Desarrollo
Trabajo de Investigación: El circuito productivo de la Vitivinicultura en la región
de Cuyo
1. Producción principal y derivados
La economía regional vitivinícola tiene como producto central y materia prima principal a la uva. Sin
embargo, esta actividad no se limita a un solo producto final, sino que genera una amplia y
diversificada cadena de valor. El derivado más destacado y reconocido a nivel mundial es el vino, el
cual se divide principalmente en vinos finos o de alta gama, elaborados con cepas específicas como el
Malbec, Cabernet Sauvignon, Syrah o Torrontés, y los vinos de mesa, destinados al consumo masivo
diario. Por otro lado, una porción muy significativa de la cosecha se destina a la elaboración de mosto
concentrado, que es un jugo de uva sin fermentar muy demandado a nivel internacional para endulzar
de forma natural jugos, gaseosas y diversos alimentos. A esto se le suma la producción de uva de
mesa, cultivada específicamente para el consumo como fruta fresca, y la elaboración de pasas de uva.
El circuito también aprovecha los desechos para generar subproductos de alto valor, como el aceite de
semilla de uva, muy cotizado en la gastronomía y la cosmética, y el ácido tartárico, utilizado en la
industria alimenticia y farmacéutica.
2. Localización geográfica y características del área
Esta actividad económica se desarrolla fundamentalmente en la región de Cuyo, abarcando las
provincias de Mendoza, San Juan y, en una escala mucho menor, San Luis. Mendoza es
indiscutiblemente el núcleo de este circuito, concentrando históricamente más del 70% de la
producción de vino del país, seguida por San Juan, que además de vinos tiene una fortísima
especialización en la producción de mostos y uva de mesa. Es fundamental comprender que los
cultivos no se extienden por toda la superficie provincial debido al clima árido y desértico de la región.
La agricultura solo es posible en los llamados "oasis de riego", áreas específicas donde se aprovecha
el agua proveniente del deshielo cordillerano a través de ríos como el Mendoza, Tunuyán, Diamante y
San Juan. Esta agua se distribuye mediante una histórica y compleja red de canales y acequias, o
mediante la moderna incorporación de tecnología de riego por goteo, permitiendo transformar el
desierto en tierras sumamente fértiles.
3. Etapas del circuito productivo vitivinícola
El circuito productivo de la vid se caracteriza por ser un proceso lento, que requiere de fuertes
inversiones de capital y se divide en tres grandes eslabones. El eslabón agrícola o primario comienza
en los viñedos y exige trabajo durante todo el año. Los productores deben preparar el suelo, mantener
los sistemas de soporte para la planta, como el parral o la espaldera, gestionar el riego y aplicar
fertilizantes. También implica una constante defensa contra adversidades climáticas mediante la
instalación de costosas mallas antigranizo y sistemas de control de heladas. Esta etapa culmina a
fines del verano, generalmente entre febrero y abril, con la vendimia o cosecha, la cual puede
realizarse de forma mecánica en grandes extensiones, o de manera estrictamente manual para cuidar
la uva destinada a los vinos de mayor calidad.
Una vez recolectada, la materia prima ingresa al eslabón industrial o secundario. La uva debe ser
trasladada de inmediato a las bodegas para evitar fermentaciones indeseadas por el calor. Allí, la fruta
pasa por máquinas despalilladoras y estrujadoras para obtener el jugo. Este líquido se traslada a
piletas de hormigón, tanques de acero inoxidable o barricas de roble donde se produce la
fermentación, el proceso químico donde los azúcares se transforman en alcohol. Posteriormente, el
vino es clarificado, filtrado y, en el caso de las líneas de alta gama, se lo deja reposar o añejar en
barricas de madera durante meses o años para que adquiera mayor complejidad.
Finalmente, el eslabón comercial o terciario se encarga de la etapa final del producto. Esto incluye el
fraccionamiento, ya sea en botellas de vidrio con sus respectivos corchos y etiquetas, o en envases de
cartón para el vino de mesa. A partir de allí comienza la cadena de distribución hacia supermercados,
vinotecas, restaurantes y el complejo proceso logístico de exportación. En los últimos años, este
eslabón ha sumado un componente fundamental: el enoturismo. Las rutas del vino han transformado a
las bodegas en destinos turísticos que ofrecen degustaciones, hotelería y gastronomía, agregando un
enorme valor económico a la región.
4. Agentes económicos involucrados
En esta compleja red interactúan diversos agentes con distintos niveles de poder y beneficios. En la
base se encuentran los pequeños y medianos productores viñateros, dueños de minifundios. Muchos
de ellos se dedican exclusivamente al cultivo de la uva y, al no poseer bodegas propias, se ven
obligados a vender su cosecha a las grandes empresas, quedando en una posición de vulnerabilidad
frente a los precios que impone el mercado. La mano de obra está representada por los trabajadores
rurales y los trabajadores "golondrina", personas que migran estacionalmente desde otras provincias o
países limítrofes para realizar las duras tareas manuales de la vendimia, muchas veces enfrentando
condiciones de precariedad laboral.
Por otro lado, se imponen las grandes bodegas, muchas de ellas conformadas por capitales
transnacionales. Estos actores suelen tener una integración vertical perfecta, es decir, son dueños de
extensos viñedos, de la tecnología industrial más avanzada y de las redes de comercialización, lo que
les permite concentrar la mayor parte de las ganancias del circuito. Para hacer frente a esta
desigualdad, muchos pequeños productores se agrupan en cooperativas vitivinícolas, logrando así
procesar su propia uva y ganar poder de negociación conjunto. Finalmente, el Estado actúa como un
agente regulador clave a través del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), que fiscaliza la
producción y garantiza la calidad, y el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), que
aporta investigación y mejoras técnicas al sector.
5. Destino de la producción: Mercado interno y externo
La vitivinicultura argentina tiene un doble destino muy bien definido. Históricamente, la producción
estaba orientada casi de forma exclusiva a abastecer el enorme mercado interno del país, que supo
tener uno de los consumos per cápita más altos del mundo. En la actualidad, el mercado nacional
sigue absorbiendo un volumen inmenso de la producción, aunque los consumidores han cambiado
sus hábitos, demandando menor cantidad de litros pero exigiendo una calidad superior.
De forma paralela, a partir de la modernización tecnológica de la década de 1990 y el impulso
competitivo que generó la devaluación económica en el año 2002, el mercado externo se convirtió en
el gran motor de crecimiento y rentabilidad del sector. Las bodegas argentinas lograron insertarse de
lleno en la globalización, posicionando al país como uno de los diez principales exportadores
mundiales de vino. Hoy en día, la uva transformada en vino viaja a destinos sumamente exigentes
como Estados Unidos, el Reino Unido, Brasil y Canadá, impulsada principalmente por el
reconocimiento global del Malbec argentino como una marca registrada de prestigio internacional.
6. Asimetrías regionales e intrarregionales
Al analizar la vitivinicultura desde la perspectiva de las asimetrías territoriales, la región de Cuyo
presenta un escenario de grandes contrastes. Si se la compara con otras áreas extrapampeanas del
país, Cuyo es una de las regiones más prósperas y desarrolladas. La agroindustria de la vid le ha
permitido atraer gigantescas inversiones extranjeras, modernizar su infraestructura, aplicar tecnología
de punta en el agro y conectar directamente sus productos con los mercados globales más lucrativos.
Sin embargo, a pesar de este éxito internacional, la región sigue estando subordinada a la región
pampeana y a Buenos Aires, donde se toman las decisiones macroeconómicas, se controlan las
finanzas y se concentran los puertos de exportación.
La asimetría más profunda, no obstante, se da hacia el interior de la propia región cuyana. El modelo
vitivinícola moderno ha generado una enorme brecha económica entre los distintos actores sociales.
Por un lado, las grandes corporaciones bodegueras integradas y transnacionalizadas generan
inmensas ganancias en dólares y monopolizan la tecnología de vanguardia. Por el otro, los pequeños
productores viñateros y los obreros rurales quedan marginados de esos grandes beneficios
económicos, luchando constantemente para cubrir los crecientes costos de producción, dependiendo
de las inclemencias del clima y enfrentando un alto grado de vulnerabilidad socioeconómica dentro del
mismo territorio.