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Sopa de Ratón

En 'Sopa de Ratón', un ratón es capturado por una comadreja que planea hacer sopa con él, pero el ratón convence a la comadreja de que la sopa necesita cuentos para tener sabor. A través de cuatro historias, el ratón utiliza su ingenio para escapar de su destino. Las historias incluyen aventuras con abejas, reflexiones de dos piedras, la música de grillos y la peculiar relación de una señora con un espino en su sillón.
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Sopa de Ratón

En 'Sopa de Ratón', un ratón es capturado por una comadreja que planea hacer sopa con él, pero el ratón convence a la comadreja de que la sopa necesita cuentos para tener sabor. A través de cuatro historias, el ratón utiliza su ingenio para escapar de su destino. Las historias incluyen aventuras con abejas, reflexiones de dos piedras, la música de grillos y la peculiar relación de una señora con un espino en su sillón.
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Sopa de Ratón

Arnol Lobel

Un ratón leía un libro bajo un árbol. De repente, saltó una comadreja y lo


atrapó.
La comadreja se llevó al ratón a casa.
- ¡Ajá! Dijo la comadreja-.
Voy a hacer sopa de ratón.
—¡Ay! -dijo el ratón-. Voy a ser sopa de ratón.
La comadreja metió el ratón en una olla.
—¡UN MOMENTO! -dijo el ratón-.
Esta sopa no va a saber a nada.
Le faltan cuentos.
Y todos saben que el secreto de la sopa de ratón está en sus cuentos.
—Pero yo no tengo cuentos. -dijo la comadreja.
—Yo sí -dijo el ratón-.
Puedo contarlos ahora.
—Está bien -dijo la comadreja-, pero date prisa. Tengo mucha hambre.
—Aquí tengo cuatro cuentos para darle sabor a tu sopa -dijo el ratón.

LAS ABEJAS DEL PANTANO


Un ratón iba caminando por el bosque cuando un panal cayó de un árbol y
aterrizó sobre su cabeza.
—¡Abejas! -dijo el ratón-, tendrán que irse. No quiero llevar un panal sobre
mi cabeza.
Entonces las abejas contestaron: —Nos fascinan tus orejas, amamos tu
nariz, adoramos tus bigotes. Oh, sí, este es un sitio maravilloso para nuestro
panal.
Nunca nos iremos.
El ratón estaba desconcertado. No sabía qué hacer.
El zumbido de las abejas era insoportable. Pero siguió caminando sin
detenerse hasta que se topó con un pantano.
—Abejas -dijo el ratón-, yo también tengo una casa. Es mi hogar.
Y, si ustedes insisten en mantenerse sobre mi cabeza, tendrán que
acompañarme.
—Oh, sí -dijeron las abejas-.
Nos fascinan tus orejas,
adoramos tus bigotes.
Estaríamos encantadas,
de acompañarte a tu casa.
—Pues, muy bien -dijo el ratón.
Y se metió en el pantano hasta las rodillas.
—Esta es la puerta principal -dijo el ratón.
—Oh, sí -dijeron las abejas.
El ratón avanzó un poco más.
El lodo lo cubría hasta la cintura.
—Esta es la sala -dijo el ratón.
—Oh, sí -dijeron las abejas.
El ratón se metió dentro del pantano.
Ahora el lodo le llegaba a la barbilla.
—Esta es mi habitación -dijo el ratón.
—Oh, sí -respondieron las abejas.
—Y ahora me voy a dormir.
Entonces, sumergió la cabeza en el lodo.
—¡Oh, no! -chillaron las abejas-.
Nos fascina la entrada,
Amamos tu sala,
Adoramos tu habitación.
Pero no, no, no.
¡No nos gusta para nada tu cama!
Las abejas se echaron a volar.
Y se fueron lejos, muy lejos, mientras el ratón se fue a casa a darse un buen
baño.

DOS GRANDES PIEDRAS


Había dos grandes piedras sentadas en la ladera de una colina.
Las hierbas y las flores crecían allí.
—Este lado de la colina es bonito -dijo la primera piedra-. Pero me pregunto
¿qué habrá del otro lado de la colina?
—No lo sabemos. Nunca lo sabremos -contestó la segunda piedra.
Un día, un pájaro llegó volando.
—Pájaro, ¿puedes decirnos qué hay del otro lado de la colina? Preguntaron
las piedras.
El pájaro se elevó por los aires y voló por encima de la colina.
A su vuelta dijo:
—Puedo ver villas y castillos.
Montañas y valles. Es una vista maravillosa.
Entonces, la primera piedra dijo:
—Todas esas cosas están del otro lado de la colina
—Qué pena -dijo la segunda piedra-. No podemos verlas.
Nunca podremos.
Las dos piedras se quedaron inmóviles en la colina.
Estuvieron tristes durante cien años.
Un día, un ratón pasó por allí.
—Ratón, ¿puedes decirnos que hay del otro lado de la colina? -preguntaron
las piedras.
El ratón subió a la colina.
Apoyó la nariz sobre la cima y miró hacia abajo.
Regresó y dijo:
—Puedo ver la tierra y piedras. Hierbas y flores.
Es una vista maravillosa.
La primera piedra dijo:
—Ese pájaro nos mintió.
Aquel lado de la colina es exactamente igual a este lado de la colina.
—¡Oh, ¡qué bien! -dijo la segunda piedra-.
Ahora estamos felices.
Siempre lo estaremos.

LOS GRILLOS
Una ratona se despertó en medio de la noche.
Algo chirriaba del otro lado de la ventana.
—¿Qué? -dijo el grillo-.
No puedo escucharte y tocar mi música al mismo tiempo.
—Quiero dormir -dijo la ratona-.
No quiero más música.
—¿Qué? -dijo el grillo-.
¿Qué quieres más música?
Iré por un amigo.
Poco tiempo después había dos grillos en lugar de uno.
—¡Quiero que paren la música! -dijo la ratona-.
¡Y ustedes no hacen sino traerme más!
—¿Qué fue lo que dijiste? -preguntó el grillo-.
¿Qué quieres más música?
Iremos ya por otro amigo.
Pronto habían tres grillos chirriando.
—Deben parar la música -dijo la ratona-. Estoy cansada.
—¡No podré soportar esto mucho más!
—¿Qué fue lo que dijiste? -preguntó el grillo-.
¿Qué quieres mucho más música?
Iremos por muchos amigos.
Pronto había diez grillos chirriando.
—¡Paren! -gritó la ratona-.
¡La música está demasiado fuerte!
—¿Fuerte? -preguntaron los grillos-. Sí, claro que podemos cantar más
fuerte.
Entonces, los diez grillos chirriaron muy, muy, fuerte.
—¡Por favor! -gritó la ratona-.
Quiero dormir.
—¿Irnos? -preguntaron los grillos-.
¿Por qué no nos dijiste eso desde un principio?
—Nos iremos a cantar a otro lado -dijeron los diez grillos.
Y así lo hicieron. Se fueron con su música a otra parte.
Y la ratona se volvió a dormir.

EL ESPINO
Una vieja señora salió a la puerta de su casa.
Estaba llorando.
Un policía llegó corriendo. —Estimada señora -dijo el policía-, ¿por qué llora?
—Pase adelante y véalo con sus propios ojos -dijo la vieja señora.
—Fíjese, un espino ha crecido en mi sillón -dijo la señora.
—¿Cómo llegó allí? -interrogó el policía.
—La verdad es que no lo sé -dijo la vieja señora-.
Un día me senté y algo me lastimó.
Cuando me levanté, allí estaba el espino.
—Pobre señora -dijo el policía-.
Arrancaré el espino del sillón.
Y, entonces, usted podrá sentarse de nuevo.
—¡No! -gritó la vieja señora-.
¡No haga eso! Yo no quiero sentarme. He estado sentada toda mi vida.
Amo a mi espino.
Lloro porque está enfermo.

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