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Para otros usos de este término, véanse Sol (desambiguación) y Disco solar
(desambiguación).
Sol ☉
Primera imagen: fotografía de la luz visible del Sol con un filtro solar en 2013
Segunda imagen: fotografía ultravioleta retocada de la NASA en 2020
Datos derivados de la observación terrestre
Distancia media desde la Tierra 149 597 870 700 m (~1.5 × 1011 m)
Brillo visual (V) −26.8
Diám. angular en el perihelio 32′35.64″
Diám. angular en el afelio 31′31.34″
Índice color (U-B) +0.10
Índice color (B-V) +0.63
Características físicas
Diámetro 1 391 016 km
(~1.4 × 109 m)
Diámetro relativo (dS/dT) 109
Superficie 6.0877 × 1012 km²
Volumen 1.4123 × 1018 km³
Masa relativa a la de la Tierra 332 946
Masa 1.9891 × 1030 kg
Densidad 1411 kg/m³
Densidad relativa a la de la Tierra 0.255
Densidad relativa al agua 1.41
Gravedad en la superficie 274 m/s² (27.96 g)
Velocidad de escape 617.8 km/s
Temperatura efectiva de la superficie 5778 K (5505 °C)
Temperatura máxima de la corona 1-2 ×105 K[1]
Temperatura del núcleo ~1.36 × 107 K
Luminosidad (LS) 3.827 × 1026 W
Periodo de rotación
En el ecuador: 27 d 6 h 36 min
A 30° de latitud: 28 d 4 h 48min
A 60° de latitud: 30 d 19 h 12 min
A 75° de latitud: 31 d 19 h 12 min
Características orbitales
Distancia máxima al centro de la Galaxia
~2.5 × 1017 km
~26 000 años luz
Periodo orbital alrededor del
centro galáctico 2.25-2.50 × 108 años[2]
Velocidad orbital máxima ~251 km/s[3]
Inclinación axial con la eclíptica 7.25°
Inclinación axial con el plano de la galaxia 67.23°
Composición de la fotosfera
Hidrógeno 73.46 %
Helio 24.85 %
Oxígeno 0.78 %
Carbono 0.30 %
Hierro 0.16 %
Neón 0.12 %
Nitrógeno 0.09 %
Silicio 0.07 %
Magnesio 0.06 %
Azufre 0.05 %
El Sol (del latín sol, solis, ‘dios Sol invictus’ o ‘sol’, a su vez de la raíz
protoindoeuropea sauel, ‘luz’)[4] es una estrella de tipo-G de la secuencia
principal y clase de luminosidad V que se encuentra en el centro del sistema solar
y constituye la mayor fuente de radiación electromagnética de este sistema
planetario.[5] Es una esfera casi perfecta de plasma, con un movimiento convectivo
interno que genera un campo magnético a través de un proceso de dinamo. Cerca de
tres cuartas partes de la masa del Sol lo forman gases como el hidrógeno; el resto
es principalmente helio, con cantidades mucho más pequeñas de elementos como
oxígeno, carbono, neón y hierro.
La energía del Sol, en forma de luz solar, sustenta a casi todas las formas de vida
en la Tierra a través de la fotosíntesis y determina el clima de la Tierra y la
meteorología.
A pesar de ser una estrella enana, es la única cuya forma se puede apreciar a
simple vista, con un diámetro angular de 32′35″ de arco en el perihelio y 31′31″ en
el afelio, lo que da un diámetro medio de 32′03″ . La combinación de tamaños y
distancias del Sol y la Luna son tales que se ven, aproximadamente, con el mismo
tamaño aparente en el cielo. Esto permite una amplia gama de eclipses solares
distintos (totales, anulares o parciales).[11]
El vasto efecto del Sol sobre la Tierra ha sido reconocido desde tiempos
prehistóricos y el astro ha sido considerado por algunas culturas como una deidad.
El movimiento de la Tierra alrededor del Sol es la base del calendario solar, de
uso predominante hoy en día.
El Sol es, con diferencia, el objeto más brillante en el cielo, con magnitud
aparente de −26.74. Es unos 13 000 millones de veces más brillante que la segunda
estrella más luminosa, Sirio, que tiene una magnitud aparente de −1.46. La
distancia media del centro del Sol al centro de la Tierra es de aproximadamente 1
unidad astronómica (alrededor de 150 millones de kilómetros), aunque la distancia
varía a medida que la Tierra se mueve desde el perihelio en enero hasta el afelio
en julio. En esta distancia media, la luz viaja desde el horizonte del Sol hasta el
horizonte de la Tierra en unos 8 minutos y 19 segundos, mientras que la luz desde
los puntos más cercanos del Sol y de la Tierra tarda aproximadamente dos segundos
menos.
Esto seguramente haya influido en que algunos autores hayan argumentado[17] que el
color del Sol viene dado por su máximo de emisión.[18] Pero hay dos problemas
interesantes aquí.
En primer lugar, el espectro de emisión presenta su máximo en unos 500 nm, que se
asocia habitualmente al color verde cercano al azul.[19] Esta asociación es incluso
discutible, puesto que sólo existe una correspondencia longitud de onda/color
visible en una emisión monocromática lo más pura posible. Por ejemplo, se pueden
ver colores verdes en la aurora boreal debido a la emisión monocromática a 500.7 nm
del oxígeno atómico doblemente ionizado (esto está provocado por el choque entre
los átomos de oxígeno con electrones de menor energía liberados por moléculas de
nitrógeno excitadas por la radiación solar en las capas altas de la atmósfera[20]).
El Sol también puede verse de muy diferentes colores según las condiciones
atmosféricas. Desde el rojizo de las salidas y puestas debido a la dispersión de la
atmósfera (que se puede ver aumentados por la presencia de pequeñas partículas
contaminantes), hasta, en raras ocasiones, el azulado (provocado por partículas de
mayor diámetro, como parece haber ocurrido durante la erupción del Krakatoa o por
la contaminación del humo de grandes incendios).[21][22]
Véase también: Ley_de_desplazamiento_de_Wien#Interpretaciones
Composición
Capas internas del sol
El Sol está compuesto principalmente por los elementos químicos hidrógeno y helio;
que representan el 74.9 % y el 23.8 % de la masa del Sol en la fotosfera,
respectivamente. Todos los elementos más pesados, llamados metales en astronomía,
representan menos del 2 % de la masa, con el oxígeno (más o menos el 1 % de la masa
del Sol), carbono (0.3 %), neón (0.2 %), y el hierro (0.2 %), que es el más
abundante.
El Sol heredó su composición química del medio interestelar a través del cual se
formó. El hidrógeno y el helio en el Sol fueron producidos por nucleosíntesis del
Big Bang, y los elementos más pesados se crearon por nucleosíntesis estelar en
generaciones de estrellas que completaron su evolución estelar y devolvieron su
material al medio interestelar antes de la formación del Sol. La composición
química de la fotosfera se considera normalmente como representativa de la
composición del sistema solar primordial. Sin embargo, desde que se formó el Sol,
parte del helio y de elementos pesados se han asentado gravitacionalmente desde la
fotosfera. Por lo tanto, en la fotosfera de hoy en día, la fracción de helio es
reducida, y la metalicidad es solamente el 84 % de lo que era en la fase
protoestelar (antes de que la fusión nuclear comenzara en el núcleo). Se cree que
la composición protoestelar del Sol ha sido de un 71.1 % de hidrógeno, 27.4 % de
helio, y de un 1.5 % de elementos más pesados.
Como toda estrella, el Sol posee una forma esférica, y a causa de su lento
movimiento de rotación, tiene también un leve achatamiento polar. Como en cualquier
cuerpo masivo, toda la materia que lo constituye es atraída hacia el centro del
objeto por su propia fuerza gravitatoria. Sin embargo, el plasma que forma el Sol
se encuentra en equilibrio, ya que la creciente presión en el interior solar
compensa la atracción gravitatoria, lo que genera un equilibrio hidrostático. Estas
enormes presiones se producen debido a la densidad del material en su núcleo y a
las enormes temperaturas que se dan en él gracias a las reacciones termonucleares
que allí acontecen. Existe, además de la contribución puramente térmica, una de
origen fotónico. Se trata de la presión de radiación, nada despreciable, que es
causada por el ingente flujo de fotones emitidos en el centro del Sol.
Casi todos los elementos químicos terrestres (aluminio, azufre, bario, cadmio,
calcio, carbono, cerio, cobalto, cobre, cromo, estaño, estroncio, galio, germanio,
helio, hidrógeno, hierro, indio, magnesio, manganeso, níquel, nitrógeno, oro,
oxígeno, paladio, plata, platino, plomo, potasio, rodio, silicio, sodio, talio,
titanio, tungsteno, vanadio, circonio y cinc) y diversos compuestos (como el
cianógeno, el óxido de carbono y el amoniaco) han sido identificados en la
constitución del astro rey, por lo que se ha concluido que, si nuestro planeta se
calentara hasta la temperatura solar, tendría un espectro luminoso casi idéntico al
Sol. Incluso el helio fue descubierto primero en el Sol y luego se constató su
presencia en nuestro planeta.[24]
Ocupa unos 139 000 km del radio solar, 1⁄5 del mismo, y es en esta zona donde se
verifican las reacciones termonucleares que proporcionan toda la energía que el Sol
produce. Esta energía generada en el núcleo del Sol tarda un millón de años en
alcanzar la superficie solar.[25] En su centro se calcula que existe un 49 % de
hidrógeno, 49 % de helio y un 2 % que se distribuye en otros elementos que sirven
como catalizadores en las reacciones termonucleares. A comienzos de la década de
los años 30 del siglo XX, el físico austriaco Fritz Houtermans (1903-1966) y el
astrónomo inglés Robert d'Escourt Atkinson (1898-1982) unieron sus esfuerzos para
averiguar si la producción de energía en el interior del Sol y en las estrellas se
podía explicar por las transformaciones nucleares. En 1938, Hans Albrecht Bethe
(1906-2005), en los Estados Unidos, y Carl Friedrich von Weizsäcker (1912-2007), en
Alemania, simultánea e independientemente, encontraron el hecho notable de que un
grupo de reacciones en las que intervienen el carbono y el nitrógeno como
catalizadores constituyen un ciclo, que se repite una y otra vez, mientras dura el
hidrógeno. A este grupo de reacciones se le conoce como ciclo de Bethe o del
carbono, y es equivalente a la fusión de cuatro protones en un núcleo de helio. En
estas reacciones de fusión hay una pérdida de masa, esto es, el hidrógeno consumido
pesa más que el helio producido. Esa diferencia de masa se transforma en energía,
según la ecuación de Einstein (E = mc²), donde E es la energía, m la masa y c la
velocidad de la luz. Estas reacciones nucleares transforman el 0.7 % de la masa
afectada en fotones, con una longitud de onda cortísima y, por lo tanto, muy
energéticos y penetrantes. La energía producida mantiene el equilibrio térmico del
núcleo solar a temperaturas aproximadamente de 15 millones de kelvins.
La energía neta liberada en el proceso es 26.7 MeV, o sea cerca de6.7 × 1014 J por
kg de protones consumidos. El carbono actúa como catalizador, pues se regenera al
final del ciclo.
Más tarde, la fusión de un protón (p+), o lo que es lo mismo, un núcleo H1, con un
núcleo de deuterio da lugar a un isótopo del helio He³ y a la emisión de fotones
gamma (γ). Finalmente, con un 97 % de probabilidad aproximadamente, dos núcleos del
isótopo He³ dan lugar, al ser fusionados, en un núcleo estable de He4 más dos
nuevos protones (p+), con lo que el ciclo se retroalimenta hasta la primera fase
inicial, al tiempo que pierde energía a razón de 26.7 MeV netos.
El primer ciclo se da en estrellas más calientes y con mayor masa que el Sol, y la
cadena protón-protón en las estrellas similares al Sol. En cuanto al Sol, hasta el
año 1953 se creyó que su energía era producida casi exclusivamente por el ciclo de
Bethe, pero se demostró durante estos últimos años que el calor solar proviene en
su mayor parte (~75 %) del ciclo protón-protón.
La fotosfera es la zona visible donde se emite luz visible del Sol. La fotosfera se
considera como la «superficie» solar y, vista a través de un telescopio, se
presenta formada por gránulos brillantes que se proyectan sobre un fondo más
oscuro. A causa de la agitación de nuestra atmósfera, estos gránulos parecen estar
siempre en agitación. Puesto que el Sol es gaseoso, su fotosfera es algo
transparente: puede ser observada hasta una profundidad de unos cientos de
kilómetros antes de volverse completamente opaca. Normalmente, se considera que la
fotosfera solar tiene unos 100 o 200 km de profundidad.[29]
Esquema de la estructura de anillo de una llamarada solar y su origen causado por
la deformación de las líneas del campo electromagnético
Aunque el borde o limbo del Sol aparece bastante nítido en una fotografía o en la
imagen solar proyectada con un telescopio, se aprecia fácilmente que el brillo del
disco solar disminuye hacia el borde. Este fenómeno de oscurecimiento del centro al
limbo es consecuencia de que el Sol es un cuerpo gaseoso con una temperatura que
disminuye con la distancia al centro. La luz que se ve en el centro procede en la
mayor parte de las capas inferiores de la fotosfera, más caliente y por tanto más
luminosa. Al mirar hacia el limbo, la dirección visual del observador es casi
tangente al borde del disco solar por lo que llega radiación procedente sobre todo
de las capas superiores de la fotosfera, menos calientes y emitiendo con menor
intensidad que las capas profundas en la base de la fotosfera.
Un fotón tarda un promedio de diez días desde que surge de la fusión de dos átomos
de hidrógeno, en atravesar la zona radiante y un mes en recorrer los 200 000 km de
la zona convectiva, empleando tan solo unos 8 minutos y medio en cruzar la
distancia que separa la Tierra del Sol. No se trata de que los fotones viajen más
rápidamente ahora, sino que en el exterior del Sol el camino de los fotones no se
ve obstaculizado por los continuos cambios, choques, quiebros y turbulencias que
experimentaban en el interior del Sol.
Los gránulos brillantes de la fotosfera tienen muchas veces forma hexagonal y están
separados por finas líneas oscuras.[30] Los gránulos son la evidencia del
movimiento convectivo y burbujeante de los gases calientes en la parte exterior del
Sol. En efecto, la fotosfera es una masa en continua ebullición en el que las
células convectivas se aprecian como gránulos en movimiento cuya vida media es tan
solo de unos nueve minutos. El diámetro medio de los gránulos individuales es de
unos 700 a 1000 km y resultan particularmente notorios en los períodos de mínima
actividad solar. Hay también movimientos turbulentos a una escala mayor, la llamada
«supergranulación», con diámetros típicos de unos 35 000 km. Cada supergranulación
contiene cientos de gránulos individuales y sobrevive entre 12 a 20 horas. Fue
Richard Christopher Carrington (1826-1875), cervecero y astrónomo aficionado, el
primero en observar la granulación fotosférica en el siglo XIX. En 1896 el francés
Pierre Jules César Janssen (1824-1907) consiguió fotografiar por primera vez la
granulación fotosférica.
El Sol con algunas manchas solares visibles. Las dos manchas en el medio tienen
casi el mismo diámetro que la Tierra.
La corona solar está formada por las capas más tenues de la atmósfera superior
solar. Su temperatura alcanza los millones de kelvin, una cifra muy superior a la
de la capa que le sigue, la fotosfera, siendo esta inversión térmica uno de los
principales enigmas de la ciencia solar reciente. Estas elevadísimas temperaturas
son un dato engañoso y consecuencia de la alta velocidad de las pocas partículas
que componen la atmósfera solar. Sus grandes velocidades son debidas a la baja
densidad del material coronal, a los intensos campos magnéticos emitidos por el Sol
y a las ondas de choque que rompen en la superficie solar estimuladas por las
células convectivas. Como resultado de su elevada temperatura, desde la corona se
emite gran cantidad de energía en rayos X. En realidad, estas temperaturas no son
más que un indicador de las altas velocidades que alcanza el material coronal que
se acelera en las líneas de campo magnético y en dramáticas eyecciones de material
coronal (EMCs). Lo cierto es que esa capa es demasiado poco densa como para poder
hablar de temperatura en el sentido usual de agitación térmica.
Vídeo de cámara rápida de una región activa en la superficie del Sol capturado con
un refractor de 152 mm y un filtro de cromosfera Daystar Quark.
En 1970 el físico sueco Hannes Alfvén obtuvo el premio Nobel. Él estimó que había
ondas que transportaban energía por líneas del campo magnético que recorre el
plasma de la corona solar. Pero hasta hoy no se había podido detectar la cantidad
de ondas que eran necesarias para producir dicha energía.
Pero imágenes de alta definición ultravioleta, tomadas cada ocho segundos por el
satélite de la NASA Solar Dynamics Observatory (SDO), han permitido a científicos
como Scott McIntosh y a sus colegas del Centro Nacional Estadounidense de
Investigación Atmosférica, detectar gran cantidad de estas ondas.[34] Las mismas se
propagan a gran velocidad (entre 200 y 250 km/s) en el plasma en movimiento. Ondas
cuyo flujo energético se sitúa entre 100 y 200 W/km² (vatios por kilómetro
cuadrado) «son capaces de proveer la energía necesaria para propulsar a los rápidos
vientos solares y así compensar las pérdidas de calor de las regiones menos
agitadas de la corona solar», estiman los investigadores.
Sin embargo, para McIntosh esto no es suficiente para generar los 2000 W/m² (vatios
por metro cuadrado) que se necesitan para abastecer a las zonas activas de la
corona. Es por esto que se requiere de instrumentos con mayor capacidad temporal y
espacial para estudiar todo el espectro de energía irradiada en las regiones
activas de nuestra estrella.
Heliosfera
Vista de la heliosfera protegiéndonos de las radiaciones provenientes del centro de
la galaxia
Artículo principal: Heliosfera
La heliosfera sería la región que se extiende desde el Sol hasta más allá de Plutón
y que se encuentra bajo la influencia del viento solar. Es en esta región donde se
extienden los efectos de las tormentas geomagnéticas y también donde se extiende el
influjo del campo magnético solar. La heliosfera protege al sistema solar de las
radiaciones provenientes del medio interestelar y su límite se extiende a más de
100 UA del Sol, límite solamente superado por los cometas.
Véase también: Viento solar
Actividad solar
Eyección de masa coronal
Filamento solar fotografiado el 31 de agosto de 2012 (NASA). La eyección de masa
solar viajó a 1500 kilómetros por segundo.
Artículo principal: Tormenta geomagnética
Los puntos brillantes y los arcos iluminados de material solar que flotan en la
atmósfera del sol resaltan lo que se conoce como regiones activas en el sol, en
esta imagen del Observatorio de Dinámica Solar de la NASA, capturada el 20 de abril
de 2015. Estas son áreas de actividad magnética intensa y compleja que a veces
pueden dar lugar a erupciones solares y eyecciones de masa coronal.
La eyección de masa coronal (CME) es una onda formada por radiación y viento solar
que se desprende del Sol en el periodo llamado Actividad Máxima Solar. Esta onda es
muy peligrosa ya que daña los circuitos eléctricos, los transformadores y los
sistemas de comunicación. Cuando esto ocurre, se dice que hay una tormenta solar.
Cada 11 años el Sol entra en un turbulento ciclo (Actividad Máxima Solar) que
representa la época más propicia para que el planeta sufra una tormenta solar.
Dicho proceso acaba con el cambio de polaridad solar (no confundir con el cambio de
polaridad terrestre).
Nos encontramos en el Ciclo Solar 25, que comenzó en diciembre de 2019.[35]
Una potente tormenta solar es capaz de paralizar por completo la red eléctrica
de las grandes ciudades, una situación que podría durar semanas, meses o incluso
años.
Las tormentas solares pueden causar interferencias en las señales de radio,
afectar a los sistemas de navegación aéreos, dañar las señales telefónicas e
inutilizar satélites por completo.
El 13 de marzo de 1989 la ciudad de Quebec, en Canadá, fue azotada por una
fuerte tormenta solar. Como resultado de ello, seis millones de personas se vieron
afectadas por un gran apagón que duró 90 segundos. La red eléctrica de Montreal
estuvo paralizada durante más de nueve horas. Los daños que provocó el apagón,
junto con las pérdidas originadas por la falta de energía, alcanzaron los cientos
de millones de dólares.
Entre los días 1 y 2 de septiembre de 1859 una intensa tormenta solar afectó a
la mayor parte del planeta. Las líneas telegráficas de los Estados Unidos y el
norte de Europa quedaron inutilizadas y se provocaron varios incendios. Además, una
impresionante aurora boreal, fenómeno que normalmente solo puede observarse desde
las regiones árticas, pudo verse en lugares tan alejados de los polos como el sur
de Europa, el Caribe, Hawái.,[36] e incluso en Colombia, cerca del ecuador
terrestre.[37]
El campo magnético del Sol se forma como sigue: En el núcleo las presiones del
hidrógeno provocan que sus átomos únicamente queden excluidos por las fuerzas de
polaridad de los protones, dejando una nube de electrones en torno a dicho núcleo
(los electrones se han desprendido de las órbitas tradicionales, formando una capa
de radiación electrónica común). La fusión de los átomos de hidrógeno en helio se
produce en la parte más interna del núcleo, en donde el helio queda restringido por
ser un material más pesado. Dicho «ordenamiento» induce que los propios electrones
compartan estados de energía y en consecuencia sus campos magnéticos adquieran aún
más densidad y potencia. Las enormes fuerzas de gravedad, impiden que los fotones
(portadores de esas fuerzas) escapen de forma libre. De esta forma se genera en su
interior un potente campo magnético que influye en la dinámica del plasma en las
capas siguientes.[32]
Por esa misma razón, una reacción de fusión entre dos átomos de hidrógeno en el
interior del Sol, tarda 11 años en llegar a escapar de las enormes fuerzas
gravitatorias y magnéticas.
Nacimiento y muerte del Sol
Artículos principales: Evolución estelar y Nebulosa protosolar.
La diferencia de tamaños entre el Sol y la Tierra queda patente en esta imagen
comparativa de ambos, con la Tierra en el lado izquierdo, y una porción del Sol a
la derecha.
El Sol se formó hace 4650 millones de años y tiene combustible para 7500 millones
de años más.[38][nota 1] Después, comenzará a hacerse más y más grande, hasta
convertirse en una gigante roja. Finalmente, se hundirá por su propio peso y se
convertirá en una enana blanca, que puede tardar unos mil millones de años en
enfriarse.[39]
En cuanto a la vida en la Tierra durante ese proceso de evolución del Sol, se sabe
que en la actualidad, el brillo del Sol aumenta aproximadamente un 1% cada 100
millones de años. Se necesitarán por tanto al menos mil millones de años para
agotar el agua líquida de la Tierra debido a tal aumento.[43] Después de eso, la
Tierra dejará de poder sustentar vida multicelular compleja y los últimos
organismos multicelulares que quedan en el planeta sufrirán una extinción masiva
final y completa.[44]
Importancia de la energía solar en la Tierra
La mayor parte de la energía utilizada por los seres vivos procede del Sol, las
plantas la absorben directamente y realizan la fotosíntesis, los herbívoros
absorben indirectamente una pequeña cantidad de esta energía comiendo las plantas,
y los carnívoros absorben indirectamente una cantidad más pequeña comiendo a los
herbívoros.
Sin embargo, el uso directo de energía solar para la obtención de energía no está
aún muy extendido debido a que los mecanismos actuales no son suficientemente
eficaces.[45]
Reacciones termonucleares e incidencia sobre la superficie terrestre
La luz solar que apreciamos a simple vista es de color amarillo, pero en realidad
el Sol la emite en todas las longitudes de onda.[49]
Para obtener una visión ininterrumpida del Sol en longitudes de onda inaccesibles
desde la superficie terrestre, la Agencia Espacial Europea y la NASA lanzaron
cooperativamente el satélite SOHO (Solar and Heliospheric Observatory) el 2 de
diciembre de 1995.[50] La sonda europea Ulysses realizó estudios de la actividad
solar,[51] y la sonda estadounidense Génesis se lanzó en un vuelo cercano a la
heliósfera para regresar a la Tierra con una muestra directa del material solar.
[52] Génesis regresó a la Tierra en el 2004, pero su reentrada en la atmósfera fue
acompañada de un fallo en su paracaídas principal que hizo que se estrellara sobre
la superficie.[53] El análisis de las muestras obtenidas prosigue en la actualidad.
Cálculo histórico del tamaño del Sol y su distancia
Aristarco, pensando que el Sol era al menos 7 veces más grande que la Tierra,
sugirió que no es el Sol el que gira alrededor de la Tierra, sino al contrario,
siendo el primero en sugerir un modelo heliocéntrico.[57] Sin embargo, sus ideas no
fueron aceptadas por sus contemporáneos y la teoría heliocéntrica no se retomó
hasta 1543, 17 siglos después, cuando Copérnico publicó su libro Sobre las
revoluciones de los orbes celestes.[58][59]
En 1609, Johannes Kepler abrió el camino para determinar las distancias relativas
de todos los cuerpos del sistema solar, no solamente de la Luna y el Sol, por lo
que, sabiendo la distancia a cualquiera de los planetas, se podría saber la
distancia al Sol.[62] Posteriormente, Giovanni Cassini, en 1673, obtuvo el paralaje
de Marte, por lo que logró determinar su distancia. Entonces, sobre la base de los
cálculos de Kepler, determinó la distancia al Sol en 136 millones de kilómetros
(esta vez, la distancia se acercó bastante a los datos actuales, y el error fue
solamente de 7 %).[63]
Véase también
Ciclo solar 24
Día
Dios solar
Eclipse solar
Energía solar
Evolución estelar
Factor de protección solar
Orto
Sistema solar
Sol de medianoche
El Sol en la ficción
Variación solar
Viento solar
Clima espacial
HD 186302
Notas
Referencias
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