi
imperceptiblemente. La luz cambió de tono. La
voz de su madre sonó lejana, como si
proviniera de otra habitación. Elías
comprendió que aquello no duraría mucho.
Por primera vez en años sintió miedo
auténtico.
No miedo a morir, sino miedo a quedarse allí
para siempre, atrapado entre recuerdos
imposibles y momentos que ya no existían.
Cerró el reloj de golpe.
El silencio regresó inmediatamente.
La cocina desapareció. El olor a café se
esfumó. El apartamento volvió a ser el mismo
espacio frío y ordenado de siempre.
Elías permaneció quieto durante varios
minutos mirando el reloj cerrado sobre la
mesa.
Después entendió algo terrible.
No iba a deshacerse de él.

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