La balada del diablo .
El impacto de todos ellos contra el suelo hizo que un temblor tormentoso e inigualable a
cualquier otro quebrantara las placas tectónicas de Pangea y la dividiera en cinco partes. Los
cuerpos y bellas blanquecinas plumas descendían hasta besar el suelo, mientras las dagas y
espadas de mangos ambarinos resonaban con el estruendo de un rayo; y los cielos nebulosos
se abrieron paso, formando la perfecta circunferencia de un aro de plata por el que se podía
divisar a la silueta delgada del arcángel principal y dueño de las tropas asomarse por el hueco.
Junto a él, antiguas deidades del bien moral y divino caían por el juicio de sus pecados,
quedando sus restos tendidos y esparcidos por el áspero, duro y tosco suelo que no les rendía
tributo a sus delicadeza; atestados de un líquido escarlata como huella de guerra que se
bifurcaban para formar surcos espesos sobre sus delicadas e irreales epidermis, tan similares al
material de la porcelana.
Sus ojos, llenos de rencor, remordimiento y una chispeante ira observaron hacia el Edén, su
preciado hogar, aquel lugar sagrado cuyo acceso solamente estaba resguardado para aquellos
puros e inocentes, aquellos que no llevaban maldad alguna, no como él, que había sido
desterrado de una manera sumamente cruel de aquellos jardines sagrados por la severa,
injusta y egoísta mano de su padre pródigo.
Oh, aquella piel tan brillante como el sol fue bañada en lágrimas de cristal que se fueron
deslizando hasta terminar en su mentón, surgiendo de los lagrimales para luego proceder a
recorrer toda la zona de sus mejillas mientras la voz tajante e imperativa del todopoderoso
resonaban en la tierra mundana con un eco estremecedor, lleno de furor y decepción.
—¡Cómo has caído del cielo, Lucero, hijo de la Aurora! Has sido abatido a la tierra dominador
de naciones! Tú decías en tu corazón: “escalaré los cielos; elevaré mi trono por encima de las
estrellas de Dios; me sentaré ennel monte de la divina asamblea, en el confín del septentrión
escalaré las cimas de las nubes, seré semejante al Altísimo”.
El fervor ardiente del muchacho se concentró en un punto estático de su garganta, bufando
cual toro de manera agitada con recelo, a punto de explotar.
—¡Yo, tu hijo pródigo, al mismo que hoy exilias por causas meramente injustas, sobre tus
bases de egoísmo y soberbia, te advierto que cuando tus hijos de carne, hueso y puro pecado
cedan ante mí de manera plena, reinará sobre los cielos, el infierno y la faz de la Tierra!
Su rugido se elevó sobre todo el terreno desgastado, pobre y sucio, dejando aquellos prados
tan humanos en un silencio mortífero y atestados de una melancolía inmensa. Las nubes que
previamente habían sido perforadas, sellaron sus puertas de algodón para aquellos que
solamente quisieron ser libres e iguales.
Y esta empobrecida analogía se podía aplicar a aquella situación que el dulce y adorado
Abalán, aquel muchachito de cabellos oscuros, ojos almendrados y labios pomposos de un
color carmesí similar al de una rosa había vivido a tan temprana edad en una calle carente de
cuidado de la cruel Italia de los años sesenta. }
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