VALOR BONDAD
El Cordero Envidioso
El corderito en cuestión vivía como un marqués, o mejor dicho como un rey, por la sencilla razón de que
era el animal más mimado de la granja. Ni los cerdos, ni los caballos, ni las gallinas, ni el resto de ovejas y
carneros mayores que él, disfrutaban de tantos privilegios. Esto se debía a que era tan blanquito, tan
suave y lindo, que las tres hijas de los granjeros lo trataban como a un animal de compañía al que
malcriaban y concedían todos los caprichos.
Cada mañana, en cuanto salía el sol, las hermanas acudían al establo para peinarlo con un cepillo
especial untado en aceite de almendras que mantenía sedosa y brillante su rizada lana. Tras ese
reconfortante tratamiento de belleza lo acomodaban sobre un mullido cojín de seda y acariciaban su
cabecita hasta que se quedaba profundamente dormido. Si al despertar tenía sed le ofrecían agua del
manantial perfumada con unas gotitas de limón, y si sentía frío se daban prisa por taparlo con una
amorosa manta de colores tejida por ellas mismas. En cuanto a su comida no era ni de lejos la misma
que recibían sus colegas, cebados a base de pienso corriente y moliente. El afortunado cordero tenía su
propio plato de porcelana y se alimentaba de las sobras de la familia, por lo que su dieta diaria consistía
en exquisitos guisos de carne y postres a base de cremas de chocolate que endulzaban aún más su
empalagosa vida.
Curiosamente, a pesar de tener más derechos que ninguno, este cordero favorecido y sobrealimentado
era un animal extremadamente egoísta: en cuanto veía que los granjeros rellenaban de pienso el
comedero común, echaba a correr pisoteando a los demás para llegar el primero y engullir la máxima
cantidad posible. Obviamente, el resto del rebaño se quedaba estupefacto pensando que no había ser
más canalla que él en todo el planeta.
Un día la oveja jefa, la que más mandaba, le dijo en tono muy enfadado:
– ¡Pero qué cara más dura tienes! No entiendo cómo eres capaz de quitarle la comida a tus amigos. ¡Tú,
que vives entre algodones y lo tienes todo!… ¡Eres un sinvergüenza!
– Bueno, bueno, te estás pasando un poco… ¡Eso que dices no es justo!
– ¡¿Qué no es justo?!…Llevas una vida de lujo y te atiborras a diario de manjares exquisitos, dignos de
un emperador. ¿Es que no tienes suficiente con todo lo que te dan? ¡Haz el favor de dejar el pienso para
nosotros!
El cordero puso cara de circunstancias y, con la insolencia de quien lo tiene todo, respondió
demostrando muy poca sensibilidad.
– La verdad es que como hasta reventar y este pienso está malísimo comparado con las delicias que me
dan, pero lo siento… ¡no soporto que los demás disfruten de algo que yo no poseo!
La oveja se quedó de piedra pómez.
– ¿Me estás diciendo que te comes nuestra humilde comida por envidia?
El cordero se encogió de hombros y puso cara de indiferencia.
– Si quieres llamarlo envidia, me parece bien.
Ahora sí, la oveja entró en cólera.
– ¡Muy bien, pues tú te lo has buscado!
Sin decir nada más pegó un silbido que resonó en toda la granja. Segundos después, treinta y tres ovejas
y nueve carneros acudieron a su llamada. Entre todos rodearon al desconsiderado cordero.
– ¡Escuchadme atentamente! Como ya sabéis, este cordero repeinado e inflado a pasteles se come
todos los días parte de nuestro pienso, pero lo peor de todo es que no lo hace por hambre, no… ¡lo hace
por envidia! ¿No es abominable?
El malestar empezó a palparse entre la audiencia y la oveja continuó con su alegato.
– En un rebaño no se permiten ni la codicia ni el abuso de poder, así que, en mi opinión, ya no hay sitio
para él en esta granja. ¡Que levante la pata quien esté de acuerdo con que se largue de aquí para
siempre!
No hizo falta hacer recuento: todos sin excepción alzaron sus pezuñas. Ante un resultado tan aplastante,
la jefa del clan determinó su expulsión.
– Amigo, esto te lo has ganado tú solito por tu mal comportamiento. ¡Coge tus pertenencias y vete!
Eran todos contra uno, así que el cordero no se atrevió a rechistar. Se llevó su cojín de seda oriental
como único recuerdo de la opulenta vida que dejaba atrás y atravesó la campiña a toda velocidad. Hay
que decir que una vez más la fortuna le acompañó, pues antes del anochecer llegó a un enorme rancho
que a partir de ese día se convirtió en su nuevo hogar. Eso sí, en ese lugar no encontró niñas que le
cepillaran el pelo, le dieran agua con limón o le regalaran las sobras del asado. Allí fue, simplemente,
uno más en el establo.
Moraleja: Sentimos envidia cuando nos da rabia que alguien tenga suerte o disfrute de cosas que
nosotros no tenemos. Si lo piensas te darás cuenta de que la envidia es un sentimiento negativo que nos
produce tristeza e insatisfacción. Alegrarse por todo lo bueno que sucede a la gente que nos rodea no
solo hace que nos sintamos felices, sino que pone en valor nuestra generosidad y nobleza de corazón.
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VALOR AMISTAD
Marcelina quería verse linda
En la granja, todos se preparaban para la gran fiesta de la luna llena. Los patos ensayaban sus bailes y los
caballos cepillaban sus crines. Todos estaban felices menos Marcelina.
La gallina se miraba en el agua del bebedero y suspiraba. Sus plumas blancas estaban muy limpias, pero
le parecían la cosa más simple y aburrida del mundo. Ella quería verse elegante, llamar un poco la
atención, pero no tenía ni un solo adorno. El cerdo Ruperto, que siempre quería solucionar todo por la
vía rápida, se acercó trotando desde su charco.
—¡Ponte un sombrero de barro! —gruñó animado.
—Bueno, yo en realidad… —empezó Marcelina.
Pero Ruperto ya le había puesto una plasta de lodo húmedo en la cabeza. ¡Plop! El barro frío empezó a
escurrirse por la cara de Marcelina. Pesaba tanto que le cerraba un ojo y le manchaba las plumas.
Definitivamente, no se veía nada elegante. Entonces llegó Clementina, la vaca más vieja y terca del
establo. Masticaba paja despacio y la miró moviendo las orejas.
—El barro es para los cerdos, Ruperto. Toma mi campana de los domingos, te dará estilo —dijo
Clementina.
—Espera, que yo no quiero… —intentó decir Marcelina.
Pero Clementina ya le había colgado al cuello una pesada campana de bronce. ¡Clonk! La campana era
casi tan grande como Marcelina. Al intentar dar un paso, la gallina se cayó de frente contra la tierra. No
podía ni levantar el cuello para mirar hacia adelante.
Braulio, el chivo que se comía hasta las camisetas del granjero, tuvo otra idea genial. Arrancó un buen
puñado de cardos secos y se los clavó a Marcelina entre las plumas de la cola.
—¡Perfecto! ¡Así pareces un pavo real! —baló orgulloso de su obra.
—De verdad, yo preferiría… —trató de explicarse Marcelina.
Pero ninguno la escuchaba.
Marcelina se arrastró hasta un charco para verse. Tenía lodo en el ojo, una campana que la aplastaba
contra el suelo y parecía un arbusto con patas. Dos enormes lágrimas rodaron por su rostro. Se veía
estrafalaria. Daba risa, no admiración.
—¡No puedo ir a la fiesta así! ¡Parece que me atropelló un tractor! —lloriqueó, sacudiéndose disgustada
para quitarse todo aquel desastre de encima—. ¡Ni siquiera me preguntaron qué quería yo!
Ruperto, Clementina y Braulio se miraron, avergonzados. Habían querido ayudarla a verse linda, pero no
la habían escuchado. Se alejaron en silencio hacia el campo oscuro. La música de la fiesta ya empezaba a
sonar a lo lejos, entre los árboles. Marcelina se quedó sola, acomodando sus plumas arrugadas con
mucha paciencia. Ya casi tenía sueño de tanta tristeza. Sabía que querían ayudarla, pero se sentía
completamente ignorada. Estaba a punto de irse a dormir al gallinero cuando escuchó pasos suaves en
la hierba. Los tres animales volvían. Esta vez caminaban despacio y llevaban algo escondido.
—Perdona, Marcelina. Nos equivocamos. Quisimos decidir por ti sin escucharte —dijo el chivo Braulio, y
le mostró lo que escondían:
Eran dos pulseras trenzadas con tallos verdes y pequeñas flores de manzanilla. Perfectas, ligeras y muy
delicadas. Los ojos de Marcelina brillaron de entusiasmo. Ruperto se agachó y le puso una en la pata
derecha. Clementina hizo lo mismo en la pata izquierda con mucho cuidado.
—Sentimos mucho no haberte tomado en cuenta antes. Ahora te ves preciosa, y son tus flores
favoritas… —añadió Clementina, con voz más suave.
Marcelina dio un saltito de alegría. Las flores blancas y amarillas se veían hermosas sobre sus patas
delgadas. No pesaban, no manchaban y olían a campo tranquilo. La gallina sonrió agradecida y caminó
hacia la fiesta con sus amigos. Bailó toda la noche, luciendo sus pulseras nuevas bajo la luz de la luna.
Cuando terminó la fiesta, regresó al gallinero feliz, con ese cansancio de cuando uno se la ha pasado
muy bien. Marcelina bostezó, cerró los ojos y se acurrucó en su nido. El calor de sus plumas hizo que las
flores de manzanilla soltaran un aroma muy suave, y se durmió sintiéndose la gallina más bonita de la
granja.
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VALOR TOLERANCIA
La Escuela Encantada
En lo más profundo del Bosque Brillante, donde las luciérnagas bailaban en el aire y
los ríos cantaban canciones, había una escuela muy especial: la Escuela Encantada. Allí estudiaban
pequeños gnomos, elfos y hadas, aprendiendo a leer hechizos, hacer pociones y, lo más importante, a
convivir juntos con respeto.
Una mañana, la maestra Arandela, un hada sabia con alas brillantes como el sol, entró a la clase y
anunció:
—Hoy aprenderemos sobre la magia más poderosa de todas: la tolerancia.
Los pequeños alumnos se miraron confundidos. Lilo, un gnomo inquieto con una barba incipiente, se rió.
—¿Tolerancia? ¡Eso no suena nada divertido! Yo prefiero aprender a lanzar chispas de colores.
Arandela sonrió con paciencia.
—Esperemos a ver qué pasa hoy, Lilo. Quizás cambies de opinión.
Justo en ese momento, entró en la clase Elya, un pequeño elfo de orejas puntiagudas más grandes de lo
normal. Era su primer día en la escuela. Lilo lo observó y soltó una risita.
—¡Miren esas orejas! ¡Podrías volar con ellas!
Algunos compañeros se rieron, pero otros miraron incómodos. Elya bajó la mirada y sus mejillas se
pusieron rojas.
La maestra Arandela chasqueó los dedos y, de repente, la sala se oscureció. Una nube de polvo brillante
cubrió a todos y, cuando desapareció, cada alumno había cambiado físicamente.
—¡Mis alas son enormes! —gritó una pequeña hada.
—¡Mi barba ha crecido hasta el suelo! —se quejó un gnomo.
—¡Mis orejas son enormes como las de Elya! —dijo Lilo sorprendido.
Arandela explicó con voz serena:
—Ahora os veis diferentes, ¿verdad? Pero seguís siendo los mismos por dentro. La tolerancia significa
aceptar y respetar a los demás tal como son, sin burlarnos de lo que los hace únicos.
Lilo miró a Elya y comprendió que lo había hecho sentir mal. Se acercó y, con sinceridad, dijo:
—Lo siento, Elya. No debí reírme de ti.
Elya sonrió y, con un pequeño hechizo, hizo que la nube mágica desapareciera. Todos volvieron a la
normalidad.
Desde ese día, la Escuela Encantada se convirtió en un lugar donde todos aprendieron que la diversidad
es una riqueza y que la verdadera magia está en aceptarnos unos a otros con respeto y cariño.
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VALOR TOLERANCIA
Mi amigo Patas Flacas
Patas Flacas no es ningún extraterrestre. Es sólo mi amigo. Lo que pasa es que tiene las piernas muyyy
largas. Y la cabeza pequeña. Y a veces asusta un poco porque es muy alto. Pero muy muy alto. A veces
parece que roza el cielo (aunque él me asegura que no, que no tiene ni idea de cómo son las nubes, ni
puede cazar una estrella, por más que se lo he pedido).
Los demás compañeros se alejan porque le tienen miedo. Y a menudo juega solo. Pero a mi me gusta
Patas Flacas. Es muy divertido. Con él siempre puedes hacer cosas fantásticas que por ti sólo no podrías
hacer. Por ejemplo:
– Mirar por encima de los muros.
– Subir en un par de saltos a lo alto del tobogán.
– Encaramarte a las ramas del árbol.
– Cruzar de un saltito un charco gigante.
Patas Flacas me hace reír. Y aunque los demás le señalen, es el mejor amigo del mundo. Tanto, que
siempre me elige cuando hay que hacer parejas en clase de gimnasia. Eso significa victoria segura,
porque Patas Flacas es el mejor encestando en baloncesto, el primero en llegar a la meta en las carreras
y el que más fuerte lanza el balón cuando hay que chutarle.
El único problema de Patas Flacas que tiene es que no puede jugar al escondite. ¡Le encuentran
enseguida! Menos mal que luego voy corriendo y le salvo. Para eso están los amigos, ¿no?
Los demás poco a poco se están dando cuenta de que Patas Flacas no da tanto miedo como pensaban y
se van acercando. Y es que Patas Flacas tiene las piernas muy largas, pero los demás tienen los ojos
pequeñitos. Y eso les impide ver bien. Menos mal que han sacado las gafas transparentes y ahora por fin
no se apartan de mi amigo. Porque son unas gafas que lo ven todo. Los recreos ahora son mucho más
divertidos.
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VALOR GENEROSIDAD
EL árbol que compartía sonrisas
Había una vez un pequeño pueblo rodeado de colinas, en el que todos conocían a un árbol muy especial.
Nadie sabía exactamente desde cuándo estaba allí, pero todos lo llamaban "el árbol de las sonrisas".
Cada otoño, en lugar de soltar hojas secas como los demás árboles, este árbol dejaba caer pequeñas
bolsitas de tela con mensajes y dibujos. Dentro había dulces, galletas, canicas o cuentos enrollados.
Nadie sabía quién las ponía ahí, pero todos esperaban con ilusión el mes de octubre.
Un día, Leo, un niño curioso y algo egoísta, decidió quedarse junto al árbol toda la noche para descubrir
el secreto. Se escondió entre los arbustos y esperó. A la medianoche, escuchó unos pasitos suaves y
risitas contenidas. Eran Emma, una niña de su escuela, y su abuelo.
-Abuelo, ¿crees que alguien descubrirá que somos nosotros? -susurró ella mientras colgaban una bolsita
de colores entre las ramas.
-Tal vez -respondió el abuelo-. Pero no importa. Lo bonito es ver cómo sonríen los demás.
Leo se quedó boquiabierto. ¿Emma? ¿Esa niña callada de clase?
A la mañana siguiente, todos los niños del pueblo corrían a ver qué había dejado el árbol. Leo también
fue, pero algo había cambiado en su corazón. En lugar de abrir su bolsita, la guardó en el bolsillo.
Por la tarde, fue a casa de su vecina, una anciana que siempre le daba caramelos cuando pasaba por su
jardín.
-Hola, señora Antonia -dijo tímidamente-. Esto es para usted. Lo dejó el árbol de las sonrisas, pero pensé
que a usted le haría más ilusión que a mí.
La señora Antonia se emocionó tanto que le dio un abrazo largo y cálido.
Desde aquel día, Leo empezó a preparar sus propias bolsitas con dibujos, chistes, y pequeños regalitos.
Por primera vez, sintió que dar era incluso mejor que recibir. Y aunque nunca se lo dijo a Emma, cada
vez que la veía sonreír en clase, le devolvía la sonrisa.
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de-la-generosidad-a-los-ninos/
VALOR GENEROSIDAD
El planeta de los robots generosos
Erase una vez un niño llamado Martín que no compartía sus juguetes. Los metía en una caja que
escondía bajo su cama. Nunca prestaba nada a nadie.
—Si lo doy, me quedo sin nada —decía siempre.
Su amiga Amelia era distinta. Amelia daba sus pinturas, compartía su bocadillo y siempre tenía una
sonrisa para todos. Martín no lo entendía.
Un día, en la escuela espacial, la profesora les dijo:
—Hoy viajaréis a Solidaris, un planeta muy especial. Preparad vuestras mochilas.
Martín metió su estrella metálica en el bolsillo. Era su objeto favorito. Pequeña, plateada y con cinco
puntas. Nunca iba a ningún sitio sin ella.
La nave escolar despegó entre las nubes. Por las ventanas redondas, Martín y Amelia veían estrellas por
todas partes. Después de un rato, apareció un planeta azul y plateado. Brillaba como una burbuja de
jabón gigante.
—¡Mirad! —dijo Amelia con los ojos muy abiertos.
Al bajar de la nave, un robot pequeño y redondo les esperaba. Tenía ojos de color naranja y una antena
que se movía cuando hablaba.
—Bienvenidos. Soy ZIK-7. Os enseñaré cómo funciona nuestro planeta.
ZIK-7 les guio por caminos que brillaban bajo sus pies. Todo en Solidaris era suave y redondeado. Los
robots iban de un lado a otro. Uno llevaba piezas y las dejaba en una mesa para que otros las usaran.
Otro reparaba una rueda con herramientas que no eran suyas.
—Aquí nadie guarda nada —explicó ZIK-7—. Todo se comparte. Y cada vez que alguien da algo, el Gran
Núcleo brilla más.
En el centro del planeta había una plaza circular. Y en medio, una esfera enorme de luz flotaba en el
aire. Latía despacio, como un corazón.
—Es el Gran Núcleo —dijo una voz grave y tranquila.
Era LUMA, la robot más antiguo de Solidaris. Alta y de color dorado, con ojos azules muy profundos.
—El Núcleo nos da energía a todos. Pero solo funciona si compartimos.
Amelia enseguida ayudó a un robot a cargar unas cajas. El Núcleo brilló un poco más. Martín miraba
todo con curiosidad. Entonces vio algo en el suelo: una pieza de cristal luminoso. Era preciosa. Azul,
pequeña, con luz propia.
Miró a los lados. Nadie le observaba. La metió en su bolsillo.
Al poco rato, algo cambió. El Gran Núcleo parpadeó. Su luz se hizo más débil. Los robots empezaron a
moverse despacio. Las luces del camino se apagaron una a una.
—La cadena se ha roto —dijo LUMA con voz seria—. Alguien ha dejado de compartir.
Martín sintió calor en las mejillas. La pieza de cristal pesaba mucho en su bolsillo. Miró a Amelia. Ella no
dijo nada, pero sus ojos lo decían todo.
Martín respiró hondo. Sacó el cristal del bolsillo y caminó hasta el Núcleo. Todos los robots le miraban.
Puso la pieza junto a la esfera. La luz volvió un poco.
Pero entonces hizo algo que nadie esperaba. Se quitó su estrella metálica del otro bolsillo. La que
siempre llevaba. La que nunca prestaba.
—Toma —dijo Martín en voz baja—. Esta también.
Cuando la estrella tocó el Núcleo, una onda de luz recorrió todo el planeta. Los caminos brillaron otra
vez. Los robots se movieron con energía. El Núcleo latió con fuerza, más brillante que antes.
ZIK-7 se acercó a Martín. Su antena se movía muy rápido.
—Cuando alguien da lo que más quiere, la energía es enorme.
Martín sonrió. Por primera vez, su bolsillo estaba vacío. Pero por dentro sentía algo grande y cálido, algo
que nunca había sentido al guardar cosas.
Amelia le dio un abrazo.
De vuelta en la nave, Martín miraba Solidaris por la ventana. El planeta brillaba como una estrella más
en el cielo.
—Amelia —dijo bajito—, cuando lleguemos, ¿me enseñas a compartir las pinturas?
Amelia se rio.
—Claro. Vas a ver qué bien sienta.
Y mientras la nave cruzaba el espacio, Martín pensó que quizás lo mejor no era tener los bolsillos llenos.
Quizás lo mejor era tener el corazón así, tan brillante como el Gran Núcleo de Solidaris.
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VALOR PERSEVERANCIA
El diente de león
Laura soñaba desde muy pequeña con ser pintora y poder atrapar el cielo. Antes de echar a andar,
aprendió a pintar. Era su manera de correr sin moverse. Porque pintando, podía viajar y si cerraba los
ojos, podía ver colores que sólo existían en su mente.
Laura lo pintaba todo: pintaba en las hojas, en el suelo, en la pizarra que le compró su madre, en las
servilletas de papel y hasta en la pared, porque para ella era un lienzo enorme que la llamaba por su
nombre.
También pintaba en las baldosas de la calle, con tizas de colores que se llevaba el agua de la lluvia. Y en
la arena, sólo necesitaba un palo para crear un castillo rodeado de estrellas.
Así que a nadie le sorprendió que con tres años cogiera los pinceles y jugara a ser Velázquez. Ni que con
cuatro quisiera apuntarse a clases de dibujo.
A Laura le encantaba pintar arco iris. Los pintaba en todos sus dibujos, porque adoraba los colores.
También le gustaba pintar flores, escuchar al viento y contemplar las nubes. Y cada año esperaba
impaciente la llegada de la primavera, porque con ella llegaba su flor favorita: el diente de león.
Laura soplaba con todas sus fuerzas para pedir un deseo. Y luego observaba cómo se lo llevaba el viento
al país de los deseos, un lugar muy lejano en donde imaginaba que alguien los iba archivando para que
no se perdieran.
Soplaba un diente de león, y otro y otro más. Un año y otro año. Y siempre pedía el mismo deseo.
Cuando aprendió a escribir, con cinco años, apuntó el deseo que pedía a los dientes de león en una hoja
y lo guardó en una cajita.
– Seguro que pide ser una gran pintora de mayor- pensaba su madre.
El diente de léon… y los sueños que se cumplen
Pasaron los años y Laura siguió pintando arco iris, flores y montañas. Y pidiendo deseos. Hasta que se
hizo mayor y empezó a pintar cuadros y más cuadros.
Sin saber muy bien cómo, de pronto se vio organizando su primera exposición. Su madre estaba
orgullosa de ella y Laura, muy nerviosa.
Todo salió perfecto y vendió tres cuadros. Uno de ellos, de un diente de león al atardecer, en primavera.
Su madre recordó la pasión de su hija por esa flor y los deseos que cada año le pedía.
– ¡Se ha cumplido tu deseo!- le dijo.
– Sí- contestó ella.
Y tras la inauguración de la exposición, cada una se fue a su casa.
Cuál era el deseo de Laura
La madre de Laura se acordó de la cajita de los deseos y la buscó en el trastero. Allí estaba: era una caja
pequeña, con forma de corazón y el nombre de su hija escrito por ella, con las letras en minúscula
menos una A en mayúscula. Así: «lAura». Y sacó el papel donde había apuntado su deseo.
A la madre de Laura se le escapó una lágrima de emoción. Se había cumplido su deseo, pero no era el
que ella pensaba. Guardó la nota y en ese momento se sintió la persona más feliz del mundo.
La nota decía, con letra infantil: «Deseo que cuando sea una pintora famosa mi madre esté a mi lado».
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perseverancia/
VALOR PERSEVERANCIA
Uga la Tortuga
¡Caramba, todo me sale mal!, se lamenta constantemente Uga, la tortuga. Y es que no es
para menos: siempre llega tarde, es la última en acabar sus tareas, casi nunca consigue premios a la
rapidez y, para colmo es una dormilona.
- ¡Esto tiene que cambiar!,- se propuso un buen día, harta de que sus compañeros del bosque le
recriminaran por su poco esfuerzo al realizar sus tareas. Y es que había optado por no intentar siquiera
realizar actividades tan sencillas como amontonar hojitas secas caídas de los árboles en otoño, o quitar
piedrecitas de camino hacia la charca donde chapoteaban los calurosos días de verano.
- ¿Para qué preocuparme en hacer un trabajo que luego acaban haciendo mis compañeros? Mejor es
dedicarme a jugar y a descansar.
- No es una gran idea - dijo una hormiguita - Lo que verdaderamente cuenta no es hacer el trabajo en un
tiempo récord; lo importante es acabarlo realizándolo lo mejor que sabes, pues siempre te quedará la
recompensa de haberlo conseguido.
No todos los trabajos necesitan de obreros rápidos. Hay labores que requieren tiempo y esfuerzo. Si no
lo intentas nunca sabrás lo que eres capaz de hacer, y siempre te quedarás con la duda de si lo hubieras
logrado alguna vez.
Por ello, es mejor intentarlo y no conseguirlo que no probar y vivir con la duda. La constancia y la
perseverancia son buenas aliadas para conseguir lo que nos proponemos; por ello yo te aconsejo que lo
intentes. Hasta te puede sorprender de lo que eres capaz.
- ¡Caramba, hormiguita, me has tocado las fibras! Esto es lo que yo necesitaba: alguien que me ayudara
a comprender el valor del esfuerzo; te prometo que lo intentaré.
Pasaron unos días y Uga la tortuga se esforzaba en sus quehaceres.
Se sentía feliz consigo misma pues cada día conseguía lo poquito que se proponía porque era consciente
de que había hecho todo lo posible por lograrlo.
- He encontrado mi felicidad: lo que importa no es marcarse grandes e imposibles metas, sino acabar
todas las pequeñas tareas que contribuyen a lograr grandes fines.
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