El tequila sabe a malas decisiones
Las plantas no mienten
El tequila sabe a malas
decisiones
Las plantas no mienten
Beatriz Reyes Cano
Universidad Autónoma de Sinaloa
México, 2026
Certificado
No. ACCMSC0001
Primera edición: 2026
D.R. © Beatriz Reyes Cano
D.R. © Universidad Autónoma de Sinaloa
Blvd. Miguel Tamayo Espinoza de los Monteros 2358,
Desarrollo Urbano 3 Ríos, 80020, Culiacán de Rosales, Sinaloa
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Dirección de Editorial
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ISBN: 978-607-737-554-8
Edición sin fines de lucro.
Prohibida la reproducción total o parcial
por cualquier medio sin autorización escrita
del titular de los derechos patrimoniales.
Hecho en México
El tequila sabe a malas decisiones
Sabía que esa sería una gran noche.
Mi papá estaba de viaje y mi mamá me dio permiso
de invitar a mis amigos.
—Nomás no hagan mucho escándalo, no vaya a ser
que se molesten los vecinos —me dijo.
—¡Ay, mamá! Como si al vecino de la casa azul le im-
portara mucho el sueño de los demás. Acuérdate cuán-
tos días tocó la banda en su cumpleaños: tres, mamá,
tres días. ¿Crees que le interesó que yo fuera a la escue-
la sin dormir? Claro que no. Y la hija de la enfermera, la
que se trae a sus amigos cada vez que a su mamá le toca
guardia, ¿te pregunta si molesta? Tampoco, ¿verdad?
Así que no me voy a preocupar por eso.
—Pues ya te lo advertí, no quiero quejas —dijo an-
tes de encerrarse en su cuarto a ver películas.
En cuanto cerró la puerta, mandé el mensaje al
grupo: «Cáiganle a la casa. Tengo música y botana; invi-
ten a sus amigos, cada quien su pisto».
Puse una mesa con botanas en el área verde, una
barra improvisada y fui a pedirle prestada una hielera
al vecino, el de la fiesta de tres días. Sabía que no me la
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iba a negar: lo vi en el antro con una mujer más joven
que su esposa, en una situación muy comprometedora.
A eso de las ocho llegó Michelle y me dijo que había
visto a Luke en el Oxxo comprando unas botellas.
Luke es mi mejor amigo. Es muy guapo. Estoy acos-
tumbrada a que las chicas se le lancen y a que él sea un
picaflor, pero la última vez que lo vi no quedamos en
buenos términos.
Camila y yo salimos a comer con él y nos dejó solas
en la mesa para irse de coqueto con una chica que co-
noció en el estadio de beisbol. Cuando se lo reclamé, me
respondió que quién era yo para prohibirle hablar con
otras chicas.
Ojalá no venga, pensé.
Pero vino.
Primero llegaron Diana, Miriam, Valeria y Camila
con una hielera llena de cerveza. Así empezó la fiesta.
Nos tomamos fotos antes de que se nos arruinara el
maquillaje, nos sentamos a platicar y, por supuesto, a
brindar.
—Llenen sus copas para grabar un boomerang
—dijo Diana—. ¡Listo! Ahora una foto. ¡Posen, chicas!
Un poco después llegaron Carlos y Luke.
Luke me saludó tan efusivo como siempre, como si
no hubiera pasado nada. Se sentó a mi lado y me abrió
una cerveza.
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La música seguía subiendo y, sin darme cuenta, la
casa empezó a llenarse de caras nuevas, vasos en la
mano y risas que no reconocía.
Por curiosidad, revisé la publicación de Diana. Te-
nía muchas más vistas de las que hubiera imaginado.
Decía: «Adivinen dónde estamos. Dice la anfitriona que
cada quien su pisto».
—No inventes, Diana. ¿Qué hiciste?
—Seguir tus instrucciones —me dijo—. No te pre-
ocupes, está en mi Close Friends. Querías una fiesta
divertida, ¿no? Pues la tendrás. Y dime, ¿qué traes con
Luke?
—Ya te conté lo que pasó cuando fuimos a comer
—le respondí.
—Ay, Sofía, qué simple eres. Claro que prefirió ligar
con una chica antes que comer contigo y Camila. Yo
hubiera hecho lo mismo —se rio—. ¿O qué? ¿Te gusta
Luke?
—¡Claro que no! —contesté—. Es mi amigo de toda
la vida, es como mi hermano, crecimos juntos.
—Entonces perdónalo. No pierdas su amistad por
una tontería. Cambiemos de tema, ahí viene —dijo Dia-
na bajando el tono de voz.
Luke se acercó.
—¡Qué buena fiesta, Sofía! Vamos a bailar.
—Sí, vamos —le dije—. Aunque no me tienes muy
contenta.
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—¡Órale! ¿Por qué estás molesta conmigo?
—Ah, ¿no te acuerdas? Nos dejaste solas a Camila y
a mí cuando fuimos a comer.
—Ay, Sofía, ¿sigues enojada por eso? Tenía que que-
dar bien con Gloria, va empezando la temporada de
beisbol y quiero que me invite al palco de su papá.
—Pero ibas con nosotras, tú nos invitaste a comer.
—Ya, Sofía, perdón. No lo volveré a hacer.
—Te perdono solo porque eres mi mejor amigo,
pero no quiero que vuelva a suceder, ¿vale?
Cuando estábamos bailando, me di cuenta de que la
música provenía de un DJ.
¿En qué momento llegó el DJ? No lo sé —la duda se
fue diluyendo entre la música y el alcohol.
—Vamos por un trago —dijo Luke.
Al llegar a la barra improvisada nos topamos con
Carlos, que acomodaba vasos rojos en una mesa que
había sacado de la cochera del vecino, el de la fiesta de
tres días.
—¡Beer pong! —gritó, alzando una botella de tequila.
—Vamos a jugar, Sofía —dijo Michelle.
Dudé un segundo, pero acepté. Perdí la cuenta des-
pués del tercer shot. Estaba feliz. Todo empezó a sentir-
se más ligero, más fácil. Me reía de todo.
Entonces lo vi.
Era un chico de la universidad. Apenas nos saludá-
bamos en los pasillos, pero siempre me había gustado.
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Se acercó y empezamos a platicar de cualquier cosa.
Bailamos un rato. En algún momento nos alejamos de
la fiesta.
Platicamos un poco, luego nos besamos. Al princi-
pio fue raro, pero el tipo besaba realmente bien. Por
un segundo me sentí poderosa. Al siguiente, completa-
mente perdida. Las cosas fueron subiendo de intensi-
dad, hasta que quiso ir más rápido de lo que yo quería.
De golpe, sentí que volví a la realidad.
Entonces escuché una voz en mi interior que me
gritaba ¿qué estás haciendo, Sofia? ¿Te has vuelto loca o
qué? Tú no haces estas cosas, no eres tú en este momento,
regresa a la fiesta. ¡Vamos!
—No —dije, apartándome—. Tengo que regresar a
la fiesta, soy la anfitriona —él intentó detenerme.
—No me toques, vete de mi fiesta —le dije.
Me alejé de ahí con el corazón acelerado y un senti-
miento de culpa y vergüenza. Esa no era yo. O al menos,
no la Sofía que yo creía ser.
Mis amigas seguían en la mesa de beer pong llenan-
do caballitos, así que busqué a Luke.
—Me siento mal. Necesito contarte algo —le dije,
jalándolo del brazo.
Avergonzada, le conté lo que pasó. Luke me escuchó
sin interrumpir.
—Los vi alejarse de la fiesta —me dijo.
—¿Me viste alejarme con él y no hiciste nada?
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—Pensé que estabas bien —respondió.
—¿Pensaste que estaba bien? —le dije mientras las
lágrimas corrían por mis mejillas—. ¿Cuándo me has
visto hacer esto? ¿No pensaste que había bebido dema-
siado?
Luke bajó la mirada.
—Aun cuando no lo hubiera querido, debiste dete-
nerme porque eres mi amigo. Los amigos se aconse-
jan, se cuidan, y tú dejaste que ese tipo que ni siquiera
conozco intentara aprovecharse de mí. ¡Vaya clase de
amigo que eres! —dije alejándome de él.
La música seguía sonando y la fiesta continuaba
como si nada. Me puse a bailar con las chicas, pero yo
sentí que algo había cambiado. No sabía si estaba más
decepcionada de Luke o de mí misma. Por primera vez
en la noche pensé que todo se me había ido de las ma-
nos... Y ya no estaba tan segura de seguir teniendo el
control.
Después de eso seguí tomando. No sé bien por
qué. Tal vez para no pensar, tal vez porque me sentía
tan avergonzada que ya me daba igual. Cada vez que
alguien me ofrecía una cerveza o un vaso, lo aceptaba.
La música seguía sonando, pero ya no era tan divertida.
Volví a la mesa donde seguían jugando beer pong. Em-
pezaba a dolerme la cabeza y sentía que el cuerpo no
me perteneciera del todo.
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Poco a poco, la gente comenzó a irse. Algunos se
despedían, otros simplemente desaparecían. La fiesta
se estaba apagando, y yo también.
Vi a Luke que estaba regresando la mesa a la casa
del vecino y algo dentro de mí explotó.
—¡Tú tienes la culpa! —le grité, caminando hacia él
sin pensar—. ¡Esto pasó por tu culpa!
—Sofía, cálmate.
—¡Me besé con ese tipo por tu culpa!
—Cálmate, no grites.
—¿Que me calme? ¿Quieres que me calme? —seguí
gritando mientras caminaba hacia mi casa—. ¡Eres mi
amigo y no me cuidaste! ¡Me dejaste hacer algo que sa-
bes bien que está mal, aunque tú lo hagas con todas las
chicas que conoces! Yo no soy así, lo sabes.
Sentía calor, enojo, ganas de llorar y de gritar, todo
al mismo tiempo. Luke intentó acercarse, pero yo lo
empujé. Luego empecé a golpearlo en el pecho, torpe,
sin fuerza, pero con rabia.
—¡Déjame! —le gritaba—. ¡No me toques!
Escuché una puerta abrirse.
—¿Qué está pasando aquí? —era la voz de mi mamá.
Al mismo tiempo, el vecino de al lado de mi casa sa-
lió también. Todo se volvió confuso. Luces prendidas,
miradas sobre de mí, silencio incómodo.
Luke me tomó con cuidado, pero firme.
—Sofía, ya —me dijo—. Vamos a entrar.
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Yo seguía gritando, diciendo cosas que no recuerdo
bien. Él me cargó en brazos porque me tropecé y estuve
a punto de caer. Me sentía humillada, furiosa, mareada.
Pataleaba, pero no tenía fuerza.
Entre él y mi mamá lograron meterme a la casa. Mi
mamá no dijo mucho. Su cara lo decía todo.
—A la regadera —ordenó.
El agua fría me cayó como un golpe. Me ardía la
piel, pero poco a poco mi cabeza empezó a aclararse.
Me quedé ahí un rato, sentada en el piso, abrazándome
las rodillas. Me sentía vacía. Me sentía tonta. Me sentía
chiquita.
Cuando salí, con el cabello mojado y envuelta en
una toalla, mi mamá me miró sin decir nada y señaló
las escaleras.
—Luke está abajo —dijo—. Te está esperando. Pon-
te la pijama.
Bajé despacio. Luke estaba sentado en el sillón, con
las manos juntas, mirando al piso. Cuando me vio, le-
vantó la mirada.
—Lo siento —le dije, casi en un susurro—. No debí
gritarte... ni pegarte.
Luke suspiró.
—Estabas mal, Sofía. Me preocupaste.
—Yo solo... —tragué saliva—. Siempre pensé que si
me encontraba en una situación de riesgo tú me ibas a
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cuidar como lo has hecho desde que éramos niños, ¿lo
recuerdas?
—Sí, lo recuerdo bien, siempre te he cuidado y debí
hacerlo también en esta ocasión—respondió—. Me
siento avergonzado. Perdóname, por favor.
—Perdóname tú también —le dije—, estaba des-
controlada, no debí beber tanto.
Afuera, la privada estaba otra vez tranquila, como
si nada hubiera pasado. Mamá me ayudó a recoger la
basura.
A la mañana siguiente desperté con la boca seca y la
cabeza latiéndome como si alguien golpeara la puerta
desde adentro. El cuarto olía a alcohol y culpa.
No recordaba todo con claridad, pero sí lo suficiente.
Mi mamá no me habló en el desayuno, y eso fue
peor que cualquier regaño.
Me serví un vaso de agua, y cuando el líquido me
tocó la lengua, pensé que el tequila no sabía a limón ni
a sal: sabía a malas decisiones.
Y esa, definitivamente, había sido una gran noche.
Las plantas no mienten
Hola, soy Leslie. Tengo 19 años. Estudio, me gusta salir
con mis amigos y suelo creer, siempre, que todo va a
salir bien.
Ayer fue mi cumpleaños y, para ser honesta, pensé
que sería una de esas noches que se recuerdan por las
razones correctas: risas, música, amigos y cero arre-
pentimientos. Tenía grandes expectativas. Demasiadas,
quizá.
Lo que no imaginé es que terminaría despertando
con el cuerpo adolorido, la cabeza hecha un desastre
y la sensación incómoda de que algo no había salido
como esperaba.
No tuve mucho tiempo para reflexionar sobre lo
ocurrido. Antes de poder ordenar mis recuerdos, mi
cuerpo empezó a cobrar factura de la noche anterior.
Había una pesadez extraña en cada movimiento, una
incomodidad difícil de explicar, como si algo dentro de
mí estuviera fuera de lugar. Intenté moverme despacio,
sin saber aún qué hora era ni por qué me sentía así.
La luz del sol me dio de lleno en la cara y me sacó del
sueño. Intenté abrir los ojos, pero el resplandor me lo
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impidió. Mi cuerpo seguía dormido; mi cerebro aún no
procesaba nada. Cuando por fin logré moverme, sentí
que el cuarto daba vueltas. Vino a mi mente el volantín
del parque en el que me gustaba jugar cuando mi papá
lo hacía girar muy fuerte: esa sensación de libertad me
hacía feliz. Solo que ahora no era felicidad lo que sentía,
sino unas ganas enormes de vomitar.
Me levanté como pude y llegué al baño sujetándome
de la cama y la pared. Vacié el estómago hasta quedar
agotada. Luego me metí a la regadera, abrí la llave y
dejé que el agua fría corriera sobre mi cabeza. Sentí un
ardor en las piernas; intenté agacharme para ver qué
tenía, pero un mareo me lo impidió. Permanecí bajo el
agua hasta que la sensación cedió.
Me envolví en la toalla y me recosté en la cama.
Estaba a punto de quedarme dormida cuando mamá
abrió la puerta para ver si ya había despertado. En ese
momento, mi perrita entró corriendo al cuarto persi-
guiendo al gato; saltaron a la cama y comenzaron a ju-
gar. El movimiento del colchón fue suficiente para que
un recuerdo de la noche anterior regresara, desordena-
do, a mi cabeza.
Estábamos todos sobre el brincolín, riéndonos sin
parar, saltando como si el piso no existiera. La música
sonaba fuerte, Luke gritaba mi nombre y Erick pedía
más cerveza. La lona se hundía bajo nuestros pies y,
por un segundo, me sentí ligera, suspendida en el aire,
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casi invencible. Luego vino el ruido seco, un crac que
nadie quiso escuchar. El brincolín se venció de un lado
y todos caímos encima unos de otros, entre risas, que-
jidos y gritos. Camila se levantó cojeando, Diana seguía
tirada, riéndose, y yo me quedé ahí, mirando el cielo,
pensando que quizá eso no había sido tan buena idea.
Antes de que alguien pudiera decir algo coherente,
sentí las primeras gotas de lluvia caer sobre mi cara.
Era ese tipo de lluvia que no pregunta si tienes planes.
—Tranquilos, no pasa nada —dijo Enrique, levan-
tando los brazos—. Es solo una llovizna. Ustedes, los
del brincolín, ya levántense, no sean pancheros.
Nos levantamos entre risas y seguimos bailando
bajo la lluvia, que en cuestión de minutos se volvió más
insistente, como si el cielo también hubiera decidido
unirse a la celebración.
—¡Métanse a la casa! —grité, mientras tomaba el
pastel.
Corrimos entre risas y tropiezos, empapándonos
en el intento. Algunos resbalaron en el pasto mojado;
otros cargaban vasos medio llenos tratando de salvar
lo insalvable. Mario y Pepe arrastraban la hielera como
si fuera un tesoro. El maquillaje empezó a correrse, los
tenis hacían ese ruido incómodo de agua atrapada, y la
música se escuchaba cada vez más lejana.
—¡La bocina! —gritó Cristian—. ¡Vamos por ella!
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Sin pensarlo, se regresó bajo la lluvia y Omar fue
tras él.
Nos refugiamos como pudimos en la casa más cer-
cana, pero éramos demasiados para tan poco espacio.
Seguimos corriendo hasta mi casa. Al entrar, el estruen-
do de un rayo nos hizo gritar a todos al mismo tiempo.
Unos se sentaron en la escalera, otros en el come-
dor; algunos se metieron directo a la cocina para pre-
parar bebidas. Jonás tropezó al entrar, se cayó y resbaló
hasta la cocina. Al verlo, todos estallamos en carcaja-
das. Había gente sentada en el piso, otros recargados
en la pared, y hubo quien decidió que era buen momen-
to para vomitar en el jardín, bajo la lluvia, como si eso
también fuera parte del ritual.
Yo me quedé de pie, temblando un poco, sin saber
en qué momento había perdido el control de la noche.
No sabía si reírme o ponerme a llorar.
—Vamos, no estés triste, es tu fiesta —me dijo Fer-
nanda, acercándose.
—Sí... una fiesta arruinada —contesté.
— ¿Arruinada? Claro que no —dijo Pepe antes de
meterse al baño.
Unos segundos después, salió.
—Es la fiesta más divertida a la que he ido en mucho
tiempo —dijo, muy orgulloso.
Lo seguimos con la mirada y no pudimos aguantar
la risa al ver que su pantalón estaba roto y el interior
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del bolsillo le colgaba de fuera, dejando ver un bóxer de
Mickey Mouse.
—¡Pepe, tu pantalón! —le gritó Fernanda entre car-
cajadas.
Todos se rieron y comenzaron a bromear al ver su
bóxer.
—¡Jajajajaja, te llevaste la noche! —gritó alguien
desde el fondo.
Y ahora, acostada en mi cama, con el estómago re-
vuelto y la cabeza latiendo, el recuerdo del brincolín
roto y la lluvia cayendo sin aviso me parecía una adver-
tencia que había llegado demasiado tarde.
Miré mis piernas, enrojecidas y llenas de raspones.
Intenté recordar qué me había pasado, pero no logré
reconstruir nada con claridad.
Al parecer, mi fiesta de cumpleaños no salió como lo
había planeado; aunque, siendo honesta, nadie planeó
nada.
Me senté con cuidado en la cama. Cada movimiento
era un recordatorio punzante de que algo había pasado.
En el piso estaban mis tenis, llenos de lodo, y mi blusa
colgada en la lámpara; eran las pruebas silenciosas de
una noche que no lograba recordar del todo.
—Feliz cumpleaños —me dije, tratando de recons-
truir la noche.
Los recuerdos llegaron como flashbacks mal editados.
22 Las plantas no mienten
Primero, la llegada de todos con abrazos, felicita-
ciones y algún regalito envuelto a la carrera. Los de
siempre diciendo que «nomás venían un rato», como si
alguien de verdad creyera eso.
Luego el brincolín. Alguien que conozco, pero en
este momento no recuerdo su nombre, juró que aguan-
taba perfectamente a cinco personas. Todavía no en-
tiendo por qué le creímos. Después de un rato, escucha-
mos un crac seco y vimos cómo se hundía lentamente,
como un barco abandonando la esperanza. Por fortuna,
nadie se lastimó, fue tan divertido que no podíamos de-
jar de reír. El brincolín se quedó hundido en el pasto,
mientras la música seguía sonando como si nada hu-
biera pasado.
Fernanda desapareció un rato y la encontramos
sentada en la jardinera, riéndose con un chico que no
reconocí. Estaban empapados, despeinados y felices,
como si el resto del mundo no existiera. Por un segundo
pensé que eso también era parte de la fiesta: perderse
un rato para no pensar en nada.
Yo recuerdo haberme sentido increíble. Como si
todo estuviera pasando exactamente como debía pasar.
Por un momento, nada importaba: ni la lluvia, ni el caos,
ni que alguien estuviera vomitando en una maceta que
no era mía. En ese momento, eso me pareció suficiente.
Después... el vacío. Como si alguien hubiera apagado
la noche.
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Intenté levantarme de la cama y entonces vi mis
piernas adoloridas, llenas de espinas.
—¿Por qué tengo tantas espinas? —pregunté, aun-
que estaba sola.
No podía recordarlo.
Fui al baño y me miré al espejo. Tenía moretones
que no reconocía y pequeñas marcas rojas en las pier-
nas. Mientras me quitaba con cuidado algunas espinas,
una imagen empezó a armarse sola: el jardín, la lluvia,
yo caminando sin fijarme por dónde… alguien gritán-
dome algo que no escuché.
Salí al patio.
Ahí estaba la prueba: una planta completamente
aplastada y triste. Me quedé viéndola unos segundos.
—Perdón —le dije—. Fue mi cumpleaños.
Regresé a mi cuarto, caminando despacio, como si
cada paso fuera una advertencia. Me senté en la cama
y solté una carcajada que no supe detener, una de esas
que hacen llorar de risa, porque cuando todo ya pasó,
reírse es a veces lo único que queda por hacer.
No recordaba el momento exacto de la caída, ni
quién estaba conmigo, ni si alguien se rio o me ayudó a
levantarme. Solo sabía que mi cuerpo había pasado la
factura completa.
Afuera, la mañana era tranquila, demasiado tran-
quila para todo lo que había pasado la noche anterior.
El patio estaba cubierto de huellas de lodo, vasos olvi-
24 Las plantas no mienten
dados y risas que ya no estaban. La planta seguía ahí,
aplastada, como testigo silencioso de la fiesta.
Índice
El tequila sabe a malas decisiones. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7
Las plantas no mienten . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 17