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La invasión napoleónica a España inicia el proceso de independencia en México, que se divide en dos etapas marcadas por conflictos de clases y etnias. La primera etapa, comenzando en 1810, es liderada por figuras como Miguel Hidalgo y José María Morelos, pero enfrenta una fuerte resistencia de la Corona española y culmina en una coalición conservadora. La segunda etapa, influenciada por la política liberal en España, lleva a la proclamación de Agustín Iturbide como emperador y a un prolongado periodo de inestabilidad y conflictos internos, que eventualmente da paso a la era del Porfiriato bajo el control de Porfirio Díaz.

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La invasión napoleónica a España inicia el proceso de independencia en México, que se divide en dos etapas marcadas por conflictos de clases y etnias. La primera etapa, comenzando en 1810, es liderada por figuras como Miguel Hidalgo y José María Morelos, pero enfrenta una fuerte resistencia de la Corona española y culmina en una coalición conservadora. La segunda etapa, influenciada por la política liberal en España, lleva a la proclamación de Agustín Iturbide como emperador y a un prolongado periodo de inestabilidad y conflictos internos, que eventualmente da paso a la era del Porfiriato bajo el control de Porfirio Díaz.

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D.

México

La invasión napoleónica a España desencadena el proceso de emancipación en


México, que atraviesa por dos etapas dis-tintas, definidas por las diferencias de
protagonistas y de orientaciones, y en las cuales los conflictos de clases y etnias
tienen un papel determinante sobre las posturas y las leal-tades políticas

La primera etapa comienza en 1810, en Querétaro, a partir de una conspiración que


agrupa a miembros de la burguesía criolla del México central (juristas, funcionarios
subalternos, oficiales del ejército, bajo clero). El plan original se propone lograr el
apoyo de la población criolla y de las tropas, arres-tar a todos los españoles y
organizar un gobierno mexicano en nombre de Fernando VII. Descubierta la
conspiración, uno de sus miembros, el cura de Dolores, Miguel Hidalgo, llama a la
insurrección para la independencia y bajo el es-tandarte de la virgen de Guadalupe.
Su llamado es respal-dado por masas indígenas y campesinas y por algunos gru-pos
militares, que en conjunto alcanzan en un mes a 80.000 hombres. Hidalgo cambia
radicalmente la limitada orienta-ción original de la conspiración; suprime la
esclavitud y pro-mete a los indígenas la restitución de sus tierras y la supre-sión del
tributo. La guerra de la independencia se convierte en guerra de clases y de razas,
recusa todo vínculo con la monarquía española, se vuelve «una revolución agraria en
gestación» (Octavio Paz), alcanza en ambos bandos una fe-roz violencia. La
insurrección se extiende a varias regiones y grupos. Incorpora a sacerdotes,
rancheros, muleteros, camp-pesinos pobres, de origen criollo, mestizo e indígena, y a
líderes como el cura José María Morelos. Espantados por el carác-ter clasista y racial
de la insurrección y por las proyecciones que aquella va adquiriendo, los oficiales del
ejército (en su mayoría mexicanos), los terratenientes y la Iglesia se alían a la Corona
española. Esta coalición reaccionaria aprovecha las debilidades y los errores de la
insurrección, y la va derro-tando hasta reducirla a núcleos poco significativos,

Al mismo tiempo que la insurrección va siendo derrotada en su primera fase, popular


y agrarista, su impacto irreversible y las exacciones y atrocidades de las autoridades
españolas contribuyen a que la causa de la independencia vaya ganan-do a la
mayoría de la población. Un acontecimiento externo acelera esta definición y
desencadena la segunda fase del proceso emancipador. En 1820, Riego se subleva en
Cádiz y obliga a Fernando VII a restablecer la Constitución, liberal de 1812, limitativa
del absolutismo real. El triunfo liberal en España es visualizado por los
conservadores, la Iglesia y el ejército de México como una amenaza a sus privilegios.
La independencia a través de una fórmula monárquica comien-za a parecerles un
medio de evitar la concreción del peligro. Con tal objeto se inician negociaciones con
los insurrectos Un ambicioso oficial mestizo, Agustín Itúrbide, es parte im-portante de
la negociación, que se concreta en el Plan de las Tres Garantías (Iguala, febrero de
1821), aceptado por liberales y conservadores, y que O’Donojú, último virrey espa-
ñol, aprueba por el tratado de Córdoba (24 de agosto de 1821). La independencia
política va acompañada por la pre-servación de la riqueza, los privilegios y el poder de
los gran. Des terratenientes y de la Iglesia, y por la posibilidad de la solución
monárquica. El 18 de mayo de 1822, Agustín Itúr-bide es proclamado emperador por
el Congreso constituyente, bajo la presión del ejército y de masas populares de
México movilizadas a tal efecto.

El logro de la independencia y la solución imperial no se tra-ducen inmediatamente


en la constitución de México comonación ni en el surgimiento de un Estado nacional
centrali-zado y eficiente. Se abre, por el contrario, un prolongado pe-ríodo de
inestabilidad, anarquía y guerra civil. Los conflictos sociales y políticos que son su
contenido y sustrato se generan a la vez por factores y circunstancias de tipo externo
e interno. Estados Unidos comienza a infiltrar colonos en Texas, princi-pio de una
estrategia anexionista que no tardará en triunfar. Gran Bretaña desarrolla, por su
parte, una penetración económica a través de las exportaciones, la inversión de capi-
tales en la minería y los empréstitos al Estado. Entre Estados Unidos y Gran Bretaña
se despliega una batalla política y económica que toma injerencia en los asuntos
internos y re-percute en los enfrentamientos y en sus desenlaces.

Desde el punto de vista interno, la estructura socioeconómica de la Colonia es


preservada y consolidada en lo esencial por los nuevos gobiernos El poder es tomado
por los grupos terra-tenientes y burgueses urbanos de origen criollo, asentados en el
México central, en conflicto con los rancheros mestizos del norte y el sur. La Iglesia
mantiene y refuerza su riqueza, poder y privilegios. Es el principal propietario, pero no
moviliza sus bienes ni sus recursos, y se beneficia con la exención de im-puestos. El
ejército defiende celosamente sus efectivos, sus suel-dos y privilegios, e interviene
de modo activo en la política, alternando su apoyo entre distintos grupos y
gobernantes e im-poniendo decisiones. Las masas indígenas ven frustradas las
esperanzas que suscitaran las promesas de sus líderes revolu-cionarios. Son
mantenidas en la sujeción, la expoliación y la marginalidad, entrecortadas por
explosiones ocasionales de re-beldía. (En Yucatán, una insurrección de los mayas
contra los blancos se prolonga varios años.) La miseria, el analfabetismo. El alcohol,
permiten su fácil manipulación política y militar por las facciones en lucha.

La vida política se polariza durante varias décadas en dos tendencias fundamentales.


Los «Moderados» agrupan y expresan a los terratenientes y burgueses urbanos de la
región central y a la Iglesia, y al mismo tiempo cuentan con el apo-yo de la logia
masónica del rito escocés. Propician una politi-ca conservadora y clerical, y buscan
implantar una república centralizada y autoritaria, dirigida por caudillos militares.
Esta tendencia logra la simpatía y alianza de Gran Bretaña. Los «Puros>> son
expresión política de los rancheros mestizos y criollos del norte y del sur. Propician
una política liberal y anticlerical que instaure una Constitución democrática, limite el
poder y los privilegios de los terratenientes y de la Iglesia,

Y asegure la vigencia de las libertades públicas y locales y de una república federal.


Los Puros son apoyados por Estados Unidos y por la logia masónica del rito del York.
El sistema político-institucional y el Estado nacional soberano

Y centralizado emergen y se consolidan a través de un costoso proceso que dura


varias décadas, dificultado por una varie-dad de factores y circunstancias
convergentes: la extensión y diversidad del territorio, y la contraposición de intereses
so-ciales y regionales; la falta de una rápida solución al proble-ma de la hegemonía
sociopolítica; el exacerbado individualis-mo de los políticos y de los generales; la
constante interven-ción del ejército; la rivalidad entre Gran Bretaña y Estados Unidos
y entre las sociedades secretas; la dificultad de los tras-portes y comunicaciones,
que favorece los levantamientos lo-cales y las tentativas de secesión. El Estado se ve
también li-mitado y paralizado en su poder y en su acción por la insu-ficiencia de sus
recursos El déficit presupuestario permanenten-te es alimentado por: las exenciones
impositivas a la Iglesia; el pesado costo del numeroso ejército, con elevados sueldos
y las exacciones de los generales; la insuficiencia de los ingresos (aduanas,
impuestos, monopolios fiscales); la dependencia de prestamistas y especuladores,
que imponen condiciones gravo. Sas y exigen elevados intereses, comisiones y
garantías adua-
Neras. El ciclo de tentativas constitucionales y de etapas de anar-quía y dictadura
parece perpetuarse indefinidamente (Cons-titución Federal de 1824 1824; leyes
constitucionales centralistas de 1836; Constitución autoritaria de 1843; Imperio de
Itúr-bide, 1822-1823; dictadura de Santa Ana, que con diversas al-ternativas se
extiende desde 1834 hasta 1855). Hasta el adve-nimiento de Porfirio Díaz al poder, los
gobiernos duran en promedio menos de un año. Las luchas civiles y la debilidad del
Estado posibilitan la expansión agresiva de Estados Uni-dos, que sustrae a México la
mitad de su territorio

A mediados del siglo XIX entra en escena una nueva genera-ción de liberales, de
diferentes orígenes étnicos, sociales y pro-fesionales, inspirados por el pensamiento
económico británico y por la filosofía política francesa. Sus principales líderes son
Santos Degollado, Manuel Doblado, Benito Juárez, Miguel Lerdo de Tejada, Ignacio
Ramírez, Guillermo Prieto. Su pen-samiento busca concretarse en una política que
liquide el pa-sado colonial, renueve las estructuras atrasadas de México, suprima los
privilegios, movilice los bienes del clero e instaure una república verdaderamente
constitucional para una nación capitalista (Lerdo de Tejada) o de pequeños propieta-
rios (Ocampo). La estrategia de este nuevo grupo liberal-re-formista se ve favorecida
por la derrota de México frente a Estados Unidos, que desacredita el caudillismo
militar y con-tribuye al derrocamiento del dictador perpetuo Santa Ana en 1855. La
nueva concepción comienza a traducirse en actos. La Ley Juárez (1855) dispone la
abolición de los fueros y tribunales especiales para el ejército y para el clero. La orden
jesuita es disuelta. La Ley Lerdo de Tejada (junio de 1856) suprime la propiedad
colectiva de los bienes inmobiliarios; ordena la venta de las propiedades de la Iglesia
y el reparto de los ejidos correspondientes a las aldeas indígenas. La mo-vilización de
tierras que de ello resulta es aprovechada por capitales extranjeros y mestizos para la
acumulación; estimula la concentración latifundista y perjudica a los indígenas. La
Constitución de 1857 mantiene el sistema federal, la división del país en estados,
pero amplía los poderes del gobierno cen-tral y reafirma enfáticamente algunas
libertades esenciales (abo-lición de los privilegios, ilegalidad del peonaje).

La legislación de la Reforma desencadena una contraofensiva conservadora-clerical


que desemboca en una sangrienta guerra civil de tres años, en la que se entrelazan
conflictos regionales, religiosos y sociales. El gobierno de Benito Juárez, designado
presidente por el Congreso, decide en plena lucha la confis-cación de los bienes
clericales, la supresión de las órdenes re-ligiosas, la separación de la Iglesia y el
Estado. El control de las aduanas, el apoyo del gobierno norteamericano y un am-plio
grado de adhesión popular permiten a Benito Juárez con-ducir exitosamente una
guerra regular y de guerrillas, y en-trar triunfalmente en la ciudad de México (enero de
1861). Una vez triunfante, Benito Juárez intenta restablecer el orden institucional y
legal Pese a que las medidas contra los bienes eclesiásticos han enriquecido a
numerosos propietarios mesti-zos y jefes locales, el Estado carece de recursos
financieros. Juárez suspende por dos años el pago de los intereses de la deuda
externa, y se niega a satisfacer los reclamos de indem-nización por daños a
ciudadanos europeos. Los conservadores y clericales derrotados apelan a la
intervención extranjera de Francia, Gran Bretaña y España, de la cual surge en
definitiva la tentativa imperial de Maximiliano de Austria (1863-1867), finalmente
fracasada. Victorioso una vez más, Benito Juárez gobierna hasta su muerte en 1872.
Sus leyes y las de su sucesor en la presidencia, Miguel Lerdo de Tejada (1872-1876),
con-tinúan la línea de movilización y redistribución de propiedades eclesiásticas e
indígenas, fomentan la colonización, disuel-ven las órdenes religiosas, implantan la
libertad de enseñan-za. La nueva clase latifundista aprovecha las leyes reformistas y
los conflictos civiles e internacionales para seguir enrique-ciéndose y afirmándose.

La consolidación y expansión de la estructura socioeconómica que se ha ido


configurando desde la emancipación, la orga-nización definitiva del sistema político-
institucional y la inte-gración de México al sistema internacional tienen lugar por el
impulso y bajo la égida del «Porfiriato».

El general Porfirio Díaz organiza un ejército rebelde en Estados Unidos, entra en


México, derriba al sucesor de Benito Juárez y llega al poder en 1876 bajo la divisa:
«Sufragio efectivo, no reelección». Es reelegido ocho veces, y gobierna el país duran-
te 34 años (1876-1911), con el intervalo formal de 1880-1884. Héroe militar del
juarismo, dotado de energía, astucia y experiencia, su régimen, una versión mexicana
del despotismo ilustrado, se basa en una eficaz combinación de violencia bru-tal,
hábil manipulación, logro de un tipo particular de paz y prosperidad, y satisfacción de
los intereses fundamentales de la nueva oligarquía y de los grupos extranjeros

Bajo el Porfiriato, el aparato estatal es centralizado y fortale-cido, multiplica sus


resorts y los usa sobre todos los sectores y regiones. Los caudillos son ganados por la
adulación, los ho-nores, las dádivas, los privilegios. Los jefes regionales y local-les
están sometidos a constante vigilancia. Sus rivalidades son estimuladas para
enfrentarlos entre sí. Se los cambia de puesto y de lugar cuando pueden volverse
demasiado populares. Se toleran sus arbitrariedades y atropellos para que el
consiguien-te odio de los súbditos los vuelva más dependientes del poder central.
Civiles y militares, gobernadores, comandantes y ca-ciques locales son manipulados
y enfrentados diestramente pa-ra debilitarlos e impedir que emerjan rivales
eventualmente peligrosos. Los oficiales del ejército se benefician con altos suel-dos y
posibilidades de cohecho y negociado, pero no se les per-mite permanecer
demasiado tiempo al mando de los mismos hombres y en el mismo lugar

Una policía rural montada, bien equipada y remunerada, a la que se dota de poderes
discrecionales, absorbe en su reclu-tamiento a un número respetable de antiguos
rebeldes y ex bandidos, y despliega considerables aptitudes para el terror-rismo
represivo contra los indígenas, los campesinos y los opo-sitores que no se someten al
gobierno central ni a los abusos y depredaciones de los propietarios nativos y de los
inversoresextranjeros (despojos de tierras, condiciones serviles o escla-vistas de
trabajo). Se impone en los campos y en las ciudades apaz sepulcral. Los sindicatos
obreros son prohibidos y ani-quilados. Doscientos trabajadores textiles de empresas
fran-cesas son fusilados en la primavera de 1907. Ello no excluye que el gobierno
arbitre a veces con cierta amplitud en los con-flictos laborales, una vez suprimidos
los dirigentes.

El desarrollo del ferrocarril y del telégrafo contribuye a dar vigencia y eficacia al


Estado y a su aparato represivo en todo el territorio nacional, a integrar físicamente el
país y a mantener el orden. Un ingreso fiscal creciente permite multiplicar por nueve
el número de funcionarios públicos, a los que se remunera bien, pero se recluta
preferentemente entre los jefes de familias numerosas, predispuestos al servilismo
por el temor al desempleo y a la miseria

La política de paz, estabilidad y crecimiento económico, y de otorgamiento de


privilegios discriminatorios (empleos, nego-ciados, monopolios), hace que el
Porfiriato se gane el apoyo y la lealtad de la aristocracia criolla, rural y urbana, y de los
generales, funcionarios, antiguos reformistas acaudalados, cle-ro y capitales
extranjeros. Pagan su prosperidad y sus privile-gios con el sometimiento
incondicional o la predisposición fa-vorable, que les hacen olvidar los aspectos
opresivos del régi-men. Los opositores -políticos, abogados, intelectuales, perio-
distas, líderes sindicales son reducidos en gran medida por el terror, el asesinato o el
cohecho. El fraude electoral orga-nizado por caciques y funcionarios va acompañado
por una apatía política inducida a la vez por la opresión y por la pros-peridad No se
tolera la existencia de una auténtica vida po-lítica, y solamente llega a existir un
partido, oficialista (Unión Liberal, 1891). El presidente nombra a todos los
funcionarios de la administración pública, para cuyos rangos superiores re-cluta
hombres competentes. El Congreso y el Poder Judicial carecen de la más mínima
independencia.

El régimen cuenta además con su propio equipo ideológico, los «Científicos». Lo


constituyen intelectuales, funcionarios y empresarios de mentalidad positivista,
admiradores de la cien-cia, de la industria y del librecambio, que elaboran un pro-
grama de crecimiento económico y de reforma administrati-va modernizante. De
acuerdo con su concepción, que se vuel-ve credo oficial, los inversores extranjeros
deben aportar los capitales y la aptitud empresarial de las cuales, según se cree,
carece el país, hasta que el propio progreso permita rempla-zar a los primeros por
mexicanos en los puntos críticos de la economía. Para ello se debe crear un clima
favorable en y para los inversores extranjeros. Esta operación abarca por lo menos
dos aspectos esenciales. Por una parte, se cumple una campaña sistemática de
descrédito del pueblo mexicano, es-pecialmente de los indígenas y mestizos, a
quienes se imputa una incapacidad racial congénita y una creciente tendencia
degenerativa. El desprecio a la cultura nacional recibe consa-gración oficial. La
orientación desnacionalizadora se evidencia en la cultura, la arquitectura, el arte y las
costumbres. Por otra parte, México debe ofrecer todos los incentivos posibles a los
inversores extranjeros, especialmente estabilidad socio-económica y política,
favoritismo y alta rentabilidad.

El Porfiriato comienza por restablecer la confianza de la oli-garquía nacional y de los


inversores extranjeros. La deuda externa es reajustada a través de negociaciones con
los acreedores foráneos. La deuda interna es reducida mediante rembolsos y
conversiones. Las deudas públicas son escrupulosamente paga-das. El presupuesto
fiscal alcanza el equilibrio primero y el superávit luego. La creciente estabilidad
monetaria termina por posibilitar en 1905 la adopción del patrón oro. Las leyes
mexicanas son modificadas en favor de los extranjeros, y las concesiones a estos se
multiplican. El prestigio internacional del régimen sube rápidamente. En 1890, el
gobierno debe ofre-cer un interés del 6% y un descuento del 35% para lograr un
empréstito; las condiciones para igual fin bajan en 1910 a 4 y 3%, respectivamente

Las inversiones extranjeras comienzan a ingresar en cantida-des cada vez más


considerables. Afluyen hacia la explotación agropecuaria, los ferrocarriles, los
servicios públicos, el pe-tróleo y la minería, el comercio mayorista y minorista;
adquie-ren una posición dominante en la economía. La inclusión de miembros de la
familia del presidente y de su círculo íntimo en los directorios de las empresas
extranjeras cipales corrientes inversoras proceden de Estados Uni-For presión de este
país, el gobierno de México abre el a la construcción de ferrocarriles por compañías
nor-mericanas, a las que siguen falanges de petroleros, mineros, aderos,
especuladores en tierras, comerciantes e industriales mismo origen. El tráfico
mercantil interno pasa también a ser dominado por grupos norteamericanos. La
acción bri-ase dirige al agro, la minería, el petróleo, el comercio exterior, la banca y la
industria. Francia hace grandes inver-sones en la industria textil. Alemania pasa a
ocupar una po-sición importante en el comercio exterior de México. España se
concentra en el comercio mayorista y minorista y en las plan-ciones de tabaco.
Dentro de una política general de inver. Siones extranjeras, el Porfiriato intenta
balancear la influencia Borteamericana con la europea, e impide así que los ferroca-
miles pasen totalmente a manos de los primeros.

Bajo el Porfiriato, se entra de lleno en el desarrollo capitalis-dependiente. Las


estadísticas oficiales, que por primera vez publican regularmente y tienen amplia
difusión en el exanjero, exhiben los índices de la prosperidad y el progreso. La red
ferroviaria crece de unos centenares de millas a más de 15.000. El comercio exterior
se diversifica y se decuplica entre 1873 y 1910, alimentado por la expansión de la
minería de la producción agropecuaria (plata, oro, cobre, petróleo, arúcar, yute). La
industria aumenta en cantidad y en diver-sidad (fundiciones de plomo, cobre, hierro y
acero; hilados algodón y lana; química; alimentación; manufacturas de tabaco;
centrales hidroeléctricas). El crédito externo y el flu-jo de capitales extranjeros
parecen no tener límites. La pobla-ción aumenta en un 50% entre 1880 y 1910

El brillante rostro del progreso y de la prosperidad material encubre un trasfondo


sombrío y amenazador. La mayoría del pueblo mexicano recibe poco o ningún
beneficio de la política porfirista y del crecimiento económico dependiente y defor-
medo que aquella promueve y refleja. La concentración de riqueza y poder por una
minoría de nativos y extranjeros va acompañada de la expoliación, miseria y opresión
de los obre-os, los campesinos y las capas medias inferiores. El rápido crecimiento
demográfico amenaza rebasar los esquemas de sistema socioeconómico y político
cada vez más rígido. La minación extranjera se ejerce de modo casi absoluto sobre la
vida nacional, y va creando un nacionalismo que termina vertse en violenta y
generalizada xenofobia. El pro-paio Porfirio Díaz teme en los últimos años de su
régimen ha- refuerza los víncu-los entre estas y el sistema de poder

El Porfiriato cumple una distribución masiva de tierras en favor de capitalistas


foráneos y nacionales y de políticos y g-nerales, a expensas sobre todo del
campesinado indígena. Entre 1883 y 1894, un quinto de la superficie total de la
república es repartida entre especuladores extranjeros y amigos perso-nales del
círculo dirigente. Hacia 1910, solo un 10% de las comunidades indígenas conservan
algo de sus tierras. El Có-digo Minero de 1884 otorga a los dueños del suelo la
propiedad del subsuelo, y hacia 1910 las tres cuartas partes de las minas pertenecen
a extranjeros berse excedido al colocar a México «muy lejos de Dios y muy cerca de
Estados Unidos», y comienza a maniobrar entre las empresas extranjeras y entre las
grandes potencias para dis-minuir su influencia relativa (especialmente en lo que se
re-fiere a los ferrocarriles y al petróleo). Sus tardías veleidades nacionalistas no son
comprendidas ni creídas por el pueblo mexicano, pero irritan a los intereses
extranjeros, que comien-zan a retirar su apoyo al régimen e incluso a estimular cons-
piraciones contra él.

El Porfiriato ha sobrevivido demasiado tiempo. Los éxitos que lo justifican parecen


adquiridos, y sus aspectos opresivos pa-san, por el contrario, a primer plano.
Intelectuales y políticos intensifican su actividad opositora. Porfirio Díaz y su círculo
íntimo se van aislando del país, envejecen, no dejan lugar a hombres nuevos ni a las
promociones juveniles. El régimen ha ido acumulando durante décadas una masa de
materiales explosivos que una chispa ocasional o imprevista se convertirá en la
gigantesca hoguera revolucionaria de 1910

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