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Ensayo Final

El documento explora la evolución de la ética a través de diferentes épocas, desde la antigüedad hasta la contemporaneidad, analizando la influencia de normas morales, la libertad humana, y la naturaleza de los valores. Se discuten las tensiones entre la moralidad y la libertad, así como la distinción entre ética y moral, y se presentan diversas corrientes filosóficas que han abordado la conducta humana y la búsqueda del bien. Finalmente, se examinan las contribuciones de filósofos clave y el impacto de la religión en la ética a lo largo de la historia.
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Ensayo Final

El documento explora la evolución de la ética a través de diferentes épocas, desde la antigüedad hasta la contemporaneidad, analizando la influencia de normas morales, la libertad humana, y la naturaleza de los valores. Se discuten las tensiones entre la moralidad y la libertad, así como la distinción entre ética y moral, y se presentan diversas corrientes filosóficas que han abordado la conducta humana y la búsqueda del bien. Finalmente, se examinan las contribuciones de filósofos clave y el impacto de la religión en la ética a lo largo de la historia.
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TRABAJO DE ÉTICA GENERAL, ANTIGUA, MEDIEVAL, MODERNA Y

CONTEMPORÁNEA.

Jorge Alejandro Bastidas Vázquez


C.I. 19.795.814

La existencia de las normas morales siempre ha afectado a la persona humana, ya que


desde pequeños captamos por diversos medios, la existencia de éstas, y de hecho,
siempre somos afectados por ellas en forma de orden, de consejo, o como una
obligación o prohibición, pero siempre con el fin de tratar de orientar e incluso
determinar del ser humano. Partiendo de que las normas morales existen en la
conciencia de cada uno, y que esto implica que existan diferentes puntos de vista,
surgen cuestionamientos al momento de considerar las diferentes respuestas
existenciales que poseen las personas frente a ellas.

Uno de estos problemas o cuestionamientos a considerar es la diversidad de sistemas


morales producto del pluralismo que existe en las tendencias frente a un mismo acto,
lo que para algunas personas un acto es lo correcto, para otros es inmoral. Diversos
ejemplos pueden ser citados, por ejemplo el divorcio, el aborto, la eutanasia, entre
otros. Lo que lleva a preguntarse, si lo que hace normalmente una persona es regido
en base a ciertas normas morales.

Otra cuestión a considerar es la libertad humana, concepto no del todo objetivo, ya que
todo individuo está de cierta forma condicionado por una sociedad en la cual actúa
bajo una presión sea de tipo social, cultural, económica o de cualquier índole; aunque
se tome en cuenta la ética y la moral, esa misma libertad permite conservar una
conciencia, que posibilita al hombre para actuar en base a un criterio propio. El
problema está en la incompatibilidad de la libertad humana y las normas morales, o
sea en el ser y el deber ser.

El tema de los valores, es factor determinante al momento de considerar esas


respuestas existenciales. El verdadero problema radica en los numerosos puntos de
vista que existen debido a la objetividad y subjetividad acerca de la visión sobre éstos,
o sea, que existen cuestionamientos sobre si los valores son objetivos, o si existen
fuera de la mente, de tal manera que todo hombre deba acatar los valores ya definidos,
o si los valores son subjetivos porque se supone, dependen de la mentalidad de cada
individuo.

No menos relevante es lo relacionado con la obligación moral, íntimamente


entrelazada con el tema de los valores, ya que normalmente se dice que lo que se hace
por obligación pierde todo mérito, en cambio, cuando se realiza por propio
convencimiento, adquiere valor moral. Con esto se da a entender que la obligación
moral le quita al hombre la única posibilidad de ser él mismo, de acuerdo con su
propia moralidad y con su propio criterio.

Finalmente está el problema del fin y los medios. Para gran parte de la humanidad,
tiene una gran importancia el fin, de tal modo que cualquier medio es bueno si se
ejecuta para obtenerlo. Esto se conoce como la tesis Maquiavélica: “El fin justifica los
medios”, pero con esto lo único que ocurre es que se sobrevaloran las “buenas
intenciones” de un acto, que es parte del interior del ser y se descuida el aspecto
externo del acto (intenciones y finalidades). Esta tesis tiene su contraparte que
proclama que el fin jamás va a justificar los medios, problema de ética y de moral.

Estos problemas o cuestionamientos son la base para que una ciencia como tal, sea la
que desglose o estudie a profundidad. Esta ciencia es la ética. El término “ética” viene
del griego ethiká (asuntos morales), la cual se deriva de ethos (carácter) y ëthos
(costumbre), y es una rama de la filosofía que abarca el estudio de la moral, la virtud,
el deber, la felicidad y el buen vivir, o como lo define Rodríguez Sada al afirmar que
la ética es “la ciencia que estudia la moralidad del obrar humano, es decir considera
los actos humanos en cuanto son buenos o malos”1.

Como ciencia estudia varios temas fundamentales como la naturaleza del bien
individual y del bien social, y la relación entre ambos, además de los motivos éticos
que existen para que el individuo persiga el bien social, o lo que es moralmente
correcto. Entre otras cosas estudia la relación entre placer y bien, la naturaleza de la
virtud, el deber y la obligación moral, la libertad de voluntad, el valor ético de la
moralidad positiva, entre otros. Por otra parte, algunos estudiosos han caracterizado a
la ética como el estudio del arte de vivir bien, lo cual no parece exacto, pues que si se
reuniesen todas las reglas de buena conducta, sin acompañarlas de un examen
riguroso, se consideraría como un arte, mas no como una ciencia.

Los problemas que la ética intenta resolver podrían resumirse en las siguientes
preguntas: ¿Es la felicidad el “fin último” de las acciones?, ¿Es preferible la virtud al
placer?, ¿Cómo difieren el placer y la felicidad?, ¿Tengo alguna obligación de buscar
el bienestar de otras personas, así como la mía?, Si es así, ¿cuál es la proporción
correcta entre los dos bienestares?, ¿Qué se entiende por libertad de voluntad?, ¿El
sentimiento o la razón es la guía correcta para conducir?, ¿Qué significan los términos
bueno, derecho, obligación, deber, conciencia prácticamente o teóricamente?

A lo largo del tiempo los filósofos han intentado determinar la bondad en la conducta
del ser humano basándose en dos principios fundamentales y han considerado algunos
tipos de conducta buenos en sí mismos, o buenos porque se adaptan a un modelo
moral concreto. El primero implica un valor final, deseable en sí mismo y no sólo
como un medio para alcanzar un fin.

En la historia de la ética hay tres modelos de conducta que podríamos considerar son
fundamentales. La primera es cuando la voluntad de un ente supremo es la autoridad,
la obediencia a “mandamientos divinos” o a escritos inspirados o provenientes de esa
sabiduría, suponen la pauta de conducta a seguir. En segundo lugar, cuando el modelo
de autoridad es la su naturaleza como tal, y la pauta a seguir es la conformidad con las
cualidades atribuidas a la naturaleza humana y por último cuando prevalece la razón,
en la cual se espera que la conducta moral resulte del pensamiento racional.

El estudio de la ética se remonta a los orígenes mismos de la filosofía en la Antigua


Grecia, y su desarrollo histórico ha sido amplio y variado. Una doctrina ética elabora y
verifica afirmaciones o juicios determinados, pero también existe la confusión acerca
de la diferencia entre Ética y Moral. ¿Es o no es lo mismo? Pues no, por definición de
raíces significan lo mismo (costumbre), pero en la actualidad estas raíces se han ido
1
F. Rodriguez Sada, Curso de Ética General y Aplicada, Editorial Minos III Milenio editores. México.
1997. p. 21.
diversificando, y lo que hoy conocemos como Ética son el conjunto de normas que nos
vienen del interior y la Moral las normas que nos vienen del exterior, o sea de la
sociedad.

Se podría afirmar que el ser humano es un ser ético por naturaleza y cabe la pregunta
acerca de cuándo apareció esta capacidad ética. ¿Se da esta capacidad ética solamente
en los seres humanos? ¿No se da tal capacidad en otros animales muy evolucionados
como los simios? Según F. J. Ayala, el carácter universal de la capacidad ética en
todos los seres humanos sugiere que “su fundamento está en la naturaleza humana, es
decir, está enraizada en la constitución biológica de la especie humana” 2; sin embargo,
según el mismo autor, su “carácter específico, es decir, el que se trate de un atributo
exclusivo de la humanidad, ausente en las demás especies animales, sugiere que la
capacidad ética ha aparecido muy recientemente en la evolución, con posterioridad en
cualquier caso a la separación de los linajes evolutivos que llevan, uno al hombre, y,
los otros a los monos antropoides”3.

Concluyendo esta parte, podemos verificar que a la pregunta por el origen de la ética
(en cuanto moral vivida y practicada) las respuestas toman dos rumbos: unos aseveran
que su origen está en la misma naturaleza humana, o si se prefiere, en la evolución
biológica que ha desembocado en el “homo sapiens”; y otros, que su origen hay que
ubicarlo exclusivamente, no biológicamente, sino en el contexto cultural. Llegados a
este punto podemos afirmar que una vez que la cultura humana aparece en el planeta,
en la que se enmarcan los códigos morales, se da una especie de dialéctica entre lo
biológico y lo cultural.

A lo largo de la historia, son muchos los grupos de individuos o individuos aislados


han propuesto sus propias apreciaciones acerca de la ética como ciencia, comenzando
en el siglo VI a.C. cuando Pitágoras desarrolló una de las primeras reflexiones morales
a partir de la misteriosa religión griega del orfismo, haciendo hincapié a la sencillez en
el hablar, el vestir y el comer, en la creencia de que la naturaleza intelectual es
superior a la naturaleza sensual y que la mejor vida es la que está dedicada a la
disciplina mental.

En el siglo V a.C. los Sofistas, enseñaban que el juicio humano es subjetivo y que la
percepción de cada uno sólo es válida para uno mismo, llegando al extremo de afirmar
que nada existe, pues si algo existiera los seres humanos no podrían conocerlo; y que
si llegaban a conocerlo no podrían comunicar ese conocimiento. Sócrates se opuso a
ellos, su posición filosófica puede resumirse de la siguiente manera: la virtud es
conocimiento; la gente será virtuosa si sabe lo que es la virtud, y el vicio, o el mal, es
fruto de la ignorancia. Esta manera de pensar hizo que surgieran varias escuelas de
filosofía moral: los cínicos, los cirenaicos, los megáricos y los platónicos.

Los cínicos afirmaban que la esencia de la virtud, el bien único, es el autocontrol, y


que esto se puede inculcar. Despreciaban el placer, que consideraban el mal si era
aceptado como una guía de conducta. Juzgaban todo orgullo como un vicio,
incluyendo el orgullo en la apariencia, o limpieza.

2
J. F. Ayala, Origen y evolución del hombre, Madrid, Alianza Editorial, 1991, p. 173.
3
Ibíd. P. 169
Los cirenaicos eran hedonistas y creían que el placer era el bien mayor, que ningún
tipo de placer es superior a otro. Propusieron que aunque el bien puede ser llamado
sabiduría, Dios o razón, es uno y que el bien es el secreto final del universo que sólo
puede ser revelado mediante el estudio lógico.

Según Platón, el bien es un elemento esencial de la realidad. El mal no existe en sí


mismo, sino como reflejo imperfecto de lo real, que es el bien. Mantiene que la virtud
humana descansa en la aptitud de una persona para llevar a cabo su propia función en
el mundo. El alma humana está compuesta por tres elementos: el intelecto, la voluntad
y la emoción, cada uno de los cuales posee una virtud (sabiduría, voluntad y
templanza). La virtud última, la justicia, es la relación armoniosa entre todas las
demás, cuando cada parte del alma cumple su tarea apropiada y guarda el lugar que le
corresponde. También mantenía que el intelecto ha de ser el soberano, la voluntad
figuraría en segundo lugar y las emociones en el tercer estrato, sujetas al intelecto y a
la voluntad. La persona justa, cuya vida está guiada por este orden, es por lo tanto una
persona buena.

Por su parte, Aristóteles consideraba la felicidad como la meta de la vida y la definió


como una actividad que concuerda con la naturaleza específica de la humanidad; el
placer acompaña a esta actividad pero no es su fin primordial. La felicidad resulta del
único atributo humano de la razón, y funciona en armonía con las facultades humanas.

El Estoicismo, desarrollado hacia el año 300 a.C. argumentaba que la naturaleza es


ordenada y racional, y sólo puede ser buena una vida llevada en armonía con la
naturaleza. La práctica de algunas virtudes cardinales, como la prudencia, el valor, la
templanza y la justicia, permite alcanzar la independencia conforme el espíritu del
lema de los estoicos, “Aguanta y renuncia”. De ahí, que la palabra estoico haya
llegado a significar fortaleza frente a la dificultad.

En los siglos IV y III a.C., Epicuro desarrolló un sistema de pensamiento, que


identificaba la bondad más elevada con el placer, sobre todo el placer intelectual y, al
igual que el estoicismo, abogó por una vida moderada, incluso ascética, dedicada a la
contemplación. Los epicúreos buscaban alcanzar el placer manteniendo un estado de
serenidad, es decir, eliminando todas las preocupaciones de carácter emocional.

Con la llegada del cristianismo se marcó una verdadera revolución en el campo de la


ética, al introducir una concepción religiosa de lo bueno en el pensamiento
predominante de la época. Según la idea cristiana una persona es dependiente por
entero de Dios y no puede alcanzar la bondad por medio de la voluntad o de la
inteligencia, sino tan sólo con la ayuda de la gracia de Dios. La primera idea ética
cristiana descansa en la regla de oro: “Lo que quieras que los hombres te hagan a ti,
házselo a ellos” (Mt. 7,12); en el mandato de amar al prójimo como a uno mismo
(Lev. 19,18) e incluso a los enemigos (Mt. 5,44), y en las palabras de Jesús: “Dad al
César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22,21). Jesús enseñó que el
principal significado de la ley judía descansa en el mandamiento “amarás al Señor tu
Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente,
y a tu prójimo como a ti mismo” (Lc. 10,27).

Durante la edad media tardía, los trabajos de Aristóteles, tuvieron una fuerte influencia
en el pensamiento europeo. Al resaltar el conocimiento empírico en comparación con
la revelación, el aristotelismo amenazaba la autoridad intelectual de la Iglesia. El
teólogo cristiano santo Tomás de Aquino consiguió, sin embargo, armonizar el
aristotelismo con la autoridad católica al admitir la verdad del sentido de la
experiencia, pero manteniendo que ésta completa la verdad de la fe.

La influencia de las creencias y prácticas éticas cristianas disminuyeron durante el


renacimiento. La Reforma protestante provocó un retorno general a los principios
básicos dentro de la tradición cristiana. Según Martín Lutero, la bondad de espíritu es
la esencia de la piedad cristiana. El teólogo protestante francés y reformista religioso
Juan Calvino aceptó la doctrina teológica de que la salvación se obtiene sólo por la fe
y mantuvo también la doctrina agustina del pecado original. En general, durante la
Reforma la responsabilidad individual se consideró más importante que la obediencia
a la autoridad o a la tradición.

Luego de estas corrientes filosofías éticas derivadas de creencias religiosas, surge en el


año de 1651 el filósofo inglés Thomas Hobbes quien atribuye la mayor importancia a
la sociedad organizada y al poder político por lo que la gente debe buscar seguridad
participando en un contrato social en el que el poder original de cada persona se cede a
un soberano que, a su vez, regula la conducta, doctrina que marcó el pensamiento del
filósofo inglés John Locke, quien mantenía que el fin del contrato social es limitar el
poder absoluto de la autoridad y, como contrapeso, promover la libertad individual.

Más tarde en 1677, el filósofo holandés Baruch Spinoza, sostenía que la razón humana
es el criterio para una conducta recta. Sostenía que todas las cosas son neutras en el
orden moral desde el punto de vista de la eternidad; sólo las necesidades e intereses
humanos determinan lo que se considera bueno o malo, el bien y el mal. Todo lo que
contribuye al conocimiento de la naturaleza del ser humano o se halla en consonancia
con la razón humana está prefigurado como bueno.

La ética, como casi todas las ciencias fue afectada de una u otra manera con los
grandes descubrimientos científicos. Estos descubrimientos, especialmente los de
Isaac Newton en el siglo XVII, aportaron uno de los primeros y más claros ejemplos
de esta influencia. Las leyes de Newton se consideraron como prueba de un orden
divino racional. Los hallazgos e hipótesis de Newton provocaron que los filósofos
tuvieran confianza en un modelo ético tan racional y ordenado como se suponía que
era la naturaleza.

Durante el siglo XVIII, los filósofos británicos David Hume y Adam Smith
formularon modelos éticos del mismo modo subjetivos. Identificaron lo bueno con
aquello que produce sentimientos de satisfacción y lo malo con lo que provoca dolor.

Otro de los influenciados por Hobbes fue el filósofo y novelista francés Jean-Jacques
Rousseau, sin embargo, atribuía el mal ético a las inadaptaciones sociales y mantuvo
que los humanos eran buenos por naturaleza. El anarquista, filósofo, novelista y
economista político británico William Godwin llevó esta convicción hasta su extremo
lógico quien rechazaba todas las instituciones sociales, incluidas las del Estado, sobre
la base de que su simple existencia constituye la fuente del mal.

Una mayor aportación a la ética fue hecha a finales del siglo XVIII por el filósofo
alemán Immanuel Kant. Según su pensamiento, no importa con cuánta inteligencia
actúe el individuo, los resultados de las acciones humanas están sujetos a accidentes y
circunstancias; por lo tanto, la moralidad de un acto no tiene que ser juzgada por sus
consecuencias sino sólo por su motivación ética. Sólo en la intención radica lo bueno,
ya que es la que hace que una persona obre, no a partir de la inclinación, sino desde la
obligación, que está basada en un principio general que es el bien en sí mismo. Como
principio moral último, Kant volvió a plantear el término medio en una forma lógica:
“Obra como si la máxima de tu acción pudiera ser erigida, por tu voluntad, en ley
universal de la naturaleza”, máxima que denominó “imperativo categórico”, porque es
general y a la vez encierra un mandato.

Otra de las doctrinas que ofrecieron un aporte valioso en la evolución histórica de la


ética fue la conocida como el Utilitarismo, formulada por el británico Jeremy Bentham
hacia finales del siglo XVIII. Él explicaba que el principio de utilidad era el medio
para contribuir al aumento de la felicidad de la comunidad. Creía que todas las
acciones humanas están motivadas por un deseo de obtener placer y evitar el
sufrimiento.

En 1821, el filósofo alemán Hegel aceptó el imperativo categórico de Kant, pero lo


enmarcó en una teoría universal evolutiva donde toda la historia está contemplada
como una serie de etapas encaminadas a la manifestación de una realidad fundamental
que es tanto espiritual como racional. La moral, según Hegel, no es el resultado de un
contrato social, sino un crecimiento natural que surge en la familia y culmina, en un
plano histórico y político, en el Estado prusiano de su tiempo.

El desarrollo científico que más afectó a la ética después de Newton fue la teoría de la
evolución presentada por Charles Darwin. Sus hallazgos facilitaron soporte
documental al modelo, algunas veces denominado ética evolutiva, término aportado
por el filósofo británico Herbert Spencer, según el cual la moral es sólo el resultado de
algunos hábitos adquiridos por la humanidad a lo largo de la evolución.

El filósofo alemán Friedrich Nietzsche dio una explicación asombrosa pero lógica de
la tesis darwinista acerca de que la selección natural es una ley básica de la naturaleza.
Según él, la llamada conducta moral es necesaria tan sólo para el débil. La conducta
moral tiende a permitir que el débil impida la autorrealización del fuerte. De acuerdo
con Nietzsche, toda acción tendría que estar orientada al desarrollo del individuo
superior.

Ya entrado el siglo XX, la ética moderna estuvo muy influenciada por el psicoanálisis
de Sigmund Freud y sus seguidores, y las doctrinas conductistas basadas en los
descubrimientos sobre estímulo-respuesta del fisiólogo ruso Iván Petróvich Pávlov.
Freud atribuyó el problema del bien y del mal en cada individuo a la lucha entre el
impulso del yo instintivo para satisfacer todos sus deseos y la necesidad del yo social
de controlar o reprimir la mayoría de esos impulsos con el fin de que el individuo
actúe dentro de la sociedad.

Otra de las corrientes, el conductismo, a través de la observación de los


comportamientos animales, formuló una teoría según la cual la naturaleza humana
podía ser variada, creando una serie de estímulos que facilitaran circunstancias
favorables para respuestas sociales condicionadas. Tuvo su mayor influencia, en el
pensamiento de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
En sus escritos de finales del siglo XIX y principios del XX, el filósofo y psicólogo
estadounidense William James abordó algunos de los puntos centrales y característicos
en las interpretaciones de Freud y Pávlov. Su mayor contribución a la teoría ética
descansa en su insistencia al valorar la importancia de las interrelaciones, tanto en las
ideas como en otros fenómenos.

Uno de los que marcó un cambio de rumbo en el pensamiento ético de la era moderna
fue el filósofo británico Bertrand Russell, quien reivindicó la idea de que los juicios
morales expresan deseos individuales o hábitos aceptados. En su pensamiento, los
seres humanos completos participan en plenitud de la vida de la sociedad y expresan
todo lo que concierne a su naturaleza, y sostenía que algunos impulsos tienen que ser
reprimidos en interés de la sociedad y otros en interés del desarrollo del individuo,
pero el crecimiento natural ininterrumpido y la autorrealización de una persona son los
factores que convierten una existencia en buena y una sociedad en una convivencia
armoniosa.

Una tendencia distinta en el pensamiento ético moderno caracteriza los escritos de los
filósofos franceses Jacques Maritain y Étienne Gilson, que siguieron la línea marcada
por santo Tomás de Aquino. Según Maritain, “el existencialismo verdadero”
pertenece a esta tradición cristiana.

El filósofo alemán Martin Heidegger, por su parte, mantenía que no existe ningún
Dios, aunque alguno puede surgir en el futuro y que los seres humanos se hallan solos
en el Universo y tienen que adoptar y asumir sus decisiones éticas en la conciencia
constante de la muerte. El filósofo y escritor francés Jean Paul Sartre razonó su
agnosticismo pero también resaltó la heideggeriana conciencia de la muerte. Sartre
mantuvo que los individuos tienen la responsabilidad ética de comprometerse en las
actividades sociales y políticas de su tiempo. El supuesto conflicto sobre la existencia
de un Dios omnipresente, no revestía ningún sentido de trascendencia para el
individuo, pues en nada afectaba a su compromiso con la libertad personal

Entre otros filósofos modernos, como el estadounidense John Dewey, figuran los que
se han interesado por el pensamiento ético desde el punto de vista del
instrumentalismo. Según él, el bien es aquello que ha sido elegido después de
reflexionar tanto sobre el medio como sobre las probables consecuencias de llevar a
cabo ese acto considerado bueno o un bien.

En época reciente podemos mencionar los escritos de George Edward Moore, quien
mantuvo que los principios éticos son definibles en los términos de la palabra bueno,
considerando que “la bondad” es indefinible. Esto es así porque la bondad es una
cualidad simple, no analizable.

Un aporte significativo al estudio de la ética fue el aportado por uno de los últimos tres
Sumos Pontífices de la Iglesia Católica. Hablamos de Karol Wojtyla, conocido como
Juan Pablo II, cuya preocupación primordial es la pregunta por el hombre, centrada en
la defensa de la dignidad de la persona humana. Fue portador y autor del humanismo
cristiano y del estilo de pensamiento personalista. Sus escritos y reflexiones giran
todas en torno a la verdad del hombre, a la verdad de la vida y del amor. Con su
pensamiento contribuyó a incorporar la riqueza de las aportaciones fenomenológicas a
una ciencia de la acción moral que reconoce en la metafísica del ser su fundamento y
marco de desarrollo.

El personalismo sostenido por K. Wojtyla es la expresión directa de un hombre sobre


el hombre, sobre el ser humano en cuanto persona en acto (en acción), que intenta
desentrañar todos los compuestos de la experiencia y la existencia humana, y arribar a
la inteligencia y el discernimiento de lo que es específicamente humano, como defensa
de la dignidad de la persona con el principio de humanidad, que consiste en el
reconocimiento del otro como el fundamento cardinal de referencia, de la misma
manera que se tiene conciencia de sí mismo y como miembro de la misma realidad en
la que se encuentra el hombre ubicado.

No menos importante, está la aportación Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) quien


denunció la “dictadura del relativismo” justo antes de ser elegido romano pontífice de
la Iglesia católica, reflexionando y estudiando la relación entre verdad, libertad y
culturas. Él encontró este vínculo entre verdad y libertad a través del concepto de
conciencia, al mismo tiempo que defendía los derechos de la verdad en las diferentes
culturas, con lo que el papel, tanto de la inteligencia como de la fe cristiana, mantiene
su total vigencia en la actualidad.

Partiendo de la premisa de que la naturaleza humana no es perfecta en su totalidad, se


intuye que posee numerosas potencialidades que tienden a su actualización o
perfeccionamiento. Para el pensamiento cristiano, podemos redimirnos siguiendo las
pautas de Jesús de Nazaret. Ese perfeccionamiento se logra en la medida en que se
pone por obra el plan del Creador para su creación, al que llamamos ley eterna. Las
inclinaciones naturales del hombre le orientan hacia lo que señala para él la ley eterna,
cuya participación en el hombre es la ley natural. Recordemos lo dicho por el Papa
Pablo VI en su Encíclica Humanae vitae: “el hombre no puede encontrar la verdadera
felicidad, a la que aspira con todo su ser, más que con el respeto de las leyes inscritas
por Dios en su naturaleza y que él debe observar con inteligencia y amor”

Aunque con frecuencia ignorada, la ley natural no ha perdido relevancia ni vigencia, ni


depende de una frecuencia estadística de su cumplimiento, como las leyes físicas, sino
de una ordenación que el Creador ha impreso en la naturaleza humana y que la razón
descubre. Las leyes de la naturaleza material se infieren de la frecuencia de
comportamientos, de tal modo que si en una serie de casos los cuerpos no cayeran
hacia abajo esto invalidaría la ley de la gravedad. En cambio la ley moral no refleja lo
que ocurre, sino lo que debiera ocurrir: un deber ser.

El hecho de que haya unas inclinaciones naturales en el hombre no suprime de ningún


modo la libertad con que las asumimos. La voluntad humana permanece
soberanamente libre ante las tendencias o inclinaciones naturales, de manera que
puede tomar sus propias decisiones. Cada hombre capta con la razón las inclinaciones
naturales y toma con la voluntad sus libres decisiones. Las inclinaciones naturales son
captadas e interpretadas por la razón humana no como simples datos biológicos, sino
como realidades integralmente humanas, en virtud de la unidad substancial de la
persona: el alma espiritual es la forma substancial del cuerpo, y ejercita virtualmente
las funciones sensibles y vegetativas.
A través de la línea del tiempo han surgido numerosas corrientes alrededor de la ética.
Numerosos filósofos, teólogos, antropólogos, sociólogos, comunicadores, científicos y
hasta artistas han contribuido con sus diversas teorías, algunas con posturas extremas,
otras con posiciones más ligeras, pero todas, de una u otra manera han contribuido con
esta ciencia tan subjetivamente analizada. La ética como ciencia, al igual que la
filosofía, ha sido tema de estudio, no superficialmente del obrar del hombre en sus
diferentes épocas y en sus diversos entornos sociales. Por eso y con más razón la ética
ha de considerarse como una ciencia.

Como conclusión podemos afirmar que el actuar del hombre configura la historia y
que para configurar una auténtica civilización del amor se precisa una valoración de
las personas humanas y de su protagonismo en la cultura y en la vida social.
Adicionalmente podemos decir que el cambio cultural deseado exige de todos el valor
de asumir un nuevo estilo de vida que se manifieste en poner como fundamento de las
decisiones concretas una justa escala de valores: la primacía del ser sobre el tener, de
la persona sobre las cosas. Este nuevo estilo implica también pasar de la indiferencia al
interés por el otro, sostenido en la tesis de que, el otro no es un enemigo de quien hay
que defenderse, sino mi hermano con quien hay que solidarizarse tal cual es.

Para finalizar podemos sostener que lo que más necesitamos en este momento de la
historia son hombres que, citando a Joseph Ratzinger, “sean capaces a través de una fe
iluminada y vivida, hagan que Dios sea creíble en este mundo, que tengan la mirada
fija en Dios, aprendiendo ahí la verdadera humanidad. Hombres cuyo intelecto sea
iluminado por la luz de Dios y a quienes Dios abra el corazón, de manera que su
intelecto pueda hablar al intelecto de los demás y su corazón pueda abrir el corazón de
los demás”4, aunque la modernidad, ante las leyes éticas ha querido optar por una
mentalidad demasiado crítica cuyo predominio llega en algunas ocasiones, a poner en
duda el fundamento de toda moral.

4
Discurso de apertura en la XXV Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio para los Laicos. Roma. 14 de
diciembre de 2011.

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