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Texto 1

En un pueblo aislado que decidió no medir el tiempo para evitar la ansiedad, la vida fluía de manera tranquila y natural. La llegada de un extraño con un reloj cambió la dinámica del lugar, introduciendo la preocupación por el tiempo y la ansiedad entre sus habitantes. Al final, el pueblo optó por regresar a su forma de vida anterior, dejando atrás las complicaciones que el tiempo había traído.

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Texto 1

En un pueblo aislado que decidió no medir el tiempo para evitar la ansiedad, la vida fluía de manera tranquila y natural. La llegada de un extraño con un reloj cambió la dinámica del lugar, introduciendo la preocupación por el tiempo y la ansiedad entre sus habitantes. Al final, el pueblo optó por regresar a su forma de vida anterior, dejando atrás las complicaciones que el tiempo había traído.

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TEXTO 1 — El pueblo que olvidó el tiempo

En un rincón perdido entre montañas, existía un pueblo que no figuraba en ningún


mapa. No porque fuera invisible, sino porque nadie que saliera de allí lograba recordar
cómo volver. Los habitantes lo llamaban simplemente “El Lugar”, como si no necesitara
otro nombre.

En ese pueblo no había relojes. No porque no supieran fabricarlos, sino porque hacía
generaciones habían decidido dejar de medir el tiempo. Decían que el tiempo medido
traía ansiedad, y la ansiedad enfermaba a las personas.

La vida allí fluía de manera distinta. La gente despertaba cuando el cuerpo lo pedía,
trabajaba hasta que sentía cansancio y descansaba sin preocuparse por horarios. Los
niños aprendían observando, no en escuelas. Y los ancianos no eran apartados, sino
considerados los guardianes de la memoria.

Un día, llegó un extraño.

Nadie supo de dónde venía. Apareció caminando por el sendero principal, con ropa
distinta y un objeto colgando de la muñeca: un reloj. Los habitantes lo miraban con
curiosidad, pero sin desconfianza.

—¿Qué es eso? —preguntó una niña señalando su muñeca.

—Es un reloj —respondió el hombre—. Sirve para saber la hora.

La niña frunció el ceño.

—¿Y para qué querés saber la hora?

El hombre no supo qué responder.


Con el paso de los días, el extraño comenzó a notar algo inquietante: las personas
parecían vivir más tranquilas, pero también más… lentas. No había urgencia, no había
metas claras. Todo parecía diluirse en una calma eterna.

Decidió enseñarles el concepto del tiempo.

Construyó un reloj grande en la plaza y explicó cómo funcionaban las horas, los
minutos, los segundos. Al principio, los habitantes se mostraron fascinados. Era algo
nuevo, algo que podían medir y comprender.

Pero pronto, comenzaron los cambios.

Los agricultores empezaron a preocuparse por “perder tiempo”. Los niños ya no


jugaban libremente; ahora tenían momentos específicos para hacerlo. Incluso las
conversaciones se volvieron más cortas.

El pueblo cambió.

La ansiedad apareció por primera vez. Las personas comenzaron a compararse: quién
hacía más en menos tiempo, quién era más eficiente.

El extraño observaba en silencio. Había traído el tiempo… pero también había traído
algo más.

Una noche, una anciana se acercó a él.

—Nos trajiste algo que creíamos necesitar —dijo—, pero olvidaste advertirnos el
precio.

—¿Qué precio?
—El de dejar de vivir el presente.

Al día siguiente, el reloj de la plaza desapareció.

Nadie supo quién lo quitó. Pero poco a poco, el pueblo volvió a su estado anterior. El
extraño se marchó sin decir nada.

Y al salir, olvidó el camino de regreso.

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