LOS RÍOS PROFUNDOS | Resumen animado de la obra de José María Arguedas - Bing video
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Los ríos profundos
1.- El viejo]
Catedral del Cusco.
Señor de los Temblores, Patrón Jurado del
Cusco.
El relato empieza cuando el narrador (Ernesto) cuenta su llegada al Cusco,
acompañando a su padre Gabriel, quien era abogado y viajaba continuamente
buscando dónde ejercer su profesión. En la antigua capital de los incas visitan a un
pariente rico al que conocen como El Viejo, para solicitarle alojamiento y trabajo, pero
este resulta ser un tipo avaro, tosco y con fama de explotador, por lo que deciden
abandonar la ciudad y buscar otros rumbos. Pero antes pasean por la ciudad. Ernesto
se deslumbra ante los majestuosos muros de los palacios de los incas, cuyas piedras
finamente talladas y perfectamente encajadas le parecen que se mueven y hablan.
Luego pasan frente a la Iglesia de la Compañía y visitan la Catedral, donde oran frente
a la imagen del Señor de los Temblores. Allí se encuentran nuevamente con el Viejo,
quien estaba acompañado de su sirviente indio o pongo, símbolo de la raza explotada.
Ernesto no puede contener el desagrado que le produce el Viejo y lo saluda
secamente.
2.- Los viajes
En este capítulo el narrador relata los viajes de su padre como abogado itinerante por
diversos pueblos y ciudades de la sierra y de la costa, viajes en los que le acompaña
desde muy niño. Cuenta anécdotas curiosas que les toca vivir en algunos pueblos. Llegan
por ejemplo a un pueblo cuyos niños salían al campo a cazar aves para que no causaran
estragos en los trigales. En ese mismo pueblo, había una cruz grande en la cima de un
cerro, que durante una festividad religiosa era bajada por los indios en hombros. En otra
ocasión llegan a Huancayo, donde casi se mueren de hambre pues sus habitantes, que
odiaban a los forasteros, impidieron que los litigantes (clientes) fueran a verles. En otro
pueblo las personas les miran con rabia, a excepción de una joven alta y de ojos azules,
que parecía más amigable. Ernesto se venga en esa ocasión cantando huaynos a todo
pulmón en las esquinas. En Huancapi, cerca de Yauyos, contempla cómo unos loros que
posaban en los árboles son muertos a balazos por unos tiradores, siendo lo extraño que
dichas aves no se animaran a alzar vuelo y cayeran así mansamente, una tras otra. De allí
pasan a Cangallo y siguen hacia Huamanga, por la pampa de los morochucos, célebres
jinetes andinos.
3.- La despedida
Cuenta el narrador cómo su padre le promete que sus continuos viajes acabarían
en Abancay, pues allí vivía un notario, viejo amigo suyo, quien sin duda le recomendaría
muchos clientes. También le promete que le matricularía en un colegio. Llegan pues
a Abancay y se dirigen a la casa del notario, pero este resultó ser hombre enfermo y ya
inútil para el trabajo, y para colmo, con una mujer e hijos pequeños. Descorazonado, el
padre prefiere alojarse en una posada, donde coloca su placa de abogado. Pero los
clientes no llegan y entonces decide reemprender sus viajes. Pero esta vez ya no le podrá
acompañar Ernesto, pues ya estaba matriculado de interno en un colegio de religiosos de
la ciudad, cuyo director era el Padre Linares. Su decisión se apresura cuando un tal
Joaquín, un hacendado de Chalhuanca, llega a Abancay a solicitarle sus servicios
profesionales. Ernesto se despide entonces de su padre y se queda en el internado.
4.- La hacienda
En este capítulo el narrador cuenta la vida de los indios en la hacienda colindante a
Abancay, Patibamba, a donde solía ir los domingos tras salir del internado, pero a
diferencia de los indios con quienes había vivido su niñez, estos parecían muy huraños y
vivían encerrados. Relata también las misas oficiadas por el Padre, y cómo este predicaba
el odio hacia los chilenos y el desquite de los peruanos por la guerra de 1879 (recordemos
que eran los años de 1920, en plena tensión peruano-chilena por motivo del litigio
por Tacna y Arica) y elogiaba a la vez a los hacendados, a quienes calificaba como el
fundamento de la patria, pues eran, según su juicio, los pilares que sostenían la riqueza
nacional y los que mantenían el orden.
5.- Puente sobre el mundo
El título de este capítulo alude al significado del nombre quechua de Pachachaca, el río
cercano a Abancay, sobre el cual los conquistadores españoles construyeron un puente de
piedra y cal que hasta hoy sobrevive. Con la esperanza de poder encontrar a algún indio
colono de la hacienda, Ernesto aprovecha los domingos para visitar Huanupata, el barrio
alegre de Abancay, poblado de chicherías, arrabal pestilente donde también se podían
encontrar mujeres fáciles. Para su sorpresa no encuentra a ninguno de los colonos, y solo
ve a muchos forasteros y parroquianos. De todos modos continua frecuentando dicho
barrio, pues los fines de semana iban allí músicos y cantantes a tocar arpa y violín y
cantar huaynos, lo que le recordaba mucho a su tierra. Luego pasa a describir la vida en el
internado; en primer lugar cuenta como el Padre incentivaba el espíritu patriótico entre los
alumnos, teatralizando entre ellos peleas entre peruanos y chilenos. Luego menciona a los
alumnos, refiriendo sobre sus orígenes y características: el Lleras y el Añuco, que eran los
más abusivos y rebeldes de los alumnos; el Palacitos, el de menor edad, y a la vez el más
tímido y débil de todos; el Romero, el Peluca y otros más. También se menciona a una
joven demente, la opa Marcelina, que era ayudante en la cocina y que solía ser desnudada
y abusada sexualmente por los alumnos mayores, sobre todo por Lleras y Peluca. Lleras
incluso trata de obligar al Palacitos para que tenga relaciones sexuales con Marcelina,
mientras esta era sujetada en el suelo con el vestido levantado hasta el cuello. El Palacitos
se resiste, llorando y gritando. El Romero, hastiado de los abusos de Lleras, le reta a
pelear, pero el encuentro no se produce.
6.- Zumbayllu
Esta vez Ernesto relata como uno de los alumnos, el Ántero o Markask’a, rompe la
monotonía de la escuela al traer un trompo muy peculiar al cual llaman zumbayllu, lo que
se convierte en la sensación de la clase. Para los mayores solo se trata de un juguete
infantil, pero los más chicos ven en ello un objeto mágico, que hace posible que todas las
discusiones queden de lado y surja la unión. Ántero le regala su zumbayllu a Ernesto y se
vuelven desde entonces muy amigos. Ya con la confianza ganada, Ántero le pide a
Ernesto que le escriba una carta de amor para Salvinia, una chica de su edad. Luego, ya
en el comedor, Ernesto discute con Rondinel, un alumno flaco y desgarbado, quien le reta
a una pelea para el fin de semana. Lleras se ofrece para entrenar a Rondinel mientras que
Valle alienta a Ernesto. En la noche, los alumnos mayores van al patio interior; allí el
Peluca tumba a Marcelina y yace con ella. De lejos, Ernesto ve que Lleras y Añuco
colocan sigilosamente en la espalda del Peluca unas tarántulas o apasankas; algunos se
asustan al verlas, pero el Peluca las arroja y las aplasta sin temor.
7.- El motín
A la mañana siguiente, Ernesto le entrega a Ántero la carta que escribió para Salvinia;
Ántero la guarda sin leerla. Luego le cuenta a su amigo su desafío con Rondinel. Ántero se
ofrece para amistarlos y lo logra, haciendo que los dos rivales se den la mano. Luego
todos se van a jugar con los zumbayllus. Al mediodía escuchan una gritería en las calles y
divisan a un tumulto conformado por las chicheras del pueblo. Algunos internos salen por
curiosidad, entre ellos Ántero y Ernesto, que llegan hasta a la plaza, la que estaba copada
por mujeres indígenas que exigían que se repartiera la sal, pues a pesar de que se había
informado que dicho producto estaba escaso, se enteraron de que los ricos de las
haciendas las adquirían para sus vacas. Encabezaba el grupo de protesta una mujer
robusta llamada doña Felipa, quien conduce a la turba hacia el almacén, donde
encuentran 40 sacos de sal cargados en mulas. Se apoderan de la mercancía y lo reparten
entre la gente. Felipa ordena separar tres costales para los indios de la hacienda de
Patibamba. Ernesto la acompaña durante todo el camino hacia dicha hacienda, coreando
los huaynos que cantaban las mujeres. Reparten la sal a los indios, y agotado por el viaje,
Ernesto se queda dormido. Despierta en el regazo de una señora blanca y de ojos azules,
quien le pregunta extrañada quién era y qué hacía allí. Ernesto le responde que había
llegado junto con las chicheras a repartir la sal. Ella por su parte le dice que es cusqueña y
que se hallaba de visita en la hacienda de su patrona; le cuenta además cómo los
soldados habían irrumpido y arrebatado a latigazos la sal a los indios. Ernesto se despide
cariñosamente de la señora y luego se dirige hacia el barrio de Huanupata, donde ingresa
a una chichería para escuchar a los músicos. Al anochecer le encuentra allí Ántero, quien
le cuenta que el Padre Linares estaba furioso por su ausencia. Ambos van a la alameda a
visitar a Salvinia y a su amiga Alcira; esta última estaba interesada en conocer a Ernesto,
según Ántero. Pero al llegar solo encuentran a Salvinia, quien se despide al poco rato pues
ya era tarde. Ántero y Ernesto vuelven al colegio.
8.- Quebrada honda
Ya en el colegio, Ernesto es azotado por el Padre, quien luego le interroga sobre lo que
había hecho en la ciudad. Ernesto le responde que solo había acompañado a las mujeres
para repartir la sal a los pobres. El Padre le replica diciéndole que aunque fuese para los
pobres se trataba de un robo. Finalmente castiga a Ernesto prohibiéndole sus salidas del
domingo. Al día siguiente Ernesto acompaña al Padre al pueblo de los indios de la
hacienda. El Padre se sube a un estrado y empieza a sermonear a los indios en quechua.
Les dice que todo el mundo padece, unos más que otros, pero que nada justifica el robo,
que el que roba o recibe lo robado es igual condenado. Pero se alegraba de que ellos
hubieran devuelto la mercancía y que ahora la recibirían en mayor cantidad. Ante esta
prédica ardiente las mujeres rompen en llanto y todos se arrodillan. Terminada su prédica,
el Padre ordena a Ernesto volver al colegio, mientras que él se quedaría a dar la misa.
Ernesto aprovecha para averiguar sobre la señora de ojos azules. El mayordomo de la
hacienda le informa que ella se iría con su patrona al día siguiente, por temor al arribo del
ejército, que venía a imponer el orden. Ernesto regresa al colegio y le recibe el hermano
Miguel, quien le da el desayuno y le cuenta que esa mañana dedicaría a los alumnos a
jugar vóley en el patio. Luego irrumpe Ántero trayendo un Winku, un trompo o Zumbayllu
especial, al cual calificaba de layka o «brujo» por tener, según su creencia, propiedades
mágicas, como enviar mensajes a personas lejanas. Convencido, Ernesto hace bailar el
winku mandándole un mensaje a su padre, diciéndole que estaba soportando bien la vida
en el internado. Entretenidos estaban así cuando de pronto oyen gritos en el patio. Se
acercan y ven al hermano Miguel ordenando caminar de rodillas a Lleras, de cuya nariz
manaba sangre. Se enteran de que Lleras había primero empujado al hermano
insultándole soezmente, solo porque le había marcado un foul en el juego; en respuesta el
hermano le había dado un puñetazo. En medio del tumulto llega el Padre director, al cual
Miguel cuenta lo sucedido, explicándole que reaccionó violentamente al ver mancillado en
su persona el hábito de Dios. El Padre ordena a Lleras a ir a la capilla; los demás internos
se quedan en el patio y discuten entre ellos; Palacitos teme que ocurra una desgracia en el
pueblo por la ofensa hecha a un religioso. Al día siguiente se esparce la noticia de que el
ejército entraría en Abancay para imponer orden. El Padre ordena que todos los alumnos
se reconcilien con el hermano Miguel, quien les pide perdón y abraza a cada uno de ellos,
pero cuando se acerca a Lleras, este le hace un gesto de repulsión y se corre a
esconderse. Es la última vez que los alumnos ven a Lleras; después se enteraron de que
esa misma noche había huido del colegio. Añuco también se alista para irse del colegio,
aunque reconciliado con todos. Palacitos se alegra pues cree que con la reconciliación ya
no ocurrirán más desgracias en el pueblo.
9.- Cal y canto
A la ciudad llega un regimiento de soldados para reprimir a las indias revoltosas. Los
soldados ocupan las calles y plazas. Instalan el cuartel en un edificio abandonado. Ernesto
pide al Padre que lo deje regresar donde su papá, pero el Padre se niega, dándole
permiso en cambio para salir el sábado a la ciudad, con Ántero. Ernesto le pide al
Romerito que por medio del canto de su rondín envíe un mensaje a su padre. Los alumnos
comentan los chismes de la ciudad: las chicheras capturadas son azotadas en el trasero
desnudo, y al responder a los militares con su lenguaje soez, estos les meten excremento
en la boca. Cuentan también que doña Felipa y otras chicheras habían huido cruzando el
puente del Pachachaca, donde dejaron a una mula degollada, con cuyas tripas cerraron el
paso atándola a los postes. La cabecilla dejó su rebozo en lo alto de una cruz de piedra, a
manera de provocación. Al acercarse los soldados, estos reciben disparos de lejos y no se
atreven a seguirlas, pues las chicheras ya iban con ventaja. Llegado el sábado, Ernesto y
Ántero conversan en el patio del colegio. Ántero cuenta que el Lleras había huido del
pueblo. En cuanto al Añuco, comentan que los Padres planeaban hacerle fraile. También
mencionan el temor de la gente de que Felipa retornase con los chunchos (selváticos) a
atacar las haciendas y revolver a los colonos; ante esa situación, Ántero dice que estaría
de parte de los hacendados. Ambos van a la alameda, a visitar a Salvinia y a su amiga
Alcira. Al ver a esta última, Ernesto se recuerda de una joven de la que se había
enamorado en uno de los tantos pueblos que había visitado. Pero nota que Alcira tiene las
pantorrillas muy anchas y eso le desagrada. Al poco rato Ernesto se despide, y corriendo
llega al barrio de Huanupata, e ingresa a una chichería, que estaba llena de soldados. Uno
de estos afirma que Felipa estaba muerta. Luego, Ernesto se va corriendo hacía el puente
del Pachachaca, para ver los restos de la mula muerta y el rebozo de Felipa que flameaba
en la cruz. Al llegar, divisa al padre Augusto que bajaba cuesta abajo, camino a dar una
misa a la hacienda Ninabamba. Detrás del padre iba sigilosamente Marcelina, quien al
pasar cerca de la cruz coge el rebozo y se lo pone. Ernesto retorna a la ciudad y ya al
atardecer regresa al colegio donde se entera de que al día siguiente partiría Añuco hacia el
Cuzco.
10.- Yawar Mayu
Los alumnos se enteran de que la banda del regimiento dará retreta en la plaza de la
ciudad después de la misa del día siguiente, domingo. El Chipro reta al Valle a pelear ese
día. Ya muy de noche vienen a recoger al Añuco, y todos lo despiden; el Añuco regala sus
«daños» o canicas rojas al Palacitos. Todos se sienten conmovidos. Al día siguiente se
levantan muy temprano y deciden que no haya ya pelea entre el Chipro y Valle. Van todos
a ver la retreta en la plaza. La banda militar la conforman reclutados que tocan
instrumentos musicales de metal; el Palacitos estalla de alegría al reconocer en el grupo al
joven Prudencio, de su pueblo natal. Ernesto se retira para buscar a Ántero y a Salvinia y
Alcira. Encuentra a las dos chicas pero ve que un joven, que se identifica como hijo del
comandante de la Guardia, invita a Salvinia a caminar, tomándola del brazo. Tras ellos va
otro muchacho. De pronto aparece Ántero furioso, quien increpa a los dos jóvenes. Les
dice que la chica es su enamorada. Se produce una gresca. Ernesto deja a Ántero con su
lío y se dirige al barrio de Huanupata. Entra a una chichería donde se estaba un arpista, a
quien todos admiran y llaman el papacha Oblitas. Al local ingresa luego un cantor, que
había llegado a la ciudad acompañando a un kimichu (indio recaudador de limosnas para
la Virgen); Ernesto recuerda haberlo visto, años atrás, en el pueblo de Aucará, durante una
fiesta religiosa.
11.- Los colonos
Los guardias que fueron en persecución de Felipa no logran capturarla. Poco después, los
militares se retiran de la ciudad y la Guardia Civil ocupa el cuartel. En el colegio, Gerardo,
el hijo del comandante, se convierte en una especie de héroe. Supera a todos en diversas
disciplinas deportivas, y tiene habilidad para hacer amigos y conquistar a las chicas. El
Ántero se convierte en su amigo inseparable. Ernesto se enoja cuando ambos, Gerardo y
Ántero, empiezan a hablar de las chicas como si fueran trofeos de conquista, jactándose
que cada uno tenía ya dos enamoradas al mismo tiempo. Ernesto se molesta con ellos y
les dice que ambos son unos perros iguales al Lleras y al Peluca. Se alteran y en el calor
de la discusión, Ernesto insulta y patea a Gerardo, pero no llega a más pues Ántero lo
contiene. Aparece el Padre Augusto y ante él, Ernesto trata de devolver a Ántero su
zumbayllu, pero Ántero no lo acepta pues se trataba de un regalo. El Padre les pide que
resuelvan entre ellos su problema. Desde entonces, Ernesto no volvió a hablar con Ántero
y Gerardo. Entierra el zumbayllu en el patio interior del colegio, sintiendo profundamente el
cambio de Ántero, a quien compara con una bestia repugnante. Otro día, Ernesto se
encuentra con el Peluca, quien estaba preocupado porque Marcelina ya no aparecía.
Decían que ella estaba enferma, con fiebre alta. Los alumnos comentan el rumor de que la
peste de tifo estaba causando estragos en Ninabamba, la hacienda más pobre cercana a
Abancay, y que podía llegar a la ciudad. A la mañana siguiente, Ernesto se levanta con un
presentimiento y va corriendo a la habitación de Marcelina: la encuentra ya agonizante y
llena de piojos. El Padre Augusto ingresa de pronto y ordena severamente a Ernesto que
se retire. El cuerpo de Marcelina es cubierto con una manta y sacado del colegio. A
Ernesto lo encierran en una habitación, temiendo que se hubiera contaminado con los
piojos y le lavan la cabeza con creso. El Padre le va a ver y le comunica que suspendería
las clases por un mes y que lo dejaría volver donde su papá, pero debía permanecer
todavía un día encerrado. Todos los alumnos se retiran, sin poder despedirse de Ernesto,
a excepción del Palacitos, quien se acerca a su habitación y por debajo de la puerta le deja
una nota de despedida y dos monedas de oro «para su viaje o para su entierro». Ernesto
comprende a Palacitos, que por ser indígena, se preocupara por el ceremonial fúnebre. El
portero Abraham y la cocinera también presentan síntomas de la enfermedad. Abraham
regresa para morir a su pueblo, y la cocinera fallece en el hospital. El Padre al fin decide
soltar a Ernesto, al tener ya el permiso de su papá de enviarlo donde su tío Manuel Jesús,
«el Viejo». Ernesto le desagrada al principio la idea pero al saber que en las haciendas del
Viejo, situadas en la parte alta del Apurímac, laboraban cientos de colonos indios, decide
partir cuanto antes. Libre al fin y ya en la calle, Ernesto decide ir primero a la hacienda
Patibamba, la más cercana a Abancay, para ver a los colonos. Al cruzar la ciudad, la
encuentra solitaria y con todos los negocios cerrados. Se entera de que pronto la ciudad
sería invadida por miles de colonos (peones indios de las haciendas) contagiados de la
peste, los cuales venían a exigir que el Padre les oficiara una misa grande para que las
almas de los muertos no penaran. Ernesto llega al puente sobre el Pachachaca y lo
encuentra cerrado y vigilado por los guardias. Sale entonces de la ciudad por los
cañaverales y llega hasta las chozas de los colonos de Patibamba, pero ninguno de ellos
lo quiere recibir. A escondidas observa a una chica de doce años extrayendo nidos de
piques o pulgas de las partes íntimas de otra niña más pequeña, sin duda su hermanita.
Conmovido por tal escena, Ernesto se retira corriendo, y termina tropezándose con una
tropa de guardias encabezada por un sargento. Este, al enterarse de que Ernesto era el
amigo del hijo del comandante, le toma bajo su protección y lo envía con un mensaje para
el Padre, avisándole que los guardias dejarían pasar a los colonos y que estos estarían
llegando a la ciudad a medianoche. Ernesto vuelve entonces al colegio, dando el mensaje
al Padre. Este dice que ya tiene preparada la misa y que daría tres campanadas a
medianoche para reunir a los indios. Ernesto se queda a dormir en el colegio; escucha las
campanadas y nota que la misa es corta. Al día siguiente se levanta temprano y abandona
la ciudad, esta vez ya definitivamente. Se da tiempo de dejar una nota de despedida en la
puerta de la casa de Salvinia, junto con un lirio. Cruza el puente del Pachachaca y
contempla las aguas del río, que imagina que tienen un poder purificador al llevarse los
cadáveres a la selva, el país de los muertos, tal como debieron arrastrar el cuerpo de
Lleras. Así concluye el relato
Actividades
1. ¿Ernesto y su padre a quién visitaron en el Cusco?
2. ¿Qué profesión ejercía Gabriel, el padre de Ernesto?
3. ¿Por qué el viejo era conocido como hombre avaro, abusivo y egoísta?
4. ¿Qué impresión tuvo Ernesto al visitar los muros incas y en la catedral con quién se
encontró?
5. ¿Por qué Gabriel prometió a Ernesto que los continuos viajes acabarían en Abancay?
6. ¿Cuál fue el motivo por el cual Ernesto fue matriculado en el colegio religioso de Abancay?
7¿Qué diferencias resaltó Ernesto entre los indios de la hacienda colindante, Patibamba,y los
indios de su niñez?
8. ¿Qué pregonaba el sacerdote en las misas de la comunidad?
9. ¿Cómo era Huanupata y que le recordaba a Ernesto?
10. ¿De qué manera el padre, sacerdote de escuela, incitaba el espíritu patriótico entre los
estudiantes?
11. Describa brevemente a los personajes: Lleras, Añuco, Palacitos y la Opa Marcelina.
12. ¿Quién regaló un zumbayllu a Ernesto y por qué ere considerado como mágico?
13. ¿Narre el suceso de la Chicheras?
14. ¿Qué sanción recibió Ernesto por participar en la revuelta de las chicheras?
15. ¿Qué reflexión dio el sacerdote sobre el robo y que castigos recibieron las chicheras?
16. ¿Qué mensaje envió Ernesto a través del zumbayllu a su padre?
17. ¿Por qué en el colegio, Gerardo, el hijo del comandante, se convierte en una especie de
héroe?
18. ¿Por qué Ernesto se molestó con Antero y Gerardo?
19. ¿Cuál fue la causa de la muerte de Marcelina?
20. ¿Por qué el director suspendió las clases por un mes y decide enviar a Ernesto con su
padre y el permiso de su papá de enviarlo donde su tío Manuel Jesús, «el Viejo».