DISCERNIMIENTO:
En su definición más simple, el discernimiento es la
habilidad de poder decidir entre la verdad y el error, lo
bueno y lo malo. El discernimiento es el proceso de
hacer distinciones cuidadosas en nuestra mente sobre la
verdad.
La felicidad, en sentido aristotélico es la realización
plena de lo que está potencialmente inscrito en nuestra
naturaleza, esto es la práctica constante y sistemática
del bien. La práctica del bien nos desarrolla
internamente y nos conduce a la felicidad.
El discernimiento está vinculado a la capacidad de
observar nuestros comportamientos y sus efectos.
También se potencia con la inquietud personal de
revisar las acciones en cuanto a su coherencia con las
metas y los fines, especialmente cuando son
compartidos con otras personas. Demás está decir que
su ámbito de desarrollo es la “sana convivencia”.
LIBERTAD:
En sí misma es un bien. Nuestras elecciones pueden
restringirla, falsearla o incluso destruir a la persona. Por
eso, esta debe ser educada y formada en el
discernimiento. Su orientación es hacia la Verdad. No se
contrapone necesariamente a la obediencia, salvo en
casos que la persona tenga una obediencia ciega. La
obediencia, cuando forma parte de un proceso formativo
puede incluso ayudar a formar la conciencia de la
libertad. La libertad cuando está orientada y en apertura
hacia el otro puede ser la base del compromiso y
sostener la responsabilidad. Por ello es muy importante
fortalecerla, “creer en ella” y confiar, a pesar de los
errores que cometemos al decidir conductas
destructivas.
Cuando la persona se cierra en sí misma puede tomar
decisiones autodestructivas. La libertad es afectada por
los sentimientos y emociones y bien orientada es
insustituible en el autocontrol y el desarrollo de la
autonomía moral.
RESPETO Y CUIDADO POR LA VIDA:
Consiste en el reconocimiento activo y permanente de la
dignidad humana. En otros términos, el rechazo eficaz a
considerar al otro como un instrumento para mis fines o
un “objeto” al que se pueda manipular. La traducción
contemporánea de este valor está en la adhesión a los
Derechos Humanos. De aquí nacen todas las iniciativas
solidarias y la denuncia a las prácticas violentas. La
ausencia de respeto o la vulneración de la dignidad
humana genera prácticas y sistemas violentos. El
respeto reconoce el derecho a la vida. El respeto
también reconoce las dignidades y en especial a la
autoridad y por ello se expresa en el reconocimiento de
los espacios de relación para la actividad cuando esta
está conducida y orientada por la autoridad.
GRATITUD:
El mundo natural nos precede y continuará después de
nosotros. La gratitud afirma el vínculo de dependencia
dinámica con el universo y la totalidad del ser, no
sugiere una forma activa y positiva de relacionarnos por
los dones que aparecen espontáneos.
Así, de buena gana agradecemos “la amistad”, “el poder
ver”, “el enamorarnos”, el canto de un pájaro al
amanecer”, etc.
Las religiones son ámbitos en que se cultiva más este
valor. De ahí por ejemplo, “los himnos al Sol”, “la
eucaristía”, etc.
Contraria a la gratitud es la soberbia y la autosuficiencia
la actitud destructiva hacia los objetos, el maltrato
animal, etc. La gratitud predispone a una buena
comunicación y al diálogo constructivo. La persona
“agradecida” siente el gozo y la motivación de decir por
qué agradece. No confundir la gratitud con la adulación
o lisonja, ya que estas prácticas encierran un ánimo de
“manipulación”, de tender una “trampa” al otro.
FIDELIDAD:
Refiere a una cualidad de conducta coherente que se
gana el reconocimiento y la confianza en el tiempo. Es
decir, para descubrir este valor en el otro se necesita la
capacidad de empatía, y de compromiso hacia el otro.
Además, una observación de que la persona cumple con
su compromiso incluso a pesar de situaciones
complicadas tales como dificultades, críticas injustas,
rechazos, incomprensiones, etc. La persona fiel da
garantía de que mantiene su palabra y está dispuesta a
afrontar los riesgos que ello conlleva. Se puede ser fiel a
un gran ideal, como “Una causa social” “Ecológica”, una
relación amorosa, una religión, etc.
ESPERANZA:
La esperanza está en el fondo de la paciencia, la
contención y la perseverancia. En absoluto es pasividad,
antes bien una forma activa de anticipar la realidad por
la que se lucha en la vida. Está emparentada con la
fidelidad y el compromiso,
Cuando las circunstancias son muy difíciles, se prueba su
valor. Implica una radical autonomía para vencer el dolor
y las dificultades.
La esperanza está profundamente ligada a una visión de
futuro, a algo que impulsa a construir ese futuro que es
esquivo, se la ha representado como una cuerda para
pasar un río torrentoso de una orilla a la otra. Contiene
un inmenso valor de liderazgo social, ya que fortalece la
mística en el entorno para reconocer que hay caminos
de salida. En este aspecto se la puede vincular con la
creatividad.
FRATERNIDAD: (Solidaridad, empatía)
Esto es esencial. Para entrar en comunión es preciso
dejar el fardo del egoísmo y la soberbia a un lado. No se
puede crecer en la comunión desde una actitud
egocéntrica. Jesús lo enseñó, invitando a “hacer las
paces” entre los hermanos. Es decir, el requisito básico
de la comunión es un reconocer las barreras internas
existentes dentro del corazón y hacer un esfuerzo
deliberado por derribarlas. Esto es, asumir los errores
del ego propio y rechazarlos al momento que pretendan
orientar nuestra libertad.
Pero hay algo más. La comunión es en la verdad. Y
también en la igualdad, esto la impulsa en una actitud
decidida por la construcción del bien común.
La expresión más pura de la comunión se construye en
la familia desde el foco amoroso de una pareja que al
amarse entre sí educan a sus hijos en la dinámica de un
amor espontáneo. Se puede traducir este valor en lo que
los cristianos denominan “Comunión”.
HUMILDAD y VERDAD:
Humildad y Verdad preparan las condiciones para la
justicia y la fraternidad. La humildad brota de un
reconocimiento y aceptación de nuestras limitaciones y
carencias. En efecto, no somos “autosuficientes” sino
“interdependientes”. Y por ello, nuestra “verdad” es
que estamos orientados hacia una convivencia fraternal,
en la que cada uno es reconocido en su dignidad. La
humildad rechaza al orgullo y prepara para el
sentimiento de armonía con el Universo y de hermandad
entre los hombres. Nadie se sienta perfecto o superior a
los demás.
La verdad es una vocación de apertura hacia el
conocimiento, es también la actitud y disponibilidad para
reconocer nuestra ignorancia y falta temporal de
capacidad para comprender realidades complejas en las
que para acceder a ella se requiere un largo camino de
esfuerzo intelectual y moral. Esta dimensión de la
verdad nos acerca al valor de la sabiduría. La verdad, es
preciso buscarla.
PUREZA:
Está señalada como una de las bienaventuranzas cristianas.
También se puede traducir como “transparencia” y
“rectitud”. Lo contrario es una conducta ambigua e
inestable, que en la Biblia se señala como “doblez”. Es decir,
el actuar con doble intención… decir una cosa y luego hacer
otra, negando lo dicho. El corazón puro está orientado a la
Verdad y cuando ama hace brillar el amor en su rostro más
auténtico y espontáneo. El valor de la pureza está
directamente vinculado con la confianza. La pureza suele
asociarse también a una emotividad dinámica y expresiva.
La persona pura es un alma abierta y transparente.
ALEGRÍA:
De hecho, es un estado anímico positivo y contagioso;
vinculante entre personas de todas las edades y culturas, y
vinculado con todos los valores expuestos. Supone estar
inmerso en una corriente amorosa que va desde dentro
hacia fuera y que también circula por todos los rincones de la
vida. Por ello, está relacionado esencialmente con la
“gratitud” y “la confianza”. En no pocas oportunidades
aparece como consecuencia de un anhelo compartido, una
larga lucha, la conquista de algo que parecía imposible.
El ánimo alegre y festivo ensancha el corazón e invita a la
fraternidad. Es también un sentimiento auténtico y profundo.
Es alegre quien tiene la íntima convicción de que es amado y
ama. Los amigos, al encontrarse expresan y celebran sus
cumpleaños, logros, preocupaciones y a veces, proyectos.
Se expresa de buen grado en las fiestas y las canciones.
No confundir la “alegría” con esta expresión: “Me alegra que
tú sufras y te pudras por imbécil”. Aquí desaparece el vínculo
con la totalidad de la realidad, más bien se aprecia “el odio”
como destrucción de la realidad del otro.
Contraria a la alegría es la amargura, el resentimiento, el
volverse “hacia dentro”. El corazón alegre, alaba, goza,
expresa vitalmente ese valor.