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Marcos

El protagonista, un niño de un entorno privilegiado, se siente amenazado por Franz Kromer, quien descubre su mentira sobre un robo de manzanas. A medida que la tensión aumenta, Kromer revela que sabe sobre el robo y que planea delatarlo al propietario del huerto a cambio de dinero. El niño se siente atrapado y aterrorizado ante la posibilidad de ser denunciado y enfrentar las consecuencias de su acción.

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Marcos

El protagonista, un niño de un entorno privilegiado, se siente amenazado por Franz Kromer, quien descubre su mentira sobre un robo de manzanas. A medida que la tensión aumenta, Kromer revela que sabe sobre el robo y que planea delatarlo al propietario del huerto a cambio de dinero. El niño se siente atrapado y aterrorizado ante la posibilidad de ser denunciado y enfrentar las consecuencias de su acción.

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imposible que Franz me aceptara a mí, niño bien y alumno del

Instituto; los otros dos chicos —yo me daba cuenta—

renegarían de mí en el momento decisivo y me dejarían en la

estacada.

Por fin, de puro miedo que tenía, empecé también a contar. Me

inventé una historia de ladrones y me adjudiqué el papel de

héroe principal. Les conté que en un huerto cerca del molino

había robado por la noche, con la ayuda de un amigo, un saco

de manzanas; pero no de manzanas corrientes sino de reinetas

y verdes doncellas de las más finas. Huyendo de los peligros

del momento me refugié en aquella historia, ya que inventar y

narrar me resultaba fácil. Tiré de todos los registros con tal de

no terminar en seguida y quizás enredarme en cosas peores.

Uno de nosotros, seguí contando, tenía que hacer de guardia

mientras el otro, subido en el árbol, tiraba las manzanas. El saco

pesaba tanto que al final tuvimos que abrirlo y dejar allí la

mitad del contenido; pero al cabo de media hora volvimos por

el resto.

Al terminar mi relato esperé algún aplauso; al fin y al cabo,

había entrado en calor dejándome arrastrar por la fantasía. Sin

embargo, los dos chicos más pequeños se quedaron callados, a

la expectativa, y Franz Kromer, observándome con ojos

escrutadores, me preguntó en tono amenazador:

— ¿ Eso es verdad?

—Sí —contesté.

—¿De veras?

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—Sí, de veras —aseguré, mientras el miedo me ahogaba.

—¿Lo puedes jurar?

Me asusté mucho, pero dije en seguida que sí.

—Entonces di: lo juro por Dios y mi salvación eterna. Yo repetí:

—Por Dios y mi salvación eterna.

—Bien —dijo, y se apartó de mí.

Yo pensé que con esto me dejaría en paz; y me alegré cuando se

levantó, poco después, y propuso regresar. Al llegar al puente

dije tímidamente que tenía que irme a casa.

—No correrá tanta prisa —rió Franz—, llevamos el mismo

camino.

Franz seguía caminando lentamente y yo no me atreví a

escaparme, porque en verdad íbamos hacia mi casa. Cuando

llegamos y vi la puerta con su grueso picaporte dorado, la luz

del sol sobre las ventanas y las cortinas del cuarto de mi madre,

respiré aliviado. La vuelta a casa. ¡Venturoso regreso a casa, a la

luz, a la paz!

Abrí rápidamente la puerta, dispuesto a cerrarla detrás de mí,

pero Franz Kromer se interpuso y entró conmigo. En el zaguán

fresco y oscuro, que recibía sólo un poco de luz del patio, se

acercó a mí y, cogiéndome del brazo, dijo:

—Oye, no tengas tanta prisa.

Le miré asustado. Su mano atenazaba mi brazo con una fuerza

de hierro. Me pregunté qué se propondría y si quizá me quería

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pegar. Si yo gritara ahora, pensé, si gritara fuerte, ¿bajaría

alguien tan de prisa como para salvarme? Pero no lo hice.

—¿Qué pasa? —pregunté—. ¿Qué quieres?

—Nada especial. Quería preguntarte algo. Los otros no

necesitan enterarse.

—¡Ah, bueno! ¿Qué quieres que te diga? Tengo que subir.

—Tú sabes a quién pertenece el huerto junto al molino,

¿verdad? —dijo Franz muy bajo.

—No lo sé. Creo que al molinero.

Franz me había rodeado con el brazo y me atrajo a sí de tal

manera que tenía que mirarle a la cara muy de cerca. Sus ojos

tenían un brillo maligno, sonreía torvamente y su rostro

irradiaba crueldad y poder.

—Oye, pequeño, te diré de quién es el huerto. Hace tiempo que

sé lo del robo de las manzanas y que el propietario ha

prometido dos marcos al que le diga quién robó la fruta.

—¡Santo Dios! —exclamé—. ¿Pero no irás a decírselo?

Me di cuenta de que no serviría de nada apelar a su sentido del

honor. Pertenecía al “otro” mundo; para él la traición no era un

crimen. Lo sabía perfectamente. En estas cosas la gente del

“otro” mundo no era como nosotros.

—¿No decir nada? —rió Kromer—. Amigo, ¿crees que falsifico

monedas y que puedo fabricar de dos marcos cuando quiera?

Soy bastante pobre, no tengo un padre rico como tú; y si puedo

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ganarme dos marcos aprovecho la ocasión. Quizá me dé aún

más. Me soltó de pronto. Nuestro zaguán no olía ya a paz y a

seguridad. El mundo se desmoronó a mi alrededor. Me

denunciaría; yo era un delincuente. Se lo dirían a mi padre y

quizá vendría hasta la policía a casa. Me amenazaban todos los

horrores del caos; todo lo feo y todo lo peligroso se alzaba

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