TEXTO 4: SEPARAR LAS PALABRAS DE LAS COSAS – MIGNOLO (2005)
En el mundo entero se da por sentada la ontología de las divisiones
continentales con ligereza. La aceptación de las denominaciones
geográficas oculta el hecho de que la división de continentes y las
estructuras geopolíticas impuestas son constructos imperiales de los últimos
500 años. Intentaré excavar los cimientos imperiales de la “idea” de
América Latina para desentrañar la geopolítica del conocimiento desde la
perspectiva de la colonialidad (punto de observación ubicado en la historia
colonial). El continente americano existe como consecuencia de la
expansión colonial europea y los relatos de esa expansión desde el punto de
vista europeo (cristianismo y marxismo), la perspectiva de la modernidad.
La historia del mundo puede contarse de muchas maneras desde la
perspectiva de la modernidad, europea, pasando por alto la de la
colonialidad. Pero si Fanon lo analizara, consideraría la memoria de la trata y
la explotación de esclavos, sus consecuencias psicológicas, históricas,
teóricas. Se adoptaría una perspectiva afrocaribeña centrada en la
colonialidad. Los discursos europeos son más conocidos que el fanonista
(corriente crítica que contribuye a la transformación decolonial en el campo
del conocimiento y la acción).
Los textos que se han trazado sobre el lugar que ocupa América en el orden
mundial no se apartan de una perspectiva europea que se presenta como
universal. Ven a los pueblos fuera de Europa como objetos, no como sujetos,
y los dejan fuera de la historia. Wolf escribió un libro llamado “Europa y la
gente sin historia”, haciendo referencia a que según el concepto regional de
historia del mundo occidental, las sociedades sin escritura alfabética o con
otra lengua no tenían historia. La historia es un privilegio de la modernidad
europea, y para tener historia hay que dejarse colonizar y dominar por la
Europa moderna. Las perspectivas de la colonialidad surgen de la herida
colonial, el sentimiento de inferioridad impuesto en los seres humanos que
no encajan en el modelo predeterminado por los euroamericanos.
Para excavar la colonialidad hay que referir al proyecto de modernidad, no a
la inversa. La colonialidad es parte constitutiva de la modernidad, no existe
sin ella. Es imposible tratar la idea de América Latina como un concepto
aislado sin generar desconcierto en el sistema-mundo. Esa idea es
inseparable de las ideas de Europa y EEUU como equivalente a América. El
descubrimiento de América y el geocidio de esclavos son parte de los
cimientos de la modernidad. Son la cara oculta de la modernidad: la
colonialidad. El mundo moderno-colonial se origina en el s. XVI, y el
descubrimiento de América es el componente colonial de la modernidad
cuya cara visible es el Renacimiento europeo. La ilustración y la revolución
industrial son momentos históricos derivados. Modernidad es el nombre del
proceso histórico en el que Europa inició el camino hacia la hegemonía. El
capitalismo está en la esencia de la noción modernidad y de su lado oscuro
(colonialidad). Capitalismo, modernidad y colonialidad tuvieron un segundo
momento histórico de transformación luego de la 2GM.
Un primer momento histórico-estructural de los imperios y colonias es la
entrada e América en la consciencia europea (renacimiento). El segundo
(ilustración) coincide con la aparición de la “latinidad”. El tercer momento
(post guerra fría) se concentra en las transformaciones geográficas del
conocimiento que se observan en el mundo y que, en américa, cuestionan la
ontología e ideología de una división continental entre América Latina y
América Sajona. A partir de la llegada de los europeos, se subordinaron las
historias de los pueblos indígenas, quienes lo vivieron como revolución
invertida.
La cosmología cristiana organizó el mundo en continentes que giraban
alrededor de Europa. Que los Inca y Aztecas pensaran que vivían en el
centro del mundo no se tomó en cuenta al trazar los mapas regionales.
América Latina fue incluida en Occidente y ubicada en la periferia al mismo
tiempo. La idea se modificó en EEUU luego de la guerra hispano-
estadounidense, cuando se asignó a América Latina un rol secundario y
dependiente de EEUU. La latinidad, identidad reivindicada por franceses y
adoptada por élites criollas, funcionó como concepto que las ubicó debajo
de los angloamericanos y degradó la identidad de los indios.
Si bien es cierto que ya no padecemos la dominación colonial de los modelo
español o británico, la lógica de la colonialidad sigue vigente en la idea del
mundo que se ha construido a través de la modernidad-colonialidad. La
perspectiva de quienes han sido silenciados puede producir un cambio
radical. Las categorías europeas han dado forma a la “idea” de América
Latina dentro de su propio seno (componente europeizado de la población) y
desde fuera (otredad), y cómo influyen las perspectivas emergentes. Los
intelectuales criollos del s. XIX usaron el paradigma “civilización” versus
“naturaleza” para describir a la élite criolla en contraposición a la “barbarie”
de los indígenas. Las élites criollas se autocolonizaron al adoptar para sí la
noción francesa de que eran latinos, como forma de oponerse a lo anglo,
ubicándose del lado de la naturaleza. Se esperaba que la población
americana evolucionara hasta alcanzar la civilización.
En XVIII y XIX, la naturaleza se oponía a la cultura, en tanto creación
humana. No se dejó de lado la oposición entre el hombre y la naturaleza,
sólo se la redefinió. La noción de cultura surgió como un concepto necesario
durante el proceso de secularización (habitar cultura). Se precisaba la
cultura para reemplazar a la religión como aglutinante de la comunidad.
Ahora era el Estado-nación, la cultura nacional, el que creada la identidad
nacional. Las identidades nacionales imperiales controladas por el Estado
sirvieron para redefinir la diferencia colonial, siendo la “idea” de América
Latina parte de ese nuevo diseño imperial. La cultura contribuyó a la
creación de la unidad nacional. La lengua nacional, la literatura, la bandera,
el himno, todo creaba homogeneidad. El término cultura cobró auge en el s.
XIX cuando Inglaterra y Francia se montaban en la segunda ola de
expansión colonial. La civilización europea se dividió en cultura nacional, y
la población del resto del mundo tenía “cultura” pero no civilización. Los
latinoamericanos eran considerados europeos de segunda clase que
carecían de ciencia e historia europea. En la guerra fría, eso se extendió a
todo tercer mundo.
La “civilización” no es más que una descripción que los europeos hacen de
su propio papel en la historia. Para los indígenas, los opuestos pueden
existir sin negarse. Esto es crucial para una transformación decolonial del
conocimiento, que es imprescindible para producir un cambio en la visión
que tenemos del mundo y de la sociedad, teñida por categorías del saber de
lenguas europeas. Una vez que los términos adquieren significado dialógico
y abandonan la lógica de la contradicción (civilización versus barbarie), la
barbarie se ubica en otro lugar: la civilización de los criollos y los europeos
fue genocida, bárbara. A los europeos les puede costar aceptar los procesos
de civilización y las historias indias. Es inadecuado seguir pensando que el
futuro implicará la defensa de la civilización occidental contra los bárbaros.
Es imposible iniciar un diálogo y compensar el diferencial de poder si no se
abandona la idea de que hay lugares que deben defenderse.
El diálogo es una utopía. La transformación decolonial es imprescindible si
vamos a dejar de pensar en la modernidad como objetivo para verla como
una construcción europea de la historia a favor de intereses de Europa. El
diálogo se iniciará cuando la modernidad sea descolonizada y despojada de
su “marcha hacia el futuro”. No hubo un descubrimiento de América, sino
una invención, una extensión imperial-colonial. Intento transformar la
geografía, la geopolítica del conocimiento, llevando la teoría crítica a un
terreno de decolonialidad. El acento debe estar en la coexistencia y la
simultaneidad. Sitúo mis ideas en el paradigma de la coexistencia y critico
el paradigma de lo novedoso y la progresión histórica. La teoría crítica llevó
a humanistas a analizar las condiciones que hicieron posible los hechos y las
ideas, en vez de dar las ideas por sentadas y considerar que los hechos
tienen significado propio. Una teoría crítica que trasciende la historia de
Europa y se sitúa en la historia colonial de América pasa a ser una teoría
decolonial. La teoría que se postula en los proyectos de decolonización del
conocimiento y el ser es la que permitirá pensar la economía y la política de
una manera otra.