Civil
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I. CAPACIDAD
Tener capacidad es la regla general y la excepción son los incapaces (art.2319)
a. Los dementes: el concepto es amplio, es toda privación de la razón, pero debe ser total y
contemporánea a la realización del ilícito.
i. El demente que obra en intervalo lucido es responsable al igual que en el derecho penal,
aunque esté interdicto. Por lo tanto, no se aplica el art.465 C.C.
b. Los infantes: ellos no responden. Por los dementes y los infantes pueden responder,
excepcionalmente, las personas a cuyo cuidado están si pudiere imputárseles negligencia.
Denominada responsabilidad del guardián del art. 2319 CC.
i. La persona que los tiene a su cuidado, no tiene derecho a repetir contra el incapaz, porque
responde por su propia culpa
ii. a diferencia de la responsabilidad por el hecho ajeno de los arts. 2320 y siguientes, en que
se responde por hechos de otras personas capaces, pero en que existe la posibilidad de
repetir conforme al art. 2325.
c. Los mayores de 7 años y menores de 16 años que hayan obrado sin discernimiento: se
aplican las mismas reglas anteriores si el juez los declara sin discernimiento.
i. El juez competente es el juez civil ante el cual se persigue la responsabilidad.
ii. La sentencia condenatoria en el juicio penal que determinó que el menor de 18 años y
mayor de 16 obró con discernimiento produce cosa juzgada en materia civil, pero la
sentencia absolutoria o el sobreseimiento no produce cosa juzgada en materia civil porque
se trata de una eximente de responsabilidad.
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ejemplo, quien hace un hoyo y no pone señales que adviertan del peligro. Es una omisión
de adoptar medidas de cuidado en la realización de la conducta. Así, en realidad se trata de
una conducta positiva y se trata igual que la acción. Debe siempre responderse.
b. Omisión propiamente tal: existe un riesgo presupuesto que obliga al sujeto a actuar. el
riesgo es autónomo porque no fue creado por quien debe actuar. Según algunos también
debería responderse, pero sólo en ciertos casos, cumpliendo ciertos requisitos:
i. Cuando la ley exige que se actúe: como en los casos en que se está en posición de
garante, como por ejemplo sería en el caso del art. 494 del Código Penal;
ii. Cuando la omisión es dolosa: se omite la actuación con la intención positiva de causar
un daño en la persona o patrimonio de otro.
Así lo dispone el artículo 2318 del Código Civil y se aplica igualmente, según la
jurisprudencia, a quienes obren intoxicados por estupefacientes.
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responsabilidad por el hecho propio de las personas jurídicas, si el delito es cometido por sus
órganos de administración. Lo anterior no obsta a que, al igual que las personas naturales,
las personas jurídicas también respondan por el hecho ajeno (arts. 2320 y ss.) respecto de los
delitos o cuasidelitos que cometan sus empleados o dependientes.
En el caso del dolo incidental, cuando no se cumple con alguno de los requisitos para que
vicie el consentimiento (es decir, ocurre cuando existe un engaño o maniobra dolosa que no
alcanza a ser causa determinante del consentimiento (es decir, aunque hubo engaño, el
consentimiento no queda viciado en forma tal que provoque la nulidad). En estos supuestos
no procede la nulidad por vicio del consentimiento), éste da lugar acción de
indemnización de perjuicios porque estamos simplemente frente a un delito civil.
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iii. Elemento constitutivo de la responsabilidad extra contractual: el dolo no se presume
y debe analizarse en concreto, es decir, el sujeto al ejecutar ese acto quería causar ese
daño.
c. La culpa
Se analiza conforme a criterios generales y se aprecia en abstracto, lo que significa
que el juicio de reproche no se enfoca en la conducta específica que tuvo el sujeto al
ejecutar el acto, sino que se mide comparando su comportamiento con el que habría
tenido una persona prudente y razonable —el llamado “hombre medio”— en las
mismas circunstancias.
iv. Culpa y previsibilidad: A diferencia del dolo, cuando se actúa con culpa, se está
provocando el daño sin haber intención de causarlo. Y se le atribuye al sujeto la
responsabilidad se haya o no representado el resultado. Pero debe tenerse presente que si
no era posible para el hombre medio prever el resultado, se ha dicho no será posible
atribuir responsabilidad. Entonces, uno de los criterios para determinar si ha habido culpa,
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dice relación con la posibilidad de prever el daño, pero analizado en abstracto (Cuando el
texto dice “pero analizado en abstracto”, se refiere a que la posibilidad de prever el daño
no se evalúa en función de las capacidades o circunstancias personales del autor del hecho
concreto, sino conforme a un criterio general y objetivo: el del hombre medio o persona
razonable y prudente. En otras palabras, no importa si el sujeto efectivamente previó o no
el daño, ni si tenía menor experiencia, conocimientos o atención; lo relevante es si una
persona promedio, colocada en las mismas circunstancias, habría podido prever
razonablemente que su conducta podía causar ese daño)
v. Culpa infraccional o culpa contra la legalidad: supone que por el solo hecho de
infringir ciertas normas establecidas en la ley o reglamentos, que establecen deberes de
actuar especiales, se obra con culpa.
1. el acto entonces es considerado ilícito sin que sea necesario entrar en otra calificación.
2. Señala Alessandri: “Cuando así ocurre, hay culpa por el solo hecho de que el agente haya
ejecutado el acto prohibido o no haya realizado el ordenado por la ley o el reglamento,
pues ello significa que omitió las medidas de prudencia o precaución que una u otro
estimaron necesarias para evitar un daño”. Pero ello no necesariamente acarrea la
responsabilidad, porque si falta la relación de causalidad no puede haber responsabilidad.
d. Prueba de la culpa
La prueba de la culpa se rige, en primer lugar, por el artículo 1698 del Código Civil, el cual
establece que quien alega la existencia de una obligación —como la de indemnizar daños
derivados de un delito o cuasidelito— debe probar los elementos que configuran dicha
responsabilidad, entre ellos, la culpa Esta regla general se aplica de manera distinta según se
trate de responsabilidad contractual o extracontractual.
i. En materia contractual: la culpa se presume. El deudor, una vez acreditada la existencia
de la obligación, debe probar que actuó con la diligencia debida en el cumplimiento de su
obligación, conforme al artículo 1547 del Código Civil. Es decir, no se exige al acreedor
probar la culpa del deudor, sino que corresponde a este último demostrar que actuó
correctamente.
ii. En cambio, en la responsabilidad extracontractual, la regla es opuesta: aquí no hay
una obligación preexistente entre las partes, por lo que, para atribuir responsabilidad a
alguien, el demandante debe probar que el demandado infringió el ordenamiento jurídico,
causó un daño y que dicho daño puede imputársele a dolo o culpa. En este ámbito, se
puede emplear cualquier medio de prueba, y la doctrina y la jurisprudencia admiten la
existencia de presunciones de culpa, especialmente a partir de lo dispuesto en los artículos
2314 y 2329 del Código Civil.
1. El artículo 2314 establece la regla general de la responsabilidad por delito o cuasidelito,
señalando que “el que ha cometido un delito o cuasidelito que ha causado daño a otro, es
obligado a indemnizarlo, sin perjuicio de la pena que le impongan las leyes por el delito o
cuasidelito”. Por su parte, el artículo 2329 dispone que “por regla general, todo daño que
pueda imputarse a malicia o negligencia de otra persona debe ser reparado por ésta”, y
añade ejemplos concretos en los numerales 1°, 2° y 3°, que aluden a conductas
imprudentes o negligentes (como disparar imprudentemente un arma de fuego o El que
remueve las losas de una acequia o cañería en calle o camino, sin las precauciones
necesarias para que no caigan los que por allí transitan de día o de noche; O El que,
obligado a la construcción o reparación de un acueducto o puente que atraviesa un
camino lo tiene en estado de causar daño a los que transitan por él).
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2. A partir de esta norma, Alessandri sostuvo que el artículo 2329 consagra una
presunción general de culpa o responsabilidad, en el sentido de que, si el daño proviene
de un hecho que, por su naturaleza o por las circunstancias en que se realiza,
normalmente no debería producirse sin culpa, debe presumirse que el autor actuó con
dolo o negligencia. Como ejemplo, citaba los choques de trenes: si dos trenes colisionan,
ello revela que alguien ha incurrido y es atribuible la culpa, pues los trenes están
diseñados para evitar ese tipo de accidentes.
a. En relación al inc. 2 y sus numerales, ésta doctrina también sostenía que eran
presunciones de culpa. Ahora bien, esto parece ser contradictorio. Por ejemplo, el
No.1 dice “imprudentemente”, o el No.2 habla de “sin tomar las precauciones”,
lo cual pareciera requerir necesariamente una prueba de la negligencia.
b. Entonces, esta interpretación ha sido discutida. Autores como Meza Barros han
sostenido que el artículo 2329 no establece una presunción general, sino que
repite el contenido del artículo 2314, añadiendo simplemente ejemplos de
conductas comunes en la época en que se dictó el Código, en las que el legislador
consideró evidente la existencia de responsabilidad. Incluso, algunos autores han
interpretado que esta norma podría contener casos de responsabilidad objetiva, es
decir, en los cuales basta el daño para generar la obligación de indemnizar, sin
necesidad de probar culpa.
c. La doctrina moderna ha refinado aún más esta discusión. Tapia sostiene que el
artículo 2329 no contiene una presunción general de culpa, sino que
efectivamente se trataría de una presunción solamente para ciertas actividades
peligrosas. Por su parte, Corral interpreta el artículo 2329 en dos niveles: el
inciso primero, según él, no consagra ninguna presunción de culpa, sino que
reitera la exigencia del nexo causal entre el hecho y el daño, complementando el
artículo 2314; mientras que el inciso segundo —donde se incluyen los ejemplos
— establecería presunciones de causalidad en ciertas situaciones típicas, no
presunciones de culpa propiamente tales. Entonces, trataría de casos en los que se
presume la relación causal.
e. Eximentes de responsabilidad
Son circunstancias que permiten al demandado escapar de la obligación de responder por su
hecho, pese a que se han verificado todos los requisitos necesarios para que nazca la
responsabilidad extracontractual
i. Analizaremos lo siguiente:
1. Ejercicio legítimo de un derecho y cumplimiento de un deber: no expresamente
señaladas en la ley, en materia civil la norma es que todo daño causado por una persona
que sea imputable a su negligencia o malicia debe ser reparado por ésta.
El ejercicio de un derecho supone que este no sea abusivo, el abuso supone ejercerlo
apartándose de sus fines, provocando un daño, sea con intención de provocar el daño. En
estos casos no operará la eximente de responsabilidad, aunque se este ejerciendo un
derecho formalmente dentro del marco de sus atribuciones, si se abusa del mismo y se
provoca un daño, se deberá indemnizar
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Entonces, cuando se actúa en ejercicio legítimo de un derecho no se incumple el deber
de obrar diligentemente exigido por el ordenamiento jurídico. Sólo se vulnera el
deber de diligencia cuando se ejerce abusivamente un derecho.
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- Tercera. Falta de provocación suficiente por parte del que se defiende.
Es importante destacar que estos acuerdos son distintos de los eximentes de responsabilidad
propiamente tales, como la fuerza mayor o el caso fortuito, en los que la responsabilidad
desaparece porque el daño no puede atribuirse al autor. En las convenciones sobre
responsabilidad, la responsabilidad existe, pero las partes pactan de antemano que no se
exigirá la reparación o que esta se limitará a ciertas condiciones o montos. En otras palabras,
no se niega la existencia de culpa o daño, sino que se renuncia a exigir o se restringe la
obligación de indemnizar en caso de que estos ocurran.
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No obstante, esta aceptación no es absoluta: existen límites claros en los que no se admiten
las cláusulas de irresponsabilidad. En primer lugar, cuando la ley las prohíbe expresamente.
En segundo lugar, en los casos de dolo o culpa grave, ya que admitir una exoneración en esos
supuestos equivaldría a condonar el dolo o la negligencia extrema futura, lo cual es contrario
a la moral y al orden público. Finalmente, no se admiten en caso de daño a las personas,
porque la vida y la integridad física son bienes jurídicos indisponibles, es decir, no pueden ser
objeto de renuncia ni limitación por la voluntad de las partes.
Por ejemplo, en una carrera automovilística, una cláusula de irresponsabilidad sí podría
cubrir los daños materiales sufridos en los vehículos de los participantes, pero no los daños
personales que afecten su salud o su vida, ya que estos últimos no pueden ser válidamente
objeto de renuncia o exclusión anticipada.
i. Aceptación del riesgo: Una cuestión estrechamente relacionada con las cláusulas de
exoneración de responsabilidad es la de determinar si la aceptación de los riesgos o el
consentimiento de la víctima puede, por sí sola, eximir de responsabilidad al autor del
daño. En principio, la doctrina tradicional sostiene que no, ya que, conforme al viejo
aforismo jurídico, “debemos ser diligentes aun con los negligentes”. Esto significa que
el hecho de que una persona acepte exponerse a un riesgo no libera completamente al
autor del daño de su deber de actuar con diligencia. Por tanto, la aceptación voluntaria
del riesgo no elimina la responsabilidad, sino que, en virtud del artículo 2330 del Código
Civil, puede solo reducir el monto de la indemnización, cuando se estime que la víctima
actuó con imprudencia o culpa concurrente al exponerse voluntariamente al peligro.
Sin embargo, la doctrina moderna ha matizado esta visión y ha reconocido que, en ciertos
supuestos, la aceptación de los riesgos puede funcionar como causa legitimante, es
decir, como una circunstancia que excluye la antijuridicidad de la conducta del agente. Esto
ocurre cuando la víctima se expone conscientemente al daño, con pleno conocimiento e
información suficiente sobre la naturaleza y las consecuencias del riesgo que asume. En
tales casos, no podría luego demandar indemnización por el daño sufrido, puesto que
su consentimiento previo transforma el hecho en jurídicamente permitido.
Ejemplos típicos de esta situación se encuentran en actividades en las que el daño forma
parte del riesgo inherente: los duelos, los tratamientos médicos de carácter riesgoso a los
que el paciente consiente libre e informadamente, o la práctica de deportes o actividades
peligrosas donde existen posibilidades reales de lesión o incluso de muerte. En todos estos
casos, el consentimiento debe ser previo al daño, porque si se otorga con posterioridad,
ya no se trata de una aceptación del riesgo sino de una renuncia al derecho a demandar o
de una transacción sobre una responsabilidad ya nacida.
No obstante, esta exoneración tiene un límite claro: el consentimiento de la víctima no
puede justificar una conducta dolosa. En otras palabras, el consentimiento solo tiene efecto
legitimante cuando el daño proviene de un riesgo propio de la actividad y no de un
acto intencionalmente dañino. Por ejemplo, una lesión producida durante una jugada
violenta pero reglamentaria en un partido de rugby constituye un riesgo asumido por los
jugadores; en cambio, una agresión deliberada con intención de dañar a otro jugador no
puede considerarse cubierta por la aceptación del riesgo inherente al juego, ya que en ese
caso existe dolo, y el consentimiento de la víctima no legitima el hecho ilícito doloso.
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IV. DAÑO
Es el menoscabo o detrimento que sufre una persona por el hecho ilícito de otro
a. requisitos (tradicionalmente) para que el daño sea indemnizable:
i. Ser cierto o daño cierto: El daño, para ser indemnizable, debe ser efectivo y real, es
decir, debe existir verdaderamente y no tratarse de un daño hipotético o eventual. No
obstante, esta exigencia de efectividad no excluye el daño futuro, siempre que este sea
cierto, es decir, que pueda preverse con un grado suficiente de probabilidad y no dependa
de meras conjeturas. En este contexto, el lucro cesante puede comprender tanto lo que la
víctima ya dejó de ganar como aquello que dejará de percibir en el futuro, siempre que
exista un grado de certeza razonable sobre esa pérdida económica.
En cuanto al daño emergente, la certidumbre no presenta mayores dificultades, ya que se
trata de una disminución efectiva y concreta del patrimonio. Por ejemplo, el gasto exacto en
la reparación de una cosa dañada constituye un daño emergente plenamente comprobable.
En cambio, el lucro cesante —esto es, la ganancia frustrada por el hecho ilícito— requiere
necesariamente de una estimación judicial, ya que el juez debe determinar, sobre la base del
curso normal de los acontecimientos, cuánto habría ganado la víctima si el hecho dañoso no
se hubiera producido.
1. A partir de esta problemática, en la doctrina francesa surgió la noción de “pérdida de una
chance” (pérdida de una oportunidad), que busca reconocer como daño indemnizable
aquellos casos en que el hecho ilícito impidió al afectado aprovechar una posibilidad
razonable de obtener un beneficio futuro, aunque sin certeza absoluta de haberlo logrado.
En otras palabras, se trata de indemnizar la frustración de una oportunidad
concreta y real, ya incorporada al patrimonio de la víctima, y no la pérdida de una
ganancia hipotética.
2. Un ejemplo clásico de esta figura es el del abogado negligente que, por omisión o error,
deja transcurrir un plazo procesal y con ello impide que su cliente ejerza una acción
judicial. En tal caso, el cliente pierde la oportunidad de ganar el juicio, y aunque no
pueda afirmarse con certeza que habría obtenido un fallo favorable, sí puede sostenerse
que se le privó de una posibilidad real de éxito, cuya pérdida constituye un daño
resarcible.
La jurisprudencia chilena ha reconocido la pérdida de una oportunidad como una forma de
daño indemnizable, pero ha precisado que la indemnización no puede equivaler al valor
total del beneficio que se habría obtenido de haberse aprovechado la oportunidad. Lo que se
indemniza, en cambio, es la frustración misma de esa chance, en la medida en que se
considere que formaba parte del patrimonio del afectado.
3. Por ejemplo, si un taxista provoca un accidente a una persona que se dirigía a participar
en un torneo de tenis con un premio de 10 millones de pesos, no puede indemnizarse el
monto total del premio, pues ello sería un lucro hipotético, ya que no hay certeza de que
la víctima habría ganado. Sin embargo, sí corresponde indemnizar la pérdida de la
oportunidad real de competir y eventualmente obtener el beneficio, pues esa posibilidad
concreta constituía ya un valor patrimonial afectado por el hecho ilícito.
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ii. No estar ya indemnizado o daño no previamente indemnizado: esto resulta del
principio que impide la doble indemnización del mismo daño se basa en la prohibición
del enriquecimiento sin causa, que impide que la víctima obtenga un beneficio
económico indebido a raíz de un mismo hecho dañoso. En consecuencia, el daño que se
pretende reparar debe ser no previamente indemnizado, es decir, que no haya sido ya
cubierto o compensado por otra vía.
Así, cuando varias personas cometen conjuntamente un delito o cuasidelito civil, todas ellas
responderán solidariamente frente a la víctima, lo que implica que ésta puede exigir la
totalidad de la reparación a cualquiera de los responsables. Sin embargo, ello no significa
que cada uno de los autores sea responsable por un monto mayor al daño total o que cada
uno sea responsable por el total del monto. simplemente la solidaridad tiene efectos
respecto del acreedor, pero entre los codeudores subsiste el derecho de repetición conforme
a las reglas generales.
En el caso del tercero civilmente responsable —por ejemplo, un padre por el hecho de su
hijo— la víctima debe optar entre demandar al autor directo del daño o al tercero
responsable, pero no puede exigir simultáneamente la reparación a ambos. Esto se debe a
que el daño es uno solo y no puede ser objeto de múltiples indemnizaciones, sin perjuicio
de que posteriormente el tercero demandado pueda repetir contra el autor del daño
conforme a las reglas de la responsabilidad por el hecho ajeno.
Se plantea además el problema del cúmulo de indemnizaciones, que ocurre cuando la
víctima ya ha recibido de un tercero ajeno al hecho ilícito una compensación total o parcial
por el daño sufrido. Ejemplo de ello son los pagos efectuados por una compañía de seguros
o por un organismo de seguridad social. En estos casos, la doctrina mayoritaria sostiene que
si tales beneficios tienen carácter reparatorio, el daño se considera extinguido, puesto que
ya ha sido compensado, y por lo tanto no puede volver a reclamarse judicialmente, dado
que ello implicaría indemnizar dos veces un mismo perjuicio.
Sin embargo, en materia de seguros de vida, la situación es distinta. En estos contratos se
entiende que la prestación que realiza la aseguradora no tiene una función reparatoria, sino
que responde a un evento previsto —la muerte del asegurado—, con independencia del
daño patrimonial efectivamente causado. Por ello, se ha sostenido que el responsable del
daño no puede beneficiarse de la diligencia del asegurado o de sus beneficiarios al haber
contratado el seguro. En tales casos, el hecho ilícito se limita a ser el evento que hace
exigible el pago del seguro, cuyo monto no necesariamente guarda proporción con el daño
real, pudiendo ser incluso superior o inferior a él. En consecuencia, el pago del seguro de
vida no extingue el daño resarcible, ya que no constituye una verdadera indemnización,
sino una prestación contractual autónoma.
Entonces; En el tema de los seguros de vida, se ha dicho que igualmente podría
reclamarse la indemnización porque el seguro no tiene una función reparatoria. Como
dijimos, hay quienes sostienen que quien cometió el daño no puede prevalerse de la
diligencia de quien tomó este seguro. En estos seguros, el hecho ilícito sería sólo el
evento que hace que se pague el seguro,
iii. Lesionar un derecho o interés legítimo: En materia de responsabilidad civil, lo habitual
es que el hecho ilícito cause la lesión de un derecho, ya sea patrimonial, como el
derecho de dominio o de propiedad, o extrapatrimonial, como el derecho al honor, la
vida privada o la integridad física y moral de la persona. Sin embargo, la doctrina y la
jurisprudencia han reconocido que la indemnización de perjuicios no requiere
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necesariamente que se haya vulnerado un derecho subjetivo en sentido estricto; basta con
que exista un interés legítimo afectado por el hecho ilícito.
Esta ampliación del ámbito de la responsabilidad fue sostenida por Alessandri, quien
señaló que lo determinante no es la titularidad de un derecho, sino la existencia de un
interés jurídicamente protegido que se haya visto lesionado. De este modo, una persona
puede obtener reparación aunque no ostente un derecho subjetivo sobre el bien o valor
afectado, siempre que el ordenamiento jurídico reconozca su interés como legítimo.
Un ejemplo clásico de esta posición se encuentra en un caso fallado por los tribunales
chilenos: el de un padre ilegítimo que no había sido reconocido ni llamado a heredar por
testamento, razón por la cual, conforme al derecho vigente en ese entonces, no tenía
derechos hereditarios ni derecho a alimentos respecto de su hijo ilegítimo. No obstante,
el hijo, de quien el padre dependía económicamente, murió atropellado por un tren. A pesar
de no tener un derecho patrimonial reconocido sobre los bienes del hijo, el padre demandó
indemnización de perjuicios por el daño que le causó la muerte de quien lo mantenía, y
los tribunales acogieron su demanda, reconociendo que existía un interés legítimo y
cierto que había sido afectado por el hecho ilícito.
Este precedente demuestra que la reparación civil no se restringe a la lesión de derechos
patrimoniales o extrapatrimoniales formalmente reconocidos, sino que también procede
cuando el hecho ilícito lesiona un interés legítimo y jurídicamente atendible, en
coherencia con el principio de reparación integral del daño
b. Clasificaciones
i. Daño material y moral (patrimonial y extrapatrimonial): El daño material se
entiende como la disminución efectiva del patrimonio de una persona, es decir, toda
pérdida o menoscabo económico que afecte sus bienes, ya sea por la destrucción,
deterioro o pérdida de los mismos, o por la privación de una ganancia legítima. Este tipo
de daño es fácilmente cuantificable, pues se refleja directamente en el valor económico
del patrimonio afectado.
Por su parte, el daño moral carece de una definición legal expresa en el Código Civil
chileno, pero la doctrina y la jurisprudencia lo han conceptualizado como el sufrimiento
psicológico o espiritual que experimenta una persona como consecuencia de un hecho
ilícito. La Corte Suprema, en algunos fallos, ha descrito este daño como un “dolor en el
alma”, expresión que busca reflejar el carácter subjetivo e inmaterial del perjuicio.
El daño moral puede derivar de distintas fuentes: de un daño a los bienes materiales (por
ejemplo, el dolor por la pérdida de un objeto de gran valor afectivo), de daños corporales
(como las lesiones físicas que generan dolor o angustia), o de la vulneración de los
atributos de la personalidad, como sucede en los casos de injurias o difamaciones,
donde lo afectado es el honor o la reputación de la persona.
Aunque el Código Civil no consagra explícitamente la reparación del daño moral, la
interpretación sistemática de sus normas ha llevado a concluir que todo daño debe ser
indemnizado, conforme al principio general de reparación integral. Incluso en los casos en
que el Código menciona expresamente solo el daño emergente y el lucro cesante —como
en el artículo relativo a las injurias—, se ha entendido que ello no excluye la procedencia
del daño moral, el cual debe ser igualmente reparado cuando corresponda.
Históricamente, los tribunales chilenos fueron reacios a acoger la indemnización del daño
moral. En un principio, solo la reconocieron en el ámbito de la responsabilidad
extracontractual, especialmente en casos de delitos o cuasidelitos civiles. Sin embargo,
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con el tiempo y bajo la influencia de la doctrina moderna y la jurisprudencia más reciente,
se ha extendido su aceptación también a la responsabilidad contractual, reconociéndose
que el incumplimiento de una obligación puede generar no solo perjuicios económicos,
sino también sufrimientos morales que merecen ser compensados.
De este modo, tanto en sede contractual como extracontractual, el daño moral constituye
hoy una categoría autónoma de perjuicio resarcible dentro del sistema de responsabilidad
civil chileno.
1. Daño material (daño emergente y lucro cesante): La distinción entre daño emergente y
lucro cesante no aparece desarrollada expresamente en el título del Código Civil relativo
a los delitos y cuasidelitos, pero sí se encuentra recogida en el artículo 2331, el cual
establece la necesidad de indemnizar ambos tipos de perjuicio. En efecto, dado que el
principio general del sistema de responsabilidad civil impone la reparación integral del
daño, resulta evidente que tanto el daño emergente como el lucro cesante deben ser
indemnizados.
a. El daño emergente corresponde a la pérdida efectiva y directa sufrida en el
patrimonio del afectado. Se traduce en la disminución concreta de sus bienes o
valores, y se representa, por ejemplo, en el valor total de una cosa destruida o en
el costo de su reparación cuando el daño no es total. Incluso puede incluir la
depreciación o menor valor del bien si este no vuelve a su estado original tras la
reparación.
b. Por otro lado, el lucro cesante consiste en la pérdida de una ganancia legítima
que la víctima habría obtenido de no haberse producido el hecho dañoso. Su
principal problema jurídico es el de la certidumbre, ya que no todo beneficio
hipotético o eventual puede indemnizarse. El lucro cesante puede ser pasado o
futuro, dependiendo del momento en que se evalúe respecto de la demanda, y su
delimitación con el daño eventual (que no es indemnizable) puede ser difusa.
Para determinar el lucro cesante, si no existen pruebas directas sobre las ganancias
futuras —como contratos firmados o encargos confirmados—, debe atenderse a lo que
razonablemente se habría ganado siguiendo el curso normal de los acontecimientos,
conforme a criterios de probabilidad objetiva. En este punto, la determinación del lucro
cesante es una cuestión de hecho que corresponde apreciar al juez, quien podrá basarse
en peritajes y presunciones judiciales para fijar su monto.
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2. Daño moral: Sin perjuicio de lo que ya vimos anteriormente, corresponde resumir
ciertos puntos importantes.
El daño moral ha sido definido como el dolor, la molestia física o psíquica, o el
deterioro en la calidad de vida que experimenta una persona a consecuencia de un
hecho ilícito, lo que en la doctrina se conoce como el “pretium doloris”. Su finalidad es
procurar una compensación por el sufrimiento o aflicción que afecta a la víctima en su
esfera espiritual o emocional. Sin embargo, surge un problema central: este tipo de daño,
por su naturaleza inmaterial, no es verdaderamente reparable en sentido estricto, ya
que ninguna suma de dinero puede eliminar o revertir el sufrimiento experimentado.
Por ello, la indemnización del daño moral no tiene una función de reparación plena en
el sentido patrimonial del término, sino una función compensatoria, cuyo propósito es
aliviar en alguna medida el dolor o la pérdida sufrida, haciéndolos más llevaderos. En
este sentido, la indemnización actúa como una forma de reconocimiento jurídico del daño
padecido, ofreciendo un medio de compensación simbólica y material.
Es fundamental distinguir la función compensatoria del daño moral de otras
finalidades que se le atribuyen erróneamente. En ocasiones, la jurisprudencia o incluso la
doctrina tienden a otorgarle una función retributiva o punitiva, es decir, lo utilizan
como una forma de sanción al autor del daño. Sin embargo, el fundamento del daño
moral en el sistema jurídico chileno no es castigar al responsable —pues esa es una
función propia del Derecho Penal—, sino compensar a la víctima por el menoscabo
espiritual que ha sufrido.
En síntesis, el daño moral se orienta a la compensación del sufrimiento y no a la
punición del autor. Su valoración económica es necesariamente aproximada y
discrecional, dependiente del prudente arbitrio judicial, pero siempre guiada por su
función resarcitoria, no sancionadora.
a. prueba del daño moral: El daño moral, al ser de naturaleza
extrapatrimonial, presenta un problema particularmente complejo en el ámbito
jurídico, su prueba y sobre todo su avaluación. Dado que no implica una
pérdida económica directamente cuantificable, demostrar su existencia y
determinar su monto indemnizatorio plantea dificultades tanto doctrinales como
jurisprudenciales.
En cuanto a su prueba, parte de la doctrina y de la jurisprudencia ha sostenido
que el daño moral no requiere prueba, ya que se presume a partir del hecho
ilícito mismo. Sin embargo, otra corriente —que hoy predomina y resulta más
convincente— sostiene que, como todo daño, el daño moral debe ser
acreditado. Si bien puede no existir una prueba directa del sufrimiento, el juez
puede inferir su existencia mediante prueba indirecta, esto es, a través de
presunciones judiciales fundadas en hechos debidamente acreditados que
conduzcan razonablemente a concluir que el afectado padeció un menoscabo
moral o psicológico.
Respecto de su avaluación, se trata de una cuestión igualmente difícil, ya que el
daño moral, por su carácter inmaterial, no es objetivamente cuantificable. La
determinación del monto indemnizatorio queda al prudente arbitrio judicial, el
cual se orienta por diversos criterios de valoración, entre los que destacan: las
consecuencias físicas, psíquicas, sociales o morales derivadas del hecho ilícito;
las condiciones personales de la víctima; el grado de cercanía o vínculo
afectivo entre el actor y la víctima; la gravedad de la conducta culposa o
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dolosa del autor del daño; la situación patrimonial tanto del ofendido como del
ofensor; la naturaleza del derecho o interés extrapatrimonial lesionado; y el
grado de culpabilidad de ambas partes.
Algunos de estos criterios —como las consecuencias físicas y psíquicas, o la
relación de cercanía con la víctima— se ajustan a la función compensatoria del
daño moral. No obstante, otros criterios, como la culpa o dolo del agente y la
condición económica de las partes, tienden a otorgarle al daño moral una
función sancionatoria o punitiva, lo que se aparta de su esencia resarcitoria.
Es importante tener presente que, a diferencia del daño emergente y el lucro
cesante, en los cuales el daño y la indemnización son de la misma naturaleza
patrimonial (pues el bien perdido es convertible en dinero), en el daño moral
existe una disparidad entre el daño sufrido y su compensación, ya que lo que
se intenta reparar no es un perjuicio económico, sino un sufrimiento espiritual o
emocional. Por ello, la indemnización por daño moral tiene una función
compensatoria y no reparatoria en sentido estricto.
Finalmente, ante la dificultad de valorar este tipo de daño, se han desarrollado los
llamados baremos, que constituyen sistemas de tarifación previa,
principalmente aplicados a los daños corporales, y que buscan ofrecer
referencias objetivas para estimar el monto de la compensación. En Chile, a
diferencia de otros países, no existen baremos legalmente establecidos, pero el
Poder Judicial ha construido una base de datos jurisprudencial que recopila
criterios aplicados en distintos casos, permitiendo así orientar las decisiones
judiciales y lograr mayor uniformidad en la determinación de las
indemnizaciones por daño moral.
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siempre que sean directos y exista una relación de causalidad con el hecho generador del
daño.
Sin embargo, lo anterior no implica que deban indemnizarse daños absolutamente
imprevisibles o extraordinarios. Aun en el ámbito extracontractual, si un daño no era
posible de prever conforme al estándar de conducta del hombre medio, podría entenderse
que no existió culpa, ya que no habría una infracción al deber de diligencia exigible en las
circunstancias del caso. En consecuencia, la previsibilidad opera como un criterio indirecto
para determinar la existencia o ausencia de culpa, más que como un límite formal a la
indemnización de los perjuicios.
16
emocionalmente por el hecho ilícito. En la doctrina y jurisprudencia comparada, se ha
tendido a restringir la legitimación activa únicamente a quienes poseen un vínculo
inmediato o estrecho con la víctima, excluyendo a quienes mantienen una relación más
lejana o menos intensa. Así, se ha sostenido que los parientes más cercanos, como los
padres o el cónyuge, tienden a excluir a los más lejanos, como los hermanos u otros
parientes colaterales, en atención al grado de cercanía afectiva, la intensidad del
sufrimiento experimentado y la razonabilidad del nexo entre el daño y la víctima
indirecta.
V. RELACIÓN DE CAUSALIDAD
La relación de causalidad constituye un requisito esencial de la responsabilidad civil, ya
que exige que entre el hecho voluntario y el daño producido exista un nexo causal. En
otras palabras, el daño debe presentarse como una consecuencia directa de la acción u
omisión del autor. Si el perjuicio no deriva causalmente del hecho imputado, no puede
hablarse de responsabilidad.
Aunque el Código Civil no menciona expresamente este requisito al tratar de los delitos y
cuasidelitos, a diferencia de lo que ocurre en materia contractual —donde el artículo 1558
alude expresamente a los daños que se previeron o pudieron preverse al tiempo del
contrato—, la existencia del nexo causal se encuentra implícita en diversas disposiciones
que hacen referencia a los “daños causados a otro” o a los “daños que puedan
imputarse”. De este modo, aun cuando la ley no lo diga de forma literal, la relación de
causalidad es un requisito lógico y necesario, pues sin ella no es posible imputar
jurídicamente el daño al autor.
Como se señaló desde el inicio del estudio de la responsabilidad, la relación de causalidad
es un requisito común a toda forma de responsabilidad, tanto civil como penal o
administrativa. En ausencia de este vínculo causal, no puede configurarse
responsabilidad alguna.
Asimismo, la falta de relación causal es lo que explica la exclusión de los daños
indirectos como perjuicios indemnizables. En efecto, el artículo 1558 del Código Civil los
excluye expresamente en materia contractual, precisamente porque esos daños no son
consecuencia directa e inmediata del hecho imputado.
El principal problema que se presenta respecto de la causalidad radica en que, en la
realidad, un daño suele ser consecuencia de un conjunto de factores o condiciones
concurrentes, sin las cuales el resultado no se habría producido. Por tanto, surge la
dificultad de determinar cuáles de esas condiciones deben ser consideradas verdaderas
causas del daño y cuáles son meros antecedentes o circunstancias concurrentes sin
relevancia jurídica.
Para resolver este complejo problema de imputación causal, la doctrina y la
jurisprudencia han elaborado diversas teorías que buscan establecer criterios para
identificar la causa jurídicamente relevante del daño. Entre ellas, se destacan aquellas que
han tenido mayor aceptación en la jurisprudencia chilena, y que se estudian como las
principales herramientas interpretativas para determinar cuándo un daño puede ser
imputable causalmente al autor del hecho ilícito.
17
De esta manera, si el hecho voluntario atribuido al presunto autor constituye una de las
condiciones necesarias para la producción del daño, basta esa concurrencia causal para
tenerlo como causa del resultado y, en consecuencia, considerar cumplido el requisito de
la relación de causalidad para efectos de establecer su responsabilidad civil.
Para determinar si un hecho puede ser considerado condición —y, por ende, causa— del
daño, esta teoría emplea el llamado procedimiento de supresión mental hipotética. Este
método consiste en reconstruir mentalmente los acontecimientos, pero eliminando el
factor cuya influencia se analiza. Si al suprimir dicho factor el resultado se habría
producido igualmente, se concluye que no constituía una condición necesaria. En
cambio, si al eliminar el factor el daño ya no se habría producido, se determina que el
hecho era una condición indispensable (conditio sine qua non) y, por tanto, una causa
del resultado dañoso.
i. Un ejemplo clásico de la aplicación de esta teoría se presenta en los casos de daños
sucesivos o concurrentes. Por ejemplo, si una persona resulta lesionada en un accidente
de tránsito y posteriormente muere a causa de un tratamiento médico errado, ambas
circunstancias —el accidente y el tratamiento defectuoso— son consideradas causas del
daño final, pudiendo imputarse la responsabilidad tanto al conductor del vehículo como
al médico tratante.
La teoría de la equivalencia de condiciones ha sido valorada por su simplicidad lógica y
porque facilita a la víctima la reparación, al ampliar el espectro de posibles responsables.
Sin embargo, ha sido objeto de críticas significativas por su excesiva amplitud, ya que al
considerar como causa todo hecho que haya contribuido de alguna forma a la producción
del daño, puede conducir a conclusiones absurdas.
En efecto, bajo una aplicación literal de esta teoría, podrían imputarse consecuencias
jurídicas a hechos demasiado remotos o insignificantes dentro de la cadena causal. Por
ejemplo, podría considerarse responsable a quien aconsejó a otro viajar en un avión que
luego se estrella, o incluso a los padres que procrearon al autor de un delito,
atribuyéndoles los daños derivados del homicidio cometido por su hijo. Estas consecuencias
demuestran que la teoría, pese a su coherencia lógica, no discrimina entre causas
relevantes y causas meramente ocasionales o accesorias, lo que explica que la doctrina y
la jurisprudencia hayan buscado criterios más restrictivos para delimitar la causalidad
jurídicamente relevante.
b. teoría de la causa adecuada: esta teoria surge como una respuesta a las críticas
formuladas contra la teoría de la equivalencia de las condiciones, con el propósito de
restringir la extensión de la responsabilidad civil únicamente a aquellos daños que sean
efectivamente directos y previsibles.
Según esta teoría, no todas las condiciones que concurren en la producción de un daño
pueden ser consideradas causas en sentido jurídico, sino únicamente aquellas que, por su
naturaleza, resulten adecuadas para producir el resultado dañoso. Es decir, la causalidad no
se determina de manera puramente fáctica o mecánica, sino que requiere un juicio de
adecuación: solo se considera causa aquella condición que, según el curso normal y
ordinario de los acontecimientos, sea idónea o apropiada para provocar el daño.
De esta manera, la teoría distingue entre simples condiciones concurrentes y causas
adecuadas. No toda condición necesaria es jurídicamente relevante, pues puede tratarse de
un elemento accesorio o extraordinario dentro de la cadena causal. Para establecer la
existencia de una relación de causalidad adecuada, se adopta la perspectiva de un
observador objetivo, quien debe determinar si, atendidas las circunstancias conocidas al
momento del hecho, la producción del daño aparece como una consecuencia verosímil o
probable del mismo.
18
Si el daño aparece como una consecuencia natural y previsible del hecho ilícito, se
entiende que existe causalidad adecuada y, por tanto, se configura la responsabilidad civil
del autor. En cambio, si el daño resulta de una combinación de factores anormales,
imprevisibles o extraordinarios, la relación causal se rompe, excluyéndose la
responsabilidad.
19
precisión ese grado de participación, lo más adecuado sería dividir la deuda en partes
iguales. La solución más razonable parece ser aplicar el primer criterio —la
proporcionalidad según la intervención— siempre que existan antecedentes que lo
permitan; de no ser posible, se debe optar por la división igualitaria entre los
responsables.
Finalmente, debe tenerse presente que cuando la víctima también ha contribuido con
su culpa a la producción del daño, el artículo 2330 del Código Civil dispone que la
responsabilidad del autor se atenúa, lo que implica una reducción proporcional de la
indemnización.
En cuanto a la prueba, corresponde a quien alega la responsabilidad acreditar los
hechos que dan lugar a la relación causal, es decir, demostrar que entre la conducta
del demandado y el daño sufrido existe un nexo causal directo y suficiente para
fundamentar la imputación jurídica del perjuicio.
20
exonerarse si demuestra que, actuando con la diligencia y autoridad propias de su posición, le
habría sido imposible evitar el daño.
Sin embargo, la doctrina reconoce una excepción a esta regla general en el artículo 2321 del Código
Civil, el cual establece que “los padres serán siempre responsables de los delitos o cuasidelitos
cometidos por sus hijos menores, y que conocidamente provengan de su mala educación, o de los
hábitos que los han dejado adquirir”. En este supuesto, los padres no pueden eximirse de
responsabilidad si se acredita que el daño proviene de una mala educación o de los malos hábitos
que ellos mismos permitieron adquirir a sus hijos. En consecuencia, en estos casos no se trata de
una responsabilidad por el hecho ajeno, sino de una responsabilidad personal de los padres, fundada
en su propia culpa, ya sea por culpa in educando (por la formación inadecuada) o por culpa in
vigilando (por falta de supervisión).
Finalmente, en la responsabilidad por el hecho ajeno, como tanto el dependiente (autor material del
daño) como el tercero civilmente responsable (por ejemplo, el empleador o los padres) son capaces
de delito o cuasidelito, confluyen ambas responsabilidades. En virtud de ello, la víctima del daño
puede dirigir su acción indemnizatoria contra ambos, de manera conjunta o separada, con el fin de
obtener la reparación integral del perjuicio sufrido.
- Acción de la persona civilmente responsable contra el autor del daño (art. 2325).
La acción de la persona civilmente responsable contra el autor del daño, regulada en el
artículo 2325 del Código Civil chileno, establece que las personas obligadas a reparar los
daños causados por quienes dependen de ellas tienen el derecho de ser indemnizadas con
cargo a los bienes del autor directo del daño, si los hubiere. Sin embargo, este derecho de
repetición —es decir, la posibilidad de exigir al autor del daño la restitución de lo pagado—
se encuentra sujeto a ciertas condiciones.
El artículo dispone expresamente que “Las personas obligadas a la reparación de los
daños causados por los que de ellos dependen, tendrán derecho para ser indemnizados
sobre los bienes de estas, si los hubiere, y si el que perpetró el daño lo hizo sin orden de
la persona a quien debía obediencia, y era capaz de delito o cuasidelito, según el
artículo 2319”, que regula la capacidad en materia de responsabilidad extracontractual. En
consecuencia, el tercero que debió responder por los daños ocasionados por su dependiente
podrá repetir contra éste, salvo en dos casos específicos:
a) Cuando el autor del daño no sea capaz, de acuerdo con lo dispuesto en el artículo
2319, lo que ocurre, por ejemplo, cuando se trata de menores de edad o personas que no
tienen discernimiento suficiente para comprender la ilicitud de su conducta; y
b) Cuando el autor del daño haya actuado por orden de la persona a quien debía
obediencia, es decir, cuando el dependiente obró siguiendo instrucciones directas de su
superior jerárquico, en cuyo caso la responsabilidad recae exclusivamente en quien impartió
la orden.
De este modo, la norma reconoce que la persona civilmente responsable —como puede ser
un padre respecto de su hijo menor, o un empleador respecto de su dependiente— no
siempre podrá repetir contra el autor del daño, ya que el legislador distingue entre
situaciones en las que efectivamente existe responsabilidad por el hecho ajeno y aquellas
en que la responsabilidad se configura por el hecho propio, derivada de una culpa en la
vigilancia o en la educación.
En consecuencia, el artículo 2325 pone de manifiesto que la figura de la responsabilidad del
tercero puede adoptar dos naturalezas distintas: en algunos casos, una responsabilidad
21
vicaria auténtica, en que el responsable no puede repetir y responde por el hecho ajeno; y
en otros, una responsabilidad derivada de su propio hecho culposo, en la que sí tiene
derecho a repetir contra el autor material del daño. Esta distinción doctrinal permite
comprender que el sistema del Código Civil chileno no se adscribe de manera absoluta a
una u otra categoría, sino que reconoce ambas posibilidades según las circunstancias del
caso concreto.
22
4. Responsabilidad de los artesanos y empresarios.
Los artesanos y empresarios responden por los hechos ilícitos cometidos por sus
dependientes o aprendices mientras estos se encuentran bajo su cuidado o dirección. Para
que opere la presunción de responsabilidad, de carácter legal, es necesario que la víctima
pruebe que el hecho ilícito se cometió mientras el autor se encontraba bajo la vigilancia o
dependencia del artesano o empresario. De igual modo, estos pueden exonerarse mediante
la prueba de haber ejercido la autoridad y el cuidado exigidos por su posición, según el
inciso final del artículo 2320.
23
culpa para que proceda la obligación de indemnizar. No obstante, el Código Civil contempla
determinados casos en los cuales la ley presume expresamente la responsabilidad por el hecho de
las cosas, sin necesidad de acreditar la culpa del responsable.
Estos casos específicos en que la ley establece dicha presunción son los siguientes:
primero, el daño causado por la ruina de un edificio; segundo, el daño ocasionado por una
cosa que cae o se arroja desde la parte superior de un edificio; y tercero, el daño causado por
un animal. En todos estos supuestos, la ley impone al propietario o guardián una responsabilidad
especial derivada de su deber de vigilancia, sin que sea necesario acreditar su dolo o culpa, salvo
que demuestre una causa de exoneración legal.
Así, la responsabilidad por el hecho de las cosas constituye una forma particular de responsabilidad
extracontractual que, a diferencia de la responsabilidad por el hecho ajeno, sólo se presume en los
casos expresamente previstos por la ley, manteniéndose en los demás la exigencia de probar la
culpa del autor del daño.
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En los casos en que la ruina de un edificio se deba a vicios de la construcción, las
normas del Código Civil hacen responsable al empresario o arquitecto que tuvo a
su cargo la construcción.
el artículo 2324 del Código Civil se remite expresamente a la regla tercera del
artículo 2003. “Si el daño causado por la ruina de un edificio proviniere de un
vicio de construcción, tendrá lugar la responsabilidad prescrita en la regla
tercera del art. 2003” Este último precepto (art.2003 CC.) dispone que, “Los
contratos para construcción de edificios, celebrados con un empresario, que se
encarga de toda la obra por un precio único prefijado, se sujetan además a las
reglas siguientes … 3ª si un edificio perece o amenaza ruina total o parcial
dentro de los cinco años siguientes a su entrega por vicios de construcción o por
vicios del suelo que el empresario o sus dependientes debieron conocer en razón
de su oficio, o vicios de los materiales, el empresario será responsable. No
obstante, si los materiales fueron proporcionados por el dueño, la
responsabilidad del empresario se regirá por el inciso final del artículo 2000”,
que establece una responsabilidad más restringida.
A su vez, el artículo 2004 del Código Civil extiende las reglas del artículo 2003,
particularmente las reglas tercera, cuarta y quinta, a quienes intervienen en la
construcción en calidad de arquitectos, haciéndolos también responsables en los
mismos términos. De esta manera, según lo dispuesto en el art. 2003 Nº 3, la ruina
del edificio puede tener su origen tanto en vicios de la construcción como en
defectos del suelo o de los materiales utilizados, siendo responsables el empresario
y el arquitecto cuando la ruina ocurre dentro de los cinco años siguientes a la
entrega de la obra o a su recepción definitiva por la Dirección de Obras
Municipales, en su caso.
Finalmente, estas normas del Código Civil deben complementarse con las
disposiciones contenidas en la Ley General de Urbanismo y Construcciones
(LGUC), que amplía la responsabilidad por los daños derivados de vicios de
construcción al propietario primer vendedor, a los calculistas y a otros profesionales
que hayan intervenido en la obra. La LGUC regula además los procedimientos
específicos y los plazos de prescripción para ejercer las acciones correspondientes,
conforme a lo establecido en sus artículos 17 y siguientes. En conjunto, estas
normas conforman un régimen integral de responsabilidad por ruina de edificio,
fundado en la protección de la seguridad pública y en el deber de diligencia que
pesa sobre quienes intervienen en el proceso constructivo.
II. DAÑO CAUSADO POR UNA COSA QUE CAE O SE ARROJA DE LA PARTE
SUPERIOR DE UN EDIFICIO.
Se encuentra regulado en el artículo 2328 del Código Civil, que en su primera parte
dispone del inc.1 que “el daño causado por una cosa que cae o se arroja de la parte
superior de un edificio es imputable a todas las personas que habitan la misma parte
del edificio, y la indemnización se dividirá entre todas ellas”. De esta norma se
desprende que la ley presume la responsabilidad de los habitantes de la parte del
edificio desde donde provino la cosa dañosa, estableciendo un régimen particular de
imputación que no requiere que la víctima identifique al autor material del hecho.
El profesor Meza Barros observa, con acierto, que el artículo distingue implícitamente
entre dos hipótesis diferentes: si la cosa cae, se trata de un supuesto de responsabilidad
por el hecho de las cosas, pues el daño deriva de una falta de vigilancia o de
mantenimiento adecuado de un objeto; en cambio, si la cosa es arrojada, la
responsabilidad tiene naturaleza de hecho ajeno, ya que recae sobre los habitantes del
25
inmueble que no son necesariamente los autores del acto, sino que responden
solidariamente por el hecho de otro.
En todo caso, quienes deben responder son las personas que habitan la parte del edificio
desde donde la cosa cayó o fue arrojada, sin importar si son propietarios, arrendatarios
u ocupantes. Para que la víctima pueda obtener reparación, solo necesita probar desde
qué parte del edificio provino la cosa que causó el daño, sin que sea necesario
identificar individualmente al responsable. La indemnización se divide entre todos los
habitantes de esa parte del edificio, conforme al principio de división establecido en la
misma disposición legal. Sin embargo, la regla admite una excepción: si se acredita
que el hecho se debió exclusivamente a la culpa o mala intención de una persona
determinada, solo esa persona responderá íntegramente, liberándose los demás
habitantes, tal como señala la parte final del inciso primero del artículo 2328.
Por otra parte, el inciso segundo del mismo artículo contempla una hipótesis de daño
contingente, es decir, de peligro inminente de daño aún no producido, estableciendo
una acción popular preventiva para su evitación. Esta acción puede ser ejercida por
cualquiera del pueblo —sin necesidad de acreditar interés directo— en contra del
dueño del edificio o del sitio, de su arrendatario, o de la persona a quien pertenece
la cosa o que se sirva de ella, para que se le obligue a removerla. La norma establece
expresamente que, “si hubiere alguna cosa que, de la parte superior de un edificio o
de otro paraje elevado, amenace caída o daño, podrá ser obligado a removerla el
dueño del edificio o del sitio, o su inquilino, o la persona a quien perteneciere la cosa
o que se sirviese de ella; y cualquiera del pueblo tendrá derecho para pedir la
remoción”.
De esta manera, el artículo 2328 configura un régimen de responsabilidad que conjuga
un aspecto resarcitorio (en caso de daño efectivamente causado) con un aspecto
preventivo (cuando el daño es solo potencial o amenazante). La ley, en consecuencia,
tutela tanto la reparación del perjuicio ya producido como la protección anticipada
frente al riesgo de daño, imponiendo a quienes ocupan o controlan la parte superior de
un edificio un deber especial de cuidado y vigilancia respecto de las cosas que puedan
caer o ser arrojadas desde ese lugar.
26
por el animal de la misma manera que el dueño. En consecuencia, la responsabilidad se
extiende a quien ejerce de hecho el control o uso del animal, pues es quien se
encuentra en posición de prevenir el daño.
No obstante, en el caso de que la persona que se sirve del animal deba responder frente
a terceros, la ley le otorga una acción de repetición contra el dueño si el daño provino
de un vicio o defecto del animal que el propietario, con mediano cuidado o prudencia,
debió conocer o prever y del cual no informó al usuario. Así, si el dueño oculta una
característica peligrosa o un comportamiento agresivo del animal, y de ello resulta un
daño, el tenedor o usuario podrá exigirle la correspondiente indemnización.
En cuanto al sujeto pasivo de la acción indemnizatoria, la doctrina ha debatido si la
víctima puede demandar indistintamente al dueño y a quien se sirve del animal, o si
debe dirigirse únicamente contra este último. El profesor Barros sostiene que ambos
deben responder frente a la víctima, sin perjuicio de las acciones de reembolso entre
ellos, en atención a que ambos se encuentran comprendidos en la norma. En cambio,
Alessandri plantea que la víctima debe dirigir su acción exclusivamente contra quien
se servía efectivamente del animal al momento del daño, pues la ley no atribuye
responsabilidad objetiva al dueño. Esta última postura parece más conforme con el
tenor literal del inciso primero del artículo 2.326 “éste no responde si la soltura,
extravío o daño no se deben a su culpa o la de su dependiente”, que libera expresamente
al dueño cuando acredita ausencia de culpa propia o de su dependiente.
En definitiva, la responsabilidad por el daño causado por un animal recae, en principio,
sobre quien tiene su custodia y se sirve de él, ya sea el propietario o un tercero que lo
use a cualquier título, siendo posible eximirse únicamente mediante la prueba de
ausencia de culpa. La norma, por tanto, reafirma el principio general del Código Civil
en materia de responsabilidad por el hecho de las cosas: la imputación de
responsabilidad no se funda en la mera tenencia o propiedad, sino en la existencia de
una culpa presunta derivada de la falta de cuidado o vigilancia que impide evitar el
daño.
27
Bajo estas condiciones, la ley impone la obligación de indemnizar los daños a
quien tenga al animal, sin importar si es o no su dueño, bastando la mera tenencia o
posesión material del mismo. El artículo 2327 excluye expresamente la posibilidad
de alegar que no fue posible evitar el daño, pues señala que quien invoque tal
circunstancia “no será oído”. Esto implica que el responsable no puede eximirse
acreditando diligencia o ausencia de culpa, ya que la norma presume de manera
absoluta su responsabilidad por el solo hecho de tener al animal fiero bajo su
control.
De esta manera, el régimen del artículo 2327 configura una excepción al principio
general de responsabilidad subjetiva que domina el sistema chileno, estableciendo
una imputación de carácter objetivo y directo, fundada en el riesgo creado por la
mera tenencia de un ser peligroso. Así, quien decide conservar un animal de
naturaleza agresiva o potencialmente dañina, asume las consecuencias jurídicas de
los perjuicios que este cause, respondiendo integralmente frente a la víctima, sin
posibilidad de exoneración por caso fortuito, diligencia o imposibilidad de control.
b. Responsabilidad civil por los daños causados por animales en la Ley Nº 21.020
sobre tenencia responsable de mascotas y animales de compañía:
La Ley N° 21.020, publicada en el Diario Oficial el 2 de agosto de 2017, en su
artículo 1º dispone que ella tiene por objeto establecer normas destinadas a: “4)
Regular la responsabilidad por los daños a las personas y a la propiedad que
sean consecuencia de la acción de mascotas o animales de compañía.” En
consecuencia, las normas sobre responsabilidad civil contenidas en esta ley
constituyen normas especiales respecto de aquellas que regulan los daños causados
por animales en el Código Civil, aplicándose específicamente a los casos en que se
trate de mascotas o animales de compañía. El artículo 2° define las mascotas o
animales de compañía como “aquellos animales domésticos, cualquiera sea su
especie, que sean mantenidos por las personas para fines de compañía o
seguridad”, agregando además que “se excluyen aquellos animales cuya
tenencia se encuentre regulada por leyes especiales.”
Sin perjuicio de lo establecido en el numeral 4) del art. 1º y A pesar de que el
Título V de la ley lleva por nombre “De la responsabilidad en la tenencia de
mascotas o animales de compañía”, en dicho título no solo se contienen normas
relativas a la responsabilidad civil, sino también reglas referidas a las obligaciones
propias de la tenencia de mascotas, entre las cuales se mezclan algunas
disposiciones de responsabilidad civil, principalmente el inciso 1° del artículo 10 y
el artículo 13. Además, fuera de este título también existen disposiciones
relacionadas con la materia, como el artículo 6°, que establece que las mascotas
potencialmente peligrosas deben considerarse animales fieros, constituyendo así
una remisión expresa al artículo 2327 del Código Civil, y el artículo 27 inciso 2°,
que regula la responsabilidad civil del organizador de espectáculos o
exhibiciones de animales.
La regla principal en materia de responsabilidad civil dentro de esta ley se
encuentra en el inciso 1° del artículo 13, que dispone expresamente que “Todo
responsable de un animal regulado en esta ley responderá siempre civilmente de los
daños que se causen por acción del animal, sin perjuicio de la responsabilidad penal
que le corresponda.” La expresión “todo responsable” debe entenderse en
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concordancia con el artículo 10, el cual dispone que “será responsable de las
mascotas o animales de compañía su dueño o poseedor” y agrega que “Sin
perjuicio de lo anterior, quien tenga un animal bajo su cuidado responderá como
fiador de los daños producidos por éste, en los términos establecidos en el Título
XXXVI del Libro Cuarto del Código Civil.”
De acuerdo con estas normas, la regla general es que responde el dueño o
poseedor, mientras que quien tenga al animal bajo su cuidado pero no sea su dueño
responde como fiador, es decir, de manera subsidiaria, gozando del beneficio de
excusión, lo que implica que solo puede ser demandado una vez que se haya
intentado previamente la persecución contra el dueño o poseedor principal.
En cuanto al factor de imputación, el tenor literal del artículo 13, al disponer que
el responsable “responderá siempre civilmente de los daños que se causen por
acción del animal”, podría llevar a pensar que la ley ha establecido un régimen de
responsabilidad objetiva para todos los daños causados por las mascotas o
animales de compañía, de modo que no resultaría aplicable el artículo 2326 del
Código Civil, que permite exculparse acreditando ausencia de culpa. Refuerza esta
interpretación el hecho de que el propio artículo 13 señale expresamente una causa
de exoneración: “el caso de que un ejemplar canino causare lesiones graves o diere
muerte al que se encontrare en la situación descrita y sancionada por el artículo 144
del Código Penal, así como al que se introdujere en un domicilio, residencia o
morada sin autorización de los moradores ni justificación alguna o con el propósito
de cometer delito.” Por lo tanto, fuera de estas situaciones específicas, no cabría la
exoneración de responsabilidad, lo que parece reforzar el carácter objetivo de esta
regulación.
Sin embargo, esta interpretación genera un problema sistemático. Si se entendiera
que la ley establece responsabilidad objetiva para todos los animales de
compañía, el artículo 6° perdería sentido, puesto que allí se dispone que las
mascotas calificadas como animales “potencialmente peligrosos” se consideran
“un animal fiero para todos los efectos legales.” Como el principal efecto de esta
calificación, conforme al artículo 2327 del Código Civil, es que el tenedor del
animal responde objetivamente si este no reporta utilidad para la guarda o servicio
del predio, entender que la responsabilidad es objetiva para todas las mascotas haría
inútil esta norma. Ello iría en contra del principio de interpretación que ordena
preferir aquel sentido que permita que las normas produzcan efecto y no aquel en
que resulten ineficaces.
Finalmente, el artículo 2 N° 7 de la ley define la tenencia responsable señalando
que comprende “la obligación de adoptar todas las medidas necesarias para evitar
que la mascota o animal de compañía cause daños a la persona o propiedad de
otro.” Esta disposición demuestra que el legislador concibió la responsabilidad
civil en esta materia como consecuencia de un incumplimiento del deber de
cuidado, es decir, basada en la culpa, entendida como la falta del cuidado
necesario para evitar el daño.
Por tanto, aunque el artículo 13 podría sugerir una responsabilidad objetiva, una
interpretación sistemática y finalista de la Ley N° 21.020 lleva a concluir que la
responsabilidad civil por los daños causados por mascotas o animales de
compañía tiene como fundamento la culpa, derivada del incumplimiento del
deber de adoptar las medidas necesarias para prevenir perjuicios, sin perjuicio de
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que, en el caso de mascotas potencialmente peligrosas consideradas como
animales fieros, rija efectivamente un régimen de responsabilidad objetiva,
conforme al artículo 2327 del Código Civil.
30
En resumen, la acción de responsabilidad civil por delito o cuasidelito es personal, mueble,
patrimonial y transmisible, y tiene por objeto obtener una indemnización o el
cumplimiento de un hecho destinado a cesar o evitar un daño.
I. LEGITIMACIÓN ACTIVA
La legitimación activa corresponde a la facultad que tiene una persona para ejercer la
acción destinada a obtener la reparación del daño sufrido. En este sentido, la acción
compete a quien ha sufrido efectivamente el daño o a quien tema sufrirlo en los casos
de daño contingente, es decir, cuando existe una amenaza cierta e inminente de que el
daño ocurra. Se sostiene el principio de que “sin interés no hay acción”, lo que significa
que sólo quien tiene un interés jurídico afectado o amenazado puede accionar. Para
estar legitimado activamente, es necesario ser titular del derecho a exigir la
indemnización correspondiente. Los titulares de este derecho pueden clasificarse en dos
grupos: (a) titulares por derecho propio, es decir, quienes reclaman por un daño que les
afecta directamente, y (b) titulares por transmisión, transferencia o por derecho
derivado, que son aquellos que adquieren el derecho de reclamar la indemnización a
través de una cesión, herencia u otro medio jurídico. Dentro de los titulares por derecho
propio, a su vez, se distingue entre (i) lesionados directos, que son quienes sufren el
daño de manera inmediata, y (ii) víctimas por repercusión o rebote, que son las
personas que, sin haber sido directamente lesionadas, padecen consecuencias dañosas
derivadas del perjuicio causado a otro, como ocurre, por ejemplo, con los familiares de
una víctima fallecida.
31
por la misma causa que afectó a la víctima directa. En los casos de muerte, sólo
existirán víctimas por repercusión, ya que el fallecido no puede sufrir un daño
resarcible.
32
defendida por parte de la doctrina, la cual considera que, ante la falta de norma expresa,
la contribución a la deuda debe efectuarse en igual proporción entre los coautores.
Asimismo, adquiere la calidad de sujeto pasivo el tercero civilmente responsable, de
acuerdo con los artículos 2320 y siguientes del Código Civil, y también sus
herederos, quienes responden dentro de los límites de su patrimonio. Igualmente, se
considera responsable aquel que, sin haber sido cómplice, recibe el provecho del
dolo ajeno, aunque sólo hasta la concurrencia del provecho obtenido, tratándose en
este caso de una acción restitutoria fundada en el principio de enriquecimiento sin
causa. No obstante, según Alessandri, si quien obtiene el provecho del dolo ajeno
conoce la existencia del dolo y no advierte a la víctima con el propósito de lucrar
aprovechándose de sus efectos, debe ser considerado autor del hecho ilícito,
respondiendo por la totalidad de los perjuicios ocasionados. Esta responsabilidad del
tercero que se beneficia del dolo ajeno se extiende igualmente a sus herederos.
En el caso de daños contingentes, la acción preventiva puede dirigirse contra quien,
por su imprudencia o negligencia, pueda causar el daño. De manera particular,
conforme al inciso 2° del artículo 2328 del Código Civil, la acción puede interponerse
contra el dueño del edificio o del sitio, su inquilino, o la persona a quien pertenece
la cosa que amenace con caer o causar daño, o contra quien se sirva de ella.
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ello se encuentra en las infracciones a la Ley del Tránsito, donde el mismo juez de
Policía Local que conoce de la infracción tiene competencia para conocer y resolver la
acción civil indemnizatoria derivada del hecho.
En suma, la reparación civil busca restablecer el equilibrio roto por el hecho ilícito,
garantizando la indemnización íntegra de los perjuicios efectivamente sufridos, aunque
con las restricciones que la ley y la equidad imponen en determinados supuestos.
34
V. EXTINCIÓN DE LA ACCIÓN DE RESPONSABILIDAD
La acción para exigir la responsabilidad extracontractual se extingue, al igual que
todos los derechos personales o de crédito, por los diversos modos de extinguir las
obligaciones que contempla el Derecho Civil. Sin embargo, es necesario realizar
algunas precisiones respecto de ciertos modos específicos de extinción aplicables a esta
acción o modos de extinguirse las obligaciones.
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procede en el ámbito de la responsabilidad extracontractual, pues se trataría de una
prescripción de corto tiempo, las cuales, según el artículo 2524 del Código Civil,
“corren contra toda persona”. Sin embargo, una corriente doctrinaria más reciente
ha planteado que el artículo 2524 se refiere únicamente a las “acciones especiales que
nacen de ciertos actos o contratos”, por lo que no sería aplicable a las acciones
derivadas de delitos o cuasidelitos, las cuales deberían regirse por la regla general
del artículo 2509, que permite la suspensión de la prescripción respecto de las
personas allí enumeradas.
Cierta jurisprudencia moderna ha acogido esta última tesis, considerando que la
prescripción de la acción extracontractual puede suspenderse en los casos señalados por
el artículo 2509. En todo caso, el propio artículo 2524 aclara que: “Las prescripciones
de corto tiempo a que están sujetas las acciones especiales que nacen de ciertos actos
o contratos, se mencionan en los títulos respectivos, y corren también contra toda
persona; salvo que expresamente se establezca otra regla”.
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