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Cap 2

Marina enfrenta un bloqueo creativo mientras intenta escribir en un taller de escritura, lo que la lleva a reflexionar sobre su relación con Milo y sus inseguridades. A medida que se desarrolla la historia, se exploran temas de conexión emocional, la búsqueda de identidad y la importancia de la expresión artística. Finalmente, se revela un descubrimiento familiar que impulsa a Marina y su hermana a investigar el pasado de su tía.

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Cap 2

Marina enfrenta un bloqueo creativo mientras intenta escribir en un taller de escritura, lo que la lleva a reflexionar sobre su relación con Milo y sus inseguridades. A medida que se desarrolla la historia, se exploran temas de conexión emocional, la búsqueda de identidad y la importancia de la expresión artística. Finalmente, se revela un descubrimiento familiar que impulsa a Marina y su hermana a investigar el pasado de su tía.

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Segunda parte I C o lla g e

Segunda parte
Collage

Quien nombra, ¡lama. Y alguien acude, sin cita previa,


sin explicaciones, al lugar donde su nombre, dicho o pensado, Fue un domingo. Gabriela se había ido a la casa
lo está llamando. Cuando eso ocurre, uno tiene el derecho de una amiga y Belén, al cine. Marina había pasado la
de creer que nadie se va del todo, mientras no muera la tarde renegando con una consigna del taller, abollando
palabra que, llamando, llameando, lo trae. un papel tras otro. No lograba escribir nada que la con­
Eduardo Galeano formara. Nunca le había pasado eso.
—Es el síndrome de la página en blanco —le había
dicho Milo—. Un bloqueo que sufren con frecuencia los
escritores antes de empezar un proceso de creación. Es
como enfrentarse al abismo de la nada.
“Una descripción muy poética para decir que uno está
trabado”, pensó Marina. Después de varias horas, empe­
zó a dolerle la cabeza y fue a buscar una aspirina. No
encontró ninguna en el baño. Sabía que su mamá siem­
pre guardaba un blíster en su habitación. Abrió uno por
uno los cajones de la mesa de luz y de la cómoda. Nada.
Revisó el ropero atestado de cosas. Ropa interior, blusas,

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49
M íen nos no muera tu nombre I Liliana Cinetto
Segundo porte I C o lla g e

pantalones, cosméticos, algunas pulseras, carteras, mo­


Si le preguntaba por qué no atendía o no contestaba,
nederos... Fue entonces cuando la vio. En el último es­
me apretaba la barbilla como si me retara o se burlaba
tante, detrás de una valija vieja. Una caja. O
de mí. Podía hacerlo ofendido y serio, si yo me ponía
cargosa, o con una sonrisa... ¿cómo definirla? Dulce.
—No seas pesada, tontita. No me va eso de hablar
nerviosa. Más que nerviosa. Era la primera
o chatear a cada rato o poner emoticones y jajajá. Los
vez que iba a leer en voz alta uno de mis poemas frente
que necesitan eso son idiotas, inseguros, inmaduros
a mis compañeros del taller para que luego lo comen­
taran. Esa era, en general, la dinámica que planteaba
emocionales...
Mónica. Tenía razón. Siempre la tenía. Yo admiraba su su­
—El taller es un espacio de trabajo para producir tex­ perioridad, la manera tan segura de sobrellevar cada
tos a partir de consignas o disparadores que yo les voy situación, de no depender de nada ni de nadie. Justa­
a ir dando. A veces serán consignas para escribir acá y a mente era eso y su manera de hablar tan elocuente y
veces para hacerlo en casa. En ese caso, en la siguiente adulta lo que me había atraído de él.
reunión, tendrán que traer copias para repartir entre sus Milo era lo más y sin embargo yo deseaba igual un
compañeros. Las leeremos juntos y daremos nuestras mensajito de amor, un “te amo” con corazones, algo...
opiniones, nuestras sugerencias, nuestros aportes al au­ Y terminaba sintiendo que no estaba a su altura y era
tor. No se olviden: esto es un taller de escritura. Mi obje­ eso: una tonta...
tivo es que aprendan el oficio del escritor que revisa sus Lula me decía que no me pusiera paranoica. Después
textos, los corrige, los cambia, los mejora, los tacha... de todo Milo estaba conmigo. Y eso era lo importante.
Antes de salir para el taller, había intentado contac­ Éramos... ¿Qué éramos? ¿Novios? ¿Amigovios? ¿Ami­
tarme con Milo para ver si íbamos juntos. No respondió gos con derechos?
mi mensaje. Ni siquiera lo había leído. No me sorpren­ —Nos estamos conociendo —había escuchado que
dió porque ya me había dicho que casi nunca lo hacía. les comentaba Milo una vez a unos compañeros del co­
A pesar de lo apasionado y amoroso que se había mos­ legio para definir la relación que teníamos.
trado los primeros días, con el asunto del celular no ha­ —¡Ay, Marina! Es lógico. No pasó ni un mes. ¿No?
bía caso. —lo defendía mi amiga—. ¿Qué querés? ¿Que vaya a
almorzar los domingos a tu casa y te dé un anillo de
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Mientras no muera tu nombre I Liliana Cinetto Segunda parte I C o lln g e

compromiso? Eso no va más. Las relaciones ahora Busco sin encontrar tu uoz de luna
son... abiertas,libres... tanteando tu silencio entre la hierba
Estaba de acuerdo con Lula. No era eso lo que me como ciega de labios
molestaba, en realidad. No pretendía que Milo se ena­ como un sueño
morara de mí tan pronto. Pero era evidente que yo es­ derramado en la arena.
taba más enganchada que él. O más pendiente. Y por
más que trataba de disimularlo, se me notaba. Y eso me Camino por mi piel y escribo a solas
hacía sentir débil. como un amor de tiza que dibuja la lluvia
—Pero ¿te gusta o no? —me planteaba Lula. como un mar que se queja.
Claro que me gustaba. Milo era encantador, cariñoso,
apasionado... Lograba ser siempre el centro de aten­ Uno siempre repite
ción y se mostraba simpático con todo el mundo. Sin sus mejores pecados.
embargo, por momentos, parecía estar a años luz de mí
y eso se me hacía difícil. Uno siempre regresa
Al final, esa tarde, cuando me resigné y admití que a la antigua manía de estar triste.
Milo estaba ilocalizable, fui sola al taller. Apretaba con­
tra el pecho la carpeta en la que llevaba las copias de Soy un río cansado y me detengo
mi poema. entre nubes de ausencia. &
Cuando entré al centro cultural, ya estaban sentadas
Manuela, Celeste y Andrea charlando con Carla y Clara.
Fernando llegó enseguida. Detrás entraron Facundo y Adentro había varias cosas. Una pulsera. Un por-
Julio. Se hizo la hora de empezar y Milo todavía no ha­ tadocumentos con una cédula de identidad antigua, aja­
bía aparecido. da y vencida, y la credencial de la matrícula de médica.
—¿Alguien sabe si va a venir? —preguntó Ménica. Una carta. Una flor marchita. Y más fotos. De las dos.
Todos me miraron. No era un secreto que pasaba De Gabriela y de su hermana. Algunas, en blanco y ne­
algo entre nosotros. gro como la que Marina había encontrado entre las pá­
—Ni idea —contesté, y tuve ganas de llorar. ^ ginas del libro. Otras, en colores, con las nenas ya más

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Mientras no muera tu nombre I Liliana Cinetto Segunda parte I C o lla g e

grandes. Se las veía sonrientes en la playa, en el campo, —Vamos a emplear la técnica del collage que pro­
en la escuela con guardapolvo blanco, en una fiesta de pone el grupo Grafein en su libro, para armar un texto
cumpleaños, en una pileta de natación, con un vestido usando solo recortes de estos diarios y revistas.
largo probablemente en un cumpleaños de quince... Así que todos estábamos en el suelo, tijereteando
Marina las alineó sobre la cama en lo que, suponía, era el titulares y frases que intentábamos acomodar con los
orden cronológico en que habían sido tomadas. En la úl­ dedos pegoteados. Milo se sentó a mi lado y me dio un
tima, Cecilia tendría ya unos treinta años. Aparecía sola, beso exageradamente efusivo que me sorprendió y me
con el cabello muy corto, en una casita alpina, junto a un hizo poner colorada.
lago, señalando un cantero con tulipanes. —Menos mal que llegué a tiempo —afirmó.
Marina se quedó un rato largo observando las imá­ —¿A tiempo? —repetí sin entender.
genes, leyendo en ellas detalles, inventando conver­ —No podía dejarte sola la primera vez que vas a leer
saciones, adivinando... Fue como ir viendo crecer a su tus poemas frente a todos.
mamá y a su tía con recuerdos que no le pertenecían. Imposible enojarme con él. Una sonrisa tonta dela­
En ese momento pensó en el portarretratos de la biblio­ taba lo que significaba para mí que me hubiera tenido
teca, en el que se veía a Cecilia el día en que le habían en cuenta y me acompañara en esa situación que él me
entregado el diploma de médica. Fue a buscarlo y lo había descripto casi como una masacre.
ubicó antes de la foto de los tulipanes. “Te aseguro que se vive como una disección sin
’ “Tía”, susurró. anestesia. Es que al leer tu texto, algo tan tuyo, tan ínti­
Se acordó entonces de lo que había dicho su mamá: mo, quedás expuesta, en carne viva, indefensa ante los
“No pude salvarla”. buitres que pueden devorarte”.
Fue entonces cuando abrió la carta. ^ Por supuesto, yo no había tomado al pie de la letra
semejante descripción apocalíptica, porque nada se­
mejante había sucedido en reuniones anteriores cuan­
Milo se presentó en el taller veinticinco minutos do otros compañeros habían leído sus producciones.
más tarde y se disculpó por la tardanza. Sin embargo, Milo insistía en que era diferente la sen­
Mónica nos había dado hojas en blanco, tijeras y pe­ sación cuando se analiza el texto propio. Y había logra­
gamento y nos había dicho: do inquietarme y que tuviera cierto temor de pasarla

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Mientras no muera tu nombre I Liliana Cinetto

mal. Por eso, agradecí su presencia aunque hubiera lle­ Segundo p u n e 1 Coiloge

gado tarde.
—¿Pensaste que me había olvidado, tontita?
No me gustaba que me llamara así, “tontita”, por
más que lo hiciera con una ternura que me desarmaba.
Estuve a punto de decírselo cuando Mónica consultó la
hora.
—Vayan terminando —nos pidió.
Yo movía mis recortes de arriba para abajo y los
cambiaba de lugar como piezas de un rompecabezas
imposible de armar.
—Creo que elegí demasiados —confesé nerviosa
ante la mirada de Milo.
—Te ayudo —afirmó él y, sin esperar a que yo acep­
tara, cambió todo de lugar—. Así queda mejor.
Realmente el collage que había creado me encantaba,
aunque era una creación de él y no mía.

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uJUjmv. a
-
Mientras na muera tu nombre I Liliana Cinetto

Küopio, 29 d ia ^ b rq ^
Mi hermana y yo nos amigamos después del ''' '' * •& ífi
baile. No podíamos estar distanciadas o sin hablarnos
demasiado tiempo. En realidad, fui yo la que me acerqué
üb Queridos 1
„.sifíñ a
d o
l ...., ■ vy¡& **.. -■ *
.a mano un mapa de Europa*, podran apreciar que
esa misma noche cuando regresé a casa. Milo me había Küopio es una pequeña ciudad ubicada en el centro de Fin­
landia. Aquí estamos en este momento, luego de haber atra­
dicho cosas tan hermosas después del beso que no había vesado todo el continente en tren y el Mar Báltico en barco.
espacio en mi corazón para ningún rencor. Menos con Es un pueblito muy pintoresco, las calles están llenas de nie­
Belén. Y estaba tan feliz que tenía que compartirlo con ve y de fineses, que hablan un idioma muy difícil.
ella, una de las personas más importantes de mi vida. Estamos muy bien. ¿Y ustedes? Aquí la gente es muy rara.
Son muy blancos y rubios, pero tienen ojos rasgados como
—Belu, ¿estás despierta? chinos, de color azul.
Sabía que sí, aunque no respondió. Estaba acurruca­
ÍES DECIR: SON LINDOS}.
da en su cama, dándome la espalda. Jamás dormía así,
Esa fue la opinión de César.
mirando hacia la pared. Siempre se acomodaba para
Hermanita: aquí estarías chocha. El nivel de diseño de los
quedar de frente a la puerta del cuarto. Una manía que fineses es alucinante. Trabajan la madera de un modo asom­
le había quedado de la infancia cuando la oscuridad le broso. Los interiores son muy claros, con muebles de pino y
daba miedo y ella se empecinaba en controlar que no grandes espacios verdes.
Novedad: me corté el pelo, bien cortito. Fue en la peluque­
entrara un monstruo. Por eso insistí.
ría del barco que nos cruzó de Estocolmo a Helsinki. Digamos
—¿Puedo hablarte? que no es una peluquería muy práctica. Tendré que buscar­
Giró lentamente hacia mí. Apenas la distinguía en la me otra cuando quiera cortarme nuevamente.
penumbra, pero adivinaba su ceño fruncido. Me senté Me despido por ahora.
Espero que empiecen muy bien el año nuevo. Happy new
a su lado y me disculpé por el modo en que la había
yearü!
tratado y las cosas horribles que le había gritado. En­ Un beso enorme,
seguida ella me pidió perdón por lo del vestido. Nos Cecilia
abrazamos tan fuerte que aproveché para contarle lo CORRIJO: ES UNA PELOOOERÍi MUY PRÁCTICA.
de Milo. Esperé algún comentario crítico al sentir cierta
tensión en sus manos, cierta rigidez en su espalda. No (HIÉRA TREMENDAMENTE A TRASMANO NADA MÁS... CHAO!
lo hizo. Al contrario. Me dijo: - **¡*^V'W*
—Me alegro por vos. O

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Segundo porte | C o llo g e
Mientras na muera tu nombre I Liliana Cinetto

—Sí, él también es médico y no podía ignorarlo. Miré.


£>eien regresó antes que Gabriela y Marina le mos­ Belén googleó en su celu y se lo dio a su hermana
tró lo que había encontrado en la caja. Belén observó
para que leyera. La última frase era categórica: “El es­
detenidamente cada foto antes de leer la carta. Cuan­
pecialista puede enseñar a reconocer un caso de asma
do terminó, se quedó un rato en silencio, pensando. De
que representa una emergencia médica para que el pa­
pronto dijo:
ciente sepa cuándo procurar ayuda”.
—Tenemos que investigar qué le pasó a la tía.
—Si cualquier enfermo puede aprender a identificar
—Ya sabemos lo que le pasó. Un paro respiratorio.
esos signos, mucho más ellos.
—No me refiero a eso. Hay cosas que no me cierran
Marina volvió a mirar las fotos empezando por la
en esta historia. Estuve buscando en internet. Y leí
que había caído a sus pies desde las páginas del libro.
que un ataque de asma grave puede provocar un paro
Desde todas ellas, Cecilia parecía sonreírle. Sin embar­
respiratorio y ser mortal, sí. Y que en esos casos es re­
go, dudó.
comendable trasladar al enfermo a una sala de urgen­
—Es que no sé... A lo mejor mamá no quiere... Tal
cias. Pero mamá nos contó que Cecilia ni siquiera llegó
vez le hace mal remover cosas del pasado.
al hospital. ¿Por qué? Ellos trabajaban para un servicio
Belén estaba decidida. Releyó la carta y le señaló a su
de emergencias. ¿Por qué no les mandaron una ambu­
hermana las frases escritas por César con otra lapicera
lancia?
y con esos trazos gruesos, agresivos, que invadían la ar­
—No sé. A lo mejor la mandaron, pero ya era tarde.
moniosa letra de Cecilia.
-—Me suena raro. Demasiado raro. En la web enume­
—Los dos debían saber que el ataque era grave y que
ran los síntomas de un ataque de asma: dificultad se­
ella necesitaba ayuda —afirmó Belén—. Estoy conven­
vera para respirar, opresión o dolor en el pecho, tos o
cida de que no la pidieron o no la consiguieron. Y tene­
silbido al inspirar o espirar... Y Cecilia no era solo una
mos que averiguar por qué.
paciente. Era médica. Seguramente era capaz de reco­
nocer esos síntomas y saber que si no mejoraban en­
seguida con el uso del inhalador de acción rápida o de
atorada otra vez con la consigna del taller.
rescate, como decía en la página que leí, debía buscar
Belén se preparaba para ir al gimnasio. Pensé que me ha­
ayuda de inmediato. Y él...
ría bien salir y tomar un poco de aire para despejarme.
—César.
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Segundo parte I C a lla g e
Mientras no muera tu nombre | Liliana Cinetto

ni el insensato asombro de los cuerpos


—Te acompaño —le dije cuando se puso el bolso al
ni el derrumbe de estrellas
hombro.
bajo los ventanales
El gimnasio quedaba solo a un par de cuadras, cru­
ni el dolor que funda destrucciones
zando el parque. El día había amanecido plomizo y des­
ni las alas del miedo,
de el mediodía unas nubes indecisas amenazaban con
ni el pecado que puede redimimos
una lluvia que nos alcanzó a mitad de camino.
de toda soledad.
—Mejor me vuelvo a casa.
En ese momento vi a lo lejos a una pareja sentada en
Nada.
un banco que se levantaba para huir como yo de la llu­
via. Él se quitó la campera azul con rayas blancas, igual
Solo la voz ineludible
a una que usaba Milo, y cubrió con ella a la chica.
que me lleva a tus ojos.<>
—¿Ese no es tu noviecito? —preguntó mi hermana.
Se parecía. Mucho. La misma altura, el mismo color
de pelo, la contextura idéntica... Estaban lejos y no al­
cancé a verle bien la cara. Pero descarté que fuera él.
L,rei que no iba a lograrlo. Me temblaban las manos,
las piernas, la voz... Sin embargo, respiré profundo y lo
Era imposible. Por eso lo negué.
hice. Cuando terminé de leer por primera vez uno de
—Nada que ver, Belu. Y corré o vas a llegar empapada.
mis poemas frente a mis compañeros, levanté la vista
Llegué a casa sin aliento. Recordé la pareja en el par­
del papel y esperé. Pasaron varios minutos. Todos re­
que y busqué el celular para llamar a Milo. Por supues­
pasaban el texto y subrayaban o anotaban algo en las
to, no contestó.^
copias que yo les había repartido. El único que solo ju­
gueteaba con la hoja era Milo. Mónica me sonrió antes
de dirigirse al grupo:
Nada,
—Muy bien. Escucho sus comentarios.
ni la piel del otoño
Ya había presenciado en reuniones anteriores la
ni las huellas mezquinas del invierno
manera en que se hacían los señalamientos. Siem­
ni las secretas islas
pre en un tono respetuoso, pero eran exhaustivos y se
abriéndose a la urgencia de la sangre
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64
Mi e nt r as na muera tu nombre I Liliana C i n et ta
Segunda parte I C o lla g e

apoyaban en argumentos sólidos. Nada de “me gusta” o


Milo no solo no decía una palabra. Mientras los otros
“qué lindo” o “está bueno”.
hablaban, levantaba una ceja, se mordía el labio con
El primero en opinar fue Femando, mi compañero
fastidio, se reía, movía la cabeza a un lado y a otro, re­
del colegio.
soplaba.. . Y lo peor de todo: bufó. Sí, bufó en el momen­
—Creo que hay imágenes muy potentes y muy logra­
to en que Facundo dijo:
das, Marina. Se nota que empleaste la técnica del bino­
—Es cierto que necesita retoques, pero el yo poético
mio fantástico. Y el texto tiene un buen ritmo.
es tan intenso... Creo que deberías ir a un siam de poe­
Me alegró que se diera cuenta del uso de la técni­
sía a leerlo.
ca que había aprendido con Mónica. Y me alivió que el
Los demás asintieron. Yo no tenía ni la menor idea
que empezara a hablar lo hiciera con elogios. Después
de qué era un slam de poesía aunque no pensaba pre­
podían llover críticas menos halagadoras.
guntar. No quería quedar como una ignorante delan­
—Yo coincido con Fer aunque creo, Marina, que ten­
te de ellos. Y mucho menos delante de Milo, que era
drías que podar el poema —agregó Julio, el chico que
el único que había permanecido en silencio hasta ese
estudiaba Letras—. En literatura y sobre todo en poesía,
momento. Fue entonces cuando Mónica se dirigió a él.
más es menos. Lo noto excesivamente largo, por mo­
—Solo falta tu opinión.
mentos redundante.
Milo puso su mejor sonrisa, la más encantadora, y
—Por ejemplo, estos versos finales —interrumpió
me dio un beso. Luego dobló su copia del poema por la
Carla—. Para mí están de más. Suenan a... aclaración.
mitad y la guardó en su carpeta mientras respondía:
No hacen falta.
—Prefiero no hablar.^
—Y estos —dijo Celeste—. Se van de registro. Es
como si los hubiera escrito otra persona. O como si fue­
ran parte de otro poema y los hubieras adosado.
regresó del taller, Belén arrastró a Marina
Las sugerencias continuaron. A pesar de que mi va­
hasta su cuarto y la sentó frente a su computadora. Es­
nidad sufrió un par de golpes y que internamente me
taba eufórica.
resistía a sacar partes o a corregir el poema, no me sen­
—No sabés lo que encontré. Se me ocurrió de pronto
tí “despedazada” ni “devorada por los buitres” ni nada
la idea y pensé que iba a ser complicado. Pero ensegui­
por el estilo.
da apareció.
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Mientras na muera tu nombre I Liliana C i n e t t o
Segunda parte I C o lla g e

En el monitor, idéntica, con el lago detrás, se veía la


para nuestra familia que se comunicaran con nosotros.
casa alpina de la fotografía en la que su tía Cecilia se­
¿Qué tal?
ñalaba el cantero con tulipanes.
Belén se mostraba entusiasmada y orgullosa. Y Mari­
Marina no pudo evitar emocionarse mientras la miraba.
na debía reconocer que había sido inteligente la mane­
—¿Cómo la...? ¿Le preguntaste a mamá la dirección?
ra de obtener información. Pero no era optimista.
—Sí, pero no se la acordaba. Sabía que no quedaba
—No sabemos si eran vecinos de Cecilia en la época
lejos del Centro Cívico de Bariloche. Nada más. Enton­
en que vivió allí. O si la conocían. O si pueden aportar
ces entré en Google Maps y con el Street View fui ras­
datos de lo que pasó.
trillando las zonas a orillas del Nahuel Huapi. No me
—Mamá mencionó a una pareja de amigos de Cecilia
ilusioné demasiado con encontrarla. Porque después
que vivían al lado. No recuerda mucho más. Tal vez ten­
de tanto tiempo podían haberla remodelado o demoli­
gamos suerte. Igual, con intentarlo no perdemos nada.
do. Sin embargo, ahí está.
Marina volvió a mover el cursor para regresar a la
—Increíble.
casa de la fotografía. Se le llenaron los ojos de lágrimas
—Y eso no es todo —se enorgulleció Belén—. Mirá.
cuando dijo:
Movió el cursor hacia la izquierda y le mostró a su
—¿Viste? En el cantero no queda ningún tulipán.^
hermana la casa de al lado, que estaba en venta se­
gún anunciaba el cartel en el frente. El nombre y el
número de teléfono de la inmobiliaria se leían con
$
claridad.
Milo lo negaba. Decía que me lo había imaginado,
que deliraba, que estaba paranoica... Yo no tenía dudas.
—Llamé —dijo Belén, triunfal—. Le hice el verso a la
—Te vi. Cada gesto de desprecio, cada ademán de fasti­
empleada que me atendió de que necesitaba contac­
dio, cada risita burlona... Hasta escuché cuando bufabas.
tarme urgentemente con los dueños de la casa. Por su­
—¿Que bufé? Por favor, ¿cuándo?
puesto se negó, que eran datos confidenciales, que bla
Estaba tan dolida que, por un segundo, pensé que no
bla... Entonces, cambié de plan y le dejé los míos: celu,
iba a recordar lo que había dicho Facundo.
mails, perfil de redes sociales... Y le pedí que se los die­
—Cuando hablaron del... del slam de poesía.
ra. Que les explicara que yo era una de las sobrinas de
Milo se rio a carcajadas. Trataba de abrazarme y yo
la doctora Cecilia Ravello y que era muy importante
me zafaba.
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Mientras no muero tu nombre I Liliana Cinetto Segunda parte I C o lla g e

—Es que lo del slam es una estupidez. Solo al inútil —Por mi nombre. O de otra manera más... cariñosa.
de Facundo se le puede ocurrir que vayas a uno de esos —Está bien. Te lo decía cariñosamente igual, pero si
antros. ¿Le vas a hacer caso a él más que a mí? ¿Sabés no te das cuenta...
lo que es un slam de poesía? —No es que no me doy cuenta. No me gusta. Me hace
—Sí —mentí. sentir... tonta.
—¿Seguro? Milo pateó una piedra con rabia y apoyó la mano
—Claro que sé qué es. contra la pared sobre la que me había recostado.
Milo sospechaba y me contestó con una ironía. —No puedo creer que estemos discutiendo por cómo
—¡Ay, disculpe, señorita sabelotodo! Pensé que no te llamo. Da igual si te digo “linda”, “tontita”, “bombon-
tendrías ni idea. Como tampoco habías ido nunca a un cito”...
taller de escritura... —A mí no me da igual. Y esperaba una actitud más...
Me acordé de lo que siempre afirma Belén: “Menos no sé... más... solidaria en el taller cuando leí mi poema.
mal que nacimos en la época en que todo se puede en­ Milo acarició mi mejilla. Di vuelta la cara rechazando
contrar en internet”. Y volví a mentirle. el mimo.
—No fui nunca a uno. Pero vi varios. PorYouTlibe. —De verdad —insistía él con una voz dulce, irresis­
Evidentemente Belén tenía razón. Debía haber vi­ tible—. No puse caras de fastidio ni me reí. O a lo mejor
deos en la web. Porque lo convencí. sí. Pero era por las pavadas que decían. Ese Facundo no
—Entonces, tenés que reconocerme que no estás sabe nada... No era una devolución seria. Y no opiné
•preparada para ir. porque no quería que los demás pensaran que no soy
—Yo no dije que iba a ir... Y no cambies de tema. imparcial. Ya saben que estoy loco por vos.
Para mí era importante tu opinión sobre mi poema. Y Imposible mantenerme firme y seguir enojada. Esas
no solo no hablaste. Pusiste caras todo el tiempo. palabras me desarmaron. Hice un último esfuerzo por
—No puse caras, tontita... resistirme.
—No me llames así. No me gusta. —No... no te creo.
Milo dejó de reírse. Me miró de un modo que me in­ —Te juro que no hablé por eso.
comodó. —Supongamos que es así. Ahora no hay nadie. Quie­
—¿Y cómo te gustaría que te llamara? ro tu opinión.

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M íe n n o s no muero tu nombre I Liliana Cinetto
Segunda parte | C o lla g e

—Marina...
Marina quería consolar a su mamá, que estaba evi­
—Ahora estamos solos, nadie te escucha más que yo.
dentemente angustiada.
Milo suspiró.
—Tal vez no había manera de salvarla.
—¿En serio querés saber lo que opino?
Gabriela asintió con la cabeza.
—Sí.
—Quizá no. Pero yo debería haberlo intentado. ^
Él sonrió de un modo que no puedo definir. ¿Triun­
fal? ¿Aliviado? No sé... Fue una sonrisa tan rara. Enton­
ces me abrazó y me besó con una ternura inesperada,
A veces me hace falta
con avidez incluso, y después me preguntó:
ese sabor lejano
—¿Conocés a W altW hitm an?^
de lo que ya se ha ido,
como si no alcanzara
con guardar los paisajes
La que lo notó fue Belén. Gabriela jamás pronuncia­ que repite la ausencia. ^
ba el nombre de César cuando hablaba de su hermana.
Gabriela suspiró cuando sus hijas le preguntaron por qué
y buscó un libro de Eduardo Galeano para leerles una cita.
“Quien nombra, llama. Y alguien acude, sin cita pre­
Belén tiene razón. Todo se encuentra en internet.
via, sin explicaciones, al lugar donde su nombre, dicho o Googleé “slam de poesía” y encontré varias páginas. Pri­
mero leí la descripción para saber qué era: “Slam poetry...
pensado, lo está llamando. Cuando eso ocurre, uno tiene
el derecho de creer que nadie se va del todo, mientras no
nació en Estados Unidos en 1986... también se realiza en
muera la palabra que, llamando, llameando, lo trae”. otros países como España, México, Chile, Canadá, Argenti­
—No quiero nombrarlo —agregó Gabriela—. No quie­ na... torneo inspirado en los jamming de improvisación...
ro llamarlo. Sospecho que él tuvo que ver con la muerte un grupo de poetas que recitan poesías creadas por ellos
de Cecilia. No tengo pruebas ni modo de demostrarlo. mismos frente a un público que actúa como jurado...”.
Pero leí en libros de psicología casos en los que no se Después miré los videos de YouTúbe. Algunos eran
puede escapar de una relación y la única salida es de­ geniales. Y como dijo Milo, comprendí que yo no estaba
jarse morir. Tal vez haya ocurrido algo así. preparada para ir a un slam a leer mis poemas. Mucho
menos después de su devolución. Fue tan despiadada
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Mientras no muera tu nombre I Liliana Cinetto Segunda parte I C o lla g e

que terminé agradeciéndole que no hubiera opinado en Quería ir a ordenar mi habitación, a arreglarme... No
el taller porque me hubiera sentido humillada. Es que él sé. Me emocionaba la idea de que mamá conociera a
sí me despedazó, me devoró como un buitre, me dejó en Milo, aunque me preocupaba la reacción de Belén, que
carne viva, desangrándome... Con altura, eso sí. Hablaba no tenía filtro y siempre decía lo que opinaba.
como un especialista en literatura. Yo lo escuchaba para­ Sin embargo, Lula se puso pesada y no me quedó
lizada. Mencionó mi inmadurez expresiva, mi evidente más remedio que ir con ella. Fui de mal humor y cada
falta de lecturas, mi pobreza de recursos y de vocabu­ dos segundos consultaba la hora. Lula entró a veinte
lario, el abuso de clichés... y otras cosas que ni siquiera locales y se probó sesenta pantalones. Ninguno la con­
conseguí entender. Pero lo decía con ternura, mientras formaba. A las cinco menos cuarto, perdí la paciencia.
me miraba embobado, sosteniendo y acariciando mi —Chau, Lula. Va a llegar Milo y no me va a encontrar.
mano entre las suyas, como un médico que le informa al Tomé un taxi porque el colectivo tardaba demasia­
paciente que tiene una enfermedad terminal. do. Subí las escaleras corriendo. Apenas tuve tiempo de
—De verdad, amor —nunca me había llamado así darme una ducha y cambiarme de ropa.
antes—. Me pediste mi opinión sincera y es esta, aun­ Belén entró y me vio sentada en el living, con las m a­
que a mí me duele más que a vos aceptarla. Sé que es nos cruzadas, inmóvil.
una crítica dura, pero es certera. —Espero a Milo —le expliqué.
Así dijo, “certera”. “Como una flecha que da en el blan­ Belén simuló que le daban arcadas y que vomitaba.
co”, pensé. Como una flecha que te atraviesa el corazón.^ Me reí de sus payasadas.
—No seas mala. Dale, te va a encantar cuando lo co­
nozcas mejor.
Lunes. —No creo —afirmó mi hermana muy seria y se ence­
Lula me pidió que la acompañara al shopping a la rró en su habitación.
salida del colegio para comprarse un jean. Yo no tenía No hacía falta. Milo nunca apareció.
ganas. Milo me había prometido que iba a venir a casa
a las cinco a estudiar matemática conmigo. Martes.
—Y de paso me presentás a tu familia —me sugirió, En la entrada del colegio, vi a Milo rodeado de compa­
como si eso lo ilusionara. ñeros. Contaba chistes. Todos se reían a carcajadas. Mi
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intención era que nos alejáramos del grupo para pedirle al­ pensé que podía herirla con mi crítica. Pero comprendí
guna explicación por su ausencia del lunes. No pude. Milo que, para crecer como escritora, ella debe aprender a
me pasó el brazo sobre el hombro, me sumó a la ronda y superarlo. Así que me disculpo frente a todos y prome­
me miró con ternura. Entonces contó otro chiste. Un chiste to que no va a volver a pasar.
tonto. Incomprensible. Sin sentido. No me causó gracia y —¡Qué dulce! —me susurró Andrea al oído.
no lo disimulé como los demás, que se reían por compro­ —¡Cómo te cuida! —suspiró Manuela.
miso. O al menos eso pensé. Hasta que Milo me encaró: —Me muero de amor —agregó Celeste.
—Después te lo explico. —Un buen gesto de tu parte, Milo —lo felicitó Clar£.
No me había avisado. Me tomó desprevenida, aunque
Miércoles. en cierto modo lo que dijo me enterneció. Solo un mo­
Mamá tenía los libros ordenados alfabéticamente mento. Porque cuando empezamos a leerlos collages que
por el apellido del autor. Yo me había quedado con el de habíamos armado la reunión anterior y que no había­
Galeano. Cuando lo terminé, fui a guardarlo en su sitio. mos tenido tiempo de compartir en la puesta en común,
Al lado del hueco donde debía ponerlo volví a ver La Milo se ensañó con todos. Pero especialmente conmigo,
metamorfosis de Kafka. Recordé el escalofrío que había cuando descubrió que yo había rearmado el texto sola,
sentido con aquel primer párrafo. Sin embargo, lo sa­ en casa.
qué de la biblioteca y decidí leerlo. —No era cuestión de cortar y pegar, Marina. Eso es lo
Cuando le conté a Milo, se burló. que transmite tu collage. Un pegoteo de frases sin senti­
—No es un libro para vos. Es demasiado complejo. do. La versión anterior era más elaborada, más madura.
No sé si lo vas a entender. ¿Por qué la cambiaste?
"Porque no era mi creación, sino la tuya”, penssé.
Jueves. “Porque moviste lo que yo había hecho sin siquiera
Taller en el centro cultural. Milo llegó sobre la hora, consultarme. Porque quería hacerlo por mí misma”. Por
cuando ya estábamos todos. Antes de empezar, pidió la supuesto, no dije nada.
palabra. Carla y Fernando minimizaron la cosa.
—Marina se enojó porque el otro día no quise opi­ —No es para tanto.
nar sobre su poema. Todos saben que somos novios y —Hay una coherencia en el texto de Marina.

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—Y además es una consigna, un disparador, un pre­ de mi poema, aunque le agradecía que no lo hubiera
texto, Milo —le señaló Ménica—. Después, si quiere, hecho frente al grupo. Que creía que era más exigen­
ella puede trabajarlo, corregirlo, mejorarlo... te conmigo que con los demás, pero que le pedía que
Facundo tampoco estuvo de acuerdo con Milo. tuviera en cuenta que yo estaba empezando y que ne­
—No coincido para nada —dijo él—. Marina está cesitaba apoyarme en él para adquirir seguridad. Que
buscando su voz y estoy seguro de que va a encontrarla me había parecido una traición que mencionara que no
porque se nota que tiene talento. conocía a WaltWhitman. Que...
—Claro que tiene talento —aseguró Milo—. Se lo digo a Me interrumpió. Ofendidísimo. Rabioso. Me gritó in­
cada rato. Yo mismo la convencí de que asistiera al taller cluso.
por ese motivo. Pero le faltan lecturas. —Nunca vas a llegar a ser una verdadera escritora
No terminaba de entender el juego de Milo, que pa­ si no aprendés a tolerar la mirada ajena. Y tus lecturas
recía defenderme pero no dejaba de atacarme. dejan mucho que desear, Marina. Tenés que admitir­
—No creo apropiado que menciones la falta de lectu­ lo. Escribir poesía y no conocer a Whitman... Un poeta
ras de un compañero —lo retó Ménica—. Eso no puede emblemático, ineludible. El mismísimo Borges lo elo­
evaluarse. Además, cada lector procesa y refleja lo que giaba al punto que lo tradujo. ¿O es que tampoco leiste
lee en su escritura de maneras diferentes. a Borges? No te puedo creer, Marina.
Milo no pensaba rendirse y dio la estocada final. Llegué a casa llorando. Belén almorzaba temprano
—Pero si ni siquiera conoce a Walt Whitman... —se porque tenía clase de educación física en contraturno.
burló mientras me daba un beso que intentaba dejarlo Pero cuando me vio pálida, desencajada, con los ojos
bien parado frente a los demás para que yo perdonara llenos de lágrimas, se asustó.
—¿Qué te pasó?
la traición.
Yo no podía hablar. El llanto me ahogaba.
—Decime qué te pasó —suplicaba mi hermana—.
Viernes.
Marina, por favor...
La discusión fue a la salida de la escuela. Yo inten­
—Milo... —murmuré con la voz entrecortada.
té explicarle a Milo lo mal que me había sentido en el
—¿Qué te hizo ese desgraciado?
taller, con sus comentarios, el día anterior. Que tam­
—Me dejó.
bién me había dolido mucho la crítica que había hecho
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Sábado. una cucaracha, en un monstruo repulsivo... que Milo


Apenas había pegado un ojo durante la noche. Belén despreciaba.
se había quedado dormida a mi lado después de inten­ El celular estaba muerto. Me había olvidado de car­
tar en vano consolarme hasta la madrugada, cuando el garle la batería el día anterior. Lo enchufé y fui al baño.
sueño la venció. Yo no había querido contarle las cosas Cuando volví, en la pantalla aparecían sesenta y cinco
que Milo me había dicho, ni siquiera sus críticas litera­ mensajes. Todos de Milo.
rias. Tampoco le había mencionado nunca su indiferen­
cia, sus desplantes, su... No había querido darle a Belén Domingo.
más motivos para odiarlo. Y ahora no tenía sentido. Ade­ Belén me pedía que no fuera a encontrarme con él
más era mi culpa. Yo era responsable por la ruptura. en el parque, que esperara un poco. Pero los mensajes
—Es que yo soy una tonta, una insegura, una pose­ me habían desarmado.
siva —me justificaba—. Y él se sintió agobiado por mis —Te amo. Soy un idiota. No sé cómo disculparme.
reclamos. Tendría que haberme callado la boca y apren­ Por favor, Marina. Me muero si te pierdo. Sos lo mejor
der de él, que solo me estaba guiando por el camino de que me pasó en la vida y...
la literatura y yo lo viví como una humillación. Sus palabras anticipaban una reconciliación apasio­
Belén solo quería que me calmara. Así que no habló nada a la que no podía resistirme. Imaginaba sus labios
de él. recorriendo mi piel, sus manos dibujando caricias, su
—Ahora no pienses más en eso. voz en mi oído...
Mamá se preocupó cuando me negué a cenar. Belén —No lo perdones tan rápido —insistía mi herma­
le explicó a medias lo que sucedía. Yo no quería que le na—. Te trató mal.
diera tantos detalles. Igual no insistió, aunque entró, —No me trató mal. Es que yo no acepté sus críticas.
me abrazó fuerte y me dio un beso. Él las hizo para que creciera como escritora. Tiene ra­
Me desperté cerca de las doce del mediodía, aturdi­ zón. No leí a Whitman. No entiendo el libro de Kafka. Él
da, confundida, con los ojos hinchados de tanto llorar. sabe mucho y quiere ayudarme porque me ama.
Por un instante me acordé de Gregorio Samsa, el pro­ Belén movía la cabeza de un lado a otro, fastidiada.
tagonista de La metamorfosis. Igual que él yo sentía que —No te reconozco. ¿Te lavó el cerebro? Tuvo una ac­
me había transformado en un insecto asqueroso, en titud... violenta.

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Mientras no muera tu nombre I Liliana Cinetta

—¡Ay, Belu, ni que fuera un golpeador!


Belén fue implacable. Tercera parte
—Cuidate. Hay muchas clases de golpes... ^ Muro descascarado

Y aún me atrevo a amar


el sonido de la luz en una hora muerta,
el color del tiempo en un muro abandonado.

En mi mirada lo he perdido todo.


Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.

“Mendiga uoz”
Alejandra Pizamife

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