RESUMENES DE TEXTOS. UNIDAD 1.
MARCO
REFERENCIAL. SALUD PUBLICA Y SALUD MENTAL DE
LELLIS.
PROGRAMA DE LA MATERIA, SALUD DE LELLIS:
La materia Salud Pública y Salud Mental propone un enfoque integral,
histórico y crítico del proceso salud-enfermedad, entendiendo la salud y la
salud mental como procesos dinámicos, socialmente determinados y
vinculados a las condiciones de vida. Se cuestiona el modelo biomédico
tradicional, individual, curativo y biologicista, y se adopta un nuevo
paradigma basado en la Atención Primaria de la Salud, la promoción, la
prevención, la participación comunitaria y la salud como derecho humano,
impulsado por hitos como la Declaración de Alma-Ata, la Carta de Ottawa
y la Declaración de Bogotá.
Desde esta perspectiva, la salud pública se concibe como un campo de
saberes y prácticas y como una responsabilidad del Estado, orientada a
reducir desigualdades y garantizar el acceso a la atención. La
epidemiología se presenta como una herramienta fundamental para
analizar los problemas de salud en las poblaciones y planificar
intervenciones.
La salud mental es entendida como parte inseparable de la salud general,
vinculada a contextos sociales, culturales y comunitarios, promoviendo un
modelo comunitario y de derechos en oposición al modelo manicomial
tradicional, en consonancia con la Ley Nacional de Salud Mental N.º
26.657.
La materia busca formar psicólogos capaces de intervenir en promoción,
prevención, atención e investigación, trabajar interdisciplinariamente y
participar en políticas públicas, ampliando su campo de acción más allá de
la clínica individual.
LA SALUD PÚBLICA COMO ÁREA DEL CONOCIMIENTO Y DE LA
ACCIÓN (DE LELLIS, INTERLANDI Y MARTINO 2015):
El texto define la salud pública como un campo de conocimiento y de
acción, que no constituye una disciplina técnica ni exclusivamente médica,
sino un campo complejo, interdisciplinario y socialmente situado. Se trata
de un campo históricamente construido, atravesado por disputas teóricas,
políticas e ideológicas, que se configura de acuerdo con las condiciones
sociales, económicas y los modelos de Estado de cada época.
El objeto de la salud pública no es el individuo aislado, sino la salud de la
población, entendida como un proceso colectivo de salud-enfermedad,
atención y cuidado. Estos procesos son históricos, dinámicos y socialmente
determinados por las condiciones de vida, de trabajo, el ambiente, las
desigualdades sociales y las relaciones de poder. En este sentido, las
desigualdades sociales producen desigualdades en salud, ya que no todas
las poblaciones se enferman ni mueren de la misma manera.
Los problemas de salud no son hechos naturales ni exclusivamente
biológicos, sino construcciones sociales y políticas, ya que dependen de
qué situaciones se visibilizan, priorizan o quedan fuera de la agenda
pública. El conocimiento en salud pública se produce en relación con
problemas concretos de la población y está orientado a la intervención y
transformación de la realidad, por lo que no es neutral ni ajeno a los
contextos políticos y sociales.
La salud pública se expresa a través de políticas públicas, programas
sanitarios, acciones de prevención y promoción, y la organización de los
servicios de salud. El Estado ocupa un rol central como garante del
derecho a la salud, siendo responsable de regular el sistema sanitario y
diseñar intervenciones acordes a un determinado modelo de sociedad.
Desde esta perspectiva, la salud se concibe como un derecho social y
una responsabilidad colectiva, y no como una mercancía.
Finalmente, la salud pública requiere una mirada interdisciplinaria que
articule saberes provenientes de la medicina, la psicología, la sociología, la
economía y otras ciencias sociales. Toda práctica en salud pública implica
decisiones éticas y políticas, ya que las intervenciones pueden contribuir
tanto a reducir como a reproducir desigualdades sociales, por lo que se
orienta por valores como la equidad, la justicia social, la solidaridad y los
derechos humanos.
EL PROCESO DE SALUD- ENFERMEDAD DESDE LA PERSPECTIVA DE
LA COMPLEJIDAD (DE LELLIS Y MOZOBANCYK, 2013):
El texto critica el paradigma reduccionista mecanicista, de raíz cartesiana,
que concibe la realidad como fragmentable, predecible y explicable
mediante relaciones lineales de causa-efecto. En el campo de la salud,
este enfoque se expresa en el modelo biomédico, que reduce la
enfermedad a una alteración biológica localizada, separa al sujeto de su
contexto histórico y social y produce intervenciones parciales,
insuficientes para abordar problemas complejos.
Frente a estas limitaciones, los autores proponen el paradigma de la
complejidad, nutrido por la teoría de sistemas, la cibernética y los aportes
de autores como Morin, Prigogine y Rolando García. Esta perspectiva
concibe la realidad como una trama de
interacciones dinámicas, históricas y relacionales, atravesada por la
incertidumbre, la causalidad circular, la emergencia de fenómenos nuevos
y la irreversibilidad del tiempo.
Desde esta mirada, el proceso salud-enfermedad no se entiende como
estados opuestos, sino como un proceso dinámico y continuo, construido
históricamente, resultado de la interacción entre factores biológicos,
psicológicos, sociales, económicos, culturales, políticos y ambientales. Los
problemas de salud son emergentes de procesos sociales complejos y se
expresan en distintos niveles — individual, comunitario, institucional,
nacional e internacional— que se encuentran interrelacionados y no
pueden analizarse de manera aislada.
La transición epidemiológica se presenta como un ejemplo de proceso
complejo, ligado a transformaciones sociales, económicas y políticas, y no
como un fenómeno natural o meramente biológico. El paradigma de la
complejidad cuestiona la causalidad lineal e introduce la causalidad
circular, donde los efectos retroactúan sobre las causas.
Desde esta perspectiva, la salud pública debe diseñar intervenciones
integrales, intersectoriales y multinivel, reconociendo los determinantes
sociales de la salud y el rol de las políticas públicas, asumiendo la
incertidumbre como condición constitutiva de la realidad sin que ello
implique renunciar a la acción.
UNA MIRADA AL CAMPO DE LA SALUD Y LA ENFERMEDAD
(MORALES CALATAYUD, 1GGG):
El texto analiza críticamente los conceptos de salud y enfermedad,
mostrando que no son nociones simples ni estáticas, sino procesos
complejos, históricos y sociales.
Desde esta perspectiva, se cuestiona la definición clásica de la
Organización Mundial de la Salud que concibe la salud como un estado de
completo bienestar, por considerarla idealista, poco operativa y
descontextualizada, ya que no contempla las desigualdades sociales ni las
condiciones reales de vida.
Históricamente, el pensamiento sanitario estuvo dominado por el modelo
biomédico, que entendía la salud como ausencia de enfermedad y
explicaba los procesos patológicos desde una lógica unicausal, apoyada
en los avances de la biología y la microbiología. Si bien este enfoque
permitió importantes avances, resultó insuficiente
para comprender muchas enfermedades, especialmente las crónicas no
transmisibles.
A lo largo del siglo XX se produce un giro hacia una concepción
multicausal y ecológica, que entiende la salud y la enfermedad como
resultado de la interacción entre el individuo, los agentes causales y el
ambiente, incorporando especialmente el ambiente social. Desde esta
mirada, la enfermedad no es solo un daño biológico, sino un desequilibrio
que involucra fallas en los mecanismos de adaptación del sujeto a su
entorno.
Autores como San Martín y Pérez Llobet destacan que la salud incluye
dimensiones objetivas y subjetivas, biológicas, psicológicas y sociales, así
como las posibilidades de desarrollo y adaptación, y que no puede
analizarse sin su contexto histórico, económico y cultural. En este marco,
se introduce la noción de riesgo como categoría central para la
prevención, reconociendo el rol del comportamiento y la subjetividad en la
aparición y evolución de las enfermedades.
El texto también analiza la frecuencia y distribución de los problemas de
salud, mostrando que varían según el tiempo histórico, la región, la
estructura etaria y las condiciones socioeconómicas. Las desigualdades en
los perfiles de mortalidad no dependen solo del nivel de ingresos, sino de
la forma en que se distribuyen los recursos y del acceso a servicios de
salud.
Finalmente, se revisa el campo de la salud como un espacio de tensiones
entre la medicina clínica, individual y reduccionista, y la medicina social,
colectiva y contextual. En este marco, la psicología de la salud adquiere un
rol fundamental al aportar el análisis de los determinantes psicológicos y
sociales, contribuyendo a la construcción de una salud positiva y a
intervenciones más integrales y equitativas.
CONCEPCIONES Y PRÁCTICAS EN SALUD: PERSPECTIVA CLÍNICA Y
SANITARIA (DE LELLIS, 2021):
El texto analiza las concepciones y prácticas en salud desde dos grandes
perspectivas: la clínica y la sanitaria, mostrando que la salud no es un
concepto neutro ni universal, sino una construcción histórica, social y
cultural. Las nociones de normalidad y patología varían según los valores,
creencias y normas de cada sociedad y momento histórico, especialmente
en el campo de la salud mental.
Retomando los aportes de Kanguilhem, se plantea que la salud no se
reduce a parámetros biológicos, sino que implica la capacidad de
adaptación activa del sujeto a su entorno. La enfermedad no es solo una
desviación biológica, sino una restricción en
la posibilidad de afrontar la vida. Puede haber sufrimiento sin alteración
orgánica y alteraciones biológicas sin sufrimiento, lo que permite
cuestionar la identificación automática entre sufrimiento y enfermedad, así
como los riesgos de la medicalización y la estigmatización.
La medicina clásica definió la salud como equilibrio fisiológico y
funcionamiento óptimo del organismo, apoyándose en criterios biológicos
y estadísticos, donde lo normal se asocia a lo frecuente. Sin embargo, lo
patológico no puede reducirse a una desviación cuantitativa, ya que implica
una experiencia subjetiva de sufrimiento o de vida contrariada.
Desde la perspectiva clínica o biomédica, surgida con la ciencia moderna y
el dualismo cartesiano, la enfermedad se concibe como una entidad
objetiva, observable y clasificable, independiente del sujeto. Este modelo
se caracteriza por ser biologicista, individualista, reduccionista, ahistórico y
fragmentado en especialidades, definiendo la salud como ausencia de
enfermedad y priorizando el diagnóstico y el control de síntomas.
Si bien el modelo clínico permitió importantes avances científicos y el
control de epidemias, presenta límites significativos: desconoce los
determinantes sociales, reduce lo mental a lo biológico y favorece la
medicalización. No existe proceso de salud sin dimensión subjetiva y
mental.
Frente a estos límites, surge la perspectiva sanitaria, vinculada a la
medicina social y la salud pública, en el contexto de la revolución industrial
y el deterioro de las condiciones de vida. La medicina social sostiene que
la enfermedad está ligada a las condiciones sociales y que el Estado debe
intervenir para proteger la salud colectiva.
Autores como Virchow afirman que la medicina es esencialmente una
ciencia social.
El higienismo amplió la intervención del Estado sobre las condiciones
de vida y la salud, combinando educación, profilaxis y control social,
aunque fue criticado por moralizar la salud y responsabilizar al
individuo, invisibilizando las desigualdades estructurales.
Finalmente, desde las críticas al modelo biomédico desarrolladas por
Menéndez, se destaca que la salud es un proceso complejo, histórico y
social, que no puede pensarse sin la subjetividad, el contexto social y las
condiciones materiales de vida. La perspectiva clínica explica solo una
parte del problema, mientras que la perspectiva sanitaria amplía la mirada
hacia lo colectivo, lo preventivo y lo político.
LA RESPUESTA INSTITUCIONAL: PARADIGMAS EN SALUD MENTAL
(DE LELLIS, 2021)
El texto analiza la respuesta institucional frente al padecimiento psíquico,
señalando que dichas respuestas no son neutras, sino que dependen del
paradigma desde el cual se concibe la locura, el sujeto y la salud mental.
Cada paradigma produce un tipo de institución, una forma de
intervención, un lugar específico para el sujeto y determinadas prácticas
profesionales.
El paradigma asilar o manicomial surge en la modernidad y se basa en la
segregación y el encierro. La locura es concebida como peligro social,
desviación o enfermedad crónica e incurable. El hospital psiquiátrico
funciona como una institución total, orientada al aislamiento, la custodia y
el control social más que al tratamiento. En este modelo, el sujeto pierde su
identidad y es reducido a la categoría de paciente o loco, predominando
una lógica médica autoritaria y vertical.
Estas prácticas generan efectos iatrogénicos, como cronificación,
dependencia, pérdida de autonomía y vulneración de derechos. El
manicomio, lejos de resolver el padecimiento, produce nuevas formas de
sufrimiento.
A partir de denuncias éticas y políticas, avances en derechos humanos y
nuevas concepciones sobre el sujeto y la salud, se produce una crisis del
paradigma asilar. Se cuestiona la eficacia terapéutica del encierro, la idea
de peligrosidad inherente y la división rígida entre normales y locos.
En este contexto surge el paradigma de la salud mental comunitaria, que
concibe el padecimiento psíquico como un fenómeno complejo, subjetivo,
social, histórico y cultural. El sujeto es considerado portador de derechos,
protagonista de su proceso y miembro de una comunidad.
El modelo comunitario propone la atención en el territorio, el desarrollo de
dispositivos alternativos al manicomio —como hospitales generales,
centros comunitarios y dispositivos intermedios—, el trabajo
interdisciplinario y la articulación con redes sociales, familiares y
comunitarias. La institución deja de ser un espacio de encierro para
convertirse en un dispositivo de cuidado.
En este paradigma, la función institucional es acompañar procesos de
subjetivación, promover la autonomía, garantizar derechos y evitar la
cronificación. La internación debe ser excepcional, breve y con criterios
clínicos, y no disciplinarios.
El texto destaca el rol central del Estado como garante del derecho a la
salud mental, responsable de diseñar políticas públicas que sustituyan
progresivamente el modelo asilar por redes comunitarias de atención. No
alcanza con cerrar manicomios si no se crean alternativas reales y
sostenidas.
Asimismo, se redefine el rol del profesional de salud mental, que deja de ser
un mero experto o controlador para convertirse en un actor
interdisciplinario, institucional y político, con responsabilidad ética sobre
sus prácticas.
Finalmente, De Lellis enfatiza que toda práctica institucional en salud
mental implica una posición ética y política: no hay neutralidad. El modo de
intervenir puede reproducir exclusión o promover ciudadanía y derechos.
DETERMINANTES SOCIALES Y DESARROLLO HUMANO INTEGRAL
(MOZOBANCYK Y SHELICA):
El texto propone una mirada compleja e integradora para comprender la
relación entre determinantes sociales, desarrollo humano, ambiente y
salud. Sostiene que el desarrollo humano integral y la calidad ambiental
son interdependientes y resultado de un mismo proceso histórico, por lo
que no pueden pensarse de manera separada ni reducirse a dimensiones
económicas, biológicas o individuales.
Se critica el modelo económico tradicional que identifica el desarrollo con
el crecimiento económico medido a través del PBI, señalando que este
enfoque genera desigualdad, exclusión social, consumismo y daño
ambiental. Desde los aportes de Amartya Sen, se plantea que el
crecimiento económico es un medio y no un fin, y que el verdadero
desarrollo debe ampliar las capacidades, las libertades reales y la calidad
de vida de las personas.
El enfoque de desarrollo humano integral, impulsado por el PNUD, sitúa a
las personas en el centro del desarrollo, promoviendo la expansión de
capacidades, oportunidades y opciones, el respeto por los derechos
humanos y la posibilidad de vivir de acuerdo con los propios valores. En
este marco, los valores sociales orientan las decisiones de desarrollo, y el
consumismo aparece como una respuesta desigual e insuficiente a
necesidades humanas profundas.
Para evaluar el desarrollo humano se propone el Índice de Desarrollo
Humano (IDH), que incluye ingreso, salud y educación. Sin embargo, el
texto señala sus límites y la necesidad de ampliar los indicadores
incorporando dimensiones como pobreza, acceso a agua potable y
saneamiento, nutrición, salud materno-infantil, desigualdad de ingresos,
equidad de género, situación ambiental, empleo, participación social y
bienestar subjetivo.
El texto advierte que el ambiente constituye un límite real al desarrollo
humano: sin cambios estructurales, el deterioro ambiental podría revertir
los avances logrados. Desde la perspectiva del desarrollo sustentable, se
plantea la necesidad de satisfacer las necesidades del presente sin
comprometer las de las futuras generaciones, integrando de manera
inseparable las dimensiones ecológica, económica y social. No existe
desarrollo humano sin ambiente sano ni sustentabilidad ambiental sin
equidad social.
El desarrollo humano también se aborda a nivel personal, especialmente
en la primera infancia, considerada un período crítico para el
neurodesarrollo. El cerebro es un órgano social que se moldea a partir de la
experiencia, por lo que la pobreza, la falta de estímulos y las condiciones
ambientales adversas pueden generar daños significativos en el desarrollo
cognitivo, emocional y conductual.
Desde la teoría ecológica del desarrollo de Bronfenbrenner, el desarrollo
humano se entiende como un proceso contextual que depende de sistemas
interrelacionados — micro, meso, exo, macro y cronosistema—, mostrando
cómo los factores estructurales impactan en la vida cotidiana de las
personas.
El texto incorpora los aportes de la salud ambiental y la psicología
ambiental, destacando que numerosos problemas de salud,
especialmente en la infancia, están asociados a riesgos ambientales y
afectan con mayor intensidad a las poblaciones más vulnerables. La
calidad de la vivienda, el barrio, la ciudad y el contacto con la naturaleza
influyen directamente en el bienestar psicológico y el desarrollo.
Finalmente, se concluye que el desarrollo humano integral, la salud y el
ambiente forman parte de un mismo proceso complejo. El modelo
neoliberal produce desigualdades, daño ambiental y efectos negativos
acumulativos, especialmente sobre la infancia, por lo que se requieren
políticas públicas integrales, éticas y contextualizadas que actúen sobre
los determinantes sociales de la salud.
PSICOLOGÍA Y SALUD PÚBLICA (SAFORCADA, DE LELLIS Y
MOZOBANCYK):
El capítulo introduce la perspectiva del factor humano como un eje central
para repensar la salud pública. Los autores sostienen que no es posible
producir salud real si se ignora el papel activo de las personas, los grupos
y las comunidades en los procesos de salud-enfermedad. Muchas
limitaciones de la salud pública tradicional se explican por haber
subestimado o anulado el factor humano, reduciendo la salud a variables
técnicas, biológicas o administrativas.
Se realiza una crítica al modelo clásico de salud pública, heredero del
positivismo y el cartesianismo, centrado en la enfermedad, el déficit y la
muerte, con predominio de lo técnico, lo normativo y lo administrativo. En
este enfoque, la población es concebida como objeto pasivo de
intervención, lo que produce una baja eficacia sanitaria y una desconexión
entre las políticas de salud y las necesidades reales de la población.
Como consecuencia, se genera lo que Saforcada denomina “enfermedad
pública”, es
decir, enfermedades evitables que el sistema no logra prevenir.
El factor humano se define como el conjunto de capacidades, saberes,
valores, actitudes, conductas y motivaciones de las personas y
comunidades que participan en los procesos de salud, incluyendo tanto a
la población como a los trabajadores y decisores del sistema de salud.
Desde esta perspectiva, la salud no es un hecho puramente biológico, sino
un proceso humano y social complejo que involucra dimensiones
subjetivas, vinculares, sociales y culturales. Las personas interpretan,
resignifican y actúan sobre su salud, por lo que sin participación activa no
es posible un cuidado ni una prevención sostenibles.
Los autores distinguen entre la atención de la enfermedad, de lógica
reactiva y centrada en el daño ya instalado, propia del modelo clínico y de
alto costo humano y económico, y la producción de salud, de lógica
preventiva y promotora, que actúa antes de que aparezca la enfermedad y
depende centralmente del factor humano, la participación, el compromiso y
el empoderamiento. La salud no se brinda ni se impone: se construye
colectivamente.
El texto destaca el rol de la subjetividad en las conductas de cuidado,
señalando que no dependen solo de la información, sino también de
creencias, valores, emociones y experiencias previas. Por ello, muchas
campañas de salud fracasan al informar sin transformar prácticas, y la
psicología resulta clave para comprender y modificar conductas de salud.
El factor humano incluye también a los trabajadores de la salud, cuyas
prácticas suelen verse limitadas por una formación excesivamente técnica
y un distanciamiento de la población. Se propone una formación
interdisciplinaria, con capacidad de escucha, trabajo en equipo y
compromiso ético y social.
En relación con la gestión sanitaria, se señala que muchas políticas
fracasan por ignorar la cultura local y las motivaciones reales de la
población. Una gestión eficaz debe integrar el saber técnico con el saber
comunitario, promover la participación real y fortalecer redes sociales. Sin
un factor humano fortalecido, no es posible un sistema de salud eficaz.
Finalmente, se destaca el aporte de la psicología a la salud pública, que no
debe limitarse a lo clínico individual, sino intervenir en promoción,
prevención, trabajo comunitario, planificación sanitaria y fortalecimiento de
la autonomía y el empoderamiento.
EL CONCEPTO DE SALUD COMUNITARIA: UNA NUEVA PERSPECTIVA
EN SALUD PÚBLICA (SAFORCADA, DE LELLIS Y MOZOBANCYK)
El capítulo analiza la evolución de las concepciones de salud pública y
propone el paradigma de la salud comunitaria como una perspectiva
superadora tanto del modelo tradicional como del paradigma de la salud
colectiva. La salud comunitaria se plantea como un enfoque que devuelve
a la comunidad el poder central sobre su propia salud, desplazando el
control exclusivo del sistema médico.
El origen de la salud comunitaria se vincula con el surgimiento de la
psicología comunitaria a partir de la Conferencia de Swampscott en 1965,
donde se cuestionó la baja eficacia del modelo clínico-asistencial centrado
en la enfermedad. Se propuso trabajar en la comunidad, priorizar la
prevención y la promoción, y superar la separación mente-cuerpo,
entendiendo la salud como un proceso social y comunitario.
En el campo de la salud mental, Marconi distingue tres etapas históricas:
el modelo asilar u hospital psiquiátrico, basado en el aislamiento y la
estigmatización; las unidades de salud mental en hospitales generales,
que implicaron una desestigmatización parcial; y el modelo
intracomunitario, surgido en los años sesenta, que aborda la salud dentro
de la comunidad y constituye la base del paradigma comunitario.
El texto destaca los aportes de América Latina, particularmente de
Indoafroiberoamérica, donde se desarrollaron enfoques integrales,
holísticos y ecosistémicos, influenciados por saberes de pueblos
originarios. Se mencionan experiencias pioneras como las de Chile, con
Marconi, y Argentina, con Carrillo y Alvarado, señalando que la región fue
más avanzada que Europa y Estados Unidos en el desarrollo de la salud
pública comunitaria.
Se realiza una crítica al paradigma tradicional de salud pública,
caracterizado por su enfoque positivista y cartesiano, centrado en la
enfermedad y la muerte, con una comunidad concebida como receptora
pasiva y una fuerte influencia del complejo médico-industrial. Este
paradigma gestiona enfermedad y produce lo que los autores denominan
“enfermedad pública”, es decir, enfermedades evitables que el Estado no
previene.
El paradigma de la salud colectiva surge como una reforma al modelo
tradicional, incorporando una mirada social y el trabajo multidisciplinario.
Sin embargo, presenta un límite central: continúa siendo medicalizado, ya
que el poder de decisión sigue concentrado en los equipos de salud y no
en la comunidad.
Frente a estos límites, el paradigma de la salud comunitaria se presenta
como una propuesta superadora. Sus características centrales son: la
comunidad como componente principal del proceso de salud; el equipo de
salud como colaborador y no como autoridad; la gestión de salud positiva
y no solo de enfermedad; el uso de una epidemiología positiva que estudia
los factores que generan salud; el reconocimiento
de saberes populares, integrativos y holísticos; y el empoderamiento
comunitario y la democratización real de las decisiones en salud.
En este paradigma, la salud es entendida como un bien de la comunidad y
no como propiedad del sistema médico. La psicología, especialmente la
psicología comunitaria, cumple un rol clave al facilitar la participación,
validar los saberes locales, acompañar procesos de fortalecimiento
comunitario y contribuir a la transformación del paradigma médico
dominante.
El texto concluye que existen tres grandes paradigmas: el tradicional,
que gestiona enfermedad; la salud colectiva, que introduce mejoras
pero mantiene la medicalización; y la salud comunitaria, que gestiona
salud y devuelve el poder a la comunidad. Desde esta perspectiva, la
salud comunitaria se presenta como ética, política y científicamente
más eficaz.
CONCEPTO DE SALUD Y ENFERMEDAD MENTAL: DEL PARADIGMA
ASILAR AL COMUNITARIO (DE LELLIS):
El texto analiza la evolución histórica de las concepciones de la locura, la
enfermedad mental y la salud mental, mostrando que no son categorías
naturales ni universales, sino construcciones históricas, sociales y
culturales. Cada forma de entender la locura produjo prácticas específicas
de intervención y modos particulares de control o cuidado.
En las civilizaciones antiguas, la locura se explicaba por causas
sobrenaturales y era tratada mediante rituales religiosos. En algunos
casos, la persona loca podía incluso ocupar un lugar sagrado. Con la
Grecia clásica, especialmente a partir de Hipócrates, surge una explicación
naturalista basada en desequilibrios corporales, abandonando parcialmente
lo sobrenatural e introduciendo una mirada racional y holística.
Durante la Edad Media convivieron prácticas de exclusión, persecución y
violencia — como la caza de brujas— con formas incipientes de cuidado
comunitario y familiar, mientras la religión mantenía un rol central de
control social. Un antecedente relevante es Luis Vives, quien propuso
comprender la locura como enfermedad y adaptar el tratamiento a cada
persona mediante la observación empírica.
Hacia fines del siglo XVIII, con la Ilustración y la Revolución Francesa,
surge la psiquiatría moderna. Autores como Pinel, Tuke y Reil incorporan la
locura al campo médico bajo el concepto de alienación mental, entendida
como pérdida de razón, autonomía y responsabilidad cívica. Esto dio origen
al paradigma asilar, que legitimó el
encierro, la tutela y la exclusión social del alienado, considerando al hospital
psiquiátrico como terapéutico en sí mismo.
Con el avance de la medicina en el siglo XIX se intensificó la
medicalización, la clasificación diagnóstica y el poder psiquiátrico. La teoría
degeneracionista explicó la enfermedad mental como hereditaria y reforzó
la idea del enfermo mental como peligro social, justificando el aislamiento
permanente y la saturación de los asilos. De Lellis señala que este modelo
fue ineficaz, deshumanizante y reduccionista.
A comienzos del siglo XX, los aportes freudianos introducen un giro
fundamental al revalorizar la psicogénesis, el inconsciente y el tratamiento
por la palabra. El psicoanálisis difumina la frontera entre lo sano y lo
enfermo, ubica la neurosis como parte de la condición humana y desplaza
el eje del encierro hacia una clínica de la escucha y la subjetividad.
Desde mediados del siglo XX surgen críticas al concepto de enfermedad
mental, entre ellas las de Thomas Szasz, quien sostiene que funciona
como una forma de control social. Aunque su postura es extrema, permite
cuestionar la medicalización de los problemas de la vida, el modelo tutelar
y la sustitución de la voluntad del sujeto.
En este contexto se produce el pasaje de la noción de enfermedad mental
a la de salud mental. A partir de la definición de la OMS, la salud mental
deja de entenderse como mera ausencia de enfermedad y se concibe
como una dimensión positiva, integral y social. De Lellis distingue entre un
enfoque biomédico, clínico e individual de la enfermedad mental y una
concepción de salud mental centrada en capacidades, recursos, bienestar,
participación social y derechos.
Los enfoques de salud mental positiva incorporan nociones de bienestar
psicológico y social, autonomía, integración del yo, relaciones
significativas y dominio del entorno. La calidad de vida integra
dimensiones objetivas y subjetivas y se vincula estrechamente con la
salud mental. El bienestar no es solo individual, sino relacional y
comunitario, y depende del acceso a derechos, recursos y justicia social.
El texto concluye que el desafío actual consiste en superar el paradigma
asilar y medicalizante para construir prácticas de cuidado integrales,
desmanicomializantes, comunitarias y orientadas a la promoción del
bienestar y la calidad de vida, reconociendo la centralidad de la
subjetividad y los derechos humanos.