Estados Unidos-China-América Latina
Transición geopolítica y Guerra Mundial Híbrida
Gabriel E. Merino
Introducción
Hace doscientos años, encabezado por Gran Bretaña y la burgue-
sía londinense, lo que hoy se denomina “Occidente” definió su he-
gemonía en el sistema mundial, luego de iniciar su ascenso a partir
del siglo XVI. Dicha hegemonía fue establecida a partir de la com-
binación del desarrollo del capitalismo industrial, el imperialismo
colonial, la racionalización estatal y el despliegue de capacidades
militares relativas muy superiores en comparación al resto de las
civilizaciones. El proceso histórico actual va en sentido contrario:
la crisis de la hegemonía anglo-estadounidense, el polo dominante
en estos doscientos años, es también una crisis de la primacía “oc-
cidental” y de su declive secular relativo, el cual contrasta con el
ascenso de China y de otros poderes emergentes en ascenso. Este
proceso significa una transformación estructural y revolucionaria
del sistema mundial y, como contracara, implica la caducidad del
viejo ordenamiento político mundial.
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A partir de la pandemia se abre un nuevo momento geopolíti-
co en la actual transición de poder mundial, expresión de la tran-
sición histórico-espacial del sistema mundial. Las tensiones en
torno a Taiwán, la guerra tecnológica impulsada por los Estados
Unidos contra China que se articula con la guerra comercial, la
escalada en la guerra en Ucrania o la creciente guerra de infor-
mación y propaganda son fragmentos y frentes de este nuevo es-
cenario de Guerra Mundial Híbrida (GMH). Pero, al revés de lo que
sucedió a partir del siglo XIX, el viejo polo dominante actualmente
tiene grandes dificultades para imponer sus intereses. Ello es un
síntoma del quiebre de la hegemonía anglo-estadounidense, cuya
crisis se despliega desde 2008 y ya ha ingresado en una fase de
caos sistémico.
En este marco, el presente trabajo se propone abordar a nivel
global algunos aspectos centrales de las relaciones entre Estados
Unidos, China y América Latina y el Caribe (ALC). Para ello, en pri-
mer lugar, se definen algunos aspectos conceptuales y se trabaja
sobre las implicancias del quiebre de la hegemonía anglo-estadou-
nidense, y el desarrollo de una Guerra Mundial Híbrida. En segun-
do lugar, se observan algunos de los focos y ejes centrales de dicha
guerra y su dinámica en la coyuntura. En tercer lugar, se analiza
la encrucijada que atraviesa América Latina, que se debate entre
“patio trasero” o “polo emergente”, en relación a la rivalidad entre
Estados Unidos y China.
Transición de poder mundial y guerra híbrida
Desde 2014 comienza a instalarse la idea de una nueva Guerra Fría
para definir el actual escenario político y estratégico internacio-
nal. Un ejemplo de ello es el texto de los neoconservadores esta-
dounidenses Schoen y Kaylan (2014), titulado El eje Rusia-China.
La Nueva Guerra Fría y la Crisis del Liderazgo Estadounidense. En
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general, lo que se destaca del escenario mundial que se abre a par-
tir de esa fecha son cuatro aspectos:
- el surgimiento (o resurgimiento) de nuevas potencias, en el
marco de una transformación del mapa del poder mundial,
que implica el retorno de la competencia estratégica entre
polos de poder;
- la crisis del orden mundial globalista unipolar bajo la hege-
monía anglo-estadounidense, cuestionado por las potencias
emergentes (y también fuerzas nacionalistas de los territo-
rios centrales);
- la bisagra que se produce en el mapa del poder mundial a
partir de la crisis de 2008-2009 en detrimento del Norte
Global, expresándose con nitidez la crisis de hegemonía
anglo-estadounidense;
- el surgimiento de un conjunto de asociaciones multilatera-
les que proponen un orden mundial alternativo y un papel
protagonista para las potencias emergentes, en donde se
destaca sin dudas China.
Sin embargo, existen diferencias muy importantes en relación al
mundo de la Guerra Fría, aunque la situación actual tenga algunos
aires de familia. Nos encontramos en un mundo profundamente
interconectado e interdependiente, impulsado por la transnacio-
nalización del capital comandado por las redes financieras del
Norte Global y la formación de un sistema financiero y produc-
tivo verdaderamente transnacional, la constitución de cadenas
globales de valor y el desarrollo de empresas y otros actores que
operan a escala global. Este proceso, que se desarrolla sobre las
olas de internacionalización de la economía mundial de los siglos
anteriores, se inicia en la década de 1970 y representa un cambio
cualitativo de la economía mundial y en la estructura de poder.
El espacio se redujo drásticamente en términos temporales (o se
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eliminó), con importantes implicancias en el plano político y es-
tratégico. El sistema mundial prácticamente no tiene exterioridad,
pero ello no implica la eliminación del control de los flujos de in-
formación, dinero y mercancías que lo atraviesan y median en el
sistema interestatal. Es decir, no hay eliminación del Estado, sino
una evolución del sistema interestatal, organizado en el orden po-
lítico mundial.
Si bien, durante la Guerra Fría, la URSS y los países de su esfera
de influencia no estaban fuera de la economía mundial y del siste-
ma interestatal, su integración era desde el lugar de semiperiferia,
con una baja interdependencia relativa con el mundo capitalista y,
claramente, existían bloques definidos que configuraban un orden
dominantemente bipolar, con “terceras posiciones”. La situación
actual es completamente diferente. En primer lugar, China no es
la URSS. Su integración en la economía mundial es distinta en tér-
minos cuantitativos y cualitativos: no sólo es el gran taller manu-
facturero de la economía mundial, ubicándose en el corazón del
sistema, sino que participa cada vez más en actividades de coman-
do o “cerebrales” al máximo nivel: alta tecnología, administración
estratégica global, comercio mundial, altas finanzas. Esta profun-
da transformación se refleja en los siguientes datos: el 52 % de la
producción industrial está en Asia; China tiene una producción in-
dustrial equivalente a la de los Estados Unidos, Japón y Alemania
sumados; casi la mitad de lo que creció la economía mundial en
2023 lo explican China e India; China es el principal país en so-
licitud de patentes tecnológicas desde 2019 y es un actor central
en la actual revolución tecnológica-productiva en curso (también
llamada Revolución Industrial 4.0)
Por otro lado, la Guerra Fría se produjo en una situación de
auge y madurez de la hegemonía estadounidense o anglo-esta-
dounidense y en el pináculo histórico del domino occidental,
mientras la situación actual es completamente diferente, encon-
trándonos en el momento de descomposición de dicha hegemonía
y de la primacía occidental. Resulta muy diferente el desafío que
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representaba la URSS o el movimiento de países No Alineados al
desafío que representan actualmente China y los poderes emer-
gentes (o reemergentes) como India, Rusia y otros actores del Sur
Global: hay otra realidad en la estructura del poder mundial, aun-
que este presente sea explicable a su vez por las transformaciones
históricas que se dan en la transición de poder anterior (1910/14-
1945/53), cuando esos pueblos hacen sus revoluciones nacionales.
A ello debemos agregar que la dinámica política de la transición
es multipolar, más allá de que tenga ciertos rasgos bipolares. Ac-
tores emergentes como India pueden participar en iniciativas de
Estados Unidos contra China como el Diálogo de Seguridad Mul-
tilateral (conocido como QUAD), pero a su vez es un actor funda-
mental de las principales instituciones multilaterales del mundo
emergente como la OCS o los Brics+ y tuvo un rol clave a partir de
2022 en relación a Rusia, profundizando sus asociaciones con la
potencia euroasiática.
Una categoría que sirve para entender la situación actual de
la transición de poder mundial es el de Guerra Mundial Híbrida
(GMH). Una guerra que involucra a los principales polos de poder
mundial y es motorizada centralmente por las estrategias de con-
tención del viejo polo dominante frente a una situación de declive
relativo y, frente a ello, las respuestas de los poderes emergentes
(Merino, 2024). Tiene como principal contradicción a las fuerzas
dominantes del viejo orden globalista unipolar en crisis, parte
del ciclo de hegemonía estadounidense (o anglo-estadounidense)
iniciado en 1945 que se ha agotado, versus las fuerzas emergentes
que, sin tratarse de un bloque político ni una alianza, tienen en
común la búsqueda de una democratización del poder y la rique-
za mundiales, poniendo en crisis los viejos monopolios del Norte
Global. Es la forma actual de la “guerra hegemónica”, aquel tipo de
conflicto que constituye una bisagra entre dos épocas históricas
(Gilpin, 1988).
Como se desarrolla en Merino (2023), la GMH contiene los ele-
mentos de las guerras de nueva generación, donde se combinan
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características de la guerra convencional entre Estados con ejérci-
tos regulares y la guerra no convencional o irregular. En este senti-
do, se entrelazan las fuerzas convencionales y no convencionales,
los combatientes y los civiles, la destrucción física y la guerra in-
formativa. Implica la generalización de un nuevo método indirec-
to que combina la táctica de las “revoluciones de colores” −golpe
suave− con las guerras no convencionales −golpe duro− (Korybko,
2020), además de guerras convencionales focalizadas y guerras en
múltiples frentes, en donde los costos de la guerra convencional
entre potencias son muy grandes. La GMH es una “guerra irrestric-
ta”, donde al tiempo que se reduce el espacio de batalla en sentido
estricto, se ha convertido al “mundo entero en un campo de bata-
lla en sentido amplio” (Liang y Xiangsui, 1999, p. 241); un conflicto
que se desarrolla en todos los frentes al tiempo que se “coopera”
dentro de una realidad interdependiente. Por ello se habla de gue-
rra comercial, guerra de información, guerra psicológica, ciber-
guerra, guerra de monedas, guerras financieras, guerra judicial
(conocida como lawfare) e incluso, recientemente, de guerra cogni-
tiva. Es decir, es la aplicación sincronizada de esfuerzos políticos,
económicos, informativos, CEMA (Actividad Cibernética y Elec-
tromagnética) y militares, para objetivos estratégicos, buscando
minimizar los costes de una guerra convencional entre potencias,
en donde aparece en el horizonte la cuestión de la Destrucción Mu-
tua Asegurada (MAD en inglés), asociada a la guerra nuclear, un
elemento que ya es propio de la Guerra Fría.
Una característica central es que la guerra híbrida es comple-
tamente difusa: se desdibuja el límite entre lo militar y lo civil,
entre el inicio y el fin, entre lo público y lo privado. Los frentes
aparecen difuminados y las operaciones tienen como objetivo
central la “sociedad enemiga”, para penetrar profundamente en
su territorio y destruir su voluntad política (Nye, 2015). Es clave la
guerra de información, de ahí el destacado papel que asumen los
medios masivos de comunicación, las redes sociales y todo el com-
plejo andamiaje sustentado por las Tecnologías de la Información
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y la Comunicación (TIC) que opera a través del espacio virtual. A
su vez, en sus focos bélicos convencionales y seudoconvenciona-
les (Ucrania o Yemen), juegan un papel clave las tecnologías como
los drones, la guerra electrónica y las cibertácticas ofensivas, com-
prendidas dentro de la guerra de quinta generación.
La narrativa del tipo nueva Guerra Fría impone un análisis for-
malista de la puja entre dos grandes potencias, sin diferenciar que
en dicha puja interestatal se expresan diferentes fuerzas políti-
co-sociales que atraviesan al sistema mundial, con diferentes mo-
dos de organización política y social, historias y culturas, patrones
de acumulación y lógicas de poder, que dan lugar a diferentes po-
líticas exteriores y ordenamientos mundiales. Mientras que, en
relación a América Latina, Estados Unidos tiene como uno de sus
imperativos dominantes de la política exterior la doctrina Monroe
de América para los (norte)americanos (Morgenfeld, 2023), China
se basa en los cinco principios de respeto mutuo a la soberanía es-
tatal e integridad territorial, no agresión, no intervención en los
asuntos internos de otros países, igualdad, beneficio recíproco y
coexistencia pacífica, que está en línea con las perspectivas del Sur
Global. Mientras EE. UU. tiene una idea de control o zona de in-
fluencia excluyente, este no es el caso de China, que está abierta a
la competencia política y económica. China tampoco impone que
un acuerdo o una inversión tenga como condición que un país no
acuerde o detenga una inversión con EE. UU. Ni define que una in-
versión en infraestructura de los EE. UU. en un país sea vista como
una amenaza para su seguridad nacional. Se trata de dos lógicas
muy diferentes, que están estrechamente relacionadas con dos
cosmovisiones de la política exterior y la concepción del poder. De
hecho, el ascenso pacífico de China no está vinculado a un patrón
imperialista de tipo occidental (Katz, 2023).
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Focos territoriales de la GMH
A principios de diciembre de 2023, la ex primera ministra británi-
ca, Liz Truss, dijo en una entrevista a The Telegraph en Washington
DC que las guerras en Ucrania y en Israel, como también la cues-
tión de Taiwán, son parte del mismo conflicto contra los “dictado-
res autoritarios”. “No son guerras múltiples, son la misma guerra”
(Diver, 2023), señaló enfáticamente al respecto, cuando se encon-
traba en los Estados Unidos tratando de convencer a los represen-
tantes republicanos cercanos a Donald Trump de que apoyen un
nuevo aporte financiero para Ucrania. De hecho, el paquete de
“ayuda” por un total de 95 mil millones de dólares, que finalmente
fue aprobado, contenía fondos para los tres focos de “misma gue-
rra” señalada por Truss: Ucrania (61 mil millones), Israel (26 mil
millones, incluyendo unos 9 mil para “ayuda humanitaria” en
Gaza) y Taiwán (8 mil millones).
Resulta interesante observar que Truss, referente del neocon-
servadurismo británico, estaba defendiendo y operando para que
sea aprobada una iniciativa de la administración globalista de Joe
Biden, de orientación liberal y progresista (bajo los términos del
Norte Global). Comparten, con matices, los mismos códigos geopo-
líticos y similares orientaciones geoestratégicas en términos gene-
rales. De hecho, Truss a principios de 2023 también afirmó sobre
Taiwán que la isla estaba “en la primera línea de la batalla mundial
por la libertad” (Gibbons, 2023), y señaló que la comunidad inter-
nacional y una “OTAN Global” deberían acompañar un paquete de
medidas para apoyar a Taipéi y defender los intereses de la pobla-
ción, que son los intereses propios en términos de “intercambio”
y “libre navegación” (palabras que suenan muy parecidas a los ar-
gumentos británicos para librar las guerras del Opio contra China
en el siglo XIX). Meses antes a dichas declaraciones, se producía la
tensa y provocadora visita a Taiwán de la presidenta de la Cáma-
ra de Representantes de los Estados Unidos, la demócrata Nancy
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Pelosi, y la administración Biden avanzaba con una nueva escala-
da contra China, que incluyó un gran salto en la guerra tecnológi-
ca, que se desarrolla más adelante.
Mapa 1: iniciativas geoestratégicas de los
EE. UU. para el control de Eurasia
Fuente: elaboración propia sobre la base de mapa de Brzezinski (1997, p. 41)
centrado en Eurasia, en donde marca en contorno negro las regiones perifericas
vitales para el control del continente por parte de los EE. UU. A partir de
allí se agregaron algunas de las iniciativas geoestratégicas impulsadas por
los Estados Unidos, así como también algunos focos territorios claves.
Truss plantea con total claridad el nudo del conflicto actual: el
Occidente geopolítico en declive enfrentado a los polos de poder
emergentes, siendo el continente euroasiático el tablero geopolí-
tico central (mapa 1). Y si bien los neoconservadores anglo-ameri-
canos tienen diferencias con los halcones liberales globalistas que
dominan en el gobierno de Biden, comparten un conjunto de códi-
gos geopolíticos e imperativos estratégicos fundamentales. Entre
ellos:
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a) poner a Ucrania bajo la órbita del Occidente geopolítico
para debilitar estructuralmente a Rusia y quitar al gigante
Euroasiático de la primera línea de los grandes jugadores
geoestratégicos (Merino, 2022);
b) sostener a Israel como una posición de avanzada fundamen-
tal del Occidente geopolítico en el llamado “Medio Orien-
te”, aunque haya una diferencia entre quienes defienden el
“Gran Israel” y quienes apoyan la avanzada israelí, pero in-
tentan mantener las negociaciones de la solución de los dos
Estados;
c) preservar a Taiwán bajo la influencia estratégica occidental.
También comparten, con matices, el imperativo estratégico de ex-
pandir la OTAN. No solo desde Europa hacia el este, sino también
en lo que denominan el Indo-Pacífico y hacia otras regiones claves,
que se expresa en la idea de una OTAN Global.
Los tres focos mencionados se desarrollan en regiones geopolí-
ticas claves en el tablero euroasiático −Europa, Asia Indo-Pacífico
y el llamado “Medio Oriente”− cuyo control o, al menos, equilibrio
favorable es un imperativo estratégico para las fuerzas dominan-
tes del polo de poder anglo-estadounidense con el fin de sostener
la “supremacía” mundial. En Ucrania se juega la profundidad de la
cabeza de puente en la periferia occidental europea en relación al
corazón continental que tiene como centro al estado ruso. En “Me-
dio Oriente”, la presencia determinante en el centro de Afro-Eura-
sia, territorio de rutas terrestres y marítimas estratégicas, además
de ser la principal región exportadora de hidrocarburos del mun-
do y el centro histórico de la civilización islámica. En Asia Pací-
fico, la posibilidad de sostener el cerco estratégico sobre China y
la periferia oriental de Eurasia desde la Segunda Guerra Mundial,
en una región que ya se ha convertido en el centro dinámico de la
economía mundial.
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Ucrania
El establishment occidental estimaba que para esta altura la
Federación de Rusia estaría con la economía colapsada y el “ré-
gimen” político en crisis. Estos análisis se correspondían con el
de RAND Corporation de 2019, el cual aconsejaba profundizar el
apoyo a las fuerzas ucranianas prooccidentales (guerra proxy) y
aumentar considerablemente las sanciones económicas (guerra
económica) con el objetivo de “sobreextender” y “desequilibrar” a
Rusia, para desplazarla del gran juego geopolítico (Merino, 2022).
Incluso hace un año muchos referentes atlantistas insistían so-
bre un próximo escenario de derrota estratégica para Rusia en
Ucrania. Pero, como en tantos otros escenarios, el error de cálculo
de buena parte de las elites occidentales se debe a la incompren-
sión (o a la no aceptación) del profundo cambio que se ha produci-
do en el mapa del poder mundial.
Contra todos los pronósticos y bajo unas 15 mil sanciones eco-
nómicas activas impuestas por Occidente, Rusia creció 3,6 % en
2023 y se prevé un crecimiento de 2,6 % para 2024. Esto se explica
tanto por factores endógenos, como por el marco de asociaciones
en Eurasia y África, en donde sin dudas sobresale el vínculo con
China e India, sus principales compradores de armamento y gran-
des socios comerciales. Por otro lado, en el terreno militar, en el
último año el Kremlin obtuvo tres victorias importantes en bata-
llas por el control completo del estratégico Oblast de Donetsk (Ba-
jmut, Mariinka y Avdiivka), sigue avanzando de forma lenta, pero
permanente en toda la línea del frente y la guerra de desgaste que
está llevando adelante contra Kiev está logrando agotar las fuer-
zas ucranianas, donde escasean las reservas de material bélico y
combatientes, y tiene cada vez serios problemas en infraestructu-
ra crítica como la energía eléctrica. El desgaste de las fuerzas ucra-
nianas y el vaciamiento de las reservas occidentales contrastan
ahora con la capacidad y eficiencia demostrada por el complejo
militar industrial ruso para abastecer el esfuerzo bélico, luego de
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Gabriel E. Merino
un inicio complicado. Un ejemplo de esto es que Rusia está pro-
duciendo al año 4,5 millones de rondas de artillería a mil dólares
cada una, mientras que todos los países de la OTAN están produ-
ciendo 1,3 millones a cuatro mil dólares cada una: gastan tres veces
más por ronda y producen tres veces menos.
En este escenario, China aparece como el gran actor que puede
actuar de mediador para propiciar una negociación de paz −bajo
un nuevo rol cada vez más importante como país mediador para
la paz−, a pesar de la impugnación que intentan realizar los países
del occidente geopolítico, señalando su involucramiento en el con-
flicto como proveedor industrial estratégico de Rusia. En un viaje a
China en julio de 2024 el propio canciller ucraniano, Dmytro Kule-
ba, buscó un diálogo directo con Beijing, que ya ha presentado un
plan de paz de doce puntos.
Medio Oriente o el centro de Afro-Eurasia
La ofensiva israelí en Gaza, luego de los ataques de Hamás del 7
de octubre que reavivaron dicho conflicto secular, no ha logrado
sus objetivos y comienza a tener grandes costos políticos. La orga-
nización político-militar Hamás no ha sido derrotada y siguen en
su poder gran parte de los rehenes israelíes secuestrados. La bru-
tal ofensiva que siguió al ataque terrorista −que en realidad forma
parte del objetivo más amplio de avanzar hacia un “Gran Israel”,
que termine de absorber todos los territorios Palestinos− está cau-
sando decenas de miles de víctimas civiles, lo que motiva las acu-
saciones de genocidio. Esto volvió a exponer al mundo la cárcel a
cielo abierto que es Gaza y a poner de manifiesto la negativa abso-
luta del gobierno israelí a la solución de los dos estados, así como
al cumplimiento de las resoluciones de la ONU desde 1967.
En dicha región se vienen produciendo cambios geopolíticos
trascendentales, que se articulan con un proceso global y es ne-
cesario tener presente: el restablecimiento de las relaciones di-
plomáticas entre Irán y Arabia Saudita auspiciado por China, el
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Estados Unidos-China-América Latina
ingreso de cuatro países de la región a los Brics+ (Arabia Saudita,
Irán, Emiratos Árabes Unidos y Egipto), el fortalecimiento de la
OPEP+ que reúne a los países exportadores de petróleo más Rusia.
También la influencia cada vez más importante de Moscú en la re-
gión, especialmente luego de su exitosa intervención en Siria. La
presión sobre el gobierno de Israel por parte de varios de los viejos
y los nuevos miembros del Brics+ resulta clara: China promueve la
idea de dar a Palestina un asiento en la ONU para fortalecer su pro-
yecto estatal, y es apoyada por Arabia Saudita, o la presentación de
Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justicia acusando a Israel
de conducta genocida. El propio presidente de Brasil, Lula da Silva,
ha manifestado su rechazo al genocidio que está cometiendo Israel
contra el pueblo palestino en Gaza. También Egipto, que plantea la
posibilidad de romper los acuerdos de Camp David de 1978.
La influencia de China en dicha región es cada vez mayor. En
este sentido, Jon B. Alterman, vicepresidente del influyente think
tank estadounidense CSIS, advirtió:
Subestimamos hasta qué punto nuestros socios de Oriente Medio
acogen con satisfacción la influencia China como un freno a lo que
consideran excesos estadounidenses. […] China pretende alejar a la
región de Estados Unidos y avanzar en el objetivo estratégico chino
de un mundo más no alineado en términos globales (2024, p. 4).
Este párrafo muestra la preocupación estadounidense ante los
cambios estructurales que se están produciendo en la región cen-
tral de Afro-Eurasia, que apuntan a un nuevo equilibrio político y
estratégico menos favorable para sus intereses. También muestra
una lógica de poder. Para los neoconservadores del Proyecto para
el Nuevo Siglo Americano, que dominaron en la administración
de George W. Bush (2001-2009) y ocuparon importantes posiciones
con Trump (2017-2021), esta región se estableció como un territo-
rio prioritario a controlar para mantener la supremacía estadou-
nidense en el siglo XXI, donde Irán y el Eje de la Resistencia son el
gran enemigo a vencer. En dicho imperativo hay una continuidad,
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Gabriel E. Merino
aunque con importantes matices geoestratégicos, de la tradición
geopolítica clásica anglosajona, que piensa dicha región del table-
ro euroasiático como un shatterbelt o cinturón de quiebra, frag-
mentado e inestable y, sobre todo, en disputa. Sin embargo, las
guerras en las que han intervenido Washington y sus aliados, cuyo
fin último era sostener el dominio regional, no parecieran haber
generado el efecto deseado.
En diciembre de 2022, en una visita del mandatario chino Xi
Jinping al rey saudí Salmán bin Abdulaziz Al Saud, se estableció el
Acuerdo de Asociación Estratégica Integral entre China y Arabia
Saudita. Fue todo un indicador, junto al acuerdo con Irán de 2021,
del nuevo momento geopolítico en la transición de poder que se
abrió pospandemia y del ascenso de China en particular. Este mis-
mo tipo de acuerdo de máximo nivel es el que Beijing también ha
establecido con los Emiratos Árabes Unidos, Irán y Egipto; y donde
se puede incluir a Argelia como parte del “gran Medio Oriente”.
En un escalón menor, China a su vez ha establecido asociaciones
estratégicas con Turquía, Jordania, Qatar, Irak, Kuwait, Omán, y
también Marruecos y Yibuti. Por otro lado, catorce países árabes
de un total de veintidós han firmado una asociación estratégica
integral o una asociación estratégica con China, lo que convierte
a la región árabe en uno de los mayores grupos culturales asocia-
dos estratégicamente con Beijing. Además, los veintidós países son
miembros de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, y han emitido una
declaración conjunta sobre la implementación de la Iniciativa
para la Civilización Global.
Para China y para los países de la región, la profundización de
la relación es muy importante en varios aspectos. Obviamente, al
ser China el principal país importador de hidrocarburos (11,3 mi-
llones de barriles diarios en 2023), hay una complementariedad
natural con dicha región exportadora. Además, con Europa y Ja-
pón estancados desde 2008, y con los Estados Unidos logrando el
autoabastecimiento, resulta una necesidad estratégica para los
países exportadores de petróleo fortalecer el vínculo con Beijing.
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Además, China también es una gran oportunidad de inversiones
para los países de la región demandantes de infraestructura, tec-
nología y producción con mayor valor agregado. Por ejemplo, en
2012, China y Saudi Aramco acordaron construir juntas una enor-
me refinería en Yanbu, en el mar Rojo. En cuatro años, la refine-
ría estaba procesando unos 400 mil barriles diarios de petróleo.
Además, empresas chinas han construido otras de las refinerías
más importantes en dicho país. Por otro lado, el acuerdo entre
China e Irán de hace tres años también fue muy importante para
inversiones en el sector de hidrocarburos e infraestructura y sir-
vió para desarticular en parte la guerra económica y la política de
aislamiento contra el país persa impulsada por los Estados Unidos,
Reino Unido e Israel, como parte de la guerra híbrida.
Un aspecto que resulta fundamental para China en relación
con la región es respecto a la seguridad, con motivo de contener
y desalentar al islamismo radical que tiene ramificaciones hacia
Asia central. Esto constituye un elemento de desestabilización de
su región oriental, particularmente la provincia de Xinjiang (o Sin-
kiang), y puede ser instrumentalizado por poderes rivales interesa-
dos en promover tensiones políticas en China y en agitar conflictos
territoriales que debiliten geopolíticamente al gigante emergente
(elemento importante de las guerras híbridas).
Por todo esto fue estratégico el restablecimiento de las relacio-
nes diplomáticas entre Irán y Arabia Saudita, propiciado por Bei-
jing. Además, tanto en la historia como en la actualidad, resulta
evidente que la región es estratégica en términos logísticos para la
articulación de Eurasia o, en un sentido más amplio, de Afro-Eu-
rasia. En ese sentido, por varios de sus países está proyectado el
Corredor Económico China-Asia Central-Asia Occidental de la Ini-
ciativa de la Franja y la Ruta. En la actualidad el 60 % del comercio
chino con Europa y África pasa por los Emiratos Árabes Unidos,
principalmente por la ciudad de Dubái.
Al pretender conectar China con Asia Central, y eventualmen-
te con Europa, Beijing desplaza de hecho el centro de gravedad
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Gabriel E. Merino
mundial del Atlántico a la masa continental euroasiática. Esto, por
un lado, amenaza la primacía mundial de las potencias del Atlánti-
co Norte y, por otro lado, vuelve nuevamente central a los países y
ciudades clave de la región central de Afro-Eurasia, pero ya no solo
como mera periferia exportadora de materias primas o un shatter-
belt en términos geopolíticos, sino como espacio emergente.
La cuestión monetaria es otro aspecto estratégico. Las inicia-
tivas de Beijing de internacionalizar su moneda tienen como uno
de sus focos los países del golfo Pérsico. Esto también está direc-
tamente relacionado con la seguridad nacional, ya que se antici-
pan a posibles sanciones occidentales, como se vieron en el caso
de Rusia y otros países, que obstaculicen la comercialización de
hidrocarburos. Los estados del golfo, en particular Emiratos Ára-
bes Unidos y Arabia Saudita, están reforzando su cooperación fi-
nanciera con China mediante acuerdos de intercambio de divisas,
acuerdos de liquidación comercial transfronteriza y esfuerzos de
colaboración en materia de moneda digital. En este sentido, a prin-
cipios de junio de 2024 se conoció la noticia de que Arabia Saudita
no había renovado el acuerdo establecido hace cincuenta años con
los Estados Unidos, en el que se comprometía a vender su petróleo
en dólares, estableciendo la piedra angular del petrodólar. Unas
semanas después se conoció la primera compra oficial de petróleo
saudí en yuanes por parte de China.
Hay tres cuestiones claves para resaltar:
— Avanza el desarrollo de las condiciones geopolíticas y geoe-
conómicas para la “desdolarización”, probablemente la
próxima gran batalla de la transición.
— Cambia notoriamente el mapa político y estratégico de “Orien-
te Medio”, donde cuatro países se sumaron a los Brics+ y gana
peso la presencia de China, y también de Rusia e India.
— Se consolida la OPEP+ (OPEP más Rusia) que mira hacia el
este y sur de Asia.
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Estados Unidos-China-América Latina
Taiwán y la región Asia Pacífico
En perspectiva, la región de Asia Pacífico será la llave de la políti-
ca mundial, si ya no lo es. Es allí donde vemos ascender al princi-
pal poder emergente, China, bajo cuyo liderazgo se estableció en
2020 el mayor acuerdo de comercio e inversiones del mundo, la
Asociación Económica Integral Regional (conocido como RCEP por
sus siglas en inglés), que está integrada por quince países, los cua-
les suman aproximadamente el 30 % de la población mundial y el
30 % del Producto Mundial Bruto (nominal).
La pequeña isla de Taiwán está en el centro de la gran disputa
entre el principal poder ascendente y la gran potencia declinan-
te, que ve perder la primacía estratégica en dicha región y busca
impedir a toda costa que China establezca la supremacía regional.
La isla ubicada en un estrecho estratégico entre el mar de China
Oriental y el mar de China Meridional, juega un papel central en
el diseño geopolítico de Estados Unidos desde el fin de la Segunda
Guerra Mundial. La clave para Washington es sostener las dos ca-
denas de islas y bases militares que contienen a China y cercan su
acceso directo al océano. Taiwán es una pieza central de la prime-
ra cadena y, por lo tanto, uno de los puntos principales del cerco
estratégico estadounidense contra China. Beijing, por supuesto,
quiere romper esas dos cadenas y consolidarse como gran poten-
cia marítima.
Por esta razón, además de Taiwán, son varias las islas que están
siendo disputadas: principalmente, las Paracelso o Xisha o Hoang
Sa, las Senkaku o Diaoyu y el archipiélago Spratly o Nansha. Esto
sirve para comprender el giro histórico que dio Japón en su políti-
ca exterior al modificar hace algunos años la interpretación de su
Constitución de la Paz para poder combatir en el extranjero y de-
fender a sus aliados, aun en caso de no ser atacado. Recientemente,
Tokio estrechó sus vínculos con Occidente estableciendo acuerdos
de libre comercio con la UE y el Reino Unido. Y también forma
parte de la iniciativa conocida como QUAD (Diálogo de Seguridad
41
Gabriel E. Merino
Cuadrilateral), impulsada por Estados Unidos. El problema para
Tokio es su profunda interdependencia económica con China.
En Taiwán, tras la toma de posesión como presidente en mayo
de 2024, Lai Ching-te reiteró su compromiso con la soberanía de
la isla en su primer discurso como líder, remarcando la perspec-
tiva independentista de su partido −que ha perdido el control
de la legislatura en manos de fuerzas políticas que defienden la
idea de una sola China–. Estados Unidos apoya esta posición de
Lai Ching-te y financia la defensa de la isla, a la vez que mantiene
formalmente el principio de una sola China, forzando al máximo
la ambigüedad estratégica. Beijing, frente a ello, lanzó una nueva
advertencia afirmando que la independencia de la isla equivaldría
a la guerra, que no habría paz en caso de secesión y que la reunifi-
cación es una tendencia histórica imparable.
La segunda razón fundamental por la cual Estados Unidos
debe mantener a Taiwán alejada de Beijing es para evitar que la
reunificación otorgue al gigante asiático el control de una tecno-
logía estratégica para la economía mundial: los semiconductores.
En Taiwán, Corea del Sur y China se producen el 84 % de los se-
miconductores del mundo. La principal empresa en la rama es la
taiwanesa TSMC, responsable del 24 % de la producción global de
microchips en 2020 y del 92 % de los chips más avanzados, que
igualmente tiene dos grandes plantas en China continental.
La tercera razón central de la disputa por Taiwán tiene que ver
con el restablecimiento de la integridad territorial de China. De
hecho, Estados Unidos busca operar sobre todos los conflictos in-
ternos chinos, como en el Tíbet, Hong Kong y Sinkiang, en nombre
de los “derechos humanos”. Taiwán es el último gran paso para el
restablecimiento de la integridad territorial de China, clave en la
legitimidad del PCCH y uno de los objetivos fundamentales desde
la revolución. Ello está estrechamente ligado con el orgullo nacio-
nal: superar el “siglo de humillación” y recuperar su lugar central
en Tianxia (todo bajo el cielo).
42
Estados Unidos-China-América Latina
OTAN Global
En una famosa frase, Lord Ismay afirmó que la Alianza se había
creado para mantener a los rusos afuera, a los americanos dentro
y a los alemanes debajo. Desaparecida la URSS, para los grupos de
poder dominantes en Washington y Londres seguía siendo clave,
en el nuevo escenario de las pos Guerra Fría, terminar de debili-
tar estructuralmente a Rusia para dejarla definitivamente afuera
y, sobre todo, mantener a los alemanes subordinados. Generaba
una creciente inquietud en la angloesfera la reunificación de
Alemania, que aumentaba su peso económico y territorial, el éxito
de su competitiva industria, alimentada con hidrocarburos abun-
dantes y baratos de Rusia, y el avance del proyecto continental, a
partir de Maastricht (1993) y el Euro.
La perspectiva de una OTAN Global es la más adecuada para
definir la mutación que se produjo en la alianza atlantista luego de
la caída de la URSS. Derrotado el gran enemigo de la Guerra Fría,
el elemento que justificaba la alianza, la OTAN comienza a conver-
tirse en una herramienta político militar del Occidente geopolítico
conducido por el polo de poder angloestadounidense para soste-
ner su supremacía. La clave pasa a ser asegurar estratégicamente
el orden mundial unipolar en un capitalismo transnacional, domi-
nado por las redes financieras globales con centro en Wall Street,
Londres y la red de cities.
El lineamiento dominante pasa a ser la expansión hacia el
Este de Europa, Asia Indo-Pacífico y Oceanía y la incorporación
de socios globales de la alianza, además socios importantes ex-
tra-OTAN. Dicha perspectiva aparece con claridad en la cumbre de
2006, con la propuesta de Estados Unidos y el Reino Unido de for-
jar una “asociación global” con los países no europeos y avanzar en
la idea de “socios globales”. También es formalizada por Daalder y
Goldgeier, que señalan: “Sin demasiado ruido y sin apenas aviso la
OTAN se ha vuelto global [...] la alianza ahora busca llevar estabi-
lidad [sic] a otras partes del mundo. En el proceso, está ampliando
43
Gabriel E. Merino
tanto su alcance geográfico como el alcance de sus operaciones”
(2006, p. 105). Los autores agregan: “Sólo una alianza verdadera-
mente global puede abordar los desafíos globales actuales” (2006,
p. 107), y apuntan a que otros “países democráticos” que compar-
ten valores e intereses con Occidente −incluyendo a Australia, Bra-
sil, Corea del Sur, Japón, India, Nueva Zelanda y Sudáfrica− serían
claves para la alianza. Además de la expansión global en regiones
fundamentales, estos países pueden proveer, en términos más
concretos, “fuerzas militares adicionales” y “apoyo logístico” a la
OTAN.
Daalder fue representante permanente de Estados Unidos en
la OTAN entre 2009 y 2013, desde donde buscó avanzar en la pers-
pectiva planteada. De hecho, fueron incorporándose en la catego-
ría de “socio global” los siguientes países: Afganistán, Australia,
Irak, Japón, Colombia, Corea del Sur, Mongolia, Nueva Zelanda y
Pakistán. A ello tenemos que agregar un conjunto de países que
aparecen con la categoría de Aliados importantes extra-OTAN de
los Estados Unidos, el cual puede pensarse como un paso previo:
Israel, Jordania, Brasil, Catar, Argentina, Baréin, Filipinas, Tailan-
dia, Taiwán, Kuwait, Marruecos y Túnez.
Los números hablan por sí solos en términos de la apuesta mi-
litarista de Occidente: el gasto en defensa de los estados miembros
de la OTAN representa un 67 % del gasto total mundial. La “pacifis-
ta” Europa posee un gasto militar de 588 mil millones de dólares en
2023, un 16 % más que en 2022 y un 62% por encima de hace una
década (Malagón, 2024), superando por más de cinco veces a Rusia
y más que duplicando al de China, que posee un PBI mayor que el
conjunto de Europa. El gasto militar de Rusia equivale a solo el 8 %
del gasto de la OTAN.
Solo en este sentido puede ser China, tan lejos del Atlántico
Norte y sin ninguna proyección militar hacia allí, definida por la
OTAN como un desafío sistémico en su cumbre de Madrid 2022.
Además de su avance hacia el este europeo, ahora resistido con
cierta eficacia por Rusia, uno de los objetivos centrales de Estados
44
Estados Unidos-China-América Latina
Unidos y el Reino Unido es avanzar con el brazo del Indo-Pacífico
de la OTAN Global. En este sentido, se propuso abrir una oficina en
Japón durante 2024, aunque la iniciativa es resistida por París, que
no quiere verse arrastrada a una escalada contra China, lo que se-
ría catastrófico para los intereses europeos. Por otro lado, en abril
de 2024 los líderes de Estados Unidos, Japón y Filipinas celebraron
su primera cumbre en Washington, formalizando otra instancia
multilateral para fortalecer la “contención” contra China. Y, aun-
que las partes negaron que este fuera un paso importante hacia la
construcción de una nueva OTAN asiática, como señala Luo Liang
(2024), a juzgar por sus ejercicios militares conjuntos regulares,
mecanismos de consulta, intercambio de inteligencia y respuesta
coordinada, la profundidad de la cooperación trilateral superó la
de Aukus1 y el QUAD.
En 2023 se anunció la instalación de cuatro nuevas bases mili-
tares estadounidenses en Filipinas, donde ya podía operar de ma-
nera limitada en cinco instalaciones militares gracias al Acuerdo
de Cooperación Reforzada en materia de Defensa. También un co-
rredor económico para reestructurar las cadenas de valor regio-
nales y construir un cinturón económico que excluya a China y
el retiro de Filipinas de la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Por su
parte, China desde 2014 ha construido diez emplazamientos insu-
lares artificiales, incluida uno en el Arrecife Mischief, en la zona
en disputa con Filipinas. Para dimensionar la presencia militar de
Estados Unidos en Asia Pacífico, es gráfico mencionar que posee
allí 313 bases militares, 120 de ellas activas en Japón (el mayor nú-
mero en el mundo), el 80 % concentradas en Okinawa, cerca de
Taiwán; y 73 en Corea del Sur.
Luego de la cumbre entre Estados Unidos, Japón y Filipinas, el
ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi, inició una serie de
visitas a Indonesia, Camboya y Papúa Nueva Guinea, donde criticó
1
Alianza estratégica militar entre tres países de la llamada ‘angloesfera’: Australia,
Reino Unido y Estados Unidos.
45
Gabriel E. Merino
la creación de “pequeños círculos” y expresó su oposición a cual-
quier intento de instigar la confrontación. Por otro lado, en mayo
de 2024 hubo un acontecimiento muy importante: luego de una
pausa de cuatro años, se realizó una cumbre en Seúl entre China,
Japón y Corea del Sur. Acordaron ampliar la cooperación en mate-
ria de protección del medio ambiente, cambio climático, salud, en-
vejecimiento de la población, innovación científica y tecnológica,
deportes, juventud, turismo y el fortalecimiento de los intercam-
bios entre personas (Xinhua, 26 de mayo 2024).
Corea del Sur y Japón se encuentran entre los mayores inver-
sores en China, siendo su inmenso mercado de consumo y su en-
tramado industrial estratégicos para las principales empresas de
ambos países. Es decir, la interdependencia tiene tal profundidad
que un intento de desacople y guerra fría sería catastrófico para
sus economías, aunque al mismo tiempo vean a China como un
gran desafío y pese sobre dichos países su condición de territorios
ocupados, sin autonomía estratégica. Este escenario vuelve casi
impracticable la política de guerra fría de creación de bloques, pero
propicia las estrategias de subsunción propias de un escenario de
profunda interdependencia, cooperación y, a su vez, competencia
estratégica global exacerbada, que en cada territorio particular se
articula con la lucha política (GMH).
Guerra económica, guerra comercial y guerra tecnológica
Desde 2018, la administración Trump abrió un frente central de la
GMH y todo un síntoma de su declive relativo en materia producti-
va: el centro organizador de la globalización financiera neoliberal
e impulsor del libre comercio lanzó la guerra comercial, con foco
en China, pero que golpea también a sus principales “aliados” y
constituye toda una expresión de su declive industrial que afecta
su “seguridad nacional”. La guerra comercial se impuso como una
política de Estado: los aumentos de aranceles decididos por Trump
46
Estados Unidos-China-América Latina
no solo no disminuyeron durante la administración Biden, sino
que han aumentado. La guerra comercial va de la mano de una
guerra tecnológica, que tiene como objetivo central frenar el desa-
rrollo del gigante asiático, para impedir su devenir desde inmen-
sa semiperiferia industrial con bajos costos laborales relativos,
subordinada a las transnacionales del Norte Global, hacia gran
centro emergente, su curso actual. El ataque directo a Huawei, la
empresa China de tecnología que lidera la industria de comuni-
caciones con el desarrollo del 5G y es la empresa con mayor so-
licitud de patentes tecnológicas a nivel mundial, muestra uno de
los elementos clave de dicha iniciativa. El liderazgo monopolístico
de Occidente en las telecomunicaciones y las TIC le otorgó el con-
trol mundial de la información y la inteligencia, lo cual hoy está
en crisis. Huawei está en el centro de dicha discusión. Ello está en
estrecha relación con otro frente de la GMH, el de la ciberguerra.
Como observan Kissinger, Schmidt y Huttenlocher (2021, p. 131) los
principales países están inmersos en un conflicto cibernético en la
actualidad, aunque uno sin una naturaleza o alcance fácilmente
definible.
Como parte de la guerra tecnológica, en los últimos años se
observa la apuesta estadounidense por el llamado decoupling, que
refiere a desacoplar las fuerzas productivas occidentales de la in-
dustria tecnológica china en sus eslabones estratégicos. Una clara
expresión de esta estrategia tuvo lugar con una serie de políticas
adoptadas desde Estados Unidos bajo la administración globalista
de Biden, como la Ley Chips y Ciencia, sancionada en octubre de
2022. Esta medida va de la mano de un programa para estimular
la industria nacional de semiconductores de 52 mil millones de
dólares aproximadamente, como parte de la ley que supone una
financiación total de 280 mil millones de dólares totales. Además,
Estados Unidos propuso a Japón, Corea del Sur y Taiwán crear la
alianza Chip4 para construir una cadena de suministro de semi-
conductores que excluya a China. Por otro lado, Washington obli-
gó a la empresa de los Países Bajos, ASML, la responsable de la
47
Gabriel E. Merino
producción de las máquinas más sofisticadas para la fabricación
de chips, que deje de vender dichas máquinas a China. También
incluyó en la alianza anti-China a la empresa japonesa Tokyo Elec-
tron. Por su parte, Beijing ha decidido destinar un fondo de 150 mil
millones de dólares para el desarrollo de la industria local de semi-
conductores, que se suman a los fondos que lleva años invirtiendo
en el sector.
Otra de las medidas centrales se da a través del Comité de Inver-
sión Extranjera (CFIUS, por sus siglas en inglés) que bloquea políti-
camente las inversiones chinas en Estados Unidos y la adquisición
de empresas estratégicas, eliminando la lógica de “mercado” en
nombre de la seguridad nacional. Por otro lado, se implementaron
controles para la exportación a empresas chinas a través de la “lis-
ta de entidades” mantenida por la Oficina de Industria y Seguridad
para impedir que se vendan a empresas chinas insumos tecnológi-
cos fundamentales, que no son fácilmente reemplazables (Merino,
Bilmes y Barrenengoa, 2023). En resumen, retornan con mucha
fuerza dos aspectos importantes de toda fase de agudización de la
competencia estratégica (que a decir verdad nunca desaparecie-
ron del todo): el proteccionismo y la política industrial, articulados
con la guerra comercial y tecnológica, que tiene una impronta glo-
balista o americanista-nacionalista según el intérprete de turno.
La Unión Europea (UE) decidió avanzar en los mismos pasos de
los Estados Unidos. Ante su declive relativo en términos produc-
tivos y su retraso en algunas ramas tecnológicas claves, anunció
una investigación sobre los subsidios a la industria de vehículos
eléctricos china. El arancel estadounidense sobre los autos chinos
es del 27,5 %, frente al actual arancel del 10 % de la UE, que podría
aumentar considerablemente. La cuestión no son solo los autos
eléctricos. En 2023 China se convirtió en el principal exportador de
automóviles del mundo y la UE ve amenazada su posición, que ya
viene declinando: solo VW está entre las primeras diez del mundo
en ventas y depende, justamente, del mercado chino, donde vende
la mitad de su producción. También Europa necesita a China para
48
Estados Unidos-China-América Latina
avanzar en la producción de vehículos eléctricos, por su dominio
en la producción de baterías y minerales claves (especialmente tie-
rras raras).
Ante este escenario, China se vio obligada a acelerar su propio
desarrollo tecnológico y a potenciar el comercio y la cooperación
económica con el Sur Global, obteniendo resultados exitosos. La
marca china de autos eléctricos BYD ya superó a Tesla en ventas y
se perfila, en términos de metáfora comparativa, como la Ford de
principios del siglo XX. Otro punto a destacar es que, a pesar de la
guerra de los chips y los bloqueos al acceso de tecnología avanzada
para la producción de semiconductores por parte de Washington
y aliados, las compañías chinas Huawei junto a SMIC pareciera
haber sorteado ese gran obstáculo: recientemente se encontraron
en un teléfono de última generación −el Mate 60 Pro de Huawei−
semiconductores de 7nm fabricados por SMIC que supuestamente
China no tenía la capacidad de hacer.
En el aspecto comercial, Beijing viene estableciendo una red de
acuerdos bilaterales, que ya incluye a veintiocho países, los cuales
compran cerca del 40 % de sus exportaciones. James Kynge y Keith
Fray señalan en un artículo en el Financial Times (4 de marzo 2024)
que “si el mandato de la OMC de mantener el mundo abierto al
comercio libre se desmorona, China dispondrá al menos de un sis-
tema de respaldo parcial”. Otro dato que pone de relieve dicho artí-
culo es que el comercio de China con los países de la IFR superó al
de EE. UU., la UE y Japón juntos (el Norte Global). Fue clave, en este
sentido, el exitoso avance de la Asociación Económica Integral Re-
gional (RCEP) en Asia Pacífico, como la apuesta de Beijing en los úl-
timos años por impulsar asociaciones con el Sur Global. No resulta
casual que en 2022 la inversión directa china en América Latina
haya superado la destinada a Estados Unidos.
Esto muestra, una vez más, que las acciones del Occidente
geopolítico pueden tener como resultado una aceleración de las
tendencias en su contra: una China más entrelazada económi-
ca y políticamente con el Sur Global y los poderes emergentes,
49
Gabriel E. Merino
acelerando su lugar como centro tecnológico ascendente, con un
rol fundamental en la actual revolución tecnológica-productiva en
curso, sobre la base de la mayor plataforma industrial del mundo.
En este contexto, es importante destacar que la conducción políti-
ca china puso como objetivo de máxima prioridad el desarrollo de
nuevas fuerzas productivas de calidad para aumentar la innova-
ción, fomentar las industrias emergentes, adoptar planes para el
desarrollo de industrias orientadas al futuro y mejorar el sistema
industrial modernizado. Luego del exitoso “Made in China 2025”,
lanzado en 2015 para potenciar diez ramas industriales fundamen-
tales, ahora se propone dar un salto de calidad en dicho camino
para avanzar en la completa digitalización de la industria y buscar
ubicarse en la vanguardia de la actual revolución tecnoproductiva.
La guerra económica a través de sanciones es otro frente cla-
ve de la GMH. Si bien constituye una práctica habitual de Estados
Unidos −con el caso paradigmático del bloqueo a Cuba desde 1960-
1962− es a partir de las sanciones a Rusia en 2014, que este frente
emerge como un terreno de disputa global en la incipiente GMH.
Con la escalada en el conflicto en Ucrania en febrero de 2022, se
produce una escalada total en la guerra económica, llegando a
establecer unas 15 mil sanciones contra Rusia y a expulsar a casi
todas las empresas rusas de la Sociedad para las Telecomunicacio-
nes Financieras Interbancarias Mundiales (Swift), incluyendo el
congelamiento de las reservas de divisas del país. Esto va mucho
más allá de las típicas medidas de guerra económica, contradi-
ciendo los principios liberales de que las deudas deben pagarse y
la propiedad privada es sacrosanta, lo que obliga a Beijing a tomar
nota y prepararse para lo que viene (Yang Ping, 2023).
Sin embargo, los resultados de la guerra económica no son
exactamente los buscados. Según analizan en un artículo Jeff Stein
y Federica Cocco (25 de julio de 2024) para el Washington Post , “las
sanciones a Venezuela, por ejemplo, contribuyeron a una con-
tracción económica aproximadamente tres veces mayor que la
causada por la Gran Depresión en Estados Unidos”. Pero, a pesar
50
Estados Unidos-China-América Latina
del colapso económico, el “régimen chavista” no fue desplazado
del poder e incluso está recuperando la economía. Estados Unidos
aplica algún tipo de sanción financiera a personas, propiedades u
organizaciones de un tercio de los países del mundo y más del 60 %
de todos los países de bajos ingresos están sujetos a algún tipo de
sanción. Se ha convertido en un arma casi automática en una es-
pecie de guerra económica perpetua, como parte de un estado de
guerra permanente.
La extensión de la guerra económica como mecanismo para
enfrentar la crisis y quiebre de hegemonía puede ser también un
problema, especialmente en un mundo bajo una profunda trans-
formación material, donde el producto bruto de los Brics supera al
de las economías del G7 (a paridad de poder adquisitivo). Junto con
el rechazo político cada vez más fuerte que genera en el Sur Global,
la guerra económica ha disparado las tendencias hacia la creación
de condiciones geopolíticas para un incipiente proceso de desdola-
rización. En la cumbre de Sudáfrica de los Brics de 2023 se plantea-
ron algunos pasos más para seguir avanzando en la construcción
de una arquitectura monetaria-financiera mundial alternativa.
América Latina
La relación entre China y América Latina tiene como uno de sus
fundamentos principales la transformación material y el cambio
en la estructura histórica mundial. Esto se pone de manifiesto al
observar que el volumen de comercio entre China y la región au-
mentó de 7 mil millones de dólares en 2002 a 480 mil millones de
dólares en 2023; un proceso extraordinario, que también se ve en
materia de inversiones en infraestructura, instalaciones de empre-
sas y préstamos por parte de China. La contracara es la caída en
la relación comercial con Estados Unidos y Europa, las regiones
metropolitanas históricas. Por ejemplo, Chile, Perú y Brasil tenían
51
Gabriel E. Merino
como principal destino exportador a la Unión Europea en 2001,
mientras que ahora es China.
Una expresión simbólica de este cambio de época es la insta-
lación de una fábrica de autos eléctricos en Brasil por parte de la
empresa china BYD. Esta empresa, que ya opera allí desde 2013,
ha comenzado las obras en el complejo de Camaçari, en Salvador
de Bahía, que otrora perteneció a la Ford, ya sin fábricas en Brasil.
Por otro lado, compañías chinas de energía anunciaron en 2023 in-
versiones por 13 mil millones de dólares, mientras que entre 2007
y 2021 invirtieron 32 mil millones de dólares. En relación a esto
se desarrolla, obviamente, una guerra de propaganda. En este sen-
tido, el medio argentino Clarín, alineado con Washington, titula
sobre la presencia y la estratégica inversión de BYD en Brasil de la
siguiente manera: “Invasión china: la principal rival de Tesla llegó
con barco propio a Brasil y descargó más de 5 mil autos en su pri-
mer viaje” (Clarín, 29 de mayo de 2024)
También en el plano institucional avanzó enormemente la rela-
ción entre China y ALC. Una expresión de ello, como parte del nue-
vo multilateralismo emergente, es el Foro China-Celac, que ya tiene
diez años. El hecho de que China apueste por la Celac reafirma a su
vez la validez de este organismo como interlocutor internacional,
lo que posibilitó sostener este espacio de multilateralismo regional
a pesar de las presiones en su contra. Por otro lado, veintidós paí-
ses de ALC forman parte de la IFR y gran cantidad de países han
suscrito alianzas estratégicas y alianzas estratégicas integrales.
Como no podía ser de otra forma, todo esto representa una
amenaza a la “seguridad nacional” para Estados Unidos, que
doctrinariamente establece como una amenaza para su hegemo-
nía continental −pilar de su proyección mundial− la presencia
de otras potencias adversarias y el desarrollo de procesos políti-
cos que busquen mayor autonomía regional. Dos cuestiones que
suelen ir de la mano, ya que los procesos autonomistas se apoyan
en un marco de asociaciones más amplias, que permiten un ma-
yor grado de maniobra en la escala global (la principal). Ya desde
52
Estados Unidos-China-América Latina
2009 y particularmente en 2011, estas dos cuestiones aparecen en
los informes de amenazas de seguridad nacional del Senado de
los Estados Unidos, e incluso distintos jefes del Comando Sur del
Pentágono y autoridades estadounidenses han señalado pública-
mente que las inversiones en infraestructura “crítica” por parte de
China como una amenaza para la “seguridad nacional” y una “in-
fluencia maligna”.2
Frente a este escenario, desde distintos grupos de poder, agen-
cias y fuerzas se ha desplegado cuatro estrategias principales:
1. Profundizar la superlativa presencia militar estadouniden-
se en el continente (Tokatlian, 2024).
2. Bloquear y presionar contra iniciativas, inversiones y aso-
ciaciones con China, al tiempo que desplegar campañas de
propaganda, guerras de información, así como financia-
miento y soporte a grupos políticos “locales”.
3. Impulsar y/o apoyar políticas de cambio de régimen, golpes
duros o blandos, guerra económica de baja y alta intensi-
dad, lawfare y distintas formas de guerra híbrida (Romano
y Tirado, 2018; Fiori, 2018; Salgado, 2020).
4. Impulsar iniciativas que busquen generar ciertos incen-
tivos para justificar el alineamiento a Washington, como
por ejemplo “Alianza para la Prosperidad Económica en las
Américas”.
El periodista Román Lejtman, de Infobae (medio de orientación
neoconservadora), describe en un artículo sobre la reunión en
Washington del presidente argentino Alberto Fernández con
Biden, el tipo de “negociaciones” que se establecen en torno a la
2
Infobae, 9 de mayo de 2024; CNN, 14 de septiembre de 2022; La Nación, 8 de agosto
2024. El influyente senador republicano Marco Rubio afirmó que Estados Unidos “no
puede darse el lujo de permitir que el Partido Comunista chino extienda su influencia
y absorba a Latinoamérica y el Caribe en su propio bloque político-económico perso-
nal” (La Nación, 8 de agosto de 2024),
53
Gabriel E. Merino
“amenaza” China (Lejtman, 2 de abril 2023). Según sus fuentes,
el gobierno argentino habría acordado el congelamiento de los
“proyectos geopolíticos” de China en Argentina (inversiones en
infraestructura), a cambio del apoyo de Estados Unidos en las
negociaciones con el FMI. En Washington no se oponían a que
Argentina utilice el swap con China de 18.500 millones de dólares
en pleno estrés financiero y tampoco objetaban el volumen comer-
cial −algo lógico, ya que en todo caso buscan mediarlo con sus pro-
pias compañías. Pero se oponían a que China acceda al “control
de la Hidrovía” (la vía de navegación comercial más importante
del Cono Sur), venda aviones JF-17 a la Fuerza Aérea argentina,
que otorgarían un poder de disuasión real y autonomía con res-
pecto a la OTAN, o construya centrales nucleares en la provincia
de Buenos Aires–. Además, se planteó “consolidar una relación
estratégica”, con tres áreas claves: alimentos y proteínas; energía
y seguridad energética global; y minerales críticos (donde resulta
clave el litio). Es decir, no ofrecieron en contrapartida ni central
nuclear alternativa, ni aviones de última generación, ni desarrollo
de 5G, ni grandes obras de infraestructura, etcétera. Solo los pun-
tos importantes para Washington.
No fue posible saber si todo lo que aparece en dicho artículo
periodístico es cierto o es una operación de prensa. Pero luego los
hechos sucedieron en línea con lo que allí se sostenía. También es
para destacar que el nuevo gobierno de Argentina, encabezado por
Javier Milei, no solo rechazó la invitación a formar parte de los
Brics+, sino que se ha alineado totalmente con los Estados Unidos
en cada uno de los frentes y focos de la GMH mencionados, bajo
una política paracolonial. Más allá de que el ejemplo sea específico
de Argentina, sirve para analizar aspectos centrales de la relación
entre los países de la región en relación a la tensión estructural
entre Estados Unidos y China y el desarrollo de una GMH.
La situación general de transición de poder interpela directa-
mente a América Latina. En primer lugar, porque es parte funda-
mental del Sur Global y como tal se encuentra atravesada por un
54
Estados Unidos-China-América Latina
conjunto de tendencias históricas y espaciales del mundo emergen-
te. En segundo lugar, porque como se observó en las dos grandes
transiciones de poder anteriores −como en las guerras napoleóni-
cas o el período de guerras mundiales en el siglo XX− se producen
en la región y en las periferias y semiperiferias mundiales, proce-
sos disruptivos que agudizan las luchas nacionales y las disputas
geopolíticas en torno al ascenso y el declive en el sistema mundial,
el “desarrollo” y el “subdesarrollo”, la “liberación” o la “dependen-
cia”. En tercer lugar, porque América Latina es históricamente una
periferia colonial y neocolonial constitutiva del ascenso y la poste-
rior hegemonía atlantista. Pero esa situación de “patio trasero” se
ve amenazada por tendencias políticas regionales autonomistas y
la creciente presencia de poderes emergentes, en donde se destaca
China, que generan otras condiciones histórico-espaciales.
En este escenario, ¿América Latina está “en disputa”? ¿Los ac-
tores centrales de dicha disputa serían Estados Unidos y China?
Sin dejar de observar que dicha formulación tiene elementos en
los que apoyarse, aquí se entiende que resulta un tanto impreci-
sa y se ajusta a la narrativa de nueva Guerra Fría del Occidente
geopolítico. Esta narrativa intenta representar un mundo bipolar,
organizado políticamente bajo la antinomia “democracias vs. dic-
taduras” o también “democracias vs. autocracias”, y busca obligar
a alineamientos, a optar entre dos supuestos bloques y a legitimar
presiones políticas y estratégicas, distintos tipos de intervenciones
y acciones de guerra híbrida. Obviamente, es un elemento clave de
los aspectos informativos y cognitivos del conflicto.
Dicha visión deja a la región en una situación pasiva, sin po-
sibilidad de desarrollar una estrategia, como si debiera debatirse
entre dos alineamientos, sin la posibilidad de insertarse como polo
emergente, con autonomía relativa. Ello desconoce, además, la
propia realidad de los países latinoamericanos, atravesados por la
lucha de proyectos político-estratégicos que, de acuerdo a la coyun-
tura política y las condiciones existentes, buscan distintos equi-
librios, participan de diversas iniciativas e intentan aprovechar
55
Gabriel E. Merino
las opciones que se presentan (a pesar de las tensiones internas
y muchas veces la falta de estrategias claras). En todo caso, la dis-
puta en América Latina es entre proyectos político-estratégicos
impulsados por fuerzas político-sociales que plantean diferentes
formas de articulación e “inserción” política y económica regional
y mundial.
ALC se encuentra en una especie de trilema, que aparece entre-
cruzado y coexistiendo: 1) avanzar en una mayor periferialización
regional, atada y subordinada al polo de poder en declive; 2) ir ha-
cia una especie de neodependencia económica con China y otros
emergentes, establecida de hecho por las obvias asimetrías econó-
micas y el sostenimiento del proyecto neoliberal primario expor-
tador extractivista, combinada con una subordinación estratégica
al establishment occidental (con sus distintas fracciones en pug-
na). Esto puede otorgar viabilidad económica a los proyectos de
factorías primario-exportadoras de los viejos grupos dominantes
al posibilitar el crecimiento exportador, pero manteniéndose su-
bordinados al Occidente geopolítico y como periferia del sistema
mundial; 3) aprovechar el escenario de crisis mundial y multipo-
laridad relativa, así como el ascenso de China y las oportunidades
que esto ofrece (incluso porque no presenta un patrón imperialista
de desarrollo y necesita del ascenso del Sur Global), para construir
un proyecto nacional-regional de desarrollo y establecer un polo
emergente.
Reflexiones finales
Si analizamos los focos de la GMH, se observa que los problemas
para el polo de poder anglo-estadounidense se parecen un poco
a los de los Habsburgo en el siglo XVII, con su extendido impe-
rio. Como escribe Paul Kennedy (2004) los Habsburgo tenían mu-
chos recursos y poder, pero eso no alcanzaba. Especialmente por
tres razones: a) debido a que la revolución militar que se estaba
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Estados Unidos-China-América Latina
produciendo generaba un masivo aumento de la escala, los cos-
tos y la organización de la guerra; b) porque tenían demasiados
enemigos a los que combatir y demasiados frentes que defender;
y c) debido a sus problemas productivos (como la desindustriali-
zación actual) y la dificultad para movilizar recursos, lo que inclu-
ye la creciente resistencia de la población a financiar guerras en
lugares distantes. El trasfondo fundamental de estas tres razones
era que entonces, como ahora, se estaba produciendo un cambio
estructural de las correlaciones de fuerzas.
Nos encontramos en un escenario de transformaciones revo-
lucionarias del sistema mundial, deviniendo hacia un mundo po-
soccidental, en donde aumentan las presiones por democratizar la
riqueza y el poder a medida que se “insubordinan” las periferias y
semiperiferias del sistema. Una contradicción central a resolver a
nivel nacional y en la ecúmene latinoamericana, que determinará
el destino de los pueblos de Nuestra América en la próxima déca-
da, es la que existe entre quedar como “patio trasero” de un polo en
declive o bien construir un polo emergente con suficiente fuerza
y autonomía relativa para participar con voz propia en el orden
mundial en ciernes −lo cual encierra un conjunto de escenario in-
termedios–. Dicha contradicción implica la inevitable agudización
del capítulo regional de la GMH.
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