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Clase 3

El documento presenta un análisis de las épocas de la historia del Antiguo Testamento, desde la historia primitiva hasta la monarquía dividida. Se destacan los relatos de los patriarcas, el éxodo de Egipto, el periodo de los jueces y la formación de la monarquía, así como las tensiones políticas y religiosas que llevaron a la división del reino. A lo largo de estas épocas, se enfatiza la relación entre Dios y su pueblo, así como las influencias culturales y los conflictos que marcaron su desarrollo histórico.

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El documento presenta un análisis de las épocas de la historia del Antiguo Testamento, desde la historia primitiva hasta la monarquía dividida. Se destacan los relatos de los patriarcas, el éxodo de Egipto, el periodo de los jueces y la formación de la monarquía, así como las tensiones políticas y religiosas que llevaron a la división del reino. A lo largo de estas épocas, se enfatiza la relación entre Dios y su pueblo, así como las influencias culturales y los conflictos que marcaron su desarrollo histórico.

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INSTITUTO TEOLÓGICO BAUTISTA DE VALENCIA

INTRODUCCIÓN AL ANTIGUO TESTAMENTO


CLASE #3

ÉPOCAS DE LA HISTORIA DEL ANTIGUO TESTAMENTO


“El AT se formó en el devenir de la historia y hace referencia en la mayor parte de sus
textos a los acontecimientos históricos. Pero su narración es un testimonio de fe que no
busca conservar la tradición en su figura originaria, «puramente histórica», sino que la
vincula con la actualidad modificándola al mismo tiempo” Werner Schmidt

I. LA HISTORIA PRIMITIVA (0 – 2400 A. d J.C)


La primera sección del libro de Génesis (1-11) se denomina historia primitiva o primigenia
y presenta un panorama amplio del mundo desde la Creación del mundo hasta Abraham.
El objetivo es poner de manifiesto la condición humana en la Tierra. Aunque al ser humano
le corresponde un sitial de honor por ser creado «parecido a Dios mismo, su desobediencia
permitió la entrada del sufrimiento y la muerte en la historia. La actitud de Adán, Eva, Caín
y sus descendientes, y las naciones que quisieron edificar una ciudad y una torre que llegue
hasta el cielo, afectó adversamente los lazos de fraternidad entre los seres humanos y,
además, interrumpió la comunión entre estos y Dios. En ese marco teológico va a
desarrollarse la historia de la salvación; es decir, los relatos que destacan las intervenciones
de Dios en la historia de su pueblo.

II. LOS PATRIARCAS (2.400 – 1700 A. d J.C.)


En la segunda sección del libro de Génesis (12-50) se presenta los orígenes del pueblo de
Israel. El relato comienza con Abraham, Isaac y Jacob; continúa con la historia de los hijos
de Jacob (Israel) José y sus hermanos; prosigue con la emigración de Jacob y su familia a
Egipto, y finaliza con la vida de los descendientes de Jacob (Israel) en ese país.
En la Biblia, la historia del pueblo de Dios comienza esencialmente con los relatos de los
patriarcas y matriarcas de Israel, aunque no se tienen datos precisos acerca de ese período
histórico.
Los antecesores de Abraham fueron grupos arameos (Gn 25.20; 28.5; 31.17-18.20, 24; Dt
26.5) que en el curso del tiempo se desplazaron desde el desierto hacia la tierra fértil. En la
memoria del pueblo de Israel se recordaba que sus antepasados habían emigrado desde
Mesopotamia hasta Canaán: de Ur y Harán (Gn 11.27-31) a Palestina. Aunque los detalles
históricos de ese peregrinar son difíciles de precisar, ese período puede ubicarse entre los
siglos XX-XVIII a.C. Esos siglos fueron testigos de migraciones masivas en el Antiguo
Próximo Oriente, particularmente hacia Canaán.
De acuerdo con los relatos del Génesis, los patriarcas eran líderes de grupos seminómadas
que detenían sus caravanas en diversos lugares santos, para recibir manifestaciones de Dios.
Posteriormente, alrededor de esos lugares se asentaron los patriarcas: Abraham en Hebrón
(Gn 13.18; 23.19); Isaac al sur, en Beerseba (Gn 26.23); y Jacob en Penuel y Mahanaim
(Gn 32.2, 30), al este del Jordán, y cerca de Siquem y Betel, al oeste del Jordán (Gn 28.10-
19; 33.15-20; 35.1)
Es difícil describir plenamente la fe de los patriarcas. Quizá consistiera en un tipo especial
de religión familiar o tribal, a cuyo dios se le conocía como «el Dios de los padres», o Dios
de Abraham, Isaac y Jacob (Israel) (Gn 31.29,42, 53; 46.1). El Dios de los patriarcas no
estaba ligado a ningún santuario; se manifestaba al líder familiar o tribal, y le prometía
orientación, protecci6n, descendencia y posesión de la tierra (Gn 12.7; 28.15, 20). Algunos
aspectos culturales que se incluyen en los relatos patriarcales tienen paralelo con leyes
extrabíblicas antiguas como el código de Hamurabi (c. 1750 a.C.). Aunque en la Biblia se
destacan las relaciones de parentesco de los patriarcas, un buen número de biblistas
consideran que originalmente eran «cabezas» de diferentes clanes.
Desde la época de José (c. siglo XVII a.C.) hasta la de Moisés (c. siglo XIII a.C.), no se
tienen amplios conocimientos sobre el pueblo de Israel y sus antepasados. Durante esos casi
cuatrocientos años, la situación política y social del Antiguo Próximo Oriente varió
considerablemente.
Los hicsos (semitas) gobernaban Egipto (1730-1550 a.C.) cuando el grupo de Jacob llegó a
esas tierras. Pero en el momento en que los egipcios se liberaron y expulsaron a sus
gobernantes (1550 a.C.), muchos extranjeros fueron convertidos en esclavos. La frase más
tarde hubo un nuevo rey en Egipto, que no había conocido a José (Ex 1.8) es una posible
alusión a la nueva situación política que afectó adversamente a los grupos hebreos que
vivían en Egipto. Estos vivieron como esclavos en Egipto aproximadamente cuatrocientos
años. Durante ese período, trabajaron en la construcción de las ciudades de Pitón y Ramsés
Los descendientes de José no eran las únicas personas a quienes se podía identificar como
«hebreos» (Vaux: 120-126). Esta expresión, que caracteriza un estilo de vida, describe a un
sector social pobre. Posiblemente se refiera a personas que no poseían tierras y viajaban por
diversos lugares en busca de trabajo.
III. ÉL ÉXODO (1500 – 1200 A d J.C)
Tres tradiciones fundamentales le dieron razón de ser al futuro pueblo de Israel y
contribuyeron al desarrollo de la conciencia nacional. Esas tradiciones se formaron entre
los siglos XV-XIII a.C.: la promesa a los patriarcas; la liberación de la esclavitud de
Egipto; y la manifestación en el Sinaí. En la Escritura estos relatos se suceden en una línea
histórica continua. Moisés es la figura que enlaza la fe de Abraham, Isaac y Jacob, la
liberación de Egipto, el peregrinar por el desierto y la entrada a Canaán.
Dios llamó a Moisés en el desierto y le encomendó la tarea de liberar al pueblo de la
esclavitud en Egipto (Ex 3). Esta misión es la respuesta concreta de Dios a la alianza (o
pacto) y la promesa hecha a los patriarcas. Luego del enfrentamiento con el faraón, Moisés
y los israelitas salieron de Egipto. Esta experiencia de liberación se convirtió en un
componente fundamental de la fe del pueblo de Israel.
El faraón del éxodo es posiblemente Ramsés II, conocido por sus proyectos de
construcción. Al grupo de hebreos que salió de Egipto se añadieron grupos afines. El
peregrinar por el desierto se describe en la Biblia como un período de cuarenta años, bajo el
liderazgo de Moisés.
La experiencia fundamental del pueblo en su viaje a Canaán fue la alianza del pacto en el
Sinaí. Esa alianza revela la relación singular entre el Señor y su pueblo (Ex 19.5-6); se
describe en el Decálogo, en él se hace un compendio de los preceptos y exigencias de Dios.
Se incluyen los mandamientos que definen las actitudes justas del ser humano ante Dios y
las que destacan el respeto hacia los derechos de cada persona, como requisito
indispensable para la convivencia en armonía.
Luego de la muerte de Moisés, Josué se convirtió en el líder del grupo de hebreos que
habían salido de Egipto (c. 1220 a.C.). Según el relato de la Escritura, la conquista de
Canaán se llevó a cabo desde el este, a través del río Jordán, comenzando con la ciudad de
Jericó (Jos 6). Fue un proceso paulatino, que en algunos lugares tuvo un carácter belicoso y
en otros se efectuó de forma pacífica y gradual. La conquista no eliminó por completo a la
población cananea.
Canaán era un país ocupado por poblaciones diferentes. La estructura política se
caracterizaba por la existencia de una serie de ciudades estado, que tradicionalmente habían
sido leales a Egipto. La región se distinguía por los ritos de la fertilidad, que incluían la
prostitución sagrada (Baal, Asera y Astarté)
IV. PERIODO DE LOS JUECES (1200 – 1050 A d J.C)
Ese período fue testigo de una serie de conflictos entre los grupos hebreos-que estaban
organizados en una confederación de tribus o clanes-y las ciudades-estado cananeas.
Finalmente, los antepasados de Israel se impusieron a sus adversarios y los redujeron a
servidumbre, aunque no los desalojaron.
Los jueces eran caudillos, más bien «portadores de la justicia divina» (Sánchez, 2005: 635);
es decir, líderes militares carismáticos que hacían justicia al pueblo. No eran gobernantes
sino libertadores que se levantaban a luchar en momentos de crisis
El período de los jueces se caracterizó por la falta de unidad y organización política entre
los grupos hebreos. La situación geográfica de Palestina y la falta de colaboración
contribuyeron a robustecer la tendencia separatista. Los israelitas estaban en un proceso de
sedentarización y cambio a nuevas formas de vida, particularmente en la agricultura.
Durante ese período se fueron asimilando paulatinamente la cultura y las formas de vida
cananeas. Esa asimilación produjo prácticas sincretistas en el pueblo hebreo: la religión de
Yavé-el Dios hebreo identificado con la liberación de Egipto-incorporó prácticas cananeas
relacionadas con Baal, conocido como señor de la tierra, quien garantizaba la fertilidad y
las cosechas abundantes.
V. LA MONARQUÍA UNIDA (1050 – 931 A. d J.C)
A fines del siglo XI a.C., los filisteos ya se habían expandido por la mayor parte de
Palestina; habían capturado el cofre del pacto o de la alianza, y habían tomado la ciudad de
Silo (1 S 4). Esa situación obligó a los israelitas a organizar una acción conjunta bajo un
liderato estable. Ante esa realidad se formó, por imperativo de la política exterior, la
monarquía de Israel (1 S 8-12). Samuel fue el último de los Jueces (1 S 7.2-17) y además
reconocido como profeta y sacerdote. El poseyó un liderato carismático que le dio al pueblo
inspiración y unidad (1 S 1-7). Los primeros dos reyes de Israel-Saúl (1 S 10) Y David (1 S
16.1-13)-fueron ungidos por él.
Saúl, al comienzo de su reinado, obtuvo victorias militares importantes (1 S 11.1-11); sin
embargo, nunca pudo triunfar plenamente contra los filisteos. Su caída quedó marcada con
la matanza de los sacerdotes de Nob (1 S 22.6-23) y su figura, desprestigiada en el episodio
de la adivina de Endor (1 S 28.3-25). Saúl y su hijo Jonatán murieron en la batalla de
Guilboa, a manos de los filisteos
David fue ungido como rey en Hebrón luego de la muerte de
Saúl. Primero fue consagrado rey para las tribus del sur (2 S 2.1-4) Y posteriormente para
las tribus del norte (2 S 5.1-5). En ese momento había dos reinos y un solo monarca. El
reino de Israel alcanzó su máximo esplendor bajo la dirección de David
Paralelo a la institución de la monarquía surgió en, Israel el movimiento profético El
profetismo nació con la monarquía, pues era en esencia un movimiento de oposición a los
reyes. Posteriormente, cuando la monarquía dejó de existir, la institución profética se
transformó para responder a la nueva condición social, política y religiosa del pueblo.
Salomón sucedió a David en el reino, luego de un periodo de intrigas e incertidumbre (1 R
1). Su reinado (970-931 a.C.) se caracterizó por el apogeo comercial (1 R 9.26-10.29) Y las
grandes construcciones. Construyó el templo de Jerusalén (1 R 6-8), que adquirió dignidad
el santuario nacional y, en el mismo, los sacerdotes actuaban como funcionarios del reino
(1 R 4.2). En toda la historia de Israel ningún rey ha alcanzado mayor fama y reputación
que Salomón.
VI. LA MONARQUÍA DIVIDIDA (931 – 587 A d J.C)
El imperio creado por David comenzó a fragmentarse durante el reinado de Salomón. En
las zonas más extremas del reino (1 R 11.14-40), se sintió la inconformidad con las
políticas reales. Las antiguas rivalidades entre el norte y el sur comenzaron a surgir
nuevamente. Luego de la muerte de Salomón, el reino se dividió: Jeroboam llegó a ser el
rey de Israel, y Roboam el de Judá, con su capital en Jerusalén (1 R 12). El antiguo reino
unido se separó, y los reinos del norte (Israel) y del sur (Judá) subsistieron durante varios
siglos como estados independientes y soberanos. La ruptura fue inevitable en el 931 a.C. El
profeta Isaías (ls 7.17) interpretó ese acontecimiento como una manifestación del juicio de
Dios.
El reino de Judá subsistió durante más de tres siglos (hasta el 587 a.C.). Jerusalén continuó
como su capital, y siempre hubo un heredero de la dinastía de David que se mantuvo como
monarca. El reino del norte no gozó de tanta estabilidad. La capital cambió de sede en
varias ocasiones: Siquem, Penuel (1 R 12.25), Tirsa (1 R 14.17; 15.21, 33), para finalmente
quedar ubicada de forma permanente en Samaria (1 R 16.24). Los intentos por formar
dinastías fueron infructuosos, y por 1o general finalizaron de forma violenta (1 R 15.25-27;
16.8-9,29). Los profetas, implacables críticos de la monarquía, contribuyeron, sin duda, a la
desestabilización de las dinastías.
Entre los monarcas del reino del norte pueden mencionarse algunos que se destacaron por
razones políticas o religiosas:
- Jeroboam I (931-910 a.C.) independizó a Israel de Judá en la esfera cultica,
instaurando en Betel y Dan santuarios nacionales para la adoración de ídolos
- Omri (885-874 a.C.) y su hijo Ahab (874-853 a.C.) fomentaron el sincretismo
religioso en el pueblo, para integrar al reino la población cananea. La tolerancia Y el
apoyo al culto de Baal (1 R 16.30-33) provocaron la resistencia y la crítica de los
profetas
- Jehú (841-814 a.C.), quien fundó la dinastía de mayor duración en Israel, llegó al
poder ayudado por los adoradores de Yavé. Inicialmente se opuso a las prácticas
sincretistas del reino (2 R 9); sin embargo, fue rechazado después por el profeta
Oseas debido a sus actitudes crueles
La destrucción del reino de Israel a manos de los asirios se efectuó de forma paulatina y
cruel. El imperio asirio continuó ejerciendo su poder en Palestina hasta que fueron vencidos
por los medos y los caldeos (babilonios). Estos a su vez luego de derrotar a los egipcios
quienes apoyaron un buen tiempo al reino de Judá, se dieron la tarea por medio de
Nabucodonosor de sitiar y posteriormente conquistar. Esto vino a ser la perdida de la
independencia política; el colapso de la dinastía davídica, la destrucción del templo y la
ciudad y la expulsión de la tierra prometida.
VII. EXILIO DE ISRAEL EN BABILONIA (587 – 538 A d J.C.)
Los babilonios no impusieron gobernantes extranjeros, como ocurrió con el triunfo asirio
sobre Israel, el reino del norte. Judá, al parecer, quedó incorporado a la provincia babilónica
de Samaria. El país estaba en ruinas, pues a la devastación causada por el ejército invasor se
unió el saqueo de los países de Edom (Abd 11) y Amón (Ez 25.1-4). Aunque la mayoría de
la población permaneció en Palestina, un núcleo considerable del pueblo fue llevado al
destierro.
Los babilonios permitieron a los exiliados tener familia, construir casas, cultivar huertos
(Jer 29.5-7) y consultar a sus propios líderes y ancianos (Ez 20.1-44). Además, les
permitieron vivir juntos en Tel Abib, a orillas del río Quebar (Ez 3.15; d. Sal 13 7.1).
Paulatinamente, los judíos de la diáspora se acostumbraron a la nueva situación política y
social, y las prácticas religiosas se convirtieron en el mayor vínculo de unidad en el pueblo.
El período exilico (587-538 a.C.), que se caracterizó por el dolor y el desarraigo, produjo
una intensa actividad religiosa y literaria. Durante esos años se reunieron y se pusieron por
escrito muchas tradiciones religiosas del pueblo.
Ciro, el rey de Anshán, se convirtió en una esperanza de liberación para los judíos
deportados en Babilonia. Su llegada al poder en Babilonia puso de manifiesto la política
oficial persa de tolerancia religiosa, al promulgar, en e1538 a.C., el edicto que puso fin al
exilio.
VIII. ÉPOCA PERSA – RESTAURACIÓN (538 – 333 A d J.C)
El edicto de Ciro-de1 cual la Biblia conserva dos versiones (Esd 1.2-4; 6.3-5)-permitió a los
deportados regresar a Palestina y reconstruir el templo de Jerusalén. Además, permitió la
devolución de los utensilios sagrados que habían sido llevados a Babilonia por
Nabucodonosor.
Al finalizar el exilio, el retorno a Palestina fue paulatino. Muchos judíos prefirieron
quedarse en la diáspora, particularmente en Persia, donde prosperaron económicamente y,
con el tiempo, desempeñaron funciones de importancia en el imperio. El primer grupo de
repatriados llegó a Judá, dirigido por Sesbasar (Esd 1.5-11), quien era funcionario de las
autoridades persas. Posteriormente se reedificó el templo (520-515 a.C.) bajo el liderazgo
de Zorobabel y el sumo sacerdote Josué (Esd 3-6), con la ayuda de los profetas Hageo y
Zacarías.

Con el paso del tiempo se deterioró la situación política, social y religiosa de Judá. Algunos
factores que contribuyeron en el proceso fueron los siguientes: dificultades económicas en
la región; divisiones en la comunidad; y, particularmente, la hostilidad de los samaritanos.
Nehemías, copero del rey Artajerjes J, recibió noticias acerca de la situación de Jerusalén
en el 445 a.C., y solicitó ser nombrado gobernador de Judá para ayudar a su pueblo. La
obra de este reformador judío no se confinó a la reconstrucción de las murallas de la
ciudad, sino que contribuyó significativamente a la reestructuración de la comunidad judía
postexílica.
Esdras fue esencialmente un líder religioso. Además de ser sacerdote, recibió el título de
«maestro instruido en la ley del Dios del cielo», que le permitía, a nombre del imperio
persa, enseñar y hacer cumplir las leyes judías en «la provincia al oeste del río Éufrates.
Contribuyó a que la comunidad judía postexílica diera importancia a la ley. A partir de la
reforma religiosa y moral que promulgó, los judíos se convirtieron en «el pueblo del
Libro».
IX. ÉPOCA HELENISTICA (333 – 63 A d J.C)
La época del dominio persa en Palestina (539-333 a.C.) finalizó con las victorias de
Alejandro Magno (334-330 a.C.), quien inauguró la era helenista o época griega (333-63
a.C.). Después de la muerte de Alejandro (323 a.C.), sus sucesores no pudieron mantener
unido el imperio.
Durante la época helenística, el gran número de judíos en la diáspora hizo necesaria la
traducción del Antiguo Testamento en griego o LXX. Esta traducción respondía a las
necesidades religiosas de la comunidad judía de habla griega, particularmente la establecida
en Alejandría.
En la comunidad judía de Palestina el proceso de helenización dividió al pueblo. Por un
lado, muchos judíos adoptaban públicamente prácticas helenistas; otros, en cambio,
adoptaron una actitud fanática de devoción a la ley. Las tensiones entre ambos sectores
estallaron dramáticamente en la rebelión de los macabeos.
Al comienzo de la hegemonía seléucida en Palestina, los judíos vivieron una relativa paz
religiosa y social. Sin embargo, esa situación no duró mucho tiempo. Antíoco IV Epífanes
(175-163 a.C.), un fanático helenista, al llegar al poder se distinguió, entre otras cosas, por
profanar el templo de Jerusalén. Estos actos incitaron a una insurrección judía.
Un anciano sacerdote de nombre Matatías y sus cinco hijos-Judas, Jonatán, Simón, Juan y
E1eazar-, organizaron la resistencia judía y comenzaron la guerra contra el ejército sirio
(se1éucida).Judas, que se conocía con el nombre de «el macabeo» (que posiblemente
significa «martillo»), se convirtió en un héroe militar.
Judas Macabeo tomó el templo de Jerusalén y 10 reedicó al Señor. La fiesta de la
Dedicación, o Hanukká (cf. Jn 10.22), recuerda esa gesta heroica. Con el triunfo de la
revolución de los macabeos comenzó el período de independencia judía.
Por último, el famoso general romano Pompeyo conquistó a Jerusalén en el 63 a.C., y
reorganizó Palestina y Siria como una provincia romana. La vida religiosa judía estaba
dirigida por el sumo sacerdote, quien, a su vez, estaba sujeto a las autoridades romanas.

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