Cap 2
Cap 2
El territorio argentino se integra físicamente a la porción sur del continente americano por contar con dos regiones
que son clave en este último: la Montaña y la Llanura. Asimismo nuestro país cuenta con otros paisajes “transicionales”
que son el Litoral Mesopotámico y el Extremo Sur (véase mapa 4).
En esas regiones básicas, las comunidades originarias desplegaron su vida. El marco que les imponía la naturaleza las
condicionaba pero también les posibilitaba diversos desarrollos.
La Llanura: Extensísima región de nuestro territorio integrada por dos subregiones específicas: Pampa-Patagonia y
Chaco.
El complejo Pampa-Patagonia abarca desde los Andes hasta el Atlántico y desde el sur de Córdoba y San Luis hasta
el fin del continente. La Pampa tiene un área total de 600.000 km2 y abarca las actuales provincias de Buenos Aires, sur
de Santa Fe, Córdoba, San Luis, parte de Mendoza y La Pampa.
En cuanto a la Patagonia, es la parte que se extiende al sur del río Colorado hasta la zona magallánica. A diferencia de La
Pampa, lugar de exquisitas praderas, la Patagonia es una desolada estepa en su mayor parte, con clima árido y vientos de
singular violencia.
El Chaco es una vasta llanura con porciones boscosas que se extiende desde los últimos desprendimientos del planalto
brasileño por el norte; por el este, los ríos Paraná y Paraguay, por el sur el río Salado y por el oeste los primeros contrafuertes
andinos.
Generalmente se lo divide en tres zonas: el Chaco Boreal (al norte del río Pilcomayo, fuera del territorio argentino);
el Chaco Central (entre el Pilcomayo y el Bermejo) y el Chaco Austral (entre el Salado y el Bermejo). Esta zona
permaneció anegada hasta el año 7000 a.C., por lo cual su poblamiento se produce a partir de esa fecha.
El Litoral Mesopotámico: El eje hidrográfico Paraná-Paraguay configura un ámbito particular que produjo
adaptaciones ecológicas muy especiales en las comunidades que ocuparon su zona de influencia. Incluso si tenemos en
cuenta la variedad paisajística dentro de una homogeneidad básica: la parte norte es la selva tropical, que constituye el
último eslabón de la fantástica Amazonia. Al sur de ella encontramos un complejo palustre formado por lagunas, esteros,
cañadas y ríos: los esteros del Iberá. Debajo de ellos se extiende una región pródiga en ondulaciones, las cuchillas
entrerrianas y por fin, mezclándose con los bordes pampeanos y penetrando el océano, el delta del Paraná.
El Extremo Sur: Es la región integrada por Tierra del Fuego (la isla mayor del archipiélago austral) y las islas
menores del confín del continente.
La zona se puede dividir en dos porciones: una norte y otra sur, cuyo límite corre por la línea que une, de oeste a este,
la bahía del Almirantazgo y el lago Fagnano. La porción norte es una vasta llanura que ecológicamente constituye una
prolongación de la Patagonia. La porción sur, por el contrario, es montañosa y con bosques, lo cual indica una
prolongación del sector occidental de la Patagonia.
Desde el punto de vista geográfico, el Extremo Sur se presenta como una continuación del hábitat patagónico. Sin
embargo, prefiero mencionarlo como una región cultural específica por dos razones: la primera por su particular
ubicación en el contexto argentino y continental (posición de confín—finis terrae— y arrinconamiento); la segunda por
sus pobladores originarios, que dieron peculiares características a la región.
El Extremo Sur fue en tiempos prehispánicos una unidad cultural que se extendía largamente por el territorio de
final hermana. En ese entonces no existían los límites que nos desunieron durante tantos años.
Restaría finalmente ubicar una zona particular como es Cuyo. Existen discrepancias entre los diversos autores ya que
algunos lo consideran como parte de lo que aquí llamamos la montaña y otros como la llanura. Por sus características
generales y especialmente por las comunidades en ella asentadas preferimos plantearlo como una región de transición en
conexión con las otras dos regiones básicas: la montaña y la llanura.
La Argentina presentaba así un espacio riquísimo en posibilidades para la adaptación de las comunidades que aquí
llegaran. Existieron mejores y peores condiciones, pero la variedad inmensa de suelos, climas, vegetaciones y relieves
fue la regla.
Y las comunidades originarias vivieron en vinculación profunda con sus territorios en una relación de ida y
vuelta hombre-paisaje que alimentó constantemente una antropodinamia geocultural singular. A ella nos referimos
en las próximas páginas.
PRINCIPALES SISTEMATIZACIONES
La historia de la antropología en la Argentina ha registrado infinidad de sistematizaciones de las comunidades indígenas en el
momento de la llegada de los españoles. Es imposible mencionar y describir cada una de ellas, pero
para tener una idea de cómo fue evolucionando el pensamiento de los investigadores, hemos seleccionado cuatro como punto
de partida, dado que a nuestro juicio son las más representativas:
• Félix Outes-Carlos Bruch (1910): profesores de la Universidad de
Buenos Aires y de la Universidad Nacional de La Plata.
• Historia de final Argentina (1939): En el volumen I de la colección
dirigida por Ricardo Levene, se efectúa una compilación a cargo de los
siguientes especialistas: Joaquín Frenguelli; Milcíades Alejo Vignati; José
Imbelloni; Eduardo Casanova; Fernando Márquez Miranda; Francisco de
Aparicio; Enrique Palavecino; Antonio Serrano; Emilio y Duncan Wagner.
Prácticamente todos fueron los antropólogos más importantes del país hasta
1940 y algo después.
•Salvador Canals Frau (1953): otro prestigioso investigador de origen catalán.
•Alberto Rex González-José A. Pérez (1976): González es doctor en Medicina y
Arqueología, profesor en varias universidades del país, Estados Unidos, Alemania y otros países. Pérez es
licenciado en Historia y miembro del CONICET.
En estas cuatro sistematizaciones por autor, tenemos prácticamente cubierto el siglo XX en cuanto a la temática que
nos ocupa. Para un mejor ordenamiento y claridad hemos elaborado un cuadro de ellos donde se registran las regiones
y las culturas (cuadro 4). Este cuadro nos permite obtener una primera visión de conjunto y al mismo tiempo comparar
las diferentes perspectivas. Una secuencia posterior cartográfica (mapas 6, 7, 8 y 9) nos muestra las diferentes
sistematizaciones volcadas a los mapas.
NUESTRA SISTEMATIZACIÓN
Sobre la base del análisis de las fuentes históricas, los estudios arqueológicos y etnográficos y la comparación analítica de las
perspectivas de los diferentes autores, pasamos a exponer nuestra propia sistematización de las culturas indígenas argentinas
en el siglo XVI, en el cuadro 5, que más allá de sus minuciosos detalles apunta a hacer operativo un estudio de por sí
complejo.
También volcamos en el mapa 11 la ubicación de las comunidades indígenas en ese momento histórico, advirtiendo que
cuadros y mapas nos ayudan a focalizar la atención, a centrarnos en una cuestión relevante en una instancia especial del
análisis que estamos realizando. Pero nada más.
Ni los mapas ni los cuadros, con toda la ayuda que significan, pueden expresar la inagotable realidad humana que en
ese entonces se estaba dando. Esta realidad estaba caracterizada por profundos intercambios y dinámicas en pleno
desarrollo, que iban mucho más allá de nuestras actuales fronteras como país.
En consecuencia cuando se consultan los cuadros y los mapas deberíamos hacerlo con una precaución constante,
considerando que debajo de su aparente rigidez existía una realidad que era todo lo contrario: vital, movediza, viva.
LOS DIAGUITAS
La generalidad de los autores coincide en definir como diaguitas a las comunidades que ocuparon el corazón del
Noroeste, es decir la zona de los Valles y Quebradas. La confusión acerca de la denominación radica en que las primeras
crónicas adjudicaron el gentilicio de “calchaquíes” a los habitantes de la región del mismo nombre y por extensión a las
restantes comunidades del área. En realidad los “calchaquíes” eran diaguitas, cultura que estaba integrada por un
conjunto de parcialidades como los pulares, luracataos, chicoanas, tolombones, yocaviles, quilmes, tafís, hualfines,
etcétera.
Pero todas estaban aglutinadas alrededor de un elemento común: su lengua. Todas las fuentes coinciden en que la
lengua cacá o cacán otorgaba unidad a estos pueblos (Canals Frau nos habla de “cacanos” y no de diaguitas), por encima
de las variantes dialectales [3].
Pero no solo la lengua daba homogeneidad a las comunidades. Factores como la organización social y económica, la
cosmovisión y aun los aspectos raciales, definen a una cultura diaguita única por encima de las variantes locales.
En el panorama indígena del actual territorio argentino esa cultura fue la que alcanzó mayor complejidad en todos los
aspectos, a tal punto que redundó inclusive en una importantísima densidad de población.
Se calcula que la población total del Noroeste era por entonces de alrededor de 200.000 habitantes (cerca del 75% del total).
Era una cultura de agricultores sedentarios, poseedores de irrigación artificial, por medio de canales y con andenes de cultivo
para sus productos principales: maíz, zapallo y porotos.
Fueron criadores de llamas como sus hermanos de la zona andina, utilizaron a los animales como proveedores de
lana para sus tejidos y también como carga.
La recolección fue otra de sus actividades, especialmente de la algarroba y el chañar, que almacenaban en grandes cantidades;
en mucha menor medida practicaron la caza.
Relaciones en el seno de la : Tenían fuertes jefaturas, probablemente hereditarias, que llegaban a desplegar su
autoridad sobre varias comunidades (algo semejante a los cacicazgos generales). La familia monogámica era el núcleo
vital de la comunidad, destacándose la práctica de la poliginia entre los caciques.
En algunos casos parecería que la organización comunitaria también se asentaba en la familia extensa.
Probablemente la unión de varias de ellas generaba una nueva estructura de macrofamilias, la que a su vez posibilitaría
el adecuado trabajo en las aldeas agrícolas, que por sus necesidades (construcción de sitios defensivos, obras de
irrigación, el propio trabajo en los andenes de cultivo) desbordaría la capacidad de la familia y la familia extensa.
Relaciones con lo sobrenatural: Como cultura andina, participaban al igual que en otros de sus aspectos de las características
del área: eran adoradores del Sol, del trueno y del relámpago.
Celebraban rituales propiciatorios de la fertilidad de los campos y tenían una funebria elaborada, expresión de un
culto a los muertos como tránsito crucial en el ciclo de vida de la cultura.
El alma se convertía en estrella, viaje para el cual al difunto se lo enterraba con alimentos y bebidas.
Son famosos los cementerios de “párvulos en urnas”, alejados de las habitaciones, en las que sepultaban a los
adultos. Es posible que los cuerpos de los niños indiquen sacrificios propiciatorios de la lluvia.
La cerámica presenta muchos diseños de animales sagrados: ñandúes (anunciador de las lluvias), batracios y
serpientes, estas últimas también asociadas al agua que cae del cielo.[4].
La lluvia era decisiva para estas comunidades de agricultores y a ella dedicaban sacrificios en sus lugares
construidos a tal efecto, denominados zupca, que estaban a cargo de los chamanes.
Los diaguitas participaban del culto a la Madre Tierra o Pachamama al igual que en Perú o Bolivia. Ella es la dueña de la
tierra; se le ruega por la fertilidad de los campos, el buen viaje del peregrino, el buen parto de las mujeres y la felicidad en
todas las empresas.
Se le ofrecían sacrificios de sangre y la ofrenda del primer trago, el primer bocado y el primer fruto de la recolección.
En el mito andino, muchas veces la Pachamama está acompañada de Pachacamac (dios del cielo), también llamado
Viracocha (en la sierra) y por sus hijos, el Sol y la Luna, héroes civilizadores. Viracocha presenta algunas semejanzas
con ciertos personajes del Noroeste, portadores de símbolos astrales.
El arte diaguita, dirigido muchas veces a lo religioso, es el más acabado de nuestras culturas indígenas. No solo en cerámica
sino también en metalurgia.
Relaciones con otras es: Contra lo que podría suponerse, la cultura diaguita fue guerrera; hecho demostrado incluso
a la llegada de los españoles, cuando les opuso una feroz resistencia, quizá la más fuerte.
Existen hoy como testimonio gran cantidad de recintos que han sido utilizados como fortalezas, por lo general acompañados
de poblados.
El instrumental bélico era muy variado y la guerra contra el español asumió las características de un fenómeno
integral en el que participó la comunidad entera.
Pero la guerra no fue la única actividad que puso en contacto a las distintas comunidades, sino también el comercio que en
esta región alcanzó una gran importancia.
Hay un hecho fundamental en la historia de la América prehispánica que marcó a nuestro Noroeste y muy
especialmente a la región diaguita: la expansión y penetración incaica.
Se calcula que los incas ingresaron al actual territorio argentino hacia 1480, coincidiendo con el reinado del inca Tupac
Yupanqui (hijo de Pachacutec) durante cuya administración el Imperio alcanzó su máxima expansión.
Utilizaron para su penetración las vías naturales que fueron transformando en caminos de acceso, comunicando al
Cuzco con Bolivia, nuestro Noroeste y Chile, desparramando a su paso las tradicionales estructuras de asentamiento: los
“tambos” y “pucarás”.
Es muy probable que el mecanismo utilizado por los incas para la dominación del Noroeste haya sido la introducción
de su propia lengua, el quichua, tarea paulatina que fue abruptamente interrumpida por el arribo de los españoles al
Cuzco. Es por esa razón que nunca llegó a suplantar al cacán o al omaguaca (la otra lengua original de la región), aunque
había comenzado a difundirse.
Otros indicadores como las edificaciones, las rutas de acceso y la alfarería nos señalan la efectiva presencia incaica en
el Noroeste en los siglos XV y XVI. Sin embargo es difícil determinar el grado de relación existente con los diaguitas. Es
posible que esa relación se haya concretado también a partir de las poblaciones de “mitimaes”, que eran comunidades
desarraigadas por la fuerza y trasladadas como cabeceras de conquista y colonización a otras áreas. Cuando llegaron los
españoles, los indígenas “chichas” de Bolivia estaban comenzando a ser trasladados hacia Humahuaca.
A manera de síntesis, podríamos destacar algunos puntos:
• El “mapa” del Noroeste en el siglo XVI se presenta como
un sistema tentacular, homogéneo y comunicante con un eje que son
los Valles y Quebradas.
• Esa estructura peculiar constituía un óptimo lugar de
asentamiento y permitía el desarrollo de las potencialidades de la cultura,
posibilitando además la adecuada puesta en práctica de tres elementos
clave de la vida cotidiana: subsistencia, defensa y comunicación.[5]
• A la fecha de la conquista española, la cultura diaguita
presentaba una unidad que era consecuencia de un largo proceso de
desarrollo cultural y con influencias de varias regiones del continente.
• La influencia ostensible es la de la zona andina. La cultura
diaguita perteneció a lo que llamaríamos “cultura de la Montaña”, de larga
tradición en Sudamérica, aun antes de la penetración incaica en el
Noroeste. Y cuando decimos Montaña no nos referimos solo al Perú o
Bolivia sino a toda la cadena andina de América del Sur.
• Otra corriente de influencia quizás haya llegado desde la selva
tropical del centro de Sudamérica, desde Amazonia (estilo cerámico
Candelaria en Santiago del Estero).
• En todo caso, estas influencias no hacen más que corroborar
un estado de intensa dinámica cultural en la región, sumada a las
propias características de la cultura allí asentada.
LOS OMAGUACAS
Omaguacas o humahuacas es el nombre con que casi todos los autores sin excepción denominan a las comunidades
que ubicadas en la actual quebrada de Humahuaca conformaron una unidad cultural con características propias, a pesar
de sus semejanzas con las parcialidades diaguitas. Los omaguacas eran comunidades agricultoras que poseían también
irrigación artificial y andenes de cultivo. Los frutos de la recolección eran almacenados; también fueron pastores y en
menor medida cazadores. Al igual que entre los diaguitas, el sistema de edificación incluía a la comunidad propiamente
dicha y al recinto fortificado enclavado en un lugar estratégico, por lo general una elevación.
Las industrias principales eran la alfarería —aunque sin igualar la perfección de la diaguita—, la metalurgia y los tejidos.
Relaciones en el seno de la : Existen muy pocos datos, pero lo que más se sabe es acerca de la guerra, que también
en esta cultura desempeñaba un rol preponderante. Las diferentes parcialidades estaban a cargo de un cacique y todas a
su vez respondían al cacique general de los omaguacas.
Relaciones con lo sobrenatural: También en este aspecto es difícil la reconstrucción. La funebria nos da algunos
indicadores, sobre todo a través de un culto a los muertos sumamente elaborado. El hallazgo de deformaciones craneanas
puede señalar la posibilidad de un culto de los cráneos, asociado a la existencia de cráneos-trofeo. Entre los omaguacas
la deformación ritual era una costumbre importante, practicándose la de tipo tabular-oblicuo, es decir colocando maderas
que presionaban los huesos frontal y occipital.
Relaciones con otras es: La Quebrada era un corredor de tránsito. Una gigantesca vía de comunicación natural que
sirvió como territorio de encuentro de distintas zonas convergentes en ella.
La guerra y el comercio aparecen nuevamente como los vehículos de comunicación con las otras comunidades.
El intercambio fue intenso. Es sabido que la coca, sumamente valorada (acompañaba al muerto en su viaje final), era
traída desde Bolivia. Se han encontrado valvas de moluscos traídas probablemente de la costa del Pacífico como objetos
de trueque así como también artesanías diaguitas de distintas procedencias.
La expansión incaica hizo a los omaguacas entrar en temprano contacto con las avanzadas imperiales del Cuzco.
A la llegada de los españoles, en la Quebrada aparte de la población original estaban algunos núcleos poblacionales
de “mitimaes”, parcialidades de los “chichas” de Bolivia tales como los churumatas, paypayas, y otros, que sirvieron
como barrera de contención de las belicosas comunidades guaraníes que ya se desprendían desde el Chaco: los
chiriguanos. A su vez, y como ya vimos, esos grupos chichas sirvieron como vía de penetración incaica al ser portadores
de la lengua quichua.
LOS ATACAMAS
La cultura atacama estaba constituida por un conjunto de comunidades instaladas en el extremo noroeste de la
Argentina y que se extendían a la región chilena del mismo nombre: la Puna, que ocupaba el oeste de Jujuy, Salta y el
noroeste de Catamarca.
El conjunto cultural de la Puna, precisado como una verdadera unidad, fue lo que Bennet definió como Puna
complex, con características adaptativas interesantes en un medio decididamente hostil.
Los atacamas fueron cultivadores de maíz, papa y porotos; construyeron andenes de gran extensión y es poco
probable que hayan tenido canales de irrigación.
Conservaban su alimento en grandes cantidades y como reflejo de un sistema adaptativo muy elaborado quedan
vestigios en el variado instrumental: hachas (para la extracción de sal), palos cavadores, cucharas, ollas, azadones,
etcétera. Como sus hermanos de la región, también fueron pastores y en menor medida cazadores.
El patrón de asentamiento repite el modelo de diaguitas y omaguacas: por un lado, el poblado (aunque en este caso con
escasas viviendas) y por el otro, el sitio defensivo.
Una característica de la cultura atacama era la deformación craneana con fines aparentemente estéticos e inclusive las
deformaciones dentarias (Boman atestigua en un niño de siete años dos incisivos limados en vida).
Las industrias destacadas son la alfarería (muy tosca), la metalurgia (escasa), la piedra (muy utilizada), la madera y el hueso.
Relaciones en el seno de la : Prácticamente nada sabemos acerca de la organización interna de la comunidad. Solo
que es muy probable que la familia haya constituido el núcleo básico sobre la cual estaba la parcialidad, que a su vez
quedaba a cargo de un cacique, en un esquema organizativo semejante al del resto de las culturas del Noroeste.
Relaciones con lo sobrenatural: En algunos poblados se han encontrado construcciones de dimensiones
mucho mayores que las habitaciones, probablemente templos.
Son interesantes los hallazgos del Pucará de Rinconada, en donde fueron encontrados menhires de hasta dos metros
de altura, y pequeños ídolos antropomorfos de piedra (¿amuletos?).
Es importante consignar asimismo el descubrimiento de tabletas para la absorción de alucinógenos, decoradas con
figuras antropomorfas. Además de haber sido utilizada como elemento de ayuda en la adaptación del hombre a ese
territorio inhóspito, es casi seguro que la práctica de la absorción de alucinógenos estuviera vinculada con rituales de
origen religioso.
La droga utilizada, el cebil o piptadenia, es de un uso muy difundido en nuestro continente, desde el Caribe hasta el
Noroeste, en donde además de los atacamas la tenían incorporada los comechingones y los lules.
Los usos que se daban a esta droga eran múltiples, pero siempre encuadrados dentro de lo sagrado: los trances, las
curas chamánicas, las ceremonias colectivas. En otras oportunidades y según las culturas, se la empleaba antes de las
guerras para aumentar la capacidad combativa. Variedades de esta droga se conocen también entre los guaraníes y los
matacos.
Como siempre, la funebria aporta elementos para la comprensión más acabada de la cultura. Los atacamas enterraban
a sus muertos en grutas naturales que eran completadas con “pircado”. El difunto era depositado con todas sus
pertenencias (inclusive las tabletas de cebil).
Se practicaban seguramente sacrificios humanos. El ejemplo más claro al respecto es el hallazgo de Salinas Grandes
en 1903. Se trata de un niño de alrededor de siete años, lujosamente vestido con adornos de oro y bronce. La muerte se
produjo por estrangulamiento y la cuerda se encontró arrollada al pescuezo.
Relaciones con otras es: La Puna, al igual que la quebrada de Humahuaca, fue un área de
intenso tránsito producto del comercio pero al igual que en las dos culturas vistas precedentemente, la guerra
fue el lazo de contacto con otros pueblos, si bien no alcanzó el desarrollo observado entre diaguitas y
omaguacas.
Los atacamas, poseedores de numerosos rebaños de llamas, transportaban sal con fines de intercambio en las regiones
aledañas. Recíprocamente, este producto era cambiado por cerámicas del área diaguita y peruana así como también por
nuestras ya conocidas valvas de moluscos del Pacífico a través de la Puna chilena. Indudablemente mantuvieron el
contacto más cercano con los omaguacas. Soportaron además la penetración incaica y en su territorio fueron alojadas
parcialidades “chichas” del área boliviana.
LOS LULE-VILELAS
En realidad la cultura lule-vilela tuvo su hábitat original en la zona del Chaco. Sin embargo, a la llegada de los
españoles parcialidades importantes ocupaban vastas regiones del Noroeste, gran parte del oeste de Salta y norte de
Tucumán y también el noroeste de Santiago del Estero. Es por ello que los incluimos en esta región cultural.
Se habla de lule-vilelas en razón de haber constituido una unidad mayor, una familia lingüística. Encontramos el
lugar de origen en la zona occidental del Chaco, al sur de los mataco- mataguayos y al oeste de los temibles guaikurúes.
Es probable que en la migración hacia el oeste y hacia el sur hayan participado exclusivamente los lules, permaneciendo
en el territorio original solo los vilela, que tardíamente se enfrentaron con el español (hacia el 1672).
Alberto Rex González, al tratar el tema del proceso dinámico anterior a la conquista en esta región de transición
entre el Chaco y la Montaña, habla de “influencias orientales tardías en el Noroeste” y explica:
…en diversos momentos, grupos indígenas procedentes del Chaco o de las florestas tropicales invadieron los
valles andinos y el pie de la montaña, hostigando o destruyendo a las tribus sedentarias preexistentes y
asentándose sobre sus vencidos. Este proceso fue cumplido por distintos pueblos, los guaraníes entre ellos. En
el momento de la Conquista fueron los lules quienes, desde Jujuy a Santiago del Estero, se encontraban en un
proceso cultural cuyos primeros antecedentes aparecen claramente hacia la cuarta centuria de la era cristiana,
pero que quizás hubiera comenzado antes. [6]
Según el rastreo arqueológico, parecería que estas “invasiones” de los lules son evidentes a partir del año 900 y ya
hacia el final del siglo XV la presencia en el borde de la montaña se hace estable. Inclusive parece ser que estas
migraciones tienen que ver con la penetración incaica por el noroeste en donde los lules habrían actuado como freno a la
expansión de las huestes del Cuzco.
Pero también me inclino a pensar que esta conmoción geocultural haya tenido otra causa, radicada en el mismo Chaco:
la presencia de las comunidades guaikurúes que igualmente se encontraban en ese entonces en plena actividad
expansiva. De tal modo, los lules estarían virtualmente encerrados en su hábitat, por lo cual buscaron una vía de escape
hacia territorios menos conflictivos. Pero esta es una hipótesis.
En su proceso migratorio progresivo hacia el oeste los lules ejercían presión en el momento de la Conquista sobre la
cultura tonocoté de Santiago del Estero; este hecho confundió a los cronistas que tomaron a ambas culturas como una
sola, a la que denominaron xurí (avestruz), gentilicio con que los conquistadores llamaron a los lules.
Conformaban los lule-vilelas una cultura de cazadores y recolectores nómadas. Sin embargo, el padre Del Techo nos
habla de dos clases de lules: unos nómadas, cazadores de jabalíes y recolectores de algarroba y miel en el interior del
Chaco y otros sedentarios y agricultores en la parte de la Montaña e incluso en el curso superior del Bermejo. Es
indudable que en la época de la Conquista el sector en expansión de esta cultura había incorporado la agricultura como
parte básica de su subsistencia diaria. Es por esta diferenciación y tomando en cuenta las influencias
ejercidas por la región de la Montaña que algunos autores hablan de los lule-vilelas como de una cultura “andinizada”.
[7]
Relaciones en el seno de la y con lo sobrenatural: Son escasas las informaciones al respecto. La guerra
desempeñaba un papel importante. Sabemos que eran guerreros feroces (algunas crónicas hablan de
prácticas antropofágicas) que iban al combate pintados imitando al jaguar.
Utilizaron el cebil para predecir el destino de la comunidad y para las rogativas, que en general se limitaban al
pedido de lluvias al ser supremo.
Relaciones con otras es: Por el panorama étnico esbozado en esta cultura vemos que los lule- vilelas estuvieron en
íntima relación con sus hermanos de la llanura chaqueña, especialmente con los mataco-mataguayos y los guaikurúes. Al
mismo tiempo se relacionaron con los sedentarios y agricultores tonocotés por el oeste ya en el límite con la Montaña.
Por ser una cultura que ocupó una zona de clara transición, los lule-vilelas desplegaban una forma de vida no
integrada e inclusive diferente según las parcialidades en un espectro que variaba de la agricultura a la caza y la
recolección como modos de subsistencia primordiales. Es importante que consignemos la opinión de Imbelloni para
quien la cultura lule-vilela representa “la irradiación hacia el Chaco de corrientes procedentes de las Altas Civilizaciones
de los Andes” por el hecho de que dichas comunidades muestran un cuadro de agricultores tardíos en la región.
Lo cierto es que esta cultura, típicamente chaqueña, abandonó en parte su territorio y migró por razones aún del todo
no conocidas hasta la región de la Montaña. El contacto con las culturas de esa región provocó seguramente la
incorporación de la técnica de la agricultura en algunos sectores de las parcialidades que se superpuso así a un
substratum original cazadorrecolector.
LOS TONOCOTÉS
La cultura tonocoté estuvo asentada en la parte centro-occidental de la actual provincia de Santiago del Estero, en una
región llana al pie de la montaña, en la zona atravesada por los ríos Salado y Dulce. Geográficamente es una zona
encajonada entre el Chaco occidental, la montaña y las Sierras Centrales de Córdoba y San Luis por el sur. Pero desde el
punto de vista cultural, estuvo íntimamente ligada a la región de la Montaña.
El panorama étnico-cultural de esta zona fue objeto durante varios años de arduos debates entre los
especialistas, particularmente a partir de los hallazgos de los hermanos Emilio y Duncan Wagner y de la
publicación de su libro La civilización chaco-santiagueña y sus correlaciones con las del viejo y nuevo
Mundo, en 1934.
Hoy, sin estar del todo dilucidada la cuestión, por lo menos contamos con una serie de elementos que nos permiten
intentar una reconstrucción aproximada de esta cultura.
Como ya vimos, a la llegada de los conquistadores españoles esta cultura estaba siendo presionada por los lules.
Ambas etnias fueron denominadas “juríes” por las primeras crónicas. Lo cierto es que a esa fecha, la región presentaba
un cuadro altamente complejo y dinámico al que se sumaba la fuerte presencia diaguita como un tercer componente.
Acerca del origen de los tonocotés, en una reunión especial de la Sociedad Argentina de Antropología en 1939, se
llegó a la conclusión de que los portadores de la “enigmática” cultura santiagueña eran de “origen Amazónico
Andinizado o a la inversa”. Sin quedar todavía claro el problema de la procedencia de estas comunidades al menos se
definía su ligazón cultural con las culturas de la Montaña. Además se concluyó que “a mediados del siglo XVI dos
pueblos distintos coexisten en la región santiagueña. Al primero de ellos vieron los conquistadores hispanos asentado en
las márgenes de los grandes ríos. Era agricultor y sedentario. El otro, de economía recolectora, asolaba y destruía al país.
El elemento sedentario por su nivel de cultura pudo ser portador de la cultura chaco-santiagueña”.[8]
El asentamiento a la vera de los ríos es de por sí un elemento diagnóstico para el supuesto origen amazónico de la
cultura tonocoté. Agricultores de maíz, zapallo y porotos, se dedicaron con
menor intensidad a la caza, pesca y recolección.
Aprovechaban el río de diversas formas y especialmente una bastante original por la cual se había construido
una hoya de enormes dimensiones en que se cultivaba luego de que el río se secara. La hoya en época de crecida
estaba anegada.
Característico de esta cultura es el emplazamiento de las viviendas en túmulos o mounds, la mayoría de ellos
artificiales. A su vez, las viviendas estaban cercadas en su conjunto por una empalizada seguramente con fines
defensivos. La empalizada es otro rasgo diagnóstico de las culturas de la selva sudameriana.
Es indudable que en el conjunto de la cultura existen una cantidad de elementos provenientes del área amazónica.
Hasta aquí llegamos en nuestra interpretación de los datos y en la reconstrucción de la vida comunitaria. Más arriesgado
es sostener lo que Canals Frau asevera cuando decididamente atribuye a los tonocotés origen arawak.
Y para terminar esta descripción quiero referirme brevemente a un tema ya mencionado pero que de nuevo aparece
en esta zona: la expansión incaica y la penetración de la lengua quichua.
En general todos los investigadores coinciden en adjudicar a la penetración incaica en nuestro territorio
consecuencias importantes para la vida de las comunidades del Noroeste. Sin embargo, lo que no se ha determinado aún
fehacientemente es la forma de esa penetración. Muchos elementos de juicio nos permiten suponer empero que una de
las formas fue la introducción de la lengua como elemento de dominación.[9] Incluso es también posible que la lengua
se introdujera entre los caciques, chamanes y otros notables de la comunidad para posteriormente pasar al resto de ella.
Es indudable que los conquistadores y los misioneros utilizaron el quichua como “lengua franca” en el Noroeste con
el objetivo de unificar la realidad lingüística regional y ver facilitados sus proyectos. Esto nos induce a pensar no solo
que el quichua era una de las lenguas de mayor expansión en Sudamérica, sino que había penetrado en muchas regiones
en las cuales estaba en vías de consolidación a la llegada de los españoles.
Valiéndose de estas argumentaciones, Emilio Christensen lanza la hipótesis de que en la época de la conquista existía
en la actual Santiago del Estero “una comunidad sedentaria —distinta de sus convecinas— que en la época del arribo de
los conquistadores españoles, daba los primeros pasos por el camino de la civilización; esa comunidad dependía del
Cuzco y hablaba su idioma”.
[10] La mesopotamia santiagueña fue, para este autor, el hábitat de esta
comunidad de mitimaes desde la cual se habría iniciado un proceso de
quichuización sobre las culturas vecinas.
Nosotros insistimos en el origen local de la cultura tonocoté, pero en todo caso hipótesis como la mencionada
contribuyen a enriquecer un panorama que una vez más se nos aparece como esencialmente dinámico. [11]
El Noroeste, corazón de la región de la Montaña, bulle así en profundas relaciones interculturales, penetraciones
bélicas o expansiones, ofreciendo en el siglo XVI una riquísima antropodinamia producto de los magníficos desarrollos
que estaban alcanzando sus comunidades (mapa 9).
MAPA 9. ANTROPODINAMIA DEL NOROESTE ARGENTINO
EN EL SIGLO XVI
Los comechingones eran agricultores de maíz, porotos y zapallos. Utilizaban el regadío artificial sobre campos de cultivo de
gran extensión que también impresionó a los conquistadores.
Practicaban la conservación del cereal en silos subterráneos. Aunque sin el grado de desarrollo alcanzado por las
comunidades diaguitas, la vida agrícola de esta cultura ofrecía un patrón similar a la cultura del Área Andina
Meridional. Fueron pastores y practicaban la crianza de llamas y, en menor medida, también fueron cazadores y
recolectores.
En lo que se refiere a las principales industrias, la cerámica no tuvo un gran desarrollo: sí, en cambio, el tejido, la piedra y el
hueso. La metalurgia es casi inexistente.
Relaciones en el seno de la : La familia extensa era el núcleo de la comunidad y un conjunto de ellas constituía una
parcialidad a cargo de un cacique con jerarquía y posiblemente hereditario.
Las parcialidades tenían territorios propios delimitados y parecería que ello provocaba constantes
fricciones entre los grupos por violación de los límites.
Relaciones con lo sobrenatural: Las deidades principales eran el Sol y la Luna, creadores de todo lo conocido,
generadores de luz, alimento y protección. Hacían la guerra por lo general de noche “para que la Luna estuviera con
ellos”. Expertos combatientes, tenían un elaborado ritual propiciatorio de la buena fortuna en la guerra. Las ceremonias
eran presididas por los chamanes que utilizaban el cebil como apoyatura mágica. Los enterratorios son en los pisos de
las viviendas, ante lo cual A. Rex González comenta que “parece ser la costumbre más antigua de los cultivadores,
puesto que perdura en el centro del noroeste en épocas tempranas, como en el caso de El Alamito y hasta poco antes de
la Conquista en Humahuaca”.
Relaciones con otras es: Sabemos poco acerca del comercio. Los yacimientos arqueológicos parecen indicar un gran
aislamiento, porque al contrario de lo que hemos visto en otras zonas, no se encuentran vestigios de la presencia de otras
culturas.
Tuvieron, por el contrario, relaciones belicosas con los sanavirones, de cultura similar, que habían comenzado a
expandirse sobre ellos.
Los incas sin embargo no pudieron penetrar en sus territorios. Aunque no sabemos con certeza las causas, es posible que entre
otras figure la capacidad guerrera de esta cultura, que quedó ampliamente demostrada posteriormente frente al conquistador
español.
La “maquinaria bélica” estaba sumamente elaborada, marchaban al combate en forma de escuadrones con
flechadores, portadores de fuego y veneno. Es posible que hayan construido sitios defensivos semejantes a los pucarás y
que las empalizadas hayan tenido por fin la protección de la comunidad.
Eran frecuentes las alianzas de parcialidades en caso de enemigo común. La cultura comechingona es uno de los
últimos desprendimientos de las influencias de las comunidades de la Montaña. Como vimos, muchos de los aspectos
hacen que tengamos que vincularla con los pueblos andinos. Pero además existen otros elementos diferentes. Dado el
papel jugado por sus hermanos los sanavirones, es posible que estos hayan actuado como vehículos de penetración
cultural, introduciendo entre los comechingones una serie de características propias por asimilación de elementos y por
creación de otros, que los conformaron como una entidad étnico- cultural original que incorporó, aparte de sus propios
patrones, aquellos provenientes de la Montaña y en menor medida los del Chaco y la selva amazónica.
LOS SANAVIRONES
Ocupaban también parte de las Sierras Centrales, en el norte de Córdoba. Al norte estaban los tonocotés y al este los
guaikurúes del Chaco; por el oeste comenzaban a desplazarse sobre los comechingones.
Se asentaban sobre una gran extensión en el bajo río Dulce, incluyendo toda la zona de la laguna de Mar Chiquita.
Al igual que los comechingones fueron agricultores especialmente de maíz, que cultivaban en vastas extensiones. Practicaron
asimismo la recolección, la caza, la pesca y el pastoreo de llamas.
Las viviendas eran de gran tamaño (¿albergue de varias familias?) y a semejanza de los comechingones rodeaban un
grupo de ellas con una empalizada de troncos. Ambos elementos, “casas comunales” y empalizadas, nos remiten a
influencias de las culturas de la selva.
Escultura en piedra de los denominados “suplicantes”. Colección Morello. Museo de La Plata. Procedencia de Catamarca.
Cultura Alamito. En A. R González, Arte Precolombino de la Argentina
En cuanto a las industrias poco se sabe, aunque eran alfareros e inclusive decoraban y pintaban sus cerámicas, que
eran parecidas a las elaboradas por los tonocotés.
Relaciones en el seno de la , con lo sobrenatural y con otras es: Prácticamente es imposible reconstruir estos aspectos
por falta de informaciones. Por las características de las viviendas puede inferirse la existencia de la familia extensa como
unidad mínima de la comunidad, y que socialmente un conjunto de estas familias constituían una parcialidad.
Es posible que la presencia de empalizadas se debiera a las luchas fratricidas por venganzas de sangre o cuestiones
de límites (otra vez, esta particularidad de la lucha intestina nos lleva a pensar en influencias de la selva tropical).
De la cosmovisión nada sabemos, solo que quizás hayan recibido aportes de tonocotés y comechingones.
En cuanto a la relación con otras comunidades lo que sí es seguro es que a la llegada de los españoles estas comunidades de
fuerte contenido guerrero estaban presionando el hábitat comechingón en un intento por desalojarlos.
Sin duda existen una serie de peculiaridades que hacen aparecer a esta cultura con importantes influencias de la selva tropical,
posiblemente de antepasados que a través de la región del Litoral cruzaron el sur del Chaco y se asentaron en el territorio
sanavirón. Sin embargo, por la escasez de datos no estamos en condiciones de asegurar esta hipótesis. Mucho más sencillo es
en cambio demostrar la influencia de la región de la Montaña, de la cual participaron por una forma de vida sedentaria,
agrícola, y alrededor de la cual giró la organización comunitaria.11
Cuyo
LOS HUARPES
La cultura huarpe, original del territorio cuyano, ocupaba en el siglo XVI la zona limitada al
norte por el valle del río San Juan (algunos autores como Canals Frau señalan el límite más al norte: desde la cuenca del
río ZanjónJáchal en el centro de la actual provincia de San Juan); al sur la cuenca del río Diamante en la provincia de
Mendoza; al oeste la cordillera de los Andes y al este el valle de Conlara. En total, ocupaban las actuales provincias de
San Juan, San Luis y Mendoza.
La región huarpe es sumamente interesante desde el punto de vista cultural ya que, por un lado, es el límite
meridional de la expansión de los pueblos agricultores de la actual Argentina en tiempos prehispánicos y, por el otro,
representa un hábitat transicional con las culturas de Pampa y Patagonia. A su vez, es posible que a esta región hayan
llegado influencias de los araucanos desde el actual territorio chileno.
La cultura huarpe estaba integrada por dos parcialidades que a su vez eran portadoras de sus respectivos dialectos: allentiac y
milcayac.
Según A. Metraux[12], los primeros, los huarpes allentiac, habitaban las lagunas de Guanacache, la
provincia de San Juan y la de San Luis, mientras que los segundos estaban asentados al sur de Guanacache
hasta el río Diamante en toda la provincia de Mendoza.
Existían diferencias internas en la cultura: los huarpes del oeste eran agricultores sedentarios y como producto básico
cultivaban el maíz y la quínoa. Poseían acequias en los terrenos cultivados y fueron ceramistas. Practicaron la
recolección (algarroba) y la caza en menor medida.
Por el contrario, los huarpes del este eran cazadores de liebres, ñandúes, guanacos y vizcachas.
Algunas crónicas nos hablan de la existencia de perros adiestrados para colaborar en la caza. Utilizaban para estas
actividades el arco y la flecha y las boleadoras. El sistema más común de caza llamó la atención de los conquistadores e
inclusive era muy semejante al de los querandíes:
Del instante en que ellos sorprendían uno (un venado) se le aproximaban, lo perseguían a pie, a medio trote y no
lo perdían jamás de vista. No lo dejaban detenerse ni a comer hasta que, al cabo de uno o dos días, el animal se
fatigaba y se rendía: van ellos entonces a atraparlo y, cargados con su presa, retornan a la casa donde celebraban
una fiesta con su familia.[13]
Pero más aún: existe un tercer sector con características propias, debido al particular hábitat en el que se asentaban:
las lagunas de Guanacache, en el límite entre las actuales provincias de San Juan, San Luis y Mendoza. Allí existían
vastas zonas inundadas que condicionaron un tipo de vida singular de las comunidades, llamadas tradicionalmente
“huarpes laguneros” o “huarpes de Guanacache”.
En este hábitat las comunidades huarpes se adaptaron basándose en la caza y la pesca. Realizaban esta última
actividad con un tipo de balsa que es lo más antiguo de que se tenga conocimiento como embarcación. Su construcción
es elemental: la unión de tallos de juncos atados con fibras vegetales.
En esas lagunas también se practicaba la caza de patos.
En conjunto, como vemos, había una relación con la naturaleza diversa según las regiones y las comunidades, practicándose
todos los tipos de economía para la subsistencia: agricultura, caza, pesca y recolección.
Es por esta razón que los patrones de asentamiento presentaban diferencias. Allí donde se cultivaba en la parte de la montaña,
las viviendas eran fijas y de pircas: en Guanacache eran semisubterráneas; en el este nos encontramos con el “toldo”, que es
prácticamente el modelo tehuelche.
Sus casas son portátiles y están hechas de pieles de guanaco cosidas unas con otras. Están tendidas sobre
estacas clavadas en el suelo, haciendo unas las veces de techo, mientras que las otras constituyen las paredes.
Cuando la caza escaseaba cargaban sus casas después de haber enrollado las pieles. De un punto se trasladaban
a otro y volvían a levantar su pueblo. [14]
Además de la cerámica los huarpes trabajaron en cestería (especialmente en Guanacache).
Relaciones en el seno de la : Cada parcialidad estaba a cargo de un cacique, aspecto que en la zona del este de los
huarpes cazadores debe haber sido más laxo.
Existían una serie de prácticas muy difundidas como el levirato (la viuda y los hijos pasan a depender del hermano
menor del fallecido) y el sororato (el hombre al casarse lo hace también con las hermanas de la mujer). Eran comunes los
ritos de iniciación, con semejanzas en algunos casos a los yámanaalakaluf.
Relaciones con lo sobrenatural: Por lo menos entre los huarpes allentiac se sabe de la existencia de un
ser supremo con su opuesto maligno.
En cuanto al ritual fúnebre algunas crónicas mencionan ceremonias colectivas.
Relaciones con otras es: Las comunidades huarpes parecen haber conformado alguna cultura pacífica, hecho
comprobado por la rápida incorporación al sistema impuesto por el conquistador español.
A la población original de origen cazador llegaron las influencias de la cultura diaguita con la cual estuvo vinculada
(no olvidemos que los huarpes septentrionales estaban asentados en territorio diaguita) y de la cual seguramente
incorporó la agricultura y prácticas subsidiarias.
Relacionada con este patrón agricultor está la posible conexión con las comunidades de araucanos del otro lado de la
cordillera, pueblos de pastores y agricultores sedentarios, parte de los cuales comenzaban a migrar hacia territorio
argentino por corredores del Neuquén.
Más tardíamente, la expansión y la penetración incaica en el noroeste deben haber alcanzado el territorio cuyano y la
región huarpe. Según las crónicas y vestigios arqueológicos parece ser que en el valle de Uspallata fue trasladada una
población de mitimaes, con el objetivo acostumbrado: constituirse en cabecera de desembarco del ulterior dominio de la
región a través de la quichuización.
Finalmente, los componentes meridionales de los huarpes han de haber estado en contacto con parcialidades tehuelches
septentrionales.
Pero además de estas explicaciones, no puede dejar de considerarse que la agricultura para estas comunidades no era
una actividad económica, sino un ritual. Un ritual que estaba directamente ligado a la concepción del universo y que se
expresaba a través del intento constante por organizar lo desorganizado, transformando el caos en cosmos (el orden y la
armonía).
Por medio de la tarea agrícola el hombre de la Montaña incorpora la tierra a sí mismo, domesticándola o integrándola
a su vida. Por eso también existe aún hoy la “Madre Tierra”, dadora de la vida, y la agricultura, como actividad vital, que
se desarrolla en su seno, generándose entonces una relación sagrada entre el hombre y esa actividad.
d) La relación con otras es y la influencia de la región de la
Montaña sobre otras áreas a la llegada de los conquistadores. Esto llevó a
constituir diferentes formas de vida que alcanzaron su punto de mayor
esplendor en la zona de Valles y Quebradas. En las áreas periféricas la
actividad agrícola está integrada a una fuerte tradición cazadora-
recolectora.
Es importante tener en cuenta que a medida que va desapareciendo el paisaje de la montaña para internarnos en la
llanura al sur o al este, los rasgos culturales originales se van desdibujando y se presenta un panorama que empieza a
mostrar relaciones con esa otra gran región cultural, hasta aparecer con todo su vigor las culturas originarias de esos
nuevos hábitats.
La Llanura
Pampa y Patagonia
LOS TEHUELCHES
Pampa y Patagonia presentan un cuadro cultural complejo y desde los primeros cronistas hasta nuestros días se han venido
realizando una serie de clasificaciones de sus diferentes comunidades.
Entre las principales razones por las cuales ese panorama aparece confuso puede mencionarse:
•extinción prematura de algunos grupos, como los querandíes.
•conocimiento fragmentario al tomar contacto solo con algunas parcialidades.
•la penetración araucana que transformó la realidad cultural.
•las opiniones contrapuestas de los especialistas y estudiosos en general.
Después de haber efectuado un análisis lo más cuidadoso posible sobre las fuentes y sobre los distintos autores, me
inclino a compartir la denominación dada por Escalada (1949) que es la de “complejo tehuelche” a la que sumamos los
aportes de Rodolfo Casamiquela (1967-1969). La perspectiva de ambos investigadores, a mientender, no solo esclarece
el arduo panorama etnográfico de la región en estudio, sino que es una brillante síntesis de los componentes del llamado
“complejo” que queda constituido de la siguiente manera. [15]
•Tehuelches septentrionales (guenaken) CONTINENTALES
•Tehuelches meridionales (penken y aoniken) CONTINENTALES
•Onas (selknam y haus): Tierra del Fuego.
Ahora bien, esta clasificación implica terminar, aunque no definitivamente, con la serie de denominaciones que fueron
utilizadas por cronistas y especialistas:
•Patagones (todos los tehuelches o tehuelches meridionales).
•Pampas (tehuelches septentrionales).
•Chonekas o chónik (equivalentes a patagones).
•Puelches (parcialidad de los tehuelches septentrionales).
•Taluhet, diuihet y chechehet (según Falkner; parcialidades puelches).
• Querandíes (comunidades del litoral del Río de la Plata y parte de
la provincia de Buenos Aires, aunque con estos grupos como veremos existen
algunas dudas).
Para decirlo en otras palabras: las comunidades que desde el siglo XVIespecíficamente, pero aun mucho antes y hasta
la disolución cultural posterior por obra de la penetración araucana desde Chile, que en el siglo XVIII ocupaban los
territorios limitados al norte por el sur de Santa Fe, Córdoba, San Luis y Mendoza; al oeste por la cordillera de los Andes;
al sur abarcando todo el territorio de Tierra del Fuego y al este por el océano Atlántico, conformaban una unidad cultural
mayor y fueron denominadas por los araucanos como tehuelches (Chehuelches: cheuel, bravo; che: gente…, la gente
brava).
A su vez, cada componente presentaba diferencias respecto a los demás, pero participaban en conjunto de una forma de vida
común por lo cual se acepta la especificación de “complejo” para definirla, teniendo en cuenta además la existencia de una
lengua común a pesar de las variantes dialectales.
Casamiquela establece un cuadro general de la cultura tehuelche, basándose en estudios personales sobre el terreno,
las fuentes etnohistóricas, la toponimia, la onomástica y las genealogías, al que titula “Cazadores Patagónicos
Sudamericanos”, incluyendo en él también al grupo septentrional (chaqueñolitoral-oriental). Para nuestro autor, el grupo
tehuelche es el que llama “meridional” (fuego-patagónico-pampeano) y es el que se detalla en el cuadro 6.
Es interesante apuntar asimismo que Casamiquela también se basa en la existencia de los diecisiete rasgos diagnósticos de
Lothrop para determinar la unidad cultural de los tehuelches.[16]
En cuanto a los límites internos de esa cultura, en el siglo XVIeran aproximadamente los siguientes:
El primero es entre los tehuelches septentrionales y los meridionales, señalado por la cuenca del río Chubut aunque
por supuesto esto no es absoluto. No olvidemos que estamos considerando
a grupos nómadas en permanente desplazamiento. Se han constatado rutas de migración de ambos sectores hacia uno y
otro lado. Los tehuelches septentrionales efectuaban sus desplazamientos en invierno hacia el litoral atlántico buscando
no solo el clima más benigno, sino persiguiendo las manadas de ñandúes y guanacos que también se dirigían en esa
dirección. Los tehuelches meridionales, por su parte, se desplazaban hacia el noroeste y aun hacia el nordeste (en el
primer caso para comerciar con grupos araucanos).
El segundo límite es entre las parcialidades de los tehuelches meridionales. Los penken (norteños) estarían ubicados
entre el río Chubut y el Santa Cruz y los aoniken (sureños) entre el río Santa Cruz y el estrecho de Magallanes (mapa
10).
En el centro del Neuquen cordillerano gravita el micleo de los pehuenches primitivos (PP). Ha
cia el sur se hace sentir las primeras inflluencias itl’1lUcanas(A), sabre todo culturales.
En el :lrea pan-pampeana domin an grupos tehuel ches septentrionales boreales ((TSB), resultado de la transformación
gradual de los proto-tehuel ches”.Hacen pie en Buenos Aires, los primeros [Link] (B).
Se hace sentir fuertemente la presion de los te huelches septentrionales australes (TSA) de la Patagonia septentrional,y
tehuelches septentrio nales (TS) del :lrea pampeana, sabre el micleo pehuenche.
El resto de la Patagonia est:l ocupada par los te huelches meridianales boreales (TMB) y austra les (TMA).
Conocían la desecación de la carne, es decir, su conservación a través del secado al sol y su salado.
Los animales no solo proveían alimento sino vestimenta y vivienda. La primera era el típico “manto patagón”, confeccionado
con varias pieles de guanaco o zorro con el pelo hacia adentro, mientras que la vivienda era el típico “paravientos” o “toldo”,
consistente en una serie de estacas sobre las cuales se colocaban las pieles.
Relaciones en el seno de la : La unidad mínima era la familia y la familia extensa, un grupo de ellos constituía la
banda, que era la organización social máxima. Por lo general no excedía del centenar de individuos. A cargo de cada
banda estaba un cacique de relativa autoridad que por lo general decidía la organización de las cacerías y la dirección de
las marchas.
Relaciones con lo sobrenatural: En ambos grupos existe la creencia en un ser supremo: Tukutzual entre
los septentrionales y Kooch entre los meridionales.
Entre los primeros está la figura de Elal, héroe civilizador que según la tradición condenó a la primera generación de hombres
a ser peces por haber violado un tabú sexual. Esto provocó la abstención de comer a sus propios antepasados a través de la
autoprohibición de la pesca.
Los tesmóforos o héroes civilizadores están omnipresentes en las culturas cazadoras, tal como ocurre con los tehuelches.[17]
La funebria tehuelche muestra la práctica de enterrar al difunto en la cima de las colinas (meridionales) o cavernas y grutas
(septentrionales) recubriéndolo con piedras (“chenque”).
Relaciones con otras es: Las comunidades tehuelches tuvieron intensa relación entre sí ya sea por comercio o guerra.
Esta última se daba por lo general ante la violación de los territorios de caza o venganzas.
En el momento de la llegada de los españoles, la principal movilidad se daba en el sector de los tehuelches
septentrionales, es decir desde el río Chubut hacia el norte. En toda esta área se producían desplazamientos continuos de
los diversos grupos especialmente hacia el norte, por parte de los tehuelches septentrionales australes que también se
dirigían hacia los asentamientos pehuenches en el actual Neuquén.
Por ese entonces las avanzadas araucanas a modo de “cuña” hacen pie del lado argentino también en Neuquén y es
fundamentalmente con ese desprendimiento que tehuelches y araucanos comienzan a entrar en una relación que será
cada vez más fluida, hecho que a la postre resultaría fatal, como ya veremos.
Mientras tanto los tehuelches meridionales permanecen estáticos en su hábitat, proceso que se invierte a partir del siglo XVII.
No quiero avanzar en el análisis del componente ona de los tehuelches sin mencionar aunque más no sea en forma
breve a los querandíes.
Casamiquela considera que pertenecen al grupo de los ancestros de los tehuelches
septentrionales y en la época de la Conquista, a una “porción boreal” de ese componente.
Algo semejante sostiene Canals Frau al presentar a los querandíes como el sector oriental de las pampas (para nosotros un
componente guenaken).
Los querandíes eran, desde el punto de vista cultural, un sector, el más septentrional de la cultura tehuelche porque
compartían con las comunidades del interior de la llanura una forma de vida cazadora, una organización similar, una
cosmovisión y seguramente una misma lengua.
Sin embargo, existieron algunos grupos o subgrupos que presentaron ciertas características propias, especialmente
aquellos que estuvieron próximos a las costas del Río de la Plata. Esas características peculiares que consignamos a
continuación los acercan a su vez a sus otros hermanos de la llanura: los guaikurúes.
Familia de un cad que pampa, Carlos E. Pellegrini, 1835. Litograffa de Alberico Isola, en AlbumArgentino... Bs. As., 1845.
b) Onas:
Este grupo constituye el tercer componente del complejo tehuelche, ubicado en el territorio de Tierra del Fuego, con
excepción del Extremo Sur, hábitat de los yámana-alakaluf.
Estaba integrado por dos parcialidades: los selknam (u onas) en casi toda la isla y los haus (o maneken) en la península Mitre.
En un ambiente ecológico similar a los cazadores de Patagonia, los onas compartieron una misma forma de
vida, sustentada en la caza del guanaco y secundariamente aves como patos, cisnes, etcétera. Fueron también
recolectores de raíces y frutas silvestres.
A pesar de las condiciones de su hábitat, los onas no tuvieron medios de transporte acuático y prácticamente no explotaron los
recursos marinos. Constituían pequeñas bandas nómadas en continuo desplazamiento.
Relaciones en el seno de la : Al igual que entre los tehuelches continentales la unidad mínima era la familia
extensa y el conjunto de ellas constituían la banda. A su cargo no había jefes, salvo en períodos de guerra; más bien la
autoridad recaía en ancianos y chamanes.
Los onas tenían complejamente dividido el territorio en sectores de caza para cada una de las bandas, lo que
provocaba constantes enfrentamientos por la violación de los límites.
Los ritos de iniciación ona han sido estudiados especialmente por Gusinde.[19] que nos habla de la incorporación de
los adolescentes varones a la comunidad adulta y su participación en el kloketen o sociedad secreta de hombres,
destinada a sembrar el terror entre las mujeres.
El matrimonio era exogámico y por lo general monogámico, aunque se practicaba el levirato y el sororato.
Relaciones con lo sobrenatural: La concepción del universo ona reconoce a un ser supremo, Temaukel, creador
del cielo y de la tierra, dador de la vida y de la muerte. También entre ellos al igual que entre los tehuelches
meridionales habría una superposición con un héroe civilizador, Kénos, que en tiempos inmemoriales habría formado
el cielo y la tierra y era portador de la ley moral.
Esta concepción se complementa con un conjunto de “demonios de la naturaleza” que por lo general actúan sobre
las mujeres, acechándolas. La muerte de un miembro de la comunidad es vivida como tabú. Su nombre no vuelve a
mencionarse y sus pertenencias son destruidas.
Relaciones con otras es: Por su situación continental particular, asentados en un territorio aislado, los onas no
tuvieron prácticamente contacto con otras comunidades, especialmente los tehuelches meridionales. Por esa razón, entre
otras, y a pesar de que esta cultura es típicamente tehuelche, mantiene con ella una diferencia fundamental: la no
incorporación del caballo — apropiado de los conquistadores españoles— en el siglo XVII, que separó virtualmente a
los onas, desde el punto de vista cultural, de sus hermanos del continente. Porque todas las transformaciones que
acaecieron a partir de aquel singular acontecimiento en el seno de las culturas de la llanura no se dieron jamás entre los
onas, que persistieron entonces en su forma de vida tradicional.
Mantuvieron sí escasas relaciones con la cultura yámana-alakaluf en el Extremo Sur y ellas son visibles a través de
los ritos de iniciación y ciertas manifestaciones de la organización comunitaria. [20]
CAPÍTULO II
las comunidades que ocupaban
nuestro territorio en el siglo XVI
El territorio argentino se integra físicamente a la porción sur del continente americano por contar con dos regiones
que son clave en este último: la Montaña y la Llanura. Asimismo nuestro país cuenta con otros paisajes “transicionales”
que son el Litoral Mesopotámico y el Extremo Sur (véase mapa 4).
En esas regiones básicas, las comunidades originarias desplegaron su vida. El marco que les imponía la naturaleza las
condicionaba pero también les posibilitaba diversos desarrollos.
La Llanura: Extensísima región de nuestro territorio integrada por dos subregiones específicas: Pampa-Patagonia y
Chaco.
El complejo Pampa-Patagonia abarca desde los Andes hasta el Atlántico y desde el sur de Córdoba y San Luis hasta
el fin del continente. La Pampa tiene un área total de 600.000 km2 y abarca las actuales provincias de Buenos Aires, sur
de Santa Fe, Córdoba, San Luis, parte de Mendoza y La Pampa.
En cuanto a la Patagonia, es la parte que se extiende al sur del río Colorado hasta la zona magallánica. A diferencia de La
Pampa, lugar de exquisitas praderas, la Patagonia es una desolada estepa en su mayor parte, con clima árido y vientos de
singular violencia.
El Chaco es una vasta llanura con porciones boscosas que se extiende desde los últimos desprendimientos del planalto
brasileño por el norte; por el este, los ríos Paraná y Paraguay, por el sur el río Salado y por el oeste los primeros contrafuertes
andinos.
Generalmente se lo divide en tres zonas: el Chaco Boreal (al norte del río Pilcomayo, fuera del territorio argentino);
el Chaco Central (entre el Pilcomayo y el Bermejo) y el Chaco Austral (entre el Salado y el Bermejo). Esta zona
permaneció anegada hasta el año 7000 a.C., por lo cual su poblamiento se produce a partir de esa fecha.
El Litoral Mesopotámico: El eje hidrográfico Paraná-Paraguay configura un ámbito particular que produjo
adaptaciones ecológicas muy especiales en las comunidades que ocuparon su zona de influencia. Incluso si tenemos en
cuenta la variedad paisajística dentro de una homogeneidad básica: la parte norte es la selva tropical, que constituye el
último eslabón de la fantástica Amazonia. Al sur de ella encontramos un complejo palustre formado por lagunas, esteros,
cañadas y ríos: los esteros del Iberá. Debajo de ellos se extiende una región pródiga en ondulaciones, las cuchillas
entrerrianas y por fin, mezclándose con los bordes pampeanos y penetrando el océano, el delta del Paraná.
El Extremo Sur: Es la región integrada por Tierra del Fuego (la isla mayor del archipiélago austral) y las islas
menores del confín del continente.
La zona se puede dividir en dos porciones: una norte y otra sur, cuyo límite corre por la línea que une, de oeste a este,
la bahía del Almirantazgo y el lago Fagnano. La porción norte es una vasta llanura que ecológicamente constituye una
prolongación de la Patagonia. La porción sur, por el contrario, es montañosa y con bosques, lo cual indica una
prolongación del sector occidental de la Patagonia.
Desde el punto de vista geográfico, el Extremo Sur se presenta como una continuación del hábitat patagónico. Sin
embargo, prefiero mencionarlo como una región cultural específica por dos razones: la primera por su particular
ubicación en el contexto argentino y continental (posición de confín—finis terrae— y arrinconamiento); la segunda por
sus pobladores originarios, que dieron peculiares características a la región.
El Extremo Sur fue en tiempos prehispánicos una unidad cultural que se extendía largamente por el territorio de
final hermana. En ese entonces no existían los límites que nos desunieron durante tantos años.
Restaría finalmente ubicar una zona particular como es Cuyo. Existen discrepancias entre los diversos autores ya que
algunos lo consideran como parte de lo que aquí llamamos la montaña y otros como la llanura. Por sus características
generales y especialmente por las comunidades en ella asentadas preferimos plantearlo como una región de transición en
conexión con las otras dos regiones básicas: la montaña y la llanura.
La Argentina presentaba así un espacio riquísimo en posibilidades para la adaptación de las comunidades que aquí
llegaran. Existieron mejores y peores condiciones, pero la variedad inmensa de suelos, climas, vegetaciones y relieves
fue la regla.
Y las comunidades originarias vivieron en vinculación profunda con sus territorios en una relación de ida y
vuelta hombre-paisaje que alimentó constantemente una antropodinamia geocultural singular. A ella nos referimos
en las próximas páginas.
PRINCIPALES SISTEMATIZACIONES
La historia de la antropología en la Argentina ha registrado infinidad de sistematizaciones de las comunidades indígenas en el
momento de la llegada de los españoles. Es imposible mencionar y describir cada una de ellas, pero
para tener una idea de cómo fue evolucionando el pensamiento de los investigadores, hemos seleccionado cuatro como punto
de partida, dado que a nuestro juicio son las más representativas:
• Félix Outes-Carlos Bruch (1910): profesores de la Universidad de
Buenos Aires y de la Universidad Nacional de La Plata.
• Historia de final Argentina (1939): En el volumen I de la colección
dirigida por Ricardo Levene, se efectúa una compilación a cargo de los
siguientes especialistas: Joaquín Frenguelli; Milcíades Alejo Vignati; José
Imbelloni; Eduardo Casanova; Fernando Márquez Miranda; Francisco de
Aparicio; Enrique Palavecino; Antonio Serrano; Emilio y Duncan Wagner.
Prácticamente todos fueron los antropólogos más importantes del país hasta
1940 y algo después.
•Salvador Canals Frau (1953): otro prestigioso investigador de origen catalán.
•Alberto Rex González-José A. Pérez (1976): González es doctor en Medicina y
Arqueología, profesor en varias universidades del país, Estados Unidos, Alemania y otros países. Pérez es
licenciado en Historia y miembro del CONICET.
En estas cuatro sistematizaciones por autor, tenemos prácticamente cubierto el siglo XX en cuanto a la temática que
nos ocupa. Para un mejor ordenamiento y claridad hemos elaborado un cuadro de ellos donde se registran las regiones
y las culturas (cuadro 4). Este cuadro nos permite obtener una primera visión de conjunto y al mismo tiempo comparar
las diferentes perspectivas. Una secuencia posterior cartográfica (mapas 6, 7, 8 y 9) nos muestra las diferentes
sistematizaciones volcadas a los mapas.
NUESTRA SISTEMATIZACIÓN
Sobre la base del análisis de las fuentes históricas, los estudios arqueológicos y etnográficos y la comparación analítica de las
perspectivas de los diferentes autores, pasamos a exponer nuestra propia sistematización de las culturas indígenas argentinas
en el siglo XVI, en el cuadro 5, que más allá de sus minuciosos detalles apunta a hacer operativo un estudio de por sí
complejo.
También volcamos en el mapa 11 la ubicación de las comunidades indígenas en ese momento histórico, advirtiendo que
cuadros y mapas nos ayudan a focalizar la atención, a centrarnos en una cuestión relevante en una instancia especial del
análisis que estamos realizando. Pero nada más.
Ni los mapas ni los cuadros, con toda la ayuda que significan, pueden expresar la inagotable realidad humana que en
ese entonces se estaba dando. Esta realidad estaba caracterizada por profundos intercambios y dinámicas en pleno
desarrollo, que iban mucho más allá de nuestras actuales fronteras como país.
En consecuencia cuando se consultan los cuadros y los mapas deberíamos hacerlo con una precaución constante,
considerando que debajo de su aparente rigidez existía una realidad que era todo lo contrario: vital, movediza, viva.
LOS DIAGUITAS
La generalidad de los autores coincide en definir como diaguitas a las comunidades que ocuparon el corazón del
Noroeste, es decir la zona de los Valles y Quebradas. La confusión acerca de la denominación radica en que las primeras
crónicas adjudicaron el gentilicio de “calchaquíes” a los habitantes de la región del mismo nombre y por extensión a las
restantes comunidades del área. En realidad los “calchaquíes” eran diaguitas, cultura que estaba integrada por un
conjunto de parcialidades como los pulares, luracataos, chicoanas, tolombones, yocaviles, quilmes, tafís, hualfines,
etcétera.
Pero todas estaban aglutinadas alrededor de un elemento común: su lengua. Todas las fuentes coinciden en que la
lengua cacá o cacán otorgaba unidad a estos pueblos (Canals Frau nos habla de “cacanos” y no de diaguitas), por encima
de las variantes dialectales [3].
Pero no solo la lengua daba homogeneidad a las comunidades. Factores como la organización social y económica, la
cosmovisión y aun los aspectos raciales, definen a una cultura diaguita única por encima de las variantes locales.
En el panorama indígena del actual territorio argentino esa cultura fue la que alcanzó mayor complejidad en todos los
aspectos, a tal punto que redundó inclusive en una importantísima densidad de población.
Se calcula que la población total del Noroeste era por entonces de alrededor de 200.000 habitantes (cerca del 75% del total).
Era una cultura de agricultores sedentarios, poseedores de irrigación artificial, por medio de canales y con andenes de cultivo
para sus productos principales: maíz, zapallo y porotos.
Fueron criadores de llamas como sus hermanos de la zona andina, utilizaron a los animales como proveedores de
lana para sus tejidos y también como carga.
La recolección fue otra de sus actividades, especialmente de la algarroba y el chañar, que almacenaban en grandes cantidades;
en mucha menor medida practicaron la caza.
Relaciones en el seno de la : Tenían fuertes jefaturas, probablemente hereditarias, que llegaban a desplegar su
autoridad sobre varias comunidades (algo semejante a los cacicazgos generales). La familia monogámica era el núcleo
vital de la comunidad, destacándose la práctica de la poliginia entre los caciques.
En algunos casos parecería que la organización comunitaria también se asentaba en la familia extensa.
Probablemente la unión de varias de ellas generaba una nueva estructura de macrofamilias, la que a su vez posibilitaría
el adecuado trabajo en las aldeas agrícolas, que por sus necesidades (construcción de sitios defensivos, obras de
irrigación, el propio trabajo en los andenes de cultivo) desbordaría la capacidad de la familia y la familia extensa.
Relaciones con lo sobrenatural: Como cultura andina, participaban al igual que en otros de sus aspectos de las características
del área: eran adoradores del Sol, del trueno y del relámpago.
Celebraban rituales propiciatorios de la fertilidad de los campos y tenían una funebria elaborada, expresión de un
culto a los muertos como tránsito crucial en el ciclo de vida de la cultura.
El alma se convertía en estrella, viaje para el cual al difunto se lo enterraba con alimentos y bebidas.
Son famosos los cementerios de “párvulos en urnas”, alejados de las habitaciones, en las que sepultaban a los
adultos. Es posible que los cuerpos de los niños indiquen sacrificios propiciatorios de la lluvia.
La cerámica presenta muchos diseños de animales sagrados: ñandúes (anunciador de las lluvias), batracios y
serpientes, estas últimas también asociadas al agua que cae del cielo.[4].
La lluvia era decisiva para estas comunidades de agricultores y a ella dedicaban sacrificios en sus lugares
construidos a tal efecto, denominados zupca, que estaban a cargo de los chamanes.
Los diaguitas participaban del culto a la Madre Tierra o Pachamama al igual que en Perú o Bolivia. Ella es la dueña de la
tierra; se le ruega por la fertilidad de los campos, el buen viaje del peregrino, el buen parto de las mujeres y la felicidad en
todas las empresas.
Se le ofrecían sacrificios de sangre y la ofrenda del primer trago, el primer bocado y el primer fruto de la recolección.
En el mito andino, muchas veces la Pachamama está acompañada de Pachacamac (dios del cielo), también llamado
Viracocha (en la sierra) y por sus hijos, el Sol y la Luna, héroes civilizadores. Viracocha presenta algunas semejanzas
con ciertos personajes del Noroeste, portadores de símbolos astrales.
El arte diaguita, dirigido muchas veces a lo religioso, es el más acabado de nuestras culturas indígenas. No solo en cerámica
sino también en metalurgia.
Relaciones con otras es: Contra lo que podría suponerse, la cultura diaguita fue guerrera; hecho demostrado incluso
a la llegada de los españoles, cuando les opuso una feroz resistencia, quizá la más fuerte.
Existen hoy como testimonio gran cantidad de recintos que han sido utilizados como fortalezas, por lo general acompañados
de poblados.
El instrumental bélico era muy variado y la guerra contra el español asumió las características de un fenómeno
integral en el que participó la comunidad entera.
Pero la guerra no fue la única actividad que puso en contacto a las distintas comunidades, sino también el comercio que en
esta región alcanzó una gran importancia.
Hay un hecho fundamental en la historia de la América prehispánica que marcó a nuestro Noroeste y muy
especialmente a la región diaguita: la expansión y penetración incaica.
Se calcula que los incas ingresaron al actual territorio argentino hacia 1480, coincidiendo con el reinado del inca Tupac
Yupanqui (hijo de Pachacutec) durante cuya administración el Imperio alcanzó su máxima expansión.
Utilizaron para su penetración las vías naturales que fueron transformando en caminos de acceso, comunicando al
Cuzco con Bolivia, nuestro Noroeste y Chile, desparramando a su paso las tradicionales estructuras de asentamiento: los
“tambos” y “pucarás”.
Es muy probable que el mecanismo utilizado por los incas para la dominación del Noroeste haya sido la introducción
de su propia lengua, el quichua, tarea paulatina que fue abruptamente interrumpida por el arribo de los españoles al
Cuzco. Es por esa razón que nunca llegó a suplantar al cacán o al omaguaca (la otra lengua original de la región), aunque
había comenzado a difundirse.
Otros indicadores como las edificaciones, las rutas de acceso y la alfarería nos señalan la efectiva presencia incaica en
el Noroeste en los siglos XV y XVI. Sin embargo es difícil determinar el grado de relación existente con los diaguitas. Es
posible que esa relación se haya concretado también a partir de las poblaciones de “mitimaes”, que eran comunidades
desarraigadas por la fuerza y trasladadas como cabeceras de conquista y colonización a otras áreas. Cuando llegaron los
españoles, los indígenas “chichas” de Bolivia estaban comenzando a ser trasladados hacia Humahuaca.
A manera de síntesis, podríamos destacar algunos puntos:
• El “mapa” del Noroeste en el siglo XVI se presenta como
un sistema tentacular, homogéneo y comunicante con un eje que son
los Valles y Quebradas.
• Esa estructura peculiar constituía un óptimo lugar de
asentamiento y permitía el desarrollo de las potencialidades de la cultura,
posibilitando además la adecuada puesta en práctica de tres elementos
clave de la vida cotidiana: subsistencia, defensa y comunicación.[5]
• A la fecha de la conquista española, la cultura diaguita
presentaba una unidad que era consecuencia de un largo proceso de
desarrollo cultural y con influencias de varias regiones del continente.
• La influencia ostensible es la de la zona andina. La cultura
diaguita perteneció a lo que llamaríamos “cultura de la Montaña”, de larga
tradición en Sudamérica, aun antes de la penetración incaica en el
Noroeste. Y cuando decimos Montaña no nos referimos solo al Perú o
Bolivia sino a toda la cadena andina de América del Sur.
• Otra corriente de influencia quizás haya llegado desde la selva
tropical del centro de Sudamérica, desde Amazonia (estilo cerámico
Candelaria en Santiago del Estero).
• En todo caso, estas influencias no hacen más que corroborar
un estado de intensa dinámica cultural en la región, sumada a las
propias características de la cultura allí asentada.
LOS OMAGUACAS
Omaguacas o humahuacas es el nombre con que casi todos los autores sin excepción denominan a las comunidades
que ubicadas en la actual quebrada de Humahuaca conformaron una unidad cultural con características propias, a pesar
de sus semejanzas con las parcialidades diaguitas. Los omaguacas eran comunidades agricultoras que poseían también
irrigación artificial y andenes de cultivo. Los frutos de la recolección eran almacenados; también fueron pastores y en
menor medida cazadores. Al igual que entre los diaguitas, el sistema de edificación incluía a la comunidad propiamente
dicha y al recinto fortificado enclavado en un lugar estratégico, por lo general una elevación.
Las industrias principales eran la alfarería —aunque sin igualar la perfección de la diaguita—, la metalurgia y los tejidos.
Relaciones en el seno de la : Existen muy pocos datos, pero lo que más se sabe es acerca de la guerra, que también
en esta cultura desempeñaba un rol preponderante. Las diferentes parcialidades estaban a cargo de un cacique y todas a
su vez respondían al cacique general de los omaguacas.
Relaciones con lo sobrenatural: También en este aspecto es difícil la reconstrucción. La funebria nos da algunos
indicadores, sobre todo a través de un culto a los muertos sumamente elaborado. El hallazgo de deformaciones craneanas
puede señalar la posibilidad de un culto de los cráneos, asociado a la existencia de cráneos-trofeo. Entre los omaguacas
la deformación ritual era una costumbre importante, practicándose la de tipo tabular-oblicuo, es decir colocando maderas
que presionaban los huesos frontal y occipital.
Relaciones con otras es: La Quebrada era un corredor de tránsito. Una gigantesca vía de comunicación natural que
sirvió como territorio de encuentro de distintas zonas convergentes en ella.
La guerra y el comercio aparecen nuevamente como los vehículos de comunicación con las otras comunidades.
El intercambio fue intenso. Es sabido que la coca, sumamente valorada (acompañaba al muerto en su viaje final), era
traída desde Bolivia. Se han encontrado valvas de moluscos traídas probablemente de la costa del Pacífico como objetos
de trueque así como también artesanías diaguitas de distintas procedencias.
La expansión incaica hizo a los omaguacas entrar en temprano contacto con las avanzadas imperiales del Cuzco.
A la llegada de los españoles, en la Quebrada aparte de la población original estaban algunos núcleos poblacionales
de “mitimaes”, parcialidades de los “chichas” de Bolivia tales como los churumatas, paypayas, y otros, que sirvieron
como barrera de contención de las belicosas comunidades guaraníes que ya se desprendían desde el Chaco: los
chiriguanos. A su vez, y como ya vimos, esos grupos chichas sirvieron como vía de penetración incaica al ser portadores
de la lengua quichua.
LOS ATACAMAS
La cultura atacama estaba constituida por un conjunto de comunidades instaladas en el extremo noroeste de la
Argentina y que se extendían a la región chilena del mismo nombre: la Puna, que ocupaba el oeste de Jujuy, Salta y el
noroeste de Catamarca.
El conjunto cultural de la Puna, precisado como una verdadera unidad, fue lo que Bennet definió como Puna
complex, con características adaptativas interesantes en un medio decididamente hostil.
Los atacamas fueron cultivadores de maíz, papa y porotos; construyeron andenes de gran extensión y es poco
probable que hayan tenido canales de irrigación.
Conservaban su alimento en grandes cantidades y como reflejo de un sistema adaptativo muy elaborado quedan
vestigios en el variado instrumental: hachas (para la extracción de sal), palos cavadores, cucharas, ollas, azadones,
etcétera. Como sus hermanos de la región, también fueron pastores y en menor medida cazadores.
El patrón de asentamiento repite el modelo de diaguitas y omaguacas: por un lado, el poblado (aunque en este caso con
escasas viviendas) y por el otro, el sitio defensivo.
Una característica de la cultura atacama era la deformación craneana con fines aparentemente estéticos e inclusive las
deformaciones dentarias (Boman atestigua en un niño de siete años dos incisivos limados en vida).
Las industrias destacadas son la alfarería (muy tosca), la metalurgia (escasa), la piedra (muy utilizada), la madera y el hueso.
Relaciones en el seno de la : Prácticamente nada sabemos acerca de la organización interna de la comunidad. Solo
que es muy probable que la familia haya constituido el núcleo básico sobre la cual estaba la parcialidad, que a su vez
quedaba a cargo de un cacique, en un esquema organizativo semejante al del resto de las culturas del Noroeste.
Relaciones con lo sobrenatural: En algunos poblados se han encontrado construcciones de dimensiones
mucho mayores que las habitaciones, probablemente templos.
Son interesantes los hallazgos del Pucará de Rinconada, en donde fueron encontrados menhires de hasta dos metros
de altura, y pequeños ídolos antropomorfos de piedra (¿amuletos?).
Es importante consignar asimismo el descubrimiento de tabletas para la absorción de alucinógenos, decoradas con
figuras antropomorfas. Además de haber sido utilizada como elemento de ayuda en la adaptación del hombre a ese
territorio inhóspito, es casi seguro que la práctica de la absorción de alucinógenos estuviera vinculada con rituales de
origen religioso.
La droga utilizada, el cebil o piptadenia, es de un uso muy difundido en nuestro continente, desde el Caribe hasta el
Noroeste, en donde además de los atacamas la tenían incorporada los comechingones y los lules.
Los usos que se daban a esta droga eran múltiples, pero siempre encuadrados dentro de lo sagrado: los trances, las
curas chamánicas, las ceremonias colectivas. En otras oportunidades y según las culturas, se la empleaba antes de las
guerras para aumentar la capacidad combativa. Variedades de esta droga se conocen también entre los guaraníes y los
matacos.
Como siempre, la funebria aporta elementos para la comprensión más acabada de la cultura. Los atacamas enterraban
a sus muertos en grutas naturales que eran completadas con “pircado”. El difunto era depositado con todas sus
pertenencias (inclusive las tabletas de cebil).
Se practicaban seguramente sacrificios humanos. El ejemplo más claro al respecto es el hallazgo de Salinas Grandes
en 1903. Se trata de un niño de alrededor de siete años, lujosamente vestido con adornos de oro y bronce. La muerte se
produjo por estrangulamiento y la cuerda se encontró arrollada al pescuezo.
Relaciones con otras es: La Puna, al igual que la quebrada de Humahuaca, fue un área de
intenso tránsito producto del comercio pero al igual que en las dos culturas vistas precedentemente, la guerra
fue el lazo de contacto con otros pueblos, si bien no alcanzó el desarrollo observado entre diaguitas y
omaguacas.
Los atacamas, poseedores de numerosos rebaños de llamas, transportaban sal con fines de intercambio en las regiones
aledañas. Recíprocamente, este producto era cambiado por cerámicas del área diaguita y peruana así como también por
nuestras ya conocidas valvas de moluscos del Pacífico a través de la Puna chilena. Indudablemente mantuvieron el
contacto más cercano con los omaguacas. Soportaron además la penetración incaica y en su territorio fueron alojadas
parcialidades “chichas” del área boliviana.
LOS LULE-VILELAS
En realidad la cultura lule-vilela tuvo su hábitat original en la zona del Chaco. Sin embargo, a la llegada de los
españoles parcialidades importantes ocupaban vastas regiones del Noroeste, gran parte del oeste de Salta y norte de
Tucumán y también el noroeste de Santiago del Estero. Es por ello que los incluimos en esta región cultural.
Se habla de lule-vilelas en razón de haber constituido una unidad mayor, una familia lingüística. Encontramos el
lugar de origen en la zona occidental del Chaco, al sur de los mataco- mataguayos y al oeste de los temibles guaikurúes.
Es probable que en la migración hacia el oeste y hacia el sur hayan participado exclusivamente los lules, permaneciendo
en el territorio original solo los vilela, que tardíamente se enfrentaron con el español (hacia el 1672).
Alberto Rex González, al tratar el tema del proceso dinámico anterior a la conquista en esta región de transición
entre el Chaco y la Montaña, habla de “influencias orientales tardías en el Noroeste” y explica:
…en diversos momentos, grupos indígenas procedentes del Chaco o de las florestas tropicales invadieron los
valles andinos y el pie de la montaña, hostigando o destruyendo a las tribus sedentarias preexistentes y
asentándose sobre sus vencidos. Este proceso fue cumplido por distintos pueblos, los guaraníes entre ellos. En
el momento de la Conquista fueron los lules quienes, desde Jujuy a Santiago del Estero, se encontraban en un
proceso cultural cuyos primeros antecedentes aparecen claramente hacia la cuarta centuria de la era cristiana,
pero que quizás hubiera comenzado antes. [6]
Según el rastreo arqueológico, parecería que estas “invasiones” de los lules son evidentes a partir del año 900 y ya
hacia el final del siglo XV la presencia en el borde de la montaña se hace estable. Inclusive parece ser que estas
migraciones tienen que ver con la penetración incaica por el noroeste en donde los lules habrían actuado como freno a la
expansión de las huestes del Cuzco.
Pero también me inclino a pensar que esta conmoción geocultural haya tenido otra causa, radicada en el mismo Chaco:
la presencia de las comunidades guaikurúes que igualmente se encontraban en ese entonces en plena actividad
expansiva. De tal modo, los lules estarían virtualmente encerrados en su hábitat, por lo cual buscaron una vía de escape
hacia territorios menos conflictivos. Pero esta es una hipótesis.
En su proceso migratorio progresivo hacia el oeste los lules ejercían presión en el momento de la Conquista sobre la
cultura tonocoté de Santiago del Estero; este hecho confundió a los cronistas que tomaron a ambas culturas como una
sola, a la que denominaron xurí (avestruz), gentilicio con que los conquistadores llamaron a los lules.
Conformaban los lule-vilelas una cultura de cazadores y recolectores nómadas. Sin embargo, el padre Del Techo nos
habla de dos clases de lules: unos nómadas, cazadores de jabalíes y recolectores de algarroba y miel en el interior del
Chaco y otros sedentarios y agricultores en la parte de la Montaña e incluso en el curso superior del Bermejo. Es
indudable que en la época de la Conquista el sector en expansión de esta cultura había incorporado la agricultura como
parte básica de su subsistencia diaria. Es por esta diferenciación y tomando en cuenta las influencias
ejercidas por la región de la Montaña que algunos autores hablan de los lule-vilelas como de una cultura “andinizada”.
[7]
Relaciones en el seno de la y con lo sobrenatural: Son escasas las informaciones al respecto. La guerra
desempeñaba un papel importante. Sabemos que eran guerreros feroces (algunas crónicas hablan de
prácticas antropofágicas) que iban al combate pintados imitando al jaguar.
Utilizaron el cebil para predecir el destino de la comunidad y para las rogativas, que en general se limitaban al
pedido de lluvias al ser supremo.
Relaciones con otras es: Por el panorama étnico esbozado en esta cultura vemos que los lule- vilelas estuvieron en
íntima relación con sus hermanos de la llanura chaqueña, especialmente con los mataco-mataguayos y los guaikurúes. Al
mismo tiempo se relacionaron con los sedentarios y agricultores tonocotés por el oeste ya en el límite con la Montaña.
Por ser una cultura que ocupó una zona de clara transición, los lule-vilelas desplegaban una forma de vida no
integrada e inclusive diferente según las parcialidades en un espectro que variaba de la agricultura a la caza y la
recolección como modos de subsistencia primordiales. Es importante que consignemos la opinión de Imbelloni para
quien la cultura lule-vilela representa “la irradiación hacia el Chaco de corrientes procedentes de las Altas Civilizaciones
de los Andes” por el hecho de que dichas comunidades muestran un cuadro de agricultores tardíos en la región.
Lo cierto es que esta cultura, típicamente chaqueña, abandonó en parte su territorio y migró por razones aún del todo
no conocidas hasta la región de la Montaña. El contacto con las culturas de esa región provocó seguramente la
incorporación de la técnica de la agricultura en algunos sectores de las parcialidades que se superpuso así a un
substratum original cazadorrecolector.
LOS TONOCOTÉS
La cultura tonocoté estuvo asentada en la parte centro-occidental de la actual provincia de Santiago del Estero, en una
región llana al pie de la montaña, en la zona atravesada por los ríos Salado y Dulce. Geográficamente es una zona
encajonada entre el Chaco occidental, la montaña y las Sierras Centrales de Córdoba y San Luis por el sur. Pero desde el
punto de vista cultural, estuvo íntimamente ligada a la región de la Montaña.
El panorama étnico-cultural de esta zona fue objeto durante varios años de arduos debates entre los
especialistas, particularmente a partir de los hallazgos de los hermanos Emilio y Duncan Wagner y de la
publicación de su libro La civilización chaco-santiagueña y sus correlaciones con las del viejo y nuevo
Mundo, en 1934.
Hoy, sin estar del todo dilucidada la cuestión, por lo menos contamos con una serie de elementos que nos permiten
intentar una reconstrucción aproximada de esta cultura.
Como ya vimos, a la llegada de los conquistadores españoles esta cultura estaba siendo presionada por los lules.
Ambas etnias fueron denominadas “juríes” por las primeras crónicas. Lo cierto es que a esa fecha, la región presentaba
un cuadro altamente complejo y dinámico al que se sumaba la fuerte presencia diaguita como un tercer componente.
Acerca del origen de los tonocotés, en una reunión especial de la Sociedad Argentina de Antropología en 1939, se
llegó a la conclusión de que los portadores de la “enigmática” cultura santiagueña eran de “origen Amazónico
Andinizado o a la inversa”. Sin quedar todavía claro el problema de la procedencia de estas comunidades al menos se
definía su ligazón cultural con las culturas de la Montaña. Además se concluyó que “a mediados del siglo XVI dos
pueblos distintos coexisten en la región santiagueña. Al primero de ellos vieron los conquistadores hispanos asentado en
las márgenes de los grandes ríos. Era agricultor y sedentario. El otro, de economía recolectora, asolaba y destruía al país.
El elemento sedentario por su nivel de cultura pudo ser portador de la cultura chaco-santiagueña”.[8]
El asentamiento a la vera de los ríos es de por sí un elemento diagnóstico para el supuesto origen amazónico de la
cultura tonocoté. Agricultores de maíz, zapallo y porotos, se dedicaron con
menor intensidad a la caza, pesca y recolección.
Aprovechaban el río de diversas formas y especialmente una bastante original por la cual se había construido
una hoya de enormes dimensiones en que se cultivaba luego de que el río se secara. La hoya en época de crecida
estaba anegada.
Característico de esta cultura es el emplazamiento de las viviendas en túmulos o mounds, la mayoría de ellos
artificiales. A su vez, las viviendas estaban cercadas en su conjunto por una empalizada seguramente con fines
defensivos. La empalizada es otro rasgo diagnóstico de las culturas de la selva sudameriana.
Es indudable que en el conjunto de la cultura existen una cantidad de elementos provenientes del área amazónica.
Hasta aquí llegamos en nuestra interpretación de los datos y en la reconstrucción de la vida comunitaria. Más arriesgado
es sostener lo que Canals Frau asevera cuando decididamente atribuye a los tonocotés origen arawak.
Y para terminar esta descripción quiero referirme brevemente a un tema ya mencionado pero que de nuevo aparece
en esta zona: la expansión incaica y la penetración de la lengua quichua.
En general todos los investigadores coinciden en adjudicar a la penetración incaica en nuestro territorio
consecuencias importantes para la vida de las comunidades del Noroeste. Sin embargo, lo que no se ha determinado aún
fehacientemente es la forma de esa penetración. Muchos elementos de juicio nos permiten suponer empero que una de
las formas fue la introducción de la lengua como elemento de dominación.[9] Incluso es también posible que la lengua
se introdujera entre los caciques, chamanes y otros notables de la comunidad para posteriormente pasar al resto de ella.
Es indudable que los conquistadores y los misioneros utilizaron el quichua como “lengua franca” en el Noroeste con
el objetivo de unificar la realidad lingüística regional y ver facilitados sus proyectos. Esto nos induce a pensar no solo
que el quichua era una de las lenguas de mayor expansión en Sudamérica, sino que había penetrado en muchas regiones
en las cuales estaba en vías de consolidación a la llegada de los españoles.
Valiéndose de estas argumentaciones, Emilio Christensen lanza la hipótesis de que en la época de la conquista existía
en la actual Santiago del Estero “una comunidad sedentaria —distinta de sus convecinas— que en la época del arribo de
los conquistadores españoles, daba los primeros pasos por el camino de la civilización; esa comunidad dependía del
Cuzco y hablaba su idioma”.
[11] La mesopotamia santiagueña fue, para este autor, el hábitat de esta
comunidad de mitimaes desde la cual se habría iniciado un proceso de
quichuización sobre las culturas vecinas.
Nosotros insistimos en el origen local de la cultura tonocoté, pero en todo caso hipótesis como la mencionada
contribuyen a enriquecer un panorama que una vez más se nos aparece como esencialmente dinámico. [11]
El Noroeste, corazón de la región de la Montaña, bulle así en profundas relaciones interculturales, penetraciones
bélicas o expansiones, ofreciendo en el siglo XVI una riquísima antropodinamia producto de los magníficos desarrollos
que estaban alcanzando sus comunidades (mapa 9).
MAPA 9. ANTROPODINAMIA DEL NOROESTE ARGENTINO
EN EL SIGLO XVI
Los comechingones eran agricultores de maíz, porotos y zapallos. Utilizaban el regadío artificial sobre campos de cultivo de
gran extensión que también impresionó a los conquistadores.
Practicaban la conservación del cereal en silos subterráneos. Aunque sin el grado de desarrollo alcanzado por las
comunidades diaguitas, la vida agrícola de esta cultura ofrecía un patrón similar a la cultura del Área Andina
Meridional. Fueron pastores y practicaban la crianza de llamas y, en menor medida, también fueron cazadores y
recolectores.
En lo que se refiere a las principales industrias, la cerámica no tuvo un gran desarrollo: sí, en cambio, el tejido, la piedra y el
hueso. La metalurgia es casi inexistente.
Relaciones en el seno de la : La familia extensa era el núcleo de la comunidad y un conjunto de ellas constituía una
parcialidad a cargo de un cacique con jerarquía y posiblemente hereditario.
Las parcialidades tenían territorios propios delimitados y parecería que ello provocaba constantes
fricciones entre los grupos por violación de los límites.
Relaciones con lo sobrenatural: Las deidades principales eran el Sol y la Luna, creadores de todo lo conocido,
generadores de luz, alimento y protección. Hacían la guerra por lo general de noche “para que la Luna estuviera con
ellos”. Expertos combatientes, tenían un elaborado ritual propiciatorio de la buena fortuna en la guerra. Las ceremonias
eran presididas por los chamanes que utilizaban el cebil como apoyatura mágica. Los enterratorios son en los pisos de
las viviendas, ante lo cual A. Rex González comenta que “parece ser la costumbre más antigua de los cultivadores,
puesto que perdura en el centro del noroeste en épocas tempranas, como en el caso de El Alamito y hasta poco antes de
la Conquista en Humahuaca”.
Relaciones con otras es: Sabemos poco acerca del comercio. Los yacimientos arqueológicos parecen indicar un gran
aislamiento, porque al contrario de lo que hemos visto en otras zonas, no se encuentran vestigios de la presencia de otras
culturas.
Tuvieron, por el contrario, relaciones belicosas con los sanavirones, de cultura similar, que habían comenzado a
expandirse sobre ellos.
Los incas sin embargo no pudieron penetrar en sus territorios. Aunque no sabemos con certeza las causas, es posible que entre
otras figure la capacidad guerrera de esta cultura, que quedó ampliamente demostrada posteriormente frente al conquistador
español.
La “maquinaria bélica” estaba sumamente elaborada, marchaban al combate en forma de escuadrones con
flechadores, portadores de fuego y veneno. Es posible que hayan construido sitios defensivos semejantes a los pucarás y
que las empalizadas hayan tenido por fin la protección de la comunidad.
Eran frecuentes las alianzas de parcialidades en caso de enemigo común. La cultura comechingona es uno de los
últimos desprendimientos de las influencias de las comunidades de la Montaña. Como vimos, muchos de los aspectos
hacen que tengamos que vincularla con los pueblos andinos. Pero además existen otros elementos diferentes. Dado el
papel jugado por sus hermanos los sanavirones, es posible que estos hayan actuado como vehículos de penetración
cultural, introduciendo entre los comechingones una serie de características propias por asimilación de elementos y por
creación de otros, que los conformaron como una entidad étnico- cultural original que incorporó, aparte de sus propios
patrones, aquellos provenientes de la Montaña y en menor medida los del Chaco y la selva amazónica.
LOS SANAVIRONES
Ocupaban también parte de las Sierras Centrales, en el norte de Córdoba. Al norte estaban los tonocotés y al este los
guaikurúes del Chaco; por el oeste comenzaban a desplazarse sobre los comechingones.
Se asentaban sobre una gran extensión en el bajo río Dulce, incluyendo toda la zona de la laguna de Mar Chiquita.
Al igual que los comechingones fueron agricultores especialmente de maíz, que cultivaban en vastas extensiones. Practicaron
asimismo la recolección, la caza, la pesca y el pastoreo de llamas.
Las viviendas eran de gran tamaño (¿albergue de varias familias?) y a semejanza de los comechingones rodeaban un
grupo de ellas con una empalizada de troncos. Ambos elementos, “casas comunales” y empalizadas, nos remiten a
influencias de las culturas de la selva.
Escultura en piedra de los denominados “suplicantes”. Colección Morello. Museo de La Plata. Procedencia de Catamarca.
Cultura Alamito. En A. R González, Arte Precolombino de la Argentina
En cuanto a las industrias poco se sabe, aunque eran alfareros e inclusive decoraban y pintaban sus cerámicas, que
eran parecidas a las elaboradas por los tonocotés.
Relaciones en el seno de la , con lo sobrenatural y con otras es: Prácticamente es imposible reconstruir estos aspectos
por falta de informaciones. Por las características de las viviendas puede inferirse la existencia de la familia extensa como
unidad mínima de la comunidad, y que socialmente un conjunto de estas familias constituían una parcialidad.
Es posible que la presencia de empalizadas se debiera a las luchas fratricidas por venganzas de sangre o cuestiones
de límites (otra vez, esta particularidad de la lucha intestina nos lleva a pensar en influencias de la selva tropical).
De la cosmovisión nada sabemos, solo que quizás hayan recibido aportes de tonocotés y comechingones.
En cuanto a la relación con otras comunidades lo que sí es seguro es que a la llegada de los españoles estas comunidades de
fuerte contenido guerrero estaban presionando el hábitat comechingón en un intento por desalojarlos.
Sin duda existen una serie de peculiaridades que hacen aparecer a esta cultura con importantes influencias de la selva tropical,
posiblemente de antepasados que a través de la región del Litoral cruzaron el sur del Chaco y se asentaron en el territorio
sanavirón. Sin embargo, por la escasez de datos no estamos en condiciones de asegurar esta hipótesis. Mucho más sencillo es
en cambio demostrar la influencia de la región de la Montaña, de la cual participaron por una forma de vida sedentaria,
agrícola, y alrededor de la cual giró la organización comunitaria.11
Cuyo
LOS HUARPES
La cultura huarpe, original del territorio cuyano, ocupaba en el siglo XVI la zona limitada al
norte por el valle del río San Juan (algunos autores como Canals Frau señalan el límite más al norte: desde la cuenca del
río ZanjónJáchal en el centro de la actual provincia de San Juan); al sur la cuenca del río Diamante en la provincia de
Mendoza; al oeste la cordillera de los Andes y al este el valle de Conlara. En total, ocupaban las actuales provincias de
San Juan, San Luis y Mendoza.
La región huarpe es sumamente interesante desde el punto de vista cultural ya que, por un lado, es el límite
meridional de la expansión de los pueblos agricultores de la actual Argentina en tiempos prehispánicos y, por el otro,
representa un hábitat transicional con las culturas de Pampa y Patagonia. A su vez, es posible que a esta región hayan
llegado influencias de los araucanos desde el actual territorio chileno.
La cultura huarpe estaba integrada por dos parcialidades que a su vez eran portadoras de sus respectivos dialectos: allentiac y
milcayac.
Según A. Metraux[12], los primeros, los huarpes allentiac, habitaban las lagunas de Guanacache, la
provincia de San Juan y la de San Luis, mientras que los segundos estaban asentados al sur de Guanacache
hasta el río Diamante en toda la provincia de Mendoza.
Existían diferencias internas en la cultura: los huarpes del oeste eran agricultores sedentarios y como producto básico
cultivaban el maíz y la quínoa. Poseían acequias en los terrenos cultivados y fueron ceramistas. Practicaron la
recolección (algarroba) y la caza en menor medida.
Por el contrario, los huarpes del este eran cazadores de liebres, ñandúes, guanacos y vizcachas.
Algunas crónicas nos hablan de la existencia de perros adiestrados para colaborar en la caza. Utilizaban para estas
actividades el arco y la flecha y las boleadoras. El sistema más común de caza llamó la atención de los conquistadores e
inclusive era muy semejante al de los querandíes:
Del instante en que ellos sorprendían uno (un venado) se le aproximaban, lo perseguían a pie, a medio trote y no
lo perdían jamás de vista. No lo dejaban detenerse ni a comer hasta que, al cabo de uno o dos días, el animal se
fatigaba y se rendía: van ellos entonces a atraparlo y, cargados con su presa, retornan a la casa donde celebraban
una fiesta con su familia.[13]
Pero más aún: existe un tercer sector con características propias, debido al particular hábitat en el que se asentaban:
las lagunas de Guanacache, en el límite entre las actuales provincias de San Juan, San Luis y Mendoza. Allí existían
vastas zonas inundadas que condicionaron un tipo de vida singular de las comunidades, llamadas tradicionalmente
“huarpes laguneros” o “huarpes de Guanacache”.
En este hábitat las comunidades huarpes se adaptaron basándose en la caza y la pesca. Realizaban esta última
actividad con un tipo de balsa que es lo más antiguo de que se tenga conocimiento como embarcación. Su construcción
es elemental: la unión de tallos de juncos atados con fibras vegetales.
En esas lagunas también se practicaba la caza de patos.
En conjunto, como vemos, había una relación con la naturaleza diversa según las regiones y las comunidades, practicándose
todos los tipos de economía para la subsistencia: agricultura, caza, pesca y recolección.
Es por esta razón que los patrones de asentamiento presentaban diferencias. Allí donde se cultivaba en la parte de la montaña,
las viviendas eran fijas y de pircas: en Guanacache eran semisubterráneas; en el este nos encontramos con el “toldo”, que es
prácticamente el modelo tehuelche.
Sus casas son portátiles y están hechas de pieles de guanaco cosidas unas con otras. Están tendidas sobre
estacas clavadas en el suelo, haciendo unas las veces de techo, mientras que las otras constituyen las paredes.
Cuando la caza escaseaba cargaban sus casas después de haber enrollado las pieles. De un punto se trasladaban
a otro y volvían a levantar su pueblo. [14]
Además de la cerámica los huarpes trabajaron en cestería (especialmente en Guanacache).
Relaciones en el seno de la : Cada parcialidad estaba a cargo de un cacique, aspecto que en la zona del este de los
huarpes cazadores debe haber sido más laxo.
Existían una serie de prácticas muy difundidas como el levirato (la viuda y los hijos pasan a depender del hermano
menor del fallecido) y el sororato (el hombre al casarse lo hace también con las hermanas de la mujer). Eran comunes los
ritos de iniciación, con semejanzas en algunos casos a los yámanaalakaluf.
Relaciones con lo sobrenatural: Por lo menos entre los huarpes allentiac se sabe de la existencia de un
ser supremo con su opuesto maligno.
En cuanto al ritual fúnebre algunas crónicas mencionan ceremonias colectivas.
Relaciones con otras es: Las comunidades huarpes parecen haber conformado alguna cultura pacífica, hecho
comprobado por la rápida incorporación al sistema impuesto por el conquistador español.
A la población original de origen cazador llegaron las influencias de la cultura diaguita con la cual estuvo vinculada
(no olvidemos que los huarpes septentrionales estaban asentados en territorio diaguita) y de la cual seguramente
incorporó la agricultura y prácticas subsidiarias.
Relacionada con este patrón agricultor está la posible conexión con las comunidades de araucanos del otro lado de la
cordillera, pueblos de pastores y agricultores sedentarios, parte de los cuales comenzaban a migrar hacia territorio
argentino por corredores del Neuquén.
Más tardíamente, la expansión y la penetración incaica en el noroeste deben haber alcanzado el territorio cuyano y la
región huarpe. Según las crónicas y vestigios arqueológicos parece ser que en el valle de Uspallata fue trasladada una
población de mitimaes, con el objetivo acostumbrado: constituirse en cabecera de desembarco del ulterior dominio de la
región a través de la quichuización.
Finalmente, los componentes meridionales de los huarpes han de haber estado en contacto con parcialidades tehuelches
septentrionales.
Pero además de estas explicaciones, no puede dejar de considerarse que la agricultura para estas comunidades no era
una actividad económica, sino un ritual. Un ritual que estaba directamente ligado a la concepción del universo y que se
expresaba a través del intento constante por organizar lo desorganizado, transformando el caos en cosmos (el orden y la
armonía).
Por medio de la tarea agrícola el hombre de la Montaña incorpora la tierra a sí mismo, domesticándola o integrándola
a su vida. Por eso también existe aún hoy la “Madre Tierra”, dadora de la vida, y la agricultura, como actividad vital, que
se desarrolla en su seno, generándose entonces una relación sagrada entre el hombre y esa actividad.
d) La relación con otras es y la influencia de la región de la
Montaña sobre otras áreas a la llegada de los conquistadores. Esto llevó a
constituir diferentes formas de vida que alcanzaron su punto de mayor
esplendor en la zona de Valles y Quebradas. En las áreas periféricas la
actividad agrícola está integrada a una fuerte tradición cazadora-
recolectora.
Es importante tener en cuenta que a medida que va desapareciendo el paisaje de la montaña para internarnos en la
llanura al sur o al este, los rasgos culturales originales se van desdibujando y se presenta un panorama que empieza a
mostrar relaciones con esa otra gran región cultural, hasta aparecer con todo su vigor las culturas originarias de esos
nuevos hábitats.
La Llanura
Pampa y Patagonia
LOS TEHUELCHES
Pampa y Patagonia presentan un cuadro cultural complejo y desde los primeros cronistas hasta nuestros días se han venido
realizando una serie de clasificaciones de sus diferentes comunidades.
Entre las principales razones por las cuales ese panorama aparece confuso puede mencionarse:
•extinción prematura de algunos grupos, como los querandíes.
•conocimiento fragmentario al tomar contacto solo con algunas parcialidades.
•la penetración araucana que transformó la realidad cultural.
•las opiniones contrapuestas de los especialistas y estudiosos en general.
Después de haber efectuado un análisis lo más cuidadoso posible sobre las fuentes y sobre los distintos autores, me
inclino a compartir la denominación dada por Escalada (1949) que es la de “complejo tehuelche” a la que sumamos los
aportes de Rodolfo Casamiquela (1967-1969). La perspectiva de ambos investigadores, a mientender, no solo esclarece
el arduo panorama etnográfico de la región en estudio, sino que es una brillante síntesis de los componentes del llamado
“complejo” que queda constituido de la siguiente manera. [15]
•Tehuelches septentrionales (guenaken) CONTINENTALES
•Tehuelches meridionales (penken y aoniken) CONTINENTALES
•Onas (selknam y haus): Tierra del Fuego.
Ahora bien, esta clasificación implica terminar, aunque no definitivamente, con la serie de denominaciones que fueron
utilizadas por cronistas y especialistas:
•Patagones (todos los tehuelches o tehuelches meridionales).
•Pampas (tehuelches septentrionales).
•Chonekas o chónik (equivalentes a patagones).
•Puelches (parcialidad de los tehuelches septentrionales).
•Taluhet, diuihet y chechehet (según Falkner; parcialidades puelches).
• Querandíes (comunidades del litoral del Río de la Plata y parte de
la provincia de Buenos Aires, aunque con estos grupos como veremos existen
algunas dudas).
Para decirlo en otras palabras: las comunidades que desde el siglo XVIespecíficamente, pero aun mucho antes y hasta
la disolución cultural posterior por obra de la penetración araucana desde Chile, que en el siglo XVIII ocupaban los
territorios limitados al norte por el sur de Santa Fe, Córdoba, San Luis y Mendoza; al oeste por la cordillera de los Andes;
al sur abarcando todo el territorio de Tierra del Fuego y al este por el océano Atlántico, conformaban una unidad cultural
mayor y fueron denominadas por los araucanos como tehuelches (Chehuelches: cheuel, bravo; che: gente…, la gente
brava).
A su vez, cada componente presentaba diferencias respecto a los demás, pero participaban en conjunto de una forma de vida
común por lo cual se acepta la especificación de “complejo” para definirla, teniendo en cuenta además la existencia de una
lengua común a pesar de las variantes dialectales.
Casamiquela establece un cuadro general de la cultura tehuelche, basándose en estudios personales sobre el terreno,
las fuentes etnohistóricas, la toponimia, la onomástica y las genealogías, al que titula “Cazadores Patagónicos
Sudamericanos”, incluyendo en él también al grupo septentrional (chaqueñolitoral-oriental). Para nuestro autor, el grupo
tehuelche es el que llama “meridional” (fuego-patagónico-pampeano) y es el que se detalla en el cuadro 6.
Es interesante apuntar asimismo que Casamiquela también se basa en la existencia de los diecisiete rasgos diagnósticos de
Lothrop para determinar la unidad cultural de los tehuelches.[16]
En cuanto a los límites internos de esa cultura, en el siglo XVIeran aproximadamente los siguientes:
El primero es entre los tehuelches septentrionales y los meridionales, señalado por la cuenca del río Chubut aunque
por supuesto esto no es absoluto. No olvidemos que estamos considerando
a grupos nómadas en permanente desplazamiento. Se han constatado rutas de migración de ambos sectores hacia uno y
otro lado. Los tehuelches septentrionales efectuaban sus desplazamientos en invierno hacia el litoral atlántico buscando
no solo el clima más benigno, sino persiguiendo las manadas de ñandúes y guanacos que también se dirigían en esa
dirección. Los tehuelches meridionales, por su parte, se desplazaban hacia el noroeste y aun hacia el nordeste (en el
primer caso para comerciar con grupos araucanos).
El segundo límite es entre las parcialidades de los tehuelches meridionales. Los penken (norteños) estarían ubicados
entre el río Chubut y el Santa Cruz y los aoniken (sureños) entre el río Santa Cruz y el estrecho de Magallanes (mapa
10).
En el centro del Neuquen cordillerano gravita el micleo de los pehuenches primitivos (PP). Ha
cia el sur se hace sentir las primeras inflluencias itl’1lUcanas(A), sabre todo culturales.
En el :lrea pan-pampeana domin an grupos tehuel ches septentrionales boreales ((TSB), resultado de la transformación
gradual de los proto-tehuel ches”.Hacen pie en Buenos Aires, los primeros [Link] (B).
Se hace sentir fuertemente la presion de los te huelches septentrionales australes (TSA) de la Patagonia septentrional,y
tehuelches septentrio nales (TS) del :lrea pampeana, sabre el micleo pehuenche.
El resto de la Patagonia est:l ocupada par los te huelches meridianales boreales (TMB) y austra les (TMA).
Conocían la desecación de la carne, es decir, su conservación a través del secado al sol y su salado.
Los animales no solo proveían alimento sino vestimenta y vivienda. La primera era el típico “manto patagón”, confeccionado
con varias pieles de guanaco o zorro con el pelo hacia adentro, mientras que la vivienda era el típico “paravientos” o “toldo”,
consistente en una serie de estacas sobre las cuales se colocaban las pieles.
Relaciones en el seno de la : La unidad mínima era la familia y la familia extensa, un grupo de ellos constituía la
banda, que era la organización social máxima. Por lo general no excedía del centenar de individuos. A cargo de cada
banda estaba un cacique de relativa autoridad que por lo general decidía la organización de las cacerías y la dirección de
las marchas.
Relaciones con lo sobrenatural: En ambos grupos existe la creencia en un ser supremo: Tukutzual entre
los septentrionales y Kooch entre los meridionales.
Entre los primeros está la figura de Elal, héroe civilizador que según la tradición condenó a la primera generación de hombres
a ser peces por haber violado un tabú sexual. Esto provocó la abstención de comer a sus propios antepasados a través de la
autoprohibición de la pesca.
Los tesmóforos o héroes civilizadores están omnipresentes en las culturas cazadoras, tal como ocurre con los tehuelches.[17]
La funebria tehuelche muestra la práctica de enterrar al difunto en la cima de las colinas (meridionales) o cavernas y grutas
(septentrionales) recubriéndolo con piedras (“chenque”).
Relaciones con otras es: Las comunidades tehuelches tuvieron intensa relación entre sí ya sea por comercio o guerra.
Esta última se daba por lo general ante la violación de los territorios de caza o venganzas.
En el momento de la llegada de los españoles, la principal movilidad se daba en el sector de los tehuelches
septentrionales, es decir desde el río Chubut hacia el norte. En toda esta área se producían desplazamientos continuos de
los diversos grupos especialmente hacia el norte, por parte de los tehuelches septentrionales australes que también se
dirigían hacia los asentamientos pehuenches en el actual Neuquén.
Por ese entonces las avanzadas araucanas a modo de “cuña” hacen pie del lado argentino también en Neuquén y es
fundamentalmente con ese desprendimiento que tehuelches y araucanos comienzan a entrar en una relación que será
cada vez más fluida, hecho que a la postre resultaría fatal, como ya veremos.
Mientras tanto los tehuelches meridionales permanecen estáticos en su hábitat, proceso que se invierte a partir del siglo XVII.
No quiero avanzar en el análisis del componente ona de los tehuelches sin mencionar aunque más no sea en forma
breve a los querandíes.
Casamiquela considera que pertenecen al grupo de los ancestros de los tehuelches
septentrionales y en la época de la Conquista, a una “porción boreal” de ese componente.
Algo semejante sostiene Canals Frau al presentar a los querandíes como el sector oriental de las pampas (para nosotros un
componente guenaken).
Los querandíes eran, desde el punto de vista cultural, un sector, el más septentrional de la cultura tehuelche porque
compartían con las comunidades del interior de la llanura una forma de vida cazadora, una organización similar, una
cosmovisión y seguramente una misma lengua.
Sin embargo, existieron algunos grupos o subgrupos que presentaron ciertas características propias, especialmente
aquellos que estuvieron próximos a las costas del Río de la Plata. Esas características peculiares que consignamos a
continuación los acercan a su vez a sus otros hermanos de la llanura: los guaikurúes.
Familia de un cad que pampa, Carlos E. Pellegrini, 1835. Litograffa de Alberico Isola, en AlbumArgentino... Bs. As., 1845.
d) Onas:
Este grupo constituye el tercer componente del complejo tehuelche, ubicado en el territorio de Tierra del Fuego, con
excepción del Extremo Sur, hábitat de los yámana-alakaluf.
Estaba integrado por dos parcialidades: los selknam (u onas) en casi toda la isla y los haus (o maneken) en la península Mitre.
En un ambiente ecológico similar a los cazadores de Patagonia, los onas compartieron una misma forma de
vida, sustentada en la caza del guanaco y secundariamente aves como patos, cisnes, etcétera. Fueron también
recolectores de raíces y frutas silvestres.
A pesar de las condiciones de su hábitat, los onas no tuvieron medios de transporte acuático y prácticamente no explotaron los
recursos marinos. Constituían pequeñas bandas nómadas en continuo desplazamiento.
Relaciones en el seno de la : Al igual que entre los tehuelches continentales la unidad mínima era la familia
extensa y el conjunto de ellas constituían la banda. A su cargo no había jefes, salvo en períodos de guerra; más bien la
autoridad recaía en ancianos y chamanes.
Los onas tenían complejamente dividido el territorio en sectores de caza para cada una de las bandas, lo que
provocaba constantes enfrentamientos por la violación de los límites.
Los ritos de iniciación ona han sido estudiados especialmente por Gusinde.[19] que nos habla de la incorporación de
los adolescentes varones a la comunidad adulta y su participación en el kloketen o sociedad secreta de hombres,
destinada a sembrar el terror entre las mujeres.
El matrimonio era exogámico y por lo general monogámico, aunque se practicaba el levirato y el sororato.
Relaciones con lo sobrenatural: La concepción del universo ona reconoce a un ser supremo, Temaukel, creador
del cielo y de la tierra, dador de la vida y de la muerte. También entre ellos al igual que entre los tehuelches
meridionales habría una superposición con un héroe civilizador, Kénos, que en tiempos inmemoriales habría formado
el cielo y la tierra y era portador de la ley moral.
Esta concepción se complementa con un conjunto de “demonios de la naturaleza” que por lo general actúan sobre
las mujeres, acechándolas. La muerte de un miembro de la comunidad es vivida como tabú. Su nombre no vuelve a
mencionarse y sus pertenencias son destruidas.
Relaciones con otras es: Por su situación continental particular, asentados en un territorio aislado, los onas no
tuvieron prácticamente contacto con otras comunidades, especialmente los tehuelches meridionales. Por esa razón, entre
otras, y a pesar de que esta cultura es típicamente tehuelche, mantiene con ella una diferencia fundamental: la no
incorporación del caballo — apropiado de los conquistadores españoles— en el siglo XVII, que separó virtualmente a
los onas, desde el punto de vista cultural, de sus hermanos del continente. Porque todas las transformaciones que
acaecieron a partir de aquel singular acontecimiento en el seno de las culturas de la llanura no se dieron jamás entre los
onas, que persistieron entonces en su forma de vida tradicional.
Mantuvieron sí escasas relaciones con la cultura yámana-alakaluf en el Extremo Sur y ellas son visibles a través de
los ritos de iniciación y ciertas manifestaciones de la organización comunitaria. [20]