0% encontró este documento útil (0 votos)
3 vistas36 páginas

Civil

El documento detalla los elementos de la responsabilidad extracontractual, que incluyen capacidad, hecho voluntario, culpa o dolo, daño y relación de causalidad. Se explica que la capacidad se refiere a la aptitud legal de los individuos para ser responsables, mientras que el hecho voluntario implica que el acto debe ser consciente y deliberado. Además, se distingue entre culpa y dolo, donde el primero se relaciona con la negligencia y el segundo con la intención de causar daño, y se establece que la prueba de la culpa recae en quien alega la responsabilidad.
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
3 vistas36 páginas

Civil

El documento detalla los elementos de la responsabilidad extracontractual, que incluyen capacidad, hecho voluntario, culpa o dolo, daño y relación de causalidad. Se explica que la capacidad se refiere a la aptitud legal de los individuos para ser responsables, mientras que el hecho voluntario implica que el acto debe ser consciente y deliberado. Además, se distingue entre culpa y dolo, donde el primero se relaciona con la negligencia y el segundo con la intención de causar daño, y se establece que la prueba de la culpa recae en quien alega la responsabilidad.
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

ELEMENTOS DE LA RESPONSABILIDAD EXTRACONTRACTUAL

Los elementos de la responsabilidad extracontractual subjetiva son:


1. Capacidad
2. El hecho voluntario
3. Culpa o dolo
4. Daño
5. Relación de causalidad

I. CAPACIDAD
Tener capacidad es la regla general y la excepción son los incapaces (art.2319)
a. Los dementes: el concepto es amplio, es toda privación de la razón, pero debe ser total y
contemporánea a la realización del ilícito.
i. El demente que obra en intervalo lucido es responsable al igual que en el derecho penal,
aunque esté interdicto. Por lo tanto, no se aplica el art.465 C.C.
b. Los infantes: ellos no responden. Por los dementes y los infantes pueden responder,
excepcionalmente, las personas a cuyo cuidado están si pudiere imputárseles negligencia.
Denominada responsabilidad del guardián del art. 2319 CC.
i. La persona que los tiene a su cuidado, no tiene derecho a repetir contra el incapaz, porque
responde por su propia culpa
ii. a diferencia de la responsabilidad por el hecho ajeno de los arts. 2320 y siguientes, en que
se responde por hechos de otras personas capaces, pero en que existe la posibilidad de
repetir conforme al art. 2325.
c. Los mayores de 7 años y menores de 16 años que hayan obrado sin discernimiento: se
aplican las mismas reglas anteriores si el juez los declara sin discernimiento.
i. El juez competente es el juez civil ante el cual se persigue la responsabilidad.
ii. La sentencia condenatoria en el juicio penal que determinó que el menor de 18 años y
mayor de 16 obró con discernimiento produce cosa juzgada en materia civil, pero la
sentencia absolutoria o el sobreseimiento no produce cosa juzgada en materia civil porque
se trata de una eximente de responsabilidad.

II. EL HECHO VOLUNTARIO


El deber de diligencia ordinaria traducible en la máxima “no dañar a otro”, neminem laedere,
deviene necesariamente en responder por todos los hechos que causen daño. que pueden
consistir en conductas positivas u omisivas, en acciones u omisiones.
Respecto de las acciones siempre debe responderse. Pero en las omisiones habrá que
determinar cuándo se estaría obligado a actuar para evitar un daño. Pero primero debemos
distinguir entre la omisión propiamente tal, y las denominadas “omisión en la acción” o
“abstención en la acción”.

a. Omisión en la acción o abstención en la acción: aquella en la que el mismo sujeto que


ejecuta el acto crea un riesgo por omitir ciertos deberes inherentes al hecho que realiza, por

1
ejemplo, quien hace un hoyo y no pone señales que adviertan del peligro. Es una omisión
de adoptar medidas de cuidado en la realización de la conducta. Así, en realidad se trata de
una conducta positiva y se trata igual que la acción. Debe siempre responderse.
b. Omisión propiamente tal: existe un riesgo presupuesto que obliga al sujeto a actuar. el
riesgo es autónomo porque no fue creado por quien debe actuar. Según algunos también
debería responderse, pero sólo en ciertos casos, cumpliendo ciertos requisitos:
i. Cuando la ley exige que se actúe: como en los casos en que se está en posición de
garante, como por ejemplo sería en el caso del art. 494 del Código Penal;
ii. Cuando la omisión es dolosa: se omite la actuación con la intención positiva de causar
un daño en la persona o patrimonio de otro.

En cuanto a la voluntariedad del hecho, no depende de si la persona tiene o no


capacidad legal (de goce o ejercicio) una persona puede ser capaz jurídicamente, pero
si su acto no fue voluntario, no puede atribuírsele responsabilidad por él. Se refiere a
que el acto sea atribuible efectivamente al sujeto capaz, ese acto debe haber sido
realmente querido o ejecutado conscientemente por ese sujeto, si la acción se produce sin
control de la voluntad, no puede decirse que el hecho sea suyo en sentido jurídico. Se
tratan aquí casos en que no hay control voluntario del cuerpo o la mente como, por
ejemplo, de hipnosis, sonambulismo, acciones reflejas, etc., en que no debe responderse
por no haber un hecho voluntario.

Una excepción la encontramos respecto del ebrio, éste es responsable porque él es el


culpable de su ebriedad. Porque su falta de voluntad fue provocada por él mismo, al
decidir embriagarse. Por eso, el Derecho lo considera culpable de haber llegado a ese
estado, y responde por las consecuencias.

Así lo dispone el artículo 2318 del Código Civil y se aplica igualmente, según la
jurisprudencia, a quienes obren intoxicados por estupefacientes.

c. El hecho voluntario de las personas jurídicas


Responsabilidad extracontractual de las personas jurídicas, según el art.58 CPP, siempre
responden por los hechos dañosos.
Articulo 58 CPP inc. 2. “La responsabilidad penal sólo puede hacerse efectiva en las
personas naturales. Por las personas jurídicas responden los que hubieren intervenido en
el acto punible, sin perjuicio de la responsabilidad civil que las afectare”
Así, las personas jurídicas son capaces de delito y cuasidelitos civiles, y es evidente que el
hecho ilícito, la acción u omisión ha de ser cometido por una persona natural que es
integrante del órgano de administración de la persona jurídica, en ejercicio de sus funciones,
o un dependiente.
Para que responda la persona jurídica, la persona natural que ejecutó la materialidad del
hecho ha de ser responsable de acuerdo al artículo 2319. De esta manera, y como una
manifestación de la recepción de la teoría del órgano (los actos de los órganos directivos o
de administración (como el gerente general, directorio, presidente, etc.) se consideran
actos de la propia persona jurídica,), la jurisprudencia ha aceptado, sin problemas, la

2
responsabilidad por el hecho propio de las personas jurídicas, si el delito es cometido por sus
órganos de administración. Lo anterior no obsta a que, al igual que las personas naturales,
las personas jurídicas también respondan por el hecho ajeno (arts. 2320 y ss.) respecto de los
delitos o cuasidelitos que cometan sus empleados o dependientes.

III. CULPA O DOLO


a. El dolo y la culpa, importancia de la distinción:
Respeto de este elemento de la responsabilidad, el Art.44 CC que define la culpa y el dolo, en
donde equipara el dolo a la culpa grave en materia civil
Ahora, la igualación de la culpa lata o grave, es solo en todas sus consecuencias, pero no en
esencia.  en el Dolo hay una intención positiva de dañar, en la culpa el daño se produce a
través de un comportamiento negligente. Por muy brutal que sea la culpa grave, ella nunca
será dolo, ya que no existe el ánimo preconcebido de dañar.
En materia extracontractual, en principio, no interesa para efectos de determinar la obligación
de indemnizar, distinguir si se obró con dolo o culpa porque siempre debe repararse
íntegramente el daño (emergente, lucro cesante y daño moral) sin importar el elemento
subjetivo del acto del agente. Por tanto, es el daño provocado el que determina la extensión
de la reparación.
¿sirve distinguirlos en algunos casos? Si bien en principio no interesa, existen casos en los
que la distinción si importa, como en las cláusulas de irresponsabilidad que jamás pueden
alcanzar al dolo, ya que implicaría condonar el dolo futuro. También en relación a la acción
en contra de terceros que han reportado provecho del dolo ajeno. Esta acción no existe para el
caso de culpa.
b. El dolo
Definido en el art.44 inc. final “el dolo consiste en la intención positiva de inferir injuria a la
persona o propiedad de otro”
Este solo dolo en el D. Civil se manifiesta de distintas formas:
i. Como vicio del consentimiento: se define “maquinación fraudulenta destinada a obtener
el consentimiento” si el dolo es obra de una de las partes y determinante (del
consentimiento; sin ese engaño la víctima no habría celebrado el acto jurídico), vicia el
consentimiento y provoca la nulidad relativa del contrato. Y en estos casos podremos
estar en presencia de responsabilidad extracontractual si hubo daño.

En el caso del dolo incidental, cuando no se cumple con alguno de los requisitos para que
vicie el consentimiento (es decir, ocurre cuando existe un engaño o maniobra dolosa que no
alcanza a ser causa determinante del consentimiento (es decir, aunque hubo engaño, el
consentimiento no queda viciado en forma tal que provoque la nulidad). En estos supuestos
no procede la nulidad por vicio del consentimiento), éste da lugar acción de
indemnización de perjuicios porque estamos simplemente frente a un delito civil.

ii. Agravante del incumplimiento contractual: de su presencia deviene en que deban


indemnizarse los perjuicios previstos e imprevistos al momento de celebrar el acto o
contrato incumplido dolosamente.

3
iii. Elemento constitutivo de la responsabilidad extra contractual: el dolo no se presume
y debe analizarse en concreto, es decir, el sujeto al ejecutar ese acto quería causar ese
daño.
c. La culpa
Se analiza conforme a criterios generales y se aprecia en abstracto, lo que significa
que el juicio de reproche no se enfoca en la conducta específica que tuvo el sujeto al
ejecutar el acto, sino que se mide comparando su comportamiento con el que habría
tenido una persona prudente y razonable —el llamado “hombre medio”— en las
mismas circunstancias.

i. Si bien el Código Civil no define expresamente la culpa en materia de delitos y


cuasidelitos, el artículo 44 (del Título Preliminar) distingue tres grados de ella:
culpa grave o lata, culpa leve y culpa levísima, estableciendo además que cuando la
ley habla de “culpa” sin calificación, debe entenderse que se refiere a la culpa leve.
Esta última se describe como la falta de aquella diligencia o cuidado que los
hombres emplean ordinariamente en sus negocios propios, o dicho de otro modo, la
omisión del cuidado mediano u ordinario.
ii. Por su parte, el artículo 2329 del Código Civil: dispone que todo daño que
pueda imputarse a malicia o negligencia de otra persona debe ser reparado por
ésta. Como la norma no distingue qué tipo de negligencia es exigible, debe
entenderse que en materia extracontractual la culpa relevante es la culpa leve,
es decir, la falta de diligencia ordinaria.
1. Esto implica que, en la responsabilidad extracontractual, la culpa no se gradúa:
basta con que el agente no haya actuado con el cuidado común o mediano para
que surja la obligación de reparar.
iii. En cambio, en materia contractual: la culpa sí se gradúa. La responsabilidad
dependerá del grado de diligencia que las partes hayan pactado, o, en su defecto,
de la que la ley asigna al tipo de contrato celebrado.
1. Además, conforme al artículo 1547 del Código Civil, el nivel de diligencia
exigido también puede variar según a quién beneficie el contrato: si el
contrato beneficia principalmente al deudor, se exige mayor cuidado; si beneficia
al acreedor, el estándar es menos estricto.
En resumen, la culpa civil se mide de forma abstracta comparando la conducta del agente
con la del hombre medio, y mientras en el ámbito extracontractual se responde siempre por
no actuar con la diligencia ordinaria, en el ámbito contractual el grado de culpa se
determina según lo que las partes acuerden o lo que establezca la ley.

iv. Culpa y previsibilidad: A diferencia del dolo, cuando se actúa con culpa, se está
provocando el daño sin haber intención de causarlo. Y se le atribuye al sujeto la
responsabilidad se haya o no representado el resultado. Pero debe tenerse presente que si
no era posible para el hombre medio prever el resultado, se ha dicho no será posible
atribuir responsabilidad. Entonces, uno de los criterios para determinar si ha habido culpa,

4
dice relación con la posibilidad de prever el daño, pero analizado en abstracto (Cuando el
texto dice “pero analizado en abstracto”, se refiere a que la posibilidad de prever el daño
no se evalúa en función de las capacidades o circunstancias personales del autor del hecho
concreto, sino conforme a un criterio general y objetivo: el del hombre medio o persona
razonable y prudente. En otras palabras, no importa si el sujeto efectivamente previó o no
el daño, ni si tenía menor experiencia, conocimientos o atención; lo relevante es si una
persona promedio, colocada en las mismas circunstancias, habría podido prever
razonablemente que su conducta podía causar ese daño)
v. Culpa infraccional o culpa contra la legalidad: supone que por el solo hecho de
infringir ciertas normas establecidas en la ley o reglamentos, que establecen deberes de
actuar especiales, se obra con culpa.
1. el acto entonces es considerado ilícito sin que sea necesario entrar en otra calificación.
2. Señala Alessandri: “Cuando así ocurre, hay culpa por el solo hecho de que el agente haya
ejecutado el acto prohibido o no haya realizado el ordenado por la ley o el reglamento,
pues ello significa que omitió las medidas de prudencia o precaución que una u otro
estimaron necesarias para evitar un daño”.  Pero ello no necesariamente acarrea la
responsabilidad, porque si falta la relación de causalidad no puede haber responsabilidad.
d. Prueba de la culpa
La prueba de la culpa se rige, en primer lugar, por el artículo 1698 del Código Civil, el cual
establece que quien alega la existencia de una obligación —como la de indemnizar daños
derivados de un delito o cuasidelito— debe probar los elementos que configuran dicha
responsabilidad, entre ellos, la culpa Esta regla general se aplica de manera distinta según se
trate de responsabilidad contractual o extracontractual.
i. En materia contractual: la culpa se presume. El deudor, una vez acreditada la existencia
de la obligación, debe probar que actuó con la diligencia debida en el cumplimiento de su
obligación, conforme al artículo 1547 del Código Civil. Es decir, no se exige al acreedor
probar la culpa del deudor, sino que corresponde a este último demostrar que actuó
correctamente.
ii. En cambio, en la responsabilidad extracontractual, la regla es opuesta: aquí no hay
una obligación preexistente entre las partes, por lo que, para atribuir responsabilidad a
alguien, el demandante debe probar que el demandado infringió el ordenamiento jurídico,
causó un daño y que dicho daño puede imputársele a dolo o culpa. En este ámbito, se
puede emplear cualquier medio de prueba, y la doctrina y la jurisprudencia admiten la
existencia de presunciones de culpa, especialmente a partir de lo dispuesto en los artículos
2314 y 2329 del Código Civil.
1. El artículo 2314 establece la regla general de la responsabilidad por delito o cuasidelito,
señalando que “el que ha cometido un delito o cuasidelito que ha causado daño a otro, es
obligado a indemnizarlo, sin perjuicio de la pena que le impongan las leyes por el delito o
cuasidelito”. Por su parte, el artículo 2329 dispone que “por regla general, todo daño que
pueda imputarse a malicia o negligencia de otra persona debe ser reparado por ésta”, y
añade ejemplos concretos en los numerales 1°, 2° y 3°, que aluden a conductas
imprudentes o negligentes (como disparar imprudentemente un arma de fuego o El que
remueve las losas de una acequia o cañería en calle o camino, sin las precauciones
necesarias para que no caigan los que por allí transitan de día o de noche; O El que,
obligado a la construcción o reparación de un acueducto o puente que atraviesa un
camino lo tiene en estado de causar daño a los que transitan por él).

5
2. A partir de esta norma, Alessandri sostuvo que el artículo 2329 consagra una
presunción general de culpa o responsabilidad, en el sentido de que, si el daño proviene
de un hecho que, por su naturaleza o por las circunstancias en que se realiza,
normalmente no debería producirse sin culpa, debe presumirse que el autor actuó con
dolo o negligencia. Como ejemplo, citaba los choques de trenes: si dos trenes colisionan,
ello revela que alguien ha incurrido y es atribuible la culpa, pues los trenes están
diseñados para evitar ese tipo de accidentes.
a. En relación al inc. 2 y sus numerales, ésta doctrina también sostenía que eran
presunciones de culpa. Ahora bien, esto parece ser contradictorio. Por ejemplo, el
No.1 dice “imprudentemente”, o el No.2 habla de “sin tomar las precauciones”,
lo cual pareciera requerir necesariamente una prueba de la negligencia.
b. Entonces, esta interpretación ha sido discutida. Autores como Meza Barros han
sostenido que el artículo 2329 no establece una presunción general, sino que
repite el contenido del artículo 2314, añadiendo simplemente ejemplos de
conductas comunes en la época en que se dictó el Código, en las que el legislador
consideró evidente la existencia de responsabilidad. Incluso, algunos autores han
interpretado que esta norma podría contener casos de responsabilidad objetiva, es
decir, en los cuales basta el daño para generar la obligación de indemnizar, sin
necesidad de probar culpa.
c. La doctrina moderna ha refinado aún más esta discusión. Tapia sostiene que el
artículo 2329 no contiene una presunción general de culpa, sino que
efectivamente se trataría de una presunción solamente para ciertas actividades
peligrosas. Por su parte, Corral interpreta el artículo 2329 en dos niveles: el
inciso primero, según él, no consagra ninguna presunción de culpa, sino que
reitera la exigencia del nexo causal entre el hecho y el daño, complementando el
artículo 2314; mientras que el inciso segundo —donde se incluyen los ejemplos
— establecería presunciones de causalidad en ciertas situaciones típicas, no
presunciones de culpa propiamente tales. Entonces, trataría de casos en los que se
presume la relación causal.

e. Eximentes de responsabilidad
Son circunstancias que permiten al demandado escapar de la obligación de responder por su
hecho, pese a que se han verificado todos los requisitos necesarios para que nazca la
responsabilidad extracontractual
i. Analizaremos lo siguiente:
1. Ejercicio legítimo de un derecho y cumplimiento de un deber: no expresamente
señaladas en la ley, en materia civil la norma es que todo daño causado por una persona
que sea imputable a su negligencia o malicia debe ser reparado por ésta.

El ejercicio de un derecho supone que este no sea abusivo, el abuso supone ejercerlo
apartándose de sus fines, provocando un daño, sea con intención de provocar el daño. En
estos casos no operará la eximente de responsabilidad, aunque se este ejerciendo un
derecho formalmente dentro del marco de sus atribuciones, si se abusa del mismo y se
provoca un daño, se deberá indemnizar

6
Entonces, cuando se actúa en ejercicio legítimo de un derecho no se incumple el deber
de obrar diligentemente exigido por el ordenamiento jurídico. Sólo se vulnera el
deber de diligencia cuando se ejerce abusivamente un derecho.

El cumplimiento de un deber también puede provocar un daño. Y nuevamente, no se


incurre en culpa porque la ley avala la ejecución del acto debido, aun cuando provoque
daño. Paralelamente, para que opere la eximente, el deber que se ejecuta ha de ser lícito,
porque “nadie está obligado a obrar ilícitamente”
2. Caso fortuito: Un hecho puede provocar un resultado dañoso, pero la persona puede
estar eximida de responder por haber ocurrido un caso fortuito. El art. 45. Del Código
Civil dispone: “Se llama fuerza mayor o caso fortuito el imprevisto a que no es
posible resistir, como un naufragio, un terremoto, el apresamiento de enemigos, los
actos de autoridad ejercidos por un funcionario público, etc.” Así, los requisitos son:
a. Imprevisibilidad.
b. Irresistibilidad.
c. Que no se deba a dolo o culpa del agente.
3. Estado de necesidad: es aquel en que una persona se ve obligada a ocasionar un daño a
otra para evitar uno mayor a si misma o a un tercero.
a. Ej. Un incendio en un puerto y la autoridad para evitar su propagación se vio
obligado a tirar al mar unos barrilles de aguardiente, se considera que se actúa
para evitar un daño mayor, se niega entonces lugar a la responsabilidad del
Estado.
Desde la perspectiva de la culpa, el estado de necesidad opera como causal excluyente de
la responsabilidad en cuanto es propio del hombre prudente optar por un mal menor para
evitar un mal mayor

Requisitos para que opere esta causal:


- que el peligro que se trata de evitar no tenga su origen en una acción culpable,
- que no existan medios menos dañinos para evitar el daño
Nuestra legislación no contempla para efectos civiles esta institución (lo establece como
eximente de responsabilidad penal el Nº 7 del art. 10 del Código Penal)
4. Culpa exclusiva de la víctima: el hecho que provoco el daño nace de la victima y no del
autor.
Los casos complejos son aquellos en que concurren dos hechos que producen un
resultado dañoso:
- el de la víctima y
- el del tercero cuya responsabilidad extracontractual se alega.
Lo importante está en determinar ¿qué hecho causó el daño? Si sólo hubo culpa de la
víctima, no hay responsabilidad. En caso de que concurran ambos, se aplica el art. 2.330
CC. “La apreciación del daño está sujeta a reducción, si el que lo ha sufrido se expuso a
él imprudentemente”.
5. Legítima defensa: Los requisitos para que opere como causal eximente de
responsabilidad, son:
- Primera. Agresión ilegítima actual o inminente
- Segunda. Proporcionalidad de la defensa.

7
- Tercera. Falta de provocación suficiente por parte del que se defiende.

f. Convenciones sobre responsabilidad y aceptación del riesgo: Se ha discutido En el ámbito


de la responsabilidad civil extracontractual, la validez de las estipulaciones o acuerdos
destinadas a eliminar o modificar la responsabilidad del autor de un eventual daño.
Su análisis genera debate porque, en principio, la responsabilidad extracontractual nace
directamente de la ley y no de la voluntad de las partes.
- Por ejemplo, si antes de un evento deportivo como una carrera automovilística se pacta entre
los participantes la recíproca irresponsabilidad por los accidentes que puedan ocurrir. En ese
caso, los involucrados aceptan el riesgo propio de la actividad, renunciando a reclamar
indemnización si sufren daños derivados de un hecho ocurrido en el contexto del evento.
Sin embargo, estas estipulaciones no siempre implican una exención total de responsabilidad.
También es posible que las partes acuerden limitaciones parciales,
- por ejemplo, fijando un monto máximo de indemnización en caso de producirse un daño.

Es importante destacar que estos acuerdos son distintos de los eximentes de responsabilidad
propiamente tales, como la fuerza mayor o el caso fortuito, en los que la responsabilidad
desaparece porque el daño no puede atribuirse al autor. En las convenciones sobre
responsabilidad, la responsabilidad existe, pero las partes pactan de antemano que no se
exigirá la reparación o que esta se limitará a ciertas condiciones o montos. En otras palabras,
no se niega la existencia de culpa o daño, sino que se renuncia a exigir o se restringe la
obligación de indemnizar en caso de que estos ocurran.

La existencia de una cláusula o estipulación sobre responsabilidad no transforma la


responsabilidad extracontractual en contractual, ya que esta última supone la existencia de
una obligación previa que no ha sido cumplida. En cambio, en la responsabilidad
extracontractual el deber de reparar surge directamente del hecho ilícito que causa daño.
Tradicionalmente, la doctrina mayoritaria sostenía que no era posible celebrar acuerdos que
limitaran o eliminaran la responsabilidad extracontractual, puesto que las normas que la
regulan serían de orden público, es decir, normas que protegen intereses generales de la
sociedad y que, por tanto, serían indisponibles e irrenunciables para las partes.
Sin embargo, se reconocía una excepción posterior al hecho dañoso: una vez ocurrido el
daño, la víctima podía válidamente renunciar a su derecho a ser indemnizada o transigir
respecto del monto de la indemnización, porque en ese caso se trataba del ejercicio legítimo
de su derecho patrimonial, ya nacido.
En la actualidad, la mayoría de la doctrina ha cambiado de postura y acepta la validez de las
convenciones de exoneración o limitación de responsabilidad extracontractual, argumentando
que el interés social en sancionar los hechos ilícitos ya está protegido por el Derecho Penal.
Además, se razona que si el ordenamiento permite renunciar o transigir sobre la
indemnización después del daño, no hay un motivo suficiente para prohibir que se haga
anticipadamente, antes de que ocurra el hecho.

8
No obstante, esta aceptación no es absoluta: existen límites claros en los que no se admiten
las cláusulas de irresponsabilidad. En primer lugar, cuando la ley las prohíbe expresamente.
En segundo lugar, en los casos de dolo o culpa grave, ya que admitir una exoneración en esos
supuestos equivaldría a condonar el dolo o la negligencia extrema futura, lo cual es contrario
a la moral y al orden público. Finalmente, no se admiten en caso de daño a las personas,
porque la vida y la integridad física son bienes jurídicos indisponibles, es decir, no pueden ser
objeto de renuncia ni limitación por la voluntad de las partes.
Por ejemplo, en una carrera automovilística, una cláusula de irresponsabilidad sí podría
cubrir los daños materiales sufridos en los vehículos de los participantes, pero no los daños
personales que afecten su salud o su vida, ya que estos últimos no pueden ser válidamente
objeto de renuncia o exclusión anticipada.

i. Aceptación del riesgo: Una cuestión estrechamente relacionada con las cláusulas de
exoneración de responsabilidad es la de determinar si la aceptación de los riesgos o el
consentimiento de la víctima puede, por sí sola, eximir de responsabilidad al autor del
daño. En principio, la doctrina tradicional sostiene que no, ya que, conforme al viejo
aforismo jurídico, “debemos ser diligentes aun con los negligentes”. Esto significa que
el hecho de que una persona acepte exponerse a un riesgo no libera completamente al
autor del daño de su deber de actuar con diligencia. Por tanto, la aceptación voluntaria
del riesgo no elimina la responsabilidad, sino que, en virtud del artículo 2330 del Código
Civil, puede solo reducir el monto de la indemnización, cuando se estime que la víctima
actuó con imprudencia o culpa concurrente al exponerse voluntariamente al peligro.
Sin embargo, la doctrina moderna ha matizado esta visión y ha reconocido que, en ciertos
supuestos, la aceptación de los riesgos puede funcionar como causa legitimante, es
decir, como una circunstancia que excluye la antijuridicidad de la conducta del agente. Esto
ocurre cuando la víctima se expone conscientemente al daño, con pleno conocimiento e
información suficiente sobre la naturaleza y las consecuencias del riesgo que asume. En
tales casos, no podría luego demandar indemnización por el daño sufrido, puesto que
su consentimiento previo transforma el hecho en jurídicamente permitido.
Ejemplos típicos de esta situación se encuentran en actividades en las que el daño forma
parte del riesgo inherente: los duelos, los tratamientos médicos de carácter riesgoso a los
que el paciente consiente libre e informadamente, o la práctica de deportes o actividades
peligrosas donde existen posibilidades reales de lesión o incluso de muerte. En todos estos
casos, el consentimiento debe ser previo al daño, porque si se otorga con posterioridad,
ya no se trata de una aceptación del riesgo sino de una renuncia al derecho a demandar o
de una transacción sobre una responsabilidad ya nacida.
No obstante, esta exoneración tiene un límite claro: el consentimiento de la víctima no
puede justificar una conducta dolosa. En otras palabras, el consentimiento solo tiene efecto
legitimante cuando el daño proviene de un riesgo propio de la actividad y no de un
acto intencionalmente dañino. Por ejemplo, una lesión producida durante una jugada
violenta pero reglamentaria en un partido de rugby constituye un riesgo asumido por los
jugadores; en cambio, una agresión deliberada con intención de dañar a otro jugador no
puede considerarse cubierta por la aceptación del riesgo inherente al juego, ya que en ese
caso existe dolo, y el consentimiento de la víctima no legitima el hecho ilícito doloso.

9
IV. DAÑO
Es el menoscabo o detrimento que sufre una persona por el hecho ilícito de otro
a. requisitos (tradicionalmente) para que el daño sea indemnizable:
i. Ser cierto o daño cierto: El daño, para ser indemnizable, debe ser efectivo y real, es
decir, debe existir verdaderamente y no tratarse de un daño hipotético o eventual. No
obstante, esta exigencia de efectividad no excluye el daño futuro, siempre que este sea
cierto, es decir, que pueda preverse con un grado suficiente de probabilidad y no dependa
de meras conjeturas. En este contexto, el lucro cesante puede comprender tanto lo que la
víctima ya dejó de ganar como aquello que dejará de percibir en el futuro, siempre que
exista un grado de certeza razonable sobre esa pérdida económica.
En cuanto al daño emergente, la certidumbre no presenta mayores dificultades, ya que se
trata de una disminución efectiva y concreta del patrimonio. Por ejemplo, el gasto exacto en
la reparación de una cosa dañada constituye un daño emergente plenamente comprobable.
En cambio, el lucro cesante —esto es, la ganancia frustrada por el hecho ilícito— requiere
necesariamente de una estimación judicial, ya que el juez debe determinar, sobre la base del
curso normal de los acontecimientos, cuánto habría ganado la víctima si el hecho dañoso no
se hubiera producido.
1. A partir de esta problemática, en la doctrina francesa surgió la noción de “pérdida de una
chance” (pérdida de una oportunidad), que busca reconocer como daño indemnizable
aquellos casos en que el hecho ilícito impidió al afectado aprovechar una posibilidad
razonable de obtener un beneficio futuro, aunque sin certeza absoluta de haberlo logrado.
En otras palabras, se trata de indemnizar la frustración de una oportunidad
concreta y real, ya incorporada al patrimonio de la víctima, y no la pérdida de una
ganancia hipotética.
2. Un ejemplo clásico de esta figura es el del abogado negligente que, por omisión o error,
deja transcurrir un plazo procesal y con ello impide que su cliente ejerza una acción
judicial. En tal caso, el cliente pierde la oportunidad de ganar el juicio, y aunque no
pueda afirmarse con certeza que habría obtenido un fallo favorable, sí puede sostenerse
que se le privó de una posibilidad real de éxito, cuya pérdida constituye un daño
resarcible.
La jurisprudencia chilena ha reconocido la pérdida de una oportunidad como una forma de
daño indemnizable, pero ha precisado que la indemnización no puede equivaler al valor
total del beneficio que se habría obtenido de haberse aprovechado la oportunidad. Lo que se
indemniza, en cambio, es la frustración misma de esa chance, en la medida en que se
considere que formaba parte del patrimonio del afectado.
3. Por ejemplo, si un taxista provoca un accidente a una persona que se dirigía a participar
en un torneo de tenis con un premio de 10 millones de pesos, no puede indemnizarse el
monto total del premio, pues ello sería un lucro hipotético, ya que no hay certeza de que
la víctima habría ganado. Sin embargo, sí corresponde indemnizar la pérdida de la
oportunidad real de competir y eventualmente obtener el beneficio, pues esa posibilidad
concreta constituía ya un valor patrimonial afectado por el hecho ilícito.

10
ii. No estar ya indemnizado o daño no previamente indemnizado: esto resulta del
principio que impide la doble indemnización del mismo daño se basa en la prohibición
del enriquecimiento sin causa, que impide que la víctima obtenga un beneficio
económico indebido a raíz de un mismo hecho dañoso. En consecuencia, el daño que se
pretende reparar debe ser no previamente indemnizado, es decir, que no haya sido ya
cubierto o compensado por otra vía.
Así, cuando varias personas cometen conjuntamente un delito o cuasidelito civil, todas ellas
responderán solidariamente frente a la víctima, lo que implica que ésta puede exigir la
totalidad de la reparación a cualquiera de los responsables. Sin embargo, ello no significa
que cada uno de los autores sea responsable por un monto mayor al daño total o que cada
uno sea responsable por el total del monto. simplemente la solidaridad tiene efectos
respecto del acreedor, pero entre los codeudores subsiste el derecho de repetición conforme
a las reglas generales.
En el caso del tercero civilmente responsable —por ejemplo, un padre por el hecho de su
hijo— la víctima debe optar entre demandar al autor directo del daño o al tercero
responsable, pero no puede exigir simultáneamente la reparación a ambos. Esto se debe a
que el daño es uno solo y no puede ser objeto de múltiples indemnizaciones, sin perjuicio
de que posteriormente el tercero demandado pueda repetir contra el autor del daño
conforme a las reglas de la responsabilidad por el hecho ajeno.
Se plantea además el problema del cúmulo de indemnizaciones, que ocurre cuando la
víctima ya ha recibido de un tercero ajeno al hecho ilícito una compensación total o parcial
por el daño sufrido. Ejemplo de ello son los pagos efectuados por una compañía de seguros
o por un organismo de seguridad social. En estos casos, la doctrina mayoritaria sostiene que
si tales beneficios tienen carácter reparatorio, el daño se considera extinguido, puesto que
ya ha sido compensado, y por lo tanto no puede volver a reclamarse judicialmente, dado
que ello implicaría indemnizar dos veces un mismo perjuicio.
Sin embargo, en materia de seguros de vida, la situación es distinta. En estos contratos se
entiende que la prestación que realiza la aseguradora no tiene una función reparatoria, sino
que responde a un evento previsto —la muerte del asegurado—, con independencia del
daño patrimonial efectivamente causado. Por ello, se ha sostenido que el responsable del
daño no puede beneficiarse de la diligencia del asegurado o de sus beneficiarios al haber
contratado el seguro. En tales casos, el hecho ilícito se limita a ser el evento que hace
exigible el pago del seguro, cuyo monto no necesariamente guarda proporción con el daño
real, pudiendo ser incluso superior o inferior a él. En consecuencia, el pago del seguro de
vida no extingue el daño resarcible, ya que no constituye una verdadera indemnización,
sino una prestación contractual autónoma.
 Entonces; En el tema de los seguros de vida, se ha dicho que igualmente podría
reclamarse la indemnización porque el seguro no tiene una función reparatoria. Como
dijimos, hay quienes sostienen que quien cometió el daño no puede prevalerse de la
diligencia de quien tomó este seguro. En estos seguros, el hecho ilícito sería sólo el
evento que hace que se pague el seguro,
iii. Lesionar un derecho o interés legítimo: En materia de responsabilidad civil, lo habitual
es que el hecho ilícito cause la lesión de un derecho, ya sea patrimonial, como el
derecho de dominio o de propiedad, o extrapatrimonial, como el derecho al honor, la
vida privada o la integridad física y moral de la persona. Sin embargo, la doctrina y la
jurisprudencia han reconocido que la indemnización de perjuicios no requiere

11
necesariamente que se haya vulnerado un derecho subjetivo en sentido estricto; basta con
que exista un interés legítimo afectado por el hecho ilícito.
Esta ampliación del ámbito de la responsabilidad fue sostenida por Alessandri, quien
señaló que lo determinante no es la titularidad de un derecho, sino la existencia de un
interés jurídicamente protegido que se haya visto lesionado. De este modo, una persona
puede obtener reparación aunque no ostente un derecho subjetivo sobre el bien o valor
afectado, siempre que el ordenamiento jurídico reconozca su interés como legítimo.
Un ejemplo clásico de esta posición se encuentra en un caso fallado por los tribunales
chilenos: el de un padre ilegítimo que no había sido reconocido ni llamado a heredar por
testamento, razón por la cual, conforme al derecho vigente en ese entonces, no tenía
derechos hereditarios ni derecho a alimentos respecto de su hijo ilegítimo. No obstante,
el hijo, de quien el padre dependía económicamente, murió atropellado por un tren. A pesar
de no tener un derecho patrimonial reconocido sobre los bienes del hijo, el padre demandó
indemnización de perjuicios por el daño que le causó la muerte de quien lo mantenía, y
los tribunales acogieron su demanda, reconociendo que existía un interés legítimo y
cierto que había sido afectado por el hecho ilícito.
Este precedente demuestra que la reparación civil no se restringe a la lesión de derechos
patrimoniales o extrapatrimoniales formalmente reconocidos, sino que también procede
cuando el hecho ilícito lesiona un interés legítimo y jurídicamente atendible, en
coherencia con el principio de reparación integral del daño

b. Clasificaciones
i. Daño material y moral (patrimonial y extrapatrimonial): El daño material se
entiende como la disminución efectiva del patrimonio de una persona, es decir, toda
pérdida o menoscabo económico que afecte sus bienes, ya sea por la destrucción,
deterioro o pérdida de los mismos, o por la privación de una ganancia legítima. Este tipo
de daño es fácilmente cuantificable, pues se refleja directamente en el valor económico
del patrimonio afectado.
Por su parte, el daño moral carece de una definición legal expresa en el Código Civil
chileno, pero la doctrina y la jurisprudencia lo han conceptualizado como el sufrimiento
psicológico o espiritual que experimenta una persona como consecuencia de un hecho
ilícito. La Corte Suprema, en algunos fallos, ha descrito este daño como un “dolor en el
alma”, expresión que busca reflejar el carácter subjetivo e inmaterial del perjuicio.
El daño moral puede derivar de distintas fuentes: de un daño a los bienes materiales (por
ejemplo, el dolor por la pérdida de un objeto de gran valor afectivo), de daños corporales
(como las lesiones físicas que generan dolor o angustia), o de la vulneración de los
atributos de la personalidad, como sucede en los casos de injurias o difamaciones,
donde lo afectado es el honor o la reputación de la persona.
Aunque el Código Civil no consagra explícitamente la reparación del daño moral, la
interpretación sistemática de sus normas ha llevado a concluir que todo daño debe ser
indemnizado, conforme al principio general de reparación integral. Incluso en los casos en
que el Código menciona expresamente solo el daño emergente y el lucro cesante —como
en el artículo relativo a las injurias—, se ha entendido que ello no excluye la procedencia
del daño moral, el cual debe ser igualmente reparado cuando corresponda.
Históricamente, los tribunales chilenos fueron reacios a acoger la indemnización del daño
moral. En un principio, solo la reconocieron en el ámbito de la responsabilidad
extracontractual, especialmente en casos de delitos o cuasidelitos civiles. Sin embargo,

12
con el tiempo y bajo la influencia de la doctrina moderna y la jurisprudencia más reciente,
se ha extendido su aceptación también a la responsabilidad contractual, reconociéndose
que el incumplimiento de una obligación puede generar no solo perjuicios económicos,
sino también sufrimientos morales que merecen ser compensados.
De este modo, tanto en sede contractual como extracontractual, el daño moral constituye
hoy una categoría autónoma de perjuicio resarcible dentro del sistema de responsabilidad
civil chileno.
1. Daño material (daño emergente y lucro cesante): La distinción entre daño emergente y
lucro cesante no aparece desarrollada expresamente en el título del Código Civil relativo
a los delitos y cuasidelitos, pero sí se encuentra recogida en el artículo 2331, el cual
establece la necesidad de indemnizar ambos tipos de perjuicio. En efecto, dado que el
principio general del sistema de responsabilidad civil impone la reparación integral del
daño, resulta evidente que tanto el daño emergente como el lucro cesante deben ser
indemnizados.
a. El daño emergente corresponde a la pérdida efectiva y directa sufrida en el
patrimonio del afectado. Se traduce en la disminución concreta de sus bienes o
valores, y se representa, por ejemplo, en el valor total de una cosa destruida o en
el costo de su reparación cuando el daño no es total. Incluso puede incluir la
depreciación o menor valor del bien si este no vuelve a su estado original tras la
reparación.
b. Por otro lado, el lucro cesante consiste en la pérdida de una ganancia legítima
que la víctima habría obtenido de no haberse producido el hecho dañoso. Su
principal problema jurídico es el de la certidumbre, ya que no todo beneficio
hipotético o eventual puede indemnizarse. El lucro cesante puede ser pasado o
futuro, dependiendo del momento en que se evalúe respecto de la demanda, y su
delimitación con el daño eventual (que no es indemnizable) puede ser difusa.
Para determinar el lucro cesante, si no existen pruebas directas sobre las ganancias
futuras —como contratos firmados o encargos confirmados—, debe atenderse a lo que
razonablemente se habría ganado siguiendo el curso normal de los acontecimientos,
conforme a criterios de probabilidad objetiva. En este punto, la determinación del lucro
cesante es una cuestión de hecho que corresponde apreciar al juez, quien podrá basarse
en peritajes y presunciones judiciales para fijar su monto.

Asimismo, debe recordarse el principio fundamental de que debe indemnizarse todo el


daño, pero no más que el daño. Esto significa que la reparación debe ser proporcional y
limitada al perjuicio efectivamente causado. En algunos casos, el autor del ilícito puede
haber obtenido un beneficio superior al perjuicio sufrido por la víctima, es decir, una
ganancia que esta nunca habría podido obtener de manera legítima. Dicho beneficio
excedente no puede incluirse dentro de la indemnización, ya que no forma parte del daño
indemnizable. Sin embargo, la víctima podría reclamarlo a través de una acción de
enriquecimiento sin causa, pues en ese caso lo que se busca no es reparar el daño, sino
evitar que el responsable se enriquezca injustamente a expensas del perjudicado.
En síntesis, el sistema de responsabilidad civil chileno exige reparar íntegramente el
daño, comprendiendo tanto el daño emergente como el lucro cesante, pero siempre dentro
de los límites de la certeza del perjuicio y sin sobrepasar el principio de equivalencia
entre daño y reparación.

13
2. Daño moral: Sin perjuicio de lo que ya vimos anteriormente, corresponde resumir
ciertos puntos importantes.
El daño moral ha sido definido como el dolor, la molestia física o psíquica, o el
deterioro en la calidad de vida que experimenta una persona a consecuencia de un
hecho ilícito, lo que en la doctrina se conoce como el “pretium doloris”. Su finalidad es
procurar una compensación por el sufrimiento o aflicción que afecta a la víctima en su
esfera espiritual o emocional. Sin embargo, surge un problema central: este tipo de daño,
por su naturaleza inmaterial, no es verdaderamente reparable en sentido estricto, ya
que ninguna suma de dinero puede eliminar o revertir el sufrimiento experimentado.
Por ello, la indemnización del daño moral no tiene una función de reparación plena en
el sentido patrimonial del término, sino una función compensatoria, cuyo propósito es
aliviar en alguna medida el dolor o la pérdida sufrida, haciéndolos más llevaderos. En
este sentido, la indemnización actúa como una forma de reconocimiento jurídico del daño
padecido, ofreciendo un medio de compensación simbólica y material.
Es fundamental distinguir la función compensatoria del daño moral de otras
finalidades que se le atribuyen erróneamente. En ocasiones, la jurisprudencia o incluso la
doctrina tienden a otorgarle una función retributiva o punitiva, es decir, lo utilizan
como una forma de sanción al autor del daño. Sin embargo, el fundamento del daño
moral en el sistema jurídico chileno no es castigar al responsable —pues esa es una
función propia del Derecho Penal—, sino compensar a la víctima por el menoscabo
espiritual que ha sufrido.
En síntesis, el daño moral se orienta a la compensación del sufrimiento y no a la
punición del autor. Su valoración económica es necesariamente aproximada y
discrecional, dependiente del prudente arbitrio judicial, pero siempre guiada por su
función resarcitoria, no sancionadora.
a. prueba del daño moral: El daño moral, al ser de naturaleza
extrapatrimonial, presenta un problema particularmente complejo en el ámbito
jurídico, su prueba y sobre todo su avaluación. Dado que no implica una
pérdida económica directamente cuantificable, demostrar su existencia y
determinar su monto indemnizatorio plantea dificultades tanto doctrinales como
jurisprudenciales.
En cuanto a su prueba, parte de la doctrina y de la jurisprudencia ha sostenido
que el daño moral no requiere prueba, ya que se presume a partir del hecho
ilícito mismo. Sin embargo, otra corriente —que hoy predomina y resulta más
convincente— sostiene que, como todo daño, el daño moral debe ser
acreditado. Si bien puede no existir una prueba directa del sufrimiento, el juez
puede inferir su existencia mediante prueba indirecta, esto es, a través de
presunciones judiciales fundadas en hechos debidamente acreditados que
conduzcan razonablemente a concluir que el afectado padeció un menoscabo
moral o psicológico.
Respecto de su avaluación, se trata de una cuestión igualmente difícil, ya que el
daño moral, por su carácter inmaterial, no es objetivamente cuantificable. La
determinación del monto indemnizatorio queda al prudente arbitrio judicial, el
cual se orienta por diversos criterios de valoración, entre los que destacan: las
consecuencias físicas, psíquicas, sociales o morales derivadas del hecho ilícito;
las condiciones personales de la víctima; el grado de cercanía o vínculo
afectivo entre el actor y la víctima; la gravedad de la conducta culposa o

14
dolosa del autor del daño; la situación patrimonial tanto del ofendido como del
ofensor; la naturaleza del derecho o interés extrapatrimonial lesionado; y el
grado de culpabilidad de ambas partes.
Algunos de estos criterios —como las consecuencias físicas y psíquicas, o la
relación de cercanía con la víctima— se ajustan a la función compensatoria del
daño moral. No obstante, otros criterios, como la culpa o dolo del agente y la
condición económica de las partes, tienden a otorgarle al daño moral una
función sancionatoria o punitiva, lo que se aparta de su esencia resarcitoria.
Es importante tener presente que, a diferencia del daño emergente y el lucro
cesante, en los cuales el daño y la indemnización son de la misma naturaleza
patrimonial (pues el bien perdido es convertible en dinero), en el daño moral
existe una disparidad entre el daño sufrido y su compensación, ya que lo que
se intenta reparar no es un perjuicio económico, sino un sufrimiento espiritual o
emocional. Por ello, la indemnización por daño moral tiene una función
compensatoria y no reparatoria en sentido estricto.
Finalmente, ante la dificultad de valorar este tipo de daño, se han desarrollado los
llamados baremos, que constituyen sistemas de tarifación previa,
principalmente aplicados a los daños corporales, y que buscan ofrecer
referencias objetivas para estimar el monto de la compensación. En Chile, a
diferencia de otros países, no existen baremos legalmente establecidos, pero el
Poder Judicial ha construido una base de datos jurisprudencial que recopila
criterios aplicados en distintos casos, permitiendo así orientar las decisiones
judiciales y lograr mayor uniformidad en la determinación de las
indemnizaciones por daño moral.

ii. Directos e indirectos:


Los daños indirectos son aquellos que no guardan una relación de causalidad directa e
inmediata con el hecho ilícito que los origina. En otras palabras, se trata de perjuicios que
no son una consecuencia necesaria o directa de la conducta del autor del daño, sino que
derivan de hechos intermedios o ajenos que rompen el nexo causal entre la acción u
omisión y el daño producido.
Por esta razón, los daños indirectos no son indemnizables en ningún caso, ya que falta el
requisito esencial de la relación de causalidad, elemento indispensable para que surja la
obligación de indemnizar conforme al régimen general de la responsabilidad civil. Solo
los daños directos, es decir, aquellos que son consecuencia inmediata y necesaria del
hecho ilícito, pueden dar lugar a reparación.
En síntesis, la exclusión de los daños indirectos de la indemnización se fundamenta en que
no existe un vínculo causal jurídicamente relevante entre el actuar del responsable y el
perjuicio alegado, lo que impide imputarles el daño conforme a las reglas del derecho civil.

iii. Previstos e imprevistos:


En el ámbito de la responsabilidad civil, la distinción entre daños previstos e imprevistos
adquiere relevancia especialmente en materia contractual, donde el momento determinante
para evaluar esta previsibilidad es el tiempo de la celebración del contrato. En este
contexto, solo se indemnizan los daños previstos o previsibles, es decir, aquellos que las
partes pudieron razonablemente anticipar al momento de contratar. En cambio, en la
responsabilidad extracontractual, dado que no existe un vínculo jurídico previo entre las
partes, no se aplica esta distinción, de modo que pueden indemnizarse todos los daños,

15
siempre que sean directos y exista una relación de causalidad con el hecho generador del
daño.
Sin embargo, lo anterior no implica que deban indemnizarse daños absolutamente
imprevisibles o extraordinarios. Aun en el ámbito extracontractual, si un daño no era
posible de prever conforme al estándar de conducta del hombre medio, podría entenderse
que no existió culpa, ya que no habría una infracción al deber de diligencia exigible en las
circunstancias del caso. En consecuencia, la previsibilidad opera como un criterio indirecto
para determinar la existencia o ausencia de culpa, más que como un límite formal a la
indemnización de los perjuicios.

iv. Daños en las cosas y daños en las personas:


El daño puede recaer tanto sobre las personas como sobre las cosas, y en ambos casos
constituye un perjuicio indemnizable. El daño en las personas comprende situaciones
como las lesiones corporales, que afectan la integridad física o psíquica del individuo, así
como la muerte, la cual genera perjuicios patrimoniales y morales a los dependientes
económicos del difunto, es decir, a quienes vivían a sus expensas. Por otro lado, el daño
en las cosas se configura cuando los bienes materiales del afectado se destruyen,
deterioran o menoscaban como consecuencia del hecho ilícito. En ambos supuestos, la
ley no establece distinción alguna respecto a su indemnización, por lo que tanto los
daños personales como los materiales deben ser reparados, conforme al principio
general de reparación integral del daño consagrado en el Derecho Civil.

v. Daño presente y daño contingente:


El daño contingente es aquel que aún no se ha producido, pero cuya ocurrencia se
encuentra en riesgo o amenaza de concretarse. En estos casos, el ordenamiento jurídico
reconoce una acción preventiva destinada a evitar que el daño llegue a materializarse.
Conforme al artículo 2333 del Código Civil, cuando el daño contingente amenaza a
personas indeterminadas, existe una acción popular, es decir, cualquier persona puede
ejercerla con el fin de prevenir el daño. En cambio, si la amenaza afecta únicamente a
personas determinadas, solo alguna de ellas podrá interponer dicha acción. De este
modo, el Derecho distingue entre la protección colectiva y la protección individual
frente a un daño que todavía no se ha producido, pero cuya probabilidad de ocurrencia
justifica una intervención anticipada para salvaguardar los derechos amenazados.

vi. Daño por repercusión o rebote:


El daño por repercusión o daño por rebote corresponde al perjuicio que sufre una
persona como consecuencia del hecho ilícito cometido en contra de otra persona. En
este caso, el daño no recae sobre la víctima directa del ilícito, sino sobre un tercero que
experimenta las consecuencias perjudiciales del hecho de manera indirecta. Por ejemplo, el
hijo de una persona que muere atropellada sufre un daño propio, que deriva del ilícito
cometido contra su progenitor.
Este daño puede tener naturaleza patrimonial, como ocurre cuando el tercero dependía
económicamente de la víctima y vivía a sus expensas, sin tener necesariamente la calidad
de alimentario en sentido jurídico estricto; o puede ser de naturaleza extrapatrimonial,
cuando consiste en el dolor, la aflicción o el sufrimiento moral producido por la pérdida o
daño sufrido por la víctima directa.
El principal problema jurídico que plantea este tipo de daño radica en determinar
quiénes son los titulares de la acción indemnizatoria en los casos de daño
extrapatrimonial, dado que son múltiples las personas que pueden verse afectadas

16
emocionalmente por el hecho ilícito. En la doctrina y jurisprudencia comparada, se ha
tendido a restringir la legitimación activa únicamente a quienes poseen un vínculo
inmediato o estrecho con la víctima, excluyendo a quienes mantienen una relación más
lejana o menos intensa. Así, se ha sostenido que los parientes más cercanos, como los
padres o el cónyuge, tienden a excluir a los más lejanos, como los hermanos u otros
parientes colaterales, en atención al grado de cercanía afectiva, la intensidad del
sufrimiento experimentado y la razonabilidad del nexo entre el daño y la víctima
indirecta.

V. RELACIÓN DE CAUSALIDAD
La relación de causalidad constituye un requisito esencial de la responsabilidad civil, ya
que exige que entre el hecho voluntario y el daño producido exista un nexo causal. En
otras palabras, el daño debe presentarse como una consecuencia directa de la acción u
omisión del autor. Si el perjuicio no deriva causalmente del hecho imputado, no puede
hablarse de responsabilidad.
Aunque el Código Civil no menciona expresamente este requisito al tratar de los delitos y
cuasidelitos, a diferencia de lo que ocurre en materia contractual —donde el artículo 1558
alude expresamente a los daños que se previeron o pudieron preverse al tiempo del
contrato—, la existencia del nexo causal se encuentra implícita en diversas disposiciones
que hacen referencia a los “daños causados a otro” o a los “daños que puedan
imputarse”. De este modo, aun cuando la ley no lo diga de forma literal, la relación de
causalidad es un requisito lógico y necesario, pues sin ella no es posible imputar
jurídicamente el daño al autor.
Como se señaló desde el inicio del estudio de la responsabilidad, la relación de causalidad
es un requisito común a toda forma de responsabilidad, tanto civil como penal o
administrativa. En ausencia de este vínculo causal, no puede configurarse
responsabilidad alguna.
Asimismo, la falta de relación causal es lo que explica la exclusión de los daños
indirectos como perjuicios indemnizables. En efecto, el artículo 1558 del Código Civil los
excluye expresamente en materia contractual, precisamente porque esos daños no son
consecuencia directa e inmediata del hecho imputado.
El principal problema que se presenta respecto de la causalidad radica en que, en la
realidad, un daño suele ser consecuencia de un conjunto de factores o condiciones
concurrentes, sin las cuales el resultado no se habría producido. Por tanto, surge la
dificultad de determinar cuáles de esas condiciones deben ser consideradas verdaderas
causas del daño y cuáles son meros antecedentes o circunstancias concurrentes sin
relevancia jurídica.
Para resolver este complejo problema de imputación causal, la doctrina y la
jurisprudencia han elaborado diversas teorías que buscan establecer criterios para
identificar la causa jurídicamente relevante del daño. Entre ellas, se destacan aquellas que
han tenido mayor aceptación en la jurisprudencia chilena, y que se estudian como las
principales herramientas interpretativas para determinar cuándo un daño puede ser
imputable causalmente al autor del hecho ilícito.

a. teoría de la equivalencia de condiciones: La teoría de la equivalencia de las


condiciones, también conocida como teoría de la conditio sine qua non, sostiene que
todas las condiciones que concurren para producir un resultado son equivalentes
entre sí como causas del daño. Según esta concepción, el daño tendrá tantas causas como
condiciones hayan intervenido en su producción, sin establecer jerarquías o grados de
relevancia entre ellas.

17
De esta manera, si el hecho voluntario atribuido al presunto autor constituye una de las
condiciones necesarias para la producción del daño, basta esa concurrencia causal para
tenerlo como causa del resultado y, en consecuencia, considerar cumplido el requisito de
la relación de causalidad para efectos de establecer su responsabilidad civil.
Para determinar si un hecho puede ser considerado condición —y, por ende, causa— del
daño, esta teoría emplea el llamado procedimiento de supresión mental hipotética. Este
método consiste en reconstruir mentalmente los acontecimientos, pero eliminando el
factor cuya influencia se analiza. Si al suprimir dicho factor el resultado se habría
producido igualmente, se concluye que no constituía una condición necesaria. En
cambio, si al eliminar el factor el daño ya no se habría producido, se determina que el
hecho era una condición indispensable (conditio sine qua non) y, por tanto, una causa
del resultado dañoso.
i. Un ejemplo clásico de la aplicación de esta teoría se presenta en los casos de daños
sucesivos o concurrentes. Por ejemplo, si una persona resulta lesionada en un accidente
de tránsito y posteriormente muere a causa de un tratamiento médico errado, ambas
circunstancias —el accidente y el tratamiento defectuoso— son consideradas causas del
daño final, pudiendo imputarse la responsabilidad tanto al conductor del vehículo como
al médico tratante.
La teoría de la equivalencia de condiciones ha sido valorada por su simplicidad lógica y
porque facilita a la víctima la reparación, al ampliar el espectro de posibles responsables.
Sin embargo, ha sido objeto de críticas significativas por su excesiva amplitud, ya que al
considerar como causa todo hecho que haya contribuido de alguna forma a la producción
del daño, puede conducir a conclusiones absurdas.
En efecto, bajo una aplicación literal de esta teoría, podrían imputarse consecuencias
jurídicas a hechos demasiado remotos o insignificantes dentro de la cadena causal. Por
ejemplo, podría considerarse responsable a quien aconsejó a otro viajar en un avión que
luego se estrella, o incluso a los padres que procrearon al autor de un delito,
atribuyéndoles los daños derivados del homicidio cometido por su hijo. Estas consecuencias
demuestran que la teoría, pese a su coherencia lógica, no discrimina entre causas
relevantes y causas meramente ocasionales o accesorias, lo que explica que la doctrina y
la jurisprudencia hayan buscado criterios más restrictivos para delimitar la causalidad
jurídicamente relevante.
b. teoría de la causa adecuada: esta teoria surge como una respuesta a las críticas
formuladas contra la teoría de la equivalencia de las condiciones, con el propósito de
restringir la extensión de la responsabilidad civil únicamente a aquellos daños que sean
efectivamente directos y previsibles.
Según esta teoría, no todas las condiciones que concurren en la producción de un daño
pueden ser consideradas causas en sentido jurídico, sino únicamente aquellas que, por su
naturaleza, resulten adecuadas para producir el resultado dañoso. Es decir, la causalidad no
se determina de manera puramente fáctica o mecánica, sino que requiere un juicio de
adecuación: solo se considera causa aquella condición que, según el curso normal y
ordinario de los acontecimientos, sea idónea o apropiada para provocar el daño.
De esta manera, la teoría distingue entre simples condiciones concurrentes y causas
adecuadas. No toda condición necesaria es jurídicamente relevante, pues puede tratarse de
un elemento accesorio o extraordinario dentro de la cadena causal. Para establecer la
existencia de una relación de causalidad adecuada, se adopta la perspectiva de un
observador objetivo, quien debe determinar si, atendidas las circunstancias conocidas al
momento del hecho, la producción del daño aparece como una consecuencia verosímil o
probable del mismo.

18
Si el daño aparece como una consecuencia natural y previsible del hecho ilícito, se
entiende que existe causalidad adecuada y, por tanto, se configura la responsabilidad civil
del autor. En cambio, si el daño resulta de una combinación de factores anormales,
imprevisibles o extraordinarios, la relación causal se rompe, excluyéndose la
responsabilidad.

El principal mérito de esta teoría es precisamente su capacidad para limitar el alcance de la


causalidad jurídica, evitando las conclusiones excesivamente amplias o absurdas a las que
conduce la teoría de la equivalencia de condiciones. Así, en los ejemplos extremos
mencionados anteriormente, esta teoría descartaría la existencia de nexo causal entre el
daño y hechos tan remotos o irrelevantes como haber aconsejado a alguien viajar en un
avión que luego sufre un accidente, o el simple hecho de haber procreado al autor de un
homicidio.

En suma, la teoría de la causa adecuada introduce un criterio de normalidad y


previsibilidad objetiva que permite delimitar la imputación causal dentro del ámbito del
Derecho Civil, reconociendo que solo deben considerarse jurídicamente relevantes aquellas
condiciones que, conforme al curso ordinario de los acontecimientos, tienen una aptitud
razonable para producir el daño ocurrido. Por esta razón, ha sido una de las teorías más
aceptadas en la doctrina y jurisprudencia contemporáneas, precisamente porque equilibra
la necesidad de proteger a la víctima con el principio de que nadie puede responder por
consecuencias que, de manera objetiva, no podía prever ni evitar.
Además de estas teorías se han desarrollado otras que permiten limitar la extensión de la
causalidad.

- La pluralidad de causas en la legislación chilena


se refiere a los casos en que un mismo daño proviene de la intervención de varias
personas, ya sea porque actuaron conjuntamente o porque sus conductas separadas
contribuyeron al resultado dañoso.
Cuando varios responsables ejecutan un mismo hecho ilícito, el artículo 2317 del
Código Civil dispone expresamente que deben responder solidariamente. Esto
significa que cada uno de los coautores es responsable del total del daño causado,
permitiendo a la víctima exigir la reparación íntegra a cualquiera de ellos, sin perjuicio
de que quien pague pueda repetir contra los demás responsables.
Sin embargo, la situación se complica cuando existen varios responsables por hechos
distintos, pero todos esos hechos concurren como antecedentes necesarios del daño.
Por ejemplo, en el caso de un peatón que resulta lesionado en un accidente de tránsito
debido a la negligencia concurrente de dos conductores, cada conducta —aunque
independiente— contribuyó causalmente al resultado.
En estos casos podría pensarse que se trata de delitos o cuasidelitos distintos, lo que en
principio excluiría la aplicación literal del artículo 2317. No obstante, la doctrina y la
jurisprudencia han entendido que el efecto práctico es el mismo, puesto que cada
responsable debe responder de la totalidad del daño frente a la víctima, en razón del
principio general de reparación integral.
Cuando se configura esta responsabilidad solidaria, el responsable que paga la
totalidad de la indemnización adquiere el derecho a repetir contra los demás coautores
por la parte que a cada uno corresponda. Aquí surge el problema de determinar en qué
proporción deben contribuir los distintos responsables a la deuda común.
Existen dos posiciones principales: una sostiene que la contribución debe hacerse en
proporción al grado de intervención o de culpa que cada uno haya tenido en la
producción del daño; la otra, en cambio, plantea que como resulta difícil establecer con

19
precisión ese grado de participación, lo más adecuado sería dividir la deuda en partes
iguales. La solución más razonable parece ser aplicar el primer criterio —la
proporcionalidad según la intervención— siempre que existan antecedentes que lo
permitan; de no ser posible, se debe optar por la división igualitaria entre los
responsables.
Finalmente, debe tenerse presente que cuando la víctima también ha contribuido con
su culpa a la producción del daño, el artículo 2330 del Código Civil dispone que la
responsabilidad del autor se atenúa, lo que implica una reducción proporcional de la
indemnización.
En cuanto a la prueba, corresponde a quien alega la responsabilidad acreditar los
hechos que dan lugar a la relación causal, es decir, demostrar que entre la conducta
del demandado y el daño sufrido existe un nexo causal directo y suficiente para
fundamentar la imputación jurídica del perjuicio.

RESPONSABILIDAD POR EL HECHO AJENO


La responsabilidad por el hecho ajeno es una figura que la doctrina ha denominado de esa manera,
aunque finalmente muchos autores concluyen que, en realidad, se trata también de una forma de
responsabilidad por el hecho propio. Esta afirmación doctrinaria ha sido calificada como abusiva,
ya que, al examinar cuidadosamente el Código Civil, no se encuentra ninguna disposición que
permita afirmar que exista propiamente una responsabilidad por el hecho ajeno.
En efecto, para que exista una verdadera responsabilidad por el hecho ajeno, debe tratarse de un
caso de responsabilidad vicaria, esto es, aquella en que una persona natural o jurídica responde por
el daño causado por su dependiente, sin tener derecho a repetir lo pagado contra él. Si, en cambio, el
responsable puede repetir contra el autor del daño, ya no se está ante una responsabilidad por el
hecho ajeno, sino frente a un problema procesal. Por otra parte, si una persona no puede repetir
porque ha incurrido en culpa propia, como ocurre cuando no ha ejercido el debido cuidado sobre
quien tiene a su cargo, entonces responde por su propio hecho, y no por el de otro. En este sentido,
la diferencia entre una y otra responsabilidad puede considerarse más bien una cuestión
terminológica o de nomenclatura, sin alterar el fondo del asunto.
La norma general sobre esta materia se encuentra en el artículo 2320 del Código Civil, mientras que
los artículos 2321 y 2322 constituyen aplicaciones particulares del principio general establecido en
el primero. Para que la responsabilidad por el hecho ajeno se configure, deben concurrir ciertos
requisitos esenciales:
a) La existencia de un vínculo de dependencia entre el autor directo del daño y la persona
civilmente responsable;
b) Que ambos sean capaces de delito o cuasidelito; y
c) Que el autor del daño haya cometido un hecho ilícito, acreditándose todos los elementos que
lo constituyen.
En cuanto a la carga de la prueba, corresponde a la víctima acreditar tanto el vínculo de
dependencia como la existencia del hecho ilícito cometido por el hechor, ya que la culpa del tercero
civilmente responsable se presume. Esta presunción es simplemente legal, lo que significa que
admite prueba en contrario, conforme al inciso final del artículo 2320, que dispone: “Pero cesará la
obligación de esas personas si con la autoridad y el cuidado que su respectiva calidad les confiere y
prescribe, no hubieren podido impedir el hecho”. Por lo tanto, el tercero responsable puede

20
exonerarse si demuestra que, actuando con la diligencia y autoridad propias de su posición, le
habría sido imposible evitar el daño.
Sin embargo, la doctrina reconoce una excepción a esta regla general en el artículo 2321 del Código
Civil, el cual establece que “los padres serán siempre responsables de los delitos o cuasidelitos
cometidos por sus hijos menores, y que conocidamente provengan de su mala educación, o de los
hábitos que los han dejado adquirir”. En este supuesto, los padres no pueden eximirse de
responsabilidad si se acredita que el daño proviene de una mala educación o de los malos hábitos
que ellos mismos permitieron adquirir a sus hijos. En consecuencia, en estos casos no se trata de
una responsabilidad por el hecho ajeno, sino de una responsabilidad personal de los padres, fundada
en su propia culpa, ya sea por culpa in educando (por la formación inadecuada) o por culpa in
vigilando (por falta de supervisión).
Finalmente, en la responsabilidad por el hecho ajeno, como tanto el dependiente (autor material del
daño) como el tercero civilmente responsable (por ejemplo, el empleador o los padres) son capaces
de delito o cuasidelito, confluyen ambas responsabilidades. En virtud de ello, la víctima del daño
puede dirigir su acción indemnizatoria contra ambos, de manera conjunta o separada, con el fin de
obtener la reparación integral del perjuicio sufrido.
- Acción de la persona civilmente responsable contra el autor del daño (art. 2325).
La acción de la persona civilmente responsable contra el autor del daño, regulada en el
artículo 2325 del Código Civil chileno, establece que las personas obligadas a reparar los
daños causados por quienes dependen de ellas tienen el derecho de ser indemnizadas con
cargo a los bienes del autor directo del daño, si los hubiere. Sin embargo, este derecho de
repetición —es decir, la posibilidad de exigir al autor del daño la restitución de lo pagado—
se encuentra sujeto a ciertas condiciones.
El artículo dispone expresamente que “Las personas obligadas a la reparación de los
daños causados por los que de ellos dependen, tendrán derecho para ser indemnizados
sobre los bienes de estas, si los hubiere, y si el que perpetró el daño lo hizo sin orden de
la persona a quien debía obediencia, y era capaz de delito o cuasidelito, según el
artículo 2319”, que regula la capacidad en materia de responsabilidad extracontractual. En
consecuencia, el tercero que debió responder por los daños ocasionados por su dependiente
podrá repetir contra éste, salvo en dos casos específicos:
a) Cuando el autor del daño no sea capaz, de acuerdo con lo dispuesto en el artículo
2319, lo que ocurre, por ejemplo, cuando se trata de menores de edad o personas que no
tienen discernimiento suficiente para comprender la ilicitud de su conducta; y
b) Cuando el autor del daño haya actuado por orden de la persona a quien debía
obediencia, es decir, cuando el dependiente obró siguiendo instrucciones directas de su
superior jerárquico, en cuyo caso la responsabilidad recae exclusivamente en quien impartió
la orden.
De este modo, la norma reconoce que la persona civilmente responsable —como puede ser
un padre respecto de su hijo menor, o un empleador respecto de su dependiente— no
siempre podrá repetir contra el autor del daño, ya que el legislador distingue entre
situaciones en las que efectivamente existe responsabilidad por el hecho ajeno y aquellas
en que la responsabilidad se configura por el hecho propio, derivada de una culpa en la
vigilancia o en la educación.
En consecuencia, el artículo 2325 pone de manifiesto que la figura de la responsabilidad del
tercero puede adoptar dos naturalezas distintas: en algunos casos, una responsabilidad

21
vicaria auténtica, en que el responsable no puede repetir y responde por el hecho ajeno; y
en otros, una responsabilidad derivada de su propio hecho culposo, en la que sí tiene
derecho a repetir contra el autor material del daño. Esta distinción doctrinal permite
comprender que el sistema del Código Civil chileno no se adscribe de manera absoluta a
una u otra categoría, sino que reconoce ambas posibilidades según las circunstancias del
caso concreto.

- Casos especiales de la responsabilidad por el hecho ajeno.


Los casos especiales de responsabilidad por el hecho ajeno constituyen aplicaciones
específicas del principio general contenido en el artículo 2320 del Código Civil chileno, el
cual establece que ciertas personas deben responder por los daños causados por quienes
están bajo su dependencia o cuidado. Esta responsabilidad se configura bajo una presunción
legal de culpa, de modo que el responsable podrá exonerarse si acredita que, con la
autoridad y el cuidado que su calidad le confiere, no pudo impedir el hecho ilícito. A
continuación, se desarrollan los principales casos contemplados por la ley:

1. Responsabilidad de los padres.


El padre, y a falta de este, la madre, es responsable de los hechos ilícitos cometidos por sus
hijos menores de edad que habiten en la misma casa. Por tanto, deben concurrir dos
requisitos copulativos: primero, que el hijo sea menor de edad; y segundo, que viva bajo el
mismo techo y cuidado del padre o madre. En este caso existe una verdadera presunción
legal de responsabilidad, que puede ser desvirtuada probando que los padres actuaron con
la autoridad y el cuidado debidos, conforme al inciso final del artículo 2320. Sin embargo, el
artículo 2321 establece un supuesto particular en que los padres serán siempre
responsables si el daño proviene conocidamente de la mala educación o de los malos
hábitos que han permitido adquirir a sus hijos. En este caso, la doctrina considera que se
trata de una presunción de derecho, es decir, una responsabilidad ineludible derivada de su
propia culpa.

2. Responsabilidad de los tutores o curadores.


El tutor o curador responde por la conducta del pupilo que vive bajo su dependencia y
cuidado. Esta responsabilidad recae exclusivamente sobre los guardadores generales,
siempre que el cuidado del menor no haya sido confiado a otra persona. En consecuencia, no
alcanza a los curadores de bienes, adjuntos o especiales, ya que su función es limitada. Si
el pupilo es incapaz o inimputable conforme al artículo 2319 —por carecer de
discernimiento—, el guardador no responderá, salvo que pueda imputársele negligencia en
el ejercicio de su función. Al igual que en los demás casos, el tutor o curador podrá
exonerarse si demuestra que no pudo impedir el hecho ilícito ejerciendo la autoridad y el
cuidado inherentes a su cargo, conforme al inciso final del artículo 2320.

3. Responsabilidad de los jefes de colegios y escuelas.


El jefe del colegio o escuela es responsable por los daños causados por sus discípulos
mientras estos se encuentran bajo su cuidado, sin distinguir si son menores o mayores de
edad, pues la ley no hace tal diferencia. La presunción de responsabilidad en este caso
también es legal y, por tanto, admite prueba en contrario. El jefe del establecimiento podrá
exonerarse de responsabilidad si acredita haber ejercido adecuadamente la autoridad y el
cuidado que le correspondían. La jurisprudencia ha precisado que esta disposición se aplica
a los directivos del establecimiento, y no a los profesores, quienes no detentan el mismo
grado de autoridad sobre el conjunto de los alumnos.

22
4. Responsabilidad de los artesanos y empresarios.
Los artesanos y empresarios responden por los hechos ilícitos cometidos por sus
dependientes o aprendices mientras estos se encuentran bajo su cuidado o dirección. Para
que opere la presunción de responsabilidad, de carácter legal, es necesario que la víctima
pruebe que el hecho ilícito se cometió mientras el autor se encontraba bajo la vigilancia o
dependencia del artesano o empresario. De igual modo, estos pueden exonerarse mediante
la prueba de haber ejercido la autoridad y el cuidado exigidos por su posición, según el
inciso final del artículo 2320.

5. Responsabilidad de los amos (artículo 2322).


El artículo 2322 dispone que “los amos responderán de la conducta de sus criados o
sirvientes, en el ejercicio de sus respectivas funciones; y esto aunque el hecho de que se
trate no se haya ejecutado a su vista”. Se entiende por amo a la persona que tiene a su
servicio empleados domésticos o sirvientes, siendo responsable por los actos ilícitos
cometidos por estos mientras se encuentran desempeñando sus labores o cumpliendo
órdenes dentro del marco de sus funciones. No obstante, el amo podrá excusarse de
responsabilidad si demuestra las circunstancias señaladas en el inciso final del mismo
artículo, esto es:
a) Que el sirviente ejecutó sus funciones de modo impropio;
b) Que no tenía medios de prever o impedir dicho comportamiento abusivo; y
c) Que empleó la autoridad y el cuidado propios de una persona prudente en su posición.
Es importante destacar que la responsabilidad del artículo 2322 se diferencia de la prevista
en el artículo 2320 para los empresarios y artesanos, ya que el primero se refiere
expresamente a criados o trabajadores domésticos. Sin embargo, la jurisprudencia ha
interpretado ampliamente el concepto de “criado”, extendiéndolo a todos los
trabajadores y empleados, con lo cual se ha consolidado la responsabilidad del
empleador por los actos de sus dependientes. Esta responsabilidad se fundamenta
indistintamente en el inciso cuarto del artículo 2320, en la regla general del mismo
artículo —que impone responsabilidad por quienes están bajo el cuidado de una persona—,
o directamente en el artículo 2322, según la interpretación que se adopte en cada caso
concreto.
En síntesis, el régimen de responsabilidad por el hecho ajeno en el Derecho Civil chileno
establece una serie de presunciones legales de culpa que pueden ser destruidas mediante la
prueba de un adecuado ejercicio de autoridad y cuidado. Estas reglas reflejan un equilibrio
entre la protección de las víctimas y la equidad en la imputación de responsabilidad a
quienes, por su posición o deber de vigilancia, tienen una relación de control o dependencia
respecto del autor del daño.

RESPONSABILIDAD POR EL HECHO DE LAS COSAS


se funda en la idea de que quien tiene una cosa bajo su poder o guarda, ya sea en calidad de
propietario o a cualquier otro título que le permita servirse de ella, tiene el deber jurídico de
vigilarla y mantenerla en un estado tal que no cause perjuicios a terceros. Esta obligación de
custodia y conservación responde al principio general de no causar daño a otro (alterum non
laedere), pero el Código Civil no establece una norma general que presuma la responsabilidad por el
hecho de las cosas, como sí lo hace en el caso de la responsabilidad por el hecho ajeno contemplada
en el artículo 2320.
En consecuencia, la regla general en materia de daño causado por cosas es que no se presume la
responsabilidad del guardián o tenedor de la cosa, sino que debe probarse la existencia de dolo o

23
culpa para que proceda la obligación de indemnizar. No obstante, el Código Civil contempla
determinados casos en los cuales la ley presume expresamente la responsabilidad por el hecho de
las cosas, sin necesidad de acreditar la culpa del responsable.
Estos casos específicos en que la ley establece dicha presunción son los siguientes:
primero, el daño causado por la ruina de un edificio; segundo, el daño ocasionado por una
cosa que cae o se arroja desde la parte superior de un edificio; y tercero, el daño causado por
un animal. En todos estos supuestos, la ley impone al propietario o guardián una responsabilidad
especial derivada de su deber de vigilancia, sin que sea necesario acreditar su dolo o culpa, salvo
que demuestre una causa de exoneración legal.
Así, la responsabilidad por el hecho de las cosas constituye una forma particular de responsabilidad
extracontractual que, a diferencia de la responsabilidad por el hecho ajeno, sólo se presume en los
casos expresamente previstos por la ley, manteniéndose en los demás la exigencia de probar la
culpa del autor del daño.

I. DAÑO CAUSADO POR LA RUINA DE UN EDIFICIO.


Se encuentra regulado en el artículo 2323 del Código Civil, el cual establece que “el
dueño de un edificio es responsable frente a terceros por los daños que ocasione su
ruina, cuando esta se produce por haber omitido las reparaciones necesarias o por
haber faltado de otra manera al cuidado que emplearía un buen padre de familia”.
En consecuencia, para que surja la responsabilidad, deben concurrir tres requisitos
copulativos: primero, que se trate efectivamente de un edificio, entendido en sentido
amplio, como casas, teatros, iglesias, puentes u otras construcciones semejantes;
segundo, que el daño provenga de la ruina o destrucción del edificio; y tercero, que el
dueño haya incurrido en culpa por omitir las reparaciones necesarias o por no haber
observado el cuidado propio de un buen padre de familia. La carga de la prueba de
estos elementos recae en la víctima, quien debe acreditar la existencia del edificio, la
ruina y la falta de diligencia del dueño.
El inciso segundo del mismo artículo 2323 dispone que “si el edificio pertenece a
dos o más personas en comunidad (proindiviso), la indemnización se dividirá entre
ellas a prorrata de sus cuotas de dominio”. Esta regla constituye una excepción al
principio general del artículo 2317 del Código Civil, que impone responsabilidad
solidaria cuando el delito o cuasidelito ha sido cometido por dos o más personas.
Por otra parte, el artículo 932 del Código Civil establece una limitación respecto de los
daños sufridos, en caso en que la victima sea un vecinos, señalando que estos solo
podrán demandar al dueño del edificio si el daño ocurre después de haberle notificado
la querella de obra ruinosa al dueño, mecanismo destinado a prevenir el riesgo de
derrumbe.
El dueño del edificio puede liberarse de responsabilidad si acredita que la ruina se
debió a un caso fortuito, conforme al artículo 934 del Código Civil, el cual menciona
expresamente causas como avenidas, rayos o terremotos. Sin embargo, este caso
fortuito debe ser la causa única de la ruina del edificio. Si se demuestra que el mal
estado de la construcción contribuyó al daño, aun concurriendo un hecho fortuito,
subsiste la obligación de indemnizar, pues el caso fortuito no sería exclusivo ni
suficiente para provocar el daño.
a. En cuanto a la ruina de un edificio por defectos de construcción.

24
En los casos en que la ruina de un edificio se deba a vicios de la construcción, las
normas del Código Civil hacen responsable al empresario o arquitecto que tuvo a
su cargo la construcción.
el artículo 2324 del Código Civil se remite expresamente a la regla tercera del
artículo 2003. “Si el daño causado por la ruina de un edificio proviniere de un
vicio de construcción, tendrá lugar la responsabilidad prescrita en la regla
tercera del art. 2003” Este último precepto (art.2003 CC.) dispone que, “Los
contratos para construcción de edificios, celebrados con un empresario, que se
encarga de toda la obra por un precio único prefijado, se sujetan además a las
reglas siguientes … 3ª si un edificio perece o amenaza ruina total o parcial
dentro de los cinco años siguientes a su entrega por vicios de construcción o por
vicios del suelo que el empresario o sus dependientes debieron conocer en razón
de su oficio, o vicios de los materiales, el empresario será responsable. No
obstante, si los materiales fueron proporcionados por el dueño, la
responsabilidad del empresario se regirá por el inciso final del artículo 2000”,
que establece una responsabilidad más restringida.
A su vez, el artículo 2004 del Código Civil extiende las reglas del artículo 2003,
particularmente las reglas tercera, cuarta y quinta, a quienes intervienen en la
construcción en calidad de arquitectos, haciéndolos también responsables en los
mismos términos. De esta manera, según lo dispuesto en el art. 2003 Nº 3, la ruina
del edificio puede tener su origen tanto en vicios de la construcción como en
defectos del suelo o de los materiales utilizados, siendo responsables el empresario
y el arquitecto cuando la ruina ocurre dentro de los cinco años siguientes a la
entrega de la obra o a su recepción definitiva por la Dirección de Obras
Municipales, en su caso.
Finalmente, estas normas del Código Civil deben complementarse con las
disposiciones contenidas en la Ley General de Urbanismo y Construcciones
(LGUC), que amplía la responsabilidad por los daños derivados de vicios de
construcción al propietario primer vendedor, a los calculistas y a otros profesionales
que hayan intervenido en la obra. La LGUC regula además los procedimientos
específicos y los plazos de prescripción para ejercer las acciones correspondientes,
conforme a lo establecido en sus artículos 17 y siguientes. En conjunto, estas
normas conforman un régimen integral de responsabilidad por ruina de edificio,
fundado en la protección de la seguridad pública y en el deber de diligencia que
pesa sobre quienes intervienen en el proceso constructivo.

II. DAÑO CAUSADO POR UNA COSA QUE CAE O SE ARROJA DE LA PARTE
SUPERIOR DE UN EDIFICIO.
Se encuentra regulado en el artículo 2328 del Código Civil, que en su primera parte
dispone del inc.1 que “el daño causado por una cosa que cae o se arroja de la parte
superior de un edificio es imputable a todas las personas que habitan la misma parte
del edificio, y la indemnización se dividirá entre todas ellas”. De esta norma se
desprende que la ley presume la responsabilidad de los habitantes de la parte del
edificio desde donde provino la cosa dañosa, estableciendo un régimen particular de
imputación que no requiere que la víctima identifique al autor material del hecho.

El profesor Meza Barros observa, con acierto, que el artículo distingue implícitamente
entre dos hipótesis diferentes: si la cosa cae, se trata de un supuesto de responsabilidad
por el hecho de las cosas, pues el daño deriva de una falta de vigilancia o de
mantenimiento adecuado de un objeto; en cambio, si la cosa es arrojada, la
responsabilidad tiene naturaleza de hecho ajeno, ya que recae sobre los habitantes del

25
inmueble que no son necesariamente los autores del acto, sino que responden
solidariamente por el hecho de otro.

En todo caso, quienes deben responder son las personas que habitan la parte del edificio
desde donde la cosa cayó o fue arrojada, sin importar si son propietarios, arrendatarios
u ocupantes. Para que la víctima pueda obtener reparación, solo necesita probar desde
qué parte del edificio provino la cosa que causó el daño, sin que sea necesario
identificar individualmente al responsable. La indemnización se divide entre todos los
habitantes de esa parte del edificio, conforme al principio de división establecido en la
misma disposición legal. Sin embargo, la regla admite una excepción: si se acredita
que el hecho se debió exclusivamente a la culpa o mala intención de una persona
determinada, solo esa persona responderá íntegramente, liberándose los demás
habitantes, tal como señala la parte final del inciso primero del artículo 2328.

Por otra parte, el inciso segundo del mismo artículo contempla una hipótesis de daño
contingente, es decir, de peligro inminente de daño aún no producido, estableciendo
una acción popular preventiva para su evitación. Esta acción puede ser ejercida por
cualquiera del pueblo —sin necesidad de acreditar interés directo— en contra del
dueño del edificio o del sitio, de su arrendatario, o de la persona a quien pertenece
la cosa o que se sirva de ella, para que se le obligue a removerla. La norma establece
expresamente que, “si hubiere alguna cosa que, de la parte superior de un edificio o
de otro paraje elevado, amenace caída o daño, podrá ser obligado a removerla el
dueño del edificio o del sitio, o su inquilino, o la persona a quien perteneciere la cosa
o que se sirviese de ella; y cualquiera del pueblo tendrá derecho para pedir la
remoción”.
De esta manera, el artículo 2328 configura un régimen de responsabilidad que conjuga
un aspecto resarcitorio (en caso de daño efectivamente causado) con un aspecto
preventivo (cuando el daño es solo potencial o amenazante). La ley, en consecuencia,
tutela tanto la reparación del perjuicio ya producido como la protección anticipada
frente al riesgo de daño, imponiendo a quienes ocupan o controlan la parte superior de
un edificio un deber especial de cuidado y vigilancia respecto de las cosas que puedan
caer o ser arrojadas desde ese lugar.

III. DAÑO CAUSADO POR UN ANIMAL.


se encuentra regulado en el artículo 2.326 del Código Civil, el cual dispone que “el
dueño de un animal es responsable de los daños causados por el mismo animal, aun
después que se haya soltado o extraviado; salvo que la soltura, extravío o daño no
pueda imputarse a culpa del dueño o del dependiente encargado de la guarda o
servicio del animal”. Esta disposición establece, por tanto, una presunción legal de
responsabilidad del dueño respecto de los perjuicios que el animal cause, incluso
cuando se haya escapado o perdido, salvo que logre demostrar que la soltura, el
extravío o el daño no son imputables a su culpa ni a la de su dependiente encargado de
su guarda o servicio. De esta forma, la norma impone al propietario un deber de
vigilancia y custodia sobre el animal, y su incumplimiento genera responsabilidad civil.
El inciso segundo del mismo artículo amplía el ámbito subjetivo de esta
responsabilidad al señalar que “lo que se dice del dueño se aplica a toda persona que
se sirva de un animal ajeno”. Esto significa que toda persona que utilice o se beneficie
del animal, aun sin ser propietaria —por ejemplo, un arrendatario, comodatario o
cualquier otro tenedor legítimo—, responderá frente a la víctima de los daños causados

26
por el animal de la misma manera que el dueño. En consecuencia, la responsabilidad se
extiende a quien ejerce de hecho el control o uso del animal, pues es quien se
encuentra en posición de prevenir el daño.
No obstante, en el caso de que la persona que se sirve del animal deba responder frente
a terceros, la ley le otorga una acción de repetición contra el dueño si el daño provino
de un vicio o defecto del animal que el propietario, con mediano cuidado o prudencia,
debió conocer o prever y del cual no informó al usuario. Así, si el dueño oculta una
característica peligrosa o un comportamiento agresivo del animal, y de ello resulta un
daño, el tenedor o usuario podrá exigirle la correspondiente indemnización.
En cuanto al sujeto pasivo de la acción indemnizatoria, la doctrina ha debatido si la
víctima puede demandar indistintamente al dueño y a quien se sirve del animal, o si
debe dirigirse únicamente contra este último. El profesor Barros sostiene que ambos
deben responder frente a la víctima, sin perjuicio de las acciones de reembolso entre
ellos, en atención a que ambos se encuentran comprendidos en la norma. En cambio,
Alessandri plantea que la víctima debe dirigir su acción exclusivamente contra quien
se servía efectivamente del animal al momento del daño, pues la ley no atribuye
responsabilidad objetiva al dueño. Esta última postura parece más conforme con el
tenor literal del inciso primero del artículo 2.326 “éste no responde si la soltura,
extravío o daño no se deben a su culpa o la de su dependiente”, que libera expresamente
al dueño cuando acredita ausencia de culpa propia o de su dependiente.
En definitiva, la responsabilidad por el daño causado por un animal recae, en principio,
sobre quien tiene su custodia y se sirve de él, ya sea el propietario o un tercero que lo
use a cualquier título, siendo posible eximirse únicamente mediante la prueba de
ausencia de culpa. La norma, por tanto, reafirma el principio general del Código Civil
en materia de responsabilidad por el hecho de las cosas: la imputación de
responsabilidad no se funda en la mera tenencia o propiedad, sino en la existencia de
una culpa presunta derivada de la falta de cuidado o vigilancia que impide evitar el
daño.

a. Daño causado por un animal fiero


se encuentra regulado en el artículo 2327 del Código Civil, el cual dispone que “ el
daño causado por un animal fiero, de que no se reporta utilidad para la guarda o
servicio de un predio, será siempre imputable al que lo tenga, y si alegare que no
le fue posible evitar el daño, no será oído”. Esta disposición consagra un régimen
excepcional dentro de la responsabilidad civil extracontractual, ya que establece
una hipótesis de responsabilidad objetiva, en la cual la imputación del daño no
depende de la existencia de culpa o negligencia del sujeto responsable, sino que se
funda exclusivamente en la tenencia del animal fiero.
Para que proceda esta responsabilidad, deben concurrir ciertos requisitos. En primer
lugar, debe tratarse efectivamente de un animal fiero, es decir, de una especie que
por su naturaleza representa un riesgo intrínseco para las personas o las cosas,
como podrían ser animales salvajes o aquellos que, aun domesticados, mantienen
un instinto agresivo o peligroso. En segundo término, el animal no debe reportar
utilidad alguna para la guarda o servicio de un predio, lo que significa que su
tenencia no puede justificarse por razones funcionales vinculadas al resguardo o
aprovechamiento del terreno en que se encuentra. La norma precisa que dicha
utilidad debe referirse al predio mismo, y no a la actividad o negocio que se
desarrolle en él; por tanto, si el animal se mantiene con fines recreativos, exóticos o
de exhibición, no se configura utilidad relevante a los efectos eximentes.

27
Bajo estas condiciones, la ley impone la obligación de indemnizar los daños a
quien tenga al animal, sin importar si es o no su dueño, bastando la mera tenencia o
posesión material del mismo. El artículo 2327 excluye expresamente la posibilidad
de alegar que no fue posible evitar el daño, pues señala que quien invoque tal
circunstancia “no será oído”. Esto implica que el responsable no puede eximirse
acreditando diligencia o ausencia de culpa, ya que la norma presume de manera
absoluta su responsabilidad por el solo hecho de tener al animal fiero bajo su
control.
De esta manera, el régimen del artículo 2327 configura una excepción al principio
general de responsabilidad subjetiva que domina el sistema chileno, estableciendo
una imputación de carácter objetivo y directo, fundada en el riesgo creado por la
mera tenencia de un ser peligroso. Así, quien decide conservar un animal de
naturaleza agresiva o potencialmente dañina, asume las consecuencias jurídicas de
los perjuicios que este cause, respondiendo integralmente frente a la víctima, sin
posibilidad de exoneración por caso fortuito, diligencia o imposibilidad de control.

b. Responsabilidad civil por los daños causados por animales en la Ley Nº 21.020
sobre tenencia responsable de mascotas y animales de compañía:
La Ley N° 21.020, publicada en el Diario Oficial el 2 de agosto de 2017, en su
artículo 1º dispone que ella tiene por objeto establecer normas destinadas a: “4)
Regular la responsabilidad por los daños a las personas y a la propiedad que
sean consecuencia de la acción de mascotas o animales de compañía.” En
consecuencia, las normas sobre responsabilidad civil contenidas en esta ley
constituyen normas especiales respecto de aquellas que regulan los daños causados
por animales en el Código Civil, aplicándose específicamente a los casos en que se
trate de mascotas o animales de compañía. El artículo 2° define las mascotas o
animales de compañía como “aquellos animales domésticos, cualquiera sea su
especie, que sean mantenidos por las personas para fines de compañía o
seguridad”, agregando además que “se excluyen aquellos animales cuya
tenencia se encuentre regulada por leyes especiales.”
Sin perjuicio de lo establecido en el numeral 4) del art. 1º y A pesar de que el
Título V de la ley lleva por nombre “De la responsabilidad en la tenencia de
mascotas o animales de compañía”, en dicho título no solo se contienen normas
relativas a la responsabilidad civil, sino también reglas referidas a las obligaciones
propias de la tenencia de mascotas, entre las cuales se mezclan algunas
disposiciones de responsabilidad civil, principalmente el inciso 1° del artículo 10 y
el artículo 13. Además, fuera de este título también existen disposiciones
relacionadas con la materia, como el artículo 6°, que establece que las mascotas
potencialmente peligrosas deben considerarse animales fieros, constituyendo así
una remisión expresa al artículo 2327 del Código Civil, y el artículo 27 inciso 2°,
que regula la responsabilidad civil del organizador de espectáculos o
exhibiciones de animales.
La regla principal en materia de responsabilidad civil dentro de esta ley se
encuentra en el inciso 1° del artículo 13, que dispone expresamente que “Todo
responsable de un animal regulado en esta ley responderá siempre civilmente de los
daños que se causen por acción del animal, sin perjuicio de la responsabilidad penal
que le corresponda.” La expresión “todo responsable” debe entenderse en

28
concordancia con el artículo 10, el cual dispone que “será responsable de las
mascotas o animales de compañía su dueño o poseedor” y agrega que “Sin
perjuicio de lo anterior, quien tenga un animal bajo su cuidado responderá como
fiador de los daños producidos por éste, en los términos establecidos en el Título
XXXVI del Libro Cuarto del Código Civil.”
De acuerdo con estas normas, la regla general es que responde el dueño o
poseedor, mientras que quien tenga al animal bajo su cuidado pero no sea su dueño
responde como fiador, es decir, de manera subsidiaria, gozando del beneficio de
excusión, lo que implica que solo puede ser demandado una vez que se haya
intentado previamente la persecución contra el dueño o poseedor principal.
En cuanto al factor de imputación, el tenor literal del artículo 13, al disponer que
el responsable “responderá siempre civilmente de los daños que se causen por
acción del animal”, podría llevar a pensar que la ley ha establecido un régimen de
responsabilidad objetiva para todos los daños causados por las mascotas o
animales de compañía, de modo que no resultaría aplicable el artículo 2326 del
Código Civil, que permite exculparse acreditando ausencia de culpa. Refuerza esta
interpretación el hecho de que el propio artículo 13 señale expresamente una causa
de exoneración: “el caso de que un ejemplar canino causare lesiones graves o diere
muerte al que se encontrare en la situación descrita y sancionada por el artículo 144
del Código Penal, así como al que se introdujere en un domicilio, residencia o
morada sin autorización de los moradores ni justificación alguna o con el propósito
de cometer delito.” Por lo tanto, fuera de estas situaciones específicas, no cabría la
exoneración de responsabilidad, lo que parece reforzar el carácter objetivo de esta
regulación.
Sin embargo, esta interpretación genera un problema sistemático. Si se entendiera
que la ley establece responsabilidad objetiva para todos los animales de
compañía, el artículo 6° perdería sentido, puesto que allí se dispone que las
mascotas calificadas como animales “potencialmente peligrosos” se consideran
“un animal fiero para todos los efectos legales.” Como el principal efecto de esta
calificación, conforme al artículo 2327 del Código Civil, es que el tenedor del
animal responde objetivamente si este no reporta utilidad para la guarda o servicio
del predio, entender que la responsabilidad es objetiva para todas las mascotas haría
inútil esta norma. Ello iría en contra del principio de interpretación que ordena
preferir aquel sentido que permita que las normas produzcan efecto y no aquel en
que resulten ineficaces.
Finalmente, el artículo 2 N° 7 de la ley define la tenencia responsable señalando
que comprende “la obligación de adoptar todas las medidas necesarias para evitar
que la mascota o animal de compañía cause daños a la persona o propiedad de
otro.” Esta disposición demuestra que el legislador concibió la responsabilidad
civil en esta materia como consecuencia de un incumplimiento del deber de
cuidado, es decir, basada en la culpa, entendida como la falta del cuidado
necesario para evitar el daño.
Por tanto, aunque el artículo 13 podría sugerir una responsabilidad objetiva, una
interpretación sistemática y finalista de la Ley N° 21.020 lleva a concluir que la
responsabilidad civil por los daños causados por mascotas o animales de
compañía tiene como fundamento la culpa, derivada del incumplimiento del
deber de adoptar las medidas necesarias para prevenir perjuicios, sin perjuicio de

29
que, en el caso de mascotas potencialmente peligrosas consideradas como
animales fieros, rija efectivamente un régimen de responsabilidad objetiva,
conforme al artículo 2327 del Código Civil.

ACCIÓN Y JUICIO DE RESPONSABILIDAD


La acción destinada a perseguir la responsabilidad civil derivada de un delito o cuasidelito se
caracteriza por ser una acción personal, conforme al artículo 578 del Código Civil, dado que sólo
puede ejercerse en contra del autor del daño, es decir, contra quien ha causado el perjuicio. Al
mismo tiempo, esta acción se considera mueble, ya que su objeto es obtener una reparación
pecuniaria, de acuerdo con lo establecido en el artículo 580 del mismo cuerpo legal, lo que significa
que busca una compensación en dinero. En este mismo sentido, también se reputa mueble la acción
que tiene por finalidad lograr la ejecución de hechos destinados a hacer cesar o impedir el daño,
puesto que, conforme al artículo 581, “los hechos que se deben se consideran muebles”. Además,
esta acción tiene carácter patrimonial, porque es susceptible de apreciación pecuniaria, es decir,
puede ser valorada en dinero. Por último, la ley no le ha conferido el carácter de personalísima,
lo que implica que puede cederse por acto entre vivos, transmitirse por causa de muerte, y también
puede ser objeto de renuncia, transacción o extinguirse por prescripción, manteniendo así su
naturaleza de derecho transmisible y patrimonial dentro del ámbito de la responsabilidad civil.
 El texto explica las características jurídicas de la acción que permite perseguir la
responsabilidad civil derivada de un delito o cuasidelito, es decir, la acción que busca
obtener la reparación del daño causado por alguien.
Primero, se señala que esta acción tiene naturaleza personal, según el artículo 578 del
Código Civil, porque sólo puede dirigirse contra el autor del daño. No se trata de una
acción real (que recae sobre cosas), sino personal, ya que lo que se reclama es el
cumplimiento de una obligación —la de indemnizar— por parte de una persona
determinada.
En segundo lugar, la acción se califica como mueble, conforme al artículo 580, porque lo
que se persigue mediante ella es una reparación pecuniaria, es decir, el pago de dinero. El
derecho civil considera que toda acción que tiene por objeto obtener dinero o el
cumplimiento de un hecho se reputa mueble. En la misma línea, el artículo 581 señala que
“los hechos que se deben se reputan muebles”, por lo tanto, también se consideran
muebles las acciones que buscan obligar a alguien a realizar o dejar de realizar
determinados actos, como, por ejemplo, hacer cesar un daño o impedir que ocurra.
Además, se explica que esta acción es patrimonial, ya que tiene valor económico, pues lo
que se reclama puede ser tasado o evaluado en dinero (la indemnización del daño o el
cumplimiento de una obligación con contenido pecuniario).
Finalmente, el texto aclara que esta acción no es personalísima, lo que significa que no
está ligada exclusivamente a la persona del titular, como sí ocurre, por ejemplo, con los
derechos personalísimos (vida, integridad física, honra, etc.). En consecuencia, puede
cederse entre vivos, transmitirse por causa de muerte (a los herederos), renunciarse,
transigirse (llegar a un acuerdo) o extinguirse por prescripción, es decir, si no se ejerce
dentro del plazo legal correspondiente.

30
En resumen, la acción de responsabilidad civil por delito o cuasidelito es personal, mueble,
patrimonial y transmisible, y tiene por objeto obtener una indemnización o el
cumplimiento de un hecho destinado a cesar o evitar un daño.

I. LEGITIMACIÓN ACTIVA
La legitimación activa corresponde a la facultad que tiene una persona para ejercer la
acción destinada a obtener la reparación del daño sufrido. En este sentido, la acción
compete a quien ha sufrido efectivamente el daño o a quien tema sufrirlo en los casos
de daño contingente, es decir, cuando existe una amenaza cierta e inminente de que el
daño ocurra. Se sostiene el principio de que “sin interés no hay acción”, lo que significa
que sólo quien tiene un interés jurídico afectado o amenazado puede accionar. Para
estar legitimado activamente, es necesario ser titular del derecho a exigir la
indemnización correspondiente. Los titulares de este derecho pueden clasificarse en dos
grupos: (a) titulares por derecho propio, es decir, quienes reclaman por un daño que les
afecta directamente, y (b) titulares por transmisión, transferencia o por derecho
derivado, que son aquellos que adquieren el derecho de reclamar la indemnización a
través de una cesión, herencia u otro medio jurídico. Dentro de los titulares por derecho
propio, a su vez, se distingue entre (i) lesionados directos, que son quienes sufren el
daño de manera inmediata, y (ii) víctimas por repercusión o rebote, que son las
personas que, sin haber sido directamente lesionadas, padecen consecuencias dañosas
derivadas del perjuicio causado a otro, como ocurre, por ejemplo, con los familiares de
una víctima fallecida.

a. Titulares por derecho propio: se debe distinguir entre lesionados directos y


lesionados indirectos o víctimas por repercusión o rebote.
i. En primer lugar, los lesionados directos son aquellos que sufren el daño de
manera inmediata y personal, y a su vez debe diferenciarse si el daño recae
sobre las cosas o sobre las personas. En el caso de daño en las cosas, conforme
al artículo 2315 del Código Civil, pueden interponer la acción para hacer valer
la indemnización el dueño, el poseedor aun cuando no sea dueño, el titular de un
derecho real de goce distinto del dominio —como el usufructuario, el habitador
o el usuario—, y también quien tenga las cosas con obligación de responder por
ellas. Por otro lado, en caso de daño a las personas, puede intentar la acción la
propia víctima, es decir, quien ha experimentado el daño directamente, siendo
titular de derechos o intereses no pecuniarios. Esta puede reclamar
indemnización tanto por el daño material, que comprende el daño emergente
y el lucro cesante derivados del daño físico o psíquico, como por el daño
moral, que corresponde al sufrimiento o menoscabo de carácter espiritual.
ii. En segundo lugar, los lesionados indirectos o víctimas por repercusión o
rebote son aquellos que no han sufrido directamente el daño físico, pero que
igualmente pueden experimentar un perjuicio en su patrimonio o en su esfera
moral. El perjuicio patrimonial puede darse, por ejemplo, cuando estas personas
se ven privadas total o parcialmente del auxilio pecuniario o de los beneficios
que el ofendido físicamente les proporcionaba. Asimismo, pueden haber sufrido
un daño moral, entendido como toda pérdida no avaluable en dinero, que surge

31
por la misma causa que afectó a la víctima directa. En los casos de muerte, sólo
existirán víctimas por repercusión, ya que el fallecido no puede sufrir un daño
resarcible.

b. Titulares por transmisión o transferencia o por derecho derivado: según la


causa de sucesión, pueden señalarse los siguientes sucesores:
Los titulares por transmisión o transferencia o por derecho derivado son
aquellos que adquieren la legitimación activa para ejercer la acción indemnizatoria
en virtud de una sucesión, que puede ser a título universal o a título singular,
según la causa de transmisión del derecho.
i. En primer lugar, los sucesores a título universal, es decir, los herederos de los
legitimados por derecho propio, pueden interponer la acción para reclamar
indemnización tanto por los daños causados a las cosas como por los daños
personales. No obstante, debe tenerse presente que ello aplica únicamente
cuando la víctima directa sufrió el daño y posteriormente falleció, puesto que si
el daño mismo fue la muerte, el difunto no adquiere el derecho a solicitar
indemnización alguna que pueda luego transmitirse a sus herederos. En este
último caso, los herederos podrán reclamar la indemnización, pero no en su
calidad de herederos, sino como titulares por derecho propio, en cuanto
víctimas por repercusión o rebote.
ii. En segundo lugar, los sucesores a título singular, como los legatarios o
cesionarios entre vivos, también pueden ejercer la acción, dado que la acción
indemnizatoria tiene carácter patrimonial, lo que permite que este derecho sea
objeto de cesión o legado.
Por otra parte, en cuanto a la legitimación activa de las personas jurídicas,
éstas se encuentran facultadas para reclamar responsabilidad extracontractual
cuando el daño afecta directamente a la persona jurídica. En estos casos, la
acción debe ser ejercida por los representantes legales de la entidad
correspondiente, y no por los socios o accionistas que carezcan de dicha
representación. Sin embargo, estos últimos podrán accionar en caso de que el
daño cause un perjuicio personal que los afecte directamente. En la actualidad,
incluso se reconoce que las personas jurídicas pueden solicitar resarcimiento
del daño moral cuando se lesionan derechos de la personalidad, tales como el
honor, la reputación, el crédito o la confianza comercial, entre otros.

II. LEGITIMACIÓN PASIVA


La legitimación pasiva en materia de responsabilidad civil extracontractual recae,
conforme al artículo 2316 del Código Civil, en el autor del daño y en sus herederos,
quienes responden por las consecuencias del hecho dañoso. Cuando existen varios
autores, el artículo 2317 establece que éstos responden solidariamente, lo que
significa que cada uno de ellos puede ser obligado al pago total de la indemnización,
sin perjuicio de su derecho a repetir contra los demás coautores. Sin embargo, la ley no
determina de manera expresa cómo debe efectuarse la contribución a la deuda entre
los distintos responsables, motivo por el cual, aplicando el principio general de que
cada deudor responde según su participación en la obligación, se entiende que cada uno
debe responder en proporción al daño que efectivamente causó, siempre que dicha
proporción pueda determinarse. En caso de que no sea posible establecerla, se sostiene
que los responsables deberán responder por partes iguales, postura que también es

32
defendida por parte de la doctrina, la cual considera que, ante la falta de norma expresa,
la contribución a la deuda debe efectuarse en igual proporción entre los coautores.
Asimismo, adquiere la calidad de sujeto pasivo el tercero civilmente responsable, de
acuerdo con los artículos 2320 y siguientes del Código Civil, y también sus
herederos, quienes responden dentro de los límites de su patrimonio. Igualmente, se
considera responsable aquel que, sin haber sido cómplice, recibe el provecho del
dolo ajeno, aunque sólo hasta la concurrencia del provecho obtenido, tratándose en
este caso de una acción restitutoria fundada en el principio de enriquecimiento sin
causa. No obstante, según Alessandri, si quien obtiene el provecho del dolo ajeno
conoce la existencia del dolo y no advierte a la víctima con el propósito de lucrar
aprovechándose de sus efectos, debe ser considerado autor del hecho ilícito,
respondiendo por la totalidad de los perjuicios ocasionados. Esta responsabilidad del
tercero que se beneficia del dolo ajeno se extiende igualmente a sus herederos.
En el caso de daños contingentes, la acción preventiva puede dirigirse contra quien,
por su imprudencia o negligencia, pueda causar el daño. De manera particular,
conforme al inciso 2° del artículo 2328 del Código Civil, la acción puede interponerse
contra el dueño del edificio o del sitio, su inquilino, o la persona a quien pertenece
la cosa que amenace con caer o causar daño, o contra quien se sirva de ella.

En cuanto a la legitimación pasiva de las personas jurídicas, debe recordarse que, al


ser entes ficticios, el hecho ilícito —ya sea acción u omisión— necesariamente debe
ser cometido por una persona natural. Sin embargo, en virtud de la teoría del órgano,
la jurisprudencia chilena ha reconocido de manera pacífica la responsabilidad por el
hecho propio de las personas jurídicas, cuando el delito o cuasidelito es cometido
por sus órganos de administración. Lo anterior no impide que, al igual que las
personas naturales, las personas jurídicas también puedan responder por el hecho
ajeno, conforme a los artículos 2320 y siguientes del Código Civil, cuando los hechos
ilícitos son cometidos por sus empleados o dependientes en el ejercicio de sus
funciones.

III. TRIBUNAL COMPETENTE Y PROCEDIMIENTO


La acción de responsabilidad civil extracontractual, en cuanto a su tribunal
competente y procedimiento, corresponde en principio al conocimiento del juez civil,
aplicándose el procedimiento ordinario establecido en el Código de Procedimiento
Civil. No obstante, cuando el hecho que da origen a la responsabilidad civil constituye
delito penal, se permite que la acción civil se ejerza dentro del mismo proceso
penal, lo que responde al principio de unidad de la jurisdicción penal y civil en
materia delictual. Esta posibilidad fue analizada al estudiar la responsabilidad civil
derivada del ilícito penal, donde se explicó que el ejercicio conjunto de ambas
acciones busca evitar decisiones contradictorias y favorecer la reparación integral de la
víctima.
Asimismo, tal como se señaló al tratar ese tema, es obligatorio ejercer la acción civil
dentro del proceso penal cuando dicha acción tiene por objeto la mera restitución
de la cosa que es materia del delito. Es decir, cuando el propósito del actor civil se
limita a obtener la devolución del bien sustraído o afectado por el ilícito penal, no
puede iniciar un proceso separado ante la jurisdicción civil, debiendo hacerlo dentro del
procedimiento penal correspondiente.
Por otro lado, la competencia puede recaer en los Juzgados de Policía Local, en
aquellos casos en que la acción civil se derive de hechos o infracciones que sean de
competencia de dichos tribunales especiales, conforme a la ley. Un ejemplo típico de

33
ello se encuentra en las infracciones a la Ley del Tránsito, donde el mismo juez de
Policía Local que conoce de la infracción tiene competencia para conocer y resolver la
acción civil indemnizatoria derivada del hecho.

En suma, la competencia del tribunal y el procedimiento aplicable dependerán del


origen del hecho dañoso: si se trata de un delito penal, el conocimiento podrá
acumularse al proceso penal; si se trata de un hecho ilícito civil, corresponderá al juez
civil ordinario; y si el hecho constituye una infracción que deba conocer un tribunal
especial, como el Juzgado de Policía Local, será este último el competente para resolver
tanto la infracción como la responsabilidad civil derivada.

IV. OBJETO DE LA REPARACIÓN


El objeto de la reparación en materia de responsabilidad civil extracontractual
consiste, en principio, en una indemnización en dinero, sin perjuicio de que también
procedan acciones destinadas a la restitución de las especies —cuando corresponde
devolver la cosa afectada— o acciones preventivas orientadas a evitar daños
contingentes.
En cuanto a la extensión de la reparación, esta debe ser completa, de manera que
abarque la totalidad de los perjuicios que constituyan una consecuencia directa e
inmediata del hecho ilícito. Este criterio responde al principio de la reparación
integral del daño, conforme al cual la víctima debe ser colocada, en la medida de lo
posible, en la misma situación patrimonial y moral en que se encontraría si el hecho
ilícito no hubiese ocurrido. En virtud de dicho principio, la reparación debe comprender
tanto el daño patrimonial, que incluye el daño emergente (la pérdida efectivamente
sufrida) y el lucro cesante (la ganancia frustrada), como el daño no patrimonial o
moral, que se refiere al sufrimiento, aflicción o menoscabo espiritual causado por el
hecho.
Sin embargo, existen situaciones en que la indemnización puede verse reducida.
Esto ocurre, en primer lugar, por limitaciones expresamente establecidas por la ley,
como en el caso del artículo 2331 del Código Civil, el cual dispone que “en caso de
imputaciones injuriosas, la indemnización se limita al daño susceptible de apreciación
pecuniaria”. La doctrina ha sostenido que esta disposición excluiría la indemnización
del daño moral, dado que este no puede ser cuantificado objetivamente en dinero, lo
que ha generado debate interpretativo respecto de su alcance.
Asimismo, la indemnización puede disminuirse por la conducta de la víctima,
conforme al artículo 2330 del Código Civil, que establece que si la víctima se ha
expuesto imprudentemente al daño, la reparación se reducirá proporcionalmente.
Esta regla responde al principio de autoresponsabilidad o culpa de la víctima, que
impide trasladar al autor del hecho daños que se originaron, en parte, por el
comportamiento descuidado de quien los sufrió.
Finalmente, al determinar el monto de la indemnización, debe considerarse la
compensación entre el daño y el lucro obtenido por la víctima como consecuencia
directa del hecho ilícito. Esto significa que si el hecho generador del daño ha
reportado a la víctima algún beneficio económico, este debe descontarse del monto
indemnizatorio, evitando así un enriquecimiento sin causa.

En suma, la reparación civil busca restablecer el equilibrio roto por el hecho ilícito,
garantizando la indemnización íntegra de los perjuicios efectivamente sufridos, aunque
con las restricciones que la ley y la equidad imponen en determinados supuestos.

34
V. EXTINCIÓN DE LA ACCIÓN DE RESPONSABILIDAD
La acción para exigir la responsabilidad extracontractual se extingue, al igual que
todos los derechos personales o de crédito, por los diversos modos de extinguir las
obligaciones que contempla el Derecho Civil. Sin embargo, es necesario realizar
algunas precisiones respecto de ciertos modos específicos de extinción aplicables a esta
acción o modos de extinguirse las obligaciones.

a. En primer lugar, en cuanto a la renuncia, no existe inconveniente en que el titular


de la acción renuncie a la indemnización correspondiente, aplicándose en este caso
el artículo 12 del Código Civil, conforme al cual las personas pueden renunciar
los derechos conferidos en su exclusivo beneficio, siempre que dicha renuncia no
contravenga el orden público ni perjudique a terceros.
b. En segundo término, respecto de la transacción, esta figura es expresamente
admitida por el artículo 2449 del Código Civil, que dispone: “La transacción
puede recaer sobre la acción civil que nace de un delito; pero sin perjuicio de la
acción criminal”. Esto significa que las partes pueden llegar a un acuerdo respecto
de la acción civil derivada del hecho ilícito, extinguiendo la obligación
indemnizatoria mediante un arreglo, pero ello no impide que subsista la acción
penal, que pertenece al Estado y tiene un carácter de orden público.
c. En tercer lugar, y de manera más compleja, se encuentra el tema de la prescripción
extintiva de la acción de responsabilidad extracontractual. El artículo 2332 del
Código Civil establece tanto el plazo como el punto de partida para su cómputo,
disponiendo que: “Las acciones que concede este título por daño o dolo,
prescriben en cuatro años contados desde la perpetración del acto”.

El principal problema interpretativo surge cuando los daños se manifiestan con


posterioridad a la perpetración del acto ilícito. Parte de la doctrina sostiene que,
siendo el texto legal claro, el plazo debe contarse desde la perpetración del acto, aun
cuando el daño se produzca después. Sin embargo, otro sector doctrinario considera que
el cómputo debe iniciarse desde que efectivamente se sufre el daño, dado que sin
daño no nace la acción, por lo que si se contara desde la perpetración del acto, la
acción podría nacer ya prescrita, lo cual sería contrario al principio de razonabilidad.

La jurisprudencia chilena ha sido vacilante en este punto. Según Barros, el plazo


debiera computarse desde que se produce el daño, pero con un límite máximo de diez
años contados desde la perpetración del acto. No obstante, se ha observado que no
existe norma expresa que respalde dicha interpretación, por lo que su fundamento es
discutible.
Una situación distinta se presenta cuando se trata de delitos o cuasidelitos continuados
en el tiempo, o de hechos ilícitos ejecutados en varios actos sucesivos, pues en esos
casos se ha considerado que la prescripción comienza a contarse desde el último de los
actos o desde que cesa la conducta que genera el daño. En cualquier caso, debe
analizarse situación por situación, dado que la jurisprudencia no ha sido uniforme
en la determinación del punto inicial del cómputo del plazo de prescripción.

En cuanto a la interrupción de la prescripción, esta se rige por las reglas generales


del Código Civil, es decir, puede interrumpirse natural o civilmente, conforme a los
artículos 2503 y siguientes.
Respecto de la suspensión de la prescripción, tradicionalmente se ha sostenido que no

35
procede en el ámbito de la responsabilidad extracontractual, pues se trataría de una
prescripción de corto tiempo, las cuales, según el artículo 2524 del Código Civil,
“corren contra toda persona”. Sin embargo, una corriente doctrinaria más reciente
ha planteado que el artículo 2524 se refiere únicamente a las “acciones especiales que
nacen de ciertos actos o contratos”, por lo que no sería aplicable a las acciones
derivadas de delitos o cuasidelitos, las cuales deberían regirse por la regla general
del artículo 2509, que permite la suspensión de la prescripción respecto de las
personas allí enumeradas.
Cierta jurisprudencia moderna ha acogido esta última tesis, considerando que la
prescripción de la acción extracontractual puede suspenderse en los casos señalados por
el artículo 2509. En todo caso, el propio artículo 2524 aclara que: “Las prescripciones
de corto tiempo a que están sujetas las acciones especiales que nacen de ciertos actos
o contratos, se mencionan en los títulos respectivos, y corren también contra toda
persona; salvo que expresamente se establezca otra regla”.

En conclusión, la acción de responsabilidad extracontractual se extingue principalmente


por prescripción en el plazo de cuatro años, aunque su cómputo y posibles efectos de
suspensión siguen siendo materia de debate doctrinal y jurisprudencial.

36

También podría gustarte