doc
La coleccionista de sombras
Viviana coleccionaba sombras. No las de los objetos, que son aburridas y
predecibles, sino las de las personas en momentos que prefieren olvidar.
Las guardaba en frascos de vidrio etiquetados con fechas y nombres. La sombra
de un hombre llorando en un baño de aeropuerto. La de una niña mirando por
la ventana el día que entendió que sus padres no se querían. La de un anciano
frente al mar, de espaldas a su vida entera.
Nadie sabía cómo lo hacía. Ella tampoco sabía explicarlo. Ocurría solo en ciertos
momentos, cuando la luz caía en un ángulo particular y algo en el aire se volvía
quieto.
Un martes por la tarde entró a su estudio un hombre que dijo llamarse Rafael.
Miraba los frascos con una expresión que Viviana reconoció: era la de alguien
buscando algo que perdió hace tiempo.
“¿Cuál es la mía?” preguntó.
Viviana recorrió los estantes. Encontró el frasco en la tercera repisa: una sombra
pequeña, de rodillas, con las manos abiertas hacia arriba. La etiqueta decía:
Rafael, 7 años, la tarde que prometió no volver a pedir ayuda.
Se lo entregó sin cobrar nada.
Rafael salió a la calle con el frasco bajo el brazo. Esa noche, por primera vez en
treinta años, llamó a su hermano.