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Raquel

Frank narra una experiencia vivida por un grupo de acólitos en Boca de Uchire, Venezuela, donde se hospedaron en una casa con una historia de terror relacionada con una joven llamada Raquel. Durante su estancia, vivieron sucesos extraños y aterradores, incluyendo la aparición de un niño misterioso y un episodio de posesión, lo que llevó a reflexiones sobre el respeto a lo desconocido. A pesar del miedo, el viaje se convirtió en una experiencia memorable llena de risas y anécdotas, dejando una huella duradera en el grupo.
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Raquel

Frank narra una experiencia vivida por un grupo de acólitos en Boca de Uchire, Venezuela, donde se hospedaron en una casa con una historia de terror relacionada con una joven llamada Raquel. Durante su estancia, vivieron sucesos extraños y aterradores, incluyendo la aparición de un niño misterioso y un episodio de posesión, lo que llevó a reflexiones sobre el respeto a lo desconocido. A pesar del miedo, el viaje se convirtió en una experiencia memorable llena de risas y anécdotas, dejando una huella duradera en el grupo.
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RAQUEL

Hola,

Quiero presentarme: mi nombre es Frank y la historia que les traigo cuenta con una
serie de hechos que están basados en la vida real. Pertenezco, desde hace
veintisiete años, a un grupo de acólitos de una iglesia en Caracas, Venezuela.

Como grupo, en época de vacaciones, frecuentábamos planificar algún viaje, algún


encuentro. Nuestro lugar favorito era un pueblo llamado Boca de Uchire, en el
estado Anzoátegui. Allí, nos prestaban una casa cerca de la playa, que tenía una
pequeña historia de terror, lo que imprimía mayor emoción al encuentro vacacional.

Cuenta la historia que, hacia los años ochenta, una chica llamada Raquel estaba
con su familia y, por cosas del destino, murió dentro de la casa. Nadie sabía el
motivo de su muerte, pero su familia, en medio de la desesperación y la tristeza, no
volvió a pisar el lugar y, al parecer, nunca hubo una misa que ayudara a esta pobre
alma a descansar en paz.

En cierta ocasión, fuimos de viaje a Boca de Uchire en carnaval, viaje que, como
buenos venezolanos, aprovechamos desde el viernes. Éramos unas veinte
personas, entre los diez y los sesenta años. Habíamos animado a varios a ir, con la
intención de hacer ciertas bromas, aprovechando la historia que encerraba aquella
casa. Camino al pueblo íbamos alimentando un miedo que nos permitiera usar
nuestra creatividad para asustar a la gente. Llegando de noche, nos bajamos del
transporte y todos estábamos allí, parados, sin atrevernos a pasar la pequeña cerca
que rodeaba aquel lugar. La casa no tenía luz. Había mucho silencio alrededor. Uno
de los valientes saltó la cerca y logró conectar los cables que proveían de
electricidad las dos plantas de nuestro recinto vacacional. Todos pasamos ya con
algo de alivio y, como es costumbre, todo el mundo llegó a arreglar sus bolsos,
acomodar el sitio para dormir y cenar.

La noche estaba serena, por lo que decidimos recorrer los espacios para ver qué
encontrábamos: una vieja tabla de surf, colchones para dormir, una nevera que
parecía tener años olvidada. Afuera, algunos bombillos reflejaban en el patio una
mata de tamarindo, una chimenea y un baño improvisado. Muchas casas alrededor
parecían invadidas, y desde allí, las familias nos observaban sin decir una sola
palabra. Comenzamos a cenar y estábamos jugando cartas; ya nos estaba pegando
el aburrimiento, pero, jóvenes al fin, teníamos que inventar algo.

Eran las doce de la noche cuando se nos ocurrió jugar al escondite. Por un lado,
dos hermanos, Gabriel y Daniela, no solo iban a divertirse: en su pequeña historia
de vida, acababan de perder a su papá y luchaban por mantener la sonrisa en sus
rostros. Yo comencé a contar... 1, 2, 3... hasta llegar al 10. Era ensordecedor el
silencio. Se habían escondido muy bien. De lejos, venía una de las chicas y corrí a
delatarla, pero mi sorpresa fue que, en ese lugar, no había nadie. Me tuve que
devolver rápido porque los demás estaban librando y yo había perdido mi tiempo
con alguna silueta. En eso y entre las risas de quienes ya estaban libres, se escuchó
un grito. Era Daniela. Alguien había tocado su hombro. Lo complicado es que ella
era la única que faltaba por librar. Nos decía Hortensia, la más mística de las
personas que fue, que no eran horas para jugar al escondite. El ambiente de pueblo
olvidado sellaba aquella madrugada entre risas nerviosas.

El segundo día fue mucha diversión en la playa; cansados de tantas risas y bromas,
eran las siete de la noche cuando comenzamos a relatar cuentos de terror. Una de
las cosas que decían era que la noche anterior, varios vieron a la chica pasar,
parecía ser Raquel. «Dejen esos juegos», decía Hortensia, mientras se reía de
nuestras ocurrencias. Entre nosotros, a esas horas de la noche, llegó un niño. Uno
que años antes habíamos visto y, para aquel entonces, tenía unos diez años.
Habían pasado siete años de conocerlo y él seguía del mismo tamaño, venía a pedir
comida y compartía los juegos con nosotros. Parecía que siempre era un niño. Entre
comentarios, comenzó a surgir que aquel muchacho, cuando menos lo
esperábamos, aparecía, comía con nosotros y luego se iba, señalando la que,
según él, era su casa. Le decíamos «el duende».

Ese sábado, muchos se aburrieron y subieron a la planta alta, donde dormíamos.


Pero nosotros decidimos escuchar el relato de la Llorona, leyenda muy popular en
Venezuela, Colombia, México y otros países de Latinoamérica. El ambiente se puso
tenso, estaba como cargado de energía negativa. Y quienes estábamos animados
a escuchar todo el relato nos vimos en la necesidad de terminar lo que estábamos
haciendo (arreglando la cocina) y decidimos subir. Pero, cuando apagamos la radio,
se escuchó un grito escalofriante de una mujer; los perros empezaron a ladrar; era
como que el cuento que justo sonaba con el grito de la Llorona se estaba haciendo
presente frente a la casa. Todos corrimos, el miedo nos sacó a empujones, ni
siquiera cerramos la casa abajo y solo nos calmó un ataque de risa, pues al subir
las escaleras y con una bata blanca, con su piel más pálida aún, estaba Doña Flora.
Nos frenamos, reímos hasta más no poder y luego la escuchamos decir: «Yo se los
dije, no jueguen con esas cosas…». Era una combinación de terror y risas. Y entre
anécdotas, nos dormimos, no sin antes rezar juntos por el alma de Raquel.

Llegó el tercer día, y, tal como en una película de terror, las cosas se pusieron aún
más turbias… En la noche… Ese día descansábamos todos, pues era domingo de
carnaval y ya la playa venía siendo un horno, combinado con miles de personas,
oleaje de mar de leva, carrusel de bromas insípidas y juegos de adolescentes. En
la planta baja, improvisamos algunos espacios para jugar a los valientes. Todos
comentábamos sobre el supuesto duende, ya que en la mañana fuimos a preguntar
por él, y nos dijeron que en la casa que él señalaba no vivía nadie hace años y la
habían abandonado.

En un momento de juegos de manos, uno de los chicos llamado Pedro comenzó a


reír de forma extraña. Su voz cambió, sus ojos parecían salirse de él. Otra vez era
tensa la noche. Su risa no paraba, pero era una risa malvada. Tratando de
controlarlo, le cayeron a una chica encima, y ella, que estaba dormida, no despertó.
Hortensia, con una cruz que colgaba de su cuello, pidió que lo sostuvieran. Y decía:
«Yo te obligo a que salgas de él». En un abrir y cerrar de ojos, Pedro volvió en sí,
se sentó y con mucha tranquilidad, se asomó a la ventana y exclamó: «Ya se fue…».
Decidimos ir a dormir arriba, había mucha tensión y no había ningún chiste de mal
gusto para romper el silencio. El miedo se fue apoderando de nosotros, pero allí no
podía terminar.

Lunes de carnaval… «Pueblo pequeño, infierno grande», dice el dicho popular.


Conciertos, alcohol, entre muchas otras cosas que se ven en las playas esos días.
Nosotros decidimos terminar de disfrutar y, siendo sincero, era divertido haber
pasado por todas esas experiencias. Siendo gente de iglesia, lo menos que
creíamos es que todo coincidiera. El grupo era genial, disfrutamos a las ocho de la
noche de una fogata frente a la playa. Los mosquitos no nos daban tregua, pero el
cielo nos hacía olvidar todo. Eran millones de estrellas, sonido del mar, amigos,
fogata, y una oración con guitarras, daban un broche de oro.

Pero bueno, hay que ver que la irreverencia de muchachos es difícil de explicar. Se
nos ocurrió ir a las fiestas del pueblo, y uno de los caminos pasaba frente al
cementerio. ¿Qué más podía pasar? Era divertido entrar al cementerio un momento,
capaz asustarnos y seguir… Hortensia, con ese don tan maravilloso de ser materia,
quiso asomarse a una tumba abierta y comenzó a tambalearse, balbuceando
palabras: «Ven conmigo, ven conmigo…». Por un momento, pensamos que caería.
Eso nos sirvió de risas. Salimos del cementerio y, estando allí parados, contando lo
que sucedió, vimos un hombre alto caminando a lo lejos hacia nosotros. De lejos no
veíamos su cara, pero parecía volverse cada vez más oscuro y alto… «¡Vámonos!»,
dijeron algunos. «¡Yo voy al pueblo!», gritó uno. «Yo me devuelvo», dijeron otros.
Las caras de cada uno cambiaron de risas a miedo, de miedo a rabia… Aquel
hombre, que venía justo detrás de nosotros, desapareció. Todos nos fuimos a casa
en absoluto silencio. Nadie quería hablar.

Decidimos pasar bien nuestra última noche en Boca de Uchire. Eran las doce de la
noche y, mientras contábamos chistes, Hortensia bajó a colocarle una velita a
Raquel. Hortensia estaba convencida de poder hablar con seres del más allá, por lo
que tomó una vela, la encendió y comenzó a decir: «Raquel, sabemos que estás
aquí. Te voy a colocar una vela y un vaso de agua sobre la mesa para que
descanses en paz». Como sacado de una película de terror, se fue la luz en todo el
pueblo. El murmullo de los rezos, para terminar la noche en paz, era lo único que
se escuchaba. Ya estábamos a punto de dormir, cuando se escucharon dos golpes
muy fuertes en la mesa de abajo. No sabíamos de qué se trataba, pero la
responsable fue la loca de Hortensia. Es que esa mujer no se cansaba de hacer
divertido y tenebroso nuestro viaje. Al llegar abajo, la vela se había consumido por
completo, el vaso de agua se encontraba tumbado en el piso, y todo podría haber
quedado allí, pero no. Hortensia pronunció una oración que lo cambiaría todo...

«Querida Raquel, si estás aquí, por favor, entra en el sueño de alguno de nosotros,
cuéntanos qué necesitas, cómo te podemos ayudar…». Aquella noche, ni los
siguientes tres meses serían iguales para Tomás. Un chico poco temeroso a los
fantasmas, con ínfulas de policía. Este chico, sin saber lo que había hecho
Hortensia, soñó ese lunes de carnaval con una chica, blanca, de cabello largo,
negro, que se le acercó y denotaba una tristeza enorme en la mirada.

Llegó el martes y regresamos a Caracas. Como bien saben, el miércoles después


de carnaval es el Miércoles de Ceniza... Allí, en uno de los banquitos, estaba Paula,
la abuelita de Pedro. Se cuenta que Paula era una persona que acostumbraba a
hacer algunos rituales, pero su buen corazón siempre nos acompañó. Era común
pasar por su casita y recibir con agrado un cafecito y echar un poco de broma por
sus llegadas tarde a la misa (siempre llegaba cuando se estaba terminando). Ese
miércoles, cuando la fuimos a saludar, su mirada había cambiado. Paula, en forma
pícara y dejándonos con el saludo en la boca, nos preguntó: «¿Les gustó la
sorpresita que les envié el domingo?». Haciendo referencia al episodio donde Pedro
fue poseído por un espíritu. En ese momento, nos enteramos de que era un anciano
y que ella lo había enviado para que dejáramos de hacer bromas con temas que
desconocíamos y que eran peligrosos, según Paula, para nosotros.

Pasaron algunos días, y nos encontramos con Tomás. Se veía bastante cansado,
sus ojeras parecían dibujadas y con mucho nerviosismo preguntó: «Por casualidad,
¿ustedes saben qué carajo hizo Hortensia la noche que sonaron los golpes en la
mesa?». «No he dejado de soñar con una mujer, me molesta, me hala la cobija, es
un espíritu y me está atormentando». Fue Rodrigo quien, después de cierto tiempo,
sacó de su álbum de fotos una fotografía vieja donde se podía ver a la bella Raquel.

«¡Esa!», exclamó Tomás… «Esa, esa es la chica que se aparece en mis sueños,
esa es. No puedo dejar de soñar con ella…». El escalofrío fue grupal… Quienes
estábamos allí volteamos a ver a Hortensia. «Basta, esto tiene que terminar».
Hortensia anotó a Raquel en la misa durante una semana y solo así dejó de
aparecer al pobre Tomás.

Por mucho tiempo no pudimos volver a Boca de Uchire, pero nuestro próximo viaje
fue sin sustos, sin duendes, sin fantasmas, sin terror… Quizás, para muchos, esto
parezca una locura viniendo de un grupo de acólitos, pero fueron las vacaciones
más divertidas que hemos tenido en años y las mejores anécdotas de terror que se
nos permitió vivir.

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