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4to año
Alumna/o:
Docente:
Poema de Mio Cid
Anónimo
CANTAR DE MIO CID
CANTAR PRIMERO
I
De los sos ojos tan fuertemientre llorando,
tornava la cabeça e estávalos catando.
Vio puertas abiertas e uços sin cañados,
alcándaras vazías, sin pielles e sin mantos,
e sin falcones e sin adtores mudados.
Sospiró mio Cid, ca mucho avié grandes cuidados,
fabló mio Cid bien e tan mesurado:
— ¡Grado a ti, Señor, Padre que estás en alto!
¡Esto me an buelto mios enemigos malos!—
2
Allí piensan de aguijar, allí sueltan las riendas.
A la exida de Bivar ovieron la corneja diestra
e entrando a Burgos oviéronla siniestra.
Meció mio Cid los ombros e engrameó la tiesta:
— ¡Albricia, Álbar Fáñez, ca echados somos de tierra!—
3
Mio Cid Ruy Díaz por Burgos entró,
en su conpaña sessaenta pendones.
Exiénlo ver mugieres e varones,
burgeses e burgesas por las finiestras son,
plorando de los ojos, tanto avién el dolor,
de las sus bocas todos dizían una razón:
— ¡Dios, qué buen vassallo, si oviesse buen señor!—
4
Conbidarle ien de grado, mas ninguno non osava:
el rey don Alfonso tanto avié la grand saña.
Antes de la noche, en Burgos d'él entró su carta
con grand recabdo e fuertemientre sellada:
que a mio Cid Ruy Díaz que nadi no·l' diessen posada,
e aquel que ge la diesse sopiesse vera palabra,
que perderié los averes e más los ojos de la cara,
e aun demás los cuerpos e las almas.
Grande duelo avién las yentes cristianas,
ascóndense de mio Cid, ca no l'osan dezir nada.
El Campeador adeliñó a su posada,
así commo llegó a la puerta, fallóla bien cerrada,
por miedo del rey Alfonso que assí la avién parada,
que si non la quebrantás por fuerça,
que non ge la abriese nadi.
Los de mio Cid a altas vozes llaman,
los de dentro non les querién tornar palabra.
Aguijó mio Cid, a la puerta se llegava,
1
sacó el pie del estribera, una ferida·l' dava;
non se abre la puerta, ca bien era cerrada.
Una niña de nuef años a ojo se parava:
— ¡Ya Campeador, en buen ora cinxiestes espada!
El rey lo ha vedado, anoch d'él entró su carta
con grant recabdo e fuertemientre sellada.
Non vos osariemos abrir nin coger por nada;
si non, perderiemos los averes e las casas,
e demás los ojos de las caras.
Cid, en el nuestro mal vós non ganades nada,
mas el Criador vos vala con todas sus vertudes santas.—
Esto la niña dixo e tornós' pora su casa.
Ya lo vee el Cid, que del rey non avié gracia;
partiós' de la puerta, por Burgos aguijava,
llegó a Santa María, luego descavalga,
fincó los inojos, de coraçón rogava.
La oración fecha, luego cavalgava,
salió por la puerta e Arlançón passava;
cabo essa villa en la glera posava,
fincava la tienda e luego descavalgava.
mio Cid Ruy Díaz, el que en buen ora cinxo espada,
posó en la glera cuando no·l' coge nadi en casa,
derredor d'él una buena conpaña;
assí posó mio Cid commo si fuesse en montaña.
Vedada l'an conpra dentro en Burgos la casa
de todas cosas cuantas son de vianda;
non le osarién vender al menos dinarada.
14
Apriessa cantan los gallos e quieren quebrar albores,
cuando llegó a San Pero el buen Campeador
con estos cavalleros que·l' sirven a so sabor.
El abbat don Sancho, cristiano del Criador,
rezava los matines abuelta de los albores;
ý estava doña Ximena con cinco dueñas de pro,
rogando a San Pero e al Criador:
— Tú, que a todos guías, val a mio Cid el Canpeador.—
15
Llamavan a la puerta, ý sopieron el mandado.
¡Dios, qué alegre fue el abbat don Sancho!
Con lunbres e con candelas al corral dieron salto,
con tan grant gozo reciben al que en buen ora nasco.
— Gradéscolo a Dios, mio Cid
—dixo el abad don Sancho—,
pues que aquí vos veo, prendet de mí ospedado.—
Dixo el Cid: — Gracias, don abbat, e só vuestro pagado,
yo adobaré conducho pora mí e pora mis vassallos;
mas, porque me vo de tierra, dóvos cincuaenta marcos.
Si yo algún día visquier, servos han doblados,
2
non quiero fazer en el monesterio un dinero de daño.
Evades aquí, pora doña Ximena dóvos ciento marcos;
a ella, e a sus fijas e a sus dueñas sirvádeslas est año.
Dues fijas dexo niñas, e prendetlas en los braços;
aquéllas vos acomiendo a vós, abbat don Sancho,
d'ellas e de mi mugier fagades todo recabdo.
Si essa despensa vos falleciere o vos menguare algo,
bien las abastad, yo assí vos lo mando;
por un marco que despendades,
al monesterio daré yo cuatro.—
Otorgado ge lo avié el abbat de grado.
Afevos doña Ximena, con sus fijas dó va llegando,
señas dueñas las traen e adúzenlas adelant.
Ant'el Campeador, doña Ximena fincó los inojos amos,
llorava de los ojos, quísol' besar las manos:
— ¡Merced, Canpeador, en ora buena fuestes nado!
Por malos mestureros de tierra sodes echado.
19
Ý se echava mio Cid después que cenado fue,
un sueño·l' priso dulce, tan bien se adurmió;
el ángel Gabriel a él vino en sueño:
— ¡Cavalgad, Cid, el buen Campeador,
ca nuncua en tan buen punto cavalgó varón!
Mientra que visquiéredes, bien se fará lo to.—
Cuando despertó el Cid, la cara se santigó,
sinava la cara, a Dios se acomendó.
47
¡Mio Cid Ruy Díaz de Dios aya su gracia!
Ido es a Castiella Álbar Fáñez Minaya,
treinta cavallos al rey los enpresentava.
Violos el rey, fermoso sonrisava:
— ¿Quí·n' los dio éstos, sí vos vala Dios, Minaya?—
— Mio Cid Ruy Díaz, que en buen ora cinxo espada.
Venció dos reyes moros en aquesta batalla;
sobejana es, señor, la su ganancia.
A vós, rey ondrado, enbía esta presentaja,
bésavos los pies e las manos amas
que l'ayades merced, sí el Criador vos vala.—
Dixo el rey: — Mucho es mañana
omne airado, que de señor non ha gracia,
por acogello a cabo de tres semanas.
Mas, después que de moros fue, prendo esta presentaja;
aún me plaze de mio Cid, que fizo tal ganancia.
Sobr'esto todo, a vós quito, Minaya;
honores e tierras avellas condonadas.
3
Id e venit, d'aquí vos dó mi gracia,
mas del Cid Campeador yo non vos digo nada.
Sobre aquesto todo, dezirvos quiero, Minaya,
48
de todo mio reino los que lo quisieren far,
buenos e valientes, pora mio Cid huyar,
suéltoles los cuerpos e quítoles las heredades.—
Besóle las manos Minaya Álbar Fáñez:
— Grado e gracias, rey, commo a señor natural.
Esto feches agora, ál feredes adelant.—
50
¡Dios, cómmo fue alegre todo aquél fonsado
que Minaya Álbar Fáñez assí era llegado,
diziéndoles saludes de primos e de hermanos,
e de sus compañas, aquéllas que avién dexado!
51
¡Dios, cómmo es alegre la barba vellida
que Álbar Fáñez pagó las mill missas
e que·l' dixo saludes de su mugier e de sus fijas!
¡Dios, cómmo fue el Cid pagado e fizo grant alegría!
CANTAR SEGUNDO
64
Aquí·s' conpieça la gesta de mio Cid el de Bivar.
Poblado ha mio Cid el puerto de Alucant,
dexado á Saragoça e las tierras d'acá,
e dexado á Huesa e las tierras de Montalván;
contra la mar salada conpeçó de guerrear,
a orient exe el sol e tornós' a essa part.
Mio Cid gañó a Xérica e a Onda e a Almenar,
tierras de Borriana todas conquistas las ha.
71
En tierra de moros, prendiendo e ganando,
e durmiendo los días e las noches trasnochando,
en ganar aquellas villas mio Cid duró tres años.
72
A los de Valencia escarmentados los han,
non osan fueras exir nin con él se ayuntar.
Tajávales las huertas e fazíales grand mal,
en cada uno d'estos años mio Cid les tollió el pan.
Mal se aquexan los de Valencia,
4
que non sabent qué·s' far,
de ninguna part que sea non les vinié pan.
Nin da consejo padre a fijo nin fijo a padre,
nin amigo a amigo no·s' pueden consolar.
¡Mala cueta es, señores, aver mingua de pan,
fijos e mugieres verlos murir de fanbre!
Delante veyén so duelo, non se pueden huviar,
por el rey de Marruecos ovieron a enbiar;
con el de los Montes Claros avié guerra tan grand,
non les dixo consejo nin los vino huviar.
Sópolo mio Cid, de coraçón le plaz:
salió de Murviedro una noch en trasnochada,
amaneció a mio Cid en tierras de Monreal.
Por Aragón e por Navarra pregón mandó echar,
a tierras de Castiella enbió sus mensajes:
quien quiere perder cueta e venir a ritad,
viniesse a mio Cid, que á sabor de cavalgar,
cercar quiere a Valencia por a cristianos la dar.
73
— Quien quiere ir comigo cercar a Valencia
(todos vengan de grado, ninguno non ha premia),
tres días le speraré en Canal de Celfa.—
73 bis
Esto dixo mio Cid, el que en buen ora nasco,
tornavas' a Murviedro, ca él se la á ganado.
75
Ya folgava mio Cid con todas sus conpañas;
a aquel rey de Sevilla el mandado llegava
que presa es Valencia, que no ge la enparan.
Vínolos ver con treinta mill de armas,
aprés de la huerta ovieron la batalla;
arrancólos mio Cid el de la luenga barba,
fata dentro en Xátiva duró el arrancada.
En el passar de Xúcar ý veriedes barata,
moros en aruenço amidos bever agua.
Aquel rey de Sevilla con tres colpes escapa.
Tornado es mio Cid con toda esta ganancia,
buena fue la de Valencia cuando ganaron la casa,
más mucho fue provechosa, sabet, esta arrancada;
a todos los menores cayeron ciento marcos de plata.
¡Las nuevas del cavallero ya vedes dó llegavan!
76
Grand alegría es entre todos essos cristianos
con mio Cid Ruy Díaz, el que en buen ora nasco.
Ya·l' crece la barba e vale allongando;
dixo mio Cid de la su boca atanto:
5
— Por amor del rey Alfonso, que de tierra me á echado,—
nin entrarié en ella tigera ni un pelo non avrié tajado,
e que fablassen d'esto moros e cristianos.
Mio Cid don Rodrigo en Valencia está folgando,
con él Minaya Álbar Fáñez,
que no·s' le parte de so braço.
Los que exieron de tierra de ritad son abondados;
a todos les dio en Valencia el que en buen ora nasco
casas e heredades de que son pagados;
el amor de mio Cid ya lo ivan provando.
Los que fueron con él e los de después todos son pagados.
81-82
De missa era exido essora el rey Alfonso,
afé Minaya Álbar Fáñez, dó llega tan apuesto;
fincó los inojos ante tod el pueblo,
a los pies del rey Alfonso cayó con grand duelo,
besávale las manos e fabló tan apuesto:
— ¡Merced, señor Alfonso, por amor del Criador!
Besávavos las manos mio Cid lidiador,
los pies e las manos, commo a tan buen señor,
que l'ayades merced, sí vos vala el Criador.
Echástesle de tierra, non ha la vuestra amor;
maguer en tierra agena, él bien faze lo so:
ganada á a Xérica e a Onda por nombre,
priso a Almenar e a Murviedro, que es miyor,
assí fizo Cebolla e adelant Castejón
e Peña Cadiella, que es una peña fuert;
con aquestas todas de Valencia es señor.
Obispo fizo de su mano el buen Campeador
e fizo cinco lides campales e todas las arrancó.
Grandes son las ganancias que·l' dio el Criador,
fevos aquí las señas, verdad vos digo yo:
cient cavallos gruessos e corredores,
de siellas e de frenos todos guarnidos son,
bésavos las manos que los prendades vós;
razónas' por vuestro vassallo e a vós tiene por señor.—
Alçó la mano diestra, el rey se santigó:
— De tan fieras ganancias commo á fechas el Campeador,
sí me vala Sant Esidro, plazme de coraçón
e plázem' de las nuevas que faze el Campeador;
recibo estos cavallos que m'enbía de don.—
— Merced vos pide el Cid, si vos cayesse en sabor,
por su mugier doña Ximena e sus fijas amas a dos,
saldrién del monesterio do elle las dexó
e irién pora Valencia al buen Campeador.—
Essora dixo el rey: — Plazme de coraçón;
yo les mandaré dar conducho
mientra que por mi tierra fueren,
6
de fonta e de mal curiallas, e de desonor;
cuando en cabo de mi tierra aquestas dueñas fueren
catad cómmo las sirvades vós e el Campeador.
Minaya Álbar Fáñez las manos le besó,
sonrisós' el rey, tan vellido fabló:
— Los que quisieren ir servir al Campeador
de mí sean quitos e vayan a la gracia del Criador;
más ganaremos en esto que en otra desonor.—
Aquí entraron en fabla los ifantes de Carrión:
— Mucho crecen las nuevas de mio Cid el Campeador,
bien casariemos con sus fijas pora huebos de pro.
Non la osariemos acometer nós esta razón,
mio Cid es de Bivar e nós de los condes de Carrión.—
86
El que en buen ora nasco non lo detardava,
vistiós el sobregonel, luenga trae la barba;
ensiéllanle a Bavieca, cuberturas le echavan,
mio Cid salió sobr'él e armas de fuste tomava.
Por nombre el cavallo Bavieca cavalga,
fizo una corrida, ¡ésta fue tan estraña!
Cuando ovo corrido todos se maravillavan,
d'es día se preció Bavieca en cuant grant fue España.
En cabo del cosso mio Cid descavalgava,
adeliñó a su mujer e a sus fijas amas;
cuando lo vio doña Ximena a pies se le echava:
— ¡Merced, Campeador, en buen ora cinxiestes espada,
sacada me avedes de muchas vergüenças malas!
Afeme aquí, señor, yo e vuestras fijas amas,
con Dios e convusco buenas son e criadas.—
Madre e fijas las manos le besavan,
a tan grand ondra ellas a Valencia entravan.
101
De los ifantes de Carrión yo vos quiero contar,
fablando en su consejo, aviendo su poridad:
— Las nuevas del Cid mucho van adelant
demandemos sus fijas pora con ellas casar,
creçremos en nuestra ondra e iremos adelant.—
Vinién al rey Alfonso con esta poridad:
— ¡Merced vos pedimos commo a rey e a señor natural!
102
A Minaya Álbar Fáñez e a Pero Vermúez
el rey don Alfonso essora los llamó,
a una cuadra elle los apartó:
— ¡Oídme, Minaya, e vós, Per Vermúez!
7
Sírvem' mio Cid el Campeador,
él lo merece e de mí abrá perdón;
viniéssem' a vistas, si oviesse dent sabor.
Otros mandados ha en esta mi cort:
Diego e Ferrando, los ifantes de Carrión,
sabor han de casar con sus fijas amas a dos.
Sed buenos mensageros e ruégovoslo yo
que ge lo digades al buen Campeador;
abrá ý ondra e creçrá en onor
por consagrar con los ifantes de Carrión.—
Fabló Minaya e plogo a Per Vermúez:
— Rogárgelo emos lo que dezides vós,
después faga el Cid lo que oviere sabor.—
— Dezid a Ruy Díaz, el que en buen ora nació,
que l'iré a vistas do aguisado fuere;
do él dixiere, ý sea el mojón;
andarle quiero a mio Cid en toda pro.—
Espidiénse al rey, con esto tornados son;
van pora Valencia ellos e todos los sos.
104
8
tan grand pesar ovo el rey don Alfonso:
— ¡Levantados en pie, ya Cid Campeador!
Besad las manos, ca los pies no;
si esto non feches, non avredes mi amor.—
Hinojos fitos sedié el Campeador:
— ¡Merced vos pido a vós, mio natural señor!
Assí estando, dédesme vuestra amor,
que lo oyan cuantos aquí son.—
Dixo el rey: — Esto feré d'alma e de coraçón.
Aquí vos perdono e dovos mi amor
e en todo mio reino parte desde oy.—
Fabló mio Cid e dixo esta razón:
— ¡Merced! Yo lo recibo, don Alfonso, mio señor.
110
— Mugier doña Ximena, ¡grado al Criador!
A vós digo, mis fijas, don Elvira e doña Sol,
d'este vuestro casamiento creçremos en onor,
mas bien sabet verdat, que non lo levanté yo:
pedidas vos ha e rogadas el mio señor Alfonso
atán firmemientre e de todo coraçón
que yo nulla cosa no·l' sope dezir de no.
Metívos en sus manos, fijas amas a dos;
bien me lo creades que él vos casa, ca non yo.—
CANTAR TERCERO
112
En Valencia seí mio Cid con todos los sos,
con él amos sus yernos, los ifantes de Carrión.
Yaziés' en un escaño, durmié el Campeador;
mala sobrevienta sabed que les cuntió:
saliós' de la red e desatós' el león.
9
En grant miedo se vieron por medio de la cort;
enbraçan los mantos los del Campeador
e cercan el escaño e fincan sobre so señor;
Ferrán Gonçález [... ... ... ... ...]
non vio allí dó s'alçasse, nin cámara abierta nin torre,
metiós' so l'escaño, tanto ovo el pavor;
Diego Gonçález por la puerta salió
diziendo de la boca: — ¡Non veré Carrión!—
Tras una viga lagar metiós' con grant pavor,
el manto e el brial todo suzio lo sacó.
En esto despertó el que en buen ora nació,
vio cercado el escaño de sus buenos varones:
— ¿Qué's esto, mesnadas, o qué queredes vós?—
— ¡Ya señor ondrado, rebata nos dio el león!—
Mio Cid fincó el cobdo, en pie se levantó,
el manto trae al cuello e adeliñó pora'l león;
el león, cuando lo vio, assí envergonçó,
ante mio Cid la cabeça premió e el rostro fincó.
Mio Cid don Rodrigo al cuello lo tomó
e liévalo adestrando, en la red le metió.
A maravilla lo han cuantos que ý son
e tornáronse al palacio, pora la cort.
Mio Cid por sos yernos demandó e no los falló;
maguer los están llamando, ninguno non responde.
Cuando los fallaron, ellos vinieron assí sin color;
non viestes tal juego commo iva por la cort,
mandólo vedar mio Cid el Campeador.
Mucho·s' tovieron por enbaídos los ifantes de Carrión,
fiera cosa les pesa d'esto que les cuntió.
124
Pidamos nuestras mugieres al Cid Campeador,
digamos que las levaremos a tierras de Carrión,
e enseñarlas hemos dó las heredades son.
Sacarlas hemos de Valencia, de poder del Campeador;
después en la carrera feremos nuestro sabor,
ante que nos retrayan lo que cuntió del león.
Nós de natura somos de condes de Carrión,
averes levaremos grandes que valen grant valor,
escarniremos las fijas del Canpeador.
D'aquestos averes sienpre seremos ricos omnes,
podremos casar con fijas de reyes o de enperadores,
ca de natura somos de condes de Carrión.
Assí las escarniremos a las fijas del Campeador
antes que nos retrayan lo que fue del león.—
128
Entrados son los ifantes al robredo de Corpes,
los montes son altos, las ramas pujan con las núes,
10
e las bestias fieras que andan aderredor.
Fallaron un vergel con una linpia fuent,
mandan fincar la tienda ifantes de Carrión,
con cuantos que ellos traen ý yazen essa noch,
con sus mugieres en braços demuéstranles amor,
¡mal ge lo cunplieron cuando salié el sol!
Mandaron cargar las azémilas
con grandes averes a nombre,
cogida han la tienda do albergaron de noch,
adelant eran idos los de criazón,
assí lo mandaron los ifantes de Carrión,
que non ý fincás ninguno, mugier nin varón,
sinon amas sus mugieres, doña Elvira e doña Sol,
deportarse quieren con ellas a todo su sabor.
Todos eran idos, ellos cuatro solos son,
tanto mal comidieron los ifantes de Carrión:
— Bien lo creades, don Elvira e doña Sol,
aquí seredes escarnidas, en estos fieros montes,
oy nos partiremos e dexadas seredes de nós,
non abredes part en tierras de Carrión.
Irán aquestos mandados al Cid Campeador,
nós vengaremos por aquésta la del león.—
Allí les tuellen los mantos e los pelliçones,
páranlas en cuerpos e en camisas e en ciclatones.
Espuelas tienen calçadas los malos traidores,
en mano prenden las cinchas fuertes e duradores.
Cuando esto vieron las dueñas, fablava doña Sol:
— ¡Don Diego e don Ferrando, rogámosvos por Dios!
Dos espadas tenedes fuertes e tajadores,
al una dizen Colada e al otra Tizón,
cortandos las cabeças, mártires seremos nós;
moros e cristianos departirán d'esta razón,
que por lo que nós merecemos no lo prendemos nós.
Atán malos ensiemplos non fagades sobre nós;
si nós fuéremos majadas, abiltaredes a vós,
retraérvoslo han en vistas o en cortes.—
Lo que ruegan las dueñas non les ha ningún pro,
essora les conpieçan a dar los ifantes de Carrión,
con las cinchas corredizas májanlas tan sin sabor;
con las espuelas agudas, don ellas an mal sabor,
ronpién las camisas e las carnes a ellas amas a dós.
Linpia salié la sangre sobre los ciclatones,
ya lo sienten ellas en los sos coracones.
¡Cuál ventura serié ésta, sí ploguiesse al Criador,
que assomasse essora el Cid Campeador!
Tanto las majaron que sin cosimente son,
sangrientas an las camisas e todos los ciclatones.
Cansados son de ferir ellos amos a dos,
ensayándos' amos cuál dará mejores colpes.
Ya non pueden fablar don Elvira e doña Sol,
11
por muertas las dexaron en el robredo de Corpes.
131
Alabándos' ivan los ifantes de Carrión,
mas yo vos diré d'aquél Félez Muñoz,
sobrino era del Cid Campeador.
Mandáronle ir adelante, mas de su grado non fue;
en la carrera do iva doliól' el coraçón,
de todos los otros aparte se salió.
En un monte espesso Félez Muñoz se metió
fasta que viesse venir sus primas amas a dos
o qué an fecho los ifantes de Carrión.
Violos venir e oyó una razón,
ellos no·l' veyén ni dend sabién ración.
Sabet bien que, si ellos le viessen, non escapara de muert.
Vanse los ifantes, aguijan a espolón;
por el rastro tornós' Félez Muñoz,
falló sus primas amortecidas amas a dos.
Llamando: — ¡Primas, primas!—, luego descavalgó,
arrendó el cavallo, a ellas adeliñó:
— ¡Ya primas, las mis primas, don Elvira e doña Sol!
Mal se ensayaron los ifantes de Carrión.
¡A Dios plega e a Santa María
que dent prendan ellos mal galardón!—
Valas tornando a ellas amas a dos,
tanto son de traspuestas que nada dezir non pueden.
Partiéronsele las telas de dentro del coraçón,
llamando: — ¡Primas, primas, don Elvira e doña Sol!
¡Despertedes, primas, por amor del Criador,
mientra que es el día, ante que entre la noch,
los ganados fieros non nos coman en aqueste mont!—
Van recordando don Elvira e doña Sol,
abrieron los ojos e vieron a Félez Muñoz:
— ¡Esforçadvos, primas, por amor del Criador!
De que non me fallaren los ifantes de Carrión,
a grant priessa seré buscado yo.
Si Dios non nos vale, aquí morremos nós.—
Tan a grant duelo fablava doña Sol:
— ¡Sí vos lo meresca, mio primo,
nuestro padre el Campeador,
dandos del agua, sí vos vala el Criador!—
Con un sonbrero que tiene Félez Muñoz
(nuevo era e fresco, que de Valencia·l' sacó)
cogió del agua en él e a sus primas dio.
El cavallo priso por la rienda e luego dent las partió.
Todos tres señeros por los robredos de Corpes,
entre noch e día salieron de los montes.
133
12
— ¿Ó eres, Muño Gustioz, mio vassallo de pro?
En buen ora te crié a ti en la mi cort.
Lieves el mandado a Castiella al rey Alfonso,
por mi bésale la mano d'alma e de coraçón,
cuemo yo so su vassallo e él es mio señor,
d'esta desondra que me an fecha los ifantes de Carrión
que·l' pese al buen rey d'alma e de coraçón.
Él casó mis fijas, ca non ge las dí yo;
cuando las han dexadas a grant desonor,
si desondra ý cabe alguna contra nós,
la poca e la grant toda es de mio señor.
Mios averes se me han levado que sobejanos son,
esso me puede pesar con la otra desonor.
Adúgamelos a vistas o a juntas o a cortes,
commo aya derecho de ifantes de Carrión,
ca tan grant es la rencura dentro en mi coraçón.—
134
137
Mio Cid la mano besó al rey e en pie se levantó:
— Mucho vos lo gradesco, commo a rey e a señor,
por cuanto esta cort fiziestes por mi amor.
Esto les demando a ifantes de Carrión:
por mis fijas que·m' dexaron yo non he desonor,
ca vós las casastes, rey, sabredes qué fer oy;
mas cuando sacaron mis fijas de Valencia la mayor,
yo bien los quería d'alma e de coraçón,
diles dos espadas, a Colada e a Tizón
(éstas yo las gané a guisa de varón),
que s'ondrassen con ellas e sirviessen a vós.
13
Cuando dexaron mis fijas en el robredo de Corpes,
comigo non quisieron aver nada e perdieron mi amor:
¡denme mis espadas cuando mios yernos non son!—
Atorgan los alcaldes: — Tod esto es razón.—
Sacaron las espadas Colada e Tizón,
pusiéronlas en mano del rey so señor.
Saca las espadas e relumbra toda la cort,
las maçanas e los arriazes todos d'oro son,
maravíllanse d'ellas todos los omnes buenos de la cort.
Recibió el Cid las espadas, las manos le besó,
tornós' al escaño don se levantó,
en las manos las tiene e amas las cató,
no·s' le pueden camear, ca el Cid bien las coñosce,
alegrós'le todo el cuerpo, sonrrisós de coraçón;
alçava la mano, a la barba se tomó:
Par aquesta barba que nadi non messó,
assí s'irán vengando don Elvira e doña Sol.—
14
1
mientras la bestia iba sin peso alguno. El buen hombre, al oírlo, preguntó a su
hijo qué le parecía lo que habían dicho aquellos hombres, contestándole el hijo
que era verdad, porque, al ir el animal sin carga, no era muy sensato que ellos
dos fueran a pie. Entonces el padre mandó a su hijo que subiese en la
cabalgadura.
»Así continuaron su camino hasta que se encontraron con otros hombres, los
cuales, cuando se hubieron alejado un poco, empezaron a comentar la
equivocación del padre, que, siendo anciano y viejo, iba a pie, mientras el mozo,
que podría caminar sin fatigarse, iba a lomos del animal. De nuevo preguntó el
buen hombre a su hijo qué pensaba sobre lo que habían dicho, y este le contestó
que parecían tener razón. Entonces el padre mandó a su hijo bajar de la bestia y
se acomodó él sobre el animal.
»Al poco rato se encontraron con otros que criticaron la dureza del padre, pues
él, que estaba acostumbrado a los más duros trabajos, iba cabalgando, mientras
que el joven, que aún no estaba acostumbrado a las fatigas, iba a pie. Entonces
preguntó aquel buen hombre a su hijo qué le parecía lo que decían estos otros,
replicándole el hijo que, en su opinión, decían la verdad. Inmediatamente el
padre mandó a su hijo subir con él en la cabalgadura para que ninguno caminase
a pie.
»Y yendo así los dos, se encontraron con otros hombres, que comenzaron a decir
que la bestia que montaban era tan flaca y tan débil que apenas podía soportar
su peso, y que estaba muy mal que los dos fueran montados en ella. El buen
hombre preguntó otra vez a su hijo qué le parecía lo que habían dicho aquellos,
contestándole el joven que, a su juicio, decían la verdad. Entonces el padre se
dirigió al hijo con estas palabras:
»-Hijo mío, como recordarás, cuando salimos de nuestra casa, íbamos los dos a
pie y la bestia sin carga, y tú decías que te parecía bien hacer así el camino. Pero
después nos encontramos con unos hombres que nos dijeron que aquello no
tenía sentido, y te mandé subir al animal, mientras que yo iba a pie. Y tú dijiste
que eso sí estaba bien. Después encontramos otro grupo de personas, que dijeron
que esto último no estaba bien, y por ello te mandé bajar y yo subí, y tú también
pensaste que esto era lo mejor. Como nos encontramos con otros que dijeron que
aquello estaba mal, yo te mandé subir conmigo en la bestia, y a ti te pareció que
era mejor ir los dos montados. Pero ahora estos últimos dicen que no está bien
que los dos vayamos montados en esta única bestia, y a ti también te parece
verdad lo que dicen. Y como todo ha sucedido así, quiero que me digas cómo
podemos hacerlo para no ser criticados de las gentes: pues íbamos los dos a pie,
y nos criticaron; luego también nos criticaron, cuando tú ibas a caballo y yo a
pie; volvieron a censurarnos por ir yo a caballo y tú a pie, y ahora que vamos los
dos montados también nos lo critican. He hecho todo esto para enseñarte cómo
llevar en adelante tus asuntos, pues alguna de aquellas monturas teníamos que
hacer y, habiendo hecho todas, siempre nos han criticado. Por eso debes estar
3
seguro de que nunca harás algo que todos aprueben, pues si haces alguna cosa
buena, los malos y quienes no saquen provecho de ella te criticarán; por el
contrario, si es mala, los buenos, que aman el bien, no podrán aprobar ni dar por
buena esa mala acción. Por eso, si quieres hacer lo mejor y más conveniente, haz
lo que creas que más te beneficia y no dejes de hacerlo por temor al qué dirán, a
menos que sea algo malo, pues es cierto que la mayoría de las veces la gente
habla de las cosas a su antojo, sin pararse a pensar en lo más conveniente.
»Y a vos, Conde Lucanor, pues me pedís consejo para eso que deseáis hacer,
temiendo que os critiquen por ello y que igualmente os critiquen si no lo hacéis,
yo os recomiendo que, antes de comenzarlo, miréis el daño o provecho que os
puede causar, que no os confiéis sólo a vuestro juicio y que no os dejéis engañar
por la fuerza de vuestro deseo, sino que os dejéis aconsejar por quienes sean
inteligentes, leales y capaces de guardar un secreto. Pero, si no encontráis tal
consejero, no debéis precipitaros nunca en lo que hayáis de hacer y dejad que
pasen al menos un día y una noche, si son cosas que pueden posponerse. Si seguís
estas recomendaciones en todos vuestros asuntos y después los encontráis útiles
y provechosos para vos, os aconsejo que nunca dejéis de hacerlos por miedo a las
críticas de la gente.
El consejo de Patronio le pareció bueno al conde, que obró según él y le fue muy
provechoso.
Y, cuando don Juan escuchó esta historia, la mandó poner en este libro e hizo
estos versos que dicen así y que encierran toda la moraleja:
Por críticas de gentes, mientras que no hagáis mal,
buscad vuestro provecho y no os dejéis llevar.
FIN
4
historia. Observad el dibujo y la variedad que hay en los colores.” Aunque todos
estaban de acuerdo en lo que decían, la verdad es que no tejían nada. Al no ver
el rey nada y oír, sin embargo, describir una tela que otros hablan visto, se tuvo
por muerto, porque creyó que esto le pasaba por no ser hijo del rey, su padre, y
temió que, si lo dijera, perdería el reino. Por lo cual empezó a alabar la tela y se
fijó muy bien en las descripciones de los tejedores. Cuando volvió a su cámara
refirió a sus cortesanos lo buena y hermosa que era aquella tela y aun les pintó
su dibujo y colores, ocultando así la sospecha que había concebido.
A los dos o tres días envió a un ministro a que viera la tela. Antes de que fuese el
rey le contó las excelencias que la tela tenía. El ministro fue, pero cuando vio a
los pícaros hacer que tejían y les oyó describir la tela y decir que el rey la había
visto, pensó que él no la veía por no ser hijo de quien tenía por padre y que si los
demás lo sabían quedaría deshonrado. Por eso empezó a alabar su trabajo tanto
o más que el rey.
Al volver el ministro al rey, diciéndole que la había visto y haciéndole las mayores
ponderaciones de la tela, se confirmó el rey en su desdicha, pensando que si su
ministro la veía y él no, no podía dudar de que no era hijo del rey a quien había
heredado. Entonces comenzó a ponderar aún más la calidad y excelencia de
aquella tela y a alabar a los que tales cosas sabían hacer.
Al día siguiente envió el rey a otro ministro y sucedió lo mismo. ¿Qué más os
diré? De esta manera y por el temor a la deshonra fueron engañados el rey y los
demás habitantes de aquel país, sin que ninguno se atreviera a decir que no veía
la tela. Así pasó la cosa adelante hasta que llegó una de las mayores fiestas del
año. Todos le dijeron al rey que debía vestirse de aquella tela el día de la fiesta.
Los pícaros le trajeron el paño envuelto en una sábana, dándole a entender que
se lo entregaban, después de lo cual preguntaron al rey qué deseaba que le
hiciesen con él. El rey les dijo el traje que quería. Ellos le tomaron medidas e
hicieron como si cortaran la tela, que después coserían.
Cuando llegó el día de la fiesta vinieron al rey con la tela cortada y cosida.
Hiciéronle creer que le ponían el traje y que le alisaban los pliegues. De este
modo el rey se persuadió de que estaba vestido, sin atreverse a decir que no veía
la tela. Vestido de este modo, es decir, desnudo, montó a caballo para andar por
la ciudad. Tuvo la suerte de que fuera verano, con lo que no corrió el riesgo de
enfriarse. Todas las gentes que lo miraban y que sabían que el que no veía la tela
era por no ser hijo de su padre, pensando que los otros sí la veían, se guardaban
muy bien de decirlo por el temor de quedar deshonrados. Por esto todo el mundo
ocultaba el que creía que era su secreto. Hasta que un negro, palafrenero del rey,
que no tenía honra que conservar, se acercó y le dijo:
-Señor, a mí lo mismo me da que me tengáis por hijo del padre que creí ser tal o
por hijo de otro; por eso os digo que yo soy ciego o vos vais desnudo.
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El rey empezó a insultarle, diciéndole que por ser hijo de mala madre no veía la
tela. Cuando lo dijo el negro, otro que lo oyó se atrevió a repetirlo, y así lo fueron
diciendo, hasta que el rey y todos los demás perdieron el miedo a la verdad y
entendieron la burla que les habían hecho. Fueron a buscar a los tres pícaros y
no los hallaron, pues se habían ido con lo que le habían estafado al rey por medio
de este engaño.
Vos, señor conde Lucanor, pues ese hombre os pide que ocultéis a vuestros más
leales consejeros lo que él os dice, estad seguro de que os quiere engañar, pues
debéis comprender que, si apenas os conoce, no tiene más motivos para desear
vuestro provecho que los que con vos han vivido y han recibido muchos
beneficios de vuestra mano, y por ello deben procurar vuestro bien y servicio.
El conde tuvo este consejo por bueno, obró según él y le fue muy bien. Viendo
don Juan que este cuento era bueno, lo hizo poner en este libro y escribió unos
versos que dicen así:
Al que te aconseja encubrirte de tus amigos
le es más dulce el engaño que los higos.
1
SALICIO, NEMOROSO
SALICIO
NEMOROSO
Téngase su tesoro
los que de un falso leño se confían;
no es mío ver el lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían. 65
La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna, al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía. 70
A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla,
de fino oro labrada
sea de quien la mar no teme airada. 75
A la sombra tendido,
de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
1
Soneto V
Garcilaso de la Vega
Soneto XI
Hermosas ninfas, que en el río metidas,
contentas habitáis en las moradas
de relucientes piedras fabricadas
y en columnas de vidrio sostenidas,
agora estéis labrando embebecidas
o tejiendo las telas delicadas,
agora unas con otras apartadas
contándoos los amores y las vidas;
dejad un rato la labor, alzando
vuestras rubias cabezas a mirarme,
y no os detendréis mucho según ando,
que o no podréis de lástima escucharme,
o convertido en agua aquí llorando,
podréis allá despacio consolarme.
2
Soneto XVII
Pensando que el camino iba derecho,
vine a parar en tanta desventura,
que imaginar no puedo, aun con locura,
algo de que esté un rato satisfecho.
El ancho campo me parece estrecho;
la noche clara para mi es oscura;
la dulce compañía, amarga y dura,
y duro campo de batalla el lecho.
Del sueño, si hay alguno, aquella parte
sola que es ser imagen de la muerte
se aviene con el alma fatigada.
En fin, que como quiera, estoy de arte,
que juzgo ya por hora menos fuerte,
aunque en ella me vi la que es espada.
Soneto XXVI
Echado está por tierra el fundamento
que mi vivir cansado sostenía.
¡Oh cuánto bien se acaba en solo un día!
¡Oh cuántas esperanzas lleva el viento!
¡Oh cuán ocioso está mi pensamiento
cuando se ocupa en bien de cosa mía!
A mi esperanza, así como a baldía,
mil veces la castiga mi tormento.
Las más veces me entrego, otras resisto
con tal furor, con una fuerza nueva,
que un monte puesto encima rompería.
Aqueste es el deseo que me lleva
a que desee tornar a ver un día
a quien fuera mejor nunca haber visto.
1
TRATADO PRIMERO
Cuenta Lázaro su vida y cúyo hijo fué.
Pues sepa vuestra merced, ante todas cosas, que a mí me llaman Lázaro de Tormes,
hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi
nacimiento fué dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre, y fué desta
manera. Mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una aceña
que está ribera de aquel río, en la cual fué molinero más de quince años. Y estando mi
madre una noche en la aceña, preñada de mí, tomóle el parto y parióme allí. De manera que
con verdad me puedo decir nascido en el río.
Pues, siendo yo niño de ocho años, achacaron a mi padre ciertas sangrías mal hechas
en los costales de los que allí a moler venían, por lo cual fué preso, y confesó y no negó y
padeció persecución por justicia. Espero en Dios que está en la gloria, pues el Evangelio los
llama bienaventurados. En este tiempo se hizo cierta armada contra moros, entre los cuales
fué mi padre, que a la sazón estaba desterrado por el desastre ya dicho, con cargo de
acemilero de un caballero que allá fué. Y con su señor, como leal criado, fenesció su vida.
Mi viuda madre, como sin marido y sin abrigo se viese, determinó arrimarse a los
buenos por ser uno dellos, y vinose a vivir a la ciudad, y alquiló una casilla, y metióse a
guisar de comer a ciertos estudiantes, y lavaba la ropa a ciertos mozos de caballos del
comendador de la Magdalena, de manera que fué frecuentando las caballerizas.
Yo, aunque bien muchacho, noté aquella palabra de mi hermanico, y dije entre mí:
«¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mesmos!»
Quiso nuestra fortuna que la conversación del Zaide, que así se llamaba, llegó a oídos
del mayordomo, y hecha pesquisa, hallóse que la mitad por medio de la cebada que para
las bestias le daban hurtaba, y salvados, leña, almohazas, mandiles y las mantas y sábanas
de los caballos hacía perdidas, y cuando otra cosa no tenía, las bestias desherraba, y con
todo esto acudía a mi madre para criar a mi hermanico. No nos maravillemos de un clérigo
ni fraile porque el uno hurta de los pobres y el otro de casa para sus devotas y para ayuda
de otro tanto, cuando a un pobre esclavo el amor le animaba a esto.
Y probósele cuanto digo y aun más. Porque a mí, con amenazas, me preguntaban, y
como niño, respondía y descubría cuanto sabía, con miedo: hasta ciertas herraduras que
por mandado de mi madre a un herrero vendí.
2
Por no echar la soga tras el caldero, la triste se esforzó y cumplió la sentencia. Y por
evitar peligro y quitarse de malas lenguas se fué a servir a los que al presente vivían en el
mesón de la Solana. Y allí, padeciendo mil importunidades, se acabó de criar mi hermanico,
hasta que supo andar, y a mi hasta ser buen mozuelo, que iba a los huéspedes por vino y
candelas y por lo demás que me mandaban.
En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole que yo servía
para adiestralle, me pidió a mi madre, y ella me encomendó a él, diciéndole cómo era hijo
de un buen hombre, el cual, por ensalzar la fe, había muerto en la de los Gelves, y que ella
confiaba en Dios no saldría peor hombre que mi padre y que le rogaba me tratase bien y
mirase por mí, pues era huérfano.
El respondió que así lo haría y que me rescebía, no por mozo, sino por hijo. Y así, le
comencé a servir y adiestrar a mi nuevo y viejo amo.
—Hijo: ya sé que no te veré más. Procura de ser bueno, y Dios te guíe. Criado te he y
con buen amo te he puesto: válete por ti.
—Lázaro: llega el oído a este toro y otrás gran ruido dentro de él.
Yo simplemente llegué, creyendo ser así. Y como sintió que tenía la cabeza par de la
pedra, afirmó recio la mano y dióme una gran calabazada en el diablo del toro, que más de
tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome:
—Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo.
Parescióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como niño dormido,
estaba. Dije entre mi:
«Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo
me sepa valer.»
—Yo oro ni plata no te lo puedo dar; mas avisos para vivir muchos te mostraré.
Y fué así: que, después de Dios, éste me dió la vida, y siendo ciego me alumbró y
adiestró en la carrera de vivir.
Huelgo de contar a vuestra merced estas niñerías, para mostrar cuánta virtud sea saber
los hombres subir siendo bajos, y dejarse bajar siendo altos cuánto vicio.
3
Pues, tornando al bueno de mi ciego y contando sus cosas, vuestra merced sepa que,
desde que Dios crió el mundo, ninguno formó más. astuto ni sagaz. En su oficio era un
águila. Ciento y tantas oraciones sabía de coro. Un tono bajo, reposado y muy sonable, que
hacía resonar la iglesia donde rezaba; un rostro humilde y devoto, que con muy buen
continente ponía cuando rezaba, sin hacer gestos ni visajes con boca ni ojos, como otros
suelen hacer.
Allende de esto, tenía otras mil formas y maneras para sacar el dinero. Decía saber
oraciones para muchos y diversos efectos: para mujeres que no parian, para las que estaban
de parto, para las que eran malcasadas que sus maridos las quisiesen bien. Echaba
pronósticos a las preñadas: si traia hijo o hija.
Pues en caso de medicina, decía que Galeno no supo la mitad que él para muela,
desmayos, males de madre. Finalmente, nadie le decía padecer alguna pasión que luego
no le decía:
«Haced esto, haréis estotro, coced tal hierba, tomad tal raíz.»
Con esto andábase todo el mundo tras él, especialmente mujeres, que cuanto les decía
creían. Destas sacaba él grandes provechos con las artes que digo, y ganaba más en un
mes que cien ciegos en un año.
Mas también quiero que sepa vuestra merced que, con todo lo que adquiría y tenía,
jamás tan avariento ni mezquino hombre no vi; tanto, que me mataba a mí de hambre, y así
no me demediaba de lo necesario. Digo verdad: sí con mi sutileza y buenas mañas no me
supiera remediar, muchas veces me finara de hambre; mas con todo su saber y aviso le
contraminaba de tal suerte, que siempre, o las más veces, me cabía lo más y mejor. Para
esto le hacía burlas endiabladas, de las cuales contaré algunas, aunque no todas a mi salvo.
El traía el pan y todas las otras cosas en un fardel de lienzo, que por la boca se cerraba con
una argolla de hierro y su candado y su llave, y al meter de todas las cosas y sacarlas, era
con tan gran vigilancia y tanto por contadero, que no bastara hombre en todo el mundo
hacerle menos una migaja. Mas yo tomaba aquella laceria que él me daba, la cual en menos
de dos bocados era despachada.
Todo lo que podía sisar y hurtar traía en medias blancas, y cuando le mandaban rezar
y le daban blancas, como él carecía de vista, no había el que se la daba amagado con ella,
cuando yo la tenía lanzada en la boca y la media aparejada, que por presto que él echaba
la mano, ya iba de mi cambio aniquilada en la mitad del justo precio. Quejábaseme el mal
ciego, porque al tiento luego conocía y sentía que no era blanca entera, y decía:
—¿Qué diablo es esto, que después que conmigo estás no me dan sino medias
blancas, y de antes una blanca y un maravedí hartas veces me pagaban? En ti debe estar
esta desdicha.
Usaba poner cabe sí un jarrillo de vino, cuando comíamos, y yo muy de presto le asia
y daba un par de besos callados y tornábale a su lugar. Mas duróme poco. Que en los tragos
4
conocía la falta, y por reservar su vino a salvo nunca después desamparaba el jarro, antes
lo tenía por el asa asido. Mas no habla piedra imán que así trajese a sí como yo con una
paja larga de centeno, que para aquel menester tenía hecha, la cual, metiéndola en la boca
del jarro, chupando el vino lo dejaba a buenas noches. Mas, como fuese el traldor tan astuto,
pienso que me sintió, y dende en adelante mudó propósito y asentaba su jarro entre las
piernas y tapábale con la mano, y así bebia seguro.
Yo, como estaba hecho al vino, moría por él, y viendo que aquel remedio de la paja no
me aprovechaba ni valía, acordé, en el suelo del jarro, hacerle una fuentecilla y agujero sotil,
y delicadamente, con una muy delgada tortilla de cera, taparlo, y al tiempo de comer,
fingiendo haber frío, entrábame entre las piernas del triste ciego a calentarme en la pobrecilla
lumbre que teníamos, y al calor de ella, luego derretida la cera, por ser muy poca,
comenzaba la fuentecilla a destilarme en la boca, la cual yo de tal manera ponía, que maldita
la gota se perdía. Cuando el pobrete iba a beber, no hallaba nada.
Espantábase, maldecíase, daba al diablo el jarro y el vino, no sabiendo qué podía ser.
Tantas vueltas y tientos dió al jarro, que halló la fuente, y cayó en la burla; mas así lo
disimuló como si no lo hubiera sentido.
Y luego, otro día, teniendo yo rezumando mi jarro como solía, no pensando el daño
que me estaba aparejado ni que el mal ciego me sentía, sentéme como solía; estando
recibiendo aquellos dulces tragos, mi cara puesta hacia el cielo, un poco cerrados los ojos
por mejor gustar el sabroso licor, sintió el desesperado ciego que ahora tenía tiempo de
tomar de mi venganza, y con toda su fuerza, alzando con dos manos aquel dulce y amargo
jarro, le dejó caer sobre mi boca, ayudándose, como digo, con todo su poder, de manera
que el pobre Lázaro, que de nada de esto se guardaba, antes, como otras veces, estaba
descuidado y gozoso, verdaderamente me pareció que el cielo, con todo lo que en él hay,
me había caído encima.
Fué tal el golpecillo, que me desatinó y sacó de sentido, y el jarrazo tan grande, que
los pedazos de él se me metieron por la cara, rompiéndomela por muchas partes, y me
quebró los dientes, sin los cuales hasta hoy día me quedé. Desde aquella hora quise mal al
mal ciego, y, aunque me quería y regalaba y me curaba, bien vi que se había holgado del
cruel castigo. Lavóme con vino las roturas que con los pedazos del jarro me había hecho, y,
sonriéndose, decía:
Ya que estuve medio bueno de mi negra trepa y cardenales, considerando que a pocos
golpes tales el cruel ciego ahorraría de mí, quise yo ahorrar de él; mas no lo hice tan presto
por hacerlo más a mi salvo y provecho. Aunque yo quisiera asentar mi corazón y perdonarle
el jarrazo, no daba lugar el mal tratamiento que el mal ciego desde allí adelante me hacía,
que sin causa ni razón me hería, dándome coscorrones y repelándome.
Y si alguno le decía por qué me trataba tan mal, luego contaba el cuento del jarro,
diciendo:
—¿Pensaréis que este mi mozo es algún inocente? Pues oíd si el demonio ensayara
otra tal hazaña.
Y en esto yo siempre le llevaba por los peores caminos y adrede, por le hacer mal
daño: si había piedras, por ellas; si lodo, por lo más alto. Que aunque yo no iba por lo más
enjuto, holgábame a mí de quebrar un ojo por quebrar dos al que ninguno tenía.
Con esto, siempre con el cabo alto del tiento me atentaba el colodrillo, el cual siempre
traía lleno de tolondrones y pelado de sus manos. Y aunque yo juraba no lo hacer con
malicia, sino por no hallar mejor camino, no me aprovechaba ni me creía más: tal era el
sentido y el grandísimo entendimiento del traidor.
Y por que vea vuestra merced a cuánto se extendia el ingenio de este astuto ciego,
contaré un caso de muchos que con él me acaecieron, en el cual me parece dió bien a
entender su gran astucia. Cuando salimos de Salamanca, su motivo fué venir a tierra de
Toledo. Porque decía ser la gente más rica, aunque no muy limosnera. Arrimábase a este
refrán: «Más da el duro que el desnudo.» Y vinimos a este camino por los mejores lugares.
Donde hallaba buena acogida y ganancia, deteniamonos; donde no, a tercero día hacíamos
San Juan.
Acaeció que, llegando a un lugar que llaman Almorox al tiempo que cogían las uvas,
un vendimiador le dió un racimo dellas en limosna. Y como suelen ir los cestos mal tratados,
y también porque la uva en aquel tiempo está muy madura, desgranábasele el racimo en la
mano. Para echarlo en el fardel tornábase mosto y lo que a él se llegaba.
Acordó de hacer un banquete, así por no lo poder llevar como por contentarme: que
aquel día me había dado muchos rodillazos y golpes. Sentámonos en un valladar y dijo:
—Agora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos este
racimo de uvas y que hayas de él tanta parte como yo. Partirlo hemos de esta manera: tú
picarás una vez y yo otra, con tal que me prometas no tomar cada vez más de una uva. Yo
haré lo mismo hasta que lo acabemos, y de esta suerte no habrá engaño, Hecho así el
concierto, comenzamos; mas luego, al segundo lance, el traidor mudó propósito, y comenzó
a tomar de dos en dos, considerando que yo deberia hacer lo mismo. Como vi que él
quebraba la postura, no me contenté ir a la par con él; mas aun pasaba adelante: dos a dos
y tres a tres y como podía las comía. Acabado el racimo, estuvo un poco con el escobajo en
la mano, y, meneando la cabeza, dijo:
—Lázaro: engañado me has. Juraré yo a Dios que has tú comido las uvas tres a tres.
—¿Sabes en qué veo que las comiste tres a tres? En que comía yo dos a dos y
callabas.
A lo cual yo no respondí. Yendo que íbamos así por debajo de unos soportales, en
Escalona, adonde a la sazón estábamos en casa de un zapatero, había muchas sogas y
otras cosas que de esparto se hacen, y parte de ellas dieron a mi amo en la cabeza. El cual,
alzando la mano tocó en ellas, y viendo lo que era díjome:
—Anda presto, muchacho; salgamos de entre tan mal manjar, que ahoga sin comerlo.
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Yo, que bien descuidado iba de aquello, miré lo que era, y como no vi sino sogas y
cinchas, que no era cosa de comer, dijele:
Respondióme:
—Calla, sobrino: según las mañas que llevas, lo sabrás y verás cómo digo verdad.
Y así pasamos adelante por el mismo portal, y llegamos a un mesón, a la puerta del
cual había muchos cuernos en la pared, donde ataban los recueros sus bestias, y como iba
tentando si era allí el mesón adonde él rezaba cada día por la mesonera la oración de la
emparedada, asió de un cuerno, y con un gran suspiro dijo:
—¡Oh, mala cosa, peor que tienes la hechura! ¡De cuántos eres deseado poner tu
nombre sobre cabeza ajena y de cuán pocos tenerte ni aun oír tu nombre por ninguna vial.
—Calla, sobrino, que algún día te dará este que en la mano tengo alguna mala comida
y cena.
Y así pasamos adelante, hasta la puerta del mesón, adonde pluguiere a Dios nunca
allá llegáramos, según lo que me sucedió en él.
Era todo lo más que rezaba por mesoneras, y por bodegoneras y turroneras y rameras,
y así por semejantes mujercillas, que por hombre casi nunca le vi decir oración.
Reíme entre mí, y, aunque muchacho, noté mucho la discreta consideración del ciego.
Mas, por no ser prolijo, dejo de contar muchas cosas, así graciosas como de notar, que
con este mi primer amo me acaecieron, y quiero decir el despidiente y con él acabar.
Estábamos en Escalona, villa del duque della, en un mesón, y dióme un pedazo de longaniza
que le asase. Ya que la longaniza había pringado y comídose las pringadas, sacó un
maravedí de la bolsa y mandó que fuese por él de vino a la taberna. Púsome el demonio el
aparejo delante los ojos, el cual, como suelen decir, hace al ladrón, y fué que había cabe el
fuego un nabo pequeño, larguillo y ruinoso, y tal que, por no ser para la olla, debió ser echado
allí.
Y como al presente nadie estuviese sino él y yo solos, como me vi con apetito goloso,
habiéndome puesto dentro el sabroso olor de la longaniza, del cual solamente sabía que
había de gozar, no mirando qué me podría suceder, pospuesto todo el temor por cumplir
con el deseo, en tanto que el ciego sacaba de la bolsa el dinero saqué la longaniza y muy
presto metí el sobredicho nabo en el asador. El cual, mi amo, dándome el dinero para el
vino, tomó y comenzó a dar vueltas al fuego, queriendo asar al que de ser cocido, por sus
deméritos, había escapado.
Yo fuí por el vino, con él cual no tardé en despachar la longaniza, y cuando vine hallé
al pecador del ciego que tenía entre dos rebanadas apretado el nabo, al cual aun no había
conocido por no lo haber tentado con la mano. Como tomase las rebanadas y mordiese en
ellas, pensando también llevar parte de la longaniza, hallóse en frío con el frío nabo. Alteróse
y dijo:
7
—¡Lacerado de mí!—dije yo—. ¿Si queréis a mi echar algo? ¿Yo no vengo de traer el
vino? Alguno estaba ahí y por burlar haría esto.
Yo torné a jurar y perjurar que estaba libre de aquel trueco y cambio; mas poco me
aprovechó, pues a las astucias del maldito ciego nada se le escondía. Levantőse y asióme
por la cabeza y llegóse a olerme. Y como debió sentir el huelgo, a uso de buen podenco,
por mejor satisfacerse de la verdad y con la gran agonía que llevaba, asiéndome con las
manos abriame la boca más de su derecho y desatentadamente metía la nariz. La cual él
tenía luenga y afilada, y a aquella sazón, con el enojo, se había aumentado un palmo. Con
el pico de la cual me llegó a la gulilla.
Y con esto, y con el gran miedo que tenía, y con la brevedad del tiempo, la negra
longaniza aun no había hecho asiento en el estómago; y lo más principal: con el destiento
de la cumplidísima nariz medio casi ahogándome, todas estas cosas se juntaron y fueron
causa que el hecho y golosina se manifestase y lo suyo fuese vuelto a su dueño. De manera
que, antes que el mal ciego sacase de mi boca su trompa, tal alteración sintió mi estómago,
que le dió con el hurto en ella, de suerte que su nariz y la negra mal mascada longaniza a
un tiempo salieron de mi boca.
¡Oh gran Dios, quién estuviera a aquella hora sepultado, que muerto ya lo estaba! Fué
tal el coraje del perverso ciego, que, si al ruido no acudieran, pienso no me dejara con la
vida. Sacáronme de entre sus manos, dejándoselas llenas de aquellos pocos cabellos que
tenía, arañada la cara y rascuñado el pescuezo y la garganta. Y esto bien lo merecía, pues
por su maldad me venían tantas persecuciones.
Contaba el mal ciego a todos cuantos allí se allegaban mis desastres, y dábales cuenta
una y otra vez, así de la del jarro como de la del racimo y ahora de lo presente. Era la risa
de todos tan grande, que toda la gente que por la calle pasaba entraba a ver la fiesta; mas
con tanta gracia y donaire recontaba el ciego mis hazañas, que, aunque yo estaba tal
maltratado y llorando, me parecía que hacía sinjusticia en no se las reír.
Y en cuanto esto pasaba, a la memoria me vino una cobardía y flojedad que hice
porque me maldecía, y fué no dejarle sin narices, pues tan buen tiempo tuve para ello que
la mitad del camino estaba andado. Que con sólo apretar los dientes se me quedaran en
casa, y, con ser de aquel malvado, por ventura lo retuviera mejor mi estómago que retuvo
la longaniza, y no pareciendo ellas pudiera negar la demanda. Pluguiera a Dios que lo
hubiera hecho, que eso fuera asi que así.
Hicléronnos amigos la mesonera y los que allí estaban, y con el vino que para beber le
había traido laváronme la cara y la garganta. Sobre lo cual discantaba el mal ciego donaires,
diciendo:
—Por verdad, más vino me gasta este mozo en lavatorios al cabo del año que yo bebo
en dos. A lo menos, Lázaro, eres en más cargo al vino que a tu padre, porque él una vez te
engendró, mas el vino mil te ha dado la vida.
Y luego contaba cuántas veces me había descalabrado y harpado la cara y con vino
luego sanaba.
Y reían mucho los que me lavaban con esto, aunque yo renegaba. Mas el pronóstico
del ciego no salió mentiroso, y después acá muchas veces me acuerdo de aquel hombre,
8
que sin duda debía tener espíritu de profecía, y me pesa de los sinsabores que le hice,
aunque bien se lo pagué, considerando lo que aquel día me dijo salirme tan verdadero como
adelante vuestra merced oirā.
Visto esto y las malas burlas que el ciego burlaba de mí, determiné de todo en todo
dejarle, y como lo traía pensado y lo tenía en voluntad, con este postrer juego que me hizo
afirmélo más. Y fué así que luego otro día salimos por la villa a pedir limosna y había Ilovido
mucho la noche antes. Y porque el día también llovía y andaba rezando debajo de unos
portales que en aquel pueblo había, donde no nos mojamos; mas como la noche se venía y
el llover no cesaba, díjome el ciego:
—Lázaro: esta agua es muy porfiada, y cuanto la noche más cierra, más recía.
Acojámonos a la posada con tiempo.
Para ir allá habíamos de pasar un arroyo, que con la mucha agua iba grande.
Yo le dije:
—Tío: el arroyo va muy ancho; mas si queréis, yo veo por donde atravesemos más
aína sin nos mojar, porque se estrecha allí mucho, y saltando pasaremos a pie enjuto.
—Discreto eres; por esto te quiero bien. Llévame a ese lugar donde el arroyo se
ensangosta, que ahora es invierno y sabe mal el agua, y más llevar los pies mojados.
Como llovía recio y el triste se mojaba, y con la prisa que llevábamos de salir del agua,
que encima de nos caía, y, lo más principal, porque Dios le cegó aquella hora el
entendimiento (fué por darme de él venganza), creyóse de mí y dijo:
Yo le puse bien derecho enfrente del pilar, y doy un salto y póngome detrás del poste,
como quien espera tope de toro, y díjele:
—¡Sus! Saltad todo lo que podáis, porque deis de este cabo del agua.
Aun apenas lo había acabado de decir cuando se abalanza el pobre ciego como cabrón
y de toda su fuerza arremete, tomando un paso atrás de la corrida para hacer mayor salto,
y da con la cabeza en el poste, que sonó tan recio como si diera con una gran calabaza, y
cayó luego para atrás medio muerto y hendida la cabeza.
Y dejéle en poder de mucha gente que lo había ido a socorrer, y tomé la puerta de la
villa en los pies de un trote, y antes que la noche viniese di conmigo en Torrijos. No supe
más lo que Dios de él hizo ni curé de lo saber.
9
TRATADO SEGUNDO
Cómo Lázaro se asentó con un clérigo y de las cosas que
con él pasó.
Otro día, no pareciéndome estar allí seguro, fuíme a un lugar que llaman Maqueda,
adonde me toparon mis pecados con un clérigo, que, llegando a pedir limosna, me preguntó
si sabía ayudar a misa. Yo dije que sí, como era verdad. Que, aunque maltratado, mil cosas
buenas me mostró el pecador del ciego, y una de ellas fué esta. Finalmente, el clérigo me
rescibió por suyo.
Escapé del trueno y di en el relámpago. Porque era el ciego para con éste un Alejandro
Magno, con ser la misma avaricia, como he contado. No digo más sino que toda la laceria
del mundo estaba encerrada en este. No sé si de su cosecha era o lo había anexado con el
hábito de clerecía.
El tenía un arcaz viejo y cerrado con su llave, la cual traía atada con una agujeta del
paletoque. Y en viniendo el bodigo de la iglesia, por su mano era luego allí lanzado y tornada
a cerrar el arca. Y en toda la casa no había ninguna cosa de comer, como suele estar en
otras: algún tocino colgado al humero, algún queso puesto en alguna tabla o en el armario,
algún canastillo con algunos pedazos de pan que de la mesa sobran. Que me parece a mí
que, aunque dello no me aprovechara, con la vista dello me consolara.
Solamente había una horca de cebollas, y tras la llave de una cámara en lo alto de la
casa. Déstas tenía yo de ración una para cada cuatro días, y cuando le pedía la llave para
ir por ella, si alguno estaba presente, echaba mano al falsopecto y con gran continencia la
desataba y me la daba, diciendo:
Como si debajo de ella estuvieran todas las conservas de Valencia, con no haber en la
dicha cámara, como dije, maldita la otra cosa que las cebollas colgadas de un clavo. Las
cuales él tenía tan bien por cuenta, que, si por malos de mis pecados me desmandara a
más de mi tasa, me costara caro.
Los sábados cómense en esta tierra cabezas de carnero, y enviábame por una, que
costaba tres maravedís. Aquélla la cocía y comía los ojos, y la lengua, y el cogote, y sesos
y la carne que en las quijadas tenía, y dábame todos los huesos roídos. Y dábamelos en el
plato, diciendo: «Toma, come, triunfa, que para ti es el mundo. Mejor vida tienes que el
papa.»
A cabo de tres semanas que estuve con él vine a tanta flaqueza, que no me podía tener
en las piernas de pura hambre. Vime claramente ir a la sepultura, si Dios y mi saber no me
remediaran. Para usar de mis mañas no tenía aparejo, por no tener en qué dalle salto. Y
aunque algo hubiera, no podía cegalle, como hacía al que Dios perdone, si de aquella
calabazada feneció. Que todavía, aunque astuto, con faltarle aquel preciado sentido, no me
sentia; mas estotro, ninguno hay que tan aguda vista tuviese como él tenía.
como si fueran de azogue. Cuantas blancas ofrecían tenía por cuenta. Y acabado el ofrecer,
luego me quitaba la concheta y la ponía sobre el altar.
No era yo señor de asirle una blanca todo el tiempo que con él viví o, por mejor decir,
morí. De la taberna nunca le traje una blanca de vino; mas aquel poco que de la ofrenda
había metido en su arcaz compasaba de tal forma que le duraba toda la semana.
—Mira, mozo: los sacerdotes han de ser muy templados en su comer y beber, y por
esto yo no me desmando como otros.
Y porque dije de mortuorios, Dios me perdone, que jamás fuí enemigo de la naturaleza
humana sino entonces. Y esto era porque comíamos bien y me hartaban. Deseaba y aun
rogaba a Dios que cada día matase el suyo. Y cuando dábamos sacramento a los enfermos,
especialmente la Extremaunción, como manda el clérigo rezar a los que están allí, yo cierto
no era el postrero de la oración, y con todo mi corazón y buena voluntad rogaba al Señor,
no que le echase a la parte que más servido fuese, como se suele decir, mas que le llevase
de aqueste mundo.
Y cuando alguno destos escapaba, ¡Dios me lo perdone!, que mil veces le daba al
diablo. Y el que se moría, otras tantas bendiciones llevaba de mi dichas. Porque en todo el
tiempo que allí estuve, que sería casi seis meses, solas veinte personas fallecieron, y éstas
bien creo que las maté yo o, por mejor decir, murieron a mi recuesta. Porque viendo el Señor
mi rabiosa y continua muerte, pienso que holgaba de matarlos por darme a mi vida. Mas de
lo que al presente padecía, remedio no hallaba. Que si el día que enterrábamos yo vivía, los
días que no había muerto, por quedar bien vezado de la hartura, tornando a mi cotidiana
hambre, más lo sentía. De manera que en nada hallaba descanso, salvo en la muerte, que
yo también para mí, como para los otros, deseaba algunas veces; mas no la veía, aunque
estaba siempre en mí.
Pensé muchas veces irme de aquel mezquino amo; mas por dos cosas lo dejaba: la
primera, por no me atrever a mis piernas, por temer de la flaqueza, que de puro hambre me
venía; y la otra, consideraba y decía:
«Yo he tenido dos amos: el primero traíame muerto de hambre, y, dejándole, topé con
este otro, que me tiene ya con ella en la sepultura; pues si deste desisto y doy en otro más
bajo, ¿qué será sino fenecer?»
Con esto, no me osaba menear. Porque tenía por fe que todos los grados había de
hallar más ruines. Y a bajar otro punto, no sonara Lázaro ni se oyera en el mundo.
Pues estando en tal aflicción, cual plega al Señor librar de ella a todo fiel cristiano, y
sin saber darme consejo, viéndome ir de mal en peor, un día que el cuitado, ruin y lacerado
de mi amo había ido fuera del lugar, llegóse acaso a mi puerta un çalderero, el cual yo creo
que fué ángel enviado a mí por la mano de Dios en aquel hábito. Preguntóme si tenía algo
que adobar.
Mas como no era tiempo de gastarlo en decir gracias, alumbrado por el Espíritu Santo
le dije:
11
—Tío: una llave de este arte he perdido, y temo que mi señor me azote. Por vuestra
vida, veáis si en esas que traéis hay alguna que le haga, que yo os lo pagaré.
Comenzó a probar el angélico calderero una y otra de un gran sartal que de ellas traía,
y yo a ayudarle con mis flacas oraciones. Cuando no me cato, veo en figura de panes, como
dicen, la cara de Dios dentro del arcaz. Y, abierto, díjele:
—Yo no tengo dineros que os dar por la llave; mas tomad de ahí el pago.
Mas no toqué en nada por el presente, porque no fuese la falta sentida, y aun porque
me vi de tanto bien señor parescióme que la hambre no se me osaba allegar. Vino el misero
de mi amo, y quiso Dios no miró en la oblada que el ángel había llevado.
Y otro día, en saliendo de casa, abro mi paraíso panal y como entre las manos y dientes
un bodigo, y en dos credos le hice invisible, no se me olvidando el arca abierta. Y comienzo
a barrer la casa con mucha alegría, paresciéndome con aquel remedio remediar dende en
adelante la triste vida. Y así estuve con ello aquel día y otro gozoso. Mas no estaba en mi
dicha que me durase mucho aquel descanso, porque luego, al tercero día, me vino la
terciana derecha.
Y fué que veo a deshora al que me mataba de hambre sobre nuestro arcaz, volviendo
y revolviendo, contando y tornando a contar los panes. Yo disimulaba, y en mi secreta
oración y devociones y plegarias decía:
Después que estuvo un gran rato echando la cuenta, por días y dedos contando, dijo:
—Si no tuviera a tan buen recaudo esta arca, yo dijera que me habían tomado de ella
panes; pero de hoy más, sólo por cerrar la puerta a la sospecha, quiero tener buena cuenta
con ellos: nueve quedan y un pedazo.
Parescióme con lo que dijo pasarme el corazón con saeta de montero, y comenzóme
el estómago a escarbar de hambre, viéndose puesto en la dieta pasada. Fué fuera de casa.
Yo, por consolarme, abro el arca, y como vi el pan, comencélo de adorar, no osando
recebillo. Contélos, si a dicha el lacerado se errara, y hallé su cuenta más verdadera que yo
quisiera. Lo más que yo pude hacer fué dar en ellos mil besos, y lo más delicado que yo
pude, del partido partí un poco al pelo que él estaba, y con aquel pasé aquel día, no tan
alegre como el pasado.
Mas como la hambre creciese, mayormente que tenía el estómago hecho a más pan
aquellos dos o tres días ya dichos, moría mala muerte; tanto, que otra cosa no hacía en
viéndome solo sino abrir y cerrar el arca y contemplar en aquella cara de Dios, que así dicen
los niños. Mas el mismo Dios, que socorre a los afligidos, viéndome en tal estrecho, trujo a
mi memoria un pequeño remedio. Que, considerando entre mí, dije:
«Este arquetón es viejo y grande y roto por algunas partes, aunque pequeños agujeros.
Puédese pensar que ratones, entrando en él, hacen daño a este pan. Sacarlo entero no es
cosa conveniente, porque verá la falta el que en tanta me hace vivir. Esto bien se sufre.»
Y comienzo a desmigajar el pan sobre unos no muy costosos manteles que allí
estaban, y tomo uno y dejo otro, de manera que en cada cual de tres o cuatro desmigajé su
poco. Después, como quien toma grajea, lo comí, y algo me consolé. Mas él, como viniese
12
a comer y abriese el arca, vió el mal pesar, y sin duda creyó ser ratones los que el daño
habían hecho. Porque estaba muy al propio contrahecho de como ellos lo suelen hacer. Miró
todo el arcaz de un cabo a otro y vióle ciertos agujeros, por de sospechaba habían entrado.
Llamóme, diciendo:
—¡Lázaro! ¡Mira, mira qué persecución ha venido aquesta noche por nuestro pan!
Pusímonos a comer, y quiso Dios que aun en esto me fué bien. Que me cupo más pan
que la laceria que me solía dar. Porque ralló con un cuchillo todo lo que pensó ser ratonado,
diciendo:
Y así, aquel día, añadiendo la ración del trabajo de mis manos, o de mis uñas, por
mejor decir, acabamos de comer, aunque yo nunca empezaba.
Y luego me vino otro sobresalto, que fué verle andar solícito quitando clavos de las
paredes y buscando tablillas, con las cuales clavó y cerró todos los agujeros de la vieja arca.
Así lamentaba yo, en tanto que mi solicito carpintero, con muchos clavos y tablillas, dió
fin a sus obras diciendo:
—Ahora, donos traidores ratones, conviéneos mudar propósito, que en esta casa mala
medra tenéis.
De que salió de su casa, voy a ver la obra, y hallé que no dejó en la triste y vieja arca
agujero ni aun por donde le pudiese entrar un mosquito. Abro con mi desaprovechada llave,
sin esperanza de sacar provecho, y vi los dos o tres panes comenzados, los que mi amo
creyó ser ratonados, y de ellos todavía saqué alguna laceria, tocándolos muy ligeramente,
a uso de esgrimidor diestro. Como la necesidad sea tan gran maestra, viéndome con tanta
siempre, noche y día estaba pensando la manera que tendría en substentar el vivir. Y pienso,
para hallar estos negros remedios, que me era luz la hambre, pues dicen que el ingenio con
ella se avisa y al contrario con la hartura, y así era por cierto en mí.
Pues estando una noche desvelado en este pensamiento, pensando cómo me podría
valer y aprovecharme del arcaz, sentí que mi amo dormía, porque lo mostraba con roncar y
en unos resoplidos grandes que daba cuando estaba durmiendo. Levantéme muy quedito,
y, habiendo en el día pensado lo que había de hacer y dejado un cuchillo viejo que por allí
andaba en parte de le hallase, voime al triste arcaz, y por de había mirado tener menos
defensa le acometí con el cuchillo, que a manera de barreno déļ usé. Y como la antiquísima
arca, por ser de tantos años, la hallase sin fuerza y corazón, antes muy blanda y carcomida,
luego se me rindió y consintió en su costado, por mi remedio, un buen agujero. Esto hecho,
abro muy paso la llagada arca, y, al tiento del pan que hallé partido, hice según deyuso está
13
escrito. Y con aquello algún tanto consolado, tornando a cerrar, me volví a mis pajas, en las
cuales reposé y dormí un poco.
Lo cual yo hacía mal, y echábalo al no comer. Y así sería, porque cierto en aquel tiempo
no me debían de quitar el sueño los cuidados del rey de Francia.
Otro día fué por el señor mi amo visto el dañio, así del pan como del agujero que yo
había hecho, y comenzó a dar al diablo los ratones y decir:
—¿Qué diremos a esto? ¡Nunca haber sentido ratones en esta casa sino agoral Y sin
duda debía de decir verdad. Porque si casa había de haber en el reino justamente de ellos
privilegiada, aquella, de razón, había de ser, porque no suelen morar donde no hay qué
comer. Torna a buscar clavos por la casa y por las paredes y tablillas y a tapárselos. Venida
la noche y su reposo, luego era yo puesto en pie con mi aparejo, y cuantos él tapaba de día
destapaba yo de noche.
En tal manera fué y tal prisa nos dimos, que sin duda por esto se debió decir: «Donde
una puerta se cierra, otra se abre. Finalmente, parecíamos tener a destajo la tela de
Penélope, pues cuanto él tejía de día rompía yo de noche. Pues en pocos días y noches
pusimos la pobre despensa de tal forma, que quien quisiera propiamente de ella hablar, más
corazas viejas de otro tiempo que no arcaz la llamara, según la clavazón y tachuelas sobre
sí tenía.
—Este arcaz está tan mal tratado y es de madera tan vieja y flaca, que no habrá ratón
a quien se defienda. Y va ya tal, que si andamos más con él nos dejará sin guarda. Y aun lo
peor que, aunque hace poca, todavía hará falta faltando y me pondrá en costa de tres o
cuatro reales. El mejor remedio que hallo, pues el de hasta aquí no aprovecha, armaré por
de dentro a estos ratones malditos.
Luego buscó prestada una ratonera, y con cortezas de queso que a los vecinos pedía,
contino el gato estaba armado dentro del arca. Lo cual era para mí singular auxilio. Porque,
puesto caso que yo no había menester muchas salsas para comer, todavía me holgaba con
las cortezas del queso que de la ratonera sacaba, y sin esto no perdonaba el ratonar del
bodigo.
Como hallase el pan ratonado y el queso comido y no cayese el ratón que lo comía,
dábase al diablo, preguntaba a los vecinos qué podría ser comer el queso y sacarlo de la
ratonera y no caer ni quedar dentro el ratón y hallar caída la trampilla del gato.
Acordaron los vecinos no ser el ratón el que este daño hacía, porque no fuera menos
de haber caído alguna vez. Díjole un vecino:
—En vuestra casa yo me acuerdo que solía andar una culebra, y ésta debe de ser, sin
duda. Y lleva razón, que como es larga, tiene lugar de tomar el cebo, y aunque la coja la
trampilla encima, como no entra toda dentro, tórnase a salir.
Cuadró a todos lo que aquél dijo y alteró mucho a mi amo, y dende en adelante no
dormia tan a sueño suelto. Que cualquier gusano de la madera que de noche sonase
pensaba ser la culebra que le rofa el arca. Luego era puesto en pie, y con un garrote que a
la cabecera, desde que aquello le dijeron, ponía, daba en la pecadora del arca grandes
garrotazos, pensando espantar la culebra. A los vecinos despertaba con el estruendo que
hacía y a mí no me dejaba dormir. Íbase a mis pajas y trastornábalas, y a mí con ellas,
pensando que se iba para mí y se envolvía en mis pajas o en mi sayo. Porque le decían que
de noche acaescía a estos animales, buscando calor, irse a las cunas donde están criaturas
y aun morderlas y hacerles peligrar.
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—¿Esta noche, mozo, no sentiste nada? Pues tras la culebra anduve, y aun pienso se
ha de ir para ti a la cama, que son muy frías y buscan calor.
De esta manera andaba tan elevado y levantado del sueño, que, mi fe, la culebra o
culebro, por mejor decir, no osaba roer de noche ni levantarse al arca; mas de día, mientras
estaba en la iglesia o por el lugar, hacía mis saltos. Los cuales daños viendo él, y el poco
remedio que les podía poner, andaba de noche, como digo, hecho trasgo.
Yo hube miedo que con aquellas diligencias no me topase con la llave, que debajo de
las pajas tenía, y parescióme lo más seguro metella de noche en la boca. Porque ya, desde
que viví con el ciego, la tenía tan hecha bolsa, que me acaesció tener en ella doce o quince
maravedís, todo en medias blancas, sin que me estorbasen el comer. Porque de otra manera
no era señor de una blanca que el maldito oiego no cayese con ella, no dejando costura ni
remiendo que no me buscaba muy a menudo.
Pues así como digo, metía cada noche la llave en la boca y dormía sin recelo que el
brujo de mi amo cayese con ella; mas cuando la desdicha ha de venir, por demás es la
diligencia. Quisieron mis hados, o, por mejor decir, mis pecados, que una noche que estaba
durmiendo, la llave se me puso en la boca, que abierta debía tener, de manera y tal postura,
que el aire y resoplo que yo durmiendo echaba salía por lo hueco de la llave, que de canuto
era, y silbaba, según mi desastre quiso, muy recio, de tal manera, que el sobresaltado de mi
amo lo oyó y creyó sin duda ser el silbo de la culebra, y cierto lo debía parescer.
Levantando bien el palo, pensando tenerla debajo y darle tal garrotazo que la matase,
con toda su fuerza me descargó en la cabeza un tan gran golpe, que sin ningún sentido y
muy mal descalabrado me dejó.
Como sintió que me había dado, según yo debía hacer gran sentimiento con el fiero
golpe, contaba él que se había llegado a mí y, dándome grandes voces llamándome, procuró
recordarme. Mas como me tocase con las manos, tentó la mucha sangre que se me iba, y
conosció el daño que me había hecho. Y con mucha priesa fué a buscar lumbre, y, llegando
con ella, hallóme quejando, todavía con mi llave en la boca, que nunca la desamparé, la
mitad fuera, bien de aquella manera que debía estar al tiempo que silbaba con ella.
Espantado el matador de culebras que podría ser aquella llave, miróla, sacándomela
del todo de la boca, y vió lo que era, porque en las guardas nada de la suya diferenciaba.
Fué luego a probarla, y con ella probó el maleficio.
De lo que sucedió en aquellos tres días siguientes ninguna fe daré, porque los tuve en
el vientre de la ballena; mas de cómo esto que he contado oí, después que en mí torné,
decir a mi amo, el cual a cuantos allí venían lo contaba por extenso.
A cabo de tres días yo torné en mi sentido, y vime echado en mis pajas, la cabeza toda
emplastada y llena de aceites y ungüentos, y, espantado, dije:
—¿Qué es esto?
15
Y miré por mí, y vime tan maltratado, que luego sospeché mi mal.
A esta hora entró una vieja que ensalmaba, y los vecinos. Y comiénzanme a quitar
trapos de la cabeza y curar el garrotazo. Y como me hallaron vuelto en mi sentido,
holgáronse mucho, y dijeron:
Y tornaron de nuevo a contar mis cuitas y a reírlas, y yo, pecador, a llorarlas. Con todo
esto, diéronme de comer, que estaba transido de hambre, y apenas me pudieron remediar.
Y así, de poco en poco, a los quince días me levanté y estuve sin peligromas no sin hambre
y medio sano.
Luego, otro día que fuí levantado, el señor mi amo me tomó por la mano y sacóme la
puerta fuera, y, puesto en la calle, díjome:
—Lázaro: de hoy más eres tuyo y no mío. Busca amo y vete con Dios. Que yo no quiero
en mi compañía tan diligente servidor. No es posible sino que hayas sido mozo de ciego.
CAPÍTULO VIII
Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás
1
felice recordación
En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así
como don Quijote los vio, dijo a su escudero:
—La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves
allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes, con
quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a
enriquecer, que esta es buena guerra3, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente
de sobre la faz de la tierra4.
—¿Qué gigantes? —dijo Sancho Panza.
—Aquellos que allí ves —respondió su amo—, de los brazos largos, que los suelen tener
algunos de casi dos leguas.
—Mire vuestra merced —respondió Sancho— que aquellos que allí se parecen no son
gigantes5, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que,
volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.
—Bien parece —respondió don Quijote— que no estás cursado en esto de las aventuras6:
ellos son gigantes; y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo
voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla7.
Y, diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante8, sin atender a las voces que su
escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento, y no
gigantes, aquellos que iba a acometerI. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes9, que ni
oíaII las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que
eran, antes iba diciendo en voces altas:
—Non fuyades10, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.
Levantóse en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual
visto por don Quijote, dijo:
—Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo11, me lo habéis de pagar.
Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que
en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre12, arremetió a
todo el galope de Rocinante y embistió con el primero molino que estaba delante; y dándole
una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos,
llevándose tras sí al caballo y al caballero13, que fue rodando muy maltrecho por el campo.
Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no
se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.
—¡Válame Dios! —dijo Sancho—. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que
hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales
en la cabeza?
—Calla, amigo Sancho —respondió don Quijote—, que las cosas de la guerra más que otras
están sujetas a continua mudanza14; cuanto más, que yo pienso, y es así verdad15, que
aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha vuelto estos gigantes en
molinos, por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas al
cabo al cabo16 han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.
—Dios lo haga como puede —respondió Sancho Panza.
Y, ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado estaba17. Y,
hablando en la pasada aventura18, siguieron el camino del Puerto Lápice19, porque allí decía
don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar
muy pasajero20; sino que iba muy pesaroso, por haberle faltado la lanza; y diciéndoselo a su
escudero, le dijo:
—Yo me acuerdo haber leído que un caballero español llamado Diego Pérez de Vargas,
habiéndosele en una batalla roto la espadaIII, desgajó de una encina un pesado ramo o
tronco, y con él hizo tales cosas aquel día y machacó tantos moros, que le quedó por
sobrenombre «Machuca»21, y así él como sus decendientes se llamaron desde aquel día en
2
adelante «Vargas y Machuca». Hete dicho esto porque de la primera encina o roble que se
me depare pienso desgajar otro tronco, tal y tan bueno como aquel que me imagino; y
pienso hacer con él tales hazañas, que tú te tengas por bien afortunado de haber merecido
venir a vellas y a ser testigo de cosas que apenas podrán ser creídas.
—A la mano de Dios22 —dijo Sancho—. Yo lo creo todo así como vuestra merced lo dice; pero
enderécese un poco, que parece que va de medio lado, y debe de ser del molimiento de la
caída.
—Así es la verdad —respondió don Quijote—, y si no me quejo del dolor, es porque no es
dado a los caballeros andantes quejarse de herida alguna23, aunque se le salgan las tripas
por ella.
—Si eso es así, no tengo yo que replicar —respondió Sancho—; pero sabe Dios si yo me
holgara que vuestra merced se quejara cuando alguna cosa le doliera. De mí sé decir que me
he de quejar del más pequeño dolor que tenga, si ya no se entiende también con los
escuderos de los caballeros andantes eso del no quejarse.
No se dejó de reír don Quijote de la simplicidad de su escudero; y, así, le declaró que podía
muy bien quejarse como y cuando quisiese, sin gana o con ella, que hasta entonces no había
leído cosa en contrario en la orden de caballería. Díjole Sancho que mirase que era hora de
comer. Respondióle su amo que por entonces no le hacía menester24, que comiese él cuando
se le antojase. Con esta licencia, se acomodó Sancho lo mejor que pudo sobre su jumento,
y, sacando de las alforjas lo que en ellas había puesto, iba caminando y comiendo detrás de
su amo muy de su espacioIV, 25, y de cuando en cuando empinabaV la bota, con tanto gusto,
que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga26. Y en tanto que él iba de
aquella manera menudeando tragos, no se le acordaba de ninguna promesa que su amo le
hubiese hecho, ni tenía por ningún trabajo, sino por mucho descanso, andar buscando las
aventuras, por peligrosas que fuesen.
En resolución27, aquella noche la pasaron entre unos árboles, y del uno dellos desgajó don
Quijote un ramo seco que casi le podía servir de lanza, y puso en él el hierro que quitó de la
que se le había quebrado28. Toda aquella noche no durmió don Quijote, pensando en su
señora Dulcinea, por acomodarse a lo que había leído en sus libros, cuando los caballeros
pasaban sin dormir muchas noches en las florestas y despoblados29, entretenidos con las
memorias de sus señoras30. No la pasó ansí Sancho Panza, que, como tenía el estómago
lleno, y no de agua de chicoria31, de un sueño se la llevó toda, y no fueran parte para
despertarle32, si su amo no loVI llamara, los rayos del sol, que le daban en el rostro, ni el
canto de las aves, que muchas y muy regocijadamente la venida del nuevo día saludaban. Al
levantarse, dio un tiento a la bota33, y hallóla algo más flaca que la noche antes, y
afligióseleVII el corazón, por parecerle que no llevaban camino de remediar tan presto su
falta. No quiso desayunarse don Quijote, porque, como está dicho, dio en sustentarse de
sabrosas memorias. Tornaron a su comenzado camino del Puerto Lápice, y a obra de las tres
del día le descubrieron34.
—Aquí —dijo en viéndole don Quijote— podemos, hermano Sancho Panza, meter las manos
hasta los codos en esto que llaman aventuras. Mas advierte que, aunque me veas en los
mayores peligros del mundo, no has de poner mano a tu espada para defenderme35, si ya no
vieres que los que me ofenden es canalla y gente baja, que en tal caso bien puedes
ayudarme; pero, si fueren caballeros, en ninguna manera te es lícito ni concedido por las
leyes de caballería que me ayudes, hasta que seas armado caballero.
—Por cierto, señor —respondió Sancho—, que vuestra merced seráVIII muy bien
obedecidoIX en esto, y más, que yo de mío36 me soy pacífico y enemigo de meterme en
ruidos ni pendencias. Bien es verdad que en lo que tocare a defender mi persona no tendré
mucha cuenta con esas leyes, pues las divinas y humanas permiten que cada uno se
defienda de quien quisiere agraviarleX.
—No digo yo menos —respondió don Quijote—, pero en esto de ayudarme contra caballeros
has de tener a raya tus naturales ímpetus.
—Digo que así lo haré —respondió Sancho— y que guardaré ese preceto tan bien como el día
del domingo.
Estando en estas razones, asomaron por el camino dos frailes de la orden de San Benito,
caballeros sobre dos dromedarios, que no eran más pequeñas dos mulas en que venían37.
Traían sus antojos de camino y sus quitasoles38. Detrás dellos venía un coche39, con cuatro o
cinco de a caballo que le acompañaban y dos mozos de mulas a pie. Venía en el coche, como
después se supo, una señora vizcaína que iba a Sevilla, donde estaba su marido, que pasaba
3
a las Indias con un muy honroso cargo40. No venían los frailes con ella, aunque iban el
mesmo camino41; mas apenas los divisó don Quijote, cuando dijo a su escudero:
—O yo me engaño, o esta ha de ser la más famosa aventura que se haya visto, porque
aquellos bultos negros que allí parecen deben de ser y son sin duda algunos encantadores
que llevan hurtada alguna princesa en aquel coche, y es menester deshacer este tuerto a
todo mi poderío42.
—Peor será esto que los molinos de viento —dijo Sancho—. Mire, señor, que aquellos son
frailes de San Benito, y el coche debe de ser de alguna gente pasajera. Mire que digo que
mire bien lo que hace, no sea el diablo que le engañe.
—Ya te he dicho, Sancho —respondió don Quijote—, que sabes poco de achaque de
aventuras43: lo que yo digo es verdad, y ahora lo verás.
Y diciendo esto se adelantó y se puso en la mitad del camino por donde los frailes venían, y,
en llegando tan cerca que a él le pareció que le podrían oír lo que dijese, en alta voz dijo:
—Gente endiablada y descomunal44, dejad luego al punto las altas princesas que en ese
coche lleváis forzadas45; si no, aparejaos a recebir presta muerte, por justo castigo de
vuestras malas obras.
Detuvieron los frailes las riendas, y quedaron admirados así de la figura de don Quijote como
de sus razones, a las cuales respondieron:
—Para conmigo no hay palabras blandas, que ya yo os conozco, fementida canalla46 —dijo
don Quijote.
Y sin esperar más respuesta picó a Rocinante y, la lanza baja, arremetió contra el primero
fraile, con tanta furia y denuedo, que si el fraile no se dejara caer de la mula él le hiciera
venir al suelo mal de su grado, y aun malferido, si no cayera muerto47. El segundo religioso,
que vio del modo que trataban a su compañero, puso piernas al castillo de su buena mula48,
y comenzó a correr por aquella campaña, más ligero que el mesmo viento.
Sancho Panza, que vio en el suelo al fraile, apeándose ligeramente de su asno arremetió a él
y le comenzó a quitar los hábitos. Llegaron en esto dos mozos de los frailes y preguntáronle
que por qué le desnudaba. Respondióles Sancho que aquello le tocaba a él
ligítimamenteXI como despojos de la batalla que su señor don Quijote había ganado. Los
mozos, que no sabían de burlas49, ni entendían aquello de despojos ni batallas, viendo que
ya don Quijote estaba desviado de allí hablando con las que en el coche venían, arremetieron
con Sancho y dieron con él en el suelo, y, sin dejarle pelo en las barbas, le molieron a
coces50 y le dejaron tendido en el suelo, sin aliento ni sentido. Y, sin detenerse un punto,
tornó a subir el fraile, todo temeroso y acobardado y sin color en el rostro; y cuando se vio a
caballo, picó tras su compañero51, que un buen espacio de allí le estaba aguardando, y
esperando en qué paraba aquel sobresalto, y, sin querer aguardar el fin de todo aquel
comenzado suceso, siguieron su camino, haciéndose más cruces que si llevaran al diabloXII a
las espaldas52.
Don Quijote estaba, como se ha dicho, hablando con la señora del coche, diciéndole:
—La vuestra fermosura, señora mía, puede facer de su persona lo que más le viniere en
talante53, porque ya la soberbia de vuestros robadores yace por el suelo, derribada por este
mi fuerte brazo; y por que no penéis por saber el nombre de vuestro libertador, sabed que
yo me llamo don Quijote de la Mancha, caballero andante y aventureroXIII, y cautivo de la sin
par y hermosa doña Dulcinea del Toboso; y, en pago del beneficio que de mí habéis
recebido, no quiero otra cosa sino que volváis al TobosoXIV, 54 y que de mi parte os presentéis
ante esta señora y le digáis lo que por vuestra libertad he fechoXV.
Todo esto que don Quijote decía escuchaba un escudero de los que el coche acompañaban,
que era vizcaíno55, el cual, viendo que no quería dejar pasar el coche adelante, sino que
decía que luego había de dar la vuelta al Toboso, se fue para don Quijote y, asiéndole de la
lanza, le dijo, en mala lengua castellana y peor vizcaína, desta manera:
—Anda, caballero que mal andes; por el Dios que crióme, que, si no dejas coche, así te
matas como estás ahí vizcaíno56.
Entendióle muy bien don Quijote, y con mucho sosiego le respondió:
4
—¿Yo no caballero? Juro a Dios tan mientes como cristiano. Si lanza arrojasXVI y espada
sacas, ¡el agua cuán presto verás que al gato llevas! Vizcaíno por tierra, hidalgo por mar,
hidalgo por el diablo, y mientes que mira si otra dices cosa58.
—Ahora lo veredes, dijo Agrajes59 —respondió don Quijote.
Y, arrojandoXVII la lanza en el suelo, sacó su espada y embrazó su rodela, y arremetió al
vizcaíno, con determinación de quitarle la vida. El vizcaíno, que así le vio venir, aunque
quisiera apearse de la mula, que, por ser de las malas de alquiler60, no había que fiar en ella,
no pudo hacer otra cosa sino sacar su espada; pero avínole bien que se halló junto al
coche61, de donde pudo tomar una almohada62, que le sirvió de escudo, y luego se fueron el
uno para el otro, como si fueran dos mortales enemigos. La demás gente quisiera ponerlos
en paz, mas no pudo, porque decía el vizcaíno en sus mal trabadas razones que si no le
dejaban acabar su batalla, que él mismo había de matar a su ama y a toda la gente que se
lo estorbase. La señora del coche, admirada y temerosa de lo que veía, hizo al cochero que
se desviase de allí algún poco, y desde lejos se puso a mirar la rigurosa contienda, en el
discurso de la cual dio el vizcaíno una gran cuchillada a don Quijote encima de un hombro63,
por encima de la rodela, que, a dársela sin defensa, le abriera hasta la cintura64. Don
Quijote, que sintió la pesadumbre de aquel desaforado golpe65, dio una gran voz, diciendo:
—¡Oh, señora de mi alma, Dulcinea, flor de la fermosura, socorred a este vuestro caballero,
que por satisfacer a la vuestra mucha bondad en este riguroso trance se halla!
CAPÍTULO X
Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar a la señora
Dulcinea , y de otros sucesos tan ridículos como verdaderos
1
Llegando el autor desta grande historia a contar lo que en este capítulo cuenta, dice que
quisiera pasarle en silencio, temeroso de que no había de ser creído, porque las locuras de
don Quijote llegaron aquí al término y raya de las mayores que pueden imaginarse, y aun
pasaron dos tiros de ballesta más allá de las mayores. Finalmente, aunque con este miedo y
recelo, las escribió de la misma manera que él las hizo, sin añadir ni quitar a la historia un
átomo de la verdad, sin dársele nada por objecionesI que podían ponerle de mentiroso; y
tuvo razón, porque la verdad adelgaza y no quiebra2, y siempre anda sobre la mentira, como
el aceite sobre el agua.
Y así, prosiguiendo su historia, dice que así como don Quijote se emboscó en la floresta,
encinar o selva junto al gran Toboso, mandó a Sancho volver a la ciudad y que no volviese a
su presencia sin haber primero hablado de su parte a su señora, pidiéndola fuese servida de
dejarse ver de su cautivo caballero3 y se dignase de echarle su bendición, para que pudiese
esperar por ella felicísimos sucesos de todos sus acometimientos y dificultosas empresas.
Encargóse Sancho de hacerlo así como se le mandaba y de traerleII tan buena respuesta
como le trujo la vez primera.
—Anda, hijo —replicó don Quijote—, y no te turbes cuando te vieres ante la luz del sol de
hermosura que vas a buscar. ¡Dichoso tú sobre todos los escuderos del mundo! Ten
memoria, y no se te pase della cómo te recibe: si muda las colores el tiempo que la
estuvieres dando mi embajada4; si se desasosiega y turba oyendo mi nombre; si no cabe en
la almohada5, si acaso la hallas sentada en el estrado rico de su autoridad; y si está en pie,
mírala si se pone ahora sobre el uno, ahora sobre el otro pie; si te repite la respuesta que te
diere dos o tres veces; si la muda de blanda en áspera, de aceda en amorosa6; si levanta la
mano al cabello para componerle, aunque no esté desordenado... Finalmente, hijo, mira
todas sus acciones y movimientos, porque si tú me los relatares como ellos fueron, sacaré yo
lo que ella tiene escondido en lo secreto de su corazón acerca de lo que al fecho de mis
amores toca: que has de saber, Sancho, si no lo sabes, que entre los amantes las acciones y
movimientos exteriores que muestran cuando de sus amores se trata son certísimos correos
que traen las nuevas de lo que allá en lo interior del alma pasa. Ve, amigo, y guíete otra
mejor ventura que la mía, y vuélvate otro mejor suceso del que yo quedo temiendo y
esperando en esta amarga soledad en que me dejas7.
—Yo iré y volveré presto —dijo Sancho—; y ensanche vuestra merced, señor mío, ese
corazoncillo, que le debe de tener agora no mayor que una avellana, y considere que se
suele decir que buen corazón quebranta mala ventura, y que donde no hay tocinos, no hay
estacas8; y también se dice: «Donde no piensaIII, salta la liebre9». Dígolo porque si esta
noche no hallamos los palacios o alcázares de mi señora, agora que es de día los pienso
hallar, cuando menos los pienseIV; y hallados, déjenme a mí con ella.
—Por cierto, Sancho —dijo don Quijote—, que siempre traes tus refranes tan a pelo de lo que
tratamos10 cuanto me dé Dios mejor ventura en lo que deseo.
Esto dicho, volvió Sancho las espaldas y vareó su rucio11, y don Quijote se quedó a caballo
descansando sobre los estribos y sobre el arrimo de su lanza12, lleno de tristes y confusas
imaginaciones, donde le dejaremos, yéndonos con Sancho Panza, que no menos confuso y
pensativo se apartó de su señor que él quedaba13; y tanto, que apenas hubo salido del
bosque, cuando, volviendo la cabeza, y viendo que don Quijote no parecía14, se apeó del
jumento y, sentándose al pie de un árbol, comenzó a hablar consigo mesmo y a decirse15:
—Sepamos agora, Sancho hermano, adónde va vuesa merced. ¿Va a buscar algún jumento
que se le haya perdido16? —No, por cierto. —Pues ¿qué va a buscar? —Voy a buscar, como
quien no dice nada, a una princesa, y en ella al sol de la hermosura y a todo el cielo junto. —
¿Y adónde pensáis hallar eso que decís, Sancho? —¿Adónde? En la gran ciudad del Toboso.
—Y bien, ¿y de parte de quién la vais a buscar? —De parte del famoso caballero don Quijote
de la Mancha, que desface los tuertos y da de comer al que ha sed y de beber al que ha
hambre17. —Todo eso está muy bien. ¿Y sabéis su casa, Sancho? —Mi amo dice que han de
ser unos reales palacios o unos soberbios alcázares. —¿Y habéisla visto algún día por
ventura? —Ni yo ni mi amo la habemos visto jamás. —¿Y paréceos que fuera acertado y bien
hecho que si los del Toboso supiesen que estáis vos aquí con intención de ir a sonsacarles
sus princesas18 y a desasosegarles sus damas, viniesen y os moliesen las costillas a puros
palos y no os dejasen hueso sano? —En verdad que tendrían mucha razón, cuando no
considerasen que soy mandado, y que
6
—Ahora bien, todas las cosas tienen remedio, si no es la muerte24, debajo de cuyo yugo
hemos de pasar todos, mal que nos pese, al acabar de la vida. Este mi amo por mil señales
he visto que es un loco de atar, y aun también yo no le quedo en zaga25, pues soy más
mentecato que él, pues le sigo y le sirvo, si es verdadero el refrán que dice: «Dime con
quién andas, decirte he quién eres», y el otro de «No con quien naces, sino con quien
paces26». Siendo, pues, loco, como lo es, y de locura que las más veces toma unas cosas por
otras y juzga lo blanco por negro y lo negro por blanco, como se parecióVI cuando dijo que
los molinos de viento eran gigantes, y las mulas de los religiosos dromedarios27, y las
manadas de carneros ejércitos de enemigos, y otras muchas cosas a este tono28, no será
muy difícil hacerle creer que una labradora, la primera que me topare por aquí, es la señora
Dulcinea; y cuando él no lo crea, juraré yo, y si él jurare, tornaré yo a jurar, y si porfiare,
porfiaré yo más, y de manera que tengo de tener la mía siempre sobre el hito, venga lo que
viniere29. Quizá con esta porfía acabaré con él que no me envíe otra vez a semejantes
mensajerías30, viendo cuán mal recado le traigo dellas, o quizá pensará, como yo imagino,
que algún mal encantador de estos que él dice que le quieren mal la habrá mudado la figura,
por hacerle mal y daño.
Con esto que pensó SanchoVII Panza quedó sosegado su espíritu y tuvo por bien acabado su
negocio, y deteniéndoseVIII allí hasta la tarde31, por dar lugar a que don Quijote pensase que
leIX habíaX tenido para ir y volver del Toboso32. Y sucedióle todo tan bien, que cuando se
levantó para subir en el rucio vio que del Toboso hacia donde él estaba venían tres
labradoras sobre tres pollinos, o pollinas, que el autor no lo declara, aunque más se puede
creer que eran borricas33, por ser ordinaria caballería de las aldeanas; pero como no va
mucho en esto34, no hay para qué detenernos en averiguarlo. En resolución, así como
Sancho vio a las labradoras, a paso tirado volvió a buscar a su señor don Quijote, y hallóle
suspirando y diciendo mil amorosas lamentaciones. Como don Quijote le vio, le dijo:
—¿Qué hay, Sancho amigo? ¿Podré señalar este día con piedra blanca o con negra35?
—Mejor será —respondió Sancho— que vuesa merced la señaleXI con almagre, como
rétulosXII de cátedras36, porque le echen bien de ver los que le vieren.
—De ese modo —replicó don Quijote—, buenas nuevas traes.
—Tan buenas —respondió Sancho—, que no tiene más que hacer vuesa merced sino picar a
Rocinante y salir a lo raso a ver a la señora Dulcinea del Toboso37, que con otras dos
doncellas suyas viene a ver a vuesa merced.
—¡Santo Dios! ¿Qué es lo que dices, Sancho amigo? —dijo don Quijote—. Mira no me
engañes, ni quieras con falsas alegrías alegrar mis verdaderas tristezas.
—¿Qué sacaría yo de engañar a vuesa merced —respondió Sancho—, y más estando tan
cerca de descubrir mi verdad? Pique, señor, y venga, y verá venir a la princesa nuestra ama
vestida y adornada, en fin, como quien ella es. Sus doncellas y ella todas son una ascua de
oro38, todas mazorcasXIII de perlas39, todas son diamantes, todas rubíes, todas telas de
brocado de más de diez altos40; los cabellos, sueltos por las espaldas, que son otros tantos
rayos del sol que andan jugando con el viento41; y, sobre todo42, vienen a caballo sobre tres
cananeas remendadas43, que no hay más que ver44.
—Hacaneas querrás decir, Sancho.
—Poca diferencia hay —respondió Sancho—XIV; de cananeas a hacaneas; pero, vengan sobre
lo que vinieren, ellas vienenXV las más galanas señoras que se puedan desear, especialmente
la princesa Dulcinea mi señora, que pasma los sentidos.
—Vamos, Sancho hijo —respondió don Quijote—, y en albricias destas no esperadas como
buenas nuevas45 te mando el mejor despojo que ganare en la primera aventura que
tuviere46, y si esto no te contenta, te mando las crías que este año me dieren las tres yeguas
mías, que tú sabes que quedan para parir en el prado concejil de nuestro pueblo47.
7
—A las crías me atengo —respondió Sancho—, porque de ser buenos los despojos de la
primera aventura no está muy cierto48.
Ya en esto salieron de la selva y descubrieron cerca a las tres aldeanas. Tendió don Quijote
los ojos por todo el camino del Toboso, y como no vio sino a las tres labradoras, turbóse
todo y preguntó a Sancho si las había dejado fuera de la ciudad.
—¿Cómo fuera de la ciudad? —respondióXVI—. ¿Por ventura tiene vuesa merced los ojos en el
colodrillo49, que no vee que son estas las que aquí vienen, resplandecientes como el mismo
sol a medio día?
—Yo no veo, Sancho —dijo don Quijote—, sino a tres labradoras sobre tres borricos.
—¡Agora me libre Dios del diablo! —respondió Sancho—. ¿Y es posible que tres hacaneas, o
como se llaman, blancas como el ampo de la nieve50, le parezcan a vuesa merced borricos?
¡Vive el Señor que me pele estas barbas si tal fuese verdad!
—Pues yo te digo, Sancho amigo —dijo don Quijote—, que es tan verdad que son borricos, o
borricas, como yo soy don Quijote y tú Sancho Panza; a lo menos, a mí tales me parecen.
—Calle, señor —dijo Sancho—, no diga la tal palabra51, sino despabile esos ojos y venga a
hacer reverenciaXVII a la señora de sus pensamientos, que ya llega cerca.
Y, diciendo esto, se adelantó a recebir a las tres aldeanas y, apeándose del rucio, tuvo del
cabestro al jumento de una de las tres labradoras y, hincando ambas rodillas en el suelo,
dijo:
—¡Oh princesa y señora universal del Toboso! ¿Cómo vuestro magnánimoXXI corazón no se
enternece viendo arrodillado ante vuestra sublimada presencia a la coluna y sustento de la
andante caballería58?
Oyendo lo cual otra de las dos, dijo:
—Mas ¡jo, que te estrego, burra de mi suegro59! ¡Mirad con qué se vienen los señoritos ahora
a hacer burla de las aldeanas, como si aquí no supiésemos echar pullas como ellos60! Vayan
su camino e déjenmos hacer el nueso, y serles ha sano61.
—Levántate, Sancho —dijo a este punto don Quijote—, que ya veo que la fortuna, de mi mal
no harta62, tiene tomados los caminos todos por donde pueda venir algún contento a esta
ánima mezquina que tengo en las carnes. Y tú, ¡oh estremo del valor que puede desearse,
término de la humana gentileza, único remedio deste afligido corazón que te adora!, ya que
el maligno encantador me persigue y ha puesto nubes y cataratas en mis ojos63, y para solo
ellos y no para otros ha mudado y transformado tu sin igual hermosura y rostro en el de una
labradora pobre, si ya también el mío no le ha cambiado en el de algún vestiglo, para hacerle
aborrecible a tus ojos, no dejes de mirarme blanda y amorosamente, echando de ver en esta
sumisión y arrodillamiento que a tu contrahecha hermosura hago la humildad con que mi
alma te adora64.
Apenas se vio libre la aldeana que había hecho la figura de Dulcinea67, cuando, picando a
su cananea con un aguijón que en un palo traía, dio a correr por el prado adelante; y como
8
la borrica sentía la punta del aguijón, que leXXII fatigaba más de lo ordinario, comenzó a dar
corcovos, de manera que dio con la señora Dulcinea en tierra; lo cual visto por don Quijote,
acudió a levantarla, y Sancho a componer y cinchar el albarda, que también vino a la barriga
de la pollina. Acomodada, pues, la albarda, y quiriendo don Quijote levantar a su encantada
señora en los brazos sobre la jumenta, la señora, levantándose del suelo, le quitó de aquel
trabajo, porque, haciéndose algún tanto atrás, tomó una corridica68 y, puestas ambas manos
sobre las ancas de la pollina, dio con su cuerpo, más ligero que un halcón, sobre la albarda,
y quedó a horcajadas, como si fuera hombre; y entonces dijo Sancho:
—¡Vive Roque que es la señora nuestra ama más ligera que un alcotánXXIII, 69 y que puede
enseñar a subir a la jineta al más diestro cordobés o mexicano! El arzón trasero de la silla
pasó de un salto, y sin espuelas hace correr la hacanea como una cebra. Y no le van en zaga
sus doncellas, que todas corren como el viento.
Y así era la verdad, porque, en viéndose a caballo Dulcinea, todas picaron tras ella y
dispararon a correr, sin volver la cabeza atrás por espacio de más de media legua. Siguiólas
don Quijote con la vista, y cuando vio que no parecían, volviéndose a Sancho, le dijo:
—Sancho, ¿qué te parece cuán mal quisto soy de encantadores70? Y mira hasta dónde se
estiende su malicia y la ojeriza que me tienen, pues me han querido privar del contento que
pudiera darme ver en su ser a mi señora. En efecto71, yo nací para ejemplo de desdichados y
para ser blanco y terrero donde tomen la mira y asiesten las flechas de la mala fortuna72. Y
has también de advertir, Sancho, que no se contentaron estos traidores de haber vuelto y
transformado a mi Dulcinea, sino que la transformaron y volvieron en una figura tan baja y
tan fea como la de aquella aldeana, y juntamente le quitaron lo que es tan suyo de las
principales señoras73, que es el buen olor, por andar siempre entreXXIV ámbares y entre
flores. Porque te hago saber, Sancho, que cuando llegué a subir a Dulcinea sobre su
hacanea, según tú dices, que a mí me pareció borrica, me dio un olor de ajos crudos74, que
me encalabrinó y atosigó el alma75.
—¡Oh canalla! —gritó a esta sazón Sancho—. ¡Oh encantadores aciagos y malintencionados,
y quién os viera a todos ensartados por las agallas, como sardinas en lercha76! Mucho sabéis,
mucho podéis y mucho másXXV hacéis. Bastaros debiera, bellacos, haber mudado las perlas
de los ojos de mi señora en agallas alcornoqueñas77, y sus cabellos de oro purísimo en
cerdas de cola de buey bermejo, y, finalmente, todas sus faciones de buenas en malas, sin
que le tocárades en el olor, que por él siquiera sacáramos lo que estaba encubierto debajo
de aquella fea corteza; aunque, para decir verdad, nunca yo vi su fealdad, sino su
hermosura, a la cual subía de punto y quilates un lunar que tenía sobre el labio derecho, a
manera de bigote78, con siete o ocho cabellos rubios como hebras de oro y largos de más de
un palmo.
—A ese lunar —dijo don Quijote—, según la correspondencia que tienen entre sí los del
rostro con los del cuerpo, ha de tener otro Dulcinea en la tabla del muslo que corresponde al
lado donde tiene el del rostro79; pero muy luengos para lunares son pelos de la grandeza que
has significado.
—Pues yo sé decir a vuestra merced —respondió Sancho— que le parecían allí como
nacidos80.
—Yo lo creo, amigo —replicó don Quijote—, porque ningunaXXVI cosa puso la naturaleza en
Dulcinea que no fuese perfecta y bien acabada; y así, si tuviera cien lunares como el que
dices, en ella no fueran lunares, sino lunas y estrellas resplandecientes. Pero dime, Sancho:
aquella que a mí me pareció albarda que tú aderezaste, ¿era silla rasa o sillón?
—No era —respondió Sancho— sino silla a la jineta81, con una cubierta de campo que vale la
mitad de un reino82, según es de rica.
—¡Y que no viese yo todo eso, Sancho! —dijo don Quijote—. Ahora torno a decir y diré mil
veces que soy el más desdichado de los hombres.
Harto tenía que hacer el socarrón de Sancho en disimular la risa, oyendo las sandeces de su
amo, tan delicadamente engañado. Finalmente, después de otras muchas razones que entre
los dos pasaron83, volvieron a subir en sus bestias y siguieron el camino de Zaragoza,
adonde pensaban llegar a tiempo que pudiesen hallarse en unas solenes fiestas que en
aquella insigne ciudad cada año suelen hacerse84. Pero antes que allá llegasen les sucedieron
cosas que, por muchas, grandes y nuevas, merecen ser escritas y leídas, como se verá
adelante.
Amor constante, más allá de la muerte
Francisco de Quevedo
[Quevedo, Francisco de: Obra poética, tomo I, ed. de José Manuel Blecua
Teijeiro. Madrid, Castalia, 1969-1971, pág. 657.]
Tras arder siempre, nunca consumirse…
Francisco de Quevedo
Definiendo el amor
Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.
Es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.
Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero paroxismo;
enfermedad que crece si es curada.
Este es el niño Amor, este es su abismo.
¡Mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo!
1
Elaboración de ensayos
[Link]ón
En esta instancia presentaremos el tema que se va a tratar. Podemos
incluir una breve presentación y la idea principal que buscamos
desarrollar en nuestro escrito.
[Link]
Esta segunda sección despliega toda la argumentación del tema. Esto
se lleva adelante mediante investigaciones, entrevistas o evidencias
que demuestran la veracidad de nuestra postura. Es importante utilizar
ejemplos y datos concretos.
[Link] conclusión
Es la última parte del ensayo, en la que se resume el contenido de
nuestro trabajo y se ofrece una reflexión final. En la conclusión se
pueden reiterar las ideas que respaldan nuestro posicionamiento ante
el tema elegido. Además, se pueden sumar anexos y la bibliografía
consultada para quienes quieran ampliar su información.
que llame la atención del lector sobre el punto clave del artículo. Esta
última frase debe reflejar bien el enfoque del ensayo.
Después de escribir
La lógica
¡OJO! Los problemas que hay que evitar son las generalizaciones
(comentarios sin fundamento), los argumentos circulares (explican el
tema con las mismas palabras de la introducción sin aclaraciones), los
saltos de lógica (información irrelevante que no tiene conexión alguna
con las premisas propuestas).
5
Las transiciones
El trabajo de investigación
Cómo citar
· Tomar las ideas de otro sin darles el crédito debido también es plagio,
aunque después esa obra figure en la bibliografía. Tras leer las obras
de otros, escribir el ensayo consiste en resumir/sintetizar algunas de
las ideas leídas pero expresándolas con nuestras propias palabras y
dando crédito.
Ejemplo:
Vicente Cantarino resalta la importancia del Concilio de Trento, que
asegura la postura religiosa de España, como momento en que el país
se cierra a ideas extranjeras y se dedica a cultivar la tradición propia
(197).
Ejemplos:
-Cantarino, Vicente. Civilización y cultura de España. Cuarta edición.
Upple Saddle River, N.J.: Prentice Hall, 1999.
-Shipley, George A. “A Case of Functional Obscurity: The Master
Tambourine- Painter of Lazarillo, Tratado VI.” Modern Language Notes
97 (1982): 225-233.
Outline Structure for Literary Analysis Essay
I. Catchy Title
VI. Conclusion (You do not necessarily have to follow this order, but include the following):
A. Summarize your argument.
B. Extend the argument.
C. Show why the text is important.
1
Parts to a Great Essay
1. A Catchy Title
3. Body: The body of your paper should logically and fully develop and support your
thesis.
a. Each body paragraph should focus on one main idea that supports your
thesis statement.
b. These paragraphs include:
i. A topic sentence – a topic sentence states the main point of a
paragraph: it serves as a mini-thesis for the paragraph. You might
think of it as a signpost for your readers—or a headline—something
that alerts them to the most important, interpretive points in your
essay. It might be helpful to think of a topic sentence as working in
two directions simultaneously. It relates the paragraph to the essay's
thesis, and thereby acts as a signpost for the argument of the paper as
a whole, but it also defines the scope of the paragraph itself.
ii. Context for the quote
1. Who says it? What is happening in the text when they say it?
2. This prepares the reader for the quote by introducing the speaker,
setting, and/or situation.
iii. Quote/Concrete details - a specific example from the work used to
provide evidence for your topic sentence/support thesis.
iv. Commentary - your explanation and interpretation of the concrete detail.
Commentary explains how the concrete detail proves the thesis.
v. Clincher/Concluding Sentence - last sentence of the body paragraph. It
concludes the paragraph by tying the concrete details and commentary
back to the major thesis.
2
4. Conclusion: the last paragraph where you are given one last chance to convince the
reader of your argument and provide a sense of closure.
a. Summarize your argument AND extend your argument.
b. A sophisticated conclusion does not simply restate the thesis of the introduction or
summarize the logic presented in the body of the essay. Your conclusion, most
often, will try to suggest the broader significance of your discussion – why is it
important?
In other words, suggest in your introduction that some literary phenomenon is occurring. In the
body of your essay, use examples and fully developed logic to prove that the literary
phenomenon takes place. Finally, in your conclusion suggest why such a phenomenon is
significant.
Source: [Link]/
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Por eso el teatro griego fue, desde su origen, una forma de pensamiento
colectivo: un arte que unía religión, política, poesía y reflexión sobre la
condición humana.
Guía:
“EL NOMBRE”
de Griselda Gambaro
PERSONAJES:
María
Un banco largo.
Entra María, se sienta. Levanta la cabeza, mirando.
MARÍA: ¡Qué lindo sol! (Tiende la mano como si recibiera lluvia) Moja....y calienta.
La primera señora fue muy buena. Yo tenía 16 años. (Se le pierde la mirada en un
punto del suelo. Se levanta) Me parecía que había... No, me equivoqué. (Vuelve a
sentarse) Tenía una pieza para mí, sin ventana. Linda sí, con una frazada marrón
para el invierno y la almohada... blanca. Me dio un poco de asco al principio porque
estaba manchada de ... no sé, pero le hice una funda y apoyé la cabeza sin acordarme
de que abajo había...manchas. Era como una princesa, ahí, en mi pieza, después del
trabajo. Estaba sola, nadie me molestaba, salvo Tito que a veces se despertaba con
pesadillas y me llamaba: "¡Ernestina! ¡Ernestina!". No es un lindo nombre.
La señora me dijo: "¿Cómo te llamás?"
Es lo primero que preguntan porque necesitan saber cómo se llama una. Tiran el
nombre y una corre detrás: "¿Señora?"
"María", le dije. Le gustó el nombre , pero me lo cambió ¿Y por qué no?¿Qué
importancia tiene un nombre? Cualquiera sirve.
Las muchachas no paraban en la casa y Tito podía ser feroz (Mira un punto) Me parece
que ahí hay... (Se sujeta al banco. Lucha por no levantarse) Miro. (Se levanta y
observa) No, no hay nada.
(Vuelve a su asiento) Una vez me puso un sapo en la cama, qué susto. Empecé a
gritar y la señora se enojó mucho conmigo. Creo que a Tito le dio lástima, quizás
porque a él también le gritaban. Tito no era muy inteligente, tenían miedo de que
fuera.... (Un gesto). Por eso, para no embrollarlo con tanto cambios, todas las
muchachas se llamaban igual: Ernestinas.
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BIBLIOTECA
VIRTUAL
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BIBLIOTECA
VIRTUAL
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Los otros comían y la vieja tragaba en seco, miraba ansiosa, como un chico. ¿Qué
podía pasarle? Una apoplejía. (Ríe) Eso fue un sábado y el domingo quedamos solas
en la casa. Yo tenía la mirada de la vieja acá. (Se señala la frente). Le hice una fiesta.
Casi se cae de espaldas. (Ríe) En lugar de llevarle la sopa aguada a su pieza, la traje
al comedor. Compré todo con mi plata, hasta una torta de cumpleaños. ¡Cómo comió!
Primero me miraba como pidiéndome permiso, pero después, ¡directamente al buche!
Yo le servía y en una de ésas me dice: "¿Qué hacés ahí, parada como una momia?
Sentate". Y me senté a la mesa, con mantel. No sé si en ese momento se dio cuenta
de que yo no era la hija, que hubiera tenido como sesenta años, porque estaba
achispada y me dijo: "¿No tenés novio?"
A mí me preguntó, que me pasaba los lunes en el cine, sola, viendo cómo los otros
vivían juntos, les pasaban cosas juntos. A mí no me pasaba nada, (ríe) sólo la vieja.
"No, señora", le dije.
"¿Qué señora! Trago lo que me da una sirvienta. ¡Qué señora!" Y estaba furiosa. Pero
la furia se le pasó enseguida. Se puso triste.
"No llegués a vieja", me dijo.
"¿Por qué no, señora?
"No llegués a vieja. No es lindo."
"¿Qué no va a ser lindo!". Y le encendí la velita de la torta.
"Piense un deseo", le dije.
"¿Y se cumple?"
"Sí."
Entonces la vieja me miró fijo y cerró los ojos. ¡Qué cara tenía con los ojos cerrados!
Se le borraba la maldad. Parecía buena, desconsolada..... (Ríe) ¡Tardó tanto en
desear algo!
"¡Vamos, termínela!", le dije. Pero no abrió los ojos. Me dio miedo. Vaya a saberse lo
que lo estaba deseando. Lloraba (Sonríe) ¡Borrachera de vieja! Y me incliné y le besé
la mejilla, sobre las lágrimas, para que no deseara lo que estaba pensando......
Fue la única vez... y no me rechazó. Raro. Porque era mala.
Me hacía perrerías. La llevaba al baño, la limpiaba y a los dos minutos.... Me tenía loca.
"Lucrecia, hija mía, no me vas a heredar", me decía la bruja, "atendé bien a tu mamá".
Le hubiera dado cianuro.
Acabó por morirse y no se llevó ni a los vivos ni a los muertos con ella. Una mentira,
eso se llevó, aunque pensándolo bien, se moría y me apretaba la mano, y yo quería
decirle: "Abuelita, no tenga miedo", pero no podía decirle abuelita, no era nada de ella,
y no sé si al final la vieja no se dio cuenta porque me soltó la mano, me largó una mala
palabra y se fue sola y bien a la muerte. Sí, una mala palabra. Hija de puta, me dijo.
Suerte que se murió ahí mismo y yo dormí tres días seguidos para desquitarme, y
quizás
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BIBLIOTECA
VIRTUAL
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Por esto o por la mala palabra, la señora me llamó y me dijo, llorando: "Mamá murió.
Lucrecia, no te necesitamos más. ¡Te agradezco, Lucrecia !"
Y yo también lloré un poco porque me había encariñado con la vieja, (rectifica dura) no
cariño, pena, aunque me largó esa palabra, era su hija, ¿no?, y me encontré en la
calle.
Busqué otro trabajo y pensé si podía tener un tiempo mío. ¿Pero cómo tenerlo? ¿Y qué
haría con él? La transparencia del tiempo que sólo muestra lo que está vivo.... (Tiende
la mano) Paró el sol. ¿O era lluvia? Y entonces, estuve en varias casas porque no
sabía trabajar bien, me echaban. Me quedaba dormida sobre los platos sucios, iba a
comprar y me perdía....buscaba... (Mirá) No sé. En una casa me llamé Florencia
porque la señora era de Florencia y quería recordar su ciudad y yo me sentí contenta
por una tiempo porque parece que es una ciudad que.... (se olvida) ¿Cómo? Me
enfermé y en el hospital me llamaban La Muda porque hablaba poco. No sabía qué
decir. Y después se me dio por hablar. Hablaba con si tuviera a Tito y fuera Ernestina,
o cuidara a la vieja y fuera Lucrecia, o tuviera los nombres que me pusieron las
señoras, y cuando me acordaba que había sido una ciudad, entonces murmuraba
como río que pasa por la ciudad, y todos se reían de mí y a mí no me gustaba.
(Canturrea con la boca cerrada, meciéndose) Yo les daba este nombre y no entendían.
El sol tiene lindo nombre. Corto y luminoso, (cierra los ojos) me enceguece.
Un médico del hospital me llevó a su casa. Necesitaba una muchacha. Y la señora me
dice, sin maldad, "¿Cómo te llamás?" Yo vacilé un poco, canturreé como el río, y la
señora se asustó. No entendía. Quería un nombre de persona, de gente. Entonces
pensé, para darle gusto, y elegí el nombre más hermoso: Eleonora. Y la señora, qué
casualidad, se llamaba como yo, Eleonora. Y me dijo: "No, te pido un favor, ¿puedo
llamarte María?
Es tu nombre. María". Y casi sonaba bien como lo decía ella. María. Pero no quise.
"De quien es ese nombre, señora? No mío. Cámbiese usted el nombre. Usted se
llama señora, ¡señora !"
(Mira, se inclina, ríe) Acá encontré..... Acá encontré, por fin....... (Se endereza, como si
trajera algo en la mano. Mira)
Nada.
Ni siquiera quise ese nombre, Eleonora. Se lo dejé a ella.
Este no me lo quita nadie.
(Se balancea canturreando, pero pronto abre la boca y el canto se transforma en un
largo, interminable grito).
4
Decir sí
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[98]
[99]
[100]
[101]
Telón
Griselda Gambaro
[102]
demos establecer los lazos hacia el significado del movimiento hasta nuestros
días en el último capítulo, «El acontecimiento político y la acción escénica:
reconstruyendo el campo teatral».
¿Cómo evaluar los alcances y las limitaciones de Teatro Abierto a casi veinte
años de su realización? ¿Cómo reescribir un evento cuya historia «oficial»
fue cristalizada rápida y eficazmente por sus organizadores? ¿Qué intersti-
cios ofrece para reflexiones posteriores –siempre necesarias, siempre escla-
Introducción. Abrirnos a Teatro Abierto cuarenta años después 17
No obstante, es con cierta ironía que se mencionan aquí los realmente im-
portantes hallazgos de Teatro Abierto porque esos mismos han servido para
limitar nuestro entendimiento del papel de Teatro Abierto –y me refiero a las
cuatro ediciones llevadas a cabo entre 1981 y 1985– dentro del panorama
producido durante e inmediatamente después de la dictadura militar. Debi-
do a su naturaleza sociopolítica, se ha alabado el desafío político de Teatro
Abierto (especialmente el de su primer ciclo) mientras que se han criticado
las obras presentadas por haber privilegiado lo político por encima de lo es-
tético, al entender mal lo que Taylor declaró «el estatus doble del proyecto
como arte y como espectáculo político» (236, traducción mía). Y ha habido
otra tendencia crítica –que se ha notado más que nada en algunos estudios
extranjeros– de reducir toda producción teatral argentina en los años del
Proceso a un solo momento, Teatro Abierto 1981. ¿Qué fue Teatro Abierto?
¿Cuál es su rol (o cuáles sus roles) dentro del contexto más amplio del teatro
porteño-argentino, incluso el actual? (290)
Asumiendo los retos que sigue conjugando Teatro Abierto, buscamos des-
prendernos de la presión del contexto sociopolítico, ir más allá de la valora-
ción mítica y buscar nuevos focos de atención. En este sentido, adentrarse en
Teatro Abierto también establece una paradoja. Como uno de los eventos más
subrayados de la historia nacional, se conocen características de su desarrollo,
detalles precisos, anécdotas u obras sumamente rememoradas que se sitúan
actualmente en el imaginario del país. Sin embargo, de la misma forma, cuan-
to más se profundiza en Teatro Abierto más resurgen los vacíos propios de
la magnitud de este evento. El acontecimiento político de 1981 ensombrece,
por ejemplo, la convocatoria popular, y sumamente subrayable en el contexto
transicional, que se gestó en las ediciones de 1983 y 1985: una llamada carna-
valesca, que tomaba la calle, con murgas y grupos comunitarios. De la misma
forma, es ese valor histórico el que parecía frenar todo acercamiento crítico a
las poéticas de Teatro Abierto y valorar estéticamente las casi cien propues-
18 Teatro Abierto (1981-1985). Resiliencia y utopía de un movimiento escénico
2
Especialmente destacado ha sido, en este punto, el trabajo realizado en el archivo y bibliote-
ca de Argentores, quienes nos facilitaron un provechoso material para nuestra investigación.
3
Las entrevistas completas se encuentran actualmente inéditas. Usaremos fragmentos fun-
cionales de las mismas, remitiendo adecuadamente a la fuente de cada entrevista, recogi-
das en el apartado bibliográfico.
Introducción. Abrirnos a Teatro Abierto cuarenta años después 21
4
Tomamos estas ideas según estamos especificando y como herramientas metodológicas
para el estudio. Remitimos a algunos volúmenes básicos sobre la materia, como New histo-
ricism (Ryan 1996) y Nuevo historicismo (Penedo y Pontón 1998).