Módulo 1
Módulo 1
1) Los fundamentos materiales del derecho: el hombre y su conducta. Las ideas de hombre. El
hombre como ser biológico, intelectivo, conductivo, instrumental, personal, social, cultural e
histórico. El derecho como norma de conducta. La naturaleza ética del derecho. 2) Los
fundamentos mediales del derecho: La sociedad, el Estado y el derecho. La naturaleza social,
cultural y política del derecho. El derecho como modelo de comportamiento: El derecho como
instrumento de control social. El derecho como institución. Los status y roles jurídicos. Las
funciones sociales del derecho. Los tipos de agrupamiento y el derecho. El derecho y la nación.
El derecho y el país. El derecho y el Estado. El Estado de Derecho. 3) Los fundamentos motores
del derecho: el poder, los valores y el derecho. El poder. El poder y el hombre. El poder social.
El poder político. Las relaciones entre el poder político y el derecho. El derecho como
valoración de conductas. Los valores jurídicos. La justicia. El concepto y las concepciones de
justicia. Las teorías sobre el conocimiento de la justicia. Los contenidos de la justicia. La justicia
como ideología. El derecho y la justicia. La seguridad. La igualdad. Otros valores jurídicos.
1) Las normas en general. Las normas jurídicas. Sus caracteres. La diferenciación con las nor-
mas morales y con los usos o costumbres sociales. 2) La norma jurídica natural. El concepto de
naturaleza. Las concepciones del derecho natural. Los derechos humanos. 3) La norma jurídica
positiva. Sus caracteres. La clasificación de las normas jurídicas. 4) La estructura lógica de la
norma jurídica. La expresión lingüística de la norma jurídica: El proceso de positivación del
derecho: de la expresión oral a la textualización del derecho. 5) El ordenamiento jurídico. Sus
caracteres. El ordenamiento jurídico como estructura. La unidad del ordenamiento jurídico. La
jerarquía de las normas. La validez. La norma fundamental y el principio de efectividad. 6) La
coherencia del ordenamiento. El problema de las redundancias y de las antinomias. Los
criterios de solución. 7) La plenitud del ordenamiento. El problema de las lagunas de la le-
gislación. Las clases de lagunas. Los modos de solución. La pluralidad de los ordenamientos.
1) El derecho como relación. Los sujetos de la relación jurídica. Las partes y los terceros. La
persona humana. La persona jurídica. Sus clases. Las situaciones jurídicas subjetivas. 2) Los
hechos de la relación jurídica. El supuesto jurídico y la consecuencia jurídica. La transgresión y
la sanción.3) El objeto de la relación. Los vínculos de la relación jurídica. La facultad o derecho
subjetivo. Teorías. Clasificación.4) El deber jurídico. Fundamentos. Formas de desobediencia.
5) El objeto de la relación.
1) La elaboración de normas generales. Las fuentes del derecho. Las fuentes materiales. Las
fuentes formales. Su clasificación. 2) El acto constituyente. La legislación. Los sentidos de la
expresión "ley". El procedimiento formativo de las leyes. La codificación. 3) La jurisprudencia.
Su valor como fuente el derecho. 4) La costumbre jurídica. Sus elementos. Su relación con la
legislación. Su valor como fuente del derecho en las distintas ramas del derecho. 5) Los
sistemas jurídicos. 6) La elaboración de normas particulares. La aplicación del derecho.
Concepciones. Los problemas de la aplicación del derecho. 7) La aplicación del derecho en el
tiempo. La aplicación del derecho en el espacio. 8) La aplicación judicial del derecho. La
administración de justicia. Su organización. La jurisdicción y la competencia. La acción. El pro-
ceso. Las etapas del juicio civil y penal. Las resoluciones judiciales. El recurso. La sentencia
firme. La cosa juzgada.
1) Las actividades auxiliares de la aplicación del derecho. La interpretación. Sus clases. Los
criterios tradicionales instrumentos de la interpretación: literario o gramatical, lógico con-
ceptual, sistemático, histórico, teleológico. El lenguaje y la interpretación. La ambigüedad. La
vaguedad. La interpretación integral del derecho. 2) La integración del derecho. Sus clases. 3)
La integración por analogía. Los fundamentos de la analogía. La semejanza de los casos no pre-
vistos. Analogía "legis" y analogía "iuris". Las reglas restrictivas de la analogía. La insuficiencia
del procedimiento analógico. 4) Los principios generales. Principios y normas. Teorías. Sobre
los principios. Clasificación. Funciones. 5) La equidad. Concepto. Funciones.
Moldulo 1
1.- Introducción
Resultado de imagen para nuevo codigo civilUstedes están comenzando sus estudios
universitarios de la carrera de abogacía. La profesión de abogado, en forma evidente, tiene
que ver con algo que denominamos “derecho”. De hecho muchos de ustedes, ante la pregunta
de algún familiar o amigo, sobre qué están estudiando, responderán: “derecho”. Los abogados
lo utilizamos en el ejercicio profesional, y constituye el objeto a estudiar a lo largo de toda la
carrera elegida. Por ello, resulta necesario, a este punto, que realicemos una primera
aproximación al derecho, que nos permita responder en forma provisional a la pregunta: ¿Qué
es el derecho?
Al comenzar el estudio del derecho, como el de cualquier otro tema objeto de conocimiento
científico y filosófico, se plantea un dilema que es necesario que resolvamos. Por una parte,
parece necesario que conozcamos desde una principio el objeto que vamos a estudiar, como
dato imprescindible para orientar esos estudios, y por otra resulta evidente que sólo
estaremos en condiciones de responder en forma más acabada a esa pregunta sobre: ¿qué es
el derecho?, cuando ya hayamos tomado contacto con las diversas realidades jurídicas, y esto
se dará, relativamente, sólo al finalizar el cursado de las distintas asignaturas de la carrera.
Para salir al paso de este dilema, intentaremos en este módulo ofrecer una serie de
aproximaciones, que nos permitan tener un primer concepto elemental y previo del derecho,
concepto que será complejizado y profundizado en los largo de los otros cinco módulos que
abarca la asignatura “Introducción al Derecho”, y luego completado a lo largo de toda la
carrera.
A este concepto previo de derecho llegaremos a través del análisis en primer lugar de la
experiencia que sobre el derecho realizamos en nuestra vida social cotidiana, ya sea como un
mecanismo para la resolución de los conflictos de intereses propios de todo convivencia
humana, o como un instrumento para la organización de la sociedad.
Una segunda aproximación la haremos a través del análisis etimológico y semántico de las
palabras “derecho” y “jurídico”. En tercer lugar estudiaremos al derecho como objeto, en su
doble dimensión normativa y relacional. Finalmente, a partir de lo desarrollado, intentaremos
formular una primera visión elemental, pero integrada e integral de eso que llamamos
“derecho”. Visión integrada, para visualizar sus relaciones con los fenómenos que lo circundan
y comprenden, y visión integral, en busca de abarcar los distintos elementos que lo componen.
En cuarto lugar nos aproximaremos a los estudios del derecho y a la problemática de las
distintas disciplinas jurídicas, para detenernos en forma particular en lo que se conoce a la
dogmática jurídica y sus distintas ramas.
Resultado de imagen para firmar contratoSi bien las leyes y las normas en general constituyen
importantes herramientas para la construcción de lo social, ellas tienen que estar al servicio de
las personas, evitando o solucionando los conflictos de intereses que surjen entre ellas. El
derecho debe facilitar la conviviencia social, pacificándola, ordenándola y organizándola.
Resultado de imagen para convivencia ciudadanaEl derecho se crea y existe para regular,
encauzar y organizar una convivencia humana que se nos presenta compleja y conflictiva.
Existe inevitablemente una tensión permanente entre el medio social y el individuo. Ese medio
social se hace real en otra persona o grupo de personas que pretenden y reclaman conductas,
actitudes y cosas que interfieren con las de ese individuo.
La vida humana se da sólo en sociedad, la que cubre las necesidades y exigencias del hombre y
cumple un papel decisivo en la formación de su personalidad. El ser humano toma conciencia
de su individualidad en relación con los otros.
Los fenómenos jurídicos son modos de acontecer de la vida humana, éstos cotidianamente le
ocurren a la gente. El fenómeno jurídico se relaciona esencialmente con el conflicto de
intereses.[2] El conflicto de intereses constituye específicamente una situación de tensión
entre dos o más personas que, sobre un mismo objeto, mantienen posturas que resultan
incompatibles.
A veces, frente al conflicto de intereses, la sociedad permanece indiferente, dejando que éste
se resuelva en forma espontánea. Por ejemplo, respecto a una discusión entre novios, en
relación con el lugar donde van a salir esa noche. Vemos que frente a este conflicto la sociedad
no toma partido y la solución se deja librada a la espontaneidad de la vida social.
Cuando estos conflictos son trascendentes, cuando comprometen con mayor gravedad la
convivencia social, exigen una solución u ordenación. La sociedad entonces, puede tutelar o
privilegiar a alguno de los intereses en pugna. En estos casos la comunidad toma partido, por
tanto a través de distintas técnicas (entre ellas el derecho, la ley) e impone el triunfo de uno de
los intereses o un parcial o recíproco sacrificio de cada uno de ellos.
En definitiva y cualquiera sea el resultado, se establece una pauta objetiva con la intención de
poner fin al conflicto. Frente a los conflictos importantes, trascendentes hay una exigencia
social de solución. A tal fin podemos distinguir una necesidad primaria: el restablecimiento de
la paz; y una secundaria: que esa “pacificación” se realice a través de una solución aceptable
para ambas partes, logrando su “satisfacción”. Esto da origen al planteo y la existencia de las
vías de resolución de los conflictos.
En las formas de autocomposición son las partes, cada una de ellas individualmente, o en
forma conjunta, sin la intervención de una tercero, que hallan el modo de solucionar el
conflicto. Corresponde a este tipo de mecanismos la violencia - o fuerza - y la negociación -o
arreglo.
La violencia como forma de resolver conflictos implica imponer pretensiones y hacer valer
supuestos derechos a través de la fuerza. Esta vía no es la deseable, pero a veces se presenta
como el único camino posible de desactivar un conflicto y volver a la paz, que generalmente en
estos casos no es duradera, ya que no hay satisfacción de intereses, sino mera imposición de la
postura de unos sobre otros.
Esta forma de solución de conflictos se caracteriza por conseguir no sólo la pacificación, sino
también la satisfacción, al menos parcial, de ambas partes con la solución acordada. El pacto o
acuerdo reglamenta los intereses en pugna y requiere que lo acordado sea respetado en el
futuro[4].
Se denomina conciliación al acto administrativo o judicial que tiene por objeto evitar el pleito,
procurando que las partes se avengan o transijan sobre el asunto que le da motivo[5]. La
conciliación no tiene el carácter controversial del pleito, constituyendo una instancia
prejuridiccional, que busca a través de la intervención de un funcionario administrativo o
judicial (juez de conciliación, asesor de menores o de familia, funcionario del Ministerio de
Trabajo, etc.), evitar la judicialización del conflicto. Reviste las mismas características que la
mediación, ya que la función del tercero es sólo la de avenir, aconsejar, sugerir, exhortar, pero
no la de ofrecer una solución. Se diferencia de ésta por su carácter obligatorio, y porque el
tercero interviniente no es designado por las partes. Generalmente la conciliación se debe
producir antes del pleito, aunque si está prevista también, en algunos casos, cuando ya se ha
iniciado el proceso y se ha establecido el litigio, mientras no se haya dictado la sentencia. Es
común la conciliación obligatoria en ámbito laboral, y del fuero de menores y de familia. En la
conciliación judicial, el acuerdo celebrado entre las partes, una vez homologado, es decir
aprobado por el juez, resulta sustitutivo procesalmente a la sentencia, y produce el efecto de
cosa juzgada[6], y permite su ejecución.
También en el arbitraje, las partes acuerdan la intervención de un tercero, elegido por ellas,
pero que, en este caso, le otorgan facultades para resolver el conflicto, a través de un laudo,
obligándose a acatar sus decisiones. El arbitraje, como el proceso judicial, es adversarial y
adjudicativo. Sin embargo el árbitro carece de medios para hacer cumplir lo resuelto a las
partes. El arbitraje puede ser voluntario o forzoso. Es voluntario cuando surge de la libre
determinación de las partes. El arbitraje forzoso viene impuesto por una determinación legal,
como por ejemplo respecto a la fijación del precio, no estipulado previamente entre las partes,
en una locación de servicios[7], o en materia de comercio internacional o seguros. Las ventajas
del arbitraje respecto al proceso judicial radica en su origen privado, las partes tienen la
posibilidad de crear un arbitraje a la medida del caso, y de elegir la persona del árbitro.
También el arbitraje resulta más informal, confidencial, flexible y rápido que el proceso judicial
y puede tener menores costos[8]. El compromiso de someter la cuestión, según algunas
legislaciones, debe formalizarse a través de una escritura pública ante un escribano, o por acta
ante la autoridad judicial, cuando ya se hubiere iniciado el litigio. Se distingue también entre el
árbitro y el amigable componedor o arbitrador. En el primero, también llamado árbitro
jurídico, el tercero debe resolver conforme a las disposiciones legales, tanto en relación al
procedimiento cuanto al fondo de la cuestión. El amigable componedor, también denominado,
árbitro de equidad, no está sujeto a ellas[9]. La elección del árbitro puede ser libre, o bien la
designación puede recaer en algún organismo especializado (arbitraje institucionalizado). La
decisión del árbitro o amigable componedor se denomina “laudo”.
En el proceso jurisdiccional, la organización social asume la función de llevar a cabo una justa y
equitativa pacificación, mediante un conjunto de funcionarios designados con esa finalidad,
con anterioridad a la verificación concreta del conflicto. Esto es lo que se denomina el principio
del juez natural. Las partes no eligen al tercero que tiene facultad para dirimir el conflicto, sin
embargo sus decisiones son obligatorias. El juez tiene además facultades para hacer cumplir lo
decidido, aún por medio de la fuerza.
El derecho aparece entonces como conjunto de normas positivas que establece con cierto
rigor los criterios que los órganos encargados, deben seguir para resolver los conflictos de
intereses. Los seres humanos aspiran a la igualdad de trato, por ello es preciso que iguales
conflictos reciban iguales soluciones.
Estas soluciones deben estar fundadas en una serie de razones manifiestas, de carácter
general, para que aparezcan como legítimas no sólo ante los destinatarios directos, aun
cuando en algunos casos estos no estén conformes, y también frente a la totalidad del grupo
social.
Desde nuestro nacimiento nos integramos en la sociedad revestidos con una serie de atributos
o cualidades, que nos vienen dados por el derecho: nuestra condición de hijos, de miembro de
una familia, nuestro nombre y apellido, nuestro domicilio, nuestra capacidad para realizar o no
ciertos actos, y nuestra educación se encuentran minuciosamente regulados por el derecho.
También son las normas jurídicas las que reglamenta nuestra vida de relación, regulando
desde los aspectos personales, como el matrimonio, la paternidad y maternidad, hasta los
patrimoniales, como la propiedad, la posesión de bienes, su usufructo, etcétera. También
regula nuestras relaciones contractuales con los demás, tanto en nuestra vida civil como
comercial. Las normas jurídicas reglamentan, en fin, el destino de nuestros bienes y derechos
después de nuestra muerte, a través de la institución de la herencia y la sucesión.
Pero la sociedad no es una agrupación atomizada e inorgánica en la que todos los problemas
son sólo los que surgen de las relaciones intersubjetivas entre los miembros que la componen.
Las relaciones sociales se cristalizan en agrupamientos de distintos tipos regulados
jurídicamente, como son las sociedades civiles y comerciales, las asociaciones, las fundaciones,
los partidos políticos, los sindicatos, los centros vecinales, etc. El derecho regula la vida de
estas agrupaciones de individuos, en lo relativo a su constitución, reconocimiento,
organización, funcionamiento y disolución. La convivencia humana trae consigo también la
existencia de una organización superior que se halla por encima de las personas que lo
componen, y que hoy identificamos con el término “Estado”, que como organización política
es objeto de ordenación legal, a través de las normas constitucionales y del derecho público.
Pero el papel organizador del derecho no se agota en lo expresado hasta ahora, sino que se
extiende también a un ámbito todavía plagado de sinsabores y decepciones, pero donde se
han producido importantes avances, y que constituye una de las esperanzas de la humanidad:
las relaciones internacionales. Se busca a través del derecho de un orden entre los Estados,
que asegure una convivencia ordenada, justa y pacífica, que destierre la arbitrariedad del más
fuerte, y encause a la familia humana por vías de entendimiento y progreso común.
Resumiendo podemos afirmar que todos los aspectos de la convivencia social se hallan sujetos
al derecho, aún los más intrascendentes. El deporte, los espectáculos públicos, la calidad de los
productos, el tránsito de vehículos, la contaminación ambiental, la pertenencia a una
asociación cultural, a un club de barrio, y muchos otros actos de nuestra vida cotidiana están
en mayor o menor medida, regulados por normas jurídicas de distintos tipos y alcances, en
busca de ese mínimo de orden y organización necesarios para la convivencia social.
En relación del derecho como palabra realizaremos un doble análisis: en primer lugar nos
detendremos en el estudio de la etimología de las voces “derecho” y “jurídico”, para luego
detenernos en el desarrollo de las distintas acepciones con que es utilizada la palabra
“derecho”, identificando aquellos significados más relevantes para nuestros estudios.
Se denomina etimología al estudio del origen de las palabras, la evolución de sus formas y de
sus significados, con el propósito de establecer la relación entre su valor histórico y su
utilización actual[12]. Indica la procedencia de un vocablo, tanto en cuanto a su forma, como a
su razón de ser, a su significación inicial y, en muchos casos, actual.[13]
Si hacemos una breve comparación entre los diversos idiomas, nos encontramos con que la
voz “derecho” tiene una gran semejanza en muchas lenguas modernas. Por ejemplo, en
francés se dice droit, en italiano diritto, en portugués direito. En las lenguas anglosajonas la
situación no varía mucho: así, en inglés se dice right y en alemán recht.
Esas voces provienen todas del latín. En unos casos provienen del verbo “dirigere” y, en otros,
del verbo “regere”. El primero significa disponer, ordenar, dirigir, poner recto. El segundo, a su
vez, significa conducir, gobernar. Se advierte, pues, una gran similitud en ambos casos. La idea
predominante es la de “lo que se hace conforme a una regla, a una norma, a lo que es recto:
conforme a lo ordenado, lo dispuesto”. Algunos especialistas creen encontrar, para el idioma
español, en el vocablo “directum” o “derectum” (participio del verbo latino “dirigiere”) el
antecedente de nuestra voz “derecho”. Pero, sea cual sea la solución, la idea de rectitud es una
idea que está presente en la voz “derecho”.
Esta voz deriva del vocablo latino "ius", que significa vinculo, unión. No por casualidad se usa el
adjetivo "jurídico", para calificar a aquello que tiene algo que ver con el derecho, ya que éste
también implica la idea de vínculo.
El jurista italiano Carnelutti ha expresado que el derecho es como la línea recta que une a los
hombres en sociedad. Textualmente, nos dice: "¿No es la recta la línea que une dos puntos?
Los puntos son los hombres, que forman el pueblo; y la línea, precisamente, el vínculo, que los
tiene unidos en un sólo conjunto".
A partir de la etimología de los términos “derecho” y “jurídico”, podríamos decir que el
derecho es algo que rige o dirige las conductas de los hombres de una sociedad, creando
vínculos o relaciones entre ellos.
Como en el uso de las palabras "banco" y "aterrar" muchas otras palabras de la lengua
castellana tienen también diversos significados, que pueden estar más o menos relacionados
entre sí o, incluso, no tener conexión alguna. Así, por ejemplo la mencionada palabra "banco",
en su acepción de "institución crediticia" (como cuando decimos "Banco de la Provincia de
Córdoba"), está relacionada originariamente con la otra acepción de "mesa de trabajo", a raíz
de que los primeros banqueros efectuaban sus operaciones de cambio de moneda en bancos
de madera instalados en las ferias medievales. A su vez, las dos principales acepciones de la
palabra "aterrar" no tienen entre sí vinculación alguna; dicha palabra significa: en un caso,
"echar a tierra" (derribar) o “aterrizar” y en el otro, "causar terror". La palabra "derecho" es de
las que tienen diversos significados, relacionados entre sí, pero diferentes; y que antes que
nada debemos descubrirlos.
Sin embargo, de entre toda esta multiplicidad de acepciones de la palabra "derecho", existen
cuatro significados principales que nos interesan desde el punto de vista jurídico. En primer
lugar, significa "normatividad jurídica" (como en "derecho argentino"), o sea un sistema de
normas o reglas cuyo cumplimiento se puede exigir, incluso por la fuerza. En segundo término
significa "ciencia Jurídica" (como en "estudios del derecho") o sea un sistema de
conocimientos referido a dichas normas o reglas jurídicas. En tercer lugar, significa también
"facultad jurídica" (como en "derecho de transitar"), o sea el poder que tiene un persona para
hacer o exigir algo de otra, con la protección de la autoridad pública[14]. Y en cuarto término,
se usa asimismo, a veces y aunque no convenga hacerlo, porque produce confusiones, para
designar a un "impuesto, tasa o arancel" (como en "derecho de peaje"), o sea un valor
económico exigible obligatoriamente.
A partir del análisis de sus acepciones hemos ya adquirido una noción de lo que es el derecho
como objeto, estudiado por la ciencia jurídica, en sus dos aspectos: "normatividad jurídica" y
"facultad jurídica". Esta distinción efectuada va más allá de la mera diversidad de acepciones
de la palabra "derecho". Constituye una distinción técnica que permite profundizarlo y
conceptualizarlo con claridad como objeto de estudio de los juristas.
Desde otro punto de vista, podemos hablar del derecho subjetivo (derecho-facultad), ya que
de las normas jurídicas no sólo surgen deberes sino también derechos. Frente al deudor hay
siempre un acreedor. El primero debe pagar; el segundo, tiene el derecho de exigir el pago. En
el caso del art. 792 del Código Civil y Comercial, que hemos citado, si el deudor no cumplió en
tiempo, tiene la obligación (el deber) de pagar la multa o pena y el acreedor, a su vez, tiene la
facultad (derecho en sentido subjetivo) de exigir el pago de dicha pena o multa. La norma
contenida en el art. 959 o la del art. 654 del Código Civil y Comercial, constituyen - según
dijimos - derecho en sentido objetivo. La pretensión o facultad del acreedor para exigir el pago
es derecho subjetivo. Está en la persona, es del ciudadano (es su derecho), particular (de Juan,
Pedro o Diego). Aquél era, por el contrario, el derecho que está objetivado en la ley, en la
norma.
A modo de ejemplo vemos que cuando el acreedor Juan recurre a los Tribunales para exigir
que se le pague, ejerce su facultad (derecho subjetivo), pero invoca una norma legal (derecho
objetivo). Juan dirá al juez interviniente: Pedro no me ha pagado la deuda al vencimiento del
plazo otorgado. Por consiguiente, señor Juez, de conformidad a la norma jurídica que impone
la obligación de pagar - norma que invocó – “pido se condene a Pedro al pago de la deuda". Es
decir, al ejercer Juan la facultad que tiene como acreedor (derecho subjetivo) invoca la norma
legal (derecho objetivo).
Creemos que toda aproximación a este objeto “derecho”, debe ser realizada a través de una
visión integrada e integral de lo jurídico, que se logra a través de la presentación y el análisis
de sus múltiples dimensiones o aspectos.
En un primer momento, que denominamos “los fundamentos del derecho” se pretende que el
estudiante descubra al derecho integrado, inserto en el mundo del hombre y su conducta, de
la sociedad, de la cultura, del poder, del Estado y de los valores. Y en la búsqueda de esta
visión integrada, se analizan los cimientos o basamentos profundos sobre los cuales se
construye lo jurídico. Se distinguen tres clases de fundamentos: el medial, el material y el
motor. El fundamento medial hace referencia al medio o ámbito en el cual se da el derecho,
constituido por lo social y lo grupal. Los hombres interactúan y se relacionan entre ellos, y van
tejiendo la trama de lo social. A partir de esas relaciones, se construyen los distintos
agrupamientos o grupos en la sociedad. Este fundamento vincula al derecho con la sociedad y
el Estado. La materia con la cual trabaja el derecho, su fundamento material, es el hombre y su
conducta. El derecho regula la conducta del hombre, en cuanto actividad libre y conducida,
orientada a fines. Finalmente el fundamento motor hace referencia al poder y a los valores en
cuanto ponen en movimiento al derecho. De algún modo podríamos decir que lo jurídico en la
sociedad se mueve empujado por el poder y atraído por los valores.
Para obtener una visión integral del derecho, éste puede y debe ser examinado desde distintas
perspectivas: como norma, como ordenamiento, como actividad y como relación.
El primer punto de vista nos presenta al derecho, ante todo, como una norma de
comportamiento, algo que regula ciertas conductas del hombre en la sociedad, para ordenar la
vida social y evitar o solucionar los conflictos de intereses que en ella se presentan. Sin
embargo, lo característico de las normas jurídicas, en las sociedades desarrolladas, es ser
normas institucionalizadas, es decir que son creadas por órganos especializados (órganos
legislativos), para luego ser aplicadas y ejecutadas a través de otros órganos también
especializados (órganos ejecutivos y judiciales).
Lumia señala que el derecho aparece "cuando un sistema social ha alcanzado elevados niveles
de especialización interna de las funciones asignadas a los componentes del grupo y se otorga
una adecuada organización para la instauración y el mantenimiento de un cierto orden".[16]
En este sentido, el derecho, el fenómeno jurídico aparece como un ordenamiento, como una
institución, que cumple determinadas funciones en la sociedad.
Una de las funciones propias del derecho es la de crear y regular relaciones intersubjetivas. Las
normas jurídicas son bilaterales ya que de ellas se desprenden correlativamente derechos o
facultades para un sujeto y deberes u obligaciones para otro, estableciendo entre ellos una
relación jurídica.
Por último el derecho, compuesto por normas, que integran un ordenamiento, y crean y/o
regulan relaciones intersubjetivas, supone una serie de actividades que se dan en el seno de la
sociedad, realizadas por órganos especializados como son la creación, la interpretación, la
sistematización, la aplicación y la ejecución de normas jurídicas. El derecho como actividad es
la última perspectiva de lo jurídico que abordaremos.
Estos cuatro elementos: el derecho como norma, el derecho como ordenamiento, el derecho
como relación y el derecho como actividad- no son incompatibles, ni se excluyen entre sí, sino
que se completan y complementan, por lo que deben reunirse o unirse en un abordaje común
para lograr una visión integral del fenómeno jurídico. (VILLAGRA, Ángel E.: “Elementos para
una Introducción al derecho” Advocatus. Córdoba. 2002).
Ahora analizaremos las distintas disciplinas que estudian al derecho como objeto y que
proporcionan los fundamentos de la carrera de abogacía en las distintas universidades.
Todos tenemos conocimientos sobre las cosas, por ejemplo, sabemos que el sol sale por el
este y se pone por el oeste, o que el té de tilo tiene propiedades sedativas para las personas.
Sin embargo esos conocimientos son de distinta naturaleza de los que pueden tener sobre
esos mismos hechos un astrónomo o un médico. A los conocimientos de estos últimos se los
califica como “científicos”.
La palabra “ciencia” deriva del vocablo latino “ciencia” que en sentido amplio significa
conocimiento, práctica, doctrina, erudición. En ésta su acepción más general, “ciencia” es
sinónimo de saber. En un sentido más acotado equivale a “disciplina”, es decir a un conjunto
de conocimientos sistematizados sobre una materia.
La ciencia como actividad es reflexiva o racional y metódica. Racional porque exige el uso de la
razón y de una serie de elementos básicos, como conceptos, hipótesis, definiciones, etc. Es
metódico porque es un conocer planificado de antemano, que va siendo controlando mientras
se lo realiza y que está sujeto a la posterior comprobación. Las experiencias o los
razonamientos a través de los cuales se conoce son conducidos, controlados y comprobables.
El conocer vulgar, en cambio, es un conocer empírico, basado en las vivencias o experiencias
cotidianas y en el sentido común; un saber no reflexivo, que surge de la vivencia personal del
sujeto que lo tiene.
Una segunda característica del conocer científico es su causalidad: busca las causas de los
fenómenos. No es un conocer superficial como el vulgar, que sabe sin preguntarse por qué,
sino que es un conocer profundo, que pretende buscar las causas, para explicar los efectos.
Y por ser un conocimiento estructurante, su resultado es sistemático, o sea que cada nuevo
conocimiento se integra en un sistema, que tiene un orden interno lógicamente coherente. Los
conocimientos vulgares, por el contrario, son inciertos, o mejor ciertos subjetivamente,
superficiales y aislados o disociados.
En el párrafo anterior hemos señalado que “ciencia” es un conocer reflexivo, metódico, causal
y estructurante, que produce conocimientos con pretensión de validez universal; fundados, o
sea afirmados en otros conocimientos; y sistematizados.
Existe una gran diversidad de disciplinas o ciencias que tienen al derecho, o a algunos de sus
aspectos, como objeto, y en este sentido muy amplio podría hablarse de la existencia de una
multiplicidad de disciplinas, saberes o ciencias jurídicas. Esta pluralidad de perspectivas surge
también de la complejidad del derecho como objeto, que requiere de enfoques
multidisciplinarios e interdisciplinarios en su estudio. El campo del derecho puede, y debe, ser
abordado o interpelado de diversos modos: diacrónico (histórico), o sincrónico (estático), o
desde la óptica filosófica (filosofía jurídica), jurídica (dogmática jurídica, teoría general del
derecho), política (política jurídica), sociológica (sociología del derecho), antropológica
(antropología jurídica), económica (análisis económico del derecho), psicológico (psicología
jurídica).[18]
En un sentido más estricto, como veremos, se denomina ciencia jurídica a aquella disciplina
que trata de conocer lo jurídico desde un punto de vista normativo, es decir, que tiene por
finalidad la descripción del aspecto normativo del derecho.[19]
En una primera aproximación, el derecho como ciencia es aquel saber que trata de describir el
derecho positivo de una determinada sociedad. Las actividades que realiza el jurista o
científico del derecho son la interpretación, la integración y la sistematización de un
ordenamiento jurídico determinado, para contribuir a su correcta aplicación. Interpretar es
desentrañar el sentido y alcance de una norma. El sentido de una norma, es lo que manda, por
qué y para qué lo hace. El alcance es a quien se manda. El modo de determinar a quién se
manda se puede dar de muchas formas. Se puede decir todos los que habitan en tal lugar; un
modo espacial de determinarlo. Se puede decir: todos los que se encuentran en tal situación,
todos los que mataron, todos los que saquearon; todos los que están en esa situación. Se
puede decir: el de tal y tal época, y estamos haciendo una determinación de tipo temporal.
Aunque la determinación sea espacial, de situación o temporal, en definitiva, en último
término, lo que la ley o norma jurídica pretende determinar es la persona a la cual afecta; lo
que está mandando, y a quién lo está mandando. Integrar consiste en completar, llenar las
lagunas de ese ordenamiento; completar los vacíos que puedan existir dentro del
ordenamiento. Puede ocurrir que en el ordenamiento haya situaciones no previstas en él; hace
falta entonces, completarlas. Sistematizar es ordenar de acuerdo a ciertos criterios lógicos los
conocimientos sobre las normas jurídicas, uno de cuyos productos son las distintas ramas del
derecho. Estas tres actividades que realiza el jurista tienen como fin contribuir a la aplicación
del derecho, actividad que consiste en la individualización de las normas generales y típicas
para el caso concreto y singular. Con el caso concreto lo que hace el aplicador es resolverlo.
Por lo tanto, aplicar el derecho es resolver casos concretos, utilizando normas típicas. Los casos
concretos son individuales y concretos, y las normas son generales y típicas; por lo tanto lo que
hay que hacer es resolver los casos concretos a través de la individualización de la ley, que es
norma general y típica.[22]
Resultado de imagen para ciencia juridicaEl carácter científico de la ciencia jurídica dogmática
ha resultado, y resulta aún hoy, problemático. Un primer obstáculo lo constituyen la
ambigüedad, vaguedad y fuerza emotiva de la expresión “ciencia jurídica”. Otro viene dado por
la pluralidad de concepciones existentes provenientes de las distintas escuelas jurídicas, cada
una con objetos y problemas distintos. Otra dificultad resulta de las críticas formuladas contra
la cientificidad de la ciencia jurídica, lo que ha generado un gasto importante de energía de los
juristas para defender su status científico, en detrimento de la profundización y desarrollo de
sus propios conocimientos[23].
La ciencia jurídica moderna nace en el Siglo XIX a partir de la Escuela de la Exégesis, en Francia,
de la Escuela Histórica, en Alemania, y de la Escuela Analítica, en Inglaterra que, cada una con
sus propias características, han sentado los fundamentos sobre los cuales la ciencia del
derecho se ha desarrollado hasta la actualidad. Estas tres escuelas difieren entre sí en muchos
aspectos, pero tienen también un punto central en común: su objeto es el derecho positivo, es
decir el derecho creado, el derecho “puesto” para regir en un determinado país y momento
histórico.
La dogmática jurídica, a través de sus distintas ramas, cumple tres tipos de funciones sociales:
una cognoscitiva, otra prescriptiva, y en tercer lugar, una función ideológica.
Finalmente la dogmática jurídica cumple una función ideológica porque intenta ocultar ese
carácter prescriptivo. Pero no sólo es ideológica en este sentido, también lo es, porque
desempeña la labor de defender algunos valores socialmente importantes, como la seguridad
jurídica. La dogmática se opone a la inseguridad que crea la ambigüedad del lenguaje del
legislador, construyendo criterios racionales integrados en una teoría para la resolución de los
casos dudosos. La seguridad ofrecida por el saber jurídico dogmático no es una seguridad
literal, sino racional, ya que permite apartarse del texto de la norma, para que sus resultados
sean más justos, equitativos y eficientes.[26]
Las ramas del derecho como contenido de los estudios de la carrera de abogacía
1. La sistematización del derecho como actividad de la ciencia jurídica: las ramas del derecho
Resultado de imagen para arbol vector El derecho como ordenamiento que rige la convivencia
entre los miembros de una determinada sociedad, constituye una estructura o totalidad de
normas de distintos tipos y contenidos, relacionadas e interdependientes. No obstante
presentársenos como una unidad, como un único árbol, observamos que de su tronco común
se desprenden una pluralidad de ramas, constituidas por grupos o conjuntos de normas
jurídicas – sus hojas -, siguiendo el parangón - que por referirse a un sector individualizado de
la vida social, y por fundarse en principios comunes que le dan unidad y coherencia interna,
dan lugar a las llamadas “ramas del derecho”[27].
La expresión “rama del derecho”, igual que la palabra “derecho”, puede ser entendida como
“objeto” y como “ciencia”. Como objeto “rama del derecho” designa el conjunto de normas
que regulan un determinado sector de la vida social, y como ciencia, nombra al estudio de esas
normas.
En el módulo anterior hemos visto que la ciencia jurídica en sentido estricto, también llamada
“dogmática jurídica”, desarrolla tres actividades en su tarea de conocer el derecho: la
interpretación, la integración y la sistematización de los materiales normativos para contribuir
a su correcta aplicación. Hemos definido a la sistematización del derecho como la tarea de
ordenar y clasificar a los materiales normativos conforme a criterios racionales y lógicos.
Producto de esta tarea de sistematización de las normas jurídicas es la división del derecho en
ramas o disciplinas jurídicas particulares.
De autonomía, que no significa independencia de una rama del derecho, podemos hablar en
tres sentidos: científico y didáctico, jurídico y legislativo[29] . El primero se da cuando el
estudio de una rama puede constituirse en una materia especial de investigación y de
enseñanza. Con autonomía jurídica se denomina al hecho de que las normas que regulan un
sector determinado de la vida social, presenten rasgos peculiares y principios distintivos y,
finalmente, con autonomía legislativa se hace referencia a la existencia para dicha materia, de
un cuerpo de normas separado, es decir de un código o grupos de normas diferenciado que la
regulen.[30] No siempre estos tres sentidos de autonomía pueden predicarse de todas las
ramas que regulan un determinado sector de la realidad, si bien normalmente la autonomía
jurídica de una rama, termina imponiendo su autonomía en el ámbito legislativo, científico y
didáctico. Sin embargo, esta autonomía de las distintas ramas del derecho es siempre relativa
porque todas presentan un objeto, es decir el conjunto de normas, y los métodos jurídicos
utilizados para estudiarlas, son sustancialmente uniformes, y también porque la influencia y la
interrelación en la doctrina y en práctica jurídica es habitual e inevitable.[31] Hoy existe una
tendencia, no aconsejable, a la creación de nuevas ramas con la consiguiente parcelización y
fragmentación del derecho.
A su vez, dentro de cada rama del derecho encontramos conjuntos de normas creadas para
regular la satisfacción de ciertos intereses públicos o privados. En este sentido se denomina
institución a cada una de las materias reguladas por una determinada rama del derecho. Por
ejemplo dentro del derecho civil encontramos la institución de la familia, de la patria potestad,
del contrato de compraventa, de la propiedad, de las sucesiones, etcétera.
Existen distintos criterios para sistematizar los materiales normativos que integran el derecho.
Entre ellos se destacan tradicionalmente las distinciones entre: a) derecho nacional y derecho
internacional, b) derecho público y derecho privado, y c) derecho sustantivo o de fondo y
derecho adjetivo o de forma.
Según el ámbito espacial de validez de las normas jurídicas podemos dividir al derecho en
derecho nacional e internacional. A ambos se los clasifica a su vez en público y privado.
Se denomina derecho nacional al que regula las conductas de los integrantes de una
comunidad política o país, dentro de los límites de su territorio. Así podemos hablar de
derecho argentino, derecho uruguayo, derecho español, etcétera.
El derecho internacional público es el que regula las relaciones de los Estados entre sí, y con las
organizaciones internacionales como las Naciones Unidas, o la Organización de Estados
Americanos. El derecho internacional privado es el que prescribe cuál será la norma aplicable a
las personas en tanto y en cuanto se trasladan o constituyan relaciones jurídicas que pueden
estar regidas por más de una norma con diferente ámbito espacial de validez, por pertenecer a
ordenamientos jurídicos de distintos países.
Una rama especial del derecho internacional la constituye hoy el llamado derecho
comunitario, o derecho de la integración, que surge a partir de los fenómenos de integración
económica o política entre grupos de países, generalmente pertenecientes a una misma región
geográfica. Ejemplos son las normas de la Unión Europea, y del Mercosur.
Se destacan entre los numerosos criterios históricos de distinción del derecho público y el
derecho privado los siguientes: a) "por razón de la utilidad o del interés” (utilidad o interés
social o particular), por razón de la naturaleza (según normas de organización o de
comportamiento), por razón del sujeto (intervención de un órgano público o sólo la
intervención de particulares), principio de regulación (principio de comunidad o de
individualización), de la tutela (defensa de oficio o de la iniciativa privada), de la
patrimonialidad (según contengan derechos económicos o no económicos), de la coacción
(según sean normas taxativas o dispositivas), según la posición de los sujetos de la relación
jurídica (relación de supra a subordinación o de coordinación)". Ninguno de estos criterios es
absolutamente satisfactorio para fundamentar la tradicional distinción entre normas de
derecho público y normas de derecho privado. Y de algún modo son complementarios.[32]
Más allá del criterio que se adopte para fundamentar la distinción, no debemos perder de vista
que ésta tiene un carácter metodológico, y se justifica en función de la utilidad que pueda
brindar para comprender o analizar al derecho. Esta sistematización que la doctrina realiza no
debe confundirse con la que pueda realizar el legislador al atribuir a ciertas normas el carácter
de normas de orden público o de orden privado, que constituye un criterio de diferenciación
de normas basada en la autonomía de la voluntad de sus destinatarios. En las normas de orden
público son aquellas dirigidas a proteger intereses de una particular importancia y que por lo
tanto están sustraídas del acuerdo de voluntad contrario entre los particulares involucrados.
Por ejemplo aunque si ambos contrayentes estuvieren de acuerdo en contraer matrimonio
sólo conforme a los ritos y formas de su religión, dicho matrimonio, en el estado actual de la
cuestión, no sería válido para el derecho, porque las normas que regulan el matrimonio son de
orden público, y no pueden ser derogadas por sus destinatarios. Las normas de orden privado
son aquellas que pueden ser dejadas de lado a partir de la voluntad conforme de los
particulares involucrados en la relación jurídica. Por ejemplo, y en este sentido, la norma que
regula la compraventa mercantil, estableciendo que el vendedor debe poner la cosa vendida a
disposición del comprador dentro de las veinticuatro horas de celebrado el contrato,[33] es de
orden privado, ya que los particulares pueden apartarse de sus preceptos, estableciendo en el
contrato otro momento para la entrega de la cosa vendida. Este artículo cumple una función
supletoria a la voluntad de sus destinatarios. Sólo se aplica cuando los particulares no han
regulado este aspecto de la compraventa. Tanto en las ramas del derecho público como en las
ramas del derecho privado encontramos normas a las cuales el legislador le ha atribuido el
carácter de normas de orden público.
La clasificación de las ramas del derecho según los criterios tradicionales es la siguiente:
Sin embargo existen autores que introducen una nueva categoría de ramas del derecho para
ubicar aquellas que se encuentran en una situación de algún modo intermedia entre el
derecho público y el derecho privado. A esta categoría se la denomina derecho social, donde
ubican al derecho del trabajo y la seguridad social, y al derecho ambiental,[34] entre otras.
[1] En este punto y los siguientes ha sido extractados del capítulo 1 del libro “Introducción al
Derecho. Los fundamentos del derecho´”, que hemos escrito en forma conjunta con Daniel
Barrionuevo, introduciéndoles algunas modificaciones y ampliaciones.
[2] DIEZ PICASO, Luis: "Experiencias jurídicas y teoría del derecho”. Ariel. Madrid. 1973
[4] PADILLA, Roberto E. Y CAIVANO, Roque J.: “Abogacía moderna vs. abogacía tradicional. Los
sistemas alternativos de solución de disputas como forma de ser más eficientes”. En La Ley.
Año LVIII, nº 201. Buenos Aires. 20/10/84, p 2.
[5] GARRONE, José Alberto: “Diccionario Manual Jurídico”. AbeledoPerrot. Buenos Aires. 1994,
p 200 y 2001. Voces Conciliación y Conciliación laboral.
[6] ARRIBALZAGA, Martín: “Diccionario jurídico jurisprudencial”. Depalma. Buenos Aires. 2000,
p 93.
[10] Los contenidos siguen lo desarrollado por Ricardo de AngelYagüez, en su libro “Una teoría
del derecho”. Ed. Civitas. Madrid. 1995, p 36 a 41.-
[11] Se denomina control social punitivo, a aquellas formas de influir , de provocar cambios en
la conducta de otros, a través de castigos.
[14] Nino señala alrededor de la acepción del derecho como facultad (derecho subjetivo) las
siguientes subacepciones: a) como “no prohibido”, como “algo autorizado”, como correlato de
una obligación activa, como correlato de una obligación pasiva, como acción procesal, como
derecho político, como pretensión, como privilegio, como inmunidad, como potestad.
Profundizaremos estos significados cuando estudiemos la noción de derecho subjetivo, en la
asignatura “Introducción al derecho”.
[15] VILLAGRA, Angel E.: “Elementos para una Introducción al derecho” Advocatus. Córdoba.
2002
[16] LUMIA, G. : “Principios de teoría e ideología del derecho”. Editorial Debata. Madrid. 1973.
[17] LISTA, Carlos: “Los paradigmas del análisis sociológico”. Facultad de Derecho y Ciencias
Sociales; Universidad Nacional de Córdoba. Córdoba. Argentina. 2000, p 5.
[18] PATTARO, Enrico: “Filosofía del derecho. Derecho. Ciencia jurídica”. Reus. Madrid. 1980, p
13.
[22] BARRACO AGUIRRE, Rodolfo: “Lecciones de Introducción del Derecho. II. Editorial
Advocatus. 1989, p 17.-
[24] NINO, Carlos: “Introducción al análisis del derecho”. Astrea. 2da edición. Buenos Aires,
1984, p 342-343.
[25] CALSAMIGLIA, Alberto: “Introducción a la ciencia jurídica”. Ariel derecho. Barcelona. 1986,
p 130.
[29] RICHARD, Efraín: “Derecho Comercial I”. Facultad de Ciencias Económicas (Universidad
Nacional de Córdoba. Córdoba. 1977, p 14.-
[30] FONTANARROSA, Rodolfo: “Derecho comercial argentino”. Zavalía. Bs. As., p 28.
[31] LATORRE, Ángel: “Introducción al derecho”. P
[34] ALVAREZ LEDESMA, Mario: “Introducción al derecho”. McGraw-Hill. México. 1996, p 140
Modulo 2
INTRODUCCION
El fundamento medial hace referencia al medio, no entendido como instrumento, sino como el
ámbito en el cual se da el derecho. El ámbito en el cual vamos a encontrar el derecho es lo
social y lo grupal. Los hombres interactúan, construyen relaciones entre ellos, con las cuales
van tejiendo la trama de lo social. A partir de estas relaciones los hombres se van agrupando
para lograr ciertos fines y así nacen los distintos grupos en la sociedad.
Desde el mundo primitivo donde el hombre se concibe como parte de una unidad que lo
enlaza con todo lo viviente, en una gran democracia de todo lo existente, pasando por la
cultura griega, donde aparece la razón como algo específico y propio que lo diferencia del
resto de la naturaleza, y el cristianismo, donde aparece la idea de Dios que se hace hombre y el
hombre como hijo de Dios, se llega a la Modernidad, donde el hombre, cada hombre es un
pequeño Dios.
En este camino de una creciente toma de conciencia del hombre de sí mismo podemos
distinguir, siguiendo a Max Scheler, tres ideas clásicas: la concepción judeocristiana, la
concepción del homo sapiens y la concepción del homo faber.
a) El hombre ha sido creado, en cuerpo y alma, por un Dios personal, que lo ha hecho a su
imagen y semejanza.
b) Todos los hombres descienden de una pareja primitiva, que se hallaba en un estado original
paradisíaco, donde todo les era dado.
c) Dios entrega al hombre el dominio de todos los seres de la naturaleza, y por ello, el ser
humano ocupa un lugar privilegiado en la creación.
d) El hombre peca, y con el pecado se produce su caída, perdiendo el paraíso y con él, la
inmortalidad.
f) A imagen del Dios, Uno y Trino de los cristianos, tres Personas, el Padre, el Hijo, Jesucristo y
el Espíritu Santo, y un único Dios, el hombre es un ser personal y social. Todos los hombres y
cada uno de ellos, son personas, es decir seres únicos e irrepetibles. El hombre es un ser
personal, es decir un ser único e irrepetible, reflejo de la Trinidad de Dios, está llamado a ser
Uno, es decir sociedad, humanidad. La socialidad del hombre es expresión de la unidad del
Dios de los cristianos.
g) La idea del hombre, como pecador, es decir ser libre, que puede violar la ley que le es
impuesta por Dios, fundamenta la posibilidad del derecho, ya que si no tuviera posibilidad de
pecar, no tendría razón de ser la regulación de su conducta.
h) El hombre perfecto para esta concepción judeo cristiana, es el santo, es decir el que cumple
con las normas que Dios le impone, que no peca.
La concepción del homo sapiens es la idea que surge en la Grecia Antigua, que abre una brecha
entre el hombre y la animalidad.
El ser humano tiene un agente específico, la razón, que lo va a diferenciar esencialmente del
resto de los seres de la creación. Esta facultad le permite al hombre conocer a la divinidad, al
mundo y a sí mismo, dar sentido y contenido moral a su obrar, y transformar la naturaleza,
produciendo artefactos, mediante la técnica.
La razón humana para los griegos participa de la razón divina que posee la fuerza de las ideas y
que ordena en forma constante el mundo.
Esta idea clásica se difunde en la filosofía occidental, desde Sócrates hasta Hegel, incluyendo a
pensadores como Platón, Aristóteles, Descartes y Kant.
En todos los seres vivos, y el hombre es uno de ellos, actúan las mismas fuerzas y leyes, sólo
que en el ser humano las consecuencias son más complejas. El hombre es primer término un
ser instintivo, un ser vivo especialmente desarrollado.
Todo el espíritu, para estas teorías, ha de comprenderse por los instintos y sensaciones. La
razón, la voluntad, los valores, el amor, la cultura representan una evolución y perfección de la
inteligencia técnica que ya encontramos en los animales superiores, y que tiene por fin la
satisfacción de los mismos instintos fundamentales.
Y a cada una de estas formas de concebirse el hombre a sí mismo le corresponde una forma de
concebir la historia humana y el derecho.
El estudio del hombre se enriquece, al igual que el análisis del derecho y de las demás
realidades que integran el universo, si es realizado de un modo integrado dentro de la realidad
total e integrando a su vez todas las partes que constituyen cada una de esas realidades en
particular. Debemos efectuar una doble integración: hacia lo externo y hacia lo interno. La
integración hacia lo externo, hacia fuera, incluye las relaciones del hombre con el resto de la
realidad; la integración hacia lo interno, hacia adentro, comprende sus diversas partes o
aspectos. Todo se presenta como una parte de un todo mayor y que todo se presenta como
una serie de partes menores.
Si queremos obtener una visión integral del hombre, debemos analizarlo desde un perspectiva
multidimensional, es decir abarcando sus múltiples dimensiones. En esta modalidad de
análisis, encontramos el ser humano las siguientes dimensiones: la biológica, la intelectiva, la
conductiva, la personal, la ética, la social, la cultural y la histórica.
El hombre es un ser biológico es decir un ser vivo[2], que se manifiesta como unidad
consciente de todo lo que existe en el universo[3]. Esta unidad constitutiva del hombre está
integrada, por tres elementos: la personalidad, la psiquis y el cuerpo. La psiquis como sistema
de instrumentos naturales, es la que hace posible el operar interior, es decir el actuar del
hombre que se realiza en el mundo interno y que produce instrumentos culturales interiores,
como son los pensamientos, las decisiones, etc. El cuerpo humano como sistema de
instrumentos naturales, posibilita el operar exterior, la actuación en el mundo externo, y la
producción de instrumentos culturales exteriores, como un martillo, una computadora,
etcétera[4].
El hombre funciona como unidad de vida intelectiva, sensitiva y vegetativa[5]. De este modo,
en cada hombre está presente todo el universo, la materia inerte, con sus átomos y
moléculas[6], la materia viva con sus células, con su funcionamiento vegetativo, también está
presente la vida sensitiva, la vida animal y la vida intelectiva. Cada uno de nosotros se presenta
como una unidad, en la cual los diversos aspectos están presentes y nosotros tenemos
conciencia de ello[7]. Esta conciencia de nuestra propia naturaleza es algo propio y particular
del hombre y que nos va a diferenciar del resto de los seres vivos.
Los animales también tienen inteligencia, incluso inteligencia práctica. Pueden utilizar un palo
para atraer una banana que se encuentra fuera de su jaula, pero el problema es saber si
piensa. El animal puede poseer inteligencia práctica pero no piensa en el sentido de la
formulación de ideas o conceptos y a partir de éstas elaborar juicios o razonamientos. Los
animales desarrollan su inteligencia práctica a partir de imágenes, que se encuentran en el
campo de lo sensitivo, no de lo intelectivo, que vinculan y asocian. Los animales no tienen
conceptos, ni juicios, ni razonamientos, sólo imágenes, representaciones sensibles,
percepciones y sus vinculaciones[9].
Detrás de la conducta del hombre, que como veremos es la actividad que lo va distinguir de los
otros seres vivos, hay una capacidad de conducción, que siguiendo a Barraco Aguirre,
designamos como personalidad[10]. La personalidad es un yo que conduce, un yo en un
sentido subjetivo, un yo sujeto[11]. Es capacidad operativa, capacidad de operar[12]. La
capacidad de conducción es inicialmente una mera potencialidad que va desarrollándose a lo
largo de su vida. Esta capacidad de conducción es desarrollable, perfectible y actualizable[13].
El hombre actúa siendo dueño de sus propios actos. Puede actuar y actúa, es decir que tiene
en el primer caso una actuación potencial y el segundo una actuación actual.
La conducta humana se nos presenta como concatenación de fines y medios. El hombre decide
el fin y luego el medio para lograrlo; para luego ejecutar ese medio para realizar dicho fin.
El fin es siempre un efecto querido, buscado por el sujeto con su conducta. La conducta, es una
las causas que producen un determinado resultado. El hombre continuamente decide sobre
fines y medios. El hombre con su actuación produce resultados.
Las relaciones entre fines y medios son relaciones de causalidad, que se dan entre actos
sucesivos, es decir en una visión dinámica de la realidad, como concatenación de sucesivas
unidades procesales o sucesos. Producido un hecho, la causa, esta produce otro hecho el
efecto o consecuencia. Dada una determinada causa se va a dar un efecto. Si queremos ese
efecto debemos poner la causa.
La conducta es el medio para el logro de los fines propuestos por el sujeto de la acción. Se
distinguimos también respecto a las conductas, como para los fines, entre conductas debidas y
conductas producidas. Las conductas debidas, que pertenecen al campo del deber ser, pueden
ser clasificadas en conductas exigidas y conductas decididas. La conducta exigida, lo es en
función de los fines. La conducta exigida en función del fin exigido por la situación o la
naturaleza de las cosas, es una conducta éticamente exigida. La conducta exigida en función
del fin decidido por el sujeto que realiza la acción, es una conducta exigida técnicamente.
Entre las conductas producidas, que pertenecen al campo del ser, podemos distinguir entre
conductas en ejecución y conducta ejecutada. La conducta en ejecución es la realizada
mientras el acto se está realizando. La conducta ejecutada es la que obtenemos cuando el acto
ya se realizó.
d. El hombre como ser que utiliza herramientas.
El hombre es un ser que fabrica y utiliza herramientas como medios para el logro de sus fines
propuestos. Sin embargo el hombre no sólo fabrica productos que luego utiliza como
instrumentos, sino que nace ya con instrumentos potenciales, como la inteligencia, la mano,
etcétera[15].
El hombre trabaja el material que le provee la naturaleza no sólo directamente, sino también a
través de herramientas que el mismo ha creado. Al actuar el hombre pone en movimiento una
cadena instrumental. Por ejemplo entre mi conducción y la mano como instrumento hay
muchos instrumentos intermedios concatenados[16].
Podemos distinguir entre instrumentos interiores y exteriores. Los instrumentos interiores son
la capacidad cognoscitiva, y componen nuestra interioridad. Los instrumentos exteriores son
los que nos permiten operar hacia fuera y conforman nuestra exterioridad. A su vez los
instrumentos exteriores pueden ser pasivos - los sentidos -, que nos permiten impresionarnos,
y activos –las manos, que nos permiten expresarnos.[18]
Por esto, la conciencia moral constituye otra de las dimensiones fundamentales del hombre,
ya que le permite elaborar un juicio moral sobre su conducta. La conciencia moral, a partir de
la cual se genera la aprobación de las conductas del hombre, presenta dos aspectos: es
conocimiento y es acto. La conciencia moral como conocimiento le permite intuir los principios
morales generales, - el bien, la justicia, etc. Estos principios generales son aplicados a cada
situación en particular a través de la conciencia moral como acto, que funciona antes del
actuar, iluminándolo, y luego de la conducta, aprobando o no lo realizado[20].
Otro elemento importante a tener en cuenta en el análisis de la actuar del hombre, y que
introduce una perspectiva teleológica, es el concepto de fines existenciales, entendidos, no
desde la subjetividad de cada hombre, como propósitos y decisiones respecto a su vida, sino
como “fines objetivos, a los que el hombre tiende por naturaleza”[21]. Son objetivos porque se
fundamentan en datos de la experiencia humana y tienen en cuenta el mundo en que nace y
vive el hombre.
El hombre, a través de su existencia, por naturaleza tiende a realizar los siguientes fines: “la
conservación y generación de la vida; el perfeccionamiento físico, espiritual y religioso y la
participación en el bien común general”[22].
La realización de estos fines existenciales del hombre requiere de un orden que los facilite e
impulse. Este orden viene dado por el derecho. El hombre conoce a través de su razón y su
conciencia moral, los primeros principios jurídicos generales necesarios para ordenar su
convivencia. Estos principios constituyen obligaciones morales y jurídicas que el hombre debe
respetar, en su vida personal y social[23].
f. El hombre como ser personal
Como ya hemos observado, el hombre se ha ido forjando distintas ideas sobre sí mismo[24],
en un proceso que se caracteriza por orientarse hacia una creciente exaltación de su calidad
única dentro del universo conocido, en virtud de las notas que lo caracterizan. Todo ello no
permite afirmar que el hombre no está predeterminado, sino que posee capacidad de crear,
modificar y aun destruir su propia vida, y que ocupa dentro del mundo, un lugar especial,
absoluta e incomparablemente superior a cualquier otro ser material[25].
A partir de ello, se atribuye al hombre esta calidad especial, única, que lo distingue de todos
los demás seres vivientes, que es su “ser persona”, y se afirma que todos y cada uno de los
hombres son personas. Cuando hablamos de persona, en sentido filosófico nos referimos a ese
ser individual, único e irrepetible en la historia que somos cada uno de nosotros[26]. La noción
de persona connota la de totalidad o individualidad. La persona es un universo en sí, un
microcosmos, que puede darse por entero por amor a otros seres que son para él lo que él es
para ellos, relación cuya equivalencia es imposible encontrar en el mundo físico.
El concepto del hombre como persona depende no sólo de la idea de hombre a la cual se
adhiera, sino también de los modelos de sociedad que se adopten, que en general se definen
en función del tipo de relación que se concibe entre individuo y sociedad.
El hombre como persona, constituye el sujeto activo de los llamados derechos humanos.
Diversos datos de la experiencia fundamentan este carácter social del hombre: su dependencia
prolongada de un núcleo familiar para su constitución física y espiritual, el lenguaje, como
medio de comunicación y de expresión con los demás, la necesidad de la sociedad para el
desarrollo pleno de todas sus potencialidades en el campo del arte, de la ciencia, y en la esfera
religiosa, moral y jurídica[27].
Este carácter social del hombre puede ser analizado desde una doble perspectiva: por una
parte podemos observar que el hombre depende de la sociedad para realizarse plenamente, y
desde otro punto de vista, como la sociedad depende de la voluntad y de la libertad humana
que la construyen y la desarrollan[28].
El hombre tiene un modo particular de relacionarse con el mundo que lo rodea: la realidad
natural que percibe a través de sus sentidos y la realidad inteligible de las ideas y creaciones
humanas, realidad cultural que es también captada por los sentidos. El mundo sensible y el
mundo inteligible constituyen un todo unitario, a partir de la existencia del hombre que los
distingue, les da sentido y los complementa.
La relación del hombre con el mundo no es pasiva, ya que no se limita a recibir influencias, sino
que debe crearlo para satisfacer sus aspiraciones. Las creaciones del hombre expresan su
experiencia personal y su interioridad, y constituyen la cultura.
En el hombre la conducta es dinámica y constituye un proceso; los objetos que son productos
de la actividad conducida del hombre son objetos culturales estáticos: productos.
La cultura, consiste en las soluciones de vida que los hombres han ido encontrando a los
problemas y exigencias de la vida cotidiana, por más rudimentarias que sean, en los
instrumentos y los objetos creados por el hombre para apoyar estas soluciones y por las
tradiciones de los pueblos que permiten la transmisión de esas soluciones.
La cultura sólo puede darse en el ámbito de una comunidad que la posibilite, y se nos presenta
como forma de vida, como orden y como tarea. Como forma de vida se manifiesta en la
tradición social, son los modos de pensar, valorar y actuar que se transmiten de generación a
generación dentro de una sociedad. Como orden: se manifiesta en la conexión del hombre con
los valores y soluciones de la sociedad, donde surge un orden social que responde a los fines
existenciales del hombre, y en el cual este puede desarrollarse plenamente Y finalmente como
tarea, ya que el mundo humano es algo inacabado que el hombre debe construir todos los
días.
El derecho como conjunto de normas positivas y como institución, es un objeto cultural
estático. Las actividades jurídicas, - elaboración de normas generales, aplicación,
interpretación, integración, constituyen objetos culturales dinámicos. En ambos casos, el
derecho constituye una de las soluciones de vida que los hombres han ido encontrando a los
problemas y exigencias de la vida cotidiana.
La realidad humana, como la realidad universal en general, puede ser vista en forma estática y
en forma dinámica. Lo estático, como una visión de simultaneidad, como diversidad
estructurada de entes, que constituyen una unidad sistemática. Lo dinámico, como serie de
sucesos, que se estructura en relaciones de sucesión, constituyendo una unidad procesal. Estas
dos visiones del hombre y del universo son complementarias. El hombre puede ser visto como
sistema en proceso y como procesos de sistema[30].
Los objetos culturales estáticos son los productos de la actividad típicamente humana, es decir
de la conducta del hombre. Su conducta constituye también un objeto cultural, dinámico en
este caso, por constituir un proceso.
La idea de la cultura supone no sólo la idea de sociedad, sino también la de historia. La vida
humana es una realidad que se entronca en el pasado, no sólo personal, sino también social y
se proyecta hacia el futuro.
El derecho también, en una visión sistemática, es un sistema de normas y principios, que está
en proceso. En una visión procesal, constituye un ordenamiento y una institución social, que
está en constante transformación, a partir de la incorporación de nuevas normas y prácticas
jurídicas, y la derogación o desuso de otras.
Se señala que el hombre es el protagonista de la vida jurídica. Por ello todo estudio del
derecho debe comprender necesariamente la reflexión sobre el hombre. El fenómeno jurídico
no es explicable sin la persona humana, sin el hombre considerado en su ser, considerado
ontológicamente[32].
Kelsen separa el concepto de hombre del concepto de persona y expresa que la persona
no es el ser en cuanto tal, en cuanto hombre. La persona es el hombre en cuanto sujeto de
derechos y obligaciones. El concepto jurídico de persona no se identifica con el concepto
antropológico de persona. El de persona pasa a ser una construcción jurídica (García Maynez,
Filosofía, p 159). Sin embargo sostenemos que el concepto de persona no se reduce a una
mera construcción jurídica, sino que abarca al hombre considerado ontológicamente, como ser
dotado de los atributos de autonomía, dignidad, razón, voluntad y libertad (p 8).
Por último; se destaca que el hombre depende de la sociedad para su desarrollo, y la sociedad
necesita del hombre para construir la cultura, y que estas dos dimensiones exigen de un orden
que facilite e impulse el logro de los fines sociales e individuales. Y que este orden viene dado,
entre otros ordenamientos, por el derecho[33].
El derecho entendido como normatividad regula la conducta del hombre, en su relación con la
conducta de otros hombres.
Las normas jurídicas tienen una función esencial cuando se las analiza insertadas en la realidad
social: reglan coactivamente el comportamiento humano, es decir, en otras palabras, regulan
conductas[34].
La norma jurídica es una conducta debida, una conducta que mientras no es ejecutada, o sea
cumplida, pertenece al campo del deber ser.
Dentro de las conductas debidas, como veremos más adelante, la norma jurídica natural
pertenece al ámbito de las conductas exigidas como debidas. La norma jurídica natural es una
conducta exigida como debida por la naturaleza de la situación o de las cosas, en función del
fin exigido éticamente. A las conductas exigidas nosotros las conocemos estimativamente.
La norma jurídica positiva en cambio es una decidida como debida por imposición de otro, en
este caso del legislador que creó la norma positiva. La conducta decidida como debida por el
legislador, lo es siempre en función del fin decidido.
Esta conducta decidida como debida por imposición ajena, que es la norma jurídica positiva,
resulta conocida interpretativamente, y una vez determinado su sentido y alcance debe ser
aplicada y convertida en una conducta decidida por imposición propia, para poderla hacer
efectiva, es decir cumplirla.
Otro de los fundamentos o cimientos sobre los que se construye lo jurídico es la interacción
que se da entre los seres humanos, interacción que cuando se estabiliza, los constituye en
grupos. No existiría lo jurídico sino hubiera vinculación e interinfluencia entre los hombres, es
decir lo social, que cuando se vuelve estable conforma lo grupal[36]. Este marco social y grupal
constituye uno de los cimientos sobre los cuales se construye lo jurídico[37].
Lo jurídico existe en la medida en que hay por lo menos dos seres humanos, y estos dos seres
humanos estén en relación recíproca: en interacción o interinfluencia. El derecho aparece en lo
social, en lo social entendido como convivencia.
Se señala, en este mismo sentido, que el logro de los fines existenciales del hombre requiere
de un medio que posibilite la relación con los otros hombres. Este medio es la sociedad[39].
A) El hombre y lo social
Como ya hemos mencionado, el hombre vive sólo en sociedad ya que en ésta, satisface sus
necesidades, forma su personalidad y logra sus fines existenciales. Este carácter social del
hombre puede ser analizado desde una doble perspectiva: por una parte, podemos observar
que el hombre depende de la sociedad para realizarse plenamente, y desde otro punto de
vista, como la sociedad depende de la voluntad y de la libertad de los hombres que la
construyen y la desarrollan[40]. A partir de estas perspectivas se pueden y se han construido
modelos distintos de sociedad y de relación entre individuo y sociedad.
Las corrientes sociológicas que acentúan la primera de esas perspectivas; han concebido un
modelo mecanicista para la interpretación de lo social, - tomado de la física -, donde la
sociedad es el resultado de las acciones realizadas por cada uno de los individuos que la
componen para el logro de sus fines particulares. Desde este punto de vista lo preexistente y
preeminente es el hombre, en cuanto ser autónomo y autosuficiente, que construye la
sociedad para el logro de las metas inherentes a su naturaleza. Este modelo mecanicista o
individualista de la sociedad es el más reciente, y aparece a partir de lo podríamos designar
como la Modernidad, que surge con el Renacimiento y la Ilustración.
Otros autores han utilizado un modelo organicista, - tomado de la biología - para interpretar lo
social. Este modelo que aparece en un momento cronológicamente anterior lo encontramos
en todos los tiempos y aún hoy perduran sus manifestaciones. Se concibe a lo social como un
gran organismo, donde los hombres, al igual que las células que están subordinadas a las
funciones generales del organismo, se encuentran en una situación de inferioridad respecto a
la sociedad como totalidad. Lo natural y primero es la sociedad, que posee una identidad
propia, a partir de su estructura, sus funciones, sus características y sus finalidades. El hombre,
para estas concepciones es un producto de la sociedad. [41].
Cada una de estas dos perspectivas recoge una realidad y una ideología: el modelo organicista
describe bien las características de ciertas sociedades primitivas, sociedades familiares o
clanes, donde existían intereses convergentes y la aceptación de un plexo valorativo común.
En general estas sociedades se organizan en una forma más autocrática.
Los dos modelos examinados, como hemos visto, muestran cada uno, una cara o perspectiva
de la naturaleza del hombre, y de relación persona - sociedad: El hombre es un ser personal y
es un ser social, es persona y es sociedad, lo que conduce a que la persona como la sociedad se
requieran y reclamen recíprocamente: no hay persona sin sociedad, ni sociedad que no esté
compuesta por personas. El modelo organicista da cuenta mejor de la unidad del género
humano, en cuanto sociedad humana o humanidad, mientras que el modelo mecanicista
subraya mejor la dimensión personal del hombre y de la diversidad del género humano.
En realidad hay una interrelación necesaria y continua entre persona y sociedad[42], relación
que a su vez, paradójicamente, se nos presenta bajo el signo de la contradicción y
ambivalencia, como tensión o conflictualidad potencial que surge por la tendencia del hombre
de usar a la sociedad para el logro de sus fines individuales y por la inclinación de la sociedad a
instrumentalizar al hombre para realizar los fines sociales.
Esta tensión o conflicto hace surgir la necesidad del derecho como instrumento o herramienta,
creada por los hombres y las sociedades. Para resolver los conflictos de intereses dentro de la
sociedad, y como orden social normativo que trata de prevenir dichos conflictos, y de
garantizar la supervivencia del hombre y de la sociedad, y el logro de los fines personales y
sociales[43].
B) La socialización
La socialización o culturización es el proceso educativo por el cual el hombre se hace apto para
vivir en sociedad. Es un proceso de adaptación de la persona a la sociedad, y de transmisión
por parte de esta de modelos de comportamiento y de valores. Este proceso conduce a la
interiorización de esas normas sociales, es decir, a que el individuo haga suyos los modelos de
comportamiento prescriptos por la sociedad a sus miembros y los valores en los que aquellos
se inspiran, conformando sus modos de pensar y de actuar[44].
Los principales agentes de socialización son los pequeños grupos, tales como la familia, la
escuela, los grupos de pares, y los medios masivos de comunicación social. Como veremos el
derecho, como norma y como institución, contribuye a los procesos de socialización y
culturización, en las sociedades modernas y posmodernas.
Esta selección va consolidando algunas conductas sociales en detrimento de otras, que se van
repitiendo en forma constante, por un número grande de personas, apareciendo así los
modelos o pautas de comportamiento social.
Nuestra vida, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, está regulada por estos
modelos o pautas que tienen un efecto reductor de las molestias que nos genera la
convivencia. Estas pautas no sólo se refieren a nuestras acciones o comportamientos externos,
sino también a nuestros modos de pensar o creer.
Fichter define a los modelos o pautas como “un comportamiento generalizado, estandarizado
y regularizado que sirve de modelo o guía de lo que en una sociedad es una conducta
aceptable o no aceptable”[45].
Los sociólogos clasifican a los modelos o pautas de comportamiento social de distintos modos:
[46]
Los modelos o pautas de comportamiento social, según de dónde surgen son clasificados en
ideales o reales. Los modelos ideales, que corresponden a lo que es debido en el grupo o
sociedad, surgen a partir de lo que los miembros de la sociedad estiman como las conductas
debidas, para una convivencia social pacífica y justa. Los modelos o pautas reales surgen de lo
que los miembros de la sociedad hacen, es decir, nacen a partir de lo que realmente sucede en
esa sociedad.
Las normas jurídicas positivas, en las sociedades contemporáneas, son modelos explícitos, ya
que como veremos, son textualizadas, es decir, promulgadas y publicadas. Sin embargo
debemos señalar que en el derecho todavía encontramos normas implícitas: las llamadas
costumbres jurídicas, normas que gozaron de especial desarrollo y consideración en las
sociedades primitivas. En sociedades contemporáneas las normas jurídicas positivas son
explicitadas y textualizadas en su mayoría, en forma de constituciones, tratados, leyes,
decretos, sentencias, etc.
El criterio de distinción en este caso responde al tipo de conducta a la que se refiere el modelo
o pauta. Los modelos o pautas de comportamiento interno son los que se refieren al pensar, al
sentir, que son conductas interiores del hombre, denominados como modelos pensados de
comportamiento, convicciones o actitudes. Los modelos externos son uniformidades en las
conductas exteriores, es decir en el actuar humano, y son llamados modelos de acción. La
obligación de pagar las deudas contraídas es un modelo o pauta de comportamiento externos.
La prohibición de pensar en forma no democrática es un modelo o pauta de comportamiento
interno.
Respecto a cada uno de los modelos o pautas, la persona puede tener distintos tipos de
comportamiento y/o actitudes:[47]
Lumía distingue a la variación como otro tipo de comportamiento no conforme que sin
embargo, se juzga favorable por el grupo, que acaba por aceptarlo, con lo que se modifica el
modelo o pauta establecido. Las variaciones constituyen uno de los principales mecanismos de
introducción de cambios o transformaciones en los usos sociales vigentes.
d. Las normas jurídicas positivas como un tipo de modelo o pauta de comportamiento social
Las normas jurídicas positivas son un tipo especial de modelos o pautas de comportamiento
social. Son modelos o pautas ideales ya que corresponden a lo que es debido en el grupo o
sociedad, y por ello pertenecen al campo del deber ser. Surgen generalmente de lo que la
sociedad estima que debe ser nuestro comportamiento respecto a los demás miembros de la
sociedad, no de cómo es nuestro comportamiento social real o efectivo. En los estados
modernos el derecho es establecido en forma consciente, y promulgado y publicado en forma
expresa en el grupo, por lo que, a las normas jurídicas las ubicamos en la categoría de los
modelos o pautas de comportamiento social explícitos.
Las normas del derecho son predominantemente exteriores porque regulan en la mayoría de
los casos, las conductas exteriores del hombre, su operar exterior. Sin embargo en ciertas
ocasiones los modelos o pautas jurídicas se refieren a conductas interiores del hombre, por
ejemplo cuando regulan la intención, la buena fe, etc.
Según su grado de obligatoriedad, las normas jurídicas son normas o modelos del “tener que”,
ya que su observancia es obligatoria, y su infracción genera sanciones.
También respecto a las normas jurídicas en cuanto modelos o pautas de comportamiento
social las personas tienen distintos tipos de comportamiento, es decir podemos encontrar
como respecto a los demás modelos o pautas, comportamientos estándar, conformes,
hiperconformes, negligentes, desviados, anormales consentidos, e inconformistas.
Por ejemplo, respecto a la norma de tránsito que establece los ochenta kilómetros por hora
como máximo en la ruta, el comportamiento estándar de los argentinos es superar dicho
máximo, un comportamiento hiperconformista sería ir a sesenta kilómetros por hora, un
comportamiento negligente, andar a veces a ochenta y otras a cien, un comportamiento
desviado será ir a ciento cuarenta kilómetros por hora, un comportamiento anormal
consentido, es el de una ambulancia o un autobomba que supera el límite ante una
emergencia.
Como una extensión y complementación de los procesos de socialización, cuando estos son
insuficientes para lograr la conformidad con los modelos o pautas, es decir ante la existencia
de comportamientos desviados, la sociedad reacciona creando diversos mecanismos de
control social. Estos son numerosos y dispares y están constituidos por un conjunto de
instrumentos o técnicas destinados a presionar sobre los individuos para lograr la adecuación
de los comportamientos con los modelos o pautas[49]. Bergalli, señala que el control social es
el mecanismo idóneo para “contemplar, aceptar, identificar y controlar la conducta
desviada”[50].
Sin duda la principal manera de lograr que los miembros de la sociedad cumplan con los
modelos o pautas es a través de la autorregulación, es decir, de la presión y el control del
propio individuo que las ha interiorizado, realiza sobre su comportamiento.
Cuando la autorregulación no es suficiente aparecen los mecanismos de control social, como
son por ejemplo las sanciones codificadas o no que la sociedad impone a sus miembros ante la
violación de sus pautas. A veces estas sanciones están codificadas, cuando están establecidas
en forma expresa, por ejemplo a través de una ley penal o un código de faltas. La crítica, el
temor al ridículo, el desprestigio y el “qué dirán son sanciones que la sociedad utiliza aunque
no están formuladas en forma explícita. Todas estas maneras enumeradas hasta ahora hacen
referencia a sanciones negativas, o sea aquellas que implican un castigo para el transgresor.
Pero como veremos existen otras situaciones en donde el control social se ejerce a través de
premios o recompensas.
La gama de sistemas de control social es muy amplia, desde la opinión pública, la educación, la
religión, el derecho, los medios de comunicación social, los que varían según los instrumentos
y técnicas utilizados, como por los objetivos propuestos para su utilización.
En primer lugar podemos diferenciar entre un control social difuso y un control social
institucionalizado. El control social difuso se caracteriza por ser muy poco preciso en los
medios empleados. Ejemplos de este tipo son el ejercido a través de los medios masivos de
comunicación, o en las relaciones de convivencia, por medio de los rumores, los prejuicios, las
modas, etc. El control social resulta institucionalizado cuando aparecen órganos especializados
para ejercerlo, cuyo accionar está sujeto a normas preestablecidas.
El control social institucionalizado puede, a su vez, ser punitivo o no punitivo. El control social
no punitivo es el que se realiza a través de instituciones como la familia, la escuela, etc. El
derecho, en especial el sistema penal, es el ejemplo típico del control social punitivo.
Sin embargo, Zaffaroni, señala la existencia de instituciones de control social punitivo, pero con
discurso no punitivo. Los asilos de ancianos, los establecimientos de menores, los manicomios
o los hospitales para enfermos mentales serían ejemplos de este tipo de control social. El
sistema penal, para este autor es la parte del control social institucionalizado en forma
punitiva y con discurso punitivo[51].
El control social puede ejercerse a través de diversas técnicas que las podríamos clasificar en
disuasorias y promocionales. La técnica promocional consiste en ligar consecuencias favorables
al comportamiento socialmente deseado, y la técnica disuasoria consiste en ligar
consecuencias desfavorables al comportamiento desviante.
El derecho como instrumento de control social utiliza generalmente técnicas disuasorias,
aunque también encontramos ejemplos de uso de técnicas promocionales, como los premios o
descuentos por cumplir nuestras obligaciones tributarias nacionales, provinciales o
municipales, en término.
Se llama status a la posición social que una persona ocupa dentro de un grupo social o de la
sociedad como todo, que define los derechos y privilegios que le son atribuidos.
El status puede ser adscripto o adquirido. Un status es adscripto cuando la persona no hace
nada por obtenerlo. Por ejemplo la posición de varón o mujer, la de argentino, etc. Los status
adquiridos son el producto de la vida biográfica de una persona, es decir de su trabajo y del
desarrollo de sus capacidades. Ser estudiante de abogacía, o juez, o padre, pintor, o tenista
son status adscriptos de una persona.
Una misma persona puede ocupar más de un status dentro de la sociedad, y por lo tanto
desempeñar simultáneamente más de un rol social.
Los grupos de referencia nos proveen de los modelos que nos permiten, a través de la
comparación, evaluar si estamos desempeñando bien nuestro rol. Por ejemplo, los
compañeros constituye el grupo de referencia del estudiante de abogacía, la comunidad
profesional, el de un abogado.
Se distingue también entre rol prescripto y rol desempeñado. El rol prescripto constituye el
modo en que el grupo o la sociedad espera que desempeñemos nuestro rol. La forma en que
una persona realiza efectivamente el rol constituye el rol desempeñado.
Los status y los roles no son estáticos sino que varían, ya que la sociedad es dinámica. Los
cambios en estos provocan la movilidad social de una persona.
Diversos status, encontramos en el mundo jurídico, con sus respectivos roles: juez de
instrucción, abogado defensor, cliente, actor, demandado, perito, testigo, mediador, fiscal,
secretario de un juzgado, vocal del Tribunal Superior, etc.
Como veremos más adelante, en el desarrollo de este libro, respecto a la relación jurídica
encontramos dos posiciones o status: las partes y los terceros. Las partes son los sujetos que
integran la relación jurídica. Los terceros son los que sin formar parte de la relación pueden ser
beneficiados o perjudicados por ella. Entre las partes o sujetos de toda relación jurídica
encontramos dos status o posiciones: el sujeto activo y el sujeto pasivo. El sujeto activo es el
titular del derecho o facultad y el sujeto pasivo es el titular del deber u obligación correlativo.
Un concepto jurídico vinculado con el de status social es el de situación jurídica. Una situación
jurídica es un status o posición que ocupa una persona en el derecho, que genera derechos y
obligaciones. Por ejemplo la situación de empleador, de trabajador, de padre, de hijo, de
comprador, de vendedor, etc. Para cada uno de ellos el derecho establece un determinado rol,
compuesto por una serie de facultades y deberes jurídicos.
Las instituciones sociales, desde un punto de vista sociológico, no son personas, ni grupos. Son
una parte de la cultura compuesta por una determinada configuración o combinación
relativamente permanente, de status y roles, de relaciones sociales, y de modelos o pautas de
comportamiento compartidos y valorados por los miembros de una sociedad, que se agrupan
alrededor de la satisfacción de una determinada necesidad social básica.
Fischter define a institución social como una estructura relativamente permanente de pautas,
roles y relaciones que las personas realizan según determinadas formas sancionadas y unifica-
das, con objeto de satisfacer necesidades sociales[52].
Las instituciones sociales básicas, comunes a todas las sociedades, son la familia, la educación,
la política, la religión, el derecho, la economía y el descanso y tiempo libre. Dentro de cada una
de estas instituciones sociales básicas existen instituciones adyacentes o subinstituciones. Por
ejemplo, dentro de la economía como institución encontramos instituciones adyacentes, como
la agricultura, el comercio, la industria, etc.
La permanencia, una de las características de las instituciones, es relativa, ya que la vida social
se encuentra sometida a un continuo cambio social, y por lo tanto las instituciones se van
adaptando y acomodando a las distintas necesidades que van surgiendo en la sociedad.
El sistema de todas las instituciones de una sociedad constituye como veremos, su cultura.
Como hemos visto, uno de los elementos fundamentales de toda institución es una
determinada configuración de modelos o pautas de comportamiento social. Es decir que en
toda institución encontramos normas, costumbres y usos. Dentro de las normas, es decir de
aquellos modelos o pautas caracterizados por ser obligaciones reforzadas por sanciones para
el caso de incumplimiento encontramos a las normas jurídicas. Así, la familia se encuentra
regulada por el derecho civil, la economía por el derecho comercial, el derecho agrario, el
derecho forestal, el derecho minero, etc., la política, por el derecho constitucional y el derecho
administrativo, etc. El derecho, como modelo o pauta de comportamiento corta
transversalmente a todas las instituciones sociales, cada una de ellas caracterizadas por
principios jurídicos específicos, que le dan sistematicidad y autonomía a sus regulaciones,
constituyendo las diversas ramas del derecho: el derecho civil, el derecho comercial, el
derecho administrativo, el derecho penal, el derecho ambiental, etc.
Desde otra perspectiva, el derecho constituye una institución, es decir una determinada
configuración o estructuración, de status y roles, de relaciones sociales, y de modelos o pautas
de comportamiento compartidos y valorados por la sociedad, para satisfacer la necesidad
social básica de orden y de resolución de conflictos, entre otras.
En el derecho como institución encontramos normas, que constituyen el derecho
constitucional, el derecho procesal, el derecho penitenciario, etc., pero también costumbres y
usos, por ejemplo los llamados usos judiciales o criterios del tribunal.
Entre los principales status dentro la institución jurídica encontramos al legislador, al juez, al
abogado, al fiscal, al titular de derechos o acreedor, al titular de obligaciones o deudor, al
martillero, al asesor letrado, al notificador, al ujier, etc. De cada uno de ellos se espera el
desempeño de un determinado rol.
La cultura abarca a las pautas de comportamiento, a los roles sociales, a las relaciones y a las
instituciones, como así también a los artefactos, es decir todo lo que el hombre ha creado con
cualquier propósito.
La cultura objetiva o estática está constituida por los productos de su operar interno y externo.
El hombre, a través de sus conductas interiores de decidir y de pensar, produce decisiones y
pensamientos que conforman su mundo interior, y a través de sus conductas exteriores, por
ejemplo, de escribir y de martillar, crea textos y muebles, que integran su mundo exterior.
Fichter limita, el concepto de cultura, excluyendo los objetos materiales producidos por el
hombre, para evitar incluir en un mismo categoría a cosas tanta distintas como una pauta de
comportamiento y una pelota de fútbol. Sin embargo señala la importancia de los objetos
culturales dotados de materialidad por ser símbolos significativos de la conducta humana, ser
vehículos de la cultura e instrumentos utilizados por las personas para la actuación de sus
formas de comportamiento.
Desde otra perspectiva, Rehibinder señala que la cultura “es el sistema que abarca las
instituciones fundamentales de una sociedad”, y en el mismo sentido, Fichter sostiene que la
cultura es la configuración total de las instituciones que comparten en común las personas de
una sociedad. Cohen la define, desde un punto de vista más subjetivo, como la suma total de
los rasgos de comportamiento y de creencias -características aprendidas – de los miembros de
una sociedad en particular. En este sentido son las formas de vida y de pensamiento
aprendidas de las personas que componen una sociedad, que se distinguen de los meros
comportamientos humanos que son producto de la herencia biológica[56].
Se señala que la cultura se manifiesta como forma de vida, orden y tarea. Como forma de vida
se manifiesta en la tradición social, son los modos de pensar, valorar y actuar que se
transmiten de generación a generación dentro de una sociedad. Como orden: se manifiesta en
la conexión de la naturaleza y las tendencias humanas. Surgen del orden social que responde a
los fines existenciales del hombre, y en el cual este puede desarrollarse plenamente Y
finalmente como tarea, ya que el mundo humano es algo inacabado que el hombre construye
todos los días[57].
Los sociólogos finalmente distinguen dentro la cultura global, los conceptos de: subcultura y de
contracultura. Una subcultura es el modo de vida propio de un grupo de personas dentro de la
sociedad, que es al mismo tiempo parecido y diferente al de la cultura circundante. Por
ejemplo, la de ciertos profesionales, como la subcultura de los médicos o de los abogados, o la
de ciertas minorías étnicas o religiosas. Una contracultura en cambio, no está dispuesta a
adoptar los valores, ni las pautas de comportamiento de la cultura mayor. Es un grupo que
desafía y se opone fuertemente a esos modelos o pauta, buscando, por el contrario, producir
cambios fundamentales en dicha cultura, o mantenerse los más alejada posible de ella.
El derecho positivo es un objeto cultural, tanto desde un punto de vista objetivo como
subjetivo. Si analizamos al derecho, desde un punto de vista subjetivo o dinámico,
encontramos las actividades de creación, aplicación, interpretación, integración y ejecución de
las normas, en cuantas actividades conducidas, es decir orientadas a fines. Dichas actividades
jurídicas integran la cultura subjetiva de la sociedad; los productos de esas actividades
jurídicas, las normas jurídicas, forman parte de la cultura objetiva, en cuanto conductas
decididas como debidas, por imposición ajena. Se habla también de cultura jurídica, para
designar las actividades y los productos pertenecientes al derecho como institución.
Sin embargo, es necesario ahora que tratemos de responder a preguntas como las siguientes:
¿para qué sirve el derecho?, ¿qué funciones cumple? y ¿para quién las cumple?
La teoría del derecho ha privilegiado el estudio de los aspectos estructurales del derecho en
detrimento del análisis funcional del mismo. La razón de este descuido radica en la tradición
positivista que trató de purificar a la ciencia jurídica de todo análisis valorativo o sociológico,
para subrayar un pretendido carácter autónomo e instrumental del derecho como estructura,
respecto a cualquier fin específico.
Norberto Bobbio, filósofo del derecho italiano, señala una serie de factores que han
despertado el interés por el análisis funcional del derecho, en estas últimas décadas: a) el
desarrollo de la sociología del derecho y el aporte que realizan corrientes inspiradas en la
filosofía marxista y también de la teoría crítica del derecho. b) la llamada "pérdida" o cambio
de función del derecho en las sociedades contemporáneas, provocado por la creciente
potencia de otros medios de socialización, en especial de los medios de comunicación social, y
por el aumento de los medios de prevención social que tienden a reemplazar el control social
tradicional efectuado a través del derecho; c) la existencia de funciones negativas o
disfunciones en el derecho, no en el sentido que funciona mal, sino que cumple funciones no
convenientes para la sociedad, Por ejemplo, las cárceles no sólo funcionan mal, sino que su
funcionalidad es negativa, en cuanto son un factor de aumento de la criminalidad; d) la
aparición de nuevas funciones del derecho, como la función distributiva y la promocional, que
enseguida veremos, como características del tránsito del Estado liberal al Estado social de
Derecho, hoy en crisis, por la creciente tendencia a la privatización de sus funciones[58].
El análisis de las funciones del derecho podemos hacerlo desde una doble perspectiva 1)
funcionalista y 2) conflictualista.
a. La perspectiva funcionalista
El análisis funcionalista parte del presupuesto que la sociedad es una totalidad formada por
partes, grupos e individuos, o instituciones, interrelacionadas e interdependientes. La sociedad
es, en esta concepción, una totalidad en funcionamiento o sistema en acción.
Desde este punto de vista se llama función social a las consecuencias objetivas observables de
los fenómenos sociales que constituyen su contribución para la supervivencia, persistencia,
integración o estabilidad de la sociedad como todo, o desde otra perspectiva como la
contribución a la satisfacción de necesidades individuales de los miembros del todo social.
Las funciones pueden ser manifiestas (queridas o reconocidas) o latentes (no queridas, ni
reconocidas) Y se llama disfunción, a las consecuencias negativas, o sea a las que tienden a
disminuir la integración, estabilidad, supervivencia o persistencia del todo social.
Desde esta perspectiva funcionalista, el derecho cumple una serie de funciones sociales que
las podríamos sintetizar y clasificar del siguiente modo:
a) Primarias
a1) función de prevención o resolución de los conflictos que surgen en la sociedad civil,
proveyendo los medios para una solución pacífica. A esta función social del derecho la hemos
analizado en módulo 1 de esta materia.
b) Secundarias
b3) función tuitiva o de protección de los miembros del grupo respecto a las conductas de los
demás individuos y del propio Estado. Lo que algunos llaman la función garantista del
derecho[59].
b5) función de planificación o configuradora de las condiciones de la vida social, en cuanto que
el Estado moderno ha intervenido activamente en la vida social, y esta intervención la hace
dictando un gran número de normas. Por ejemplo se dicta una ley que regula la educación
superior universitaria y no universitaria, o la aprobación por el Consejo Deliberante de una
ordenanza que regula la venta de productos en la vía pública, etc.
b7) una función distributiva o de repartición a los individuos o grupos de individuos de los
recursos económicos y no económicos disponibles (bienes de consumo, posibilidades de
empleo, etc.). También a través del derecho se distribuyen las cargas públicas en la sociedad.
b10) función de supervisión o de “cuidado del derecho”, señalada por Karl Llewellyn, de
control de la propia institución jurídica, para que pueda cumplir todas sus demás funciones. En
este sentido el operador jurídico desarrolla nuevos instrumentos y prácticas jurídicas, para
resolver los casos particulares atendiendo al interés de la generalidad y de adaptar la
maquinaria del derecho a las necesidades de la misma.
b. La perspectiva conflictualista.
Sin negar que el derecho cumpla las funciones que dicen los funcionalistas que cumple, o si se
quiere por que las cumple, los conflictualistas sostienen que el derecho desarrolla dos
funciones en la sociedad:
Carcova, desde la teoría crítica, hace dos aportes importantes a este análisis funcional del
derecho: a) las funciones del derecho sólo se pueden identificar acertadamente en la medida
que se exprese la sociedad que se trate, ya que el derecho se visualiza como una práctica social
específica que expresa históricamente los conflictos y tensiones de los grupos sociales y de los
individuos que actúan en una formación social determinada y b) propone introducir la
dimensión ideológica en el análisis de las funciones del derecho, ya que siguiendo Foucault,
señala que ciertas instituciones, normas o prácticas cumplen una función distinta de la que
"dicen" cumplir. Y se despliegan ideológicamente, en doble juego de alusión y elusión, de
reconocimiento y desconocimiento[60].
Señala que las funciones que habitualmente se atribuyen al derecho, se refieren a las
funciones manifiestas, pero no se tienen en cuenta las posibles funciones latentes, ya que
parecen construirse sobre la base de lo que el propio derecho dice de sí mismo. Propone la
necesidad de atender también a aquello que no se dice, a aquello que enmascara y que se
oculta.
Como ya señaláramos, uno de los cimientos sobre los cuales se construye lo jurídico, es
lo social, constituido por la interacción que se da entre los seres humanos. Esta interacción
social, cuando adquiere permanencia y estabilidad en la realización de tareas comunes para el
logro de fines comunes, va a constituir lo grupal dentro de lo social, o dicho de otra manera, va
a componer los distintos grupos dentro de la sociedad como grupo total. No existiría lo jurídico
sin lo social y sin lo grupal; es decir sin las vinculaciones e interinfluencias recíprocas entre los
hombres, y sin agrupamientos de personas que en forma estable se propongan fines y tareas
comunes. Lo social y lo grupal constituyen el fundamento medial del derecho, es decir el
ámbito donde encontramos lo jurídico.
Todo agrupamiento de individuos, consta de dos elementos: uno material y otro formal.
El elemento material consiste en una pluralidad de individuos. El elemento formal viene dado
por un algo en común: características, relaciones, finalidades, etc. Los agrupamientos de
personas poseen también esos dos elementos[61].
La sociología estudia a las personas que están relacionadas entre sí, y tiene distintos modos de
agruparlas según los distintos grados de intensidad en la interacción, la comunicación y la
relación social. Entre estos modos de agrupamiento se distinguen: las categorías, los agregados
y los grupos sociales.
Las categorías sociales son agrupamientos por coincidencia o similitud. Sus integrantes
poseen características comunes que sirven para diferenciarlos, pero entre ellos no existe ni
interacción ni proximidad física. Constituyen meras agrupaciones mentales, ya que no tiene
entre sí otro vínculo de unión que el que les da la mente del investigador social, que descubre
en ellas algo en común.
Betes y Sarries definen a la categoría social como “una pluralidad de personas que se
consideran como un todo – un nosotros – por presentar ciertas analogías o coincidencias de
características, sin que existan relaciones recíprocas, ni tan siquiera proximidad física”[62].
Las categorías sociales son estadísticas, en el sentido que estas características comunes
pueden contabilizarse. Ejemplos de categorías son los menores de catorce años, los varones,
los abogados, los solteros, las personas que han aprobado la escuela primaria, etc. Las
categorías sociales son más relevantes para la sociología que para el derecho. Sin embargo
adquieren relevancia porque, como veremos, van a constituir el sujeto normativo o los
destinatarios de un tipo importante de normas jurídicas: las generales. Las normas generales
son las que regulan la conducta de una categoría o clase de personas dentro de una sociedad.
Gurtvich define desde una perspectiva sociológica a los grupos sociales como unidades
colectivas, reales, parciales, directamente observables, fundadas sobre actitudes colectivas
continuas y activas, que tienen que realizar una labor común. Son unidades colectivas porque
para existir dos o más personas, con un cierto grado de fusión entre ellas. Constituyen
unidades menores dentro de un todo mayor que es la sociedad, aunque otros definen a la
sociedad como el grupo de los grupos sociales. No son abstracciones mentales, son, existen en
la realidad y pueden ser observados y estudiados en forma directa. El grupo social se
caracteriza también por la continuidad, por la permanencia en la interacción. Por último, el
grupo se distingue por la labor común encaminada a la persecución de objetivos concretos.
B) La comunidad y la sociedad
Jacques Maritain, en su libro “El hombre y el estado”, intenta diferenciar a la nación del
estado, partiendo de la distinción entre comunidad y sociedad. Afirma que tanto la comunidad
como la sociedad son grupos sociales, realidades ético-sociales, auténticamente humanas,
pero de naturaleza distinta.
El objeto de las comunidades, señala Maritain, siguiendo a J. T. Delos, “es un hecho que
precede a las determinaciones de la inteligencia y voluntad humanas y que actúa
independientemente de ellas para crear una psiquis común inconsciente, sentimientos y
estados psicológicos comunes y costumbres comunes”. Las relaciones sociales en la
comunidad proceden de la reacción y la adaptación natural del hombre a ciertas situaciones y
ambientes históricos determinados. En las comunidades, la conciencia social, prevalece sobre
la conciencia personal, y el hombre aparece como un producto del grupo social[65]. Las
comunidades son agrupamientos relacionales comunitarios.
En las sociedades, el objeto es una tarea a realizar o fin que alcanzar, el cual depende de
las determinaciones de la inteligencia y voluntad humana, estando precedido por la actividad –
sea decisión o al menos consentimiento”. En las sociedades las relaciones surgen de la
iniciativa de la libertad humana, que modela y construye el grupo social. En las sociedades la
prioridad radica en la conciencia personal de sus miembros, y el grupo social aparece como
producto por los hombres que los integran. Las sociedades son agrupamientos sociales
relacionales asociativos. Ejemplos de sociedades son: una empresa comercial, un sindicato, un
partido político, una asociación científica. Los grupos regionales, étnicos y lingüísticos, y las
clases sociales son comunidades
C) La nación
A partir de la distinción entre comunidad y sociedad, Maritain señala que la nación es una
comunidad, y no una sociedad, una de las comunidades más importantes y la más compleja y
completa que haya sido engendrada por la vida civilizada.
Tanto para el filósofo francés, como para Barraco Aguirre, la nación es una comunidad, que se
caracteriza por dos elementos: unas características comunes y la conciencia de los miembros
de la comunidad nacional de esas características comunes.
Maritain afirma que la nación es un “núcleo consciente de sentimientos comunes y de
representaciones que la naturaleza y el instinto humano han hecho hormiguear en torno a un
determinado número de cosas físicas, históricas y sociales”[67].
La nación posee o poseía un suelo, una tierra, que no es un territorio, es el lugar donde
se forjaron esas características comunes en el pasado. Una nación puede encontrarse dispersa
en el territorio de más de un estado.
Los miembros de una nación no están obligados a cumplir las mismas leyes, la nación tiene
estructuras pero no formas racionales ni organizaciones jurídicas, no conoce ningún principio
de orden público.
La palabra “Estado” es una palabra ambigua utilizada para designar dos realidades
diferentes. En un sentido amplio se utiliza la palabra “Estado” para designar a los países,
sociedades políticas o cuerpos políticos, en el sentido de la sociedad como todo. “Estado”, en
un sentido restringido designa a la parte sobresaliente de ese todo que se especializa en la
administración de los intereses de ese todo, lo que conoce como Administración Pública.
También se tiende a confundir al país o Estado en sentido amplio con la nación. Por
ejemplo nuestra Constitución designa a nuestro país como la Nación Argentina. Tener la
nacionalidad argentina no constituye un requisito indispensable para pertenecer al Estado
Argentino.
El país, sociedad política o Estado en sentido amplio es una sociedad, “la forma más
elevada y perfecta de las sociedades temporales”, señala Maritain, que a diferencia de la
nación, surge de la razón y de la voluntad de los miembros que lo integran, que se asocian para
el logro de ciertos fines comunes, orientados por el bien común.
El país supone un elemento intencional y una finalidad a lograr. Los miembros de un país, sus
habitantes, están unidos porque poseen fines comunes y para lograrlos realizan tareas
diversas, pero de interés común[69] , Por ello, el país es un grupo relacional, asociativo,
societario en la clasificación de los agrupamientos que hemos realizado. El país es un grupo
relacional porque el elemento común son las relaciones entre sus miembros y no sólo las
características comunes. El país es un grupo social, el grupo social total, que aglutina a la
totalidad de los grupos sociales que viven en un determinado territorio. El país es un grupo
asociativo porque sus miembros realizan tareas diversas de interés de todos, para el logro de
fines comunes, también de interés de todos. El país como todo grupo asociativo presupone la
existencia de una autoridad y de un ordenamiento. Dentro de los grupos asociativo el país es
un grupo societario ya que el fin común al cual se tiende constituye un beneficio para los
miembros que lo integran.
Los elementos que componen el país o Estado en sentido amplio, de acuerdo a una
concepción ya clásica son tres: el territorio, la población y el poder. Los tres elementos son
indispensables para la existencia del país.
El territorio como elemento constitutivo del país es la porción del espacio en donde se asienta
la población y se ejercita el poder.
Algunos autores definen a territorio como la porción del globo terrestre en que el estado
ejerce su soberanía, comprendiendo el subsuelo, la tierra firme, los mares interiores, los lagos,
los ríos, los canales, el mar territorial y el espacio aéreo (Antokoletz). Otros autores limitan el
concepto de territorio al suelo (Jellinek). La tendencia moderna es comprender la idea de
territorio en sentido amplio, tridimensional, es decir, incluyendo la tierra, el aire y el agua. En
este sentido, Zitelmann señala que el territorio comprende todo el ámbito físico donde el
Estado ejerce su soberanía, donde tiene jurisdicción y donde posee dominio, incluyendo así el
suelo, el subsuelo, las aguas y el espacio. [70]
El dominio del país sobre un determinado territorio se manifiesta en dos formas: una negativa,
según la cual ningún poder extraño puede ejercer su autoridad sobre ese espacio geográfico,
sin el conocimiento del Estado; y una positiva, según la cual todas las personas que viven en el
mismo ámbito se encuentran sujetas al poder estatal.
La población como elemento del país o Estado está constituida por la totalidad de los seres
humanos que habitan el territorio del país, hayan o no nacido en él.
La población puede ser considerada como sujeto u objeto del poder del país, es decir vista
como súbditos o como ciudadanos. Los súbditos son los hombres que integran la población,
hallándose sometidos a la autoridad política y por lo tanto, forman el objeto del ejercicio del
poder. Los ciudadanos participan en la voluntad general y son por ende sujetos de la actividad
del país. En cuanto objeto del imperium, la población es un conjunto de sujetos subordinados
a la actividad del Estado. En cuanto sujetos del poder político, los individuos que forman la
población aparecen como miembros de la comunidad política[71].
La población no se identifica con la nación, ya que hay países cuya población está
integrada por sujetos de diversas nacionalidades, y naciones que componen la población de
varios estados.
Toda sociedad organizada está supeditada a una voluntad que la dirija, ésta es el poder
político del grupo. El poder del Estado es un poder político coactivo, es decir, irresistible. Los
mandatos que expide tienen una pretensión de validez absoluta y pueden ser impuestos en
forma violenta contra la voluntad del obligado. Más adelante, cuando analizaremos al poder
como fundamento motor del derecho, nos detendremos en las características del poder
político estatal.
Como habíamos visto el Estado es la parte superior del cuerpo político pero no es
superior a éste, esto según la teoría instrumentalista que encuentra su oposición en la teoría
substancialista o absolutista, según la cual el Estado constituye un todo que se superpone o
absorbe al cuerpo político.
F) La nación y el derecho
Ya hemos analizado en este módulo las funciones sociales que el derecho como
institución cumple en la sociedad, entre las que sobresalían la prevención y resolución de
conflictos, la orientación del comportamiento, la legitimación y organización del poder social,
la planificación y la supervisión de la propia institución jurídica.
El Estado, como todo grupo asociativo tiene un ordenamiento interno para su propio
funcionamiento como grupo.
Las normas del derecho público, del derecho constitucional, del derecho administrativo,
del derecho procesal, etc., son las que constituyen el ordenamiento que regula la actividad al
interno del Estado como grupo asociativo.
H) El Estado de Derecho.
Con la expresión “Estado de Derecho” se designa al principio político que el poder del
Estado debe quedar sometido a lo establecido por las normas jurídicas. En el mundo
anglosajón este principio es denominado con el enunciado “rule of law” (“gobierno de las
leyes”)[77].
Todo país está regido por normas jurídicas, sin embargo, no todo país es un Estado de
Derecho. No es suficiente la existencia de un ordenamiento jurídico para indicar la existencia
de un Estado de Derecho.
Los caracteres típicos del Estado de Derecho son. a) el imperio de la ley, b) la división de
poderes, c) la legalidad de la administración pública, y d) la vigencia los derechos y libertades
fundamentales del ciudadano[78].
El imperio de la ley
El imperio de la ley significa que el Estado se encuentra reglado por un conjunto de leyes
dictadas por los órganos representativos de la voluntad de los miembros de ese país.
La división de poderes.
Supone las garantías formales y realización material de los derechos humanos básicos,
En esta instancia le recomendamos realizar la actividad 4 de este módulo.
A) Introducción
Como hemos analizado, el fundamento motor del derecho hace referencia al poder y a los
valores en cuanto lo ponen en movimiento. De algún modo podríamos decir que lo jurídico en
la sociedad se mueve empujado por el poder y atraído por los valores.
El poder y los valores están siempre presentes y dan lugar a la tensión y al movimiento
propio de lo jurídico que se desarrolla procesalmente, como creación, aplicación y ejecución
de normas, es decir de conductas decididas como debidas, que tienden a ser conductas
ejecutadas.
Cuando un legislador dicta una norma que establece una conducta como debida para el
logro de un determinado fin social, lo hace siempre porque tiene poder para hacerlo y
orientado hacia la realización de un determinado valor dentro de la sociedad. Esto se da
siempre en lo jurídico, también cuando un juez dicta una sentencia o cuando dos personas
celebran un contrato, lo hacen a partir de ciertos poderes que poseen y para realizar ciertos
valores.
Por ello denominamos al poder como lo eficiente jurídico en cuanto es aquello que
posibilita el derecho, aquello que lo produce. La expresión “lo eficiente jurídico” se relaciona
con la causa eficiente del derecho.
Se señala al respecto que “el mundo está constituido por hechos y que el más mínimo de los
hechos se basa en un poder, poder que se tiene en posesión o poder que se ejerce[79].
El poder humano
En una acepción más restringida “poder” es la capacidad que tiene el hombre de cambiar la
realidad. Este poder, que podríamos designar como “poder humano”, se distingue del anterior,
por ser consciente y libre y por estar dotado de sentido, es decir dirigido a un fin. El hombre
puede saltar, puede estudiar, etc. El ejercicio de esos poderes humanos de saltar y de estudiar
es consciente y libre, sabe que salta y estudia, puede decidir saltar y estudiar o no hacerlo.
Pero si ejercita esos poderes lo hace orientado al logro de un determinado fin, no mojarse con
el agua de un charco, o aprobar una materia.
Carro Martínez relaciona el poder humano con la libertad. Señala que el poder, en
cuanta energía intelectual y física connatural y característica del hombre, es lo que permite la
actuación de la libertad humana, que no es otra cosa que la producción de efectos que se tiene
la intención de producir.
Por ello el poder específicamente humano, está siempre dotado de sentido, orientado a la
realización de ciertos fines. La iniciativa de la persona que ejerce el poder es la que lo dota de
sentido. En sí mismo, el poder no tiene un sentido o un valor, sólo se define su significado o
valor cuando el hombre cobra conciencia de él, decide sobre él, lo transforma en una acción y
esto lo hace responsable de ese poder. Por esto, el poder no es ni bueno ni malo, cobra
sentido con la decisión de quien lo utiliza. Es una potencialidad regida por la libertad, el
hombre puede o no usar el poder, tiene la libertad de convertir esa potencialidad en poder
efectivo a través de una acción o decisión.
El poder humano tiene un carácter universal, ya que se vincula con todas las actividades y
circunstancias del hombre. Todos los ámbitos de la vida humana están comprendidos dentro
de esos poderes o posibilidades.
El poder social
El poder humano puede ejercitarse sobre los objetos naturales o culturales, y sobre los
hombres. En este último caso el poder humano se convierte en poder social, que se define
como la capacidad de influir en forma intencional y libre, sobre la conducta de los otros
hombres. El poder social es una libertad influyente en la sociedad, influencia que se traduce en
la capacidad de mandar el servicio o la sumisión de otros[80].
Max Weber define al poder social como “la probabilidad de que un actor dentro de una
relación social esté en posición de realizar su propia voluntad, a pesar de las resistencias de la
otra parte, independientemente de las bases en que resida tal probabilidad” y García Pelayo
como “la posibilidad directa o indirecta de determinar la conducta de los demás sin
consideración a su voluntad o, dicho de otro modo, la posibilidad de sustituir la voluntad ajena
por la propia en la determinación de la conducta de otro o de otros, mediante la aplicación
potencial o actual de cualquier medio coactivo o recurso psíquico inhibitorio de la resistencia”.
En general, ejercer poder es determinar las acciones de los otros, incluyendo en el concepto de
acción también las omisiones. Impedir que otro haga algo es también ejercer poder[81]. El
poder social es más una relación que una posesión y puede ser aumentado o disminuido a
través de su ejercicio[82].
El fundamento de esta capacidad para imponer la propia voluntad a otro u otros puede
encontrarse en la posesión de determinados bienes (poder económico), o de determinados
conocimientos o informaciones (poder ideológico) o de determinados instrumentos de fuerza
(poder político). El poder económico y el poder ideológico son simples o no dominantes. El
poder político es coactivo o dominante.
Schermerhorn, desde una perspectiva sociológica analiza al poder, realiza una métrica
del poder, precisando que la influencia ejercida por cada una de las partes en las relaciones
entre las personas o los grupos puede ser simétrica o asimétrica. A su vez señala que la
orientación emocional en estas relaciones de influencia puede ser positiva, ambivalente,
negativa o neutra y que no en todas las relaciones de influencia se puede hablar de poder
social.
El poder rara vez se manifiesta en nuestras relaciones más íntimas y duraderas, como por
ejemplo los vínculos de amistad, ya que la relación entre amigos es una relación entre iguales,
por lo que generalmente cada persona influye tantas veces como la otra influye, y lo hace de
manera inconsciente, no intencional. En este caso existe un equilibrio estable de influencias
recíprocas, una simetría en la relación, que se caracteriza también por una orientación
emocional positiva ya ambas partes experimentan agrado o afecto en la relación, existiendo
cooperación, reciprocidad y sentido de coparticipación entre ellas. Otros ejemplos de
relaciones de influencia simétricas positivas son las que generalmente entre los cónyuges, los
hermanos, etc.
Otro tipo de relaciones simétricas que excluye la idea de poder son las relaciones casuales o
fortuitas, donde la orientación emocional se caracteriza por la indiferencia. Ejemplos de estas
relaciones son las que se establecen entre las personas que esperan el ascensor, o que
caminan en un parque.
Sin embargo, en la sociedad encontramos muchas más relaciones de influencia asimétrica que
simétricas, con diversas orientaciones emocionales. Schemerhon distingue tres tipos de
relaciones de influencia asimétrica positiva: la popularidad, el modelo, el líder carismático. La
influencia asimétrica se basa en estos casos en la atracción que una parte ejerce sobre la otra.
En las relaciones de popularidad, se quiere estar con él, pero no seguirlo. En el modelo la
persona o grupo imita el comportamiento de la figura idealizada. El líder carismático atrae a
sus seguidores que siguen sus órdenes por su magnetismo personal y por corporizar los valores
vigentes en el grupo. La persona o grupo que funciona como modelo o en base o carisma
ejerce poder ya que influyen en forma consciente en los comportamientos de otros que
adecuan sus conductas a su ejemplo u órdenes. No así en el caso de la popularidad que no
implica necesariamente influencia en las conductas de sus seguidores. Entre las relaciones de
influencia asimétrica de orientación emocional ambivalente, es decir relaciones caracterizadas,
alternativamente por la compulsión y por el respeto, por la identificación y el antagonismo, y
también por el predominio de las sanciones negativas, encontramos al líder informal, al
experto y a quien ejerce un cargo institucional. En todas estas relaciones se da una presión
desde arriba y una sumisión u obediencia desde abajo. El jefe de una pandilla constituye un
ejemplo de líder informal, el abogado y el médico, de expertos, y el gerente de una empresa y
el juez, de líderes institucionales.
El sometimiento a un líder informal o figura dominante se basa en que este corporiza las
normas de todo un grupo o de la sociedad en general. En el caso del experto la sumisión se
basa en sus capacidades o conocimientos especializados en una determinada materia y el de
quién ejerce un cargo institucional por ocupar esa posición o status dentro de la institución. En
todos estos casos encontramos relaciones de poder.
El ladrón que amenaza con su arma al cajero de un banco para que le entregue el dinero
constituye un ejemplo de relación de influencia asimétrica, donde se presenta una situación de
conflicto desequilibrado, con sometimiento a una persona en cuanto ejerce una fuerza
superior, con orientación emocional negativa, de miedo y de hostilidad.
d) El poder está presente siempre en las relaciones que se den la asimetría o las
sanciones negativas.
El poder social supone, como vimos, “la aplicación potencial o actual de cualquier medio
coactivo o recurso psíquico inhibitorio de la resistencia” que pudiera oponer la voluntad del
destinatario del acto de poder. A partir de esta afirmación distinguimos el poder social simple,
del poder social coactivo. El poder simple o no coactivo se caracteriza por la capacidad de
influir sobre las conductas de los miembros de la sociedad, estableciendo prescripciones o
normas, pero este tipo no puede asegurar su cumplimiento por sí mismo, a través de medios
propios[83].
El poder coactivo es irresistible, las normas o mandatos que establece tienen una
pretensión de validez universal y pueden ser impuestas aún por medio de la fuerza, en contra
de la voluntad de la persona obligada[84]. Sin embargo, a pesar de que el poder coactivo o
dominante supone la fuerza, no es sólo fuerza, sino que generalmente va acompañado del
consentimiento del destinatario que habitualmente obedece en forma voluntaria, por razones
morales o intelectuales. La fuerza auxilia al poder, respaldando y fortaleciendo la costumbre
de obedecer, aunque habitualmente no sea utilizada.
En los estados modernos el ejercicio del poder coactivo o dominante tiende a ser
monopolizado o institucionalizado. Sin embargo todavía existen supuestos en que la sociedad
legitima la utilización de la fuerza en forma individual y no institucionalizada. Por ejemplo, los
casos de legítima defensa en casos de atentados contra la vida o la propiedad, y la
imposibilidad de recurrir al auxilio de la fuerza institucionalizada.
García Pelayo señala que la autoridad se da “cuando se sigue a otro o el criterio de otro
por el crédito que éste ofrece en virtud de poseer en grado eminente y demostrando
cualidades excepcionales de orden espiritual, moral o intelectual”.
El poder político
En primer lugar el poder político, está siempre relacionado con el uso de la fuerza, es decir, es
un poder coactivo o dominante. Las otras formas de poder social son simples o no coactivas.
En las sociedades modernas el poder político se caracteriza por la tendencia a la exclusividad
del uso de la fuerza, a su monopolio por parte de órganos especializados. Bobbio señala que el
poder político tiende eliminar o subordinar todas las otras situaciones de poder y Max Weber
que el Estado pretende para sí el monopolio del uso legítimo de la fuerza física. El monopolio
de la fuerza por parte el poder político, como veremos, es tendencial, no absoluto.
La finalidad del poder político ha sido otra de las notas señaladas para diferenciarlo de otras
formas de poder social. El fin del poder político es, - o debe ser -, el bien común. Burdeau
define al poder político como la fuerza al servicio de una idea, es decir una fuerza destinada a
conducir al grupo en la búsqueda del bien común. Weber señala que no es suficiente el uso de
la fuerza, sino que es necesario que dicha fuerza sea acompañada o precedida de razones que
posibiliten la aceptación interna de sus destinatarios, y no sólo una mera obediencia interna
Bobbio acota la finalidad del poder político al mantenimiento de un mínimo de orden, de
convivencia pacífica dentro de la sociedad. Este mínimo de orden ha sido históricamente
variable.
El poder político puede ser soberano o no soberano. El poder político estatal soberano
puede ser caracterizado: a) positivamente como un poder independiente respecto de
cualquier poder externo, y b) negativamente, como un poder supremo, que implica la
negación de cualquier poder interno superior al Estado.[89]
El poder del Estado, a pesar de ser un poder soberano, supremo e independiente, no es,
en los estados modernos, un poder ilimitado, ya que se encuentra sometido al derecho. El
poder estatal halla su limitación en la necesidad de ser un poder jurídico.
Sin embargo el hecho de que el poder del Estado esté limitado por el derecho, no
implica una restricción de su soberanía ya que la regulación jurídica de la actividad del estado
constituye una autolimitación, como expresión de la capacidad que tiene el estado de
organizarse a sí mismo.
b. La obediencia política
La obediencia, como fenómeno social, es un síntoma del poder social, es su otra cara.
Donde alguien obedece quiere decir que alguien tiene poder. Tiene poder aquella persona o
grupo que espera que se obedezca a sus mandatos u órdenes. La relación que existe entre
estos dos fenómenos sociales es directa: a mayor obediencia, mayor poder.
Carro Martínez señala que la obediencia es sumisión y es conformismo. Es
sometimiento a la voluntad de otro, pero siempre ese sometimiento está dulcificado por algún
grado de conformismo, es decir del hábito de aceptación del mandato por quien debe
obedecer.
El poder político tiene como contracara a la obediencia política. Sus notas esenciales son
la plenitud y la inexcusabilidad. La plenitud, constituye la contracara de la generalidad objetiva
del poder político. La obediencia política es plena en cuanto comprende la totalidad de las
potencialidades sociales públicas del hombre. Los comportamientos personales y las acciones
privadas de los miembros, quedan, en principio exentas del poder político. La inexcusabilidad
hace referencia a la ausencia de pretextos para desobedecer, y a la posibilidad de ser lograda
la obediencia política, aún a través de la fuerza, es decir de la coercibilidad.
c. El poder y el derecho
El derecho y el poder son nociones que se reclaman mutuamente; realidades estrechamente
entrelazadas y por lo tanto difíciles de separar. Peces Barba niega la posibilidad de separarlos
fácticamente. La distinción es sólo posible en el plano especulativo para comprender mejor la
relación. Sin embargo la relación entre poder y derecho es pensada y observada de distinta
manera según se la conciba y vea desde la óptica de la ciencia política o de la ciencia jurídica.
Generalmente para los politólogos, el frente de la moneda es el poder, y el reverso, el derecho.
En cambio para los juristas, el frente es el derecho y el reverso el poder.
Peces Barba[90] señala que la relación entre el derecho y el poder, a lo largo de la historia, ha
mostrado múltiples perfiles en la realidad política y en la doctrina y que debemos ordenar esos
diferentes tipos señalando los posibles modelos en que se encuadra la relación:
“1. Supremacía del poder sobre el derecho. El gobierno de los hombres prevalece sobre el
gobierno de las leyes. Es la tesis del filósofo-rey del Platón, de “La República”, son los ideales
jurídicos imperiales en Roma, es la teoría de la monarquía absoluta de que el rey hace la ley y
no al revés, es la posición de Bodino y también la de Hobbes de la imposibilidad de someter al
soberano a la ley.
3. Identificación entre derecho y poder. Es la forma extrema de los dos modelos anteriores,
donde uno de los dos términos desaparece en beneficio del otro. La perspectiva extrema de la
supremacía del poder sobre el derecho lleva a su consideración como un apéndice
instrumental del poder.
Ross, en “Sobre el derecho y la justicia”, afirmará que «el poder es un hecho social, es dominio
sobre hombres... y consiste en la capacidad para motivarles a actuar de acuerdo con la
voluntad de aquel que ejerce el poder... Un punto de vista realista no ve el derecho y el poder
como cosas opuestas... ». Se ve siempre al derecho desde el poder.
4. La separación entre poder y Derecho. Es la posición de todos los puntos de vista que niegan
que el derecho deriva, de alguna manera, del poder: sociologistas, realistas americanos,
partidarios de la tópica y de la identificación del derecho como ius, es decir, como búsqueda
de lo justo en el caso concreto. Es un tipo de aproximación que rechaza en algún sentido el
mundo moderno, con nostalgias tradicionales y comparativas de origen medieval. También se
pueden encuadrar en este grupo a posiciones neoliberales que reducen al mínimo el derecho
creado a partir de la existencia del poder político y que propugnan un derecho surgido y
mantenido al margen del poder del Estado.
En lo que todos están de acuerdo es en la implicancia mutua del poder y el derecho. Bobbio
señala que el poder sin derecho es ciego, el derecho sin poder queda vacío[20]. El poder
contribuye a la efectividad y a la eficacia del derecho. El derecho juridifica al poder
concurriendo a darle legitimidad y legalidad.
El poder sostiene con su fuerza a las normas que integran el ordenamiento jurídico de un
estado. El derecho, desde esta perspectiva, es un conjunto de normas coercibles, es decir,
respaldadas por la posibilidad del uso de la fuerza para lograr su cumplimiento. El poder y la
fuerza cumplen así una función instrumental respecto al derecho, como medio para lograr su
efectividad y su eficacia.
Sin embargo, la efectividad y la eficacia de las normas que integran el ordenamiento
jurídico no se apoyan sólo en la posibilidad de utilizar la fuerza para obtener el cumplimiento
por parte de sus destinatarios, sino también en el consenso de los miembros de la sociedad.
De hecho en la inmensa mayoría de los casos las normas jurídicas son acatadas
espontáneamente por sus destinatarios, y no por el temor en incurrir en las sanciones,
aplicables en forma coactiva, previstas para los que las desobedecen.
El poder político constituye también una de las dimensiones del hecho fundante básico
del ordenamiento jurídico, visto no como normas aisladas, sino como totalidad. Lo que va a
permitir identificar y distinguir, desde una dimensión fáctica al poder constituyente originario,
que da unidad a todo el ordenamiento, es la efectividad de sus mandatos, es decir su
capacidad para imponer obediencia a la norma fundamental o primera constitución. Por ello,
es la efectividad lo que nos va a permitir distinguir al poder constituyente originario de un
grupo subversivo. Un grupo subversivo logra convertirse en poder constituyente originario
cuando logra que la población cumpla con sus mandatos. La otra dimensión del hecho
fundante básico del ordenamiento jurídico como totalidad es la normativa o valorativa,
constituida por la adhesión del ordenamiento al el conjunto de valores y derechos
fundamentales reconocidos y aceptados por la sociedad en cuestión.
Una de las funciones sociales del derecho que hemos ya analizado es la de legitimar y
organizar el poder social.
El derecho regula el cuándo, el quién, el cómo y el cuánto del ejercicio de la fuerza por parte
del poder político: a) determina las condiciones en las que el poder coactivo puede o debe ser
ejercido; b) señala las personas que pueden y deben ejercerlo; c) fija el procedimiento que
debe ser seguido en esas determinadas circunstancias y por esas determinadas personas y d)
establece el quantum de la fuerza a utilizar por el poder
La legalidad del poder, en cambio, se vincula con su ejercicio. Un poder va ser legal si quien lo
detenta, lo ejercita en conformidad con las normas establecidas. La legalidad para el súbdito o
gobernado constituye un derecho; para el soberano o gobernante, un deber. El poder ejercido
sin sujeción a normas es el poder arbitrario. En este sentido, un poder legítimo, puede no ser
legal. Sería el caso de un gobernante, designado a través de los procedimientos establecidos
en las normas del ordenamiento jurídico, pero que ejerce en forma contraria a los
procedimientos y a los preceptos establecidos por las normas jurídicas vigentes. A su vez un
poder legal puede ser ilegítimo. Por ejemplo un gobierno inconstitucional que ejercita el poder
conforme al derecho vigente.
Sin embargo, conceptualizando desde este modo a la legitimidad y a la legalidad del poder,
como relación con el derecho, prácticamente la idea de legitimidad se disuelve en la de
legalidad. La legitimidad definida como poder cuyo título está conforme con el derecho, no es
otra cosa que la legalidad del título del poder.
Creemos que no es conveniente reducir la legitimidad del poder en relación con la legalidad
del título. La conformidad con el derecho del poder político no agota la noción de la
legitimidad del poder. Esta debe ser referida a la adecuación con los valores de libertad, orden,
bienestar, justicia vigentes en la sociedad en donde se ejerce dicho poder político[94], y al
respeto de los derechos humanos.
Pero además, el ejercicio del poder político no deber ser valorado sólo desde una perspectiva
formal, de conformidad con los procedimientos establecidos por la normativa vigente, sino
también debe ser materialmente enjuiciado desde la perspectiva de su efectividad, de su
eficacia y de la justicia del contenido de sus mandatos.
El derecho como fuente de poder: los poderes jurídicos.
El derecho como normatividad, a su vez, se nos presenta como fuente de los poderes
jurídicos.
Los poderes jurídicos surgen de los hechos, actos o situaciones jurídicas que las normas le
atribuyen capacidad para generarlos. Los hechos de la naturaleza, como un nacimiento, una
granizada, etc., los actos jurídicos, como un contrato, los actos ilícitos, como un homicidio o el
o cumplimiento de una obligación, y las situaciones jurídicas, como la patria potestad, son
fuentes de poderes jurídicos, como derechos subjetivos, potestades, o facultades, cuando las
normas así lo establecen.
a) Introducción
Para introducirnos al tema referido a los valores intentaremos comparar al sistema jurídico con
un árbol. En primer lugar reflexionemos sobre la vida de un árbol. Para que el árbol sobreviva
tiene que recibir las nutrientes a través de sus raíces y además respirar por su follaje. Cuanto
más se hundan y afirmen las raíces del árbol en el suelo más posibilidades de crecer y
desarrollarse tiene el mismo. A su vez la copa del árbol se elevará y crecerá en busca de un
cielo, de un sol, de quien necesita la luz para realizar una serie de procesos que son los que los
mantienen con vida. Si a un árbol se le cubre su copa impidiéndole recibir la luz o si se retiran
sus raíces del suelo no permitiendo que tome las nutrientes del mismo, este está destinado a
morir.
En primer lugar podemos parangonar el suelo en el cual hunde sus raíces el árbol con la
realidad social en la cual el derecho se desarrolla y a la cual, a su vez, pretende regular. Cuanto
más lejos, cuanto más divorciadas estén las conductas sociales de los hombres de las
establecidas por el ordenamiento, más posibilidad de que el derecho se debilite y hasta se
muera (o se lo mate) y se lo sustituya por otro en modo total o parcial.
En segundo lugar, el cielo del cual recibe su luz el árbol jurídico debe brillar permanentemente.
En este cielo encontramos las diversas estrellas que le dan su luz, entre ellas al sol que también
lo es. Pareciera que las estrellas atraen a nuestro árbol hacia ellas ya que éste crece hacia
arriba, hacia donde ellas se encuentran. Podemos sustituir las estrellas por valores, y podemos
creer que el sol, la estrella más grande para nuestros ojos sea la justicia. Podrá crecer nuestro
árbol jurídico si deja de crecer y desarrollarse atraído por los valores jurídicos.
Si vemos al árbol como resultado final del tipo de suelo y de la cantidad de luz y aire que recibe
por su follaje, también podremos empezar a comprender al derecho como el resultado de
ambos factores, suelo y cielo, realidad social y valores sociales.
¿Existen los valores? En caso afirmativo corresponde preguntarse ¿qué tipo de existencia
tienen?
El primer interrogante surge con motivo de que los valores no son objeto de la realidad
sensible. Es decir no puede comprobarse empíricamente su existencia.
Los valores no tienen una existencia física por tanto no podemos percibirlos ni conocerlos a
través de nuestros sentidos. Nunca se ha visto a la justicia caminando por la vereda, o jamás se
ha escuchado a la belleza movilizarse.
Ello ha llevado a algunos a afirmar que los valores no existen, que son sólo fruto de la
imaginación de los hombres que los crean con diversos motivos y para distintos fines[96].
No obstante ello los valores aparecen relacionados a objetos de existencia material, a cosas
naturales o culturales. Se habla así de "la justicia de una norma", "la belleza de un cuadro".
Entonces los valores se presenten como cualidades de un objeto. Los valores no se dan
aislados, sino que tiene una existencia parasitaria, se nos presentan siempre apoyados en un
sostén, encarnados en un objeto de orden real. Al objeto lo captamos por los sentidos, pero en
cambio los valores no son captados por los sentidos. La experiencia de los valores es
independiente de la experiencia de las cosas.
Se afirma que los valores son irreales en el sentido de que no equivalen a ninguna de las
cualidades de los objetos ni a la suma de estas. Pero no debe pensarse en irreal como
sinónimo de ideal. Estamos planteando que si bien los valores no son susceptibles de ser
captados por nuestros sentidos, es decir no son atributos físicos de los objetos, tampoco son
ideales en el sentido que existan sólo en el mundo de las ideas. Por el contrario se basan o
están asentados en los objetos de la realidad sensible.
La irrealidad del valor debe interpretarse como que ellos constituyen una cualidad estructural.
Veremos más adelante que cada valor es una estructura constituida por cualidades primarias y
secundarias. La estructura no equivale a la suma de las partes aunque depende de los
miembros que la constituyen.
Por eso el valor depende las cualidades empíricas en las que se apoya, pero al mismo tiempo,
no puede reducirse a ellas.
Por otras parte creemos que los valores están condicionados por los elementos subjetivos –
del sujeto que valora –, objetivos – del objeto valorado y además por la situación concreta en
la cual se presentan (carácter situacional).
c) Los valores ¿son objetos o son subjetivos? Objetividad y subjetividad de los valores.
Si bien ya hemos adelantado postura en el sentido de que a nuestro entender los valores
surgen de la conjunción de elementos objetivos y subjetivos, tradicionalmente se ha debatido,
y aún hoy se discute, si los valores son objetivos o subjetivos. El planteo sería el siguiente: ¿los
valores existen porque el sujeto los estima (subjetivismo) o se los estima porque justamente
preexisten? ¿La existencia de los valores está limitada al mundo interno de los hombres o
existen independientemente de la actividad y/o actitud valorativa de los sujetos (objetivismo)?
Este problema, aunque sigamos discutiendo y descubriendo más argumentos para cualquiera
de las dos posturas, no ha podido ni puede, a nuestro entender, ser resuelto. Ello nos lleva a
pensar que quizás la dificultad se derive en que el problema haya sido mal planteado. Surge
entonces este interrogante: ¿tendrán que ser los valores necesariamente objetivos o
subjetivos?
Puede que los estados psicológicos de agrado, deseo o interés sean una condición necesaria
pero no suficiente y que tales estados no excluyan elementos objetivos sino que los supongan.
El valor puede ser el resultado de una tensión entre el sujeto y el objeto, y así ofrezca una cara
subjetiva y otra objetiva.[97]
En medio de estos dos extremos están los demás valores: útiles, vitales, estéticos, etc. donde
el equilibrio entre lo subjetivo y lo objetivo parece mayor.
d) El carácter relacional de los valores
Hemos visto como los valores establecen o surgen a partir de una relación entre el sujeto y el
objeto, pero debemos advertir que los objetos motivo de las valoraciones no son todos iguales,
por el contrario son de las más diversas naturaleza. Muchos factores influyen en los elementos
objetivos que intervienen en el valor, por ejemplo el marco de un cuadro influye sobre la
pintura, o la luz con la que está iluminada, etc.
También vemos que el sujeto que valora no es siempre el mismo, las condiciones biológicas y
psicológicas en que se encuentra varían y todo ello hace que éste modifique sus reacciones
frente a los objetos.
Además otros factores influyen y se relacionan con los elementos subjetivos y objetivos. Estos
factores son los denominados sociales o culturales. Cada grupo humano tiene distintas pautas
sociales y culturales, ello impacta en forma directa sobre los valores.
a) Considerar al robo como una conducta disvaliosa tiene sentido en una sociedad que tenga
su organización económica fundada en la propiedad privada.
Si bien el valor no puede derivarse exclusivamente de los elementos fácticos de los objetos
tampoco podemos tan siquiera pensar en los valores si hacemos abstracción de la realidad
sensible o física.
No se debe pensar que el juicio ético, estético o de justicia se pueda reducir al complejo de las
circunstancias subjetivas, culturales o sociales que forman parte de la valoración, pues estas no
constituyen por sí solas el valor. Falta el aspecto objetivo. Siempre nos encontraremos con la
presencia de las dos caras de la cuestión: la subjetiva y la objetiva. La relación entre estos dos
factores más los sociales o culturales es compleja.
Con respecto al aspecto subjetivo, hemos visto que un valor no tiene existencia ni sentido
fuera de la valoración real o posible. La valoración cambia, a su vez, de acuerdo con las
condiciones fisiológicas y psicológicas del sujeto. También debemos destacar el carácter
dinámico del elemento subjetivo ya que la vivencia valorativa recibe la influencia de todas las
otras vivencias anteriores o contemporáneas. Ni la valoración ni las vivencias valorativas son
fijas, sino que son cambiantes y mantienen entre sí una relación mutua.
Con respecto al ingrediente objetivo podemos afirmar que no hay valoración sin la presencia
de un objeto. Hay cualidades en el objeto que obligan a reaccionar de un modo determinado, a
valorar positiva o negativamente aunque no me agrade o desee hacerlo.
Los valores que conocemos están depositados en bienes y suponen un depositario. Entre el
valor y su depositario hay una relación superior a lo que habitualmente se cree.
Con anterioridad hemos afirmado que los valores son cualidades de los objetos, pero no
hemos avanzado sobre qué tipo de cualidades son estas.
Los objetos poseen diversos tipos de cualidades. Tienen cualidades llamadas primarias, que
son aquellas esenciales para la existencia misma del objeto, por ejemplo la extensión, el peso,
etc. Sin alguna extensión en el espacio, o sin algún peso, el objeto corporal no existe. Tales
cualidades forman parte de la existencia misma del objeto, hacen de un modo directo a su ser
y su existir.
También encontramos las cualidades secundarias o sensibles, que forman parte del ser del
objeto, pero no son esenciales al mismo, como por ejemplo el color, el sabor, el olor, etc.
El banco mide 50 cm. de alto y pesa 3 kg. y está pintado de verde. La altura y el peso son
cualidades primarias por todo banco para ser tal de be tener alguna altura y algún peso. Si no
lo tuviera no existiría como tal. El medir 50 cm de alto, el pesar 3 Kg y su color verde no
resultan cualidades esenciales, ya que pueden cambiar, ser más bajo, o más pesado, ser
pintado de rojo, y seguirá siendo un banco.
Los valores son propiedades que poseen ciertos objetos, no son independientes, ni
sustantivos. Son cualidades, objetos accidentales, que necesitan de otro objeto para existir. Sin
embargo no son ni cualidades primarias ni secundarias, son cualidades terciarias, cualidades
sui generis.
En este sentido Frondizi afirma que los valores son cualidades estructurales. El valor es una
cualidad que depende de las cualidades primarias y secundarias de los objetos pero que al
mismo tiempo no se reduce a ellas. La característica principal de una estructura es que tiene
propiedades que no se encuentran en ninguno de los miembros o partes constitutivas.
Tampoco resulta del mero agregado de ellas, ya que una estructura depende de sus miembros,
pero no equivale a la mera suma de estos.
El que una estructura no se reduzca a los miembros que la componen no significa que sea un
ente metafísico ya que se construye a partir de realidades empíricas. Cabe señalar que los
miembros de una estructura no son homogéneos, aquí radica la diferencia entre una
estructura y un agregado de las partes. Por ejemplo, una orquesta está formada por distintos
músicos que tocan diversos instrumentos. Los miembros que la constituyen son heterogéneos
y la orquesta no equivale a la suma de los músicos que la forman, algunos pueden sustituirse y
sin embargo conservar la unidad de la orquesta. Cada músico ejecuta su parte y la función del
director es lograr la unidad estructural de la diversidad de músicos e instrumentos.
La estructura constituye una unidad concreta y no una abstracción. Y los miembros que la
componen se encuentran en una interrelación activa, de ahí que en muchos casos, al modificar
un miembro se altera el conjunto.
El valor como estructura depende las cualidades que la forman. La estructura valiosa se
caracteriza por tener propiedades que no se hallan en ninguno de sus miembros sino en el
conjunto, es por eso que agrega novedad al conjunto. El valor como cualidad estructural es
una propiedad distinta a las cualidades primarias y secundarias que lo constituyen.
El valor es una cualidad estructural, que tiene un carácter relacional, ya que surge de la
relación que se establece entre el sujeto que valora y el objeto valorado. Esta relación se da en
una situación determinada.
La situación no es un hecho accesorio, sino que afecta tanto al sujeto como al objeto así como
también al tipo de relación que mantienen. Los elementos que constituyen una situación son
los siguientes: [27]
el factor tempo-espacial, constituye lo que podríamos llamar el micro clima en que ocurre la
valoración.
A pesar de que la conexión del sujeto con su medio es muy íntima, debemos destacar que
muchas de las cosas que le ocurren al sujeto son personales. Algo similar ocurre entre el
objeto y la situación, esta comienza donde termina el objeto.
De acuerdo con lo que hemos visto el valor no es una cualidad simple. Por otra parte, no es
algo que exista y que luego con posterioridad sea afectado por su relación con un sujeto que
se halle en una situación. Por el contrario todos estos factores forman parte de la constitución
misma del valor. Sin su presencia el valor carece de existencia real.
El valor es una cualidad estructural que tiene existencia y sentido en situaciones concretas. Se
apoya doblemente en la realidad, pues la estructura valiosa surge de cualidades empíricas y el
bien al que se incorpora se da en situaciones reales. Pero el valor no se reduce a esas
cualidades, el valor es una cualidad empírica, producto de cualidades naturales, aunque no
reducible a ellas. Su complejidad se debe a la cantidad y variedad de factores que intervienen
en su constitución.
Si bien los valores dependen de la situación en que se halla el sujeto, en cada caso hay una
solución axiológicamente superior a otra, que no depende de la arbitrariedad del sujeto. No
hay que confundir objetividad y racionalidad con una supuesta universalidad. Cuando se nos
presenta un conflicto entre dos o más valores positivos se prefiere el superior.
No obstante ello lo afirmado por Aristóteles no parece conformar a Scheler y Hartmann. Ellos
sostienen que si bien los valores se dan siempre en una graduación bipolar, entre estos polos
hay una gradación de matices imperceptibles, por lo que resulta imposible determinar
exactamente cuál es el punto medio entre los dos polos.
Por ejemplo, si nos referimos a la belleza podemos ver que hay un cuadro que es muy bello,
que hay otro que lo es menos y un tercero que es ya bastante menos bello, hasta que caemos
en uno que nos resulta feo.
También se advierte que no todos los valores valen igual, y ello depende de variados
elementos, objetivos, subjetivos y fundamentalmente de la situación. Así entonces hablamos
de valores superiores y valores inferiores. En virtud de ello se puede intentar construir, y de
hecho se realizan, diversas escalas de valores.
Que exista alguna clase de ordenamiento jerárquico no significa que sean necesariamente fijos
y absolutos, puede sufrir cambios similares a los de los valores. No es apropiado hablar de una
tabla de valores, sino de criterios para determinar cuándo un valor es superior a otro dentro
de una situación concreta.
La naturaleza del valor determina su lugar dentro de la escala jerárquica, pero además se debe
atender a
las reacciones del sujeto, sus necesidades, intereses, aspiraciones, preferencias y demás
condiciones fisiológicas y socioculturales.
En segundo lugar, la jerarquía del valor debe tener en cuenta las cualidades del objeto.
El tercer factor que hay que tomar en consideración para determinar una escala de valores es
la situación. Si varían las condiciones en que se da la relación del sujeto con el objeto variará la
altura del valor. Hay circunstancias que influyen muy poco mientras otras la modifican
fundamentalmente.
Los tres caracteres son inestables. El que tiene menos estabilidad es el sujeto. El objeto es el
que mantiene más estabilidad. La situación es a su vez el resultado de un conjunto de factores
cambiantes de orden natural y cultural. De estos tres factores, los subjetivistas toman en
consideración tan solo al sujeto, los objetivistas al objeto, pero ambos omiten considerar
suficientemente a la situación, porque ésta afecta fundamentalmente a la relación entre sujeto
y objeto.
Cossio, tampoco conforme con la idea de escalas o jerarquías inmutables de los valores,
plantea con una imagen su visión sobre la cuestión. El autor utiliza la imagen de una esfera.
Sobre ella estarían repartidos los valores, esta esfera se va desplazando, por lo que el punto
sobre el cual descansa su peso va cambiando constantemente. Y ese punto es un valor que, en
un momento determinado, adquiere una gran importancia, es decisivo, pero en otro
momento, por el girar de la esfera va gravitando sobre los diversos valores que integran el
meridiano sobre el que está girando, y en cada momento hay un valor supremo de acuerdo a
la situación que se está viviendo; en otro momento el peso de la esfera ya descansa en otro
punto y el valor supremo es otro.
El intento de formar una tabla de valores más o menos rígida es contrario a la idea misma de
cambio ínsita en la de libertad. [99]
Distinguimos así teorías cognoscitivas y teorías no cognoscitivas de los valores. Dentro de las
primeras ubicamos a los naturalistas, racionalistas e intuicionistas. En las segundas
encontramos a los voluntaristas y emotivistas. Volveremos sobre este tema al analizar las
teorías cognoscitivas de la justicia.
Los valores jurídicos participan en general de las mismas características que el resto de los
valores. Pero se diferencian en que podemos considerarlos inicialmente como valores sociales
o bilaterales. Portela[100] sostiene que los valores jurídicos tienen las mismas características
que los demás valores, pero siempre están referidos a conductas o situaciones que importen la
alteridad. Ella se da cuando se produce el cruce de dos o más conductas.
Siguiendo a Cossio diremos que "todo valor que luzca en la conducta en interferencia
intersubjetiva interesa a la axiología jurídica". Esta analiza todo un plexo de valores jurídicos,
en el cual además de la justicia, valor central que cumple una misión totalizadora y
armonizadora, encontramos a los siguientes: seguridad, orden, poder, paz, solidaridad y
cooperación.
k. La justicia
¿Qué es la justicia? Esta pregunta es sin duda una de las más difíciles de contestar y, a la vez,
una de las más importantes que el pensamiento humano se ha planteado alguna vez. [103]
La justicia es un concepto de una enorme abstracción y sin embargo nos referimos a ella
cotidianamente como algo natural para nuestra vida común de todos los días.
La justicia no es un fin en sí mismo, si lo fuera una vez alcanzada debería finalizar la historia del
derecho. Los fines son siempre el término de una acción, y los valores no son el término de
ninguna acción sino una cualidad inherente a los bienes. Por eso la justicia no es un fin sino un
valor central. Ésta se funda en la coexistencia que aquí aparece como entendimiento
comunitario. La justicia es sólo una posibilidad, la mejor posibilidad de entendimiento entre
todas las que el futuro acerca.
El derecho se afianza sobre todo en el consenso de los destinatarios de sus normas, los cuales
adecuan sus conductas a ellas con la convicción de que esas normas no son expresión del mero
arbitrio de quienes detentan el poder, sino que representan la reglamentación oportuna y
conveniente de las relaciones humanas intersubjetivas.
Por esto se sostiene que el derecho positivo además de vigente y válido debe ser justo,
conforme a aquellos criterios ideales que deben presidir la buena dirección y el ordenado
desarrollo de la cosa pública. Al conjunto de estos criterios ideales se le da el nombre de
justicia. [104]
Nino señala que “pocas ideas despiertan tantas pasiones, consumen tantas energías, provocan
tantas controversias, y tienen tanto impacto en todo lo que los seres humanos valoran como la
idea de justicia”.
La justicia es, sin disputa, el supremo valor jurídico, y como tal ha sido tenido desde antiguo.
Pero las dificultades comienzan tan pronto como se quiere definirla. Sin embargo, si tomamos
a Aristóteles como punto de partida y recorremos veinticinco siglos en la historia del
pensamiento, notaremos una constante exigencia de igualdad, proporcionalidad y armonía.
Sócrates afirmaba que la justicia es una cosa más preciosa que el oro y Aristóteles, citando a
Eurípides, sostenía que “ni la estrella vespertina ni la matutina son tan maravillosas como la
justicia”.
¿Qué es la justicia? ¿Una virtud de las personas? ¿La primera de las cualidades de las
instituciones políticas y sociales? ¿El medio entre dos extremos? ¿La ley de la clase
dominante? ¿El resultado de un procedimiento equitativo? ¿Lo que surge de un proceso
histórico en el que no se violan los derechos fundamentales? ¿Un ideal irracional? Estas y
muchas otras respuestas extremadamente divergentes entre sí fueron dadas, señala Nino, por
diversos pensadores a través de la historia de la filosofía, que se dedicaron a pensar sobre el
tema.
Se distingue entre el concepto de justicia y las diversas concepciones de justicia. Sobre la base
de esta distinción, Rawls caracteriza el concepto de justicia indicando que él se refiere a un
balance apropiado entre reclamos competitivos y a principios que asignan derechos y
obligaciones y definen una división apropiada de las ventajas sociales. A su vez, las
concepciones de justicia como la que él mismo propicia, son las que interpretan el concepto
determinando qué principios determinan aquel balance y esa asignación de derechos y
obligaciones y esta división apropiada[106].
Como ya hemos mencionado más arriba existen distintas teorías que pretenden explicar el
conocimiento de los valores. En especial, con relación a la justicia encontramos las siguientes
posturas.
Las teorías cognoscitivas parten del supuesto que los valores son cualidades inherentes a las
cosas o a las acciones y como tales pueden ser conocidas por el hombre a través de sus
distintas facultades. A su vez dentro de ellas encontramos tres tipos de teorías, a saber: a) las
naturalistas, b) las racionalistas y c) las intuicionistas.[108]
Las teorías naturalistas sostienen que la justicia es una cualidad que pertenece a las normas o
a las acciones y que su existencia puede ser conocida y comprobada empíricamente. Ejemplos
de estas teorías son: el "utilitarismo" y el iusnaturalismo.
El utilitarismo entiende como justo, lo útil, es decir identifica justicia con utilidad. Una norma
va a ser justa en tanto sea útil para algún tipo de fin. La justicia se identifica con la utilidad.
Las teorías racionalistas, al igual que las anteriores, consideran a la justicia como una cualidad
que pertenece a las normas o a los comportamientos, pero piensan que tal cualidad sólo
puede ser conocida a través de la razón y no por los sentidos o la verificación empírica como
sostienen los naturalistas. Así Kant afirma que el fundamento de lo justo no ha de buscarse en
un pretendido orden natural, sino en la misma racionalidad del hombre. El derecho nace de la
exigencia de la razón de conciliar la libertad de uno con la libertad de los demás. Por su parte
Santo Tomás de Aquino afirma que el fundamento de la justicia reposa en la racionalidad
divina, de la que la razón humana no es más que un reflejo.
Las teorías intuicionistas también consideran que la justicia es una cualidad que pertenece a
las acciones o a las normas que las regulan, pero sostienen, a diferencia de las anteriores, que
tal cualidad no es ni empíricamente verificable, ni racionalmente demostrable. Afirman que
sólo puede ser conocida por medio de una peculiar facultad propia del hombre, la
intuición[109]. Según los partidarios del método fenomenológico esta forma de conocimiento
permite captar las estructuras esenciales que constituyen las formas a priori de toda
experiencia posible, con la misma objetividad y evidencia con la que se presentan los datos
concretos de la experiencia misma. Para estos autores el sentimiento constituye el
instrumento gracias al cual llegamos al conocimiento de los valores existentes objetivamente
en las cosas, lo cual no debemos confundir con el emotivismo que sostiene que el sentimiento
es la fuente misma de los valores.
B) Las teorías no cognoscitivas sostienen que no puede darse propiamente el conocimiento de
los valores ya que el fundamento de estos ha de buscarse en el campo de la voluntad o del
sentimiento. En virtud de ello se distinguen teorías voluntaristas y teorías emotivistas
El primero se funda en la evidente consideración de que las leyes se imponen por los
individuos o grupos socialmente más fuertes. La supuesta justicia a la que tiende o pretende
realizar el sistema jurídico expresa los intereses de la clase dominante y está destinado a
desaparecer en una sociedad sin clases (Marx).
b) Para los emotivistas la justicia tiene un significado emotivo y no hace más que expresar
nuestras preferencias hacia ciertos comportamientos o normas. Por tanto quienes sostienen
estas posiciones piensan que los enunciados referidos a los valores no son significativos, no
tienen sentido. Ante ellos no podemos plantearnos su verdad o falsedad ya que no existe
ningún método de verificación de la aseveración.
Las proposiciones valorativas, al igual que las prescriptivas, tienen un contenido puramente
emotivo, decir que "esta acción es justa" no añade nada a lo que sabemos de esa acción sino
que se limita a expresar nuestra actitud favorable a hacia ella y a estimular a los demás a
cumplirla. Para estos autores la justicia tampoco tiene más que un significado emotivo y no
hace más que expresar nuestras preferencias hacia ciertos comportamientos.
Uno dice "soy contrario a esta norma porque es injusta" pero debería decir más correctamente
"esta norma es injusta porque soy contrario a ella"[110].
La teoría emotivista puede asumir dos formas: una psicológica y una sociológica, según que el
juicio de valor exprese la preferencia personal del que habla o de la mayoría de las personas
que componen un grupo determinado.
Podemos relacionar estas teorías con los criterios absolutistas y relativistas en la consideración
de la justicia.
Así vemos que lo justo es un criterio absoluto y como tal inmutable en el tiempo y universal en
el espacio. Las doctrinas cognoscitivas tienden a absolutizar el criterio de justicia, en cuanto
piensan que se trata de un criterio objetivo, inherente al objeto.
En cambio para las teorías relativistas el criterio de lo justo está condicionado por las
fluctuaciones de la historia y de las opiniones cambiantes de los hombres. Las teorías no
cognoscitivas tienden a afirmar la relatividad de la justicia.
En primer lugar se asoció la idea de justicia al concepto de orden. El contenido de la justicia era
el orden. Esto implica entender por justicia exactitud, precisión, congruencia. La realidad
cósmica era ordenada. Así la justicia aparece como un hecho cósmico. Los hombres participan
de la justicia en cuanto se inscriben en el orden universal.
Junto a este significado se va precisando otro más específico y restringido, por el cual se
circunscribe el ámbito de la justicia al del comportamiento social del hombre. Así entonces
justicia no expresa cualquier orden, sino la conformidad del comportamiento humano con la
norma que lo regula. Por eso la justicia consistirá en obediencia a la ley y se identificará con lo
que llamamos legalidad.
Los conceptos de orden y legalidad aparecen estrechamente ligados ya que ley significa
normalidad, regularidad, seguridad de las relaciones sociales, predecibilidad de las
consecuencias de la conducta propia y ajena. Puesto que el orden se prefiere al desorden y la
legalidad al arbitrio, y puesto que la ley asegura al menos un cierto grado de orden en las
acciones humanas, se vio y se sigue viendo en la legalidad una primera encarnación de la
justicia.
Pero no puede bastar con que la acción sea conforme con la ley, es preciso que la ley sea
conforme con la justicia. Así se comenzó a buscar un criterio de lo justo superior al
suministrado por las leyes positivas, un criterio al cual las propias leyes deben remitirse.
Tal criterio fue reconocido en el concepto de igualdad, sobre el cual Aristóteles trazó un
análisis admirable. Propuso que la justicia tiene distintas aplicaciones según se entienda a la
igualdad en sentido aritmético, como equivalencia, o en sentido geométrico como proposición.
Así se derivan las dos diferentes funciones que la justicia asume:
b) Justicia conmutativa: preside las relaciones entre los particulares, sean relaciones derivadas
de hechos lícitos (contratos), sean relaciones derivadas de hechos ilícitos (delito). Esta forma
de justicia establece una relación entre dos cosas y comporta una equivalencia aritmética
entre la prestación y la contraprestación en las obligaciones derivadas de un contrato y entre
el resarcimiento y el daño en las obligaciones derivadas de un ilícito. De ésta se deriva la
justicia penal, que establece una proporción entre la gravedad del delito y la entidad de la
pena.
Otro criterio de justicia, está constituido por la noción de bien común. Éste puede entenderse
de diversas maneras según indique aquel bien que el individuo puede conseguir solo
insertándose en una sociedad, en este caso se lo considera como bien social. Cuando el bien
de todos se opone al bien de los particulares, hablamos de bien colectivo.
Entre dos personas que no se ponen de acuerdo en una cuestión puede haber "desacuerdo de
creencia", "desacuerdo de actitud" o "desacuerdo ideológico".
Los desacuerdos de actitudes pueden eliminarse mediante el uso de una técnica lógico
deductiva que permite "demostrar" que de creencias comunes se deducen conclusiones
similares, y que cuando ello no ocurre por un principio de coherencia lógica se debe llegar a un
acuerdo.
Las discusiones sobre valores o escalas de valores son por lo general desacuerdos ideológicos,
y como tal deben resolverse mediante argumentos persuasivos.
En búsqueda de una introducción integrada del derecho, se deben analizar sus fundamentos
que hemos clasificado en tres clases: el medial, el material y el motor.
El derecho regula la conducta del hombre, en cuanto actividad típicamente humana, es decir
actividad libre y conducida, orientada a fines. El derecho regula vinculando las conductas de los
seres humanos, que conviven en grupos y sociedades. Y esto constituye su fundamento
material: la materia con la cual trabaja el derecho.
Finalmente el fundamento motor hace referencia al poder y a los valores en cuanto ponen en
movimiento al derecho. El poder político, un tipo de poder humano y social, contribuye a la
efectividad de las normas jurídicas. El derecho legitima y legaliza al poder, y justifica su
ejercicio. El derecho, también es fuente de poderes jurídicos. Finalmente los valores jurídicos
son aquellos que atraen al derecho, entre ellos sobresale la justicia, entendida como el
adecuado reparto de cargas y beneficios dentro de un grupo o sociedad.
Luego de haber estudiado los módulos 1 y 2 y de haber resuelto las actividades, Ud. está en
condiciones de resolver la primera parte de la evaluación.
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[2] La vida es algo que caracteriza a los animales, a los vegetales y a otros organismos desde las
algas unicelulares, hasta las plantas y animales superiores, y que se manifiesta en una serie de
cambios que los seres vivos realizan durante su crecimiento, su reproducción y en su
adaptación al medio ambiente.
[6] Por debajo de la vida vegetativa, el hombre se encuentra compuesto por millones de
células, que son las unidades de vida, pero cada célula a su vez supone, está constituida por
moléculas y átomos.
[11] ídem
[12] ídem
[13] ídem
[14] ídem
[17] ídem
[18] ídem
[19] MARTÍNEZ PAZ, Fernando: “Introducción al derecho”. Editorial Abaco. Buenos Aires. 1982.
P 301
[20] MARTÍNEZ PAZ, Fernando: “Introducción al derecho”. Editorial Abaco. Buenos Aires. 1982.
P 30
[21] MARTÍNEZ PAZ, Fernando: “Introducción al derecho”. Editorial Abaco. Buenos Aires. 1982.
P 305
[25] Ídem
[26] CARPINTERO, Francisco: Derecho y ontología jurídica. Actas. Madrid. 1993, p 164.
[31] PRIETO SANCHIS, Luis: “Apuntes de teoría del derecho”. Trotta. 4ta ed.
CATENACCI, Imerio Jorge: “Introducción al derecho2. Astrea. Bs. As. 2001, p 6. Madrid
(España), 2009, p 27
[36] BARRACO AGUIRRE, Rodolfo: “Lecciones de Introducción al Derecho. III. El derecho como
integridad.” Horacio Elias. Editora Córdoba. Córdoba. 1993. p 32
[37] ALMONGUERA CARRERES, Joaquín: “Lecciones de Teoría del derecho”. Editorial Reus.
Madrid. 1995. p 27
[38] BARRACO AGUIRRE, Rodolfo: “Lecciones de Introducción al Derecho. III. El derecho como
integridad.” Horacio Elias. Editora Córdoba. Córdoba. 1993. p 33.
[39] MARTÍNEZ PAZ, Fernando: “Introducción al derecho”. Editorial Abaco. Buenos Aires. 1982.
p 306.
[40] idem.
[43] LUMIA, Giuseppe: “Principios de teoría e ideología del derecho. Editorial Debate. Madrid.
1985. pp 11 y MARTÍNEZ PAZ, Fernando: [Link] p 306.
[45] FICHTER, Joseph H.: “Sociología”. Biblioteca Herder. 12ª edición. Barcelona. 1979. p 177.
[46] REHBINDER, Manfred: “Sociología del Derecho”. Editorial Pirámide. Madrid. 1981. p 103 y
ss.
[47] BETES, Luis G. y SARRIES, Luis: “Sociología. Ciencia de la convivencia”. Editorial Verbo
Divino. Estella (Navarra) España. 1974. Capítulo (.
[50] BERGALLI, Roberto: “Contradicciones entre derecho y control social”. Editorial Bosch.
Barcelona.1998.ñ
[53] COHEN, BRUCE J.: “Introducción a la sociología”. Mac Graw Hill. México. 1996.-p 72
[55] BARRACO AGUIRRE, Rodolfo: “Lecciones de Introducción al Derecho. III. El derecho como
integridad.” Horacio Elias. Editora Córdoba. Córdoba. 1993. p 97.
[58] BOBBIO, Norberto: “Contribución al teoría del derecho”. Fernando Torres Editor. Valencia.
España. 1980. p 263.
[60] CARCOVA Carlos M.: Acerca de las funciones del derecho. En Autores Varios: "Materiales
para un teoría crítica del derecho. p 203 a 218
[61] Barraco Aguirre, Rodolfo //BETES, Luis G. Y SARRIES, Luis: “Sociología”. Tomo1. Editorial
Verbo Divino. Estela (Navarra) España. 3ra edición.1978. p 225 /
REHBINDER, Manfred: “Sociología del derecho”. Editorial Pirámide. Madrid. 1981. P 155 y ss.
[64] BARRACO AGUIRRE, Rodolfo: “Lecciones de Introducción al Derecho. III. El derecho como
integridad.” Horacio Elias. Editora Córdoba. Córdoba. 1993. p 53 y ss.---
[65] MARITAIN, Jacques: "El hombre y el Estado". Editorial Círculo de Lectores. Capítulo 1. p 13
-41
[66] SAIZ VALDIVIESO, Alfonso Carlos: Iniciación al estudio del derecho político”. Universidad
de Deusto. Bilbao. 1994. P 103.
[67] MARITAIN, Jacques: “El hombre y el estado”. Club de Lectores. Buenos Aires. 1984. P 19.-
[71]GARCIA MAYNEZ Eduardo: "Introducción al estudio del derecho. 15a edición. Editorial
Porrúa. México. 1.968. p 97 -111.
[83] GARCIA MAYNEZ, Eduardo: “Introducción al estudio del derecho”. Editorial Porrúa.
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[84] GARCIA MAYNEZ, Eduardo: “Introducción al estudio del derecho”. Editorial Porrúa.
Méjico. 1968. p 102 y ss
[85] SHERMERHORN, Richard: ¨El poder y la sociedad”. Editorial Paidós. Buenos Aires. 1963. p
25.
[90] PECES BARBA, Gregorio y otros: “Curso de teoría del derecho”. Marcial Pons. Madrid.
1999.P 94.
[95] El tema de los valores como fundamento motor del derecho ha sido elaborado por Daniel
Barrionuevo, profesor adjunto de la cátedra Introducción al Derecho, de la Facultad de
Derecho de la Universidad Nacional de Córdoba.
[96] Entre otros Jean Paul Sartre (para quien la idea de justicia es contradictoria en sí misma) y
Martín Heidegger (a quien le resulta inadmisible una expresión tal como "los valores no son
sino que valen).
[97] FRONDIZI Risieri: "Que son los valores". Fondo de Cultura Económica. Madrid. 1.977. 3ra
edición. México. 1972.
[98] r FRONDIZI Risieri: "Que son los valores". Fondo de Cultura Económica. Madrid. 1.977. 3ra
edición. México. 1972.
[99] Aftalión Enrique y otro. Introducción al Derecho. Segunda Edición. Abeledo Perrot. 1992
[100] PORTELA, Mario Alberto: “Introducción al derecho. I: Teoría General del Derecho”.
Editorial Depalma. Buenos Aires. 1976. P 135 y ss.
[101] La interferencia se refiere a la "posibilidad de optar entre hacer o no hacer, una y otra
conducta" y la intersubjetividad "a una situación donde dos sujetos entran en relación".
[102] Aftalión Enrique y otro. Introducción al Derecho. Segunda Edición. Abeledo Perrot. 1992
[103] NINO, Carlos S.: “Justicia”. En Autores Varios: “El derecho y la justicia”. Editorial Trota.
Madrid. 1996. P 467.
[104] LUMIA, Giuseppe: “Principios de teoría e ideología del derecho”. Editorial Debate.
Madrid. 1985, p 113 y ss.
[105] NINO, Carlos S.: “Justicia”. En Autores Varios: “El derecho y la justicia”. Editorial Trota.
Madrid. 1996. P 467.
[106] Idem
[107] En el desarrollo de este tema se sigue la estructura de contenidos propuesta por LUMIA,
Giuseppe: “Principios de teoría e ideología del derecho”. Editorial Debate. Madrid. 1985, p 113
y ss
[109] Max Scheler habla de "intuición emocional" que permite conocer a los valores.
Modulo 3
Las normas son reglas o principios directivos de la actividad típicamente humana, o lo que es lo
mismo, de la conducta del hombre. La idea de norma va ligada a la noción de modelo o guía
para hacer algo. En un sentido más fuerte se une el concepto de norma con la idea de deber,
de algo que debemos hacer, como una conducta estimada o decidida como debida[1]. Por
ejemplo, estimamos que debemos ayudar a una persona, o un profesor estima y decide que las
unidades 1 a 3 son las que los alumnos deben estudiar para el primer parcial de una
asignatura. El deber impuesto por la norma puede ser de carácter positivo, entonces tenemos
una obligación; por ejemplo: “se debe pagar el alquiler de un inmueble alquilado”, “se debe
devolver las cosas prestadas”; o de carácter negativo, y por lo tanto estamos frente a una
prohibición. Un ejemplo de deber negativo es “no se debe fumar en el aula”. También
encontramos normas que se limitan a permitirnos hacer o no hacer algo. Ejemplos de permisos
son: “los alumnos pueden plantear dudas durante la exposición del docente”, “los alumnos
pueden no formular preguntas durante la clase”.
Toda la vida del hombre está regulada por normas, existiendo una gran variedad de ellas: las
reglas técnicas, las reglas de juego, las reglas de la gramática y de la lógica, los modelos o
pautas de comportamiento social, las normas morales, los mandatos religiosos, las normas
jurídicas, etcétera. Las reglas técnicas o directivas son las que nos indican un medio para lograr
un fin. Por ejemplo, las instrucciones para el manejo de un electrodoméstico. Las reglas de
juego, las de la gramática y las de la lógica se caracterizan por determinar o definir una
actividad. Si quiero jugar al truco debo respetar ciertas reglas, sino lo hago, no jugaré a ese
juego de naipes. Si no respeto las reglas de la gramática castellana, no hablaré español.
Como vimos, los modelos o pautas de comportamiento social nos dicen cómo debemos pensar
y actuar para llevar una convivencia ordenada con los otros miembros de la sociedad en que
vivimos[2]. Las normas jurídicas se nos presentan antes que nada como normas, como un tipo
de normas, una clase especial de regla de la conducta humana.
Se distingue entre normas jurídicas naturales y normas jurídicas positivas. Las normas jurídicas
naturales son las estimadas como debidas, siendo exigidas por un fin estimado como debido,
un fin exigido por la naturaleza del hombre y de las situación. Las normas jurídicas positivas
son las decididas en función de un fin decidido. Son conductas decididas como debidas por
imposición de otro.
Las normas jurídicas positivas, que analizaremos en su naturaleza y en sus diversas clases, y en
su estructuración lógica y expresión lingüísticas, no se nos presentan en forma aislada, ni
constituyendo un simple agregado de preceptos, ni como un conjunto de normas yuxtapuestas
unas a otras, sino relacionadas en un sistema o estructura que suele ser designado con la
expresión “ordenamiento jurídico”. Sin embargo, algunos autores han señalado que la
expresión “ordenamiento jurídico” es un italianismo porque la palabra equivalente en
castellano debiera ser la de “orden jurídico”[3].
Para otros, el ordenamiento jurídico es un medio para establecer el orden social[4], que debe
diferenciarse de la noción de “orden jurídico” que se reserva para designar el orden objetivo,
concreto, real que surge de la aplicación, cumplimiento o aplicación coactiva de las normas
que integran dicho ordenamiento. En este sentido las nociones de orden social y orden jurídico
se implican y correlacionan[5]. Al ordenamiento jurídico nos proponemos analizarlo como
estructura jerárquica, coherente y plena de normas positivas. El ordenamiento jurídico es una
estructura, es decir una pluralidad de normas heterogéneas, que constituyen una totalidad,
una unidad. Las normas jurídicas que lo componen, establecen entre ellas relaciones de
subordinación, de jerarquía, existiendo como hemos visto normas primarias y secundarias.
Esta clasificación se vincula con el concepto de validez, uno de los caracteres de las normas
jurídicas positivas. El ordenamiento jurídico se nos presenta también como estructura
coherente de normas. La coherencia se relaciona con la inexistencia de antinomias y
redundancias entre las normas que lo componen. En este sentido, el ordenamiento jurídico
debe tener para cada conducta, no más de norma. Finalmente el derecho como ordenamiento
se caracteriza también por su plenitud, es decir, con la inexistencia de casos no previstos o
lagunas de legislación, debiendo regular cada conducta, con al menos una norma.
Von Wright[6] enumera y clasifica los distintos significados atribuidos a la palabra “norma”. Los
clasifica en significados principales y secundarios. Entre los principales señala a la expresión
“norma” como regla de juego, como prescripción o regulación y como directriz o norma
técnica. Entre los significados secundarios destaca a “norma” como costumbre, como norma
moral y como norma ideal.
Las normas como reglas de juego o determinativas son aquellas que establecen los
movimientos correctos y permitidos en una determinada actividad o juego. Ejemplos de
normas en este sentido son los reglamentos de un deporte o juego, las reglas de la gramática y
las reglas de la matemática.
Una segunda acepción de la palabra norma, dentro de las acepciones principales, es la llamada
prescripción o regulación. Un ejemplo de norma en este sentido lo constituyen las leyes del
Estado. Las prescripciones son establecidas o dictadas por una autoridad normativa,
destinadas o dirigidas a un determinado sujeto normativo, buscando que éste se comporte de
una cierta manera. Las prescripciones son promulgadas, es decir comunicadas para su
conocimiento y van acompañadas de la amenaza de una sanción o castigo para el caso de su
incumplimiento. Las normas jurídicas positivas, las órdenes militares, las órdenes que los
padres dan a sus hijos menores, las reglas de tránsito, son ejemplos de prescripciones. Las
prescripciones constituyen modelos o pautas de comportamiento social explícitos, como
hemos visto en el módulo anterior
Las directrices o normas técnicas se caracterizan por ser los medios a utilizar para alcanzar un
determinado fin. Ejemplos de este sentido de la expresión “norma” como norma técnica son
las contenidas en el manual de uso de los televisores, computadoras, etcétera.
Las normas morales son también un sentido de norma que Von Wright clasifica dentro de los
sentidos secundarios. Este autor señala que las normas morales son muy difíciles de identificar
y no es claro a cuáles normas se les debe atribuir el carácter de moral. Hay concepciones que
vinculan a las normas morales con las normas religiosas, o sea aquellas emanadas de la
autoridad de Dios, y otras que las entienden como una especie de regla técnica que señala el
medio para lograr un determinado fin: la felicidad del individuo o el bienestar de la sociedad.
Más adelante analizaremos algunos elementos o caracteres de las normas morales que son
útiles para diferenciarlas de las normas jurídicas.
Por último, otro sentido secundario de “norma” señalado por Von Wright, es el de reglas
ideales, que están estrechamente vinculadas con el concepto de virtud, de bondad, de patrón
o de modelo. Señalan las características de la especie óptima de una clase. Por ejemplo, lo que
debe hacer una persona para ser un buen futbolista, un buen abogado, un buen estudiante,
etcétera.
Como hemos visto, las normas morales son difíciles de identificar y de distinguir de los otros
tipos de normas. Y especialmente la distinción entre normas morales y normas jurídicas es un
problema que no siempre ha sido planteado y resuelto con claridad. Analicemos algunos
elementos o características que nos permitirán distinguir estos dos tipos de normas.
Las normas morales son unilaterales en el sentido de que frente al sujeto obligado no hay otra
persona autorizada para exigirle el cumplimiento de su deber. Son sólo imperativas, imponen
deberes. Regulan conductas en interferencia subjetiva, es decir que establecen la conducta a
seguir respecto a otras posibles conductas de ese mismo sujeto. Nos prescriben, por ejemplo,
que debemos pagar nuestras deudas, frente a otra posible conducta nuestra: no pagarlas. Las
normas jurídicas, en cambio, son bilaterales, ya que imponen siempre deberes u obligaciones a
una o más personas, correlativos a facultades o derechos de otra u otras personas. En este
sentido se dice que las obligaciones jurídicas no son deberes, sino deudas. Por ello, las normas
jurídicas son siempre impero-atributivas, imponen deberes al mismo tiempo que atribuyen
facultades correlativas, estableciendo una relación entre dos sujetos, el titular de la facultad y
el titular del deber u obligación. Las normas jurídicas regulan conductas en interferencia
intersubjetiva, es decir establecen la conducta de un sujeto frente a la conducta de otro sujeto.
Nos indican que si hemos celebrado un contrato de locación, debemos pagar el alquiler, y
correlativamente confieren al locador la facultad o derecho de exigir que le paguemos ese
alquiler.
Se suele afirmar también que las normas morales se ocupan del fuero interno del sujeto, de la
rectitud de los propósitos, mientras que las normas jurídicas se limitan a prescribir la ejecución
meramente externa de ciertos actos, conformándose con su pura exterioridad. Este criterio de
distinción entre moral y derecho es relativo. Las normas morales no sólo se ocupan del fuero
interno del sujeto, ya que no son suficientes las buenas intenciones, sino que la moral exige
que esas buenas intenciones trasciendan a la práctica. Ayudar al prójimo, no robar, no matar,
son normas reconocidas como morales y sin embargo, regulan conductas exteriores del
hombre. Sin embargo para la moral la interioridad es fundamental. Las normas jurídicas a
veces permiten penetrar la conciencia de los sujetos obligados, para analizar los móviles de la
conducta, atribuyéndoles consecuencias jurídicas. Por ejemplo: la intencionalidad en el
derecho penal y la buena fe en el derecho civil y en el derecho laboral. Sin embargo, es
indudable que desde la perspectiva jurídica la exteriorización de los actos tiene una
importancia mayor, ya que el fuero interno sólo tiene relevancia en la medida que se
exterioriza. Por ello, quizás convenga decir que las normas morales son predominantemente
interiores y las normas jurídicas son predominantemente exteriores.
Otro de los criterios que se ha utilizado para diferenciar entre moral y derecho, es el de la
autonomía. Las normas morales no crean obligaciones si no han sido interiorizadas por el
sujeto, si éste no las percibe como necesariamente fundadas y justificadas, es decir si no las ha
internalizado como normas. Aunque consideremos que la norma moral tiene validez objetiva,
es decir que existe con independencia de que el sujeto la conozca y la acepte como tal,
debemos decir que de dicha norma no se desprenderá un deber concreto para un
determinado sujeto si éste no la reconoce como tal, y se convence de su validez y
obligatoriedad respecto a su conducta. En este sentido se dice que las normas morales son
autónomas. Las normas jurídicas son heterónomas ya que en ellas, la obligación jurídica se
establece, por el legislador, de una manera exclusivamente objetiva, con total independencia
de lo que piense el sujeto destinatario de ésta. Las normas jurídicas obligan tanto si el sujeto
está de acuerdo con ellas, como si no lo está. Es decir que, en este caso, no se toma en cuenta
el juicio subjetivo de los sujetos llamados a cumplir lo prescripto.
Otro criterio de distinción entre normas morales y normas jurídicas es el de su finalidad. Las
normas morales tienen por objeto el perfeccionamiento del sujeto obligado, individual o
grupal. La moral se preocupa del sujeto que comete el acto inmoral, y no de los sujetos que
sufren las consecuencias del mismo. En el derecho, en cambio, las normas jurídicas cuidan la
suerte de las posibles víctimas de los actos ilícitos, y procuran el perfeccionamiento del orden
social.
El análisis efectuado en los párrafos anteriores nos permite afirmar la existencia de elementos
que posibilitan distinguir las normas morales de las normas jurídicas. Las normas jurídicas son
bilaterales, heterónomas, predominantemente exteriores, coercibles y a través de ellas se
pretende lograr el perfeccionamiento social, mientras que las normas morales son unilaterales,
autónomas, predominantemente interiores, incoercibles y buscan el perfeccionamiento
personal del sujeto obligado. Sin embargo, el hecho de que se distingan entre el derecho y la
moral no supone que puedan separarse totalmente, en cuanto órdenes normativos.
Diez Picazo[7] analiza algunas de las posibles relaciones entre derecho y moral. Por ejemplo,
señala que hay ámbitos de la conducta del hombre donde los preceptos morales y las normas
jurídicas coinciden o se superponen, persiguiendo los mismos objetivos y buscando la
realización de unos mismos valores. En este sentido tanto el derecho como la moral sancionan
el robo y el homicidio. Existe incluso una zona en la que el derecho pretende una moralización
de las relaciones jurídicas, impidiendo resultados jurídicos que sean inmorales. Por ejemplo, en
el ámbito contractual se ampara especialmente a la buena fe y en general existen varias
normas jurídicas que remiten a las normas morales.
Indica también, este autor, la posibilidad de descubrir ámbitos donde la moral produce normas
que no son recogidas por el derecho. Por ejemplo, la moral prohíbe el suicidio, sin embargo
éste no constituye un hecho antijurídico, ni aun en grado de tentativa o frustración.
Únicamente la prestación de ayuda y la instigación al suicidio constituyen delitos en nuestro
país (art. 83 del Código Penal). Otro ejemplo señalado es el de la prohibición moral de faltar
conscientemente a la verdad, mientras que una mentira constituye para el ordenamiento
jurídico una infracción en casos muy determinados, como es el del falso testimonio de testigos,
peritos o intérpretes (art. 275 del Código Penal), o de la falsa denuncia (art. 245 del Código
Penal).
El jurista español plantea también la existencia de otras zonas en las cuales el derecho
establece soluciones que no van de acuerdo con los principios morales, en función de la
realización de valores sociales como el orden, la seguridad, etc., como por ejemplo podría ser
el caso del desalojo por falta de pago del alquiler de una familia numerosa por el propietario
de la vivienda donde el padre ha perdido el trabajo. Podría ser reprochable desde el punto de
vista moral, pero perfectamente lícito jurídicamente.
Por último, señala que el derecho puede establecer deberes que son indiferentes desde el
punto de vista moral. Por ejemplo: el deber de circular en una cierta dirección en determinada
calle o avenida, o la obligación de trasmitir la propiedad de un inmueble por medio de
escritura pública.
En la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre se señala que los deberes
del orden jurídico presuponen otros, de orden moral, que los apoyan conceptualmente y los
fundamentan; y que “…puesto que la moral y buenas maneras constituyen la floración más
noble de la cultura, es deber de todo hombre acatarlas siempre”[9].
Por ejemplo el artículo 19 de la Constitución Nacional establece como límite a las acciones
privadas de los hombres, la ofensa de la moral pública. También son muchas las referencias del
Código Civil y Comercial de la Nación, a la moral y a las buenas costumbres. Algunos ejemplos
son las siguientes prescripciones contenidas en su articulado, que establecen: que la ley no
ampara el uso abusivo de los derechos entendiendo como tal, el que contraría los fines del
ordenamiento jurídico o el que excede los límites impuestos por la buena fe, la moral y las
buenas costumbres (Art. 10), que el objeto del acto jurídico no debe ser un hecho contrario a
la moral o a las buenas costumbres (Art. 279), que establece la nulidad de los actos sujetos a
un hecho contrario a la moral y a las buenas costumbres (art. 344); que las partes son libres
para celebrar un contrato y determinar su contenido, dentro de los límites impuestos por la
moral y las buenas costumbres (art- 958); que no pueden ser objeto de los contratos los
hechos que son contrarios a la moral (art. 1004), que un pago es repetible, si la causa del
mismo es ilícita (art. 1796); que son nulos las condiciones y cargos constituidos por hechos
contrarios a la moral (art. 2468). También la Ley de Contrato de Trabajo considera ilícito el
objeto del contrato laboral, cuando es contrario a la moral y a las buenas costumbres[11].
La ley 23331 establece que podrán introducirse en la zona franca toda clase de mercaderías y
servicios estén o no incluidos en listas de importación permitidas, creadas o a crearse, con la
sola excepción de armas, municiones y otras especies que atenten contra la moral, la salud, la
sanidad vegetal y animal, la seguridad y la preservación del medio ambiente[12]
En la ley de marcas y designaciones, se establece que no pueden ser registrados las palabras,
dibujos y demás signos contrarios a la moral y a las buenas costumbres.[13]
El principio general aceptado es que si bien no todo lo moral debe ser jurídico, todo lo jurídico
debe ser moral[15].
También los tribunales de nuestro país han reconocido a la moral y las buenas costumbres
como un límite impuesto al ejercicio de los derechos reconocidos por el derecho de nuestro
país. En este sentido se ha señalado que a) excede los límites impuestos por la buena fe, la
moral y las buenas costumbres -y que configura por tanto un abuso del derecho en los
términos del art. 1071 del anterior Código Civil (hoy art. 10 del nuevo Código Civil y
Comercial).- que un cónyuge requiera del otro la prestación de su deber asistencial mientras le
imputa haberle contagiado una enfermedad venérea que éste no padece y que -es de
presumir- ha contraído por el contacto sexual que, en violación del deber de fidelidad, ha
mantenido con otra persona [17]; que dado que la evidente desproporción entre el monto
reconocido en la sentencia de trance y remate y el de la liquidación es producto de la
acumulación de intereses, corresponde ordenar su readecuación sin anatocismo, pues la
usura, además de ser un delito en ciertas condiciones, viola la moral y las buenas costumbres
(art. 279, Código Civil y Comercial), por lo que los jueces no podrían convalidarla en ningún
caso¸ y c) en un caso donde el locador de un inmueble que llevaba adelante una ejecución por
el cobro de alquileres se ordenó la disminución de la cláusula penal prevista en el contrato, por
considerarla abusiva por ser a la moral y buenas costumbres y por ello corresponde al juez, de
acuerdo a la facultad otorgada por el art. 656 del anterior Código Civil (hoy art. 794 del nuevo
Código Civil y Comercial), adecuarla a un límite más justo —en el caso, el doble del alquiler
pactado[18].
Algunos contratos que los tribunales han considerados contrarios a las buenas costumbres
son: la venta de influencias [23], los contratos vinculados al proxenetismo, como por ejemplo
la obligación de ejercer la prostitución[24], los contratos de partición de honorarios entre un
abogado y quien no lo es[25], el convenio por el cual un profesional facilita su título a otro para
que ejerza actividades que no le están permitidas[26], la obligación contraída por un litigante
de pagar una suma de dinero al abogado de la parte contraria para que obtuviera de su cliente
una transacción[27].
Borda, enuncia los siguientes casos que el legislador ha establecido como contratos nulos por
ser contrarios a la moral y a las buenas costumbres: los pactos que tuviesen por objeto una
herencia futura, los que se opongan a la libertad de acción o de conciencia, como la obligación
de habitar en un cierto lugar, o de no casarse, la de vivir célibe, temporal o perpetuamente, o
de no casarse con cierta persona o divorciarse, los que tengan por objeto el uso deshonesto de
una casa alquilada, el préstamo de una cosa para un uso contrario a las buenas costumbres,
etcétera[28].
Las normas jurídicas han sido caracterizadas como modelos o pautas de comportamiento
social, ideales, explícitas, predominantemente exteriores, y según el grado de su
obligatoriedad, como normas. Los preceptos del derecho son ideales ya que fijan cómo debe
ser nuestro comportamiento respecto de los demás miembros de la sociedad, y no como es
nuestro comportamiento social real o efectivo. Constituyen modelos explícitos, porque en los
Estados modernos, las normas jurídicas son generalmente establecidas en forma consciente, y
promulgadas y publicadas en forma expresa. También, como hemos señalado al diferenciarlas
de las normas morales, las normas del derecho son predominantemente exteriores porque
regulan, en la mayoría de los casos, las conductas exteriores del hombre. Sin embargo, en
ciertas ocasiones, los modelos o pautas jurídicas se refieren también a conductas interiores del
hombre; por ejemplo cuando regulan la intención, la buena fe, etcétera. Finalmente, según su
grado de obligatoriedad, hemos clasificado las normas jurídicas como normas, o modelos del
“tener que”, ya que su observancia es obligatoria, y su infracción genera sanciones.
Apliquemos ahora los criterios que hemos utilizado para diferenciar la moral del derecho, para
distinguir las normas jurídicas de los demás modelos o pautas de comportamiento social, es
decir de los llamados también usos y convencionalismos sociales[30].
Mientras las normas jurídicas son bilaterales, ya que se caracterizan por ser impero-atributivas,
imponiendo a un sujeto, una obligación o deber, y al mismo tiempo, y en forma correlativa, a
otro sujeto un derecho o facultad de poder exigir el cumplimiento de esa obligación o deber,
recurriendo a los tribunales si fuere necesario, los usos y costumbres son unilaterales, ya que
son sólo imperativos, en el sentido que de frente a nuestros deberes u obligaciones sociales,
no jurídicos, no existe otro u otros sujetos con la facultad de exigirnos su cumplimiento. O sí,
pero sin la posibilidad de recurrir a los órganos jurisdiccionales para lograr el cumplimiento de
dichas obligaciones.
Los usos y costumbres, al igual que las normas jurídicas, son heterónomos, en el doble sentido
de: a) ser creados por una voluntad distinta del sujeto obligado, aunque relativamente en este
caso, porque los destinatarios participan, en cuanto miembros del grupo, del proceso de
formación espontáneo de los modelos o pautas, y b) ser impuestos y obligatorios con
independencia de haber sido interiorizados y aceptados por sus destinatarios. También las
normas jurídicas y los usos y convencionalismos sociales comparten el ser predominantemente
exteriores, ya que como hemos visto ambos regulan no sólo las conductas exteriores de los
miembros de la sociedad, sino también las conductas interiores en la medida que son
exteriorizadas.
Las normas jurídicas son, como hemos señalado, según el grado de su obligatoriedad, normas
o modelos del “tener que”. Sin embargo, se distinguen de las demás normas sociales, es decir
de los otros modelos o pautas que establecen deberes respaldados por sanciones, porque son
coercibles, es decir que se puede lograr su cumplimientos por medio aun de la fuerza, que en
las sociedades modernas es ejercitada por órganos especializados. Los usos, costumbres y las
normas sociales no jurídicas, al igual que las normas morales, son incoercibles, dado que no es
posible lograr su cumplimiento por medio de la fuerza.
También las normas jurídicas y los demás modelos o pautas de comportamiento social
comparten la misma finalidad, ya que se orientan al perfeccionamiento de la convivencia
social, y no al de los sujetos obligados, como en el caso de las normas morales.
El derecho natural
Dentro del derecho encontramos dos tipos de normas jurídicas: las normas jurídicas naturales,
o derecho natural, y las normas jurídicas positivas, o derecho positivo.
En principio, las normas jurídicas naturales, o el derecho natural, pueden ser definidas como
aquellas normas que surgen, se basan o fundamentan en la naturaleza. Aristóteles define al
derecho natural como aquel “que en todas partes tiene la misma fuerza”[32], y Tomás de
Aquino como “aquello que por su naturaleza es adecuado o ajustado a otro”[33]. Javier
Hervada, en este mismo sentido, identifica al derecho natural con lo justo natural, y lo expone
como “aquella cosa que está atribuida a un sujeto, y en consecuencia le es debida, por título
de naturaleza y según una medida natural de igualdad”[34].
El concepto de naturaleza
Esta primera aproximación al concepto de norma jurídica natural, requiere que precisemos el
concepto de naturaleza. La palabra “naturaleza” es uno de esos términos especialmente
ambiguos, ya que es utilizada con significados muy distintos, tanto en el lenguaje vulgar, como
en el lenguaje técnico filosófico.
Además de esta amplitud significativa excepcional, los vocablos “natural” y “naturaleza” tienen
una especial resonancia emocional, particularmente en el ámbito jurídico[36].
La naturaleza humana
Cada ser tiene su propia naturaleza, y por lo tanto podemos hablar de naturaleza humana,
como el modo de ser propio del hombre, que lo tipifica y lo distingue de otros entes, y que al
mismo tiempo es el origen de los movimientos típicamente humanos.
Las notas que caracterizan al hombre, son su naturaleza racional, ética y social. Como hemos
señalado[38], “el hombre actúa, a partir de su inteligencia y voluntad libre, de la siguiente
manera: de frente a una situación, no encuentra el hombre, una respuesta adecuada e
inmediata que determine un obrar único y mecánico. Por ello debe analizar desde su razón las
diversas alternativas de actuación, y puede elegir libremente una de ellas, para realizarla. La
elección de esta alternativa debe ser justificada, dándole de este modo un sentido o valor a su
obrar. Todo acto del hombre debe ser justificado para ser plenamente humano. De la elección
de la alternativa y de su justificación va surgir el carácter moral o inmoral de la conducta”. Y
por todo esto hemos sostenido la naturaleza racional y ética del obrar humano.
Fernández Galeano señala la existencia de dos concepciones de derecho natural: una estricta o
clásica y otra amplia. Nosotros podríamos agregar una tercera que se desprende del propio
desarrollo que el autor realiza del tema.
También para la concepción amplia, sostenida por el objetivismo jurídico, el derecho natural es
un ordenamiento, un orden normativo que surge de una serie de factores o datos que
condicionan la vida del hombre en sociedad, uno de los cuales es la naturaleza humana, pero
no el único. Otros factores objetivos, sustraídos de nuestra voluntad como sujetos, son los
datos de la realidad social, cultural, económica, histórica, etc., de donde se desprenden
normas jurídicas naturales en sentido amplio que pueden ser conocidas por medio de la razón
y que el legislador debe respetar. Esta concepción amplia del derecho natural es denominada
“objetivismo jurídico”, no en relación al derecho objetivo o normatividad, sino porque sostiene
la existencia de esa realidad objetiva, metajurídica, de donde surgen o se infieren normas que
el derecho positivo debe respetar. Por ejemplo, el legislador no podría establecer una norma
que prescribiera que todos los habitantes de Argentina deben pagar quinientos mil pesos
anuales de impuestos, no porque dicha ley vaya en contra de la naturaleza humana, sino
porque es incompatible con la realidad socioeconómica de nuestro país.
Una tercera concepción que se podría denominar “amplísima” sostiene que el derecho natural
es un simple ideario o conjunto de valores que orienta o guía la actividad del legislador. En esta
última concepción el derecho natural pierde su carácter normativo.
Sostenemos que es necesario no oponer estas dos concepciones respecto del concepto de
derecho, sino precisar las relaciones entre dos formas de derecho que necesariamente han
existido, existen y deben existir para no caer en reduccionismos que no explican en forma
acabada lo jurídico. En este sentido no se puede convertir al derecho natural en un orden
normativo jurídico capaz de regular de una vez y en forma definitiva todas las situaciones de la
convivencia social, soslayando toda otra forma de derecho. Pero tampoco es posible
desconocer los requerimientos y exigencias que surgen de lo que el hombre es, y construir una
organización social y jurídica de convivencia sin anclarla en principios jurídicos universales.
El derecho positivo constituye, en una visión integrada e integral del mismo, un sistema de
principios y normas, conductas decididas como debidas, cuyo cumplimiento puede lograrse
por medio de la fuerza, que imponen deberes y atribuyen facultades correlativas, creando
relaciones entre los miembros de la sociedad, elaboradas por alguien con poder suficiente,
producto de una serie de factores sociales, económicos, políticos y culturales, con la finalidad
de realizar una conjunto de valores sociales vigentes, en forma efectiva y eficaz, en la sociedad.
De esta definición, en cuanto fenómeno humano, el derecho positivo no puede surgir como
una mera imposición de la voluntad de una autoridad normativa, sino que ésta debe justificar
racionalmente las conductas decididas como debidas, conforme una estimación de las
conductas exigidas en función de los fines decididos y exigidos por la situación. Esto nos
permite afirmar que las normas jurídicas positivas deben, para ser efectivas y eficaces, tener
un fundamento ético y técnico.
De estas concepciones del derecho natural y del derecho positivo, surgen la compatibilidad, la
complementariedad e implicancia de estas formas de derecho, ya que, como afirma Welzel:
“sin positividad, el derecho es simple abstracción o aspiración ideal de un orden posible, y sin
su nota axiológica fundamental, es mera fuerza incapaz de cumplir con el postulado originario
de toda ordenación: la protección del ser humano”[44]. El derecho natural necesita del
derecho positivo para hacerse efectivo dentro de la sociedad, y éste de aquél para encontrar
un fundamento que le permita ser algo más que un mero mandato o imposición basado en la
fuerza.
La concepción del derecho natural se vincula estrechamente con los llamados hoy “derechos
humanos”, especialmente con su fundamentación.
Para unos, el fundamento de los derechos humanos lo encontramos en las exigencias de las
notas características propias del hombre. Para otros, los derechos humanos se apoyan en las
conquistas sociales y políticas que en forma progresiva han llevado al reconocimiento de los
derechos humanos en los ordenamientos jurídicos nacionales e internacionales de la
modernidad.
Las normas jurídicas positivas, desde una perspectiva sociológica y conforme a lo desarrollado
anteriormente, son modelos o pautas de comportamiento social, ideales, exteriores,
generalmente explícitos, son normas, del tipo del “tener que”, ya que establecen
comportamientos obligatorios, reforzados con una sanción para su incumplimiento.
Los juristas no siempre coinciden sobre la naturaleza de la norma jurídica positiva. Diversas
teorías se han elaborado al respecto, las que podemos agrupar, en tesis imperativistas, tesis
antiimperativistas y tesis eclécticas.[45]
Las teorías imperativistas, que tienen antecedentes en las concepciones de autores como
Cicerón, Hobbes y Rousseau, se configuran en forma sistemática a partir de Thon, y luego son
desarrolladas por autores como Austin, Carnelutti, Del Vecchio y Bobbio. Dentro de estas
teorías podemos distinguir dos tesis: una radical y otra moderada. La tesis imperativista radical
sostiene que la norma jurídica positiva es un imperativo, un precepto o mandato ordenado por
una voluntad legisladora que obliga a sus destinatarios. Conforme a esta posición la norma
jurídica vincula dos voluntades: la del que manda y la del que debe obedecer. La tesis
moderada concibe a la norma jurídica como una regla imperativa o prescripción; la norma
prescribe comportamientos, pero no relaciona fácticamente dos voluntades. Las teorías
imperativistas, que han gozado de una gran aceptación en la historia de la teoría del derecho,
están vinculadas en general con las concepciones estatalistas y coactivas del derecho.
Diversas críticas se han acuñado en contra de las tesis imperativistas. Algunos autores indican
la existencia de normas jurídicas positivas que no responden a la idea de un mandato o
precepto. Se ha señalado como ejemplos, el caso de las normas consuetudinarias, las normas
dispositivas o de orden privado, y las normas derogadas por el desuso. Otros aducen que hay
normas cuya finalidad no consiste en la prescripción de un comportamiento. Por ejemplo,
aquellas normas que otorgan poderes, permisos, o que consisten en definiciones de términos
o instituciones jurídicas.
Olivecrona trata de responder a dichas críticas señalando que las normas jurídicas positivas
son imperativos impersonales, donde el sujeto activo, la voluntad creadora de la norma, y el
sujeto pasivo, el destinatario del mandato, están indeterminados, no existiendo por lo tanto
una relación personal entre quien emite el mandato y el que lo debe obedecer[46].
Las teorías antiimperativistas niegan el carácter imperativo de las normas jurídicas positivas
poniendo el acento en otros aspectos de éstas, concibiéndolas como juicios, como reglas
técnicas o como juicios de valor.
Los autores que conciben a la norma jurídica positiva como un juicio, niegan su carácter
imperativo. La norma jurídica es un mero juicio o razonamiento de carácter hipotético que
enlaza un supuesto con una consecuencia jurídica.
En realidad, cada una de estas tesis antiimperativistas sobre la naturaleza de la norma jurídica
positiva pone el acento, absolutizándolo en un aspecto de ella, constituyendo visiones
reduccionistas sobre lo jurídico.
Las normas jurídicas son conductas decididas como debidas, en función de fines decididos
como debidos por el legislador. El legislador al establecer los fines de la norma, lo hace en
función de la realización de ciertos valores en la sociedad. Y esas conductas decididas como
debidas que constituyen los medios técnicos exigidos para el logro de los fines propuestos por
el legislador, son pensadas a través de la estructura de un juicio del deber ser.
Se señala, en este mismo sentido, que las normas jurídicas positivas son “reglas de motivación
social indirecta, de carácter prescriptivo, expreso o reflejo, concretada tras una valoración de
las situaciones y las acciones del sector social regulable”[47].
Hemos analizado los caracteres útiles para diferenciar a las normas jurídicas de los otros
órdenes normativos (las normas morales y de los demás modelos o pautas de comportamiento
social). La bilateralidad, la heteronomía, la coercibilidad y la exterioridad son caracteres
propios de las normas jurídicas, ya sean naturales o positivas. Hay otros caracteres que son
específicos de las normas jurídicas positivas: la validez, y la coercibilidad institucionalizada, la
vigencia, la efectividad y la eficacia.
a) La validez
La primera característica de la norma jurídica positiva es la validez. Se dice que una norma
jurídica es válida si está conforme con lo dispuesto con las normas jurídicas de grado superior.
Una norma jurídica positiva es válida si reúne dos requisitos: a) si ha sido elaborada por los
órganos y por los procedimientos establecidos en las normas de grada superior, conocida
como validez formal, b) si su contenido no es incompatible con lo dispuesto por las normas
jerárquicamente superiores, o validez material.
b) La coercibilidad institucionalizada
Otra de las características de las normas jurídicas positivas es la coercibilidad. Como hemos
visto, al establecer criterios para diferenciar las normas jurídicas de las normas morales, la
coercibilidad de las normas jurídicas radica en el hecho de que el ordenamiento jurídico
permite y prescribe el empleo de la fuerza como medio de conseguir la observancia de sus
preceptos.
c) La vigencia
Otra característica que se predica de las normas jurídicas positivas es la vigencia. El problema
de la vigencia de las normas jurídicas se relaciona con el ámbito temporal de validez de las
normas, y conforme a ello podemos distinguir: derecho vigente y no vigente.
Una norma jurídica positiva está vigente si es exigible actualmente, y es derecho no vigente si
no es exigible actualmente. El derecho no vigente puede serlo de vigencia pasada y de vigencia
futura. La norma no vigente, de vigencia pasada es aquella que habiendo estado vigente en el
pasado, por algún motivo no es exigible actualmente. La norma no vigente, de vigencia futura
es aquella que habiendo sido creada, aún no entró en vigencia, por no haber llegado el
momento para el comienzo de su exigibilidad.
En nuestro país las normas jurídicas entran en vigencia en la fecha que ellas lo establecen o si
no ocho días después de su publicación en el Boletín Oficial[48].
En relación con la duración de su vigencia, las normas jurídicas pueden ser: de vigencia
determinada o de vigencia indeterminada. Una norma tiene vigencia determinada cuando su
propio texto establece el período durante el cual va a ser exigible. Una norma es de vigencia
indeterminada cuando de la letra de la norma no se desprende hasta cuándo es exigible. Las
normas de vigencia indeterminada pierden su vigencia de dos modos: expreso o directo,
cuando son derogadas en forma explícita por otra norma de la misma jerarquía o de jerarquía
superior; y tácito o indirecto: cuando se dicta una norma de igual o superior jerarquía, cuyo
contenido sea incompatible con el contenido de la norma anterior. En el módulo siguiente,
veremos los distintos tipos de incompatibilidades entre normas, y cómo el criterio temporal,
que establece que la norma posterior deroga la norma anterior, constituye uno de los modos
de solucionar esas antinomias. Por aplicación de ese criterio es que se produce la pérdida de
vigencia en forma tácita o indirecta de una norma, cuando se dicta una norma posterior
incompatible con su contenido.
En relación con la finalización de la vigencia de una norma podemos distinguir las siguientes
situaciones: a) la derogación propiamente dicha o derogación stricto sensu que consiste en
dejar parcialmente sin efecto una ley; b) la abrogación que estriba en dejar sin efecto
totalmente una ley, se utiliza también la expresión derogación total para denominar esta
situación; c) la modificación o reforma que consiste en dejar sin efecto parcialmente una ley y
reemplazarla por otra; y d) la subrogación donde se reemplaza a una norma en forma
completa por otra.
En general se utiliza la expresión "derogación" para designar en forma amplia al hecho de dejar
sin efecto una ley o norma jurídica, englobando en dicha expresión las cuatro situaciones
señaladas.
El órgano competente para derogar (en sentido amplio) una norma, es el mismo que la dictó u
otro órgano jerárquicamente superior, con facultades para hacerlo.
d) La efectividad y la eficacia
La vigencia es entonces, la vocación de toda norma jurídica positiva, desde que ella fue
formulada para ser exigible en su cumplimiento. Pero, naturalmente, ya que el derecho
positivo es diverso y variable, una norma jurídica positiva cuyo cumplimiento es exigible en un
lugar o en su momento, puede no serlo en otro. Así, hay derecho positivo que aun siendo tal,
desde que fue elaborado por los hombres, sin embargo no es exigible aquí y ahora; es local o
actualmente incompleto, en cuanto derecho positivo, porque aunque lo es, no tiene vigencia.
Frente al derecho positivo vigente existe, pues, un derecho positivo no-vigente, con vigencia
en otro país u otra época, sea en el pasado o en el futuro; quizás, incluso, sin vigencia alguna,
ni en el espacio ni en el tiempo, si a pesar de haber sido formulado nunca llegó a regir.
A su vez, la efectividad es la vocación de toda norma jurídica positiva vigente, desde que
su cumplimiento se hizo exigible para que ella realmente se cumpla. Pero, naturalmente, ya
que la normatividad jurídica (como toda normatividad) depende para su cumplimiento de la
voluntad de los hombres, puede ocurrir que la norma vigente, a pesar de su vigencia, nunca
llegue a cumplirse. Puede ocurrir, por ejemplo, que sea incapaz de lograr el cumplimiento
voluntario de la mayoría de los obligados por ella; y por ese desprestigio mismo, a pesar de
dicho cumplimiento, no ser éste realmente exigido por la autoridad pública. La eficacia es
también la vocación de las normas jurídicas positivas vigentes efectivas, ya que si, a través de
su cumplimiento el ordenamiento no logra los fines propuestos por el creador de la norma al
establecerla, debe ser derogada, porque ha perdido su razón de ser.
Una de las actividades realizadas por la dogmática jurídica o ciencia jurídica en sentido estricto
es la sistematización de las normas que integran el ordenamiento jurídico de un país. La
sistematización tiende a ordenar los materiales normativos para facilitar su conocimiento y
aplicación a los casos concretos. La clasificación es una de las actividades sistematizadoras, ya
que procede a distribuir a las normas jurídicas en clases o categorías.
Existen diversos criterios de clasificación de las normas jurídicas, muchos de ellos particulares
de cada rama del derecho. A continuación revisaremos algunos que son generales y comunes a
todas las ramas y que creemos de utilidad para proporcionarnos una idea de la diversidad
funcional de las normas que integran el ordenamiento jurídico.
Las normas jurídicas según este criterio, y de acuerdo con esa ordenación jerárquica, se
clasifican en normas primarias y normas secundarias. Las normas primarias son las que ocupan
el lugar más alto en el ordenamiento, y cuya validez no deriva de ninguna otra norma. Las
normas secundarias son aquellas cuya validez deriva de otras normas de grado superior.
Conforme a este criterio, la Constitución Nacional es la norma primaria, y todas las demás
normas (leyes, decretos, sentencias, etc.) constituyen normas secundarias. El carácter de
norma primaria (o superior) y de norma secundaria (o inferior), desde otra perspectiva puede
predicarse de todas las normas del ordenamiento, salvo de la primera y de la última, en la
escala jerárquica. Por ejemplo, una ley es norma secundaria en relación con la Constitución, y
es norma primaria respecto de un decreto del Poder Ejecutivo, y un decreto puede ser una
norma primaria respecto de una sentencia judicial o de un contrato.
Las normas jurídicas según el sujeto activo, es decir, según el tipo de órganos que las crean, se
clasifican en personales y colectivas. Las normas son personales cuando han sido creadas por
órganos unipersonales, y son colectivas las elaboradas por órganos colegiados, o cuando
interviene una pluralidad de órganos en su creación. Las leyes, las ordenanzas, son normas
colectivas. Las sentencias, los decretos, son normas personales.
d) Según su contenido
Las normas jurídicas según su contenido, es decir, según la naturaleza de la prescripción que
establecen, se clasifican en normas típicas y concretas. Son típicas las normas que establecen
un modelo de conducta, y concretas las que regulan una conducta determinada, que puede ser
encuadrada dentro del modelo o tipo.
Las normas jurídicas positivas, por su relación con la voluntad de sus destinatarios, se clasifican
en normas taxativas o dispositivas. Las normas taxativas, también llamadas normas de orden
público, son las que obligan con independencia de la voluntad de sus destinatarios, no siendo
lícito para éstos derogarlas. Las normas dispositivas, denominadas también como normas
supletorias o de orden privado, son subsidiarias de la voluntad de los sujetos obligados, y su
validez depende de la inexistencia de una voluntad diversa de los particulares.
Este criterio de clasificación de las normas jurídicas, según el ámbito material de validez, es el
que más arraigo tiene en la tradición histórica de la ciencia jurídica.
Según este criterio, se las clasifica en normas de derecho público y normas de derecho privado.
Se destacan entre los numerosos criterios históricos de distinción del derecho público y el
derecho privado los siguientes: "por razón de la utilidad o del interés” (utilidad o interés social
o particular), por razón de la naturaleza (según normas de organización o de comportamiento),
por razón del sujeto (intervención de un órgano público o sólo la intervención de particulares),
principio de regulación (principio de comunidad o de individualización), de la tutela (defensa
de oficio o de la iniciativa privada), de la patrimonialidad (según contengan derechos
económicos o no económicos), de la coacción (según sean normas taxativas o dispositivas),
según la posición de los sujetos de la relación jurídica (relación de supraordinación o de
coordinación)". Ninguno de estos criterios es absolutamente satisfactorio para fundamentar la
tradicional distinción entre normas de derecho público y normas de derecho privado; y de
algún modo son complementarios[49].
h) Según el ámbito espacial de validez.
Las normas internacionales son las que se aplican en el territorio de más de un Estado. Dentro
de las normas internacionales encontramos las llamadas normas comunitarias, que son las que
se aplican en una comunidad de países, por ejemplo el derecho comunitario europeo, o las
normas del Mercosur. Las normas nacionales son las que se aplican dentro del territorio de un
país. A su vez, dentro de las normas nacionales podemos distinguir las normas federales o
nacionales propiamente, las normas provinciales y las normas municipales, según que el
ámbito de su aplicación sea el Estado federal, los Estados provinciales o el municipio.
Como hemos visto denominamos vigencia al ámbito temporal de validez de una norma.
Según su vigencia, podemos clasificar a las normas en vigentes y no vigentes. Las normas
vigentes son las normas actualmente exigibles o aplicables, y las normas no vigentes son las
que actualmente no son aplicables. Entre las normas vigentes podemos distinguir las de
vigencia determinada y las de vigencia indeterminada.
Las normas de vigencia determinada son aquellas que establecen expresamente hasta cuándo
pueden ser aplicadas. Las normas de vigencia indeterminada son aquéllas que no establecen
su período de vigencia en forma expresa, y que son exigibles o aplicables mientras no sean
derogadas, expresamente por otra norma, o tácitamente por el dictado de una norma cuyo
contenido sea incompatible con el de la primera, en ambos casos, del mismo rango o de
jerarquía superior. A las normas no vigentes se las clasifica en normas no vigentes de vigencia
pasada y normas no vigentes de vigencia futura. Las normas de vigencia pasada son las que,
habiendo estado vigentes en un determinado momento histórico, han sido derogadas expresa
o tácitamente por normas de igual o mayor jerarquía. Las normas de vigencia futura son
aquéllas en las que, habiendo sido promulgadas por el o los órganos con atribuciones para
dictarlas, aún no ha comenzado el período de su obligatoriedad.
Lo invitamos a realizar la actividad 3 de este módulo.
Las normas jurídicas positivas son imperativos, conductas decididas como debidas, por una
autoridad normativa para regular la convivencia social. Estas decisiones del legislador son
pensadas lógicamente a través de la forma de un juicio.
Los juicios según su relación pueden ser clasificados en categóricos, hipotéticos y disyuntivos.
En los juicios categóricos la relación de conveniencia o no entre los conceptos no está sujeta a
condición, ni alternativas. Se denominan hipotéticos los juicios donde la relación entre el
sujeto o predicado está sujeta a una condición. Por ejemplo: si es primavera, el árbol es verde,
o si llueve, iré al cine. En los juicios disyuntivos se afirma que alternativamente a un sujeto le
convienen uno o más predicados. Por ejemplo: si llueve iré al cine o al teatro, o el libro es de
Juan o de María.
Las normas jurídicas, en cuanto imperativos, en cuanto conductas debidas, son pensadas a
través de juicios del deber ser.
Kelsen denomina “juicios imputativos” a los juicios a través de los cuales pensamos a las
normas jurídicas positivas. En los juicios imputativos, que son para este autor juicios
hipotéticos según su modalidad, se vinculan dos sucesos o hechos: un supuesto y una
consecuencia. A un supuesto jurídico se le imputa o atribuye una consecuencia jurídica. El
supuesto y la consecuencia están relacionados por la cópula “deber ser”.
Por ejemplo: “Si alguien mata, debe ser una pena de prisión de ocho a veinticinco años”. “Si
alguien mata” es el supuesto, “debe ser” la cópula, y “una pena de ocho a veinticinco años”
constituye la consecuencia jurídica. Esta estructuración lógica de la norma jurídica responde a
una concepción que pone el acento en la conducta ilícita como presupuesto de la sanción,
dejando en segundo plano el pensamiento de la conducta lícita. El filósofo vienés denomina
norma primaria a la que comprende la conducta ilícita y la sanción, y norma secundaria a la
conducta lícita que es la que evita la sanción.
Cossio, filósofo del derecho argentino, critica por reduccionista a la estructura lógica propuesta
por Kelsen, y sostiene que el derecho debe pensarse a través de juicios imputativos
disyuntivos. Para este autor no existen dos normas, sino una con dos partes unidas en forma
disyuntiva. Una, la endonorma comprende la conducta lícita y la otra, la perinorma, la
conducta ilícita más la sanción.
La estructura lógica de las normas jurídicas pensadas como juicios imputativos tiene dos
partes: el supuesto jurídico y la consecuencia jurídica.
Los hechos jurídicos, conforme a la conceptualización propuesta por este autor, son los
fenómenos naturales que producen consecuencias jurídicas, sin la intervención del hombre. En
los actos jurídicos, libres u obligados, interviene el hombre con su conciencia y libertad, para
ejercer un derecho o cumplir con un deber impuesto por una norma jurídica. Por último, otra
forma de supuesto son las situaciones jurídicas que comportan un haz de derechos y
obligaciones estables surgidas de los status o posiciones ocupados por las personas en la
sociedad. Las situaciones jurídicas producen consecuencias con independencia de la
concurrencia de actos humanos. Por ejemplo el status jurídico de padre genera una serie de
derechos y deberes, por el mero hecho de ocupar esa posición[51].
En el derecho argentino, el Código Civil, establece que los supuestos jurídicos pueden tener
como contenido, a hechos naturales y a hechos humanos. Los hechos naturales o externos son
aquellos que se realizan por causas ajenas al sujeto, no interviniendo para nada su voluntad,
pero que sin embargo pueden producir consecuencias jurídicas[52]. Son los que Soriano
denomina hechos jurídicos: un nacimiento con vida, la muerte, la edad, la caída de granizo,
etc. Por ejemplo, a partir del nacimiento con vida, se adquiere la calidad de heredero de un
familiar fallecido. O la caída de granizo, que genera la obligación de indemnizar los daños
ocasionados por este hecho natural, por parte de la compañía aseguradora. Los hechos
humanos, producidos por el hombre, que son denominados, como “actos jurídicos”, pueden
ser: voluntarios e involuntarios. A los hechos humanos voluntarios, que son los ejecutados con
discernimiento, intención y libertad, se los denomina “actos” [53] y pueden ser calificados
como lícitos e ilícitos[54]. Los actos lícitos, pueden ser a su vez, actos jurídicos [55], cuando se
dirigen en forma inmediata a la producción de consecuencias jurídicas, por ejemplo la
celebración de un contrato de alquiler, la presentación de una demanda, la celebración de un
matrimonio, y actos simplemente lícitos [56], cuando no tienen ese fin, pero la ley les atribuye
algún efecto jurídico. Por ejemplo, si alguien va pescar o cazar, y lo hace por simple placer, sin
proponerse aumentar su patrimonio, con la incorporación de nuevos bienes al mismo. Sin
embargo, la ley le atribuye el dominio o propiedad de los peces o presas obtenidos si son
conservados por el pescador o cazador. Otro ejemplo: el que hace reparaciones urgentes en la
propiedad de un amigo ausente, no tiene como objetivo establecer una relación jurídica, sino
prevenir un perjuicio. Sin embargo, la legislación establece que el beneficiado debe indemnizar
al benefactor, dentro de la medida del beneficio obtenido, por los gastos hechos. Los hechos
involuntarios, en general no producen consecuencias jurídicas, pero, cuando son ilícitos, sí. Un
ejemplo lo constituyen los delitos culposos, en el derecho penal, que son aquellos que se
configuran cuando un acto imprudente o negligente ha ocasionado un resultado delictivo
imputable a título de culpa, y dicho resultado se halla en relación de causa efecto con la acción
u omisión reprochable. Por ejemplo un médico que en razón de su negligencia o impericia
ocasiona la muerte de una persona[57]. En materia civil, en principio, los hechos involuntarios
producen consecuencias jurídicas sólo cuando causan un daño a otro y si, con el daño, se
enriqueció su autor.
c) La consecuencia jurídica
Las consecuencias jurídicas son los derechos y obligaciones que nacen, se modifican y
extinguen con la actualización del supuesto jurídico.
Las consecuencias jurídicas pueden ser de distintos tipos: a) la ejecución directa del deber
establecido, b) las sanciones negativas o castigos, c) las sanciones positivas o premios, y d) la
indemnización por daños.
a) En primer lugar, un tipo de consecuencia jurídica viene dada por la ejecución directa del
deber establecido en forma libre o coactiva. Por ejemplo, si se ha firmado un contrato se debe
cumplir con lo estipulado.
b) Otro tipo de consecuencias jurídicas, las sanciones negativas o castigos, son las
consecuencias desfavorables, los castigos que en general se prescriben para el incumplimiento
de una prohibición o de una obligación establecida en una norma del ordenamiento.
Corresponden a una técnica de control social disuasoria, y buscan, en general, una doble
prevención de las conductas ilícitas: particular y general. El castigo busca, la prevención
particular, que el sujeto que cometió la conducta ilícita, no vuelva a repetirla, pero también, la
prevención general, que el resto de los miembros de la sociedad, viendo la realización de la
consecuencia desfavorable se abstenga de esa conducta ilícita. Dentro de las sanciones
negativas encontramos a la nulidad, que está constituida por la ineficacia de un acto jurídico,
proveniente de la ausencia de una de las condiciones de fondo o de forma requeridas para su
validez.
c) Las sanciones positivas son las consecuencias favorables que se fijan para quien ha cumplido
con la conducta lícita establecida por el ordenamiento jurídico. Constituyen los que se
consideran premios y corresponden a una técnica de control social promocional. Por ejemplo,
la exención de un gravamen, la concesión de un derecho, etc.
d) Un último tipo de consecuencia jurídica es la indemnización por los daños ocasionados por
la conducta ilícita. Tiene una finalidad reparatoria, ya que busca la obtención de una
prestación económica equivalente al deber jurídico no cumplido, y es común en el ámbito del
derecho civil.
La expresión lingüística de las normas jurídicas positivas
Las normas jurídicas son imperativos, conductas decididas como debidas, por imposición
ajena, que como hemos visto el legislador piensa a través de la estructura lógica de un juicio
imputativo del deber ser que consta de dos partes: el supuesto y la consecuencia jurídica.
Estos imperativos o preceptos, destinados a influir en la conducta de otros son expresados
generalmente por la autoridad normativa o el legislador a través del lenguaje, por medio de
proposiciones normativas[58]. Barraco Aguirre denomina lo emergente jurídico a la expresión
lingüística de la voluntad de la autoridad normativa. Las normas jurídicas se exteriorizan
generalmente a través de un texto legal. Este texto, que es lo que aparece o emerge de lo
jurídico, sin embargo es sólo lo superficial, lo exterior, porque lo jurídico consiste en conductas
decididas como debidas. [59]
Todos los lenguajes son artificiales en cuanto están formados por símbolos, y no por signos
naturales. Sin embargo, se distinguen dos clases de lenguajes según el grado de artificialidad:
los lenguajes naturales y los lenguajes artificiales. Se denomina lenguaje natural o vulgar al que
usan los seres humanos en su comunicación cotidiana. El lenguaje natural se forma
espontáneamente mediante los usos lingüísticos del grupo o sociedad. Los lenguajes
artificiales, que son creados intencionalmente para la comunicación de ciertos contenidos, se
agrupan a su vez, en lenguajes técnicos y lenguajes formales. Los lenguajes técnicos surgen a
través de la atribución de un significado restringido a determinadas palabras o vocablos,
mediante definiciones precisas. Los lenguajes técnicos son característicos en los ámbitos
científicos y profesionales. En los lenguajes formales se eliminan las palabras del lenguaje
natural, utilizándose solamente símbolos arbitrarios, con el fin de centrar la atención en las
relaciones entre esos símbolos. Ejemplos de lenguajes formales son las matemáticas, la lógica,
etc. [61]
Cualquier norma puede ser expresada a través de símbolos lingüísticos, y esto presupone una
actividad posterior que es la interpretación que consiste en la atribución por parte del receptor
de un significado al texto normativo. La interpretación constituye una de las actividades
fundamentales de la ciencia jurídica y de los operadores jurídicos en general, la que
analizaremos en detalle en el módulo 5.
Las normas jurídicas deben ser expresadas dentro de lo posible en un lenguaje natural, vulgar
o coloquial, es decir a través de expresiones comunes, conocidas por todos. En forma
excepcional se pueden utilizar términos especializados del lenguaje técnico jurídico en busca
de una mayor precisión de la expresión de las conductas decididas como debidas. En general,
el supuesto de la norma jurídica conviene expresarlo a través del lenguaje natural; las
consecuencias jurídicas pueden y suelen ser comunicadas a través de un lenguaje técnico.
A través del lenguaje el emisor trata siempre de influir, de producir algún efecto en el receptor,
y es por ello que es necesario analizar una variedad de cosas que se hacen con las palabras, o
las funciones que cumple el lenguaje al ser utilizado [62]. Las principales funciones del lenguaje
son: la descriptiva, la expresiva y la directiva[63]. La función descriptiva o informativa se da
cuando utilizamos el lenguaje para llevar a la mente del receptor una determinada idea o
proposición, que describe un estado de cosas, provocando un cambio en las informaciones o
datos que posee. Respecto a las expresiones descriptivas o informativas se puede predicar
verdad o falsedad. Una proposición descriptiva será verdadera cuando lo que se dice
corresponda con la realidad, y falsa en el caso contrario. Las proposiciones descriptivas buscan
del receptor una respuesta intelectual teórica de asentimiento o no. Otro uso que realizamos
del lenguaje es el directivo o prescriptivo, cuando buscamos provocar en los demás una
modificación de sus comportamientos, a través de mandatos, pedidos, ruegos,
recomendaciones, indicaciones, reclamaciones, ordenes, sugerencias, etc. Cuando se utiliza el
lenguaje en forma prescriptiva no tiene sentido predicar la verdad o falsedad de lo dicho. Por
ejemplo, le digo a un compañero “Cierra la puerta!”, no posee sentido sostener que esta
expresión es verdadera o falsa, podré formular otros tipos de juicios, por ejemplo, sobre
conveniencia o no de cerrar la puerta, sobre su racionalidad, pero no respecto a su verdad o
falsedad. A través de las proposiciones normativas o directivas se busca en el receptor una
respuesta práctica, una acción determinada. La función expresiva, emotiva o valorativa del
lenguaje se da cuando lo utilizamos para transmitir, manifestar o provocar sentimientos o
emociones, o emitir juicios de valor. Aquí no se busca mover al otro a la acción, sino
conmoverlo. El lenguaje poético es un ejemplo claro de este uso del lenguaje. Y por último el
lenguaje cumple una función operativa cuando lo utilizamos para realizar un cambio en la
realidad, distinto de la incorporación de información, la modificación de las conductas de los
demás o la expresión o generación de sentimientos o emociones. El uso operativo del lenguaje
se da, por ejemplo, cuando decimos buenas noches, donde el cambio provocado es el saludo,
si decimos “buenas noches”, la o las personas quedan saludadas. Estas distintas funciones o
usos del lenguaje raramente se nos muestran en forma pura, lo habitual es el llamado uso
mixto del lenguaje, que combina una o más de esas funciones.
También en el mundo jurídico el lenguaje es utilizado con distintas funciones: por caso, un
abogado puede informar sobre sus derechos y obligaciones a su cliente, o el defensor puede
intentar conmover o provocar emociones en el juez, o describir o informar al juez y a la otra
parte, sobre los hechos en que se basa su demanda. Sin embargo el uso más importante que
se realiza del lenguaje en el derecho es el prescriptivo o normativo, que es el que hacen el
legislador cuando promulga una ley, o el juez cuando dicta la sentencia o los particulares
cuando redactan un contrato o un testamento.
Las normas jurídicas positivas se expresan a través de una proposición normativa, sin que esto
signifique que siempre se utilice la forma gramatical imperativa para promulgarlas. La
tendencia actual, por el contrario, es al uso del tiempo futuro del modo indicativo en la
textualización de las leyes. Por ejemplo “Se impondrá prisión de un mes a un año, al que
causare a otro, en el cuerpo o en la salud, un daño...” (Art. 89 del Código Penal).
Las normas jurídicas son imperativos, prescripciones de los órganos de poder, que luego son
estudiadas, interpretadas y sistematizadas por los científicos del derecho, es decir los juristas,
que a partir de esa actividad producen la llamada “doctrina”, constituida por un conjunto
sistematizado de reglas de derecho o proposiciones normativas sobre esos materiales.
En el mismo sentido, Wroblewski distingue dos tipos de lenguajes jurídicos: el lenguaje legal y
el lenguaje de los juristas[66]. El lenguaje legal es aquel en el que vienen formuladas o
promulgadas las leyes y las demás normas jurídicas positivas, mientras que el lenguaje de los
juristas incluye el empleado por los jueces, abogados, juristas y demás operadores jurídicos,
cuando hablan o se refieren a lo que dicen las normas jurídicas. Este último es un
metalenguaje del primero. Estos dos tipos de lenguaje no siempre coinciden, aunque sí se dan
mutuas interinfluencias. Los legisladores se basan en la ciencia de los juristas al elaborar las
normas, y los juristas participan asesorando en el proceso de elaboración de las leyes.
Como hemos visto, las normas jurídicas al ser textualizadas, deben ser interpretadas para
luego ser aplicadas. El lenguaje, que constituye el medio a través del cual se expresan las
normas jurídicas, adolece de una serie de problemas que ocasionan dudas interpretativas
acerca del significado de los textos legales, lo que implica una indeterminación o falta de
certeza con respecto a las soluciones normativas que el orden jurídico ha establecido para
ciertos casos.
La ambigüedad de una palabra consiste en ésta tenga varios significados, por ejemplo: cabo,
radio. Este problema es aún mayor en los casos de palabras que tienen varios significados,
todos ellos relacionados estrechamente entre sí, por ejemplo: “derecho” (derecho subjetivo o
facultad jurídica, derecho objetivo o normatividad jurídica y estudio del derecho o ciencia
jurídica)[67].
La textura abierta o vaguedad potencial constituye un vicio potencial que afecta a todos los
términos de los lenguajes vulgares o naturales[69]. Consiste en la posibilidad de que surjan
dudas acerca de la aplicabilidad de una palabra que en la actualidad tiene un significado
preciso, en circunstancias futuras insólitas o imprevistas. Por las características propias de este
defecto, todas las normas jurídicas lo padecen en forma latente. Por ejemplo, hasta ahora era
claro que la concepción se daba cuando el óvulo era fecundado por el espermatozoide, en el
seno materno. Hoy, a partir de los avances de la ciencia, dudamos si atribuirle el término
“concepción” y “concebido”, al óvulo fecundado que se encuentra en la probeta, producto de
lo que se conoce con el nombre de fecundación in vitro.
Para otros, el ordenamiento jurídico es un medio para establecer el orden social [71], que
debe diferenciarse de la noción de “orden jurídico” que se reserva para designar el orden
objetivo, concreto, real que surge de la aplicación, cumplimiento o aplicación coactiva de las
normas que integran dicho ordenamiento. En este sentido las nociones de orden social y orden
jurídico se implican y correlacionan[72].
En este sentido, Soriano define al ordenamiento jurídico como “un sistema de normas e
instituciones jurídicas vigentes en un grupo social homogéneo y autónomo”[73].
Otros autores [75] explican al ordenamiento jurídico utilizando el concepto de estructura, que
a partir de Marx comienza a ser aplicado a las ciencias humanas y sociales, para manifestar la
interdependencia de los fenómenos sociales. Marx distingue las estructuras de base de las
estructuras superiores o superestructuras. Las estructuras de base integradas por los modos
de producción y por las relaciones sociales que de ellos se infieren, constituyen la base que
fundamenta y condiciona a las estructuras superiores o superestructuras, constituidas por los
sistemas jurídicos, políticos, morales, religiosos y, en general, por las ideologías.
Sin embargo, el concepto de “estructura” utilizado en la teoría general del derecho para
explicar al derecho como ordenamiento, es un concepto técnico, tal como se lo utiliza en el
ámbito de la matemática, la física, la biología, la lingüística y la antropología.
Desde esta perspectiva una estructura presupone las siguientes características: a) constituir
una totalidad, b) dinamicidad, y c) capacidad de autorregulación. Las estructuras están
integradas por una pluralidad de elementos heterogéneos, que constituyen una totalidad,
donde cada elemento condiciona a los demás, por lo que las propiedades del sistema se
modifican en cada cambio provocado sobre una sola de sus partes. En la estructura no se
atiende a la singularidad de los elementos que constituyen el todo, ni a éste en forma
indeterminada, sino que se presta especial consideración a las relaciones de los elementos
entre sí. Toda estructura es una totalidad dinámica, capaz de sufrir transformaciones internas
en los elementos que la constituyen, sin perder su identidad. La estructura posee en sí misma
una capacidad de autorregulación, lo que supone la posibilidad de prevenir y corregir los
errores o desviaciones. Por todo esto, las estructuras son, en un cierto sentido, sistemas
cerrados, lo que no excluye, sin embargo, que cada una de ellas pueda ser incluida, como una
subestructura, de una estructura más amplia que la englobe o contenga. Por ejemplo, un
árbol, constituye una estructura, en cuanto que está formado por un conjunto de elementos
heterogéneos: raíces, hojas, tronco, frutos, ramas, etc., que se integran en una totalidad: el
árbol. El árbol se caracteriza por ser una totalidad dinámica, porque continuamente cambia,
perdiendo hojas y generando otras nuevas, sin modificar su identidad. Posee capacidad de
regulación en cuanto posee mecanismos para prevenir o corregir errores o problemas. Por
ejemplo, si alguna rama se quiebra o rompe, genera inmediatamente sustancias que impiden
la pérdida de savia, y produce a su vez nuevas ramas que reemplazan las anteriores rotas.
Finalmente, el árbol puede constituir una subestructura de estructuras más grandes, como por
ejemplo, un bosque o un jardín.
Lumia, autor que estamos siguiendo en esta exposición del ordenamiento como estructura
técnica, señala que el derecho se presenta como un sistema cerrado, como un ordenamiento
normativo autosuficiente, cuya validez no deriva de otros sistemas normativos; sin embargo,
explica que esto no excluye que el ordenamiento jurídico mismo pueda ser considerado como
una subestructura respecto de una estructura más amplia como es el sistema social en su
conjunto. También podría ser visto como una subestructura del sistema ético general, en
cuanto sistema que proporciona al hombre, las razones para el actuar típicamente humano.
El ordenamiento jurídico se presenta como una estructura donde las normas están dispuestas
en un orden jerárquico, existiendo entonces normas superiores y normas inferiores. En un
ordenamiento conformado de esta manera, cada norma obtiene su validez de una norma de
grado superior y a su vez otorga validez a las normas de grado inferior[76]. En el módulo
anterior hemos clasificado a las normas jurídicas según el lugar que ocupan en el
ordenamiento en normas primarias y secundarias.
Las normas primarias pueden limitarse a establecer cuáles son los sujetos competentes para la
creación de las normas secundarias, y cuál es el procedimiento que debe seguirse para su
elaboración, pero pueden determinar también criterios materiales de acuerdo con los cuales
deben elaborarse las normas inferiores. Es posible, por lo tanto, señalar la existencia de un
doble límite en toda actividad creadora de normas: un límite externo y un límite interno[77]. El
límite externo, de forma o de procedimiento, se establece cuando en las normas de grado
superior se fija por quién y con qué procedimiento o formalidades debe ejercitarse un poder
de creación normativa, y el límite interno, sustancial, material o de contenido, cuando en las
normas de superior jerarquía se indica cómo y para qué fines debe ejercitarse aquel poder
jurígeno.
Otros autores distinguen tres grados o escalones en la construcción del ordenamiento jurídico:
los principios del derecho, las normas jurídicas y las decisiones jurídicas. La primera grada lo
constituyen los principios generales del derecho que surgen del derecho natural y de los
principios jurídicos abstractos. En este primer escalón se ubican estos principios que, para los
autores iusnaturalistas, son generales, es decir válidos universalmente, suprapositivos, porque
su existencia no depende de una decisión explícita del legislador, y suprahistóricos en cuanto
no están ligados a un momento histórico concreto[78]. Para otros autores, como veremos en
el módulo 6, reflejan las convicciones de moralidad y justicia vigentes en una sociedad
determinada.
Como hemos visto, el ordenamiento jurídico está constituído por un conjunto de normas, que
se ubican integrando diversos escalones o gradas, ordenados jerárquicamente. A partir de las
normas constitucionales, que casi siempre son prescripciones generales y típicas, por medio de
un proceso de sucesiva individualización, se pasa a normas cada vez más particulares y
concretas, hasta llegar a los mandatos individualizados, como las sentencias de los jueces, las
órdenes de la autoridad administrativa y los contratos que regulan las relaciones entre los
particulares.
El número de normas aumenta a medida que se transita desde las gradas más altas a los
niveles más bajos, de manera que el ordenamiento puede ser representado a través de la
forma de una gran pirámide donde las distintas normas están dispuestas en niveles, ubicados
unos sobre otros. Las normas constitucionales integran el vértice de esta pirámide normativa,
mientras que la base está constituida por las sentencias y los contratos[80].
Dentro del ordenamiento, como hemos analizado, la validez material y forma de cada norma
deriva de las normas de grada superior, hasta llegar a la primera constitución, o norma
primaria en sentido absoluto, cuya validez, por definición, no deriva de ninguna otra norma del
ordenamiento. Sin embargo, queda sin resolver el problema de la validez de la primera
constitución. Kelsen para dar respuesta a este problema afirma que es necesario presuponer la
existencia de una norma hipotética fundamental, que es la que otorga validez a las normas
constitucionales.
La coherencia del ordenamiento se relaciona con un problema que podríamos describir como
una situación de exceso de normas, dos o más normas regulan una misma conducta. Un
ordenamiento es coherente cuando hay ausencia de normas incompatibles, es decir cuando no
hay más de una norma aplicable que regule un determinado caso o conducta. Es decir, cuando
no existan varias normas del ordenamiento que tengan tienen el mismo supuesto jurídico[82].
En relación con a los casos de excesos de normas podemos distinguir dos situaciones: la
redundancia y las antinomias.
a) La redundancia de normas
Hay redundancia en el ordenamiento jurídico cuando encontramos dos normas que tienen el
mismo supuesto de hecho y las mismas consecuencias jurídicas.
La redundancia se produce cuando encontramos dos normas que se repiten. Sin embargo es
habitual encontrar normas semejantes, pero que no implican redundancia. Para que se dé
redundancia entre dos normas deben darse tres requisitos: 1) que el supuesto y la
consecuencia de ambas normas coincidan, 2) que las normas pertenezcan al mismo
ordenamiento, y 3) que coincidan total o parcialmente los ámbitos de validez.
Las antinomias constituyen otro ejemplo de inconsistencia normativa. Hay una antinomia en el
ordenamiento jurídico cuando encontramos dos normas que tienen el mismo supuesto o
condición pero las consecuencias son incompatibles.
Lumia resume en forma breve, clara y precisa el problema de las antinomias como
incompatibilidad lógica entre normas:
“Existe conflicto de normas o antinomia cuando dos o más normas incompatibles entre sí
regulan la misma relación. Se recordará que las normas jurídicas imponen obligaciones,
establecen prohibiciones o acuerdan permisos. Puesto que estos últimos, a su vez, se
distinguen en permisos positivos (o de hacer) y permisos negativos (o de no hacer), las figuras
deónticas fundamentales son cuatro y pueden disponerse del siguiente modo, según el
llamado cuadrado lógico de las oposiciones:
Del examen de este cuadrado se deduce que de las cuatro relaciones posibles, dos son de
compatibilidad y dos de incompatibilidad; y precisamente: 1. Entre una obligación y una
prohibición que tengan un mismo objeto (por ejemplo, «es obligatorio fumar» y «está
prohibido fumar») hay una relación de contrariedad. Las dos normas son incompatibles: si una
es válida la otra es necesariamente inválida. Las dos normas no pueden ser válidas a la vez,
aunque pueden ser ambas inválidas (fumar puede no ser obligatorio ni estar prohibido, sino
sólo permitido). 2. Entre una obligación y un permiso negativo que tengan un mismo objeto
(por ejemplo, «es obligatorio fumar» y «está permitido no fumar»), así como entre una
prohibición y un permiso positivo que tengan un mismo objeto (por ejemplo, «está prohibido
fumar» y «está permitido fumar»), hay una relación de contradictoriedad. Las dos normas de
cada par son incompatibles: si una es válida la otra es necesariamente inválida. Las dos normas
consideradas no pueden ser ni válidas ni inválidas a la vez. 3. Entre una obligación y un
permiso positivo que tengan el mismo objeto (por ejemplo, «es obligatorio fumar» y «está
permitido fumar»), así como entre una prohibición y un permiso negativo que tengan el mismo
objeto (por ejemplo, «está prohibido fumar» y «está permitido no fumar») hay una relación de
subalternación. Las dos normas de cada par son compatibles: de la validez de la primera se
deduce por implicación la validez de la segunda, pero no viceversa (si fumar es obligatorio
debe estar también permitido, pero no se dice que si fumar está permitido debe ser también
obligatorio). 4. Entre un permiso positivo y un permiso negativo que tengan el mismo objeto
(por ejemplo, «está permitido fumar» y «está permitido no fumar») la relación es de
subcontrariedad. Las dos normas pueden ser válidas a la vez, pero no pueden ser inválidas a la
vez (si fumar está permitido puede estar permitido también no fumar, pero podría igualmente
no estar permitido sino ser obligatorio o estar prohibido). Concluyendo, podemos afirmar que
existe incompatibilidad por contrariedad entre mandatos y prohibiciones y por
contradictoriedad entre mandatos y permisos negativos por un lado y entre prohibiciones y
permisos por otro”[83].
Además de la incompatibilidad lógica, para que haya una antinomia es necesario, la presencia
de otros dos requisitos: la pertenencia al mismo ordenamiento y el mismo ámbito de validez.
Las antinomias pueden ser clasificadas conforme a varios criterios según la coincidencia total o
parcial de los ámbitos, según concurran o no, todos los requisitos que hemos marcado como
necesarios para la existencia de una antinomia y desde el punto de vista de su solución.[85]
Las antinomias, a su vez, pueden ser clasificadas según concurran o no todos los requisitos que
hemos marcado como necesarios para la existencia de una antinomia, en propias e impropias.
La antinomia será propia cuando concurren todos los requisitos indicados, es cuando las dos
normas son incompatibles lógicamente, pertenecen a un mismo ordenamiento y coinciden los
ámbitos de validez, e impropias cuando concurren sólo algunos de ellos. En este último caso
nos encontramos con situaciones donde existe algún tipo o grado de incompatibilidad, sin
constituir una antinomia propiamente dicha. Ejemplos de antinomias impropias son las
antinomias valorativas o ideológicas, que surgen cuando un ordenamiento se inspira en
valores contrapuestos, como por ejemplo, la libertad y la igualdad, la justicia y la seguridad,
etc.; las antinomias de proporción, cuando la consecuencia jurídica es desproporcionada con el
supuesto, ya sea por ser demasiado grave o insignificante en relación al supuesto o hecho que
le da lugar; por ejemplo la desproporción entre un hecho delictivo y la pena prevista por la
norma penal, y las antinomias teleológicas, cuando hay contradicción entre los medios
propuestos en la norma y los fines perseguidos por el legislador.
Por último, se distinguen según su solución, en antinomias aparentes y antinomias reales. Las
antinomias aparentes son las que pueden solucionarse, y las reales, las que no.
La solución de las antinomias pasa por la eliminación o derogación de una de las dos normas
que se encuentran en conflicto. Existen distintos criterios para proporcionar solución a los
conflictos entre normas contrarias o contradictorias: el jerárquico, el temporal, y el de
especialidad.[86]
Ante la primera situación, de insuficiencia de criterios, que se produce cuando las normas
incompatibles tienen el mismo grado jerárquico, poseen el mismo ámbito de validez temporal,
personal, material y espacial de validez, las normas incompatibles se anulan entre sí,
existiendo por lo tanto un verdadero vacío normativo que el juez deberá llenar considerando
válida a una sola de las normas, o conciliándolas introduciendo modificaciones parciales a cada
una de ellas.
En el segundo supuesto, cuando la antinomia se da entre las soluciones proporcionadas por los
criterios utilizados, se admite, no sin excepciones, que prevalezca el criterio jerárquico sobre
los otros dos. Esta solución es coherente con la estructuración jerárquica del ordenamiento. En
el caso de conflicto entre los criterios de temporalidad y de especialidad, no hay acuerdo, y la
jurisprudencia de los jueces ha hecho prevalecer alternativamente uno u otro criterio.
Sin embargo, se destaca a la plenitud, también llamada completitud, como una de las
características fundamentales del ordenamiento jurídico. Esta característica de los
ordenamientos jurídicos positivos consiste en la cualidad que les hace contener soluciones
para todos los conflictos que puedan originarse en su seno[89]. La plenitud puede ser
entendida en forma absoluta y en forma relativa o de segundo grado. Un ordenamiento sería
pleno en forma absoluta si el ordenamiento tuviera normas generales y típicas para resolver
todos los casos que se le presenten. Un ordenamiento es pleno en forma relativa o de segundo
grado si, aunque tenga lagunas, es decir casos no previstos por el legislador, dispone de
recursos para solucionar esos casos, es decir prevé mecanismos de integración. Entendemos la
plenitud en este último sentido.
Otro autor, Zitelmann, argumentó de modo diferente, para fundamentar la plenitud del
ordenamiento, formulando su teoría de la norma general excluyente. Su tesis parte también
de la existencia de un universo representado por el espacio social, que es regulado por las
normas que se presentan como campanas o copas invertidas. Cada norma acota y regula una
porción o segmento del universo social, que queda incluido dentro de la copa o campana. Cada
norma, para este autor, contiene dos mandatos: un mandato concreto incluyente, que ordena
el modo de regular ese espacio específico de la vida social y otro mandato general excluyente,
que ordena que el resto de la vida social quede excluido de esa regulación. La delimitación del
espacio no jurídico, en esta posición, no es conceptual, sino que es el propio derecho el que
establece lo que es jurídico y lo que no[90]. Algunos formulan esta norma general excluyente o
norma de clausura del siguiente modo: “todo lo que no está prohibido u obligado está
permitido”[91].
El artículo 19 de nuestra Constitución Nacional, en su parte final parece abonar esta tesis,
al establecer que: “Ningún habitante de la Nación será obligado a hacer lo que no manda la
ley, ni privado de lo que ella no prohíbe". Sin embargo, este principio que despliega toda su
eficacia en el ámbito penal, no es plenamente satisfactorio en otros ámbitos del derecho. Sería
difícil sostener que Vélez Sarfield porque ni prohibió, ni obligó la fecundación in vitro, por
ejemplo, la permitió.
Carnelutti, entre otros autores, sostiene que la plenitud del ordenamiento no debe ser
entendida como la ausencia de lagunas, sino tan sólo como la posibilidad su eliminación. Para
este autor, el derecho no ofrece una solución para todos los casos, pero sí debe proveer los
instrumentos idóneos para que las lagunas desaparezcan del ordenamiento. La capacidad del
legislador de prever y regular situaciones de la vida social es limitada, y por lo tanto es normal
la existencia de las lagunas legislativas. Para Carnelutti y estos autores, la plenitud sería una
plenitud relativa o de segundo grado, ya que significa, no la inexistencia de lagunas, sino la
posibilidad de que todos los casos encuentren una solución porque el ordenamiento
proporciona instrumentos o reglas para colmar dichos espacios no regulados. Nosotros
adherimos a esta última perspectiva [92].
La afirmación de que no existen lagunas del derecho, sino sólo lagunas de la legislación, se
fundamenta en la obligación que tienen los jueces de resolver todos los casos que se les
planteen, aun los no previstos en forma general y típica por el legislador. Los jueces no pueden
dejar de juzgar bajo el pretexto de silencio, oscuridad o insuficiencia de las leyes, y el artículo
273 del Código Penal castiga con pena de inhabilitación absoluta de uno a cuatro años al juez
que se negare a juzgar so pretexto de oscuridad, insuficiencia o silencio de la ley. Este principio
también rige en materia penal, a pesar de lo que se suele afirmar. Lo que sucede es que en
materia penal, en virtud del principio de legalidad, de rango constitucional, el juez, ante la
ausencia de una norma penal debe sobreseer a los acusados[93].
La actividad de los juristas, en forma teórica, y de los jueces, en forma práctica, de llenar las
lagunas legislativas se denomina integración.
Hemos sostenido que si bien el ordenamiento jurídico es pleno, existen lagunas legislativas, es
decir espacios no regulados por el legislador. Las lagunas legislativas pueden ser clasificadas
según distintos criterios: su causa, su relación con las otras normas y su propia naturaleza[94].
Según su causa u origen las lagunas legislativas se clasifican en subjetivas y objetivas. Las
lagunas subjetivas son aquellas que son atribuibles al legislador, en forma voluntaria o
involuntaria. Las lagunas subjetivas voluntarias se producen cuando el legislador decide por
algún motivo no regular un determinado caso o situación. En determinadas materias el
legislador se limita a orientar al aplicador del derecho, dejando que sea éste quien complete la
regulación. Constituyen lagunas subjetivas involuntarias aquellas que surgen por el descuido o
imprevisión del legislador. Las lagunas objetivas son las que se producen por el desarrollo y la
creciente complejidad de la vida social, que hace aparecer supuestos que no pudieron ser
previstos por el legislador.
Las lagunas legislativas según su relación con las otras normas se clasifican en extra legem e
inter legem. Las lagunas extra legem surgen del grado de concreción de la ley. Si la norma es
muy concreta, es probable que deje muchas circunstancias sin regular. Por ejemplo, si una
norma prohíbe fumar en la clase de Introducción al Derecho, por su concreción, deja sin
establecer si se puede fumar en las clases de las otras materias, o en los recreos. Las lagunas
inter legem aparecen cuando la norma es demasiado general y típica. El legislador regula la
conducta de una manera muy general y al interior del ámbito de aplicación de la norma,
quedan situaciones sin contemplar. Por ejemplo, si una norma se limita a establecer que está
prohibido fumar en la Universidad, queda sin regular, si la prohibición se refiere a las aulas, o si
también alcanza a los patios, o si abarca los horarios de clase o también los recreos, etc.
Según su propia naturaleza, las lagunas se clasifican en aparentes o auténticas. Las lagunas
aparentes o impropias son aquellas que pueden ser llenadas a partir de elementos del propio
ordenamiento, por ejemplo lo establecido por leyes que regulan casos análogos o los
principios generales del ordenamiento. Las lagunas reales o propias para su solución requieren
la utilización de recursos que están fuera del ordenamiento, por ejemplo la equidad, los
principios de justicia, la costumbre, etc.
Hemos analizado cómo la afirmación de la plenitud del ordenamiento no debe ser vinculada
con la idea de la inexistencia de lagunas legislativas en el ordenamiento, sino con la de que el
ordenamiento debe dar una respuesta jurídica a los casos no previstos por el legislador a
través de distintos mecanismos de integración, utilizados especialmente por los jueces.
Podemos distinguir dos tipos de mecanismos de integración según los medios utilizados para
llenar las lagunas legislativas: mecanismos de autointegración y mecanismos de
heterointegración. Existe autointegración cuando se recurre a instrumentos o medios
proporcionados por el propio ordenamiento, por ejemplo, la analogía y los principios generales
del ordenamiento. En el caso de la heterointegración, las lagunas son integradas utilizando
elementos externos al ordenamiento, por ejemplo, los principios de justicia, las costumbres, el
derecho natural, el derecho comparado, etcétera.
El ordenamiento jurídico está constituido por un conjunto de normas cuya validez deriva de
una única norma primaria; sin embargo, este hecho no imposibilita la existencia de una
pluralidad de ordenamientos jurídicos. Como señala Lumia: unidad no significa unicidad[85].
Un problema interesante desde el punto de vista del derecho internacional y del derecho
constitucional, es el que surge de la sucesión temporal de ordenamientos jurídicos distintos en
un mismo ámbito territorial; por ejemplo, a partir de una revolución como la nuestra de la
independencia, o la provocada por los gobiernos de facto que, en nuestro país, se alternaron
en el poder con los gobiernos constitucionales. En general, se sostiene que en estos casos en
los que existe la sustitución de un ordenamiento jurídico preexistente por uno nuevo, para el
derecho interno el viejo ordenamiento es recibido por el nuevo, al menos en las partes en que
no esté expresamente modificado, mientras que para el derecho internacional la personalidad
jurídica del Estado anterior, continúa en el nuevo, que asume todas las obligaciones y derechos
internacionalmente asumidos por el primero.
[1] Respecto a las conductas debidas, hemos hecho la distinción, siguiendo el pensamiento de
Barraco Aguirre, entre conductas exigidas y conductas decididas. Las conductas exigidas como
debidas, lo son, en función de un fin exigido o propuesto, por la naturaleza de las cosas o de la
situación. El deber en las conductas decididas como debidas surge también en relación a un
fin, por una imposición propia o ajena, es decir, por un acto de decisión o de voluntad. Las
conductas exigidas son conocidas estimativamente, las conductas decididas son conocidas
interpretativamente
[2] VILLAGRA, Ángel Esteban y BARRIONUEVO, Daniel: “Introducción al derecho. Fundamentos
al derecho”. Editorial Advocatus. Córdoba, p 28 y ss.
[3] SEGURA ORTEGA, Manuel: “Manual de teoría del derecho”. Editorial Centro de Estudios
Ramón Areces. Madrid. 1998, p 178.
[4] MARTÍNEZ PAZ, Fernando: “Introducción al derecho”. Editorial Abaco. Buenos Aires. 1982,
p 361.
[6] VON WRIGHT, Gerry: “Norma y acción”. Editorial Tecnos. Madrid. 1970, p 20-35.
[7] DIEZ PICAZO, Luis: "Experiencias jurídicas y teoría del derecho”. Ariel. Madrid. 1973, p 48-
51.
[15] CFed. Mendoza, B. 21/10/1983. Citada en: ARRIBALZAGA, Martín: “Diccionario jurídico
jurisprudencial”. Editorial Depalma. Buenos Aires. 2000, p 331.
[16] CNCiv. C. 15/4/82. “Bardelli, Edmundo R. c/ Comisión Municipal de Vivienda.” Citada en:
ARRIBALZAGA, Martín: óp. cit., p 331.
[19] CS Tucumán, Civ y Pen., 31/5/96, “Bessero, Antonio P. c/ Elea S.A.” Citada en:
ARRIBALZAGA, Martín: [Link]., p 332.
[20] Cciv.1ª 25/10/46, LL 44-456; Cciv.2ª, 31/8/48, JA 1948-IV-508. Citados por: SALAS, Acdeel
Ernesto: “Código Civil y leyes complementarias anotados. I”. 2ª edición. Depalma. Buenos
Aires. 1981, p 21.
[21] KALLER DE ORCHANSKY, Berta: “Buenas costumbres”. En: BUERES, Alberto (Director):
“Código Civil- 1”. Hammurabi. 1995, p 58.
[22] Cciv. D. 1/4/63. LL 110-376. Citado en SALAS, A.E.: óp. cit., p 284.
[23] Cciv.1ª. 4/7/32. Citado en: SALAS, A. E.: óp. cit., p 462. CNCom., Sala D. 26/10/95. “Galli
Jorge F., y otro c/ Asociación Civil para el personal jerárquico profesional y técnico del Banco”.
LL-1996-E, p 193.
[24] Cciv. D, 16/7/54, LL 76-66. Citado en SALAS, A.E.: óp. cit., p 463.
[27] Cciv. 1ª 13/6/19, GF 20-289. Citado en SALAS, A. E.: óp. cit., p 463
[28] BORDA, Guillermo A.: “Manual de contratos”. 16 ª edición. Editorial Perrot. Buenos Aires.
1993, p 90.
[30] GARCIA MAYNEZ, Eduardo: “Introducción al estudio del derecho". 15a edición. Editorial
Porrúa. México. 1.968, p 25.
[34] HERVADA, Javier: “Introducción crítica al derecho natural”. EUNSA. 8ª edición. Navarra.
1994, p 79 y ss.
[36] GARDELLA, Juan Carlos: “Naturaleza y Derecho”. En Enciclopedia Jurídica Omeba T. XX.
Driskill. Buenos Aires. 1982, p 69.
[40] MARTÍNEZ PAZ, Fernando: “Introducción al derecho”. Editorial Abaco. Buenos Aires. 1982,
p 306.
[41] En esta concepción se debe distinguir al “derecho natural”, como conjunto de normas que
surgen o se infieren de la naturaleza humana, del “iusnaturalismo”, que es la concepción,
doctrina o teoría jurídica que sostiene la existencia de ese derecho natural, y que el derecho
positivo se encuentra subordinado a él, no pudiéndolo contradecir.
[43] Relacionar con los distintos tipos de fines, y de conductas que hemos distinguido, en el
capítulo 2, al analizar la conducta humana, siguiendo a Barraco Aguirre.
[45] SORIANO, Ramón: “Compendio de teoría general del derecho”. Editorial Ariel. Barcelona.
1986, p 22 y ss.
[46] OLIVECRONA, Karl: “El derecho como hecho”. Labor Universitaria. Barcelona. 1908, p 127.
[50] FATONE, Vicente: “Lógica e introducción a la filosofía”. Editorial Kapelusz. Buenos Aires, p
15 y ss.
[52] Código Civil Argentino - Art. 896: “Los hechos de los que se trata en esta parte del Código
son todos los acontecimientos susceptibles de producir alguna adquisición, modificación,
transferencia o extinción de los derechos u obligaciones”.
[53] Código Civil Argentino - Art. 897: “Los hechos humanos son voluntarios o involuntarios.
Los hechos se juzgan voluntarios, si son ejecutados con discernimiento, intención y libertad”.
[54] Código Civil Argentino - Art. 898: “Los hechos voluntarios son lícitos o ilícitos. Son actos
lícitos las acciones voluntarias no prohibidas por la ley, de que puede resultar alguna
adquisición, modificación o extinción de derechos”.
[55] Código Civil Argentino - Art. 944: “Son actos jurídicos los actos voluntarios lícitos, que
tengan por fin inmediato, establecer entre las personas relaciones jurídicas, crear, modificar,
transferir, conservar o aniquilar derechos”.
[56] Código Civil Argentino - Art. 899: Cuando los actos lícitos no tuvieren por fin inmediato
alguna adquisición, modificación o extinción de derechos, sólo producirán este efecto en los
casos en que fueren expresamente declarados.
[57] Código Penal - Art. 84: “Será reprimido con prisión de seis meses a tres años e
inhabilitación especial, en su caso, por cinco a diez años, el que por imprudencia, negligencia,
impericia en su arte o profesión o inobservancia de los reglamentos o de los deberes de su
cargo o profesión, causare a otro la muerte”.
[63] SORIANO, Ramón: óp. cit., p 38 y ss. GUIBOURG, R., y otros: óp. cit., p 65 y ss. NINO, Carlos
S.: “Introducción al análisis del derecho”. 2ª edición. Editorial Astrea. Buenos Aires. 1984, p 64.
GOMEZ A., y otra: óp. cit., p 55.
[66] Citado por ITURRALDE SESMA, Victoria: “Lenguaje legal y sistema jurídico”. Tecnos.
Madrid. 1989, p 30.
[67] NINO, C.: óp. cit., p 260. GUIBOURG, R., y otro: óp. cit., p 49.
[68] NINO, C.: óp. cit., p 264. GUIBOURG, R., y otro: óp. cit., p 47.
[69] NINO, C.: óp. cit., p 266. GOMEZ, A.: óp. cit., p 75.
[70] SEGURA ORTEGA, Manuel: “Manual de teoría del derecho”. Editorial Centro de Estudios
Ramón Areces. Madrid. 1998, p 178.
[71] MARTÍNEZ PAZ, Fernando: “Introducción al derecho”. Editorial Abaco. Buenos Aires. 1982,
p 361.
[73] SORIANO, R.: “Compendio de Teoría del Derecho”. Ariel Derecho. Barcelona. 1986, p 79.
[74] KELSEN, Hans: “Teoría pura del derecho”. Universidad Nacional Autónoma de México.
México. 1979, p 203. BOBBIO, Norberto: “Teoría General del Derecho”. Editorial Temis. Bogotá
(Colombia), 1987, p 179.
[75] LUMIA, Giuseppe: “Teoría e ideología del derecho”. Editorial Debate. Madrid. 1973, p 54 y
ss
[86] LUMIA, G.: óp. cit., p 80. ALMOGUERA CARRERES, J.: óp. cit., p 322.
[88] BECERRA FERRER, HARO y otros: “Manual de Derecho Constitucional”. Tomo I. Editorial
Advocatus. Córdoba. 1995, p 169 y ss.
Como ya hemos señalado, si se pretende obtener una visión integral del derecho, éste puede y
debe ser examinado desde distintas dimensiones o perspectivas: como norma, como
ordenamiento, como actividad y como relación. En este módulo abordaremos al derecho como
norma y como ordenamiento.
Las normas son reglas o principios directivos de la actividad típicamente humana, o lo que es lo
mismo, de la conducta del hombre. La idea de norma va ligada a la noción de modelo o guía
para hacer algo. En un sentido más fuerte se une el concepto de norma con la idea de deber,
de algo que debemos hacer, como una conducta estimada o decidida como debida[1]. Por
ejemplo, estimamos que debemos ayudar a una persona, o un profesor estima y decide que las
unidades 1 a 3 son las que los alumnos deben estudiar para el primer parcial de una
asignatura. El deber impuesto por la norma puede ser de carácter positivo, entonces tenemos
una obligación; por ejemplo: “se debe pagar el alquiler de un inmueble alquilado”, “se debe
devolver las cosas prestadas”; o de carácter negativo, y por lo tanto estamos frente a una
prohibición. Un ejemplo de deber negativo es “no se debe fumar en el aula”. También
encontramos normas que se limitan a permitirnos hacer o no hacer algo. Ejemplos de permisos
son: “los alumnos pueden plantear dudas durante la exposición del docente”, “los alumnos
pueden no formular preguntas durante la clase”.
Toda la vida del hombre está regulada por normas, existiendo una gran variedad de ellas: las
reglas técnicas, las reglas de juego, las reglas de la gramática y de la lógica, los modelos o
pautas de comportamiento social, las normas morales, los mandatos religiosos, las normas
jurídicas, etcétera. Las reglas técnicas o directivas son las que nos indican un medio para lograr
un fin. Por ejemplo, las instrucciones para el manejo de un electrodoméstico. Las reglas de
juego, las de la gramática y las de la lógica se caracterizan por determinar o definir una
actividad. Si quiero jugar al truco debo respetar ciertas reglas, sino lo hago, no jugaré a ese
juego de naipes. Si no respeto las reglas de la gramática castellana, no hablaré español.
Como vimos, los modelos o pautas de comportamiento social nos dicen cómo debemos pensar
y actuar para llevar una convivencia ordenada con los otros miembros de la sociedad en que
vivimos[2]. Las normas jurídicas se nos presentan antes que nada como normas, como un tipo
de normas, una clase especial de regla de la conducta humana.
Se distingue entre normas jurídicas naturales y normas jurídicas positivas. Las normas jurídicas
naturales son las estimadas como debidas, siendo exigidas por un fin estimado como debido,
un fin exigido por la naturaleza del hombre y de las situación. Las normas jurídicas positivas
son las decididas en función de un fin decidido. Son conductas decididas como debidas por
imposición de otro.
Las normas jurídicas positivas, que analizaremos en su naturaleza y en sus diversas clases, y en
su estructuración lógica y expresión lingüísticas, no se nos presentan en forma aislada, ni
constituyendo un simple agregado de preceptos, ni como un conjunto de normas yuxtapuestas
unas a otras, sino relacionadas en un sistema o estructura que suele ser designado con la
expresión “ordenamiento jurídico”. Sin embargo, algunos autores han señalado que la
expresión “ordenamiento jurídico” es un italianismo porque la palabra equivalente en
castellano debiera ser la de “orden jurídico”[3].
Para otros, el ordenamiento jurídico es un medio para establecer el orden social[4], que debe
diferenciarse de la noción de “orden jurídico” que se reserva para designar el orden objetivo,
concreto, real que surge de la aplicación, cumplimiento o aplicación coactiva de las normas
que integran dicho ordenamiento. En este sentido las nociones de orden social y orden jurídico
se implican y correlacionan[5]. Al ordenamiento jurídico nos proponemos analizarlo como
estructura jerárquica, coherente y plena de normas positivas. El ordenamiento jurídico es una
estructura, es decir una pluralidad de normas heterogéneas, que constituyen una totalidad,
una unidad. Las normas jurídicas que lo componen, establecen entre ellas relaciones de
subordinación, de jerarquía, existiendo como hemos visto normas primarias y secundarias.
Esta clasificación se vincula con el concepto de validez, uno de los caracteres de las normas
jurídicas positivas. El ordenamiento jurídico se nos presenta también como estructura
coherente de normas. La coherencia se relaciona con la inexistencia de antinomias y
redundancias entre las normas que lo componen. En este sentido, el ordenamiento jurídico
debe tener para cada conducta, no más de norma. Finalmente el derecho como ordenamiento
se caracteriza también por su plenitud, es decir, con la inexistencia de casos no previstos o
lagunas de legislación, debiendo regular cada conducta, con al menos una norma.
Von Wright[6] enumera y clasifica los distintos significados atribuidos a la palabra “norma”. Los
clasifica en significados principales y secundarios. Entre los principales señala a la expresión
“norma” como regla de juego, como prescripción o regulación y como directriz o norma
técnica. Entre los significados secundarios destaca a “norma” como costumbre, como norma
moral y como norma ideal.
Las normas como reglas de juego o determinativas son aquellas que establecen los
movimientos correctos y permitidos en una determinada actividad o juego. Ejemplos de
normas en este sentido son los reglamentos de un deporte o juego, las reglas de la gramática y
las reglas de la matemática.
Una segunda acepción de la palabra norma, dentro de las acepciones principales, es la llamada
prescripción o regulación. Un ejemplo de norma en este sentido lo constituyen las leyes del
Estado. Las prescripciones son establecidas o dictadas por una autoridad normativa,
destinadas o dirigidas a un determinado sujeto normativo, buscando que éste se comporte de
una cierta manera. Las prescripciones son promulgadas, es decir comunicadas para su
conocimiento y van acompañadas de la amenaza de una sanción o castigo para el caso de su
incumplimiento. Las normas jurídicas positivas, las órdenes militares, las órdenes que los
padres dan a sus hijos menores, las reglas de tránsito, son ejemplos de prescripciones. Las
prescripciones constituyen modelos o pautas de comportamiento social explícitos, como
hemos visto en el módulo anterior
Las directrices o normas técnicas se caracterizan por ser los medios a utilizar para alcanzar un
determinado fin. Ejemplos de este sentido de la expresión “norma” como norma técnica son
las contenidas en el manual de uso de los televisores, computadoras, etcétera.
Por último, otro sentido secundario de “norma” señalado por Von Wright, es el de reglas
ideales, que están estrechamente vinculadas con el concepto de virtud, de bondad, de patrón
o de modelo. Señalan las características de la especie óptima de una clase. Por ejemplo, lo que
debe hacer una persona para ser un buen futbolista, un buen abogado, un buen estudiante,
etcétera.
Como hemos visto, las normas morales son difíciles de identificar y de distinguir de los otros
tipos de normas. Y especialmente la distinción entre normas morales y normas jurídicas es un
problema que no siempre ha sido planteado y resuelto con claridad. Analicemos algunos
elementos o características que nos permitirán distinguir estos dos tipos de normas.
Las normas morales son unilaterales en el sentido de que frente al sujeto obligado no hay otra
persona autorizada para exigirle el cumplimiento de su deber. Son sólo imperativas, imponen
deberes. Regulan conductas en interferencia subjetiva, es decir que establecen la conducta a
seguir respecto a otras posibles conductas de ese mismo sujeto. Nos prescriben, por ejemplo,
que debemos pagar nuestras deudas, frente a otra posible conducta nuestra: no pagarlas. Las
normas jurídicas, en cambio, son bilaterales, ya que imponen siempre deberes u obligaciones a
una o más personas, correlativos a facultades o derechos de otra u otras personas. En este
sentido se dice que las obligaciones jurídicas no son deberes, sino deudas. Por ello, las normas
jurídicas son siempre impero-atributivas, imponen deberes al mismo tiempo que atribuyen
facultades correlativas, estableciendo una relación entre dos sujetos, el titular de la facultad y
el titular del deber u obligación. Las normas jurídicas regulan conductas en interferencia
intersubjetiva, es decir establecen la conducta de un sujeto frente a la conducta de otro sujeto.
Nos indican que si hemos celebrado un contrato de locación, debemos pagar el alquiler, y
correlativamente confieren al locador la facultad o derecho de exigir que le paguemos ese
alquiler.
Se suele afirmar también que las normas morales se ocupan del fuero interno del sujeto, de la
rectitud de los propósitos, mientras que las normas jurídicas se limitan a prescribir la ejecución
meramente externa de ciertos actos, conformándose con su pura exterioridad. Este criterio de
distinción entre moral y derecho es relativo. Las normas morales no sólo se ocupan del fuero
interno del sujeto, ya que no son suficientes las buenas intenciones, sino que la moral exige
que esas buenas intenciones trasciendan a la práctica. Ayudar al prójimo, no robar, no matar,
son normas reconocidas como morales y sin embargo, regulan conductas exteriores del
hombre. Sin embargo para la moral la interioridad es fundamental. Las normas jurídicas a
veces permiten penetrar la conciencia de los sujetos obligados, para analizar los móviles de la
conducta, atribuyéndoles consecuencias jurídicas. Por ejemplo: la intencionalidad en el
derecho penal y la buena fe en el derecho civil y en el derecho laboral. Sin embargo, es
indudable que desde la perspectiva jurídica la exteriorización de los actos tiene una
importancia mayor, ya que el fuero interno sólo tiene relevancia en la medida que se
exterioriza. Por ello, quizás convenga decir que las normas morales son predominantemente
interiores y las normas jurídicas son predominantemente exteriores.
Otro de los criterios que se ha utilizado para diferenciar entre moral y derecho, es el de la
autonomía. Las normas morales no crean obligaciones si no han sido interiorizadas por el
sujeto, si éste no las percibe como necesariamente fundadas y justificadas, es decir si no las ha
internalizado como normas. Aunque consideremos que la norma moral tiene validez objetiva,
es decir que existe con independencia de que el sujeto la conozca y la acepte como tal,
debemos decir que de dicha norma no se desprenderá un deber concreto para un
determinado sujeto si éste no la reconoce como tal, y se convence de su validez y
obligatoriedad respecto a su conducta. En este sentido se dice que las normas morales son
autónomas. Las normas jurídicas son heterónomas ya que en ellas, la obligación jurídica se
establece, por el legislador, de una manera exclusivamente objetiva, con total independencia
de lo que piense el sujeto destinatario de ésta. Las normas jurídicas obligan tanto si el sujeto
está de acuerdo con ellas, como si no lo está. Es decir que, en este caso, no se toma en cuenta
el juicio subjetivo de los sujetos llamados a cumplir lo prescripto.
Otro criterio de distinción entre normas morales y normas jurídicas es el de su finalidad. Las
normas morales tienen por objeto el perfeccionamiento del sujeto obligado, individual o
grupal. La moral se preocupa del sujeto que comete el acto inmoral, y no de los sujetos que
sufren las consecuencias del mismo. En el derecho, en cambio, las normas jurídicas cuidan la
suerte de las posibles víctimas de los actos ilícitos, y procuran el perfeccionamiento del orden
social.
Las relaciones entre moral y derecho
El análisis efectuado en los párrafos anteriores nos permite afirmar la existencia de elementos
que posibilitan distinguir las normas morales de las normas jurídicas. Las normas jurídicas son
bilaterales, heterónomas, predominantemente exteriores, coercibles y a través de ellas se
pretende lograr el perfeccionamiento social, mientras que las normas morales son unilaterales,
autónomas, predominantemente interiores, incoercibles y buscan el perfeccionamiento
personal del sujeto obligado. Sin embargo, el hecho de que se distingan entre el derecho y la
moral no supone que puedan separarse totalmente, en cuanto órdenes normativos.
Diez Picazo[7] analiza algunas de las posibles relaciones entre derecho y moral. Por ejemplo,
señala que hay ámbitos de la conducta del hombre donde los preceptos morales y las normas
jurídicas coinciden o se superponen, persiguiendo los mismos objetivos y buscando la
realización de unos mismos valores. En este sentido tanto el derecho como la moral sancionan
el robo y el homicidio. Existe incluso una zona en la que el derecho pretende una moralización
de las relaciones jurídicas, impidiendo resultados jurídicos que sean inmorales. Por ejemplo, en
el ámbito contractual se ampara especialmente a la buena fe y en general existen varias
normas jurídicas que remiten a las normas morales.
Indica también, este autor, la posibilidad de descubrir ámbitos donde la moral produce normas
que no son recogidas por el derecho. Por ejemplo, la moral prohíbe el suicidio, sin embargo
éste no constituye un hecho antijurídico, ni aun en grado de tentativa o frustración.
Únicamente la prestación de ayuda y la instigación al suicidio constituyen delitos en nuestro
país (art. 83 del Código Penal). Otro ejemplo señalado es el de la prohibición moral de faltar
conscientemente a la verdad, mientras que una mentira constituye para el ordenamiento
jurídico una infracción en casos muy determinados, como es el del falso testimonio de testigos,
peritos o intérpretes (art. 275 del Código Penal), o de la falsa denuncia (art. 245 del Código
Penal).
El jurista español plantea también la existencia de otras zonas en las cuales el derecho
establece soluciones que no van de acuerdo con los principios morales, en función de la
realización de valores sociales como el orden, la seguridad, etc., como por ejemplo podría ser
el caso del desalojo por falta de pago del alquiler de una familia numerosa por el propietario
de la vivienda donde el padre ha perdido el trabajo. Podría ser reprochable desde el punto de
vista moral, pero perfectamente lícito jurídicamente.
Por último, señala que el derecho puede establecer deberes que son indiferentes desde el
punto de vista moral. Por ejemplo: el deber de circular en una cierta dirección en determinada
calle o avenida, o la obligación de trasmitir la propiedad de un inmueble por medio de
escritura pública.
La moral y el derecho en el ordenamiento jurídico y en la jurisprudencia de los tribunales de
nuestro país.
En la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre se señala que los deberes
del orden jurídico presuponen otros, de orden moral, que los apoyan conceptualmente y los
fundamentan; y que “…puesto que la moral y buenas maneras constituyen la floración más
noble de la cultura, es deber de todo hombre acatarlas siempre”[9].
Por ejemplo el artículo 19 de la Constitución Nacional establece como límite a las acciones
privadas de los hombres, la ofensa de la moral pública. También son muchas las referencias del
Código Civil y Comercial de la Nación, a la moral y a las buenas costumbres. Algunos ejemplos
son las siguientes prescripciones contenidas en su articulado, que establecen: que la ley no
ampara el uso abusivo de los derechos entendiendo como tal, el que contraría los fines del
ordenamiento jurídico o el que excede los límites impuestos por la buena fe, la moral y las
buenas costumbres (Art. 10), que el objeto del acto jurídico no debe ser un hecho contrario a
la moral o a las buenas costumbres (Art. 279), que establece la nulidad de los actos sujetos a
un hecho contrario a la moral y a las buenas costumbres (art. 344); que las partes son libres
para celebrar un contrato y determinar su contenido, dentro de los límites impuestos por la
moral y las buenas costumbres (art- 958); que no pueden ser objeto de los contratos los
hechos que son contrarios a la moral (art. 1004), que un pago es repetible, si la causa del
mismo es ilícita (art. 1796); que son nulos las condiciones y cargos constituidos por hechos
contrarios a la moral (art. 2468). También la Ley de Contrato de Trabajo considera ilícito el
objeto del contrato laboral, cuando es contrario a la moral y a las buenas costumbres[11].
La ley 23331 establece que podrán introducirse en la zona franca toda clase de mercaderías y
servicios estén o no incluidos en listas de importación permitidas, creadas o a crearse, con la
sola excepción de armas, municiones y otras especies que atenten contra la moral, la salud, la
sanidad vegetal y animal, la seguridad y la preservación del medio ambiente[12]
En la ley de marcas y designaciones, se establece que no pueden ser registrados las palabras,
dibujos y demás signos contrarios a la moral y a las buenas costumbres.[13]
El principio general aceptado es que si bien no todo lo moral debe ser jurídico, todo lo jurídico
debe ser moral[15].
También los tribunales de nuestro país han reconocido a la moral y las buenas costumbres
como un límite impuesto al ejercicio de los derechos reconocidos por el derecho de nuestro
país. En este sentido se ha señalado que a) excede los límites impuestos por la buena fe, la
moral y las buenas costumbres -y que configura por tanto un abuso del derecho en los
términos del art. 1071 del anterior Código Civil (hoy art. 10 del nuevo Código Civil y
Comercial).- que un cónyuge requiera del otro la prestación de su deber asistencial mientras le
imputa haberle contagiado una enfermedad venérea que éste no padece y que -es de
presumir- ha contraído por el contacto sexual que, en violación del deber de fidelidad, ha
mantenido con otra persona [17]; que dado que la evidente desproporción entre el monto
reconocido en la sentencia de trance y remate y el de la liquidación es producto de la
acumulación de intereses, corresponde ordenar su readecuación sin anatocismo, pues la
usura, además de ser un delito en ciertas condiciones, viola la moral y las buenas costumbres
(art. 279, Código Civil y Comercial), por lo que los jueces no podrían convalidarla en ningún
caso¸ y c) en un caso donde el locador de un inmueble que llevaba adelante una ejecución por
el cobro de alquileres se ordenó la disminución de la cláusula penal prevista en el contrato, por
considerarla abusiva por ser a la moral y buenas costumbres y por ello corresponde al juez, de
acuerdo a la facultad otorgada por el art. 656 del anterior Código Civil (hoy art. 794 del nuevo
Código Civil y Comercial), adecuarla a un límite más justo —en el caso, el doble del alquiler
pactado[18].
Algunos contratos que los tribunales han considerados contrarios a las buenas costumbres
son: la venta de influencias [23], los contratos vinculados al proxenetismo, como por ejemplo
la obligación de ejercer la prostitución[24], los contratos de partición de honorarios entre un
abogado y quien no lo es[25], el convenio por el cual un profesional facilita su título a otro para
que ejerza actividades que no le están permitidas[26], la obligación contraída por un litigante
de pagar una suma de dinero al abogado de la parte contraria para que obtuviera de su cliente
una transacción[27].
Borda, enuncia los siguientes casos que el legislador ha establecido como contratos nulos por
ser contrarios a la moral y a las buenas costumbres: los pactos que tuviesen por objeto una
herencia futura, los que se opongan a la libertad de acción o de conciencia, como la obligación
de habitar en un cierto lugar, o de no casarse, la de vivir célibe, temporal o perpetuamente, o
de no casarse con cierta persona o divorciarse, los que tengan por objeto el uso deshonesto de
una casa alquilada, el préstamo de una cosa para un uso contrario a las buenas costumbres,
etcétera[28].
Como ya se ha señalado, las normas jurídicas positivas constituyen una tipo especial dentro de
los modelos o pautas de comportamiento social, que podemos definir como “uniformidades
de acción o de pensamiento que se reproducen regularmente en un grupo o sociedad”[29].
Las normas jurídicas han sido caracterizadas como modelos o pautas de comportamiento
social, ideales, explícitas, predominantemente exteriores, y según el grado de su
obligatoriedad, como normas. Los preceptos del derecho son ideales ya que fijan cómo debe
ser nuestro comportamiento respecto de los demás miembros de la sociedad, y no como es
nuestro comportamiento social real o efectivo. Constituyen modelos explícitos, porque en los
Estados modernos, las normas jurídicas son generalmente establecidas en forma consciente, y
promulgadas y publicadas en forma expresa. También, como hemos señalado al diferenciarlas
de las normas morales, las normas del derecho son predominantemente exteriores porque
regulan, en la mayoría de los casos, las conductas exteriores del hombre. Sin embargo, en
ciertas ocasiones, los modelos o pautas jurídicas se refieren también a conductas interiores del
hombre; por ejemplo cuando regulan la intención, la buena fe, etcétera. Finalmente, según su
grado de obligatoriedad, hemos clasificado las normas jurídicas como normas, o modelos del
“tener que”, ya que su observancia es obligatoria, y su infracción genera sanciones.
Apliquemos ahora los criterios que hemos utilizado para diferenciar la moral del derecho, para
distinguir las normas jurídicas de los demás modelos o pautas de comportamiento social, es
decir de los llamados también usos y convencionalismos sociales[30].
Mientras las normas jurídicas son bilaterales, ya que se caracterizan por ser impero-atributivas,
imponiendo a un sujeto, una obligación o deber, y al mismo tiempo, y en forma correlativa, a
otro sujeto un derecho o facultad de poder exigir el cumplimiento de esa obligación o deber,
recurriendo a los tribunales si fuere necesario, los usos y costumbres son unilaterales, ya que
son sólo imperativos, en el sentido que de frente a nuestros deberes u obligaciones sociales,
no jurídicos, no existe otro u otros sujetos con la facultad de exigirnos su cumplimiento. O sí,
pero sin la posibilidad de recurrir a los órganos jurisdiccionales para lograr el cumplimiento de
dichas obligaciones.
Los usos y costumbres, al igual que las normas jurídicas, son heterónomos, en el doble sentido
de: a) ser creados por una voluntad distinta del sujeto obligado, aunque relativamente en este
caso, porque los destinatarios participan, en cuanto miembros del grupo, del proceso de
formación espontáneo de los modelos o pautas, y b) ser impuestos y obligatorios con
independencia de haber sido interiorizados y aceptados por sus destinatarios. También las
normas jurídicas y los usos y convencionalismos sociales comparten el ser predominantemente
exteriores, ya que como hemos visto ambos regulan no sólo las conductas exteriores de los
miembros de la sociedad, sino también las conductas interiores en la medida que son
exteriorizadas.
Las normas jurídicas son, como hemos señalado, según el grado de su obligatoriedad, normas
o modelos del “tener que”. Sin embargo, se distinguen de las demás normas sociales, es decir
de los otros modelos o pautas que establecen deberes respaldados por sanciones, porque son
coercibles, es decir que se puede lograr su cumplimientos por medio aun de la fuerza, que en
las sociedades modernas es ejercitada por órganos especializados. Los usos, costumbres y las
normas sociales no jurídicas, al igual que las normas morales, son incoercibles, dado que no es
posible lograr su cumplimiento por medio de la fuerza.
También las normas jurídicas y los demás modelos o pautas de comportamiento social
comparten la misma finalidad, ya que se orientan al perfeccionamiento de la convivencia
social, y no al de los sujetos obligados, como en el caso de las normas morales.
El derecho natural
Dentro del derecho encontramos dos tipos de normas jurídicas: las normas jurídicas naturales,
o derecho natural, y las normas jurídicas positivas, o derecho positivo.
En principio, las normas jurídicas naturales, o el derecho natural, pueden ser definidas como
aquellas normas que surgen, se basan o fundamentan en la naturaleza. Aristóteles define al
derecho natural como aquel “que en todas partes tiene la misma fuerza”[32], y Tomás de
Aquino como “aquello que por su naturaleza es adecuado o ajustado a otro”[33]. Javier
Hervada, en este mismo sentido, identifica al derecho natural con lo justo natural, y lo expone
como “aquella cosa que está atribuida a un sujeto, y en consecuencia le es debida, por título
de naturaleza y según una medida natural de igualdad”[34].
El concepto de naturaleza
Esta primera aproximación al concepto de norma jurídica natural, requiere que precisemos el
concepto de naturaleza. La palabra “naturaleza” es uno de esos términos especialmente
ambiguos, ya que es utilizada con significados muy distintos, tanto en el lenguaje vulgar, como
en el lenguaje técnico filosófico.
Además de esta amplitud significativa excepcional, los vocablos “natural” y “naturaleza” tienen
una especial resonancia emocional, particularmente en el ámbito jurídico[36].
La concepción metafísica clásica, en cambio, entiende como naturaleza al modo de ser de cada
ente, o de cada especie, en particular. La naturaleza es lo que tipifica y constituye a cada ser,
es el modo de ser que tiene cada realidad, el modo en que cada realidad se manifiesta. Esta
naturaleza del ser es, a su vez, lo que determina las operaciones propias de cada ser, el origen
de sus actividades propias. Esta concepción metafísica clásica considera, entonces, a la
naturaleza en dos aspectos: uno estático y otro dinámico. El aspecto estático de naturaleza
corresponde con la esencia de cada ser, y el aspecto dinámico comprende a esa misma esencia
vista como principio operativo, como fuente de las operaciones propias de cada ser[37].
La naturaleza humana
Cada ser tiene su propia naturaleza, y por lo tanto podemos hablar de naturaleza humana,
como el modo de ser propio del hombre, que lo tipifica y lo distingue de otros entes, y que al
mismo tiempo es el origen de los movimientos típicamente humanos.
Las notas que caracterizan al hombre, son su naturaleza racional, ética y social. Como hemos
señalado[38], “el hombre actúa, a partir de su inteligencia y voluntad libre, de la siguiente
manera: de frente a una situación, no encuentra el hombre, una respuesta adecuada e
inmediata que determine un obrar único y mecánico. Por ello debe analizar desde su razón las
diversas alternativas de actuación, y puede elegir libremente una de ellas, para realizarla. La
elección de esta alternativa debe ser justificada, dándole de este modo un sentido o valor a su
obrar. Todo acto del hombre debe ser justificado para ser plenamente humano. De la elección
de la alternativa y de su justificación va surgir el carácter moral o inmoral de la conducta”. Y
por todo esto hemos sostenido la naturaleza racional y ética del obrar humano.
Este concepto de naturaleza humana sirve para elaborar la idea tradicional o estricta de
derecho natural. Para esta concepción clásica el derecho natural es aquel ordenamiento que
brota y se funda en esa naturaleza humana. Las normas jurídicas naturales son aquellas
dirigidas al mejor desarrollo de las actividades propias del hombre
Fernández Galeano señala la existencia de dos concepciones de derecho natural: una estricta o
clásica y otra amplia. Nosotros podríamos agregar una tercera que se desprende del propio
desarrollo que el autor realiza del tema.
La concepción estricta o clásica sustentada por el llamado iusnaturalismo[41] concibe al
derecho natural como el ordenamiento que surge y se funda en la naturaleza humana, que el
hombre conoce a través de la razón y que el legislador debe respetar.
También para la concepción amplia, sostenida por el objetivismo jurídico, el derecho natural es
un ordenamiento, un orden normativo que surge de una serie de factores o datos que
condicionan la vida del hombre en sociedad, uno de los cuales es la naturaleza humana, pero
no el único. Otros factores objetivos, sustraídos de nuestra voluntad como sujetos, son los
datos de la realidad social, cultural, económica, histórica, etc., de donde se desprenden
normas jurídicas naturales en sentido amplio que pueden ser conocidas por medio de la razón
y que el legislador debe respetar. Esta concepción amplia del derecho natural es denominada
“objetivismo jurídico”, no en relación al derecho objetivo o normatividad, sino porque sostiene
la existencia de esa realidad objetiva, metajurídica, de donde surgen o se infieren normas que
el derecho positivo debe respetar. Por ejemplo, el legislador no podría establecer una norma
que prescribiera que todos los habitantes de Argentina deben pagar quinientos mil pesos
anuales de impuestos, no porque dicha ley vaya en contra de la naturaleza humana, sino
porque es incompatible con la realidad socioeconómica de nuestro país.
Una tercera concepción que se podría denominar “amplísima” sostiene que el derecho natural
es un simple ideario o conjunto de valores que orienta o guía la actividad del legislador. En esta
última concepción el derecho natural pierde su carácter normativo.
Uno de los problemas que no pueden ser dejados de lado, cualquiera sea la perspectiva o
concepción desde la que se lo aborde, iusnaturalista o positivista, es el de las relaciones entre
el derecho positivo y el derecho natural.
Sostenemos que es necesario no oponer estas dos concepciones respecto del concepto de
derecho, sino precisar las relaciones entre dos formas de derecho que necesariamente han
existido, existen y deben existir para no caer en reduccionismos que no explican en forma
acabada lo jurídico. En este sentido no se puede convertir al derecho natural en un orden
normativo jurídico capaz de regular de una vez y en forma definitiva todas las situaciones de la
convivencia social, soslayando toda otra forma de derecho. Pero tampoco es posible
desconocer los requerimientos y exigencias que surgen de lo que el hombre es, y construir una
organización social y jurídica de convivencia sin anclarla en principios jurídicos universales.
El derecho natural comprende un conjunto de normas, conductas debidas, en cuanto exigidas
por la naturaleza del hombre y de la situación. Las normas jurídicas naturales constituyen
entonces los medios exigidos, natural y situacionalmente, si nos proponemos regular y ordenar
la convivencia social conforme a los requerimientos de los fines exigidos como debidos,
también, por la naturaleza del hombre y por la situación[43].
El derecho positivo constituye, en una visión integrada e integral del mismo, un sistema de
principios y normas, conductas decididas como debidas, cuyo cumplimiento puede lograrse
por medio de la fuerza, que imponen deberes y atribuyen facultades correlativas, creando
relaciones entre los miembros de la sociedad, elaboradas por alguien con poder suficiente,
producto de una serie de factores sociales, económicos, políticos y culturales, con la finalidad
de realizar una conjunto de valores sociales vigentes, en forma efectiva y eficaz, en la sociedad.
De esta definición, en cuanto fenómeno humano, el derecho positivo no puede surgir como
una mera imposición de la voluntad de una autoridad normativa, sino que ésta debe justificar
racionalmente las conductas decididas como debidas, conforme una estimación de las
conductas exigidas en función de los fines decididos y exigidos por la situación. Esto nos
permite afirmar que las normas jurídicas positivas deben, para ser efectivas y eficaces, tener
un fundamento ético y técnico.
De estas concepciones del derecho natural y del derecho positivo, surgen la compatibilidad, la
complementariedad e implicancia de estas formas de derecho, ya que, como afirma Welzel:
“sin positividad, el derecho es simple abstracción o aspiración ideal de un orden posible, y sin
su nota axiológica fundamental, es mera fuerza incapaz de cumplir con el postulado originario
de toda ordenación: la protección del ser humano”[44]. El derecho natural necesita del
derecho positivo para hacerse efectivo dentro de la sociedad, y éste de aquél para encontrar
un fundamento que le permita ser algo más que un mero mandato o imposición basado en la
fuerza.
La concepción del derecho natural se vincula estrechamente con los llamados hoy “derechos
humanos”, especialmente con su fundamentación.
Para unos, el fundamento de los derechos humanos lo encontramos en las exigencias de las
notas características propias del hombre. Para otros, los derechos humanos se apoyan en las
conquistas sociales y políticas que en forma progresiva han llevado al reconocimiento de los
derechos humanos en los ordenamientos jurídicos nacionales e internacionales de la
modernidad.
Las normas jurídicas positivas, desde una perspectiva sociológica y conforme a lo desarrollado
anteriormente, son modelos o pautas de comportamiento social, ideales, exteriores,
generalmente explícitos, son normas, del tipo del “tener que”, ya que establecen
comportamientos obligatorios, reforzados con una sanción para su incumplimiento.
Los juristas no siempre coinciden sobre la naturaleza de la norma jurídica positiva. Diversas
teorías se han elaborado al respecto, las que podemos agrupar, en tesis imperativistas, tesis
antiimperativistas y tesis eclécticas.[45]
Las teorías imperativistas, que tienen antecedentes en las concepciones de autores como
Cicerón, Hobbes y Rousseau, se configuran en forma sistemática a partir de Thon, y luego son
desarrolladas por autores como Austin, Carnelutti, Del Vecchio y Bobbio. Dentro de estas
teorías podemos distinguir dos tesis: una radical y otra moderada. La tesis imperativista radical
sostiene que la norma jurídica positiva es un imperativo, un precepto o mandato ordenado por
una voluntad legisladora que obliga a sus destinatarios. Conforme a esta posición la norma
jurídica vincula dos voluntades: la del que manda y la del que debe obedecer. La tesis
moderada concibe a la norma jurídica como una regla imperativa o prescripción; la norma
prescribe comportamientos, pero no relaciona fácticamente dos voluntades. Las teorías
imperativistas, que han gozado de una gran aceptación en la historia de la teoría del derecho,
están vinculadas en general con las concepciones estatalistas y coactivas del derecho.
Diversas críticas se han acuñado en contra de las tesis imperativistas. Algunos autores indican
la existencia de normas jurídicas positivas que no responden a la idea de un mandato o
precepto. Se ha señalado como ejemplos, el caso de las normas consuetudinarias, las normas
dispositivas o de orden privado, y las normas derogadas por el desuso. Otros aducen que hay
normas cuya finalidad no consiste en la prescripción de un comportamiento. Por ejemplo,
aquellas normas que otorgan poderes, permisos, o que consisten en definiciones de términos
o instituciones jurídicas.
Olivecrona trata de responder a dichas críticas señalando que las normas jurídicas positivas
son imperativos impersonales, donde el sujeto activo, la voluntad creadora de la norma, y el
sujeto pasivo, el destinatario del mandato, están indeterminados, no existiendo por lo tanto
una relación personal entre quien emite el mandato y el que lo debe obedecer[46].
Las teorías antiimperativistas niegan el carácter imperativo de las normas jurídicas positivas
poniendo el acento en otros aspectos de éstas, concibiéndolas como juicios, como reglas
técnicas o como juicios de valor.
Los autores que conciben a la norma jurídica positiva como un juicio, niegan su carácter
imperativo. La norma jurídica es un mero juicio o razonamiento de carácter hipotético que
enlaza un supuesto con una consecuencia jurídica.
Por último, se define a la norma jurídica como un juicio de valor. El contenido de la norma más
que un imperativo, es una alternativa valorativa. El legislador considera los elementos de la
realidad o sector social abarcados por la norma y elige una de las varias alternativas de
regulación traduciéndola en un texto normativo, emitiendo un juicio de valor sobre la
conveniencia de la aplicación de dicha regulación.
En realidad, cada una de estas tesis antiimperativistas sobre la naturaleza de la norma jurídica
positiva pone el acento, absolutizándolo en un aspecto de ella, constituyendo visiones
reduccionistas sobre lo jurídico.
Las normas jurídicas son conductas decididas como debidas, en función de fines decididos
como debidos por el legislador. El legislador al establecer los fines de la norma, lo hace en
función de la realización de ciertos valores en la sociedad. Y esas conductas decididas como
debidas que constituyen los medios técnicos exigidos para el logro de los fines propuestos por
el legislador, son pensadas a través de la estructura de un juicio del deber ser.
Se señala, en este mismo sentido, que las normas jurídicas positivas son “reglas de motivación
social indirecta, de carácter prescriptivo, expreso o reflejo, concretada tras una valoración de
las situaciones y las acciones del sector social regulable”[47].
Hemos analizado los caracteres útiles para diferenciar a las normas jurídicas de los otros
órdenes normativos (las normas morales y de los demás modelos o pautas de comportamiento
social). La bilateralidad, la heteronomía, la coercibilidad y la exterioridad son caracteres
propios de las normas jurídicas, ya sean naturales o positivas. Hay otros caracteres que son
específicos de las normas jurídicas positivas: la validez, y la coercibilidad institucionalizada, la
vigencia, la efectividad y la eficacia.
a) La validez
La primera característica de la norma jurídica positiva es la validez. Se dice que una norma
jurídica es válida si está conforme con lo dispuesto con las normas jurídicas de grado superior.
Una norma jurídica positiva es válida si reúne dos requisitos: a) si ha sido elaborada por los
órganos y por los procedimientos establecidos en las normas de grada superior, conocida
como validez formal, b) si su contenido no es incompatible con lo dispuesto por las normas
jerárquicamente superiores, o validez material.
Otra de las características de las normas jurídicas positivas es la coercibilidad. Como hemos
visto, al establecer criterios para diferenciar las normas jurídicas de las normas morales, la
coercibilidad de las normas jurídicas radica en el hecho de que el ordenamiento jurídico
permite y prescribe el empleo de la fuerza como medio de conseguir la observancia de sus
preceptos.
El Estado moderno, además goza del monopolio del uso de la fuerza para el logro del
cumplimiento de las normas. Es decir que la utilización de la fuerza queda reservada a órganos
especializados, como son el Poder Judicial y la policía. El ordenamiento jurídico admite algunas
excepciones a este monopolio del uso de la fuerza para el logro de la efectividad de las
normas. Por ejemplo, los casos de legítima defensa, en el ámbito penal o civil, donde ante la
violación eminente y arbitraria de un derecho se permite la utilización de la fuerza para
defenderse, siempre que se reúnan ciertos requisitos, que veremos en el módulo 4.
c) La vigencia
Otra característica que se predica de las normas jurídicas positivas es la vigencia. El problema
de la vigencia de las normas jurídicas se relaciona con el ámbito temporal de validez de las
normas, y conforme a ello podemos distinguir: derecho vigente y no vigente.
Una norma jurídica positiva está vigente si es exigible actualmente, y es derecho no vigente si
no es exigible actualmente. El derecho no vigente puede serlo de vigencia pasada y de vigencia
futura. La norma no vigente, de vigencia pasada es aquella que habiendo estado vigente en el
pasado, por algún motivo no es exigible actualmente. La norma no vigente, de vigencia futura
es aquella que habiendo sido creada, aún no entró en vigencia, por no haber llegado el
momento para el comienzo de su exigibilidad.
En nuestro país las normas jurídicas entran en vigencia en la fecha que ellas lo establecen o si
no ocho días después de su publicación en el Boletín Oficial[48].
En relación con la duración de su vigencia, las normas jurídicas pueden ser: de vigencia
determinada o de vigencia indeterminada. Una norma tiene vigencia determinada cuando su
propio texto establece el período durante el cual va a ser exigible. Una norma es de vigencia
indeterminada cuando de la letra de la norma no se desprende hasta cuándo es exigible. Las
normas de vigencia indeterminada pierden su vigencia de dos modos: expreso o directo,
cuando son derogadas en forma explícita por otra norma de la misma jerarquía o de jerarquía
superior; y tácito o indirecto: cuando se dicta una norma de igual o superior jerarquía, cuyo
contenido sea incompatible con el contenido de la norma anterior. En el módulo siguiente,
veremos los distintos tipos de incompatibilidades entre normas, y cómo el criterio temporal,
que establece que la norma posterior deroga la norma anterior, constituye uno de los modos
de solucionar esas antinomias. Por aplicación de ese criterio es que se produce la pérdida de
vigencia en forma tácita o indirecta de una norma, cuando se dicta una norma posterior
incompatible con su contenido.
En relación con la finalización de la vigencia de una norma podemos distinguir las siguientes
situaciones: a) la derogación propiamente dicha o derogación stricto sensu que consiste en
dejar parcialmente sin efecto una ley; b) la abrogación que estriba en dejar sin efecto
totalmente una ley, se utiliza también la expresión derogación total para denominar esta
situación; c) la modificación o reforma que consiste en dejar sin efecto parcialmente una ley y
reemplazarla por otra; y d) la subrogación donde se reemplaza a una norma en forma
completa por otra.
En general se utiliza la expresión "derogación" para designar en forma amplia al hecho de dejar
sin efecto una ley o norma jurídica, englobando en dicha expresión las cuatro situaciones
señaladas.
El órgano competente para derogar (en sentido amplio) una norma, es el mismo que la dictó u
otro órgano jerárquicamente superior, con facultades para hacerlo.
d) La efectividad y la eficacia
La vigencia es entonces, la vocación de toda norma jurídica positiva, desde que ella fue
formulada para ser exigible en su cumplimiento. Pero, naturalmente, ya que el derecho
positivo es diverso y variable, una norma jurídica positiva cuyo cumplimiento es exigible en un
lugar o en su momento, puede no serlo en otro. Así, hay derecho positivo que aun siendo tal,
desde que fue elaborado por los hombres, sin embargo no es exigible aquí y ahora; es local o
actualmente incompleto, en cuanto derecho positivo, porque aunque lo es, no tiene vigencia.
Frente al derecho positivo vigente existe, pues, un derecho positivo no-vigente, con vigencia
en otro país u otra época, sea en el pasado o en el futuro; quizás, incluso, sin vigencia alguna,
ni en el espacio ni en el tiempo, si a pesar de haber sido formulado nunca llegó a regir.
A su vez, la efectividad es la vocación de toda norma jurídica positiva vigente, desde que
su cumplimiento se hizo exigible para que ella realmente se cumpla. Pero, naturalmente, ya
que la normatividad jurídica (como toda normatividad) depende para su cumplimiento de la
voluntad de los hombres, puede ocurrir que la norma vigente, a pesar de su vigencia, nunca
llegue a cumplirse. Puede ocurrir, por ejemplo, que sea incapaz de lograr el cumplimiento
voluntario de la mayoría de los obligados por ella; y por ese desprestigio mismo, a pesar de
dicho cumplimiento, no ser éste realmente exigido por la autoridad pública. La eficacia es
también la vocación de las normas jurídicas positivas vigentes efectivas, ya que si, a través de
su cumplimiento el ordenamiento no logra los fines propuestos por el creador de la norma al
establecerla, debe ser derogada, porque ha perdido su razón de ser.
Una de las actividades realizadas por la dogmática jurídica o ciencia jurídica en sentido estricto
es la sistematización de las normas que integran el ordenamiento jurídico de un país. La
sistematización tiende a ordenar los materiales normativos para facilitar su conocimiento y
aplicación a los casos concretos. La clasificación es una de las actividades sistematizadoras, ya
que procede a distribuir a las normas jurídicas en clases o categorías.
Existen diversos criterios de clasificación de las normas jurídicas, muchos de ellos particulares
de cada rama del derecho. A continuación revisaremos algunos que son generales y comunes a
todas las ramas y que creemos de utilidad para proporcionarnos una idea de la diversidad
funcional de las normas que integran el ordenamiento jurídico.
Las normas jurídicas según este criterio, y de acuerdo con esa ordenación jerárquica, se
clasifican en normas primarias y normas secundarias. Las normas primarias son las que ocupan
el lugar más alto en el ordenamiento, y cuya validez no deriva de ninguna otra norma. Las
normas secundarias son aquellas cuya validez deriva de otras normas de grado superior.
Conforme a este criterio, la Constitución Nacional es la norma primaria, y todas las demás
normas (leyes, decretos, sentencias, etc.) constituyen normas secundarias. El carácter de
norma primaria (o superior) y de norma secundaria (o inferior), desde otra perspectiva puede
predicarse de todas las normas del ordenamiento, salvo de la primera y de la última, en la
escala jerárquica. Por ejemplo, una ley es norma secundaria en relación con la Constitución, y
es norma primaria respecto de un decreto del Poder Ejecutivo, y un decreto puede ser una
norma primaria respecto de una sentencia judicial o de un contrato.
Las normas jurídicas según el sujeto activo, es decir, según el tipo de órganos que las crean, se
clasifican en personales y colectivas. Las normas son personales cuando han sido creadas por
órganos unipersonales, y son colectivas las elaboradas por órganos colegiados, o cuando
interviene una pluralidad de órganos en su creación. Las leyes, las ordenanzas, son normas
colectivas. Las sentencias, los decretos, son normas personales.
d) Según su contenido
Las normas jurídicas según su contenido, es decir, según la naturaleza de la prescripción que
establecen, se clasifican en normas típicas y concretas. Son típicas las normas que establecen
un modelo de conducta, y concretas las que regulan una conducta determinada, que puede ser
encuadrada dentro del modelo o tipo.
Generalmente, las normas concretas constituyen la aplicación a una situación determinada de
las normas típicas, y por ello una derivación y concreción de éstas, aunque no siempre es así.
Las normas jurídicas positivas, por su relación con la voluntad de sus destinatarios, se clasifican
en normas taxativas o dispositivas. Las normas taxativas, también llamadas normas de orden
público, son las que obligan con independencia de la voluntad de sus destinatarios, no siendo
lícito para éstos derogarlas. Las normas dispositivas, denominadas también como normas
supletorias o de orden privado, son subsidiarias de la voluntad de los sujetos obligados, y su
validez depende de la inexistencia de una voluntad diversa de los particulares.
Según este criterio, se las clasifica en normas de derecho público y normas de derecho privado.
Se destacan entre los numerosos criterios históricos de distinción del derecho público y el
derecho privado los siguientes: "por razón de la utilidad o del interés” (utilidad o interés social
o particular), por razón de la naturaleza (según normas de organización o de comportamiento),
por razón del sujeto (intervención de un órgano público o sólo la intervención de particulares),
principio de regulación (principio de comunidad o de individualización), de la tutela (defensa
de oficio o de la iniciativa privada), de la patrimonialidad (según contengan derechos
económicos o no económicos), de la coacción (según sean normas taxativas o dispositivas),
según la posición de los sujetos de la relación jurídica (relación de supraordinación o de
coordinación)". Ninguno de estos criterios es absolutamente satisfactorio para fundamentar la
tradicional distinción entre normas de derecho público y normas de derecho privado; y de
algún modo son complementarios[49].
Las normas internacionales son las que se aplican en el territorio de más de un Estado. Dentro
de las normas internacionales encontramos las llamadas normas comunitarias, que son las que
se aplican en una comunidad de países, por ejemplo el derecho comunitario europeo, o las
normas del Mercosur. Las normas nacionales son las que se aplican dentro del territorio de un
país. A su vez, dentro de las normas nacionales podemos distinguir las normas federales o
nacionales propiamente, las normas provinciales y las normas municipales, según que el
ámbito de su aplicación sea el Estado federal, los Estados provinciales o el municipio.
Según su vigencia, podemos clasificar a las normas en vigentes y no vigentes. Las normas
vigentes son las normas actualmente exigibles o aplicables, y las normas no vigentes son las
que actualmente no son aplicables. Entre las normas vigentes podemos distinguir las de
vigencia determinada y las de vigencia indeterminada.
Las normas de vigencia determinada son aquellas que establecen expresamente hasta cuándo
pueden ser aplicadas. Las normas de vigencia indeterminada son aquéllas que no establecen
su período de vigencia en forma expresa, y que son exigibles o aplicables mientras no sean
derogadas, expresamente por otra norma, o tácitamente por el dictado de una norma cuyo
contenido sea incompatible con el de la primera, en ambos casos, del mismo rango o de
jerarquía superior. A las normas no vigentes se las clasifica en normas no vigentes de vigencia
pasada y normas no vigentes de vigencia futura. Las normas de vigencia pasada son las que,
habiendo estado vigentes en un determinado momento histórico, han sido derogadas expresa
o tácitamente por normas de igual o mayor jerarquía. Las normas de vigencia futura son
aquéllas en las que, habiendo sido promulgadas por el o los órganos con atribuciones para
dictarlas, aún no ha comenzado el período de su obligatoriedad.
Los juicios según su relación pueden ser clasificados en categóricos, hipotéticos y disyuntivos.
En los juicios categóricos la relación de conveniencia o no entre los conceptos no está sujeta a
condición, ni alternativas. Se denominan hipotéticos los juicios donde la relación entre el
sujeto o predicado está sujeta a una condición. Por ejemplo: si es primavera, el árbol es verde,
o si llueve, iré al cine. En los juicios disyuntivos se afirma que alternativamente a un sujeto le
convienen uno o más predicados. Por ejemplo: si llueve iré al cine o al teatro, o el libro es de
Juan o de María.
Las normas jurídicas, en cuanto imperativos, en cuanto conductas debidas, son pensadas a
través de juicios del deber ser.
Kelsen denomina “juicios imputativos” a los juicios a través de los cuales pensamos a las
normas jurídicas positivas. En los juicios imputativos, que son para este autor juicios
hipotéticos según su modalidad, se vinculan dos sucesos o hechos: un supuesto y una
consecuencia. A un supuesto jurídico se le imputa o atribuye una consecuencia jurídica. El
supuesto y la consecuencia están relacionados por la cópula “deber ser”.
Por ejemplo: “Si alguien mata, debe ser una pena de prisión de ocho a veinticinco años”. “Si
alguien mata” es el supuesto, “debe ser” la cópula, y “una pena de ocho a veinticinco años”
constituye la consecuencia jurídica. Esta estructuración lógica de la norma jurídica responde a
una concepción que pone el acento en la conducta ilícita como presupuesto de la sanción,
dejando en segundo plano el pensamiento de la conducta lícita. El filósofo vienés denomina
norma primaria a la que comprende la conducta ilícita y la sanción, y norma secundaria a la
conducta lícita que es la que evita la sanción.
Cossio, filósofo del derecho argentino, critica por reduccionista a la estructura lógica propuesta
por Kelsen, y sostiene que el derecho debe pensarse a través de juicios imputativos
disyuntivos. Para este autor no existen dos normas, sino una con dos partes unidas en forma
disyuntiva. Una, la endonorma comprende la conducta lícita y la otra, la perinorma, la
conducta ilícita más la sanción.
b) El supuesto jurídico
La estructura lógica de las normas jurídicas pensadas como juicios imputativos tiene dos
partes: el supuesto jurídico y la consecuencia jurídica.
Los hechos jurídicos, conforme a la conceptualización propuesta por este autor, son los
fenómenos naturales que producen consecuencias jurídicas, sin la intervención del hombre. En
los actos jurídicos, libres u obligados, interviene el hombre con su conciencia y libertad, para
ejercer un derecho o cumplir con un deber impuesto por una norma jurídica. Por último, otra
forma de supuesto son las situaciones jurídicas que comportan un haz de derechos y
obligaciones estables surgidas de los status o posiciones ocupados por las personas en la
sociedad. Las situaciones jurídicas producen consecuencias con independencia de la
concurrencia de actos humanos. Por ejemplo el status jurídico de padre genera una serie de
derechos y deberes, por el mero hecho de ocupar esa posición[51].
En el derecho argentino, el Código Civil, establece que los supuestos jurídicos pueden tener
como contenido, a hechos naturales y a hechos humanos. Los hechos naturales o externos son
aquellos que se realizan por causas ajenas al sujeto, no interviniendo para nada su voluntad,
pero que sin embargo pueden producir consecuencias jurídicas[52]. Son los que Soriano
denomina hechos jurídicos: un nacimiento con vida, la muerte, la edad, la caída de granizo,
etc. Por ejemplo, a partir del nacimiento con vida, se adquiere la calidad de heredero de un
familiar fallecido. O la caída de granizo, que genera la obligación de indemnizar los daños
ocasionados por este hecho natural, por parte de la compañía aseguradora. Los hechos
humanos, producidos por el hombre, que son denominados, como “actos jurídicos”, pueden
ser: voluntarios e involuntarios. A los hechos humanos voluntarios, que son los ejecutados con
discernimiento, intención y libertad, se los denomina “actos” [53] y pueden ser calificados
como lícitos e ilícitos[54]. Los actos lícitos, pueden ser a su vez, actos jurídicos [55], cuando se
dirigen en forma inmediata a la producción de consecuencias jurídicas, por ejemplo la
celebración de un contrato de alquiler, la presentación de una demanda, la celebración de un
matrimonio, y actos simplemente lícitos [56], cuando no tienen ese fin, pero la ley les atribuye
algún efecto jurídico. Por ejemplo, si alguien va pescar o cazar, y lo hace por simple placer, sin
proponerse aumentar su patrimonio, con la incorporación de nuevos bienes al mismo. Sin
embargo, la ley le atribuye el dominio o propiedad de los peces o presas obtenidos si son
conservados por el pescador o cazador. Otro ejemplo: el que hace reparaciones urgentes en la
propiedad de un amigo ausente, no tiene como objetivo establecer una relación jurídica, sino
prevenir un perjuicio. Sin embargo, la legislación establece que el beneficiado debe indemnizar
al benefactor, dentro de la medida del beneficio obtenido, por los gastos hechos. Los hechos
involuntarios, en general no producen consecuencias jurídicas, pero, cuando son ilícitos, sí. Un
ejemplo lo constituyen los delitos culposos, en el derecho penal, que son aquellos que se
configuran cuando un acto imprudente o negligente ha ocasionado un resultado delictivo
imputable a título de culpa, y dicho resultado se halla en relación de causa efecto con la acción
u omisión reprochable. Por ejemplo un médico que en razón de su negligencia o impericia
ocasiona la muerte de una persona[57]. En materia civil, en principio, los hechos involuntarios
producen consecuencias jurídicas sólo cuando causan un daño a otro y si, con el daño, se
enriqueció su autor.
c) La consecuencia jurídica
Las consecuencias jurídicas son los derechos y obligaciones que nacen, se modifican y
extinguen con la actualización del supuesto jurídico.
Las consecuencias jurídicas pueden ser de distintos tipos: a) la ejecución directa del deber
establecido, b) las sanciones negativas o castigos, c) las sanciones positivas o premios, y d) la
indemnización por daños.
a) En primer lugar, un tipo de consecuencia jurídica viene dada por la ejecución directa del
deber establecido en forma libre o coactiva. Por ejemplo, si se ha firmado un contrato se debe
cumplir con lo estipulado.
b) Otro tipo de consecuencias jurídicas, las sanciones negativas o castigos, son las
consecuencias desfavorables, los castigos que en general se prescriben para el incumplimiento
de una prohibición o de una obligación establecida en una norma del ordenamiento.
Corresponden a una técnica de control social disuasoria, y buscan, en general, una doble
prevención de las conductas ilícitas: particular y general. El castigo busca, la prevención
particular, que el sujeto que cometió la conducta ilícita, no vuelva a repetirla, pero también, la
prevención general, que el resto de los miembros de la sociedad, viendo la realización de la
consecuencia desfavorable se abstenga de esa conducta ilícita. Dentro de las sanciones
negativas encontramos a la nulidad, que está constituida por la ineficacia de un acto jurídico,
proveniente de la ausencia de una de las condiciones de fondo o de forma requeridas para su
validez.
c) Las sanciones positivas son las consecuencias favorables que se fijan para quien ha cumplido
con la conducta lícita establecida por el ordenamiento jurídico. Constituyen los que se
consideran premios y corresponden a una técnica de control social promocional. Por ejemplo,
la exención de un gravamen, la concesión de un derecho, etc.
d) Un último tipo de consecuencia jurídica es la indemnización por los daños ocasionados por
la conducta ilícita. Tiene una finalidad reparatoria, ya que busca la obtención de una
prestación económica equivalente al deber jurídico no cumplido, y es común en el ámbito del
derecho civil.
Las normas jurídicas son imperativos, conductas decididas como debidas, por imposición
ajena, que como hemos visto el legislador piensa a través de la estructura lógica de un juicio
imputativo del deber ser que consta de dos partes: el supuesto y la consecuencia jurídica.
Estos imperativos o preceptos, destinados a influir en la conducta de otros son expresados
generalmente por la autoridad normativa o el legislador a través del lenguaje, por medio de
proposiciones normativas[58]. Barraco Aguirre denomina lo emergente jurídico a la expresión
lingüística de la voluntad de la autoridad normativa. Las normas jurídicas se exteriorizan
generalmente a través de un texto legal. Este texto, que es lo que aparece o emerge de lo
jurídico, sin embargo es sólo lo superficial, lo exterior, porque lo jurídico consiste en conductas
decididas como debidas. [59]
Todos los lenguajes son artificiales en cuanto están formados por símbolos, y no por signos
naturales. Sin embargo, se distinguen dos clases de lenguajes según el grado de artificialidad:
los lenguajes naturales y los lenguajes artificiales. Se denomina lenguaje natural o vulgar al que
usan los seres humanos en su comunicación cotidiana. El lenguaje natural se forma
espontáneamente mediante los usos lingüísticos del grupo o sociedad. Los lenguajes
artificiales, que son creados intencionalmente para la comunicación de ciertos contenidos, se
agrupan a su vez, en lenguajes técnicos y lenguajes formales. Los lenguajes técnicos surgen a
través de la atribución de un significado restringido a determinadas palabras o vocablos,
mediante definiciones precisas. Los lenguajes técnicos son característicos en los ámbitos
científicos y profesionales. En los lenguajes formales se eliminan las palabras del lenguaje
natural, utilizándose solamente símbolos arbitrarios, con el fin de centrar la atención en las
relaciones entre esos símbolos. Ejemplos de lenguajes formales son las matemáticas, la lógica,
etc. [61]
c) Las normas jurídicas y las clases de lenguaje
Cualquier norma puede ser expresada a través de símbolos lingüísticos, y esto presupone una
actividad posterior que es la interpretación que consiste en la atribución por parte del receptor
de un significado al texto normativo. La interpretación constituye una de las actividades
fundamentales de la ciencia jurídica y de los operadores jurídicos en general, la que
analizaremos en detalle en el módulo 5.
Las normas jurídicas deben ser expresadas dentro de lo posible en un lenguaje natural, vulgar
o coloquial, es decir a través de expresiones comunes, conocidas por todos. En forma
excepcional se pueden utilizar términos especializados del lenguaje técnico jurídico en busca
de una mayor precisión de la expresión de las conductas decididas como debidas. En general,
el supuesto de la norma jurídica conviene expresarlo a través del lenguaje natural; las
consecuencias jurídicas pueden y suelen ser comunicadas a través de un lenguaje técnico.
A través del lenguaje el emisor trata siempre de influir, de producir algún efecto en el receptor,
y es por ello que es necesario analizar una variedad de cosas que se hacen con las palabras, o
las funciones que cumple el lenguaje al ser utilizado [62]. Las principales funciones del lenguaje
son: la descriptiva, la expresiva y la directiva[63]. La función descriptiva o informativa se da
cuando utilizamos el lenguaje para llevar a la mente del receptor una determinada idea o
proposición, que describe un estado de cosas, provocando un cambio en las informaciones o
datos que posee. Respecto a las expresiones descriptivas o informativas se puede predicar
verdad o falsedad. Una proposición descriptiva será verdadera cuando lo que se dice
corresponda con la realidad, y falsa en el caso contrario. Las proposiciones descriptivas buscan
del receptor una respuesta intelectual teórica de asentimiento o no. Otro uso que realizamos
del lenguaje es el directivo o prescriptivo, cuando buscamos provocar en los demás una
modificación de sus comportamientos, a través de mandatos, pedidos, ruegos,
recomendaciones, indicaciones, reclamaciones, ordenes, sugerencias, etc. Cuando se utiliza el
lenguaje en forma prescriptiva no tiene sentido predicar la verdad o falsedad de lo dicho. Por
ejemplo, le digo a un compañero “Cierra la puerta!”, no posee sentido sostener que esta
expresión es verdadera o falsa, podré formular otros tipos de juicios, por ejemplo, sobre
conveniencia o no de cerrar la puerta, sobre su racionalidad, pero no respecto a su verdad o
falsedad. A través de las proposiciones normativas o directivas se busca en el receptor una
respuesta práctica, una acción determinada. La función expresiva, emotiva o valorativa del
lenguaje se da cuando lo utilizamos para transmitir, manifestar o provocar sentimientos o
emociones, o emitir juicios de valor. Aquí no se busca mover al otro a la acción, sino
conmoverlo. El lenguaje poético es un ejemplo claro de este uso del lenguaje. Y por último el
lenguaje cumple una función operativa cuando lo utilizamos para realizar un cambio en la
realidad, distinto de la incorporación de información, la modificación de las conductas de los
demás o la expresión o generación de sentimientos o emociones. El uso operativo del lenguaje
se da, por ejemplo, cuando decimos buenas noches, donde el cambio provocado es el saludo,
si decimos “buenas noches”, la o las personas quedan saludadas. Estas distintas funciones o
usos del lenguaje raramente se nos muestran en forma pura, lo habitual es el llamado uso
mixto del lenguaje, que combina una o más de esas funciones.
También en el mundo jurídico el lenguaje es utilizado con distintas funciones: por caso, un
abogado puede informar sobre sus derechos y obligaciones a su cliente, o el defensor puede
intentar conmover o provocar emociones en el juez, o describir o informar al juez y a la otra
parte, sobre los hechos en que se basa su demanda. Sin embargo el uso más importante que
se realiza del lenguaje en el derecho es el prescriptivo o normativo, que es el que hacen el
legislador cuando promulga una ley, o el juez cuando dicta la sentencia o los particulares
cuando redactan un contrato o un testamento.
Las normas jurídicas positivas se expresan a través de una proposición normativa, sin que esto
signifique que siempre se utilice la forma gramatical imperativa para promulgarlas. La
tendencia actual, por el contrario, es al uso del tiempo futuro del modo indicativo en la
textualización de las leyes. Por ejemplo “Se impondrá prisión de un mes a un año, al que
causare a otro, en el cuerpo o en la salud, un daño...” (Art. 89 del Código Penal).
Las normas jurídicas son imperativos, prescripciones de los órganos de poder, que luego son
estudiadas, interpretadas y sistematizadas por los científicos del derecho, es decir los juristas,
que a partir de esa actividad producen la llamada “doctrina”, constituida por un conjunto
sistematizado de reglas de derecho o proposiciones normativas sobre esos materiales.
En el mismo sentido, Wroblewski distingue dos tipos de lenguajes jurídicos: el lenguaje legal y
el lenguaje de los juristas[66]. El lenguaje legal es aquel en el que vienen formuladas o
promulgadas las leyes y las demás normas jurídicas positivas, mientras que el lenguaje de los
juristas incluye el empleado por los jueces, abogados, juristas y demás operadores jurídicos,
cuando hablan o se refieren a lo que dicen las normas jurídicas. Este último es un
metalenguaje del primero. Estos dos tipos de lenguaje no siempre coinciden, aunque sí se dan
mutuas interinfluencias. Los legisladores se basan en la ciencia de los juristas al elaborar las
normas, y los juristas participan asesorando en el proceso de elaboración de las leyes.
Como hemos visto, las normas jurídicas al ser textualizadas, deben ser interpretadas para
luego ser aplicadas. El lenguaje, que constituye el medio a través del cual se expresan las
normas jurídicas, adolece de una serie de problemas que ocasionan dudas interpretativas
acerca del significado de los textos legales, lo que implica una indeterminación o falta de
certeza con respecto a las soluciones normativas que el orden jurídico ha establecido para
ciertos casos.
La ambigüedad de una palabra consiste en ésta tenga varios significados, por ejemplo: cabo,
radio. Este problema es aún mayor en los casos de palabras que tienen varios significados,
todos ellos relacionados estrechamente entre sí, por ejemplo: “derecho” (derecho subjetivo o
facultad jurídica, derecho objetivo o normatividad jurídica y estudio del derecho o ciencia
jurídica)[67].
La textura abierta o vaguedad potencial constituye un vicio potencial que afecta a todos los
términos de los lenguajes vulgares o naturales[69]. Consiste en la posibilidad de que surjan
dudas acerca de la aplicabilidad de una palabra que en la actualidad tiene un significado
preciso, en circunstancias futuras insólitas o imprevistas. Por las características propias de este
defecto, todas las normas jurídicas lo padecen en forma latente. Por ejemplo, hasta ahora era
claro que la concepción se daba cuando el óvulo era fecundado por el espermatozoide, en el
seno materno. Hoy, a partir de los avances de la ciencia, dudamos si atribuirle el término
“concepción” y “concebido”, al óvulo fecundado que se encuentra en la probeta, producto de
lo que se conoce con el nombre de fecundación in vitro.
Las normas jurídicas positivas, que hemos analizado en su naturaleza y en sus diversas clases
en la primera parte de este módulo, no se nos presentan en forma aislada, ni constituyendo un
simple agregado de preceptos, ni como un conjunto de normas yuxtapuestas unas a otras, sino
relacionadas en un sistema o estructura que suele ser designado con la expresión
“ordenamiento jurídico”. Sin embargo, algunos autores han señalado que la expresión
“ordenamiento jurídico” es un italianismo porque la palabra equivalente en castellano debiera
ser la de “orden jurídico”[70].
Para otros, el ordenamiento jurídico es un medio para establecer el orden social [71], que
debe diferenciarse de la noción de “orden jurídico” que se reserva para designar el orden
objetivo, concreto, real que surge de la aplicación, cumplimiento o aplicación coactiva de las
normas que integran dicho ordenamiento. En este sentido las nociones de orden social y orden
jurídico se implican y correlacionan[72].
En este sentido, Soriano define al ordenamiento jurídico como “un sistema de normas e
instituciones jurídicas vigentes en un grupo social homogéneo y autónomo”[73].
Otros autores [75] explican al ordenamiento jurídico utilizando el concepto de estructura, que
a partir de Marx comienza a ser aplicado a las ciencias humanas y sociales, para manifestar la
interdependencia de los fenómenos sociales. Marx distingue las estructuras de base de las
estructuras superiores o superestructuras. Las estructuras de base integradas por los modos
de producción y por las relaciones sociales que de ellos se infieren, constituyen la base que
fundamenta y condiciona a las estructuras superiores o superestructuras, constituidas por los
sistemas jurídicos, políticos, morales, religiosos y, en general, por las ideologías.
Sin embargo, el concepto de “estructura” utilizado en la teoría general del derecho para
explicar al derecho como ordenamiento, es un concepto técnico, tal como se lo utiliza en el
ámbito de la matemática, la física, la biología, la lingüística y la antropología.
Desde esta perspectiva una estructura presupone las siguientes características: a) constituir
una totalidad, b) dinamicidad, y c) capacidad de autorregulación. Las estructuras están
integradas por una pluralidad de elementos heterogéneos, que constituyen una totalidad,
donde cada elemento condiciona a los demás, por lo que las propiedades del sistema se
modifican en cada cambio provocado sobre una sola de sus partes. En la estructura no se
atiende a la singularidad de los elementos que constituyen el todo, ni a éste en forma
indeterminada, sino que se presta especial consideración a las relaciones de los elementos
entre sí. Toda estructura es una totalidad dinámica, capaz de sufrir transformaciones internas
en los elementos que la constituyen, sin perder su identidad. La estructura posee en sí misma
una capacidad de autorregulación, lo que supone la posibilidad de prevenir y corregir los
errores o desviaciones. Por todo esto, las estructuras son, en un cierto sentido, sistemas
cerrados, lo que no excluye, sin embargo, que cada una de ellas pueda ser incluida, como una
subestructura, de una estructura más amplia que la englobe o contenga. Por ejemplo, un
árbol, constituye una estructura, en cuanto que está formado por un conjunto de elementos
heterogéneos: raíces, hojas, tronco, frutos, ramas, etc., que se integran en una totalidad: el
árbol. El árbol se caracteriza por ser una totalidad dinámica, porque continuamente cambia,
perdiendo hojas y generando otras nuevas, sin modificar su identidad. Posee capacidad de
regulación en cuanto posee mecanismos para prevenir o corregir errores o problemas. Por
ejemplo, si alguna rama se quiebra o rompe, genera inmediatamente sustancias que impiden
la pérdida de savia, y produce a su vez nuevas ramas que reemplazan las anteriores rotas.
Finalmente, el árbol puede constituir una subestructura de estructuras más grandes, como por
ejemplo, un bosque o un jardín.
Lumia, autor que estamos siguiendo en esta exposición del ordenamiento como estructura
técnica, señala que el derecho se presenta como un sistema cerrado, como un ordenamiento
normativo autosuficiente, cuya validez no deriva de otros sistemas normativos; sin embargo,
explica que esto no excluye que el ordenamiento jurídico mismo pueda ser considerado como
una subestructura respecto de una estructura más amplia como es el sistema social en su
conjunto. También podría ser visto como una subestructura del sistema ético general, en
cuanto sistema que proporciona al hombre, las razones para el actuar típicamente humano.
El ordenamiento jurídico se presenta como una estructura donde las normas están dispuestas
en un orden jerárquico, existiendo entonces normas superiores y normas inferiores. En un
ordenamiento conformado de esta manera, cada norma obtiene su validez de una norma de
grado superior y a su vez otorga validez a las normas de grado inferior[76]. En el módulo
anterior hemos clasificado a las normas jurídicas según el lugar que ocupan en el
ordenamiento en normas primarias y secundarias.
Las normas primarias pueden limitarse a establecer cuáles son los sujetos competentes para la
creación de las normas secundarias, y cuál es el procedimiento que debe seguirse para su
elaboración, pero pueden determinar también criterios materiales de acuerdo con los cuales
deben elaborarse las normas inferiores. Es posible, por lo tanto, señalar la existencia de un
doble límite en toda actividad creadora de normas: un límite externo y un límite interno[77]. El
límite externo, de forma o de procedimiento, se establece cuando en las normas de grado
superior se fija por quién y con qué procedimiento o formalidades debe ejercitarse un poder
de creación normativa, y el límite interno, sustancial, material o de contenido, cuando en las
normas de superior jerarquía se indica cómo y para qué fines debe ejercitarse aquel poder
jurígeno.
Además de esta validez jurídico-positiva de las normas dentro del ordenamiento que integran,
podemos considerar también su validez natural, en cuanto se ha dicho que todo derecho
positivo debe estar fundado en el derecho natural, siendo éste un derecho superior a toda ley
humana. Así, frente al derecho natural, una norma jurídico-positiva será formalmente inválida
si se dicta sin respetar la voluntad del pueblo; y sustancial o materialmente inválida, si lo que
establece es contrario a los derechos fundamentales de la persona humana.
Otros autores distinguen tres grados o escalones en la construcción del ordenamiento jurídico:
los principios del derecho, las normas jurídicas y las decisiones jurídicas. La primera grada lo
constituyen los principios generales del derecho que surgen del derecho natural y de los
principios jurídicos abstractos. En este primer escalón se ubican estos principios que, para los
autores iusnaturalistas, son generales, es decir válidos universalmente, suprapositivos, porque
su existencia no depende de una decisión explícita del legislador, y suprahistóricos en cuanto
no están ligados a un momento histórico concreto[78]. Para otros autores, como veremos en
el módulo 6, reflejan las convicciones de moralidad y justicia vigentes en una sociedad
determinada.
Como hemos visto, el ordenamiento jurídico está constituído por un conjunto de normas, que
se ubican integrando diversos escalones o gradas, ordenados jerárquicamente. A partir de las
normas constitucionales, que casi siempre son prescripciones generales y típicas, por medio de
un proceso de sucesiva individualización, se pasa a normas cada vez más particulares y
concretas, hasta llegar a los mandatos individualizados, como las sentencias de los jueces, las
órdenes de la autoridad administrativa y los contratos que regulan las relaciones entre los
particulares.
El número de normas aumenta a medida que se transita desde las gradas más altas a los
niveles más bajos, de manera que el ordenamiento puede ser representado a través de la
forma de una gran pirámide donde las distintas normas están dispuestas en niveles, ubicados
unos sobre otros. Las normas constitucionales integran el vértice de esta pirámide normativa,
mientras que la base está constituida por las sentencias y los contratos[80].
Dentro del ordenamiento, como hemos analizado, la validez material y forma de cada norma
deriva de las normas de grada superior, hasta llegar a la primera constitución, o norma
primaria en sentido absoluto, cuya validez, por definición, no deriva de ninguna otra norma del
ordenamiento. Sin embargo, queda sin resolver el problema de la validez de la primera
constitución. Kelsen para dar respuesta a este problema afirma que es necesario presuponer la
existencia de una norma hipotética fundamental, que es la que otorga validez a las normas
constitucionales.
La coherencia del ordenamiento se relaciona con un problema que podríamos describir como
una situación de exceso de normas, dos o más normas regulan una misma conducta. Un
ordenamiento es coherente cuando hay ausencia de normas incompatibles, es decir cuando no
hay más de una norma aplicable que regule un determinado caso o conducta. Es decir, cuando
no existan varias normas del ordenamiento que tengan tienen el mismo supuesto jurídico[82].
En relación con a los casos de excesos de normas podemos distinguir dos situaciones: la
redundancia y las antinomias.
a) La redundancia de normas
Hay redundancia en el ordenamiento jurídico cuando encontramos dos normas que tienen el
mismo supuesto de hecho y las mismas consecuencias jurídicas.
La redundancia se produce cuando encontramos dos normas que se repiten. Sin embargo es
habitual encontrar normas semejantes, pero que no implican redundancia. Para que se dé
redundancia entre dos normas deben darse tres requisitos: 1) que el supuesto y la
consecuencia de ambas normas coincidan, 2) que las normas pertenezcan al mismo
ordenamiento, y 3) que coincidan total o parcialmente los ámbitos de validez.
Las antinomias constituyen otro ejemplo de inconsistencia normativa. Hay una antinomia en el
ordenamiento jurídico cuando encontramos dos normas que tienen el mismo supuesto o
condición pero las consecuencias son incompatibles.
Lumia resume en forma breve, clara y precisa el problema de las antinomias como
incompatibilidad lógica entre normas:
“Existe conflicto de normas o antinomia cuando dos o más normas incompatibles entre sí
regulan la misma relación. Se recordará que las normas jurídicas imponen obligaciones,
establecen prohibiciones o acuerdan permisos. Puesto que estos últimos, a su vez, se
distinguen en permisos positivos (o de hacer) y permisos negativos (o de no hacer), las figuras
deónticas fundamentales son cuatro y pueden disponerse del siguiente modo, según el
llamado cuadrado lógico de las oposiciones:
Del examen de este cuadrado se deduce que de las cuatro relaciones posibles, dos son de
compatibilidad y dos de incompatibilidad; y precisamente: 1. Entre una obligación y una
prohibición que tengan un mismo objeto (por ejemplo, «es obligatorio fumar» y «está
prohibido fumar») hay una relación de contrariedad. Las dos normas son incompatibles: si una
es válida la otra es necesariamente inválida. Las dos normas no pueden ser válidas a la vez,
aunque pueden ser ambas inválidas (fumar puede no ser obligatorio ni estar prohibido, sino
sólo permitido). 2. Entre una obligación y un permiso negativo que tengan un mismo objeto
(por ejemplo, «es obligatorio fumar» y «está permitido no fumar»), así como entre una
prohibición y un permiso positivo que tengan un mismo objeto (por ejemplo, «está prohibido
fumar» y «está permitido fumar»), hay una relación de contradictoriedad. Las dos normas de
cada par son incompatibles: si una es válida la otra es necesariamente inválida. Las dos normas
consideradas no pueden ser ni válidas ni inválidas a la vez. 3. Entre una obligación y un
permiso positivo que tengan el mismo objeto (por ejemplo, «es obligatorio fumar» y «está
permitido fumar»), así como entre una prohibición y un permiso negativo que tengan el mismo
objeto (por ejemplo, «está prohibido fumar» y «está permitido no fumar») hay una relación de
subalternación. Las dos normas de cada par son compatibles: de la validez de la primera se
deduce por implicación la validez de la segunda, pero no viceversa (si fumar es obligatorio
debe estar también permitido, pero no se dice que si fumar está permitido debe ser también
obligatorio). 4. Entre un permiso positivo y un permiso negativo que tengan el mismo objeto
(por ejemplo, «está permitido fumar» y «está permitido no fumar») la relación es de
subcontrariedad. Las dos normas pueden ser válidas a la vez, pero no pueden ser inválidas a la
vez (si fumar está permitido puede estar permitido también no fumar, pero podría igualmente
no estar permitido sino ser obligatorio o estar prohibido). Concluyendo, podemos afirmar que
existe incompatibilidad por contrariedad entre mandatos y prohibiciones y por
contradictoriedad entre mandatos y permisos negativos por un lado y entre prohibiciones y
permisos por otro”[83].
Además de la incompatibilidad lógica, para que haya una antinomia es necesario, la presencia
de otros dos requisitos: la pertenencia al mismo ordenamiento y el mismo ámbito de validez.
Las antinomias, a su vez, pueden ser clasificadas según concurran o no todos los requisitos que
hemos marcado como necesarios para la existencia de una antinomia, en propias e impropias.
La antinomia será propia cuando concurren todos los requisitos indicados, es cuando las dos
normas son incompatibles lógicamente, pertenecen a un mismo ordenamiento y coinciden los
ámbitos de validez, e impropias cuando concurren sólo algunos de ellos. En este último caso
nos encontramos con situaciones donde existe algún tipo o grado de incompatibilidad, sin
constituir una antinomia propiamente dicha. Ejemplos de antinomias impropias son las
antinomias valorativas o ideológicas, que surgen cuando un ordenamiento se inspira en
valores contrapuestos, como por ejemplo, la libertad y la igualdad, la justicia y la seguridad,
etc.; las antinomias de proporción, cuando la consecuencia jurídica es desproporcionada con el
supuesto, ya sea por ser demasiado grave o insignificante en relación al supuesto o hecho que
le da lugar; por ejemplo la desproporción entre un hecho delictivo y la pena prevista por la
norma penal, y las antinomias teleológicas, cuando hay contradicción entre los medios
propuestos en la norma y los fines perseguidos por el legislador.
Por último, se distinguen según su solución, en antinomias aparentes y antinomias reales. Las
antinomias aparentes son las que pueden solucionarse, y las reales, las que no.
d) Los criterios de solución de las antinomias.
La solución de las antinomias pasa por la eliminación o derogación de una de las dos normas
que se encuentran en conflicto. Existen distintos criterios para proporcionar solución a los
conflictos entre normas contrarias o contradictorias: el jerárquico, el temporal, y el de
especialidad.[86]
Existe la posibilidad de que los criterios indicados sean insuficientes para resolver el conflicto,
o que en la solución de la antinomia entren en conflicto los criterios entre sí, es decir, que la
aplicación de uno de ellos proporcione una solución distinta a la que resulta de la utilización de
alguno de los otros. En estos casos podríamos afirmar que nos encontramos con una
antinomia (de criterios) dentro de otra antinomia (normativa), o de un conflicto de segundo
grado[87].
Ante la primera situación, de insuficiencia de criterios, que se produce cuando las normas
incompatibles tienen el mismo grado jerárquico, poseen el mismo ámbito de validez temporal,
personal, material y espacial de validez, las normas incompatibles se anulan entre sí,
existiendo por lo tanto un verdadero vacío normativo que el juez deberá llenar considerando
válida a una sola de las normas, o conciliándolas introduciendo modificaciones parciales a cada
una de ellas.
En el segundo supuesto, cuando la antinomia se da entre las soluciones proporcionadas por los
criterios utilizados, se admite, no sin excepciones, que prevalezca el criterio jerárquico sobre
los otros dos. Esta solución es coherente con la estructuración jerárquica del ordenamiento. En
el caso de conflicto entre los criterios de temporalidad y de especialidad, no hay acuerdo, y la
jurisprudencia de los jueces ha hecho prevalecer alternativamente uno u otro criterio.
e) La declaración de inconstitucionalidad como modo de solucionar las antinomias.
Sin embargo, se destaca a la plenitud, también llamada completitud, como una de las
características fundamentales del ordenamiento jurídico. Esta característica de los
ordenamientos jurídicos positivos consiste en la cualidad que les hace contener soluciones
para todos los conflictos que puedan originarse en su seno[89]. La plenitud puede ser
entendida en forma absoluta y en forma relativa o de segundo grado. Un ordenamiento sería
pleno en forma absoluta si el ordenamiento tuviera normas generales y típicas para resolver
todos los casos que se le presenten. Un ordenamiento es pleno en forma relativa o de segundo
grado si, aunque tenga lagunas, es decir casos no previstos por el legislador, dispone de
recursos para solucionar esos casos, es decir prevé mecanismos de integración. Entendemos la
plenitud en este último sentido.
Otro autor, Zitelmann, argumentó de modo diferente, para fundamentar la plenitud del
ordenamiento, formulando su teoría de la norma general excluyente. Su tesis parte también
de la existencia de un universo representado por el espacio social, que es regulado por las
normas que se presentan como campanas o copas invertidas. Cada norma acota y regula una
porción o segmento del universo social, que queda incluido dentro de la copa o campana. Cada
norma, para este autor, contiene dos mandatos: un mandato concreto incluyente, que ordena
el modo de regular ese espacio específico de la vida social y otro mandato general excluyente,
que ordena que el resto de la vida social quede excluido de esa regulación. La delimitación del
espacio no jurídico, en esta posición, no es conceptual, sino que es el propio derecho el que
establece lo que es jurídico y lo que no[90]. Algunos formulan esta norma general excluyente o
norma de clausura del siguiente modo: “todo lo que no está prohibido u obligado está
permitido”[91].
El artículo 19 de nuestra Constitución Nacional, en su parte final parece abonar esta tesis,
al establecer que: “Ningún habitante de la Nación será obligado a hacer lo que no manda la
ley, ni privado de lo que ella no prohíbe". Sin embargo, este principio que despliega toda su
eficacia en el ámbito penal, no es plenamente satisfactorio en otros ámbitos del derecho. Sería
difícil sostener que Vélez Sarfield porque ni prohibió, ni obligó la fecundación in vitro, por
ejemplo, la permitió.
Carnelutti, entre otros autores, sostiene que la plenitud del ordenamiento no debe ser
entendida como la ausencia de lagunas, sino tan sólo como la posibilidad su eliminación. Para
este autor, el derecho no ofrece una solución para todos los casos, pero sí debe proveer los
instrumentos idóneos para que las lagunas desaparezcan del ordenamiento. La capacidad del
legislador de prever y regular situaciones de la vida social es limitada, y por lo tanto es normal
la existencia de las lagunas legislativas. Para Carnelutti y estos autores, la plenitud sería una
plenitud relativa o de segundo grado, ya que significa, no la inexistencia de lagunas, sino la
posibilidad de que todos los casos encuentren una solución porque el ordenamiento
proporciona instrumentos o reglas para colmar dichos espacios no regulados. Nosotros
adherimos a esta última perspectiva [92].
La afirmación de que no existen lagunas del derecho, sino sólo lagunas de la legislación, se
fundamenta en la obligación que tienen los jueces de resolver todos los casos que se les
planteen, aun los no previstos en forma general y típica por el legislador. Los jueces no pueden
dejar de juzgar bajo el pretexto de silencio, oscuridad o insuficiencia de las leyes, y el artículo
273 del Código Penal castiga con pena de inhabilitación absoluta de uno a cuatro años al juez
que se negare a juzgar so pretexto de oscuridad, insuficiencia o silencio de la ley. Este principio
también rige en materia penal, a pesar de lo que se suele afirmar. Lo que sucede es que en
materia penal, en virtud del principio de legalidad, de rango constitucional, el juez, ante la
ausencia de una norma penal debe sobreseer a los acusados[93].
La actividad de los juristas, en forma teórica, y de los jueces, en forma práctica, de llenar las
lagunas legislativas se denomina integración.
b) La clasificación de las lagunas legislativas
Hemos sostenido que si bien el ordenamiento jurídico es pleno, existen lagunas legislativas, es
decir espacios no regulados por el legislador. Las lagunas legislativas pueden ser clasificadas
según distintos criterios: su causa, su relación con las otras normas y su propia naturaleza[94].
Según su causa u origen las lagunas legislativas se clasifican en subjetivas y objetivas. Las
lagunas subjetivas son aquellas que son atribuibles al legislador, en forma voluntaria o
involuntaria. Las lagunas subjetivas voluntarias se producen cuando el legislador decide por
algún motivo no regular un determinado caso o situación. En determinadas materias el
legislador se limita a orientar al aplicador del derecho, dejando que sea éste quien complete la
regulación. Constituyen lagunas subjetivas involuntarias aquellas que surgen por el descuido o
imprevisión del legislador. Las lagunas objetivas son las que se producen por el desarrollo y la
creciente complejidad de la vida social, que hace aparecer supuestos que no pudieron ser
previstos por el legislador.
Las lagunas legislativas según su relación con las otras normas se clasifican en extra legem e
inter legem. Las lagunas extra legem surgen del grado de concreción de la ley. Si la norma es
muy concreta, es probable que deje muchas circunstancias sin regular. Por ejemplo, si una
norma prohíbe fumar en la clase de Introducción al Derecho, por su concreción, deja sin
establecer si se puede fumar en las clases de las otras materias, o en los recreos. Las lagunas
inter legem aparecen cuando la norma es demasiado general y típica. El legislador regula la
conducta de una manera muy general y al interior del ámbito de aplicación de la norma,
quedan situaciones sin contemplar. Por ejemplo, si una norma se limita a establecer que está
prohibido fumar en la Universidad, queda sin regular, si la prohibición se refiere a las aulas, o si
también alcanza a los patios, o si abarca los horarios de clase o también los recreos, etc.
Según su propia naturaleza, las lagunas se clasifican en aparentes o auténticas. Las lagunas
aparentes o impropias son aquellas que pueden ser llenadas a partir de elementos del propio
ordenamiento, por ejemplo lo establecido por leyes que regulan casos análogos o los
principios generales del ordenamiento. Las lagunas reales o propias para su solución requieren
la utilización de recursos que están fuera del ordenamiento, por ejemplo la equidad, los
principios de justicia, la costumbre, etc.
Podemos distinguir dos tipos de mecanismos de integración según los medios utilizados para
llenar las lagunas legislativas: mecanismos de autointegración y mecanismos de
heterointegración. Existe autointegración cuando se recurre a instrumentos o medios
proporcionados por el propio ordenamiento, por ejemplo, la analogía y los principios generales
del ordenamiento. En el caso de la heterointegración, las lagunas son integradas utilizando
elementos externos al ordenamiento, por ejemplo, los principios de justicia, las costumbres, el
derecho natural, el derecho comparado, etcétera.
El ordenamiento jurídico está constituido por un conjunto de normas cuya validez deriva de
una única norma primaria; sin embargo, este hecho no imposibilita la existencia de una
pluralidad de ordenamientos jurídicos. Como señala Lumia: unidad no significa unicidad[85].
Un problema interesante desde el punto de vista del derecho internacional y del derecho
constitucional, es el que surge de la sucesión temporal de ordenamientos jurídicos distintos en
un mismo ámbito territorial; por ejemplo, a partir de una revolución como la nuestra de la
independencia, o la provocada por los gobiernos de facto que, en nuestro país, se alternaron
en el poder con los gobiernos constitucionales. En general, se sostiene que en estos casos en
los que existe la sustitución de un ordenamiento jurídico preexistente por uno nuevo, para el
derecho interno el viejo ordenamiento es recibido por el nuevo, al menos en las partes en que
no esté expresamente modificado, mientras que para el derecho internacional la personalidad
jurídica del Estado anterior, continúa en el nuevo, que asume todas las obligaciones y derechos
internacionalmente asumidos por el primero.
[1] Respecto a las conductas debidas, hemos hecho la distinción, siguiendo el pensamiento de
Barraco Aguirre, entre conductas exigidas y conductas decididas. Las conductas exigidas como
debidas, lo son, en función de un fin exigido o propuesto, por la naturaleza de las cosas o de la
situación. El deber en las conductas decididas como debidas surge también en relación a un
fin, por una imposición propia o ajena, es decir, por un acto de decisión o de voluntad. Las
conductas exigidas son conocidas estimativamente, las conductas decididas son conocidas
interpretativamente
[3] SEGURA ORTEGA, Manuel: “Manual de teoría del derecho”. Editorial Centro de Estudios
Ramón Areces. Madrid. 1998, p 178.
[4] MARTÍNEZ PAZ, Fernando: “Introducción al derecho”. Editorial Abaco. Buenos Aires. 1982,
p 361.
[6] VON WRIGHT, Gerry: “Norma y acción”. Editorial Tecnos. Madrid. 1970, p 20-35.
[7] DIEZ PICAZO, Luis: "Experiencias jurídicas y teoría del derecho”. Ariel. Madrid. 1973, p 48-
51.
[8] Declaración Universal de Derechos Humanos. Art. 29.
[15] CFed. Mendoza, B. 21/10/1983. Citada en: ARRIBALZAGA, Martín: “Diccionario jurídico
jurisprudencial”. Editorial Depalma. Buenos Aires. 2000, p 331.
[16] CNCiv. C. 15/4/82. “Bardelli, Edmundo R. c/ Comisión Municipal de Vivienda.” Citada en:
ARRIBALZAGA, Martín: óp. cit., p 331.
[19] CS Tucumán, Civ y Pen., 31/5/96, “Bessero, Antonio P. c/ Elea S.A.” Citada en:
ARRIBALZAGA, Martín: [Link]., p 332.
[20] Cciv.1ª 25/10/46, LL 44-456; Cciv.2ª, 31/8/48, JA 1948-IV-508. Citados por: SALAS, Acdeel
Ernesto: “Código Civil y leyes complementarias anotados. I”. 2ª edición. Depalma. Buenos
Aires. 1981, p 21.
[21] KALLER DE ORCHANSKY, Berta: “Buenas costumbres”. En: BUERES, Alberto (Director):
“Código Civil- 1”. Hammurabi. 1995, p 58.
[22] Cciv. D. 1/4/63. LL 110-376. Citado en SALAS, A.E.: óp. cit., p 284.
[23] Cciv.1ª. 4/7/32. Citado en: SALAS, A. E.: óp. cit., p 462. CNCom., Sala D. 26/10/95. “Galli
Jorge F., y otro c/ Asociación Civil para el personal jerárquico profesional y técnico del Banco”.
LL-1996-E, p 193.
[24] Cciv. D, 16/7/54, LL 76-66. Citado en SALAS, A.E.: óp. cit., p 463.
[27] Cciv. 1ª 13/6/19, GF 20-289. Citado en SALAS, A. E.: óp. cit., p 463
[28] BORDA, Guillermo A.: “Manual de contratos”. 16 ª edición. Editorial Perrot. Buenos Aires.
1993, p 90.
[30] GARCIA MAYNEZ, Eduardo: “Introducción al estudio del derecho". 15a edición. Editorial
Porrúa. México. 1.968, p 25.
[36] GARDELLA, Juan Carlos: “Naturaleza y Derecho”. En Enciclopedia Jurídica Omeba T. XX.
Driskill. Buenos Aires. 1982, p 69.
[40] MARTÍNEZ PAZ, Fernando: “Introducción al derecho”. Editorial Abaco. Buenos Aires. 1982,
p 306.
[41] En esta concepción se debe distinguir al “derecho natural”, como conjunto de normas que
surgen o se infieren de la naturaleza humana, del “iusnaturalismo”, que es la concepción,
doctrina o teoría jurídica que sostiene la existencia de ese derecho natural, y que el derecho
positivo se encuentra subordinado a él, no pudiéndolo contradecir.
[43] Relacionar con los distintos tipos de fines, y de conductas que hemos distinguido, en el
capítulo 2, al analizar la conducta humana, siguiendo a Barraco Aguirre.
[45] SORIANO, Ramón: “Compendio de teoría general del derecho”. Editorial Ariel. Barcelona.
1986, p 22 y ss.
[46] OLIVECRONA, Karl: “El derecho como hecho”. Labor Universitaria. Barcelona. 1908, p 127.
[47] SORIANO, R.: óp. cit., p 37.
[50] FATONE, Vicente: “Lógica e introducción a la filosofía”. Editorial Kapelusz. Buenos Aires, p
15 y ss.
[52] Código Civil Argentino - Art. 896: “Los hechos de los que se trata en esta parte del Código
son todos los acontecimientos susceptibles de producir alguna adquisición, modificación,
transferencia o extinción de los derechos u obligaciones”.
[53] Código Civil Argentino - Art. 897: “Los hechos humanos son voluntarios o involuntarios.
Los hechos se juzgan voluntarios, si son ejecutados con discernimiento, intención y libertad”.
[54] Código Civil Argentino - Art. 898: “Los hechos voluntarios son lícitos o ilícitos. Son actos
lícitos las acciones voluntarias no prohibidas por la ley, de que puede resultar alguna
adquisición, modificación o extinción de derechos”.
[55] Código Civil Argentino - Art. 944: “Son actos jurídicos los actos voluntarios lícitos, que
tengan por fin inmediato, establecer entre las personas relaciones jurídicas, crear, modificar,
transferir, conservar o aniquilar derechos”.
[56] Código Civil Argentino - Art. 899: Cuando los actos lícitos no tuvieren por fin inmediato
alguna adquisición, modificación o extinción de derechos, sólo producirán este efecto en los
casos en que fueren expresamente declarados.
[57] Código Penal - Art. 84: “Será reprimido con prisión de seis meses a tres años e
inhabilitación especial, en su caso, por cinco a diez años, el que por imprudencia, negligencia,
impericia en su arte o profesión o inobservancia de los reglamentos o de los deberes de su
cargo o profesión, causare a otro la muerte”.
[63] SORIANO, Ramón: óp. cit., p 38 y ss. GUIBOURG, R., y otros: óp. cit., p 65 y ss. NINO, Carlos
S.: “Introducción al análisis del derecho”. 2ª edición. Editorial Astrea. Buenos Aires. 1984, p 64.
GOMEZ A., y otra: óp. cit., p 55.
[66] Citado por ITURRALDE SESMA, Victoria: “Lenguaje legal y sistema jurídico”. Tecnos.
Madrid. 1989, p 30.
[67] NINO, C.: óp. cit., p 260. GUIBOURG, R., y otro: óp. cit., p 49.
[68] NINO, C.: óp. cit., p 264. GUIBOURG, R., y otro: óp. cit., p 47.
[69] NINO, C.: óp. cit., p 266. GOMEZ, A.: óp. cit., p 75.
[70] SEGURA ORTEGA, Manuel: “Manual de teoría del derecho”. Editorial Centro de Estudios
Ramón Areces. Madrid. 1998, p 178.
[71] MARTÍNEZ PAZ, Fernando: “Introducción al derecho”. Editorial Abaco. Buenos Aires. 1982,
p 361.
[72] MARTÍNEZ PAZ, F.: óp. cit., p 362.
[73] SORIANO, R.: “Compendio de Teoría del Derecho”. Ariel Derecho. Barcelona. 1986, p 79.
[74] KELSEN, Hans: “Teoría pura del derecho”. Universidad Nacional Autónoma de México.
México. 1979, p 203. BOBBIO, Norberto: “Teoría General del Derecho”. Editorial Temis. Bogotá
(Colombia), 1987, p 179.
[75] LUMIA, Giuseppe: “Teoría e ideología del derecho”. Editorial Debate. Madrid. 1973, p 54 y
ss
[78] CATENACCI, Imerio: “Introducción al derecho. Editorial Astrea. Buenos Aires. 2001, 234 y
ss.
[88] BECERRA FERRER, HARO y otros: “Manual de Derecho Constitucional”. Tomo I. Editorial
Advocatus. Córdoba. 1995, p 169 y ss.
[93] El art. 336 del Código Procesal Penal de la Nación establece que: “El sobreseimiento
procederá cuando: 3º) El hecho investigado no encuadra en una figura legal.
Modulo 4
Contenido
Se define a la relación jurídica como una de las relaciones intersubjetivas - las que existen
entre dos o más sujetos - reguladas por normas que forman parte del ordenamiento
jurídico[1]. Legaz y Lacambra ofrece una definición clásica de relación jurídica: “Un vínculo
entre sujetos de derecho, nacido de un hecho, definido por las normas jurídicas como
condición de situaciones jurídicas correlativas o acumulativas de facultades y deberes cuyo
objeto son ciertas prestaciones garantizadas por aplicación de una consecuencia coactiva o
sanción” [2].
Hay autores que designan a la relación jurídica como el derecho subjetivo en sentido amplio,
“derecho en sentido subjetivo”, o “derecho desde un punto de vista subjetivo”, reservando la
expresión “derecho subjetivo stricto sensu” para denominar a la facultad jurídica[3].
En el ámbito del derecho privado se señala que los derechos personales crean una relación o
vinculo jurídico entre personas determinadas, que denominan impropiamente como
obligación. La obligación, en este sentido, es un caso particular de relación jurídica, donde el
crédito es un derecho subjetivo en sentido estricto, y la deuda, un caso de deber jurídico. Así el
Código Civil y Comercial define a la obligación como “una relación jurídica en virtud de la cual
el acreedor tiene el derecho a exigir del deudor una prestación destinada a satisfacer un
interés lícito y, ante el incumplimiento, a obtener forzadamente la satisfacción de dicho
interés[4]. Distingue entre obligaciones de dar, de hacer y de no hacer. Las obligaciones de dar
consisten en entregar una cosa cierta, por ejemplo una suma de dinero. Las de hacer es
aquella cuyo objeto consiste en la prestación de un servicio o en la realización de un hecho en
el tiempo, lugar y modo acordados por las partes[5]
En el ámbito de las relaciones jurídicas podemos distinguir, como ya hemos señalado, dos
clases de sujetos en referencia a su posición respecto a dicha relación: las partes y los terceros.
Las partes de la relación son los sujetos que la constituyen: el sujeto titular del derecho o
facultad, también llamado sujeto activo, y el sujeto titular del deber u obligación, denominado
sujeto pasivo. Los terceros son los sujetos que si bien son extraños o ajenos a la relación,
pueden obtener de ella en forma indirecta, un beneficio o un perjuicio. Los sujetos de la
relación son las personas: la persona humana, física, individual, de existencia visible o natural,
y las personas jurídicas, colectivas o de existencia ideal.
También el legislador piensa y expresa las conductas decididas como debidas utilizando
conceptos, que a veces define expresamente. El concepto jurídico de persona estaba
expresamente establecido en el artículo 30 de nuestro Código Civil: “Son personas todos los
entes susceptibles de adquirir derechos y contraer obligaciones”. El nuevo Código Civil y
Comercial no define a la persona en general. Si define como veremos más adelante a las
personas jurídicas.
Hemos señalado también que el derecho tiene dos caras: una cara normativa y una cara
relacional. La cara normativa del derecho nos muestra un conjunto de normas entrelazadas
entre sí constituyendo un ordenamiento o sistema, que regulan las relaciones entre los
hombres en sociedad. La cara relacional se conforma por las relaciones que surgen de esas
normas, es decir, las relaciones jurídicas.
En realidad, las normas jurídicas relacionan hechos y sujetos. Establecen la relación entre dos
hechos: el supuesto y la consecuencia jurídica, y configuran a su vez, relaciones entre los
sujetos titulares de derechos, llamados sujetos activos de la relación jurídica, y los sujetos
titulares de obligaciones o deberes, correlativos de aquellos, denominados sujetos pasivos. Los
sujetos, activos o pasivos, de la relación jurídica, son las personas.
Este concepto de persona, como calidad especial del ser humano es el utilizado
generalmente para atribuir los llamados “derechos humanos”. Todo hombre, por el hecho de
ser persona, es titular de los derechos humanos.
Así es receptado en los tratados internacionales, algunos de los cuales, en nuestro país
tienen rango constitucional. En estos tratados ser persona es sinónimo de ser hombre. Todo
hombre es persona. Y los derechos humanos son atribuidos a la persona entendida como el
hombre.
A partir de esta definición podemos distinguir en el derecho dos clases de personas: la persona
humana o individual y las personas colectivas o jurídicas.
El hombre es un ser social y un ser cultural. En cuanto ser social, el hombre para lograr
sus fines existenciales necesita agruparse con los otros hombres en forma organizada. Y en
cuanto ser cultural es capaz de crear instrumentos para lograr esos fines en la forma más
adecuada y eficiente.
El hombre desde siempre se asocia con los otros hombres creando organizaciones muy
diversas para la satisfacción de sus necesidades, es decir crea instituciones sociales. Estas
instituciones de algún modo adquieren una entidad distinta de los miembros que las forman.
Aparecen las sociedades, las asociaciones, las cooperativas, los partidos políticos, el Estado
nacional, provincial o municipal, las empresas o grupos empresarios, los clubes, las
organizaciones no gubernamentales, etcétera.
Y estas organizaciones, o los hombres a través de ellas, establecen relaciones con otros
hombres y con otras organizaciones, relaciones que son reguladas por el derecho para
prevenir y resolver los posibles conflictos que aparecen entre ellos, buscando la pacificación
social y la mayor satisfacción de los miembros de la sociedad.
Y en esta regulación, el derecho le atribuye a algunas de estas organizaciones humanas
personalidad jurídica, es decir capacidad para ser sujeto de derechos. Por eso, en los
ordenamientos jurídicos modernos encontramos, además de la persona individual, también a
las personas colectivas o jurídicas, denominadas por nuestro codificador como personas de
existencia ideal, entes a los cuales el derecho atribuye la posibilidad de adquirir derechos y
contraer obligaciones.
Las distintas teorías tratan de explicar el significado y la manera por la cual entes
distintos al hombre pueden ser sujetos de derecho, es decir gozar de personalidad jurídica.
Teoría de la ficción
Las principales críticas que se le efectúan a esta teoría son la no explicación del Estado
como persona jurídica, la posible arbitrariedad estatal en el reconocimiento de las personas
jurídicas, y la irresponsabilidad de las personas jurídicas por los daños causados por los actos
ilícitos de sus representantes y agentes.
Para explicar la referencia que hacen las normas jurídicas a las sociedades, a las asociaciones,
etcétera, algunos autores afirman que la expresión “personas colectivas” hace referencia, en
realidad, a bienes sin dueño que están afectados a un determinado fin; otros, en cambio,
sostienen que se trata de un condominio sujeto a reglas diferentes a las del condominio
ordinario.
Todos estos autores coinciden en afirmar que las personas jurídicas colectivas no son más que
grupos de individuos que poseen bienes o que contratan, de modo que cuando se habla de
que una sociedad o asociación poseen bienes o contratan, ésta es una forma de referirse a una
serie de individuos que poseen bienes o contratan.
Las críticas que se formulan a estas teorías son las siguientes: a) La idea de un titular o sujeto
del derecho subjetivo es imprescindible para su existencia. Es imposible concebir patrimonios
o bienes sin sujetos, ya que de otro modo, se afirmaría la posibilidad de relaciones jurídicas
entre objetos. b) Se deja sin explicación al Estado como persona jurídica, que no puede
concebirse como una propiedad colectiva o como un patrimonio sin sujeto afectado a
determinados fines.
Teorías realistas
Surgidas en los siglos XIX y XX, estas teorías denominadas “realistas” [12], sostienen que
las personas colectivas son entidades que existen por derecho propio, con total independencia
de los individuos que las integran, que son organismos que tienen intereses, desarrollan
voliciones y ejecutan acciones que no pueden identificarse con las de ningún ser humano.
La persona jurídica es una realidad social que existe tanto como el ser individual y que el
derecho reconoce. Por lo tanto, la personalidad jurídica es una cualidad inferida de la realidad
socioeconómica, a la cual el derecho sólo reconoce como universalidad de bienes o personas
puestas al servicio de un fin común.
La persona jurídica tiene una voluntad distinta de la propia de sus miembros y actúa por
medio de sus órganos, por ejemplo la asamblea, presidencia, etc. La reforma del art. 43 del
Código Civil adhiere a la teoría del órgano y atribuye responsabilidad por los daños que causen
quienes las dirijan o administren, en ejercicio o con ocasión de sus funciones. Y también por los
daños ocasionados por los actos ilícitos. Hoy se tiende a imputar responsabilidad penal a esta
clase de personas sobre todo en materia previsional y tributaria.
Teorías normativas
Para las teorías normativas, formuladas por Hans Kelsen entre otros, el concepto de
persona es un concepto jurídico, hasta tal punto que podríamos afirmar que los hombres,
desde el punto de vista del derecho positivo, no son personas, sino que “tienen” persona, son
portadores de derechos y de obligaciones. La unidad de esos derechos y obligaciones se
“personifica” en el concepto de persona[13].
Kelsen afirma entonces que la persona física o individual es el conjunto de los derechos y de
las obligaciones de un individuo, o para expresarlo en forma más precisa, “el conjunto de
normas jurídicas” en cuanto contengan alguna referencia a la conducta de un individuo.
La expresión “persona jurídica” para estos autores, pertenece a esta clase de términos,
por lo tanto se debe desistir de intentar definirla y, en cambio, centrar la investigación en las
funciones que cumple dicha expresión en los distintos contextos en que se la utiliza,
mostrando cómo las frases en que aparece, pueden traducirse en otras que hacen referencia a
hechos observables.
La relación jurídica aparece como la vinculación entre dos tipos de situaciones: las
activas y las pasivas. Las situaciones jurídicas activas son las que atribuyen facultades o
derechos y las pasivas las que imponen deberes. Estas dos situaciones son de signo opuesto y
de igual contenido. La noción de derecho subjetivo aparece entonces vinculada a la situación
activa en la relación y la de deber jurídico con la situación pasiva.
El derecho subjetivo
Esta noción de “tener derecho a algo”, es decir, de “derecho subjetivo”, tal como hoy la
pensamos, aparece como uno de aquellos conceptos jurídicos que ha ofrecido mayor dificultad
para su sistematización.
Esta dificultad surge a partir de dos tipos de razones una histórica y otra filosófica. En primer
lugar, podemos observar que a lo largo de la historia la idea de “derecho subjetivo” se ha ido
acomodando a las concepciones filosóficas vigentes en cada momento, como así también a las
circunstancias políticas, sociales y económicas de la sociedad donde se la piensa y utiliza. Esta
dimensión histórica y social del concepto de derecho subjetivo ha impedido la elaboración de
un concepto definitivo y universal del mismo[16]. La expresión “derecho subjetivo”, tal como
la utilizamos hoy, es una noción propia de la Modernidad, ya que para su formulación se
requiere de una concepción mecanicista o liberal de la sociedad, que pone el acento en el valor
del hombre como persona, por encima de su dimensión social y comunitaria, propia de la
Antigüedad, donde la sociedad era pensada como un organismo, donde el todo estaba por
encima de cada una de sus partes, es decir los individuos que la integraban.
A la par de esta primera dificultad histórica – conceptual, surge otra de carácter filosófica, en el
ámbito del debate entre el iusnaturalismo y el positivismo jurídico. La visión que los
iusnaturalistas tienen de la relación entre derecho objetivo y derecho subjetivo difiere de la de
los autores iuspositivistas. Los iusnaturalistas sostienen que existen derechos subjetivos que
son anteriores a la existencia de la norma jurídica positiva: los llamados derechos naturales del
hombre, o en una terminología más actual los derechos humanos. Estos autores afirman la
prioridad de los derechos subjetivos por encima del derecho objetivo, es decir las normas
positivas. Para los autores que adhieren al positivismo jurídico la norma jurídica positiva crea el
derecho subjetivo, y no existe derecho subjetivo sin una norma jurídico-positiva que lo
respalde[17].
Existen diversas teorías sobre la naturaleza del derecho subjetivo, que pueden ser sujetas a
una primera clasificación en teorías que afirman la existencia de los derechos subjetivos y
teorías que niegan la existencia de esa categoría jurídica.
Entre las teorías que afirman la existencia de los derechos subjetivos podemos distinguir: a)
como expresión de la voluntad del sujeto, b) como interés jurídicamente protegido, c) como la
voluntad y el interés jurídicamente protegido y d) como un aspecto del derecho objetivo.
Los derechos subjetivos han sido clasificados desde distintos puntos de vista: según contra
quién se ejerzan (absolutos y relativos), según la esfera jurídica a la que se refieran (públicos y
privados) y según su contenido (patrimoniales y extrapatrimoniales).
Hay derecho subjetivo público “cuando entre los miembros de la relación jurídica, ya sea como
sujeto pasivo u obligado, ya sea como sujeto activo o pretensor, se encuentra el Estado, o un
órgano del mismo.” [20] Son entonces aquellos que tienen los particulares contra el Estado,
como asimismo aquellos que tiene el Estado respecto de la población. Por ello es que dentro
de los derechos públicos podemos distinguir, según a quién corresponda su titularidad entre:
a) derechos públicos de los particulares: en estos casos un particular tiene un verdadero
derecho subjetivo, en virtud del cual el sujeto pasivo de las obligaciones o deberes correlativos
es el Estado, a través de sus distintos órganos, por ejemplo, el derecho de accionar ante un
tribunal; y b) derechos públicos del Estado: son los que éste tiene en su carácter de poder
público, por ejemplo todas las atribuciones conferidas por la Constitución Nacional a los
poderes del Estado. Son derechos subjetivos públicos del Poder Legislativo: legislar en materia
aduanera, establecer derechos de importación y exportación,[21] imponer contribuciones,[22]
emitir moneda,[23] dictar códigos,[24] etcétera. Y del Poder Ejecutivo: nombrar los
magistrados de la Corte Suprema,[25] indultar o conmutar penas, etcétera.[26] Estos derechos
subjetivos o atribuciones son ejercidos por los distintos órganos que constituyen el gobierno.
El ejercicio de estos derechos se encuentra limitado por los derechos y garantías recogidos en
la primera parte de la Constitución Nacional y en los tratados internacionales sobre derechos
humanos, que como ya señalamos tienen en nuestro país jerarquía constitucional.
Los derechos subjetivos privados: son los que tienen los particulares entre si; por
ejemplo los derechos de la personalidad, de familia, de crédito o creditorios, reales e
intelectuales.
Según su contenido:
Esta clasificación radica en el carácter patrimonial o no de su contenido. Aftalión señala como
criterio de esta división “el interés presumido en el derecho habiente”[27]. Conforme a ello,
son derechos patrimoniales, los derechos reales, los derechos intelectuales, y los derechos
crediticios, por ejemplo, y revisten el carácter de extrapatrimoniales, los derechos de la
personalidad, los derechos de familia, etcétera.
Los derechos de familia son los que una persona tiene para regir la conducta
extrapatrimonial de otra persona. Por ejemplo, los derechos que implica el matrimonio, los de
la adopción, los derechos que se derivan de la patria potestad, los de la curatela, etcétera.
Los derechos creditorios consisten en la facultad que una persona, el acreedor, posee,
para exigir a otra, el deudor, el cumplimiento de un deber jurídico. Por ejemplo, el derecho a
cobrar una suma de dinero, prestada a una persona. También se los suele denominar
"derechos personales", denominación ésta que se presta a equívocos con respecto a los
derechos de la personalidad. Asimismo algunos autores sostienen que deberían denominarse
"obligaciones", lo cual también se confunde con el deber jurídico. Su contenido puede consistir
en una obligación de dar, de hacer o de no hacer. La obligación de dar consiste en la entrega
de una cosa, la obligación de hacer en el cumplimiento de un determinado hecho, y la de no
hacer, en una abstención.
Los derechos reales, llamados impropiamente derechos sobre las cosas, son definidos
como la facultad que una persona tiene de obtener directamente de una cosa, todas o parte
de las ventajas que ésta es susceptible de producir. Crean una relación directa e inmediata
entre el titular del derecho y la cosa objeto de él. Sin embargo, debemos tener en cuenta que
un derecho supone siempre una relación entre sujetos, y no una relación entre un sujeto y una
cosa, y que, por lo tanto, el contenido propio de los derechos reales está constituido por la
denominada obligación pasivamente universal, es decir, por el deber de todos los demás de no
perturbar el ejercicio de ese derecho. La propiedad o dominio es el ejemplo típico de los
derechos reales, que consiste en la facultad de su titular de usar, gozar y disponer libremente
de una cosa. Además de la propiedad, otros derechos reales previstos en nuestro Código Civil y
Comercial, en su Libro IV, son dominio o propiedad, el condominio, la superficie, el usufructo,
el uso y la habitación, las servidumbres, la hipoteca, la prenda y la anticresis.
El deber jurídico
Sin embargo, el tema del deber jurídico no ha sido planteado con claridad dentro de la teoría
jurídica. Nino señala que este concepto constituye una de las figuras elementales que han
creado especiales dificultades a los filósofos del derecho que han intentado definirlas[28].
El deber jurídico es una especie dentro del género “deber”, que podríamos definir como una
conducta debida, como una actividad libre y consciente que estamos obligados a realizar.
Existen diversas clases o tipos de deberes: morales, sociales, religiosos, etc. Es más, sobre una
misma materia de comportamiento pueden incidir diversas clases de deber. Por ejemplo, el
respeto de la vida ajena, es un deber jurídico, pero también un deber moral y social. En casos
como éste, los deberes se nos presentan superpuestos, lo que no impide que puedan ser
separados, más en la teoría que en la práctica[29]. Para el iusnaturalista, por ejemplo, se
superpone un deber moral general que comprende y fundamenta los otros deberes sociales y
jurídicos. Es el deber ético de obediencia al derecho por los fines que realiza y los valores que
representa. Para los positivistas existe un solo tipo de deber, el deber jurídico formal y
externo, al que le interesa únicamente la correspondencia entre lo que manda o prescribe la
norma jurídica y la acción del hombre.
La justicia o injusticia del contenido de una norma jurídico positiva no repercute solamente en
la esfera de los beneficios o perjuicios personales para el sujeto que debe cumplirla, sino que
tiene consecuencias sociales, en la sociedad o país donde se aplican.
Un deber jurídico es una conducta que resulta obligada por imposición de una norma jurídica.
Este deber jurídico, que muchas veces se superpone al deber moral y social, sin embargo
puede ser diferenciado por sus fines. El deber jurídico se impone en función del
perfeccionamiento del grupo social. Se debe obedecer porque de esta manera se realizan
mejor los fines y los valores sociales vigentes en el grupo, por ejemplo, el orden, la libertad, la
seguridad, la igualdad. Ese mismo deber jurídico, por ejemplo, de no apoderarse de las cosas
ajenas, en cuanto deber moral, se debe obedecer, porque la conducta opuesta, es decir la que
desobedece al deber, afecta el perfeccionamiento personal del sujeto obligado. Le hace mal al
ladrón apoderarse de las cosas ajenas, y esto es lo que se busca evitar desde el punto de vista
moral. Desde el punto de vista del derecho, y de las demás normas sociales, se pretende que el
ladrón no robe, porque el robo afecta el perfeccionamiento de la sociedad, al afectar la
convivencia ordenada, segura, libre, justa entre los miembros del grupo.
Muchas veces se usa en forma indistinta los términos “deber jurídico” y “obligación jurídica”,
como si fuesen sinónimos. Sin embargo resulta oportuno distinguirlos
La obligación, como un tipo específico de deber jurídico, en sentido estricto, nace de actos
voluntarios, por ejemplo los contratos, requieren de acciones individuales para crearlas, son
interpersonales, se dan entre sujetos bien determinados y su contenido, está perfectamente
determinado, son correlativas a derechos subjetivas, hay una perfecta reciprocidad entre
derecho - deber y deber – derecho[32].
El Código Civil y Comercial distingue entre obligaciones de dar, de hacer y de no hacer. Las
obligaciones de dar consisten en entregar una cosa cierta, por ejemplo una suma de dinero.
Las de hacer es aquella cuyo objeto consiste en la prestación de un servicio o en la realización
de un hecho en el tiempo, lugar y modo acordados por las partes[33]
Existen diversas teorías o doctrinas para fundamentar el deber jurídico, es decir para
responder a la pregunta de por qué se debe obedecer y se obedece al derecho: a) el
fundamento ético-jurídico del deber, como exigencia de justicia, b) el fundamento jurídico
positivo del deber en el positivismo jurídico: las exigencias de la seguridad jurídica, c) El
fundamento empírico-biológico del deber: la ley de la fuerza; d) el fundamento psicológico del
deber: el reconocimiento de la norma por la conciencia del sujeto e) el fundamento
psicológico-sociológico del deber: la adhesión personal y la coacción de las normas; y f) el
fundamento normativista del deber: el deber jurídico como un aspecto de la norma jurídica
positiva.
Hasta prácticamente el siglo XIX el fundamento del deber jurídico era ético, no jurídico. Las
normas jurídicas debían obedecerse porque existe un deber ético de obedecerlas por razón de
su contenido de justicia. El fundamento de la obediencia, desde esta perspectiva, se encuentra
en la conciencia individual de la persona que estima el deber de obedecer la norma jurídica
positiva. Lo que es justo debe ser obedecido, y este deber es insoslayable. Sin embargo, desde
esta posición se impone también el deber de desobedecer las normas jurídicas positivas
injustas.
Para los autores que sostienen esta posición el fundamento de la obediencia es fáctico,
no jurídico. El que posee el poder o la fuerza debe ser obedecido por razones de orden
histórico, empírico-biológicas o naturales. El argumento de orden histórico radica en la
experiencia de los pueblos que nos enseña que quien tiene la fuerza es obedecido por sus
súbditos, más allá de que el acatamiento sea involuntario e impuesto. La resistencia, se
sostiene, aparejaría mayores perjuicios. Otro argumento elaborado por estos autores señala
que en las sociedades humanas ocurre algo semejante a lo que acontece en las sociedades
animales, donde el más fuerte prevalece sobre el más débil, quien le obedece. En las
sociedades humanas sucede lo mismo, hay un proceso lento de racionalización de la fuerza
que se va transformando en derecho. Por último, otros autores afirman que es racionalmente
bueno que los más fuertes, los más capaces se impongan sobre los más débiles y menos
dotados. La obediencia a los más fuertes beneficia no sólo a los más fuertes, sino también a los
más débiles.
Hans Kelsen, desde una concepción formalista de la ciencia jurídica, señala que el deber
jurídico es la otra cara de la norma jurídica, correlativa a la del derecho subjetivo. Para el
filósofo austríaco, el deber jurídico es la conducta opuesta al acto antijurídico, sin que opuesto
sea sinónimo de contrario. La acción contraria a apoderarse de una cosa ajena, sería devolver
una cosa ajena. La acción opuesta en este caso es no apoderarse de una cosa ajena. El deber
jurídico no aparece en la norma primaria kelseniana, que contiene la conducta ilícita y la
sanción correspondiente, sino en la norma secundaria. Para Kelsen no hay deber jurídico sino
está prevista una sanción para la conducta opuesta.[36]
Como hemos visto, una de las funciones sociales principales del derecho es la
prevención y resolución de los conflictos entre los individuos o grupos, que surgen en el seno
de la sociedad, en forma pacífica y satisfactoria, equilibrando y armonizando sus intereses
contradictorios. Para ello crea, aplica y hace cumplir normas que tipifican los conflictos y
predicen la solución a los mismos. En principio esas normas jurídicas positivas son creadas para
ser obedecidas, y también se llega a sostener que existe un deber moral de obediencia a ellas.
Sin embargo, el propio derecho como expresión de sus límites en dicha función[39] asume la
posibilidad de la desobediencia crítica a esas normas, aunque éstas sean elaboradas en forma
democrática. Diversas han sido las reacciones de los órganos del Estado ante la protesta o
desobediencia. En algunos casos, cuando el reconocimiento de la protesta, no hacía peligrar la
estabilidad del sistema jurídico, se ha optado por la incorporación al ordenamiento jurídico de
los derechos exigidos. Un ejemplo es el caso de la objeción de conciencia, reconocida en
muchos de los países democráticos. En otros casos, cuando el motivo de la protesta
desestabilizaba el sistema, y suponía la marginación de los mecanismos previstos en la
Constitución Nacional, los órganos del Estado no han dudado en declarar fuera de la ley al
movimiento de oposición y emplear contra él toda la fuerza del aparato del Estado. En tercer
tipo de situaciones, se ha optado por soluciones intermedias, donde si bien no se ha
reconocido jurídicamente la razón de la protesta, pero sí han permitido la manifestación de la
oposición por mecanismos no ortodoxos y algunos claramente en contra de las disposiciones
del derecho. Por ejemplo en algunos casos de la llamada “desobediencia civil”, como los cortes
de rutas y calles, y las manifestaciones en lugares públicos, sin el cumplimiento de los
requisitos establecidos en la ley[40].
Este fenómeno de la desobediencia a las normas, es decir de la negación del deber jurídico a
ellas se ha manifestado históricamente a través de tres instituciones: el derecho a la
resistencia o desobediencia revolucionaria, la desobediencia civil y la objeción de conciencia,
que analizaremos conceptualmente a continuación.[41]
1. El derecho de resistencia
En los siglos XVIII y XIX, se incorpora a las declaraciones de derechos y constituciones liberales,
este derecho de resistencia, que había sido elaborado doctrinalmente durante la Edad Media y
comienzos de la Edad Moderna. De este modo, se consigue el reconocimiento jurídico-
positivo, aunque no la efectividad jurídica, ya que no se arbitran los procedimientos y medios
materiales para su instrumentación.
El derecho de resistencia tampoco está ausente de los textos constitucionales de los siglos XIX
y XX, sobre todo en las Constituciones que cierran períodos políticos autocráticos, por ejemplo
las constituciones alemanas posteriores al régimen nazi. En nuestro país, en 1994, al
reformarse nuestra Constitución Nacional, y a partir de la experiencia de la dictadura militar,
que gobernó durante el período 1976-1983, se establece expresamente el derecho de
resistencia de todos los ciudadanos contra quienes ejecutaren actos de fuerza contra el orden
institucional y sistema democrático[42]. Con anterioridad, al reformarse la Constitución de la
Provincia de Córdoba, se establece el deber de todo ciudadano de contribuir al
restablecimiento de la efectiva vigencia del orden constitucional y de las autoridades legítimas,
y el derecho del pueblo de la provincia de resistencia, cuando no sea posible otro recurso
[43]11
Desde un punto de vista teórico se distingue dos acepciones del derecho de resistencia
que guardan entre sí una relación de género – especie. En sentido amplio, como género,
comprende las diversas formas de desobediencia a las normas, y en sentido estricto o
restringido, como una especie más radical de desobediencia, la desobediencia revolucionaria,
o derecho a la revolución, que pretende un cambio del sistema político o del sistema de
gobierno
2. La desobediencia civil
La desobediencia civil puede concebirse como una insumisión política al derecho dirigida a
presionar sobre la mayoría a fin de que adopte una cierta decisión legislativa o
gubernativa[44]. Constituye una forma de resistencia, pública, pacífica y colectiva, a las normas
vigentes, muy en boga en la actualidad[45], ya que es el procedimiento que emplean los
grupos minoritarios en defensa de intereses sociales marginales no protegidos por el
ordenamiento jurídico, ni por las instituciones del Estado. Consiste en un acto ilegal público, no
violento, de conciencia pero de carácter político, realizada con el fin de provocar un cambio en
la legislación o en la política del gobierno[46]. La protesta o resistencia se da en este caso por
la acción u omisión contraria a lo establecido en las disposiciones legales, en temas generales,
es decir de interés de toda la sociedad, como concretos o particulares, que afectan
exclusivamente a ciertas minorías. No siempre estas formas de resistencia activa cuentan con
el apoyo de la opinión pública, y requieren, en estos casos de actos previos de concientización
social. La desobediencia civil forma parte de la clase de las llamadas medidas de acción directa,
y su finalidad es influir sobre la opinión pública, para provocar un cambios legislativos o en la
manera de ejercitar el poder por parte del Estado, utilizando procedimientos ilegales,
integrando desde el punto de vista sociológico, el grupo de los comportamientos
inconformistas o rebeldes ante los modelos o pautas de comportamiento social. Los
desobedientes o insumisos, aunque si no cuestionan la legitimidad del orden establecido,
parten de la convicción de la ineficacia de los mecanismos legales ordinarios para el logro de
sus objetivos de cambio legislativos. La desobediencia civil supone siempre una actuación
ilegal que tiene determinadas consecuencias que son aceptadas por los desobedientes. La
imposición de sanciones puede proporcionar mayor publicidad a la acción de desobediencia, y
en este sentido contribuir al fin propuesto. La desobediencia civil no está reconocida
jurídicamente en ningún sistema jurídico, pero si tolerada de hecho por razones de índole
política.
Por primera vez se utiliza la expresión «desobediencia civil», en un artículo publicado con
posterioridad a su fallecimiento, por H. D. Thoreau (1817-1862), ciudadano norteamericano
que se negó a pagar sus impuestos por sostener que su destino era el sostenimiento de
actividades reprobables. Otro ejemplo, el más conocido quizás de esta forma de resistencia
haya sido el de Gandhi (1869-1948), quien planteó la necesidad de una resistencia pasiva, non-
violenta, y de la no-cooperación frente al dominio británico en la India. Otros líderes de
pueblos marginados y oprimidos lo siguieron en su metodología de resistencia, por ejemplo
Martín Luther King, líder de los negros norteamericanos. En nuestro país podemos recordar la
acción de ciertos casos de desobediencia tributaria de productores agrícolas, o el caso de los
llamados “piqueteros” entre otros.
3. La objeción de conciencia
Los bienes son, ante todo, las cosas. Una “cosa” es cualquier porción material del
mundo externo susceptible de ser utilizada por el sujeto para la satisfacción de una necesidad.
Sin embargo, ni todas las cosas son bienes ni todos los bienes son cosas. No son bienes las
cosas que no son susceptibles de apropiación, como las estrellas, la luz y el calor del sol, el
agua de los océanos, salvo, eventualmente, las porciones de ellas separadas o contenidas en
un recipiente (como el aire comprimido en bombonas o las muestras de agua marina o de
cuerpos extraterrestres extraídos con fines de estudio). SE le aplican las disposiciones relativas
a cosas, las energías naturales, como el gas, la energía eléctrica, la energía térmica, las ondas
de radio, en cuanto son perceptibles por los sentidos -directamente o por medio de
instrumentos apropiados para captarlas- y susceptibles de apropiación.
Junto a los bienes constituidos por cosas, y que por ello son llamados bienes materiales,
se sitúan los BIENES INMATERIALES, que son los productos de la actividad intelectual y creativa
del hombre, como las obras literarias, artísticas, musicales, teatrales, cinematográficas, las
invenciones científicas, los hallazgos técnicos, etc. Tales bienes son tutelados por el
ordenamiento jurídico por medio de las instituciones de los derechos de autor (sobre las obras
literarias y artísticas) y los derechos de patente (para los descubrimientos científicos y los
hallazgos técnicos). Los bienes inmateriales pueden ser objeto de derechos patrimoniales,
como el derecho a la utilización económica de la obra, la invención o el hallazgo, y de derechos
no patrimoniales, como el derecho a ser reconocido como autor de la obra, la invención, etc.;
los primeros son susceptibles de enajenación y los segundos son inalienables. No deben
confundirse con los bienes inmateriales las cosas en las que la creación se materializa, como el
libro el cuadro, la máquina, etcétera; la propiedad de estas últimas debe distinguirse de la
propiedad literaria sobre el libro, de la propiedad artística sobre el cuadro o de la titularidad de
la patente industrial.
Además de los bienes, son objeto de derechos los SERVICIOS. Los servicios están
constituidos por las actividades humanas que satisfacen directamente determinadas
necesidades; tales actividades vienen disfrutadas directamente por los que las utilizan con
independencia del hecho de que sean productoras de bienes. Piénsese en las prestaciones de
los trabajadores autónomos y por cuenta ajena, en las actividades de los profesionales
liberales, de los docentes, de los actores, de los concertistas, etcétera.
ARTÍCULO 16.- Bienes y cosas. Los derechos referidos en el primer párrafo del artículo
15 pueden recaer sobre bienes susceptibles de valor económico. Los bienes materiales se
llaman cosas. Las disposiciones referentes a las cosas son aplicables a la energía y a las fuerzas
naturales susceptibles de ser puestas al servicio del hombre.
ARTICULO 17.- Derechos sobre el cuerpo humano. Los derechos sobre el cuerpo
humano o sus partes no tienen un valor comercial, sino afectivo, terapéutico, científico,
humanitario o social y sólo pueden ser disponibles por su titular siempre que se respete alguno
de esos valores y según lo dispongan las leyes especiales.
ARTICULO 1883.- Objeto. El derecho real se ejerce sobre la totalidad o una parte
material de la cosa que constituye su objeto, por el todo o por una parte indivisa.
Luego de haber estudiado los módulos 3 y 4 y de haber resuelto las actividades, Ud. está en
condiciones de resolver la segunda parte de la evaluación.
[1] LUMIA, Giuseppe: “Principios de teoría e ideología del derecho” Editorial Debate. Madrid.
1973, p 91.
[3] AFTALION, Enrique R., GARCIA OLANO, Fernando y VILANOVA, Jóse: “Introducción al
derecho”. Cooperadora de Derecho y Ciencias Sociales. Buenos Aires. 1975, p 241
[7] Los conceptos jurídicos fundamentales forman un sistema que pueden tener gradaciones
internas en el sentido de que alguno o algunos aparezcan como primitivos y otros como
derivados. Los términos primitivos son aquellos no reductibles o derivables de ningún otro
concepto, mientras que los derivados son aquellos que son definidos utilizando directa o
indirectamente los primitivos. (NINO, Carlos: “Introducción al análisis del derecho”. 2ª edición.
Editorial Astrea. Buenos Aires. 1984, p 167).
[8] BULIGYN, Eugenio: “La naturaleza de la letra de cambio”. Abeledo Perrot. Buenos Aires.
1961, p 28.
[9] SCHELER, Max: “La idea del hombre en la historia. Editorial Pléyade. Buenos Aires. 1982, p 9
y ss.
[10] Idem
[11] Esta teoría es desarrollada por autores como Brinz, Bekker, Planiol, Duguit, etc.
[12] Gierke, Jellinek, Saleilles, Hauriou, Renard, Michoud y Ferrara son los autores que
adhieren a estas teorías realistas de las personas jurídicas.
[13] KELSEN, Hans: “Teoría pura del derecho”. Universidad autónoma de México. México.
1979, p 183.
[15] NINO, Carlos: “Introducción al análisis del derecho”. 2ª edición. Editorial Astrea. Buenos
Aires. 1984, p 231.
[16] SORIANO, Ramón: “Compendio de teoría general del derecho”, Ariel Derecho, Barcelona,
1986, p 105 y ss.
[17] PECES BARBA, Gregorio, FERNANDEZ, Eusebio y de ASIS, Rafael: “Curso de teoría del
derecho”. Marcial Pons, Madrid, 1999.
[19] AFTALION, E., GARCIA OLANO, F. y VILANOVA, J.: op. cit., p 267 y ss.
[20] AFTALION, E., GARCIA OLANO, F. y VILANOVA, J.: op. cit., p 281.
[27] AFTALION, E., GARCIA OLANO, F. y VILANOVA, J.: op. cit., p 280.
[28] NINO, Carlos: “Introducción al análisis del derecho”. 2da edición. Editorial Astrea. Buenos
Aires. 1984, p 190.
[29] SORIANO, Ramón: “Compendio de teoría general del derecho”. Editorial Ariel. Barcelona.
1986, p 135.
[30] Idem.
[31] AFTALION, E., GARCIA OLANO, F. y VILANOVA, J.: op. cit., p 240.
[32] ALVAREZ LEDESMA, María I.: “Introducción al Derecho”. Ma Graw-Hill. México. 1996, p
389.
[35] ROSS, Alf: “Sobre el derecho y la justicia”. Eudeba. Buenos Aires. 1963, p 51 y ss.
[36] NINO, Carlos: “Introducción al análisis del derecho”. 2da edición. Editorial Astrea. Buenos
Aires. 1984, p 192-193.
[41] SEGURA ORTEGA, Manuel: “Manual de Teoría del derecho”. Centro de Estudios Ramón
Areces. Madrid. 1998, p 223.
[46] ALVAREZ LEDESMA, Mario: “Introducción al derecho”. McGraw-Hill. México, 1996, p 410.
[47] Ídem.
[48] PECES BARBA, Gregorio: “Curso de Teoría del derecho”. Marcial Pons. Madrid. 1999, p 369
y ss.
Modulo 5
Una tercera perspectiva, desde la que analizaremos lo jurídico es como actividad. El derecho,
en una visión integral que abarque sus múltiples dimensiones o aspectos, debe ser presentado
como actividad y como producto. El derecho como producto comprende, como hemos visto en
los módulos anteriores, un conjunto de normas que se encuentran relacionadas unas con
otras, constituyendo un ordenamiento que regla la vida de una determinada sociedad,
creando y regulando una serie de relaciones entre sus miembros, atribuyendo derechos y
obligaciones correlativos. El derecho, desde este punto de vista, es el producto de una serie de
actividades, que son calificadas como jurídicas, a través de las cuales se elaboran, interpretan,
aplican y ejecutan dichas normas. A su vez, esos productos y actividades, son susceptibles de
ser conocidos a través de la actividad denominada conocimiento jurídico, que produce los
conocimientos jurídicos. Diversas disciplinas tienen por actividad el conocimiento del derecho
en su integralidad, como objeto. Entre ellas la filosofía del derecho, la sociología jurídica, la
historia del derecho, la teoría general del derecho y la ciencia jurídica en sentido estricto,
también conocida como dogmática jurídica. Dentro de la dogmática jurídica, su vez,
encontramos disciplinas jurídicas particulares, o ramas del derecho, como por ejemplo, el
derecho civil, el derecho penal y el derecho constitucional. Todas estas disciplinas jurídicas,
integrales y particulares constituyen el fundamento y el contenido de otra actividad, que es la
enseñanza del derecho.
La elaboración de normas generales y típicas, como tema de una teoría del derecho, es
tradicionalmente vinculada con el problema de las llamadas “fuentes del derecho”, expresión
que tiene diversas acepciones en el ámbito jurídico y que examinaremos a continuación. Luego
nos detendremos, en el estudio particular del acto constituyente, la legislación, la actividad
ejecutiva, la jurisprudencia y la costumbre jurídica como actividades productoras del tipo de
normas mencionadas, indagando sobre su valor como fuente en nuestro sistema jurídico.
Dichas normas generales y típicas deben ser aplicadas a las distintas situaciones
particulares y concretas de la vida social. Por ejemplo, si comparamos la actividad del juez al
resolver un caso con la realizada por el Poder Ejecutivo, cuando reglamenta una ley nacional, o
un inquilino decide pagar el alquiler el 5 de julio al dueño de la vivienda, teniendo en cuenta la
cláusula del contrato de locación que establece que el alquiler debe pagarse del 1 al 5 de cada
mes, o un ciudadano decide detener su auto ante un semáforo en rojo en la intersección de
dos avenidas, encontramos en todas ellas la toma de una decisión ante ciertos hechos o
situaciones, a partir de lo establecido en otras normas de carácter más general y típico. En
todos estos casos se elabora una norma más particular y concreta, como requisito previo para
el cumplimiento de aquellas.
En el uso corriente, la palabra "fuente" designa el "manantial de donde surge o brota el agua
de la tierra"[2]. En el ámbito de la ciencia jurídica no existe uniformidad en el significado
atribuido a la expresión "fuente del derecho”[3].
Las principales acepciones con que es utilizada dicha expresión son: a) como documento; b)
como origen del contenido de las normas jurídicas; c) como hecho creador de una norma
jurídica; d) como fundamento de validez de las normas jurídicas; e) como fundamento de un
derecho subjetivo.
a) Como documento
La expresión "fuente del derecho" se utiliza para designar a los documentos con los que
aprehendemos la existencia y el contenido de las normas jurídicas; es decir que en esta
primera acepción se hace referencia a las fuentes del conocimiento del derecho[4]. Por
ejemplo: antiguos documentos, colecciones legislativas, bases de datos jurídicos
informatizadas, etcétera[5]. En este sentido es empleada con mucha frecuencia por los
romanistas y los historiadores del derecho. Así, se afirma que el Digesto constituye una fuente
invalorable del derecho romano[6], que Sistema Argentino de Informática Jurídica es una
fuente que nos permite conocer la legislación, la doctrina y la jurisprudencia de nuestro país.
La expresión "fuente del derecho" también es empleada para designar a los factores,
elementos, datos, o hechos de la vida social que determinan el contenido de las normas
jurídicas. Aquéllos -también llamados fuentes materiales o reales- influyen en el órgano de
creación jurídica, por ejemplo en el legislador, y residen en el ámbito sociológico (no en el
jurídico) explicándonos "el por qué" de cada norma[7]. Se han considerado como fuentes
materiales del derecho la doctrina de los juristas, las condiciones económicas, las ideas
morales o religiosas, la historia, las ideas políticas o los valores del grupo. También fueron
consideradas de esta manera la opinión pública, la estructura social, las ideologías, los grupos
de presión, etcétera. Las fuentes materiales o reales del derecho para alcanzar el status
normativo deben transitar el camino de las fuentes formales.
La expresión "fuentes del derecho" designa también al hecho creador de normas jurídicas, el
que es conocido también como fuente formal del derecho. Como tal, no posee un significado
único; por el contrario, se utiliza la expresión para designar tres realidades: la autoridad u
órgano creador de normas jurídicas; el acto creador de normas jurídicas y la forma de
manifestación de las normas jurídicas. A continuación analizaremos estas tres acepciones o
modos de entender las fuentes formales del derecho:
En primer lugar, se denomina con la expresión "fuente formal del derecho" a los sujetos
autores de las normas jurídicas[8]. Por ejemplo, el poder constituyente, la legislador, los
órganos jurisdiccionales, etcétera.
En este acepción se utiliza la expresión “fuente formal del derecho” para indicar el proceso,
modo o método de creación de las normas jurídicas[9]. Por ejemplo, en este sentido, son
fuentes formales, el acto constituyente, la negociación internacional, la legislación, la actividad
ejecutiva, y la jurisdicción.
Otros juristas utilizan la expresión "fuente del derecho" para nombrar a las distintas formas de
exteriorización de la voluntad del creador de la norma jurídica, coincidiendo esta acepción con
el llamado derecho objetivo, o derecho en sentido objetivo, es decir, el derecho como
normatividad. Así, son consideradas como fuentes del derecho, entre otras: la constitución, la
ley, la norma consuetudinaria, los decretos del Poder Ejecutivo, etcétera[10]. Entendemos que
esta acepción es impropia ya que identifica, confundiendo, las fuentes del derecho con el
derecho mismo.
Llambías clasifica también a los medios de expresión jurídica en fuentes formales y fuentes
materiales, pero, en una posición personal, define a las fuentes formales como aquéllas que
obligan por su autoridad, y a las fuentes materiales como las que son respetadas por la
persuasión que de ellas emana. Para este autor, las fuentes formales son la ley, la costumbre y
la norma emanada de un tribunal de casación; en tanto que las fuentes materiales son la
jurisprudencia, la doctrina de los autores y el derecho comparado[11].
Dentro de estas posibles clasificaciones nos parece importante tener presente dos criterios
clasificatorios, de los analizados en el módulo 3, que nos serán útiles para precisar el
significado de la expresión "fuente del derecho" y su valor como fuente en el ordenamiento
jurídico de nuestro país. La primera de estas clasificaciones es la que se efectúa según el sujeto
pasivo, o el ámbito personal de validez de las normas jurídicas, en tanto que la segunda lo hace
desde la óptica de la naturaleza de la prescripción o del contenido de la norma[12]. Así, en la
primera clasificación, distinguimos a las normas jurídicas en particulares o individuales, y en
generales o genéricas[13]. Las primeras son las que regulan las conductas de una o más
personas individualmente determinadas. Las normas generales, o genéricas, son las que
obligan o facultan a todas las personas comprendidas en una clase o categoría determinada.
La segunda clasificación que hemos señalado distingue las normas jurídicas según contenido
en típicas y concretas.[14] Las normas jurídicas típicas son aquéllas que establecen un modelo
o tipo de conducta o acción. Las concretas son las que prescriben una conducta determinada
subsumible en el modelo o tipo.
Conforme a estas últimas distinciones, podemos entonces entender la expresión "fuente del
derecho" como el modo de manifestación de normas generales o típicas -quizás en su sentido
más habitual- o como fuente de normas individuales y concretas, amén de los demás signifi-
cados factibles que surgen de las otras posibles combinaciones de las clasificaciones
precedentes.
Kelsen [15] designa como "fuente del derecho", a veces, a las normas superiores positivas que
regulan la producción de una norma jurídica; en otros casos, con un sentido similar, llama así a
la norma fundante básica de un ordenamiento jurídico. Así, el Código de Procesal Civil y
Comercial de la Nación es fuente del derecho en cuanto regula el modo en que deben ser
elaboradas las sentencias, y la Constitución Nacional es fuente del derecho en el sentido de
constituir la norma fundante básica del ordenamiento jurídico.
Para concluir, es necesario señalar que el problema de las fuentes del derecho no es
solamente semántico, como parece a partir del análisis efectuado hasta ahora, sino también
político y sociológico, ya que atribuir el carácter de fuente del derecho a un determinado
hecho, actividad de una persona, u órgano, significa reconocerle un ámbito de poder de
hegemonía dentro de un grupo humano o de una sociedad dada.
Nosotros utilizaremos la expresión “fuente formal del derecho” para designar al conjunto de
actos o procedimientos mediante los cuales son producidas en un proceso histórico, las
normas jurídicas integrantes de un determinado ordenamiento, y la voz “fuente material del
derecho” para referirnos al conjunto de factores y circunstancias históricas que fundamentan y
motivan el contenido de dichas normas.
Existen diversas posturas respecto al número de las fuentes formales del derecho, entendidas
como actividades creadoras de normas jurídicas positivas. Dichas posturas o teoría sobre las
fuentes del derecho puede clasificarse en teorías monistas, dualistas y pluralistas.[18] Las
teorías monistas sostienen que el derecho es siempre una producción del Estado, que se
constituye en la única fuente de creación del derecho. Para las posturas dualistas la sociedad
crea normas jurídicas, en forma paralela al derecho estatal, a través de la costumbre jurídica. Y
para las teorías pluralistas, a las cuales adherimos existe una diversidad de fuentes de
producción de normas jurídicas, en forma deliberada o espontánea, por órganos públicos o por
los particulares: la legislación, la costumbre, la jurisdicción, el negocio jurídico, etc.
Las fuentes formales en sentido amplio que hemos definido como “el conjunto de actos o
procedimientos mediante los cuales son producidas en un proceso histórico, las normas
jurídicas integrantes de un determinado ordenamiento”, son clasificadas, conforme a su forma
de elaboración, en sistematizadas y no sistematizadas.
Las fuentes formales sistematizadas son aquellas donde los actos de elaboración de normas
jurídicas están previstos y organizados de antemano, estando establecidas y definidas las
condiciones para que se produzca la creación normativa. Se denominan fuentes formales no
sistematizadas o espontáneas a determinados actos que no se efectúan con el propósito de
crear una norma jurídica, pero que sin embargo producen tal resultado. Las fuentes formales
sistematizadas son subdivididas según los sujetos que intervienen, en las constituidas por actos
públicos del Estado y en las integradas por actos privados. Las fuentes formales sistematizadas
constituidas por actos del Estado son el acto constituyente, la legislación, la actividad
ejecutiva, y la jurisdicción. El negocio jurídico o contratación constituye una de las fuentes
formales sistematizadas por actos privados, es decir que en el acto de producción normativa,
en este caso los contratos o convenios, participan los particulares. La costumbre y los actos
revolucionarios son fuentes formales del derecho no sistematizadas o espontáneas.
También según el sujeto pasivo o destinatario de las normas que produzcan, podemos
clasificar a las fuentes formales en fuentes generales y fuentes particulares. El acto
constituyente, la negociación internacional, la legislación, la jurisprudencia, la costumbre
jurídica, la actividad reglamentaria del poder ejecutivo, y la negociación colectiva, entre otras,
son fuentes formales generales, ya que en general, producen normas que están destinadas a
regular las conductas de clases o categorías de personas. Son fuentes particulares la
jurisdicción, la negociación individual, la jurisdicción y la elaboración de decretos por el Poder
Ejecutivo, ya que producen normas particulares o individuales.
En nuestro país, a partir del articulado de la Constitución Nacional, como ya hemos señalado
en módulos anteriores, al analizar la construcción del ordenamiento jurídico, podemos
establecer un orden jerárquico de fuentes formales.
La Constitución Nacional, los tratados internacionales sobre derechos humanos, el resto de los
tratados y concordatos, tienen una jerarquía superior a las leyes nacionales; todas éstas están
a su vez colocadas por encima de las Constituciones y leyes provinciales, las demás normas
nacionales (decretos, resoluciones ministeriales, circulares del Banco Central, etcétera), las
leyes y demás normas provinciales y municipales[19].
Nuestra ley suprema, y los tratados internacionales son fuentes directas, es decir operativas,
aplicables en forma inmediata, en todo aquello que no requiera una reglamentación legislativa
previa[20] Al respecto, se ha señalado que “a partir de las reformas de 1994 a la Constitución
Nacional, se hace hincapié en la operatividad de las normas constitucionales y de las normas
de los Tratados de Derechos Humanos que revisten esa misma jerarquía (arts. 19 y 75 inc. 22
Const. Nacional), lo que significa que los derechos y garantías que consagran rigen de manera
directa e inmediata y sin necesidad de la previa mediación de las normas
infraconstitucionales[21].
En el nuevo Código Civil y Comercial aparecen como fuentes del derecho privado de nuestro
país: la Constitución Nacional, los tratados de derechos humanos, las leyes, que deben ser
interpretadas y aplicadas, teniendo en cuenta sus palabras, sus finalidades, las leyes análogas,
los tratados sobre derechos humanos, los principios y los valores jurídicos. También pueden
ser fuentes del derecho los usos, prácticas y costumbres cuando las leyes o los interesados se
refieren a ellos o en situaciones no regladas legalmente, siempre que no sean contrarios a
derecho[22].
El nuevo Código Civil y Comercial, consagra lo que algunos denominan como “diálogo de
fuentes” y “constitucionalización del derecho privado”, estableciendo una comunidad de
principios entre la Constitución, el derecho público y el derecho privado[23]
Como hemos visto con anterioridad, la constitución, llamada ley suprema o fundamental, es la
norma primaria del ordenamiento jurídico. Las constituciones según su procedimiento de
reforma o modificación son clasificadas en pétreas, rígidas, semirígidas o semiflexibles y
flexibles. Son constituciones pétreas aquellas que no prevén mecanismos para su modificación.
Sólo pueden ser sustituidas a través de un acto revolucionario que imponga otra constitución.
La reforma de las constituciones rígidas se realiza a través de un órgano especial y a través de
un procedimiento distinto al previsto para las leyes ordinarias. Las llamadas constituciones
semirígidas o semiflexibles son modificadas por órganos legislativos ordinarios pero a través de
un procedimiento especial, por ejemplo una mayoría especial para su aprobación. Las
constituciones flexibles son aquellas que pueden ser reformadas por el mismo procedimiento
de las leyes ordinarias.
4) LA NEGOCIACION INTERNACIONAL
Un tratado internacional es un acuerdo celebrado por escrito entre Estados, o entre estos y
otros sujetos de derecho internacional, como las organizaciones internacionales, y regido por
el Derecho Internacional[26]. Los tratados pueden ser bilaterales, cuando son realizados entre
dos sujetos de derecho internacional, y plurilaterales o multilaterales, cuando participan más
de dos sujetos. Y según la materia objeto del tratado, pueden ser de carácter político,
económico, cultural, humanitario, etcétera[27]. Estos convenios o tratados internacionales
pueden ser asimilados a los contratos entre particulares, en el sentido de que mediante el
consentimiento manifestado por los Estados en los tratados, se da vida a una norma jurídica
positiva, donde se crean derechos y obligaciones entre las partes. Es decir, que así como los
particulares se sirven de los contratos para estipular derechos y obligaciones entre sí, los
sujetos de derecho internacional y particularmente los Estados, celebran acuerdos sobre las
más variadas materias con la intención de crear derechos y obligaciones regidos por el derecho
internacional.
La celebración de los tratados internacionales constituye un largo proceso que consta de las
siguientes fases: el otorgamiento de poderes, la negociación, la adopción del tratado, la
autentificación, y la ratificación.
En la primera fase los Estados que van a participar otorgan poderes a una o varias personas
para que los representen en dicho proceso. La negociación se realiza entre los representantes
de los Estados, y gira alrededor del objeto, el fin y el contenido del tratado, y concluye en la
redacción de un texto. La fase siguiente es la adopción del tratado, es decir la aprobación del
texto, por los representantes de los Estados participantes en la negociación, requiriéndose el
consentimiento de los dos tercios de ellos; Sigue luego la autentificación del tratado, mediante
la firma de los representantes de los Estados; y finalmente el tratado debe ser ratificado por
los Estados, que deben prestar consentimiento al tratado, que deciden en esta fase si quieren
ser parte o no del Tratado. Si aceptan se someten al Tratado. Los Estados que no aceptan no
quedan obligados. Los Estados al firmar, ratificar, aceptar o aprobar un Tratado puede
formular reservas con objeto de excluir o modificar los efectos jurídicos de ciertas
disposiciones del tratado en su aplicación a ese Estado"
En nuestro país es el Poder Ejecutivo quien concluye y firma los tratados y demás instrumentos
internacionales[28], el Congreso de la Nación quien los ratifica[29] y como veremos más
adelante tienen jerarquía superior a las leyes, y algunos, jerarquía constitucional.
4) LA LEGISLACION
Constituye la más importante y fecunda fuente creadora de normas generales y típicas. Sus
productos son las leyes. Smith define a la legislación como el conjunto de actos mediante los
cuales los órganos estatales que participan en la función legislativa formulan y promulgan
determinadas normas jurídicas de obligatoriedad general.[30]
Las leyes son elaboradas a través de un procedimiento que podemos sistematizar en seis
etapas: a) iniciativa, b) discusión, c) sanción, d) promulgación, e) publicación y f) entrada en
vigencia.
a) La iniciativa constituye el acto de presentar un proyecto de ley ante el Poder Legislativo.
Podemos distinguir entre iniciativa parlamentaria, ejecutiva, judicial y popular. La iniciativa
parlamentaria es ejercida por los miembros del Poder Legislativo, la ejecutiva o presidencial,
por el Poder Ejecutivo, la judicial por los miembros del Poder Judicial y la popular por los
particulares.
En nuestro país tienen iniciativa legislativa los miembros del Poder Legislativo, es decir los
diputados y los senadores, el Poder Ejecutivo y, a partir de la reforma de 1994, se prevé la
presentación de proyectos de ley por parte de los ciudadanos ante la Cámara de Diputados.
Quedan excluidos de la iniciativa popular los proyectos que se refieran a la reforma
constitucional, los tratados internacionales, los tributos, el presupuesto y la materia penal. Los
miembros del Poder Judicial no tienen iniciativa legislativa[32].
b) La discusión consiste en la consideración y análisis por parte del Poder Legislativo del
proyecto presentado. En nuestro país, en el Poder Legislativo existen dos cámaras que integran
el Congreso de la Nación: la Cámara de Diputados y la Cámara de Senadores. En la primera,
que representa al pueblo de la Nación, cada provincia elige un número de diputados
proporcional a su población, y en la segunda, que representa a las provincias, hay tres
senadores por cada una de ellas, elegidos en forma directa, dos pertenecientes al partido que
obtenga más votos, uno por la que le siga en el número de sufragios.
Con el fin de establecer una especialización que redunde en beneficio del mejor conocimiento
de los temas que son objeto de tratamiento legislativo, en cada Cámara funcionan comisiones
permanentes que deben dictaminar en la mayoría de los proyectos sometidos a decisión. En el
Senado de la Nación, por ejemplo, funcionan comisiones permanentes de: Asuntos
Constitucionales, Relaciones Exteriores y Culto, Presupuesto y Hacienda, Economía, Educación,
Industria, Comercio, Vivienda, Transporte, Turismo, Defensa Nacional, etc.
El artículo 84 de nuestra Constitución establece que “en la sanción de las leyes se usará de esta
fórmula: “El Senado y Cámara de Diputados de la Nación Argentina, reunidos en Congreso...
decretan o sancionan con fuerza de ley”.
d) Una vez sancionado el proyecto pasa para su análisis y consideración al Poder Ejecutivo. El
Poder Ejecutivo tiene dos posibilidades: vetarlo, total o parcialmente, o promulgarlo expresa o
tácitamente.
La promulgación consiste en la aprobación del proyecto de ley, que había sido sancionado por
el Poder Legislativo, por el Poder Ejecutivo. La promulgación puede ser expresa o tácita. Se
denomina promulgación expresa cuando el Poder Ejecutivo, por medio de un decreto
promulga la ley, disponiendo su cumplimiento y ordenando su publicación en el Boletín Oficial.
La promulgación tácita se da cuando el Poder Ejecutivo deja transcurrir el plazo establecido
para vetarla, sin hacerlo, por lo cual la ley queda promulgada automáticamente. El artículo 80
de la Constitución Nacional establece que “se reputa aprobado por el Poder Ejecutivo, todo
proyecto no devuelto en el término de diez días útiles”.
El veto consiste en el rechazo total o parcial del proyecto sancionado por el Congreso, por
parte del Poder Ejecutivo, quien lo devuelve a la Cámara de origen, con sus objeciones, donde
es nuevamente discutido y si se lo aprueba nuevamente con los dos tercios de los votos pasa a
la Cámara revisora. Si ambas cámaras lo aprueban con la misma mayoría, el proyecto es ley y
pasa al Poder Ejecutivo, quien debe promulgarlo, no pudiendo ya oponerse.
f) Las leyes entran en vigencia en la fecha establecida en la propia norma o si no, ocho días
después de su publicación.
C) La codificación
La elaboración de normas generales y típicas, sobre una determinada materia, en un país,
puede adoptar básicamente dos formas o sistemas: el de la incorporación o el de la
codificación.
El fenómeno de la codificación comienza en el campo del derecho público con el dictado de las
constituciones, para luego extenderse al ámbito del derecho privado. El primer Código Civil fue
el francés, conocido como el Código de Napoleón, promulgado en 1804. En nuestro país la
Constitución establece como atribución del Congreso de la Nación el dictado de los códigos
Civil, Comercial, Penal, de Minería y del Trabajo y de la Seguridad Social.[33] El primero de
ellos fue el Código Civil, elaborado por Dalmacio Vélez Sarsfield, quien participó también en la
redacción del Código de Comercio. En el 2014 se sancionó un nuevo Código Civil y Comercial
de la Nación, que unifica los anteriores de esas materias.
Desde el punto de vista legislativo los códigos son leyes, es decir normas dictadas por el Poder
Legislativo, que sólo se diferencian de las demás por su extensión e importancia. Existen dos
formas básicas de codificación; por materia, civil, penal, comercial, o por instituciones, de la
familia, del niño, de la propiedad, etcétera.
El Código Civil y Comercial establece que las leyes son obligatorias para todos los habitantes
del territorio argentino, sean ciudadanos o extranjeros, residentes, domiciliados o
transeúntes[34].
Como hemos ya señalado, las leyes entran en vigencia, es decir comienzan a ser obligatorias,
después de su publicación, desde la fecha que en ellas se establezca, o en el caso que esté
indeterminada la fecha de comienzo de su obligatoriedad, entran en vigencia ocho días
después de su publicación en el Boletín Oficial[35].
Las leyes no podrán alterar, al reglamentarlos, los principios, garantías y derechos reconocidos
en el texto de nuestra Constitución Nacional y los tratados internacionales sobre derechos
humanos, con jerarquía constitucional[36]. De este modo se establece el principio de
subordinación de la legislación a las normas primarias o constitucionales.
El proceso de elaboración de las leyes en nuestro país como hemos ya visto, se encuentra
regulado en los artículos 77 a 84 del Capítulo V: “De la formación y sanción de las leyes”, de la
Sección Primera: “Del Poder Legislativo”, del Título Primero: “Gobierno Federal”, en la Segunda
Parte: “Autoridades de la Nación” de nuestra Constitución.
Manuel Ossorio [41] define a los decretos como “las resoluciones del Poder Ejecutivo, con el
refrendo [42]de un ministro, generalmente del ramo a que la resolución se refiere, sin cuyo
requisito carece de validez”. Y Torres Lacroze, como las normas emanadas del Poder Ejecutivo
para poner en ejecución las leyes sancionadas por el Congreso o para cumplir las funciones
administrativas que la Constitución y las leyes ponen a su cargo [43] .
Algunos autores distinguen entre decretos y reglamentos. Utilizan la expresión “decreto” para
designar a las normas particulares y concretas emanadas del Poder Ejecutivo, reservando la
expresión “reglamentos” para las normas de carácter general y típico. Los simples decretos son
más numerosos y se dictan para nombrar empleados, para autorizar gastos, etcétera. También
en el ámbito del Poder Ejecutivo provincial entre las atribuciones del gobernador encontramos
la de dictar decretos y reglamentos[44].
Los reglamentos de ejecución o ejecutivos, también llamados decretos reglamentarios, son los
que reglamentan las leyes emanadas del Poder Legislativo, para facilitar su aplicación. La
amplitud de la potestad reglamentaria del Poder Ejecutivo está en relación inversa a la
concreción o particularidad de las leyes dictadas por el Poder Legislativo. Los decretos
reglamentarios están jerárquicamente subordinados a la ley. El Poder Ejecutivo debe ejercitar
su potestad reglamentaria cuidando de no alterar el espíritu de la norma reglamentada. Los
decretos autónomos o independientes son aquellos dictados por el Poder Ejecutivo en uso de
sus atribuciones propias, establecidas en las normas constitucionales; por ejemplo en nuestro
país en el artículo 99 de la Constitución Nacional, para el presidente de la Nación, en el artículo
100 del mismo cuerpo legal, para el jefe del gabinete de ministros. Los decretos o reglamentos
delegados son los dictados por el Poder Ejecutivo en razón de una delegación que, en el
ejercicio de sus atribuciones, le realiza el Poder Legislativo. En principio la delegación
legislativa en nuestro país está prohibida en virtud de lo dispuesto por el artículo 76 de la
Constitución Nacional, salvo en materias de administración o de emergencia pública, con un
plazo determinado para su ejercicio y dentro de las bases de la delegación, o sea dentro de los
límites establecidos por el Poder Legislativo. Los decretos delegados, que deben estar
refrendados por el Jefe de Gabinete de Ministros, están sujetos al control de la Comisión
Bicameral Permanente. Los decretos de necesidad y urgencia son aquellos dictados por el
Poder Ejecutivo, frente a una situación excepcional, de necesidad o de urgencia, que hiciera
imposible seguir los trámites normales de sanción de las leyes previstos en la Constitución
Nacional, sobre materias de competencia legislativa del Congreso, y sin autorización o
delegación de éste. La Constitución Nacional prohibe el dictado de decretos de necesidad o
urgencia en materia penal, tributaria, electoral y sobre el régimen de partidos políticos. Los
decretos de necesidad o urgencia deben ser decididos en acuerdo general de ministros, que
deberán refrendarlos, junto con el jefe de gabinete de ministros, quien personalmente y
dentro de los diez días lo elevará al Congreso de la Nación para su tratamiento, y su ratificación
o rechazo [45]. Los decretos, de cualquier clase, para tener plena vigencia deben ser
publicados, al igual que las leyes, en el Boletín Oficial.
Los llamados “decretos - leyes”, que no existen en tiempos de normalidad constitucional, son
las normas dictadas por los gobiernos de facto, en uso de atribuciones reservadas al Congreso,
cuando éste ha sido disuelto. Se ha discutido la validez de estos decretos una vez restablecido
el régimen constitucional, existiendo dos posiciones: la de la caducidad automática de las
normas dictadas durante los gobiernos de facto, y la de la continuidad jurídica, que establece
que se mantiene la vigencia de los decretos y demás normas dictadas por los gobiernos de
facto, mientras no sean expresamente derogadas. La Corte Suprema en el caso “Aramayo”,
luego del restablecimiento de la normalidad constitucional en 1983, estableció que dichas
normas requieren para ser válidas, su ratificación expresa o tácita por el Congreso de la
Nación[46].
La actividad jurisdiccional que realizan los jueces, tribunales y demás órganos dotados de
potestad jurisdiccional, constituye una de las fuentes formales del derecho en nuestro país,
productora de los fallos y sentencias, normas jurídicas, particulares y concretas. Sin embargo,
en ciertas circunstancias o situaciones, la jurisdicción, denominada en esos casos como
jurisprudencia, constituye una fuente formal del derecho, creadora de normas generales y
típicas.
Justiniano definía la "iurisprudentia" como "el conocimiento de las cosas divinas y humanas; la
ciencia de lo justo y de lo injusto" (Divinarum atque humanarum rerum noticia; justi atque
injusti scientia), que fue la concepción de la "iurisprudentia" vigente entre los romanos.[48]
En los países con sistema jurídico de origen romano - germánico, sin embargo, la palabra
jurisprudencia se emplea con otros significados, sin que exista uniformidad en sus usos.
Entre estas acepciones se destaca aquella que designa con la palabra jurisprudencia a la
"forma habitual o uniforme como la justicia aplica o interpreta el derecho"[50]. Borda define la
jurisprudencia como "los fallos de los tribunales judiciales que sirven de precedentes a futuros
pronunciamientos."[51] Se suele entender también por jurisprudencia al "conjunto de
soluciones dictadas por los tribunales al resolver las cuestiones de derecho que le son
sometidas"[52], reservando la voz "jurisprudencia" en algunos países a la sentencia de los
tribunales supremos[53]. Algún autor como Alcalá Zamora "entiende por jurisprudencia la
síntesis doctrinaria que fundamenta un fallo."[54]
En algunas ocasiones se suele hablar de jurisprudencia en relación con una sola sentencia que
cambia el sentido de la interpretación y aplicación del derecho respecto a un caso dado, esto
es que a partir de esa sentencia comienza a interpretarse la norma jurídica en un sentido
diverso al que se venía realizando hasta su dictado. Así se acostumbra afirmar que ese fallo
"sienta jurisprudencia", lo que en el derecho anglosajón se denomina un "leading case."[55]
Después de haber analizado los distintos significados atribuidos a la expresión "fuentes del
derecho", analicemos ahora el valor de la jurisprudencia como tal, en cada una de las distintas
acepciones con que la voz jurisprudencia es utilizada.
La jurisprudencia entendida como ciencia del derecho es una importante fuente material del
derecho, ya que la opinión de los juristas influye en la creación de normas jurídicas típicas y
generales por el legislador, como asimismo en la elaboración de las sentencias judiciales,
normas individuales y concretas por parte de los jueces[56]. Sin embargo, no es este el
significado de la voz "jurisprudencia" que nos interesa a los fines del presente trabajo.
b) La jurisprudencia como el conjunto de sentencias o fallos dictados por los distintos tribu-
nales y órganos dotados de potestad jurisdiccional
Por otra parte, la jurisprudencia en el significado que estamos analizando, es una fuente
material del derecho, ya que el legislador al crear nuevas normas generales, y el juez al dictar
su sentencia, tienen en cuenta lo resuelto por los jueces con anterioridad[60]. Es innegable la
incidencia de la jurisprudencia de nuestros tribunales en el cambio legislativo, ya que ella
muestra al legislador la necesidad de nuevas normas, y sugiere su contenido. En ese sentido,
en nuestro país muchas instituciones jurídicas han tenido origen en la jurisprudencia, siendo
muy importante la vinculación existente entre la evolución de nuestro derecho y su aplicación
por nuestros órganos jurisdiccionales.[61]
Asimismo, puede comprobarse que los distintos tribunales se ven inspirados en sus decisiones
por los fallos anteriores de ese u otro tribunal, ya sea en razón de los fundamentos en que se
basa la decisión, o de la autoridad del tribunal que dictó la sentencia, o en algunos casos, aun
por simples motivos de economía, de tiempo y comodidad.
Es necesario entonces, establecer cuál es el alcance que posee la sentencia que dicta un juez:
esta resolución que se basa en la interpretación que realiza el magistrado de la norma jurídica,
solamente obliga a las partes del juicio, sin que su obligatoriedad se extienda a los demás
miembros de la sociedad. Además, la sentencia sólo es efectiva en relación con el caso
concreto decidido, y no obliga a los otros jueces a fallar en el mismo sentido, como tampoco
obliga al mismo juez que la ha dictado a pronunciarse de igual manera en otro caso que se le
plantee para resolver.
Por ello, la misión del juez se limita, entonces, a crear una norma individual y concreta al dictar
sentencia, esto es al decidir el caso que le es sometido, sin crear, sin embargo, normas
generales y típicas como lo hace el legislador. En este sentido, aquella sentencia es fuente
formal del derecho[66].
No obstante lo expuesto, existen fallos de nuestros tribunales que adquieren un valor especial
como fuente del derecho. Ellos son: los fallos de la Corte Suprema de Justicia de la Nación y de
los tribunales supremos de cada una de las provincias, que son acatados por la mayoría de los
tribunales inferiores, por razones de prestigio, autoridad moral y de economía procesal.
Sin embargo, se discute si este acatamiento es obligatorio o no, y sobre cuáles serían los
fundamentos de esta eficacia vinculante. No obstante la discusión, hay acuerdo mayoritario en
que un tribunal para apartarse de un criterio fijado por la Corte Suprema de la Nación debe
explicar y fundamentar los motivos de ese apartamiento, ya que en caso contrario la sentencia
podría ser invalidada por arbitraria [67].
Las sentencias de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, como las de los tribunales
supremos de provincias constituyen por ello una fuente material de derecho de fundamental
importancia; y en el caso de que su acatamiento fuera obligatorio, como lo es en otros países,
se convertiría en una fuente formal creadora de una norma general y típica.
Una importancia especial también poseen los llamados fallos plenarios[68], sentencias
dictadas por todos los miembros integrantes de las cámaras de una determinada
circunscripción judicial, en un caso determinado respecto al cual existe jurisprudencia
contradictoria en casos semejantes. A través de estos fallos plenarios, además de resolver el
caso concreto y particular en cuestión, se establece una jurisprudencia obligatoria para todas
las cámaras que participan en el acuerdo y para todos los jueces de primera instancia
subordinados a dichas cámaras, es decir respecto de los cuales son tribunal de alzada.
Por ello los fallos o acuerdos plenarios son fuentes formales en un doble sentido: a) como
hecho creador de una norma individual y concreta que resuelve el caso en cuestión; y b) como
hecho creador de una norma general y típica que obliga a las cámaras y a los tribunales
inferiores.
Los criterios jurisprudenciales establecidos por los jueces a través de sus sentencias adquieren
mayor significado cuando reciben la aceptación social, y ésta comienza cuando dichos criterios
son aplicados por los demás órganos jurisdiccionales de la comunidad para resolver casos
similares.
Francisco Geny señala que "los precedentes judiciales singularmente cuando forman, en un
sentido determinado, una serie constante de decisiones uniformes, no solo ejercerán sobre el
intérprete un ascendiente moral y práctico, sino que además llevarán una fuerza de convicción
análoga a la fuerza de la razón de las normas escritas." [69]
Por ello podemos afirmar que la jurisprudencia entendida como la actividad decisoria
concordante de los órganos jurisdiccionales constituye una fuente material, de fundamental
importancia.
Aftalión distingue tres etapas en el paso de los sistemas jurídicos consuetudinarios a los
sistemas legislados. En un primer momento nos encontramos en una situación donde están
descentralizadas tanto la formulación como la aplicación de las normas generales y típicas en
la sociedad. No existen órganos legislativos ni jurisdiccionales específicos. La coercibilidad está
en manos de todos y cada uno de los integrantes de la sociedad, que usan la fuerza para
obtener de los demás el cumplimiento de las costumbres vigentes. En un segundo momento se
centraliza la actividad jurisdiccional, asumiendo el jefe o ministro la aplicación y ejecución de
las costumbres imperantes. La costumbre sigue rigiendo la vida social desde dos puntos de
vista: formalmente establece quién será el encargado de decidir cuál será la costumbre
aplicable al caso concreto, y materialmente determina lo que debe decidir el órgano
jurisdiccional. Por último, se produce el proceso de centralización legislativa, con la aparición
de órganos que se especializan en la elaboración de las normas generales.
En este último caso, la costumbre contra la ley funciona como fundamento de la anulación de
normas jurídicas positivas. Podemos distinguir dos situaciones: la llamada costumbre
derogatoria y el desuetudo. Se denomina costumbre derogatoria a aquella cuyo contenido es
contrario o contradictorio con el de una ley, a la que hace perder su vigencia, y desuetudo al
caso en donde la ley nunca tuvo vigencia[82].
El nuevo Código Civil y Comercial mantiene la solución del anterior art. 17 del Código, y por
consiguiente admite sólo las costumbres según la ley y fuera de la ley, excluyendo las
costumbres contrarias a derecho. No obstante ello diversos autores se han encargado de
señalar situaciones singulares en las que la realidad mostraba el desuso o caducidad de la ley
por la fuerza de una costumbre contraria. El propio Vélez Sarsfield, redactor del anterior
Código, si bien procura poner un límite a las costumbres al disponer que "el uso, la costumbre
o práctica no pueden crear derechos, sino cuando las leyes se refieren a ellos", procurando
que las leyes y el mismo Código no puedan ser derogadas por simples costumbres, en la nota
al art. 1217 del Código Civil anterior, en relación a las convenciones matrimoniales, sostiene
que si esos contratos no aparecen necesarios, y su falta no hace menos feliz los matrimonios,
podemos conservar las costumbres del país; cuando por otra parte las leyes no alcanzarían a
variarlas, y quedarían éstas desusadas, como han quedado las que sobre la materia existen
hasta ahora...", reconociendo la fuerza de la costumbre, incluso cuando actúa "contra legem".
También Borda, protagonista de la reforma del Código Civil de 1968, señala sobre el particular
que es necesario afirmar como principio que la costumbre contra legem carece de valor
jurídico ya que lo contrario implicaría fomentar la desobediencia; pero luego reconoce la
configuración de situaciones excepcionales que justifican admitir la derogación (o caducidad)
de la norma por la costumbre. El texto mantenido en el hoy artículo 1 del nuevo Código Civil y
Comercial, refleja, en primer lugar, una concepción positivista del derecho, y también la idea
que la ley puede poner valla a las costumbres, pretensión que podemos calificar de
excesivamente ambiciosa[83]. Las costumbres continúan evolucionando, y siguen generando
derecho, o siguen extinguiéndolo, cuando el derecho cae, en desuso. La pretensión del
codificador de evitar que las leyes que consagra sean alteradas por nuevas costumbres, no le
ha impedido reconocer a las costumbres entonces vigentes una función preponderante como
fuente de las leyes que en ese momento proyectaba.
En materia de derecho internacional privado, se ha establecido que los contratos se rigen por
el derecho elegido por las partes en cuanto a su validez intrínseca, naturaleza, efectos,
derechos y obligaciones. Una de las reglas a las que está sujeto el ejercicio de este derecho son
los usos y prácticas comerciales generalmente aceptados y las costumbres y los principios del
derecho comercial internacional, cuando las partes los han incorporado al contrato,[84]
En la primera parte de este módulo hemos analizado las distintas actividades productoras de
normas generales y típicas: el acto constituyente, la legislación, la actividad ejecutiva, la
costumbre y, en ciertos casos excepcionales en nuestro ordenamiento, la jurisdicción. Pero
dichas normas generales y típicas deben ser aplicadas a las distintas situaciones particulares y
concretas de la vida social. Por ejemplo, si comparamos la actividad del juez al resolver un caso
con la realizada por el Poder Ejecutivo, cuando reglamenta una ley nacional, o un inquilino
decide pagar el alquiler el 5 de julio al dueño de la vivienda, teniendo en cuenta la cláusula del
contrato de locación que establece que el alquiler debe pagarse del 1 al 5 de cada mes, o un
ciudadano decide detener su auto ante un semáforo en rojo en la intersección de dos
avenidas, encontramos en todas ellas la toma de una decisión ante ciertos hechos o
situaciones, a partir de lo establecido en otras normas de carácter más general y típico. En
todos estos casos se elabora una norma más particular y concreta, como requisito previo para
el cumplimiento de aquellas.
En la actividad de aplicación no siempre intervienen los jueces, ya que en la mayor parte de los
casos, son el Estado a través de los órganos administrativos y ejecutivos, y los particulares los
que aplican el derecho, en la vida cotidiana. Al tomar un colectivo, cada uno de nosotros está
celebrando un contrato de transporte, y para ello, aplica las normas sobre contratos existentes
en el Código Civil y Comercial, y también otras disposiciones sobre el transporte público. El
gobernador al dictar una resolución donde nombra un empleado, o le establece una sanción
por un acto de negligencia o de mal desempeño de sus funciones, está aplicando las normas
constitucionales y las leyes sobre la Administración Pública que regulan su actividad, fijando
sus atribuciones y las formas que debe cumplir en el desempeño de su cargo.
Por todo lo expuesto hasta ahora, podemos afirmar que tanto el Estado como los particulares,
aplican el derecho y elaboran en forma habitual innumerables normas particulares y concretas,
como condición de la efectividad social del derecho. Ejemplos de estas actividades productoras
de normas particulares y concretas son el negocio jurídico, el acto de comercio, los contratos
civiles, comerciales y laborales, los actos y contratos administrativos.
Sin embargo, la aplicación por parte de los particulares puede suscitar conflictos de intereses
entre ellos, y en esos casos se hace necesaria la intervención de los tribunales, y la aplicación
judicial del derecho, que reviste ciertas características que la diferencian de la aplicación en
general.
“Negociar” es la actividad que despliegan dos o más partes cuando, a pesar de tener intereses
en conflicto, poseen también una zona de conveniencia mutua donde las diferencias pueden
resolverse. Cada persona tiene su teoría implícita de negociación, aunque existen distintos
métodos que son aplicados por otras tantas escuelas.
En al ámbito del derecho privado existe una instancia creadora de normas jurídicas
individuales, el negocio jurídico, cuyo carácter de fuente formal del derecho, no había sido
debidamente considerado hasta la formulación de la Teoría Pura del Derecho, por parte del
jurista vienés Hans Kelsen.
En todo negocio jurídico – cuya modalidad más típica es el contrato hay también una acto de
creación normativa. La convención contractual crea una norma jurídica individual que es el
contrato. Las partes en los convenios o contratos dictan una norma particular y concreta,
regulan sus comportamientos recíprocos, es decir sus derechos –conductas facultada- y sus
obligaciones o deberes – conductas debidas.
A igual que en los actos jurisdiccionales, en los negocios jurídicos, hay proceso de
particularización y concretización de las demás normas generales y típicas del ordenamiento.
El art. 959 del Código Civil y Comercial, en relación a la consideración de las convenciones o
contratos como fuentes formales del derecho, establece que “Las convenciones hechas por las
partes una regla a la cual deben someterse como a la ley misma.
La negociación puede ser colectiva, es decir todas las personas que componen un grupo, por el
sólo consentimiento de la mayoría de ellas o de los delegados del grupo.
Ejemplos de negociación colectiva son: los concordatos en los procesos concursales, y las
convenciones colectivas de trabajo, que dentro del ámbito laboral, celebran un empleador o
grupo de empleados o una asociación profesional patronal, con un sindicato o asociación
profesional de trabajadores, para regular las condiciones de trabajo y otras cuestiones
referentes, regulación a la que habrán de conformarse los contratos individuales de
trabajo[86].
Los convenios pueden también celebrarse entre las partes intervinientes en un litigio judicial.
La validez de dichos convenios está supeditada a la aprobación u homologación por parte del
tribunal.
Como acabamos de señalar, en la vida social encontramos con frecuencia conflictos, que se
derivan de la contraposición de intereses particulares entre los miembros de la sociedad, y del
incumplimiento de las normas dictadas para prevenirlos y resolverlos. En las épocas primitivas,
los hombres solucionaban sus conflictos de intereses y defendían sus derechos por sí mismos,
es decir utilizando mecanismos que hemos denominado de “autocomposición”[87], como son
la negociación o la violencia o fuerza. Con el avanzar de la civilización, y con el paso a sistemas
sociales más estructurados y complejos, se da un proceso de institucionalización de la reacción
ante los comportamientos desviantes y de la resolución de los conflictos de intereses[88].
Aparecen entonces las vías llamadas de “heterocomposición” de los conflictos, caracterizadas
por la intervención de órganos especializados ante quienes se puede recurrir frente a esas
situaciones. Los tribunales o jueces son esos órganos, amén de la existencia de otros medios
alternativos para la resolución de los conflictos como son: la mediación, la conciliación y el
arbitraje.
Para los partidarios de la tesis del formalismo jurídico, la aplicación en general, y la aplicación
judicial en particular constituye una mera actividad declarativa tendiente a establecer lo que
las normas generales y típicas prescriben para una determinada situación. La aplicación del
derecho consiste en una subsunción mecánica de los hechos o casos que se presentan en la
vida social, bajo la norma legal, para extraer, por medio de un razonamiento silogístico, las
consecuencias previstas en la norma. Un silogismo es una forma de razonar que consiste en
extraer o inferir una conclusión, a partir de dos premisas o juicios. El silogismo jurídico estaría
formado por una premisa mayor: la norma general y típica, una premisa menor que es el caso
concreto y una conclusión que es la norma particular y concreta para regular el caso o
situación. Para esta concepción declarativa de la aplicación, el derecho constituye un conjunto
de normas coherente, completo, económico y preciso, del que pueden deducirse soluciones
para todas las situaciones posibles; la única fuente válida es la ley y, en su aplicación a los
casos concretos, ésta debe limitarse a su inclusión o exclusión en el sentido de la norma. Este
modo de ver la aplicación del derecho tiene como fundamento ideológico el anhelo de
seguridad jurídica, que se traduce en la afirmación de que es mejor un gobierno de las leyes a
un gobierno de los hombres[89].
Para la otra concepción, la del llamado “realismo jurídico”, la aplicación es una actividad
creativa donde existe un grado de ponderación y valoración de las normas, que deben ser
interpretadas por parte de quien las aplica, antes de ser cumplidas. Para estos autores, críticos
del formalismo jurídico, el derecho está constituido especialmente por decisiones judiciales;
las normas generales y típicas son meras pautas que los tribunales podrán o no tener en
cuenta en su labor de administración de justicia. La aplicación, desde esta perspectiva,
constituye una tarea creativa, donde existe una amplia libertad para interpretar el caso,
debiendo considerarse todos los elementos que puedan incidir en su solución, como ser, los
factores sociales, históricos, económicos.
Frente a estos modos extremos de concebir la aplicación del derecho, existen otros autores
que se colocan en posturas intermedias, como por ejemplo quienes sostienen que en la
aplicación de las normas confluyen dos clases de limitaciones, una legal y otra ideológica. El
límite legal, constituido por las normas que establecen los criterios para la aplicación del
derecho, impide la discrecionalidad absoluta del aplicador. El límite ideológico constituido por
las convicciones morales e ideológicas del aplicador hace imposible una aplicación rígida de lo
establecido por las normas cuando lleva a una solución que vaya en contra de lo que el sujeto
que aplica considera justo.
La aplicación del derecho plantea una serie de problemas: la elección de la norma aplicable
con relación al tiempo; la determinación de la norma aplicable con relación al territorio; la
interpretación de las normas jurídicas vigentes y la solución de los casos no previstos por el
ordenamiento jurídico, es decir su integración. De estos dos últimos problemas nos
ocuparemos en el módulo 6.
Dos problemas surgen con relación a la aplicación de las normas jurídicas positivas en relación
con el tiempo: uno relacionado con su ámbito temporal de vigencia, y otro el de los conflictos
de normas jurídicas positiva en relación al tiempo.
En principio, y de manera general, las normas jurídicas positivas son aplicables desde que
entran en vigencia hasta que son derogadas.
En nuestro país las normas entran en vigencia en la fecha que ellas determinen, o en caso de
no establecer el momento de su entrada en vigencia, lo hacen después de los ocho días
después de su publicación[91]. Y el período de su vigencia o aplicabilidad finaliza cuando son
derogadas en forma expresa o tácita por otra norma. El término “derogación” es utilizada en
forma genérica para designar cuatro situaciones diferentes en relación a la finalización de la
vigencia de una norma y su reemplazo por otra: a) la llamada derogación propiamente dicha,
que supone dejar sin efecto parcialmente una norma; b) la abrogación, que se usa cuando se
deja sin efecto totalmente una ley, c) la modificación, que se la utiliza cuando se deja sin
efecto una parte de una norma y se la reemplaza por otra, y d) la subrogación, que se usa para
designar la sustitución total de una norma, por otra. Nosotros utilizaremos el término
derogación para designar en un sentid amplio los cuatro conceptos señalados.
El órgano competente para derogar una norma es el mismo órgano que la dictó, otro de
jerarquía superior. Existen distintos modos de derogar una ley. Por ello podemos distinguir la
derogación expresa y la derogación tácita. La primera consiste en el dictado de una norma que
explícitamente establezca que dicha norma queda sin efecto, que queda derogada total o
parcialmente. La derogación tácita sucede cuando se dicta una norma cuyo contenido es
contrario o contradictorio con una norma vigente hasta ese momento. Nos encontramos en
este caso con una antinomia, y por utilización del principio temporal para la solución de las
mismas, la norma posterior deroga a la anterior.
En principio, como hemos visto, la falta de efectividad de una norma no afecta a su validez, ni a
su vigencia. Sin embargo la jurisprudencia de los tribunales ha establecido, que cuando el
desuso de una norma por un largo período produce su derogación tácita. Por lo tanto, resulta
posible en nuestro ordenamiento, fácticamente que una norma consuetudinaria derogue una
norma legislada, aunque normativamente no es posible conforme al art. 1 del CCyCN
Cómo ya hemos observado en el módulo 3 una de las características del ordenamiento jurídico
es su dinamicidad. El derecho como ordenamiento se nos presenta como estructura dinámica
de normas jurídicas positivas, que continuamente cambia, en el sentido que en forma
permanente se dejan sin efecto normas - y se agregan otras, sin que el ordenamiento pierda su
identidad. En relación con este carácter dinámico del ordenamiento surgen tres tipos de
problemas. La primera cuestión a resolver es si la nueva norma se aplica sólo a los hechos
posteriores a su entrada en vigencia, o también a los hechos acontecidos con anterioridad a la
misma. Una segunda cuestión surge porque las consecuencias jurídicas de los hechos que
constituyen el supuesto jurídico de las normas positivas – no siempre son simultáneas a dichos
actos, sino que se prolongan en el tiempo. Así, por ejemplo, las consecuencias jurídicas de un
contrato de alquiler de una vivienda, de extienden a lo largo de toda la vigencia del contrato
debiendo el inquilino pagar todos los meses del alquiler. Y por ello respecto a la entrada en
vigencia de una nueva norma, y en relación a las consecuencias de hechos sucedidos antes
diferenciar dos tipos de consecuencias o efectos, los producidos antes de la entrada en
vigencia de la nueva ley y los acaecidos con posterioridad a esa fecha. Y una tercera cuestión
es distinguir dos tiempos de la norma, uno en relación a los hechos calificados por ella, y otro,
el de momento en que es utilizada por el aplicador. Analicemos cada una de estas cuestiones.
c) La retroactividad o irretroactividad de las normas
En relación con la primera cuestión, es decir a qué hechos se aplica la nueva ley, a los
posteriores, o a los posteriores, podemos distinguir dos tipos de normas: las irretroactivas y las
retroactivas. Una norma es irretroactiva cuando es aplicable para calificar sólo a hechos
futuros, es decir producidos con posterioridad a su entrada en vigencia. Es retroactiva cuando
se la aplica no sólo a los hechos futuros, sino también a los hechos pasados, es decir sucedidos
antes de su entrada en vigencia.
La segunda cuestión nos permite diferenciar dos tipos de normas: las de efecto inmediato y las
de efecto diferido. Una norma tiene efecto inmediato cuando se aplica a partir de su entrada
en vigencia a las consecuencias posteriores de los hechos sucedidos con anterioridad. Y tendrá
efecto diferido una norma si la norma derogada se sigue aplicando a las consecuencias
posteriores de hechos sucedidos durante su vigencia.
Un tercer tipo de cuestión a elucidar en relación con los conflictos de normas en el tiempo, y
respecto al ámbito temporal de aplicación de las normas jurídicas positivas es la diferencias de
dos tipos de tiempos: uno el tiempo de la norma en relación con los hechos calificados por su
supuesto jurídico, como aptos para producir consecuencias jurídicas, y otro el tiempo de la
utilización de la norma, por parte de los jueces y demás operadores jurídicos para resolver las
situaciones o casos que se presentan, es decir para aplicar esas normas. Entonces distinguimos
dos tiempos que podemos llamar “tiempo del hecho calificado” y tiempo de la aplicación.
Desde el punto de vista de los valores y en relación con los problemas que surgen en la
aplicación de las normas en relación con el tiempo, se sostiene que el valor justicia exige una
aplicación lo más ampliamente posible de una nueva norma, ya que debe presumirse más
justa". La nueva norma importa una regulación más apropiada de las relaciones jurídicas, pues
de no ser así, el legislador no la habría dictado.
Sin embargo el valor seguridad exige que se mantenga lo más posible la vigencia de los
derechos adquiridos bajo la ley anterior. Cuando la nueva norma afecta las relaciones jurídicas
ya concluidas con anterioridad a su vigencia, pone en riesgo la seguridad y el orden en las
relaciones sociales reguladas por el derecho.
En Código Civil y Comercial regula los problemas de la aplicación de las normas en relación con
el tiempo, en su artículo 7 que establece:
ARTÍCULO 7°.- Eficacia temporal. A partir de su entrada en vigencia, las leyes se aplican a las
consecuencias de las relaciones y situaciones jurídicas existentes.
Las nuevas leyes supletorias no son aplicables a los contratos en curso de ejecución, con
excepción de las normas más favorables al consumidor en las relaciones de consumo.
Como señala Borda, respecto al texto del art. 3 del Código Civil anterior "Interesa precisar los
conceptos de relación y situación jurídica … Relación jurídica es aquella que se establece entre
dos o más personas, con un carácter peculiar y particular, esencialmente variable; las más
frecuentes son las que nacen de la voluntad de las partes: contratos, testamentos. Aun nacidas
de la ley, como por ejemplo, la obligación de reparar los daños, pueden ser modificadas por la
voluntad de los titulares. La relación jurídica desaparece con el ejercicio del derecho y el
cumplimiento de la obligación. La situación jurídica es permanente; los poderes que de ella
derivan son susceptibles de ejercerse indefinidamente, sin que por ella desaparezca la
situación o poder; está organizada por la ley de modo igual para todos. Ejemplos
característicos son el derecho de propiedad y, en general, todos los derechos reales; la
situación de padre, hijo, esposo, etc. En ambos casos - relación y situación jurídica - la solución
es la misma: la nueva ley se aplica de inmediato, pero sin retroactividad. Ya veremos más
adelante que este principio requiere formular una salvedad respecto de los contratos”[92].
El efecto diferido de las leyes supletorias en materia contractual constituye una excepción al
efecto inmediato de las leyes. Como hemos visto en el módulo 3, las normas supletorias,
dispositivas o de orden privado son aquellas que pueden ser dejadas sin efecto, es decir
derogadas por el acuerdo de voluntades entre los particulares. Por ejemplo la norma que
establece que el vendedor debe entregar la cosa vendida al comprador dentro de las
veinticuatro horas de celebrado el contrato, puede ser dejado sin efectos por las partes,
estableciendo un momento distinto de entrega. La norma supletoria solo va surtir efecto, es
decir va a ser aplicable, si las partes no han acordado nada en el contrato en relación a la fecha
de entrega. El legislador estableció el efecto diferido de las leyes supletorias en materia
contractual para respetar el principio de autonomía de la voluntad de las partes, que rige en
materia contractual. Si la nueva ley tiene es supletoria, y el contrato no dice nada en relación a
lo establecido por la nueva ley, para los contratos en curso de ejecución, se aplica la ley vieja,
que se sigue aplicando a las consecuencias posteriores a su derogación. Si la nueva ley es de
taxativa o de orden público se aplica con efecto inmediato sobre las consecuencias posteriores
de los contratos anteriores a su entrada en vigencia. No resulta claro que ley es aplicable en el
caso de una ley nueva taxativa, que deroga una anterior de carácter supletorio.
Finalmente el artículo que venimos analizando establece una excepción a la excepción. Las
nuevas leyes supletorias son aplicables a los contratos de consumo en curso de ejecución, en
forma inmediata, cuando su contenido sea más favorable al consumidor en las relaciones de
consumo. En estos casos la nueva ley supletoria no tiene efecto diferido. Los contratos de
consumo son los celebrado entre un consumidor o usuario final con una persona humana o
jurídica que actúe profesional u ocasionalmente o con una empresa productora de bienes o
prestadora de servicios, pública o privada, que tenga por objeto la adquisición, uso o goce de
los bienes o servicios por parte de los consumidores o usuarios, para su uso privado, familiar o
social[93]. Y una relación de consumo es el vínculo jurídico entre un proveedor y un
consumidor. Se considera consumidor a la persona humana o jurídica que adquiere o utiliza,
en forma gratuita u onerosa, bienes o servicios como destinatario final, en beneficio propio o
de su grupo familiar o social. Queda equiparado al consumidor quien, sin ser parte de una
relación de consumo como consecuencia o en ocasión de ella, adquiere o utiliza bienes o
servicios, en forma gratuita u onerosa, como destinatario final, en beneficio propio o de su
grupo familiar o social[94].
En ámbito del derecho penal argentino, y respecto a los problemas de la aplicación de la ley
penal en el tiempo son aplicables los arts. 2º del Código Penal y el artículo 18 de la
Constitución Nacional:
Constitución nacional. Artículo 18: "Ningún habitante de la Nación puede ser penado sin juicio
previo fundado en ley anterior al hecho del proceso, ni juzgado por comisiones especiales, o
sacado de los jueces designados por la ley antes del hecho de la causa..."
CÓDIGO PENAL: Artículo 2º: "Si la ley vigente al tiempo de cometerse el delito fuere distinta de
la que exista al pronunciarse el fallo o en el tiempo intermedio, se aplicará siempre la más
benigna. Si durante la condena se dictare una ley más benigna, la pena se limitará a la
establecida por esa ley. En todos los casos del presente artículo, los efectos de la nueva ley se
operarán de pleno derecho".
El art. 2 del Código Penal plantea una excepción a este principio de irretroactividad de la ley
penal: la retroactividad de la ley penal más benigna. Las leyes más gravosas son irretroactivas.
Una ley es más benigna cuando establece que una conducta que era delictiva, deja de serlo, o
cuando para un determinado delito establece una pena menor a la establecida en la ley
anterior, o cuando mejora las condiciones de cumplimiento de la pena, para la persona
condenada por un delito penal. La ley penal más benigna prevalece, el momento que se
cometió el delito, y durante todo el período procesal, y aún después que la sentencia
condenatoria, queda firme, y durante todo el período de ejecución de esa pena. En este caso
cede el principio de cosa juzgada, debiendo el Juez adecuar la condena a lo dispuesto por la
nueva ley.
2) Los que se relacionan con los bienes muebles, e inmuebles ubicados fuera del
territorio en el que rige una determinada ley nacional.
3) Los que condicionan los actos jurídicos que tienen lugar fuera de un Estado, pero con
efectos en él.
Los tribunales o jueces están dotados de jurisdicción. Como vimos en la primera parte de este
módulo, “Jurisdicción” es un término que etimológicamente deriva del latín, de la conjunción
entre “ius”: derecho, y “dicere”: decir; significando, desde este punto de vista, “decir el
derecho”. En nuestra lengua castellana, la expresión “jurisdicción” es utilizada con varios
significados: uno de ellos alude a la circunscripción territorial dentro de la cual se ejerce una
autoridad, por ejemplo cuando se habla de la jurisdicción provincial, nacional, etc. En otros
casos, se utiliza el término para designar a la capacidad concreta del órgano judicial, por
ejemplo cuando se afirma que este caso es de jurisdicción civil, o comercial. Por último, se usa
el vocablo para designar también al mismo órgano de justicia como por ejemplo cuando se
menciona a la jurisdicción civil, o del trabajo. Consideramos a todas estas acepciones como
impropias ya que tienden a confundir el concepto de jurisdicción con otros conceptos como
ámbito territorial, competencia, órgano de justicia, etcétera.
Se hace necesario remarcar que se utilizan otras expresiones para denominar esta potestad de
ciertos órganos del Estado: “administración de justicia”, “función jurisdiccional”, “función
pública procesal”, etcétera, y que es una potestad, ya que se trata de un derecho y un deber
de ciertos órganos del Estado. Es una atribución, una facultad, pero al mismo tiempo un deber
u obligación. Desde esta perspectiva se dice también que la jurisdicción es un servicio público
del Estado, que todo particular puede requerir cuando lo necesite[96].
Existen diversos modos de clasificar a la jurisdicción: a) conforme al poder del gobierno que la
ejerce, b) según su carácter, c) según la fuente por la cual se la ejerce y d) según haya o no
conflicto de intereses.
- Según el poder del Estado que la ejerce, se clasifica a la jurisdicción en judicial, administrativa
y legislativa. La jurisdicción es judicial cuando está a cargo de los órganos del Poder Judicial: los
jueces o tribunales, nacionales o provinciales. Cuando el Poder Ejecutivo ejerce funciones
jurisdiccionales tenemos la jurisdicción administrativa. Por ejemplo en el caso de las facultades
de ciertos funcionarios de la Administración Pública, en materia fiscal, arancelaria, etc.
También el Poder Legislativo ejerce funciones jurisdiccionales. Ejemplo de jurisdicción
parlamentaria o legislativa son las atribuciones del Senado para juzgar a los miembros del
Poder Ejecutivo y a los miembros de la Corte Suprema de Justicia de la Nación[97].
- Según su carácter, se puede distinguir en jurisdicción ordinaria y especial. La jurisdicción
ordinaria es la ejercida por el Poder Judicial, quien conoce de todos los asuntos que no estén
sometidos a otra jurisdicción. La jurisdicción ordinaria se clasifica a su vez en jurisdicción
nacional o federal, y jurisdicción provincial. Se denomina jurisdicción especial a la ejercitada
por los otros poderes, a través de distintos órganos. Por ejemplo, la jurisdicción administrativa,
la jurisdicción militar, etcétera.
- Según la fuente de la cual emana, la jurisdicción puede ser propia o delegada. La jurisdicción
es propia cuando es ejercida en virtud de una potestad conferida por la ley. La delegada es la
ejercida en virtud de un encargo o encomendamiento de otro juez o tribunal, a través de un
exhorto o carta rogatoria. Por ejemplo cuando un tribunal de Santa Fe procede a embargar un
bien inmueble por encargo de un juez de Mendoza. La jurisdicción delegada está circunscripta
o restringida a los límites que el tribunal delegante le hubiere fijado.
La jurisdicción es ejercida en forma ordinaria por el Poder Judicial. En nuestro país, por su
carácter federal y conforme a lo establecido por la Constitución Nacional, encontramos una
jurisdicción federal y jurisdicciones provinciales. Conforme al artículo 108 de la Constitución
Nacional, el Poder Judicial de la Nación es ejercido por la Corte Suprema de Justicia y por los
demás tribunales inferiores que el Congreso ha establecido en el territorio nacional. La Corte
Suprema está integrada por nueve miembros, nombrados por el presidente de la Nación con
acuerdo del Senado. En cada provincia a su vez funciona un Poder Judicial provincial[98]. En la
provincia de Córdoba, el Poder Judicial está integrado por el Tribunal Superior de Justicia y los
tribunales inferiores. Los tribunales provinciales son denominados ordinarios, por oposición a
los tribunales federales.
b) La competencia
Todo juez o tribunal por el mero hecho de serlo posee jurisdicción. Sin embargo, el número y la
variedad de conflictos o casos que se presentan ante el Poder Judicial, y la extensión territorial
de los Estados hacen surgir una pluralidad de tribunales dentro de cada Estado, lo que a su vez
hace necesario dividir el trabajo entre ellos para obtener una mayor eficacia del servicio de
administración de justicia.
Aparece así el concepto de competencia, definida como “la aptitud del juez para ejercer su
jurisdicción en un caso determinado.”[99]
Existen diversos criterios para distribuir la competencia o capacidad objetiva de los jueces o
tribunales para conocer y decidir un determinado caso o conflicto: a) territorial, b) material, c)
personal, d) el monto, e) la instancia, y f) el grado.
a) La competencia territorial se vincula con el territorio o ámbito espacial dentro del cual un
juez o tribunal ejerce su jurisdicción. La provincia de Córdoba, por ejemplo, se encuentra
dividida en circunscripciones judiciales, que determinan la competencia territorial de cada
tribunal. Los tribunales de la capital de la provincia corresponden a la primera circunscripción.
c) Otro criterio para graduar la competencia de los jueces es el personal o por razón de las
personas. Por ejemplo, la Corte Suprema tiene competencia originaria en todos los asuntos
concernientes a embajadores, ministros y cónsules extranjeros, y en los que alguna provincia
sea parte[101]. Otro ejemplo es el del juez de menores, que en la provincia de Córdoba,
investiga y juzga los delitos imputados a menores de 18 años.[102]
d) La cuantía del asunto determina la llamada competencia según el monto. Por ejemplo, el
artículo 167 de la Constitución de la Provincia de Córdoba establece la existencia de jueces de
paz en la solución de cuestiones menores o vecinales y contravenciones o faltas provinciales.
También en el ámbito penal de la provincia de Córdoba, el juez correccional juzga los delitos
reprimidos con prisión no mayor de tres años, mientras que las Cámaras en lo Criminal juzgan
los delitos castigados con prisión mayor a tres años[103]. En este último ejemplo la cuantía o
monto no se determina directamente en relación al asunto o delito, sino indirectamente a
través de la duración de la pena.
En el Fuero Civil y Comercial existe hoy una Mesa General de Entradas, que distribuye
aleatoriamente a través de un programa informático, las distintas demandas que se presentan,
habiendo desaparecido los llamados tribunales de turno.
c) La acción
Desde esta perspectiva, y como veremos más adelante, cada vez que yo tengo un derecho, y
para que lo tenga, poseo dos facultades o derechos subjetivos, uno frente al sujeto obligado, y
otro frente a los tribunales -derecho subjetivo público- que correlativamente se ven obligados
a intervenir. O dicho de otra manera, todo derecho subjetivo da lugar a una acción.
La acción es el motor que pone en marcha el proceso para mediante éste, alcanzar que la
jurisdicción decida el conflicto que determinó el nacimiento de aquélla. Por ello, acción y
jurisdicción se corresponden, ya que mediante la acción se pone en movimiento la actividad
del órgano jurisdiccional que ha de culminar en el fallo o decisión que acoja o desestime la
pretensión, según ésta resulte o no basada en un derecho sustancial fundado en una norma
válida vigente aplicable.
Quien interpone una acción civil se denomina actor o demandante, y en el ámbito penal,
acusador o querellante. A la acción se contrapone, en carácter de defensa, la excepción que es
la facultad de repeler la acción cuando es injusta, excesiva, mal deducida o inoportuna[104].
Mientras existen acciones sin excepciones, resulta imposible la existencia de éstas sin aquellas.
Para interponer una acción se debe cumplir con ciertas condiciones, como por ejemplo, que el
actor tenga capacidad para estar en juicio, que el juez sea competente y que se cumpla con
ciertas formalidades en la demanda, como la constitución de domicilio, el pago de la tasa de
justicia, etcétera. Para que la acción sea admitida se debe ser el titular del derecho invocado,
conforme a alguna norma del ordenamiento jurídico y el demandado debe ser el titular de la
obligación correlativa, etcétera.
d) El proceso
Se denomina proceso a la serie de actos jurídicos realizados principalmente por el juez y las
partes, que tiende objetivamente a la realización del derecho sustantivo y, subjetivamente, a la
solución de las controversias entre las personas. El vocablo proceso (processus, de procedere)
significa marchar hacia la realización de un fin determinado, no de una sola vez, sino a través
de sucesivos momentos[105], lo que pone en relieve el carácter dinámico del término.
La etapa introductoria comienza con la demanda, a través de la cual se inicia el proceso, y que
consiste en la exposición sucinta de los hechos y del derecho en que se fundamenta una
determinada pretensión respecto a una o varias personas.
Una vez admitida la demanda, el juez cita al demandado para que se presente o comparezca
ante el tribunal y fije un domicilio especial a los fines del proceso. En caso de que el
demandado no comparezca, se lo declara en rebeldía y el proceso continúa sin su presencia. Si
comparece, a través de una providencia o disposición del órgano jurisdiccional en el
expediente, se le corre traslado de la demanda para que la conteste. Correr traslado de la
demanda significa comunicar a la otra parte la existencia y el contenido de la demanda para
que la responda.
Una vez contestada la demanda, queda trabada la litis, es decir queda establecido en qué
consiste el litigio, a partir de lo manifestado por las partes en la demanda y en la contestación.
Una vez trabada la litis se pasa a la etapa probatoria.
La segunda etapa del proceso es la probatoria. La prueba es la fase del proceso donde el actor
y el demandado tratan de demostrar la existencia de los hechos en que se basa la acción y sus
excepciones.
Alsina define a la prueba como “la comprobación judicial, por los medios que la ley establece
de la verdad de un hecho controvertido, del cual depende el derecho que se pretende”[109].
En principio, el que afirma o alega la existencia de un hecho debe probarla. Son hechos, a los
fines de la prueba, todos los acontecimientos que pueden producir la adquisición,
modificación, transferencia o extinción de derechos u obligaciones. Es decir que los hechos
que se deben probar, son los que constituyen la premisa menor del silogismo jurídico, y que
encuadran o son susceptibles de ser subsumidos en el supuesto de la norma jurídica que
constituye la premisa mayor del silogismo mencionado. La carga de la prueba pesa en primer
lugar sobre el actor, por ser el primero que sostiene la realidad de un hecho, al demandado le
es suficiente negar lo que dice el actor, para colocar a la otra parte en el deber de probar. Sólo
si el demandado invoca otras defensas, debe probar los hechos en que se sustentan.
Existe una diversidad de medios directos o indirectos de prueba, todos sujetos a determinadas
reglas procesales. Entre los medios directos, que suponen un contacto inmediato o percepción
del magistrado con el motivo de la prueba, tenemos al reconocimiento judicial. La confesión, el
testimonio, la pericia, los informes, el documento público o privado, constituyen medios de
prueba indirectos, donde la percepción del juez es reemplazada por la representación que se
efectúa a través de los dichos de otros o de cosas. Cuando no es posible ni la percepción, ni la
representación de los hechos, se recurre a su reconstrucción a través de las presunciones.
En principio, las partes pueden recurrir a todos los medios de prueba que estimen
convenientes para probar los hechos controvertidos, pero el juez debe analizar la pertinencia
de la prueba ofrecida y rechazar las pruebas manifiestamente inútiles o ajenas al litigio[110].
La prueba pericial constituye el informe que hacen al juez personas idóneas, peritos, en una
determinada ciencia, arte u oficio. Por ejemplo, pueden ser peritos los médicos, los ingenieros,
los contadores, los trabajadores sociales, los calígrafos, etcétera.
El reconocimiento judicial, también llamada inspección ocular consiste en una visión del lugar
del hecho que realiza el propio magistrado. Se efectúa en materia de desalojos, delitos,
etcétera.
Las presunciones, o prueba indiciaria, son indicios sobre los hechos que se alegan. Resultan de
la inferencia que se saca de un hecho conocido, para llegar al establecimiento de otro hecho
desconocido. Pueden ser legales o judiciales. Las presunciones legales, que son las establecidas
por la ley, pueden ser absolutas o relativas. Las presunciones absolutas o de iuris et de iure,
son las que no admiten prueba en contrario. Por ejemplo, el art. 20 del Código Civil establece
la presunción de que las leyes son conocidas por todos, y que el domicilio de los incapaces es
el de sus representantes[112]. Las presunciones relativas o iuris tantum admiten prueba en
contrario. Por ejemplo, se presumen hijos del marido los nacidos después del matrimonio y
hasta los trescientos días posteriores a su disolución, anulación o la separación personal o de
hecho de los esposos, salvo prueba en contrario[113]. Las presunciones judiciales o simples
son las establecidas por el tribunal o juzgador, a través de operaciones intelectuales de
deducción e inducción. Las presunciones para ser admitidas como prueba deben ser graves,
precisas y concordantes[114]. Ejemplos de prueba presuncional o indiciarias son la existencia
de manchas de sangre en la ropa del supuesto autor de un homicidio, su presencia en
cercanías del lugar del hecho, el salir huyendo o eludir la autoridad, apenas cometido el hecho,
cuando se procede a su esclarecimiento.
En relación con la prueba documental, debemos ante todo distinguir entre los documentos y
los instrumentos. Se entiende por documento toda representación objetiva de un
pensamiento que puede serlo bajo la forma material o literal. Los instrumentos son los escritos
que comprueban la existencia de los hechos, por ejemplo un contrato, una escritura, etcétera.
Los instrumentos pueden ser públicos o privados. Los instrumentos públicos, que son los
otorgados por funcionarios públicos, como por ejemplo, las escrituras públicas o las actas
judiciales, tienen fuerza probatoria por sí mismos, pues gozan de una presunción de
autenticidad, mientras no se pruebe lo contrario. Los instrumentos privados, otorgados por las
partes, sin intervención de ningún funcionario del Estado, por ejemplo una factura, una carta,
un testamento, etc., no tienen valor probatorio por sí mismos: es necesario el reconocimiento
de su autenticidad por parte de quien lo emitió, o por otro medio.
Las pruebas son ofrecidas por las partes y son admitidas por el juez o tribunal, ante quien son
sustanciadas durante el período de prueba. La valoración de las pruebas se efectúa en la
sentencia, donde no es necesario que el juez valore todas las pruebas producidas, sino
únicamente las que fueren esenciales y decisivas para el fallo de la causa.
Existen tres sistemas de valoración de la prueba: el de las pruebas legales, la libre convicción y
las reglas de la sana crítica. El sistema de las pruebas legales o tasadas, también llamado de la
verdad formal, consiste en establecer de antemano el valor de las pruebas. La labor del juez en
este sistema se limita a establecer si las pruebas aportadas por las partes cumplen con los
requisitos exigidos por las normas vigentes. En el sistema de las libres convicciones o de la
verdad real, el valor de cada prueba depende del reconocimiento que efectúe el juez o
tribunal, según haya llegado o no a convencerlo sobre la verdad de los hechos probados. Por
último, el sistema de la sana crítica o de la apreciación razonada de las pruebas constituye un
sistema intermedio entre los dos anteriores, ya que en este sistema no es suficiente el
convencimiento del juez sobre la verdad de los hechos, sino que a su vez, éste debe convencer
a los demás, con una ponderación razonada y crítica de las pruebas producidas. El artículo 327
del Código Procesal Civil y Comercial de la Provincia de Córdoba establece que los tribunales
formarán su convicción respecto de la prueba, de acuerdo con las reglas de la sana crítica; y el
artículo 193 del Código Procesal Penal de la Provincia de Córdoba, que las pruebas obtenidas
durante el proceso serán valoradas con arreglo a la sana crítica racional.
Una vez clausurado por el tribunal el período de prueba, se pasa a la tercera etapa del proceso,
llamada etapa conclusiva.
La etapa conclusiva se inicia con los alegatos de las partes. El alegato es una exposición oral o
escrita basada en los hechos probados y las normas vigentes, que realizan las partes, donde se
trata de afirmar o reafirmar una pretensión o debilitar o desvirtuar las razones de la parte
contraria. A través de los alegatos las partes exponen al juez sus conclusiones en relación con
las pruebas producidas durante el proceso. Recibidos los alegatos de las partes, los autos –es
decir el expediente, la causa– pasan al juez o tribunal, para ser resueltos a través de la
sentencia.
La sentencia es uno de los distintos tipos de resoluciones que el juez o tribunal toma durante
el desarrollo del proceso. Existen otros dos tipos de resoluciones judiciales: los decretos
judiciales y los autos interlocutorios. Los decretos o providencias son decisiones de mero
trámite, que el juez dispone, respecto a los requerimientos de las partes o de oficio, para llevar
adelante el proceso. Los decretos o providencias no deben estar necesariamente fundados.
Ejemplos de decretos son los que admiten la demanda, o los que corren el traslado de ésta al
demandado. Los autos interlocutorios son las decisiones judiciales, debidamente fundadas,
que resuelven un incidente. Un incidente es una cuestión controvertida que surge durante el
proceso, al margen del litigio principal. Por ejemplo, puede presentarse un incidente sobre si el
tribunal es competente o no para conocer el caso. Los incidentes son resueltos a través de los
autos interlocutorios, que deben estar fundados y que tienen la misma estructura que una
sentencia.
La sentencia o fallo que resuelve la cuestión litigiosa principal, debe estar razonablemente,
desde el punto de vista legal y lógico. Consta de tres partes: los vistos, los considerandos y el
resuelvo.
Arturo Orgaz sintetiza con precisión el contenido de cada una de ellas: “los vistos constituyen
la relación sintética de lo obrado en los autos: las pretensiones aducidas y sus fundamentos de
hecho y de derecho; las pruebas producidas y los alegatos o apreciación de las probanzas. Este
resumen enunciativo se contrae a la cuestión promovida y no a las incidencias ocurridas
durante el curso de la instancia; su finalidad no es otra que ubicar el caso a estudio por sus
constancias actuadas, porque dentro de ese círculo de exigencias y de verificaciones trazados
por las partes, correspondiente a la invocación jurídica hecha, ha de moverse el arbitrio judicial
para fijar el derecho cuestionado. Forman los resultados la base fenoménica para su
sustentación lógica. Los considerandos contienen la obra crítica del juzgador que apoyándose
en la concreta expresión de lo obrado, formula un juicio inductivo–deductivo acerca del
derecho de las partes. Constituyen la expresión dialéctica del pronunciamiento. En ellos el juez
analiza y valora las constancias, infiere el grado de congruencia de los hechos probados con el
derecho invocado, enjuicia las pretensiones aducidas para reconocerlas procedentes o
improcedentes, interpreta los textos legales que estima aplicables al caso, recurre a la
equidad, si lo considera necesario y aduce las razones que justificarán su pronunciamiento. Del
mismo modo que los considerandos se afirman en los resultandos, aquéllos forman la base
incuestionable de la parte dispositiva, a punto tal que nada difícil es, conocidos los
considerandos, inferir el pronunciamiento que, necesariamente, le sigue como consecuencia
inmediata y natural. El momento decisivo de la sentencia expresa, con carácter de mandato a
que va adscripta la coacción social, aquello que el juez resuelve para poner término al debate
judicial. En ella está, brevemente expresada, la justicia para el caso concreto”[115].
Una vez dictada la sentencia, es notificada a las partes, las que si no están conformes con lo
dispuesto por el juez o tribunal pueden interponer un recurso, llamado de apelación, con lo
cual se inicia la etapa impugnativa. Interpuesto el recurso el expediente es enviado a un
tribunal de segunda instancia para que revise lo actuado en primera instancia y resuelva en
definitiva confirmando o revocando a la sentencia recurrida o apelada.
Si la sentencia es consentida por las partes, es decir que no es recurrida, o habiendo sido
recurrida es confirmada por el tribunal de segunda instancia y no queda la posibilidad de
impugnarla ante otro tribunal se dice que la sentencia ha quedado firme y que adquiere la
calidad de “cosa juzgada”, que debe entenderse en el sentido de que no puede volverse a
entablar la misma acción, entre las mismas partes, por un idéntico objeto. La institución de la
cosa juzgada, que busca otorgar certidumbre y permanencia a los derechos, evitando la
reiteración de los conflictos judiciales, presenta algunas excepciones, como por ejemplo la
nulidad de las sentencias que han sido dictadas en procesos donde se han comprobado
conductas delictivas de los miembros del Tribunal, o en materia penal cuando nuevas leyes
establecen penas menores a las vigentes al momento de dictarse el fallo, situación en la cual
se admite la modificación del monto de la pena [116].
La sentencia firme, además, posibilita el paso a la última etapa del proceso que es la ejecutiva
o de ejecución de la sentencia. Hemos visto cómo la jurisdicción como potestad de los órganos
jurisdiccionales comprendía, no sólo la facultad de resolver los casos, sino también el imperio,
es decir la posibilidad de hacer cumplir lo decidido aún por medio de la fuerza. En la etapa
ejecutiva el juez toma todas las medidas conducentes a que la sentencia se haga efectiva, es
decir que se cumpla.
e) El proceso penal
Las etapas que hemos analizado corresponden en general a los distintos tipos de procesos:
civil, penal, laboral, etc., aunque cada uno de ellos revisten algunas características especiales.
El proceso penal se caracteriza por constar de dos partes: el sumario y el plenario. El sumario,
instrucción preliminar, o investigación es una etapa previa, que en la provincia de Córdoba, es
llevada adelante por el fiscal, -investigación fiscal– y, excepcionalmente, por el juez de
instrucción – investigación jurisdiccional-. Cuando el sumario está a cargo del fiscal, el juez de
instrucción actúa como órgano de control.
El sumario o instrucción puede concluir con el sobreseimiento del sujeto o con la formulación
de la acusación y la elevación de la causa a juicio.
Si el imputado es procesado se pasa a la etapa del plenario, donde el fiscal ejerce la acción
penal en nombre de la sociedad, y acusa al procesado. La acusación corresponde a la demanda
en el proceso civil. El abogado del procesado ejerce la defensa, que corresponde a la
contestación de la demanda. El resto del proceso penal es similar a las etapas que hemos
analizado del proceso en general.
[3] LEGAZ Y LACAMBRA, Luis: “Introducción a la ciencia del derecho”. Editorial Bosch.
Barcelona. 1943, p 344 y ss. El autor enumera detalladamente las acepciones de la expresión
"fuente del derecho": a) los medios a través de los cuales conocemos lo que históricamente es
o ha sido derecho; b) la fuerza creadora del derecho como hecho social; c) el órgano creador
de normas jurídicas; d) la actividad concreta creadora de normas jurídicas; e) las formas de
manifestarse la norma jurídica; f) el fundamento de validez jurídica de una norma concreta; g)
el fundamento de un derecho subjetivo.
[4] GARCÍA MAYNEZ E.: Introducción al estudio del Derecho. 15ª edición. Editorial Porrúa.
México. 1968, p 51 y ss. LUMIA, Giuseppe: Principios de teoría e ideología del derecho.
Editorial Debate. Madrid. 1985, p 57 y ss.
[5] Este es el sentido de la expresión "fuente” en el título del artículo de ALLENDE, Guillermo
L.: “Fuentes del Código Civil. Análisis y manejo de las mismas”. En: "REVISTAS DEL
NOTARIADO". Septiembre-Octubre 1973. Nº 731. p 1772 y ss.
[6] ÁLVAREZ SUÁREZ, Virginio: “Horizonte actual del derecho romano”. Consejo Superior de
Investigaciones Científicas. Madrid. LAFAILLE, Héctor: “Fuentes del Derecho Civil en América
Latina". Lucamia. Buenos Aires. 1959. ROCA FRÍAS, Encarna: “Sistema de Fuentes del derecho
de Mallorca”. En: “ANUARIO DEL DERECHO CIVIL” XXX O - 1, Madrid, p 21 y ss. LALINDE
ABADÍA, Jesús: “Iniciación histórica al Derecho Español". Barcelona. Editorial Ariel. 1970, p 6.
[7] CUETO RÚA, Julio: “Fuentes del derecho”. Abeledo Perrot. Buenos Aires. 1982. p 13 y ss.
AFTALION, Enrique; GARCÍA OLANO, Fernando y VILLANOVA, José: “Introducción al derecho”.
Cooperadora de Derecho y Ciencias Sociales. Buenos Aires. 1975. p 294 y ss. VERNENGO,
Roberto J.: “Curso de Teoría General del Derecho”. Buenos Aires. 1968. p 330. PORTELA, Mario
Alberto: “Introducción al Derecho”. T I. Editorial Depalma. Buenos Aires. 1976, p 111.
MOUCHET, Carlos y ZORRAQUIN BECU, Ricardo: “Introducción al Derecho”. Editorial Perrot.
Buenos Aires. 1978, p 171.
[8] SMITH, Juan Carlos, “Fuentes del derecho”. En: “Enciclopedia Jurídica Omeba”. Editorial
Driskill. Buenos Aires. 1980. Tomo XII, p. 750 y ss.
[9] SMITH, J.: op. cit., p 754. NINO, Carlos: “Introducción al análisis del derecho”. 2ª edición.
Editorial Astrea. Buenos Aires. 1984, p 148.
[10] SMITH, J.C.: Op. cit. pág. 754. NINO, C.: op. cit., p 148.
[11] LLAMBÍAS, Jorge Joaquín: “Tratado de Derecho Civil. Parte General. Tomo I”. Editorial
Perrot. Buenos Aires, p 50 y ss.
[12] BOBBIO, Norberto: “Contribución a la teoría del derecho". Fernando Torres Editor.
Valencia. 1980, pág. 295. SORIANO, Ramón: “Compendio de teoría general del Derecho”.
Editorial Ariel. Barcelona. 1986, p 64 y ss.
[13] GARCÍA MAYNEZ, E.: op. cit., p 82. BOBBIO, N.: op. cit, p 295; SORIANO, R.: op. cit., p 65.
[14] BOBBIO, N.: op. cit., p 296. SORIANO, R.: op. cit., p 66.
[15] KELSEN, Hans: “Teoría pura del derecho”. Universidad Autónoma de México. México.
1979, p 243. HART, L.A.: “El concepto del derecho”. Editorial Abeledo Perrot. Buenos Aires.
1968, pp 118, 121, 126-127, 132 y 312. Este último designa con la expresión "fuentes del
derecho", en sentido similar al de Kelsen, a los criterios de validez aceptados en un sistema
jurídico.
[16] BORDA, Guillermo A.: Tratado de Derecho Civil. Parte General. Buenos Aires, Editorial
Perrot, 1980. Tomo I, pág. 55.
[18] DIEZ PICAZO, Luis: “Experiencias jurídicas y teoría del derecho”. Editorial Ariel. Madrid.
1973, p 144
[20] ALTERINI, Jorge Horacio: Código Civil y Comercial comentado. Tomo1 La Ley. Buenos Aires.
2015, p 3. Y WEINBERG, Inés M.: Convención sobre los derechos del niño. Rubinzal – Culzoni.
2002, p 14.
[21] (CS, 7/7/92, "Ekmekjian, Miguel A. c/ Sofovich, Gerardo y otros", Fallos 315:1492, LL; C.S.,
24/2/2009, "Halabi" , Fallos 332:111 en reenvío a la doctrina de Fallos 239:459; C.S.
27/12/1957, "Siri, Ángel", JA 1958-II-478, Fallos 241:291 y Fallos 315:1492)”
[22] Código Civil y Comercial de la Nación. Art. 1 y 2.
[23] Cámara de Apelación en lo Civil y Comercial Departamental de Tandil, Sala II, causa N°
58.639, del 29/5/14 “Credil c/ Orsetti”.
[24] AFTALION, Enrique R., GARCIA OLANO, Fernando y VILANOVA, José: Introducción al
derecho. Cooperadora de Derecho y Ciencias Sociales. Buenos Aires. 1095, p 624.
[27] DIEZ DE VELASCO VALLEJO, Manuel: “Instituciones de derecho internacional público” 16ª0
edición. Tecnos. Madrid. 2007, p 159 y ss.
[31] TORRE, Abelardo: “Introducción al Derecho”. Editorial Perrot. 11ª edición. Buenos Aires.
1997, p 287.
[42] Refrendo: autorización de una resolución por una firma hábil para ello, en este caso un
ministro del Poder Ejecutivo.
[50]DIAZ, Clemente A.: Las formas de manifestación del derecho procesal. En: "Lecciones y
Ensayos" Nº 34. Buenos Aires. 1977. pág. 7, autor que la define como la "reiterada y habitual
concordancia de las decisiones de los órganos jurisdiccionales del Estado sobre situaciones
jurídicas idénticas o análogas"; AFTALION Enrique R. - VILLANOVA José - GARCIA OLANO:
Introducción al derecho. Buenos Aires. Cooperadora de Derecho y Ciencias Sociales. 1975. pág.
361 y s.s., quienes la definen como "el sentido concordante de las resoluciones de los órganos
jurisdiccionales del estado".
[51]BORDA Guillermo A.: Tratado de Derecho Civil. Parte General. 7ª edición. Buenos Aires.
Editorial Perrot. 1980. Tomo I Nº 64, pág. 81.
[52]LUDER Italo A.: Concepto, función y técnica de la jurisprudencia. E: L.L. 37 - 901, autor que
entiende por jurisprudencia "la interpretación y aplicación del derecho por los órganos jurisdic-
cionales del Estado"; También en este sentido: GARCIA MAYNEZ, Eduardo: Introducción al
estudio del derecho. 15º Edición. México. Editorial Porrúa. 1978. pág. 68.
[55]Ejemplo de ello en nuestro país son algunas sentencias de la Corte Suprema de Justicia de
la Nación.
[56]En el Derecho Romano, en cambio, la opinión de los autores llegó a constituir una fuente
formal del derecho.
[60]BORDA, G.A: Ob. cit. Tomo I Nº 68 pág. 81, autor que señala que en la práctica judicial
ningún magistrado dicta sentencia sin considerar las resoluciones anteriores sobre el caso.
[61]LLAMBIAS, Jorge Joaquín: Tratado de Derecho Civil. Parte General. Buenos Aires. Editorial
Perrot. Tomo I, Nº 72, en el que señala el valor de la jurisprudencia, y especialmente en tomo II
Nº 1466, donde señala casos concretos en que los tribunales han rectificado o morigerado el
sentido de preceptos aislados, que conducían a situaciones injustas tales como la cláusula de
intereses libre del art. 621 del Código Civil, el empleo del pacto comisorio expreso en los
boletos de compraventa de inmuebles por loteo, etc.
[63] DROMI, en la obra y lugar citados, destaca también el aporte de jueces como Alfredo
Colmo, Gastón F. Tobal y Tomás de Casares, quienes intentaron ajustar el derecho a criterios
de justicia y a las nuevas exigencias de nuestra sociedad.
[64]SALVAT Raymundo M. Tratado de Derecho Civil Argentino. Parte General. Edición del cin-
cuentenario actualizado por José María López Olaciregui. Buenos Aires, T.E.A. 1964. Tomo I Nº
27 pág. 22.
[65]LLAMBIAS J.J.: Ob. cit. Tomo I Nº 72, pág. 81 y s.s., autor que muestra como los tribunales
han cumplido "la función de conciliar la rigidez legal con la variabilidad de la vida humana y de
suplir las lagunas de la ley, ya realizando una interpretación extensiva de la norma legal, o
restrictiva, o deformante de ella, o simplemente creando al margen de la ley el régimen
efectivamente imperante".
[66]En contra: BUSTAMANTE ALSINA, Jorge: La jurisprudencia como fuente formal del derecho.
En: L.L. 1985-E-593, autor que sostiene que la sentencia "no es fuente formal del derecho
porque no crea una norma general de aplicación a otros casos sometidos a la decisión judicial".
Al mismo tiempo sostiene que la "imperatividad de la aplicación de la sentencia no constituye
por si sola un elemento que defina la fuente formal del derecho", agregando "que se requiere
que el pronunciamiento sea autónomo de toda otra norma jurídica preexistente" para que
haya una actividad creadora del derecho.
[68]A estos fallos plenarios se los suele denominar, también, sentencias plenarias o acuerdos
plenarios, o simplemente plenarios.
[70] CNCiv. H, 21/2/1994. Villafañe, Fidel A., c/ Círculo de Oficiales de Mar Prof. y Mutual.
[71] C.S. Fallos 303: 1769; 307: 1094; CNFed Contenciosoadministrativo, Sala III. 26/9/91.
“Centro Instrumental S.R.L. c/ C.N.E.A.”
[75] CNTrab. VII, 26/3/82, Sanatorio, Miguel A., y otros c/ Dicon Difusión Contemporánea S.A.
[78]GARCÍA MAYNEZ, p 63
[85] GARRONE, José Alberto: “Diccionario Manual Jurídico Abeledo-Perrot”. Abeledo Perrot.
Buenos ConvenciónAires. 1994, p
[86] GARRONE, José Alberto: “Diccionario Manual Jurídico Abeledo-Perrot”. Abeledo Perrot.
Buenos ConvenciónAires. 1994, p 231.
[87] VILLAGRA, Angel y BARRIONUEVO, Daniel: “Introducción al derecho. Los fundamentos del
derecho”. Editorial Advocatus. Córdoba. 2000, p 14.
[88] LUMIA, Giuseppe: “Principios de teoría e ideología del derecho”. Editorial Debate. Madrid.
1973, p 16.
[89] GOMEZ, Astrid y BRUERA, Olga María: “Análisis del lenguaje jurídico”. 2ª edición. Editorial
de Belgrano. Buenos Aires. 1984, p 95.
[90] SORIANO, Ramón: “Compendio de teoría del derecho”. Editorial Ariel. Barcelona. 1986, p
193.
[92] BORDA, Guillermo, La Reforma del Código Civil. Actualizado a con la modificación del
Código
[93] CCyCN. Art. 1093.
[95] ALSINA, H: “Tratado teórico-práctico de Derecho Procesal Civil y Comercial. T. 1”. Buenos
Aires. 1941, p 543.
[96] RAMACIOTTI, Hugo: “Compendio de derecho procesal civil y comercial de Córdoba. T. 1”.
Ediciones Depalma. Buenos Aires. 1978, p 13.
[98] El art. 121 establece que las provincias conservan todo el poder no delegado al gobierno
federal, y por consiguiente, la jurisdicción de sus tribunales.
[104] ORGAZ, Arturo: “Introducción enciclopédica al derecho y las ciencias sociales”. Editorial
Assandri. 3ra edición. 1953, p 172.
[105] GARRONE, José Alberto: “Diccionario manual jurídico”. Editorial Abeledo Perrot. 1994, p
613.
[111] La confesión tácita se produce cuando una de las partes es citada al reconocimiento de
un hecho, por ejemplo, la firma en un documento, y esta no concurre, por lo que se tiene por
cierto dicho hecho, en este caso la firma, salvo que medien otros elementos o pruebas que lo
desvirtúen.
Modulo 6
La interpretación es una actividad que aparece como necesaria cada vez que nos
encontramos con una actividad sígnica o semiótica.
Hemos visto, en el módulo 3, que los signos son fenómenos que relacionamos con otros
fenómenos. En este sentido podemos afirmar que el humo es un signo que vinculamos con el
fuego, y que la palabra “pizarrón” es un signo que relacionamos con un objeto que se utiliza
para escribir en las aulas. En el primer caso, nos encontramos con un signo propiamente dicho,
porque la relación entre humo y fuego es natural, y en el segundo, la palabra “pizarrón”
constituye un signo convencional o símbolo, porque la relación entre la palabra y el objeto es
establecida en forma artificial y arbitraria por los miembros de la sociedad. Un lenguaje es un
sistema de símbolos que se utilizan para la comunicación. La existencia de signos o símbolos
exige la realización de una actividad hermenéutica o interpretativa. Se puede interpretar una
partitura musical, una fórmula matemática, una señal de tránsito, los resultados de un análisis
de sangre, una radiografía o el texto de una ley. En realidad, cada vez que hay actividad
típicamente humana, es decir conducta, aparece la necesidad de interpretación. El hombre
atribuye a sus actos y a los productos de dichos actos, un sentido: los orienta a la realización
de ciertos fines. Y los otros hombres podemos y muchas veces nos vemos necesitados de
descubrir el sentido de esos actos y de esas creaciones culturales. Interpretar en sentido
amplio es descubrir el sentido de un objeto cultural. Se define a la interpretación en sentido
amplio como “la actividad dirigida a comprender el significado de algo que funciona como
signo de cualquier otra cosa[1]. En el ámbito jurídico se usa este sentido amplio de
interpretación en relación a los hechos de un caso, o de las circunstancias sociales, políticas,
culturales o de cualquier índole, que dan origen a una ley, decreto, etcétera. También se utiliza
la misma expresión “interpretación” para designar los productos o resultados de todas esas
actividades[2].
Sin embargo, algunos autores señalan que, en la práctica, la labor del intérprete constituye una
importante contribución a determinar el contenido de las normas, que no viene establecido en
forma definitiva en el momento de su formulación. Frecuentemente, las normas sólo incluyen
principios y modos muy generales y típicos de regulación o contienen en su texto, términos
jurídicos con un alto grado de indeterminación en su significado, por lo que su exacto sentido
debe ser ponderado por el intérprete antes de aplicarla[5].
Desde esta perspectiva se sostiene también que la creación jurídica propiamente dicha, en la
práctica jurídica, no está exclusivamente reservada a los legisladores; sino que también los
otros operadores jurídicos, especialmente los jueces, recrean el derecho al interpretarlo y
aplicarlo, dentro de los márgenes impuestos por las normas. Ya hemos visto cómo, a la hora de
analizar la actividad de aplicación en general, y en especial la aplicación judicial, se discute si
esta es una labor creativa o meramente declarativa. Realistas y formalistas o dogmáticos son
los exponentes de estas dos concepciones de la aplicación jurídica. Para los formalistas o
dogmáticos la actividad interpretativa es concebida como aclaración o comentario, a lo sumo
como desarrollo, de lo establecido en el texto de la norma dictada por el legislador[6]. Desde
esta posición se señala que se debe prestar especial atención a no modificar por vía
interpretativa la voluntad normativa del legislador. Para los realistas, tanto los legisladores,
como los jueces y el resto de los operadores del derecho realizan una tarea de creación
jurídica. Estos autores atribuyen una importancia fundamental a la decisión judicial, a la
jurisdicción como fuente del derecho, y señalan que la legislación cumple una función de
orientación general respecto a los otros operadores. La interpretación jurídica, que es una
actividad compleja, desde esta perspectiva, constituye una etapa en la elaboración de la
norma, y no una determinación a posteriori de su contenido, previamente fijado por el
legislador[7].
Una de las actividades realizada por la ciencia jurídica es la interpretación, que recibe el
nombre en este caso de interpretación doctrinal. Es una actividad interpretativa que no se
dirige directamente a la aplicación del derecho, sino a su conocimiento y sistematización.
Indirectamente la labor interpretativa de los juristas, que se cristaliza en la llamada doctrina
jurídica, contribuye a facilitar la aplicación del derecho por los distintos operadores jurídicos.
La doctrina de los autores tuvo una especial importancia en la Roma antigua donde constituía
una de las fuentes formales del derecho.
La interpretación pública es la que efectúan los órganos del Estado. Dentro de la interpretación
pública podemos distinguir la interpretación legislativa y la interpretación judicial o
jurisdiccional.
Al respecto, se ha señalado que “el texto de la norma puede ser demasiado exiguo para
abarcar la amplitud del significado de la norma, o demasiado amplio para limitarse a sus
estrecheces. En el primer caso se impone una interpretaci6n extensiva de la norma, de manera
que flexibilizando y expandiendo el texto se incorporen supuestos que en principio encuentran
dificultades para ser asumidos por él. En el segundo se exige una interpretación restrictiva,
comprimiendo el texto hasta el límite que el significado demanda No hay que confundir la
interpretación extensiva con la aplicación analógica de la norma. La primera es una ampliación
del alcance de la norma; la segunda es la traslación de la norma a un nuevo caso que presenta
una similitud con el caso por ella regulado. En el primer supuesto se trata de una forma de
interpretar el sentido de la norma y su capacidad normativa, conjugando la expresión
lingüística con el significado de la norma, sin llegar todavía al punto de su aplicación a la
realidad social. En el segundo supuesto, no sólo se interpreta la norma, sino que se la aplica a
un nuevo caso de la realidad social. Más concretamente, la interpretación extensiva suele
suponer la ampliación del supuesto jurídico de la norma, mientras que la aplicación analógica
comporta la atribución de las consecuencias jurídicas de una norma previa a un nuevo
supuesto de hecho aún no contemplado por ninguna norma”[14].
C. Según su finalidad
La interpretación puede ser clasificada según su finalidad en interpretación subjetiva e
interpretación objetiva. Esta clasificación encuentra su fundamento en dos grandes teorías o
formas de explicar la interpretación jurídica, a partir de dar respuesta de modo diverso a la
cuestión sobre cuál es su objeto o fin: la teoría subjetiva y la teoría objetiva[15].
Como respuesta a las dificultades que presenta la teoría subjetiva, y atendiendo a una
idea distinta del derecho, aparece la teoría objetiva o evolutiva de la interpretación, que
afirma que el significado de la norma hay que hallarlo en la norma misma que, una vez
elaborada por el legislador, se independiza de su voluntad, y adquiere una vida propia. En esta
teoría, la centralidad del proceso interpretativo se coloca ya no en el legislador sino en el juez,
que debe adaptar la norma al momento histórico y a las condiciones sociales de su aplicación.
La interpretación objetiva tiene como ventaja la posibilidad de la adecuación de las normas
jurídicas al cambio social. El peligro de esta teoría radica en que la interpretación se convierta
en creación jurídica, donde el legislador es reemplazado por el juez, con la consecuente falta
de objetividad jurídica, y la posible afectación de la seguridad jurídica en la sociedad.
B. Criterio lógico-conceptual
C. El instrumento sistemático
Este criterio o instrumento sistemático, que algunos autores identifican con el anterior o como
una de sus formas, consiste en descubrir el sentido de la norma teniendo en cuenta sus
relaciones con las demás, esto es con la totalidad de normas que estructuran el ordenamiento
jurídico. Este criterio relaciona la norma con las otras normas que constituyen el sistema
jurídico, procurando descubrir su sentido y alcance desde fuera de sí misma en función de la
posición que ocupa en el sistema jurídico.
D. El instrumento histórico
Las normas jurídicas son elaboradas a través de un proceso, es decir siguiendo una serie de
pasos. Este proceso de elaboración es susceptible de ser conocido a través de los documentos
que constituyen el asiento donde queda reflejado dicho proceso creativo. Por ello es útil y
válido recurrir al instrumento histórico, a la historia constructiva de la norma para establecer
su significado y su alcance.
La valoración de este criterio histórico no es igual según la forma de interpretación que
pretenda utilizar. Una interpretación evolutiva o sociológica tendrá poco en cuenta el análisis
de los orígenes de la norma, salvo para establecer límites a la libre interpretación. Por el
contrario, para una interpretación subjetiva este criterio constituirá una contribución
importante a la hora de fijar la voluntad del legislador.
E. El instrumento teleológico
El derecho es parte de nuestra cultura, y por ello, ante la duda, debe ser interpretado de
tal manera que cumpla en lo posible con las exigencias de nuestra vida social y con el
desarrollo de nuestra cultura total[26].
G) El instrumento axiológico
El instrumento axiológico recurre a los valores sociales y jurídicos, para determinar el sentido o
alcance a las normas, positivas. Se reconoce que en toda tarea y resultado interpretativo existe
un compromiso axiológico con los valores, y la necesidad de acceder racionalmente a esta
herramienta tanto en sus aspectos formales como sustanciales. El sentido y el alcance de la
normas debe ser establecido a partir de la consideración racional de la justicia y los demás
valores jurídicos.
Aarnio, en este sentido afirma “Además de los rasgos racionales, en la interpretación jurídica
se confiere una posición central a la teoría de los valores”. Y Vigo sostiene que “hoy en día,
más que posturas escépticas en materia ética o axiológica, predominan posiciones
intersubjetivas (éticas del consenso, del diálogo, comunitarismos) u objetivas (la nueva escuela
del derecho natural de Grisez, Boyle, Finnis, etc)[27], y partir de lo cual sostiene la necesidad
de incorporar el instrumento axiológico en la interpretación.
Para un desarrollo más amplio de este instrumento les proponemos revisar lo expuesto en el
módulo 2 sobre los valores en general y de los valores jurídicos, en particular sobre la justicia,
como un adecuado balance o reparto de cargas o beneficios, de derechos y deberes entre los
miembros de un grupo o sociedad.
En la segunda parte de este módulo desarrollaremos a los principios jurídicos como uno
de los mecanismos de integración del derecho. Amén de esa función primordial de los
principios, estos cumplen una importante contribución a la interpretación del derecho, a la
hora de establecer el sentido y el alcance de las normas del derecho positivo. Los principios
orientan y guían la tarea hermenéutica, realizada por los jueces y demás operadores jurídicos.
En este momento Ud. puede resolver la actividad 1 de este módulo.
El artículo 2 de nuestro Código Civil y Comercial de la Nación contiene las pautas que
deben observarse por parte de los jueces en la interpretación de las leyes. Si bien de su texto
no aparece un orden de prelación expreso en las pautas de interpretación que se mencionan,
resulta evidente que si un caso está contemplado de manera expresa en el Código Civil y
Comercial de la Nación, o en las leyes complementarias, o en las otras normas legisladas del
ordenamiento, son estas las que se aplican, reservándose la aplicación de las leyes análogas,
para cuando ocurre un vacío o una laguna legislativa[29].
En su primera parte establece que toda interpretación debe empezar por la letra de la ley, es
decir por el significado o sentido gramatical de las palabras de componen su texto. Al respecto
se ha señalado que “cuando el texto de la ley es claro y expreso en sus términos, no cabe
prescindir de sus términos, correspondiendo aplicarla estrictamente y en el sentido que resulta
de su propio contenido”[30]. Al respecto nuestros tribunales han entendido que a las palabras
empleadas en la ley debe atribuírseles un significado razonable, el sentido más obvio para el
entendimiento común, por lo que debe preferirse su alcance vulgar sobre el técnico. Sin
embargo, en ciertos casos se debe privilegiar su significado técnico jurídico, aunque resulte
diferente del vulgar.
La jurisprudencia ha establecido también que en caso de que el término utilizado esté definido
en otra norma se debe utilizar en principio dicho significado: “Es un principio de interpretación
de la ley penal que si una palabra tiene dos acepciones, una popular o corriente y otra técnica,
debe prevalecer esta última, porque importa una interpretación auténtica, es decir, dada por
el mismo legislador”[31].
“Las leyes no deben interpretarse conforme con la desnuda literalidad de sus vocablos,
ni según rígidas pautas gramaticales, sino computando su significado jurídico profundo”[32].
Más allá de lo referido a la interpretación de la letra de las leyes y de las demás normas
jurídicas, nuestros tribunales han entendido que “Los jueces en cuanto servidores del derecho
y para la realización de la justicia, no pueden desentenderse de la ratio legis y del espíritu de la
norma.” [34]
En este punto del desarrollo de los contenidos, usted se encuentra en condiciones de realizar
las actividades 1 y 2.
A. El concepto de integración
En el módulo 5 hemos visto que la aplicación del derecho presenta una serie de
problemas, y que presupone la realización de actividades auxiliares entre las cuales se
destacaban dos: la interpretación de las normas jurídicas positivas y la integración del
ordenamiento jurídico. La primera de ellas, es decir la interpretación, fue desarrollada en la
primera parte de este módulo. Ahora abordaremos la integración del derecho, que también se
relaciona con lo señalado cuando analizamos la plenitud, como una de las características del
ordenamiento jurídico.
El ordenamiento jurídico argentino establece que los jueces tienen el deber de resolver
los casos que se le presenten[44]. Establecida la obligación de fallar, se ha previsto también en
el Código Penal en su artículo 273, el delito de denegación de justicia, sancionando con la pena
de inhabilitación absoluta de uno a seis años al juez que se negare a juzgar so pretexto de
oscuridad, insuficiencia o silencio de la ley. Las normas procesales regulan esta obligación de
fallar de los jueces, estableciendo los plazos y las condiciones en que se deberán resolver las
causas[45].
Este deber de administrar justicia, es decir de resolver todos los casos que se le presenten,
constituye el deber básico y esencial de los jueces y demás órganos jurisdiccionales[46], aun en
los supuestos donde las normas presentan dificultades en su interpretación, originadas en su
vaguedad o imprecisión, como así también en los casos de su ausencia o insuficiencia de las
mismas, es decir ante las lagunas legislativas.
También la legislación comercial formula explícitamente los recursos que se deben utilizar en
caso de lagunas negociales. Por ejemplo, se establece que el contenido del contrato se integra
con: a) las normas indisponibles, que se aplican en sustitución de las cláusulas incompatibles
con ellas; b) las normas supletorias; c) los usos y prácticas del lugar de celebración, en cuanto
sean aplicables porque hayan sido declarados obligatorios por las partes o porque sean
ampliamente conocidos y regularmente observados en el ámbito en que se celebra el
contrato, excepto que su aplicación sea irrazonable[50].
En el ámbito del derecho del trabajo, la Ley de Contrato de Trabajo establece cuáles y
en qué orden se deben utilizar los mecanismos de integración, fijando que en caso de que una
cuestión no pudiese resolverse por la aplicación de las normas que rigen el contrato de trabajo
o por las leyes análogas, se decidirá conforme a los principios de justicia social, a los generales
del derecho del trabajo, la equidad y la buena fe.
En el derecho penal, conforme al principio de legalidad, que en nuestro país tiene rango
constitucional, no es posible la integración de casos no previstos en relación a conductas
delictivas o la imposición de penas. Al respecto, el artículo 18 de la Constitución establece que
“Ningún habitante de la Nación puede ser penado sin juicio previo fundado en ley anterior al
hecho del proceso...”. En el caso de una conducta disvaliosa, pero que no está prevista en
forma expresa por las normas penales, rige el principio de libertad o de reserva, que prescribe
que todo lo que no está expresamente prohibido u obligado, está permitido, contemplado en
el artículo 19 de la Constitución Nacional, que en su último párrafo determina que “... Ningún
habitante de la Nación será obligado a hacer lo que no manda la ley, ni privado de lo que ella
no prohíbe”.
A. El concepto de analogía
Diversos han sido y son los fundamentos que se dan para justificar la utilización de la
analogía en la integración del derecho.
No hay que confundir la analogía con la interpretación extensiva de las normas, a pesar de que
los límites entre las dos pueden presentar contornos no muy precisos. La interpretación
extensiva comporta la extensión de la norma a supuestos no comprendidos primariamente en
su texto, pero sí susceptibles de entrar dentro de su significado. O dicho de otro modo,
consiste en hacer entrar en los casos regulados por la norma, aquellos que sólo implícitamente
estarían contemplados por ella.
A veces este principio jurídico analogado se ha identificado con un principio general del
derecho, pero se trata de conceptos diferentes. En la analogía del derecho se aplica un
principio particular inferido de disposiciones particulares y que se traslada a supuestos bien
determinados. Es un principio jurídico limitado, inferido inductivamente de un reducido sector
del derecho. Este principio no tiene la generalidad ni sigue el método deductivo de un principio
general del derecho.
En la aplicación por analogía se sigue, a grandes rasgos, el desarrollo del llamado método
analógico, que consiste en aplicar a un caso dado, que no aparece regulado de manera directa
y especial por ninguna norma jurídica, una norma prevista para un supuesto de hecho distinto,
pero que se considera semejante.
Todavía, luego de haber establecido la existencia de semejanzas entre los dos casos, y
su relevancia, queda un tercer juicio de valor que debe realizar el operador jurídico en la
aplicación analógica, de carácter axiológico, respecto a la justicia y equidad de la solución a la
que se llega por esta vía. Los casos pueden tener entre ellos semejanzas relevantes y, sin
embargo, el juez puede estimar que la solución obtenida es disvaliosa, es decir injusta para las
partes, o desde el punto de vista de la sociedad donde se va aplicar dicha solución, y en este
caso no utilizará esa norma en la resolución del caso[59].
Otros supuestos donde la utilización de la analogía debe ser limitada son, por ejemplo,
las normas que restringen la capacidad de las personas o de los derechos subjetivos[65], y
respecto a las leyes prohibitivas.
En primer lugar, la integración del ordenamiento por medio de la analogía contribuye a realizar
la seguridad jurídica como valor ya que, de este modo, todos los casos tienen una solución
normativa, lo que facilita la confianza y la certeza en las relaciones sociales, cumpliendo el
derecho su función de resolución de los conflictos de intereses, en forma pacífica y
satisfactoria, entre los miembros de la sociedad.
El otro valor que se busca efectivizar a través de este mecanismo de integración es el valor
justicia entendido como igualdad. El criterio de igualdad exige que las situaciones que
presenten los mismos rasgos esenciales sean reguladas del mismo modo, constituyéndose la
justicia en el fundamento axiológico de esta manera de solucionar los vacíos legislativos.
La igualdad como generalización subjetiva y objetiva de los contenidos de las normas generales
y típicas se concretiza y amplía aplicando el mismo criterio de solución a situaciones
semejantes pero no reguladas, que de este modo reciben una misma respuesta particular y
concreta, por parte del derecho.
Aun presuponiendo que utilizáramos con el mismo significado el término “principio”, tanto en
la expresión “principios jurídicos” como en la de “principios generales del derecho”, nos
encontramos con una segunda dificultad que surge al preguntarnos si ambas expresiones,
“principios jurídicos” y “principios generales del derecho”, son equivalentes. Con la simple
observación de dichas expresiones sólo encontramos una diferencia entre ellas: la de
nombrarse los principios en un caso como “generales” y en el otro no.
Entre estos significados de la expresión principios jurídicos, podemos distinguir los siguientes:
a) como norma muy general, en el sentido que regula un supuesto, cuyos caracteres
relevantes son muy generales y/o abstractos, b) como norma redactada en términos
particularmente vagos o imprecisos, c) como norma que expresa los valores superiores de un
ordenamiento jurídico o de un sector de éste, de una institución, etcétera., d) como norma
programática o directriz, que es la que prescribe la prosecución de determinados fines u
objetivos, e) como norma dirigida a los órganos de aplicación del derecho, que señala con
carácter general y típico, cómo se debe efectuar la selección y la interpretación de la norma
aplicable, f) como máxima de un considerable grado de abstracción que permite la
sistematización del ordenamiento jurídico.
En la teoría del derecho contemporánea la discusión sobre los principios jurídicos
arranca a partir de la crítica que realiza Ronald Dworkin al positivismo de Herbert Hart en
relación con su incapacidad de dar cuenta de la presencia en el derecho de pautas distintas de
las normas, esto es, de la existencia de los principios, que son especialmente útiles al
momento de resolver los llamados “casos difíciles”.
Dworkin utiliza la expresión “principios” en dos sentidos: uno amplio y otro restringido.
En sentido amplio usa la expresión para designar “el conjunto de los estándares que no son
normas” incluyendo a los principios y a las directrices políticas. En sentido restringido se
designa a los principios como estándares diferentes a las directrices. Una “directriz” o
“directriz política” es un tipo de estándar que propone un objetivo que debe ser alcanzado,
que generalmente consiste en una mejora en algún aspecto económico, social, o político de la
comunidad. Un “principio en sentido estricto”, constituye un estándar que ha de ser
observado, como una exigencia de la justicia, la equidad o alguna otra dimensión de la
moralidad, y no porque favorezca o asegure una situación económica, política o social[72].
Más allá del hecho de que tanto a los principios como a las normas jurídicas o reglas, se
les atribuye en general, carácter normativo, es decir la calidad de normas, que se estructuran
adoptando la forma de un juicio deóntico, o del deber ser, no resulta sencillo establecer qué
tipo de normas son los principios generales del derecho. Un sector de la doctrina adopta una
solución negativa a este problema, considerando como principios generales del derecho a todo
el cuerpo normativo que no se manifiesta a través de normas legisladas, ni por medio de
costumbres jurídicas. Es decir para estos autores, todo lo que tiene carácter normativo, y no
aparece en una norma legislada, ni constituye una costumbre jurídica, es un principio. La
crítica que se le formula a esta postura, es la existencia de muchos principios que se
encuentran positivizados, y receptados expresamente en la legislación[73].
Los principios, como su propio nombre lo indica, se oponen a algo terminado: son ideas
germinales, normas sin una terminación acabada, flexibles, susceptibles de ser completados.
Para Alexy los principios son mandatos de optimización en cuanto mandan realizar algo de la
mejor manera posible, en relación con las posibilidades jurídicas y fácticas, y por lo tanto
pueden ser cumplidos en diversos grados. Las normas, en cambio, exigen un cumplimiento
pleno, y pueden siempre ser sólo cumplidas, o incumplidas[74].
Otros autores distinguen entre las reglas o normas jurídicas positivas, los principios en sentido
estricto, y las directrices o normas programáticas, tanto desde el punto de vista de su
estructura, como de su contenido.
Dworkin establece explícita o implícitamente diversos elementos que nos permiten diferenciar
a los principios en sentido amplio de las normas. Entre estos elementos diferenciadores
tenemos los siguientes: su origen, su derogación, su identificación, su contenido, su aplicación,
su modo de resolver las contradicciones, sus excepciones, sus destinatarios y la tarea que
exigen del jurista[75]. Según el primero de ellos, esto es, según su origen: las normas surgen de
un órgano legislativo o de un tribunal, mientras que los principios se originan en un sentido de
conveniencia u oportunidad que tanto en los tribunales como en la sociedad se desarrollan en
el tiempo. Respecto a la derogación, tiene sentido hablar de ella en relación a las normas, pero
no respecto a los principios que siguen vigentes mientras se los siga estimando como justos o
convenientes en la determinación de los derechos y deberes. En cuanto a su identificación,
resulta imposible formular una nómina o listado de los principios o establecer una fórmula o
enunciado de cada uno de ellos, mientras es factible al menos en teoría, enumerar y enunciar
el texto de las normas vigentes. El contenido de los principios es intrínsecamente moral,
mientras respecto a las normas aparecen contenidos diversificados. En relación con su
aplicación, las normas se aplican de una manera disyuntiva, en el sentido de que son válidas y
se aplican, o no son válidas y no se aplican. En el caso de los principios no se pretende siquiera
establecer las condiciones que hacen necesaria su aplicación, más bien enuncian un criterio o
razón que discurre en una sola dirección, pero no exigen una decisión particular sobre cuándo
se aplican o cuándo no[76]. En cuanto al modo de resolver las contradicciones, en el caso de
las normas, necesariamente una de ellas no debe ser válida, si la otra con la que se contradice
lo es. La decisión sobre la validez de una u otra se toma recurriendo a consideraciones que van
más allá de las normas mismas. En el caso de los principios, la interferencia entre ellos se
resuelve a través de su peso o importancia[77]. Las normas no tienen esta dimensión, no se
puede afirmar que una sea más importante que otra dentro del sistema jurídico, de manera
que cuando entran en conflicto prevalezca la más importante. Con referencia a las normas es
conveniente y beneficioso incluir en su enunciado sus posibles excepciones, mientras que en el
caso de los principios, no sólo es difícil, sino también estéril, ya que de este modo no
obtendríamos un enunciado más completo y exacto de ellos[78]. Los destinatarios de los
principios son los órganos que aplican el derecho, mientras que las normas están dirigidas
también a los ciudadanos. Los principios exigen por parte de los juristas una trabajosa tarea de
descubrimiento, mientras que las normas aparecen como dadas para su interpretación y
sistematización.
Más allá de estas diferencias, los principios tienen una coincidencia que podríamos
definir como funcional, con las normas, en cuanto que ambos son requeridos por la tarea de
aplicación del derecho, en cuanto individualizadora de derechos y deberes.
Para la concepción positivista o histórica los principios generales del derecho son
contingentes e históricos, y tienen como fundamento el ordenamiento jurídico positivo de un
país determinado, estén o no consagrados en la legislación. Cuando no están expresamente
señalados en una norma, se extraen de manera inductiva, a través del método conocido como
el de las construcciones jurídicas[79].
La concepción filosófica o iusnaturalista sostiene que los principios generales son los
principios de justicia, universales y eternos. En este caso algunos autores y legislaciones los
denominan principios del derecho natural. Para esta posición estos principios son anteriores al
ordenamiento jurídico positivo, y lo informan y configuran, en cuanto se sostiene que el
derecho debe tener siempre un contenido de justicia.
Para otros autores, como por ejemplo Beladiez Rojo, los principios generales del
derecho son identificados con las convicciones, ideas o valores ético-jurídicos de una
comunidad, con independencia de cuál sea el fundamento concreto en que se inspiren dichas
ideas. Esta autora sostiene que el derecho, y por lo tanto sus principios generales, no pueden
fundamentarse más que en aquello que la comunidad considere valioso, y por la vigencia del
principio democrático, que afirma que la soberanía reside en el pueblo, de donde emanan los
poderes del Estado. El derecho está legitimado cuando expresa las convicciones del pueblo
soberano del derecho, cuando resulta jurídicamente valioso en la conciencia jurídica
general[80].
Para Garrido Falla, en una posición que intenta superar en sentido acumulativo las dos
posiciones señaladas, existen dos clases de principios generales del derecho: a) los que
informan un determinado ordenamiento positivo escrito, y que se inducen de las normas que
lo integran, y que sirven para interpretar y completar su sentido, y b) los principios del derecho
natural que deben inspirar dicho ordenamiento positivo. Ambos deben ser usados por el juez
en el momento de aplicar las normas y de llenar las lagunas[81].
b) Los principios jurídicos implícitos, o no enunciados, son aquellos que se inducen del
contenido de las normas que integran el ordenamiento. “Son los principios fundamentales de
nuestra legislación positiva, que aunque no se hallen escritos en ninguna parte, son los
presupuestos lógicos de las normas legisladas”[83]. Estos principios son no perentorios y no
independientes del contenido. Al igual que los anteriores son no perentorios porque no
establecen en forma precisa las condiciones de su aplicación. Sin embargo, desde el punto de
vista del origen de su obligatoriedad, son independientes, porque a diferencia de los
anteriores, aquella surge del contenido de lo que ellos prescriben.
Tanto respecto a los principios explícitos como los implícitos se pueden distinguir dos
clases: los principios jurídicos sectoriales y los principios jurídicos generales, también llamados
sistemáticos o fundacionales. Los principios jurídicos sectoriales son aquellos que se infieren
de una norma, conjunto de normas, institución jurídica o rama del derecho. No abarcan a todo
el ordenamiento sino a un sector, variando en cada caso su extensión, pero en ninguno alcanza
su generalidad. Son numerosos y su contenido es técnico. Se obtienen por un proceso
inductivo de generalización creciente. Los generales son aquellos que constituyen las bases
que sustentan y dan fundamento positivo a todo el ordenamiento jurídico. Están consagrados
en las normas constitucionales o se inducen de ellas. Son escasos y su contenido tiene carácter
fundamentalmente axiológico. Trascienden el ámbito de la aplicación judicial del derecho,
utilizándose en todos los niveles del ordenamiento jurídico, incluso en el ámbito legislativo.
Ejemplos de principios jurídicos implícitos son: nadie puede alegar su propia torpeza para
exceptuarse del cumplimiento de sus obligaciones, el que reclama que situaciones iguales sean
resueltas de la misma manera, el que rechaza el enriquecimiento ilícito, etc.[84] Otros
principios generales reconocidos como tales son: “el de cosa juzgada”, “el de reparación del
daño causado”, “el de no aplicación de penas sin ley previa”, “el del tribunal instituido con
anterioridad al hecho del proceso”, también conocido como el de los jueces naturales, “la
nulidad de los actos por vicios en el consentimiento”, “el de buena fe en el cumplimiento de la
obligaciones” [85].
c) Los principios de justicia inmediatos son los que “expresan de un modo directo los
valores esenciales y connaturales de toda convivencia ordenada al bien común y a satisfacer
los fines existenciales de los hombres en sociedad”[86]. Son anteriores al ordenamiento
jurídico positivo y representan “las verdades supremas del derecho in genere, es decir aquellos
elementos lógicos y éticos del derecho, que por ser racionales y humanos son virtualmente
comunes a todos los pueblos”[87]. Ejemplos de principios de justicia son los enunciados por
Ulpiano: “dar a cada uno lo suyo”, “no dañar a otro”, “vivir honestamente”[88].
d) Los principios mediatos son los principios de justicia que se concretan y objetivan
históricamente en una determinada sociedad o cultura, y que reflejan las convicciones, ideas o
valores ético-jurídicos de esa comunidad.
A los principios generales del derecho se les atribuyen tres tipos de funciones respecto a lo
jurídico: una función ontológica, otra preceptiva y por fin, una tercera gnoselógica.[90]
Los principios cumplen una función ontológica como causa que origina o de donde
derivan las normas u otros principios jurídicos. Los principios jurídicos naturales son la causa
última o de donde surge intrínseca o constitutivamente el ser mismo del derecho. También los
principios jurídicos positivos cumplen esta función en cuanto son causa o fundamento próximo
de donde derivan principios y normas de menor extensión.
Además, los principios cumplen una función prescriptiva o normativa, ya que todo
principio señala, más o menos expresamente, una exigencia de determinadas conductas que
realizan lo estimado como valioso en él. Cuando se actúa, se parte de la consideración de un
fin que buscamos satisfacer y dicho fin tiene o adquiere el carácter de principio de esa
conducta. Indica con mayor o menor claridad un deber ser para el obrar del hombre, y un
deber ser para algo.
Una tercera función que se le atribuye a los principios generales del derecho, es la
función cognoscitiva o gnoseológica, ya que hacen posible el conocimiento o la dilucidación del
sentido de una norma, de un principio o de una conducta.
Se señala también que los principios abarcan o comprenden los conceptos básicos y los
preceptos fundamentales que inspiran la conciencia y el sentido jurídicos, informan los
complejos normativos que regulan los distintos ámbitos jurídicos, definen el carácter del
Estado, que son aplicables y vigentes en las distintas esferas de la vida social, y son
imprescindibles para construir un mundo jurídico justo[91].
Se les asigna (a los principios generales del derecho), en cuanto normas fundamentales, las
siguientes funciones: integrativa, interpretativa, finalística, delimitativa, fundante. Cumplen
una función integrativa en cuanto instrumentos técnicos para llenar las lagunas legislativas.
Desempeñan una función interpretativa y finalística, orientando la interpretación correcta,
hacia fines más amplios, conforme a los valores fundamentales. Constituyen un límite al actuar
de la competencia legislativa, judicial y negocial, impidiendo las bruscas oscilaciones de las
reglas y, finalmente, se los utiliza como elementos que por su contenido axiológico, pueden
servir para dar fundamento a las decisiones creativas de los jueces, en ciertas materias y
circunstancias[92].
En el ámbito del derecho penal encontramos dos ejemplos de principios generales del
derecho, positivos y explícitos: son los llamados principios de legalidad y de reserva. El
primero, receptado en el artículo 18 de la Constitución Nacional establece que: “Ningún
habitante de la Nación puede ser penado sin juicio previo fundado en ley anterior al hecho del
proceso”. De este artículo se desprenden a su vez otros dos principios: el de judicialidad de la
aplicación de la pena, o sea que la imposición de las penas queda limitada a los jueces, y el de
irretroactividad de la ley penal, que prescribe que los efectos de las leyes que crean delitos o
establecen o agravan penas, serán sólo respecto a los hechos futuros. El principio de reserva
está reglado en el artículo 19 que determina que: “Ningún habitante de la Nación será
obligado a hacer lo que no manda la ley, ni privado de lo ella no prohibe”.
En el ámbito del derecho del trabajo encontramos también ejemplos de varios
principios que se encuentran receptados en la Ley de Contrato de Trabajo. Entre ellos se
destacan: el llamado principio protectorio, o “in dubio pro operario” que establece que en
casos de duda sobre la aplicación de normas legales y convencionales en el ámbito laboral
prevalecerá siempre la norma más favorable al trabajador, como así también la interpretación
y la forma de aplicarla más ventajosa para él (art. 9º). Otro ejemplo lo constituye el principio
de irrenunciabilidad, por el cual se considera nula y sin valor toda convención de partes que
suprima o reduzca los derechos previstos en la legislación laboral (art. 10). El principio de
igualdad, establece la prohibición de hacer cualquier tipo de discriminación entre los
trabajadores por motivos de sexo, raza, nacionalidad, religiosos, políticos, gremiales o de edad
(art. 17).
A. El concepto de equidad
Se señala también que la justicia consiste en el tratamiento igual para situaciones iguales, pero
que esta fórmula es demasiado general, atento que en el mundo de lo social y de lo histórico,
no existen situaciones idénticas. La igualdad supone siempre un abstracción desde una cierta
perspectiva, cuya determinación puede realizarse a través de dos caminos: el primero, que se
realiza a priori, por el legislador, consiste en predeterminar las conductas o situaciones que
deben considerarse iguales, el segundo, estriba en la enunciación a posteriori de la perspectiva
relevante con motivo del caso concreto, al momento de la resolución de los conflictos por los
jueces y demás órganos jurisdiccionales. Por el primer camino, deductivo, se realiza la justicia,
por el segundo, inductivo, se hace efectiva la equidad[98].
Para Aristóteles la equidad no era algo distinto de la justicia, sino que es la misma justicia que
corrige la injusticia que se comete en el caso particular. Tradicionalmente se compara a la
equidad con “la regla de Lesbos, flexible y acomodable a los objetos que medía, a diferencia
del lecho de Procusto, que torturaba o mutilaba a sus víctimas, para que éstas lo cubrieran en
toda su longitud”.
La equidad, al igual que la justicia, constituye un juicio de valor, o mejor dicho un valor, que en
cuanto cualidad sui generis califica a las conductas humanas intersubjetivas, y las normas que
se establecen para regularlas. “Es un criterio de determinación y de valoración del derecho,
que busca la adecuación de las normas y de las decisiones jurídicas a los imperativos de la ley
natural y de la justicia, en forma tal que permita dar a los casos concretos de la vida con
sentido flexible y humano (no rígido y formalista) el tratamiento más conforme a su naturaleza
y circunstancia.” [100]
Dos hechos deben ser tenidos en cuenta a la hora de intentar elaborar y precisar una idea de
equidad. El primero es su historicidad como concepto, que exige una definición en relación con
una época y sistema jurídico determinado. El otro, es su construcción conceptual dialéctica, en
vinculación con las ideas de derecho y de justicia vigentes.
También se debe evitar caer en la falsa idea que identifica a la equidad con la atenuación del
rigor de la justicia pues no siempre actúa con un sentido de benevolencia. La adecuación de las
normas legisladas a las circunstancias del caso no significa necesariamente un debilitamiento
de sus efectos jurídicos, ya que puede suceder que la utilización de la equidad represente unas
consecuencias más gravosas que las que surgen del mismo sentido general del precepto.
c) La equidad como fuente material del derecho, contribuyendo así a dar forma tanto a las
normas generales y típicas que integran el ordenamiento jurídico, como a las normas
particulares y concretas, que surgen de la aplicación judicial o de la negociación entre las
partes en el ámbito contractual. En este sentido la equidad constituye un principio que guía la
labor de los legisladores, jueces, y demás operadores del derecho.
f) La equidad como fuente autónoma del derecho, utilizada para resolver los conflictos de
intereses, con independencia de otros tipos de fuentes. Es en la historia del derecho
anglosajón, donde encontramos un ejemplo de la equidad como fuente jurídica
independiente: la equity inglesa, a través de la cual los tribunales de la jurisdicción de la
Corona resolvían los casos, dejando de lado el derecho común, mientras que el common law,
era aplicado por los jueces de la jurisdicción ordinaria.
No hay que confundir la equidad como fuente autónoma del derecho con la solución
equitativa de los conflictos o casos por expreso consentimiento de la ley, que en determinadas
materias puede delegar en los jueces la aplicación de la equidad como principio.
[1] LUMIA, Giuseppe: “Principios de teoría e ideología del derecho”. Editorial Debate. Madrid.
1985, p 69
[5] SORIANO, Ramón: “Compendio de teoría general del derecho”. Editorial Ariel. Barcelona.
1986, p 167.
[6] ALMOGUERA CARRERES, Joaquín: “Lecciones de Teoría del derecho”. Editorial Reus.
Madrid. 1995. p 331.
[8] DE ANGEL YAGUEZ, Ricardo: “Una teoría del derecho”. 6ta edición. Edtorial Civitas. 1995, p
189.
[13] RIVERA, Julio Cesar: “Instituciones de derecho civil. Parte General I”. Abeledo Perrot.
Buenos Aires. 1993, p 163.
[15] PUIG BRUTAU, José: “Introducción al derecho civil”. Editorial Bosch. Barcelona. 1981, p
304.
[16] SORIANO, R.: op. cit., p 174.
[17] LARENZ, Karl: “Metodología de la ciencia del derecho”. Reus. Madrid. 1988, p 544.
[18] En el desarrollo de este tema se ha seguido básicamente la estructura del parrafo 2 del
capítulo VIII del libro “Compendio de teoría del derecho” de Ramón Soriano.
[19] Estos criterios, en su mayoría fueron sistematizados por Savigny, quien señaló
especialmente la importancia de cuatro criterios: gramatical, lógico, histórico y sistemático.
[23] JULVE HERRANZ, Belem y FUERTES BIARGE, María Teresa: “Interpretación sistemática”. En
CALVO GARCIA, Manuel: “Interpretación y argumentación jurídica”. Prensas Universitarias de
Zaragoza. Zaragoza. 1995, p 35.
[24] CASTAN TOBEÑAS, José: “Teoría de la aplicación e investigación del derecho”. Madrid.
1947, p 245.
[25] GARCIA LALAJA, Alejandro, GARCIA TENIAS, Juan M. y HERNANDEZ BLASCO, Fernando:
“Interpretación teleológica”. En CALVO GARCIA, Manuel: “Interpretación y argumentación
jurídica”. Prensas Universitarias de Zaragoza. Zaragoza. 1995, p 67.
[27] VIGO, Rodolfo: “Interpretación jurídica”. Rubinzal Culzoni. Santa Fe. 1999, p 21.
[28] ALTERINI, Jorge: “Código Civil y Comercial Comentado”. Tomo1 La Ley. Buenos Aires.
2016.
[29] HERRERA, Marisa y otros: Código Civil y Comercial de la Nación comentado. Buenos Aires.
2015, p 14.
[30] Sup. Corte Bs. As. 27/8/91. Durán, Liliana I. C/ Vandre Vrande, María I. . Ac. 45.868. JA,
1992-II, 555.
[31] T.S.J., Sala Penal. Sent. Nº 27, 6/9/91. Causa: "Agüero, Héctor O".
[33] Art. 217 del C. de Com. CNTrab, Sala VIII, 1999/11/09. Olarieta, Daniel E, c/ Elma [Link]
2000-A, p 616.
[35] T.S.J., Sala Penal, Sent. Nº 11, 27/8/90. Causa: "Sosa José del Carmen".
[37] SC Buenos Aires, 21/12/82 López, Raúl E. c/ Conarco S.A. DJBA 124-10
[40] CS, 12/11/85: Benes, Mónica y Bernasconi Cooperativa Limitada. ED, 118, 261;.
[41] CNCom, sala A, 28/6/99. Ekmekdjian, Miguel A c/ Mapalc S.A. LL 2000-A, 211.
[42] BARRACO AGUIRRE, R.: “Lecciones de Introducción al derecho. II. Derecho y Conducta”.
Foja Cero Editora. Córdoba. 1992, p 46.
[43] CALSAMIGLIA, Albert: “Introducción a la ciencia jurídica”. Editorial Ariel. Barcelona. 1986,
p 132.
[45] Ver los art. 34, inc. 3, 127 y 336 inc. 3º del Código Procesal Civil Federal, el art. 396 del
Código Procesal Penal Federal y los art. 146 y 147 del Código Procesal Penal de la Provincia de
Córdoba.
[46] Este deber-derecho de los jueces está establecido en el art. 155 de la Constitución de la
Provincia de Córdoba.
[48] CSJN, 89/06/13, “Petruccelli, F., y otro c/ Municipalidad de la Capital”, JA, 1990-II, p 93.
[49] RIVERA, Julio César: “Instituciones de derecho civil. Parte General. II”. Abeledo Perrot.
Buenos Aires. 1993
[51] SORIANO, Ramón: “Compendio de teoría del derecho”, Ariel. Barcelona. 1986. p 200.
ORGAZ, Arturo: “Introducción enciclopédica al derecho”. Editorial Assandri, Córdoba. 1959, p
122.
[52] NINO, Carlos: “Introducción al análisis del derecho”. 2da edición. Editorial Astrea. Buenos
Aires, p 285.
[54] PUIG BRUTAU, José: “Introducción al derecho civil”. Editorial Bosch. Barcelona. 1981, p
338.
[55] Se entiende como marco institucional al conjunto de normas que regulan una
determinada institución jurídica. Por ejemplo, el marco institucional que regula la duración de
un contrato de locación, viene dado por el conjunto normas que regulan la locación en el
Código Civil y en las leyes complementarias.
[56] DIEZ PICASO, Luis: “Experiencias jurídicas y teoría del derecho”. Editorial Ariel. Barcelona.
1973, p 283.
[59] MARTINEZ PAZ, Fernando: “Introducción al derecho”. Editorial Abaco. Buenos Aires. 1982,
p 390.
[60] CREUS, Carlos: “Derecho penal. Parte General”. Editorial Astrea. Buenos Aires. 1992, 60.
[61] Por ejemplo las causas de justificación que, por remisión del derecho penal a otras ramas
del derecho, en virtud del inc. 3º del art. 34 del Código Penal, sean las otras ramas del derecho
las que deban precisar sus límites, es lícita la analogía si en estas legislaciones se encuentra
admitida. (ZAFFARONI, Eugenio R.: “Manual de derecho penal. Parte General”. Ediar. Buenos
Aires. 1991, p 135)
[62] MAIER, Julio: “Derecho procesal penal argentino. T 1.b.”. Editorial Hamurabi. Buenos
Aires. 1989, p 264.
[67] CSJN, 89/06/13, “Petruccelli, F., y otro c/ Municipalidad de la Capital”, JA, 1990-II, p 93.
[68] SALAS, Accdel Ernesto: “Código Civil y leyes complementarias anotados. 1”. Ediciones
Depalma. Buenos Aires. 1981, p 17.
[69] SÁNCHEZ DE LA TORRE, Ángel: “Los principios del Derecho como objeto de investigación
jurídica”. En: Seminario de la Sección de Filosofía del Derecho de la Real Academia de
Jurisprudencia y Legislación, Madrid: “Los principios generales del derecho”. Editorial Actas.
Madrid, p 17.
[70] JIMÉNEZ CANO, Roberto Marino: “Sobre los principios generales del Derecho. Especial
consideración en Derecho español. Madrid. 1.999.
[71] REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: “Diccionario de la lengua española. Tomo II”. 20 edición.
Espasa-Calpe. 1984, p 1104.
[72] DWORKIN, Ronald: “Los derechos en serio”. Editorial Planeta-Agostini. Buenos Aires. 1993,
p 72.
[73] LORENZETTI, Ricardo Luis: “Las normas fundamentales del derecho privado”. Rubinzal-
Culzoni. 1995, p 261.
[74] ALEXY, Robert: “Sistema jurídico, principios jurídicos y razón práctica”. Doxa Nº 5, p 143.
[79] Para los positivistas en general, con independencia de las diferentes tendencias y matices
que se pueden encontrar entre ellos, los principios generales del derecho sólo se pueden
encontrar a partir del texto legal, ya sea desde la literalidad de la norma (Escuela de la
exégesis, jurisprudencia de los conceptos), o acudiendo a los hechos externos que dieron lugar
a la decisión del legislador (jurisprudencia de los intereses, positivismo sociológico, etc.).
[80] BELADIEZ ROJO, Margarita: “Los principios jurídicos”. Editorial Tecnos. Madrid. 1994, p 30.
[82]RUIZ MANERO, Juan: “Principios jurídicos”. En GARZÓN VALDEZ, E., y LAPORTA, F.: “El
derecho y la justicia”. Editorial Trocca. Madrid. 1996, p 154.
[84] CATENACCI, Imerio J. “Introducción al derecho”. Editorial Astrea. Buenos Aires. 2001, p
290.
[85] GARRONE, José Alberto: “Diccionario manual jurídico”. Abeledo Perrot. Buenos Aires.
1989, p 610.
[87] DEL VECCHIO: “Los principios generales del derecho, p 49, cit por FERREIRA RUBIO, Delia:
“Principios generales del derecho”. En BUERES, Alberto J. (Director): “Código Civil. 1”.
Hamurabi. Buenos Aires. 1995, p 34.
[88] VIGO, Rodolfo L.: “Interpretación jurídica”. Editorial Rubinzal-Culzoni. Santa Fe. 1999, p
120.
[89] Idem.
[90] VIGO, Rodolfo L.: “Interpretación jurídica”. Editorial Rubinzal-Culzoni. Santa Fe. 1999, p
119.
[91] MARTINEZ PAZ, Fernando: “Introducción al derecho”. Editorial Abaco. Buenos Aires. 1982,
p 394.
[92] LORENZETTI, Ricardo Luis: op. cit., p 263.
[93] MORALES LAMBERTI, Alicia: “Derecho Ambiental”. Alveroni Ediciones. 1999, p 159.
[94] GUTIERREZ POSSE, Hortensia D.T.: “Los derechos humanos y las garantías. Zavalía Editor.
1988, p 71 y ss.
[97] MOSSET ITURRASPE, Jorge: “La equidad. Aspectos generales”. En BUERES, Alberto J.
(Director): “Código Civil. 1”. Hamurabi. Buenos Aires. 1995, p 39.
[99] LEGAZ Y LACAMBRA, Luis: “Introducción a la ciencia del derecho”. Editorial Bosch.
Barcelona, p 432.
[100] CASTAN TOBEÑAS, José: “Derecho Civil Español. T 1”, Madrid. 1955, p 51.