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Díptico

El documento es una obra de dominio público de Emilia Pardo Bazán, presentada por Luarna Ediciones sin responsabilidad editorial. Incluye relatos como 'La sordica', 'Tía Celesta' y 'El mundo', que retratan la vida y las luchas de personajes en diversas situaciones sociales y económicas. La obra destaca la dignidad y el esfuerzo de los personajes frente a la adversidad.

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El documento es una obra de dominio público de Emilia Pardo Bazán, presentada por Luarna Ediciones sin responsabilidad editorial. Incluye relatos como 'La sordica', 'Tía Celesta' y 'El mundo', que retratan la vida y las luchas de personajes en diversas situaciones sociales y económicas. La obra destaca la dignidad y el esfuerzo de los personajes frente a la adversidad.

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Obra reproducida sin responsabilidad editorial

Díptico

Emilia Pardo Bazán


Advertencia de Luarna Ediciones

Este es un libro de dominio público en tanto


que los derechos de autor, según la legislación
española han caducado.

Luarna lo presenta aquí como un obsequio a


sus clientes, dejando claro que:

1) La edición no está supervisada por


nuestro departamento editorial, de for-
ma que no nos responsabilizamos de la
fidelidad del contenido del mismo.

2) Luarna sólo ha adaptado la obra para


que pueda ser fácilmente visible en los
habituales readers de seis pulgadas.

3) A todos los efectos no debe considerarse


como un libro editado por Luarna.

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"La sordica"

Las cuatro de la tarde ya y aún no se ha levan-


tado un soplo de brisa. El calor solar, que agrie-
ta la tierra, derrite y liquida a los negruzcos
segadores encorvados sobre el mar de oro de la
mies sazonada. Uno sobre todo, Selmo, que por
primera vez se dedica a tan ruda faena, siéntese
desfallecer: el sudor se enfría en sus sienes y un
vértigo paraliza su corazón.
¡Ay, si no fuese la vergüenza! ¡Qué dirán los
compañeros si tira la hoz y se echa al surco!
Ya se han reído de él a carcajadas porque se
abalanzó al botijón vacío que los demás habían
apurado...
Maquinalmente, el brazo derecho de Anselmo
baja y sube; reluce la hoz, aplomando mies,
descubriendo la tierra negra y requemada, so-
bre la cual, al desaparecer el trigo que las am-
paraba, languidecen y se agostan aprisa las
amapolas sangrientas y la manzanilla de acre
perfume. La terca voluntad del segadorcillo
mueve el brazo; pero un sufrimiento cada vez
mayor hace doloroso el esfuerzo.
Se asfixia; lo que respira es fuego, lluvia de
brasas que le calcina la boca y le retuesta los
pulmones. ¿A que se deja caer? ¿A que rompe a
llorar? Tímidamente, a hurtadas, como el que
comete un delito, se dirige al segador más
próximo:
-¿No trairán agua? Tú, di, ¿no trairán?
-¡Suerte has tenido, borrego! Ahí viene justo
con ella La Sordica...
Anselmo alza la cabeza, y, a lo lejos sobre un
horizonte de un amarillo anaranjado, cegador,
ve recortarse la figura airosa de la mozuela,
portadora del odre, cuya sola vista le refrigera
el alma.
De la fuente de los Almendrucos es el agua
cristalina que La Sordica trae; agua más helada
cuanto más ardorosa es la temperatura; sorbete
que la Naturaleza preparó allá en sus misterio-
sos laboratorios, para consolar al trabajador en
los crueles días caniculares.
¡Si Anselmo no se contiene al encuentro de la
zagala, saltaría, a manera de corzo, cuando ven-
tea el manantial cercano!
Como si La Sordica adivinase dónde estaba el
más sediento, el más ansioso de aquellos des-
heredados, recta venía hacia Anselmo, gallar-
damente enhiesta para sostener el odre mejor, y
en la mano una cantarita de añadidura, una
cantarita de barro salpicada de divinas gotas de
humedad, que a la luz del sol relucían como
sueltos brillantes...
Y llegándose al segador novicio -leyendo en
su cara amortecida la necesidad- le tendió la
cantarita, a la cual pegó Anselmo los labios con
un suspiro violento, que parecía un sollozo...
Al anochecer, cuando los enormes carros iban
camino de las eras, cargados de gavillas, Selmo
y La Sordica volvían juntos, por la senda que
rodea el lugar; y el mozo decía a la zagala, muy
cerca del oído, sin duda a causa del defectillo
que declara el apodo:
-Na, mujer; en la chola se ma ha metío y en el
querer muy aentro... Tú vas a ser mi novia... No
me des un esaire, borrega, que me gustas más
que el agua de tu cantarita...
"La Ilustración Artística, núm. 887, 1899.

"Tía Celesta"

¿No la visteis al cruzar la esquina, a la viejecita


del pelo más blanco que los copos de la nieve,
detenidos en los aleros de los tejados, de tez
rancia como el marfil, de dentadura cabal y
firme todavía, sin postizo ni engañifa alguna?
Las curtidas y arrugadas manos con que, mane-
jaba la badila revolviendo las castañas en el
tostador dicen a voces la vida de labor incesan-
te; la venerable calma de la frente y la limpidez
de los ojos, que debieron de ser hermosos a los
veinte años; la tranquilidad de la conciencia...
Sentada en la bocacalle, al margen de la acera,
procurando no estorbar con su humilde comer-
cio a los transeúntes, en primavera, vendía lilas,
clavellinas y rosas "de olor"; pero apenas aso-
maba el frío, saliendo a relucir las primeras
"pañosas", establecía su puesto de castañas asa-
das, y allí la tenían los chiquillos golosos de la
escuela y los estudiantes que van a la Universi-
dad y al Instituto, despachando la mercancía
con una afabilidad y un desinterés
señoril...
Generosa y franca, a fuer de española neta,
jamás escatimó la ración al niño que, tiritando,
alarga su "perra chica", ni al mozo que, riendo,
suelta la peseta en el regazo; jamás regateó y
jamás pidió limosna. Ahogos y miserias, cruji-
das y hasta enfermedades sospechamos que se
las pasó la Tía Celesta muy agazapada, en su
sotabanco de la Ronda; pero ¿extender ella
aquella mano? Primero se moriría. Era preciso
oírla cuando se expresaba en confianza. "Traba-
jar, sí, señor; que ésa es la ley del pobre..., digo
del pobre honrado. Con mi trabajo me he man-
tenido y nadie ha tenido que avergonzarme ni
de moza ni de vieja... Y ya, ¿pa qué voy a pe-
dir? To me sobra. ¡Con setenta y seis que cum-
plí el día de Santos...! Se me murió mi hija; crié
un nieto que quedaba y se me escapó; dicen
que sa embarcao pa las Américas, porque era
codiciosillo y quería hacer un fortunón... A mí,
que la Virgen no me quite mi cocido y mi ca-
tre..."
Y cuando insistíamos para saber si no aspiraba
a algo, murmuró confidencialmente la Tía Ce-
lesta:
-Me pide el cuerpo, con este frío barbero, otro
mantón abrigadito, que el puesto ya parece de
telaraña... Y el caso es que me conviene que
venga todavía más frío, más nieve, más escar-
cha...; así venderé más castañas calientes, y pue
que junte pa el mantón... Ya llevo tres reales en
un décimo... Mientras, está una aterecía..., y,
por otra parte, achicharrá...
La mañana en que Tía Celesta expresó tan
modestas aspiraciones (¡qué mañana!; se hela-
ban las palabras en la boca) fue la última que la
vio ocupar su puesto y revolver las castañas,
sobre la hornilla. Desapareció... "Estará acata-
rrada..." Buen catarro debía de ser, que pasaron
las Navidades y llegaron los Carnavales sin que
la castañera volviese a su sitio de costumbre. Y
tampoco, cuando los últimos cierzos de la Sie-
rra soplaron ya fatigados sobre Madrid, se pre-
sentó, cual otros años, ofreciendo los precoces
narcisos, que anuncian la resurrección de Flo-
ra...
Seguramente la Tía Celesta había logrado el
mantón con que soñaba; un mantón color de
tierra, que no se rompe, que no se gasta y que
abriga de una vez...
"La Ilustración Artística, Almanaque", 1899.

El mundo

Las dos hermanas se encontraron en el estre-


cho pasillo; casi se tropezaron, y se dieron un
beso, siendo de cariño a pesar de lo tristes que
estaban. La mayor, Dionisia, venía del cuarto
de la madre enferma, trayendo una taza de cal-
do vacía ya; la menor, Germana, de la cocina,
de calentar por sus manos un parche cáustico.
La penosa y quebrantadora faena de enferme-
ras, la vigilia y las inquietudes habían empali-
decido y ajado sus caras graciosas, donde es-
plendía, antes, fresca y atractiva, la "belleza del
diablo".
-¿Cómo queda ahora? -preguntó Dionisia.
-Me parece que peor... Con mucha fatiga, ¿sa-
bes?
-¿Recado al médico?
-No quiere.
-¡Aunque no quiera...!
Suplicantes, momentos después balbuceaban
al oído de la paciente... Era necesario que vinie-
se el doctor; con que recetase un calmante,
aquel acceso pasaría...
Respiroteaba la señora como pez a quien sa-
can de su elemento y dejan temblar sobre la
playa en anhelo agónico. Desmadejada, azulosa
la tez, sus labios morados se abrían desmesura-
damente, queriendo beberse todo el aire del
mundo. Las hijas, conteniendo el sollozo, la
auxiliaban como podían; dábanle fricciones
suaves, la incorporaban, abrían la ventana de
par en par. El parche, olvidado, se enfriaba so-
bre la mesa de noche. Al fin se aquietó un poco;
la respiración era más fácil y franca. Pudo
hablar:
-Ahorrad médico. Lo indispensable. Acordaos
de que cada visita cuesta un duro.
Ante el gesto de desinterés de indiferencia de
las muchachas, la señora añadió, no sin esfuer-
zo doloroso, terrible:
-Es que no sabéis de la misa la media... Creéis
que únicamente hemos bajado de posición...
Ayer me entregasteis carta del tío Manolo, que
ha terminado la liquidación de nuestra fortu-
na... Estamos completamente arruinadas, y aún
peor: estamos alcanzadas en seis mil y pico de
duros. ¿Qué tal?... Llamad médico, llamad mé-
dico... ¡Si al fin yo duraré pocos días, y no hay
médico en el mundo que pueda curarme! Con
este golpe..., lo he sentido; se me ha descom-
puesto algo dentro, en el corazón... ¡Pobres pe-
queñas mías! ¡Ánimo, no lloréis!...
Era tardío el encargo, Dionisia y Germana,
abrazadas, se mojaban recíprocamente los ros-
tros con el llanto ardiente y salado de las gran-
des amarguras... La primera en dominarse fue
la menor; arrastró fuera de la habitación a la
mayor y la llevó hacia una salita amueblada
con cierto lujo, reliquia del bienestar antiguo.
-¿Qué va a ser de nosotras? -tartamudeó
hipando aún Dionisia.
-Trabajaremos -decidió Germana prontamen-
te-. Y desde hoy mismo. No en balde nos lla-
man Manitas de oro. No creas que aguardaré a
que mamá se muera, a que nos echen de esta
casa y perdamos nuestra única esperanza de
salvación.
-Y, por mucho que trabajemos, ¿crees tú que
sacaremos para vivir?
-De seguro. Y para volver a tener coche.
-¿Y los intreses de la deuda de los seis mil?
Porque hay que pagarlos, ¿entiendes?
-¡Vaya si hay que pagarlos! -murmuró pensa-
tiva, lacrimosa, Germana-. No vamos a dejar en
vergüenza la memoria de mamá. Sólo que en-
tonces..., habrá que trabajar de otro modo.
-¿De qué modo? -interrogó, recelosa, Dionisia.
-Yo me entiendo.
-No vayas a hacer una de las tuyas...
Vistióse Germana con elegancia y coquetería:
traje sastre de fino paño marrón; toca azul,
donde anidaba un pajarito tornasolado; tomó
un coche y fue recorriendo las casas de las ami-
gas de antaño, que se mostraban frías o, por lo
menos, alejadas, desde el momento en que "las
de Ramos" se encontraron en mala situación
económica... Donde la recibían, Germana en-
traba decidida, sonriente bajo el velito de mo-
tas; un ramillo de violetas naturales, preso en la
solapa, la anunciaba con la discreta brisa de su
perfume; y soltaba el discurso, no en tono su-
plicante, sino como el que pide lo que se le de-
be.
-No estamos lo que se dice en grave apuro, eso
no; sin embargo, hemos sufrido pérdidas... ¡Fí-
gurate que vivíamos con tanto lujo...! Cuesta,
cuesta el acostumbrarse a recortar gastos.
Echamos de menos el coche, los abonos, los
viajes. En vista de esto -añadía precipitadamen-
te la niña al notar las nubes de desconfianza y
precaución que iban cubriendo la faz de su in-
terlocutora-, hemos resuelto ser en breve más
ricas que nunca. Yo tengo disposición, buen
gusto, algo de chic. He aceptado la representa-
ción de una modista muy elegante de Biarritz,
la que nos vestía antes; este traje es de ella...
Reproduciremos aquí sus modelos con alguna
rebaja, naturalmente... Haremos las toilettes y
los sombreros; todo completo. Pago, eso sí, al
contado; la modista nos lo exige... Hemos mon-
tado taller. Conque, querida, a ver si nos ayu-
das..., ¿eh? No te pido otro favor... Es en ventaja
tuya; vestirás bien con menos sacrificio, y lo
que lleves será igual, como que es el modelo, a
lo que otras

traigan de casa madama Lagazc... Te dejo las


señas. Corre la voz... Ven a casa a ver los mode-
litos...

Los confeccionó ella misma, con trapos suyos,


sobre maniquíes de alambre de unas cuantas
pulgadas de alto. Había el traje de sociedad, el
de calle, el de abrigo y hasta el alborotado, in-
solente, enorme sombrero. La fiebre de la inspi-
ración hacía que Germana ni tuviese tiempo de
notar que su madre empeoraba. Dionisia, des-
esperanzada y temblona, lloraba por los rinco-
nes. Germana, valerosa, esperaba las parro-
quianas seguras. Al espejuelo de la elegancia
extranjera, la mujer acude, y acudió. Dos anti-
guas amigas se encargaron trajes sastre; tres o
cuatro desconocidas, abrigos y sombreros; una
dama de alto copete pidió el traje de sociedad
muy aprisa, a plazo fijo, para comida y baile en
la Embajada de Rusia...
-Oye, Dionisia -suplicó Germana, con voz rota
por la emoción-: coge, sin que mamá te vea,
todo el dinero que tenga ella en su armario...
hay que adelantar tela, los adornos...
-No me atrevo... ¡Coger, así, del armario! ¡Las
economías de mamá!
-¿Prefieres pedir limosna?
La energía sugestiona, la resolución fascina.
Dionisia se apoderó de la cantidad, y los trajes
empezaron a surgir. Las hermanas no dormían,
no comían ni vivían. La enferma hubo de notar
algo extraño.
-¿Qué os pasa? ¡Qué raras estáis! ¿Por qué me
deja Germana sola tanto tiempo? ¿A qué se
dedica? ¡Ingrata! Que venga...
Una mañana, el ahogo de la señora fue más
largo, o las fuerzas se hallaban más agotadas tal
vez... Sobre el brazo de Dionisia cayó la inerte
cabeza de la madre, libre ya de penas y sufri-
mientos, bañada en eterno reposo. Las hijas,
arrodillándose al pie de la cama, sollozaban sin
consuelo. Se oyó sonar la campanilla imperio-
samente.
-¡Llaman!... -gimió Dionisia.
-¡Es la parroquiana del traje de sociedad!... ¡La
había citado a esta hora! Viene a probar -hipó
Germana, levantándose.
-¿Vas a recibirla? -reprobó la hermana mayor.
-¡Ya lo creo!...
Y Germana, limpiándose las lágrimas, salió
aprisa.
-¿Llora usted? -preguntábale entre compade-
cida y curiosa la cliente, mientras ahuecaba con
el dedo un pliegue del cuerpo escotado, para
señalar la arruga.
-Sí, señora. Acabo de saber que se me ha
muerto una parienta... allá en Andalucía.
-¿Cercana?
No mucho... Pero la queríamos... ¿Le gusta a la
señora el escote bajo, o sin hombreras? Ahora
se llevan poco...
-Más bajito..., así... Que no me falte usted ma-
ñana, ¿eh? Espero el vestido por la tarde...
Al día siguiente -horas después del entierro-
Germana cobraba la primera toilette de las que
hicieron la reputación de las famosas hermanas
Ramos. Se ganaba en el traje sobre unas tres-
cientas pesetas.
-Si yo confieso mi verdadera situación -
decíame Germana, al referirme su escondida
tragedia-, o me vuelven la espalda o me dan
unas "perras" de limosna... Hay que pedir con
soberbia y para lujo; no para comer...
"La Ilustración Española y Americana", núm.
29, 1908.

El disfraz

La profesora de piano pisó la antesala toda


recelosa y encogida. Era su actitud habitual;
pero aquel día la exageraba involuntariamente,
porque se sentía en falta. Llegaba por lo menos
con veinte minutos de retraso, y hubiese queri-
do esconderse tras el repostero, que ostentaba
los blasones de los marqueses de la Ínsula,
cuando el criado, patilludo y guapetón, le dijo,
con la severidad de los servidores de la casa
grande hacia los asalariados humildes:
-La señorita Enriqueta ya aguarda hace un
ratito... La señora marquesa, también.
No pudiendo meterse bajo tierra, se precipi-
tó... Sus tacones torcidos golpeaban la alfombra
espesa, y al correr, se prendían en el desgarrón
interior de la bajera, pasada de tanto uso. A
pique estuvo de caerse, y un espejo del salón
que atravesaba para dirigirse al apartado gabi-
nete donde debía de impacientarse su alumna,
le envió el reflejo de un semblante ya algo de-
macrado, y ahora más descompuesto por el
terror de perder una plaza que, con el empleíllo
del marido, era el mayor recurso de la familia.
¡Una lección de dieciocho duros! Todos los
agujeros se tapaban con ella. Al panadero, al de
la tienda de la esquina, al administrador impla-
cable que traía el recibo del piso, se les respon-
día invariablemente: "La semana que viene...
Cuando cobremos la lección de la señorita de la
Ínsula..." Y en la respuesta había cierto inocente
orgullo, la satisfacción de enseñar a la hija úni-
ca y mimada de unos señores tan encumbrados,
que iban a Palacio como a su casa propia, y
daban comidas y fiestas a las cuales concurría
lo mejor de lo mejor: grandes, generales, minis-
tros... Y doña Consolación, la maestra, contaba
y no acababa de la gracia de Enriquetita, de la
bondad de la señora marquesa, que le hablaba
con tanta sencillez, que la distinguía tanto...
Todo era verdad -lo de la sencillez, lo de la
distinción-, pero la profesora no por eso se sen-
tía menos achicada -hasta el extremo de emo-
cionarse- cuando la madre de esa alumna,
siempre vestida de terciopelo, siempre adorna-
da con fulgurantes joyas, le dirigía la palabra, le
hablaba de música... Porque la marquesa de la
Ínsula, que no sabía ni cuáles eran las notas del
pentagrama, disertaba a veces con verbosidad,
repitiendo lo que oía decir a los entendidos en
su platea. Y doña Consolación, sin enterarse de
lo que explicaba aquella voz tan suave, a me-
nudo imperiosa en su dulzura, contestaba in-
distintamente.
-Verdad... Así es... No cabe duda... Tiene ra-
zón la señora...
¡Si por culpa de la tardanza perdiese la lec-
ción! ¡Si, al verla entrar, la marquesa hiciese un
gesto de contrariedad, de desagrado! El cora-
zón fatigado de la profesora armaba un ruido
de fuelle que la aturdía... Se detuvo para tomar
aliento. Y, en el mismo instante, oyó que la lla-
maban con acento cordial, afectuoso. Era su
discípula.
-¡Doña Consola! ¡Doña Consola! -repetía la
niña, en el tono del que tiene que dar una noti-
cia alegre-. Venga usted... ¡Hay novedades!
"Doña Consola" corrió, no sin grave peligro de
enganche y caída. La marquesa, llena de corte-
sía, se había levantado, de lo cual protestó la
maestra, exclamando:
-¡Por Dios!
La chiquilla batía palmas.
-¡Mamá, mamá, díselo pronto!...
-Dame tiempo... -contestó risueña la madre-.
Doña Consolación, figúrese usted que desea-
mos... Vamos a ver: ¿no tiene usted muchas
ganas de oír Lohengrin?
-Yo...
La profesora se puso amoratada, que es el
modo de ruborizarse de los cardíacos.
-Yo... ¡Lohengrin! ¡Ya lo creo, señora! -
prorrumpió de súbito, en involuntaria efusión
de un alma que hubiese podido ser artista si no
fuese de madre de familia obligada a ganar el
pan de tres chiquitines-. ¡Ya lo creo! Sólo una
vez oí una ópera... ¡y hace tantos años ya! ¡Y
Lohengrin! Se dice que lo cantan divinamente...
-¡Oh! ¡Ese Capinera! ¡Y la Stolli! ¡Si es un bor-
dado! Bueno; pues se trata de que esta noche
tenemos dos asientos...
El amoratado fue morado oscuro. ¿Estaría
soñando? ¿La convidaban al palco? ¿Al palco,
con la marquesa?
-Son dos butacas que le han enviado a nuestro
jefe -prosiguió la dama-, y yo no sé por dónde
lo ha sabido este diablillo de Enriqueta, que
además ha averiguado que el jefe no quiere
aprovechar esas localidades, ni para sí ni para
su hijo; ¡prefieren irse a Apolo!... Y ha sido su
discípula de usted quien ha pensado en segui-
da...
-¡Mil gracias, Enriquetita!... ¡Mil gracias, seño-
ra! -balbució la maestra, ya recobrada de su
primera emoción-. Agradezco tanta bondad, y
disfrutaría mucho oyendo la ópera, que no co-
nozco sino en papeles...; pero ni mi esposo ni
yo tenemos ropa..., vamos..., como la que hay
que tener para ir a las butacas del Real.
-¡No importa! -gritó Enriqueta, que no renun-
ciaba a su benéfico antojo-. Mamá le da a usted
un vestido bonito... ¿No lo dijiste? -añadió, col-
gándose del cuello de su madre como un dia-
blillo zalamero, habituado a mandar-. ¿No dijis-
te que aquel vestido que se te quedó antiguo,
de seda verde? ¿Y el abrigo de paño, el de color
café, que no lo usas? ¿Y ropa de papá, un frac
ya antiguo, para el marido de doña Consola?
-Sí, todo eso es verdad -confirmó la marquesa-
. Y si doña Consolación no tiene inconvenien-
te...
La profesora no sabía lo que le pasaba. Igno-
raba si era pena, si era gozo, lo que oprimía su
corazón enfermo y mal regulado. Pero Enrique-
tita, tenaz, aferrada al capricho bondadoso y a
la diversión de la mascarada, insistía.
-¡Doña Consola! ¡Doña Consolita! Mire usted
que lo pasará divinamente. Verá: mandamos
un recado a su señor esposo, y le traen en un
coche. Usted ya no se va. Les darán de cenar
aquí. Toinette les viste...
-¿También va Toinette a vestir al marido de
doña Consolación? -preguntó la marquesa, con-
tagiada del buen humor de la chiquilla.
-No; quise decir que Toinette la viste a usted,
y a su marido le viste Lino, el ayuda de cámara
de papá. ¡Ande usted, diga que sí!... Luego les
tomamos otro coche, ¿no dijiste que se lo toma-
bas mamá?, y se van ustedes al teatro.
La marquesa hacía señales de aprobación, y,
entre tanto, la maestra meditaba... ¡Desnudarse
delante de aquella Toinette, la doncella france-
sa, remilgada y burlona, que vería la ropa inter-
ior desaseada, los bajos destrozados, el corsé
roto, de pobre dril gris! ¡Mostrar los estigmas
de la miseria sufrida heroicamente, la flojedad
de las carnes, que olían al sudor enfriado de
tantas caminatas hechas a pie, por ahorrarse los
diez céntimos del tranvía! ¡Enseñar su faldilla
de barros, con el desgarrón, que no había teni-
do tiempo de remendar! Una vergüenza, una
humillación dolorosa, la impulsaban a gritar:
"No, no iré; no me vestirán de carnaval con la
librea de lujo..." Pero los ojos preciosos, límpi-
dos, de Enriqueta expresaban tan buena volun-
tad, tal afectuoso empeño de proporcionar a su
profesora, por una noche, los goces de los privi-
legiados, que doña Consolación tuvo miedo de
negarse a aquella humorada o gentil travesura.
"Pueden quedar descontentos... Puedo perder
esta
lección de ricos, los dieciocho duros al mes, casi
tanto como gana Pablo con su empleo..." Y en
voz alta, tartamudeó:
-Pues lo que quiera Enriquetita... Lo que quie-
ra...
Dos horas después estaba vestida y peinada
doña Consola. Sobre su ropa blanca, perfumada
de foin, crujía la seda musgo del traje, antiguo
para la elegante marquesa, en realidad casi de
última moda, primorosamente adornado con
bordados verde pálido y rosas en ligera guir-
nalda; en la cabeza, un lazo de lentejuela hacía
resaltar el brillo del pelo castaño, rizado con
arte. Las mangas de la almilla de algodón habí-
an estorbado, porque la manga del traje termi-
naba en el codo; pero Toinette, con alfileres, lo
arregló, y la maestra lucía guantes blancos, lar-
gos, que le hacían la mano chica. Enriqueta bai-
laba de contento. No hacía sino contemplar a su
profesora y repetir:
-¡Si se ha vuelto tan guapa! ¡Si no parece la de
los demás días!
Bajaban la escalera interior doña Consolación
y su consorte, para meterse en el cochecillo, y
apenas se atrevían a mirarse; tan raros se en-
contraban, él de rigurosa etiqueta, envarado;
ella, emperifollada, sintiéndose, en efecto, boni-
ta y rejuvenecida dos lustros... Al arrancar el
simón, el marido murmuró, bajo y como si se
recatase:
-¿Sabes que me gustas así?
Y ella -pensando que al otro día iba a recobrar
sus semiandrajos, su traje negro, decente y raí-
do, y que la vida continuaría con los ahogos
económicos y físicos, las deudas y los ataques
de sofocación al subir tramos de escaleras- se
echó en brazos de él y rompió en sollozos.
"La Ilustración Española y Americana", núm.
6, 1909.

Mal de ojo
Aun sin pecar de timorato había motivo so-
brado para escandalizarse con aquella conver-
sación de última hora. Terminaba la magnífica
fiesta del club, a bordo del vapor fletado expre-
samente para presenciar desde él las regatas,
donde corría el equipo de la sociedad, y las
señoras invitadas -lo mejor de la población-
regresaban ya a tierra, al suave deslizar de es-
quifes y botes sobre el agua oleosa y verde ape-
nas picada por la salitrosa brisa que se alza al
anochecer. Los caballeros -al menos una parte
de ellos, la más animada y jaranera- se habían
quedado solos ante no pocas botellas intactas
de excelente Clicquot y bandejas colmadas de
emparedados frescos, y aprovechaban la oca-
sión de alegrarse sin ordinariez, con cierto tono
de ricos calaveras, aunque distasen mucho de
serlo todos.
Había entre ellos no pocos padres de familia,
excelentes y caseros; bastantes modestos em-
pleados, oficiales de la guarnición, y, por ex-
cepción, algunos célibes y muchachos de
humor, hijos de familia mimados y alegres. Lo
mismo éstos que aquéllos reían a carcajadas,
rompían el gollete de las botellas, por no
aguardar a que las descorchasen, contra las
barras del puente, y discutían exagerando las
opiniones bajo el influjo del espumoso.
La luna salía, roja e inflamada, y un misterio
romántico, una voz extraña y sugestiva parecía
ascender del oleaje denso, cuyo chapalateo es-
parcía soplos salobres.
En el grupo más gárrulo y vocinglero se hacía
abierta profesión de incredulidad religiosa. Las
cabezas calientes se expansionaban con alarde
de franqueza. De los allí reunidos, ninguno
admitía ciertas cosas..., vamos..., eso que las
mujeres se empeñan en que se ha de admitir y
que repugna a la razón. Una cosa es que no
vaya uno por ahí buscando ruidos..., y otra que
en lo interno... Y sonreían y alzaban los hom-
bros. Nadie quería -entre los casados- guerra en
casa. Ante todo, ¡la buena armonía! Y además,
los hijos, el ejemplo... Sólo el incorregible don
Zósimo Guijarro, concejal, personal enemigo de
Dios Nuestro Señor -amén de dueño de un
buen surtido almacén de ferretería-, no estaba
conforme, y gritaba que era preciso hablar muy
claro y muy alto, acabar con las pamemas y las
pamplinas, aunque chillasen las señoras. ¡Ya
callarían! Cada marido manda en su hogar,
manda en jefe..., y es un tío calzonazos si se
deja arrollar por el cura. ¡A él con ésas!
-Pero usted es soltero, don Zósimo -arguyó el
presidente del club, dándole en el hombro la
clásica palmada de la confianza española-. Us-
ted no tiene que guardar respetos a nadie.
-Ni los guardaría.
-Eso se dice pronto, pero...
-Capaz soy de casarme dentro de un mes para
enseñarles a ustedes cómo se llevan los panta-
lones. ¡Baraja!
Y una ristra de vocablos de los que no figuran
en el Diccionario, a pesar de oírse a cada mo-
mento por doquiera, salió de la boca airada del
almacenista. La cual, de pronto, quedó muda y
abierta, mientras en la cara rojiza se pintaba
una especie de terror, mezclado con extrañeza
profunda. Se volvieron todos hacia donde mi-
raba él, y entre la penumbra que empezaba a
envolver el puente distinguieron algo que tam-
bién les paralizó. Y no era basilisco ni dragón
espantable ni viperina testa de Medusa, sino un
ciudadano que a primera vista se confundiría
con otro cualquiera; un vulgar burgués, que
subía la escalera del entrepuente y avanzaba
con timidez, a paso receloso y zopo. Eran su
andar y su actitud algo que recortaba involun-
tariamente al insecto sombrío que al morir la
luz sale de su guarida, temiendo que un pie lo
aplaste; había en él cautela y disimulo, concien-
cia de que no debía mostrarse y ansia de que se
perdonase su importuna presencia.
-¿Le ha convidado usted? -preguntó, al fin,
por lo bajo, Mauro Pareja, uno de los más anti-
guos socios del club, al presidente, visiblemente
contrariado.
-¿Yo? ¡Líbreme Dios! Pero ya sabe usted lo que
pasa en estas fiestas... Se cuela el que se le anto-
ja...
-No se le ha visto antes... ¿Dónde estaría aga-
zapado?
-¡Junto al carbón y como las cucarachas! -
bramó don Zósimo.
Y cerrando enérgicamente el puño derecho,
dejó asomar el pulgar entre el índice y el dedo
corazón: la higa típica, popular.
Muchos del grupo le imitaron; otros presenta-
ron los cuernos, a la napolitana, con índice y
meñique; y dos o tres muchachos jóvenes, afec-
tando sonreír, pero fríos de emoción, murmu-
raron bajo: "¡Lagarto!", repetidas veces.
Momentos después -habiendo sucedido un
silencio profundo a la alborotada charla,
habiéndoles quitado la sed a todos y revuélto-
seles dentro del alma el poso de la embriaguez
triste- se deshizo el grupo y fue descalificado
por la escalerilla, al costado del vapor, en de-
manda de los botes, que aguardaban. Allí se
quedaron las botellas llenas, las copas rebosan-
tes de espumilla fina, los pasteles de fundente
chocolate, la dulce posdata de la merienda.
¡Qué remedio! Se huía del que hace mal de ojo,
del que trae consigo la negra sombra... Jamás se
ha aproximado a nadie que no sobrevenga la
desgracia... Y se empujaban impacientes, como
si se tratase de salvarse de naufragio o incen-
dio, porque el de la mala pata podía tener la
ocurrencia de meterse en la misma embarca-
ción... El incauto que se rezagase no evitaría ir
acompañado del mirar fatídico. En el apresu-
ramiento de la desbandada, alguien queda
atrás por fuerza, y tampoco es extraño que su-
cedan atropellos, que haya encontrones

involuntarios, máxime si las cabezas no van


serenas y frescas del todo. Fue don Zósimo el
que más empujaba, quien, sin poder evitarlo,
resbaló en los peldaños estrechos y mojados de
la escalerilla y se cayó pesadamente al agua,
entre el remolino de oleaje alborotado por la
maniobra de la embarcación chica al acercarse
al vapor.
Salvado, auxiliado, desembriagado, sentado
ya en el bote, con la ropa chorreante, el profe-
sional del descreimiento y enemigo jurado de
las supersticiones repetía bufando y escupiendo
aún amarguras:
-¿Lo ven ustedes? ¡Si tenía que suceder! ¡Si
donde entra ese demonio de hombre entra la
fatalidad!
-Tanto como eso... -objetó el socarrón de Mau-
ro Pareja.
-Tanto y no rebajo nada. Sabe Dios la enfer-
medad que me cuesta el bañito. ¡Barajas!, pare-
ce que se han olvidado ustedes de todo lo que
sabemos perfectamente. Cuando ese tío acom-
paña a un estudiante a examinarse, salen las
dos únicas papeletas, aquellas mismas, que el
estudiante no se ha aprendido de memoria..., y,
claro, le suspenden. Cuando asiste a una boda,
al mes, divorcio. Si visita a un enfermo, que
avisen a la funeraria. Si va a vivir con un pa-
riente suyo, en una casa feliz, le acompañan la
muerte y la ruina. Si va en el tren, el tren desca-
rrila. Si se acerca a usted en la calle, a los dos
segundos se le viene a usted encima un auto-
móvil. ¿Me lo van ustedes a negar? Hombre,
¡barajas!, bien escaparon ustedes así que él apa-
reció...
-Bueno, corriente... -confirmaron a coro los
demás tripulantes-. Los hechos nadie los nie-
ga... Pero usted, don Zósimo, que es tan terne y
no cree en nada y puso verde a nuestro presi-
dente porque nos decía que todos los milagros
son invenciones...
-¡No tiene que ver! -tiritó el ensopado concejal-
. ¡Esto es otra cosa! ¡Éstos son hechos!
-Hechos que pueden explicarse, naturalmen-
te... -advirtió el presidente, con seriedad mez-
clada de escepticismo.
-Bueno, yo me entiendo -contestó don Zósi-
mo-. Y déjenme llegar a mi casa, que más he de
menester cama y friegas de espíritu de vino que
discusiones. Lo que sabemos, lo sabemos.
***

Callaron todos. Era noche cerrada. Un terror a


lo desconocido flotaba en el aire. El presidente
del club, que acababa de combatir con la pala-
bra las aprensiones de don Zósimo, tenía la
mano derecha dentro del bolsillo de la ameri-
cana, y sin ser visto hacía la higa.

El espectro

Mi amigo Lucio Trelles es un excelente sujeto,


sin graves problemas en la vida y que parece
normal y equilibrado. Como nadie ignora, esto
de ser equilibrado y normal tiene actualmente
tanta importancia como la tuvo antaño el ser
limpio de sangre y cristiano viejo. Hoy, para
desacreditar a un hombre, se dice de él que es
un desequilibrado o, por lo menos, un neuróti-
co. En el siglo diecisiete se diría que se mudaba
la camisa en sábado, lo cual ya era una superio-
ridad respecto a los infinitos que no se la mu-
darían en ningún día de la semana.
Ahora bien: Lucio Trelles sostiene la teoría de
que desequilibrado lo es todo el mundo; que a
nadie le falta esa "legua de mal camino" psico-
lógica; que no hay quien no padezca manías,
supersticiones, chifladuras, extravagancias, sin
más diferencia que la de decirlo o callarlo, lle-
var el desequilibrio a la vista o bien oculto. De
donde venimos a sacar en limpio que el equili-
brio perfecto, en que todos nuestros actos res-
ponden a los citados de la razón, no existe; es
un estado ideal en que ningún hijo de Adán se
ha encontrado nunca, en toda su vida. Lucio
apoyaba esta opinión con razonamientos que, a
decir verdad, no me convencían. Parecíame que
Lucio confundía el desequilibrio con los esta-
dos pasionales, que pueden desequilibrar mo-
mentáneamente, pero no son desequilibrios,
pues son tan inevitables en la vida psíquica
como otros procesos en la fisiología.
Ello es que a Lucio no le conocía nunca ni
enamorado, ni encolerizado, ni apasionado, ni
vicioso. Hasta me sorprendía la normalidad de
su tranquila existencia, sazonada con distrac-
ciones de buen gusto y aun de arte, y dedicada
a regir bien una fortuna pingüe y a acompañar
y proteger a su hermana, con la cual se portaba
lo mismo que un padre. Y solía yo decirle,
cuando nos encontrábamos en una agradable
tertulia adonde los dos concurríamos:
-Todos seremos desequilibrados, pero el des-
equilibrio de usted no se ve por ninguna parte.
Él meneaba la cabeza, y la confidencia parecía
asomarse un segundo, como se asoma un insec-
to horrible a una grieta de la pared, retirándose
apenas entrevé la claridad... Ya en el camino de
las curiosidades, di en notar que algunas veces
las pupilas de Lucio revelaban extravío. No era
que bizcase; la expresión respondía a un espan-
to íntimo sin relación con los objetos exteriores.
Lucio solía ir a la tertulia donde más nos veí-
amos, con su hermana y en carruaje. Como le
viese una noche salir a pie, me dijo que su her-
mana estaba un poco indispuesta, y él no había
querido hacer enganchar. Entonces caminamos
juntos. No hacía la luna, y las calles del barrio
estaban oscuras y solitarias.
Íbamos hablando animadamente, cuando de
pronto sentí que el cuerpo de mi amigo gravi-
taba sobre mi hombro, desplomado. Apenas
tuve tiempo para sostenerle e impedir que ca-
yese al suelo. Al hacerlo oí que murmuraba
frases confusas, entre gemidos. Yo no sabía qué
hacer. No veía nada que justificase el terror de
Lucio. Sin duda sufría una alucinación.
No recobró el sentido hasta momentos des-
pués, y soltó una carcajada forzada y seca, para
tranquilizarme. Anduvo unos instantes vaci-
lando, y de súbito, volviéndose hacia mí, susu-
rró con terror indescriptible, un terror frío:
-¿Y el gato? ¿Y el gato?
-¿Qué gato es ése? -pregunté asombrado.
-El gato blanco. ¡El que pasó cuando yo caí...!
Recordé que había visto, en efecto, una forma
blanca, deslizarse rozando la pared. Pero ¿qué
importancia tenía?...
-¡Ninguna para usted! -murmuró sordamente
mi amigo.
Yo sentía el retemblido de su cuerpo, el rechi-
nar de sus dientes, y su mano crispada me asió,
incrustándome los dedos en la muñeca. De su
garganta, contraída, las palabras brotaron como
un torrente, en la inconsciencia con que el se-
miahorcado se arranca el dogal.
-Claro, no puede usted entender... para usted
un gato blanco no es más que un gato blanco...
Para mí... Es que yo... No, aquello no fue cri-
men, porque el crimen lo hace la intención; pe-
ro fue una desventura tan grande, tan tremen-
da... No he vuelto a disfrutar de un día de paz,
un día en que no me despierte con el pelo riza-
do... Mi disculpa es que yo tenía entonces vein-
te años... -añadió con un sollozo-. Desde la ni-
ñez, la vista o el contacto de un gato me produ-
cían repulsión nerviosa; pero no en grado tal
que no pudiese dominarla si me lo propusiese.
Lo malo es que en ese período de la juventud
no quiere uno dominarse, no quiere sino hacer
su capricho... Cree uno que puede dirigir la
vida a su arbitrio, solazándose con ella, como
con los juguetes. Esto ocurría hallándome yo en
el campo, en compañía de mi madre y de mi tía
Lucy, la que me ha dejado mi capital, pues mis
padres no eran ricos.
-Cálmese usted -dije, viéndole tan agitado y
observando la poca ilación de lo que me refería.
-Sí, ya me voy calmando... Verá usted cómo es
natural mi impresión.
¿Qué decíamos? Sí; yo estaba en el campo con
mi madre y con mi tía Lucy, solterona, que
adoraba en su gato blanco, el favorito de la
buena señora, siempre dormido en su regazo o
acurrucado al borde de su falda. ¡Puf! ¡Qué
gustos más raros! Yo -cosa de los veinte años,
afán de dominar la vida y arreglarla a nuestro
antojo- se la tenía jurada al bicho. Resolví que,
si alguna vez lo atrapaba solo, su merecido le
daría. Al efecto, llevaba siempre conmigo un
diminuto bull-dog, y ya no veía el momento de
meter una bala en la panza gorda del monstruo,
del odiado animalejo. Después, me proponía
hacer desaparecer sus restos..., y negocio con-
cluido.

Fue una noche... Una noche como ésta; sin


luna, de una oscuridad tibia, en que todo con-
vidaba a vivir y a amar... Salí de mi cuarto con
ánimo de espaciarme en el jardín. Había en él
un cenador de madreselva... ¡lo estoy viendo!
Era todo tupido, y de costado tenía una especie
de ventanita cuadrada, practicada recortando
las enredaderas. Distraído miré... En el marco
del follaje se encuadraba un objeto blanco. Ni
por un momento dudé que fuese el gato abo-
rrecido.

Saqué el bull-dog, apunté... Hice fuego... Un


grito me heló la sangre... Me arrojé al cenador...
Mi madre estaba allí... Envolvía su cabeza una
toquilla blanca...
-¿Muerta? -interrogué con ansia, empezando a
comprender la historia.
-No... Herida levemente; rozadura; el pelo
chamuscado...
Entonces... Mi madre me cobró horror... Nun-
ca volvió a quererme... Nunca creyó mis protes-
tas de que no intentaba asesinarla... Y murió
poco después, de una enfermedad cardíaca,
originada probablemente por la emoción...
¡Quedé bajo el peso del odio, de la eterna sos-
pecha de mi madre!
-¿No la pudo usted convencer?
-Jamás...
Medité un segundo...
-¿Había algún motivo para que ella recelase
que usted..., en fin, que usted... podía ser ca-
paz... de... "eso"?
Sin duda herí una fibra sensible, porque Lucio
se demudó y vaciló tambaleándose, próximo a
caer de nuevo. Sus ojos, alocados, me miraron
un instante. No contestó. Y al llegar a su casa,
me dijo secamente, bruscamente:
-Buenas noches...
Nunca más, en ocasión alguna, volvió a
hablarme del caso, por el cual un gato blanco es
para él un espectro.
"La Ilustración Española y Americana", núm.
4, 1909.

El mausoleo

Esto de las ambiciones humanas tiene mucho


que observar. Cada quisque pone la mira en
algo que quizá al vecino le sería indiferente.
Hay ambiciones generales; hay otras individua-
les, extrañas y de difícil justificación, si no su-
piésemos que todas son igualmente vanas.
A pocos seguramente les desvelará lo que fue
objeto de las constantes ansias de un hombre,
por otra parte sencillo y ajeno a la mundanal
vanagloria. Don Probo Gutiérrez López, em-
pleado subalterno, sólo lamentaba carecer de
bienes de fortuna, porque desde niño había
fantaseado que sus despojos esperasen el Juicio
final encerrados en un mausoleo suntuoso, eri-
gido en el cementerio de su ciudad natal, Re-
poblada.
Este cementerio, para el cual se han aprove-
chado terrenos baldíos que antes fueron ester-
coleras públicas, es uno de los ejemplares más
desastrosos de lo antiestético y antipoético de
las construcciones modernas, ya se consagren al
reposo de la muerte, ya al tráfago de la vida.
Una tapia blanca y maciza lo cerca, dando a su
forma fastidiosa regularidad. Una capilla de
estilo gótico de alcorza rompe únicamente la
monotonía del cuadrilongo, proyectando en
una esquina la pobreza de su endeble aguja.
Dentro, los nichos, adosados a las paredes, enfi-
lan sus anaqueles mezquinos, que sugieren la
idea de muertos asfixiados en la estrechez. Las
lápidas ostentan rótulos candorosos, y al abrigo
de vidrios ovales, fotografías amarillentas, me-
chones de pelo lacio y ramos de siemprevivas.
El arbolado nuevo, cipreses y sicómoros, no ha
adquirido todavía el frondoso porte que tanto
hermosea algunos camposantos modestos. Fal-
tando el verdor, faltan pájaros, esas aves de
canto vivaz y alegre que

en tales lugares parecen adquirir sugestiva me-


lancolía. Y así, el cementerio de Repoblada es
realmente de una tristeza depresiva, aburriente
y seca, que irrita en vez de conmover.

Pues con todo esto, Probo Gutiérrez anhelaba


ocupar en el cementerio más feo del mundo un
lugar de preferencia. Es de advertir que don
Probo, no sé si por costumbre, por penitencia o
por entretenimiento, era obligado acompañante
de los cortejos fúnebres. Ninguno cruzaba las
calles de la ciudad, a son de fagot y entre sal-
modias, que no llevase detrás al buen don Pro-
bo, con su raída levita y su sombrero anticuado.
Y los socios del Recreo, donde Probo jugaba al
tresillo, siempre que no se trataba de enterrar a
alguien, le gastaban la broma de decirle que ni
aun después de muerto quedaría franco de ser-
vicio, puesto que habría de figurar honrosa-
mente en su entierro propio.
En sus diarias visitas al campo santo, seguía
don Probo con inexplicable interés la construc-
ción de cenotafios y panteones, la colocación de
lápidas y rejas. Comenzaba a estar de moda
este género de lujo, y los edículos neogriegos,
románicos, góticos, al apiñarse, formaban el
más incoherente revoltijo. Había columnas
truncadas revestidas de hiedra; había cruces en
que se enredaban campanillas; había pirámides
coronadas por un busto; había, incluso estatuas
o más bien monigotes, y el dorado de las verjas
nuevas desafinaba al sol como desafinaba la
blancura sacarina del recién esculpido alabastro
italiano. Y don Probo sentía con más vehemen-
cia el ansia de yacer, él también, bajo un sun-
tuoso monumento... Era la sed de inmortalidad
que a veces acomete a los seres más predesti-
nados al olvido, los cuales buscan la supervi-
vencia en un afecto, en un corazón, y, a falta de
esto, en unas piedras amontonadas. Don Probo
no tenía ni hondos cariños ni íntimas amista-
des; solterón sin

relieve social ni sentimental, tímido y torpe con


las mujeres, indiferentes a todos, cuando des-
apareciese de entre los vivos sería como brizna
de paja un día de aire. Acaso esta considera-
ción, siempre mortificadora para el amor pro-
pio del aniquilamiento absoluto, explique el
sueño monumental de don Probo. El olvido es
forma del no ser, y él, don Probo, quería perpe-
tuarse en granito y en bronce, ya que no en hijo,
en libro, en amor, en hecho alto e ilustre.

No le era fácil, por otra parte, inferir que su


ilusión se realizase nunca. Atenido a mezquino
sueldo, vivía estrechamente. No era lo bastante
loco para esperar en la lotería. No se le conocía
más familia que un hermano menor, un bala
perdida, jugador y borracho, que rodaba no se
sabe por dónde. Y el carácter enteramente ideal
de su gran aspiración la elevaba, prestándola
radiaciones y luces de belleza inaccesible.
Por la ley que dispone que siempre muramos
de lo mismo que llenó nuestra vida, fue en una
excursión al cementerio donde Gutiérrez López
contrajo la enfermedad que no perdona.
Corría diciembre; el frío acuchillaba, la pul-
monía vino pegando; en la casa de huéspedes
no se extremó el cuidado en la asistencia..., y,
por caso inaudito, pudo notarse que don Probo
no seguía a pie un entierro y que, contra su
costumbre, desempeñaba en una ceremonia el
principal papel.
El mismo origen de la pulmonía traidora im-
pidió que don Probo llevase numeroso acom-
pañamiento y que los pocos del séquito llega-
sen al campo santo. Los acompañados por él
estaban en la imposibilidad de devolverle la
atención, y los vivientes se retrajeron al saber
que, camino del cementerio, se "ganaba la
muerte". El día era horrible, lluvioso, glacial,
tormentoso, con rachas huracanadas; el suelo,
un mar de fango, y los caballos del coche fúne-
bre, con los cascos, chapoteaban y salpicaban
agua cenagosa. Y allá fue, casi solitario, el cons-
tante acompañador.
El hermano perdulario había dicho por telé-
grafo que se enterrase a don Probo con toda
decencia; pero, temerosos de un chasco des-
agradable, los compañeros de oficina no se
atrevieron con la primera clase, y se dispuso la
segunda, un ataúd sencillo, un nicho sin lápida
de mármol -lo indispensable y estricto-. Al
mismo tiempo que a don Probo, condujeron a
su última morada a cierto usurero, detestado
por la gente pobre, y a quien su viuda, más
avara que él, dispuso un entierro exactamente
igual al de don Probo en el nicho contiguo. Para
resistir la temperatura y la humedad, albañiles
y sepultureros se previnieron con buena ración
de caña; sorprendidos por el rápido anochecer
invernal, confundieron los féretros, y en el ni-
cho destinado al logrero depositaron el cuerpo
de Gutiérrez López.
Seis meses después llegaba a la ciudad el her-
mano tronera, el garbanzo negro. La antojadiza
suerte le había sonreído, y se presentó con boa-
to, desempedrando calles, en su automóvil, y
anunciando la resolución de erigir en el cemen-
terio de Repoblada un panteón de familia, a
todo coste. Quizá era este deseo de honores
póstumos una propensión característica de la
casta. Ello es que el jugador soñaba lo mismo
que el formal y metódico, y se traía los planos,
el presupuesto, el arquitecto, hasta operarios de
Italia. Tratábase de un monumento original,
destinado a chafar a los restantes, en que se
mezclaban los jaspes de color, las serpentinas,
los vidrios polícromos, hasta la cerámica, para
una creación modernista sorprendente, donde
se agotaba el tema de los letreros en asirio, la
amapola somnífera, los cipreses formando pro-
cesión de obeliscos, los girasoles, emblema de
inmortalidad, y los lotos, emblema del sueño y
del nirvana. Hubo quien censuró tal maravilla,
y hasta la puso
en solfa; hubo quien se extasió, y quien se es-
candalizó de que el mausoleo careciese de em-
blemas religiosos, y después de acalorada po-
lémica en la Prensa local, la autoridad compe-
tente ordenó que aquel jeroglífico rematase en
una cruz.
Ya terminado, sin faltarle requisito vino el
fundador e hizo trasladar a él solemnemente el
cuerpo... del usurero, que ocupaba el nicho des-
tinado a don Probo; mientras los restos de éste -
frustrado allende la tumba en su perenne an-
helo-, continuaron disolviéndose olvidados en
humilde nicho.

Los cirineos

Aquella cuitada de Romana Meléndez, tan


mona, en lo mejor de la edad, los veinticinco;
unida por su familia, sin previa consulta del
gusto, al vejete socio de su padre, a don Lau-
reano Calleja, pasó dos años medio secuestra-
da, recluida en su casa de Madrid, grande, có-
moda, hasta lujosa, pero que trasudaba por las
paredes murria y aburrimiento. El viejo mari-
do, observando la perpetua melancolía de su
esposa, a su vez se mostraba hosco y gruñón;
los criados desempeñaban sus quehaceres de
mal talante, recelosos; nunca llamaba a la puer-
ta una visita; nunca se le ofrecía a Romana nin-
gún honesto esparcimiento: a misa los domin-
gos y fiestas de guardar; a "dar una vuelta" por
Recoletos cuando hacía bueno, y el resto del
tiempo sepultada en su butaca, peleándose con
una eterna labor de gancho, una colcha, que no
se acababa porque a la labrandera no le intere-
saba que se acabase, y en lugar de mover los
dedos, dejaba el hilo y las tiras sobre el regazo y
se entregaba a una de esas
meditaciones sin objeto, fatigosas como cami-
nar sobre guijarros, entre polvo.
Tal género de vida y la pasión de ánimo que
se originó de él, minaron la salud de Romana.
Contrajo una de esas propensiones a languide-
cer que agotan y secan la vida en sus mismos
manantiales y pueden dar origen a afecciones
consuntivas. Tuvo una elevación diaria de
temperatura, que en vano combatió con la qui-
nina, y el médico, no sabiendo qué disponer, no
teniendo remedios para aliviar, la envió a que
pasase un mes respirando aire puro y saturado
de emanaciones balsámicas en un sanatorio del
Mediodía, de esos en que la sobrealimentación
y la suavidad del clima suelen proporcionar
alivio; pero el tedio y la contemplación de tan-
tas miserias fisiológicas abruman con la pesa-
dumbre de la fatalidad que nos rodea. Para
Romana el tedio era un compañero antiguo, y
la variación ya por sí sola, distracción segura y
aprovechable. Además, la casualidad le deparó
la adquisición de una amiga, una señora que
ocupaba la habitación contigua: llamábase Ig-
nacia López, y era esposa de un
modestísimo empleado en Hacienda.
Ignacia no padecía mal ninguno; se encontra-
ba en el sanatorio acompañando y cuidando a
una hermanita suya, criatura muy interesante,
tísica confirmada. Simpatizaron Ignacia y Ro-
mana desde el primer momento; en el pinar
allegaron las mecedoras, y entre efluvios de
resina y tibias caricias de sol, charlaron con
alegrías y vivezas de pájaros. Eran casi de la
misma edad; fuera de eso, en nada se parecían.
La actividad de Ignacia contrastaba con la pasi-
vidad de Romana, siempre resignada y en bra-
zos del Destino, mientras su nueva amiga lu-
chaba con él y aspiraba a vencerlo. Inteligente y
jamás cansada, Ignacia, sin dejar de atender a la
tísica, discurría diabluras, organizaba entre los
pinos meriendas y paellas que galvanizaban
hasta a los moribundos. Romana ponía el dine-
ro; la empleadita, el buen humor y la disposi-
ción. Pero la tísica empeoró y hubo que pensar
en volverse al domicilio, que es, al fin y al cabo,
donde mejor lo pasa un enfermo. La idea de
quedarse sin su amiga
achicó el corazón de Romana; en un santiamén
hizo la maleta; reunidas se metieron en un de-
partamento de segunda (no podía darse el lujo
de primera Ignacia) y, muy hermanadas, llega-
ron a Madrid. Se despidieron en la estación, en
la cual nadie las esperaba, con estrechos abra-
zos y letanías de promesas. Romana, al meterse
en un coche, se sintió oprimida, como si le fal-
tase de golpe aire blando y regenerador.
Desde entonces su vida tuvo un objeto, una
finalidad: escaparse a ver a la amiga, pasarse el
tiempo en su casa, insensiblemente; aquel inte-
rés era vitalidad, era rayo de luz en el limbo.
Hasta cuidar a la tísica le parecía género de
diversión; y no digamos vestir y desnudar a los
chiquitines (tres tenía Ignacia), porque eso sí
que envolvía inmenso placer. ¡Tan guapos, tan
zalameros, tan rubios, tan ricos! ¡Si daban ganas
de comérselos por pan! A la insípida existencia
propia, Romana sustituyó la ajena; careciendo
de afectos, recogió con avidez los que no la per-
tenecían; no padeciendo disgustos ni cuidados,
adoptó los de Ignacia; la escasez de metálico,
las inquietudes por la enferma, por el saram-
pión de los chiquillos, por la urgencia de vestir-
se de invierno...; y se acostumbró a no entrar en
casa de Ignacia sin un paquetito: ropa, artículos
de consumo, medicamento caro, juguete... El
momento de desenvolver el regalo proporcio-
naba a Romana gratísima emoción. Los chicos
se
agarraban a sus faldas, trepaban hasta su cue-
llo, la asfixiaban a cariños.
-¡Hija, quién como tú! -exclamaba la empleadi-
ta-. ¡Si estás mejor que quieres! ¡Encontrarte el
primero de mes con mil pesetas que no sabes
qué hacer con ellas! Yo, que sólo me encuentro
recibos atrasados de la tienda, del zapatero, del
casero! ¡Tener un marido formal, que se babará
por ti!
-Pues mira: yo -contestaba Romana, acarician-
do al angelito menor- te trocaba la suerte. Si me
das este muñeco, ¡quieto, diabólico!, te entrego
las mil pesetas en un billete. Y ya que te gusta
el marido viejo..., te lo traspasaba, cediéndome
tú, por supuesto, al joven...
Fue dicha esta enormidad como se dicen las
frases humorísticas más gordas cuando hay
confianza y ternura; las dos amigas rieron a
carcajadas y se besaron. Es de advertir que por
entonces ninguna de las dos conocía al marido
de la otra. El de Ignacia estaba en Zamora, con
licencia de dos meses, ultimando asuntos de
una testamentaría; el de Romana, envuelto
también en negocios, y, por contera, huraño y
escamón, prevenido contra todo y todos y, en
especial, contra "los pobretes" y "los pegotes",
no permitía ni oír nombrar a las recién adquiri-
das relaciones de su esposa. Mas sucedió que
cierta mañana dominical, volviendo de las Ca-
latravas el señor Calleja, en la acera de Alcalá le
paró una señora... ¡Demontre! ¡Qué señora más
despabilada! Aquello fue un acosón chancero,
igual que si se hubiesen tratado tú por tú desde
la cuna Ignacia y don Laureano. Hubo dichos
graciosos, tiroteo de picantes frases. "A mí ya sé
que no me puede usted ver ni en pintura...",
repetía Ignacia,
riendo, enseñando los dientes blancos, las bien
frotadas encías. Nadie gastaba bromas con el
viejo; se le hablaba en tono grave, al diapasón
de su cara seca y muerta como una hoja arran-
cada del árbol. La chistosa franqueza de Ignacia
le hizo el efecto que hace al sobrio un vaso de
vinillo puro. "¿Pues quién le privó a usted de
venir a mi casa..., digo, a la de usted?", barbota-
ba confusamente. "Usted mismo, que es capaz
de espantarme con un palo..." "Nada de eso."
"Pues si no me pega usted, cónstele que voy..., a
ver si me querrá usted tanto así cuando vea que
soy una buena persona, aunque me esté mal el
decirlo...; y yo también me convenceré de que
usted no es un tirano, sino un barbián simpáti-
co y amable..."
A la hora de comer, don Laureano rezongó
entre los vapores de la sopa:
-No sé por qué has de andar corriendo la fama
de que soy raro... ¿Te quito yo ningún gusto?
Hoy mismo vendrá aquí esa amigota que te
echaste en el sanatorio...
Y vino "la amigota", y de un modo gradual fue
repitiendo las visitas, diciendo a Romana:
-Hija, no te celes si atiendo más a tu esposo
que a ti, si le llevo las manías al buen señor...
Nos conviene conquistarle... Que crea que me
tiene prendada... Tú hazte la sueca...
¡Ya lo creo que se haría la sueca, y loca de con-
tento! Y el viejo se acostumbró a la presencia de
Ignacia a la hora del café, a su pico fresco y vi-
vaz, a sus entrometimientos de mal tono, pero
chuscos y divertidos. Había aquello de: "¡Jesús,
y qué hombre tan tacaño! ¿Por qué no hace us-
ted así..., o asado?... ¡Si yo fuese su mujer de
usted...!" Y la respuesta: "Pues como fuese yo su
marido..., la encerraba, por aturdida, por lio-
sa..."
Transcurrido un mes, Calleja se corrió e invitó
a "esa golfa" a cenar los domingos. Romana
notó, con agradable admiración, que ese día su
marido se mudaba, se acicalaba, se afeitaba
cuidadosamente, recortándose los cuatro peli-
tos de la calva, y se ponía la levita, anticuada
por desuso; y colmó su satisfacción el anuncio
de que tenían palco en Lara, donde acabaron la
noche divertidísimos, riendo como tontos con
las ocurrencias y los gestos de Rodríguez...

Poco después llegó a Madrid el esposo de Ig-


nacia, y fue presentado a Romana. Como suce-
de siempre que se ha hablado mucho de una
persona antes de conocerla, hubo cortedad, al
pronto, en las relaciones. Miguel -así se llamaba
el consorte- frisaría en los treinta: el rubio bigo-
tico, la boca roja, le daban aspecto más juvenil
aún; su cara era adamada, su piel fina; pero
sólido su tronco, y sus piernas ágiles y nervio-
sas. A la segunda entrevista, confesó a Romana
su única debilidad, su único vicio: la afición a la
fotografía. A la sordina, el entretenimiento es
caro; nadie sabe lo que se gasta, amén de los
aparatos, en placas, películas, reactivos, carto-
nes, mil accesorios. Eso sí, con Huertas y Fran-
zen se las tenía él...

-Anda, enseña tus monos -exclamó Ignacia,


como quien se aviene al capricho de un niño-.
Hija, ya verás... Yo le digo que se establezca; al
menos nos valdrá guita la manía de las instan-
táneas...
Romana y Miguel se instalaron cerca de la
ventana, con un velador delante, y el fotógrafo
de afición fue trayendo álbumes, carteras, en-
voltorios de papel: su tesoro. Los niños jugaban
en la antesala; se oían sus voces, sus chillidos,
su batalla con las cuatro sillas que les servían
para improvisar un coche; allá, muy abajo en la
calle, poco transitada, rodaba algún simón, se
alzaba algún pregón; el sol se ponía; un frío
suave, ligero, cruzaba los vidrios, y las cabezas
de Miguel y de Romana se aproximaban invo-
luntariamente, al inclinarse para mejor ver las
pruebas.
-Mañana haré una instantánea de usted -
declaró el aficionado.
-¿Dónde?
-¡Bah! En cualquier parte... En la calle... Cuan-
do vaya usted a misa, a tiendas... Los mejores
clichés son esos que se obtienen así, cogiendo al
modelo descuidado...
Ignacia, que entraba en aquel momento, inter-
vino...
-En la calle, no. ¡Qué tontería! Cruza un perro,
cruza un golfo..., ¡echa a perder la placa! Es más
bonito en el Retiro, con el fondo de los árboles
sin hojas, que dices tú que hace tan fino... ¿No
sabes? Como la que sacaste cuando éramos
novios...
Se convino el sitio, la hora, todos los detalles.
La mañana de aquel día, Romana se levantó
agitada, cual si esperase que algo extraordina-
rio, algo desconocido iba a aparecerse en su
horizonte. Desde temprano se lavó, se peinó, se
rizó, se acicaló, se puso su mejor traje, su som-
brero más de moda. Luego, sin saber en qué
invertir el tiempo que faltaba, dio por la casa
mil vueltas; y, de pronto, pensando que ya era
tardísimo, descendió las escaleras precipitada y
tomó un coche de punto. A la entrada del Reti-
ro la esperaba, solo, el marido de su amiga. Ésta
no había podido venir por no sé qué pupa del
menor de los pequeños...
Era la mañanita una de las que el calumniado
clima de Madrid ofrece como regalo divino:
bañada de luz, de una luz rubia, vibrante, re-
animadora; una luz que parecía que nunca iba a
acabarse, que nunca transigiría con la noche.
Las calles enarenadas y los arriates del Retiro
convidaban a ejercitarse en pasear; las estatuas
blancas, sin pedestal, destacándose de su al-
fombra de césped, parecían sugerir cosas re-
cónditamente dulces, un misterio gozoso de la
vida. La ramazón rojiza del arbolado desnudo
de hoja formaba un fondo como de viejo gui-
pur, y la masa sombría, intensamente verde de
las coníferas, realzaba aquellas delicadezas
otoñales, contrastando con ellas de un modo
brusco y vigoroso. De los macizos de arbustos
ascendían perfumes de violetas tardías, y azu-
les estrellitas de agérato miraban a Romana y a
Miguel, como miran las cándidas pupilas de los
niños. No había un alma en el parque; la gloria
matinal, la hermosura de un día tan radioso,
pertenecía únicamente a la
pareja, la cual podía creer que el cielo celebraba
fiesta en su honor. Se sentaron en un banco. No
sabían qué decirse. Al fin, Miguel, bromeando,
entabló la conversación lírica, la que natural-
mente fluye en la soledad cuando escucha una
mujer. Habló de amores, de cosas pasadas; di-
sertó sobre lo que forma el único atractivo real
y poderoso de la existencia. Aquello no era
ofender a Romana, pues no era cortejarla. Un
palique dulce, entretejido de recuerdos, una
página de subjetivismo, la lectura en alta voz
de una novela vivida... Miguel había querido
mucho a una mujer; obstáculos invencibles le
habían separado de ella, después de aventuras
románticas, bonitas... y raras... Ya las referiría,
ya... En una crisis de desaliento, para olvidar,
fue cuando se casó con Ignacia. "A usted se lo
puedo contar, a usted su mejor amiga...; pero
guárdeme el secreto... Esto entre los dos..." Ro-
mana prometía discreción, reserva absoluta. ¡El
primer secretillo de amor que le fiaban! Un
cosquilleo
delicioso activaba en sus venas el curso de la
sangre...
Al preguntar por la tarde Ignacia: "¿Qué tal el
Retiro?", Romana, respondió, titubeando un
poco:
-Divinamente... ¡Qué mañana! ¡Parecía de
primavera! Sólo faltabas tú...
-Pues, serrana...; yo a cada paso más sujeta.
Entre los muñecos de carne y la enfermita...
Pero me encanta que os hayáis divertido la
mar... Paseítos así te convienen, hija; tienes hoy
una cara que te la han hecho de nuevo. Hay
que mirar por la salud. Cuando quieras, Miguel
te acompañará. Me lo cuidas, ¿eh? Porque él es
de la piel de Barrabás, y si no hay quien le lla-
me al orden...
Y como el empleado protestase sonriendo,
Ignacia insistió:
-Nada, nada; que te pongo a Romita de guar-
dia civil...
Establecido así el modus vivendi, fue la exis-
tencia fácil y suave como el curso de un arroyo,
y crecieron en sus márgenes florecillas y plan-
tas frescas, tersas, lozaneadoras, cuyo color
regocija el espíritu. Romana, poco a poco, reco-
bró la salud, se puso inmejorable; una de esas
curaciones que hacen decir a los doctores: "El
efecto de la aeroterapia no se nota hasta el in-
vierno." Lo extraño es que don Laureano, sin
tomar más aires que los que descienden arma-
dos de navaja barbera de las altitudes del Gua-
darrama, también se mostró remozado, al me-
nos en el genio y condición; volvióse expansivo
y casi galante; su dinero, oculto por la parsi-
monia, sudoroso de fatiga al multiplicarse en
negocios sórdidos, empezó a ostentarse, a relu-
cir, a correr con argentinos choques, sonoros y
limpios como una explosión de risa. El viejo,
¡qué maravilla!, se abonó a landó y palco, seña-
ló cantidades para trapos y moños, despidió a
la cocinera por guisar mal -Ignacia solía dejar
en el plato la

blanqueta de gallina- y declaró a voces:


-¡Para el tiempo que hemos de vivir...! Pasé-
moslo bien; ¿verdad, Romana?
Romana lo aprobaba todo. Por las tardes, lar-
gas ya, los dos matrimonios paseaban en coche
descubierto; y si la esposa de Calleja tenía al-
gún capricho especial y necesitaba cuartos, de-
cía a su amiga:
-Mujer, Nacita, tú que entiendes mejor el ca-
rácter de Laureano, ¿eh?
Hacia mediados de abril expiró la tísica, cuya
vida se prolongaba a fuerza de cuidados y de
alimentos exquisitos. Ignacia se mudó a un piso
mejor, que no le recordase tristezas, y llevó un
luto elegante; primero, crespón inglés; luego,
ríos de azabache y oleadas de encaje negro.
Romita no manifestó extrañeza ante la prospe-
ridad de su amiga; pero ésta le hizo confiden-
cias en tono chancero...
-¿No te enteraste? Pues en la lotería de febrero
me ha caído un premio regular... ¡Qué suertaza!
Sí, serranita, unos cuantos miles de pesetas... Y
yo pensé: "¿Por qué no he de disfrutar algo?
Bastantes privaciones he aguantado... El dinero
es redondo..."
-Has hecho perfectamente -contestó Romana,
acariciando a la empleadita.
Sin embargo, hacia el mes de julio, cuando
empezaba a agitarse la cuestión de veraneo y a
discutirse las ventajas de San Sebastián compa-
radas a las de Santander, Romana, a solas con
su marido, sacando los pies del plato, indicó
que debía preferirse una playa modesta.
-Si han de acompañarnos Ignacia y Miguel -
advirtió-. Ellos no son ricos... El gasto de dos
matrimonios, uno de ellos con niños...
-¿Qué importa? -exclamó enfurruñado don
Laureano-. Los ayudaremos...; al fin, nosotros
no tenemos hijos..., ni esperanzas...
Romana se turbó, bajó los ojos y murmuró,
sobando el lindo broche de "estrás" de su cintu-
rón grana:
-¿Quién sabe?
El viejo, inmóvil de sorpresa, le miraba de hito
en hito. Al fin, halagado, envanecido, tendió las
manos, atrajo hacia sí a su mujer y la abrazó
despacio, de un modo lento y profundo, mien-
tras ella se ponía toda del color de su cinturón.
Y ambos, al darse aquel abrazo, se sintieron
dichosos, libres un instante del peso de la cruz.
"Nuestro tiempo", tomo I, 1903.

Paria

-Yo nunca me entenderé bien con la gente, y


acabaré por meterme monja, si no fuese que
también hay gente en los conventos -declaró
Piedad, guardándose una carta y contestando a
una interrogación que le dirigía su amiga Mar-
garita-. ¿Conque me caso con un tapeur? -
añadió-. Puede que no fuese ningún disparate...
Lo malo es que a mí me gusta comer todos los
días; es un vicio que he contraído... Te aseguro
que cuando me decida a casarme, ser bajo esa
expresa condición: que se comerá los siete días
de la semana...
-Tú eres muy excéntrica -advirtió Margarita,
que tiene por costumbre escandalizarse a cada
momento, con un remilgo de gata pulcra, ene-
miga de estrépitos y trastornos-. Ni una miss
solterona te gana en excentricidad.
-¡Valiente excentricidad la mía! -protestó la
muchacha, frotándose activamente con el puli-
dor las uñas de la mano izquierda; estaban en
el tocador las dos amigas, y Piedad se vestía
para el teatro-. Mi excentricidad se reduce a
hacer cosas naturalísimas, que han llegado a no
parecerlo, a fuerza de estar falseando el criterio
en todo y por todo.
-¡Mujer! No me digas que es natural lo que se
te pasa por la cabeza. Si no estás en paz ni con
los guardacantones. Debes de tener azogue
dentro. Parece que buscas quimera, por el gusto
de buscarla. ¡Mira que lo que hiciste en el duelo
de Artías del Valle! ¡Aquellas carcajadas altas y
sonoras!
-Pero, criatura... no me pude contener. Me da
algo si no me río... Figúrate a Petrita Artías, con
aquella cara fúnebre, y rebosándole la alegría
por dentro, de verse rica y libre... Y aquel cua-
dro de sainete de Lara... La gente vestida de
negro, la sala a media luz, un suspiro que sale
de un rincón, todos hablando en sordina. Petri-
ta de pañuelo sobre un ojo..., tentaciones me
dieron de gritar: "Abran las ventanas; venga
claret; vengan emparedados... Si somos las
mismas de los otros miércoles..." No, y falta lo
delicioso... Pepín Barquera, muy compungido,
a dos pasos de la viuda... Por poco le chillo:
"Consuélala, cena a oscuras, que costumbre
tienes..."
-¡Qué atrocidad! Acabarán por huir de ti...
-¡Sí que sería atrocidad consolar a Petrita, tan
fanée y con la tripa que va echando! -declaró
Piedad, afectando no entender el sentido de la
exclamación de su amiga.
-Mujer -suplicó Margarita-, ten juicio, si pue-
des, cinco minutos, y explícame por qué andan
diciendo que estás enamorada del tapeur.
-Me figuro -respondió Piedad, emprendiendo
la tarea de abrillantar las uñas diminutas de la
otra mano- que será, en segundo lugar, por lo
que voy a referirte...
-¿En segundo lugar?
-En primero, por ser estúpido todo el mundo,
y más estúpido cuando se reúne a fallar de lo
que no entiende.
-Pero, en fin, cuando el río suena...
-Es que no tiene otra cosa mejor que hacer...
Pues verás tú, Margaritita, y te autorizo para
que lo cuentes, si te da la gana, y si no, deja que
hablen; a mí me es enteramente igual... Yo te
doy, en parte, la razón: soy un poco maniática.
No me divierto con lo que otros se divierten, ni
encuentro aburrido sino lo que a mí me aburre.
Además, opino que muchísimas cosas no debi-
eran ser como son, sino de otro modo.
-En ese particular no puedo estar conforme -y
Margarita sonrió-. Todo me parece a mí perfec-
tamente arreglado; al menos, lo mejor posible.
-Dichosa tú... Yo voy a un baile; uno de estos
bailecitos pequeños y de confianza, como los de
casa de Almansa, por ejemplo. Tú entras y te
fijas en las reinas de la fiesta. ¡Qué guapa está
Menganita! ¡Perenganita estrena un fourreau de
gasa de oro! ¡Zutanita trae su collar falso, sus
perlas de cera legítima! Yo, casi ni las miro. Me
las sé de memoria. Tampoco a los hombres les
concedo gran atención. Ya presumo lo que han
de espetarme. Mil simplezas, y, sobre todo, el
inevitable "¡Qué calor!", que trae aparejada la
respuesta ingeniosísima: "¡Ya, ya!"
En cambio..., me interesan esas personas de
quienes en las fiestas no se hace caso ninguno.
Las institutrices y damas de compañía que a
veces tienen que ir con las muchachas o con los
niños, en los bailes infantiles, y a quienes no se
decide nadie a dar la mano, aunque ellas hacen
sus conatos de adelantarla tímidamente; las
parientas pobres, insignificantes, embutidas en
un traje mil veces remendado y que fue dese-
cho de su rica parienta; las feas de solemnidad,
a las cuales nadie lleva el buffet ni da un rato
de palique: las cursis francamente cursis, que
parece que tienen la peste y van mendigando
un saludo y una palabra..., y, sobre todo, los
músicos. ¿Te has fijado en los músicos tú?

Yo estoy pendiente de ellos. Mis miradas no se


apartan del desdichado profesor, tan formal y
humilde, con su frac color de ala de mosca, cu-
yas rozaduras disimuló la tinta; oculto por el
piano que cubren los pliegues de un pañolón
de Manila charro y por las macetas de flores
que se colocan adrede para que el pianista ni
vea ni sea visto... Allí está ese paria, convertido
en máquina de teclear para que los demás se
diviertan y bailen; arrinconado para que no
tengamos el espectáculo de su faena, y enchi-
querado porque no es lícito a su juventud diri-
gir miradas a las muchachas bonitas... Así está,
aguardando a que un gomoso le chille: "¡Vals!"
"¡Rigodón!" Y yo rondo alrededor del piano, y
acabo por apoyarme en él y por meditar algo
raro. "¿Y si le hablase?" Dicho y hecho... Pongo
la voz muy dulce, sonrío...
-¡Qué humorada! -exclamó Margarita.
-Él se vuelve, me mira con sorpresa...
-Y... ¿qué tal? ¿Guapo? ¿Tipo romántico?
-Puedes cerciorarte -respondió Piedad, sacan-
do del bolsillo la carta que acababan de entre-
garle, y que había leído despacio-. Te presento
la fotografía.
Margarita la examinó, observando si tenía
dedicatoria. Una maliciosa sonrisa vagaba en
sus labios.
-A la verdad, parece poco seductor, hija... A
no ser que lleve la música dentro.
Piedad recogió la tarjeta, y, sonriente a su vez,
continuó:
-Era feíllo, canijo, amarillento... y con trazas de
enfermo, mejor dicho, de tuberculoso... Pero
tenía cara de sentir y comprender su posición y
una actitud de dignidad triste y resignada... Te
confieso que el corazón me dio una vuelta. Hay
momentos en que la compasión se sube a la
cabeza y se halla uno capaz de cualquier des-
atino... Y cuando más metida en conversación
estaba yo con el artista (llamémosle así), se
acerca Petrita, la muy insolente, y me dice con
sorna: "Veo que el maestro ha hecho conquista
hoy..." Se me encrespó el genio, se me erizó el
alma y solté esto que vas a oír: "Por cierto que
es verdad, y ¡cuánto más vale el maestro que
Pepín Barquera y otros macacos por el estilo,
aunque anden persiguiéndolos las señoras!" Y
era verdad; cinco minutos antes los había visto
en una puerta, él tratando de escabullirse y ella
no queriéndole soltar. Enseguida la dejó con la
palabra en la boca y digo al pianista: "¿Quiere
usted hacerme el favor de llevarme al come-
dor?"
¡Habías de ver aquella cara! Una expresión se-
mejante..., sólo en los santos extáticos. Y al
mismo tiempo, vergüenza; sí, vergüenza. Tuve
que llevármele casi a la fuerza; no se atrevía;
¡acaso temiese de mí una burla! La gente nos
miraba; se cuchicheaba; no faltó quien a mi
paso dijese agudezas. Y la Almansa salió des-
pués con que yo le había estropeado el baile...
¡Vaya un baile para que nadie lo estropee! ¡Un
buffet miserable, y por orquesta, un tapeur! En
fin, yo no me ocupé de lo que pensasen; me
senté al lado del profesor; le serví de todo..., de
todo lo que había, que no era mucho; le cuidé;
le pregunté su vida; supe que mantenía a su
madre con su trabajo; le auguré que sería un
Rubinstein..., andando el tiempo; le prometí
organizar conciertos en que él tomase parte y
yo aplaudiese; vamos, me colé...
-¡Cuándo no es Pascua! -declaró la amiga gra-
ve y desaprobadora-. Y él..., ¿no te hizo el amor
después, a todo trapo?
-Él después se tuvo que ir a su tierra, Alicante,
porque ya te dije que estaba tísico. ¡Hace unos
quince días que... se ha muerto!
-¿Cómo lo sabes?
-Porque su madre me lo escribe hoy... Dice
que se despide de mí por encargo de su hijo, y
que, además, me envía ese retrato...
-Mira -murmuró Margarita, cavilosa-: eso no
dejar de ser así..., como una cosa en verso...
Piedad calló. Había terminado de bruñirse las
uñas, y alzó los hombros, mientras ordenaba a
la doncella:
-Traiga usted el vestido vieux rose... ¡Ah! Y la
estola de armiño... No calientan ese teatro Real,
y se tirita...
"Blanco y Negro", núm. 656, 1903.

Siguiéndole

No acostumbraba don Magín Dávalos practi-


car ninguna buena obra; y, hablando en plata,
hacía lo menos treinta años que ni se le ocurría
que las pudiese practicar. Solterón empederni-
do, pendiente del cultivo intensivo de su bien-
estar propio, encogíase de hombros cuando
alguien se molestaba o sacrificaba por algo; y,
en tono desdeñosamente benévolo, no dejaba
de murmurar:
-¡Qué tonta es la humanidad!
En su interior, rodeábase de todas las comodi-
dades que la civilización facilita a los pudien-
tes, aunque no sean archimillonarios. Dávalos
no lo era; pero su caudal le bastaba y sobraba
para darse vida de rey, rey solitario sin familia
y sin corte; rey holgazán y epicúreo, dedicado a
discurrir todas las mañanas un nuevo goce ego-
ísta y selecto, un copo más de algodón en rama,
que aislase su cuerpo de los roces de la lucha y
de la vida.
El cuidado nimio de la salud formaba parte de
sus habituales preocupaciones, y aún puede
decirse que, al avanzar la edad, iba sobrepo-
niéndose a las restantes. Precauciones múltiples
contra corrientes de aire, saltos de temperatura
y ambientes viciados; estudios sobre alimentos
nocivos o útiles; un régimen defensivo, prescri-
to por el médico de fama, daban a la existencia
de don Magín un objeto: la autoconservación.
Nada de lo que sucedía en el planeta le impor-
taba dos cominos; lo único serio era la contin-
gencia del catarro o de la pulmonía, la apari-
ción medrosa de una de esas infecciones que el
cierzo helado de noviembre trae en sus alas de
escarcha. Y mientras se prevenía de burletes en
ventanas y puertas de ricos tapabocas de seda
blanca -Dávalos no renunciaba todavía a pare-
cer agradable-, de pastillas para la tos y de se-
siones de masaje para conservar la elasticidad
de los miembros, he aquí que el leñador invisi-
ble que ataca al árbol por el pie hasta que lo
tumba, descargó
un golpecito sordo, mejor asestado, que produ-
jo entalla; y el médico -consultado ante cada
síntoma y cada fenómeno, de los más viles y
vulgares de la fisiología y la patología- previno
a su cliente:
-He observado esto, aquello, lo de más allá...
No me gusta tal y cual manifestación. Hay que
estar en guardia contra..., etc., etc. No tenga
aprensión; no hay motivo "por ahora"; trátase
sólo de un toque de atención... ¡Un toque de
atención! Don Magín, cuando el doctor hubo
salido, se miró al espejo y se encontró des-
hecho, ruinoso, desfigurado. ¿Era el miedo, o
era "ya" el estrago de los consabidos esto, aque-
llo, lo de más allá? ¿Por qué no darle su verda-
dero nombre? Era... ¡Horror! Era lo que siempre
acecha, lo que siempre va pisando los talones al
mozo como el viejo... La diferencia es que el
mozo no lo ve, y aunque lo viese, acaso no lo
temería... En la vejez es cuando no se quiere
morir...
-Yo no he sido nunca cobarde -se argüía don
Magín-. ¿A qué viene, entonces, tanto cavilar?
Será peor; me causará más daño la cavilación
que el achaque...
Para distraerse salió, hizo vida social; buscó -
instintivamente- relaciones, calor de trato, fic-
ciones de amistad; el aturdimiento de los cui-
dados e intereses ajenos, que divierten de los
propios. En vez de pasearse solo en su magnífi-
co landó eléctrico, solicitó a los conocidos, en
algunos círculos que frecuentaba, para que le
acompañasen... Prestóse a ello el marqués de
Marlota, vividor semiarruinado, hombre muy
corriente, de sugestiva conversación, a quien le
convenía tomar el aire gratis en coche ajeno.
Asociados los dos egoísmos, se convirtieron en
simpatía. Dávalos no hubiese paseado a gusto
sin llevar a su lado al marqués, el cual adquirió
sobre el ricacho gran ascendiente.
Regresaban una tarde, casi anochecido, de su
vuelta por las Rondas, cuando les sonó en los
oídos el tilín de una campanilla. Un grupo de
gentes avanzaba a compás: mujeres de mantón,
hombres de blusa. Se percibía el golpeo acom-
pasado de las suelas del calzado basto sobre la
tierra endurecida por la helada.
-¡El Viático! -exclamó el marqués, que era car-
lista, calavera con rasgos devotos-. No hay re-
medio sino bajarse.
-Paren -mandó Dávalos, que no se atrevió a
disentir de aquella autorizada opinión.
A los dos minutos, el sacerdote ocupaba el
asiento del fondo del carruaje, y el dueño y su
amigo, a pie, iban detrás. Don Magín sentía
algo extraño; al pronto, una incomodidad física,
el leve cansancio del ejercicio; luego, una espe-
cie de interés, una emoción que no tenía causa
racional. Acaso atavismos que despertaban;
acaso el presentimiento de lo que va a sobreve-
nir cuando rompemos la costumbre, y, como
por vidrio quebrado en aposento saturado de
carbónico entra aire nuevo en nuestra existen-
cia.
¡Había, sin embargo, tanto de previsto en el
episodio! Escaleras mugrientas y desvencijadas,
casa mal oliente, buhardilla estrecha...; la mo-
nótona decoración de la miseria, igual a sí
misma.
Lo inesperado fue que, al acercarse el séquito
a la puerta de la vivienda adonde llevaban el
Señor, una arrogante mujer -la vecina caritativa
que aparece infaliblemente en estos casos- sa-
liese exclamando, con lágrimas en la voz varo-
nil:
-Ya no hace falta el Señor, ni na... Esto s'arre-
mató. Acaba de quedarse...
Todos se detuvieron. Un silencio de respeto,
un murmullo de piedad...
-¿Y la niña? -preguntaron muchas voces.
-¿La niña...? ¿Qué sé yo, hijos? si yo no tuviese
ya en casa aquellas seis bocazas abiertas... En
fin; ahora, conmigo se viene la creatura; no va a
quedarse ahí, al lao de la muerta...
Y, entrando en la alcoba, sacó de la mano a la
chiquilla. Venía refregándose los puños por los
ojos, inflamados de llorar. Tendría unos diez
años; el pelo sombrío, greñoso, abundante, re-
belde; la cara de un color moreno agitanado; las
pupilas de un negror nocturno, que ahora en-
cristalaba en llanto, temblante en las pestañas.
Quizá fuese bonita después de fregada; de se-
guro era gentil, espigadilla, conmovedora, al
repetir, zollipando:
-¡Ay, mi ma...! ¡Que-me-dejen-con-mi-ma!...
-Amigo Dávalos -indicó el marqués, que en
medio de sus apuros se preciaba de rumboso, y
revolvía ya un pápiro de cinco entre los dedos-,
se impone la contribución. Usted puede más
que yo; afloje sus ciento...
Don Magín no respondía. Miraba a la niña
fijamente, alucinado por una idea. Allá, dentro
de su conciencia, sentía formularse un reproche
hondo:
"¿Por qué no tienes una así? ¿Por qué no has
procurado tenerla..., tenerla, vamos, lo que se
dice, con certeza de amor? ¿Por qué estás solo,
cuando una infeliz, acaso una mendiga, pudo
sentir en la agonía la despedida de unos labios?
Magín, con tanta cuquería has sido un necio...
Te espera muerte solitaria..."
El cura, entretanto, se acercaba y le daba las
gracias, alabando la cristiana acción de no dejar
a pie a Jesucristo.
-Vuélvase en el coche, señor cura -suplicó Dá-
valos-. Después me lo envía usted aquí...
-Las pesetas -insistió por lo bajo el marqués-.
Me parece que a esta flamenca bondadosa po-
demos confiárselas...
Dávalos respiró fuerte. Aún titubeaba. Se ale-
jaba el Señor lentamente, con la precaución que
imponía al sacerdote la vetustez de la escalera,
carcomida y sebosa de puro sucia. Un homi-
gueo en las venas..., una especie de ola que su-
bió del pulmón a la garganta...
-Señora, ¿no le parece a usted que soy yo
quien debe llevarse a la niña? Conmigo nada le
faltará. Será como si tuviese una hija, ¿no es
eso? Vente, pequeña... Ahora volverá el coche...
Te subirás a él conmigo...
El marqués sonreía. Le gustaban a él los
arranques gallardos, románticos; los había te-
nido a centenares cuando derrochaba su
hacienda; y todavía...
-¡Bien, bien, Dávalos! ¡Muy bonito! Nos lleva-
mos a la chica... La recogemos...
Y en secreto, susurrante, advirtió alborozado:
-¡Ahora el billete tiene que ser de mil! Ya ve
usted: entierro, medicinas..., y algo para la fla-
menca, que lo merece... Y usted va a tener una
hija. ¡Ahí es nada!
El solterón callaba. No sabía si avergonzarse o
preciarse del arranque repentino. No se lo ex-
plicaba satisfactoriamente.
¿Habrá algún sortilegio en "seguirlo"?
"La Ilustración Española y Americana", núm.
44, 1908.

Sin pasión

El defensor, el joven abogado Jacinto Fuentes,


se encontraba desorientado. Si el mismo defen-
dido le desbarataba los recursos empleados
siempre con tanto provecho..., se acabó; no
había manera de sacarle absuelto, y tal vez en-
tre aplausos de la muchedumbre.
-¿Qué trabajo le cuesta a usted decir la ver-
dad? -preguntaba insistente al asesino, que, con
la cabeza baja, el demacrado rostro muy ceñu-
do, estaba sentado sobre el camastro de su té-
trica celda en la Cárcel Modelo-. Confiese que
se encontraba..., vamos, enamorado de la mu-
jer, de la Remigia...
-No, señor. ¡Ni por soñación! -exclamó since-
ramente el criminal-. Pero... ¿qué iba yo a andar
namorao de la pobre de Remigia, que parece
una aceituna aliñá, tan denegría como está de
carnes, con lo que el marido, mi vítima, le
arreaba a todas horas? Lo digo como si me fue-
se a morir: en ese caso de arrimarme, primero
me arrimo a un brazao de leña seca que a la
Remigia. Por éstas, que no se me ha pasao nun-
ca semejante cosa ni por el pensamiento.
El abogadito, de recortada y perfumada barba,
que había realizado tantas conquistas en sus
años, relativamente pocos, se quedó confuso al
notar que aquel hombre vigoroso y mozo tam-
bién no mentía. Acostumbraba Fuentes expli-
cárselo todo o casi todo por la atracción que
ejerce sobre el hombre la mujer, y viceversa, y
sus derroches de elocuencia los tenía prepara-
dos para el caso natural de que el oficial de za-
patero Juan Vela, Costilla de apodo, hubiese
matado a Eugenio Rivas, alias el Negruzo, por
amores de la señá Remigia, mujer de este últi-
mo y dueña de un baratillo muy humilde en la
calle de Toledo.
Sólo con la clave amorosa podía el defensor
reconstruir el drama lógicamente. Vela era
huésped de los esposos Rivas. Nada más infali-
ble que la inclinación o el "lío" entre el huésped
y el ama. El marido, bruto y vicioso, desloma a
golpes a su mujer, acaso por celos. En la casa
hay un hombre que lo presencia y que está
prendado de la mártir. La pasión le exalta; el
espectáculo le es intolerable, y un día, ante tra-
tamientos más horribles, al ver que el marido
enarbola una silla para descargársela a la mujer
en la cabeza, se interpone, ve rojo, empalma la
faca y la sepulta, una, dos, tres veces, en el
cuerpo del verdugo. ¿Quién no hubiese hecho
lo mismo? ¿Quién, ante el martirio de una mu-
jer que se ama, no se arrojaría a matar, ciego,
anulada la voluntad, suprimido el albedrío,
impulsado irresistiblemente por la violencia de
la pasión que todo lo arrolla? ¿Quién responde
de sí mismo en tales ocasiones, ante tales con-
flictos del alma?
Por estos caminos contaba dirigir su brillante
peroración forense el abogado, seguro -a poco
que apretase por varios lados, especialmente en
algunos periódicos donde disponía de amigos-
de un triunfo más sobre los ya obtenidos en su
carrera refulgente, que le llevaba hacia un bufe-
te lucrativo. Y he aquí que toda la combinación
se venía a tierra, y a la poesía del crimen pasio-
nal, ardiente, típico, sustituía la prosa de un
vulgar asesinato.
-Entendámonos -murmuró, haciendo con la
mano derecha la señal de esperar-. Usted no
tenía nada con la Remigia; la Remigia... no le
seducía a usted. Bueno. Y entonces, amigo Juan,
¿cómo me explica usted el hecho de autos? ¿Por
qué montó usted al Negruzo? ¿Había mediado
entre ustedes alguna cuestión?
-No, señor. Cuestión, ninguna. Al contrario;
en el taller nos llevábamos perfectamente.
Aquella mañana, la del día en que pasó el "dis-
gusto", estuvimos echando unas copas en la
taberna del Pelele, y me las pagó, por cierto, él.
-¿Estaban ustedes, o uno de ustedes, embria-
gados cuando ocurrió el hecho?
-Tampoco, tampoco. Yo nunca lo he tenío por
costumbre, y el Negruzo, que la cogía a menu-
do, entonces no la cogió, porque total fueron
dos copillas, y de mañana, y la cosa pasó al
retirarnos.
-Siendo así, ¿cómo se comprende...?
-Fue de esas cosas..., vamos, de esas cosas que
hace un hombre..., sin saber muchas veces ni
por qué las hace. Verá usté... Yo tomé posada
en ca el Negruzo porque él se empeñó, dicién-
dome que estaría muy bien y muy bien. Tocan-
te al hospedaje, no tengo na que decir: su buen
cocido, su buena cena, la cama aseá, y todo se-
gún corresponde. Pero a mí me llevaba el de-
monio viendo el trato que le daba aquel tío a su
mujer delante de mí. Que la matase allá en su
alcoba, malo será; pero nadie tié que meterse;
para eso era su señora. En mi cara... era cosa de
avergonzarme. Estar un hombre presenciando
que a una mujer la hacen tajás, y dejarlo... va-
mos, que se le requema a uno la sangre. Yo en
jamás le levanté la mano ni a mi madre ni a mis
hermanas cuando vivía con ellas. Es mala ver-
güenza para un hombre el sacudir a las hem-
bras, y más si son como la Remigia, que se cae
de puro honrá.
Así se lo dije al Negruzo muchísimas veces, y
si hubiese quedado con vida él no lo negaría,
que por amonestao no quedó. ¿Sabe usted, don
Jacinto, lo que me contestaba el fresco? Que la
Remigia era tan fea, que le chocaba que la salie-
sen defensores. "¿Para qué se quieren las feas y
las flacas esmirriás en el mundo?", era lo que
decía. Y yo le replicaba: "Pues mira: cuando
atices leña a la Remigia, procura que no esté yo
elante, porque un día me atufo y hago una bar-
baridá"; y se reía, se reía a carcajadas: "Anda,
que le ha salío un galán a la Remigia." Y usted
dirá -prosiguió el asesino- que siendo la Remi-
gia tan buena, no se entiende por qué la pegaba
su hombre... Pues ahí está lo que me sacó de
mis casillas. Ver que no había motivo; pero
¿qué motivo?, ni como el que dice tanto así de
la sombra de pretexto. Que si la sopa de fideos
era un engrudo..., que si los garbanzos estaban
duros..., que si los chicos lloraban..., que si fal-
taba un botón a la blusa... Todo mentira las
más veces...; y un descuido lo tiene cualquiera,
me se figura. En fin, que el día de la cosa..., de
la desgracia..., porque en medio de todo, des-
gracia fue..., pues el Negruzo entró en su casa
de mal talante, y sin reparar que estaba yo allí,
y también el mayor de los niños, una criatura
de ocho años, la tomó con la Remigia, y por
primera providencia le pegó dos puñetazos en
el pecho. Y como ella se echó a llorar, la dio una
patá en una pierna que la tiró al suelo, y ya que
la vio en el suelo, alzó una silla para darla Dios
sabe dónde... Y entonces, un servidor...; na..., el
demonio... Me lo hubiese comido, vamos; le di
tantas, sin saber lo que estaba haciendo, que me
contaron después que hasta le "secioné" una
oreja y tres dedos de la mano... No, por avisado
no fue; que se lo advertí veces. ¡Y no hubo
más!... ¡Ah! Sí. El chico pequeño, cuando yo me
harté de dar, vino a mirar a su padre, que ya no
se movía, y me dijo muy calladito: "¡Bien
hecho!"
El abogado, silencioso y ceñudo, reflexionaba:
-Se hará lo posible... Pero como no se trata de
un crimen pasional, no me atrevo a que usted
esté muy esperanzado... ¿Por qué no dice usted,
cuando llegue el caso, que andaba usted pren-
dado de la Remigia?
-Porque sólo con verla, señor, no lo creerán...
Y tampoco es mu regular eso de calumniar a
una mujer decente.
"Pues lo que es éste, de presidio no se escapa",
pensó el defensor malhumorado, y resolviendo
ya, en su interior, no "apretar" en aquel asunto
borroso y deslucido.
"Blanco y Negro", núm. 532, 1901.
El rival

-La única mujer que me ha trastornado inspi-


rándome algo espiritual, algo dominador -dijo
Tresmes evocando uno de sus recuerdos de
galanteador incorregible-, ni era bonita, ni ele-
gante, ni descendía del Cid... Por no ser nada,
tengo para mí que ni aun era "virtuosa", en el
sentido usual de la palabra. Para mí, virtuosa
fue, o dígase inexpugnable; y acaso sea ésa la
verdadera razón de mi sinrazón, porque, créan-
lo ustedes, estuve loco.
Ante todo, referiré cómo la conocí. Es el caso
que otra mujer, Marcela Fuentehonda... ¿No os
acordáis? ¡Fue tan público aquello! Sí, Celita,
mi prima, a la sazón mi "doña Perpetua" (ya
íbamos cansándonos de constancia, preciso es
decirlo en elogio de los dos), un día en que nos
aburríamos más de la cuenta y temblábamos
ante la perspectiva de pasarnos la tarde entera
poniendo bostezos de a cuarta entre un "palo-
ma" y un "mía", me propuso lo que acepté in-
mediatamente: ir a consultar a una adivina,
sonámbula o qué sé yo, recién llegada a París.
Dicho y hecho; nos embutimos en un simón -a
esas cosas no se suele ir en coche propio-, lle-
gamos a la calle de la Cruz Verde, nombre fatí-
dico que recuerda la Inquisición, subimos una
escalera destartalada y entramos en una salita
con muebles antiguos, de empalidecido damas-
co carmesí...
-¿Y cómo es que una hechicera parisiense se
había metido en tal tugurio? -preguntamos al
vizconde.
-¡Ah! Ella vivía en un hotel; pero, para mayor
misterio, consultaba en aquella casa, que desde
tiempo inmemorial habitaban las brujas de
Madrid. Sí, es una morada -lo averigüé enton-
ces- donde nunca falta quien eche las cartas y
practique los ritos quirománticos.
Soltamos la carcajada, sin que Tresmes uniese
su risa a la nuestra, de un superficial escepti-
cismo.
-Esperamos -continuó- cosa de media hora, y
la espera irritó la curiosidad. Sin embargo, to-
mamos la cosa como travesura. Cuando nos
hicieron pasar al gabinete, nos dábamos al co-
do. Aunque era día claro, las seis de la tarde en
abril, las ventanas estaban cerradas hermética-
mente, y la habitación, revestida de paños ne-
gros, la alumbraban cirios en candeleros de
plata. Ante una mesita con tapete de raso negro
vi sentada a la bruja. ¿Me permiten ustedes que
la llame así? ¡Como que jamás he sabido su
verdadero nombre!
-Vaya por la bruja -respondimos burlones y
condescendientes.
-La bruja, pues, era una mujer joven, pálida,
muy pálida, casi demacrada, cuyos ojos, de un
color de avellana amarillento, hervían en chis-
pas de luz como la venturina al sol. Sus labios
eran demasiado rojos; su pelo, lacio, negro,
abundante, debía de pesarle. Vestía una bata
grana y llevaba al cuello un collar de amuletos
egipcios...
-¡Estaría hecha una birria! -exclamamos algu-
nos, que habíamos determinado poner en solfa
el cuento de Tresmes.
-Eso opinó Celita cuando salimos a la calle -
repuso él-; pero ¿qué sabemos lo que es "risi-
ble", lo que es "ridículo"? El convencionalismo
social dicta leyes; la pasión nos las conoce...
Desde que puse los pies en el gabinete negro de
la bruja me sentí, ¿cómo explicarlo?, "fuera" de
o "sobre" lo convencional. Mi prima Celita, in-
tachablemente vestida, me produjo el efecto de
una muñeca. Los ojos chispeantes de la bruja
me habían sorbido el corazón.
Sin levantarse, sin ofrecernos asiento, nos pre-
guntó cuál era el objeto de nuestra visita.
-Que nos diga usted la buenaventura -gritó
Celia, aturdidamente-. Mi hermano y yo (al
decir "hermano" me miraba con malicia invo-
luntaria) queremos conocer el porvenir.
-Denme ustedes a un tiempo la mano -
contestó la bruja; y reuniendo mi diestra abra-
sada y temblorosa con la de Celita, pronunció
lentamente, sin mirarnos, con los ojos puestos
en el techo-: Hermanos, no. Enamorados, tam-
poco. Parientes... y ligados por un lazo que ya
se afloja.
Nos miramos con miedo. No cabía más amar-
ga y completa lucidez. La bruja soltó mi mano,
conservando asida la de Marcela; la extendió
abriéndole la palma y me hizo señas de que
alumbrase con un cirio.
-¿Debo decir la verdad? -preguntó gravemen-
te.
-Venga la verdad -tartamudeó Celita, impre-
sionada.
-Pues la línea de la vida, en usted, hace una
rápida inflexión, ¡tan rápida...!
-¿Es... presagio... de muerte?
-Pudiera serlo... No lo afirmo así, en absoluto...
Sólo..., convendría que tuviese usted cuidado...
Celita quiso reír, pero su risa era forzada y su
cara estaba lívida.
-¿Y yo? -pregunté para distraerla, tendiendo a
mi vez la mano. La bruja la tomó y sentí como
una fuerte corriente eléctrica que atravesaba mi
cuerpo.
-Usted... ¿A ver? Tenga la bondad de alum-
brar, señora... ¡Oh! ¡Larga, muy larga existencia!
Ni los excesos ni los placeres han conseguido
atacar la vitalidad. A no ser por muerte violen-
ta... La sangre que veo -continuó con una espe-
cie de extravío- es ajena. ¡Esta mano sabe dirigir
la bala!
Tresmes calló un instante, preocupado; todos
le imitamos, recordando su famoso desafío con
Lamira, a quien había clavado una en mitad del
corazón.
-En fin -prosiguió después de un rato de silen-
cio-, salimos de allí, y aunque Celita declaraba
haberse divertido muchísimo, en realidad íba-
mos los dos preocupados; ella, temblando ante
la idea de la muerte; yo, sin poder olvidar el
rostro descolorido y los ojos de venturina. Al
otro día, a la misma hora, me fui solo a la calle
de la Cruz Verde. Recibido por la bruja, no sé
qué le dije; le confesé el atractivo que en mí
ejercía, la fuerza psíquica que tenía sobre mí.
Helada y serena, me señaló una silla, y em-
prendimos larga conversación entre el olor de
iglesia de los encendidos cirios y el tétrico si-
lencio de una habitación tan semejante a una
cámara mortuoria.
Algo emanaba de aquella mujer que yo no
había hallado en ninguna. Conocedor y experto
en el género -creo que ustedes saben que no es
jactancia-; coleccionista de impresiones femeni-
les; aficionado al amor como otros al objeto de
arte, encontraba allí "lo nuevo", y nada escasea
en amor como la novedad. Si he de definir mis
sentimientos por medio de una contradicción,
diré que al lado de la bruja experimentaba lo
que llamaré "frío ardiente". Todo en ella era
glacial: su piel marmórea, lisa, semejante a un
témpano; su rostro impasible de sibila; su habla
solemne; el mirar de sus ojos de ágata, transpa-
rentes como un vino puro. No necesito decir
que rompí con Celita; fue un trueno silencioso,
sencillamente; no volví a poner los pies en su
casa. Pasaba las tardes en el gabinete negro,
tratando de leer en el alma enigmática de mi
bruja, ¡en su alma, lo único de que yo sentía
inextinguible sed! Averigüé que no era france-
sa, sino dinamarquesa; que no tenía familia,
parientes ni
allegados; que desde los quince años rodaba
por el mundo, y que estaba casada, aunque no
vivía con su marido.
-Mi esposo -díjome un día con orgullo- es un
príncipe de la más ilustre progenie; sus domi-
nios son tan vastos, que jamás podrá medirlos;
su poder no reconoce límites; ningún soberano
compite con él. Como sabe que tantas mujeres
le adoramos, nos hace poco caso, y nos es infiel
sin cesar. Conmigo sólo pasó un día -el de
nuestras bodas-, y desde ese día le idolatro.
¡Nadie borrará su recuerdo, nadie!
Al pronto me causó suma extrañeza la conseja
del príncipe archimillonario y poderosísimo
que deja a su mujer ganarse la vida diciendo la
buenaventura, y declaro que creí que la bruja
mentía por vanidad; pero después una idea
hirió mi imaginación, y se me ocurrió que el tal
príncipe... sólo podía ser... ¡Ea!, si se ríen uste-
des, me callo. Ese "personaje" no está de moda,
y, sin embargo, ¡caramba, confiésenlo!, en él
"nos movemos, vivimos y somos" todos los
pecadores y epicúreos de la coronada villa y de
cuantas villas existen. La ocurrencia de que el
esposo de la bruja era ni más ni menos que... el
mismo "Diablo"; sí, ríanse cuanto quieran...; me
empeñó más en su insensato amor, sin espe-
ranza alguna. ¡Rival de Lucifer! Eso no se ve
todos los días. Al tocar la mano de la bruja, el
hielo de su piel me encendía el alma. Llegué a
creer lo que cuentan de la posesión diabólica...
-¿Y cómo acabó esa rara manía, vizconde? -
insistimos.
-¡Ah! De un modo extraño también. Ya me
dirán si me equivoco... Oigan ustedes. Andaba
yo más embebecido que nunca en mi pasión del
otro mundo, cuando, casualmente, al leer un
periódico, me encuentro con la noticia de que
Celita había muerto... Una imprudencia a la
salida de un baile; un enfriamiento... No sé qué
enfermedad repentina... En fin: que aquel día la
enterraban. Profundamente emocionado al ver
realizada la profecía de la sibila resolví acudir
al funeral; ¡no podía hacer menos! Al entrar en
una iglesia, por primera vez después de mu-
chos años, creí divisar a la bruja en la puerta,
abriendo sus brazos blancos y sin calor para
estorbarme el paso. Instintivamente -¡hábitos
de la niñez!- me persigné, murmurando restos
de una oración casi borrada de mi memoria.
Entonces desapareció la figura de mujer y pen-
sé ver el ataúd de Celita cubierto de paños ne-
gros y oí con terror, ¿a qué negarlo?, los rezos
de difuntos... Me posterné de rodillas, hecho un
doctrino. ¡Pobre Celita!
Hubiese jurado que su voz, llorosa y débil,
pronunciaba mi nombre... Se me enmudecieron
los ojos..., y fue como si me arrancasen del pe-
cho una raíz muy larga, de planta venenosa; ¡se
me borró enteramente la imagen de la bruja! Ni
volví a pasar por la calle de la Cruz Verde.
¡Cuando pienso que, ocho días antes, me había
revolcado a sus pies, rogándole que se divor-
ciase de mi rival y aceptase mi mano...
Y Tresmes, sacudiendo la ceniza del cigarro,
añadió:
-Ante el amor, más aún que ante la muerte,
debemos reconocer que "no somos nadie"...
Polvo y ceniza.
"Blanco y Negro", núm. 565, 1902.

Los rizos

Cuando pasa la reducida cajita blanca con


filetes azules o color de rosa, que en hombros
va camino del cementerio, no volvemos la ca-
beza siquiera. El tráfago del vivir es tal, que no
hay tiempo de mirar cómo desfila la muerte,
segando capullos con el mismo brío certero con
que siega los árboles añosos.
Aquella caja, sin embargo -rosados eran los
filetes-, me obligó a recordar un incidente ya
olvidado... La señora que me acompañaba me
refrescó la memoria...
-¿Sabe usted de quién es el entierro? Pues de
la chiquilla bonita que le llamó a usted la aten-
ción..., ¡y mucho!, en la visita a las escuelas
municipales, cuando fuimos a designar las ni-
ñas para la colonia escolar del año...
-Hace ya lo menos dos o tres que sucedió eso...
Sí; me acuerdo ahora perfectamente: una cria-
tura morena, de facciones de cera, perfiladitas,
con unos ojos oscuros, grandes, que le comían
la cara, y unos rizos negros también, flotantes
por los hombros; una melena maravillosa... ¿Y
es ésa?
-Ésa misma...
Evoqué la escena, el rebaño de criaturitas en
pie ante sus pupitres, respetuosamente dere-
chas e inmóviles a la voz de la profesora. Una
serie de cabecitas mal peinadas, de pelo bravío,
corto y revuelto; de semblantes colorados y
cachetudos, o macilentos, señalados por el lin-
fatismo con el estigma que anuncia tan graves
desórdenes fisiológicos para el porvenir; un
calabazal gracioso a veces -¡la niñez es tan fá-
cilmente graciosa!-, pero, en conjunto, entriste-
cedor, como lo son las muchedumbres infanti-
les de asilos y hospicios, como suele ser la prole
numerosa de los necesitados... Las privaciones -
que se revelan para el hombre de ciencia en el
peso, en la estatura, en la estructura ósea del
chiquillo- las descubre el novelista en lo reviejo
de la tez, en la impureza de los ojos, en la na-
ciente deformidad de los miembros... El niño
está más cerca que el adulto de la vida vegeta-
tiva; bien cuidado, parece una flor regada y
lozana, mal cuidado, es la planta que se ahíla
por falta

de agua y de aire. Entre el plantel destacóse la


niña de los rizos, y ante el tono algo céreo de su
menuda faz encantadora, a un tiempo resolvi-
mos: "Ésta necesita playa y campo."
-Habrá que cortarle el pelo -observó alguien
de nosotros, en el tono con que se reconoce una
necesidad dolorosa, porque el pelo nos había
deslumbrado desde el primer momento, como
deslumbra la pluma magnífica, tornasolada, de
un ave tropical. Sabíamos de sobra que la rapa-
dura es el rito inicial de caridad y de higiene en
las colonias. De caridad, porque es preciso te-
nerla para realizar y hasta para ordenar y diri-
gir esa operación, que descubre tantas veces en
las cabelleras infantiles la fauna asquerosa de la
miseria; de higiene, porque al niño que le me-
dran los cabellos se le desmedra el cuerpo, es
sabido... Ni aun para los hijos de los ricos, fami-
liarizados con el peine y los petróleos de toca-
dor, es bueno cultivar esos bucles de paje del
siglo XV.
Sin embargo, desde que pronunciamos las
fatales palabras "Habrá que cortarle el pelo...",
comprendimos que no sería fácil... La niña, fi-
jándonos desde lo hondo con el par de moras
maduras de sus ojazos, parecía decirnos silen-
ciosa y expresivamente: "No me quitaréis mis
rizos, no tal..." El lacito colorado, que una co-
quetería de madre engreída de la belleza de
una criatura había prendido cerca de la sien
izquierda, era como banderín de la vanidad de
aquellos siete u ocho años ya femeniles. Y los
ojos sombríos nos miraban maldiciéndonos, y
las facciones hechas a torno se contraían con
mohín de repugnancia...
Al día siguiente lo supimos ya de un modo
positivo, por referencias diversas: la niña de los
rizos no vendría a la colonia. Su familia com-
partía la opinión de que la salud no compensa
el desmoche de unos tirabuzones tan ricos y tan
ondeantes. Mejor dicho (conviene ser exactos),
aquel menaje de obreros habituados a la vida
sórdida y angustiada, en que si no falta el pan
del todo, no hay nunca de sobra; reñido con el
jabón y el aseo, en la promiscuidad y estrechez
del domicilio, creía firmemente que eso de ra-
par a los chicos es una manía de burgueses me-
tidos a filántropos que distraen el aburrimiento
inventando molestias a cambio de problemáti-
cos beneficios. ¡Llevarse a la chica un mes a la
playa! ¡Gran puñado son tres moscas! ¡Y, en
cambio, quitarle aquellos rizos, orgullo de la
madre, envidia de las demás chiquillería y co-
madrería del barrio! El único lujo del hogar, lo
que hacía sonreír babosamente al padre cuando
conducía a su hija al "gallinero" del teatro por
horas, o al
"cine", y en el ambiente viciado, del etéreo, car-
gado de olor humano, resonaban las frases de
admiración. "¡Mira ese pelo!... ¡Mira esa peque-
ña! ¡Si parece un cromo!"
Tuvimos que sustituir a la niña de la melena
por otra, que se dejó pelar sin oposición, aun-
que no sin pena, pues es increíble el cariño que
tienen a su áspera zalea hasta los chicos más
feos y pobres. Las criaturas fueron lavadas y
fregadas; averiguaron que a unos huesos que
tenemos en la boca hay que frotarlos diaria-
mente con cepillo; se vistieron de limpio, co-
mieron a mantel blanco, con flores silvestres en
el centro y servilleta nívea; corretearon en la
playa, ganaron en peso y estatura; se pusieron
alegres y morenas, el moreno sano del pan ín-
tegro..., y volvieron al pueblo contentas, enva-
necidas del veraneo aquel, con hábitos de "se-
ñoritas", que en sus casas eran reprobados...
La de los rizos seguía causando la misma im-
presión, mientras jugaba en el arroyo, vestida
de percal rosa sucio y con el moñito rojo entre
las alborotadas y finas ondas del soberbio pelo.
Sin embargo, transcurrido bastante tiempo
después del día en que la conocimos, las frases
de la gente que la admiraban se habían modifi-
cado un poco. "¡Qué pelo!", era siempre lo pri-
mero, y después: "¡Está consumidita!... ¡Qué
color tan malo!..." La gente del pueblo, nadie lo
ignora, no se anda en contemplaciones para
decir lo que piensa en la cara de todo el mun-
do... Hubo quien soltó crudamente:
-¡Qué lástima! Ésta no llega a grande...
¿Cayeron en la cuenta los padres? ¿Consulta-
ron médico? Ello es que, al cabo, la madre
murmuró tristemente la misma frase por todos
pronunciada:
-Habrá que cortarle el pelo...
El desconsolado llanto de la niña -próxima a
convertirse en mujercita- impidió que se verifi-
case la poda... El doctor que la vio -postrada ya
en mal jergón, que compartía con dos herma-
nos menores- movió la cabeza, y decidió que
era inútil darle el disgusto. De todas maneras,
había de ser igual... Y los rizos no cayeron bajo
la fría mordedura de la tijera, y envuelta en su
regia aureola de sombra, la colocaron en la exi-
gua caja blanca con filetes rosados, que los
compañeros del padre -marmolistas, gente muy
familiarizada con el cementerio y sus esplendo-
res- conducían a hombros cuando acertamos a
verla...
En el fondo de mi alma de artista -¿a qué ne-
garlo?- latía una especie de respeto ante aquella
muerte ocasionada por el culto ciego, incons-
ciente, idolátrico, de la Belleza... Yo hubiese
mandado a tiempo trasquilar a la desdichada.
Absalona, víctima de su hermosa cabellera; sí,
en nombre de la Ciencia y del bien, yo hubiese
dispuesto sin ningún escrúpulo ese crimen...
Pero, como tengo dos almas -¡dos lo menos!-,
me gusta que en el ara de la eterna Hermosura
se sacrifiquen sin piedad niños y adultos. El
olor de tales sacrificios es grato a la impasible
Diosa...
"La Ilustración Española y Americana", núm.
40, 1908.

Implacable Kronos

¡Qué juventud y qué edad madura tan labo-


riosas y aperreadas las de don Zoilo Terrón! Sin
una hora de descanso y recreo, sin un minuto
que pertenciese al gusto y al solaz, vivió don
Zoilo, no como la ostra -al fin, la ostra no traba-
ja-, sino como la polilla, que roe y roe y no sale
de su rincón, no deja su viga telarañosa, no
despliega nunca sus alas, buscando lo que las
mariposas: luz, calor solar y entreabiertas flo-
res.
Resuelto a ganarse un caudal, porque don
Zoilo veía en el dinero la clave de la vida y el
eje del mundo, sudó, se afanó y atesoró con
incansable codicia, hasta llegar a la suma de-
seada. Cebado en la asidua labor, no supo don
Zoilo lo que era pasear, ni se miró al espejo, ni
cuidó de su salud, ni se enteró de que ya iban
encorvándose sus espaldas y pesando sobre su
cuerpo, recio como plomo, los años. Sólo cuan-
do se encontró poderoso, dueño de la riqueza
pingüe que de antemano se propusiera obtener,
entró a cuentas consigo mismo y advirtió que
no había disfrutado miaja ni catado los goces
lícitos y sabrosos de la existencia. "He sido una
bestia de carga", pensó, lleno de remordimiento
y de melancolía. "Esto no puede quedar así. A
ver si una vez, por lo menos, soy un racional.
Es preciso que yo me case, que tenga familia y
pruebe sus alegrías y sus expansiones, y, ade-
más, que mi mujer me guste mucho..., tanto
como me gusta Casildita Ramírez, la viuda que
vive en el segundo
piso."
Al hacer estas reflexiones conoció don Zoilo
que precisamente la Casildita susodicha era la
que le venía pintiparada, porque su lozana bel-
dad, y su sandunga encantadora le sugerían un
remolino de ideas bucólicas y juveniles. Al ver
de cerca a Casildita, a quien solía encontrarse
por la escalera, don Zoilo sentía que toda su
malograda mocedad le subía a la cabeza y de
allí bajaba al corazón en olas de sangre. Y como
el dinero infunde gran aplomo y arrogancia,
don Zoilo no titubeó, y sin demora subió a casa
de la linda viuda, celebrando con ella una en-
trevista y descubriéndole llanamente su cristia-
no y honrado pensamiento.
Estaba Casildita, cuando recibió la fulminante
declaración del opulento don Zoilo, más mona
aún que de costumbre, porque la sorpresa y la
malicia hacían chispear sus grandes ojos moru-
nos, y avivaban la risa en sus labios, y cavaban
los traviesos hoyuelos en sus mejillas pálidas y
frescas como las hojas de la magnolia. Jugando
con un diminuto perrillo de lanas que parecía
una bola de cardado y crespo algodón, oyó Ca-
silda las extremosas palabras del vecino, y así
que éste acabó de formular su súplica, la viuda,
halagando al gracioso animalejo por quien se
trocaría de muy buena gana don Zoilo, respon-
dió categóricamente:
-A la verdad, lo que usted me propone, para
penitencia es atroz, y para ganar la gloria pue-
de que no baste. No me atrevo, vamos, no me
atrevo. Si tuviese usted diez añitos menos, diez
añitos... Pero ¡si está usted más gris que las ra-
tas y más desdentado que un serrucho viejo! Se
reirían de nosotros cuando fuésemos juntos por
la calle, créalo usted, ¡la gente es tan mala...!
Sólo por eso no le complazco a usted, que por
lo demás, es usted persona muy apreciable y
muy digna.
Salió don Zoilo del cuarto de la viudita desa-
zonadísimo, y al mismo tiempo convencido de
que nunca le había gustado tanto, que se moría
por ella, y que todas aquellas cosas que había
leído que les pasaban a los enamorados furio-
sos las sentía él en grado heroico y superfino.
"¿De qué sirve el dinero -iba rumiando- si no
sirve para tener, cuando a uno se le antoja y lo
necesita, el pelo negro como la noche y unos
dientes que deslumbren de blancos?" Y de
pronto, como al que va a ahogarse se le ocurre
asirse a un clavo muy delgadillo, ocurriósele a
don Zoilo que con "guano" se compran también
dientes y pelo.
A escape, el mejor dentista de Madrid -por
supuesto, norteamericano- se encargó de
amueblar espléndidamente el tenebroso antro
de la boca de don Zoilo con una doble fila de
mondados piñones, iguales, relucientes y pare-
jos. Llegó después la vez al peluquero -francés,
quién lo duda-, y valiéndose de una serie de
botecillos de cristal y hasta media docena de
cepillos y brochas, hizo pasar la cabellera de
don Zoilo del gris amarillento al castaño oscu-
ro, y del castaño oscuro a un negro de carbón,
profundo, casi puedo decir que insolente. La
misma prolija operación, realizada con la barba,
arrancó a don Zoilo una exclamación de pueril
regocijo, porque el mágico licor de los empeca-
tados botes le había aliviado del peso de veinte
años lo menos, dejándole el rostro encerrado en
un marco que afrentaba a la endrina y al ala del
cuervo también.
A contemplar la restauración vino el ortopédi-
co con una faja-corsé, firme represión de ab-
domen y derechura del espinazo, y el sastre y el
ayuda de cámara coronaron la obra, ataviando,
perfilando, atusando y componiendo a don
Zoilo, dejándole hecho un petimetre, según los
últimos decretos de la moda. Remozado así,
perfumado, con un capullo en el ojal y radiante
de esperanza, don Zoilo subió otra vez las esca-
leras, y sin que le anunciase nadie, cayó como
una bomba en el coquetón gabinete de Casildi-
ta. Era tal su arrebato, tan grande la turbación
que el instante aquel le producía, que sólo acer-
tó a murmurar, en entrecortadas frases, una
nueva declaración más apasionada, más vehe-
mente que la anterior, y a repetir la proposición
de casamiento, entre protestas de exaltada ter-
nura Casildita le oía y contemplaba con eviden-
te asombro, y callaba, aguardando a que acaba-
se su relación el galán.
Así que éste hizo un compás de espera, tal vez
por necesidad de respirar, la viuda, abarqui-
llando las orejas rizosas y suaves del perrito, y
con un sonreír que era el abrirse de una rosa en
una mañana de mayo, pronunció con ingenua
picardía:
-El caso es que no puedo complacerle en lo
que me pide, y bien lo deploro.
-¿Por qué? -articuló don Zoilo, con anhelo
infinito.
-Porque hará cosa de quince días estuvo aquí
con la misma pretensión su señor papá, empe-
ñado en pedir mi mano..., y después de dar
calabazas a una persona más respetable que
usted, no es cosa de decirle a usted que "sí".
"El Imparcial", 17 de junio de 1895.

Primaveral Moderna

Obligado a trasladarme a una capital de pro-


vincia, al noroeste de España (de esta España
que los extranjeros se imaginan siempre achi-
charrada por un sol de justicia), hice mis male-
tas, sin olvidar la ropa de abrigo, aunque, lo
que refiero sucedía en el mes de mayo, y al su-
bir al tren me instalé en el departamento de "no
fumadores", esperando poder fumar en él a
todo mi talante, sin que me incomodase el
humo de los cigarros ajenos, pues ese departa-
mento suele ir completamente vacío.
En efecto, hasta el amanecer, hora en que nos
cruzamos con el expreso de Francia, nadie vino
a turbar mi soledad. Dormía yo profundamen-
te, envuelto en mi manta, cuando se realizó el
cruce. No sé si a los demás les sucede lo que a
mí; si también notan, dormidos y todo, la sen-
sación extraña y oscura de no estar ya solos; de
la presencia de "alguien". Yo percibí esa sensa-
ción durante mi sueño, y poco a poco me des-
perté. A la luz blanquecina del amanecer vi en
el asiento fronterizo a un viajero. Era un mozo
de unos diecinueve a veinte años, de cara fina e
imberbe. Su oscura gorrilla de camino, parecida
a la prolongada toca con que representan a Luis
XI, acentuaba la expresión indiferente y cansa-
da de su fisonomía y la languidez febril de sus
ojos, rodeados de ojeras profundas. Sus manos
enflaquecidas se cruzaban sobre el velludo
plaik, que le abrigaba las rodillas y le tapaba los
pies; caído sobre el plaid había un volumen de
amarilla cubierta.

Mi imaginación, activa, tejedora, sobreexcita-


da además por el movimiento del tren, se dedi-
có al punto a girar en torno del viajerito enfer-
mo. Discurrí manera de entrar en conversación
con él, y la encontré en el socorrido tema del
cigarro.
-Sin duda le incomoda a usted el humo, cuan-
do se ha venido a este departamento -pregunté,
haciendo ademán de embolsar la petaca des-
pués de haberla sacado como por inadverten-
cia.
-No, señor -contestó el mozo con voz opaca y
mate, cual si realizase un esfuerzo penoso-.
Puede usted fumar. Yo también fumaría, si no
me lo hubiesen prohibido.
-¿Está usted... indispuesto? -pregunté, demos-
trando interés; y la repuesta afirmativa me dio
hecha la plática que deseaba entablar. Nadie se
resiste a hablar de sus padecimientos, sean re-
ales o imaginarios. Mi compañero, dengosa-
mente al principio, animándose gradualmente
después, me enteró de cuanto quería: era vene-
zolano, hijo de español; venía de París, adonde
le había enviado su familia para que se instru-
yese y formase; y, atacado de un mal indefini-
ble, tal vez neurosis complicada con anemia
profunda, se dirigía, por consejo de los médi-
cos, a pasar el verano en el noroeste de España
en casa de un hermano de su padre, rico pro-
pietario, dueño de una quinta en el valle de la
Rosa.
Al oír este nombre, tan dulce y sugestivo, batí
palmas: el valle de la Rosa estaba cerca de la
ciudad a que me encaminaba yo.
-¿Conoce ese sitio? -preguntóme con el pecu-
liar acento de su país mi compañero de viaje,
que se enderezó, echando a un lado la manta.
-¡Sí lo conozco! -respondí-. He vivido más de
tres años en Urbigena, adonde voy ahora otra
vez, y el valle de la Rosa, en que veraneábamos,
lo tengo tan presente como si lo estuviésemos
viendo, como lo veremos a mediodía desde esa
ventanilla. ¡Qué valle! No cabe soñar nada más
divino. Vamos a pasar una serie de montañas
abruptas, y hasta áridas y peladas por lo menos
en esta estación, pues en junio se cubren de
terciopelo verde; pero el valle, que recoge todo
el sol y toda el agua de las arroyadas del in-
vierno, ¡es un vergel, un paraíso! Le sorprende-
rá a usted el cuadro que presenta, y sorprende
a cuantos lo ven por primera vez. En este tiem-
po del año, los árboles están igual que si hubie-
se nevado copiosamente, de tanta flor como los
reviste; los albaricoqueros y los pavíos son
plumaje rosa pálido; las fresas rojean y huelen a
gloria; los senderos están llenos de violetas tar-
días, y las camelias, que allí son árboles corpu-
lentos, tienen al pie una alfombra de hojas
encarnadas de una carta de espesor. Verá usted
qué verde tan delicado el de los praditos, qué
de agua cristalina en las fuentes; y por los setos,
cuánta rosa silvestre; han dado nombre al valle.
Y no es sólo la flora: hay la poesía de la Huma-
nidad también. ¡Las aldeanitas! ¡El día que se
cuelgan los aretes de filigrana y se atan el "den-
gue" con las cintas de seda! No sé si ellas son
realmente tan guapas, o es que las hermosea la
Naturaleza, que lo embellece todo.
El mozo guardaba silencio, con el ceño frunci-
do y una chispa de descontento en las negras
pupilas; y de pronto, mirándome fríamente,
murmuró:
-¡La Naturaleza! Para mí no hay cosa más an-
tipática.
La extrañeza me impidió hasta protestar. Me
quedé turulato, como solemos decir cuando
oímos una herejía muy gorda, algo que echa
por tierra afirmaciones que creemos indiscuti-
bles y evidentes. El enfermo, sonriendo con
sarcasmo, continuó:
-Ya ve usted si he nacido, en un continente de
Naturaleza espléndida... Supongo que por lo
mismo la detesto doble. Todo lo natural me
parece estúpido, bueno sólo para la gente ruti-
naria y mansa...: para los especieros, como de-
cimos en París. ¡El agua, los bosques, los pra-
dos, las florecillas del campo! ¡Beeee! -emitió el
balido de la oveja-. ¿Qué sentido puede encon-
trarse en nada de eso? ¿Dónde existe función
más mecánica, menos intelectual que la de la
Naturaleza? Llueve, brota la vegetación; hace
sol, se agosta; llega el otoño, las hojas caen; vie-
ne la primavera, vuelta a salir... Es puramente
animal; ruin fisiología. No sé por qué la manía
de conservar la vida ha de hacernos transigir
con las cosas más opuestas a nuestros gustos y
nuestras convicciones... Yo preferiría morir en
París, en el bulevar, con su asfalto, que vivir en
ese valle de la Rosa, que, por su descripción de
usted, debe de ser el arquetipo de la vulgari-
dad, el oasis de un paisajista cursi. Diré a usted
más: no existe tal Naturaleza. La hacemos noso-
tros; la creamos, y sólo cuando la creamos vale
algo y tiene sentido. ¡La Naturaleza! Es la ene-
miga del arte y de la ficción, lo único hermoso;
la ficción encantadora... Al llegar al valle escu-
piré sobre la primera Rosa que me salga al pa-
so..., sea vegetal o sea de carne...
Al decir estas amenidades, matices de carmín
tiñeron las mejillas demacradas del joven en-
fermo, y sus labios, que apenas sombreaban
una dedada de bozo oscuro, se contrajeron iró-
nicamente.
-La belleza -prosiguió, notando que yo me
escandalizaba, y encantado de ello-, la belleza
no es lo natural, sino al contrario, lo artificial,
obra del hombre, creación de su inteligencia
emancipada del ciego instinto. No me dé usted
el racimo, sino el licor; no la tez virginal y lava-
da en agua pura, sino la que ha curtido e im-
pregnado el amor y adobado la perfumería; no
el bloque de mármol, sino la estatua de Ca-
peaux; no la rosa rústica de los setos, sino la
orquídea monstruosa criada en estufa; no el
animal viviente, sino la sierpe de esmalte y pe-
drería o el pájaro que canta por mecanismo. La
obra del hombre civilizado va en sentido con-
trario a la Naturaleza. La Naturaleza se acuesta
temprano, y nosotros, tarde, haciendo de la
noche día; la Naturaleza es sencilla, y nosotros
somos complicados; la Naturaleza no aspira
sino a perpetuar la especie y nosotros..., ¡qué
diablo!, ¡si la pudiésemos suprimir...!
Éstas y otras teorías análogas desarrolló exal-
tadamente mi interlocutor, mientras nos acer-
cábamos al valle, que por fin avistamos cuando
el sol ascendía a su cenit. Viva fragancia de
madreselvas, en ráfagas de esencia arrancadas
por el airecillo juguetón, penetraba en el depar-
tamento; y en un prado de un verdegay ideal,
una gran vaca, roja, acostada, parecía inmóvil,
esfinge de cobre. Allá abajo se posaban, como
grupos de palomas torcaces, las casitas, y cerca
de nosotros una fuente, sombreada por sauces
pálidos, se desataba murmuradora, dándome
envidia de beber un trago en el hueco de la
mano, a la manera primitiva. Confieso que ol-
vidé enteramente a mi compañero de viaje para
recrearme en aquellos pormenores, y sólo re-
cordé al notar que el tren se detenía en la esta-
ción y escuchar que el artificialista me decía:
-Feliz viaje, adiós; he tenido gusto en conocer-
le. ¡A su servicio!
Saludé y tendí la mano, declarando mi nom-
bre y profesión: Félix Llaguno, magistrado...
-Aristeo Abigail Fierro, poeta -respondió, no
sin algo de sequedad altanera, el enfermo, vol-
viéndose para recoger su pulcro maletín de
cuero inglés y su sombrerera, que entregó al
criado que le esperaba con un birlocho.
Y como yo hiciese un involuntario movimien-
to al oír lo de "poeta", añadió:
-Poeta decadente.
"Blanco y Negro", núm. 333, 1897.

Casi artista

Después de una semana de zarandeo, del Go-


bierno Civil a las oficinas municipales, y de las
tabernas al taller donde él trabajaba -es un mo-
do de decir-, preguntando a todos y a "todas",
con los ojos como puños y el pañuelo echado a
la cara para esconder el sofoco de la vergüenza,
Dolores, la Cartera -apodábanla así por haber
sido cartero su padre-, se retiró a su tugurio con
el alma más triste que el día, y éste era de los
turbios, revueltos y anegruzados de Marineda,
en que la bóveda del cielo parece descender
hacia la tierra para aplastarla, con la indiferen-
cia suprema del hermoso dosel por lo que ocu-
rre y duele más abajo...
Sentóse en una silleta paticoja y lloró amar-
gamente. No cabía duda que aquel pillo había
embarcado para América. Dinero no tenía; pero
ya se sabe que ahora facilitan tales cosas, garan-
tizando desde allá el billete. En Buenos Aires
no van a saber que el carpintero a quien llaman
para ejercer su oficio es un borracho y deja en
su tierra obligaciones. La ley dicen que prohíbe
que se embarquen los casados sin permiso de
sus mujeres... ¡Sí, fíate en la ley! Ella, a prohibir,
y los tunos, a embarcar... y los señorones y las
autoridades, a hacerles la capa..., ¡y arriba!

Bebedor y holgazán, mujeriego, timbista y


perdido como era su Frutos, alias Verderón,
siempre acompañaba y traía a casa una corteza
de pan... Corteza escasa, reseca, insegura; pero
corteza al fin. Por eso (y no por amorosos me-
lindres que la miseria suprime pronto) lloraba
Dolores la desaparición, y mientras corría su
llanto, discurría qué hacer para llenar las dos
boquitas ansiosas de los niños.
Acordóse de que allá en tiempos fue pizpireta
aprendiza en un taller que surtía de ropa blanca
a un almacén de la calle Mayor. Casada, había
olvidado la aguja, y ahora, ante la necesidad,
volvía a pensar en su dedal de acero gastado
por el uso y sus tijeras sutiles pendientes de la
cintura. A boca de noche, abochornada -¡como
si fuera ella quien hubiese hecho el mal!-, se
deslizó en el almacén, y en voz baja pidió labor
"para su casa", pues no podía abandonar a las
criaturas... La retribución, irrisoria; no hay nada
peor pagado que "lo blanco"...

Dolores no la discutió. Era la corteza -muy


dura, muy menguada, eventual- que volvía a
su hogar pobre...

Corrió el tiempo. Habitaba hoy la Cartera un


piso modesto, limpio, con vista al mar: su chico
concurría a un colegio; la pequeña ayudaba a
su madre, entre las oficialas del obrador. Por-
que Dolores tenía obrador y oficialas; hacía por
cuenta propia equipos, canastillas, y poseía una
clientela de señoras, que iban personalmente a
encargar, probar y charlar su rato.
-¡Buena mujer! ¡Y muy puntual, y habilísima! -
repetían al bajar las escaleras, despidiéndose
todavía, con una sonrisa, de la costurera, que
salía al descansillo, a murmurar por última vez:
-Se hará, señora... No tenga cuidado... Como
guste...
Así se ha ganado la parroquia, por medio de
humildades dulces, de discretas confidencias
de esas penas domésticas con que toda hembra
simpatiza, y poniendo cuidado exquisito en
entregar la labor deslumbrante de blancura,
primorosa de cosido y rematado, espumosa de
valenciennes, hecha un merengue a fuerza de
esmero. Con la reputación de tantas virtudes
obreras vino el crédito, el desahogo; con el des-
ahogo, el trabajo suave y halagador y el cariño
intenso del artífice a la obra perfecta, en la cual
se recrea y goza antes de enviarla a su destino.
En la Cartera había desaparecido la esposa del
carpintero vicioso, chapucero y zafio, en chan-
cletas y desgreñada, y nacido una pulcra traba-
jadora, semiartista, encantada, aun desinteresa-
damente, con los lazos de seda crespos y coque-
tones, los entredoses y calados de filigrana, las
ondulaciones flexibles de la batista y las gracias
del corte, que señala y realza las líneas del
cuerpo femenil. Algo de la delicadeza de su
trabajo se
había comunicado a todo su vivir, a su manera
de cuidar a los niños, al claro aseo de sus habi-
taciones, a la frugalidad de su mesa. Aunque
todavía fresca y apetecible, la Cartera guardaba
su honra con cuidado religioso -no por mira-
mientos al pillo, de quien no se sabía palabra,
sino porque esas cosas estropean la vida y dan
mal nombre-, y era preciso que a su casa vinie-
sen sin recelo sus parroquianas, las señoras
principales...
Extendida estaba sobre las mesas del obrador
una canastilla de hijo de millonario -la más cara
y completa que le había encargado a la costure-
ra, un poema de incrustaciones, realces y plie-
gues-, cuando se entró habitación adelante,
entre las risas fisgonas de las oficialas un hom-
bre de trazas equívocas. Venía fumando un
pitillo, y al preguntar por "Dolores" y oír que
no se podía hablar con ella -lo cual era un modo
de despedirle-, soltó a la vez un terno y la coli-
lla ardiendo; el terno sólo produjo alarma en las
chiquillas; la colilla, chamuscó el encaje de Ri-
chelieu de una sábana de cuna.

-¡Soy su marido! -gritó el intruso-, y a cual-


quier hora "me se" figura que la podré ver...

No cabía réplica. Corrieron a avisar a la maes-


tra; se presentó temblona, y se retiraron a un
cuarto, allá dentro. No se sabe lo que conversa-
rían; acaso el Verderón confesase que se hallaba
ya convencido de que también en el Nuevo
Continente tienen la absurda exigencia de que
se trabaje, si se ha de ganar la plata... Lo cierto
es que se hizo un convenio: el Verderón come-
ría a cuenta de su mujer, y hasta bebería y fu-
maría, comprometiéndose a respetar la labor de
ella, su negocio, su industria ya fundada, su
arte elegante. Y Frutos prometió.
Mas no era el holgazán del escaso número de
los que cumplen lo pactado, y su orgullo de
varón y dueño tampoco se avenía a aquella
dependencia, a aquel papel accesorio... ¡Vamos,
que él tenía derecho a entrar y salir en "su casa"
cuándo y cómo se le antojase! ¡Bueno fuera que
por cuatro pingos de cuatro señorones que ve-
nían allí se le privase de pasarse horas en el
taller requebrando a las oficialas! Y así lo hizo,
a pesar del enojo y las protestas de Dolores.
-Tienes celos, ¿eh, salada? -preguntábale él,
sarcástico.
-¡Celos! -repetía ella-. Si te gustan las oficialas,
llévatelas a todas..., pero fuera de aquí, ¡entien-
des!... A un sitio en que tus diversiones no me
manchen la labor. ¡Eso no! Eso no te lo aguanto
y te lo aviso... ¡No me toca a mis encargos un
puerco como tú!
Con la malicia de los borrachos, así que Frutos
comprendió que ahí le dolía a su mujer, empe-
zó a meterse con la ropa blanca. Escupía en el
suelo, tiraba los cigarros sin mirar, manoseaba
las prendas, se ponía las enaguas bromeando,
se probaba los camisones. Naturalmente, cual-
quier desmán de las oficialas lo disculpaban
achacándolo al marido de la señora maestra.
Venían ya quejas de clientes, recados agrios: el
descrédito que principia... Un día "se perdie-
ron" unos ricos almohadones... Dolores averi-
guó que estaban empeñados por Frutos para
beber.

***

Una tarde de exposición de equipo de novia,


anunciada hasta en periódicos, el carpintero
volvió a su casa chispo y maligno. La madre de
la novia, la novia y parte de la familia examina-
ban el ajuar. Entró el Verderón, y su boca
hedionda, de alcohólico, comenzó a disparar
pullas picantes, a glosar, en el vocabulario de la
taberna, los pantalones y los corsés, las prendas
íntimas, florecidas de azahar... Cuando las se-
ñoras hubieron escapado, despavoridas e in-
dignadas, exigiendo el envío inmediato de su
ropa y jurando no volver más a tal casa y con-
társelo a las amigas, Dolores, pálida, tranquila,
se plantó ante el esposo.
-Vuelve a hacer lo que hiciste hoy... y sales de
aquí y no entras nunca...
-¿Tú a mí? -rugió el borracho-. ¿Tú a mí? Aho-
ra mismo voy a patear esas payaserías que
haces... ¿Ves? Las pateo porque me da la gana.
Y agarrando a puñados las blancuras vaporo-
sas de tela diáfana, orladas de encajes precio-
sos, las echó al suelo, danzando encima con sus
zapatos sucios... Dolores se arrojó sobre él... La
pacífica, la mansa, la sufrida de tantos años se
había vuelto leona. Defendía su labor, defendía,
no ya la corteza para comer, sino el ideal de
hermosura cifrado en la obra. Sus manos araña-
ron, sus pies magullaron, la vara de metrar
puntilla fue arma terrible... Apaleado, subyu-
gado, huyó Verderón a la antesala y abrió la
puerta para evadirse. Todavía allí Dolores le
perseguía, y el borracho, tropezando, rodó la
escalera. La cabeza fue a rebotar contra los úl-
timos peldaños, de piedra granítica, quedando
tendido inerte en el fondo del portal... Su mu-
jer, atónita, no comprendía... ¿Era ella quien
había sacudido así? ¿Era ella la que todavía
apretaba la vara hecha astillas?... El chiquillo de
una oficiala que subía la aterró... El hombre no
se movía, y por su sien corría un hilo de sangre.
"Blanco y Negro", núm. 919, 1908.

La clave

Calixto Silva se enteró -al regresar de un viaje


que había durado cuatro meses-, de que su tío y
tutor, aquel excelente don Juan Nepomuceno, a
quien debía educación, carrera, la conservación
y aumento de su patrimonio y el más solícito
cuidado de su salud, iba a casarse..., ¿y con
quién?, con la propia Tolina Cortés..., la casqui-
vana que de modo tan terco había tratado de
atraerle a él, Calixto, mediante coqueterías,
artimañas y diabluras, cuyo efecto fue contra-
producente, pero cuyo recuerdo, ante la noticia,
le causaba una impresión de temor y repug-
nancia.
Su tío no le consultaba, y no parecía dispuesto
a escuchar observación ninguna respecto al
asunto de la boda. Calixto tuvo, pues, que re-
signarse; su única protesta fue expresar el de-
seo de marcharse a vivir solo: pero en eso no
estaba don Juan conforme.
-¡No faltaba otro dolor de muelas! Tú no eres
mi sobrino, que eres mi hijo; si llegan a nacer-
me, no los querré más que a ti. La niña -así lla-
maba don Juan a su futura- se hará cuenta de
que soy un viudo que tiene un chico. Se acabó...
Mientras no te cases tú también, todo sigue
como antes.
Asistió Calixto a la ceremonia nupcial, estre-
meciéndose interiormente de rabia al mirar la
tersa guirnalda de azahares que, bajo la nube
de tul del velo, coronaba la frente audaz de la
diabólica criatura. ¿Cómo se las habría com-
puesto la serpezuela para anillarse al corazón
del honrado viejo? ¿Qué arterías, qué travesu-
ras, qué sortilegios usaría? ¡Sin duda, aquellos
mismos que Calixto evocaba mientras el órgano
emitía su vibrante raudal de sonidos plenos y
graves, y en el altar, una grácil figura, envuelta
en blancas sedas que la prolongaban mística-
mente, articulaba un "sí" apagado, un "sí" blan-
co también!
El irritante enigma que preocupaba a Calixto
le obligó a pensar incesantemente en la esposa
de su tío, a tenerla presente día y noche. Resol-
vió vigilarla, mirar por la honra de don Juan, y
no consentir que nadie le burlase impunemen-
te. Semejante propósito, noble y firme, era justi-
ficación de su permanencia en la casa. Ojo y
oído: que Tolina anduviese con pies de plomo,
o si no...
Tolina, sin género de duda, desplegaba la
hipocresía más maquiavélica; nada cabía re-
prender en su conducta. Concurría a algunas
diversiones sin mostrar afán por ellas; se ador-
naba y componía sin exceso; igual y alegre de
carácter, con su marido era realmente la niña,
más hija que esposa; le cuidaba, le complacía
zalameramente, le respetaba en público, le mi-
maba de puertas adentro y -Calixto hubo de
confesárselo a sí propio- don Juan disfrutaba de
una felicidad verdadera. Chocho con la dulce y
sabrosa mujercita, repetía incesantemente, di-
solviendo en babas las frases:
-¿Ves, Calixto, qué mona es? Búscate una así.
No debe nadie morirse sin primero disfrutar
estos goces.
Calixto, ceñudo, se tragaba sus cavilaciones y
sospechas malignas.
¡Vamos, no podía ser! Tarde o temprano, Toli-
na enseñaría la oreja. Si ahora se portaba bien
sería por algo... ¡Bah!... Y continuaba observán-
dola con malévola atención. Tolina, afectuosa,
algo quejosa, con queja muda, procuraba ni
chocar ni insinuarse demasiado con el sobrino,
a quien llamaba hijo don Juan, y el sobrino, a
quien era indiferente Tolina como mujer, no
cesaba de preocuparse de su psicología como
esposa. ¿Por qué guardaba tan estricta y dig-
namente el decoro de su marido? ¿Por qué no
daba motivo alguno, ni aun de sospecha? Y, en
vez de felicitarse -¡somos tan poco lógicos!-,
Calixto se reconcomía. Es humano; todo el que
augura mal, sufre mortificación cuando no
acierta.

La causa del buen comportamiento de Toli-


na... Súbito resplandor alumbró a Calixto para
adivinarla. ¡Si estaba más claro! No haberlo
comprendido! Lo que la joven buscaba y asegu-
raba con tal arte era la fortuna del viejo, su
cuantiosa herencia... Un cálculo ambicioso res-
guardaba su virtud y la ventura del confiado
cónyuge. Antolinita Cortés pertenecía a la fa-
lange de las calculadoras, la sabia falange que
espera y prepara la lámpara de la noche si-
guiente...
Al descubrir esta clave, Calixto se dio por do-
blemente satisfecho. Su pesimismo se contenta-
ba con reconocer en Tolina instintos de mez-
quindad y avidez; su generosidad le movía a
alegrarse de renunciar a una sucesión que nun-
ca había codiciado. Y, adelantándose a lo que
pudiese sobrevenir, un día en que la conversa-
ción cayó oportunamente, dijo a don Juan:
-Tío, nadie está seguro de vivir mañana... Yo
he testado desde que soy mayor de edad. ¿Por
qué no toma usted disposiciones y deja a la tía
Antolina sus bienes? Lo merece, y es justo.
-Lo merece, y es justo -repitió el anciano, re-
medando al sobrino-, y yo le dejaría los reinos
de España... pero has de saber que no quiere,
que no se le antoja y que, al hablarle yo de eso,
fue tal su enfado y el daño que le hizo, que has-
ta se puso enferma. Es el único disgusto que
tuvimos. Me ha exigido que mi heredero seas
tú... ¿Qué significa ese asombro? ¿Habías su-
puesto que Tolina me aceptó por interés? ¿Ella?
¿Ella?
Y el anciano irradiaba placer por su cara sim-
pática, rojiza entre la gris aureola de la barba y
los cabellos.
-Bueno; pero no consentiré tal disparate y tal
injusticia -declaró Calixto-. Lo que usted me
legue, para ella será.
-No la persuadirás. No quiere. ¡Es más buena
que los ángeles!
Desde esta conversación, cambió Calixto de
modo de ser. Huía de Tolina, en vez de vigilar-
la. La sospecha de ahora era más punzante, más
honda, más perturbadora que la antigua. Una
tristeza, una inquietud sin límites, invadieron el
espíritu de Calixto. Perdió el apetito y el sueño.
Una tarde, habiendo echado de menos su carte-
ra, donde guardaba un fajo de billetes, bajó al
jardín del hotel a hora impensada, casi anoche-
cido, por si la encontraba allí, y registró, aga-
chándose, los macizos de plantas, hasta un
grupo de arbustos que ocultaban un banco de
piedra. Se detuvo. Una mujer, sentada en el
blanco, besaba un objeto rojo.
-¿Qué haces aquí? -murmuró él, sobrecogido,
sin darse cuenta de lo que decía.
-¿Y tú? -respondió ella serenamente.
-Yo... Yo... Buscaba mi cartera...
-Aquí la tienes: la encontré momentos hace.
Tolina le tendió, sonriente, la cartera de cuero
de Rusia. Calixto no la tomó. Notaba que pali-
decía, y la voz se le atascaba en la garganta.
-¿Qué te sucede? -la dama, aproximándose,
acercaba la cartera a las manos inertes que no la
recogían-. Vamos -añadió melancólicamente y
con malicia-, coge tu dinero... Ya sabes que yo
no me lo he de guardar.
La contestación de Calixto fue -sin levantarse
del suelo- echar los brazos a aquel cuerpo que
temblaba de pasión y de triunfo... Tolina, incli-
nándose, balbucía:
-¡Al fin! Trabajo ha costado... ¡Ciego, ciego!
Un paso plomizo hizo crujir la arena... Calixto
se incorporó... Don Juan se acercaba.
-Buscábamos esta cartera -explicó Tolina, ra-
diante, blandiéndola en alto-. Figúrate que Ca-
lixto la tocaba con las manos, y no la veía. ¡Y
cuidado si saltaba a la vista! Pero siempre su-
cede así: las cosas más evidentes son las que
nos empeñamos en no ver... Toma, sobrino -
prosiguió, deslizando ella misma, con graciosa
familiaridad, el objeto en el bolsillo del joven-.
No la vuelvas a perder, que vale un pico...
A la mañana siguiente, Calixto se marchó,
dejando una carta de despedida, breve, aunque
cariñosa. Necesitaba viajar largo tiempo, com-
pletar sus conocimientos, recorrer el mundo.
Tolina, al enterarse de la carta que don Juan
leyó furioso -¡diablo de chiquillo!, ¡qué salida
de pie de banco es ésta!-, no pronunció palabra.
Poco después se alteró gravemente su salud, y
don Juan la pasea por balnearios y antesalas de
celebridades médicas sin que se sepa todavía a
punto fijo qué mal padece. Los nervios, de fijo...
Los nervios, otro enigma sin clave...
"Blanco y Negro", núm. 914, 1908.
Feminista

Fue en el balneario de Aguasacras donde hice


conocimiento con aquel matrimonio: el marido,
de chinchoso y displicente carácter, arrastrando
el incurable padecimiento que dos años des-
pués le llevó al sepulcro; la mujer, bonitilla, con
cara de resignación alegre, cuidándole solícita,
siempre atenta a esos caprichos de los enfer-
mos, que son la venganza que toman de los
sanos.
Conservaba, no obstante, el valetudinario la
energía suficiente para discutir, con irritación
sorda y pesimismo acerbo, sobre todo lo huma-
no y lo divino, desarrollando teorías de cerrada
intransigencia. Su modo de pensar era entre
inquisitorial y jacobino, mezcla más frecuente
de lo que se pudiera suponer, aquí donde los
extremos no sólo se han tocado, sino que han
solido fusionarse en extraña amalgama. Han
sido generalmente prendas raras entre nosotros
la flexibilidad y delicadeza de espíritu, engen-
dradoras de la amable tolerancia, y nuestro
recio y chirriante disputar en cafés, círculos,
reuniones, plazuelas y tabernas lo demostraría,
si otros signos del orden histórico no bastasen.

El enfermo a que me refiero no dejaba cosa a


vida. Rara era la persona a quien no juzgaba
durísimamente. Los tiempos eran fatídicos y la
relajación de las costumbres horripilantes. En
los hogares reinaba la anarquía, porque, perdi-
do el principio de autoridad, la mujer ya no
sabe ser esposa, ni el hombre ejerce sus prerro-
gativas de marido y padre. Las ideas modernas
disolvían, y la aristocracia, por su parte, contri-
buía al escándalo. Hasta que se zurciesen mu-
chos calcetines no cabía salvación. La blanden-
guería de los varones explicaba el descoco y
garrulería de las hembras, las cuales tenían
puesto en olvido que ellas nacieron para cum-
plir deberes, amamantar a sus hijos y espumar
el puchero. Habiendo yo notado que al hallar-
me presente arreciaba en sus predicaciones el
buen señor, adopté el sistema de darle la razón
para que no se exaltase demasiado.
No sé qué me llamaba más la atención, si la
intemperancia de la eterna acometividad verbal
del marido, o la sonrisilla silenciosa y enigmáti-
ca de la consorte. Ya he dicho que era ésta de
rostro agraciado, pequeño de estatura, delgada,
de negrísimos ojos, y su cuerpo revelaba esa
contextura acerada y menuda que promete lon-
gevidad y hace las viejecitas secas y sanas como
pasas azucarosas. Generalmente, su presencia,
una ojeada suya, cortaban en firme las diatribas
y catilinarias del marido. No era necesario que
murmurase:
-No te sofoques, Nicolás; ya sabes que lo ha
dicho el médico...
Generalmente, antes de llegar a este extremo,
el enfermo se levantaba y, renqueando, apoya-
do en el brazo de su mitad, se retiraba o daba
un paseíto bajo los plátanos de soberbia vegeta-
ción.
Había olvidado completamente al matrimonio
-como se olvidan estas figuras de cinematógra-
fo, simpáticas o repulsivas, que desfilan duran-
te una quincena balnearia-, cuando leí en una
cuarta plana de periódico la papeleta: "El exce-
lentísimo señor don Nicolás Abréu y Lallana,
jefe superior de Administración... Su desconso-
lada viuda, la excelentísima señora doña Clo-
tilde Pedregales..." La casualidad me hizo en-
contrar en la calle, dos días después, al médico
director de Aguasacras, hombre muy observa-
dor y discreto, que venía a Madrid a asuntos de
su profesión, y recordamos, entre otros desapa-
recidos, al mal engestado señor de las opinio-
nes rajantes.
-¡Ah, el señor Abréu! ¡El de los pantalones! -
contestó, riendo, el doctor.
-¿El de los pantalones? -interrogué con curio-
sidad.
-Pero ¿no lo sabe usted? Me extraña, porque
en los balnearios no hay nada secreto, y esto no
sólo se supo, sino que se comentó sabrosamen-
te... ¡Vaya! Verdad que usted se marchó unos
días antes que los Abréu, y la gente dio en reír-
se al final, cuando todos se enteraron... ¿Dirá
usted que cómo se pueden averiguar cosas que
suceden a puerta cerrada? Es para asombrarse:
se creería que hay duendes...
En este caso especial, lo que ocurrió en el bal-
neario mismo debieron de fisgarlo las camare-
ras, que no son malas espías, o los vecinos al
través del tabique, o... En fin, brujerías de la
realidad. Los antecedentes parece que se cono-
cieron porque allá de recién casado, Abréu, que
debía de ser el más solemne majadero, anduvo
jactándose de ello como de una agudeza y un
rasgo de carácter, que convendría que imitasen
todos los varones para cimentar sólidamente
los fueros del cabeza de familia.
Y fíjese usted: los dos episodios se completan.
Es el caso que Andréu, como todos los que a los
cuarenta años se vuelven severos moralistas,
tuvo una juventud divertida y agitada. Alifafes
y dolamas le llamaron al orden, y entonces
acordó casarse, como el que acuerda mudarse a
un piso más sano. Encontró a aquella mucha-
cha, Clotildita, que era mona, bien educada y
sin posición ninguna, y los padres se la dieron
gustosos, porque Abréu, provisto de buenas
aldabas, siempre tuvo colocaciones excelentes.
Se casaron, y la mañana siguiente a la boda, al
despertar la novia, en el asombro del cambio de
su destino, oyó que el novio, entre imperioso y
sonriente, mandaba:
-Clotilde mía..., levántate.
Hízolo así la muchacha, sin darse cuenta del
porqué; y al punto el esposo, con mayor impe-
rio, ordenó:
-¡Ahora..., ponte mis pantalones!
Atónita, sin creer lo que oía, la niña optó por
sonreír a su vez, imaginando que se trataba de
una broma de luna de miel..., broma algo cho-
cante, algo inconveniente...; pero ¿quién sabe?
¿Sería moda entre novios?...
-¿Has oído? -repitió él-. ¡Ponte mis pantalones!
¡Ahora mismo, hija mía!
Confusa, avergonzada, y ya con más ganas de
llorar que de reír, Clotilde obedeció lo mejor
que pudo. ¡Obedecer es ley!
-Siéntate ahora ahí -dispuso nuevamente el
marido, solemne y grave de pronto, señalando
a una butaca. Y así que la empantalonada niña
se dejó caer en ella, el esposo pronunció-: He
querido que te pongas los pantalones en este
momento señalado para que sepas, querida
Clotilde, que en toda tu vida volverás a ponér-
telos. Que los he de llevar yo, Dios mediante, a
cada hora y cada día, todo el tiempo que dure
nuestra unión, y ojalá sea muchos años, en san-
ta paz, amén. Ya lo sabes. Puedes quitártelos.
¿Qué pensó Clotilde de la advertencia? A na-
die lo dijo; guardó ese silencio absoluto, impe-
netrable, en que se envuelven tantas derrotas
del ideal, del humilde ideal femenino, honrado,
juvenil, que pide amor y no servidumbre... Vi-
vió sumisa y callada, y si no se le pudo aplicar
la divisa de la matrona romana, "Guardó el
hogar e hiló lana asiduamente", fue porque hoy
las fábricas de género de punto han dado al
traste con la rueca y el huevo de zurcir.
Pero Abréu, a pesar de la higiene conyugal,
tenía el plomo en el ala. Los restos y reliquias
de su mal vivir pasados remanecieron en acha-
ques crónicos, y la primera vez que se consultó
conmigo en Aguasacras, vi que no tenía reme-
dio; que sólo cabía paliar lo que no curaría sino
en la fuente de Juvencia... ¡Ignoramos dónde
mana!
Su mujer le cuidaba con verdadera abnega-
ción. Le cuidaba: eso lo sabemos todos. Se des-
vivía por él, y en vez de divertirse -al cabo era
joven aún-, no pensaba sino en la poción y el
medicamento. Pero todas las mañanas, al dejar
las ociosas plumas el esposo, una vocecita dul-
ce y aflautada le daba una orden terminante,
aunque sonase a gorjeo:
-¡Ponte mis enaguas, querido Nicolás! ¡Ponte
aprisa mis enaguas!
Infaliblemente, la cara del enfermo se des-
componía; sordos reniegos asomaban a sus
labios..., y la orden se repetía siempre en voz de
pájaro, y el hombre bajaba la cabeza, atándose
torpemente al talle las cintas de las faldas guar-
necidas de encajes. Y entonces añadía la tierna
esposa, con acento no menos musical y fino:
-Para que sepas que las llevas ya toda tu vida,
mientras yo sea tu enfermerita, ¿entiendes?
Y aún permanecía Abréu un buen rato en ves-
timenta interior femenina, jurando entre dien-
tes, no se sabe si de rabia o porque el reúma
apretaba de más, mientras Clotilde, dando
vueltas por la habitación, preparaba lo necesa-
rio para las curas prolijas y dolorosas, las fric-
ciones útiles y los enfranelamientos precavidos.

La boda

El día era espléndido, primaveral, y la gente


apiñada en el ómnibus, camino de los Viveros,
iba del mejor humor posible, con el hambre
canina que se despierta después de una maña-
na ajetreada, de emociones y aire libre. Se espe-
raban grandes cosas del yantar: bien rico y ge-
neroso era el novio, y bien pirrado estaba por la
novia. Le constaba a Nicasio, el platero, que se
lo había confiado a doña Fausta, la tintorera, y
a sus niñas: habría champaña y langostinos, y
hasta se esperaba una sorpresa, un plato de
marqueses, que se llama ¡bestión de fuagrá!
Y no mentía el platero Nicasio. Don Elías,
dueño de varias fábricas de quincalla y del me-
jor bazar de la calle de Atocha, había perdido la
cuenta del tiempo que llevaba cortejando a la
desdeñosa Regina, hija de doña Andrea, la di-
rectora del colegio de niños de la plazuela de
Santa Cruz. Regina era una rubia airosa, aseño-
ritada como pocas, instruidita, soñadora por
naturaleza y también por haber leído bastante
historia, novela, versos, cosas de amores...;
amén de su afición al teatro, insaciable; no al
teatro alegre ni sicalíptico: a los dramas y a las
comedias serias y sentimentales. Sería exceso
llamar hermosa a Regina; pero tenía atractivo,
elegancia, un modo de ser muy superior a su
esfera social, y su cuerpo mostraba líneas de
admirable concisión, realzadas por el vestir
sencillo y delicado, a la francesa. No pasaba
inadvertida en ninguna parte, y tenía sus envi-
diosas y sus imitadoras.
A pesar de la campaña de su madre -loca de
gozo al presentarse un pretendiente como don
Elías-, Regina luchó años enteros antes de acep-
tarle. No daba razones. No quería. Que no le
hablasen de semejante cosa. Era dueña de su
voluntad: no tenía ambición, no estaba en ven-
ta..., y argumentos por el estilo. No se le cono-
cía otro novio... Esto era lo que a la madre la
volvía loca. "¡Si al fin ella no quiere a nadie! ¡Si
por más que estoy a la mira no veo moros en la
costa!"
Nunca se observan sino los hechos materia-
les... Los corazones no tienen ventanillas de
cristal. Regina se negaba tan resueltamente
porque no acababa de convencerse de que el
profesor de francés del colegio, señorito pobre
y guapo como un Apolo, no se acordaba de
ella, sino para saludarla atentamente al entrar y
salir de clase. ¡Aquél, sí! ¡Una palabra de aquél!
Regina, en secreto y sin ridículas apariencias,
sufría el largo y cruel proceso de la fiebre amo-
rosa. Cierto día, cuando más renegaba de la
triste condición de la mujer, que no le permite
revelar su afán, por hondo que sea, notó que
disimuladamente el gallardo profesor pasaba
un billetito a una alumna jorobada, hija única
de un usurero millonario. Hubo noches de in-
somnio y días de desgano; hubo lágrimas invo-
luntarias y hasta crisis nerviosas; la defensa del
ideal, que no quiere morir... Al cabo de un mes,
de pronto, sin preámbulos, Regina anunció a su
madre que estaba dispuesta a la unión con don
Elías. Su consuelo
era que nadie conociese la malhadada y de-
fraudada ilusión... Había acertado a disimular-
la; su humillación era como si no hubiese exis-
tido, puesto que no la sospechaba ni doña An-
drea, después de espiar a su hija continuamen-
te. Sería el tesoro que guardase: su amor muer-
to, su desengaño, paloma de blancas alas, rotas
y sangrientas...
Ya se detenía en la plazuela de los Viveros el
ómnibus: la novia, ricamente vestida de raso
negro, bajaba del interior. Antes que el novio le
tendiese la mano para ayudarla, se adelantó un
apuesto mozo: el propio Damián Antiste, el
profesor, en ensueño hecho hombre, el verda-
dero autor del enlace entre la romántica criatu-
ra y el excelente y clásico industrial madrileño...
¿Cómo estaba allí Damián? Regina sabía a pun-
to cierto que no había asistido a la boda en la
iglesia. Sin duda, haciéndose el encontradizo, o
doña Andrea, o don Elías le convidarían... Lo
cierto era que estaba..., y que iba a comer tal
vez a su lado... o enfrente... Regina recordó que
el usurero había sacado del colegio a la niña
corcovada, encerrándola a piedra y lodo; y pen-
só que Damián ya no se acordaría de sus ambi-
ciosos planes. Todo esto lo calculó en un re-
lámpago. La sensación terriblemente dulce de
la mano del profesor estrechando la suya, de
los ojos que la devoraban, abolió las demás y
suprimió
cuanto no fuese el acre placer del triunfo. La
mirada de Damián era atrevida, explícita, larga.
Detallaba a Regina, hermosa realmente en
aquel momento, bajo el velo blanco que nubaba
los cabellos brilladores, ondulados con coquete-
ría, adornada con el azahar céreo de verde fo-
llaje, resplandeciéndole en las orejas dos gotas
de agua, limpias, gruesas, mil duros en cada
lóbulo; el derroche del espléndido y entusias-
mado consorte... "Hoy le gusto", pensó Regina,
trémula de placer. Desvió las pupilas; pero el
imán del alma le hizo girarlas otra vez hacia el
profesor, que seguía devorándola con las suyas.
¡Aquella mirada hacía dos meses! ¿Y por qué
"ahora"? ¡Oh, no cabía duda! Era efecto del tra-
je, del tul, de las joyas... Damián "no la había
visto" hasta aquel instante. Las mujeres tienen
de estas aprensiones; creen en el efecto irresis-
tible del adorno, del traje, de las galas, y así se
hacen pedazos tras ellas. ¡Ah, si Damián la ve
antes radiante, engalandada, quién duda que la
hubiese contemplado como la contemplaba
ahora! Pero Damián no sabía ni que ella era
bonita, ni que se moría por él... Como agua a la
cual se le abre la salida, la ilusión de Regina se
desbordó... Era la larga pasión que se satisfacía
sin poder contenerse, sin atender ni a respetos
ni a pudores... Afortunadamente, el novio había
corrido a hablar con el dueño del fondín para
saber si todas sus instrucciones se cumplían y el
espléndido almuerzo se serviría pronto.
Las amigas despojaron a Regina de su velo y
se decidió que, mientras no llegaba la hora de
sentarse a la mesa, jugarían al escondite... La
boda se desparramó por los senderos de la ori-
lla del agua, que embalsamaban las postreras
lilas y las primeras celindas blancas y olorosas.
El aroma de aquellas flores madrileñas, en el
aire seco y cálido, era trastornador. El follaje
tierno, flexible, fino de los arbustos escondía los
altos troncos de los árboles y tendía como una
cortina movible y embalsamada ante el riachue-
lo. Era poesía lo burgués del oasis, y hasta po-
seía las notas del organillo que, lejos, empezaba
a ganarse la propina con sus tocatas de zarzue-
la popular. Arremangando la cola de su magní-
fico traje, la novia, que sentía hervir la juven-
tud, corrió, dio el ejemplo. Damián la siguió.
Nadie reparaba en ellos, o si reparaban las
amiguitas, se sentían cómplices; dejar a la novia
que se riese, que se alegrase; ¡estaba aún en la
antesala del grave deber!
Damián alcanzó a la novia muy pronto. Co-
ntra un bosquete de arbolillos, ya densamente
hojosos, que empezaba a hacer languidecer el
calor, la acorraló, sonriendo. Se acercó, y Regi-
na saboreó la sensación extrañamente divina de
ver de cerca, muy de cerca, un rostro que se ha
soñado y que ahora, próximo, dominador, pa-
rece distinto con el puntilleo de las pupilas al
sol y el color cambiante del bigote que se en-
ciende bajo la luz viva... Desfallecida la mujer,
el galán le echó al talle los brazos y empezó a
pronunciar palabras confusas: la canción eterna
que se apodera de las almas... Al pronto Regina
escuchó bebiendo aquel hablar que la desvane-
cía y la embriagaba a la vez. Luego..., ¿qué de-
cía aquel hombre? Regina se hizo atrás espan-
tada de lo que oía. Y él, inhábil, torpe, conti-
nuaba:
-No niegue que me quiso, que me quería allá
en el colegio... No lo niegue... Si yo lo sabía... Si
lo noté desde el mismo momento en que empe-
zó...
Las facciones de la novia, al pronto asombra-
das, expresaron, al fin, bochorno, desprecio
infinito, ira profunda. ¡Miserable! ¡De modo
que lo sabía! ¡Y entre tanto, escribía a la millo-
naria! ¡Y a ella ni una señal de gratitud, ni una
frase de consuelo, de simpatía! ¡La dejaba mo-
rir! ¡La dejaba casarse con otro! Y ahora... ¡Mi-
serable!
La palabra asomó a los labios blancos de cóle-
ra:
-¡Miserable! -gritó en alto.
Y a paso lento, sin volver el rostro atrás, salió
del bosquete y se dirigió hacia el comedor. Allí
debía de estar su novio, su marido. Y estaba, en
efecto, dando disposiciones, señalando sitios en
la mesa.
-¡Elías! -dijo ella cariñosamente-. Mira que
quiero sentarme a tu lado, ¿eh?
Era la primera vez que le hablaba así... Todos
notaron que durante el almuerzo -aquel al-
muerzo que dejó memoria- ella estuvo tierna,
insinuante, y el novio loco de alegría.

Los escarmentados

La helada endurecía el camino; los charcos,


remanente de las últimas lluvias, tenían super-
ficie de cristal, y si fuese de día relucirían como
espejos. Pero era noche cerrada, glacial, límpi-
da; en el cielo, de un azul sombrío, centelleaba
el joyero de los astros del hemisferio Norte; los
cinco ricos solitarios de Casiopea, el perfecto
broche de Pegaso, que una cadena luminosa
reúne a Andrómeda y Perseo; la lluvia de pe-
drería de las pléyades; la fina corona boreal, el
carro de espléndidos diamantes; la deslumbra-
dora Vega, el polvillo de luz del Dragón; el
chorro magnífico, proyectado del blanco seno
de Juno, de la Vía Láctea... Hermosa noche para
el astrónomo que encierra en las lentes de su
telescopio trozos del Universo sideral, y al es-
tudiarlos, se penetra de la serena armonía de la
creación y piensa en los mundos lejanos, habi-
tados nadie sabe por qué seres desconocidos,
cuyo misterio no descifra la razón. Hermosa
también para el soñador que, al través de am-
plia ventana de
cristales, al lado de una chimenea activa, en
combustión plena, al calor de los troncos, deja
vagar la fantasía por el espacio, recordando
versos marmóreos de Leopardi y prosas amar-
gas y divinas de Nietzsche... ¡Noche negra, trá-
gica, para el que solo, transido de frío, pisa la
cinta de tierra encostrada de hielo y avanza con
precaución, sorteando esos espejos peligrosos
de los congelados charcos!
Es una mujer joven. La ropa que la cubre, sin
abrigarla, delata la redondez de un vientre fe-
cundo, la proximidad del nacimiento de una
criatura... Muchos meses hace que Agustina
vive encorvada, queriendo ocultar a los ojos
curiosos y malévolos su desdicha y su afrenta;
pero ahora se endereza sin miedo; nadie la ve.
Ha huido de su pueblo, de su casa, y experi-
menta una especie de alivio al no verse obliga-
da a tapar el talle y disimular su bulto, pues las
estrellas de seguro la miran compasivas o si-
quiera indiferentes. ¡Están tan altas!
En el pueblo, ¡qué desprecio, qué burla, qué
reprobación habían caído sobre ella al saberse
el desliz! Era la segunda vez que delinquía en
aquel honrado lugar una muchacha; la primera,
al quinto mes, se había arrojado a un pozo, de
donde sacaron su cadáver. Recordaba Agustina
cómo la extrajeron del pozo con cuerdas y ga-
rruchas, y cómo traía rota una sien y el pelo
pegado a la cara lívida, y recordaba también el
haber soñado con la ahogada muchas noches.
Cuando, al confirmarse su desdicha, pensó
Agustina en la solución de la muerte, la imagen
de la rota sien y la lívida cara le impidió poner
por obra una desesperada resolución. Vinieron
al pueblo entonces unos misioneros francisca-
nos, y Agustina se confesó deshecha en lágri-
mas.
-Grande es tu pecado -dijo el fraile-; pero lo
que pensaste es peor aún. No debes morir ni
debe morir por tu culpa el hijo. Sufre con pa-
ciencia, espera el último instante, y entonces
vete a Madrid con esta carta mía. El señor a
quien va dirigida hará que te admitan en la
casa de Maternidad.
Acercábase el día. Sin despedirse de nadie -ni
de sus padres, que en vez de compadecerla la
maldecían-, Agustina puso en hatillo dos cami-
sas y un refajo; en un bolso de lienzo, unas pe-
setas; y guardaba la carta en el pecho, salió al
oscurecer por la puerta del corral antes de que
empezasen a rondar los mozos, sabedores de su
desdicha y compañeros del que la ocasionó, y
que, en vez de repararla, cobardemente había
desaparecido del pueblo. Era víspera de No-
chebuena, y sería milagro que no saliesen de
parranda, Agustina apretó el paso. La vergüen-
za le puso alas en los pies.
Dos horas hacía ya que caminaba, y faltaba
todavía para Madrid una legua. Deshabituada
de hacer ejercicio, el cansancio rendía a Agusti-
na y el frío la penetraba hasta los tuétanos.
Además tenía miedo; ¡aquella carretera tan soli-
taria!
A uno y otro lado extendíase la estepa gris, sin
rastros de habitación; torcidos chaparros reme-
daban figuras grotescas, enanos deformes o
perros agachados para saltar y morder. El si-
lencio era majestuoso y aterrador. Y la fugitiva
también sentía hambre, el hambre próvida que
avisa a las que van a ser madres que hay que
sostener a dos seres. En su precipitación, no
había sacado de su casa ni un mendrugo.
Quería llorar, y dos o tres veces se detuvo pa-
ra quejarse en alto, cual si alguien pudiese oírla.
"¡Ay señor! ¡Ay mi madre!", como si su madre,
la dura paleta, no la hubiese tratado peor que el
padre todavía... La abrumaba un inmenso des-
fallecimiento, la tentación de arrojarse al suelo
y dormir. Durmiendo, creía que iba a remediar-
se todo su padecer; que entraría en un estado
de beatitud. Resabio de los últimos meses, en
que infaliblemente, al despertarse, tenía la ilu-
sión de que su desgracia era pesadilla de sueño,
y se sentaba, y creía que el bulto del vientre no
existía... ¡Oh! ¡Si así fuese! ¡Quién volvería a
sorprenderla, a engañarla; quién se acercaría a
ella sin llevar su merecido!

***

Los pies, calzados toscamente, resbalaron de


pronto sobre la vítrea superficie de una charca.
El movimiento fue de báscula, y la muchacha
cayó hacia atrás, boca arriba, atravesada en la
carretera y desvanecida por el brutal sacudi-
miento del batacazo.
Diez minutos después se oyó en la carretera, a
lo lejos, el cascabeleo y la rodadura de un carri-
coche. La claridad de los faroles avanzó, y el
caballejo que tiraba, no muy gallardamente, del
vehículo pegó una huida ante el cuerpo que
obstruía el paso. El hombre que guiaba refrenó
al jaco y miró con sorpresa. Vamos, habría que
bajarse, que prestar socorro al borracho... ¡No
se trataba de un borracho! De una mujer... Peor
que peor...
¡Una mujer! Nadie las aborrecía como el me-
diquín rural que, llamado por asunto de interés
se dirigía a Madrid en noche tan cruda... El
golpe de la traición sufrida, del amor escarne-
cido por su novia, su ideal -rompiendo la con-
certada boda tres días antes del señalado y ca-
sándose con otro hombre antes de un mes-, fue
origen, primero, de grave fiebre nerviosa, de la
cual conservaba huellas en el amarillento ros-
tro, y luego, de una misantropía profunda. Inte-
lectual, sentimental y con aspiraciones, cuando
andaba enamorado, el desengaño le cortó las
alas de la voluntad; le causó una de esas humi-
llaciones en que dudamos de nosotros mismos
para siempre, y le arrinconó en el poblachón
oscuro donde vegetaba como un asceta,
haciendo penitencia de tristeza y retiro por el
ajeno pecado, caso más frecuente de lo que se
supone. Sólo por estricta necesidad había re-
suelto el viaje. ¡Y ahora aquel estorbo en el ca-
mino! ¡Una hembra!
Desencajó un farol del coche y con él alumbró
la cara de la mujer privada de sentido. Se sor-
prendió. Joven, bonita, de facciones de cera,
delicadas y dulces. ¡Y perdida a tal hora, en la
soledad! ¿Atentado? ¿Crimen? La quiso incor-
porar... Un gemido débil reveló la vida.
¿Qué tiene usted? ¿Está usted enferma? -
preguntó el médico, sosteniéndola por los so-
bacos en el aire.
Otro gemido contestó; era de sufrimiento, de
un sufrimiento concreto, positivo.
-¿Está usted herida?
La muchacha se incorporó difícilmente; pare-
cía atónita y no se daba cuenta de por qué se
encontraba allí, por qué la interrogaba un des-
conocido. La memoria acudió, y con ella la con-
ciencia del mal... Su brazo derecho no obedecía;
colgaba inerte, y una sensación extraña de pará-
lisis, iba extendiéndose al hombro.
-Se me figura que tengo roto este brazo...
Las manos del médico palparon, reconocie-
ron... ¡Era verdad!
-¿Adónde iba usted? ¿De dónde es usted?
Agustina miró al que le dirigía la palabra y la
amparaba enérgicamente. Vio un rostro con-
sumido de melancolía, una barba descuidada,
unos ojos en que la indiferencia luchaba con la
compasión... No sería fácil explicar, a no ser por
la franqueza súbita y total del ser desampara-
do, que nada recela porque todo lo ha perdido,
como Agustina -la paletita cansada de disimu-
lar y mentir a su familia y a todo un pueblo-, no
supo callar nada al incógnito que acababa de
socorrerla. Habló entre sollozos, sin reparo,
hasta sin vergüenza ni confusión, como el que
cree estar contando a un desdichado desdichas
mayores. Hizo su historia en pocas y desgarra-
doras frases.
-Súbase usted al coche... Tápese con la manta...
Yo la llevaré al hospital.
Un cuarto de hora rodó el coche por la carrete-
ra -despacio, porque en la helada resbalaba
también el caballejo-, cuando Agustina, en el
bienestar infinito de la ardiente gratitud, al sen-
tirse acompañada, salvada, extendió la mano
izquierda, asió la del médico y la besó sin saber
lo que hacía. Él tembló. ¡Hacía tanto tiempo que
sólo sentía en sueños el roce de unos labios
femeniles! Por su parte, la muchacha, pasado el
transporte, se quedó abochornada, acortada de
confusión. ¡Qué había hecho, ay mi madre! ¡Un
hombre, y ella que estaba determinada a no
tocar ni al pelo de la ropa a ninguno! ¡Ella, la
escarmentada, el gato escaldado, la del apren-
dizaje cruel y definitivo! Pero ¿era realmente un
hombre el que la llevaba así, a su lado, con tan-
ta caridad, con tanta consideración? No, hom-
bre, no; era... un santo; un santo como los que
se ven en los altares...
De pronto, el médico volteó el coche, empren-
diendo la caminata en sentido opuesto.
-Estamos más cerca de mi casa que de Ma-
drid... Urge curarle a usted ese brazo. Si llega-
mos a Madrid tarde, van a perderse horas... Es
preciso que yo reconozca pronto esa fractura, y
que la atendamos... Viene usted a mi casa, allí
nada le faltará.
Y cuando hablaba así a una mujer, el escar-
mentado, el dolorido, el misógino, pensaba:
"No es una mujer; es una víctima, una mártir..."
Y bajo la manta que les cubría y les prestaba
calor y abrigo a medias, los efluvios de la ju-
ventud, la necesidad de querer, se insinuaban
riéndose del escarmiento.
Las estrellas, más fulgentes a medida que la
noche avanzaba, no se enterarían. ¡Están tan
altas! ¡Tan distantes!

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