Drogas
Pérez Duran Issis Damaris
Romero Pérez Pablo Antonio
Ética
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¿Qué tipo de drogas has escuchado que existen?
He escuchado sobre diversos tipos de drogas, tanto legales como ilegales, que se clasifican
según su origen, efectos y peligrosidad. Entre las drogas legales más comunes están el
alcohol, el tabaco y algunos medicamentos de uso controlado como los analgésicos opioides
(morfina, codeína, oxicodona). Estas sustancias, aunque legales, pueden causar adicción y
problemas de salud si se abusa de ellas.
En cuanto a las drogas ilegales, he escuchado hablar de varias categorías. Las drogas
depresoras del sistema nervioso central como la heroína y los barbitúricos, que disminuyen la
actividad cerebral y pueden inducir estados d somnolencia o inconsciencia. También existen
las drogas estimulantes, como la cocaína, el crack, la metanfetamina y el éxtasis (MDMA),
que aceleran las funciones del sistema nervioso y provocan euforia, energía extrema y
disminución del apetito. Estas sustancias pueden ser altamente adictivas y peligrosas para el
sistema cardiovascular y neurológico.
Otro grupo importante son los alucinógenos, como el LSD, la psilocibina (hongos mágicos) y
la mescalina, que alteran la percepción de la realidad y pueden causar efectos psicológicos
profundos. También están los cannabinoides, como la marihuana, que aunque en algunos
lugares se ha legalizado, sigue siendo considerada una droga por sus efectos psicoactivos,
especialmente el THC (tetrahidrocannabinol).
Dentro del campo clínico, también se reconocen las llamadas nuevas sustancias psicoactivas
(NPS), que son compuestos sintéticos que imitan los efectos de otras drogas pero que no
siempre están regulados, lo cual las hace especialmente peligrosas. Ejemplos incluyen ciertos
tipos de cannabinoides sintéticos y catinonas sintéticas (como el “flakka” o “sales de baño”).
En psicología y medicina, es fundamental entender las diferencias entre drogas con potencial
terapéutico y aquellas que solo causan dependencia y daño. Algunas sustancias como la
ketamina, el MDMA y ciertos psicodélicos están siendo investigadas por sus posibles
beneficios en el tratamiento de trastornos mentales como la depresión resistente o el trastorno
de estrés postraumático, lo que muestra que el contexto y el uso controlado hacen una gran
diferencia en sus efectos. Sin embargo, fuera de ese contexto clínico, estas drogas pueden
causar daño físico y psicológico severo.
¿Qué provoca el uso de las drogas?
El uso de drogas provoca múltiples efectos en el organismo y la mente, los cuales pueden
variar según el tipo de droga, la cantidad consumida, la frecuencia del uso y las características
personales del individuo. Desde el punto de vista psicológico y clínico, el uso de drogas puede
tener consecuencias agudas (inmediatas) y crónicas (a largo plazo).
En el aspecto psicológico, muchas drogas afectan los neurotransmisores del cerebro,
generando alteraciones en el estado de ánimo, la percepción, la cognición y el
comportamiento. Por ejemplo, las drogas estimulantes como la cocaína incrementan
artificialmente la dopamina, un neurotransmisor asociado al placer y la recompensa. Esto
genera una sensación intensa de bienestar que lleva al usuario a repetir el consumo para
volver a experimentar ese efecto, iniciando así un ciclo de adicción.
El uso continuado provoca tolerancia (la necesidad de consumir mayores cantidades para
obtener el mismo efecto) y dependencia física y psicológica. Cuando la droga no está
presente, la persona experimenta síntomas de abstinencia como ansiedad, irritabilidad,
insomnio, temblores, náuseas, entre otros, dependiendo de la droga.
Desde la perspectiva médica, las drogas pueden provocar daños en órganos vitales como el
hígado (alcohol), los pulmones (tabaco y drogas inhaladas), el corazón (estimulantes) y el
cerebro (prácticamente todas las drogas psicoactivas). El uso prolongado puede
desencadenar enfermedades crónicas como hepatitis, insuficiencia renal, enfermedades
pulmonares, enfermedades cardiovasculares e incluso cáncer.
A nivel social, el uso de drogas también genera aislamiento, pérdida de vínculos afectivos,
problemas laborales o escolares y comportamientos delictivos en algunos casos. Muchas
veces el consumo de drogas es un intento de escape ante problemas emocionales no
resueltos como depresión, ansiedad, traumas o baja autoestima, lo cual perpetúa el ciclo de
consumo si no se recibe atención psicológica adecuada.
Además, desde la neurociencia, se ha comprobado que el uso de drogas en la adolescencia
afecta gravemente el desarrollo del cerebro, especialmente en áreas como la corteza
prefrontal, encargada de la toma de decisiones, la planificación y el control de impulsos. Esto
hace que los adolescentes sean más vulnerables a desarrollar adicciones duraderas y
problemas de salud mental en la adultez.
En conclusión, el uso de drogas provoca una cadena de efectos negativos tanto físicos como
psicológicos. Aunque algunas personas pueden experimentar alivio temporal o placer con su
uso, los costos a largo plazo suelen superar con creces los beneficios. La adicción es una
enfermedad multifactorial que requiere atención médica, psicológica y social para poder
superarse.
¿Es un problema social el consumo de las drogas, por qué?
Sí, el consumo de drogas es, sin duda, un problema social de gran magnitud. Su impacto no
se limita únicamente al individuo que las consume, sino que se extiende a su familia,
comunidad, entorno educativo, laboral y, en última instancia, al desarrollo de una sociedad. Es
una problemática multifactorial que afecta la salud pública, la economía, la seguridad y el
bienestar colectivo. Desde una perspectiva social, el uso de drogas está profundamente
vinculado a la desigualdad, la marginación, la pobreza, la violencia y la desintegración familiar.
En muchas comunidades vulnerables, el consumo se convierte en una forma de escape frente
a la falta de oportunidades, la violencia estructural o la desesperanza. En estos entornos, las
drogas pueden representar tanto una fuente de ingreso (a través del narcomenudeo) como
una vía de evasión. Cuando el consumo se normaliza en una comunidad, se generan efectos
dominó: incrementa la violencia, se debilitan las redes de apoyo comunitario y los jóvenes
quedan expuestos desde edades tempranas a contextos donde la drogadicción puede ser
vista como algo “inevitable” o incluso deseable. Esto genera un ciclo de repetición
generacional, donde las nuevas generaciones crecen rodeadas de consumo, ventas,
encarcelamientos, muertes y familias rotas. En el ámbito educativo, las instituciones escolares
ven cómo el rendimiento académico disminuye cuando hay consumo entre los estudiantes.
Aparecen problemas de disciplina, ausentismo, deserción escolar y alteraciones del clima
escolar. Un joven consumidor pierde el interés en sus estudios, se vuelve más impulsivo,
puede desarrollar trastornos de conducta y termina involucrándose en actividades delictivas o
autodestructivas. Desde un punto de vista sanitario, las drogas generan un enorme costo para
los sistemas de salud pública. Las adicciones provocan enfermedades crónicas como
hepatitis, VIH (por uso de jeringas contaminadas), enfermedades pulmonares,
cardiovasculares, trastornos mentales severos, y sobredosis fatales. Tratar estos problemas
implica una inversión significativa en hospitales, tratamientos, campañas de prevención y
rehabilitación, lo que impacta directamente en la economía del país. Además, el consumo de
drogas está vinculado a la delincuencia. En muchas ocasiones, las personas que desarrollan
una adicción recurren al robo, la extorsión, la venta de drogas o la violencia para obtener
recursos. Esto agrava los índices de criminalidad y rompe el tejido social. Muchas cárceles
están sobrepobladas por personas cuyo delito está relacionado directa o indirectamente con el
consumo de sustancias. Desde la psicología social, también se sabe que el consumo de
drogas debilita los vínculos afectivos, produce aislamiento, genera culpa y vergüenza tanto en
el usuario como en su familia, y deteriora las redes de apoyo emocional. Es común que las
familias de personas consumidoras sufran angustia constante, impotencia, y cargas
económicas y psicológicas que los afectan profundamente. En resumen, el consumo de
drogas no solo daña al individuo, sino que desestructura comunidades enteras. Por eso, debe
abordarse no como un problema exclusivamente personal, sino como una crisis social que
requiere políticas públicas integrales, programas educativos, inclusión social y tratamiento
especializado.
¿Qué afecta el consumir drogas?
Consumir drogas afecta múltiples aspectos de la vida de una persona: el cuerpo, la mente, las
emociones, las relaciones sociales, la economía personal, el desempeño académico o laboral,
y hasta la espiritualidad o sentido de vida. El impacto depende del tipo de droga, la frecuencia
del consumo, la edad de inicio y las condiciones psicológicas del individuo. Desde el punto de
vista físico, las drogas pueden provocar daños irreversibles en órganos vitales. El alcohol, por
ejemplo, daña el hígado (cirrosis), el sistema nervioso y el sistema digestivo. La cocaína
afecta el corazón, el tabique nasal, y puede causar infartos incluso en jóvenes. Los opioides
como la heroína reducen la respiración hasta el punto de causar la muerte por sobredosis. La
metanfetamina daña gravemente el cerebro, los dientes, la piel y el sistema cardiovascular. A
nivel neurológico y psicológico, todas las drogas alteran la química cerebral. Muchas afectan
el sistema dopaminérgico, lo que produce placer al inicio pero también dependencia con el
tiempo. Con el uso prolongado, el cerebro pierde su capacidad natural de experimentar placer
(anhedonia), y eso lleva al usuario a buscar dosis más altas, cayendo en un círculo vicioso.
Esto genera tolerancia, dependencia y abstinencia. Psicológicamente, los consumidores
pueden desarrollar trastornos como ansiedad generalizada, depresión, psicosis, esquizofrenia
inducida por drogas, ataques de pánico o trastornos de personalidad. El uso prolongado
también afecta la memoria, la atención, la capacidad de concentración, y el juicio crítico. Esto
dificulta tomar decisiones correctas, mantener relaciones sanas o sostener un trabajo. El
ámbito emocional también se ve afectado: muchas personas que consumen drogas
experimentan vacío existencial, soledad, ira, impulsividad, culpa o frustración. Es frecuente
que el usuario intente llenar con drogas un vacío emocional que no sabe cómo manejar.
Además, las emociones se vuelven inestables y extremas, lo que deteriora sus vínculos
afectivos. A nivel social, el consumidor se aísla, pierde amistades sanas, rompe relaciones
familiares, y se rodea de círculos donde el consumo es normal o incluso incentivado. Puede
verse involucrado en ambientes peligrosos o delictivos. Es común que pierda oportunidades
laborales o educativas, lo que agrava su situación económica y lo lleva a la marginación.
Desde una mirada integral, las drogas afectan la dignidad humana, impidiendo que la persona
viva plenamente, tenga metas, sueños y relaciones sanas. En muchos casos, el consumidor
pierde el sentido de la vida, su identidad, y cae en la autodestrucción. Por ello, es
indispensable ver las drogas no solo como un problema médico, sino también espiritual y
existencial, que demanda un abordaje profundo.
¿Qué debe de hacerse en una institución donde sabemos del consumo de las drogas?
Cuando se detecta el consumo de drogas dentro de una institución (educativa, laboral o
comunitaria), es crucial actuar con sensibilidad, inteligencia y estrategias multidisciplinarias.
La respuesta no debe ser únicamente punitiva o sancionadora, sino enfocarse en la
prevención, intervención, contención emocional y educación.
Primero, es fundamental implementar programas de prevención integrales que vayan más allá
del simple mensaje de “no consumas”. Estos programas deben estar basados en evidencia
científica y adaptados a la realidad de la población. Deben incluir talleres sobre habilidades
para la vida, manejo emocional, resolución de conflictos, autoestima, toma de decisiones, y
redes de apoyo. Es importante que los alumnos, empleados o miembros de la institución
entiendan las causas, consecuencias y señales de alerta del consumo.
Segundo, se debe fomentar un ambiente de confianza y apoyo emocional. Si un joven
consume y es descubierto, no debe ser tratado como un criminal o marginado, sino como
alguien que necesita ayuda. La institución puede contar con psicólogos, orientadores o
trabajadores sociales que acompañen al individuo en su proceso, identifiquen las causas del
consumo y lo canalicen a instituciones especializadas si es necesario.
Tercero, es importante realizar campañas de sensibilización dirigidas a toda la comunidad
institucional. Esto incluye a maestros, directivos, padres de familia o jefes de departamento.
Todos deben tener formación básica en el reconocimiento de conductas de riesgo, consumo
incipiente, signos físicos o emocionales de alerta y protocolos de actuación.
Cuarto, se deben crear y aplicar protocolos institucionales claros para actuar en caso de
consumo. Esto implica tener normas específicas, pero también procedimientos humanos,
éticos y respetuosos. En escuelas, por ejemplo, se puede ofrecer al alumno la oportunidad de
asistir a terapias, trabajar en proyectos de reintegración, recibir seguimiento psicológico y
mantener sus derechos educativos.
Quinto, se deben fortalecer los factores protectores del entorno institucional: promover el
deporte, el arte, la cultura, el liderazgo positivo, el sentido de comunidad y pertenencia.
Cuando una institución ofrece espacios para que sus miembros se expresen, se valoren y
construyan un propósito de vida, disminuye el riesgo de consumo.
Finalmente, es clave vincularse con instituciones externas, como centros de salud mental,
clínicas de rehabilitación, ONGs o servicios comunitarios. Estas alianzas permiten que la
institución no enfrente el problema sola, sino que cuente con respaldo especializado y
recursos adecuados para cada caso. En conclusión, en una institución donde se detecta el
consumo de drogas, no se debe actuar desde el juicio o la exclusión, sino desde una
perspectiva humana, clínica, psicológica y social. El objetivo debe ser restaurar, acompañar y
reorientar, más que castigar.
Drogas de las que nadie habla
En la sociedad contemporánea existen muchas “drogas” que, aunque no son consideradas
ilegales ni tradicionalmente peligrosas, tienen un impacto profundo en el cerebro, el
comportamiento y la salud colectiva. Estas drogas silenciosas operan de forma sutil, muchas
veces disfrazadas de herramientas útiles o incluso necesarias, pero que al analizarse desde
una perspectiva psicológica y neurocientífica, presentan efectos similares o incluso peores
que muchas drogas conocidas.
Una de estas sustancias es el azúcar. Numerosos estudios han demostrado que el consumo
excesivo de azúcar activa las mismas regiones cerebrales que drogas como la cocaína,
liberando grandes cantidades de dopamina, el neurotransmisor del placer. Esta liberación
constante genera tolerancia y dependencia, lo que lleva a las personas a consumir más para
obtener la misma sensación de satisfacción. Además, el azúcar está presente en casi todos
los productos industrializados, lo que complica su regulación personal. El exceso de azúcar no
solo está relacionado con la obesidad y la diabetes, sino también con trastornos del estado de
ánimo como la ansiedad y la depresión.
La dopamina, si bien es un neurotransmisor natural y necesario, se convierte en una “droga”
social cuando el individuo se vuelve adicto a las conductas que la disparan en exceso: redes
sociales, videojuegos, apuestas en línea, pornografía, compras compulsivas, entre otros.
Estas actividades generan un “circuito de recompensa” que condiciona al cerebro a buscar
placer inmediato, reduciendo la tolerancia al aburrimiento y dificultando la concentración en
tareas que requieren esfuerzo o paciencia. Esta adicción al placer instantáneo está
contribuyendo a una generación con menos resiliencia emocional y mayores niveles de
ansiedad.
Los dispositivos electrónicos, especialmente los teléfonos móviles, son otras herramientas que
actúan como drogas modernas. Su uso constante genera dependencia psicológica, conocida
clínicamente como nomofobia (miedo a estar sin el celular). Las notificaciones, los likes y la
inmediatez de la información generan microdosis de dopamina que, al repetirse
constantemente, reconfiguran el cerebro para necesitar estímulos constantes. Esto afecta
gravemente la capacidad de atención, la calidad del sueño, las relaciones sociales reales y la
salud mental general.
Las redes sociales, en particular, han sido diseñadas para mantener al usuario conectado el
mayor tiempo posible. Plataformas como Instagram, TikTok o Facebook utilizan algoritmos
que refuerzan el contenido que provoca más reacciones emocionales, generando una
montaña rusa de estímulos visuales y emocionales que agotan la mente. La comparación
constante con otros, la validación externa y la sobreestimulación pueden generar adicción,
distorsión de la autoimagen, ansiedad social y trastornos depresivos.
Otras formas de adicción silenciosa incluyen la comida ultraprocesada, el consumo excesivo
de noticias negativas (doomscrolling), el exceso de trabajo (workaholism), e incluso la
búsqueda obsesiva de productividad. Estas conductas, aunque aceptadas socialmente, tienen
efectos perjudiciales a largo plazo en la salud física, emocional y mental.
En conclusión, vivimos rodeados de “drogas” aceptadas que pasan desapercibidas por su
normalización social. La adicción ya no solo se trata de sustancias ilegales, sino de hábitos y
tecnologías que, sin una adecuada conciencia y control, pueden deteriorar profundamente la
vida humana. La educación emocional, la autorregulación, la desconexión digital programada
y el fortalecimiento de vínculos reales son esenciales para contrarrestar estas nuevas formas
de dependencia moderna.