EXTRA.
Dmitry.
Miré la escena frente a mí y apreté el
puente de mi nariz, mientras me recordaba a
mí mismo que debía de ser paciente y, por otra
parte, me obligaba a hacerlo.
Esto estaba siendo más difícil que nunca
y, sin duda alguna, yo necesitaba a mi esposa.
Alexandra y yo éramos un equipo.
Siempre lo hacíamos todo juntos y estábamos
ahí cuando el otro necesitaba un respiro de lo
extensa que podía ser la vida en la cotidianidad.
Yo siempre necesitaba a mi esposa,
pero, aquel día ella no estaba. Alexandra había
salido de casa desde muy temprano, ya que
tenía una mañana de desayuno, masajes y no sé
qué más con sus cuñadas y claramente se lo
merecía.
Mi Faro necesitaba un respiro porque a
pesar de que amábamos a nuestra familia y no
la cambiaríamos por absolutamente nada, ser
padres de tres pequeños era un reto la mayor
parte del tiempo.
—¿Estás seguro de que podrás con los
tres? —me había preguntado ella la noche
anterior, justo cuando besé su cuello.
—¿Dudando de tu esposo, Faro?
—Un poquito.
La castigué mordiendo un poco la piel
de su garganta y ella se rio, mientras enterraba
sus uñas rosadas en mi cabello y acariciaba las
hebras.
—Natthe anda muy rebelde —
respondió finalmente y llevó su hermosa
mirada verde a mí—. Izzy está muy caprichosa
y Elaila está en una etapa de consentida que no
la deja parar de llorar.
Las comisuras de mis labios se curvaron
porque no pudo describir mejor a nuestros
hijos. A sus seis años, Izzy, mi pequeña Polaris,
había desarrollado un capricho que se le
quedaba pequeño a lo caprichosa que podía ser
su madre alguna veces. Por otra parte, Natthe,
mi pequeño rubio, era el caos hecho niño. Tan
solo tenía cinco años y no sabía cuando
detenerse y, pese a que yo solía decir que no le
temía a nada, siendo sincero y correcto, temía
alejar mis ojos del pequeño por más de dos
segundos porque estaba claro que podría
suceder de todo. Era un huracán.
Y, por último, estaba Elaila, nuestra
bebé. Nuestra pequeña. Por un tiempo
pensamos que nos quedaríamos solo con Izzy
y Natthe, pero mientras más grandes se iban
haciendo, más entendimos que poco a poco se
irían independizando y a mi esposa y a mí nos
gustaba tener pequeños en casa.
Nos gustaba la sensación de tener una
gran familia y fue por eso que hacía ocho meses
había nacido nuestra pequeña y hermosa Elaila.
En esta ocasión de nuevo —como le
encantaba señalar a Vlader—. Ganó los genes
de la “alta dinastía” ya que nuestra Elaila salió
rubia y con ojos verdes al igual que Alexandra
y Natthe.
—Tomate ese día que tanto necesitas,
Faro —acaricié su mejilla sonrojada y después
besé sus labios—. Has estado muy ocupada
últimamente, ve. Yo los cuido.
Ella me regaló una gran sonrisa y volvió
a besarme de esa manera que hacía que mi
mundo volara y me recordó de esa manera y
después de horcajadas sobre mí, porque era tan
perfecta y porque necesitaba darle un par más.
Si, hablaba de hijos.
—Buenos días, amor —le dije a Elaila
en la mañana, cuando volví de la cocina con
una taza de café y la encontré ya despierta,
sentada en su corral—. ¿Cómo amaneció mi
ricitos de oro?
Adoraba su cabello.
Era del mismo tono que el de su madre,
pero tenía unos suaves rizos que amaba
desbaratar con mis dedos cuando estaba
intentando hacerla dormir.
—M-mámá.
Le sonreí y dejé la taza a un lado para
tomarla en mis brazos, mientras besaba su
cabecita.
—Mamá hoy estará por fuera —sus ojos
verdes me miraron—. Pero aquí está papá,
¿bien?
A sus ocho meses, era la bebé más
entendida del mundo y cuando no sentía a
mamá cerca, lloraba o se indisponía. Fue por
eso mismo que haciendo un puchero, metió su
cara en mi garganta, mientras yo acariciaba su
pequeña espalda.
—¿No vas a saludar a papá?
La hice verme.
—¿Qué tal decir un “papá”?
Su puchero se intensificó y riéndome
bajamente, besé su mejilla de nuevo.
—Estoy a punto de ponerme celoso,
hija. Ten un poco de respeto y que no se note
tu preferencia con mamá.
Ya tendría tiempo para hablar mejor con
ella mientras fuese creciendo, ya que siendo
justo y sincero, era bastante insólito que
prefiriera a mamá por encima de mí. Alexandra
era una diosa, pero ella era mi hija.
Yo tenía que ser su favorito.
—Vamos a hacerte el tetero —le dije—
. Verás que hago el tete más rico del mundo y
ahora amarás a papá más que a mamá.
Tenía un plan para llevar acabo mi
mañana y tarde con los niños. Yo sabía que
todo estaría bien porque, siendo el hombre que
era, Dmitry Belico’v, estaba acostumbrado a
manejar centenares de hombres y, sin duda
alguna, tres niños no me quedarían grande.
Podía estar con ellos un día completo y
sin ayuda de Alexandra.
**
—No me gusta, papá —me repitió Izzy
molesta, mientras yo trataba de calmar el llanto
de Elaila—. Te dije que quería un huevo en
forma de corazón, no un huevo en forma de
nube.
Miré el huevo en su plato y, sin duda
alguna, tenía que dársela. Si parecía una nube y
no un corazón, pero… ¿por qué Alexandra la
había enseñado a comerse el huevo con forma
de corazón?
—Igual sabe rico, hija. Cómetelo.
—Mami me hace corazones.
—Y papá nubes —seguí arrullando a
Elaila y esta solo lloró aún más.
—No lo sé… —arrugó su pequeña
nariz y me miró pensativa—. Pensaré si me lo
como o no.
Suspiré y estaba a punto de entrar a
debatir con ella, justo cuando me di cuenta de
algo. Natthe llevaba más de cinco minutos en
el baño.
—Mierda —siseé y dejé a Elaila en su
silla y lloró aún más, justo cuando Izzy decía:
—¡Papi no puedes decir palabrotas! —
se cruzó de brazos—. Soy una princesa y mami
dice que nadie puede decir cosas malas frente
a mí y…
—Sí, sí, hija. Discúlpame.
Corrí hacia las escaleras sabiendo cuál
era la regla clave de nuestra casa: No se podía
dejar solo a Natthe ni un segundo.
Ni uno solo.
Ese niño nunca sabía cuando detenerse.
Era un pequeño diablillo con toda la energía
del mundo y siendo sincero, me aterraba lo que
era capaz de hacer y no me equivoqué cuando
llegué a la puerta del baño y lo encontré subido
en el banquillo de madera frente al lavamanos,
con unas tijeras en la mano y…
—¡Natthe! —mi tono de voz fue
demasiado duro, tanto, que el saltó asustado y
se giró deprisa para verme y dejarme ver el
desastre que hizo.
Arruinó su perfecto corte de hongo.
Del lado izquierdo de su cabeza, había
cortado las hebras doradas de su cabello y lo
hizo con tal manía, que unos mechones le
quedaron más cortos que otros y… Alexandra
me iba a matar.
—Papá…
El enojo me embargó.
—Bájate de ahí —ordené con la misma
dureza y el pequeño de cinco años me miró
con ojos muy abiertos, asombrado de que le
hablara así por primera vez—. Y dame esas
tijeras, ahora.
Se las retiré y maldije de nuevo cuando
vi todo el cabello que se había cortado. El
pequeño continuó mirándome asustado y justo
cuando estaba por hablarle, el teléfono
comenzó a sonar en mi bolsillo y supe que era
Alexandra.
—Alexandra —dije y traté de sonar
normal—. ¿Todo bien?
—Mi amor —me saludó ella y había
emoción en su voz—. Eso te pregunto yo a ti.
¿Cómo están mis bebés?
Estaba seguro de que ella no podía
escuchar el llanto de Elaila desde el primer piso
y por eso dije: —Todo marcha bien, Faro. Tal
y como te lo prometí.
¿Cómo iba a explicarle lo del pelo de Natthe?
—¡Oh, genial! —sonó alegre—.
¿Quieres que regrese ya o…?
—Tómate tu tiempo, Faro —dije con
prisa—. Prometo que acá todo está bien.
—Mándame fotos de mis bebés, los
extraño.
—Ajá.
—De acuerdo, entonces te llamo ahora
—escuché la risa de Nina de fondo—. Te amo.
—Yo a ti —sentí calidez al escuchar sus
palabras—. Sé cuidadosa.
Volví a concentrarme en mi pequeño
hijo el cual estaba en silencio mirando sus
manos.
—Ve a bañarte —ordené—. Ahora.
Obedeció y traté de controlar mi enojo,
pero no podía. Estaba molesto pero no
precisamente con Natthe desobedeciéndome,
sino conmigo descuidándolo.
Pudo haberse lastimado con esas
malditas tijeras. Pudo haber salido herido por
no ser más cuidadoso y…
—Ya lo hice, papá —me dijo Izzy
cuando llegué a la primera planta—. Me comí
el huevo. ¿De acuerdo?
Tomé a Elaila en brazos y traté de
calmar su llanto, mientras miraba a la otra.
—Bien, hija. Lava tus dientes.
Izzy me obedeció y mientras hacía
aquello, volví a subir con la pequeña en brazos
y besando su cabeza, le dije: —Tienes razón,
mamá es irreemplazable. También la extraño.
Por suerte, la pequeña se calmó luego de
que cambié su pañal, le puse ropa limpia y le di
su biberón. Besé su cabecita un par de veces y
absorbí su vista con una intención que era
arrolladora porque; Izzy era idéntica a mí,
Natthe tenía algo mío y algo de Alexandra,
pero Elaila, sin más, era una copia exacta de su
madre.
Idéntica en todo lo que se refería a mi
Faro y no podía dejar de admirarla y agradecer
por ella y por los otros dos. Por ser mi vida.
—Papi —Izzy llegó a la habitación
corriendo y viéndose muy pálida, justo cuando
terminé de dormir a la pequeña—. Es Natthe.
No tuvo que decir nada más. Yo sabía lo
que significa “es Natthe” y dejando a Elaila con
prisa en la cuna, corrí hacia el baño en donde
sabía que estaba el pequeño y, cuando entré
ahí, casi sentí mi mundo caerse en trozos
abismales.
—Oye, hijo, mírame —solté con
urgencia, sacándolo de la tina y empapando mi
ropa—. Respira, pequeño, vamos.
Natthe sufría de crisis de asma desde
que era muy bebé y había ocasiones en donde
su pecho parecía colapsar y no permitirle
respirar de la manera adecuada, justo como en
ese instante.
Me senté deprisa en el piso y lo atraje a
mi regazo, mientras Izzy me entregaba una
toalla y corría a buscar el inhalador de su
hermano. Ella siempre estaba muy pendiente
de cómo ayudar cuando él tenía aquellas crisis.
—Respira, Natthe —le pedí y froté su
espalda—. Está bien, hijo.
Sollozó y trató de respirar por encima de
su crisis, justo cuando tuve en mis manos el
inhalador y comencé a hacerle el proceso que
ya nos sabíamos todos de memoria. Froté su
espalda y le di más, mientras lo tranquilizaba en
voz baja y poco a poco él iba saliendo de la
bruma que no lo permitía respirar.
—Oye, mírame —hice que me viese y
tenía los ojos repletos de lágrimas—. Todo está
bien, hijo. Papá está aquí.
Hizo un pequeño puchero y siguió
intentando respirar en grandes bocanas, y
cuando ya le pasó el susto de aquello, sin más,
comenzó a llorar.
—¿Natthe por qué lloras? —preguntó
Izzy y haciendo más pucheros, el pequeño
negó e intentó secar sus lágrimas pero no
pudo.
—P-papá está molesto conmigo.
Suspiré.
—Izzy, hija, ¿podrías ayudarme a vigilar
a Elaila?
—Sí, papi.
Ella obedeció rápidamente y, después de
eso. Cargué a Natthe conmigo y lo llevé
directamente a su habitación para ponerle
encima una cobija afelpada y hacerlo entrar en
más calor.
Pasé un minuto entero en silencio
tratando de regular mi corazón y el pánico que
sentí al verlo no poder respirar, porque sin
importar que a sus cinco años ya hubiésemos
pasado varias veces por aquel tipo de crisis,
jamás me acostumbraría a ver a mi hijo
ahogándose.
—Lamento haberte hablado así de
brusco —dije finalmente y seguí acariciando su
espalda—. No quería asustarte.
Me miró.
—Pero yo me asusté cuando te vi con
esas tijeras. ¿Recuerdas que ya hemos hablado
de ese tipo de cuestión?
—S-sí.
—¿Sí qué?
—Sí, papá.
—Me asusté, pensé que te habías
lastimado —expliqué—. Pero lamento haber
hablado brusco. ¿Puedes disculparme?
—¿N-no estás más enojado conmigo?
—¿Vas a volver a tomar unas tijeras sin
autorización? —negó—. Entonces ya no estoy
molesto.
Su mirada se alivió y me dolió ver lo
preocupado que había estado con la idea de yo
estando enojado y sin poder evitarlo más, volví
a cargarlo y lo abracé con fuerza.
Alexandra y yo sabíamos que con
Natthe teníamos que tener mano más dura por
lo rebelde e inquieto que era, pero no pude
mantenerme ahí y lo mimé.
—¿Vas a disculparme verdad?
—Sí, papá.
—Bien —me alejé y asentí—. Vamos a
vestirte y después bajaremos a ver una película
con Izzy. ¿Te parece?
Por suerte, el resto de la mañana e inicio
de la tarde fue más tranquilo. Izzy y Natthe se
comieron las verduras que hice e incluso Elaila
estuvo de mejor humor cuando se despertó
después de su siesta y la tuve en brazos todo el
tiempo hasta que se durmió de nuevo.
—Papi, ¿puedo decírtelo?
—¿Qué cosa? —Izzy se acercó a mí y
me sonrió como un angelito—. ¿Qué hiciste?
—agregué.
—Ven, por favor. Es un secreto.
Me llevó hacia donde estaba el clóset de
su madre y cuando entramos ahí, me rodeó
deprisa una oleada de perfume y…
—Fue sin querer —aseguró y señaló los
tres perfumes de marca que estaban rotos en el
piso—. Quería oler como mami y los rompí.
Cerré los ojos y suspiré.
—Tienes mucho dinero, papi. ¿Puedes
comprar otros tres, por favor?
Estaba a punto de decirle que tenía que
respetar las cosas de mamá, justo cuando
escuché en la parte de abajo un: —¡Mami!
Maldiciendo ahora en mi interior y
sabiendo lo que se me venía encima, salí del
closet y bajé las escaleras para contarle yo
mismo y de primera mano a la rubia que había
sucedido con los pequeños, pero, antes de que
lograra el cometido, me la encontré ya a ella en
la sala de estar cargando a un Natthe
trasquilado y cuando sus ojos dieron conmigo,
dijo:
—¿No que todo estaba en orden? —
enarcó una ceja, molesta—. Vas a tener que
explicarme esto, Dmitry Belico’v.