Sócrates
Iba de la Academia al Liceo por el camino de las afueras a lo largo
de las murallas, cuando al llegar cerca de la puerta pequeña que se
encuentra en el origen del Panopo, encontré a Hipotales, hijo de
Hierónimo, y a Ctesipo del pueblo de Peanea, {1} en medio de un grupo
numeroso de jóvenes. Hipotales, que me había visto venir, me dijo:
—¿A dónde vas, Sócrates, y de dónde vienes?
—Vengo derecho, de la Academia al Liceo.
—¿No puedes venir con nosotros, y desistir de tu proyecto?
—¿A dónde y con quién quieres que vaya?
— Allá vamos gran número de jóvenes escogidos, para entregarnos
a varios ejercicios.
—Pero ¿qué recinto es ese, y de qué ejercicios me hablas?
—Es una palestra, , en un edificio recién construido, donde nos
ejercitamos la mayor parte del tiempo pronunciando discursos, en los
que tendríamos un placer que tomaras parte.
—Muy bien, pero ¿quién es el maestro?
—Es uno de tus amigos y de tus partidarios, es Miccos..
—¡Por Júpiter! ¡no es un necio; es un hábil sofista!
—¡Y bien! ¿quieres seguirme y ver la gente que está allí dentro?
—Sí, pero quisiera saber lo que allí tengo de hacer, y cuál es el
joven más hermoso de los que allí se encuentran.
—Cada uno de nosotros, Sócrates, tiene su gusto.
—Pero tú, Hipotales, dime, ¿cuál es tu inclinación?
—Hipotales, hijo de Hierónimo, le dije, no tengo necesidad de que
me digas, si amas o no amas; me consta, no sólo que tú amas, sino
también que has llevado muy adelante tus amores. Es cierto que en
todas las demás cosas soy un hombre inútil y nulo, pero Dios me ha
hecho gracia de un don particular que es el de conocer a primer golpe
de vista el que ama y el que es amado.
Al oír estas palabras, se ruborizó mucho más.
—¡Vaya una cosa singular! Hipotales, dijo Ctesipo. Te ruborizas
delante de Sócrates y tienes reparo en descubrir el nombre que quiere
saber, cuando por poco tiempo que permanezca cerca de tí, se
fastidiará hasta la saciedad de oírtelo repetir. Sí, Sócrates, nos tiene
llenos y hasta ensordecidos con el nombre de Lisis; y sobre todo,
cuando se excede algo en la bebida, se nos figura, al despertar al día
siguiente, estar oyendo el nombre de Lisis. Y todavía es disimulable,
cuando sólo lo hace en prosa en la conversación, pero no se limita a
esto, sino que nos inunda con sus piezas en verso. Y lo intolerable es el
oírle cantar en loor de su querido con una voz admirable; sin embargo,
nos precisa a escucharle. Y ahora viene ruborizándose al oír tus
preguntas.
—Ese Lisis, es muy joven a mi entender. Supongo esto, porque al
nombrarle tú, no he podido recordarle.
—En efecto, sólo se le conoce con el nombre de su padre, que todos
saben quién es. Pero debes conocerle de vista, porque para esto basta
haberle visto una vez.
—Dime, ¿de quién es hijo?
—Es el hijo mayor de Demócrates, del pueblo de Exonea.
—Tus amores, Hipotales, son nobles, y te honran en todos
conceptos. Pero explícate ahora, como lo hacías delante de tus
camaradas, porque quiero saber si conoces el lenguaje que conviene
tener sobre amores delante de la persona que se ama, ya estando solos,
ya estando delante de otras personas.
—Sócrates, me dijo, ¿crees todo lo que te ha referido Ctesipo?
—¿Quieres decir que no amas al que ha citado?
—No, dijo, pero no he hecho versos, ni escrito nada sobre mis
amores.
—Ha perdido el buen sentido, dijo Ctesipo; divaga y está fuera de sí.
—Hipotales, le dije, no tengo deseos de oír tus cánticos, ni tus
versos, si realmente los has compuesto para ese joven; pero sí querría
saber el sentido en que están, para asegurarme de tus disposiciones
respecto a la persona amada.
—Ctesipo te lo dirá mejor, respondió, porque debe saberlos
perfectamente, puesto que dice tener aturdidos ya los oídos con la
historia de mis amores.
—Hipotales, dije yo entonces, ¡vaya una cosa singular! ¿compones y
cantas tu propio elogio antes de haber vencido?
—Pero, Sócrates, no es para mí lo que compongo y lo que canto.