Capítulo II
Llegamos a este segundo capítulo de las memorias de formación
docente. En mi caso particular, ha pasado poco más de un año desde que
entregué el capítulo anterior, así que, como es de esperarse, me ha costado un
poco el poder retomar este trabajo de reflexión. Requirió de mí una relectura
sobre lo que he trabajado a lo largo de este proceso, una revalorización de todo
lo que he aprendido en este tiempo, y un desafío nuevo, que tiene que ver
justamente con las negociaciones y las decisiones consecuentes que tomo con
respecto a la materia y al cursado.
Antes de disponerme a escribir, me tomé el tiempo de releer algunas
lecturas del año pasado y de ponerme al corriente con las de este año, no con
la finalidad de memorizar conceptos para después repetirlos de memoria en
este trabajo, sino con la intención de buscar puntos en los cuales sentirme
identificado y poder volcar mi experiencia por escrito, retomando el capítulo uno
y atendiendo a los comentarios hechos por la profesora Sosa.
Surgen en mi emociones encontradas: por un lado me siento bien
conmigo mismo por retomar esta propuesta, por no haber perdido el contacto
con la cátedra y por ser perseverante en general con la carrera, siendo que mi
trayectoria académica ha estado marcada por profundas irregularidades y
problemas que han tenido que ver conmigo y con la institución; pero también
escribo con un profundo sentimiento de frustración, porque muchas veces no
puedo responder como me gustaría en la Universidad, y porque no me he
sentido acompañado ni contenido por la institución.
Me propondré, en los siguientes párrafos, el conectar estos puntos
personales de mi vida universitaria con la bibliografía propuesta por la cátedra,
tomando mi experiencia como un andamiaje que posibilite la contextualización
de la teoría estudiada.
Comienzo comentando que llevo ya siete años de trayectoria
universitaria. Siete años en los cuales he capitalizado muchísimo conocimiento,
pero que como es de esperar me han desgastado mucho. En primer lugar,
cuando empecé a estudiar Historia en Filosofía y Letras, debo decir que no
entendí muy bien la vida universitaria. No sabía estudiar con un programa en
mano, mucho menos el abordaje de la bibliografía que es necesario para poder
progresar en la carrera. Entré en la carrera solo, sin ningún compañero de la
secundaria como para poder establecer un vínculo o un apoyo en el ámbito
universitario, y esto se suma a que tengo una personalidad un poco
introvertida. En segundo lugar, la Facultad en ese momento, no disponía de
tantos elementos de contención para el alumno. Todo esto me llevó a
desaprobar los primeros exámenes finales, y fui generando un miedo a la
situación de evaluación que he tenido que trabajar en terapia. Esto me fue
generando problemas burocráticos, ya que al no rendir, me iba atrasando con
el cursado, dejando materias inconclusas, y a su vez con el régimen de
Rendimientos Académicos Negativos (RAN), llegó el momento en el cual no me
dejaron ni cursar ni rendir materias, lo cual sólo generó una situación de
frustración muy grande. La Institución había tomado la decisión de no
acompañarme en este proceso, de no reparar en el problema del alumno.
En este punto es donde uno la experiencia con la conferencia de Ángel
Díaz Barriga y algunos elementos de los textos de Litwin, en los cuales
presentan una burocratización de la educación, en la cual los problemas del
alumno son vistos por la institución como ajenos a ella, generando así más
exclusión, más desigualdad, más abandono…
Pero no me quiero quedar solamente en lo malo, o mejor dicho, lo que
me ha costado en la carrera. Sino que quiero generar en mí mismo, a partir de
estas memorias, una actitud superadora, y quiero ver todas estas experiencias
como un aprendizaje que me sirva para poder tener empatía con mis alumnos
en un futuro.
En el primer eje trabajé acerca de la desigualdad como problemática.
Hice hincapié en la importancia de trabajar la regionalización, en cuanto a la
generación de políticas que tengan que ver con el contexto de las sociedades
latinoamericanas, y no traer soluciones “de afuera”, que están pensadas para
problemas que no tienen la misma raíz y para personas que, culturalmente, son
muy diferentes a nosotros. En este sentido, Boaventura nos invita a reflexionar
sobre el tema a partir de la deconstrucción de la hegemonía y su propuesta de
construir una contra-hegemonía, acciones que van dirigidas hacia una
democratización de la educación para poder hacer frente a la cultura de
consumo.
A partir de las observaciones institucionales, reflexioné acerca de las
herramientas que la Universidad genera para lograr este cometido. Me di
cuenta de que, si bien se está trabajando en el tema, queda mucho camino por
recorrer. El compromiso docente es uno de los puntos cruciales en todo esto,
porque si el profesor no desaprende, si él no hace este proceso de romper la
matriz, no va a poder ser agente de cambio social, quedando truncada la
democratización de la educación.
A partir de mi experiencia como alumno, sostuve que muchas veces el
discurso democratizador se queda solamente en el discurso, sin adquirir una
dimensión práctica en lo concreto. Un discurso constructivista que se queda en
prácticas conducticas, haciendo referencia, por ejemplo, a clases muy
didácticas en determinadas materias pero con metodologías de examen
sumamente memorísticas. O por ejemplo, clases en las cuales había que ir a
escuchar al docente leyendo una serie de diapositivas, sin tener ningún tipo de
interacción con los alumnos. A pesar de todo, en este sentido he podido
entender que esos docentes tienen una concepción distinta de la educación.
Particularmente charlando con uno de ellos, reconoció que era conductista
abiertamente, y que pensaba que lo memorístico era la mejor forma de tomar
un examen. En este sentido, queda clara la subjetividad del docente y la
manera en la cual hace un recorte arbitrario en el currículum, da la clase como
a él le parece mejor y en consecuencia de sus valores y pensamientos, elabora
un examen a su medida.
Este segundo cuatrimestre representó un nuevo desafío para mí. Al
estar cursando siete materias a la vez, se me complicó mucho asistir a los
plenarios didáctica y currículum. Sobre todo porque tenemos una materia –
Historia de España – que coincide los días lunes en el horario de clase. Esto
nos habla también de las decisiones arbitrarias y los recortes del currículum,
obligando a los alumnos a tener que elegir entre dos materias, cuando
supuestamente las carreras de Licenciatura y de Profesorado están articuladas.
Si bien he tenido que retomar todo lo que hice y trabajé el año pasado, y
por ende estoy un poco desorientado con la materia, he podido leer bibliografía
como de Alba, Cobo o Litwin, y he podido reflexionar mucho acerca de la
didáctica y el currículum. Me quedo con la definición de didáctica de Camilloni,
que dice que “la didáctica es una disciplina teórica que se ocupa de estudiar la
acción pedagógica, es decir, las prácticas de la enseñanza, y que tiene como
misión describirlas, explicarlas y fundamentar y enunciar normas para la mejor
resolución de los problemas que estas prácticas plantean a los profesores.”
(CAMILLONI, Alicia R. W. “El saber didáctico”. Cap.1: La justificación de la
didáctica. Paidós. 2007. Buenos Aires).
Camilloni nos dice también que la didáctica es una disciplina que no es
neutra, que toma posicionamientos epistemológicos y políticos para la
resolución de los problemas y el acompañamiento de los alumnos en las
instituciones. Se construye a partir de los problemas y procura resolverlos a
partir de los proyectos y diseños curriculares. Desde esta perspectiva, y con el
cursado de la materia, entendí que la didáctica es necesaria, para generar una
profunda reflexión acerca del rol del docente, de mí rol como docente. Y esta
reflexión es necesaria, porque como docente me va a tocar estar en un aula,
con alumnos que son personas con vidas y con muchas realidades muy
diversas. Y desde la didáctica tendré que dar soluciones a los problemas que
vayan surgiendo en el aula.
Por otro lado también hemos aprendido y reflexionado sobre el
currículum. Alicia de Alba nos dice que el currículum es la “síntesis de
elementos culturales que conforman una propuesta político-educativa pensada
e impulsada por diversos grupos y sectores sociales cuyos intereses son
diversos y contradictorios, aunque algunos tiendan a ser dominantes o
hegemónicos, y otros tiendan a oponerse y resistirse a tal dominación
hegemónica. Síntesis a la cual se arriba a través de diversos mecanismos de
negociación e imposición social.” (DE ALBA, Alicia. “Currículum: crisis, mito y
perspectivas” Apartado III: Las perspectivas. 1998. Buenos Aires). Esta
definición, sumada a las reflexiones de Edith Litwin, nos dicen que el currículum
es el resultado del posicionamiento del docente, que encara un recorte de
contenidos arbitrario y subjetivo. Creo que por esto más que nada es necesaria
la reflexión. Tenemos que ser conscientes de que esta noción del docente
como un actor neutral, un mero intermediario entre el conocimiento y el alumno,
es una concepción que se queda corta.
Y es que negar el peso del docente en el aula como generador de ideas
y pensamientos en los alumnos, es quitarle responsabilidad al primero, y
también subestimar su juicio crítico. Nadie es neutral. La educación es un acto
político por sobre todas las cosas, y en este sentido si no reflexionamos acerca
de esta dimensión de la educación, entonces nos quedaremos sujetos a las
hegemonías, sin la posibilidad de desaprender y sin las posibilidad de generar
un cambio desde las escuelas. A partir de todas estas reflexiones, concluyo
que esta es la importancia que tiene esta materia en la carrera: una profunda
reflexión acerca de la subjetividad de la enseñanza. Sólo asumiendo esa
subjetividad, podremos transformarla en una herramienta que juegue a nuestro
favor.
Termino con una reflexión acerca de en qué punto me gustaría
posicionarme en la práctica docente: creo profundamente en los andamiajes
para lograr el aprendizaje de los chicos (Ausubel). Sumado a estas
concepciones de Didáctica y Currículum que nos dan De Alba, Camilloni y
Litwin, me encuentro a mí mismo situado en una concepción de una educación
constructivista, que recupere los conocimientos previos de los chicos, y que a
partir de eso construya los nuevos, siempre usando el contexto como apoyo y
herramienta para que ellos puedan construirse desde su realidad concreta.
Sin más, agradezco profundamente todo lo vivido en el transcurso de
estos dos años. He aprendido muchísimas cosas. La materia me ha servido
para poder reflexionar acerca de mi trayectoria, y todo lo “accidentada” que ha
sido; para poder transformar todas esas experiencias no felices en empatía y
compromiso para con el alumno en lo que es mi vocación verdadera: la
docencia.