Capítulo 1
Capítulo 1
Justo ese día, las cosas no le habían salido del todo bien al mago. Primero se había
equivocado de encantamiento y en lugar de transformar una calabaza en carroza, la había
convertido en una lata de sardinas.
—¿Y ahora cómo voy al baile? Tenía que llegar antes de las doce —lloraba la dueña de
la calabaza, mientras Zafiro, el gato negro de Randulfino, se tragaba en un descuido hasta la
última de las sardinas.
Después de eso, Randulfino había tenido que aguantar las protestas de siete enanitos.
—No tengo la culpa. Yo le avisé que no comiera la manzana, que estaba envenenada —se
defendía el mago. Pero la muy cabeza dura fue y le dio un mordiscón....
También había discutido con una niña que ya no quería ponerse su caperucita roja y
pedía ropa nueva.
—Estas no son botas de siete leguas —le gritó ofendido el pequeñín, cuando el mago
confundido le dio unos zapatitos de cristal.
Y aunque nada bueno podía esperar de aquel mensaje que le traía la paloma, Randulfino
era el mago más poderoso de los alrededores. Y el único. Es cierto que nunca había
obtenido el diploma, pero había estudiado en la Academia de Magia, hechicería y afines. Si
alguien necesitaba su ayuda, no podía negarse. Por eso, se puso resignado los anteojos y se
dispuso a leer.
Eso sí, antes secó a la paloma con una toalla, para que no se le resfriara igual que la
lechuza y también entrara a desparramarle plumas por todos lados con los estornudos. Y
enseguida la puso dentro de una jaulita, no fuera a ser cosa que Zafiro se hubiera quedado
con hambre y se comiera también a la mensajera. Y además, le preparó un té caliente a la
paloma y le sirvió al gato un poco de leche en el platito. Solo entonces tomó el papel doblado
que la pajarraca llevaba en un anillo de la pata derecha.
—Es peor de lo que imaginaba —exclamó el mago, cuando se le pasó la tos y terminó de
leer la nota.
Cuando cerró la valija, Randulfino buscó a Zafiro por todos lados. Detrás de las cortinas,
debajo de la alfombra, adentro de las cacerolas....
No lo encontró. Pero no podía perder más tiempo. Igual no se hizo demasiado problema.
Ya aparecería.
El reino donde vivía la princesa Adelinda quedaba lejos, muy lejos. Demasiado. Había
que atravesar siete mares, un desierto, ocho ríos, cuatro pantanos, dos lagos, una selva,
catorce montañas, seis acantilados, doce bosques, tres valles, ocho manantiales, once
cascadas, nueve barrancos y un precipicio sin fin. Nadie llegaba hasta allí ni de casualidad.
Algunos porque se cansaban a mitad de camino. Otros porque se perdían. Muy de vez en
cuando, aparecía un turista japonés. Pero aparte de eso....
Randulfino tuvo que emplear sus mejores trucos para llegar lo antes posible. Y para no
tener que viajar en barco, canoa, bote, carreta, diligencia, burro... Así y todo, llegó agotado y
con la barba arrugada.
—No sabría decirle, porque el reloj de sol no nos anda bien. Desde que lo pusimos bajo
techo, dejó de funcionar —le explicó el rey y sorbió ruidosamente su té de tilo para
tranquilizarse.
—Nada. Ni una miguita de pan. Y eso que yo siempre le decía: «Nunca salgas sin migas
en los bolsillos, por si te perdés. Acordate de lo que les pasó a esos chicos, Hansel y
Gretel...». Y hablando de migas, ¿no gusta un sanguchito de mortadela?. Es que a mí, con la
angustia, se me abre el apetito....
—Y sí, la veía tristona —le contestó el rey con la boca llena. Siempre asomada al balcón,
suspirando. Se pasaba horas preguntándole a un espejo quién era la más linda.
—No le contestaba, porque nosotros espejos que hablen nunca tuvimos. Ahora, desde
que leyó esos libros, la cosa empeoró....
—¿Qué libros? —quiso saber el mago, mientras le daba un sopapo a Zafiro que se
acercó a olisquear los sánguches.
—Ni uno —se lamentó el rey. —Con lo hermosa que es... Y lo educada. Porque hasta
hizo un curso de piano por correspondencia. Lo que le costó a la pobre. Porque estudiar la
teoría vaya y pase, pero practicar piano a distancia... Y sin instrumento.
—¿No había ningún príncipe, ningún noble, ningún caballero... nadie que quisiera pedir
su mano? —lo interrumpió el mago.
—Y... vivimos tan lejos que todo nos escasea. Hasta los novios. Y vienen tan pocas
visitas por estos lados... Le presentaron unos candidatos, sí. Pero no le cayeron en gracia. A
todos les encontraba algún defecto. Que este era vanidoso, que aquel tenía mal carácter,
que el otro no se bañaba seguido, que el de más allá eructaba... No quería un príncipe azul.
Se conformaba con uno de cualquier color. O uno que ni siquiera fuera príncipe, pero sí, que
la amara de verdad. Adelinda intentó de todo. Besó a cuanto sapo encontró por ahí, a ver si
alguno se le convertía en príncipe. Durmió una siesta como de cien años, con la esperanza
de que alguien la despertara con un beso. Y se encerró, no sé cuánto tiempo, en la torre más
alta del castillo más alto, donde la custodiaba día y noche un feroz dragón, pero nadie vino a
rescatarla. Hasta el dragón se aburrió de esperar y se fue. Cuando las siete hadas madrinas
le dijeron que no podían ayudarla, Adelinda lloró sin consuelo. Y a la mañana siguiente...
¡desapareció!.
A Randulfino le tembló el bigote de solo imaginar los terribles peligros que corría la
princesa Adelinda. Tal vez la había hechizado alguna bruja poderosa y malvada. O tal vez la
había secuestrado un ogro cruel que la mantenía prisionera quién sabe dónde. O tal vez
algún monstruo desalmado pensaba comérsela para el almuerzo con ajo y perejil.
Randulfino lamentó no haberse comprado la bola de cristal en cuotas, con lo útil que le
hubiera sido para averiguar el paradero de la princesa. Pero no era momento de
lamentaciones y decidió poner manos a la obra de inmediato. Revisó el castillo de punta a
punta. No dejó telaraña sin investigar. Analizó cada pelo que encontró y examinó desde
dentaduras postizas hasta uñas encarnadas. Al principio, no descubrió nada fuera de lo
común, salvo a Zafiro escondido en un armario de la cocina, mordisqueando un salamín.
Pero como en el castillo no eran de limpiar el suelo demasiado seguido, muy pronto encontró
unas huellas de pisadas que llamaron poderosamente su atención. Unas huellas que iban a
permitirle develar el misterio de la desaparición de la princesa.
Capitulo 3
El monstruo Wulfrano era feo por donde se lo mirara. Tenía los ojos sanguinolentos, los
dedos como garras, la boca con tres dientes torcidos, la nariz descomunal.... Tenía una
joroba en la espalda, la piel escamosa y verduzca, los pies enormes y chuecos.... Tenía los
pelos como estropajos grasientos, las orejas llenas de cera, el ombligo con pelusa... Porque
para más, era sucio. Hacía ciento ocho años que no se bañaba y la última vez que lo había
hecho ni siquiera había usado jabón. Nadie aguantaba su aliento a huevo podrido. Nadie
soportaba el olor a queso rancio de sus patas. Nadie resistía el tufo hediondo de su
transpiración. Ni él.
El monstruo Wulfrano era el monstruo más aterrador, más espeluznante y más pavoroso
de los alrededores. Daba miedo de solo verlo. Hasta él mismo se había impresionado una
vez y había salido corriendo, cuando de pura casualidad alcanzó a distinguir su tortuosa
imagen reflejada en las aguas de un lago.
Acerca de él, además, se rumoreaban cosas terribles: que jamás dormía, que tenía la
fuerza de mil hombres, que desayunaba puré de tarántulas, que se metía el dedo en la
nariz....
Por eso, nadie en su sano juicio se aventuraba por la comarca montañosa donde vivía, ni
por el pantano donde merodeaba. Sin embargo, y a pesar de las horribles historias que se
contaban sobre él, el monstruo Wulfrano asustaba poco. Y no porque no fuera feo,
desagradable, pestilente, sino porque el pobre era timidón. Todo le avergonzaba. Por
cualquier cosita de nada se ponía colorado como un tomate. Tampoco estaba conforme con
su aspecto ni lo convencían sus gruñidos ni estaba seguro de ser lo bastante feo y
desagradable que tiene que ser un monstruo. Además, tenía miedo de que se burlaran de él.
Y esa era la razón por la que se la pasaba escondido. Casi nunca salía de su cueva, a
menos que fuera necesario. Y cuando no le quedaba más remedio, trataba de salir de noche,
envuelto en tinieblas. Por eso, si asustaba, era de pura casualidad.
Wulfrano no tenía parientes, ni siquiera un primo lejano. Tampoco tenía amigos. Ni uno.
Y aunque se había acostumbrado a la falta de compañía, a veces, a Wulfrano le daban
ganas de compartir con alguien sus sueños, sus ilusiones, sus proyectos.... Pero se moría de
vergüenza de solo pensarlo. Y además, claro, no tenía a nadie. Entonces, para no sentirse
solito, Wulfrano le conversaba a una cucaracha que se le había instalado en un rincón donde
guardaba porquerías. Pero ella no era de contestar. Y Wulfrano se quedaba medio tristón,
escuchando su propio silencio.
Un día, justo a la hora del almuerzo, Wulfrano se dio cuenta de que se le habían
terminado las lagañas de sapo con las que preparaba el chimichurri. Aunque era pleno día,
decidió ir hasta el pantano a buscar algunas y se preparó para salir. Se olió debajo de los
brazos. Apestaba. Se revisó los dientes. Tenía pedazos de comida incrustados. Se miró entre
los dedos de los pies. Encontró bolitas de mugre.
—Listo —se dijo y le avisó a la cucaracha que se iba un rato, aunque ella no le hizo
demasiado caso.
En cuanto se asomó fuera de la cueva, al monstruo le dio como cosita toda esa luz que
lo iluminaba. Pero sin lagañas de sapo, el chimichurri no tenía gusto a nada. Y no podía
esperar hasta que oscureciera. Así que suspiró resignado, contó hasta tres (porque no sabía
contar más que eso) y salió. Mientras avanzaba por los matorrales espinosos, carraspeó y
ensayó su alarido ultraescalofriante, por si se cruzaba con algún desprevenido. Pero era la
hora de la siesta y ni los loros se animaban a andar bajo el rayo del sol. Por eso, al ratito,
avanzó de lo más confiado por el sendero que conducía hasta las lodosas orillas del pantano.
Incluso iba contento, tarareando un chachachá. Porque la ilusión de su vida era aprender a
bailar. Soñaba que algún día podría hacerlo, aunque más... no vio sus ojos verdes. No vio su
vestido lleno de puntillas. No vio los enormes pies. No vio nada de eso hasta que fue
demasiado tarde
Capitulo 4
Las huellas de pisadas eran claras. Randulfino las verificó con una regla, antes de
afirmar:
No había dudas. Eran de la princesa Adelinda. Solo ella en todo el reino tenía un pie de
semejante tamaño.
Cuando el mago le comunicó las novedades, el rey Heriberto se desmayó. Zafiro tuvo
que abanicarlo con una empanada de jamón y queso, que acababa de robarse de la cocina,
para hacerlo reaccionar. Cuando volvió en sí, el mago Randulfino le mostró el recorrido de
las huellas. Empezaban en la habitación de la princesa, iban hasta el baño, subían a la torre
más alta, bajaban al sótano, pasaban por la cocina, atravesaban la biblioteca, cruzaban el
comedor, volvían, se dirigían de nuevo hasta el cuarto, se asomaban al balcón, entraban,
descendían por la escalera principal y, finalmente, se perdían en los jardines, cerca de las
margaritas. O la princesa había dado muchas vueltas antes de salir o hacía semanas que no
pasaban un trapo de piso en el castillo.
La teoría número 3 fue la única que pudieron comprobar, porque las margaritas daban
lástima de tan resecas que estaban. De la teoría número 1 y de la número 2, no encontraron
pruebas. La investigación estaba estancada.
—¿Y ahora qué hacemos? —se desesperó el rey, que de los nervios le arrebató la
empanada a Zafiro y se la mordisqueó.
El mago Randulfino tuvo que frenar al gato, que mostraba las uñas y bufaba con el pelo
erizado, dispuesto a saltar sobre el rey y arañarlo.
—Tendremos que organizar una expedición para ir a buscarla y tal vez rescatarla —dijo
por fin. —Será difícil. Probablemente debamos enfrentar grandes peligros. Tal vez no todos
regresemos. Pero será un honor dar la vida por la princesa. Solo necesitamos un puñado de
valientes voluntarios.
No consiguieron. Ni uno. Todos se disculpaban: que ya sé que es un honor pero muchas
gracias, que yo soy cobarde así que paso, que no tengo tiempo, que estoy ocupado, que
ahora no puedo, que dejé la leche en el fuego, que me llama mi mamá... Excusas, puras
excusas.
Para colmo, el rey no tenía ni un soldado, porque a él las peleas y las guerras no le
gustaban ni [Link]í que la expedición terminó compuesta por el rey, el mago Randulfino y
Zafiro, único capaz de olfatear un rastro a falta de perro. Anque a el iban a tener que llevarlo
a la fuerza porque, en cuanto se enteró, clavó las uñas en la alfombra, dando a entender que
se negaba rotundamente a participar.
Partieron horas más tarde. Llevaban sogas, fósforos, velas, mapas, una brújula, un bote
inflable, una espada desafilada, un gorrito para el sol, la tarjeta de crédito y un abrelatas, por
si el rey no podía sacarse la armadura. También llevaban provisiones para varios días, no
porque pensaran tardar tanto, sino porque no hallaron otra manera de convencer a Zafiro de
que se bajara del techo y los acompañara.
Antes de partir, el mago le hizo oler al gato algunas pertenencias de la princesa: su
muñeca preferida, los ruleros, el lápiz de labios, una media sucia.... Zafiro amasó la muñeca,
metió la pata dentro del rulero y se comió el lápiz de labios. Pero la media le sirvió para
encontrar un rastro. Irguió el lomo y apuntó con el hocico y los bigotes hacia la puerta de
entrada.
—Es por allá —indicó el mago y los tres valientes partieron en busca de la princesa,
dejando a su paso manchas de salsa de tomate.
Capitulo 5
La princesa Adelinda nunca había sido buena para orientarse. Varias veces se había
extraviado en su castillo y su padre había tenido que ir a buscarla. Un día, incluso, se perdió
en su propia habitación. Adelinda jamás se acordaba cuál era la izquierda y cuál la derecha.
Ni siquiera podía precisar dónde era arriba y dónde era abajo. Y no tenía la menor idea de
hacia dónde quedaban el Norte, el Sur, el Este o el Oeste. Pero en ningún momento imaginó
que encontrar el camino para salir de su reino iba a ser tan complicado. Sabía, eso sí, que
estaba lejos de cualquier lado, muy lejos. Demasiado. Y que había que atravesar siete
mares, un desierto, ocho ríos, cuatro pantanos, dos lagos, una selva, catorce montañas, seis
acantilados, doce bosques, tres valles, ocho manantiales, once cascadas, nueve barrancos y
un precipicio sin fin. Pero ya cuando llegó a la esquina del castillo, no supo bien hacia dónde
ir. Consultó el mapa que había conseguido, pero Adelinda no entendía mucho de mapas y lo
leyó al revés. Para cuando se dio cuenta, ya estaba completamente perdida. Y se despistó.
—¿Cuál era la casita en la que podía pedir ayuda? —se preguntó, cuando se vio en el
medio de un bosque. —¿La que tenía techo de azúcar y paredes de chocolate, esa en la que
había un lobo en camisón o la otra en la que vivían siete enanitos?.
No pudo recordarlo y, por miedo a meter la pata, siguió caminando sin rumbo. Avanzaba,
retrocedía, iba para allá, volvía para acá... Anduvo como loca. Para colmo, con un dolor de
pies terrible, porque los zapatitos de cristal no eran el calzado más cómodo del mundo. Ni el
adecuado para andar por un bosque.
Cuando pasó por quinta vez frente al cementerio, le dio la impresión de que estaba
andando en círculos. Lamentó no haberle hecho caso a su padre, que siempre le aconsejaba
llevar miguitas de pan en el bolsillo para dejar un rastro.
Para el mediodía, los pies no le daban más. Le habían salido tres callos y se le habían
inflamado los juanetes. Después de pasar por novena vez frente al cementerio, y sin saber
muy bien cómo, la princesa Adelinda se topó con un pantano. Desolada y con el vestido
arremangado, se sentó en una piedra cubierta de musgo. El olor de las aguas putrefactas y
espesas era insoportable, pero Adelinda creyó que era porque ella se había descalzado.
Enseguida metió los pies en el barro pegajoso y sintió un poco de alivio.
Se internó entre los arbustos por un sendero y no alcanzó a dar tres pasos cuando se lo
encontró de frente. Avanzaba en dirección contraria, directo hacia ella, y no chocaron de
casualidad. Esta vez, la princesa supo con total certeza que el olor a podrido no venía de sus
pies ni de las aguas del pantano, sino de ese... ser que tenía delante. Los dos se miraron
sorprendidos dos segundos y medio, con la boca abierta antes de que el grito atronador
hiciera estremecer de miedo a todo el bosque.
Capitulo 6
El mago Randulfino se dio cuenta casi de inmediato de que sus posibilidades de éxito
con Zafiro como rastreador eran escasas. El minino había indicado con claridad la puerta de
salida, como punto de partida para la expedición, pero después de eso, perdió prácticamente
todo rastro, excepto el de las salchichas que había entre las provisiones. Eso sin contar que
se distraía con facilidad, que a cada rato quería dormir una siesta o que se trepaba a cuanto
árbol se cruzaba. Además, como no le gustaba caminar, había que llevarlo a upa todo el
tiempo. Para facilitarle un poco las cosas a Zafiro, a Randulfino se le había ocurrido hacer un
identikit de la princesa Adelinda. La había dibujado con crayones en la hojita de una libreta,
siguiendo las exactas indicaciones del rey Heriberto, que la describía con precisión:
—Sí, la boca la tiene justo debajo de la nariz y arriba del mentón. Y ojos tiene dos. De
eso estoy seguro, pero el color no sabría decirles... Y el pelo, ya vio cómo son las mujeres,
un día se hacen rulos, otro día se lo planchan...
Un lobo de dudosa facha, que encontraron por el bosque y a quien Randulfino insistió en
mostrarle el identikit de Adelinda, estuvo a punto de desorientarlos, cuando les indicó con
evidente mala intención que fueran por el camino más largo.
Tampoco fue de gran ayuda un flautista que venía de Hamelin y al que seguían miles de
ratones, encandilados por su música. No solo no había visto a la princesa, sino que se armó
un zafarrancho impresionante cuando Zafiro vio esa cantidad de roedores. Hubo que
sostenerlo a cuatro manos para que no se les fuera detras de ellos.
El que sí parecía tener un dato preciso era un gigante muy gentil al que solo le veían los
pies. Pero no hubo forma de escuchar lo que les decía desde tan arriba, aunque les hablaba
a los gritos. Y eso que Randulfino, con Zafiro en la cabeza, se subio a los hombros del rey
para hacer la pirámide humana (y gatuna) y acercarse un poco.
De todos modos, las pisadas de Adelinda eran bastante nítidas y era fácil seguirlas, a
pesar de que daban vueltas y más vueltas y más vueltas.
Al pasar frente a un cementerio, tuvieron que hacer un alto. Al rey Heriberto le picaba
terriblemente la espalda y no alcanzaba a rascarse, enlatado como estaba adentro de la
armadura.
—Un cachito más a la derecha, al lado del omóplato, ahí, justo ahí... —lo iba guiando el
rey a Randulfino, que lo rascaba con la varita mágica, esquivando, eso sí, los chorros de
salsa de tomate que salían cada vez que la frotaba.
Fue entonces cuando el gato, que había aprovechado el descuido de su amo para
inspeccionar la bolsa de provisiones y acababa de zamparse un merengue, se puso alerta.
Los pelos del lomo se le erizaron, sacó las garras, mostró los dientes, se relamió la crema de
los bigotes...
—¿Qué sucede, Zafiro? —le preguntó el mago al verlo así, recordando que los animales,
con su sexto sentido, presienten las catástrofes.
El gato intentó hacerse entender por señas desesperadas. Dobló la pata, alzó las orejas,
enroscó la cola...
—LA —dijo el rey que era experto en jugar a "Dígalo con mímica".
—LOS —sugirió el rey, pero como Zafiro volvió a negar, agregó: Mejor seguí con la
segunda palabra.
Pero el gato no pudo continuar. Porque en ese momento se oyó un grito atronador que
hizo estremecer de miedo a todo el bosque
Capitulo 7
Lo primero que hizo el monstruo Wulfrano fue ponerle emplastos de barro húmedo sobre
el chichón que le había salido en la cabeza. Porque él sería monstruo, pero tenía buenos
modales, no como la cucaracha. Y si la chica se había dado un porrazo por su culpa, tenía
que ayudarla.
Pero, ¿a quién se le ocurría andar por un sitio frecuentado por monstruos? ¿Cómo podía
imaginarse él que, justo al ladito de su pantano preferido, allí donde el olor a podrido era
delicioso, donde se conseguían las mejores lagañas de sapo para preparar chimichurri, iba a
encontrarse con una princesa?
Porque de eso Wulfrano estaba seguro. Esa chica era una princesa. Bastaba verle la
coronita, torcida hacia un costado por el chichonazo. Y los zapatitos de cristal que llevaba en
la mano. Lo que no sabía era de dónde había salido ni qué hacía ahí.
La cuestión fue que al ver a la princesa aparecer así de sopetón, entre los matorrales, el
monstruo se asustó. Por eso lanzó semejante alarido, no para atemorizarla a ella, que
incluso... Wulfrano se rascó la oreja con el dedo meñique, mientras pensaba. ¿Le había
parecido a él o ella le había sonreído un poquito? No, seguro le había parecido. Porque,
¿quién le puede sonreír a un monstruo espantoso y para colmo mugriento, que encima se
asusta al ver a una chica y grita como un energúmeno?
Ahora, por culpa de su grito, la princesa estaba ahí, desparramada en el suelo y
desmayada. Y es que al escuchar su grito, la joven había retrocedido, sin darse cuenta de
que había una piedra en mitad del camino. Y claro, había tropezado, se había caído patas
para arriba y se había pegado flor de porrazo.
El monstruo Wulfrano no sabía qué hacer. Llevarla a su cueva, imposible. Estaba tan
desordenada... Ni siquiera había hecho el catre. Ni siquiera había entrado la basura. Ni
siquiera tenía chimichurri. Eso sin contar que la cucaracha era tan antipática que ni saludaba
cuando le decían «Buenos días». Además, a una princesa como esa no debían gustarle las
cuevas de monstruos. Ni los monstruos, claro.
Dejarla ahí sola también le daba no sé qué. Podía comérsela una fiera. O algún otro
monstruo que no fuera tan educado como él. Tampoco podía acompañarla a su casa.
Primero, no sabía dónde vivía. Segundo, ¿qué pensaría la gente si veía a un monstruo con
una princesa?
Sobre todo, una princesa tan... tan... tan... Wulfrano la miró y empezó a babear. ¡Ay! Era
preciosa. Con ese cabello tan largo y tan rubio. Con esos ojos tan grandes y tan verdes. Con
esos pies tan enormes y olorosos. Y él, sin bañarse desde hacía ciento ocho años.
Mejor se iba antes de que la joven despertara y le viera sus pelos pringosos, su joroba,
su piel escamosa y verde, su ombligo lleno de pelusa... Si al menos hubiera podido
disculparse con la princesa, si hubiera podido decirle que él no era malo, por más que fuera
un poco roñoso, si hubiera podido contarle que soñaba con bailar chachacha... Pero, no,
mejor se iba enseguidita antes de que ella recuperara el sentido y se asustara de su
espantosa cara. Eso sí, para que la princesa no pensara que él era tan monstruo, le dejó
sobre el pecho una de sus flores preferidas, la flor de ortiga.
Wulfrano miró por última vez a la joven y suspiró. Y ya estaba a punto de marcharse,
cuando le cayó en el pantalón un chorro de salsa de tomate.
Frente a él, apuntándole con su varita mágica, estaba el mago Randulfino. A su lado,
empuñando el abrelatas, el rey Heriberto. Un poco más atrás, mordisqueando un alfajor de
chocolate, el gato Zafiro.
—Pronto, Zafiro, necesito el hechizo para convertir un monstruo en jabón baja espuma
para lavar la ropa —pidió el mago.
Zafiro se atragantó con el alfajor y, apurado, abrió con la pata el libro de hechizos. Buscó
en el índice. Mamarracho, mermelada, monstruo... Estaba el hechizo para convertir un
monstruo en sandía, en coliflor, en radicheta, en chancleta, en chicle, en papel higiénico, en
inodoro... Pero el que le había pedido Randulfino no estaba.
—Fijate en la página 657 —insistió el mago.
—Esa chica está embrujada —se lamentaba el rey, mientras Zafiro intentaba sacarle la
armadura oxidada con una sierra, porque con el abrelatas no habían podido.
El mago Randulfino no estaba de acuerdo con él. Algo extraño le sucedía a Adelinda, sí.
Pero no parecía ser a causa de un embrujo. Para averiguar qué le pasaba a la princesa,
Randulfino recurrió a todo: apeló a la ciencia, consultó a los astros, buscó en el diario el
horóscopo de sagitario (que era el signo de Adelinda), la espió por la cerradura... No
descubrió nada.
Tampoco le dieron resultado las pócimas especiales que le preparó con gusto a
frambuesa y naranja-banana-kiwi. Menos que menos, las cataplasmas de huevo batido que
le recetó dos veces por día y que Zafiro se comió creyendo que eran el relleno de las
empanadas. El mago, incluso, repasó sus apuntes de la academia de magia, hechicería y
afines y revisó cuidadosamente las mil novecientas ochenta y seis páginas de su libro de
hechizos. Pero allí no había ningún encantamiento con los síntomas que presentaba la
princesa: falta de apetito, insomnio, melancolía, llanto descontrolado y constante, afición al
chachachá.... Randulfino estaba desconcertado, aunque decidió que no se daría por vencido
hasta develar el misterio. De algo estaba seguro. La clave estaba en el pantano. En el
pantano donde rescataron a la princesa, que por la forma en que pataleaba cuando se la
llevaron no parecía querer ser rescatada; en el pantano donde habitaba ese monstruo que, a
pesar de su aspecto temible, le había puesto tan amablemente emplastos de barro en el
chichón a Adelinda; en el pantano donde el monstruo y la princesa.... De pronto, Randulfino
tuvo una idea. ¡Claro! ¿Cómo no se le había ocurrido antes?. Llamó de inmediato a Zafiro
para encomendarle una misión estrictamente confidencial. El gato, que estaba a punto de
comerse una hamburguesa completa con papas fritas, refunfuñó. Pero no pudo negarse.
Sobre todo cuando Randulfino le prometió una tarta de atún, una porción de rabas, un filet de
pescado a la romana y hasta una paella con mariscos.
El entrenamiento de Zafiro como agente secreto fue breve, pero intenso. El gato tuvo que
aprender rápidamente a utilizar equipo altamente sofisticado: brújulas, binoculares,
computadoras, visores infrarrojos, walkie-talkies, termómetros, pelapapas.... También tuvo
que adiestrarse en técnicas complejas: usar la clave Morse, perseguir a un sospechoso sin
ser visto, camuflarse en el entorno, sacar fotos con una vieja cámara, enviar mensajitos de
texto con un celular....
Cuando estuvo listo, el mago Randulfino le dio las últimas instrucciones sobre lo que
debía hacer. Zafiro se puso anteojos de sol, impermeable, sombrero y guantes descartables
en las cuatro patas. Lo último que llegó a ver el gato antes de perderse entre las sombras fue
a la princesa Adelinda, que había salido al balcón y que acariciaba una flor de ortiga y se
rascaba desesperadamente, mientras tarareaba un chachachá.
Capitulo 9
Desde que la había dejado en el pantano, cuando puso sobre su pecho una flor de
ortiga, el monstruo se sentía más solo que nunca. No tenía ganas de nada. Ni de comer puré
de tarántulas ni de sacarse la mugre de entre los dedos de los pies ni de bailar chachachá. Ni
siquiera le importaba que regresara la ingrata de la cucaracha. Solo quería estar con la
princesa. Soñaba con verla de nuevo, con invitarla a pasear por el pantano a la luz de la
luna, con sacarla a bailar.... Incluso soñaba con... Pero eso, claro, era imposible. Porque él
era un monstruo. Un monstruo horroroso, espantoso y roñoso. Y encima timidón.
Ella jamás se fijaría en alguien como él. Ella jamás soportaría su olor. Ella jamás lo
querría. Por eso lagrimeaba. Y cuando no lagrimeaba, suspiraba. Y cuando no suspiraba,
dibujaba corazones en el suelo con la uña del dedo gordo. Y no ponía las iniciales W-A en los
corazones porque el monstruo Wulfrano no sabía leer ni escribir. Pero de tanto en tanto
pronunciaba el nombre de Adelinda en voz alta. Y enseguida volvía a lagrimear, a suspirar y
a dibujar corazones.
Y justamente ahí estaba el monstruo Wulfrano lagrimeando, suspirando y dibujando un
corazón en el suelo con la uña del dedo gordo, cuando tuvo la extraña sensación de que
alguien lo vigilaba. Por un momento se ilusionó pensando que tal vez la princesa Adelinda
había regresado al pantano y no se dejaba ver por miedo o desconfianza. Pero por más que
miró y remiró para todos lados, no pudo distinguir a nadie en los alrededores.
Pero al ver la lentitud con que el mago traducía los puntos y las rayas y los errores que
cometía, Zafiro decidió recurrir a la mímica: torció la cara, se tapó el hocico con la pata
derecha, se hizo el muerto, apuntó con los bigotes al balcón de Adelinda, suspiró y dibujó
corazones con la uña.
Lo importante era que, a él, lo que sentían Wulfrano y Adelinda no le parecía irracional.
Sabía que el amor es ciego. Y en ese caso, tampoco tenía olfato.
Pero por muchas razones no sería sencillo que el monstruo del pantano y la princesa
estuvieran juntos. De todos modos, como mago experto y diplomado, Randulfino no podía
quedarse de manos cruzadas. Tenía que hacer algo para ayudarlos.
Capitulo 10
En su afán de ayudar al monstruo del pantano y a la princesa Adelinda, el mago Randulfino
intentó preparar una pócima para volver posibles los amores imposibles. Pero no existía una receta
para semejante hechizo en su libro de magia, y sus experimentos dieron resultados diversos y poco
satisfactorios para este caso en particular: un brebaje para que el ajo no provoque mal aliento, una
pomada para curar los sabañones, un jarabe para volver simpáticas a las babosas...
Luego intentó organizar un encuentro casual entre Wulfrano y Adelinda, pero fue inútil. O ella no
salía de su cuarto o se perdía en cuanto daba un paso afuera y no llegaba ni al pasillo.
Tampoco dieron resultado los mil y un mensajes que le enviaba al monstruo a través de Zafiro:
cartas de amor supuestamente escritas por la princesa, avioncitos de papel con notas en clave
Morse, cascotes en la cabeza... Wulfrano no sabía leer, tampoco entendía clave Morse y tenía la
cabeza muy dura.
Y es que el rey Heriberto, todavía con la armadura oxidada puesta, porque la sierra con la que
habían tratado de sacársela estaba desafilada, le contó que Adelinda ya no comía, ya no acariciaba
la flor de ortiga, ya ni siquiera tarareaba un chachachá.
Zafiro no pudo negarse, sobre todo cuando el mago le ofreció como compensación una morcilla
vasca, cuatro canelones a la Rossini, un bife de chorizo mariposa y varios kilos de helado de
sambayón.
—Es una misión de vida o muerte —le advirtió el mago masajeándole las patas como a un
futbolista.
—Nos jugamos a todo o nada. Tendrás que apelar a todo lo que haga falta.
El mounstro Wulfrano ni con esas indirectas, ni con otras más directas, no reaccionaba. Muy
pronto, el gato Zafiro perdió la paciencia y salió de su escondite dispuesto a todo. Se arrancó las
hojas de acelga del camuflaje y enfrentó a Wulfrano a cara lavada. Estaba harto de todo ese asunto,
así que usó el último recurso que le quedaba para comunicarse con el monstruo, aquello en lo que
era un experto. Por eso, torció el hocico, dobló las orejas, enroscó la cola, olisqueó una flor de
ortiga... Pero Wulfrano no había jugado jamás a "Dígalo con mímica" y no entendió un pepino de lo
que quería decirle el gato. Zafiro, entonces, se dio por vencido. Dejó a un costado la flor y se fue al
castillo arrastrando las patas y el rabo. Wulfrano recogió la ortiga del suelo en el momento en que el
gato desapareció en la espesura. Se quedó mirándola un rato y enseguida volvió a lagrimear.
Esa noche, en el castillo, reinó la más absoluta desolación. El mago Randulfino, sentado en las
escalinatas del palacio, analizaba la posibilidad de abandonar su oficio y dedicarse a otra cosa,
considerando no solo su fracaso, sino que la varita mágica seguía chorreando salsa de tomate.
Zafiro gruñía y se juraba que en ninguna de sus siete vidas volvería a ser agente secreto,
mientras intentaba sacarle la armadura oxidada al rey con una maza y un cortafierro. Heriberto
llorisqueaba sin consuelo porque seguía sin saber qué le pasaba a su hija y porque pensaba que
nunca podría volver a rascarse la espalda sin ayuda. Adelinda, asomada al balcón, deshojaba la flor
de ortiga, murmurando entre hipos y sollozos:
Tal vez por todo eso, nadie se dio cuenta de la enorme y hedionda sombra que merodeaba por
el jardín.
A la mañana siguiente, el rey Heriberto, que finalmente había podido librarse de la armadura
gracias a Zafiro, se disponía a desayunar un café con leche con medialunas. El gato merodeaba
para arrebatarle algún bocadillo al primer descuido, cuando de pronto se puso alerta. Los pelos del
lomo se le erizaron, sacó las garras, mostró los dientes, mordisqueó una medialuna....
—¿Qué sucede, Zafiro? —le preguntó el mago, que entró en ese momento.
El gato intentó hacerse entender por señas desesperadas. Dobló la pata, alzó las orejas,
enroscó la cola...
—LOS —sugirió el rey, pero como Zafiro volvió a negar, agregó: mejor seguí con la segunda
palabra.
Zafiro perdió la paciencia y le señaló con el hocico hacia la entrada. Allí, colorado como un
tomate, con un ramo enorme de flores de ortiga, estaba el monstruo Wulfrano. Se había bañado. Y
con jabón. Se había lavado los tres dientes. Se había peinado. Se había sacado la pelusa del
ombligo.
El mago Randulfino detuvo al rey, que insistía en ponerse nuevamente la armadura y le señaló a
la princesa Adelinda, que saludaba al monstruo desde el balcón con una sonrisa de oreja a oreja.
Igual, el rey no entendió que el monstruo y la princesa estaban enamorados hasta que Zafiro se lo
dijo con mímica.
Y el monstruo y la princesa se casaron y fueron felices.
Porque aprendieron a bailar chachachá con un curso por correspondencia. Porque cuando la
princesa se perdía en el castillo, Wulfrano iba a buscarla. Porque él se bañaba bastante seguido y se
sacaba la pelusa del ombligo.
Por eso y por mucho más fueron felices. Lo que no comieron fue perdices, porque Wulfrano
seguía prefiriendo el puré de tarántulas. Y en lo posible con chimichurri.