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El documento narra la historia de un joven que, tras una serie de conversaciones con su hermano sobre su vida amorosa, comienza a interesarse por una chica llamada Nicole, a quien conoce a través de una amiga. A medida que intercambian mensajes y descubren intereses comunes, como la lectura y la música, se sienten cada vez más conectados. La historia culmina en la anticipación de su primer encuentro, donde el protagonista se siente emocionado pero también nervioso por la cita.

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El documento narra la historia de un joven que, tras una serie de conversaciones con su hermano sobre su vida amorosa, comienza a interesarse por una chica llamada Nicole, a quien conoce a través de una amiga. A medida que intercambian mensajes y descubren intereses comunes, como la lectura y la música, se sienten cada vez más conectados. La historia culmina en la anticipación de su primer encuentro, donde el protagonista se siente emocionado pero también nervioso por la cita.

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Dedicatoria:

A ti, N, por llegar a mí vida.

<<Gracias>>

—Zagreo.
PREFACIO.

Desde hace tiempo, no experimentaba lo que era querer a alguien. —Y me di cuenta de


que volví a hacerlo, en tan solo un día—.
Honestamente, ya el proceso de hablar con una chica me hastiaba.
Siempre era lo mismo.
¿Ya las mujeres no tienen identidad en 2025?
Siempre los mismos gustos, el mismo tipo de ropa, de léxico, de música. —Creo que, no
era el único que sentía que estaba conociendo varias veces a una misma persona, pero
en distinta fecha y distinto cuerpo. Era algo de lo que mi hermano solía quejarse a
veces—.
—Mierda, viejo, sabemos que no todas son iguales, pero cansa no encontrar a las que
son diferentes. —Dijo mi hermano, con toque resignado, pero humorístico—.
—Cálmate, idiota, ya llegará una que sea distinta. —Respondí, dándole un pequeño
golpe en el hombro— Además, ya tú tienes novia, tarado.
—Sí, pero no lo digo por mí. No cambiaría a mi chica por nada del mundo. Pero, ¿Y a
ti? ¿No se te hace tedioso pasar siempre por lo mismo?
—De que es tedioso, lo es.
—¿Entonces?
—Puedo soportarlo.
—Sí. Pensé que ibas a suicidarte en 2023 con lo de tu ex. Creo que si sigues aquí es
porque puedes seguir soportando conocer locas de mierda.
—Ja.
—¿Tenías pensado dejarme tu laptop cuando te mataras?
—Vete a la mierda.
—¿Qué? Es buena laptop.
—Sí, es mi bebé, no tuya.
—En fin. Me alegro de que superaras es ruptura. No es por nada, pero ya no podía
soportar otra canción de Carla Morrison por las noches.
—Jódete, sus canciones son hermosas.
—Sí, lo que no fue hermoso fue tu última relación. ¿Cómo es qué no le tienes miedo a
las mujeres?
—Le temo a una.
—¿A quién?
—A tu novia.
—¡Hey! ¿¡Por qué!?
—Creyó que era romántico y posesivo amenazarte con una navaja en el cuello cuando
fueron al centro comercial.
—Ah, eso. Detalles, pequeños detalles.
—¿Detalles? ¡Una navaja!
—Sí, normal. La lleva con ella siempre por seguridad.
—¡En tu cuello!
—Fue divertido. Me asustó, pensé que iba a matarme. ¿Te imaginas?
—Le hubiese dado las gracias, no te soporto.
—Yo también te amo, imbécil.
Los dos reímos a carcajadas, disfrutando una más de miles de charlas. Mi hermano me
miró, pensativo.
—¿Qué pasa? —Pregunté, dubitativo.
—No estás ligando con alguien ahora, ¿verdad? —Me cuestionó.
—No.
—Ya llevas tiempo sólo. Disfrutas tu soledad y ya sanaste. Sé que te gusta y te sientes
bien estando sólo, pero, ¿No crees qué ya es tiempo de darte la oportunidad de conocer
a alguien?
—Puede ser.
—¡Hazlo!
—No busco, que llegue. No estoy desesperado, me siento bien así. Sólo. Sí una chica
llega, y me llama la atención, podría intentarlo. De resto, no me mata tanto.
—Es que no lo entiendo.
—¿Qué cosa?
—Vas a la universidad, conoces mucha gente de otros lugares, tienes redes sociales.
—Ajá, ¿y qué con eso?
—Ambos sabemos que estás sólo porque quieres. No eres vicioso, no eres fiestero, ni
mala conducta. No tienes malas juntas ni nada de esas cosas. Te cuidas, tienes buen
cuerpo y eres estudioso. Un enano inteligente.
—¿Ya terminaste de adularme?
—Enano, lo que quiero decir es: No me vengas a decir que ninguna chica te ha buscado,
porque las has rechazado a todas.
—No me llaman la atención, no me gustan o están locas. Nadie va a perturbar mi
tranquilidad.
—Eso lo entiendo. ¿Pero no te gusta ni siquiera una?
—No.
—¿Ni una solita?
—Que no.
—Ok, enano solitario.
—Cállate, gorila domesticado.
Estábamos sentados en el frente de la casa de mi hermano, y vimos cómo se acercaba
una alegre y conocida silueta femenina.
—BUUUUEEENAAASSS NOCHES MUCHACHOS. —Exclamó ella, con su tono
divertido de siempre—.
—¡Hey! ¿Cómo va todo? —Le preguntó mi hermano, contento de que alguien más se
uniera a la conversación—.
—Bien, muy bien. ¿Y ustedes?
—Bien, bien.
—¿Qué hacen?
—Buscando una novia para tu amigo. ¿Tienes por ahí una amiga estable mentalmente?
—Manifesté tanto ser cupido y ahora lo seré.
—Hola, Katherine. —Hablé, después de soltar una risa por su comentario—.
—HOOOOOLAAAAA. ¿Por fin te vas a dignar a darme la dicha de verte de novio con
una afortunada que te encuentre esta cupido?
—Sorpréndeme
—Bueno, hoy hice una nueva amiga en la universidad.
—¡AJAAAAA, ESA ES LA TUYA! —Soltó mi hermano, haciéndome reír—.
—Yo creo, además, es bonita, divertida y también es lectora. —Comentó Kat—.
—¿Lectora? —Indagué, ahora con curiosidad—.
—Lo perdimos Katherine, ya cayó.
—Ha leído más libros que tú y yo juntos. Yo le dije que puede quedarse con los
personajes literarios que quiera, pero Christopher Morgan es mío.
—Interesante, leyó Pecados Placenteros.
—Ilenko Romanov también es mío.
—Háblale de ella, Katherine.
—Ah, sí. Bueno, no la conozco mucho. Es un poco más alta que tú, estudia allá en la
universidad, es lectora y me cayó muy bien.
—¿Es lectora, te cayó bien y estudia en la misma universidad que ustedes? —Preguntó
mi hermano al escuchar a Kat—.
—SIIIII. —Respondió, orgullosa—.
—Ya, ahí fue.
—HAY BODA CHICOSSSSSS.
Ambos estallaron en risas, mientras yo los observaba, feliz de que un tema de
conversación basado en mí nos entretuviera.
—A todas estas, no me has dicho su nombre. —Recalqué a Kat.
—Se llama Nicole.
—Ya sé cómo se llama mi cuñada.
—SERÉ CUPIDOOOOO.
Dejé que siguieran bromeando Kat y mi hermano, y me quede pensando en ese nombre.
Su nombre.
Nicole, ¿eh?
PRESAGIO.

Después de tanto insistirle a Kat, la convencí de hablarle de mí a su amiga.


Habían pasado semanas desde aquella charla, y ya ni recordaba el tema.
Acostado en mi cama, recibí múltiples mensajes de parte de Kat.
—Ya le dije a Nicole.
—¿Ah?
—Le dije que quieres con ella.
—¿¡QUÉ!?
—Me dijo que te pasara su número.
—Kat, espera.
—Tomaaaaaa.
—Kat.
—De nada, amigo,
Adjuntó el contacto, y se fue, no respondió más mis mensajes, cosa que seguro hizo
para fastidiarme un poco. —Bueno, no pierdo nada—. Fue lo que pensé. Guardé el
contacto con el nombre “Nicole” y le escribí.
—¡Hola!
Junior, un placer.
Soy el amigo de Katherine—.
Esperé una respuesta, que, sorpresivamente, llegó casi al instante.
—Mucho gusto, soy Nicole—.
Ahí fue cuando empezó la primera conversación.
Todo fue, cuanto menos, bastante normal.
Preguntas casuales, pero importantes a la vez.
—¿Qué tipo de música te gusta, Nicole?—. —Pregunté.

—Me gusta The Neightbourhood, ¿has escuchado de ellos?


Chase Atlantic también me gusta—. —Fue su respuesta.

¿The Neightbourhood y Chase Atlantic?, Maldición, tiene buen gusto.


—Sí, de The Neightbourhood me gusta mucho “Softcore”, y de Chase Atlantic me
gusta “Into it”, y “Swim”—.

—Me encantan esas que nombraste—.

—¿Ubicas a The Weeknd? —Era mi artista favorito, debía preguntarlo.

—Sí, lo conocí por su canción “After Hours”—.

Luego de saber más uno del otro gracias a tocar varios temas de conversación, me
dispuse a hacerle una de las preguntas que más curiosidad me causaba.

—Eres lectora,
¿no?—.

—¡Sí! Amo leer. Ahora estoy leyendo “The Ritual”, de Shantel Tessier. Te lo
recomiendo, es muy bueno—.

Y no era de esas “lectoras por moda”


Llevaba años leyendo, cada libro por el que le pregunté, ya estaba en su lista de
lecturas terminadas.
Desde los libros de cultura juvenil, los más leídos de ese momento, bestseller’s, hasta
autores no tan conocidos.
Fuera de romance, fantasía, realista, autoconclusivo o saga.
Ya lo había leído, lo tenía en su lista de lecturas pendientes o no le llamaba la atención,
pero conocía todos y cada uno de los libros de los cuales le hablé.
Kat tenía razón.
Esa chica era una amante a los libros.
¡Bingo!
Estuvimos hablando seguido desde esa noche.
Era divertido, me gustaba mucho hablar con ella.
Podíamos empezar hablando de cómo nos había ido en la universidad, y terminábamos
hablando sobre las polémicas en el mundo del K-Pop, o porqué casi todos los
Tailandeses tienen cuerpos de Dioses Griegos.
Para mí, no era raro, era interesante.
Ella no era de esas chicas que se limitaban a charlas cortas, triviales y
vacías. Tocaba muchos temas interesantes para hablar, cosa que me gustaba.
Además, el que yo fuese recíproco hablando también de muchos temas, dándole mis
opiniones y puntos de vista, daba rienda suelta para tener debates y conversaciones
emocionantes.
Ella era directa.
Transparente, pero educada.
No le importaba nada ni nadie a la hora de decir las cosas, y lo que más me gustaba de
ése aspecto suyo, es que siempre respondía con argumentos válidos, nunca decía las
cosas por decirlas.
Ella no peleaba, ella discutía.
No recurría al escándalo u a los gritos, siempre calmada y con compostura.
No te insultaba, te humillaba con palabras técnicas y elegancia.
Éramos casi completamente iguales en lo que a todo eso respectaba, pero a diferencia
suya, yo hacía uso del sarcasmo de un modo arrogante.
Ya sabía varias cosas de ella.
Sus gustos literarios y musicales, sus pasiones, sus metas y sueños.
Y aunque teníamos pocos días hablando, lo poco que conocía sobre ella ya me hacía
querer saber más, y, al menos según yo pensaba, ella estaba deseosa de saber más de
mí.
Ella ya me había dicho dónde vivía, y no era muy lejos de mi casa.
Aunque tenía curiosidad por verla en persona, no le preguntaría si eso podría ser en su
casa, ya que teníamos pocos días hablando, y eso para mí ya es un paso importante.
Por ese momento, me limité a preguntarle si le parecía bien que nos viéramos en la
universidad.
Sin rechistar, aceptó, dándome la fecha.
26 de Junio.
Ese día ambos teníamos clases, pero yo en la mañana y ella en la tarde. No era
problema, en realidad.
Yo salía las 12:00. Ella entraba a las 5:30 con matemáticas, pero llegaría a las 3:00,
para practicar con Kat y otra amiga suya antes del examen.
Quedé de ir a la casa de un compañero de aula, para hacer unas tareas pendientes y
pasar el rato. Él vivía a pocas calles de la universidad, lo que me facilitaría las cosas.
Saldríamos de clase, y yo me quedaba en su casa un tiempo mientras Nicole llegara.
Kat me escribió, curiosa de saber cómo iban las cosas.

—¿Ya se verán? —Preguntó.

—Sí.

—¿Tan rápido? Viste, te lo dije. No fallo siendo cupido, JAJAJA—.

—Ajá.

—EL AMOOOORRRR—.

—Ya déjalo, Kat.

—EL AMOOORRR ES UNA MAGIAAAA—.

—Kat.

—¿Qué? JAJAJA—.

La quería más que a nada, sobre todo con su forma de ser tan divertida y
despreocupada. Aunque le gustaba ser burlona, Kat siempre encontraba la manera de
hacerme reír.
Sin dudas, era una amistad que valoraba y no estaba dispuesto a perder fácilmente.
PREPARACIÓN.

Un día antes de vernos, Nicole y yo hicimos una llamada. La primera vez que nos
llamamos fue esa. Ya conocíamos nuestras voces por hablar mediante audios por
WhatsApp, pero ese día tuve la iniciativa de proponer el hacer una llamada, cosa a la
cual ella no se negó.
Honestamente, me resultó increíble el hecho de durar tanto tiempo hablando con una
persona con la que apenas una semana no conocía.
La llamada duró 4 horas y 36 minutos.
Nos desvelamos, claro está, pero hablamos de mil y un cosas.
Nos dimos la libertad de contar cosas más personales, desde cómo era la relación de
cada uno con sus padres, hasta nuestras inseguridades, miedos y preocupaciones.
Las charlas llegaron a ese punto en el que podían ser tan cotidianas como
introspectivas.
Podíamos empezar una charla hablando de cuanto nos gustaban los animales, y de la
nada estábamos teniendo una reflexión sobre la depresión, la ansiedad y el miedo al
futuro.
Claro, también estaba acostumbrándome a escucharla hablar de lo que más le gustaba,
que era la cultura de oriente.
Tailandia, Japón, China, Corea.
Asia en general, ella amaba eso.
Para mí fue un poco difícil adaptarme. Desconocía todo de esa cultura. No tenía idea
de sus figuras públicas, cantantes, escritores u artistas.
Lo bueno era que en ningún momento eso llegó a incomodarla. Ella entendía
perfectamente que, aunque teníamos muchas cosas en común, también éramos distintos
en algunas.
Eso lo veía como algo bueno.
En parte, conocer a una persona se basa en eso.
En saber que le gusta, que le apasiona, que la mueve y la motiva. No se tiene que ser un
calco el uno del otro, sino saber si los gustos y diferencias de ambas personas
permitirían o no una buena convivencia.
En vez de frenarnos por no ser exactamente iguales, nos propusimos a conocernos
todavía más el uno al otro.
26 de Junio.
Ya había llegado el día en que nos veríamos, y, honestamente, estaba remarcablemente
emocionado, aunque sin expectativa.
Empecé mi día desde las 4:00AM, debía alistarme para la larga jornada en la
universidad.
Me miré al espejo un poco frustrado.
No me había cortado el cabello, la barba era algo notoria, mis ojos lucían cansados, y
ni hablar de las ojeras y bolsas negras debajo de los ojos.
Tampoco me veía horrible. Solo cansado.
Resignado, empecé a alistarme para irme a la universidad.
El día fue pesado. Eran las 12:PM y ya yo tenía hambre, sueño y mal humor.
Los profesores estuvieron insoportables, los compañeros fueron ruidosos, el sol afuera
quemaba como el diablo y había un calor de mil demonios.
Estaba francamente irritado, pero aún tenía mucho día por delante, no había visto a
Nicole aún y faltaban pocas horas para ello, así que debía centrarme.
Cuando iba con mi compañero de camino a su casa, decidí tocar el tema y así ver si
podría despejar la mente.
—Hey.
—¿Dime?
—¿Puedo hablarte de algo?
—Hermano, lo que tú quieras.
—Bien.
—Te escucho.
Pensé mis palabras, y hablé.
—Voy a conocer a alguien.
—¿Una chica?
—Sí.
—¡GALÁN!
—Ja.
—¿De dónde es?
—No vive tan lejos de mi casa.
—Muy bien ahí. ¿Y qué, trabaja, estudia?
—Estudia.
—Buena. ¿Qué carrera?
—Administración de aduanas.
—Con que administración de aduanas.
—Sí.
—¿Dónde estudia?
—Donde estudiamos tú y yo.
—HEY, PERO QUE GALÁN.
—Ajá.
—¿Cuánto tiempo llevan hablando?
—Ya varios días.
—¿Y ya se verán?
—Sí.
—GALÁN.
—Como digas.
—JAJAJA, ya, ya. ¿Bueno, y te gusta?
—No lo sé, no la conozco.
—¿Y le gustas?
—Recuérdame la fecha en la que me hice adivino, es que la olvidé.
—Ay ya, como te gusta hacerte el difícil.
—Lo que digas.
—¿Crees que tengan química?
—Por teléfono nos entendemos bastante bien. Pero habrá que ver.
—¿Quieres que sea una amistad?
—No. Amistad no.
—GALÁN.
—Voy a golpearte.
—¿Buscas algo romántico, entonces. Ósea, ¿una relación amorosa?
—Digamos que quiero intentarlo. Pero eso, conocerse, darse tiempo y ver qué pasa.
Nada forzado Sobre todo porque faltan muchas cosas para plantear una relación.
—¿Y crees que ella quiera lo mismo? Lo de conocerse y todo eso.
—No tengo idea.
—Pones difícil que te ayude.
—¿Y qué quieres que te diga? Ni siquiera nos hemos visto en persona aún. Digamos
que cada uno tiene curiosidad por conocer al otro, pero ya.
—No tienen ni un mes hablando, se entienden por teléfono y van a verse. No creo que
ella tenga solo simple curiosidad.
—Yo sí lo creo.
—¿A dónde está tu espíritu positivo?
—Y una mierda.
—La gente de ahora ya no tiene espíritu positivo. Oh bueno, no es eso. Es que eres un
amargado.
—Dime algo nuevo.
—Bueno, ya llegamos. Pasa y ponte cómodo, ya comeremos algo.
—Gracias.
Preparamos algo para comer, hicimos las tareas pendientes y pusimos algo de música.
Respondía ocasionalmente a los mensajes de mi hermano, de Kat, y de Nicole.
Faltaba poco para que Kat y Nicole llegaran, entonces, me despedí de mi compañero,
no sin antes darle las gracias por haberme recibido, escuchado y demás.
Emprendía mi camino de vuelta a la universidad, que, aunque corto, me daba rienda
suelta para divagar entre mis pensamientos.
Ya estaba al tanto de que nos veríamos en la papelería que estaba frente a la
universidad, para que pudieran aprovechar las mesas, el internet y el aire
acondicionado, siendo más cómodo para ellas estudiar y practicar para el examen.
Llegué a donde me esperaban.
Entré, viendo en la mesa de enfrente a una chica que estudiaba con mi a las dos chicas
que estudiaban con Kat.
Una cuyo nombre se me dijo que era Lorianny.
Y otra, que era la razón por la que estaba ahí.
Ahí estaba.
Nicole.
PRIMER ENCUENTRO.

En ese momento, levantó su mirada hacia mí.


Analicé el ambiente en un instante.
No había casi nadie en la papelería, solo el encargado, que estaba detrás del
mostrador, y un grupo de cuatro chicas en la mesa contigua a la pared.
La sonrisa cómplice que Kat me dedicó al verme me espabiló.
Con seguridad, saludé.
—¡Buenas!
—¡Hola! —Exclamó Kat, enérgica. —Lorianny, él es Junior, un amigo de la infancia.
—Mucho gusto, me dicen Lori.
—Un gusto.
Miré al frente, y ahí estaba ella. Impaciente, mirándome con curiosidad.
—Hola. —Introduje.
—¡Hola! —Secundó, con una pizca notable de entusiasmo.
—¿Cómo van?
—Bien, estudiando.
—Espero no ser molestia. —Comuniqué hacia las otras dos. Kat entendió mi indirecta,
y casi al instante, contestó.
—Para nada. A Lori y a mí no nos molesta.
—Me alegra.
—Y a Nicole menos, me preguntó mil veces si a la final vendrías. Estaba toda nerviosa.
—¡KATHERINE!
—¿QUEEEEEE?
—Ella no estaba nerviosa. —Dijo Lorianny.
—Gracias. —Fue la contesta de Nicole.
—De nada. No estabas nerviosa.
—Son cosas de Katherine.
—Solo estabas roja como un tomate. —Dijo Lori, antes de romper en risas,
acompañada de Kat, mientras Nicole las miraba vengativamente.
—Las odio.
—Nosotras también te amamos. —Le respondieron ambas, al unísono.
Yo seguía ahí, de pie, intentando ocultar mi sonrisa ante los juegos de las chicas contra
Nicole.
La mesa tenía cuatro sillas. Kat estaba frente a Lorianny, y ella al lado de Nicole. Por
tanto, la silla libre para mí estaba al lado de Kat.
Y enfrente a Nicole.
Perfecto.
No sé qué pensé en ese momento. Mi mochila quedaba justo en la espalda de una de las
chicas de la otra mesa y no quería incomodarlas, y, lo primero que se me vino a la
mente, fue sentarme en la otra mesa, y en ese lugar Nicole quedaba dándome la
espalda.
Ella volteó a verme, con una expresión confundida.
—Hey, ¿Qué haces ahí? Ven, siéntate aquí conmigo.
—Perdona, pensé que no cabía.
—Nada de eso.
—Aunque pueden irse los dos solos a una mesa. —Susurró Kat intencionalmente,
haciendo reír a Lori.
—Tranquilas, las dejaré estudiar. Intentaré no distraerlas mucho. —Le guiñé el ojo a
Kat, dejé mi mochila en la silla, me levanté y fui al mostrador.
—¿En qué te puedo ayudar, amigo?
—Deme un refresco, por favor.
—¿Algo más?
—Dos paquetes de galletas. Uno de fresas y el otro de chocolate.
—Enseguida.
Esperé un momento, recibí lo que pedí, pagué y le di las gracias al encargado, para
luego devolverme a la mesa. Le di uno de los paquetes de galletas a Nicole y otro a las
chicas, serví el refresco y me senté.
Ahí, estando frente a ella, quedé atónito con su belleza.
Su cabello castaño, largo y con los risos más bellos que había visto.
Su tez blanca rozando la palidez, resaltando la delicadeza de su rostro.
Era un poco más alta que yo, y también un poco más robusta.
Antes de ese momento, me había contado que tiene muy buena genética, cosa que le
permite adelgazar o subir de peso según le plazca.
Para mí, lucía extremadamente linda.
De todas las cosas en las que pude prestar atención, me enfoqué específicamente en lo
que me atrapó desde el primer segundo.
Sus ojos.
Sus hermosos ojos.
Ese color marrón me dejó sin aliento desde el primer instante.
Su mirada era tenaz, pero suave.
El escuchar su voz hacia mi directamente, me sacó del trance.
—Holis.
—Hola.
—¿Puedes creer que les explico una y otra vez los ejercicios para el examen y no
entienden?
—En parte las entiendo, yo odio las matemáticas.
—Pero estudias informática.
—Sí, pero detesto los números.
—Yo detesto al profesor de matemáticas.
—¿Y eso? Aunque en realidad, es bastante normal que los profesores de matemáticas
sean horribles.
—Ese viejo me puso un apodo.
—¿Cuál?
—Enigma.
—Has de ser todo un acertijo, entonces.
—Uy, lo odio. Hoy sacaré la nota máxima en el examen para restregarle en la cara que
no puede conmigo.
—Le gustan los desafíos, señorita Hernández.
—Obvio.
Enfocó su mirada en mí unos segundos, como deseosa de decir algo, pero dudosa.
Le dediqué un gesto de curiosidad, expectante.
Miró directamente a mis ojos unos segundos más, y habló.
—Luces…Cansado —Me dedicó una mirada compasiva, soltando esas palabras con
gentileza y preocupación.
—Las ojeras me dan el toque. —Rió, causa de mi pequeña broma.
—¿El insomnio?
—Sí.
—Creo que deberías bajarle un poco al consumo del café.
—Puedo soportarlo.
—Y no desvelarte tanto hablando conmigo por llamada.
—No me quejo con respecto a seguirme desvelando contigo. ¿Y tú?
—Para nada. Eres buen conversador. Además, me escuchas hablar por horas de mis
novios Tailandeses. Eso es digno de admirar.
—Sin duda.
Reímos y hablamos un poco más, pero intenté no darle largas a la conversación.
Necesitaban estudiar y les quitaba tiempo.
Soltábamos comentarios ocasionales, pequeñas preguntas entre los cuatro de vez en
cuando.
Me daba risa cuando las chicas no entendían un ejercicio, y ella, con paciencia, volvía
a explicarles una y otra vez, solo para ponerse roja del enojo cuando le pedían
explicar de nueva cuenta.
Aunque se veía estresada, no gritaba ni perdía los estribos.
Solo respiraba, manteniendo la compostura, y seguía explicando.
Había intervalos en los que ella despegaba la vista del cuaderno y la posaba en mí.
Mi respiración se detenía cuando, sin previo aviso, ella se acercaba a mí, quedando a
centímetros rostro con rostro.
No nos habíamos tocado en lo absoluto, pero había un magnetismo evidente.
Una atracción, una fuerza que nos acercaba más y más.
Tenía puestas mis ambas manos en la mesa, quietas.
Ella jugaba con sus mechones de cabello, largos, rizados y definidos, mientras me
miraba con picardía.
Aunque quería con todas mis fuerzas tocar su mano, no quería incomodarla.
Sabía, por sus propias palabras, que ella amaba el contacto físico. Le gustaba
demostrar cariño de esa manera. Aunque, eso sí. Con gente que ella eligiera, y, así
como a veces era empalagosa y hablaba mucho, también prefería espacio y silencio.
Yo era igual a ella en ese aspecto.
No le demostraba cariño ni afecto a cualquiera, además, así como era un chico que
podría pasar horas y horas hablando, también amaba el silencio.
Se me crió en un ambiente exclusivamente de mujeres, por lo que tenía, según yo,
valores muy bien inculcados, y uno de esos, era el respeto.
No haría nada teniendo en mente que podría llegar a incomodarla o que se considerase
una falta de respeto.
Y, sacándome de mis pensamientos, un toque me regresó al momento.
Un toque.
Un simple toque suyo bastó para estremecer mis adentros,
Deslizó suavemente su dedo meñique sobre mi mano, de arriba hacia abajo, y de un
lado al otro.
Me tensé al instante.
Levanté mi mirada, y ella me hizo un gesto con sus ojos. Quería que le diera la mano.
Instintivamente, abrí mi mano, la cual ella tomó, entrelazando nuestros dedos.
Me miró, con esos ojos tan hermosos, que para mí era imposible no caer hipnotizado
ante su dominio.
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.
Sentía como mi corazón se detenía un segundo.
—Esta sensación. ¿Qué es? —Pensé para mis adentros. —¿Estoy nervioso?
Mis latidos se aceleraban, mi cuerpo se tensaba y mis ojos casi brillaban.
El tiempo pasaba, y, poco a poco, íbamos escalando.
Ella me había demostrado tenerme ya la confianza suficiente para establecer contacto
físico.
Me tranquilizaba que no tuviese problema con que jugara con algunos mechones de su
pelo o tomara sus manos.
Con una mano resolvía los ejercicios, y, con su otra mano, tomaba la mía,
aferrándose a ella.
El ambiente era cómodo.
Aunque yo esperaba que ella diera un paso para yo dar el siguiente, eso no la
molestaba. Estaba tranquila, confiada.
Las ocasionales intervenciones de Kat y Lori causaban risas, además, me sentía bien
teniendo a Kat a mi lado. Sabía que, si las cosas se pusiesen incomodas, ella saldría a
flote para aligerar todo.
Vi como miraban la hora, por lo que supuse que al profesor no le quedaba mucho por
llegar.
—Vayan, chicas. Yo las esperaré para cuando salgan. —Las tres intercambiaron
miradas, luego, ambas miraron a Nicole. Esta asintió, y me respondieron a la vez.
—Está bien, gracias.
—No es nada.
El salón donde verían el examen, estaba en el segundo piso de la universidad. Al estar
frente a las escaleras, escuchamos una voz mayor a nuestras espaldas.
—Suban, alumnos. Estaré en el salón ya mismo, y el que no entre al momento, no lo
dejo pasar.
Ella tenía razón, era un profesor prepotente.
—Ya vamos, profe. —Le comunicaron Kat y Lori, subiendo las escaleras.
—Apresúrate, Enigma, o te cierro la puerta. —Nicole bufó por lo bajo, denotando
molestia.
Volteó hacia mí.
—Ve, tienes que subir.
—Tardaremos un poco.
—Esperaré.
—¿Seguro?
—Sí. Ahora, sube.
—Está bien. ¿Te veo al salir, verdad?
—Sí.
—Bien.
—Suerte.
—¡Gracias! —Dijo, agradecida.
Cuando me dispuse a darme la vuelta, tiró de mi mano con fuerza, y, al tenerme de
frente, me abrazó.
—Te veo en nada, ¿Sí?
—Sí, ve. Saldrás bien, confío en ti.
Correspondí su abrazo, envolviéndola con gentileza y ternura.
Y, sin advertencia alguna, al soltarla y quedar a escasos centímetros de su rostro.
Me besó.
Besó mis labios, presionando suavemente los suyos contra los míos.
Salió disparada a las escaleras, y, antes de subir, volteó a mirarme, me guiñó un ojo, y
me lanzó un beso volador, dedicándome una sonrisa.
CONTACTO.

Fui a sentarme en una de las bancas más cercanas.


El examen duraría unas dos horas, por lo que tendría tiempo de sobra para distraerme,
pensar y divagar.
Saqué un libro de mi mochila para leer mientras “Los Cuatro Acuerdos, Libro de
Sabiduría Totelca.”
No leí mucho.
El hambre, el calor y el sueño me tenían hastiado.
Me acosté en la banca y saqué mi teléfono para matar el tiempo.
Tenía varios mensajes, pero me decidí por responderle primero a mi hermano.

—¿Cómo vas?—.

—Bien.

—¿Estás con ella y Katherine?—.

—Estaba.
Las estoy esperando, están en el examen de matemáticas.

—¿Y qué tal la chica?—.

—Bien.

—Cuéntame, enano. No me digas que solo te sentaste a verle la cara—.

—Algo así.

—¿Es en serio? Bueno, lo bueno es que tú siempre vas sin expectativa. Katherine y yo
pensamos algo así como que se iban a besar—.
—Bueno, hay un pequeño detalle.

—¿¡MALDITO, LA BESASTE!?—.

—No es un “la”, es un “me”

—Ay, sí. Obvio le correspondiste—.

—Sí.

—Entonces es en “nos” No digas “me besó” sí le correspondiste, tonto. Se besaron—.

—Como digas.

—Ya quiero ver la cara de Katherine cuando le diga que mi muchacho es todo un matón
—.

—Ya déjalo, grandote.

—Nunca me había sentido más orgulloso de ti en toda mi vida—.

—Ajá.

—¿Vendrás a casa?—.

—Sí.
Llegaré un poco tarde.

—Está bien, yo sigo en el trabajo. No llegues tan de noche—.

—Bien.
—Nos vemos en un rato—.

—Cuídate.

—Tú igual, hermano.

Respondí otros mensajes, entregué algunas tareas virtuales y apagué el celular.


Empecé a divagar, estaba prácticamente sólo.
Había unos pocos estudiantes pasando de un lado a otro, y obreros conversando.
Vi que la gatita que vivía en la universidad se acercaba queriendo jugar, así que la
cargué y me distraje con ella un tiempo.
Volví a acostarme en la banca, cerré los ojos, y me perdí en mis pensamientos.
Sus ojos.
Me perdí en sus ojos con una facilidad exorbitante.
Nunca fui de fijarme mucho en el físico de una chica a la hora de buscar o darle
entrada a alguien.
Pero, incluso así, no había algo suyo que no me gustase.
Su pelo, su cara, sus manos.
Su sonrisa.
Y sus ojos.
Todo me resultaba lindo.
Y no solo su físico, sino también su carácter.
Su personalidad.
El cómo mantenía la calma pese a todo, el cómo su tranquilidad era más vistosa que un
escándalo y como su silencio era más sexy que cualquier mujer que buscara llamar la
atención hablando a cada nada.
Ella no buscaba validación, ella era solo ella misma.
Y, había algo que, al igual que sus ojos, me transmitía mil y un sensaciones.
Era su voz.
Sí, me encantaba también su silencio, pues en este era cuando, al menos yo, se sentía
más en conexión con ella.
Pero, pese a eso, me encantaba escucharla hablar.
Su voz era atrapante.
Autoritaria, pero dulce.
Firme, pero suave.
Me calmaba.
Sí, podría escucharla hablar durante horas y horas, y no se me hacía tedioso.
No era ruidosa o escandalosa, ni siquiera al momento de estar molesta.
Después de nadar entre los lugares más profundos de mi mente durante un tiempo, abrí
los ojos, y me percaté de que estaba empezando a oscurecer. Vi la hora, y, no faltaban
más de cinco minutos para que las chicas salieran del examen.
Me sorprendí un poco, al preguntarme por cuánto tiempo estuve acostado pensando en
aquella banca. Sacudí la cabeza, me levanté y me dispuse a sentarme en otra banca,
esta ofrecía la vista directa al segundo piso, más concretamente, al aula donde estaban
Kat, Lori y Nicole.
Mi teléfono vibró, dándole paso a una notificación sobre un mensaje proveniente de
Kat.

—¡HOLAAAAA!—.

—Aquí.

—No respondí el examennnnn—.

—Mierda.

—Bueno, igual voy a recuperarrrrrr. No quiero venir a las clases de verano—.

—Sí, me imagino.

—Siiiii. Por cierto, ya casi salimos—.

—Las espero abajo.

—Okkkkkkk—.
Casi al instante, pude notar la puerta del aula abrirse, y varios estudiantes saliendo,
abarrotados, hablando todos al mismo tiempo.
Obviando el alboroto, me concentré en buscar con la mirada al grupo de tres chicas.
Kat salió seguida de Lori, quién estaba unos pasos por delante de Nicole.
Un chico se le atravesó, interponiéndose en el pasillo. —Me levanté de la banca
instintivamente—. Extendió sus brazos, abrazándola.
Pude notar el gesto de disgusto en su cara, mientras daba un abrazo incómodo, corto y
distante. —Apreté los puños sin darme cuenta, conteniendo la ira, ¿Acaso eran celos?
—.
Ella se alejó y él corrió tras ella, hablando con prisa mientras aceleraban el paso.
—¿Es que no entiende qué ella lo estaba evitando?—.
Podía sentir como me hervía la sangre.
Pero yo no era impulsivo.
Ya sabía cómo abordar la situación.
Con calma y con cabeza fría, esperé ahí de pie. Ya estaban a unos pocos metros de mí.
Él estaba casi tratando al lado de ella, y ella se veía exasperada, dando a entender que
buscaba algo por los movimientos de su cabeza.
Kat y Lori los asaltaron por los costados, y pude notar como Lori intentaba distraer al
chico al notar la incomodidad de su amiga.
Kat, por su parte, también buscaba algo, lo notaba en sus ojos. —Pude escuchar a
Nicole preguntarle:
—Katherine, ¿Dónde está?
Me planté frente a ellos sin que se dieran cuenta.
El tipo seguía hablando. De cerca pude notar su estúpido corte de cabello, su voz
chillona y su complexión delgada. —Antes de hablarle a las chicas, deberías intentar
no parecer una puta mosca, pensé, conteniendo la risa—.
Di un paso, entrando en el campo de visión de todos. —La mirada de alivio de las
chicas me hizo corroborar que llegué en el momento preciso—.
—Cómo te decía, el examen no se me hizo di—
—¿Cómo les fue? —Mi voz y su tono seguro sorprendieron al bastardito, que no se
esperaba la presencia de alguien que cortara su cháchara abruptamente.
—¡Bien! —Comunicó Nicole, dirigiéndose tanto verbal como físicamente hacia mí.
El necio intentó seguirla, pero se lo hice imposible poniéndome justo frente a ella,
captando toda su atención
Él era más alto que yo, sí. Pero eso no le quitaba lo escuálido. La superioridad física
que tenía yo era evidente.
Aunque en estatura iba corto, mi cuerpo estaba entrenado y era imponente.
Mi mirada indiferente, aunque a su vez, cargada de fuego, avasalló al sujeto.
Casi como un instinto de supervivencia, y al verse intimidado por mi imponencia,
retrocedió, aturdido.
—Este. Ahhhh. Nico—
—Bueno, me alegra que ya salieran del examen. Vámonos, ya es tarde. —Dije,
interrumpiendo al sujeto—.
—¡Sí! —Me respondieron al unísono las tres—.
—Ahhh. Nicole, no me dijiste por qué no contestas mis mensajes. —Intentó insistir la
molestia—.
Antes de que si quiera Nicole intentara responder, giré la cabeza, mirando al
fastidioso.
La mirada de furia que le dediqué lo partió en dos, haciendo que retrocediera de nueva
cuenta.
—Olvídalo, no importa. Las veo en después, creo. Bueno, ya me voy. —Concluyó el
estorbo con un hilo de voz, mientras me miraba solo a mí, mientras su cara seguía
aturdida—.
No sabía si lo que sentía eran celos.
No tenía derecho a estar celoso.
Pero no me importaba.
Mientras yo estuviese a su lado, nadie iba a perturbarla.
No sin vérselas primero conmigo.
PUNTO Y SEGUIDO.

Hablamos mientras esperábamos el autobús. Las chicas me dieron las gracias por
librarlas de aquella incómoda situación, explicándome que no es la primera vez que las
importunaban.
Subimos al transporte público, atestado de gente.
Era un poco incómodo, sumando el cansancio, el hambre y el agotamiento por pasar
todo el día fuera, con calor y gente ruidosa.
Los hermosos ojos de Nicole esfumaron cualquier sensación negativa en mí.
Nos miramos por minutos que quise que fuesen horas.
No quería que ese momento acabase.
Tampoco tenía idea de si ella podía sentir también ese magnetismo.
Esa conexión, esa fuerza que nos atraía.
¿Era posible que ella también amara tanto nuestras conversaciones, como nuestros
silencios?
Sin darnos cuenta, Lorianny había llegado a su parada, y su voz despidiéndose nos
sacó del trance.
—Nos vemos, amiga.
—Adiós, en un momento les escribo, dejen llego a la casa.
—Cuídate. —Le dije—.
Alzó la mano a modo de despedida, y caminó fuera.
En un abrir y cerrar de ojos, Kat, Nicole y yo llegamos a nuestra parada.
Caminamos hasta dejar a Nicole en la esquina de su casa.
—CHAOOOOO. —Le dijo Kat, con su característico tono feliz—.
—Chau amiga. —Le respondió Nicole, con una sonrisa—.
Nos miramos un instante, y ella me envolvió en sus brazos, haciendo que nunca
quisiera soltarla.
—Me escribes al llegar, ¿sí? —Me cuestionó, mientras su cara era de compasión pura.
—Sí.
—Hoy haremos llamada, señorito.
—Seguro. Cuente con eso, señorita.
—Está bien. Nos vemos. Hasta pronto.
—Nos vemos.
Kat y yo nos despedimos al llegar a la calle donde estaban nuestras casas.
Apenas encendí el celular, me percaté de los mensajes de Nicole.

—¿Llegaste? Katherine acaba de avisarme que ya está en su casa—.

—Sí.
Me alegro de que hayas llegado ya.

—También me alegro de que llegaras—.

—Gracias.

—Hoy fue un buen día, ¿Sabes?—.

—Sí.

—¿Sí?

—Claro.
¿Y cómo no?
Sí pude verte.

Me acosté y cerré los ojos, pensando en que ya quería verla de nuevo.


Sí llegaste hasta aquí, te lo agradezco.

Me disculpo si hay algunos errores.


Esta computadora es un infierno.

Sin más,
Gracias por leer.

—Zag.

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