Un Misionero Secular: El Guacho Félix y Su Tiempo
Un Misionero Secular: El Guacho Félix y Su Tiempo
Mi garganta es suicidio
de crepúsculos
caídos.
Enrique Félix Castro, “Oración en los labios de mi madre” (fragmento. Febrero de 1950).
A pesar de que su muerte ocurrió hace ya casi sesenta años, Enrique El Guacho Félix Castro sigue
siendo, acaso, el intelectual más singular que haya alumbrado el solar sinaloense. Me refiero, no es
ocioso aclararlo, a su condición de pensador que, valga la reiteración verbalizada del sustantivo,
pensó a Sinaloa panorámicamente: desde la crítica literaria, la historia, la pedagogía, el
psicoanálisis, la política y la cultura. A diferencia de autores más cercanos a la preocupación
canónica en los diferentes géneros, como Eustaquio Buelna en la historiografía, Alejandro
Hernández Tyler o Gilberto Owen en la poesía, Inés Arredondo en la narrativa o el marxista José
Luis Ceceña Cervantes en la economía, El Guacho no escribió tratados ni una obra literaria o crítica
más o menos sistemática. Sin embargo, no se requiere forzar hermenéutica alguna para espigar de
sus artículos, ensayos, y sí, también de sus escasos pero reveladores poemas, un conjunto de tesis
dignas de una mejor y más puntual consideración.
1
dispersión de sus escritos que todavía aguardan una compilación rigurosa. Se alude a El Guacho
como un pensador claro y erudito, aunque, como alguna vez escribió ese excepcional polímata
zacatecano que fue Álvaro López Miramontes, en un texto del cual se ha perdido la pista, hay
razones para sospechar que por lo menos algunas de sus múltiples referencias a autores consagrados
fueron “de oídas”, suposición que no impide reconocer su voraz apetito lector. Como haya sido, lo
interesante es apreciar la manera en que, a partir de ese diverso influjo, se amalgamó una inusitada
imagen de Sinaloa.
1
Nakayama dijo esto al hacer el panegírico de la revista Resumen fundada por El Guacho y por él mismo en 1948. La
cita se localiza en el escrito de Carlos Manuel Aguirre, “¡Enrique Félix ha muerto!”, consultado en la compilación de
Martha Lilia Bonilla Zazueta, El Guacho, Ulises sinaloense. Enrique Félix Castro, Culiacán, Comité de Amigos de la
Biblioteca Carlos Manuel Aguirre/ Archivo Histórico General de Sinaloa (AHGS)/Academia Cultural Roberto
Hernández Rodríguez, A.C., 2005, p. 232. Reproducido en Presagio. Revista de Sinaloa No. 3, septiembre de 1977.
2
En Ibid., p. 11. Nota preliminar de Herberto Sinagawa Montoya, “Los textos olvidados de El Guacho Félix”, firmado
en febrero de 2005.
3
En “Enrique Félix Castro, ‘El Guacho’, 1911-1965”. En el libro de semblanzas Fueron cinco de a caballo, contenido
en Antología Dr. Enrique Peña Gutiérrez. Patriarca de las letras sinaloenses 1914-1998, México, Fundación para
Mover y Transformar a Sinaloa/Fundación Dr. Enrique Peña Gutiérrez, A. C., p. 426.
4
Recientemente, en esta dirección, Carlos Calderón Viedas publicó Un marxista en Sinaloa (El Guacho Félix), México,
Cuadernos de Divulgación, Instituto Municipal de Cultura de Culiacán, 2016, interesante y polémico ensayo en el que
descubre algunas de las contradicciones de Félix Castro sin dejar de poner en valor la singularidad de su pensamiento.
5
Para mencionar sólo algunos, Jorge Medina Viedas, Liberato Terán Olguín y Carlos Calderón Viedas, entre los
formados en la lucha universitaria de los sesenta-setenta, y Enrique Peña Gutiérrez, Antonio Nakayama, Roberto
Hernández, Enrique Maximiliano Gómez Blanco entre los que acompañaron su tiempo, con los historiadores Gilberto
López Alanís y Nicolás Vidales, así como el profesor David Rubio Gutiérrez moviéndose en medio.
6
Hace 21 años, Jesús Lazcano Ochoa (miembro del PCM y hermano de Manuel, de quien también ofreceré aquí citas
y referencias), decía de El Guacho que era “un socialista progresivo burgués”. En el libro La Universidad Socialista del
Noroeste. Documentos, relatos y opiniones, México, Universidad Autónoma de Sinaloa/Archivo Histórico General del
Estado de Sinaloa, 2001, p. 223.
2
oratoria deslumbrantes. Por lo que hace a la camada intelectual posterior a la de Félix Castro y sus
compañeros de viaje, Guillermo Ibarra Escobar ha comentado cómo, ya en los setenta, los dirigentes
de la izquierda universitaria en Sinaloa lo citaron con una “admiración retórica”, sin acometer a
cabalidad, en consecuencia, el reconocimiento de su impronta cultural: aquellos Baby Boomers
semitropicales también se autonombraban marxistas, ellos también sentían que eran, como El
Guacho y su generación rosalina, “el viento animal del porvenir”.7
Asumir en serio esta encomienda, a mi juicio, tendría que conducir a la conclusión de que el tiempo
ha conferido ya a su legado escritural eso que en la crítica filosófica se podría llamar “justicia
poética”: ese dictum colectivo, casi siempre tácito, que, de acuerdo con Martha Nussbaum, no sólo
proviene de las ideas en sí mismas, sino también de su poder para desatar la imaginación moral. Una
imaginación que pone entre paréntesis la literalidad de las convenciones jurídicas o morales y de las
relaciones sociales prevalecientes, alimentando una sensibilidad distinta con respecto al mundo y a
los demás. En ello juega un papel muy importante, desde luego, el propio estilo literario, una écriture
que es puesta en valor por las generaciones sucedáneas tanto por lo que dice cuanto por cómo lo
dice.8
El tiempo histórico, su experiencia lectora y las propias vicisitudes de su vida pública y personal
permiten comprender, en parte, el carácter multiforme y fragmentario, ocasionalmente hasta un poco
atropellado, de una producción literaria que, no obstante, posee un perfil original y definido.
Pensador singular, creador de instituciones y bohemio irredimible, El Guacho nació en Culiacán el
31 de octubre de 1911. Francisco I. Madero se estrenaba en el poder presidencial después del exilio
de Porfirio Díaz. En Sinaloa, desde mayo de ese año, las fuerzas maderistas comandadas por Ramón
F. Iturbe, Juan M. Banderas, José María Cabanillas, Claro G. Molina y Herculano de la Rocha, entre
otros, tomaban las principales ciudades; el 27 de septiembre fue electo el profesor José María
7
Comentario hecho en el seminario sobre biografías sinaloenses, facultad de Historia de la Universidad Autónoma de
Sinaloa, sesión del 28 de octubre de 2022. Hay que decir que la primera compilación de escritos selectos de El Guacho
fue publicada durante el rectorado del licenciado Jorge Medina Viedas, Evolución tardía de la provincia, México,
Universidad Autónoma de Sinaloa, 1985. Queda claro que, a diferencia de El Guacho, ellos, en tanto dirigentes de la
primera generación del movimiento universitario moderno en la región, lucharon por la autonomía y, cuando se
avocaron a las tareas de la izquierda, lo hicieron apostando a la forma partido y no a la de la transición al socialismo
por la vía del Estado de la Revolución Mexicana como sí lo hizo Félix Castro.
8
Nussbaum, Martha C. Justicia poética. La imaginación literaria y la vida pública, Santiago de Chile, editorial Andrés
Bello, 1997, traducción de Carlos Gardini. Edición original, Poetic Justice, Boston, Beacon Press, 1995.
3
Rentería para terminar el periodo iniciado por el porfirista Diego Redo, ya en aquellas fechas fuera
del país.9 Su andadura de vida quedó marcada, inevitablemente, por los avatares de un tiempo y un
espacio convulsionados por los conflictos entre las facciones surgidas de la Revolución Mexicana,
por la complicada institucionalización del Estado de la Revolución, por las dos grandes
conflagraciones internacionales de la primera mitad del siglo XX y la conformación de los bloques
del capitalismo y el socialismo que dieron lugar al mundo bipolar, característica dominante del
“corto” siglo XX historiográfico en la conocida definición de Eric Hobsbawm.
Con pocos personajes de la historia sinaloense se entiende tan bien la sentencia de Marc Bloch:
“Somos más hijos de nuestro tiempo que de nuestros padres”. Pero con pocos se entiende con tanta
claridad, igualmente, cómo se puede interpelar a ese tiempo que es nuestro “padre”, cómo se puede
ser crítico de nuestra vida examinada, de nuestra realidad y nuestra experiencia de sentido. Según
informa el cronista Marco Antonio Berrelleza, Enrique Félix fue hijo de “uno de los hombres más
importantes de su tiempo, el ingeniero Enrique Peña Alcalde, vicerrector de la Universidad de
Occidente, catedrático del Colegio Civil Rosales y empresario de éxito”.10 Por su propio testimonio
sabemos que su madre se llamó Alberta y servía –son palabras de El Guacho- de ama de llaves de
una dama llamada Luz Bátiz, quien “tocaba el piano al mirarla yo”. En ese documento testimonial,
publicado en el periódico La Voz de Sinaloa, continúa exponiendo: “Luz fue la mujer más linda
como la pongan y quisiera un retrato –vamos, una caricatura- del doctor Jesús Moncayo, mi padre.
Fumaba mucho mi padre (…). El médico era mi padre como es mi padre Monseñor Barraza”. Y
9
Cfr. Ortega Noriega, Sergio, Breve historia de Sinaloa, México, El Colegio de México/ Fondo de Cultura Económica/
Fideicomiso Historia de las Américas, 1999, pp. 270-271.
10
Berrelleza Fonseca, Marco Antonio, “El Guacho Félix”, columna “Hoy en la historia”, periódico El Debate de
Culiacán, 31 de octubre de 2021. Consultado en [Link]
[Link] (consulta del 3 de septiembre de 2022). El ingeniero Enrique Peña
Alcalde era considerado un catedrático que hacía gozar al Colegio Civil Rosales de “un merecido prestigio”, siendo “la
institución educativa y cultural más desarrollada del noroeste de México”. Compartía cátedra con los doctores Ramón
Ponce de León, Ruperto L. Paliza, el licenciado Ignacio M. Gastélum y el ingeniero Luis F. Molina, quienes “con la
rigurosidad de la época, mantenían una férrea disciplina en el alumnado”, Gilberto J. López Alanís, Faustino López
Osuna y José Hernández Cárdenas, “Juan de Dios Bátiz Paredes. Gobernador de Sinaloa”, en Heriberto M. Galindo
Quiñones (coordinador), Los gobernadores de Sinaloa en la historia (1831-2011), tomo II, Culiacán, Sinaloa,
Fundación para Mover y Transformar a Sinaloa, A. C./Andraval Ediciones, 2015, p. 172. María de Lourdes Cueva
Tazzer, además, informa que el ingeniero Peña Alcalde fue designado delegado de la Secretaría de Educación Pública
en Sinaloa en mayo de 1923, cfr. “Educar para la vida. Políticas y prácticas educativas en el Sinaloa revolucionario,
1917-1945”, en Carlos Maciel Sánchez y Modesto Aguilar Alvarado (coordinadores), Historia Temática de Sinaloa,
México, Instituto Sinaloense de Cultura/Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2015, tomo VI, Miguel Ángel
Rosales Medrano, Dina Beltrán López y Jorge Luis Sánchez Gastélum (coordinadores), Educación y política educativa,
p. 105.
4
aunque líneas atrás escribía que asistía a clases en ayunas, “quizá por nuestra pobreza. La autora de
mis días en mis ocho años trabajó para que yo asistiera a la escuela porque la escuela negaba el
Rébsamen a los niños así”. 11 Es decir, Félix Castro tuvo como figuras femeninas tutelares a su madre
Alberta y a Luz Bátiz, la señora de la casa en que su progenitora prestaba sus servicios, y tuvo
también como figura paterna a quien debemos suponer era el esposo de esa señora, el doctor Jesús
Moncayo. Con toda evidencia, como él mismo lo afirmaba, recibió el ascendiente del futuro prelado
José Barraza y Motta, quien, siendo su amigo solamente tres años mayor, seguramente orientó sus
pasos hacia el Seminario.
El Guacho vivió una infancia al cuidado de su madre y de dos tutores virtuales que, con las
posibilidades que su condición social y su estatus cultural les ofrecían, le descubrieron un horizonte
de vida mucho más ancho y diverso que el de la mayoría de los niños de aquella provincia de la
provincia que era entonces Culiacán, una villa citadina de aproximadamente 30 mil habitantes.
Todavía en febrero de 1950, a los 39 años de edad, en uno de los poemas suyos que se han rescatado
del olvido, decía a su ciudad con sus bucólicas estampas y los nombres propios de su gente:
¡Cu-lia-cán!
Escalera vacía de pichones
y campana sola de mi corazón.
(…)
11
Félix Castro, Enrique, “El último retrato de mi madre”, periódico La Voz de Sinaloa, 1955 (Fondo Carlos Manuel
Aguirre del Archivo Histórico General de Sinaloa), en la compilación de Martha Lilia Bonilla, El Guacho, Ulises
sinaloense. Enrique Félix Castro, citada, p. 231.
12
“Oración en los labios de mi madre”, Fondo Carlos Manuel Aguirre del AHGES, contenido en Ibid., p. 187.
5
Y ahí mismo, casi sin metáfora, alude a la influencia lectora de aquel al que llamaba padre, el doctor
Moncayo, a quien dice deber su precoz familiaridad con la literatura y el Rébsamen como catecismo
pedagógico:
Su infancia transcurrió en un hogar católico y bajo ese influjo se inscribió, apenas adolescente, en
el Seminario Conciliar Tridentino de Sonora, institución con sede en Culiacán, en 1924. Muchos
años después, respondiendo a una carta de su excompañero, el ya entonces Monseñor José Barraza,
en una misiva salpicada del lirismo romántico del que nunca pudo escapar, escribirá en el periódico
La voz de Sinaloa:
El Seminario, en la esquina de Juárez y Chuy Andrade. Acaso 1924 (…). Nuestro confesionario a las cinco
de la mañana con el simpático gruñón padre Uriarte. Y las declinaciones latinas del sacerdote Antonio Valdés
(…). Entonces jugábamos béisbol en los llanos de La Aurora. Y cansados, indiferentes al polvo de la tierra
y repasando en el pañuelo la alegría del sudor, con aquel manual de San Luis nunca temblaron nuestras
rodillas y nuestros labios se estremecían de puridad en tanto se dormían las cuentas del rosario. Y nuestras
bocas iban siendo más bellas, y las estrellas parecían conspirar con su luz en nosotros… “Padre nuestro que
estás en los cielos”.14
Apenas se sabe algo de esa relación entre dos protagonistas de la cultura sinaloense en trance de
cambio, pero se trató, sin duda, una amistad plena de coincidencias en sus asumidos ministerios:
religioso uno y seglar otro. Como El Guacho, José Lorenzo Barraza y Motta (Mazatlán, 1908-
Culiacán, 1985) fue un personaje polifacético: sacerdote comprometido con la labor pastoral, artífice
13
Ibid., p. 191.
14
Félix Castro, Enrique, “Monseñor Barraza, México canta la lágrima del niño Dios”, en el periódico La voz de Sinaloa
(s.f., presumiblemente publicado en 1955 o 1956), Fondo Carlos Manuel Aguirre del AHGES, Ibid., pp. 173-175.
6
de la construcción del Templo del Carmen en Culiacán, profesor de teología en el Seminario,
filántropo que no cejó en su apoyo a instituciones asistenciales como el Hospital del Carmen,
articulista en la prensa local y promotor deportivo.15 Aunque desde faros distintos, ambos
iluminaron esa esperanzada aurora de un nuevo Sinaloa.
Antes de su ordenamiento, El Guacho Félix abandonó la carrera sacerdotal. Esa decisión prefiguraba
la escucha de un calling secular: no el estudio sin fin de los misterios teológicos o la labor pastoral
desde la parroquia o la diócesis, sino la explicación de la vida social y, junto con ello, el compromiso
-palpitando siempre en su origen cristiano- con los más desamparados: la secular búsqueda de un
atajo terrenal al largo camino teológico hacia la redención. Este hecho de conciencia tuvo que ver,
por lo menos en parte, con su ingreso al Colegio Civil Rosales, donde vivió una experiencia que
dejaría grabada en él una marca indeleble.16 En 1947, ya con agua corrida bajo los puentes,
confirmará la apuesta de vida y reclamará a la doble moral cristiana remitiendo a un mundo casi
dickensiano, aunque, paradójicamente, apenas saliendo de su fase preindustrial en el semitrópico
mexicano:
…tengo deseos de estudiar el porqué de esos fenómenos de la rebeldía social que anima los actos de varios
sinaloenses, entre los cuales siento encontrarme, sobre todo cuando recuerdo los sufrimientos de mi niñez
que supo del ayuno diario por largas temporadas en los duros bancos de la escuela Benito Juárez, de los
atropellos que se cometían en factorías de Culiacán con menores de edad que desde entonces ganamos el pan
con nuestro esfuerzo, de la profunda decepción que sufrimos al salir del Seminario Conciliar con voz de
Jesucristo en el pecho para encontrarnos en la calle con que todo mundo lo traiciona en lo fundamental de su
doctrina y de su ejemplo: …aquello de “amaos los unos a los otros”.17
Desde 1929 y hasta 1933, al lado de otros jóvenes inquietos como Manuel Lazcano Ochoa, Jesús
Gil Reatiga, Enrique Maximiliano Gómez Blanco (con quien editaba el libelo socialista Luchemos),
y con el ascendiente del bisoño abogado Clemente Vizcarra Franco, recién llegado de la Ciudad de
15
Cfr. la entrada correspondiente del libro de Herberto Sinagawa Montoya, Sinaloa: historia y destino, México,
Universidad Autónoma de Sinaloa, 2013, tercera edición, pp. 85-86. La primera edición es de editorial Cahita, 1986, y
la segunda (aumentada) de la Dirección de Investigación y Fomento de Cultura Regional (DIFOCUR), 2004.
16
Refiriéndose a su primer encuentro con El Guacho, ocurrido en 1926, uno de sus amigos escribe: “Era el Seminario
de Sinaloa, para él una pausa corta por los senderos de la religión, y para mí el Instituto Sinaloense de don Reynaldo
González, tan esclavizante en su disciplina interna como los sombríos recintos conventuales”. Enrique Peña Gutiérrez,
Op. Cit., p. 427.
17
“Carrera de Santiago”, artículo publicado en el periódico El Tiempo, 12 de octubre de 1946. Fondo Carlos Manuel
Aguirre, Archivo Histórico General del Estado de Sinaloa (AHGES).
7
México y empapado de las ideas más radicales del flamante ideario de la Revolución Mexicana, El
Guacho se convirtió en uno de los más destacados líderes del movimiento estudiantil que demandó
la mayor vinculación de la casa rosalina con las clases populares (Jesús Lazcano Ochoa afirma que
otros jóvenes reclamaban también la restitución por ley del régimen autonómico del que gozó la
casa de estudios cuando fue Universidad de Occidente de 1918 a 1922). Al paso, dígase que aquí se
puede ubicar uno de los incipientes semilleros de personajes que encarnarán el tránsito de la
hegemonía de los militares a la de los abogados (Clemente Vizcarra y, poco después, Manuel
Lazcano) y profesores (Jesús Gil Reatiga, Max Gómez Blanco y Enrique Félix Castro) en la vida
pública y el ambiente cultural de un Sinaloa que apenas se anunciaba; 18 un tránsito que se cerraría,
en la política stricto sensu, hasta 1963 con el arribo a la gubernatura de Leopoldo Sánchez Celis,
sucesor del general Gabriel Leyva Velázquez, proveniente del sector popular del PRI. De aquellos
días estudiantiles en el Colegio Civil Rosales proviene la primera identificación de El Guacho con
el marxismo, tal y como se lee en la celebrada remembranza hecha en su discurso del 5 de mayo de
1948, siendo Director de Educación del Estado. En esa fecha se conmemoraban los 75 años de la
fundación del Liceo Rosales, origen de la entonces Universidad de Sinaloa:
Un buen día, nomás porque sí, salimos a la calle con pendones de coraje, gritando las palabras de un tal
filósofo Carlos Marx. Nuestros maestros sonrieron patriarcalmente de aquel inusitado esplendor. Nos
permitieron discutir con ellos las sentencias de Gabino Barreda. Nos presentaron sus renuncias. Nos dejaron
aparentemente solos. Éramos los románticos retobados. Los inconformes. Los que producen las canas de sus
maestros. Éramos aprendices de hombres en la ruptura de órbitas y latitudes. Éramos el viento animal del
porvenir.19
18
En palabras de Manuel Lazcano Ochoa: “De ese tiempo puedo mencionar a muchos compañeros, como alguien cuyo
nombre es muy conocido: Enrique Félix Castro, a quien apodábamos El Guacho. Él también estaba recién llegado de
México; había otro profesor, Jesús Gil Reatiga, que después figuró en la política magisterial como precursor del
sindicalismo, lo mismo que en la vida pública, llegando a ser diputado local y luego senador de la República”. En
Manuel Lazcano Ochoa, Una vida en la vida sinaloense (editado por Nery Córdova), Los Mochis, Sinaloa, Talleres
Gráficos de la Universidad de Occidente, 1992, p. 24. Clemente Vizcarra fue diputado local, Secretario General de
Gobierno y rector de la Universidad de Sinaloa; el mismo Lazcano sería posteriormente Procurador General del Estado
en dos ocasiones, Presidente del Comité Directivo Estatal del PRI con el gobernador Sánchez Celis (1963-1968) y
Secretario General de Gobierno durante el periodo de Francisco Labastida Ochoa como mandatario estatal (1987-1992).
Como mero botón de muestra, apúntese que este y otros movimientos rosalinos de los treinta, alumbraron la
participación de jóvenes como Salvador Álvaro Medina (“El Ligero”), Francisco Gil Leyva, Luis F. González, entre
otros, a la postre padres, respectivamente, de protagonistas o activistas de los movimientos de los sesenta-setenta en
Sinaloa, como Jorge Medina Viedas, Carlos Enrique Gil Leyva (“El Vivito”) y el artista Luis González.
19
“Chuy Andrade y la tradición romántica de la Universidad de Sinaloa”, discurso pronunciado el 5 de mayo de 1948,
originalmente publicado en la revista Letras de Sinaloa en septiembre de 1948 y reproducido en la revista Presagio,
núm. 25, Culiacán, Sinaloa, julio de 1979.
8
Una noticia que se refuerza con el testimonio de Manuel Lazcano: “…cuando mi temperamento y
mis inquietudes me llevaron a actuar en los movimientos estudiantiles, siempre asumí y comulgué
con una ideología a la que nosotros llamábamos de izquierda. En ese momento la situación
‘geográfica’ de las ideologías era muy fuerte y muy bien establecida. Izquierdas y derechas tenían
una connotación muy clara, con perfiles muy definidos”. 20 Aquel mundo del periodo de
entreguerras, a principios de los años treinta, con sus dos grandes bloques, el de la “libertad”
capitalista y el de la “igualdad” socialista, era una emergente realidad que ya provocaba polarización
en todas partes. Se trataba de un contexto muy distinto al que rodeó la primera insurgencia
estudiantil de 1909 en el Colegio Civil Rosales, contagiada por el movimiento ferrelista y la
convocatoria nacional antirreeleccionista de Francisco I. Madero, cuyo desenlace (la imposición del
porfirista Diego Redo de la Vega contra las aspiraciones del liberal José Ferrel y Félix en la
gubernatura estatal) daría lugar a la incorporación del principal cabecilla de aquella gesta
universitaria, Rafael Buelna Tenorio, a la lucha armada. Los primeros años del siglo XX hervían de
anhelos y aspiraciones democráticas populares, pero faltaban los resguardos institucionales que
dieran salida a esa efervescente y multánime inquietud. Tan fue así, que el estallido violento ocurrió
muy poco después: fue necesaria una insurrección armada para construir una nueva institucionalidad
que, ciertamente, a la larga no resultó tan propicia ni a las libertades civiles ni a la justicia social. 21
Figuras como El Guacho Félix, por lo mismo, tocadas por un ideal redentor, optaron dos décadas
después de aquel alzamiento por una suerte de “socialismo a la mexicana”, deriva de las vertientes
ideológicas más radicales del movimiento y, enseguida, del Estado de la Revolución. De aquellos
años, su amiga Angelina Viedas recuerda:
Si en el seminario conoció a Cristo, en el Colegio ha conocido a Marx. Le fue presentado (El Guacho a Max
Gómez Blanco) como la inspiración marxista de la institución (…). Durante el primer período de vacaciones
en el Colegio, El Guacho se traslada al sur de los Estados Unidos, invitado para dar unas conferencias. Su
fama de orador e ideólogo, ha traspasado nuestras fronteras. El éxito que obtiene obliga a los anfitriones a
20
Ochoa Lazcano, Manuel, Op. Cit., p. 21.
21
Cfr. López González, Azalia, Rumbo a la democracia: 1999, Culiacán, Colegio de Bachilleres del Estado de
Sinaloa/Universidad Autónoma de Sinaloa, 2003. Desde la historia de los movimientos estudiantiles en Sinaloa, puede
verse el ensayo de Liberato Terán Olguín, “Cien años de la universidad y los estudiantes en Sinaloa”, en Cuatro ensayos
de interpretación del movimiento estudiantil, Culiacán, Universidad Autónoma de Sinaloa, 1979, especialmente pp. 72-
73.
9
reiterar la invitación, y así, todos los años de su etapa estudiantil acude a Phoenix, Tucson y otras ciudades
para dejar oír su magnífica verba.22
Así, precisamente “tocado” por esas lecturas y esa movilización estudiantil, llegó a la Ciudad de
México, donde, becado por el Colegio Civil Rosales junto con su amigo Maximiliano Gómez
Blanco, estudió en la Escuela Nacional de Maestros, graduándose ambos con el título de profesor
normalista.23 A su regreso, Gómez Blanco se convertiría en uno de los precursores de la radio en
Culiacán y Enrique Félix Castro emprendería una de las batallas más significativas y al mismo
tiempo decepcionantes de su vida: el despliegue de la educación socialista en Sinaloa.
El Colegio Civil Rosales tuvo como antecedente más remoto al Liceo Rosales, con sede en
Mazatlán, fundado por el gobernador Eustaquio Buelna en 1873. El Liceo se trasladó a Culiacán,
nueva capital del estado, en 1874, con lo cual pasó “a ser Colegio Rosales; con la Ley de Instrucción
Pública de 1881 su nombre se modificó al otorgársele el carácter de ‘nacional’ que tenían los
colegios de ese tipo en el país. Así, la institución quedó registrada como Colegio Nacional Rosales,
y sería el único establecimiento facultado para impartir educación secundaria y profesional en la
entidad”.24 Habiendo nacido con el aliento original del liberalismo, la casa de estudios pondría
22
Cfr. “El famoso Guacho Félix y el origen de la Escuela Normal de Sinaloa”, entrevista con Enrique Maximiliano
Gómez Blanco, Angelina Viedas y Rodolfo Monjaraz Buelna, en Presagio. Revista de Sinaloa, Culiacán, julio de 1979.
23
Cfr. Roberto Montoya Martínez y Luis Antonio García Sepúlveda, Historia de la radio en Culiacán, Sinaloa,
Culiacán, Creativos7editorial (con los auspicios del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, la Dirección de
Investigación y Fomento de Cultura Regional del Gobierno de Sinaloa y el H. Ayuntamiento de Culiacán), Culiacán,
Sinaloa, 2006, en cuya página 11 se narra cómo en 1934 se reunían en la capital del país tres jóvenes sinaloenses: “Esos
tres jóvenes eran: Enrique Maximiliano Gómez Blanco, apodado por sus amigos como ‘El Mechudo’, y Enrique Félix
Castro, ‘El Guacho’ Félix. Los dos eran estudiantes becados por el Colegio Civil Rosales en la Escuela Nacional de
Maestros, y de visita con ellos se encontraba un estudiante de leyes llamado Manuel Lazcano Ochoa, ‘El Lazca’. Los
tres provenían de la ciudad de Culiacán”. Hay aquí una confusión, creo, en el recuerdo de Manuel Lazcano Ochoa,
quien, como se puede leer en la nota de pie 14 de este escrito, señala que El Guacho, junto con Jesús Gil Reatiga,
acababa de regresar a Culiacán después de graduarse en la Escuela Normal de Maestros al estallar el movimiento
estudiantil de principios de los treinta en el Colegio Civil Rosales: al parecer no fue así, él partió becado a la Ciudad de
México después de haber participado en aquella manifestación “romántica” juvenil (así la definía el propio Guacho).
El testimonio de Angelina Viedas, apoya esta información: “Max Gómez recuerda que junto con Enrique Félix cursó
hasta el cuarto año en el Colegio Civil Rosales, luego, juntos se trasladaron a la Ciudad de México para hacer el quinto
y sexto grados en la Escuela Nacional para Maestros, al igual que Jesús Gil Reátiga, Genaro Páez y Mercedes Paredes.
Todos, excepto Merceditas que se quedó en la capital, regresaron titulados a Sinaloa. Esto ocurrió en 1935”. Cfr. “El
famoso Guacho Félix y el origen de la escuela Normal de Sinaloa”, entrevista citada.
24
Rosales Medrano, Miguel Ángel, Altibajos. La UAS: vicisitudes de su desarrollo, Culiacán, Universidad Autónoma
de Sinaloa, 1994, p. 43.
10
pronto su enseñanza a tono con los criterios de la doctrina positivista auspiciada en el México
porfirista por Gabino Barreda. 25 En 1948, al definir los orígenes del Colegio como “románticos”, El
Guacho lo decía con ese barroquismo lírico tan característico de su prosa madura:
La Universidad de Sinaloa es un parto romántico de 1873. Nació de la boca de los fusiles liberales urgidos
de inmortalidad, al cruzarse la inquietud madura de Eustaquio Buelna y la victoria polvosa y sangrienta del
epónimo Antonio Rosales. Surgió de la blanca matriz de la Reforma. Se meció en el pensamiento de Benito
Juárez y se forjó en la entraña de la Patria amanecida también de inmortalidad.26
Más tarde, en 1918, durante el gobierno del general Ramón F. Iturbe, el Colegio se convertiría en
Universidad de Occidente y, en una inesperada decisión gubernamental, se le concederá la
autonomía. Decisión inesperada, en primer lugar, porque el movimiento de reforma universitaria de
Córdoba, Argentina, inspirador de las gestas autonómicas latinoamericanas, apenas iniciaba su
recorrido, alcanzando resonancia en México sólo hasta once años después con la consagración de
ese régimen en la Universidad de México en 1929 (desde entonces UNAM); e inesperada, además,
porque a diferencia de lo sucedido algunos años después en la Universidad Nacional, no emanó de
una movilización y una voluntad organizada de los universitarios, acompañada de un gran debate
público, sino de una decisión administrativa del ejecutivo estatal. Quizá por ello en la ley
promulgada el 15 de mayo de 1918 se entendía por autonomía la capacidad para nombrar a sus
autoridades, contratar y poseer bienes, organizarse y administrarse de acuerdo con lo que determine
el Consejo Universitario, brillando por su ausencia cualquier alusión a la pluralidad y la libertad de
cátedra. Una noción que se nutrió del proyecto presentado por el legislador yucateco José Inés
Novelo y aprobado, en noviembre de 1917, por el Senado de la República. 27
25
Así lo expone la investigadora Dina Beltrán López. “Al comparar el plan de estudios de la preparatoria de la
Universidad de Occidente con los cinco que tuvo la Nacional Preparatoria de 1867 a 1914, se aprecia que, aunque no
es copia fiel de ninguno, tiene rasgos de ellos que lo identifican con el positivismo en que éstos se sustentaron. Además
de la lógica con que se jerarquizan los contenidos de la propuesta curricular, hay otros argumentos que apoyan la
afirmación de que este plan se fundamenta en la filosofía positivista como, por ejemplo, el nombre de algunas materias,
el método cuantitativo de evaluación, los libros de textos que se llevaron y los métodos de enseñanza recomendados.
En “Currículum, estudiantes y autonomía en el Sinaloa posrevolucionario”, revista Estudios Jalisciences, No. 96, mayo
de 2014, Guadalajara, mayo de 2014, p. 12.
26 “Chuy Andrade y la tradición romántica de la Universidad de Sinaloa”, citado, p. 59.
27
Beltrán López, Dina, “Currículum, estudiantes y autonomía en el Sinaloa posrevolucionario”, citado, pp. 16-17. Con
esta misma inspiración, ya antes, en 1917, la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo había alcanzado la
autonomía, de manera que la Universidad de Occidente fue la segunda a la que le fue conferida en México. Cfr. David
Piñera, “Historicidad de la autonomía en las universidades estatales”, revista Estudios Jaliscienses, No. 96, Guadalajara,
mayo de 2014, pp. 50-51.
11
Será hasta diciembre de 1927, con la organización del Quinto Congreso Nacional de Estudiantes,
realizado en la sede del Colegio Civil Rosales en Culiacán, que llegarían los ecos vivos del
movimiento cordobés cundiendo ya con fuerza en Latinoamérica.28 Un año con vientos aún
favorables, pues, aunque ya sin la formalidad jurídica, el centro de estudios seguía teniendo
autonomía administrativa. La Universidad de Occidente duró solamente cuatro años, desde 1918
hasta que el general José Aguilar Barraza, gobernador cubriendo un interinato del general Ángel
Flores, instituyó de nuevo el Colegio Civil Rosales el 23 de octubre de 1922. Es importante
mencionar este antecedente porque, como se verá, El Guacho no simpatizó nunca con la autonomía,
las tesis de la libertad de catedra y la pluralidad o las ideas liberales en cualquiera de sus vertientes,
incluida la positivista.
Enrique Félix Castro hizo su primera incursión en las lides públicas en ese redivivo Colegio Civil
Rosales durante el movimiento estudiantil de 1931-1933, y al volver de la Escuela Nacional de
Maestros se incorpora a su planta docente. El 25 de octubre de 1935 es nombrado delegado al
Consejo Universitario y el 29 de ese mismo mes contendió por la dirección del centro de estudios,
obteniendo solamente un voto (muy probablemente el suyo propio) frente a los seis que obtuvieron
los abogados José P. Ruiz y Clemente Vizcarra Franco, muy lejos de los siete que otorgaron el cargo
al abogado José Miguel Buelna. Meses antes, al comenzar ese 1935, El Guacho tuvo a su cargo la
llamada Misión Cultural Permanente creada por el gobernador Manuel Páez. Nunca imaginó el
mandatario la radicalización de dicha tarea en manos de quien, en fecha tan temprana (para entonces
El Guacho no cumplía aún los 24 años), intentaba ya una hibridación del materialismo histórico con
el psicoanálisis, concibiendo a la educación como
28
Cfr. Altibajos. La UAS: vicisitudes de su desarrollo, citado, pp. 37-56. A este respecto, Rafael Santos Cenobio ha
señalado lo variopinto de las banderas de aquellos jóvenes: “Una precisión pertinente: las reivindicaciones sinaloenses
sobre libertad de cátedra, cogobierno, libre acceso a la educación, solidaridad con la URSS y con los pueblos que
luchaban contra el imperialismo y, por último, la más importante, la autonomía universitaria (…) tienen su máxima
expresión en el V Congreso Nacional de Estudiantes, llevado a cabo en Culiacán, durante 1927, y que estuvo auspiciado
por el estudiantado del Colegio Civil Rosales” (en El movimiento estudiantil en la UAS, México, Universidad Autónoma
de Sinaloa, 2005, pp.43-44). En relación con el proceso de la reforma universitaria en Latinoamérica, se puede ver, entre
otros, el ineludible estudio de Juan Carlos Portantiero, Estudiantes y política en América Latina 1918-1938 (el proceso
de la Reforma Universitaria), México, Siglo XXI, 1978.
12
factores, para foliarlo en el movimiento social como parte de un todo y no con la ilusión de que va a cambiar
y formar al mundo como le pegue en gana.29
La Misión Cultural Permanente dejó de operar en mayo de 1935, a causa, sobre todo, de la inquietud
ideológica que introducía en las filas del magisterio. 30 Fue en esa circunstancia que Félix Castro se
erigió en promotor principalísimo de la iniciativa que dio lugar a la creación de la Universidad
Socialista del Noroeste -junto con Manuel Lazcano Ochoa, Raúl Cervantes Ahumada, J. Alonso
Álvarez, Eladio Esquerra, Arsenio Espinoza y José A. León, entre otros jóvenes profesionistas
agrupados en un colectivo al que llamaron Directorio (no debe dejar de pensarse en la Revolución
Francesa, a la que con frecuencia refiere El Guacho en sus escritos)- en el mandato del coronel
Alfredo Delgado Ibarra, por decreto del 17 de febrero de 1937 emitido por la Legislatura local. Este
establecimiento educativo de vena cardenista tuvo también una breve vida, casi correspondiente a
la segunda mitad del periodo presidencial del general Lázaro Cárdenas del Río, cuyo término (30
de noviembre de 1940) enmarca lo que algunos estudiosos denominan la “reacción de Termidor” de
la Revolución Mexicana, es decir, el momento en que, siguiendo el modelo de la Revolución
Francesa, la cristalización institucional del movimiento abandona su radicalismo y adquiere un
carácter moderado o decididamente conservador.31
La Universidad Socialista del Noroeste (USNO), como también sucedería con la educación
socialista, fue un ensayo fallido y plagado de contradicciones, aunque animado por una convicción
auténtica de sus promotores en el ámbito regional. El coronel Delgado decidió crearla al tenor de su
compromiso con el primer cardenista de la entidad, a quien en buena medida le debía la gubernatura,
el coronel Rodolfo T. Loaiza (paradójicamente sería Loaiza, el pretendido cardenista, quien pondría
fin al proyecto), y lo hizo sin filos jacobinos ni anticlericales. De hecho, fue con él que, siguiendo
la línea de su jefe político, el presidente Cárdenas, se reabren los templos católicos cerrados por su
29
Félix Castro, Enrique, “Misión Cultural en Sinaloa”, artículo publicado en el diario El Demócrata Sinaloense,
Mazatlán, Sinaloa, 10 de marzo de 1935.
30
Cfr. María de Lourdes Cueva Tazzer, “Educar para la vida. Políticas y prácticas educativas en el Sinaloa
revolucionario”, citado, pp. 113-116.
31
Sobre esta “reacción de Termidor” interpretada en el terreno de la educación en México, cfr. Gilberto Guevara Niebla,
El Saber y el Poder, México, Universidad Autónoma de Sinaloa, 1983; asimismo, La educación socialista en México
(Gilberto Guevara Niebla prologuista y compilador), México, 1985, ed. Caballito/Secretaría de Educación Pública.
13
antecesor, el gobernador callista Manuel Páez. Es precisamente en el contexto de la derrota del
callismo por el cardenismo que Delgado arriba a la gubernatura de Sinaloa, encontrándose con un
desorden administrativo y un cúmulo de deudas, entre ellas los sueldos a maestras y maestros, a las
que tuvo que hacer frente de diferentes maneras. Una de ellas fue, en el terreno político, la
demostración de que corrían nuevos tiempos con acciones como, para sólo mencionar dos de las
más resonantes, la creación de la propia Universidad Socialista 32 y, posteriormente, la ejecución de
“la resolución presidencial que entregó a los campesinos las tierras controladas por Benjamin F.
Johnston en el valle de Los Mochis para su explotación colectiva”. 33
En 18 de octubre de 1941, siendo gobernador el coronel Rodolfo Tostado Loaiza (que permaneció
en el poder estatal del 1 de diciembre de 1940 hasta su asesinato el 20 de febrero de 1944), ya
iniciada la gestión presidencial del general Manuel Ávila Camacho, sucesor de Lázaro Cárdenas, el
experimento socialista universitario llegó a su fin; desde esa fecha la institución dejó de tener
apellido ideológico, pasando a denominarse simplemente Universidad de Sinaloa. Con todo, su
fracaso se anticipó muy rápido, a sólo unos meses de su puesta en marcha.
Al nacer la Universidad Socialista, la casa rosalina pierde la autonomía de que había gozado
formalmente durante la vigencia de la Universidad de Occidente y, en los hechos, durante la segunda
etapa del Colegio Civil Rosales (esto es, de 1918 a 1937 sumando los periodos de ambas
denominaciones). El Guacho y sus compañeros del Directorio convenían a pie juntillas con esta
determinación, pues para ellos la autonomía era una reivindicación liberal que mantenía al claustro
ajeno a la vida social y, muy particularmente, alejado de las causas populares a las que la vertiente
más radical de la Revolución debía responder. A propósito de las reuniones para gestionar la
restitución de la autonomía, llevadas a cabo de septiembre a octubre de 1937, Jesús Lazcano
reprocha a Félix Castro (entonces secretario de la USNO) su inasistencia y desinterés: “no supo o
no pudo defender la autonomía, no pudo contestar, se salió por peteneras y guardó silencio; no
32
El anuncio de la creación de la Universidad Socialista del Noroeste (USNO) fue hecho por Delgado desde su campaña,
tal y como lo consigna el periódico El Demócrata Sinaloense del 31 de enero de 1937: “En cuanto a la educación
superior, se creará la Universidad Socialista de Culiacán, para las profesiones de índole académica, pero que rindan el
servicio social que exige el bienestar del pueblo sinaloense”. Citado en Jesús Lazcano Ochoa, Op. Cit., p. 193.
33
Brito Rodríguez, Félix, “Alfredo Delgado Ibarra (1937-1940)”, en Los gobernadores de Sinaloa en la historia (1831-
2011), tomo II, citado, pp. 207-216.
14
volvió a presentarse en otras reuniones…”. 34 A estas alturas está claro que no era desinterés, sino
franca oposición a la autonomía. A principios de 1935, en plena fragua de la idea de la Universidad
Socialista, Félix Castro escribía:
Nuestro tiempo es más exigente todavía. El proletariado en marcha -de él no se excluye al sinaloense-, está
revelando su fuerza para el movimiento futuro del mundo y es natural que toda la cultura sea violentada en
su fisonomía interna, al grado de que el arte empiece a brillar con otra faz (…). Nuestra literatura debe
excogitar la voz del poeta en limpia confusión con la voz del pueblo; voz superior y voz humilde que, juntas,
dan el peso y el número para ahondar el cauce del pueblo, cada día más profundo y significativo.35
Animada por esta convicción (la “inevitable naturalidad” de la transformación social por obra del
proletariado), tan propia de la época, la Universidad Socialista se alineaba a la reforma cardenista
del artículo tercero de la Constitución de la República que, como es sabido, consagraba el rumbo
socialista en la educación impartida por el Estado. En el artículo primero de la Ley Orgánica de la
Universidad Socialista del Noroeste (expedida, como se apuntó antes, el 17 de febrero de 1937), de
la cual el propio Guacho fue artífice, se leen sus propósitos:
Propósitos que se tradujeron en la creación de la escuela para maestros rurales (la carrera de
preceptor en primeras letras se impartía desde 1874 en el Colegio Rosales), la de organizador de
ejidos, sindicatos y cooperativas, la carrera de derecho social, la de ingenieros prácticos ejidales,
entre otras acordes con la nueva orientación ideológica.37 Estos fueron años en los que la universidad
dio un viraje en su orientación educativa, pero fue más allá de eso al ligarse en la calle misma con
las luchas de otros sectores y grupos sociales. Ahí residía el quid del proyecto: hacer correr al parejo
la formación disciplinaria con la práctica política inmediata. Y fue este compromiso práctico el que
34
Lazcano Ochoa, Jesús, Op. Cit., p. 212.
35
Félix Castro, Enrique, “Literatura proletaria en Sinaloa”, Culiacán, Cuadernos sinaloenses No. 3, febrero de 1935.
Fondo Carlos Manuel Aguirre del AHGES.
36
Amezcua Gastélum, Guadalupe, Cronología de leyes y decretos de la Universidad Autónoma de Sinaloa, México,
Universidad Autónoma de Sinaloa, 1990, p. 108.
37
Rosales Medrano, Miguel Ángel, Op. Cit., p. 65.
15
provocó el distanciamiento y hasta el disgusto explícito del poder. Una molestia ocasionada no por
la enseñanza que ahí se impartía, sino por el movimiento social, casi siempre disidente del gobierno
local, que los universitarios contribuyeron a generar y potenciar en sus alcances.
De esto han dado cuenta algunos autores como Alfredo Octavio Millán Alarid, quien, a propósito
de la huelga del Sindicato Único de Trabajadores de la Educación en Sinaloa (SUTES) contra el
gobierno del coronel Alfredo Delgado en los inicios de 1937, relata:
Es necesario señalar que la Universidad Socialista del Noroeste tenía dentro de sus profesiones la de maestro
normalista y, por lo tanto, existía un gran acercamiento, por lo que resultó natural que la universidad se
sumara a la huelga como medida de presión para la solución de las demandas de los maestros. La huelga se
levantó a los diez días de iniciada, con el compromiso del gobierno de pagar los sueldos en determinados
plazos.38
Del mismo modo, la Federación de Trabajadores de Sinaloa colaboró con la Universidad Socialista
del Noroeste en la semana antifascista, después de una andanada de ataques que la empresa
educativa cardenista había sufrido a instancias de ciertos grupos del centro del estado, remanentes
callistas que no se resignaban a ser desplazados del poder.40 Aquí pueden localizarse con relativa
facilidad diferencias claras entre el proyecto de la Universidad Socialista y el que surgiría de otros
movimientos, particularmente en los setenta, en la futura Universidad Autónoma de Sinaloa. Una
38
Millán Alarid, Alfredo Octavio, “La confrontación Calles-Cárdenas y su repercusión en los trabajadores de Sinaloa”,
en la Memoria del Tercer Congreso de Historia Regional, Culiacán, Sinaloa, septiembre de 1986 (México, UAS,
noviembre de 1987), pp. 281-282. La Universidad Socialista ofrecía, en sentido estricto, la carrera de maestro normalista
con orientación al trabajo en el medio rural, pero, como se establecía desde la Ley de Educación de 1895, como profesión
anexa a la institución universitaria. Más adelante se consignará como la Escuela Normal, en tanto establecimiento
separado, fue fundada algunos años después por El Guacho con la guía pedagógica del proyecto modernizador de
Enrique Rébsamen, curiosamente orientador educativo del porfiriato, pero con un evidente sesgo hacia el socialismo
como fin histórico.
39
Cfr. Lourdes Cueva Tazzer, La educación socialista en Sinaloa, México, Universidad de Occidente, 2001, pp. 147-
165.
40
Cfr. Gómez Quiñónez, Hugo Federico, “Los primeros años de la Federación de Trabajadores de Sinaloa (1933-1937)”,
en Ibid., p. 224.
16
de ellas reside en el punto de llegada que se fijaba al trabajo universitario. Citemos, nada más para
ejemplificar: en 1935, en vísperas de la aparición de la Universidad Socialista del Noroeste, la
Federación de Estudiantes Rosalinos y el Bloque de Izquierda Rosalina (con la visible influencia
del PCM) sugerían:
Que los alumnos de la Facultad de Derecho se obliguen a prestar los siguientes servicios:
a) Misiones culturales.
b) Previa orientación sindical que se imparta a los estudiantes de esa escuela, éstos a su vez la
impartan a las organizaciones obreras sobre la base de que el sindicato constituye el arma de
lucha del proletariado, a fin de que esta clase controle el poder político y económico del país.41
La cultura no es una finalidad. Aquí estriba la diferencia de opiniones entre el maestro Caso y nosotros. La
cultura es una finalidad, según él, y nosotros, yo al menos, sostengo lo contrario: la cultura es un simple
instrumento del hombre, no es por consiguiente una finalidad en sí.43
Hasta estas fechas saltaba a la vista el valimiento gubernamental de la Universidad Socialista y sus
dirigentes, Solón Zabre Morel como rector y Enrique Félix Castro como secretario general. Un
artículo del conspicuo escritor Ramón Rubín, publicado en aquel entonces como respuesta a la
41
Citado por Lizárraga A., Armandina, “Origen y evolución de la Escuela de Derecho y Ciencias Sociales de la UAS”,
Memoria del Primer Congreso de Historiadores Sinaloenses, México, Universidad Autónoma de Sinaloa, junio de
1984, p. 142.
42
Con respecto a la relación entre izquierda partidaria, universidad y movimiento social en los setenta y ochenta del
siglo XX en Sinaloa, puede verse Ronaldo González Valdés, Izquierda y universidad: un discurso rampante (1966-
1985), México, ediciones del Lirio/Aldea 21, 2016.
43
“El debate de la Universidad: la polémica Caso-Lombardo”, Revista Teoría, núm. 1, Facultad de Filosofía y Letras
de la Universidad de Guadalajara, Año I, junio de 1980, pp. 47-68. Cursivas mías, RGV.
17
campaña de desprestigio orquestada por el periódico La Opinión de Culiacán contra la USNO, sirve
de nota testimonial:
No nos sorprendió –apuntaba Rubín–, ni ello por sí solo hubiese llegado a molestarnos, que la reacción de
Sinaloa atacase a la Universidad desde su prensa favorita. Los dirigentes que hoy tiene, se hicieron cargo de
ella con el propósito de convertirla en un centro de cultura al servicio de las clases oprimidas de Sinaloa,
secundando en todo la tendencia social de nuestro gobierno.44
Muy pronto, la relación entre el gobierno del Estado y la institución daría un giro dramático. Solón
Zabre y El Guacho Félix, máximas autoridades en el momento cumbre de la Universidad Socialista,
asumieron con una congruencia radical la intervención de los universitarios en las luchas populares.
Ya en el proyecto de reforma del Colegio Civil Rosales, presentado al Congreso del Estado en 1936
por el Grupo Orientador Rosalino, autoría principal de El Guacho Félix, se decía:
El Colegio Rosales, creado como todos los centros universitarios antiguos, por la fuerza del sistema
ideológico liberal, individualista espiritualista, encuentra que los valores culturales que bajo esta forma ha
venido elaborando, pierden el ritmo de la hora agitada y definitiva que vivimos, y crea profesionistas
universitarios desconectados con el medio, desacordes con la exigencia apremiante de la vida actual e
incapaces para realizar una acción de trascendencia social (…). El Colegio Civil ha de ser en el futuro, el
primer centro de agitación revolucionaria de Sinaloa”.45
En un lapso de siete meses, durante el corto mandato de Zabre y Félix Castro, el centro de estudios
se vinculó con asesoría jurídica y, sobre todo, como fuerza material de apoyo a una diversidad de
movimientos sociales. Como era de esperarse, la beligerancia de los universitarios en las calles y
plazas, en los centros de trabajo y el campo, se volvió intolerable para el gobernador Delgado, con
quien la confrontación pasó a ser directa después de que se decidió formar un frente común de lucha
entre el Sindicato de Trabajadores Azucareros y la universidad. Una vez más, el testimonio de
Manuel Lazcano Ochoa, a la sazón representante en Sinaloa de la Liga de Escritores y Artistas
44
Rubín, Ramón, “La Universidad Socialista del Noroeste”, en El demócrata Sinaloense, Mazatlán, Sin., 29 de
diciembre de 1937. Cfr. Ronaldo González Valdés, Op. Cit., particularmente el apartado de antecedentes regionales, pp.
37-40.
45
Citado en Herberto Sinagawa Montoya, Op. Cit., p. 245. Cursivas mías, RGV.
18
Revolucionarios (la combativa LEAR, fundada en 1933 con el propósito de “luchar contra el
imperialismo y el fascismo”, dirigida en 1936 por Silvestre Revueltas con la participación de su
hermano José desde sus inicios),46 resulta ilustrativo: “Habíamos planteado el pleito contra el
gobierno de manera muy fuerte. Pedíamos la salida del gobernador, su renuncia. Era un asunto muy
duro. El motivo del conflicto era una razón política”. Esa “razón política” tenía que ver, y esta pudo
ser la gota que colmó el vaso, con el nada discreto involucramiento en el conflicto del senador
Alejandro Peña, adversario del coronel Delgado, cardenista de cepa obrera y líder de los trabajadores
de los ingenios azucareros. Transcurridos 35 años de aquel conflicto, en un testimonio de abril de
1973, Juan Pablo Sainz Aguilar, Presidente del Comité Estudiantil de Huelga de la Universidad
Socialista del Noroeste en 1938 y miembro del PCM, señalaba:
…ignoro la ligazón de este grupo (dirigentes sindicales y universitarios) con personajes y corrientes de la
política local y nacional, pero sospecho que la tenía con la tendencia cardenista y la lombardista, en la que
habría que incluir a Alejandro Peña y otros dirigentes obreros que apoyaban las actividades del grupo.
Sospecho también que los objetivos concretos estaban fijos en las próximas campañas electorales para
gobernador del Estado.47
En el centro del país, pese a la presunción de Juan Pablo Sainz, la circunstancia tampoco era
favorable. Manuel Lazcano relata cómo, viéndose aislados, pidieron el apoyo de Vicente Lombardo
Toledano, Secretario General de la Confederación de Trabajadores de México (CTM), quien,
después de haber pospuesto una visita a Sinaloa, recibió en la Ciudad de México a una comitiva de
universitarios (entre los que, por supuesto, estaba Félix Castro) y sindicalistas a los que negó
cualquier apoyo, saliendo, por el contrario, reprendidos por el dirigente cetemista. Eran los tiempos
en que el Partido Nacional Revolucionario (PNR), organización de caudillos de origen callista,
estaba en trance de convertirse en el Partido de la Revolución Mexicana (PRM), instituto de sectores
corporativizados y de filiación cardenista. Lombardo era parte de ese proceso y, aunque más tarde
deslindaría de él para formar el Partido Popular Socialista, en esos días no iba a introducir
disonancias con Cárdenas y sus gobernadores, entre ellos Alfredo Delgado en Sinaloa.
46
Cfr. Armando Pereira (coordinador y prologuista), Diccionario de la literatura mexicana. Siglo XX, México,
Universidad Nacional Autónoma de México/ Ediciones Coyoacán, 2000.
47
Citado en Jesús Lazcano Ochoa, Op. Cit., p. 258.
19
Así las cosas, en marzo de 1938 los principales dirigentes institucionales fueron literalmente
exiliados del estado:
Sin embargo –recuerda Manuel Lazcano Ochoa-, el gobierno terminó por darse cuenta de que no teníamos
respaldo en México, que éramos muy latosos, pero nada más aquí. De cualquier manera, el gobierno se vio
obligado a ofrecer cargos para desmantelar el movimiento (…). Yo sentía que estaba por encima de eso. Yo
en ese momento pronunciaba discursos ahí en Catedral, en la Universidad, en donde podía. Nos embargaban
sentimientos de redención muy grandes; estábamos en el pórtico de una historia nueva. Ante tal estado de
ánimo, el gobierno nos expulsó del territorio sinaloense a Solón Zabre, a Enrique Félix y a mí.48
Más allá de las imaginables razones estructurales de la geopolítica (¿enclaves socialistas en un país
capitalista?, ¿enclaves socialistas en un país vecino a los EEUU?), que sin duda hubieran resultado
determinantes en el muy improbable caso de que este experimento hubiera avanzado, lo que en lo
inmediato ocasionó esa temprana frustración del proyecto no fue solamente, contra lo que pudiera
pensarse, la reacción de los grupos conservadores, la Iglesia o los poderes fácticos del capital
agrícola y de la industria azucarera: fueron las pugnas dentro de la clase política revolucionaria y la
desmesura del compromiso militante de los abanderados del socialismo universitario en Sinaloa, a
lo que se sumaron las diferencias entre las propias corrientes al interior de la USNO: la representada
por el PCM a través del Bloque de Izquierda Rosalino y la encabezada por Enrique Félix Castro en
el Grupo Orientador Rosalino, la primera abogando por un movimiento y una institución autónoma
(es de suponerse que para sustraerla de la sombra del PNR –a punto de volverse PRM- y dejar vía
libre a la acción del PCM) y la segunda por una institución ligada al gobierno cardenista y supeditada
a esa vertiente estatal.
48
Lazcano Ochoa, Manuel, Op. Cit., p. 28. En este episodio también fue expulsada del estado la maestra Velina León
de Medina. Cfr. Lourdes Cueva Tazzer, La educación socialista en Sinaloa, citado, p. 153.
20
desesperación les impidió ser parte del desenlace provisional de la huelga magisterial con el
reconocimiento de la personalidad jurídica del Sindicato Único de Trabajadores de la Educación en
Sinaloa (SUTES),49 y los dejó fuera también del arreglo del conflicto con el Sindicato Nacional
Azucarero, con la expropiación del latifundio de Benjamin F. Johnston en el norte de la entidad y el
cumplimiento de otras demandas a favor de los obreros de los ingenios y los productores de caña el
9 de diciembre de 1939, lo que dio lugar a la constitución de la Sociedad de Interés Colectivo
Agrícola Ejidal (SICAE) en el norte de la entidad.50
Lo que siguió fueron tres años más de una Universidad Socialista ya sin la tremolina redentora que
la caracterizó durante la conducción de Zabre y Félix. Después del exilio de ambos, los estudiantes
rosalinos se declararon en huelga con el apoyo del movimiento magisterial, exigiendo la restitución
de sus autoridades expulsadas de Sinaloa, siendo duramente reprimidos por las fuerzas policíacas
locales (aun así, lograron recuperar la posesión de las instalaciones educativas en Culiacán).
Siguiendo a Jesús Lazcano Ochoa, los dirigentes del fallido establecimiento socialista fueron, en
ese orden, Alfredo Ibarra Jr. (del 1 al 15 de marzo de 1937, miembro del PNR que decidió
incorporarse a la Dirección de Educación del Estado), Crispín Borboa (como secretario encargado
de rectoría, dirigente del Bloque de Izquierda Rosalino, del 28 de marzo de 1937 al 14 de agosto de
1937), profesor Solón Zabre Morel (rector del 15 de agosto de 1937 al 14 de marzo de 1938,
miembro, según la información de Lazcano, del PCM), licenciado Eladio Esquerra (rector del 16
al 19 de marzo de 1938, miembro del Grupo Orientador Rosalino) y, sólo como encargados de
rectoría, el poeta Carlos McGregor Giacinti (del 1 de mayo de 1938 al 31 de enero de 1939,
personaje sin partido pero “progresista”) y licenciado José Alonso Álvarez (del 1 de febrero de 1939
al 31 de enero de 1941, miembro del Grupo Orientador Rosalino). 51
49
Aunque antes de eso, al mismo tiempo que El Guacho y Solón Zabre, uno de los principales líderes magisteriales, el
profesor Miguel Cristo Ontiveros, fue expulsado de la entidad por el gobernador Alfredo Delgado. Cfr. Alonso Martínez
Barreda y Jorge Verdugo Quintero (con la colaboración de Guillermo Ibarra Escobar y Matías Lazcano Armienta),
“Revolución, Contrarrevolución y Reforma”, en Jorge Verdugo Quintero (coordinador), Historia de Sinaloa, México,
Dirección de Investigación y Fomento de Cultura Regional de Sinaloa (DIFOCUR), 1997, tomo II, p. 218.
50
La expropiación al magnate norteamericano Johnston fue de 83,442 hectáreas repartidas entre alrededor de 4,500
campesinos. Cfr. Hubert Carton de Grammont, Los empresarios agrícolas y el Estado: Sinaloa 1893-1984, México,
UNAM, 1990, pp. 36-37.
51
Lazcano Ochoa, Jesús, Op. Cit., pp. 314-315. Ver también Lourdes Cueva Tazzer, La educación socialista en Sinaloa,
citado, pp. 160-161.
21
Como se anotó líneas atrás, el 18 de octubre de 1941, siendo gobernador el coronel Rodolfo T.
Loaiza, la Legislatura local expidió el decreto que creaba la Universidad de Sinaloa. Vendrían 25
años de una casa de estudios plegada a las directrices del gobierno, que, muy a pesar de lo deseado
por El Guacho, un personaje que jamás cejó en su combate al liberalismo, despertaría de su letargo
oficialista al incorporar a un grupo de jóvenes a un movimiento electoral de corte democrático sin
más (las campañas por la presidencia municipal de Culiacán y la presentación de un candidato
alternativo por parte de la asociación política “Francisco I, Madero” a mediados de los sesenta), así
como en el nuevo ambiente de una autonomía vuelta a conceder en 1965 (mismo año de la muerte
de Félix Castro, tan en desacuerdo él con ese régimen universitario) y la movilización antiautoritaria
para expulsar a un rector en 1966.
¿Tenía futuro el proyecto de la Universidad Socialista? No, en definitiva. Quizá por eso su principal
protagonista, Enrique Félix Castro, se apresuró a llevar el ensayo a un punto de interpelación
extrema a un poder local que veía como obstáculo en la ruta al socialismo, impulsado por su idea
mesiánica y por la forja de una suerte de martirologio que sirviera como fuerza de ejemplo a las
generaciones más jóvenes. No el cordero de Dios ni la opción frente al pecado original: el sacrificio
del cordero revolucionario quitaría a los explotados el velo encubridor de la contradicción original
del capitalismo. Con todo y haber sido un episodio tan efímero, hay que subrayar que esta gesta
sobrevoló lo anecdótico y, ciertamente, pervivió como único antecedente a considerar, si bien desde
una apropiación en alguna medida difusa y retórica, por las futuras juventudes de izquierda en la
región. Fue, por lo demás, como tantas otras cosas en la vida de El Guacho, un episodio inusitado
en la historia del semitrópico sinaloense.
Durante el exilio en la ciudad de México, Enrique Félix Castro trabajó como profesor en la Escuela
Nacional de Maestros, Solón Zabre ya no volvería a Sinaloa sino hasta un 27 de septiembre de 1962
para recibir el título de Doctor Honoris Causa de manos del rector Clemente Vizcarra Franco
(partícipe, como se recordará, del movimiento de 1931-1933 en el Colegio Civil Rosales), mientras
que Manuel Lazcano desempeñaría en ese lapso algunas actividades subsidiarias en el Senado de la
República.
22
Fue durante la campaña por la gubernatura del general Pablo Emilio Macías Valenzuela, en el primer
semestre de 1944, que El Guacho retornó a la vida pública sinaloense acompañado por su camarada
de trajines Manuel Lazcano Ochoa, fungiendo ambos como oradores desde el primer acto realizado
en Estación Refugio, San Blas, municipio de El Fuerte.52 Herberto Sinagawa relata la anécdota
acerca de cómo, todavía estando en la ciudad de México, Félix Castro fue invitado a una comida
ofrecida por los sinaloenses radicados en la capital al ya aspirante Pablo Macías, quien, al escuchar
una exposición suya sobre la educación popular, preguntó a Guillermo Ruiz Gómez, periodista muy
conocido y posteriormente diputado y funcionario del Comité Directivo del PRI en Sinaloa:
“‘Óyeme, ¿quién es ese flaco?’. ‘Es maestro. Se llama Enrique Félix y le apodan El Guacho’,
contesto Ruiz Gómez. ‘Pues dile que se aliste, porque se va conmigo a Sinaloa’, le ordenó”. 53
En su segundo intento, después del asesinato del coronel Rodolfo T. Loaiza y ya terminado el
intenso pero breve ciclo del cardenismo, Macías Valenzuela fue candidato único y tomó posesión
del cargo el 1 de enero de 1945. Enrique Félix Castro fue nombrado Director de Educación del
Estado y, desde esa posición, pondría en juego todas sus capacidades para cumplir el vaticinio hecho
por él mismo en una de las concentraciones populares de la campaña electoral: hacer al gobernador
Macías Valenzuela merecedor de la denominación de “el Sembrador de Escuelas”.
Es aquí que, aunque sólo durante dos años, se reveló el personaje que supo unir la idea con la acción,
actuando con apego a las reglas del mando burocrático, pero sin dejar de ver por el impacto social
de sus iniciativas. Así, apenas estrenándose en el puesto, encargó al abogado Rodolfo Monjaraz
Buelna la elaboración del proyecto de una nueva Ley de Educación de Sinaloa, misma que fue
aprobada por el Congreso Local en 1945. 54 Dicho ordenamiento establecía la rectoría del Estado en
todos los niveles y modalidades educativas, estipulaba el derecho a la educación para todos los
sinaloenses y le imprimía una orientación socialista con la reforma del artículo 90 de la Constitución
52
Cfr. Teodosio Navidad Salazar, “Pablo E. Macías Valenzuela”, en Los gobernadores de Sinaloa en la historia (1831-
2011), tomo II, citado, particularmente pp. 239-242.
53
Sinagawa Montoya, Herberto, Op. Cit., p. 245.
54
En su testimonio, Monjaraz Buelna recuerda que finalmente el anteproyecto fue escrito a cuatro manos por él y El
Guacho. Cfr. “El famoso Guacho Félix y la Escuela Normal de Sinaloa”, entrevista citada.
23
local. En diciembre de ese año, al rendir su Primer Informe de Gobierno, Macías Valenzuela hizo
la siguiente consideración en un párrafo salido, casi sin duda, de la pluma de Félix Castro:
Al hacerme cargo del poder Ejecutivo, el sistema educativo de nuestra entidad estaba sujeto a normas que se
significaban por una nota dominante del empirismo y procedimientos rechazados desde el punto de vista de
la ciencia de la educación. En esa virtud, el primer esfuerzo de la actual administración consistió en formular
una Ley Orgánica que tiene por mira principal asegurar las bases científicas del proceso educativo en Sinaloa.
La Ley Orgánica fue votada por esta honorable Cámara el 12 de enero del presente año y puesta en vigor el
18 del mismo mes.55
Gracias a la labor iniciada por El Guacho, además de la Ley de Educación y la creación de 268
escuelas, durante la gestión de Pablo Emilio Macías, por decreto del Ejecutivo del 17 de abril de
1947, se funda la Escuela Normal como un organismo independiente de la Universidad de Sinaloa.
Monjaraz Buelna documenta el esfuerzo de Enrique Félix Castro cuando, al requerirse 200 mil pesos
para echar a andar la institución formadora de docentes, con la ayuda del Jefe de la Sección Técnica
de la Dirección de Educación, Isidro Salas Barrón, localizó una partida presupuestal para combatir
la mosca prieta, plaga que no había llegado a lares sinaloenses, razón por la cual el gobernador
Macías, en presencia de Félix Castro, instruyó a Ramón Avilés, su tesorero: “Bueno, pues que la
mosca espere, dales el dinero a estos locos que quieren poner una Escuela Normal”.56 De esta
manera, el centro pedagógico funcionó como Escuela Normal Urbana Vespertina de 1947 a 1949,
abriendo sus puertas como Escuela Normal de Sinaloa, ya sin El Guacho al frente del área educativa
estatal, el 1 de enero de 1950, en Culiacán, capital del estado.57
Este hecho marcó la historia de la labor educativa en la entidad. Como encargo público, la formación
de docentes comenzó en 1873 en el Liceo Rosales y desde 1874 en el Colegio Rosales de donde
egresaban como preceptores en primeras letras; de 1899 a 1922 lo hacían como profesores de
instrucción primaria y de 1922 a 1937 como profesores normalistas, cursándose siempre los estudios
como parte de los grados y las alternativas profesionales que, cada una en su tiempo, ofrecían el
55
Macías Valenzuela, Pablo, Primer Informe de Gobierno, 1 de diciembre de 1945, Archivo del H. Congreso del Estado
de Sinaloa.
56
En la entrevista citada. Ver también Herberto Sinagawa Montoya, Op. Cit., p. 246.
57
Cfr. Dina Beltrán López, “La formación de profesores en el estado de Sinaloa: 1874-1984”, en la revista Debates por
la historia, Chihuahua, Universidad Autónoma de Chihuahua, vol. 8, No. 2, 21 de julio de 2020. Consulta hecha el 1 de
noviembre de 2021 en [Link]
24
Liceo Rosales, el Colegio Civil Rosales, la Universidad de Occidente, la Universidad Socialista del
Noroeste y la Universidad de Sinaloa. Además de la insistencia, reconocida por tirios y troyanos, de
la profesora Agustina Achoy, la idea con la cual Enrique Félix seguramente convenció al gobernador
fue la pertinencia de una rectoría indiscutible de la educación por parte del gobierno estatal, asunto
que Macías subrayó hasta su último informe de labores en diciembre de 1950. 58 Hasta este trecho
de su andadura pública, El Guacho fue muy congruente en su, como la llamara Antonio Gramsci,
estatolatría. No faltaba mucho para que dicha convicción empezará a flaquear.
En efecto, aun cuando ya estaba más curtido en las lides institucionales, tampoco aquí pudo Félix
Castro terminar su responsabilidad en el periodo oficial. A fines de 1947, en uno de sus
idiosincrásicos arranques, el gobernador decidió nombrar en su lugar al ya mencionado profesor
Isidro Salas Barrón. El general Pablo Emilio Macías Valenzuela, quien participó en más de 86
hechos de armas durante la Revolución y había ocupado la Secretaría de Guerra y Marina (del 1 de
diciembre de 1940 al 1 de septiembre de 1942) en la presidencia del general Manuel Ávila
Camacho,59 era un hombre estricto que, ante todo, atribuía mérito a la disciplina en el cumplimiento
del deber; la suya era una personalidad forjada en la disputa del poder por la vía de las armas o la
vía institucional. Nacido el 15 de noviembre de 1891, atrapado en la violenta espiral acelerada por
el estallido revolucionario de 1910, Macías Valenzuela, aunque sólo 20 años mayor que El Guacho,
pertenecía a una generación con otra experiencia y otros objetivos de vida. Enrique Félix, por su
parte, estaba poseído por el espíritu mesiánico adquirido en su paso por el Seminario y vuelto secular
en el movimiento social, en su temprano acercamiento al marxismo, en su singular heterodoxia
lectora y en el ensayo de la Universidad Socialista. Uno era hombre de combates militares y otro de
combates civiles, uno perseveraba en el campo de batalla y en la búsqueda del poder y otro en el
campo de las ideas y en la búsqueda de una nueva institucionalidad, uno pensaba al poder como
entidad y otro pensaba al poder como movimiento, uno era de temperamento ejecutivo y otro de
temperamento romántico.
58
Cfr. Dina Beltrán López, “La educación en Sinaloa en la etapa posrevolucionaria, 1945-1980”, en Historia Temática
de Sinaloa, citado, tomo VI, Miguel Ángel Rosales Medrano, Dina Beltrán López y Jorge Luis Sánchez Gastélum
(coordinadores), Educación y política educativa, p. 236-244.
59
Cfr. Teodosio Navidad Salazar, “Pablo E. Macías Valenzuela”, en Los gobernadores ante la historia de Sinaloa,
citado, pp. 236-237. El general Macías Valenzuela tuvo también, entre otros cargos, los de Comandante en Jefe de la
Región Militar del Pacífico, Comandante de la Primera Región Militar y Director de Pensiones Militares en el gobierno
de la República.
25
El Guacho era un misionero secular. Ya en 1935, cuando ocupó la jefatura de la Misión Cultural
Sinaloense, se había manifestado en contra de las posturas antirreligiosas y del jacobinismo actuado
y oportunista del poder local encabezado por Manuel Páez (quien, como se recordará, le había
otorgado esa función) y sus personeros cuando determinaron el cierre de los templos cristianos de
1934 a 1936:
(Es) urgente empezar una obra de purificación en la tarea socialista, por lo que toca a sus hombres, ya que el
socialismo supone un material humano alejado de la mezquindad, de la gritería antirreligiosa, del
fusilamiento de imágenes y demás actos cómicos de gentes (…) que no entienden ni sienten la emoción de
la idea socialista que vale tanto en Cristo como en Carlos Marx.60
El choque de personalidades estaba cantado: un buen día, después de enterarse de que su Director
de Educación había salido a la Ciudad de México sin su permiso, el gobernador Macías Valenzuela
tomó la decisión de destituirlo de su cargo. 61
Con una nueva frustración a cuestas, Félix Castro prosiguió la labor culturizadora a la que su calling
adolescente le había convocado. Ahora apertrechado en la esfera civil, fueron estos sus últimos
intentos prácticos de trascendencia en la vida social. En 1947, tal vez con la sospecha de que estaba
a punto de dejar la Dirección de Educación, acompañó a Carlos Manuel Aguirre en la puesta en
marcha de la revista universitaria Letras de Sinaloa, una publicación que, en curiosa coincidencia
con la fecha de su fallecimiento, apareció por última ocasión en octubre de 1965.62 En uno de sus
escritos más conocidos, al valorar la importancia de la naciente empresa cultural de provincia, El
60
Félix Castro, Enrique, “Misión Cultural en Sinaloa”, en El Demócrata Sinaloense, Mazatlán, 10 de marzo de 1935.
Referido en María de Lourdes Cueva Tazzer, “Educar para la vida. Políticas y prácticas educativas en el Sinaloa
revolucionario”, citado, pp. 115-116. Cursivas mías, RGV.
61
En su crónica, Sinagawa Montoya escribe: “Enrique Félix, en uno de sus arranques de genio, después de una parranda,
se fue a México sin avisarle al gobernador; Macías se enojó mucho y nombró a Salas Barrón en su lugar”. Cfr. Sinaloa:
historia y destino, citado, p. 246.
62
En Letras de Sinaloa, El Guacho publicó las siguientes colaboraciones: “El Coraje de la Conciencia Moderna” (enero
de 1948), “Chuy Andrade y la Tradición Romántica de la Universidad de Sinaloa” (septiembre de 1948), “Evolución
tardía de la provincia” (septiembre de 1950), “Consideración pedagógica sobre James Joyce” (junio de 1951), “Retrato
de mi pueblo. Acuarela en palabras” (octubre de 1954) y “Por aquí pasó la Reina” (enero de 1956). Cfr.
[Link] (consulta hecha el 8 de noviembre de 2022).
26
Guacho recurría en su desmesura al saludarla asignándole la barbusseana tarea de contribuir al
“ejercicio excepcional de producir un hombre nuevo”:
(La juventud sinaloense) siente el parturiento dolor del hombre de mañana y sabe dar la espalda a las ideas
escépticas de nuestro siglo. Tiene los signos de la vigilia y la riqueza onírica del sueño superior. Con ese
tangible y sorprendente modo de vivir, con esa voluntad de futuro, con esa conciencia de futuridad, bien
puede Letras de Sinaloa dedicarse al ejercicio excepcional de producir un hombre nuevo que sea capaz de
infundir el sentido universal de la cultura y de la civilización en las tierras vírgenes de Sinaloa, en una marea
constante de hombres y de cosas, de espacio y de tiempo, en tal forma que nuestra patria chica pueda
identificarse, como en la magia de la onda hertziana, con cualquier punto cultural y avanzado de la tierra.63
Con sólo un año de posterioridad, en 1948, y con el perentorio deseo de tener un medio de expresión
que abordara sin cortapisas institucionales sus tesis sobre la anhelada modernidad sinaloense, fundó
y dirigió la revista Resumen, teniendo como jefe de redacción al profesor Roberto Hernández
Rodríguez y al historiador Antonio Nakayama como gerente. De dicha publicación aparecieron sólo
cinco números; una fugaz presencia que podría explicarse si se considera que, para entonces, El
Guacho empezaba a perfilar la idea de abrir un espacio más orgánicamente ligado no sólo al avance
espiritual sino también, con sus “cuchillos marxistas” afilados, 64 al desarrollo material de la región.
En la última edición de Resumen, fechada en abril de 1949, publica un artículo que destila
desencanto en relación con el poder:
Durante las vacaciones de la revista Resumen –advierte prefigurando el epílogo de la empresa editorial- que
disfrutamos todo el frío mes de enero, llegó a nuestra antena, revestida de alto silencio, la onda de la
murmuración palaciega, la voz en sordina de los maquiavélicos nylon del circo de enfrente a quienes parece
ya empezar a estorbar el sentido polar de nuestra publicación.
Ese epílogo, sin embargo, era al mismo tiempo el prólogo de una iniciativa sustentada en la
necesidad de un hecho colectivo de conciencia, un paréntesis del estilo de aquel al que invitaba
Barbusse a las nuevas generaciones, y Félix Castro citaba literalmente al periodista, escritor y
63
“El coraje de la conciencia moderna” (escrito en 1947 y originalmente publicado en Letras de Sinaloa, enero de 1948;
reproducido en El Diario de Culiacán los días 3, 5 y 6 de septiembre de 1965). En la compilación de Martha Lilia
Bonilla Zazueta, El Guacho, Ulises sinaloense. Enrique Félix Castro, citado, pp. 72-73. Cursivas mías, RGV.
64
Cfr. Su texto “Elogio a Chuy Andrade”, fechado el 10 de septiembre de 1936, según consigna Martha Lilia Bonilla
en El Guacho. Ulises sinaloense, citado, pp. 79-112, donde, refiriéndose a su devoción por el bardo romántico
culiacanense Jesús G. Andrade, dice: “Por un minuto quiebro mis cuchillos marxistas sobre el beso del romántico en el
patio del alma de nuestro pueblo”. Cursivas mías, RGV.
27
comunista francés: “Juventud en tropel, las estrellas están en tierra, enraizadas”. 65 Partía de eso y de
la urgencia de reivindicar el papel de los intelectuales, de renovar la política, la dirección de la
sociedad y de desplazar a los políticos mismos, esos de los que había recibido tantos agravios y que
tan hondamente lo habían decepcionado en todas sus incursiones –ora en el movimiento social, ora
en la responsabilidad institucional- en el terreno de lo público:
Pensamos que ya es tiempo de que la inteligencia de Sinaloa, de que los hombres más cultos y aptos de
nuestra región, se den cita en un estudio congruo de los problemas más importantes del hombre nuestro, ellos
sí, libremente, enfáticamente, silenciosamente, vertiendo toda su generosidad en el esfuerzo progresista de
este gran pueblo de Sinaloa cuya suerte debe cambiar violentando su destino en la técnica, en la ciencia, en
el trabajo, en la industrialización y en una nueva visión de la libertad (…). Sinaloa necesita políticos,
dirigentes de nuevo cuño, plenos de esa filosofía y de la aptitud para realizarla. Es decir, en nuestro solar
procede, por esencia de futuro y progreso, un viraje radical en el contenido y en el rumbo de la política.66
Con ese explícito propósito, en 1951 echa a andar la que será su última tentativa de incidencia en el
rumbo regional: el Instituto de Estudios Económicos y Sociales de Sinaloa. En esta nueva
navegación emprendieron viaje con él, entre otras figuras de la cultura local, el licenciado Francisco
Gil Leyva, el doctor Enrique Peña Gutiérrez, el historiador Antonio Nakayama, el cronista Filiberto
Patiño Escamilla, el contador e historiador Ernesto Gámez García, el licenciado Rafael Vidales
Tamayo, el doctor Genaro Salazar, el profesor Epifanio Sainz Aguilar, el profesor Felipe Ramírez,
el licenciado José de Jesús Montiel, el doctor Alberto Peña Gutiérrez y el profesor Margarito
Gutiérrez Castro.
65
Henri Barbusse fue un periodista y escritor cuya tesis (más bien, tal vez, una proclama) de la “revolución de las
conciencias” ejerció un cierto influjo en pensadores como el italiano Antonio Gramsci, quien la refiere como apoyo a
sus conceptos estratégicos de hegemonía y contrahegemonía, elaborados en oposición al mecanicismo marxista (y, en
el otro extremo, a la idea leninista del “asalto a la fortaleza”) prevaleciente en las primeras décadas del siglo XX. Tuvo
una deriva estalinista que Gramsci, preso desde febrero de 1927 hasta (prácticamente) su muerte en abril de 1937, no
estuvo en condiciones, en el encierro, de valorar. Con El Guacho, todavía en 1949 (año en que hace las consideraciones
citadas) viviendo en el aislamiento de la provincia-de-la-provincia mexicana, ocurrió algo parecido no sólo con respecto
a la deriva de Barbusse, sino a Stalin y al propio estalinismo, al que, en sus escasas alusiones a la URSS, nunca menciona
explícitamente. El Guacho, en este sentido, estaba más preocupado por la búsqueda de una suerte de camino al
socialismo “a la mexicana” (nunca perteneció al Partido Comunista Mexicano, con él cual, por el contrario, tuvo
diferencias explícitas en los tiempos de la Universidad Socialista del Noroeste, cuando se resistió a las gestiones de esta
organización por restituir el régimen autonómico a la casa de estudios) que por una imitación sin más de un rumbo
socialista único e inequívoco. Esa fue una de sus características lectoras: las suyas eran lecturas “sintomáticas”, extraía
de los autores lo que abonaba a sus ideas antes que escribir ensayos, ni mucho menos tratados sobre ellos y sus obras.
Sin exceso, podría decirse que, como después diría Foucault, para él los libros eran “cajas de herramientas”.
66
Esta cita y las dos anteriores pertenecen al artículo “Conciencia y bandera de la juventud”, publicado, como se dijo,
en el último número de la revista Resumen, abril de 1949. Consultado en Martha Lilia Bonilla, Op. Cit., p. 65.
28
Acaso el ensayo “Evolución tardía de la provincia”, publicado en 1950, en vísperas del inicio de
dicho instituto, resuma lo fundamental de las ideas que lo animaron. Aquí se encuentra su más
concienzudo estudio acerca de la situación del estado; un escrito, diríase, de ruptura. En él se
presentan datos demográficos, territoriales, de esperanza de vida, enfermedades y mortalidad,
indicadores educativos (analfabetismo, número de escuelas), población económicamente activa,
estado de la minería, producción de caña, maquinaria y tecnificación, número de empresas,
infraestructura eléctrica, servicio postal, instituciones bancarias, entre las más relevantes. Para él,
Sinaloa era todavía una entelequia, una posibilidad irresuelta en su desiderátum (como el propio
Marx, El Guacho concebía teleológicamente el curso de la historia), en perpetuo proceso de ser. Por
eso, tras constatar los magros o, en el mejor de los casos, insuficientes avances registrados en cada
uno de estos ámbitos, propone la gruesa conclusión:
Todos los renglones de la economía del estado tienen esa característica de mediocridad técnica. Todo el
proceso de nuestra civilización y de nuestra cultura, con muy contadas excepciones, se significa claramente
como algo en formación, como un progreso lento, amodorrado, de paso torpe e inconstante. En el hogar, en
el taller, en la hacienda, en la oficina, en el mercado, en la calle, en todas partes, somos medianamente cultos;
medianamente civilizados.
Ese orden de cosas, esa medianía en que resbala Sinaloa, obedece a una historia y a una causalidad
económica, aunque también –y esto es lo que subraya en la inevitable parte lírica del escrito- a un
estancamiento en las aguas inmóviles de un romanticismo que priva de posibilidades a la razón, una
idea posiblemente inspirada en la crítica marxiana al desarrollo de la filosofía romántica alemana
frente a la incipiente modernización germana en aquella segunda mitad del siglo XIX:
…nuestra incapacidad para el progreso material y cultural –escribía El Guacho sobre Sinaloa y los
sinaloenses- se halla fundamentalmente en nosotros mismos. Se explica esencialmente por nuestra condición
de hombres románticos (…) está ampliamente comprobado que el hombre más apto para el trabajo, para la
ciencia, para la técnica, es el hombre que mantiene en lo alto el ideal indispensable del equilibrio entre el
sentimiento y la razón.
Volcándose de ahí a su crítica del liberalismo y, en el caso de las figuraciones populares, del carácter
“chinaco” del sinaloense:
Por la edad emotiva en que aún vive Sinaloa, nos explicamos la singular fuerza del liberalismo en la historia
del hombre de nuestra comarca. Es que el liberalismo proclama a la razón como centro de la vida; pero la
29
proclama románticamente (…). Igualdad, Fraternidad y Libertad son tres grandes mentiras que cubren al
mundo de poesía, de cierta mala poesía, para colocar al hombre en la cruz maldita de la desesperación (…).
El verdadero triunfo histórico de Sinaloa es aquel que se inspira en el mesianismo de la máquina, en el uso
supremo de la lumbre de la conciencia; en el régimen controlado de la emoción; en la purificación de los
instintos; y en el lenguaje amanecido con la verdad del hombre y de la tierra.67
De los frutos del Instituto se conoce poco. Lo cierto es que la iniciativa no avanzó y fue a raíz de
este naufragio que El Guacho, precariamente asido a los restos de una estropeada embarcación,
empieza a hundirse en las letales aguas en las que su vida, siempre atormentada, luminosa en sus
mejores momentos, tocó fondo.
Sobreviene el derrumbe
Después de ese último fracaso público, sobrevino la desolación rápidamente traducida en penuria
económica y anímica. Un agotamiento existencial que lo hizo sucumbir al abismo de la adicción
alcohólica y que exacerbó acaso su pretendido padecimiento mental. Es esta una fase de su vida de
la que falta documentación, de la que necesariamente deberán recogerse testimonios que vayan más
allá de lo anecdótico. No pocos de sus compañeros de andanzas intelectuales y de la bohemia, ya
fallecidos todos ellos, contaban la vertiginosa manera en que aquel encendido protagonista de la
vida cultural de la región se fue apagando y convirtiendo en un personaje marginal, autoexcluido,
extravagante en su impropiedad y, salvo algunas excepciones (Max Gómez Blanco y Angelina
Viedas, Enrique Peña Gutiérrez, Solón Zabre, Carlos Manuel Aguirre, Francisco Gil Leyva, entre
esos pocos) hecho a un lado por sus antiguos aliados y cómplices de andanzas públicas y privadas.
Herberto Sinagawa escribe que El Guacho
Vivió sus últimos años en total pobreza y abandono. Refugiado en un hotelucho llamado Jardín, de la calle
de Hormiguero, en la ciudad de México, escribió bellas cartas al amigo de su juventud y compañero de ideales
Enrique Max Gómez Blanco, quien tomó otro rumbo y fue pionero de la radiodifusión en Sinaloa. Gómez
Blanco jamás lo abandonó y lo ayudó moral y económicamente hasta el final.68
67
Las últimas tres citas provienen, como queda dicho, del ensayo “Evolución tardía de la provincia”, Letras de Sinaloa,
septiembre de 1950. Consultado en la compilación de Martha Lilia Bonilla, citada, pp. 123-124. En el siglo XIX
mexicano, se llamaba “chinaco”, en oposición al “mocho” conservador, al simpatizante activo del liberalismo (incluso
guerrillero), proveniente de los estratos populares, sobre todo en la Guerra de Reforma y en la Intervención Francesa.
68
Sinagawa Montoya, Herberto, Op. Cit., p. 247.
30
Esas “bellas cartas” escritas a Max Gómez Blanco, ¿serán localizables?, ¿existirán todavía? Algún
testimonio habla también de que su vida se frustró “muy temprano por trastornos nerviosos”, 69
aunque casi nada se sabe de diagnósticos clínicos precisos. Angelina Viedas recordaba que el
problema venía de tiempo atrás, por lo menos de la segunda mitad de los cuarenta:
Su afición a la bebida hace mella en su cerebro. Funda la revisa Resumen junto con Antonio Nakayama,
Roberto Hernández y Manuel Tatá Ximénez, pero la publicación llega apenas a cinco números. El mal
causado por el consumo etílico va en aumento, pronto habrá de ser internado en uno y otro sanatorio
psiquiátrico. Cuando se restablece es dado da alta, viene a Culiacán, pero vuelve a las andadas. Regresa al
sanatorio llevado por sus amigos hasta que finalmente, en condiciones tristes, dramáticas, muere solo en un
hotelucho de la capital de la república, en 1965, ayudado hasta el último momento por Max.70
Enrique Peña Gutiérrez cuenta que, ya en 1965 y en compañía del abogado y periodista Francisco
Gil Leyva, lo visitó en la Ciudad de México, convenciéndolo de ir a consulta con el neumólogo
Ismael Cossío Villegas, resultando, después de que se le practicaran varios exámenes, un
diagnóstico funesto del cual no da detalles. El intelectual mocoritense rememora las palabras de su
amigo:
-Mira, Peñón, me doy perfecta cuenta de lo que me espera, sólo desearía que mis últimos días transcurriesen
en el Sinaloa de mis amores, envueltos en la suave tibieza de sus tardes, con los ojos abiertos a un cielo azul,
lentamente rojeado por sus incomparables crepúsculos, el cantor de la pajarería, la sedante alegría y belleza
de sus mujeres.71
Lo que sí está bien documentado es que El Guacho tenía un especial interés por el psicoanálisis y
la psiquiatría; varios de sus artículos y ensayos versaron sobre eso, con particular referencia a la
personalidad colectiva del mexicano y el sinaloense a la cual calificaba de “esquizoide” y
“neurotizada” por una modernidad que chocaba con su temperamento romántico.72 El cronista
69
Cfr. Carlos Manuel Aguirre, “¡Enrique Félix ha muerto!”, citado, p. 233.
70
“El famoso Guacho Félix…”, entrevista citada.
71
Peña Gutiérrez, Enrique, Op. Cit., pp. 441-442.
72
Véase su ensayo “Tendencia romántica de Sinaloa”, donde dice: “El espíritu norteño que se incubó en los gérmenes
liberales del siglo pasado, amaneció con los puentes rotos entre la fantasía y la realidad. Las fuerzas nuevas de la
civilización y la cultura iniciaron una lenta penetración sobre la sangre efusiva de Sinaloa. Cada encuentro del hombre
romántico con la energía eléctrica, con la máquina de vapor, con la conciencia organizada de las doctrinas europeas,
era motivo de inhibición y extravío sentimental (…). Al entrar el siglo XX Sinaloa está en plena neurosis colectiva. Las
fábricas de cigarros en Mazatlán, los ingenios azucareros de Navolato y Eldorado, la acuñación de moneda y la fábrica
de hilados y tejidos de Culiacán, los vapores de Altata, el Ferrocarril Occidental de México, la adopción del alumbrado
eléctrico, la formación de logias masónicas, y en una palabra, el progreso general de la burguesía sinaloense, formó una
31
Teodoso Navidad Salazar ha informado recientemente que, además de publicar con frecuencia en
el folleto Tesis del Sindicato Nacional de Maestros, El Guacho colaboró con el doctor Alfonso
Millán Maldonado, eminente médico neuropsiquiatra sinaloense de trayectoria internacional, 73 en
la revista Salud Mental.74 Otra vez Peña Gutiérrez relata que antes, y esto debe haber ocurrido a
principios de los cincuenta,
Por consejos y al calor de una preocupación de sus amigos, en horas en las cuales pudo haber caído en un
estado de depresión irreversible, aceptó acogerse a una pausa de absoluto reposo en una clínica y sanatorio
de la ciudad de Cholula (Puebla), a sabiendas de que ahí encontraría, mediante curas de desintoxicación más
física que mental, una total recuperación tal como sucedió en unos cuantos meses.75
Narra también Peña Gutiérrez que un día, al sostener una entrevista en dicha clínica, El Guacho le
mostró varios escritos suyos solicitados por el director, no pocos de los cuales aparecieron en una
revista psiquiátrica especializada sin que se sepa el título de la publicación. En su repaso da cuenta,
además, de un episodio apenas conocido, al evocar cómo, saliendo de uno de sus internamientos,
Félix Castro se incorporó a la campaña electoral del futuro presidente de la República Adolfo Ruiz
Cortines en 1951, en el entonces Distrito Federal (hoy Ciudad de México), continuando con “su
vieja postura de jalar recursos políticos y morales para llevar a grandes alturas la educación y
culturización del mexicano. Fue así como, ya establecido el nuevo gobierno, se le ofreció una beca
para realizar estudios en las viejas universidades europeas, cosa que no aceptó”.
realidad que súbitamente cortó el vuelo lírico del alma colectiva, neurotizando el espíritu romántico de los más amplios
sectores de la población.” En Letras de Sinaloa No. 54, Culiacán, 15 de diciembre de 1955, p. 17. Fondo Carlos Manuel
Aguirre AHGES.
73
El doctor Alfonso Millán Maldonado (San Ignacio, Sinaloa, 1906-ciudad de México 1975), con quien El Guacho se
vinculó en sus años de estudiante de la Escuela Nacional de Maestros, fue un eminente psiquiatra mexicano, director
del hospital (todavía “manicomio” en aquellos años) “La Castañeda” en la ciudad de México, miembro de la Junta
Directiva de la Universidad Nacional Autónoma de México, autor de varios libros sobre psicoanálisis y psiquiatría (uno
de ellos estrechamente relacionado con los temas que interesaban a Félix Castro, El amor en el mexicano, cercano a lo
que en esas fechas escribían Samuel Ramos y Octavio Paz), fundador de la Sociedad Mexicana de Neurología y
Psiquiatría en 1937, presidente de la Liga Mexicana de Salud Mental, miembro de la Academia Nacional de Medicina
y de la Academia Mexicana de Ciencias Penales, presidente fundador de la Confederación Médica Mexicana y miembro
de la Sociedad Médico Psicológica de París.
74
Navidad Salazar, Teodoso, Los educadores en la transformación social de Sinaloa, Historias de vida, Teodoso
Navidad Salazar, 2017. Consulta del 12 de noviembre de 2022 en [Link]
75
Peña Gutiérrez, Enrique, Op. Cit., p. 438.
32
Cuando conoció la noticia de su muerte, ocurrida el 28 de agosto de 1965, a la edad de 54 años, su
amigo Carlos Manuel Aguirre publicó una nota citando una carta dirigida por Solón Zabre al poeta
Alejandro Hernández Tyler:
Enrique Félix venía todos los lunes a mi taller a recoger una pequeña soldada que le tenía asignada. Hace dos
semanas fue la última de costumbre. Me preocupó no saber de él durante los últimos días, y el viernes de la
semana que acaba de pasar, logramos saber que lo habían recogido de parte de la Cruz Verde y lo tenían en
una sala de recuperación, pero el sábado que llegamos para interrogar, nos informaron que murió cerca de
las doce horas del mismo día. Por la tarde, Guadalupe y yo fuimos para que nos entregaran el cadáver y darle
sepultura, cosa que logramos cerca de las catorce horas de ayer domingo, y hoy fue sepultado en un panteón
humilde cerca de Azcapotzalco. Yo mismo me encargué de las últimas cosas en la agencia funeraria hasta
que fue conducido en la ambulancia. Solamente te aviso lo anterior porque también fuiste amigo de ese
pobrecito.
No puede dejar de causar cierta extrañeza la manera en que, en dicha carta, se refiere Zabre a El
Guacho, secretario de la Universidad Socialista del Noroeste durante su rectorado y compañero suyo
de luchas sociales. Mencionarlo como “ese pobrecito” en aquel momento, obedece, con toda
seguridad, a la situación en que Félix Castro se encontraba al final de sus días, pero también a la
formación ortodoxamente moral del autor de las líneas.76 Probablemente por lo mismo, culminaba
diciendo: “Y no quiero hacer ninguna reflexión acerca de nada, porque sería totalmente inútil y
estéril. Avisa a Clemente (se refiere a Clemente Vizcarra) y a los demás que alguna vez lo
quisieron”.77
76
Una formación siempre asumida por Solón Zabre, como lo hizo constar en su discurso de recepción del grado de
Doctor Honoris Causa que la Universidad de Sinaloa le entregó de manos de su rector, licenciado Clemente Vizcarra
Franco, un 6 de diciembre de 1962, cuando refiriéndose a los tiempos de la Universidad Socialista del Noroeste, declaró
solemnemente: “En una época de pasiones desatadas, defendí los postulados de mi actitud filosófica, sin temores y sin
simonías. Al improvisarme maestro, no traje conmigo otra cosa que mi probidad y mi lealtad a aquello que he convertido
en mis principios. Veinticinco años después, sigo sin otra cosa que mi improvisación; pero también mi lealtad y mi
probidad”. En Marco Antonio Berrelleza Fonseca, “Solón Zabre”, columna “Hoy en la historia”, periódico El Debate
de Culiacán, 6 de diciembre de 2019. (Consultado el 14 de noviembre de 2022 en
[Link]
[Link]). Además de profesor, poeta, ensayista y dirigente de movimientos campesinos y obreros, Zabre fue un
hombre de instituciones: director del Internado para Hijos de Trabajadores en Zamora, Michoacán (1938–1939), y del
Internado Prevocacional "Manuel Gorostiza", de la Ciudad de México. Profesor y rector de la Universidad Socialista
del Noroeste, de la Universidad de Aguascalientes y de la entonces Escuela Nacional de Economía de la UNAM, en la
que fue secretario. Perteneció al grupo “Noviembre”, de Xalapa, Veracruz, y militó en la Liga de Escritores y Artistas
Revolucionarios (LEAR). Colaboró en Revista de Revistas, en Ruta (1938–1939) y en Letras de Baja California. Fundó
y dirigió la Librería e Imprenta Don Quijote, fue editor de la revista Letras de Ayer y Hoy (1965–1970). Consultado en
[Link] que a su vez extrajo la información de Diccionario de escritores mexicanos.
Siglo XX. (Consulta electrónica hecha el 14 de noviembre de 2022).
77
Carta referida en Carlos Manuel Aguirre, “¡Enrique Félix Castro ha muerto!”, citado, p. 233.
33
¿Por qué no hacer “ninguna reflexión acerca de nada”? Porque, es de suponerse, tendría que haberse
compadecido, entonces, del “pobrecito” que sucumbió a la tentación abisal y (casi) suicida. Pero El
Guacho bien pudo plantarse ante todos los que desde su muerte lo hicieron objeto de los juicios más
severos, con las palabras de Árpád Tóth, después de constatar como
Bien pudo haber pensado El Guacho, como Árpád Tóth en su poema Enmascarado:
Con toda evidencia, los renglones aquí escritos apenas alcanzan a ofrecer un cuadro medianamente
completo del tiempo, de la vida y obra de este singular personaje sinaloense. Siguiendo la “regla del
epílogo” sugerida por Henri Marrou en su indispensable Del conocimiento histórico, apuntaré
algunas líneas imprescindibles de investigación en las que avanzo en un libro ya en marcha.
En relación con su vida privada y familiar, hay todavía abundante madeja por desenredar. El Guacho
fue hijo, no reconocido legalmente, de un hombre público de su tiempo, el ingeniero Enrique Peña
Alcalde, de quien he dado referencias antes (cfr. nota de pie 8 de este ensayo). Tuvo siete medios
hermanos; el cuarto de ellos, Enrique Peña Bátiz (Culiacán, 9 de abril de1922-15 de junio de 1988),
más de 10 años menor que él, fue también un personaje público de aquellos años: líder del
movimiento electoral que postuló al interior del PRI al licenciado Ernesto Higuera López como
precandidato a la alcaldía de Culiacán en 1965 (inscrito en el ensayo democratizador auspiciado por
el entonces dirigente nacional del PRI, Carlos Alberto Madrazo Becerra) y, después de ello, al
agricultor Alberto Zazueta Duarte como contendiente por dicho cargo; fundador también de la
asociación política local Francisco I. Madero (FIM); diputado federal por dicho organismo y el
34
Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM) en 1979; protagonista de varias gestas
cívicas regionales y nacionales; empresario en varias ramas de actividad e impulsor del beisbol y la
música regional. A diferencia de Félix Castro, Enrique Peña Bátiz no se cuestionaba el sentido de
la tambora, de la cual fue cultivador y decidido promotor; su canción emblemática era “El gallo de
oro”, denominación con la cual se le conoció popularmente a él mismo, una pieza de banda muy
conocida por el rumbo del Septentrión mexicano.78 El Guacho, en cambio, se tomaba en serio la
metáfora de la tambora como “música de viento”, de ahí que la considerara como cristalización
sonora del lirismo romántico y evanescente que alejaba al sinaloense de la realidad:
…así también el sinaloense vive empeñado en las creaciones de su propia fantasía. Tal vez por eso nos gusta
tanto la música de la tambora que expresa el acento más original de nuestra alma. La tambora es un símbolo
de nuestra concepción de vida. Vivimos en el viento y en la ilusión. 79
Es de dudarse que el episodio por el que más se recuerda a Peña Bátiz, el movimiento político de
1965 -ocurrido, por cierto, el mismo año de la muerte de El Guacho-, hubiera suscitado el
entusiasmo cívico de Enrique Félix. En dicha jornada, “El Gallo de Oro” y sus partidarios
enfrentaron al gobernador Leopoldo Sánchez Celis y su candidato Alejandro Barrantes Gallardo,
después de haber fracasado al interior del PRI, con el desenlace del presumible fraude electoral
cometido en contra del candidato del FIM, Alberto Zazueta.80 Como sucedió con el tema de la
autonomía universitaria, en ningún momento, en ninguno de sus escritos, se ocupó Félix Castro de
la democracia electoral (ni de Francisco I. Madero, “apóstol de la democracia” en la Revolución),
un asunto que, como buen socialista de su tiempo, equiparaba con la burguesa “democracia formal”.
Para él, los problemas de México residían en la desigualdad y el insuficiente desarrollo económico.
En Sinaloa, además, encontraba un impedimento de orden cultural que tenía que ver con la medianía
a que el sentimiento y la emoción romántica condenaban a su gente. De hecho, ya en estrecha
78
Cfr. El blog Enrique Peña Bátiz “El Gallo de Oro”, en
[Link] (consulta electrónica hecha el 19 de
noviembre de 2022). La propia asociación política Francisco I. Madero (FIM) que creó y dirigió, tenía como logo un
gallo.
79
“Tenemos todo… pero a medias”, entrevista de Roberto Hernández Rodríguez a Enrique Félix Castro, en la
compilación de Martha Lilia Bonilla, citada, p. 223. Publicada en revista Presagio, No. 25, Culiacán, julio de 1979.
80
Sobre este episodio se han publicado varias investigaciones, las últimas y más actualizadas son la de Azalia López
González, “Las elecciones de 1965 y 1989: los cambios políticos en Culiacán”, y la de Félix Brito Rodríguez, “El ensayo
democratizador del PRI en la elección municipal de Culiacán, Sinaloa, 1965”. En Azalia López González y Wilfrido
Llanes Espinoza, Culiacán en el siglo XX, Culiacán, Instituto Sinaloense de Cultura/Secretaría Federal de
Cultura/Ayuntamiento de Culiacán/Facultad de Historia de la Universidad Autónoma de Sinaloa, 2022.
35
conexión con el doctor Alfonso Millán, sostenía que buena parte de las dificultades nacionales y
regionales provienen de una “anormalidad psíquica”, tal y como lo hace, “explorando ese monstruo
del inconsciente colectivo de nuestro pueblo”, siguiendo la pista de Samuel Ramos y otros autores
de la época, en un escrito publicado en la Revista Mexicana de Higiene Mental en 1947:
De este tenor, podemos ir formando un esquema de observación que perfilan la anormalidad psíquica de la
presente época mexicana sobre cosas, personas y demás que integran nuestro mundo social: la música y el
contenido poético de Agustín Lara, el lenguaje del “peladito” mexicano, el comportamiento especial de
nuestros soldados, la simbología sexual del beisbol, el complejo de inferioridad del magisterio, el abismo
nostálgico de la música popular, la bohemia del periodista frecuentemente sedentario y el mecanismo tan
digno de estudio que rige a la prensa nacional, el culto a la Virgen de Guadalupe y sus probables relaciones
con el complejo de Edipo, la extraña personalidad del líder de nuestro medio, el ya famoso “complejo de
Malinche”, la personalidad del chofer y así hasta el infinito, pero advirtiendo que existe un rico filón de
estudio sobre el alma de nuestra sociedad que conviene apreciar con un criterio técnico, moderno y objetivo,
con la mira principalísima de levantar nuestra existencia a un plano superior, a fin de lograr el equilibrio
supremo del alma de la Patria.81
Es momento de preguntarlo: ¿tuvieron relación estos Enriques, El Guacho y “El Gallo de Oro”,
hijos ambos de otro Enrique (este Peña Alcalde), del cual solamente uno heredó el apellido? Y de
aquí otra inquietud, ¿tuvieron algún parentesco la madre de Enrique Peña Bátiz, Veneranda Bátiz
Paredes, recordada sinaloense, primera mujer profesionista del estado y egresada del Colegio Civil
Rosales,82 y la madre-tutora de El Guacho, Luz Bátiz?
Llegados a este punto, no sobra tampoco conjeturar acerca de la posible relación existente entre la
ausencia del padre consanguíneo, el padre real, y la estatolatría que caracterizó a Félix Castro a lo
largo de su andadura pública. ¿Era su búsqueda del Estado-Padre, fuerte y a la vez cercano y
orientador, supletorio del padre natural ausente en su vida? ¿Representaba el padre colectivo una
compensación por la falta del padre individual? Acaso en su personalidad, entonces, el “malestar en
81
Félix Castro, Enrique, “Andamios de la educación mexicana”, México, Revista Mexicana de Higiene Mental, No. 6,
mayo de 1947. Fondo Carlos Manuel Aguirre del AHGES.
82
Veneranda Bátiz Paredes (Sataya, Culiacán, 20 de enero de 1889-Culiacán, 6 de enero de 1985), además de ser la
primera mujer egresada del Colegio Civil Rosales como química, fue catedrática de la Universidad de Occidente, dueña
de la botica del Refugio en Culiacán, casó con Enrique Peña Alcalde con quien procreó siete hijos antes de quedar viuda
en 1930, también hermana de quien fuera gobernador interino de Sinaloa y fundador del Instituto Politécnico Nacional,
Juan de Dios Bátiz Paredes.
36
la cultura” freudiano se invertiría: el superego colectivo, antes que reprimirlo, vendría a compensar
las flaquezas del ego individual.
No menos importante es subrayar otra carencia en estas notas: El Guacho formó una familia, se sabe
que contrajo matrimonio con una mujer llamada Flora (según la llama Herberto Sinagawa) o
Florencia (como la recuerda Angelina Viedas). En la memoria de Angelina Viedas, los futuros
esposos se conocieron en uno de los viajes que Enrique Félix hizo a una de las ciudades del sur de
Estados Unidos, en las cuales, siendo todavía estudiante, era solicitado para dictar conferencias en
el lapso de 1929-1933: “En uno de esos viajes conoce a Florencia, entabla noviazgo y más tarde se
une procreando cuatro hijas: Martha, Karsavina, Cecilia y Paloma”.83 Fue la segunda de ellas,
Karsávina, la que “logró por fin que el cuerpo de su padre fuera traído a su tierra, Culiacán, donde
reposa para siempre en el Panteón Municipal”.84 A tres de ellas (Cecilia no aparece y sobre eso no
habrá que hacer hipótesis alguna por el momento, salvo que, en caso de haber sido la menor, es
probable que no hubiera nacido aún) alude en un poema escrito en 1950, ya en los umbrales de su
derrumbe, al que alude de un modo más que figurado:
Martha Margarita,
Karsávina, Paloma,
¡hijas mías!
Olas del mar les di a vuestra cintura núbil,
garzal bandera destaca vuestra proa remolina
para que brinquéis,
en la red imperecedera,
la muerte fingida de mi turbada,
figurada
soledad.85
En 1955, dedica a Karsávina el poema “Guerrillera del porvenir”, desgranando una despedida y una
esperanza puesta en el fruto de su simiente:
Resumen
37
de todos los golpes
de la sangre
(….)
La barba florida de
tu padre
bandolero del azul
de los overoles
en el azul del mar,
y en el azul del cielo,
y en el azul de los
luceros
sangrantes de amanecer.
Karsávina centinela
guerrillera del porvenir
¿qué te dice la noche
una a una,
sobre tu corazón?86
Enrique Peña Gutiérrez habla, por otra parte, de un encuentro con el poeta Pablo Neruda en
Mocorito, Sinaloa. Pero no sólo eso, de la estancia de El Che Guevara en México (1954-1956),
refiere:
86
“Guerrillera del porvenir”, La Palabra, Culiacán, 3 de junio de 1955. Fondo Carlos Manuel Aguirre del AHGES,
contenido en la compilación de Martha Lilia Bonilla, citada, pp. 141-142. El poema inicia con la dedicatoria “A
Karsávina Félix, tocando el piano”.
38
Estuve presente con él en largas y frecuentes conversaciones con Don Ernesto “El Che” Guevara en los cafés
de la calle Internacional de México, como se le llamaba a la calle Bolívar, en el Coliseo, Chufas y Tupinamba
(…) existen en el archivo de nuestra memoria, las hermosas y cerebrales discusiones de nuestro amigo y el
glorioso sacrificado de Valle Grande. Entre los dos y del brazo de una nítida elocuencia (…) coincidían en
la seguridad de que el mundo de entonces no tenía otra alternativa que la del socialismo de Estado, como el
último paso para arribar a los espacios de un comunismo que llevase a la humanidad a una Internacional sin
fronteras, tal como lo soñara el iluminado rabí de Galilea.87
El apelativo mismo con que se le conoció tiene un origen que habrá que aclarar. Algún testimonio,
cuya fuente no tengo autorización para nombrar, comenta que proviene de una expresión popular
de la región: “guacho” se le llama a aquel que tiene una apariencia descuidada, despreocupado en
su conducta y su vestimenta, desapegado de las convenciones sociales (“Esta chamaca es una
‘guacha’, ¡ve nomás cómo va vestida a la fiesta!”). De la primera vez que lo vio, “una fría mañana
de 1926”, Peña Gutiérrez apunta la descripción de un “muchacho alto y espigado, de tez morena,
ligeramente salpicado por pequeñas cicatrices dejadas por un discreto ataque de varicela o viruela
loca, como se le llamaba, de pelo negro suavemente ensortijado y de ojos de color indefinido, pero
que en veces se deslizaban entre el café claro de la avellana y el negro lustroso de los amores
consentidos de nuestra tierra”. 88
He dicho al iniciar estas notas que una valoración productiva de la obra de El Guacho tendría que
remitir al concepto de “justicia poética” en Martha Nussbaum. No puedo aquí más que anticipar
algunas ideas para abordar la manera en que sus escritos y sus intervenciones públicas hicieron
posible imaginar otra interpretación del pasado de la región, otra sensibilidad con respecto al poder,
otra figuración de Sinaloa y los sinaloenses, otras posibilidades de futuro para la sociedad regional.
En esta ruta anoto cuatro vertientes de trabajo:
1) La erudición de un sinaloense que, viviendo en el Culiacán de la primera mitad del siglo XX (¡y
vaya que aquel Culiacán estaba lejos de todo cosmopolitismo!), abrevó en autores tan distintos como
Edmundo de Amicis, Henri Barbusse, Sigmund Freud, Carl Gustav Jung, Alfred W. Adler, Iván P.
Pávlov, José Ortega y Gasset (“vertebrar a España”, “vertebrar a Sinaloa”), Enrique Rébsamen,
James Joyce (con una curiosa lectura “pedagógica” del Retrato de un artista adolescente en el
87
Peña Gutiérrez, Enrique, Op. Cit., p. 437.
88
Ibid., p. 427.
39
ensayo “Consideración pedagógica sobre James Joyce”), Oscar Wilde, F. Dostoievski, los padres
de la Iglesia (San Agustín, San Buenaventura, Santo Tomás de Aquino), John Dewey, los poetas
Ramón López Velarde, Enrique González Martínez, Amado Nervo, Salvador Novo, José Gorostiza,
Gilberto Owen y los bardos sinaloenses de los cuales fue buen bautizador (Chuy Andrade, “el
romántico más puro”; Sixto Osuna, “el sistema nervioso más fino de la poesía sinaloense”;
Alejandro Hernández Tyler, “el poeta consentido de Sinaloa”), el Evangelio cristiano y, desde luego,
Karl Marx (que afiló sus “cuchillos” críticos). Estos, entre otros muchos nombres que demandan un
prontuario pormenorizado en su contexto biográfico, estilístico, histórico y textual. Un ejercicio
aproximado, digamos, a lo que Sainte-Beuve exigía para la crítica literaria.
2) La “lectura sintomática” con que leyó a esos autores intentando amalgamar un pensamiento
propio, cernido casi sin excepción sobre el “trapecio de luz” sinaloense.
3) Su estilo de un vuelo lírico que, si bien antirromántico en sus postulaciones, siguió siendo
romántico en los giros y las figuras de su oratoria y su escritura.
4) Sus tesis que, espigadas de sus escritos y organizadas coherentemente, permiten entender una
idea de Sinaloa, original en su tiempo y que continuó latiendo en la noción que la gente de esta tierra
tiene de sí misma: “echada pa’adelante”, sincera hasta la impropiedad, de voz altisonante, gusto por
lo “natural” y lírica en todos los ámbitos de su vida. Una hermenéutica auspiciadora de una parte de
la caracterización hecha por Antonio Nakayama en su libro Entre sonorenses y sinaloenses:
afinidades y diferencias y, aunque no explícitamente, quizá también del imaginario de los “culichis”
en la narrativa de Élmer Mendoza, para sólo mencionar dos de sus influjos. Una obra que dio lugar,
asimismo, a la “apropiación retórica” de la generación de intelectuales sinaloenses de los sesenta y
setenta, suscitando nuevas conjeturas en los estudiosos contemporáneos de la realidad regional y
sus posibilidades futuras. Entre estos últimos se pueden contar a Carlos Calderón Viedas y al propio
autor de estos apuntes. Ambos hemos hecho esa lectura de El Guacho como “caja de herramientas”
(Foucault dixit) para argumentar la necesidad de un nuevo punto de partida para el estudio de la
sociedad regional.89
89
Cfr. Carlos Calderón Viedas, Huellas de modernidad en Sinaloa, México, Gobierno del Estado de Sinaloa/Fontamara,
2007, y de Ronaldo González Valdés, Sinaloa: una sociedad demediada, México, Juan Pablos Editores, 2007, así como
“La semilla sinaloense”, publicado en la revista nexos No. 415, julio de 2012.
40
Fue El Guacho Félix un personaje desmesurado, interpelador de una época animada por ideas
desmesuradas. Un personaje que, como Walt Whitman, pudo haberse cantado a sí mismo:
¿Qué yo me contradigo?
Pues sí, me contradigo. Y, ¿qué?
(Yo soy inmenso, contengo multitudes).
41